lunes, 26 de mayo de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

II
El toque de diana no despertó a nadie; todos estábamos despiertos, aparte de que muchos parecía que no se hubieran acostado; toda la noche ir y venir en los servicios higiénicos, que de higiénicos sólo tenían el nombre: un estrecho pasillo débilmente iluminado en cuyo centro había una fila de ladrillos para poner los pies, fijos unos y muchos desprendidos, los que el usuario tenía que acomodar con el pié; a un lado un pasadizo con charcos de orina y la más increíble variedad de papeles asquerosamente sucios y al otro, un canal con montones de excremento, que a todo lo largo represaban una débil corriente de agua; un ambiente irrespirable que invadía el exterior... muchos hacían ascos, pero otros parecían no notarlo obligados por la necesidad... en cualquier caso era preferible el barranco a la hora del baño. Nos vestimos y formamos para ir al aseo personal en el río, a la carrera otra vez; luego, previa formación, el desayuno, entre risas, empujones, discusiones por ser los primeros; un líquido oscuro, con remoto sabor a té, extraído de una paila enorme, sucia y negra de hollín; un pan largo, grueso y duro como un mazo... la novedad era interesante. .. ¿Qué más podíamos esperar? Más gente nueva fue llegando, muchos conocidos, más amigos... Varios cabos empezaron a reunir en grupos a los reclutas: uno de ellos se nos acercó y con laconismo y autoridad que desconocíamos, ordenó: -¡A cortarse el pelo!... y nos condujo a una cuadra donde varios soldados, haciendo de fígaros, estaban pelando a los recién ingresados... algazara, risas, expresiones de disgusto, chistes, protestas, reclamos... En cierto momento me llamaron a la Prevención y un mensajero me entregó una nota de mi madre; estaba enterada de que me había alistado y presintiendo que me opondría, me consultaba para pedir audiencia en la Jefatura Territorial y pedir mi baja, alegando ser el hijo que la sostenía. Encargué al mensajero que le dijera que no hiciera nada todavía, que por la tarde yo solicitaría permiso para ir a verla... Una mentira piadosa, porque sabía que eso no sería posible, pues nos habían anunciado que inmediatamente después del almuerzo nos llevarían al arsenal para darnos armamento; además tenía cierto temor de verla; su desesperación...¡quien sabe si hubiera sido capaz de soportar!... El arsenal, un oscuro y enorme almacén en el más completo desorden; bultos, cajas, basura desparramada por el suelo; en estantes, armarios, en grandes mesas, amontonados fusiles, bayonetas, correajes; clases y soldados manipulando todo, un solo oficial dando órdenes, nombres, números... Silenciosos esperamos largo rato con Ghersi a la cabeza. Al fin empezaron con nosotros; me llegó el turno de recibir mi armamento y al darme el fusil Ghersi me dijo: - Aquí está tu mujer!... La expresión me pareció tosca e indigna, pero reflexionando comprendí su alcance: el fusil era algo mío y solamente mío, debía cuidarlo, no abandonarlo nunca y ser celoso con él... lo miré con cariño, que bien lo merecía: 29060, un número que nunca más podría olvidar; el pobre estaba todo sucio, lleno de herrumbre y grasa que ensuciaba las manos al tocarlo; parecía ser el mismo Mauser Original Peruano, Modelo 1909, que en el colegio nos daban para los ejercicios y los desfiles; tenté su peso, me pareció más liviano que entonces; la bayoneta estaba igual de abandonada, introduje mi correa en el tahalí, me la puse en la cintura y empecé a limpiar el fusil, pero no fue posible hacerlo como hubiera sido del caso, porque ya mismo regresamos al cuartel. Cuando llegamos todos estaban enterados de que el domingo debíamos partir... ¿sería posible?... necesitábamos adiestramiento, ejercicio, apenas sabíamos cargar y disparar y no creí que fuera suficiente para entrar en combate... pero... ¡qué diablos!.., si así tiene que ser, debían necesitarnos con urgencia en Leticia. Inmediatamente pensé en conseguir permiso para arreglar mis asuntos, pero no era tan fácil como me lo había imaginado en un principio; pensé obtenerlo hablando con Ghersi, pero éste no volvió del arsenal y no logré verlo; hasta aquel momento era el único que mandaba, ordenaba y disponía todo en la Compañía; se hizo tarde, llegó la hora de la comida y empecé a preocuparme. Salimos para el baño en el río y la multitud de nuevo se arremolinó en torno nuestro... miré buscando algo... ¡Oh sorpresa!...¡Una carita de cielo!... dos brillantes ojazos mirando ansiosamente por sobre un mar de cabezas... sentí el corazón salírseme por los ojos... me pareció ver en su sonrisa cierto rictus de dolor... brillaban más sus ojos... ¿lágrimas?.., quise gritar: ¿por qué?... ¿satisfacción?... ¡es de los primeros!... ¿orgullo?... ¡soy su novia!... Como fuera me sentí feliz.., olvidé la pésima comida, la suciedad y dureza de mi cama, todo lo desagradable que estaba pasando, y en la noche, al oír los acordes de la banda de músicos haciendo fondo a la visión que se había quedado en mi retina, viví la fantasía de un regreso triunfal. Al día siguiente debía efectuarse una ceremonia en la Plaza de Armas y muy temprano estábamos listos para concurrir a ella, como si ya fuéramos a marchar a la frontera. Pese a cuanto teníamos encima, equipo y armamento, por primera vez, nadie demostraba incomodidad; todos impacientes parecíamos tener la impresión común de haber esperado, conocido, estado siempre en tal situación. Los sargentos mandaron formar y empezaron a distribuirnos en secciones... todos nos apiñamos con el afán de ser de la primera, para ira la cabeza, con el consiguiente desorden... y nuevos gritos y empujones. -¡Que pasa, carajo!... ¡Por qué no están ya formados estos animales!... Al fin nuestro capitán... ¡Que extraña presentación! Su apariencia era agresiva, sus ademanes nerviosos e impacientes, su mirada viva y penetrante, su voz chillona y desagradable... de estatura regular y descuidado en el vestir, con uniforme de campaña dos subtenientes lo acompañaban, reconocí a uno de ellos: Cornejo, un tipo recio, de facciones duras y angulosas luciendo airoso un flamante uniforme de gala, justo para el desfile; el deporte nos había hecho casi amigos: atletismo, fútbol, pero en equipos contrarios; entonces era sargento segundo, cuando ascendió a primero se dio de baja como oficial de reserva y como tal se había incorporado ahora con la clase de subteniente. El otro, un gordito más bien bajo de talla y de tipo marcadamente mestizo, con aires de suficiencia y superioridad; su uniforme kaki de campaña parecía recién salido del planchado; nos enteramos de su apellido: Luján. La presencia y los gritos del capitán con la colaboración de los dos oficiales hizo que la formación se hiciera más rápida y de pronto todos estábamos inmóviles como estatuas; el capitán nos inundaba con sus miradas, se acercó a uno: -¿Por qué tiene inclinado su fusil?... ¿No puede con él, pedazo de maricón? - y volviéndose a otro- ¿Y usted, carajo, porqué se ríe?... ¡Póngase en atención!... ¡Estos son unos animales!.... ¡Mire cómo tiene la bayoneta!... ¡Estos nunca han agarrado un fusil!... Acaso fuera cierto; algunos lo habíamos tenido en las manos, usado, disparado, pero... conocerlo... lo que se dice conocerlo, habernos familiarizado con él, como un jinete a su caballo o como un chofer a su carro... eso estaba muy lejano. De nuevo la voz del capitán: -¡Atención!... ¡Sobre el hombro...! ¡Armas! Cada quien a su modo, unos pronto, otros después, pusimos el fusil sobre el hombro; quisimos hacerlo bien, pero resultó un desastre. - ¡A desarmarse!, rugió el capitán, ¡estos no saben manejar las armas! Cada jefe de sección se hizo cargo de la suya y ordenó dejar el armamento y el equipo en la cuadra; Ghersi comandaba la nuestra; a formar de nuevo… parecíamos colegiales y nos sentíamos ridículos; maldecimos la disposición, porque habíamos pensado causar impresión con nuestra presencia en el desfile. Cuando en la calle oí los vivas, aplausos y palabras de aliento de la muchedumbre que nos esperaba, sentí correr mi sangre con más ardor; una sensación desconocida me inundó, casi oía los latidos de mi corazón: que de tanto en tanto dominaban el redoble de los tambores y el ¡pum! lejano del bombo que nos marcaba el paso; marchaba como un autómata, sin ver por dónde íbamos ni dónde estábamos; miraba sin ver a nadie; de pronto me di cuenta que algo estaba buscando… ¿dónde estaría?... Llegamos a la Plaza. Estaba llena de gente que se abría a nuestro paso; tres compañías y una sección de ametralladora estaban ya alrededor del parque; la voz de ¡Alto!... ¡Frente a la izquierda!... me puso mirando al centro; la policía dispersó toda la gente que estaba delante nuestro y obstaculizaba la vista hacia un altar preparado para misa de campaña, junto al monumento a los caídos en la guerra del Pacífico; nos mandaron avanzar hasta el borde de la acera que circunda la Plaza; esperamos. Mi mirada seguía buscando cerca, lejos, a un lado y a otro, ¿dónde estaría? Un toque de corneta. Con paso ceremonioso aparecieron y se acercaron al altar los de la comitiva oficial; uniformes de gala, trajes de etiqueta, bicornios... y se instalaron en un estrado; apareció el obispo seguido de dos sacerdotes y empezó el sacrificio, haciendo los sacerdotes de monaguillos; nada se oía, seguí la misa por los ademanes del que la oficiaba, un sol canicular nos hacía chorrear de sudor... toque de bandera... ¡Saludo al frente!... una quietud de muerte llenó la plaza.... poco a poco, como el despertar, volvió la vida y de nuevo el tumulto del gentío; voces de mando:
-¡Columna de a tres!- ¡De frente, marchen!... miraba ansiosamente… ¡allí estaba, sola entre la multitud!… pasé tan cerca que me pareció percibir su aliento… sentir sus ojos buscando los míos… sus manos tratando de detenerme... Mirando al frente pasé.... ¿pretendiendo la arrogancia de un soldado?... ¿huyendo de su atracción?... ¿temiendo flaquear en mi decisión?... ¡Cuánto me arrepentí después! Al regreso encontré una noticia que me desconcertó, debíamos partir por la noche... Fue entonces cuando sentí desesperación, era imposible hasta solicitar permiso pues teníamos que recibir fornitura y munición... muy tardé regresamos del arsenal con nuestra respectiva canana y 100 cartuchos en ella, no comí por la ansiedad que me agobiaba… ¡Pensar que tenía que partir a la frontera sin abrazar a mi madre, sin recibir su bendición, sin ver, escuchar, decir adiós a mi novia! En cuanto mi compañía volvió de lavar su servicio de comedor, el capitán mandó armarnos y equiparnos; a las seis de la tarde estaba formada en el canchón; momentos
después formó la cuarta, luego la primera, después la de zapadores y por último la de ametralladoras En aquel momento recibí una llamada de la Prevención; era mi padre que se había enterado de nuestra partida y venía a verme, conversamos muy brevemente y le dije, como nos habían anunciado, que saldríamos a las 9 de la noche; abrazándome fuertemente, emocionado me dijo: -¡Firme siempre y valiente, muchacho! Yo sólo atiné a decirle: -¡Cuida a mamá!..., y lo vi alejarse dejándome un nudo en la garganta; sentí impulsos de correr tras de él, explicarle algo inexplicable que yo mismo no entendía… me quedé inmóvil, desapareció, y yo seguía mirando... el cabo de guardia me miró con dureza y gritó: -¡Ya!... ¡Lárgate a tu compañía!... ¡Déjate de mariconadas!.. Casi dos horas nos tuvieron formados cansándonos inútilmente. Con el peso del equipo, la munición y el fusil, sentía deshacérseme el cuerpo; observé y vi que todos estaban igual, parecía que nos estuvieran sometiendo a una prueba o a un castigo; los sargentos estaban con nosotros, no se veía ningún oficial; momentáneamente nos divirtió la aparición de un jovencito, que posiblemente tenía algo flojo en la cabeza y el momento de exaltación patriótica aflojó más aún; se dirigió a las tropas en la más lamentable forma de oratoria, hablando de patriotismo, reivindicación, desprecio a la vida, con la loable intención de inyectarnos el valor que creía que nos faltaba...¡Ven con nosotros!... ¡Loco!... ¡No sólo es hablar… ¡ Bicicleta!... le gritaban, pero él seguía impertérrito, entre aplausos y silbidos; ya se estaba haciendo pesado cuando tuvo la feliz idea de concluir. Por fin se oyó la orden de partida; la banda dejó oír la marcha “Leticia’ compuesta por Próspero Nigro, director de la Banda del Regimiento, en homenaje a la tierra rescatada; mi compañía, la tercera, se puso a la cabeza y salimos del cuartel. En la calle la gente parecía fundida en una sola masa; nos apretaban, empujaban y estrechaban por todas partes, por vernos, por abrazarnos... Como por la mañana, sentí correr por mis venas un ardor indefinible, una mezcla de ansiedad y desesperación, ¡no había visto a mi madre!, ¡no me había despedido de mi novia! Si nos habríamos embarcado en el puerto de la Prefectura, que estaba como a 300 metros del cuartel, no me quedaba ni la más remota esperanza de verla, pero la suerte se puso de mi parte: doblamos en la esquina de Brasil y tomamos la calle del Próspero. ¡Nos dirigíamos al Muelle Fiscal!... sentí vivir de nuevo. Recién los gritos y vivas de la multitud avivaron en mi pecho el fuego del ardor patriótico; imposible decir las veces que oí mi nombre ni quienes fueron los que me llamaban de entre ese rugiente oleaje humano... nadie marchaba, el griterío apagaba la música, caminábamos casi, por encima de la ola humana que nos envolvía y arrastraba. Llegamos al Muelle... mis ojos la encontraron, nos cogimos de las manos... ¡hubiera dado la salvación de mi alma por detenerme un instante!... no sé que extraño presentimiento me hacía pensar que después me sería difícil volver Nos enviaron al “Alberto», me quité el equipo y armamento, lo guardé en el camarote del maquinista, quien resultó ser amigo mío y busqué al capitán de mi compañía; no fue difícil encontrarlo, pues estaba vigilando el embarque de unas cajas de munición; me acerqué y cuadrándome militarmente lo saludé con el aire más marcial que pude poner. - Mi capitán —le dije— le ruego que me dé permiso para subir un momento a despedir a mi novia. -¿Está usted cojudo?... ¡De aquí no sale nadie! - Pero, capitán- insistí- sólo unos cuantos minutos... le ruego... No me dejó continuar. - ¡Déjese de huevadas, carajo, he dicho que no sale nadie y no siga jodiendo porque lo hago encerrar en la bodega! Sentí subírseme la sangre a la cabeza y quedé inmóvil breves segundos; me asaltaron tentaciones de desertar... ¿es posible que esta gente no tenga sentimientos?... en ese precisó instante apareció mi hermano Augusto que me había estado buscando; su uniforme de suboficial de la Armada me hizo pensar que podía salir con él… ¡No!... podría comprometerlo… Nos apartamos, y conversando, entre otras cosas me dijo que los barcos no zarparían hasta que la cañonera “Napo” viniera de la Base Naval, lo que ocurriría sólo después de la media noche; él lo sabía porque trabajaba en la Capitanía del Puerto y había traído los documentos de zarpe de los barcos; esto me animó y después de un rato se despidió deseándome suerte. Poniendo en prensa la imaginación se me ocurrió una idea: hablé con el maquinista amigo proponiéndole que me prestara un pantalón y una camisa, a lo que accedió de muy buen grado, cuando le expliqué para qué los quería; me cambié en el camarote y así vestido salí sin temor de ser reconocido por algún clase, por el ir y venir de tanta gente y lo poco conocidos que aún éramos para ellos. La ansiedad disipó momentáneamente la indignación que me causó la negativa del capitán, yo creía que éramos merecedores de toda consideración por haber venido voluntariamente abandonándolo todo: familia, intereses, ilusiones… y lejos de eso, nos ponían en un plano vulgar, desairado y ridículo, desconfiaban de nuestro civismo y lealtad, insultaban y se burlaban de nuestros sentimientos... ¿Me había equivocado?... ¿Nos habíamos equivocado todos?... Y llegué hasta ella, casi en el mismo sitio donde la vi por primera vez, allí donde diariamente dirigía mis miradas cuando sólo era posible verla de tan lejos, allí donde ella se dio cuenta que un fuego había nacido en mi corazón y su calor estaba llegando al suyo... ¿Qué le dije?... ¿De qué hablamos? Yo fingía tranquilidad y en todo mi ser se desencadenaba una tempestad, sentía ráfagas que amenazaban derrumbar los pilares de mi determinación para asumir una responsabilidad subjetiva, de cimientos vacilantes, desfigurados por la retórica de los salones y las efemérides, y que el tiempo nos la había hecho indiferente. Sus palabras, lentas, suaves, contenidas para no delatar su emoción y angustia, llenas de ciega confianza, trataban de alentar mi decisión y abrían mi corazón a la esperanza. Esperar es vivir- me decía-toda partida es triste, todo regreso es feliz. La espera hace más grande la dicha. Y sus manos tibias, temblando aprisionaban las mías, como para fundirlas en un sólo calor; sus besos me envolvían ahogando mi vacilación. Sentí sus lágrimas rodar por mis mejillas, como gotas de fuego directas a mi corazón y los trémulos de su voz como puñales en mis oídos. La miraba y veía en sus ojos una sonrisa que trataba de esconder la angustia y la amargura que destilaba su corazón… Esa sonrisa, que reflejaba todo el valor de su resignación me ayudó a sobreponerme; yo no podía ser menos valiente que ella... y unimos nuestra fe en nuestra unión, seguros de que el destino no podía ser tan injusto con el amor, con nuestro amor...
Cuando volví a bordo me sentí tranquilo y casi contento; me parecía extraño y yo lo comprendía, pensando en lo que podría ocurrirme; en lo desconocido que me esperaba… en que acaso no volvería. Las voces de mis amigos que me llamaban me sacaron de mi abstracción; habían tomado posesión de la popa y estaban instalando sus hamacas; hice lo mismo y después de comentar animadamente por largo rato las últimas impresiones fuimos quedándonos dormidos.

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