viernes, 17 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

EPILOGO


...se casaron y vivieron felices...

Así terminan todas las novelas; ésta, que quisiera serlo, termina igual, porque Paulina y el protagonista reanudaron el romance que un alucinante tráfago había interrumpido y llegaron al altar; la gran Colombia y el Perú, se unieron también por remozados lazos de interés y conveniencia, renovaron su amistad, aunque no felices por igual.
Montado el gran final para escenificarse en el gran teatro de la Liga de las Naciones, la fina diplomacia colombiana inició la reconciliación con los parabienes que presentó uno de sus más destacados diplomáticos al nuevo mandatario de la nación. Fue correspondido con una invitación especial al palacio presidencial, que culminó con entrevistas a puertas cerradas, en las que determinaron, en trato directo, el destino de las tierras en disputa y la expatriación de miles de peruanos.
Nuestros políticos y diplomáticos reanudaron con más énfasis sus discursos en elogio de sus ilusorios triunfos en la pugna por mantener el respeto de nuestra soberanía e integridad territorial, haciendo coro con los panegíricos de los nuevos áulicos y las alabanzas de los arribistas y serviles cortesanos, al magno esfuerzo y noble sacrificio del nuevo gobernante en pro de la paz...

...Y Leticia fue entregada nuevamente...

En la luminosa acción de los que ofrendaron sus vidas, muchos trataron de esconder su incuria, su negligencia, su incapacidad... en esa brillante aureola procuraron ocultar la orfandad de sus acciones y la pobreza de su méritos.
El ejército los proclamó sus héroes y los militares, orgullosamente, pregonaron sus nombres cantando la epopeya, como si hubiesen presenciado su sacrificio, como si hubieran comprendido su abnegación, como si no hubieran sido cómplices de su inútil inmolación.
El hombre de la selva, el dueño de la montaña, el loretano, los consagró como símbolo de sus defraudadas esperanzas de rescate, como una nueva herida del alma, abierta más dolorosamente.
Los nombres de los lejanos puestos donde cayeron, quedaron para la posteridad grabados con la sangre de aquellos ilusos abandonados a un sacrificio estéril, de aquellos que fueron abandonados por una extraña interpretación logística, en lugar de ser apoyados en la defensa de su suelo, como expresión de la voluntad de un pueblo, muriendo todos, como en una nueva Numancia, antes que permitir que la planta enemiga hollara nuestra tierra.
Las trincheras de Gueppí, regadas con la sangre que salpicó sus fosos, hicieron germinar una nueva doctrina de regionalismo y peruanidad, para regar en los ámbitos, a través de todos los tiempos, como un clamor vindicatorio, el rugido de indignación y amenaza de sus defensores, entre el fragor del trueno y el fulgor de los relámpagos de las tempestades de la selva, vívido recuerdo del fuego que vomitaron los fusiles y la ametralladora con que se inmortalizaron Lores, Bartra, Reyes, protegiendo la retirada de su Compañía, que penosamente, llegó hasta allí, solo para ofrecer a un pueblo ansioso, a una Nación expectante, el sacrificio de esos titanes...
La pugna profesional entre altos jefes, el interés político, hizo desoír la demanda de tropas, armas, municiones por las que estábamos clamando los expedicionarios. Bien lo sabía el Jefe del Comando de las Operaciones del Nor-oriente cuando dijo:
“estamos satisfechos del comportamiento de nuestras tropas y oficiales... no se puede tener idea de las inmensas dificultades naturales que hay que vencer para realizar una campaña en la selva, las enormes distancias que hay que recorrer abriéndose paso por entre espeso monte, machete en mano, atravesando ríos y ciénagas a cada instante, donde el clima es inclemente y las fiebres son inevitables...”
¡No!... No podía tener idea porque nunca vio la selva a no ser desde un avión... ¡Nosotros éramos dueños de ella, pero no teníamos armas, caminábamos por ella, pero no teníamos alimentos, nosotros estábamos luchando contra las fiebres, pero no teníamos medicinas!
Mientras tanto, nuestros políticos trataban de sostener a sus caudillos para no perder el poder, nuestros generales deliberaban y discutían para decidirse a cual de ellos apoyar, nuestros diplomáticos, envueltos en las redes dialécticas de la intangibilidad de los tratados, incorporaban una nueva semántica para el honor nacional... Fueron incapaces de comprender el fervor regional loretano, no se atrevieron a respaldar el clamor de un pueblo despojado, desoyeron la ansiedad del nativo de recobrar su nacionalidad.

...¡Y Leticia fue entregada nuevamente!...

Y cuando un oficial loretano que había estado en Leticia, que había visto la realidad de nuestro abandono, que había presentido el final de la mascarada, se alzó en armas contra esa nueva entrega, lo acusaron de traidor a la patria... ¡lo llamaron loco!.., como locos llamaron a los que lo secundaron... como locos debieron llamarnos a todos los que soñamos que Leticia volvería a ser peruana.
Tejedo quiso hacer acción la protesta que nuevamente estaba conteniéndose en todas las gargantas, presintió, como muchos presentimos, que nuevamente seríamos traicionados; conocía como muchos, “la historia sociológica y política de su patria”... Por eso tuvo, al ser juzgado, la entereza y claridad que da la desesperación, ante el fracaso de una causa justa, de lanzar ante sus jueces, frases acusatorias al proceder del gobierno y afirmó que Leticia sería nuevamente entregada a Colombia...

...¡Y Leticia fue entregada...

Sus jueces, endurecidos en la disciplina de cuartel, ofuscados por un equivocado concepto de honor militar, desviados por su particular entender del amor a la patria, fueron incapaces de comprender la mentalidad de Tejedo, la magnitud del amor a su tierra, su idiosincrasia de hombre de la selva, el tácito sacrificio de su carrera en aras de su regionalismo... y lo condenaron, igual que a los once clases que le acompañaron, por ... TRAICION A LA PATRIA...
¿Pudo haber jamás mayor absurdo?
Ellos, igual que los que cayeron en Gueppí, defendían la misma causa, era el rescate de su tierra su ideal, era Leticia su símbolo, era el sentimiento de la integridad de la patria lo que los impulsó... pero, a unos los ensalzaron y a otros los infamaron, a unos los llamaron héroes y a otros traidores a la patria... traidores a esa patria, que si pudiera hablar, pregonaría el grandioso valor, la cabal dimensión patriótica de su gesto... los reivindicaría para justicia y honor nacional...

...Pues Leticia... ¡fue entregada nuevamente!...

Los militares volvieron a sus cuarteles a ufanarse de la campaña y a esperar los aniversarios de la inmolación para festejarlos, volvieron a lucir sus brillantes uniformes en pomposos desfiles y a ejercitarse para ilusorias campañas... ¡Ya nada teníamos que perder!
El festín parecía terminado; los vecinos, todos, ya tenían su parte de suelo peruano... conquistado... arrebatado... cedido... ¡qué importaba!... Lentamente había ido disminuyendo nuestro inmenso territorio, heredad de los mayores, legado de la historia. ...Palabras, tratados, sangre... llenaron su lugar en sus páginas, tornando en recuerdo la visión de un Perú grande en extensión... porque nunca tuvimos habilidad para convencer, poder para vencer, ni armas para defender nuestros argumentos.
Los Caínes se llevaron casi la quinta parte de los territorios y crecieron a expensas del Abel sudamericano y nuestros políticos, nuestros militares, nuestros diplomáticos seguían agasajándolos... rindiéndoles entusiasmados homenajes... abriéndoles todas las puertas... olvidando ¡increíblemente!... que uno de esos Caínes saqueó nuestra riqueza, destrozó nuestras reliquias, quemó nuestros altares, mató a sus padres, mató a sus hermanos... violó a sus mujeres...
...¡Y los llamaban hermanos!...
Seguíamos confiados, como siempre desunidos, cada quien tratando de empinarse, aunque fuera aplastando a los demás; expuestos a la traición que genera la envidia o el ansia de llegar al poder; seguíamos desarmados para amparar nuestros derechos, pues, las pocas armas que siempre tuvimos, solo sirvieron para hacer revoluciones, para sostener dictaduras, para sojuzgar al pueblo...

¡Por eso, Leticia fue entregada nuevamente!...

domingo, 12 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIX

Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado.
La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios.
Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas...
Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra?
Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!...
Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir...
Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha.
Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.

Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres.
Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación.
No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos.
Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios.
Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza.
Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato.
Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar.
Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava.
Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó:
- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar!
Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo.
Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?...
Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad.
El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay.
Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo...
Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar.
Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado.
Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva.
Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago.
Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo:
- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!...
Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha.

Pero volvamos a lo nuestro.

Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo:
- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”.
- A la orden, mi comandante - le contesté.
Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente.
- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle:
- ¡Gracias, mi comandante! - y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí:
- ¡Permiso, mi comandante!
Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo...
Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre.
Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse.
Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco.
- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor.
- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor.
- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó.
Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas.
Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo:
- ¡Ahí viene el mayor!
- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro...
El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega...
¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!...

TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho.

OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía.

MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo.

PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.

lunes, 6 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVIII


Mientras nosotros, casi resignadamente, abandonábamos Leticia por disposición de la Comisión Internacional y las tropas colombianas se posesionaban de ella, en Iquitos, un grito de rebelión levantó en armas a un puñado de clases y tropa. Esa rebelión fue encabezada por un loretano, el subteniente Hildebrando Tejedo Monteza.
También él estuvo en Leticia; pudo ver sus precarias fortificaciones, la deplorable preparación de los reclutas, los limitados recursos estratégicos, la falta de atención a las demandas de armamento y material del Comando del Nor-oriente y presintió, igual que muchos de nosotros, lo que iría a ocurrir como consecuencia de una increíble indecisión, de una falsa posición de armonía continental del nuevo gobierno, que debilitaba las gestiones y arreglos diplomáticos, que acabaría por hacernos aparecer como agresores.
No dijo nada a nadie, probablemente porque juzgó que no era el momento oportuno ni menos el sitio adecuado para lanzar el grito de protesta, pues no habría conseguido mas que crear confusión y desconcierto en quienes estaban lejos de la realidad, ajenos a la magnitud de la tragedia que se estaba incubando y hubieran tomado su actitud como un vulgar motín, como una subversión dentro del Agrupamiento, desfigurando el profundo sentido patriótico del levantamiento.
Yo conocí a Tejedo mucho antes de que fuera militar, cuando quizá ni lo pensaba; era un muchacho como cualquier otro, en la escuelita, entre los muchachos del barrio, en los juegos de ladrones y celadores, en los partidos de fútbol al último gol... nunca pretendía ser el líder, el cabecilla o el guapo, pero, en ciertas oportunidades saltaba un detalle de su personalidad que lo hacía sobresalir entre los demás. Bécquer y Espronceda, cuya lectura era motivo de bromas de algunos de sus infantiles amigos, le daban a veces expresiones de romanticismo y repentinas explosiones de ardor e impetuosidad. Cuando alguna vez recitaba los versos de uno u otro, algunos le escuchábamos con atención, otros ni caso le hacían, pero a él le daba igual, pues parecía que sólo lo hiciera para su propia satisfacción.
Cuando murió su abuelita todo el barrio hizo el cortejo al cementerio, él estaba entre los familiares arrastrando el duelo; en el momento en que los enterradores se disponían a introducir el ataúd, de repente se le vio empinado al lado de el, sobre el banco que lo sostenía, con las manos levantadas pidiendo atención. Era el tiempo en que las plañideras, espontáneas o pagadas, hacían el coro de los lamentos, a ellas iba dirigido el ademán; fueron callando poco a poco y cuando solo se oían leves gimoteos, empezó a hablar improvisando una oración fúnebre, a la mitad de la cual ya no fueron las plañideras las que lloraban, sino la mayoría de los presentes. Así era Tejedo.
Se marchó en busca de porvenir y casi lo había olvidado, hasta que lo vi en Leticia, luciendo los galones de subteniente al pie de los Schneider.
Seguramente cuando se dio cuenta de la desviación de las gestiones diplomáticas y de la farsa que se estaba gestando, que significaba el fracaso de nuestra campaña; sin un plan preconcebido, posiblemente para madurarlo, solicitó licencia para trasladarse a Iquitos, simulando enfermedad. El médico que lo vio lo encontró sano y se lo negó, insistió con Scavino y lo consiguió.
Ya en Iquitos hizo los contactos, con mucha precipitación, con el propósito de anticiparse a la entrega de Leticia a la Comisión Internacional, pero no lo consiguió.
El 23 de junio fue entregada Leticia y el 28, Tejedo se levantó en armas.
La noticia del levantamiento nos llegó vaga e incompleta, pero a medida que pasaron los días fuimos enterándonos de los detalles de cómo se desarrolló, cómo no pudo tener éxito debido a la resistencia de la Base Aérea y de la Base Naval, cómo fue dominado y cómo fueron apresados los insurgentes y sometidos a una Corte Marcial.
El fracaso del levantamiento se debió a la falta de enlace con los elementos de la Marina y de la Aviación, cuya adhesión habría sido mas que probable, pero que la premura no hizo posible y mas que todo a la falta de conocimiento por parte de la ciudadanía, de los motivos del pronunciamiento, lo que, posiblemente, fue causa de la indecisión para prestarle apoyo. Creyendo su mejor aliada la sorpresa, Tejedo, los clases y soldados que lo secundaron, sorprendieron a la guardia del cuartel Ramón Castila, sublevaron a clases y tropa del Batallón Mixto Nº 25, a la Batería de Artillería Nº 3, apresaron a los jefes y oficiales de ambas unidades y a los que estaban en el Casino Militar, se posesionaron del arsenal, tomaron la Oficina Radiotelegráfica y la Sub-Intendencia de Guerra y se dirigieron a la Base Aérea y Naval con el fin de poner a sus efectivos de su parte, pero se encontraron con una seria resistencia, que los jefes de ambas bases habían organizado.
Si Tejedo hubiera empleado toda la fuerza militar que había sublevado, sin duda habría tomado ambas bases, pero con gran derramamiento de sangre, pues los efectivos que las defendían eran insignificantes; la intención fue arrastrarlos a su causa y aquí es donde se hizo evidente la falta de contactos con los elementos de dichos cuerpos. Es que Tejedo, solo, había gestado la sublevación...
Es notable que pese al volumen de las tropas sublevadas al mando de Tejedo, en el enfrentamiento con las fuerzas de resistencia no hubiera más que un muerto y éste mismo, civil: Rodolfo Pérez Ruiz. Aparte de éste, fueron heridos cinco militares de la Base Aérea: el comandante Jorge Alva Saldaña, el teniente de sanidad Ángel Cuba, el sub-oficial de aviación Carlos García Barriga, los demás fueron: un marinero de segunda, Miguel Rengifo Murrieta, un soldado de los suyos, Gregorio Tecse, y los civiles Luís Beltrán y Juan de Dios Guzmán.
Dominada la revuelta el juzgamiento no se hizo esperar; 9 días después se reunió la Corte Marcial. Fueron 23 los principales acusados: Tejedo y los subtenientes Julián Chávez Ampuero, Fabio Cuadros Falcón y Roberto Marquina Romero, cuatro sargentos primeros, ocho sargentos segundos, cinco cabos y dos soldados.
Durante el juicio, las declaraciones de los acusados, todas coincidieron en que actuaron inspirados por un ideal patriótico: protestar por la entrega de Leticia a Colombia e impulsados por el sentimiento y el ejemplo de Tejedo, cuya resolución era sacrificarlo todo, incluso la vida si era del caso, antes de ver perdida definitivamente a Leticia.
Tejedo, como cabecilla del levantamiento fue el más exigido en sus declaraciones y sobre el recayó todo el peso de los cargos que se le atribuyeron, con el evidente propósito de desfigurar la causa y el sentido del movimiento. Tendenciosamente se le acusó de haber provocado el alzamiento con intenciones separatistas, para crear un estado independiente, del que, como caudillo, asumiría el mando de gobierno; se le acusó de haber divulgado la falsa afirmación de que el Gobierno vendería nuevamente Leticia a Colombia por 2 millones de soles; respecto a su personalidad, se le atribuyó anormalidad, pésimos antecedentes, mala conducta, arrestos y prisión durante su carrera militar.
En la imposibilidad de exhibir su hoja de servicios por no encontrarse en la Comandancia de la V División, entregó su Libreta Militar de la División Superior de la Escuela Militar de Chorrillos y pidió que se diera lectura a las notas de concepto en ella contenidas, pero no fue escuchado.
En el curso de sus declaraciones sus expresiones fueron duras y mordaces refiriéndose al sistema político del gobierno y del país, muchas de las cuales fueron rechazadas y silenciadas enérgicamente por el Presidente de la Corte Marcial, el comandante Oscar L. Torres, porque “no podía permitir en ese ambiente afirmaciones de esa naturaleza”.
El Ministerio Fiscal, representado por el mayor Tomás Acha, después de describir en su acusación el levantamiento, como fruto de la perversión de sus autores, cuya trascendencia pudo tener “funestas consecuencias e incalculables proporciones en daño a la nación”, acusó a Tejedo como principal instigador y responsable del movimiento, que calificó de traición a la patria y pidió le fuera aplicada la pena de muerte y para los coautores y demás participantes en el levantamiento la pena de prisión en distintos grados...
La defensa de Tejedo, asumida por el teniente de la Armada, Federico del Águila, fue débil: trató sólo de restar a la acusación las condiciones estipuladas por la ley para considerar la acción de Tejedo como traición a la Patria y de que fuera tomada solo como una simple rebelión, merecedora, cuando más, de una sanción de uno a dos años de prisión.
La defensa de los clases y soldados, a cargo del capitán Colina fue más emotiva e impresionó al público asistente. Calificó de “seudo delito” el que se les imputaba y afirmó que esa actitud fue una “explosión de patriotismo”, el “reflejo del espíritu patriótico del pueblo de Loreto” y concluyó pidiendo se considerara exento de responsabilidad militar a sus defendidos.
Cuando habló el sargento primero Villafuerte, en voz emocionada afirmó que había tomado parte en el movimiento inspirado en el más puro sentimiento patriótico,porque sintió el deber de impedir la entrega de Leticia; que había venido de la costa del país, abandonando a su madre, lo único que le quedaba de su hogar, para defender el rescate de la tierra de sus hermanos, pero que, por desgracia, no solamente ya no podía defenderla, sino que sentía el temor de que ese suelo nacional se perdiera definitivamente.
Pero la Corte Marcial fue ciega y sorda, no fue humana ni justa; no quiso mirar ni escuchar el sentimiento patriótico herido, solo vio al soldado que debe sujetarse a las órdenes con sumisión; no pensó en el suelo patrio cercenado, sino en el honor del ejército mancillado; no alcanzó a ver la grandeza de quien lo sacrifica todo en defensa de la tierra que le vio nacer, solo sintió la vergüenza del militar que ve manchado su uniforme... y quiso ser ejemplar en su sanción, llenar de baldón a quienes nacidos en remotas regiones de la Patria, vinieron a unirse en un solo sentimiento de sacrificio en defensa de una parte olvidada de ella, con el patriotismo puro que muchos fueron incapaces de sentir y ni siquiera comprender... y los de esa Corte Marcial, ciegos y sordos, cerrando los ojos y taponándose los oídos los condenaron, para meses más tarde recibir la más afrentosa bofetada de su vida... la entrega de Leticia, por cuya defensa condenaron a verdaderos patriotas por traición a la patria...

Subteniente Hildebrando Tejedo Monteza,
Iquitos. 20 años.
Sargento 1º Luís H. Chanduví,
Chiclayo. 15 años.
Sargento 1º Francisco Torres Alvarado,
Piura. 15 años.
Sargento 1º Fidel García Revollé,
Callao. 13 años.
Sargento 1º Alberto Novoa Parodi,
Puno. 10 años.
Sargento 1º Pedro Villafuerte Girón,
Callao. 8 años.
Sargento 2º Carlos Rondón García,
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º César Llerena Rodríguez
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º Félix Portal Navarro,
Lima. 6 años.
Cabo Luís Montoya Molleda,
Ica. 1 año.
Soldado Modesto Espinoza Jiménez,
Tumbes. 3 años.
Soldado Julio Tovar,
Lima. 1 año.
El público que concurrió al juicio parecía no salir de su asombro y el resto de la población, muy tarde empezó a comprender el verdadero motivo de la precipitación para juzgar a los supuestos culpables de traición a la patria...
Un mes antes se había publicado el texto de los arreglos del problema internacional de Leticia, que fue firmado por los delegados del Perú y Colombia, cuyo artículo 2º establecía tácitamente que el tratado de limites de 1922, ratificado en 1928, no podía ser modificado ni afectado, salvo mutuo acuerdo de las partes y en los términos que el artículo 7º estipulaba, uno de los cuales rechazaba tajantemente el uso de la guerra o de la fuerza para resolver la controversia. Lo demás nos envolvía en dudas, con una sola conclusión positiva: nuestra causa estaba perdida; porque era infantil, por decir lo menos, pensar que Colombia estuviera de acuerdo en revisar el tratado Salomón - Lozano y en consecuencia, Leticia, vendida, cedida, o como fuera, no volvería a ser peruana.
Pero entonces, si Tejedo y los que lo acompañaron estaban defendiendo la posesión de Leticia y oponiéndose a un arreglo lesivo a los intereses de la patria, si habían convertido en acción armada el sentimiento de todo un pueblo, si habían tratado de impedir una afrenta nacional... tenían toda la razón... ¿Por qué el Fiscal los acusó de traición a la patria?... ¿Acaso Leticia, Loreto, no eran parte de la patria?... ¿Acaso protestar, rebelarse, pelear por un agravio a la patria era hacerle traición?... ¡La traición estaba en otra parte!... la mentira estaba en marcha... la nación estaba manejada por intereses subalternos y por hombres sin autoridad cívica... porque los diplomáticos seguían diciendo: “... en todo momento nuestra preocupación ha sido el mantenimiento de los derechos y la suerte de nuestros compatriotas en esa región tan cercana al corazón del Perú (¿se refería eufemísticamente a Lima... o a Loreto?) cuya prosperidad encierra el porvenir nacional”... “el arreglo deja abiertas las puertas de la conciliación con Colombia para el acuerdo fundamental y definitivo que se desarrollará más tarde en un ambiente de paz, de buena voluntad y de confianza con nuestro objetivo de satisfacer las justas aspiraciones de Loreto”... “Deja abiertas también de par en par, las puertas de la Justicia Internacional, hacia el Tribunal más respetable que existe, ante cuyas funciones se inclinan las más grandes potencias del mundo”... “Conjuramos a todo el pueblo loretano a unirse con el resto del Perú en el nuevo programa de orden y tranquilidad y poner toda su confianza en el futuro”... “La civilización del mundo y el Derecho Internacional nos imponen seguir esa conducta para honor de nuestra Patria”... “Puede Loreto estar persuadido de que hoy en adelante nuestra visión de la grandeza peruana se vinculará a la integridad y al desarrollo de las regiones trasandinas, principalmente amazónicas, en las que se asentará el Perú rico, poderoso y feliz de las nuevas generaciones”...
Posteriormente el general Sarmiento en declaraciones a órganos periodísticos decía que los arreglos con Colombia habían sido bien recibidos en Loreto y que todo el
pueblo tenía fe ciega en que el presidente Benavides llegaría a un arreglo con Colombia, honroso para el país y que la cesación de las hostilidades había sido un rotundo triunfo suyo (de Benavides). Agregaba, como anticipándose a una pregunta sobre la razón de la rebelión de Tejedo, que había sido un movimiento sin importancia ni alcances políticos, que no había tenido como motivo el arreglo con Colombia, ni había sido Leticia su símbolo, “un descabellado motín, obra de un anormal, de un individuo que ha sufrido arrestos por diversas causas y salió de la prisión para ser mandado al oriente; allí lo encontré y lo mandé al frente, pero no pudo llegar porque se enfermó en el camino”... “no encontró eco sino en dos o tres clases tan anormales como el instigador, tuvo franco rechazo y condenación severísima y absoluta, tanto en el ejército en Loreto, como en la totalidad de sus habitantes”...
Pero una carta del coronel Víctor Ramos, publicada en “El Comercio”, de Lima, descorrió levemente los entretelones de una controversia intestina en el Comando de las Operaciones del Nor-oriente, algo del pus, de que nos habla Gonzáles Prada, uno de cuyos párrafos no necesita comentario: “... Usted me dice que hay que tratar sin contemplaciones a todos los ladrones, cobardes, traidores y desertores. Así debe ser, pero a TODOS, hay que agregar MUCHOS MAS; a los farsantes, a los arribistas, a los vivos. Estoy, pues, en perfecto acuerdo con Usted...”
¡Ese es nuestro Perú!

viernes, 3 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVII


El crucero “Huallaga” entró lentamente por el “caño” hasta el puerto de Caballo Cocha; el saliente sol iluminando la ribera anunciaba un buen día; casi todos los pasajeros hacía rato que estaban despiertos, muchos no habían dormido porque el ansiado regreso que se estaba comenzando impulsaba a la alegría y a la comunicación; tampoco faltaron tragos que hicieron más bulliciosa la velada y aunque algunos dormilones protestaron, la presencia de los clases en los corrillos los contuvo.
El puerto estaba desierto. O todos en el pueblo estaban dormidos o nadie daba importancia al acontecimiento y aunque no es extraño encontrar esa actitud desaprensiva en los pobladores de la selva, que solo es fruto de su sencillez y falta de confianza por tantos engaños sufridos, aquella vez, que todo un batallón llegaba en un crucero para acuartelarse en la ciudad, esperaba por lo menos curiosidad, ya que no el entusiasmo de cuando íbamos en busca de cargueros. Quizá ya sentían lo mismo que nosotros, quizá ya estaban preguntando por qué no regresaron tantos de los que de allí habían partido, quizá ya se habrían enterado que murieron inútilmente...
Encostó el barco e inmediatamente desembarcaron algunos oficiales y clases para determinar la ubicación de las casas que habían de servir de cuarteles. Cuando regresaron, como media hora después, ya estaban abiertas las bodegas y la tropa lista para empezar la conducción de los bultos que constituían la impedimenta; toda la mañana nos la pasamos en un constante subir y bajar la cuesta, acarreándolos, lo que concluyó al mediodía, cuando todos quedamos instalados.
Aunque yo estaba entre el personal de la Comandancia, solo era en condición de destacado, seguía perteneciendo a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19, en ella pasaba rancho y lista de mañana y noche, en consecuencia seguíamos juntos Juan José, Eleazar, Acosta y Lozano; además, Sifuentes, Oyarce y Saavedra Capillo, aunque estaban en el cuerpo de Sanidad, que ocupaba otro local, ellos o nosotros lográbamos establecer contacto. Por otra parte, lo aparentemente transitorio de nuestra permanencia hacía que el alto Comando del Agrupamiento, reducido al comandante Calderón y su Jefe de Estado Mayor, Vásquez Caicedo, tuviera poca actividad y mucha menos el personal subalterno, dejándome todo el tiempo libre.
El día siguiente fue el de San Juan, clásica fiesta regional, cuya característica especial, aparte de los “shuntos”, hogueras que se hacen en los patios de las casas, por sobre las cuales saltan los enamorados con las manos enlazadas, es la confección de un plato típico: el “juane”... ¡los sabrosos juanes!... que con su pálida y granulada faz son el manjar central de todas las mesas. Alejado de mi hogar no pensé tener el placer de saborearlo, pero muy temprano, tuve la grata sorpresa de ver aparecer a Oyarce, quien, desairando el insípido té de la paila, me invitó a su casa, donde encontré preparado un suculento desayuno, muy de mi gusto: un sabroso juane, una taza de aromático café y plátanos asados en las brasas. ¿Habrá algo más delicioso en el día de San Juan para un hijo de la selva?...
Pero las sorpresas continuaron: cerca de las 11 de la mañana fui en busca de Saavedra Capillo a cierta casa de familia y encontré reunidos en ella, alrededor de una mesa y bebiendo un generoso aperitivo a un grupo de “los 7 amigos del 19”, que habían sido invitados al almuerzo, quienes al verme celebraron con ruidosas carcajadas mi intuición, pues Sifuentes ya había salido en mi busca.
Lo curioso del caso fue, aparte de que la invitación era exclusiva, que el convite no era precisamente en la casa donde se estaban tomando los tragos, sino en otra, que para ir a ella, no lo hicimos como comúnmente se hace, por la calle y entrando por la puerta. Guiados por Teodorico, nos introdujimos a la huerta de la casa en que estábamos, pasamos a otras huertas, transponiendo unas veces y rompiendo otras los cercos, hasta Dios sabe dónde... el final fue que entrando por una huerta a una amplia cocina encontramos lo que nos esperaba: una bien servida mesa, con los juanes en el centro, en medio de un confuso montón de hojas de bijao*, como es de ritual. Luego de los saludos y cortesías del caso, ya mismo nos invitaron a sentarnos a la mesa; la familia que invitó comprobó ser experta en la preparación del típico plato: la masa se deshacía en la boca y dejaba saborear con deliciosa discreción, todos los ingredientes que contribuyen a hacerlo el plato regional por excelencia. Como bebida, había para escoger entre vino y chicha, que sin preferencia son licores obligados según el paladar y gusto.
Fue un banquete inolvidable, tanto por la calidad del manjar, como por la gentil atención que nos brindó la familia Malaverry.
El regreso lo hicimos en la misma forma y me hubiera visto en un aprieto si alguien me hubiese pedido que señalara la casa donde tan finamente fuimos atendidos.
Dos días después llegó el “Alberto” de Ramón Castilla en viaje a Iquitos; encostó brevemente, al parecer sólo para recibir documentos del Comando y siguió su rumbo. Llevaba el resto del batallón evacuado de la frontera.
Nosotros seguimos en el pueblo, cada día más aburridos; sufrimos un chasco regularcito con el traslado; solo faltaba que a los jefes se les hubiera ocurrido hacer trincheras para pasar el tiempo. Por lo que a mi tocaba, mi destaque al Comando subsistía y me daba amplia libertad y completa inactividad; no había viajes, ni comisiones, ni formaciones; en el día permanecía en la Comandancia simplemente porque no tenía otra alternativa, pero en mi Compañía empezaron a cargar con los ejercicios, a los que mis amigos tenían que sujetarse, motivo por el que no podía contar con ellos para distraer el aburrimiento.
El comandante estaba siempre solo, absorto y silencioso, sentado frente a un escritorio o paseando lentamente de un lado al otro de la habitación, con la cabeza inclinada y aire de abatimiento; quien se encargaba de dar órdenes y dictar disposiciones era el Jefe de Estado Mayor.
En cuanto a los demás oficiales, paraban solo en la calle, estorbando en todas partes; salíamos a pasear y a la vuelta de cada esquina se tropezaba con uno de ellos, oteando el horizonte con atención de explorador, nuestra presencia les molestaba, de manera que había que saludar y desaparecer; estaban al acecho de las chicas y no daban con la estrategia que debían emplear para atraerlas y captar su atención; algunos ya mostraban despecho porque habían sido rechazados por sus impertinencias, pero, como buenos militares, se mantenían firmes y frescos, ponían cara dura e insistían.
Para la tropa muchas esperanzas y pocas realidades; estábamos peor que en Ramón Castilla; allá, ni guardias, ni ejercicios ni clases que molestaran, en Caballo Cocha volvieron a aparecer los cabos -porque los sargentos, conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos delegaron sus funciones en los cabos, haciéndoles sentirse en su elemento- de modo que tenían que andar con tiento y buenas maneras con ellos: sólo salían de franco a la calle los que habían caído en su gracia, los demás tenían que hacer de imaginaria o ponerse a dormir aunque no tuvieran sueño -mientras estuviera presente- pues, en cuanto volvía la espalda, por la puerta o por la huerta, salían cuantos se atrevían, con riesgo de ser castigados.
Tampoco quedaba el recurso de hacer vida social, porque, como enviado por el diablo aparecía un oficial y el soldado tenía que salir disparado. Tratándose de chicas, eran como el perro del hortelano... los malditos no eran capaces de dejar correr el agua que no podían beber...
A pesar de este adverso ambiente, festejando el afortunado regreso de Dositeo, lo que equivale a decir que volvió sano y salvo, organizamos un baile, exclusivo para soldados y marineros, pues dos altos representantes de nuestra Armada fueron incorporados a nuestro grupo: Manuel Chávez y Manuel Clavero -hijo éste del héroe del Caquetá- maquinista el uno y del cuerpo de transmisiones el otro.
Como a las 9 de la noche lo iniciamos con gran animación; dos guitarras, dos cantores, un ramillete de chicas muy atractivas y muchas botellas dieron realce a nuestra fiesta, lo que atrajo a la puerta muchos mirones. Nos divertíamos en grande cuando entre los mirones se metieron dos oficiales, los soldados al tenerlos cerca fueron desapareciendo uno a uno, pero nosotros hacíamos como si no los viéramos; llegaron dos mas y con ese refuerzo se atrevieron a entrar al salón, dejamos de bailar y nos arrinconamos; como la música seguía pretendieron bailar... pero la música paró de repente y los músicos hicieron como que fueran a marcharse, los oficiales se les acercaron y en la forma más amable, pues no podían hacerlo de otra manera porque eran civiles, les pidieron que siguieran tocando, se negaron alegando que tenían otro compromiso, les ofrecieron dinero, no aceptaron y se mandaron mudar...
Mientras tanto las chicas, metiéndose una a una a las habitaciones interiores, desaparecieron y cuando los oficiales se volvieron se encontraron con puros machos, nos miraron con rencor y uno de ellos preguntó:
- ¿Qué pasó con las chicas?
- Regresaron a sus casas.
- ¡Qué chunchas!... Parece que nos tuvieron miedo.
Y sin atreverse a más se largaron dejándonos libre el campo, pero la fiesta interrumpida. También nosotros, desilusionados por el contraste nos disponíamos a retirarnos, cuando llegaron Chaparro y Encinas, quienes, también en tragos, al enterarse de nuestro problema, fueron en busca de los músicos, los que solo por una instintiva repulsión a los entrometidos, habían suspendido la música y como no estaban lejos, volvieron con ellos y de nuevo arrancaron a tocar. Las chicas reaparecieron y reanudamos la fiesta con mayor animación.
A Piñeiro el viaje le sirvió para recobrar la serenidad y no tomar las cosas a la tremenda, pero el ambiente y la presencia de las chicas contribuyó a perturbarlo de nuevo: olvidando el peligro de un nuevo fracaso amoroso, se pegó a una de ellas, abandonándose a su suerte... confesando al final que estaba enamorado... ¡Otra vez!... Había que desearle más fortuna al incauto y enamoradizo Casanova.
La “Luella”, de retorno definitivo a Iquitos nos trajo noticias desalentadoras... El “Shapra” Martínez, su maquinista, nos contó que una bandera extraña estaba flameando en Leticia, que las cañoneras colombianas estaban acoderadas al puerto, que uno de sus transportes había desembarcado tropas y otro, también con destino a Leticia, estaba en Esperanza, un puerto brasileño cercano.
Nosotros también estuvimos en Esperanza como insignificantes peleles... ¿Qué otra cosa podíamos hacer?... ¡Estuvimos en Esperanza, llegamos a desencanto para por fin, quedarnos en ridículo...

BIJAO*.- Hoja de una planta silvestre del mismo nombre. En ellas, se envuelve la masa del “juane” para sancocharlo, lo que le da un sabor especial e inconfundible.

lunes, 29 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVI


¡Y cayó!... ¡Con todo el mástil!...
Aquello de “esta bandera no se arriará jamás”, bastó que desapareciera Sánchez Cerro para que en las altas esferas oficiales empezaran a hacer todo lo posible para que lo olvidáramos; aunque nosotros, ingenuamente, seguíamos creyendo que no iría a caer... y seguíamos peleando en Calderón, Yabuyanos, Puca Urco... ¡Qué broma!
Fue en la noche cuando la hicieron caer, esperando el mayor silencio y la más grande oscuridad, como avergonzados o asustados de lo que iban a presenciar, pero nosotros lo vimos todo sin mucho esfuerzo; quisieron estar solos, quizá para solos ser los que arrastraran el peso de tan amargo recuerdo; pero el soldado no duerme, el loretano tiene un sexto sentido que le ha desarrollado la agresividad de la selva... y estuvimos presentes mas de los que se hubiera supuesto.
Calderón miraba inmóvil y silencioso como una estatua; Ferruzo, siempre cubierta su cabeza orlada de nieve, con su arrugada cristina, se paseaba impaciente y nervioso, como en espera de algo que tarda en llegar; los primeros Arbulú y Dávila, como siempre juntos, el uno, como de costumbre, con una mano en el bolsillo y con la otra jugando con el silbato que le sirve para llamar a la formación, el otro, como era su hábito, pulcramente vestido, como si estuviera yendo a una fiesta o volviendo de ella; muchos soldados y algunos de “los 7 amigos del 19” mirando de lejos, estos últimos tratando de no ser reconocidos.
¿Cómo se supo que algo insólito iba a ocurrir-.. ¿Intuición?... ¿Presentimiento?... ¿Casualidad?... ¿Infidencia?... ¡Quién sabe! pero allí estuvimos sin saber qué iríamos a ver...
Llegaron un cabo y cuatro soldados con unas herramientas, que, al parecer era lo que Ferruzo estaba esperando; en voz baja dio una orden y los soldados empezaron a cavar lentamente la húmeda tierra que aprisionaba la base del mástil, en cuyo tope la bandera, sin viento que la moviera, parecía estar abrazada, como tratando de no desprenderse... cavaron hondo... ¡mas hondo!... hasta que al fin llegaron al extremo que ya se estaba pudriendo, lo inclinaron con cuidado y tiraron de él para sacarlo del hueco... ¡ahí faltó fuerza!... casi los aplasta el palo por su peso y longitud... el cabo corrió hacia nosotros.
- ¡Por favor, vengan a ayudar! -nos dijo.
Nadie se movió, todos nos miramos vacilantes, ninguno se atrevía, yo sentía como miedo... ¿Qué estábamos haciendo?... ¿Por qué? Quizá todos sentían igual. El cabo decidió en el acto.
- ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... - señaló a cuatro soldados - ¡Vénganse conmigo!
Los cuatro obedecieron y fueron en ayuda de los que estaban sosteniendo el mástil y lo sacaron del todo.
¡Fue una idea luminosa!... ¡La bandera no se arrió... ¡Cayó el mástil!
Dos imprudentes lágrimas asomaron a las mejillas de Calderón, que en la tenue oscuridad brillaron como dos estrellas... Todos estaban serios... como consternados... hasta parecía que estuvieran temblando o la fulgurante luz de un relámpago que en aquel instante iluminó la escena, dio esa impresión...
Los soldados pusieron el mástil sobre sus hombros suavemente, con una actitud que parecía de reverencia, cual si se tratara del anda de una divinidad o del palio de una majestad... se pusieron en marcha con dirección al puerto, guiados por el cabo, llegaron a la orilla y lo embarcaron en la lancha que los estaba esperando.
Todos los presentes los seguimos en silencio, como en un cortejo fúnebre... como acompañando a aquellos compañeros que partieron llevándose la esperanza de ver nuestra tierra redimida...
La lancha partió hacia Ramón Castilla; llegaron, lo desembarcaron y lo prendieron en suelo peruano nuevamente.
La luz de un nuevo día iluminó la bandera que 290 días había ondeado en Leticia, la bandera que las damas loretanas residentes en Lima nos habían regalado para mantenerla al tope... en una playa que estaba siendo tragada por el río... entre gramalotes donde viven lagartos y gamitanas*... entre un fango, que a un lado tiene el río y al otro lado una tahuampa...
Como el palacio de Aladino por arte de encantamiento de una lámpara.., allí no hubo lámpara... hubo algún camaleón.... hubo muchos camaleones...
Al abrir los que dormían en Leticia sus ojos legañosos y ver su bandera en Ramón Castilla, creyeron estar soñando y preguntaron... los camaleones contestaron que el milagro era voluntad del cielo; que el “Mocho” estaba cumpliendo su palabra... ¡la bandera no se arrió!... fue él quien, desde el cielo -o acaso del infierno- de un tirón el mástil sacó fuera... por los aires lo pasó al otro lado y de un empujón lo prendió de nuevo...
Y aquí el juramento del soldado: “seguir constantemente a vuestra bandera, no abandonar a vuestros superiores”... y la bandera estaba en Ramón Castilla como haciendo señas con sus pliegues... Los oficiales se embarcaron en las lanchas llevando sus catres, sus perchas, sus loros, sus perritos y bacinicas... los soldados también nos embarcamos... sin perchas, ni perros, ni loros, ni bacinicas...
La playa nos recibió tristemente. Piadosa, por un instante, como para alentar y darnos confianza, dejó de desbarrancarse; pero estábamos asombrados... porque era una playa donde sólo podían vivir bestias que alternan con boas y lagartos... con unos tambos viejos que un suspiro podía hacerlos vacilar. Cuando ingresamos a ellos, víboras, murciélagos y lagartijas huyeron a la maleza; observamos que a través de sus techos se veía el sol, que por las noches no necesitaríamos salir para deleitarnos en la contemplación del firmamento y cuando cantáramos al son de nuestra guitarra, del fondo de la tahuampa vendrían a extasiarse los bufeos* y las vacamarinas*... Teníamos que vivir felices, al pié de nuestra bandera, sin abandonar a nuestros oficiales, hasta perder la... paciencia.
En los pocos días que permanecimos observamos con más detenimiento y lo íbamos encontrando una delicia... el agua del río, que estaba en vaciante, con la playa al mismo nivel y casi entrando en los tambos, le daban atractivo encantador: parecía una Venecia de la época prehistórica; unos troncos caídos sobre unas zanjas mostraban con muda elocuencia hasta dónde había llegado la anterior creciente del río y cómo sirvieron para caminar sobre ellos al trasladarse de un lado al otro; el gramalote entraba hasta donde estaban nuestras tarimas.
La bandera flameaba imperturbable y alta, tan alta que cuando se la miraba largo rato se sentía dolor en el cuello; en el mismo mástil que salió del hueco de Leticia, prendido en el borde del barranco. Ya no permanecía al tope día y noche y cuando todas las mañanas para izarla, el corneta dejaba oír el toque de bandera, un perro famélico aullaba tristemente... Pasó de Leticia con nosotros, parecía reconocer la bandera y era el único que lloraba por ella...

Los tambos resultaron monísimos porque la brisa silbaba tenuemente en los huecos de su techo; en el nuestro había tres mecedoras, dos sofás y una mesa redonda; donde dormíamos entraba el aire con la prodigalidad que el clima reclamaba y favorecía el no tener cómo cerrar puertas y ventanas y los huecos de los techados de hojas de palma... ¡Todo estaba abierto!...
Las camas tenían disposición tal que al que se le hubiera ocurrido morir por la noche, no habría habido necesidad de prepararle capilla ardiente y trasladarlo a ella; algunas de las tarimas que nos servían de cama tenían huellas de cera en sus cuatro ángulos... ¡eran las que ya sirvieron para el caso!... Además, la cama se utilizaba como mesa, como banco, como percha, como lavatorio... porque teníamos tan cerca el agua que casi se tenía lavada la cara al despertarnos. Con eso se evitaron muchas formaciones: formación para lavarse la cara, para lavar las cacerolas, para el baño... y los clases y soldados también salimos ganando: los unos conservaron un poco mas sus pulmones, los otros perdíamos menos la paciencia.
Los zancudos también fueron desapareciendo, sin necesidad de insecticidas ni combinación que los sustituyera. El día que llegamos había tantos que se nos metían hasta en la comida, pero nosotros éramos, como cuatrocientos, sin contar los gatos, los perritos y los loros; los zancudos se vieron obligados a dividirse y así, nos tocaron como a 100 y en el primer día perecieron y hasta desaparecieron bajo la furibunda presión de nuestras férreas manos decenas de ellos; al día siguiente había muchos menos y volvimos a sembrar la desolación y la muerte por donde había zancudos; después, las reservas eran las que zumbaban tímidamente en torno nuestro, como pidiendo misericordia, porque en el suelo, en las tarimas, en el banco y hasta en la mesa redonda; yacían aplastados innumerables zancudos... A poco más que hubiéramos permanecido en Ramón Castilla no hubiera quedado más que los recién nacidos y las larvas... ¡habríamos acabado con la especie!...
Todo ya era solamente esperar, largos días en un lento discurrir; los ejercicios pararon, las academias pasaron, las imaginarias no se hacían y hasta los clases perdieron su ascendiente sobre la tropa.
El sol, que brillaba iluminando el firmamento con tibio esplendor, nos hacía olvidar la miseria de la situación que se había creado; sus rayos, que parecían mensajeros de alegría y amor se arrastraban por las crestas de la selva y se inclinaban en ósculo pertinaz sobre las ondas del majestuoso Amazonas, que a impulso de la brisa se encrespaba turbulento... hasta que el pálido crepúsculo iba extendiéndose poco a poco, convirtiendo lentamente en sombra ese esplendor, sombra que llegaba hasta el alma, pero sin poderla inundar, porque una ardiente llama seguía iluminando la dulce evocación de una mirada, de una sonrisa, de una voz...
Hasta que un día me tocaron retirada... ¡Rumbo a Caballo Cocha!... Me di cuenta entonces que mi suerte no era tan perra; el Comando debía trasladarse a Caballo Cocha y como yo, aun estaba destacado a él, no habría sido posible que el comandante fuera a dejarme en Ramón Castilla, una playa infecta donde abundaban los bichos y el agua amenazaba llevarnos...
Con un efusivo abrazo me despedí de los compañeros, que por pocos días se iban a quedar y no pude dejar de derramar algunas lágrimas de verdadero sentimiento... ¡Y cómo no ser así cuando con mi fusil me di un golpe en la cabeza al descolgarlo!...
Todo el personal del Comando y dos Compañías del Batallón pasaron a Leticia directamente a embarcarse en el “Huallaga”, que estaba esperando. Igual que al “Alberto”, que también estaba acoderado en el puerto, le habían dado apariencia de buque de guerra, tanto por el color con que había sido pintado, como por los cañones que le habían instalado -dos en la proa y dos en la popa- y le aplicaron el nombre de crucero... ¡Demasiado tarde!... Mientras en el teatro de operaciones se estaba tratando de recuperar el tiempo perdido y la acción que nos habían ganado, al otro lado de los andes ya nos habían clavado el puñal por la espalda:..
La Comisión Internacional, que según las noticias periodísticas debía encargarse de supervigilar la evacuación de Leticia, llegó poco después que nosotros en tres lanchas brasileñas; estaba compuesta por un norteamericano, un español, un cubano y un brasileño, con un séquito de asesores y secretarios que inmediatamente se transbordaron al “Alberto” y como ya era ella la que mandaba, su primera orden fue la de nuestra partida.
Cuando salimos de Leticia... ¡para siempre!. . . eran las dos de la tarde. Al amanecer del día siguiente llegamos a Caballo Cocha.

GAMITANA*.- Pez de regular tamaño de escamas grandes.
BUFEO*.- Delfín. Cetáceo piscívoro de dos a tres metros, abunda en los ríos amazónicos.
VACAMARINA*.- Manatí. Mamífero sirenio de hasta cinco metros de longitud.

viernes, 26 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXV


Se iba a despejar la incógnita que nos torturaba; corrían insistentes rumores de que Leticia debía ser evacuada y nuestro regreso estaba cercano. El R-10 había llegado repleto de oficiales de alta graduación y entre ellos había vuelto el comandante Calderón. Se decía que la misión de tan distinguida delegación era planear y poner en práctica la evacuación y una de las primeras señales que confirmó la versión fue la orden de destrucción de las trincheras y de los emplazamientos de los cañones, que la Compañía de zapadores empezó a volar. Las explosiones de las cargas, por todos lados, destruían las fortificaciones que tanto sudor y fatigas costó a la tropa. Era penoso ver lo que estaba ocurriendo... Dos días después todo era ruinas, escombros y embudos, dando la impresión de que realmente Leticia hubiera sido bombardeada.
Las minas colocadas en el río igualmente se hicieron explotar, pero, de las diez que fueron fondeadas, solo dos explotaron levantando montañas de agua, otras dos fueron menos notables y las seis restantes no se notaron absolutamente. Ese había sido el más grande “bluff” de nuestra campaña y muy posiblemente el motivo fundamental porque los buques colombianos no se atrevieron a acercarse a Leticia.
Y era para reírse recordando que cuando pasaba el capitán brasileño Yucá, guiaba personalmente el buque de la Amazon River, haciéndonos la jugada de seguir a la lanchita “Atahualpa”, comandada por el chato Raygada, que hacia más eses que cuando estaba borracho.
Cuatro días después los enfermos recibieron la orden de equiparse y estar preparados para embarcarse en uno de los “cruceros” que debía llegar de un momento a otro y no nos sorprendió, un poco más tarde, ver corriendo como caballos desbocados por las calles de Leticia, a los de la banda de músicos. No había que esforzarse mucho para suponer que también habían recibido la orden de embarcarse en el mismo buque.
Fuimos a verlos a todos para despedirlos. En una sola cuadra estaban juntos e impacientes, los de la banda y los de la Tercera y Cuarta Compañía; en todos los semblantes, incluso en el pálido y demacrado rostro de los enfermos se veía una luminosa sonrisa, un destello de felicidad. No podía ser de otra manera, pues regresaban a sus hogares y esa ansiedad les hacía olvidar momentáneamente el sufrimiento físico, el triste resultado de nuestra campaña y la quiebra total de las caras esperanzas del triunfo de nuestra causa. No les dijimos adiós sino hasta pronto, porque sabíamos que en breve volveríamos a vernos. Todos se embarcaron tan pronto como llegó el “Alberto”, que ya era “crucero” y volvió a zarpar inmediatamente.
Nos quedamos y nuestra tristeza aumentó con una noticia desconcertante: resultó al final de cuentas que la tal Comisión de Evacuación, por el simple hecho de que estábamos sanos, determinó que no regresáramos a Iquitos, sino fuéramos trasladados a Ramón Castilla... como quien dice... ¡al infierno!...
Si siquiera nos hubieran destinado a Caballo Cocha, no nos hubiera contrariado tanto, pero... ¡a Ramón Castilla!... donde las casas estaban en peligro de ser arrastradas por el barranco, donde el terreno era una playa fangosa, donde abundaban los zancudos, tanto como los malos políticos en el Perú... teníamos en perspectiva vivir como las garzas en las playas, con un pie levantado para no mojar los dos al mismo tiempo.
No tenía explicación nuestra permanencia en la frontera si habría sido para defenderla, para hacernos matar... bueno, hubiera tenido sentido y justificación, pero el enemigo no nos quería matar, por lo menos no nos quería matar a tiros, porque sin ellos hacer ningún esfuerzo, sin disparar un solo tiro, teníamos para morirnos de vergüenza...
Teníamos que esperar en Ramón Castilla hasta que algún desocupado tuviera la ocurrencia de preguntar por el Batallón Nº 19 y le saliera del vientre la humana idea de hacerlo relevar. Mientras tanto nos entretendríamos en obedecer a los oficiales y acabar con los zancudos, ya que no podíamos hacerlo a la inversa.
No sabíamos cuánto y qué había que esperar todavía; “los 7 amigos del 19” empezaron a disgregarse: Teodorico se iba a Caballo Cocha y... Dositeo, al parecer por cuestiones sentimentales se marchaba en comisión al Cotuhé.

El amor es una enfermedad; no mata pero consume, cuando quien la sufre no logra apoderarse del microbio que es la causa; es más peligrosa cuando el microbio ataca dos, tres o más pacientes a la vez; peor aun cuando el microbio no se deja atrapar por el primer paciente y cae con el primer advenedizo y llega a lo más grave, cuando el microbio es perverso, se deja atrapar por todos menos por el que está más afectado.
Es un microbio muy singular: cuando se le busca no se le encuentra y otras veces sin uno buscarlo, tropieza con él y se infecta.
Este fue uno que no buscó el amor, digo el microbio y se le prendió; le atacó en tal forma que lejos de consumirlo parecía darle más vida, pero un día fue llevado lejos, arrastrado por una ola que entonces llamaron patriotismo, pero la transformaron en engaño, sintiendo en su corazón la nota triste de la ausencia y llevando en su pensamiento el deseo de volver.
Pasaba el tiempo y el microbio desde lejos, parecía no atacarlo mas que a él... y el soñaba, se perdía en nubes de ensueño y silencios de ilusión; caminaba a tientas con la luz de sus recuerdos, no miraba mas que de lejos, donde estaba su microbio.
Un día hasta él llegó un rumor... Que el microbio que fue causa de su mal, había sido atrapado al tratar de enfermar otro corazón, que su muerte fue sabida en todas partes y su entierro fue un destierro... Al saberlo sintió morir de dolor... la sonrisa de esperanza ante el soplo de esa nueva en sus labios se enfrió... el brillo de sus ojos, como el sol que se oculta acosado por la noche oscureció convirtiéndose en sombras de amargura...
Un amigo le contó con detalles que sangraron mas aun su corazón oprimido por el puño de la pena, como fue que cierto día su microbio al atacar una nueva víctima, resbaló, cayó, se dejó atrapar... y al darse cuenta era ya cadáver...
Al oírlo de dolor enloqueció y “partió, llevando en su amargura, el cruel recuerdo de esa aventura”... ¡al Cotuhé!... rumbo al olvido y al paludismo, con fines suicidas, porque quien allá iba no regresaba íntegro, pues lo que de sangre y pellejo le dejaban las fiebres... se lo quitaba el camino...
No avisó que partía ni se despidió de sus amigos y a bordo de la lancha que lo conducía, entre latas de galletas y sacos de comestibles, trató de hundirse en el sueño de los tragos, supremo consuelo de los que sufren y quieren olvidar...
Y cuando sus ojos se cerraban, cuando con la imaginación empezaba a trasladarse a las regiones del embrutecimiento y del no ser, oyó una voz que le llamaba... creyó estar soñando y contestó... y la misma voz cantó:
Putun, putun, palomita
Putun, putun, palomita
ya no hay la vaca ceniza...
¡ay si!...

Despertó furioso con ímpetu de romperle cualquier cosa al importuno que le recordaba su desdicha... ¡Teodorico Oyarce miraba inocentemente el panorama!...

lunes, 22 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIV


Antes que los colombianos, la gripe atacó el Agrupamiento. Al principio enfermó uno que otro, después tres, cuatro juntos y al cabo de una semana resultó una verdadera epidemia. Fue imposible evitar el contagio por falta de profilaxis y todos caímos como pollos con la peste. Los menos tenían fiebre y tos, los demás no podían ni tenerse en pie.
Al ver el peligro tratamos personalmente de contrarrestarlo con una receta muy original, ya que no teníamos ninguna otra mejor: bebíamos aguardiente con limón, pero el remedio o no fue acertado o la dosis fue excesiva, porque el resultado fue que había tantos borrachos como enfermos. Después acudimos a los masajes, que entre los hijos de la selva se conoce como “llapchada” y daba gusto ver como Eleazar, que resultó toda una institución en tal conocimiento, con la ayuda de Lozano, se multiplicaba en su aplicación a cuantos se lo solicitaban.
Fue un tropezón inesperado; cierto que “un tropezón cualquiera da en la vida” y nosotros, que no éramos excepcionales, estábamos expuestos a darlo a cada paso en aquella situación, donde todo era dificultades, sombras, obstáculos en cuanto nos rodeaba y en cuanto íbamos encontrando. Tropezones pródigos en enseñanzas, que nos hacía conocer el fondo de las cosas y la calidad de los hombres.
El médico, por ejemplo, no es un hombre corriente; es un ser endurecido por la ciencia, que no cree en el dolor ajeno, mira la carne como un tejido, la sangre como una mezcla de hematíes y leucocitos, el cuerpo humano como un rompecabezas cuyas piezas hace tiempo que estudian la manera de reemplazarlas con otras que nunca se descompongan.
Pero así, con toda su insensibilidad, tuvimos que aceptarlo y pese a nuestro escepticismo, tuvo que atendernos en nuestra propia cuadra, porque muchos estaban tan mal, que apenas se sostenían en pie, habrían sido incapaces de concurrir al departamento médico y menos de aguardar a que les llegara el turno.
Nuestra cuadra estaba llena de enfermos, unos acostados, dentro de sus mosquiteros, otros sentados al borde de su lecho: una tarima o largos troncos aserrados en espesores desiguales, unidos para servir como tarimas múltiples, pero con desniveles que tenían que ser rellenados para que no sintiera el usuario esas desigualdades en el cuerpo. El ambiente con un pesado olor a mezcla de humores humanos, frotación, comida, orina... voces quejumbrosas, toses y quejidos por todas partes, una falta de limpieza total... A no ser por el repulsivo aspecto se habría dicho que era un hospital.
El capitán de sanidad, vestido con un mandil blanco, llegó acompañado de un enfermero, quien llevaba una maleta de madera en la mano; miró a todos lados, cruzó a lo largo toda la cuadra, como evaluando el estado de los enfermos y el ambiente en que estaban, los miraba con atención y éstos devolvían la mirada ansiosamente, algunos lo saludaron:
- ¡Buenos días doctor! - a lo que contestaba levantando levemente la mano o la cabeza o en voz baja. Volvió a la puerta y se sentó en un taburete cojo junto a la sucia y destartalada mesa. En voz alta dijo:
- Acérquense uno por uno.
Se acercaron dos apoyándose mutuamente; el médico los miró atentamente y cogiendo la mano, para tomarle el pulso, al que parecía estar peor le preguntó:
- ¿Qué tiene usted?
- Fiebre... me duele mucho la cabeza.
- ¿Mucho?
- Sí doctor, no puedo dormir y me duele...
- Bueno -le interrumpió el médico- Va usted a tomar una cucharada cada dos horas -y dirigiéndose al enfermero- Déle un frasco, luego le preguntó al otro:
- ¿Y usted?
- Yo también tengo fiebre y...
- ¡Una cucharada cada dos horas! -e interrumpió- ¡Que venga otro!
El sanitario se apresuró a sacar dos frascos del maletín y entregar a los pacientes.
- ¿Usted... qué tiene? -volvió a preguntar al que se acercó.
- Fiebre y...
- ¡Cucharada cada dos horas! -dijo el médico sin dejarlo continuar. Siguió recetando cucharadas a todos los que iban llegando, hasta que de pronto el enfermero le dijo:
- ¡Mi capitán, ya no hay cucharadas!
- Entonces déle Fenaspirina, una cada cuatro horas - y siguió ordenando lo mismo para todos los restantes... unos treinta.
Campos que había amanecido con una fiebre altísima y casi delirando, se acercó vacilante, rechazando que lo sostuvieran los compañeros, estaba demacrado. Lo miró el médico y dijo:
- Fenaspirina, una cada tres horas.
- Pero doctor -intervine yo, que soy tan entrometido- lo que tiene él no es gripe, esta con paludismo que ha traído del Cotuhé.
- ¡Ah!... entonces déle quinina y que le preparen sus cucharadas.
Cuando se marchó, como Campos parecía empeorar, lo que nos causó preocupación, aprovechamos de la llegada de Dositeo, que no estaba enfermo, pues ese bárbaro es más duro que una pared, para que fuera a buscar a Scavino, el capitán médico, a quien felizmente encontró y lo condujo a nuestro cuartel. Lo examinó y le dio unas cápsulas y pastillas que lo aliviaron.
Otro caso interesante fue el de Lozano, quien ni por haber intentado ayudar a los compañeros se salvó de la epidemia y es posible que mas bien, esa fuera la causa de que se contagiara. Amaneció adolorido, sin poder dormir y con fiebre.
- ¿Qué le pasa a usted? -le preguntó el capitán.
- Doctor, me siento muy mal
-¿Cree usted que se va a morir?
- Morir quizá no; pero estoy muy mal, quiero que me de algo para poder dormir y que me quite la fiebre.
- No tenemos medicamentos para hacer dormir, todos sufren igual que usted, y el remedio no es hacerlos dormir. Tómese sus fenaspirinas y mañana veremos.
Sentíamos sufrimiento y dolor en el cuerpo; pero más dolor causaba ver el sufrimiento de los más graves y la incapacidad de mitigarlo. Yo caí entre los primeros... ¡Dolorosa distinción!... y lo que más me mortificaba era la dureza de mi cama, madera de 4 pulgadas y ni siquiera pulida... ¡Tenía unos nudos que se hincaban en mi humanidad como golpes de puño!... En la imposibilidad de caminar revolvía mi cuerpo en los durísimos maderos tratando de esquivar la dureza implacable de sus fibras de coloso... en cuanto a comer, ¡imposible!.., quizá los más deliciosos manjares habrían resultado insípidos o desagradables.
Cierta vez conocí a un tipo que tenía una muletilla: “Esta vida ya no es vida”, decía, yo me reía interiormente de él y de su muletilla sin pensar que alguna vez llegaría a la situación de repetirla... y ésta había llegado, peor aun, porque aquello no era vivir, era arrastrarse...
Pero, como resplandeciente luz, como destello luminoso aparecía un don sublime, casi divino, un tesoro que se encuentra solo en las encrucijadas del dolor, un bálsamo capaz de curar las heridas del alma: la amistad, la verdadera amistad que no tiene condiciones, que no admite dimensión ni circunstancias, que no reconoce tiempo ni distancia. Tal sentimiento se vera que brotaba espontáneo en atenciones, en palabras de consuelo, en expresiones de solidaridad, disipando las sombras de la duda, devolviendo la fe y la confianza en la humanidad.
Sin embargo negras nubes seguían ensombreciendo nuestro panorama, una terrible duda se mantenía latente, era algo imposible de calmar, algo en que quería no pensar, quería no recordar; seguía siendo angustia e incertidumbre, interrogante y temor; era no saber que iría a suceder con nuestra causa y no saber hasta cuando ignorarlo.
Solo sabíamos que las fuerzas colombianas después de la toma de Gueppí trataron de afirmar sus posiciones en todo el Putumayo, con el evidente propósito de atacar Puerto Arturo, pero las tropas de la guarnición, mejor dispuestas y dirigidas, las hostilizaron con éxito.
En el varadero Calderón un destacamento peruano las atacó por sorpresa, causándoles bajas, que según informes oficiales alcanzaron a la mitad de una compañía. Se le llamó “la sangrienta sorpresa de Calderón”.
En Yabuyanos otro destacamento logró detener el paso de los transportes colombianos, que bajaban protegidos por sus cañoneras pretendiendo un desembarco.
Y en Puca Urco, en el río Algodón, que fue minado, también bajo la dirección del teniente Mosto, fue rechazado otro intento de desembarco de tropas colombianas. En esta acción tomó parte el teniente Juan Francisco La Rosa -uno de los 57 que rescataron Leticia- con una pieza de artillería.
Eran, pese a nuestras limitaciones en armamento, material, abastecimientos y tropas preparadas, una demostración de que podíamos, no solo resistir, sino triunfar, tomando la iniciativa en el momento oportuno, estando en el sitio justo, manteniéndonos firmes...
La última acción, que coincidió con el inicio de las conferencias entre el nuevo presidente de la República y el diplomático colombiano Dr. Alfonso López, en el Palacio de Gobierno, fue la del Campuya. Ese día el presidente Benavides propuso la “celebración de una conferencia para arreglar en primer lugar la cesación de las hostilidades”...
Esa ansiedad nos consumía. No creíamos posible que tuviéramos que perder Leticia otra vez, sometiéndonos a la decisión de la Liga de las Naciones, organismo compuesto por extranjeros que no conocían nuestra realidad. Y no comprendíamos cómo los diplomáticos colombianos pudieran tener más habilidad y más capacidad que los peruanos, más sólidos argumentos que el derecho de los pobladores despojados, para estar imponiendo sus pretensiones... ¿Tenían ellos tanta fuerza y nosotros ninguna razón?
En tanto seguían llegando los últimos evacuados del Batallón Nº 19, que estuvieron en el Cotuhé, todos enfermos y en deplorables condiciones. Dos murieron al día siguiente, ya ni sus nombres se oyó, solo sabíamos que fueron de aquellos que sintieron la ilusión y tuvieron la esperanza de ver Leticia redimida...¡Dios tuvo piedad de ellos y los llevó antes de que sufrieran el gran desengaño!...
En sus hogares, que con entusiasmo abandonaron, sus padres, sus hijos, sus esposas... seguramente pensaban en los arranques de júbilo por su llegada y en el reinicio de una vida feliz...esperarán eternamente su regreso... No se imaginaron al verlos partir que lo estaban haciendo para nunca más volver y que mientras rezaban por su retorno, ellos habían dolorosamente cruzado los dinteles del misterio, estaban rígidos en sus tarimas, solos con el silencio...
Fueron hombres humildes, libres, se hicieron soldados solo por defender su suelo: allí perdieron su libertad, nadie les brindó reconocimiento, se convirtieron, como pieza fundamental, en el último peldaño de ese complejo mecanismo que se llama ejército y como tal perdieron la vida, humilde, silenciosamente.
Pero, ¿para qué necesitábamos ejército, soldados, oficiales; para qué teníamos generales, si nuestro territorio iba disminuyendo visiblemente?... ¿Protestaron oficiales y generales o siquiera dijeron algo en contra del tratado que nos quitaba enorme extensión territorial y una estratégica frontera?... ¿Se opusieron a la consumación del despojo?... ¡No!... El único que protestó fue el pueblo, el nativo, el despojado, el loretano... Los políticos, los diplomáticos, los militares, cortesanos que defienden sus posiciones con la tradicional sobonería a los gobernantes, guardaron abominable silencio, porque todo lo que saben del honor nacional es pregonarlo en discursos, exhibirlo luciendo trajes de etiqueta y uniformes de gala, en los salones, en las ceremonias, en los desfiles... y en el momento crucial, cuando llegó la oportunidad de corregir un error lesivo, una afrenta nacional, no faltó quien dijo: “esto no vale la pena de pelear”.
Regresaríamos, los militares a dictar cátedra de disciplina y cumplimiento del deber en los cuarteles, a lucir su marcialidad en los desfiles y a pregonar amor patrio en los salones; el pueblo, los loretanos, volveríamos al rincón del hogar a lamentar de generación en generación la pérdida de ese jirón de la Patria, que por los siglos de los siglos será el baldón de una época...

Corrían rumores de que pronto sería evacuada la guarnición de Leticia, los periódicos de Iquitos decían que el general Sarmiento había confirmado la suspensión de las hostilidades... Todo eso fue para mi y para muchos, motivo de triste alegría... porque pisotearían la ansiedad de reivindicación y justicia del pueblo loretano... porque volveríamos a nuestros hogares...
Y mientras tanto seguía el doloroso desfile de soldados, cargueros, hacia el cementerio de Leticia... silenciosamente acompañados de una fúnebre guardia... ya la banda no inundaba el aire con las marciales notas de nuestra marcha, como adiós eterno al ignorado héroe que cayó sin luchar... solo las fulgurantes bayonetas lanzaban sus lágrimas de luz que se remontaban al olvido en un nimbo de gloria... ¡Habían caído en su puesto!...

viernes, 19 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIII

¡El Consejo de Guerra!... ¡Que espanto!...
Fuera de la Comandancia, en el patio frontal, una doble fila de soldados armados en correcta formación haciendo relucir al sol sus brillantes bayonetas; el teniente que los mandaba, erguido como un poste, con la espada vertical empuñada a la altura del cinturón, no pestañeaba siquiera... Dentro, los oficiales, serios, circulando apresuradamente en silencio... Cuchicheos... Nerviosismo...
El Consejo se reunió a las 9 de la mañana; vagamente nos enteramos de cómo se desarrolló: leyeron las declaraciones y cargos hasta la una de la tarde, a esa hora entraron en receso, el que se prolongó hasta las 4, para que los oficiales almorzaran; a esa hora volvieron a reunirse. Nosotros permanecimos cerca de la Comandancia, esperando alguna novedad hasta las 11 de la noche; ellos continuaron.
Algunos habían tenido oportunidad de oír algo; dijeron que la defensa estuvo brillante, pero, pasaría mucho tiempo antes de llegar a nuestro conocimiento la sentencia y su posterior revocatoria; algunos hablaban de absolución, ¡otros de 6 años de cárcel...! ¡Bah!... con haberles mandado a su casa a los tres habría sido suficiente.
¿En qué otra ocupación hubieran podido ganar lo que estaban ganando sin hacer algo útil?...
Hubiera sido interesante escuchar las declaraciones y argumentos de Díaz y como justificó su actitud, pero no creo que se haya atrevido a esgrimir como atenuante la “falta de espíritu de los soldados de la selva”.

La vida del Agrupamiento seguía siendo rutinaria, poco a poco íbamos perdiendo el interés por la verdadera actividad del soldado; los fusiles ya nos parecían un estorbo, los servicios de guardia una molestia insoportable, los ejercicios una pantomima y estábamos ansiosos de que se resolviera la situación cuanto antes.
Sabíamos que las negociaciones diplomáticas marchaban pésimamente para el Perú, pues según las versiones periodísticas los diplomáticos colombianos insistían en la validez del tratado Salomón-Lozano, sosteniendo el principio de la intangibilidad, de la santidad de los tratados y como consecuencia el incidente de Leticia lo tomaban como asunto de carácter nacional interno de Colombia.
Para entonces, dueños de Tarapacá y de Gueppí, donde habían dado una demostración de poderío que no fuimos capaces de responder, todas sus fuerzas estaban concentradas en el Putumayo. Quizá en Leticia hubiéramos dado la respuesta adecuada, pero no se atrevieron a atacar.
En estas circunstancias llegó de nuevo el comandante Narváez, para reemplazar en el Comando del Agrupamiento al comandante Calderón, quien debía viajar a Iquitos obedeciendo una llamada del Comando de Operaciones del Nor-oriente. No podíamos suponer cuales fueran los motivos, pero teníamos la esperanza de que fuera para recibir instrucciones acerca de medidas destinadas a mantenernos firmes en la posesión de Leticia.
Como para reafirmamos en esta esperanza, la Primera Compañía del Batallón Nº 17, al mando del teniente Vásquez Jaña, se embarcó aquella noche con destino al Cotuhé a relevar a la Primera Compañía del Batallón Nº 19, cuyo efectivo, casi en su totalidad, estaba atacada de paludismo. La despedida fue el despertar de un sentimiento que se estaba adormeciendo; una nueva expresión de fe en nuestra causa y en el triunfo de nuestras gestiones diplomáticas, hurras de aliento por los expedicionarios, vivas a la Patria y a Leticia peruana... la banda de músicos tocaba interminablemente la marcha “Leticia”, cuyas notas corrían como llamaradas por mi piel... Recordé con tristeza la noche de mi partida, cuando por primera vez me separé de mi novia...
Y cuando el barco partió volvimos los de nuestro grupo a la cuadra, en silencio, como presintiendo que también ellos, igual que los que antes habían partido llenos de entusiasmo, pronto volverían enfermos, macilentos, decepcionados por el abandono o como los de Gueppí, sacrificarían sus vidas, faltos de armas y de auxilio. Éramos 7, mal número según muchos, pero lo arreglamos inmediatamente con un par de botellas que aparecieron como por una invocación y contenían algo que no era agua, pero refrescaba agradablemente, no era perfume pero despedía unos vapores que embriagaban dulcemente y en unos minutos transformamos nuestros tristes presagios en la mayor alegría, ahogamos nuestras dudas y olvidamos nuestros fracasos. Recordamos a los ausentes y al extinguido “Estado Mayor” y en su homenaje titulamos a nuestro grupo “los 7 amigos del 19”, declarándolo indisoluble.
Nos disponíamos a acostarnos, y llegó Acosta que había estado de guardia e igual que nosotros iba a hacer lo mismo, cuando entró un cabo completamente borracho; miró a todos lados y al ver a Acosta tendido en su tarima, lo creyó dormido, se acercó y le gritó:
- ¡Oye carajo!... ¡Por qué no bajas el mosquitero para dormir!
- Hace mucho calor, fue la contestación de Acosta, sin moverse ni mirarlo siquiera.
- ¡Obedece concha tu madre!... ¡Baja el mosquitero!
Acosta hizo ademán de incorporarse al oír el insulto; pero luego se quedó inmóvil, aparentemente sin darle importancia a la orden del cabo, pero este insistió:
- ¡Si no te levantas a bajar el mosquitero te voy a jalar de la tarima!... ¡uno!... ¡dos!... ¡tres!... ¿No me obedeces carajo?... ¡Salte de la cama junagramputa!...
Acosta, quien sabe porque causa, estaba de mal humor, miró indignado al cabo y lentamente se sentó al borde la tarima.
- ¡Cuádrese carajo!... ¡Está hablando con un superior!... - gritó el cabo.
Estaba poniéndose de pie, evidentemente con la intención de hacer cualquier barbaridad, cuando felizmente entró el primero Dávila, quien ya había mandado a dormir al borrachito de otro sitio donde estuvo armando escándalo y salvó la situación, pues Acosta ya había cogido al cabo por un hombro y le iba a conectar un puñetazo a la mandíbula, con lo que se hubiera embarcado en un lío... ¡Otro Consejo de Guerra, que se había puesto de moda!
Dávila intervino con cuatro carajos al cabo mandándolo a dormir con otros tantos empujones, quien solo atinaba a decir:
- ¡Sí mi primero!... ¡Sí mi primero!...
Al principio no comprendía porque los cabos habían de ser los más impertinentes y con raras excepciones, los más brutos; no podíamos conversar con ellos porque se “chupaban” y ellos no hablaban con nosotros más que para hacerse obedecer. Esto nos limitaba solo al saludo, militar por supuesto.
El sargento ya es otra cosa, parece que asciende precisamente por ser más listo, más inteligente... podría decirse más gente. Tuvimos muy buenos sargentos, como militares y como amigos.
El primero, sargento primero, más propiamente, ya es casi un oficial. Excepto uno, que en los primeros días de nuestra aventura trataba de quemarnos la paciencia, todos resultaron muy buenos amigos y perfectos caballeros; era lógico, estaban en vísperas de ser oficiales.
Pero aquí venía el contraste, parecía que algunos se descomponían o a nosotros nos tocó la escoria.
Volviendo a los cabos, parecía que todos nos guardaran inquina y nunca atiné qué habríamos hecho para merecerla; quizá porque con franca sinceridad les señalábamos algunas de sus barbaridades, con la sana intención de que las corrigieran, lo que ellos nunca fueron capaces de comprender.
Arístides Lozano, uno de los 7, tenía dos cabos que lo querían como si alguna vez, intencionalmente les hubiera pisado un callo, uno era el cabo Joel, que quería tenerlo siempre presente en todas las guardias y las imaginarias y el otro el cabo Vela, más conocido como “El Colorado”, por su rubicunda faz y su característica nariz de borracho. Ambos lo tenían tan marcado, que Lozano tenía que estar con ellos, si no estaba lo hacían buscar y si no lo encontraban lo castigaban. A ese paso Lozano tenía una alternativa: iría a resultar un desertor o un perfecto soldado... Resultó lo último, porque cuando concluyó el conflicto, él ya había ascendido, llegó a sargento y a trabajar en la Comandancia de la V División.
Cuando estaba borracho el cabo Vela, lo que ocurría con desconsoladora frecuencia, tenía unas de concurso: se ponía a dar instrucción a un grupo de combate, en el que, ineludiblemente tenía que estar Lozano. Con los ojos nublados por la borrachera, no se daba cuenta de que uno a uno se le iban “cabreando” los soldados, hasta que solo quedaban 4 o 5, entre los que tenía que estar Lozano, que era el único que no podía escapar, porque Vela no miraba a otro que a él. Y seguía mandando:
- ¡Grupo... de frente... marchen!
Se le iba otro y el colorado notando que disminuía su tropa:
- A ver... ¿cuántos hombres hay? - preguntaba.
- ¡Treinta, mi cabo! - le contestaba Lozano.
- ¿Estás seguro? - insistía Vela, tratando de convencerse de que no le engañaban sus nublados ojos- ¡Bueno!... la sección está completa... entonces... ¡Sección!... ¡En columna de a tres!... ¡De frente... marchen!
Escapaba uno más que no podía ser Lozano y extrañado mandaba:
- ¡Compañía!... ¡Alto!... qué pasa... dónde están los otros...
- Han ido a tomar agua, mi cabo - le aclaraba Lozano, que con otro soldado es todo lo que queda del grupo de combate.
- ¡Bueno!... No importa... seguimos marchando... ¡De frente...! ¡Marchen!
Se escapaba el otro y había que ver a Lozano, solito tirando planta en todo el sol, para que el cabo Vela luciera su voz.
- ¡Bueno! - decía al ver solo a Lozano - mejor vamos a hacer academia.
El cabo Vela a todo esto, en el máximo de su concentración alcohólica, se sentía capaz de todo.
- A ver - se dirigía a Lozano que pacientemente lo escuchaba - tu estás de centinela y ves que el enemigo se acerca. ¿Qué haces?
- ¡Yo corro!
- ¡Pero hombre! - se lamentaba Vela - ¡Como vas a hacer eso!... ¡Como vas a correr!... ¿y tu fusil?
- Lo boto por ahí para que no me estorbe.
- ¡Ay Dios mío! - volvía a lamentarse - No se ha de poder contigo... mejor es que aprendas a marchar... ¡A ver!... ¡De frente... marchen!

Dositeo fue el único que trató de ascender, pensando entonces agarrarse a golpes con esos cabitos de pacotilla, logró el ascenso, pero no creo que haya llegado a cumplir su deseo de revancha.
La postergada fiesta de la artillería se realizó como 10 días después iniciándose con una parada de todas las fuerzas del Agrupamiento, frente a la Comandancia, para
el saludo a la bandera, al que siguieron nuevas alocuciones a cargo de distinguidos artilleros, sobre el imperecedero significado de la gloriosa acción y concluyó con el desfile de todas las unidades. Todo esto por la mañana.
Por la tarde se realizaron juegos de gymkana y para cerrar la fiesta se realizó el proyectado partido de fútbol entre los equipos de la infantería y la artillería. Pero no pudo terminar porque la pelota fue desinflándose hasta que casi parecía una vejiga y se suspendió faltando 20 minutos para el tiempo reglamentario, ganando nuestro equipo por 4 a 2. De haber concluido habríamos ganado, pero el jurado creyó proceder salomónicamente declarándolo empate y repartiendo el premio entre los jugadores de ambos equipos; no nos quedó otra alternativa que sujetarnos al fallo... ¡Un sol para cada jugador!...
Lo único malo fue que los serranos dejaron huellas visibles y dolorosas de su brutalidad en nuestras piernas.

martes, 16 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXII


Transcurrieron siete meses desde cuando partimos, cegados por la luminosidad de una causa que fue ensombreciéndose con el tiempo. Hubo que esperar algunos más para que se aclarara tan tenebroso asunto, de solo pensarlo me ponía tétrico; lo más desesperante era la calma, nos hacía falta acción, debimos estar en Gueppí, en Tarapacá, o donde fuera, que corrieran balas, hubiera olor de pólvora… así, por lo menos, habríamos tenido la posibilidad de acabar con el enemigo o que él acabara con nosotros, pero se habría resuelto la situación.
Y, como no había otro remedio buscaba la forma de pasar el tiempo divirtiéndome con las tonterías, maneras o figura de ciertos personajes dignos de hacer noticia. De ser posible decir todo lo que hacían y decían, habría sido cosa de nunca acabar.
El jefe de la bahía, por ejemplo, de quien yo dependía en mis actividades de transporte, era un tipo de lo más original: alto, flaco, desgarbado, de andares parecidos a los de un camunguy* y tan corto de vista que aún con lentes no distinguía a las personas; de voz chillona y desagradable, gritaba hasta para hablar, pero le disgustaba que otros hablaran en voz alta y mucho más, que hubiera ruido cerca suyo, tanto que porque el telégrafo de la proa tenía un sonido estridente, ordenó al maquinista que le quitará la campanilla: era tan nervioso que cuando viajábamos de inspección en la “Luella”, exigía a gritos que se pegara a la orilla, con riesgo de que la lancha se quedara varada o se metiera en una palizada, pues a cada instante le parecía ver bultos moviéndose en la maleza en el día y luces caminando en la noche, que seguramente fuera el viento que movía las ramas o alguna errante luciérnaga juguetona.
La primera noche que se alojó en el Palomar, no durmió ni dejó dormir a los demás; era la primera vez que llegaba a la selva y habría oído ya todos los cuentos de alimañas venenosas y salvajes, de modo que cuando salieron algunas cucarachas o algún pericote asomó, creyó que iban a atacarlo y valientemente se defendió tirándoles las botas o cuanto encontraba a mano, resistiendo heroicamente el asedio toda la noche... ¡Había que oír el relato a la mañana siguiente!...
Yo tenía que encontrarle muchos defectos, pues le guardaba rencor por haberme quitado la confortable y exclusiva habitación en el Palomar, pero reconocí, que aparte de sus locuras, era persona de buenos sentimientos, que lo demostró cuando uno de los fogoneros se quemó levemente con vapor; él personalmente, le dio los primeros auxilios con los elementos que pudo encontrar. Y le dio una semana de descanso. En el aspecto humano era una grande satisfacción encontrar tal calidad de personas, que por otro lado nos causaban hilaridad con payasadas que hacían más llevadero nuestro aburrimiento.
Una escuadrilla de aviones acuatizó sorpresivamente en el puerto y de uno de ellos bajó el comandante Narváez, quien, según nos enteramos, llegaba para comandar una expedición naval con las cañoneras “América” y “Napo”, destinada a atacar las fuerzas colombianas del Putumayo. El Comando del Agrupamiento estaba esperándolo con las cañoneras listas para partir, de modo que el comandante de inmediato tomó el comando de la “América’ y zarparon las naves, pero, con gran sorpresa nuestra regresaron al tercer día, pues fueron detenidas por las autoridades navales brasileñas y con muy buenas maneras, obligadas a regresar. Sólo pudieron llegar a la boca del Putumayo sin encontrar en el trayecto indicio alguno de buques colombianos. Si la intención había sido ir en auxilio de Tarapacá o de Gueppí, la disposición había sido muy tardía...
Ya nosotros estábamos perdiendo la esperanza de batirnos y hasta de ver algún colombiano frente a Leticia.
La noticia de Gueppí, el heroico sacrificio de Lores y de los que con él cayeron para proteger la retirada del grueso de la Compañía, quebró el hielo que estuvo congelando el sentimiento de fraternidad y la confianza mutua en las tropas del Agrupamiento de Leticia; el silencio se transformó en una sola expresión que significaba un desagravio que excedía los límites de la admiración: ¡Eran loretanos!... decían todos.
El cambio dio motivo a que en la organización de los festejos con que se debía celebrar el glorioso triunfo de la artillería, en el combate del 2 de mayo, en el Callao, se proyectara un partido de fútbol entre los de artillería y los de infantería, vale decir, entre serranos y loretanos. Pero ocurrió algo sorpresivo e inesperado que trastornó todos los planes.
La noche antes, después del toque de silencio, cuando ya casi todos estábamos acostados, se produjo un alboroto en todo el Agrupamiento: carreras, llamadas, toques de silbato… y como por un reguero de pólvora corrió la noticia del asesinato del general Sánchez Cerro, Presidente de la República, recibida telegráficamente.
Fue tremenda la sacudida que conmovió a todos, precisamente porque lo habíamos considerado el adalid de nuestra causa, en mérito a sus declaraciones, aunque en cierto momento se notó una sorda resistencia a nuestro apoyo, como consecuencia de las pasiones desbordadas por la rivalidad política, y no podíamos prever las implicancias que a nuestra campaña pudiera acarrear su desaparición. La oficialidad se concentró en la Comandancia, seguramente a comentar el acontecimiento, mientras nosotros lo hacíamos en nuestra cuadra.
Al día siguiente nos enteramos de las circunstancias en que fue victimado y el simple hecho de haber ocurrido cuando pasaba revista a los 20,000 movilizables, con los que debía conformarse las tropas que debían partir al nor-oriente, nos hizo pensar que había vuelto a lo razonable y nos hizo concebir la terrible sospecha de que fuera una confabulación de los contrarios a la causa de Leticia... ¡la Historia se repetía!... ¡luchas intestinas en el momento que necesitábamos más unión!...
Tan luctuoso acontecimiento fue motivo para que se suspendiera la fiesta programada, reduciéndose a una concentración de todas las unidades a las 8 de la mañana, en el Cuartel de la Artillería, donde el capitán Molina y el sargento Cahuas hicieron uso de la palabra, rememorando ambos el glorioso significado de la acción y el heroísmo de los que en ella se inmolaron, en cuyo homenaje se instituyó el Día de la Artillería, terminando con una exhortación a los del Agrupamiento, para, en la situación que se estaba afrontando, demostrar el mismo valor y arrojo que llevó al triunfo a nuestros antepasados.
Concluidos los discursos las unidades volvieron a sus cuarteles; solo se quedaron las delegaciones de las unidades, que habían sido invitadas al desayuno y debían regresar al almuerzo y a la comida. Tuve la satisfacción de estar en la delegación de mi Compañía.
Como singular coincidencia, en la orden del Agrupamiento, se dio a conocer la valerosa actuación del soldado Elías Soplín Vargas, en una avanzada de Guerra Valle, como a la mitad del varadero Pantoja -Gueppí, que murió en su puesto de centinela, haciendo heroica resistencia al enemigo hasta caer completamente destrozado por las balas. ¡Otro loretano que escribía con sangre una página de la historia y ahogaba en ella los infundios del general Sarmiento!... ¿Por qué diría que el soldado de la selva huye en el momento del peligro?...
Aquella noche, por disposición de la Comandancia, a la hora de lista, se hizo un minuto de silencio en todas las Compañías, en homenaje a Elías Soplín Vargas, mientras el corneta arrancaba al instrumento las notas caprichosamente dolorosas que envolvían todo nuestro ser como sollozos, anudando las gargantas.
Pero para nosotros la guerra nunca empezaría. Todo se reduciría a ejercicios y alarmas infundadas, como cuando aparecieron dos aviones en forma sorpresiva en la frontera brasileña, pero no tanta como para que en un abrir y cerrar de ojos no estuviéramos en nuestros puestos, con los fusiles listos, las ametralladoras con su cinta y los cañones antiaéreos apuntando en esa dirección, prontos para disparar... Pero los aviones no pasaron del límite y sin que pudiéramos identificarlos dieron vuelta y desaparecieron dejándonos con el suspenso. Pero algo habíamos comprobado: que estábamos alerta y el enemigo no logaría sorprendernos.
Seguían llegando, como despojos que arrastra una tempestad, los enfermos del Cotuhé, tan graves y en tal estado que el corazón se encogía de dolor al verlos. Algunos llegaban y... morían... ahí estaba el cadáver de Vicente Saboya Guerra... ¿soldado?... ¿carguero?... ¡Qué importaba!... Le había tocado el turno de rendir su vida en holocausto a la Patria...
Todos los cargueros regresaban con la misma carga de dolor y sufrimiento; por lo escuálido de sus cuerpos y la lividez de sus rostros parecían cadáveres... ¡Qué diferencia cuando se fueron!... robustos, alegres, rebosando vitalidad, energía y entusiasmo por la idea de estar defendiendo su tierra, que al fin la habían rescatado.
Si un monumento tuviera que perennizar la abnegación, el sacrificio, el valor derrochado en el infortunado conflicto por el rescate de Leticia, seria el carguero el símbolo que lo representara; se entregó sin condiciones, abandonándolo todo, se sujetó a las más adversas circunstancias y temerariamente arrostró, sin protección, sin armas, sin adiestramiento, la inclemencia de la naturaleza, los peligros de las enfermedades, las balas enemigas.
Se les dio el nombre de cargueros, porque en una región donde todo es selva y ríos, ellos, sobre sus espaldas, tenían la única forma de transportar cualquier tipo de carga. Moradores de las riberas, gente sencilla e independiente, dedicada a la primitiva agricultura, a la caza, a la pesca, con riqueza en sus manos, pero sin elementos ni técnica para explotarla; nada hicieron por ellos los gobiernos, porque hasta las escuelas están fuera de su alcance y difícil les es llegar hasta ellas o enviar a sus hijos. Ama su tambo, su tierra, su chacra, sus aves; es feliz en su ignorancia porque se siente dueño de lo que le rodea, dueño de su destino, dueño de su libertad.
Llegó hasta ellos el grito de auxilio de sus amigos, de sus vecinos... ¡el grito del pueblo!... y abandonaron sus hogares, sus hijos, su familia... ¡lo abandonaron todo para acudir al llamado de la Patria!... Para cada expedición se presentaban 30 ó 40 mocetones, fornidos y animosos, con la confiada sonrisa en los labios, característica de los hijos de la selva; sabían que sólo ellos eran capaces de transportar 60 o 70 kilos de carga sobre sus espaldas; que sólo ellos, así cargados, podían resistir largas caminatas, por entre tahuampas*, cortaderas, vacilantes puentes de troncos caídos, muchas veces con el agua a la cintura y comiendo una sola vez si tenían de qué.
Si llovía se quitaban el harapo que les servía de camisa y el agua se deslizaba sobre sus bronceadas espaldas como por entre duros troncos, sin que ese torrente, o los ardientes rayos del sol que curtieron su cuerpo y les hacía verter fuentes de sudor, hicieran mella en su recia naturaleza.
Y al fin de cada jornada, cuando las sombras de la noche envolvían la selva amenazante; su comida se reducía a un poco de “fariña”, un pedazo de paiche o carne seca del monte y su lecho era el húmedo suelo... ¡Qué le importaba al carguero toda esa dureza si le habían dicho que de nuevo era suya la tierra que le había sido arrebatada y tenía conciencia de que estaba ayudando a defenderla!...
Pero el clima es traidor, el paludismo se iba adueñando de ese organismo mal tratado, su cuerpo iba perdiendo sus defensas, iba desgastándose rápidamente... y su regreso se convertía en una peregrinación de dolor... Los cargueros sanos conducían a los soldados enfermos, los cargueros enfermos tenían que caminar penosamente, arrastrando su sufrimiento en un desesperado esfuerzo para no rezagarse de los demás; la caravana iba alargándose... alargándose... iban quedándose agotados y tenían que dormir donde la oscuridad ya no les permitía seguir... detrás, en actitud de acecho, caminaba el tigre, cuyos sordos rugidos llegaban hasta la caravana... esperando que alguno se descuidara o cayera exhausto, sin aliento, para lanzarse sobre él y devorarlo...
Y la caravana seguía... los que podían llegar hasta el tambo final esperaban unos días... luego se iban... los otros... dejaron con sus cuerpos pasto a los tigres y a los cuervos y con sus huesos, un jalón más para nuevos expedicionarios, que dirían al ver los descarnados huesos del carguero desconocido: ¡faltan dos horas para llegar a Agua Blanca!...
¿Quién sabe cuántos cargueros han muerto?... ¿En cuántos hogares de las riberas se esperó inútilmente el retorno del padre... del hijo... del hermano?... ¡Nadie sabe dónde están... nadie sabe qué fue de ellos!... ¡No se sabe quiénes fueron!...
No han sido las balas enemigas las que quitaron la vida a estos humildes defensores de su suelo... ¡no fueron ni el plomo ni el acero!... sus nombres no se grabaron en la historia con el de aquellos que cayeron entre el fragor del combate y el estruendo de la lucha..
Vicente Saboya Guerra también solo tuvo como campo de batalla el infierno del Cotuhé y un rincón del hospital, donde hasta el aire era miserable y parecía complacerse en atormentar al doliente. La luna brillaba con tristeza en el firmamento, lejos, se oían los lamentos de una guitarra y una voz ronca y triste, lanzando al viento los versos de un valse criollo, las risas de los bailarines, los gritos de los mirones, casi apagaban la voz del cantor y el bordonear de la guitarra...
Y ahí estaba un humilde defensor de su rescatado suelo, sobre la misma tarima que le sirvió de lecho; sus vestidos desgarrados pregonaban sus fatigas, sus pies desnudos, vueltos penosamente hacia los lados tenían una transparencia que enseñaba los huesos, su rostro y su desnudo pecho mostraban la palidez del bronce, una mano piadosa juntó las suyas en un gesto de imploración hacia el misterio; cuatro velas adheridas con su propia cera a los ángulos de la tarima, convertida en sencillo catafalco, eran las únicas que lagrimeaban silenciosamente llorando por el muerto; solo ayes y quejidos quebraban el silencio... eran los otros enfermos, quizá pronto quedarían inertes en sus tarimas...
Y a lo lejos seguía oyéndose la voz enronquecida del cantor, el bordón de la guitarra, los gritos de los que miraban, las risas de los que bailaban... ¡Qué les importaba a ellos la muerte!

En el “Adolfo” llegó sorpresivamente la novia de Juan José, el que, de ninguna manera podía habérselo imaginado. El hombre se sintió transportado al quinto cielo, lo que era muy natural, porque la veía después de siete meses.
Lo indignante fue que los oficiales, al ver una chica tan guapa y creyéndose por sus galones, merecedores de especial atención, empezaron a asediarla con sus requiebros, interrumpiendo con su presencia el coloquio de los enamorados; hasta pretendieron aislar a Juan José rodeando a la chica, pero ella, con toda delicadeza, consiguió vencer tan torpe estrategia y eludir tanta pesadez e impertinencia.
El barco regresó por la noche. La fugaz presencia de su novia despertó en el alma de Juan José nuevas esperanzas, reavivó en su corazón la llama que estaba ardiendo, pese al tiempo y la distancia y sintió crecer más que nunca su ansiedad por regresar.



CAMUNGUY*.- Ave zancuda de torpes movimientos.

TAHUAMPAS*.- Grandes extensiones de selva expuestas a la inundación periódica regular y a la acumulación de limo, arena y sedimentos.