viernes, 23 de mayo de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

Diseño de carátula por Pacarmón

Pacarmón, inicia su novela dedicándola a su esposa, mi madre, así:

-1938-
A mi esposa,
quien, al guardar mis cartas como un tesoro,
hizo posible este relato.
Pacarmón.

En este espacio vamos a publicar on line, la novela que cuenta la experiencia de voluntario del autor, en el conflicto bélico que enfrentó al Perú, con su vecino limítrofe Colombia.
Pablo Fernando Montalván.
Editor.


EL RESCATE DE LETICIA
NOVELA DE UNA FRUSTRACION LORETANA


¡Larga proa...! ¡Larga popa!..! Sonó el telégrafo de órdenes en la sala de máquinas, las hélices empezaron a batir ruidosamente las turbias aguas del río y la enorme mole del barco que estaba cediendo a la fuerza de la corriente, se retiró suavemente de la plataforma y volteó lentamente para navegar aguas abajo. Los gritos y frases de despedida empezaron a brotar creciendo en intensidad; se agitaron manos en el barco, en la plataforma; ondearon los pañuelos; las luces del muelle iluminaban débilmente una masa humana que se movía desordenadamente en todas direcciones, extendiendo las manos como en actitud de detenerlo, que parecía querer seguir tras del barco; sollozos, lamentaciones, expresiones de conformismo y esperanza en labios de madres, esposas, novias; parejas abrazadas llorando desconsoladamente; palabras de aliento de amigos, hermanos; recomendaciones, promesas. En el barco todos trataban de acercarse a la borda... ¡Imposible!... empujones, pisotones… pero nadie perdía la paciencia, parecían animados de una fraternidad desconocida, repentina; todos, ansiosamente, pugnaban por mirar más de cerca hacia el muelle, como queriendo grabar en sus retinas el rostro, el gesto, la mirada de quienes se despedían y quedaban en el oleaje humano que iba diluyéndose en la distancia. Poco a poco el barco iba ganando en velocidad y alejándose; los gritos se oían ya lejanos, las frases ya no se entendían; las luces del muelle y la ciudad iban perdiéndose lentamente como hundiéndose en la oscuridad, que también iba tragándose el barco, cuyas luces, incapaces de romperla, estrellaban sus rayos en la turbulenta estela que los devolvía como luciérnagas parpadeantes. Creo que sólo yo guardaba silencio, estrujando nerviosamente entre mis dedos la joya que me había dado mi novia como recuerdo; miraba con insistente desesperación el vacío que se agrandaba, como buscando el despertar de una pesadillo; el ruido de la gente que se movía, hablaba, reía, junto a mí, parecía lejano, ausente; se revolvían en mi mente los últimos instantes de mi partida... lo ocurrido en los últimos días. Todo se había producido de manera imprevista, sorpresiva y repentina, me sentí impulsado por tal convicción que no quise reflexionar, ni siquiera dudar de la actitud que estaba asumiendo; mi ánimo estaba predispuesto por circunstancias, que de pronto reavivaron un anhelo hondamente sentido, que había permanecido latente en todas las conciencias, que había sido ahogado por la fuerza y el temor, que, aparentemente se había hundido en el conformismo. La nación vivía una tragedia: cayó, un gobierno de tiranía, abuso y opresión y se encaramó otro de sangre y muerte; la persecución política, la brutal represión de este dictatorial gobierno creó un clima de terror, cuyos ecos llegaban desfigurados hasta nosotros, geográficamente alejados, tradicionalmente olvidados, secularmente despojados; nos sentíamos casi ausentes de esos horrores, porque a flor de todas las conciencias aún estaba punzante el dolor de la tremenda mutilación que había sufrido nuestra selva y el cruel amordazamiento impuesto por las armas en los últimos años del anterior gobierno; pero, alentábamos la íntima convicción de que se produciría algún acontecimiento que habría de colmar nuestra ansiedad de reivindicación. Tres años antes, culminando un largo y secreto tratado, el puerto fronterizo de Leticia fue entregado oficialmente a Colombia; era también la entrega simbólica de una gran extensión que limitaba el río Putumayo. Leticia era una zona militar y comercialmente estratégica, en suma, una superficie territorial que representaba más de la doceava parte del territorio nacional. Políticos ignorantes de la realidad de nuestra selva, al margen de la historia y del derecho, negociaron un tratado lesivo a la integridad territorial y como siempre, no faltaron arribistas e incondicionales que no sólo callaron, sino que fueron colaboradores en el tremendo genocidio, genocidio, sí, porque era el exterminio civil de miles de hombres a quienes se les quitaba su patria. La justa explosión de protesta fue ahogada con las puntas de las bayonetas, y el hombre de la selva, impotente porque nunca tuvo armas con qué defender su suelo, su atávico legado, guardó su indignación en el silencio de su hogar y ocultó su dolor en el trabajo. Pero en el alma del pueblo loretano, en todo el Perú, latía hondamente el sentimiento de una falta que era necesario reparar, el dolor de una herida cuya sangre era necesario restañar; hervía sordamente una ansiedad de recuperación del territorio desmembrado. La juventud de la zona afectada y con ella toda la región del oriente, parecía estar preparada para una cruzada de reivindicación, porque aún sentía en su carne la mutilación y presentía lo que necesariamente tenía que suceder. El país seguía debatiéndose en el caos, se produjo el pavoroso Trujillo, “no había una voz en la patria que se elevara por encima de las controversias políticas, de las mezquinas ambiciones, de la ciega incomprensión, que llamara a la unión y a la enmienda de los rumbos, que en toda nuestra vida independiente solo nos había conducido al fracaso”. Fue en esos momentos que un grupo de hombres, “impulsados por un puro sentimiento de reivindicación, convencidos de que ese sentimiento era general y explotaría grande, sincero y aplastante, porque el alma nacional estaba intacta, movió los resortes de una fuerza contenida, con clara conciencia de que fueran cuales fueran las consecuencias, el gesto de Loreto significaba la voz de la patria, recordando a todos los peruanos el deber de salvarla”. Así se formó la Junta Patriótica de Loreto, sin comprometer a nadie con antelación, pero con absoluta confianza en los que tenían que intervenir inmediatamente; amparó las aspiraciones de los pobladores de la zona irredenta y organizó la ocupación de Leticia, encabezados por el ingeniero Ordóñez y con la dirección de un militar que había renunciado a la institución a la que pertenecía. En la madrugada del 1º de setiembre de 1932, 57 moradores de las cercanías, al mando de Ordóñez y Francisco La Rosa, atacaron sorpresivamente Leticia, depusieron a las autoridades e izaron de nuevo la bandera peruana. No se derramó una sola gota de sangre. El grito que anunció el rescate avivó la rebeldía; como trueno ensordecedor que turba su sueño de gigante, el clamor sacudió la verde inmensidad de la selva hasta sus raíces; a su conjuro cientos de balsas y canoas bogadas furiosamente, por ribereños y selváticos con piel de bronce fundido al sol, repitiendo el grito acudieron para reunirse con los “pindayos” de la ciudad; los ecos, rebotando en las copas de las lupunas centenarias, subieron hasta las nevadas crestas del ande estremecido, y llegaron a los alejados rincones de la patria, transpusieron las fronteras, el mundo lo escuchó… Pudo ser un conflicto de serias proporciones, se afirmaba que Colombia se proponía recobrar Leticia por la fuerza, que organizaba una expedición con ese propósito y que ya se habían producido algunos encuentros, que cruceros brasileños estaban custodiando su frontera; pero nada se sabía con certeza porque no había información oficial; lo único de lo que estábamos seguros era que nuestros aviones partían y regresaban con desusada frecuencia y que, toda la ciudad estaba a la expectativa. Hacía como diez días que la Comandancia General de la región estaba poniendo avisos en periódicos y murales llamando a filas a 50 voluntarios, que no era posible que fueran para resguardar las fronteras o reforzar Leticia, porque para tal fin habrían sido muy pocos y sabíamos positivamente que ya se habían presentado muchos más. Aquella mañana, al salir de mi casa, encontré a Juan José y a Benjamín que parecían estar esperándome; pocas veces lo habían hecho y nunca tan temprano; los miré sin disimular mi asombro, tratando de hacer un rápido análisis de su actitud: caras serias, mirar inquisitivo, ademanes impacientes, algo estaba ocurriendo. Tras de brevísimo saludo me preguntaron de golpe qué opinaba de la toma de Leticia y de los acontecimientos que en las últimas semanas mantenía a la ciudad en tensa expectación. ¡Ah!.. ¡Conque era eso! -contesté - Bueno, la cosa está que arde, pienso que se va a agravar la situación, por que no creo que los colombianos se resignen a perder Leticia así como así, después de tantos años de negociaciones y haberla conseguido tan fácilmente . - ¡No! ... ¡No es eso!.. ¿No estuviste en la manifestación de ayer? —preguntó Juan José. - Parece que no oíste a Arana- agregó Benjamín. - No. - ¡Agárrate!- Tenemos que ir a Leticia. Una expedición colombiana viene a tomarla y los únicos que podemos impedirlo por ahora somos los loretanos... El Gobierno hasta hoy no ha dicho su palabra oficial, pero el comando regional, mientras espera, está tomando las precauciones del caso. Eso dijo Arana. - Pues bien, si es así iremos; no creo que haya quien se niegue a ir; en cuanto al gobierno, seguramente está analizando la situación, pero es imposible que desapruebe la acción tomada, porque representa el sentimiento no sólo regional sino nacional... ustedes lo saben. Seguimos comentando casi acaloradamente mientras caminábamos y de pronto nos encontramos cerca de la Comandancia General, no sé si intencional o inconscientemente habíamos tomado esa dirección; había mucha gente frente al edificio, en grupos haciendo corrillos: gente del pueblo, empleados obreros, muchos conocidos; entre ellos vimos a Humberto Zubiaurr y a Carlos Acosta, nos acercamos a ellos. - ¡Hola!.. ¿Qué pasa por acá? —preguntó Benjamín. - ¿No saben que hubo llamamiento? —contestó Zubiaurr. Vamos a presentarnos como voluntarios... ¿y ustedes? - Nosotros hemos venido también a eso. - Muy bien! - exclamó Acosta- Así iremos juntos a Leticia en el primer contingente. Ya están adentro algunos amigos... ¡Vamos! Entramos al edificio. Había una gran multitud en un amplio patio interior, calculé más de 200 hombres; todos hablaban, era como una manifestación en espera del orador; el rumor crecía por momentos transformándose en algarabía: llamadas mutuas, expresiones de entusiasmo y contento, risas… parecían colegiales sin maestro. De pronto oímos una voz reclamando atención; en una ventana del segundo piso un capitán y dos tenientes paseaban sus miradas sobre la multitud; las voces fueron apagándose hasta hacerse un completo silencio y todas las miradas se concentraron en los tres oficiales; el capitán, fornido, moreno, de semblante adusto, empezó a hablar. En breves palabras trató de explicar, sin ninguna claridad, la situación creada en la frontera-eso lo sabíamos-igualmente sin claridad, las razones porqué no podía hacerse un llamamiento como lo exigían las circunstancias-no logré entender las razones- continuó censurando acremente la actitud de la ciudadanía iquiteña que, según él, no se presentaba a los cuarteles, pese a los llamamientos-que yo diría disimulados-y concluyó asegurando que si así era el patriotismo que sentíamos, los loretanos terminaríamos muy mal. Si hubiera sido posible contradecirle yo le habría dicho que era temerario no plantear las cosas con toda claridad y no llamar a las filas para preparar debidamente a los reclutas, porque si las cosas habían empezado a las malas, que supiera el mundo entero que nos aprestábamos a defender lo que rescatamos por derecho y por deber; que se nos dijera si el gobierno respaldaba la actitud de los que tomaron Leticia, actitud que fue muy del agrado general, pues no otras significaba el desbordante entusiasmo que se vivía en la ciudad y trascendía en las manifestaciones públicas y en las vibrantes alocuciones de oradores improvisados. Yo pensaba que en realidad no había alternativa, que ya no se podía abandonar la acción; que cualquier indecisión disminuiría las posibilidades de éxito que la sorpresa había puesto en tan buen camino, había que continuar... ¡de repente pensé en mis padres!... cómo tomarían mi actitud?... mi madre intuiría los peligros, privaciones y sufrimientos. … verían balas, sangre, dolor por todas partes... comprenderían... ¡Claro!... ¡Tenían que comprender!.... ¡Y mi novia!.., plena de esperanzas y promesas… ... una separación tan violenta cuando tan poco faltaba para unirnos... su angustia convertida en lágrimas... Los pensamientos cruzaron por mi mente como relámpagos en breves segundos, pero que bastaron para que Juan José y Benjamín se dieran cuenta de mi ensimismamiento. ¡Que pasa!... ¿Vacilas? - me dijo Benjamín como quien exige una determinación. - Por qué habría de vacilar? - Intervino Juan José- ¿No lo habíamos decidido ya? ¡Además, ya estamos adentro! - y dirigiéndose a mi- ¿No es cierto? - Solo estaba pensando... -¡Ah!... Ya sé... en tu negocio!... o en tu novia! - me interrumpió. -¡Demonios... también hay esto! - pensé sin decirlo- ¿Como lo resuelvo?... Dejo alguien administrándolo... ¡no puedo abandonarlo!... ¡No puedo abandonarlo!... ¡Término con él, y después de breve pausa: - Como el negocio está tan malo, dejaré un apoderado para que venda los carros. En cuanto a mi novia, todos tenemos una y ellas sabrán esperar. Lo del negocio malo era cierto, pero así hubiera estado óptimo igual me habría decidido... la fiebre del patriotismo se había transformado en locura, ya no pensé más que en el presente y en ser uno de los que se enorgullecería de haber sido de los primeros en presentarse y haber contribuido a la reconquista de Leticia... ¡Ni se me ocurrió pensar que acaso no volvería para poder enorgullecerme!... Y contagiados del entusiasmo reinante o más bien porque ya llevábamos el propósito de alistarnos, cumplimos con la fórmula de entregar nuestros documentos a un sargento que en un ángulo del salón atendía ese menester, quien los recibió sin mirarlos siquiera, preguntó nuestros nombres y los agregó a una larguísima lista que estaba haciendo en un mugriento cuaderno, inmediatamente nos mandó a una formación que dos cabos estaban ordenando y luego de una larga espera, entre un grupo de más de 100, fuimos conducidos al cuartel del Regimiento Nº 19. Estaba rebosando de gente. Ingresamos entre una multitud que apenas dejaba un callejón, entre gritos, bromas y palmadas; muchos eran amigos y conocidos, todos evidentemente reclutas voluntarios, algunos ya con uniforme-chaquetas y pantalones tan holgados que parecían estar colgando de perchas-otros todavía en traje de calle, pero con el uniforme en la mano. Sin esperar ninguna orden se disolvió la formación y nos confundimos en la multitud haciendo grupos para preguntar y contestar preguntas; todos mostraban tal entusiasmo, se sentían tan valientes, que se habría necesitado tener miel en vez de sangre para no contagiarse: - 50 hombres bastaron para rescatar Leticia!... - Nuestro armamento es modernísimo!... - La “América” ya llevó 300 hombres!... - Yo soy tirador de segunda clase!... - Nos vamos directamente a Leticia!... - Van a mandarnos diez aviones de bombardeo!... De pronto una voz: - ¡A formar los que no tienen uniforme! Todos corrimos hacia la voz: se armó un tumulto, un nudo de hombres que se empujaban... La voz del cabo mandó: ¡Columna de a tres!... ¡Cúbrase!... Al fin todos quietos; de nuevo la voz del cabo: - ¡De frente... marchen!... ¡Dirección al detall!... Nos guió por unos pasadizos y de pronto frente a una puerta: - Alto! Entró el cabo y casi inmediatamente volvió a salir. - Entren uno por uno! - y dirigiéndose al que estaba a la cabeza: - tu primero! Empezaron a entrar y tras de un breve instante volvían a salir con un montón de cosas en las manos cada uno; yo estaba como a la mitad de la formación y cuando entré, un sargento primero, sentado ante un escritorio, y dos soldados ante una montaña de objetos apilados en desorden me esperaban; reconocí al primero: ¡Ghersi!... - ¡Qué suerte, carajo! - miró hacia dentro del cuarto y agregó- ¡Los voy a tener a todos juntos! Seguí la dirección de su mirada y vi a Zubiaurr, Acosta y Juan José, en el fondo de la habitación, cada uno tratando de acomodar las cosas que habían recibido. Uno de los soldados tiró sobre mi unas prendas de vestir, otro un morral con útiles de comedor, el primero volvió a tirarme un sombrero de paja, una frazada, y una carpa de lona, de nuevo el segundo un paquete que por una rotura enseñaba cubiertos y algo más que no pude identificar... se me caían los paquetes... Ghersi, dirigiéndose al grupo de amigos les dijo: - ¡Ahí va otro para la sección! Me acerqué a ellos y Acosta me dijo: - Quiere tenernos en su compañía... vamos a estar bien. Terminada la distribución nos hizo salir y ordenó a un sargento que acertó a pasar en ese instante, que nos llevara a la cuadra de la Tercera Compañía y a nosotros que inmediatamente nos pusiéramos el uniforme. Habíamos llegado al cuartel después de que pasaron rancho, pero casi lo había olvidado por la excitación y la rapidez de los acontecimientos; igual los demás compañeros. Empezamos a ponernos el nuevo atuendo y pese a los arreglos que tratamos de hacerle, vestidos con él lucíamos como espantapájaros. La tarde se deslizó insensible. Ya había estado antes en aquel cuartel cuando hacía la instrucción militar de movilizable y lo conocía ligeramente: la Prevención, el canchón, algunas cuadras, pero aunque entonces no había ingresado a todas éstas, me parecía estar familiarizado. De repente el primer toque de corneta en el cuartel… ¡Qué chistoso!... ¡Era el toque de rancho!.. muy conocido!... A formar de nuevo en tumulto; como chiquillos de colegio nos buscábamos los del grupo; no tenía apetito pero en una de mis cacerolas recibí arroz, frejoles, un gran trozo de carne, además pan y un jarro de té. Comimos cada quien por su lado y cuando terminamos nos hicieron formar nuevamente para salir a lavar nuestros útiles de comedor y tomar un baño en el río. Esa fue la orden, Una multitud llenaba el malecón frente al cuartel. Cuando nos vieron rompieron en aplausos y vivas que demostraban simpatía por nuestra actitud; busqué con la mirada algún conocido con quien hablar, pero no hubiera sido posible que nos permitieran salir de la formación y apenas nos dieron tiempo para lavar nuestros útiles y asearnos ligeramente; hacíamos un espectáculo para toda la gente aglomerada en el malecón; reían, gritaban, llamaban; voces de hombres, mujeres y muchachos: - Tengo un encargo de Amelia! - ¡Cómo estás, Pedro! - Mañana viene la Julia. -¡Cuándo se van! Cuando subimos de regreso, una masa humana se arremolinó en torno nuestro como para que nos detuviéramos, pero un sargento mandó: - ¡Paso ligero! Y entramos corriendo hasta el canchón. Habíamos hecho un montón con nuestras pertenencias y sorteado quién se encargaría de su vigilancia para evitar que fueran a robarnos, como sabíamos que se hacia en los cuarteles; resultó Benjamín, quien con tal motivo no salió; Sifuentes lavó sus útiles, pero Benjamín cumplía su primera consigna con la misma seriedad que podría poner con una de carácter militar. Nos juntamos de nuevo, se vino la noche, la banda de músicos en medio del canchón comenzó a ejecutar algunas piezas musicales que se me antojaron aburridas, nadie escuchaba, todos hablaban, discutían, jugaban, corrían... ¡Lástima de música! !Si hubiera sido posible salir!.., algunos planeaban hacerlo escalando los muros, siguiendo indicaciones de los que ya lo habían hecho y aseguraban que era fácil; no me atreví y pensé hacerlo al día siguiente, pero por la puerta... Un toque de corneta llenó los ámbitos del cuartel con el toque de silencio, la cuadra se llenó inmediatamente, pero no había tarimas para los 130 hombres de la Compañía, las que hubo libres, fueron tomadas por los que habían llegado antes que nosotros; cada quien buscó donde acomodarse: rincones, ángulos de las paredes, espacios del piso entre las tarimas... todo fue disputado para acostarse y a muchos no nos quedó lugar; salí… las mesas del comedor también estaban siendo disputadas para usarlas como tarimas; corrí a quién llega el primero y me posesioné del extremo de una ¡había que verla!.. llena de grasa... huesos... desperdicios de comida... y con un olor repugnante... ¡ni con qué limpiarla! en fin, era mejor que el piso que estaba peor de sucio...! ¡Arriba!... me quité las bandas, los zapatos y los acomodé junto con mi morral y demás equipo como almohada y me acosté vestido, cogiendo mi sombrero sobre el pecho para que no me lo fueran a robar... ¡A dormir!... estaba tan excitado, los pensamientos, pasaban por mi cabeza como caballos desbocados, que tardé en lograrlo.

1 comentario:

Juan dijo...

Hola Fernando:
Gracias por iniciar y compartir la publicación digital de esta novela de carácter histórico sobre uno de los hechos que han dejado huella en nuestra historia regional y en el alma loretana, hasta hoy en día y que protagonizaron nuestros mayores más inmediatos.

Casualmente, había reiniciado la lectura de "La historia de la República del Perú" de J.Basadre en el período 1930 - 1933, sobre el conflicto con Colombia, y me place leer este primer fragmento que publicas, como una versión de "primera mano" desde la vivencia de uno de sus actores.

Aunque es temprano para pronunciarse, noto el cambio en la narración de "El rescate...", con relación a las "Crónicas...", propias de una mayor madurez literaria.

En buena hora tu publicación y aquí estaremos esperando el siguiente fragmento.

Un abrazo.

Juan Pereyra
jupeve@gmail.com