miércoles, 28 de mayo de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

III

Voces, más voces, un murmullo que iba dominando el silencio... ¡Qué linda está la aurora!... Uno, semidormido, levanta la cabeza de la hamaca... ¿Dónde está?... Amanecía. El sol como un enorme disco de fuego parecía desprenderse del lejano verdor de la selva derramando sus rayos en la inmensidad de las inquietas aguas que las devolvían en reflejos fulgurantes que herían los ojos... Hacía tiempo que no veía un amanecer tan bello y espectacular... pero no podía ensimismarme.... el barco seguía abriendo un surco que se cerraba turbulento a su paso... todos se levantaban y empezó a moverse un remolino de gente en afán del aseo matinal; también yo me lavé, me afeité y no me peiné porque además de no tener peine no tenía pelos que peinar... Una corneta tocó rancho anunciando el desayuno... ¿Formación?:.. ¡Nuevos pisotones y empujones!... ¡el desayuno! . . . ¡ni mencionarlo!... ¡té y pan!... Un amigo mío, con uniforme de subteniente pasó junto a mí y ni siquiera me miró, hice como que tropezaba con él y le dije; -¡Disculpe, mi subteniente! Me miró con el ceño fruncido que luego desarrugó al reconocerme y contestó: -¡Hola Pablito! La expresión me pareció forzada, no era la misma como cuando en el colegio compartíamos entre todos los compañeros la fariña* y la miel que llevaba; cuando a nuestra exigencia se metía debajo de su carpeta e imitaba con voz de ventrílocuo los anuncios de los antiguos discos y sus canciones, o cuando festejábamos los triunfos que juntos conquistábamos jugando al fútbol... ¡Cómo había cambiado “calzonazos”!... Parecía que el uniforme lo hubiera esponjado y los galones los sintiera como alas... Volvimos a nuestro dormitorio. Todos los que habíamos formado el grupo estábamos en fraternal montón, con el “gallinero” y su olor característico al lado de unos y debajo de otros-esperábamos que no fuera por mucho tiempo-colgados de las hamacas. La charla se animó y empezamos a hablar de todo… o tratábamos de hacerlo… pues teníamos algo como un manto negro en el pensamiento, que hacíamos esfuerzos para que no se notara; de repente alguno se quedaba silencioso, mirando pensativo, como buscando algo en la lejanía... ¡Que tan lejos iría su pensamiento!... Acosta no disimulaba su tristeza y tampoco intervenía en la conversación, en cambio el “Paiche” Zubiaurr ayudaba a mantener la animación con su locuacidad; era el prototipo de la alegría y la carcajada y su risa alcanzaba hasta la proa del barco en competencia con su inconfundible y estridente voz; heredó la chapa de su padre, un perfecto caballero, capitán de la marina mercante fluvial, más conocido que el paiche en todos los ríos de la selva y apodo que le aplicaron, posiblemente debido a su alta y desgarbada talla; los amigos siempre llamamos igual al hijo y éste nunca protestó. Juan José, gran amigo mío desde el colegio, fino y delicado, pese a que su primera infancia había transcurrido en el fundo su padre en el Alto Ucayali, entre gente rústica e indios campas; gracias a estos aprendió a conocer la selva y dominarla, pero, al llegar a Iquitos a estudiar, lo encerró todo en el bagaje de sus recuerdos y experiencias; de temperamento soñador y amante del arte, veía en ella solamente lo majestuoso y bello, lo pródigo y fácil; nunca hablaba de sus peligros y amenazas. Frecuentaba la mejor sociedad, todos los salones le estaban abiertos y era muy conocido en el ambiente comercial. Como Acosta, también dejó a su novia, pero en sus expresiones no se notaba la más leve sombra de pesar o resignación, se podía pensar que todo lo tenía calculado. Bardalez Arce, un muchacho de vivo ingenio, se nos unió al grupo; estudiaba ingeniería en Lima y asuntos familiares lo tenían de paso, cuando le cogió la ola de locura que nos arrastró; actuaba como si fuéramos viejos conocidos y su trato inspiraba confianza. De primera intención se le ocurrió que lo escogido de nuestro grupo le daba la autoridad de un “Estado Mayor” de la tropa y propuso su creación entre todos los circunstantes; la aprobación a la formación de tan singular organismo fue unánime, pero nadie quería aceptar la jefatura… tendría que ser un “Estado Mayor” con tantos jefes como miembros. Humberto Campos Panduro era un tipo de fuerte personalidad y con aptitudes de líder; miembro de algunas instituciones sociales de beneficencia, la lectura de obras de Mariátegui y Gonzáles Prada le había despertado inquietudes ideológicas y políticas que en todo momento exponía y trataba de inculcar en sus oyentes. Nos leyó un mensaje que la novel Unión Loretana de Auxilios Mutuos, de la que fue fundador, le envió felicitándole por su gesto patriótico, mensaje del que nos hizo partícipes, según dijo porque habíamos hecho igual y lo merecíamos. Demostraba un gran desprendimiento y sus ideas de los derechos humanos le impulsaban a exigir el respeto de ellos para todos; hubiera sido capaz de todo por defender a los más débiles. Ghersi se acercó a saludarnos... ¡rara distinción!... todos nos pusimos de pié como manda el reglamento; mandó sentarnos, preguntó cómo estábamos y cómo nos
sentíamos; hizo agradables comentarios y luego de charlar y bromear largo rato se marchó. También Ghersi era, y parecía seguir siendo amigo de muchos de los que entonces estábamos bajo su mando; en fiestas y jaranas muchas veces estuvimos juntos, en aquel momento la jerarquía militar nos distanciaba y como lo comprendíamos, debíamos conducirnos como subalternos. Pero Ghersi resultó distinto, quizá porque ya tenía los galones y otra mentalidad; a los otros les cayó del cielo, sorpresa que les infló tanto, que corrían el riesgo de reventar; además de la actitud que asumían se les notaba algo chocante: estando en campaña lucían uniforme de gala, es posible que no hubieran podido mandar hacerse más de un uniforme, y ellos habrían elegido el de gala, olvidando que tendríamos que salir en campaña. El toque de rancho interrumpió nuestras divagaciones y corrimos con nuestras cacerolas a intentar la formación que exigían los cabos y sargentos... ¡imposible!... los pasadizos del buque eran muy estrechos y lo más que se pudo lograr fue una ondulante cola entre empujones, pisotones y discusiones por ser los primeros y al fin... ¡plaf!... arroz con frijoles, un inguiri* y un gran pedazo de paiche pango*... ¡Qué delicioso resultó todo con el hambre que tenía!... Algunos disgustados protestaron... posiblemente, los que menos acostumbrados, a comer bien estaban... ¿esperaban que les dieran pavo o chuletas fritas?... Un sargento gritó: ¡Los que quieran “doblear”!... ¿Es posible repetir tan deliciosos manjares? ¡Increíble! volvió a formarse otra cola… Fonseca, Olórtegui, Brown, estaban en primera clase, es decir, en la cubierta de arriba del buque, pero su comida era la misma y trinaban que daba gusto oírlos; por la tarde igual, con los mismos empellones por ser los primeros y luego... a dormir. Al día siguiente desperté cuando se rompió la cuerda de mi hamaca; felizmente estaban debajo de la mía, las de Acosta y Zubiaurr, de modo que no llegué a dar con mis huesos en la cubierta; carcajada general... intenté acomodarme de nuevo, pero el “Estado Mayor” no me lo permitió; ya era casi la hora de levantarnos y nos pusimos a conversar. Durante el día pasamos varios poblados y puertos; en uno de ellos estaba abasteciéndose de leña para los calderos una lancha de nuestro convoy: la “Luz II”, y muy tarde llegamos a Ramón Castilla, frente a Leticia, donde encostamos. Según los rumores, creí que veríamos los acorazados, aviones y tropas brasileñas en Tabatinga, que también estaba a la vista, pero nada, luego dichos rumores habían sido falsos. En cuanto a Leticia, en la orilla opuesta, la teníamos a la vista; silenciosa, como deshabitada; me esforcé por ver, pero la distancia me lo impedía... ¿No sería que todos estuvieran atrincherados? En lo alto del barranco de Ramón Castilla se veía a dos civiles con sendos fusiles colgando de la guarnición al hombro, reconocí a uno de ellos, Guillermo Mathews Soria; la cañonera “Napo” estaba acoderada y tan pronto como encostamos subieron a nuestro buque tres amigos que se habían alistado en la Armada: Pepe Alegría, Gabriel Weill y Nicanor Morey; los recibimos calurosamente y nos informaron que en la “América” estaban Víctor Dávila, el “Posheco” Linares, Montalván Gárate y otros más. Conversamos brevemente porque recibimos orden de desembarcar con todo nuestro equipo y armamento; creímos que fuera para quedarnos, pero resultó que sólo fue para distribuir el efectivo de la compañía en secciones. Me tocó el tercer grupo de la tercera sección, cuyos jefes eran respectivamente el cabo Tapullima y el subteniente Luján; el único del “Estado Mayor” que estaba en mi grupo era Bardalez Arce, los demás estaban en las otras secciones, de modo que de no haber otra modificación iríamos a estar separados a la hora del combate, que suponía llegaría pronto. Permanecimos en Ramón Castilla esperando el resto del convoy hasta después de medianoche; a esa hora empezamos a navegar, nuestra conversación languidecía y uno a uno fue quedándose dormido. Yo me quedé el último y largo rato permanecí pensando en lo que estábamos haciendo. Conocía todos esos parajes por haber viajado por ellos antes y nada nuevo había para mí en su salvaje majestuosidad; me resultaba monótono mirarlo apoyado en la borda, contemplando la espumante estela que dejaba el barco, se me antojaba que estuviera volviendo hacia mi Paulina, llevando mi pensamiento... ¡pura ilusión!... me seguía y volvía lentamente a su calma y discurrir inexorable, alejándose como yo. Ya todos estábamos recobrando la calma y adaptándonos a la situación; los jefes parecían tranquilos y seguros de sí mismos, pero... más de 500 hombres íbamos en auxilio de nuestros hermanos, en busca de pelea, quizá de sangre, acaso de muerte; acudíamos a amparar el rescate de una tierra nuestra que fue entregada, vendida... ¡Quién podía saberlo!... Cierto es que estuvo abandonada, olvidada, que nunca fue conocida por los gobernantes, pero nos pertenecía, porque desde tiempo inmemorial estuvo dentro de la influencia de nuestro gran imperio, durante la colonia y tres siglos de dominación la metrópoli nos la había reconocido con reales documentos, cuya validez perduraba hasta la consagración de nuestra independencia política... una tierra de extensión tan grande como la de Honduras, como la de Cuba o la de Guatemala; en ella nacieron peruanos y vivieron a la sombra de una bandera que desde la cuna los cobijó, en ella aprendieron un himno que cantaban rechazando humillación y oprobios, y ensalzando la libertad; en sus humildes escuelas les hablaban de una historia cuyo principio nacía en la magnificencia de un imperio... Todo eso era suyo y se acostumbraron a mencionarlo con veneración, como a mirar con cariño la verde inmensidad que les daba sustento, hogar, porvenir... eran los dueños olvidados, sin atención ni protección de los gobiernos, como toda la Amazonía. Manejos políticos, nuestro heredado quijotismo, la secular costumbre de siempre perder en todos los litigios fronterizos, por no tener armas con qué amparar nuestros argumentos y nuestros derechos, fueron la causa de que todo ese territorio pasara a ser colombiano. La protesta del pueblo de Loreto fue acallada con las armas; la herida se había cicatrizado exteriormente, pero en el alma de todos los loretanos bullía un sordo y latente deseo de reivindicación, que de pronto se desbordó amenazando arrastrarlo todo. De nuevo era nuestro, de nuevo habíamos recobrado parte de lo que se nos quitó, de lo que alegres diplomáticos, gobernantes ciegos, políticos sin sentimiento nacional cedieron, en un equívoco o doloso afán de renombre continental. No podíamos saber hasta dónde podría llegar la lealtad de nuestros jefes en la nueva cruzada, ni si habríamos de tener el respaldo del gobierno; aquellos eran militares profesionales de escuelas especializadas, pero, en 112 años de vida independiente nunca demostraron su competencia defendiendo nuestro territorio; con indolencia lo vieron disminuir lentamente; militares y políticos fueron siempre los que en pomposas comisiones trazaron nuevos limites, pusieron nuevas fronteras que restaron enormes extensiones, mientras los gobernantes, en luchas fratricidas, en pugnas bizantinas, perdían el tiempo.
Tampoco estábamos seguros de que nuestros jefes sintieran lo que nosotros sentíamos: los loretanos no queríamos que el despertar de un pueblo fuera lo que les obligara a ejercer su oficio de defensores de los límites de la patria; queríamos convicción, queríamos lealtad. En cuanto a nosotros, estábamos decididos; no nos importaba las incomodidades y privaciones que intuíamos y menos los peligros que fuéramos a correr, tampoco nos extrañaba que ellos siguieran comiendo de escogidos manjares, bebiendo como en las fiestas y buscando comodidades; comprendíamos la diferencia, entendíamos la situación, y los del “Estado Mayor” hacíamos más, la tomábamos en serio, hasta con entusiasmo y esperábamos no ser defraudados. Un cocinero de los oficiales-porque había cocineros para la tropa y cocineros para los oficiales-era conocido mío, pues habíamos navegado juntos en mejores circunstancias, lo que fue motivo de que, tratando de que no lo notaran, a escondidas me diera del rancho de los oficiales y algunas veces hizo extensivo este privilegio a mis compañeros, aunque no siempre podía hacerlo por la vigilancia de los sargentos. Cuando entramos al Putumayo mis amigos se mostraron intranquilos porque alguna vez oyeron decir que sus aguas eran malsanas; como conocedor, o dándomelas de tal, traté de quitarles la aprensión y lo logré en parte; en cuanto a nuestro ánimo, poco a poco fuimos despojándonos del aire de abatimiento que habíamos tratado de disimular y mostrábamos alegría y optimismo. Cuando encostamos en una playa-al parecer para ordenar el convoy-donde muy lejana se veía una casa, tres hombres, probablemente de las cercanías, se acercaron en una canoa, eran peruanos y nos informaron que la “América” subía delante de nosotros, y un barco colombiano, el “Nariño”, que había estado en el alto Putumayo desde mucho antes, había regresado a Manaos, cuando se difundió la noticia de la partida de nuestra expedición al Putumayo. Organizado el convoy se reanudó la marcha: la “Luz 1” se puso delante, seguía el “Alberto”, donde iba la tercera y cuarta compañía y estábamos nosotros, tras nuestro navegaba el “Huallaga” y cerrando el convoy la cañonera “Napo”. Ghersi, cada día más comunicativo, conversando con nosotros dijo que según sus informes nuestra expedición sólo tardaría tres meses y posiblemente no llegara a tanto, porque no era más que una medida de precaución la que se estaba tomando, una especie de demostración de fuerza, lo que equivalía a decir que las cosas irían a quedar como las habíamos puesto y nos reconocerían la posesión de Leticia.

* FARIÑA. De origen brasileño; es un producto regional de la yuca. Por lo simple es el alimento básico de los trabajadores de la selva. * INGUIRI. Plátano verde sancochado. * PAICHE PANGO. Paiche (el pez de agua dulce más grande del mundo) salado, sancochado con yucas, sin condimentos.

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