viernes, 27 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XII

Después de muchos días nos mandaron al monte en busca de “ponas batidas” para nuestras tarimas. Propiamente debía decir que nos mandaron a “batir ponas”, pues en el monte no se encuentran batidas. Batir ponas es cortar el tallo de ciertas palmeras en trozos de medidas determinadas, abrirlo haciéndole cortes longitudinales en la corteza y quitarles la albura, que está formada por hilachas esponjosas y verticales, con técnica creada por los nativos. Desplegada tiene la apariencia de una estera, recia pero flexible, que también se utiliza en cercas y entarimados.
Resultó que al regreso, con la pona en los hombros, perdimos la trocha y por largo rato estuvimos dando vueltas y más vueltas en su busca; cansados y un tanto intranquilos tiramos la pona y con más calma procuramos orientarnos. No fue fácil y menos para novatos en cosas de la selva, como Juan José y yo. Lo que más nos alarmaba, sin considerar el peligro de un extravío de verdad, era que pasara la hora del rancho y nos quedáramos sin almuerzo, que lo hubiéramos sentido más que perdernos todos los días con una pona al hombro.
Al fin dimos con el rumbo y llegamos al campamento, y para que no se dijera que éramos unos perdidos, calificativo muy feo, procuramos que nadie se enterara del incidente. Llegamos justo cuando empezaban a formar para el rancho e ingresamos a la fila tratando de no ser advertidos por Cornejo, que rondaba cerca, pues si nos hubiese visto llegar sin la pona hubiera sido capaz de prohibirnos el almuerzo.
Por la tarde recibieron orden de embarcarse en el “Alberto”-que al fin podía partir-todos los que debían regresar a Iquitos. ¡Había que ver la alegría que demostraban!... En cambio yo, sentía que un extraño sentimiento me embargaba, nada como envidia o despecho por el regreso de mis compañeros; era algo indefinible que sentía en lo más hondo, me parecía que en el barco se iba algo mío, algo que no volvería a ver en mucho tiempo, que fuera a perderlo para siempre.
Fuimos al barco a despedirlos, todos rebosaban contento y tenían razón; yo hubiera estado igual.
Solo una vez se oyó el pito del barco como señal de partida. Nos agolpamos a la orilla todos los que nos quedábamos, excepto los de la guardia que no podían abandonarla; empezaron a agitarse manos y pañuelos, gritaban los encargos, mensajes, recuerdos... los de abordo también gritaban y corrían a lo largo de la cubierta haciendo gestos y ademanes, como queriendo llevarnos a todos…
Aparentemente impasible, yo guardaba silencio, tratando de ocultar mi emoción. Quizá lo sentía más que ninguno, pues por naturaleza soy sentimental, impresionable, pero hacía un esfuerzo que me amargaba el paladar y anudaba la garganta, para disimular mi emoción
El barco se alejó lentamente llevándolos.. . dejaban en Todos Santos sudor y fatigas, risas, disgustos y penas; dejaban rebotando contra los recios troncos de los árboles el eco de los insultos que les prodigaron y en el ambiente ese hambre que roía sus entrañas y ¡ojalá! jamás volvieran a sentirlo...
El barco que nos llevó había cumplido su misión. Igual que las otras naves regresaba a Iquitos con parte de los que nos acompañaron; solo quedaba la “Napo”, que también debía partir, no sabíamos a dónde, pero sí que se irían a quedar un alférez y el personal suficiente para terminar con la instalación de sus cañones de tiro rápido, en tierra, trabajo que estaba muy avanzado.
Con la salida del “Alberto”, donde el capitán pasaba su convalecencia, éste volvió a nuestra Compañía; caminaba con dificultad, pero en nada había variado su carácter brutal, su lenguaje grosero y soez.
Cornejo tampoco variaba, seguía siendo el mismo: torpe como una carreta y cerrado como un cartucho. Viendo nuestro trabajo, de pronto se le ocurrió que la escalera que habíamos hecho no era lo bastante recia y debíamos hacer una nueva, más resistente y con maderos más gruesos… no obstante estar colocada y haber sido hecha de troncos de más de 60 centímetros de diámetro; cada larguero medía 50 centímetros de ancho y 15 de espesor, los peldaños 40 de ancho y 10 de espesor, incrustados en canales de 8 centímetros de profundidad... Podría ser cosa del capitán, que nos tenía marcados y buscaba la manera de mortificarnos y acabar con nuestra paciencia y cuya primera visita fue a nuestro tambo. Pero Cornejo demostró ser un muñeco al obedecer ciegamente órdenes que el sentido común no podía admitir como razonables.
Para nosotros la dureza del trabajo ya se hacía insoportable y la guardia de avanzada se había transformado en rutina. Cuando nos volvió a tocar, el camino estaba malísimo, para agravarlo empezó a llover desde el mediodía y aun seguía cayendo una lluvia menuda y persistente; se nos había anticipado que debíamos atravesar un gran trecho con el agua hasta las rodillas y para el caso íbamos preparados y listos para despojarnos incluso de los pantalones. Con toda felicidad el río había bajado y sobró nuestra previsión, pero no pudimos evitar un charco de mil demonios que nos llegaba hasta los pelos.
La noche se presentó oscurísima y no se veía a dos metros de distancia; para los relevos había que ir a tientas por entre los arbustos que bordeaban el sendero, pues por seguridad no se podía llevar luz. Para colmo me correspondió hacer servicio de ronda y tuve que recorrer el camino varias veces con otras tantas caídas.
El cabo Chale no sé como se mostró generoso y nos convidó una mazamorra de tapioca con cocoa, cerca de la medianoche. La preparó él mismo con ingredientes que había recibido en una encomienda y nos cayó muy bien, pues como no habíamos almorzado, sentíamos más hambre que de costumbre.
Al otro día muy temprano recibimos noticia de que la lancha “Libertad” había regresado de Puerto Arturo portando correspondencia llegada por el varadero de Santa Elena. Los encargados de la conducción del almuerzo llevaron algunas cartas, pero ninguna para mí, aunque me aseguraron que sí tenía; esperaba ansioso el regreso para recibirlas.
Casi a la hora del relevo se desencadenó una tempestad que parecía que fuera a llevarse nuestro tambo; era mas viento que lluvia, los árboles se inclinaban a su impulso como débiles arbustos y muchas ramas rotas cayeron sobre el techado rompiéndolo y poniendo en peligro nuestra humanidad. Felizmente ni viento ni lluvia tuvieron larga duración y pudimos regresar sin mojarnos gran cosa.
En cuanto llegué, Benjamín me dio tres cartas, miré los sobres buscando ansiosamente la que esperaba… ¡nada!... sólo una de mi mamá y las otras de dos amigos; eran las primeras de éstos, en cuanto a Paulina, quizá no se había enterado de que había correo para los desterrados...
El domingo próximo, en celebración del Día del Ejército se debía realizar un festival cuyo programa organizó el Comando y tenía como número principal un concurso de tiro entre todas las Compañías. Con tal motivo fuimos muchos a ejercitar el pulso internándonos en la selva. Quedé desagradablemente sorprendido: además de que de los 10 cartuchos que puse en el almacén, sólo dieron fuego 6, pues los otros estaban fríos, húmedos o qué sé yo, mi serie no fue como para acreditar mi calidad de tirador de segunda clase que mi Libreta de Tiro me atribuía.
Pero, por otra parte, ¡qué tal si con esa munición hubiéramos entrado en combate!... y... ¿qué se podría hacer con ese pobre fusil, que cada vez que lo limpiaba y miraba el ánima con el cerrojo abierto, veía un cañón que parecía no haber tenido nunca líneas helicoidales? Habría sido capaz de dejar pasar el proyectil con cartucho y todo... Casi todos los fusiles que nos dieron estaban igual de malos, lo notamos cuando los recibimos: oxidados, con los guardamanos flojos, portafusiles por romperse o sin ellos y muchos con el percutor tomado... de todos modos teníamos que usarlos, en el peor de los casos como estacas... y por último, un colombiano es mucho más grande que un blanco de 12 pulgadas y si la bala no le caía en el corazón le hubiera caído en la barriga.
Lo que positivamente gané y me emocionó fue oír en el majestuoso silencio de la selva, rompiendo el hielo de su quietud, el estampido de mi 29060.
Para completar el programa los del “Estado Mayor” proyectamos una danza que la presentaríamos como típica de los witotos, en otro número de concurso. Con materiales de la selva preparamos la indumentaria apropiada y cuando efectuamos el primer ensayo no dudamos de su éxito.
Lo malo era que los jefes seguían tomándonos el pelo; no nos extrañaba porque hacía tiempo que nos lo estaban tomando y nosotros como buenos chicos, dejábamos que se divirtieran. De nuevo nos avisaron que preparáramos nuestras cartas, porque nuestro avión debía salir para Iquitos; obedientes escribimos, cerramos para de nuevo abrirlas precipitadamente porque todas ellas debían pasar por la censura. Como ésta era una de las formas de estrategia y seguridad militar, había que obedecer; mas tarde avisaron que no salía nuestro avión porque el R - 10 había salido de Iquitos a las 8 de la mañana y debía llegar a Todos Santos por la tarde.
Esto, a más de consolarnos, causó indescriptible alegría, porque significaba noticias de los familiares que con tanta ansiedad esperábamos; como locos arrojábamos los sombreros y nos abrazábamos gritando... Con loca ansiedad esperábamos la hora de la llegada, tratando los del “Estado Mayor”, de entretenernos en la confección de nuestra indumentaria para la danza típica… ¡las 5!... ¡y nada!... al fin, el crepúsculo, como siempre mensajero de tristeza y desengaños, nos llevó al convencimiento de que no llegaría el R-1O...
Pero, como ya estábamos acostumbrados a decepciones y a olvidarlas, pronto se convirtió nuestro disgusto en alegría, cuando después de la comida, los cuatro expertos que debían tocar los pífanos y tambores que habíamos confeccionado para la danza guerrera, se pusieron a tocarlos ejecutando piezas regionales y folklóricas de gran animación; todos los que dejando de lado momentáneamente las amarguras se sintieron excitados por la música, se pusieron a bailar locamente. Los mirones reíamos y gritábamos alentándolos al ver las contorsiones y piruetas que hacían y era tan excitante la música y tan contagiante el ritmo, que todos nos sentíamos impulsados a imitarlos y saltábamos y gesticulábamos como ellos... ¡Tal era la música!. . . no había duda de que habríamos tenido un éxito rotundo.

martes, 24 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XI

Con motivo del accidente nuestro capitán fue hospitalizado y en su lugar, no sabíamos si temporal o definitivamente, asumió el mando de la Compañía el teniente García Alcalde, quien no tardó en hacerse reconocer como muy buena gente. La verdad era que, comparado con nuestro capitán, cualquiera hubiera resultado bueno; para empezar, cuando vio nuestro desayuno-que ordinariamente consistía en algo que, ni esforzando la imaginación o el paladar hubiera resultado té y un solo pan del tamaño de un puño- ordenó que para el día siguiente nos prepararan café y nos dieran dos panes…, algo que jamás hubiera pasado por la mente de nuestro capitán. La novedad nos alentó y continuamos el trabajo con renovados bríos.
Benjamín seguía enfermo y Eleazar se repuso, pero Juan José recayó de nuevo; Zubiaurr también tenía apariencia de enfermo, pues no se oía su voz alegre y su estridente carcajada; pero no era eso felizmente: tenía concentrada toda su atención en cierta gestión encaminada a su traslado o destaque al varadero de Santa Elena, donde, por informes que había recibido, había llegado un camión que no tenía chofer. Movió tales resortes que aseguraba estar seguro de ser trasladado. Bardalez, cuyo traslado a zapadores demoraba, trataba de disimular su aburrimiento, igual que todos, pero... ¿cómo poder ocultarlo con esa desesperante rutina que deprimía nuestro ánimo y amenazaba embotar nuestros sentidos?...
Nada hay tan indignante y aflictivo como verse burlado y lejos del mundo donde se forjó nuestra personalidad, sentirse juguete de pasiones bastardas y sentimientos innobles, y hundido en la incertidumbre lacerante de la propia angustia, encontrarse reducido a la tenebrosa oscuridad de lo ignorado... Nada hay que haga concebir los más funestos presagios como la hosca soledad del pensamiento.
Día a día perdíamos la esperanza de que el R-10 nos llevara noticias de los familiares y amigos y de que la anunciada llegada de la lancha “San Miguel” no hubiera sido un “farol”, pero no faltaba alguien que se compadecía o quería burlarse de nuestra ansiedad y hacía rodar otra “bola”, que nos animaba, nos alegraba, que hasta causaba miedo creerla, porque al final resultaba una dolorosa desilusión.
Los “boleros” aseguraban que nuestro regreso se efectuaría en la primera quincena de diciembre… ¿Qué hacer?... Así se divertían ellos y nosotros teníamos que soportar sus, a veces, agradables impertinencias de mentirosos, pues con ellas, una pequeña esperanza hacía germinar en un rinconcito de nuestros pensamientos el bello sueño que endulzaba nuestras noches: el regreso.
Pero de pronto parecía convertirse en pesadilla... Un alboroto despertó a todos y la mortecina luz del farol iluminó una escena: el cabo Chale “cerrando” a puntapiés a Sifuentes y a este acorralado en un rincón del emponado, defendiéndose heroicamente con el fusil, para detener los puntapiés, poniéndole la culata sobre el pecho... Acudimos y los separamos.
-¡Contamanino de mierda!... que se ha creído... ¡Aquí soy yo el que manda!
- ¡El mierda eres tú, que ni siquiera sabes lo que debes hacer, ni porqué puñeta tienes esos galones de porquería!
- ¡Silencio, carajo!... ¡Vuelve a tu puesto!
- ¡Ya he terminado mi guardia hace media hora y tú, por estar durmiendo como un huevón no has mandado mi relevo!
- ¡Yo sé lo que hago y tú no eres quién para venir a llamarme abandonando tu puesto!
- ¡Qué puesto ni qué carájo!... ¡Tú no sabes lo que dices, baboso!...
- ¡Silencio mierda o te voy a tapar la boca con una trompada! - haciendo ademán de abalanzarse contra Sifuentes, quien con el fusil en alto lo esperaba.
Los contuvimos de nuevo; Sifuentes, que posiblemente recibiría algunos puntapiés, cuyo dolor sentía, comentaba con airado acento:
- Este cojudo se queda dormido y porque vengo a llamarle, haciéndole un favor, para que mande el relevo se calienta... ¡Creído de mierda! - y se tendió en su tarima; mientras el cabo Chale, que había olvidado hasta quiénes eran los del relevo se alejaba con aire matonesco a averiguarlo.
No hay duda, las circunstancias ponen de relieve la contextura moral de las personas haciéndoles perder lamentablemente a algunas, sus atributos de humanos y civilizados, que ni la educación logró robustecer o siquiera afirmar; aparece el fantoche, surge el matón, babea el mentecato; brota la falta de nobleza de sentimientos, la carencia de principios, la estrechez de criterio; pretenden autoridad con falsa y encaramada posición de oportunismo y sobonería; pregonan categoría social fundada en desenfado y frescura; se jactan de holgura económica, pero son tramposos, sablistas, los acreedores los persiguen; presumen de alcurnia y linaje y cerca tienen alcohólicos, sifilíticos y tarados... y se nos meten como cuñas abusando de nuestra tolerancia y discreción, sin darse cuenta del vacío que se agranda en torno suyo por sus actitudes solapadas y despreciables.
Pero, ¿qué sentimientos nobles se puede reclamar donde no hay mas que soldados, clases y oficiales, tres categorías de una institución moderna universal, que ha evolucionado desde la necesidad de defenderse con piedras y garrotes, hasta constituirse en una ciencia para destruir, matar en forma organizada y técnica, para vencer, dominar, conquistar, y que lo está logrando cada vez con mayor rapidez y perfección?
No puede por eso ser extraño o raro lo que presencié, pero que me causó hondísima impresión.
Algunos de la tripulación del “Alberto” fueron de cacería, para aprovisionarse de rancho para su viaje y volvieron con abundantes piezas: sajinos, pavas, monos de los llamados “choros”. Cuando tiraron sobre la cubierta los animales muertos, uno de los monos tenía abrazado al pescuezo un monito vivo, que evidentemente era su cría... ¡Qué rato haría que la pobre bestia estaba muerta y, sin embargo, el monito no se desprendía! Cuando alguien trató de desprenderlo el monito chilló lastimeramente, lo notaron los circunstantes y repitieron el intento… el monito volvió a chillar con desesperación... Lo encontraron divertido y siguieron en ello, cuantas veces trataron de desprenderlo, con qué desesperación chillaba y con qué fuerza se prendía al cuerpo inerte y frío de la madre, en instintiva busca de protección... y todos reían celebrándolo… lo cogían y simulaban desprenderlo... chillaba el monito y estallaban las carcajadas...
¿De qué estamos hechos los humanos para ser tan crueles y gozar con el dolor ajeno?... No somos capaces de comprender, ni imaginar siquiera, la sensación de espanto que debía sufrir el animalito al sentirse arrancado de su madre y por instinto, miedo o ignorancia, ¡querer seguir pegado a ella muerta!... ¿Acaso nosotros, los homo sapiens no haríamos lo mismo?...
Pero, cosas como estas no debieron conmovernos, pues si habíamos partido con elementos bélicos y entonando una canción guerrera que electrizaba nuestros nervios, no fue precisamente para ponernos a pensar en el dolor que sentiría un colombiano al tener una pierna rota por nuestras balas o en el abandono que iría a sufrir su familia si no volvía porque lo matábamos... fuimos justamente a todo lo contrario: a romper miembros, a regar con sangre, suya o nuestra, nuestras vírgenes montañas, a sembrar cadáveres en esta fecunda tierra, a plantar luto, desolación y llanto en muchos hogares... Y los colombianos... ¿acaso no irían a lo mismo?... ¿a qué ponerse a pensar pues en el dolor de un mísero animal, cuando tantos sentían angustia por nuestra suerte y la de nuestros enemigos?
Quizá fuera egoísta pensar así, pero también era egoísta dejar el sufrimiento para nosotros, mientras había quienes en su hogar disfrutaban de tranquilidad y goces, comidas suculentas, libaciones copiosas, diversiones epicúreas... nosotros, comiendo solo frejoles casi crudos, insignificante cantidad de arroz y sopa de monos, cuya suerte lloraron miles de monas, en coro con sus tiernos vástagos... ¿Cómo no habíamos de pasar, después de haberlos masticado y deglutido, las más horrendas pesadillas?... Monos que salían de las pailas en macabra danza, mutilados y humeantes... huyendo de nosotros a medio sancochar... miembros dispersos de monos… aderezados para guisarlos y comerlos.., en fin, una gastronómica visión que sólo era pesadilla de indigestión... ¡Claro!... y el remordimiento de haber comido mono... ¡Pero resultaba tan bueno cuando no había otra cosa que comer!...
Descendimos tanto, empujados por el hambre, que perdimos hasta la vergüenza de pedir, cambiamos de tal suerte que ya no reparábamos en modales ni compostura; arrastrados por el hambre husmeábamos en la cocina del barco, con la esperanza de que el cocinero nos obsequiara algo, de las sobras de lo que servía en la mesa de nuestros patrones, con una humillante sonrisa de compasión, con el desaprensivo gesto del poderoso... o que el sirviente nos regalara un pedazo de pan... o alguien nos diera un poco de fariña a cambio de un cigarrillo; escamoteábamos una yuca del montón, robábamos un plátano de la bodega... cualquier cosa, para tratar de colmar el vacío que en nuestros estómagos hacía tiempo que se agrandaba...
Y si por desgracia alguno era sorprendido en esas circunstancias había gritos e insultos... ¡Sinvergüenzas!... ¡Muertos de hambre!... ¡Son unos ladrones!. .. ¡Parece que no comieran!... y los castigos encima...
Sólo el sueño calmaba en parte nuestra angustia... o las noticias inventadas por algún generoso o sádico mentiroso... y aunque los frejoles estuvieran tan crudos como siempre o hubiera sido huangana* la que humildemente nos brindara su carne para una desabrida sopa, cuando se difundía una noticia alentadora, nos parecía el sol con más luz, la brisa con más frescura y el día más corto, ya que más largo lo sentíamos aquel en que se comía poco o no se comía.
Había empezado la segunda quincena de noviembre.
La herida de la ausencia se estaba cicatrizando lentamente.
Cuando la costra ocultó el sangrante desgarramiento y no se sentía más que un dolor sordo, una sola desesperación, incurable por ser profunda, insensible por la costumbre... nuestro regreso era como el sueño que tras larga pesadilla adormecía los pesares ahuyentaba el recuerdo de las horas de amargura, devolviéndonos de ese ambiente de nostalgia y soledad a la cumbre de la dicha, a la cima ansiada, esquiva, donde alienta luminosa la más preciada ilusión.
¡Si el aire que respiraba, si el crepúsculo sombrío que hacía mas honda mi pena hubieran podido gritar cuánto quería estar de nuevo en camino de mi hogar, junto a Paulina, a mi madre,... mis dos únicos amores…!
Mas la horrible pesadilla parecía no acabar...



HUANGANA*.- Jabalí sudamericano.

jueves, 19 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

X

Nuestra sección empezó a construir otro tambo en un nuevo emplazamiento. Después de cortar los árboles limpiamos la maleza y nivelamos el terreno; en los primeros días distribuimos el trabajo en forma organizada y razonable, pues por suerte, no tuvimos cerca ningún oficial, los que mandábamos éramos los del “Estado Mayor”; el sargento Valles, con la mejor disposición de ánimo, se entendía con nosotros a las mil maravillas; “se trataba de la casa de los distinguidos”, como él nos llamaba.
El perínclito Cornejo, con su sección, estaba de servicio en un puesto de avanzada, muy lejano, río arriba; Ghersi estaba a cargo de la construcción de nuevas trincheras cerca de la orilla, con grupos de distintas secciones; en cuanto al capitán, quizá por lo malo del camino, solo un par de veces apareció a ver cómo marchaba el trabajo; miró a todos con acritud, sin decir una sola palabra, con gesto de exigir más esfuerzo, pese a que estábamos poniendo todo nuestro empeño, pero no hizo ninguna observación. Nosotros igualmente, aparte del saludo obligado, lo ignoramos olímpicamente.
La orden del batallón nos causó una grata sorpresa: establecía el horario de trabajo para todo el agrupamiento, que debía empezar a las 7.30 y terminar a las 10.30; se pasaría rancho de 11 a 12 y se tomaría un descanso hasta las 2 de la tarde, hora en que se reanudaría el trabajo hasta las 4.30. Es posible que el comandante se enterara y comprendiera las necesidades y angustias de la tropa.
El capitán se puso furioso cuando nos vio regresar a las 10.30, empezó a vociferar llamándonos holgazanes, conchudos, hambrientos, y pretendió que regresáramos al trabajo, pero Ghersi le enseñó la orden, que acaso presintiendo tal reacción la llevaba en el bolsillo y después de leerla no le quedó otro argumento que renegar, diciendo que se perdía mucho tiempo y no concluiríamos el trabajo planeado.
En cuanto a nosotros, después del almuerzo, que como importante novedad se inició con una sopa de monos auténticos y peludos, que nos supo muy bien, quizá por el hambre, hicimos una siesta desacostumbrada, con lo que volvimos con más bríos al trabajo.
Cuando Cornejo regresó empezó a meter las cuatro en nuestra obra; a todo trataba de encontrar defecto, buscando demostrar nuestra ineptitud y poner de relieve su conocimiento y habilidad, o más bien su complejo de enciclopedia; ya no trabajamos a gusto, pero como no había otro remedio, seguimos trabajando. Habíamos planeado hacer la casa de modo que resultara la mejor de la Compañía, cercar con ponas todo el rededor y ponerle barandales. Bardalez fue el que se encargó de la planificación y dirección del trabajo, a elección nuestra; lo sensible fue que supimos que se hacían gestiones para trasladarlo a la Compañía de Zapadores, según dijeron, para aprovechar sus conocimientos de ingeniería. Esperábamos que el traslado redundara en su beneficio y en esa Compañía lo trataran mejor, por eso recibimos la noticia con alegría, aunque sintiéramos su alejamiento por lo bien que con él nos llevábamos.
Al otro día el capitán sufrió un accidente. Se puso a trozar un tronco con un hacha y como no sabía manejar la herramienta, al estar haciendo los cortes se le desvió al dar un golpe, yendo a dar contra el zapato, cortándolo hasta llegar al pié e hiriéndolo casi hasta rebanarle dos dedos. Lo tuvo bien merecido por meterse donde no lo llamaban, querer hacer lo que no debía ni sabía y sin necesidad, solo por aparentar que daba ejemplo en el trabajo.
Ninguno del “Estado Mayor” presenció el accidente y cuando nos lo contaron, los malas almas, que somos casi todos, exclamamos impulsivamente: ¡Como no se ha matado!... y dimos grandes muestras de alegría. Yo, un si es no es, lo sentí, porque al fin y al cabo es de carne y hueso como todos nosotros, pero mucho más me alegre:
¡Que sienta en carne propia lo que es dolor y sufrimiento!... además con ese motivo lo tendríamos alejado una buena temporada.
Seguíamos esperando con ansiedad la lancha cuya venida nos anunciaron; en cuanto al avión, a medida que pasaban los días, iba perdiéndose la esperanza de verlo; hacía un mes y medio que habíamos salido de Iquitos y faltaba otro tanto para la navidad.., no sabíamos si hasta entonces tendríamos que estar en tan deplorable campaña, si regresábamos, nos quedábamos o nos agarrábamos con nuestros invisibles enemigos. ¡Qué ingrata sensación producía el sentirse ignorante, alejado, solitario, entre tanta gente!... ¡Qué amargo tener conciencia de que lejos, alguien pensaba en uno y sentirse incapaz de hacerle saber que ese pensamiento era lo único que me impulsaba a vivir!... Y más amargo aún tener en perspectiva una ausencia larga, llena de sinsabores y desesperanzas...
Si algo aliviaba esa desesperación que amenazaba ahogarme, era un poco de fe, pero... una fe vacilante, llena de sombras y congoja, cansada de alentar un sueño que iba tomándose en obstinada pesadilla, que hacía ver inalcanzable una bonanza lejana, tan lejana, que su distancia podría compararse a un puente larguísimo y frágil, expuesto a romperse con el peso de la angustia... ¿Qué fue de mi vida durante mes y medio?... Abiertos los ojos, fija la mirada en el vacío, salvando distancias con la imaginación, soñaba con esa lejana dicha... que se desvanecía, se nublaba. Se estrellaba en la negra realidad... sueño con desesperanza...¡ hasta con miedo!... miedo de que ese sueño no fuera mas que lo que hasta entonces había sido y seguiría siendo, sin saber hasta cuando…
Las notas del clarín anunciaban silencio con incomprensible mezcla de alarido... lamento... suspiro... agonía... se retorcía como el dolor de una herida en el aire... en la palidez que vertía la luna como un temblor de blancos sudarios que ondeaban tenuemente entre las sombras del campamento dibujando mausoleos, lápidas, sepulcros… entre los cuales, silenciosos centinelas se movían lentamente como fantasmas flotando en el espacio… Yo miraba tercamente en el vacío, buscando que atraída por mi mente, la imagen de mis sueños se pusiera a mi alcance para verla... ¡Vano empeño! ... mi pensamiento, como las notas del clarín, volaban y se perdían...
Por primera vez correspondió a nuestra sección hacer guardia en la avanzada. Eleazar y Benjamín se quedaron por estar agripados. Completamente equipados salimos a las 4 de la tarde y caminando a buen paso por la orilla, llegamos media hora después. Calculé que estaría a unos 15 kilómetros. Ghersi fue al mando de la sección.
La que íbamos a relevar era de la Cuarta Compañía y estaba lista para el relevo; formamos frente a frente las dos secciones en el más completo silencio, los jefes se dieron la consigna, se saludaron, partió 1a otra sección y se quedó la nuestra. Inmediatamente Ghersi organizó el servicio, mandó el primer turno al puesto y al resto romper filas para acomodarse en el tambo, todos vestidos y armados, es decir, con el fusil al alcance de la mano.
A las 12 me tocó el turno con Juan José; llovía menuda y persistentemente, la oscuridad era tal que no se distinguía a seis pasos y tuvimos que seguir el camino al pequeño puesto a tientas por entre el bosque, esperando para dar unos pasos, los rayos serpenteantes que a menudo hendían la negrura de la noche; las ramas crujían
a impulso del viento con ruidos extraños, todo daba a la situación desconocida e imponente majestad.
- ¡Alto!... ¡Quién vive!
- ¡Relevo!
- ¡Avance a dar el santo!
- ¡Clavero!
- ¡Cahuapanas!
Un relámpago iluminó la escena. Estaban empapados y se encogían con el frío; nos dieron la consigna y luego:
- ¡Chau!
- ¡Que descansen!
Juan José tomó el puesto de centinela móvil y desaparecía y aparecía como un fantasma en la oscuridad; yo en el borde del barranco miraba fijamente hasta donde alcanzaba la vista, cuando los relámpagos iluminaban el estirón* del río que parecía incrustarse en la selva, listo el fusil con cinco cartuchos en el almacén y la mano dispuesta a encontrar el pomo de la bayoneta.
Cuando cambiamos de puesto Juan José me preguntó:
- ¿Has oído?
- ¿Qué? - le contesté.
- ¡Nada! - concluyó - pero cuando ya estábamos de regreso al tambo, después del relevo, me aseguró que había oído el rugido de un tigre, que como yo nunca lo había oído no me llamó la atención o quizá lo tomé por un ruido cualquiera de la selva.
Por primera vez sentí la emoción de ser soldado en una nueva dimensión: haciendo de centinela en un puesto de avanzada, en el palpitar misterioso de la selva, en una noche inclemente y tenebrosa, entre mil ruidos que el viento desfigura y la imaginación agranda... esperando descorrer el velo que ocultaba algo que tenía dentro y tenía confianza que fuera valor.
El día siguiente lo pasamos animadamente, pero, siempre con el arma al brazo. La presencia de Ghersi, tan jefe como amigo, acrecentaba nuestra confianza, tanto como nuestra subordinación y disciplina; el relevo llegó puntualmente y poco después de las 6 ya estábamos en nuestro campamento.
Encontramos muchas novedades, la más importante era que el “Alberto” debía regresar a Iquitos tan pronto como el río lo permitiera, pues había bajado tanto su nivel que casi enseñaba su cauce; hacía tiempo que su tripulación clamaba por regresar y no podía hacerlo porque no lo ordenaba el Comando, salió la orden y tampoco podía hacerlo... ¡Cosas de la suerte!
Supimos también que el hidroavión R-1O, pedido urgentemente por el Comando por asuntos del servicio, debía llegar pero no sabíamos cuando. Aparte de nuestro avioncito de reconocimiento, hacía tiempo que no veíamos aviones nuestros, pero sí, diariamente, muchos aviones colombianos, que aún no teníamos razones para decir que fueran enemigos, porque pasaban como si no nos vieran. Había orden de que nos escondiéramos en el bosque cuando los viéramos, pero lejos de hacerlo así, la mayoría, que al parecer se sentía muy valiente, gritaba, alborotaba y salía al descubierto, de suerte que los pilotos debían no sólo vernos sino oírnos perfectamente. Pero no nos incomodaban.
Un día que salió nuestro avión a explorar, a su regreso empezaron a circular alarmantes rumores: que se había visto trincheras, numerosa tropa, aviones y otros elementos bélicos en el Caucaya y no faltó, quien asegurase con toda seriedad, que dentro de breves días empezaría la jarana, porque los tipos aquellos tenían tantas ganas de vernos, como nosotros a ellos y... se venían... se venían...



ESTIRON*.- Trayecto largo y recto de los ríos de la selva.

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

IX

Empezamos un nuevo mes. Hacía más de uno que partimos y me parecía que fuera ayer, pese a todas las vicisitudes, porque la ansiedad de regresar empequeñecía el tiempo, tanto como el tiempo agrandaba la ansiedad.
La noche que partió Luján con su sección, estábamos ya acostados cuando Ghersi nos dio la orden de estar listos, armados y equipados a las 5 de la mañana; Benjamín, que hacía de imaginaria de 3 a 5 de la mañana se encargó de despertarnos para arreglar con calma nuestro equipo. Era el día de Todos los Santos.
Desayunamos y desembarcamos en el puerto donde acoderamos-que no era puerto ni lo fue nunca-las tres secciones de la tercera compañía, toda la cuarta y empezamos a abrir un campamento. Mientras unos derribaban añosos árboles y otros los convertían en trozos, para despejar el terreno de ellos y limpiaban la maleza, los del grupo de Comando fuimos encargados de ir en busca de “tamshi”, un bejuco de la región, larguísimo y resistente, que se usa para amarrar cercas, balsas, casas y que nos serviría para la armazón de las que íbamos a construir; igual ocupación nos dieron en la tarde y cuando a lo lejos oímos el vibrante toque de fajina, ya habíamos reunido considerable cantidad del indicado material.
La “América” regresó dejando al gordito Luján y su sección en un lugar, arriba del río denominado Inonías. Inmediatamente después de su llegada bajó con el “Alberto” en busca del “Huallaga”, en el que venia el resto del batallón y se suponía que estuviese varado.
En cuanto a las lanchas, que según aseguraron, venían con las tropas enemigas, no aparecían; fue otra de las tantas mentiras que circularon en nuestro batallón.
El día de difuntos ninguna campana tocó para nosotros llamándonos a oración; transcurrió en una constante actividad de hormiguero, transformando el increíble barranco donde encostamos. Desembarcamos el parque, las “crisnejas”, los víveres, municiones y herramientas, mil manos tenían que multiplicarse para levantar los tambos en los sitios que nos señalaron en una zona para la tercera, y en otra para la cuarta; el sol nos quemaba hasta el alma, pero había que terminarlos porque de otro modo habríamos tenido que dormir a la intemperie, pues el “Alberto” y la “América” no habrían de regresar hasta no dar con el “Huallaga”. Trabajamos desesperadamente: unos hacían los huecos, otros paraban los horcones, subían los palos, amarraban la armazón... ¡ cada sección debía hacer su tambo ¡ Cuando se oyó el toque de rancho para el almuerzo, a nuestro tambo solo faltaba colocarle las crisnejas; continuamos después del almuerzo y antes de las 3 lo teníamos listo, con sus respectivas tarimas de “pona batida”. ¡Fue algo increíble lo que hicimos!
Casi todas las secciones terminamos al mismo tiempo y para rematar, a una mano; entre todas las secciones, construirnos el tambo para los oficiales.
Me sentía exhausto y hambriento; felizmente había, aunque malo, abundante rancho y todos pudimos “doblear”; lo único sensible en perjuicio de nuestra humanidad fue que nos correspondió a Bardalez y a mi hacer el servicio de imaginaria de 9 a 11pm. ¡Perdimos dos horas de dulce descanso!...
Al otro día nos destinaron a construir un embarcadero especial, con una escalinata labrada en el mismo terreno del barranco; era necesario para llegar con facilidad a la orilla del río en busca de agua para beber; pero el sol seguía quemando despiadadamente y aunque nuestro entusiasmo no decaía, en unos por la novedad de los acontecimientos y en otros por los gritos de los mandoncillos, por la tarde ya nuestras fuerzas estaban agotadas.
A todo esto el cielo empezó a encapotarse, negras nubes se acumulaban amenazantes anunciando tempestad, oscureció muy pronto, el viento empezó a soplar con fuerza y nos metimos en nuestro tambo.
La tempestad fue tremenda y duró casi toda la noche; llovía tan copiosamente que el agua corría por el suelo como un río, pero, no fue ese todo el cuento: inexpertos en materia de construcción de tambos, hicimos el techado del nuestro casi plano, de modo que el agua no se deslizaba por él con la debida rapidez, por falta de inclinación, se estancaba y pasaba a través de las crisnejas como por un cedazo... ¡ Llovía dentro del tambo tanto como fuera!...
Nuestros miembros reclamaban descanso, pero tuvimos que resignarnos a pasar la noche casi sin dormir, maldiciendo nuestra ignorancia a medias con nuestra suerte; se nos mojó casi todo y recién al amanecer, gracias a la previsión que algunos tuvimos, de colocar nuestras hamacas y cubrirlas con nuestras carpas, pudimos acostarnos, pues la humedad era más soportable; en las tarimas ni pensar, sin embargo muchos se acurrucaron en ellas y logramos, pese a todo descansar medianamente.
Cuando al día siguiente regresó el “Alberto” llegó el resto del batallón que viajaba en el “Huallaga”, que ciertamente se había varado y así quedó. En el “Alberto” traían el cadáver de un muchacho de la primera compañía, que murió a consecuencia de las fiebres palúdicas, poco después de ser transbordado.
Nos enteramos de que los tambos que acabábamos de construir sólo eran provisionales; teníamos que abrir otro campamento más al interior y hacer nuevas casas, con el mismo material... Yo hubiera querido saber a qué obedecían semejantes disposiciones, que de pensar tan solo en ellas me ponía fuera de mí, no porque me asustara el trabajo, sino porque estaban fuera completamente de nuestros cálculos; habría preferido cien veces andar a tiros aunque fuera sin comer, pues en tales circunstancias, poco nos hubiera importado tal menester, pero, que aparte de hacer trincheras para abandonarlas, construir casas para deshacerlas, con un sol que abrasaba hasta el alma, tuviéramos que estar mal comidos, si como comer se pudiera entender el pasar por la garganta un arroz que parecía goma, frejoles duros como semillas de huasaí* y sopas de tripas de vaca, que de pensar en ellas, no más, sentía revolvérseme el estómago... de cien que hubieran sido preguntados, estaba seguro que todos habrían sido de la misma opinión... ¡Un encuentrito aunque fuera sin comer y que de una vez terminara todo aquello!
Y no es que hubiera pasado mi entusiasmo, ni menos que la desilusión estuviera nublando mi esperanza como fantasma de mis horas de sueño; muy por el contrario, había algo que me seducía a la vida, que me alentaba, que me animaba y aunque pareciera contradictorio, que buscara el peligro cuando me esperaba la dicha, esa actitud solo era reflejo de la desesperación que empezaba a ahogarme por verme tan lejos, y lo que era peor, sin saber cuanto duraría tal situación y cuando podría volver.
A veces trataba de no pensar, me entregaba al trabajo como un autómata, hacía por pasar las horas sin advertirlas y a no ser por el hambre, perdida la noción del tiempo, todo se habría reducido a golpes de hacha, pico, pala o machete, que cada uno lanzara al viento, acompasándose al eco que devolvían las vírgenes montañas, gritos de dolor… alaridos de protesta. El silencio envolvía el campamento; la mortecina luz de los faroles borroneaba los cuerpos de los soldados en las hamacas, en las tarimas, en los rincones que se salvaron de la humedad, descansando su fatigado cuerpo, sin sentir su incómodo y duro lecho; de cuando en cuando se oía la voz del centinela dando el alerta de su guardia; la luna del amanecer derramaba su fría y plateada luz que se ensombrecía a través de las tupidas copas de los árboles dibujando como fantasmas en los ámbitos del campamento... y en el “Alberto” yacía el cuerpo del que en vida fuera César Arce, en rústico féretro, rodeado silenciosamente por algunos compañeros en un piadoso ¡Hasta pronto!... a la primera avanzada de la muerte; porque todos sabíamos que si no las balas enemigas, las fiebres o la disentería podrían llevarnos por el mismo camino…, sólo el lúgubre canto de los pájaros nocturnos hacía como plañideros lamentos al despojo del pobre muchacho, muerto en la flor de la edad.
Al otro día, muy temprano, partió un grupo de soldados, al mando del sargento Valles, a dar sepultura a los restos del muchacho Arce. Reducido fue su cortejo, no tuvo cirios que se consumieran como suele haber en otros funerales y la única plegaria que los soldados musitaron con sencillez fue ¡Pobre muchacho!... pero esa plegaria se elevó al infinito y tuvo la misma unción que la más ferviente oración, porque fluyó desde lo más hondo de su sentimiento.
Y empezamos a agrandar hacia el centro el campamento de Todos Santos-nombre que le dimos conmemorando la fecha de nuestro desembarco-hicimos un camino y despejamos una gran extensión de terreno a unos 500 metros de la orilla, donde debíamos hacer otras casas. En menos de tres días concluimos el desmonte... ¡Éramos tantos y le pusimos tanto empeño al trabajo, que el monte desapareció como al paso de un huracán!...
Las casas, según dijeron los oficiales, debían ser más grandes, pero iríamos a tropezar con un inconveniente: la falta de más crisnejas; tendríamos dificultad para hacerlas,
porque las hojas de irapaya con que se hacen, según algunos expertos montaraces, de los que teníamos muchos, no crecían en abundancia en aquel tipo de monte.
La gran novedad fue que un avión colombiano pasó dos veces volando por nuestro campamento, en la segunda voló tan bajo que nos causó admiración su atrevimiento. Seguramente estaría de reconocimiento y como medida de seguridad inmediatamente se nos dio la orden de que nos ocultáramos para que no nos vieran, pero, aparte de que pocos hicieron caso de la orden, era imposible que no fueran vistos nuestros tambos y el campamento.
Otra mañana acuatizó sorpresivamente un avión; en un principio creímos que fuera el que nos anunciaron que llegaría de Iquitos y nos pegamos un alegrón pensando en las noticias que recibiríamos, pero nos resultó una gran plancha: era el avión de reconocimiento Stearman, que llegaba de Puerto Arturo.
En él llegó el “burro” Zumaeta, que no sé cómo resultó siendo sargento, quien hizo el viaje para dar cuenta del resultado de una acción que había efectuado en el puesto colombiano de la boca del Caraparaná, de donde se habían hecho unos disparos, unos días antes, cuando estaba realizando un reconocimiento, con un grupo a su mando.
Después de evacuar su informe a la Comandancia nos buscó para saludarnos y contó lo que había sucedido. Al día siguiente del que le hicieron los disparos, tan pronto como anocheció, se embarcó con seis soldados y bogando sin sacar los remos del agua, para no hacer ruido, llegó hasta cerca del puesto sin que los de la casa se dieran cuenta, desembarcaron, subieron el barranco y sigilosamente, por varios lados se subieron al emponado de la casa; la mujer del que estaba al mando del puesto los vio y dio el grito de alarma, un tipo que estaba acostado en una hamaca se levantó y trató de coger un fusil que estaba a su lado, para agredir a Zumaeta, pero éste ya lo tenía encañonado con el suyo; le ordenó que se quedara quieto, se le acercó y le mandó un directo a la mandíbula que lo puso k.o.; mientras tanto los compañeros de Zumaeta redujeron al otro, pese a que logró hacer un disparo que no hirió a nadie, que al oírlo, los que estaban en la otra habitación, saltaron y huyeron al monte abandonando a su jefe.
Recogieron 7 carabinas 44, alguna munición y se llevaron los prisioneros a Puerto Arturo, a ponerlos a disposición del jefe de la guarnición, el subteniente Cavero. Este, en lugar de retenerlos o consultar a la Comandancia lo que debía hacer con ellos, después de conversar larga y animadamente como si fueran viejos conocidos, ante algunas botellas de cerveza, los puso en libertad y según Zumaeta, hasta pretendió que el piloto los regresara en el avión.
Sobre dicha actitud, creyó Zumaeta necesario informar al Comando, porque resulta que, militar o no militar, el prisionero se enteró de las disposiciones de las trincheras de Puerto Arturo… ¿Por qué haría eso Cavero?
De paso bueno es decir, que Zumaeta estaba reconocido como un buen boxeador loretano y se justificaba que tuviera confianza en sus puños, reemplazando con ellos al fusil, cuando se trataba de poner fuera de combate a alguien, sin derramamiento de sangre.


HUASAÍ.- Fruto comestible de una palmera

lunes, 16 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

VIII


Las cosas cambiaron un poco; Cornejo se estaba convirtiendo en una alhaja, no se dirigía a nosotros ni por equivocación, nos observaba con disimulo, gritaba, se mostraba inflexible y duro con los demás, como para que lo notáramos y justificar su actitud. El trabajo era más suave, pues sólo se trataba de cortar “irapaya” y “ponas” en el monte, llevarlas al campamento, donde otros se encargaban de tejer las “crisnejas” y mantener el servicio de guardia día y noche; de instrucción militar y ejercicios… ¡ni hablar!
En cuanto al capitán, estaba igual que el rancho, del primero había disminuido notablemente su presencia, del segundo, estaba disminuyendo cada día más su cantidad... sólo Luján seguía haciéndose el guapo. Empezó a preocuparle que yo tuviera mucha barba y él ninguna, de modo que ya no fue solo decir barbón por aquí, barbón por allá, se le ocurrió que debía afeitarme. Tenía toda la razón por lo del Reglamento, pero era del caso que yo no quería hacerlo, porque según los amigos lucía muy bien. Una mañana a la hora de la lista me preguntó:
- ¿Cuándo se va usted a afeitar?
- Cuando regrese a mi casa, mi subteniente - le contesté.
- Hoy mismo se va usted a afeitar! - me dijo con imperioso tono - le queda muy fea esa barba.
- Es que yo no tengo con qué afeitarme, mi subteniente.
- Préstese una navaja o una máquina de afeitar.
- ¿A quién, mi subteniente, si ninguno de mis amigos tiene? Si usted fuera tan amable en prestarme la suya...
- No sé si lo dije en tono irónico o él lo creyó así, porque lo único que jamás necesitó ni nunca necesitaría era una navaja, pues los únicos pelos que se le veían en la cara eran los de las cejas y las pestañas; el caso es que irritado me gritó:
- ¡Rompa una botella, carajo, y aféitese con eso!... ¡Pero no quiero verle más esa barba asquerosa!...
Y se marchó violento, mientras mis compañeros se reían festejando el incidente.
Pocos días después hicimos una pequeña travesura. Una noche que me tocó estar de guardia a las 11 pm, con Bardalez, se nos ocurrió darle una lección al capitán. Tenía por costumbre cuando volvía de “timbear” -lo que hacía todas las noches en el “Alberto” con los demás oficiales-entrar al campamento “como Pedro por su casa”. Aunque la consigna de los centinelas era dar el ¡quién vive! y pedir el santo y seña, como sabían que era él, nada decían ni hacían; cierto que hubiera sido pura fórmula, porque, como estábamos, ningún peligro de enemigo teníamos cerca, pero, las consignas son para cumplirlas; además, estando en campaña y siquiera para enseñarnos cómo se resguarda un campamento, nos debían exigir un estricto cumplimiento en el servicio.
Estábamos enterados de que algunas veces ya le habían dado el alto, pero el capitán avanzaba sin contestar siquiera, confiado en que lo conocían, exponiéndose a que el centinela tirara al bulto, como era la consigna.
Yo estaba de centinela fijo y Bardalez circulaba, cuando vimos la luz de su linterna, a la altura del puente que limitaba nuestro campamento, a unos cincuenta metros aproximadamente. Bardalez le gritó:
- ¡Alto!... ¡Quién vive!
No se dio por aludido y siguió caminando; le repitió el alto y como seguía avanzando sin contestar, me acerqué a Bardalez cuando estaba como a veinte pasos, le encaramos los fusiles y dimos la vuelta al seguro, a tiempo que Bardalez le gritó:
- ¡Alto o disparo!
- En el silencio de la noche se oyó el voltear del seguro como un chasquido y el capitán se paró en seco. Con voz que me pareció indecisa contestó:
- ¡Capitán de la Compañía!
- ¡Avance a dar el santo!
Avanzó hasta cinco o seis pasos y de nuevo le gritó Bardalez.
- ¡Media vuelta!
Se dio la vuelta, Bardalez se le acercó y el capitán le dijo:
- ¡Pantoja!
- ¡Patria! - le contestó Bardalez, y al darse la vuelta el capitán, agregó:
- ¡Sin novedad, mi capitán!
- ¡Como sin novedad, carajo, si casi me pegan un tiro! ¿Tan animales son que no se dieron cuenta de que era yo?
- Está muy oscuro, mi capitán, no se ve bien...
- ¡Pónganse lentes, cabrones de mierda!... Se están poniendo muy graciosos concha su madre, pero tengan cuidado conmigo, que los voy a joder - en seguida preguntó- ¿Están cargados sus fusiles?
Por toda respuesta nos pusimos en posición de revisten armas y rastrillamos nuestros fusiles, haciendo saltar el cartucho de la recámara.
- En la noche no se revistan armas, imbéciles! – gritó - ¡Mañana los voy a castigar!
Y se largó, pensando sabe Dios qué, porque hacía tiempo que sí sabía que nadie lo pasaba ni con azúcar y menos los del “Estado Mayor”. Esperábamos que cumpliera su amenaza de castigarnos, pero no nos habría importado, porque, por lo menos, nos habíamos dado el gusto de pegarle un susto, si es que se asustó, pues el tipo parecía muy bien templado.
Recibimos una grata noticia: Que el Ministro de Guerra debía llegar de visita, lo que significaba que el Gobierno estaba prestando atención a nuestra campaña; lo interesante hubiera sido que nos visitara a la hora del rancho, no precisamente para convidarle lo poco de nuestra comida, sino para que la viera y pensara cómo íbamos a hacer la guerra cuando no sólo no teníamos buenas armas, sino que tampoco teníamos qué comer.
Habría visto cómo, más bien la naturaleza nos ayudaba; no se de dónde consiguieron como cincuenta charapas* tan grandes como mesas, que seguramente una sola daría para que comiera toda una Compañía; ellas estaban sustituyendo a lo que faltaba del viejo frejol y la podrida carne; habría visto cómo el pésimo arroz nos lo daban en pequeñísima cantidad, que no había plátano, y en cuanto a pan, que sólo nos lo daban en el desayuno, era tan pequeño que podía esconderse en la mano; se habría dado cuenta que tan insignificante ración tenía que perderse en la inmensidad de nuestro apetito.
Ya estábamos enterados del motivo de la escasez del rancho, lógicamente por conductos extraoficiales. La lancha que lo transportaba, conducía los víveres por el río Napo, tomaba el Tambor Yaco y lo desembarcaba en el puerto del varadero de Santa Elena. De allí por tierra, hasta Puerto Arturo. Pero sucedía que no lo descargaban todo; gran parte del cargamento lo regresaban subrepticiamente. Un dentista, que también se había hecho oficial del ejército, según supimos, era el encargado del transporte; las malas lenguas decían, nosotros lo creímos y lo repetíamos, que lo que regresaba lo vendía en Iquitos…!
¡Peores cosas se han sabido de este pobre Perú y seguramente se irían a saber!
El anuncio de la llegada del Ministro puso en conmoción al campamento; en nuestra Compañía, el capitán a la hora de lista, dijo que quería ver caras alegres y aire marcial, ordenó que nos preparáramos, nos aseáramos, nos cortáramos el pelo y nos afeitáramos... que nos pusiéramos presentables.
Puso tal interés en que se cumpliera su orden, que luego empezó a recorrer todas las cuadras y al sorprender a dos soldados conversando en la puerta de la cuadra de la segunda sección, empezó a vociferar:
- ¡Qué esperan ustedes, carajo!... ¿No oyeron la orden?
Los dos escaparon como cucarachas; uno entró, pero el otro que no era de la sección, quiso correr a la cuadra de la suya; el capitán lo sujeto del brazo.
- ¿A dónde va?... ¿No es ésta su sección?
- No mi capitán…. he venido… quería... tartamudeó el soldado, bajando los ojos ante las llameantes miradas.
-¿A qué sección pertenece?
- La... la tercera... mi capitán.
Lo miró detenidamente y dijo:
- ¡Está todo sucio, con el pelo hasta los ojos y no se preocupa...!Eso no le deja hablar!... ¡Lárguese, carajo, a cortarse el pelo! - y uniendo la acción a la palabra le aplicó un puntapié.
El soldado se alejaba caminando, el capitán impaciente corrió tras él, quizá con la intención de agregar otro puntapié, gritando:
- ¡Corra, carajo!
- Arrancó el soldado como huyendo del demonio y el capitán tras él; casi juntos llegaron a la cuadra.
Todos prevenidos, se cuadraron a la voz de atención del sargento; su dura mirada se paseó sobre todos, y al ver a uno con los utensilios de peluquería en las manos y a otro que tenía una toalla en el cuello, preguntó:
- ¿Es usted quien corta el pelo?
- Sí, mi capitán. Acabo de terminar con éste.
-¿Qué? ¡Acá no se hace peinado de señoritas!... ¡Traiga la máquina!
Muy solícito el cabo Montes quitó la máquina al peluquero y se la dio al capitán; éste lo miró y dijo;
- Después le toca a usted.
Cogió por los hombros al que tenía la toalla en el cuello y lo sentó violentamente en el banco que servía de sillón de peluquero y empezó a cortarle el pelo al rape;
Montes sonriente lo miraba, los demás no sabían si reír o indignarse; pero el capitán no concluyó la pelada, la dejó a medias y dijo a Montes:
- ¡Siéntese usted!
- Pero... capitán...
- ¡Siéntese le he dicho, carajo!
- Lo obligó a sentarse e inclinándole la cabeza como hacen los peluqueros, le pasó la máquina desde la nuca hasta la frente, dejando un surco casi brillante; luego dijo:
- Todos los cabos se van a cortar el pelo igual, necesitan tener fresca la cabeza para dejar de ser brutos - tiró la máquina y se dirigió a nuestra cuadra.
Nosotros, también prevenidos, nos pusimos en atención y saludó el sargento; miró a todos lados y de repente dijo:
—Todo el mundo se va a cortar el pelo al coco, ese es el corte militar y al que se niegue yo mismo se lo voy a cortar.
- ¿Los cabos también, mi capitán? - preguntó el cabo Pizarro.
- ¡Sí!... Y usted, va a ser el primero.
- Pero, capitán, eso no puede ser, nosotros somos clases...
-¡Ustedes son una mierda!... ¡Obedezca o sufrirá las consecuencias!
Siguieron las lamentaciones y protestas mientras el capitán esperaba a que le dieran los útiles de cortar el pelo; obligó a sentarse al cabo Pizarro y empezó su singular tarea.
Al ver que llegaba su turno y el capitán seguía inflexible, el cabo Chale, quien era más conocido como “el cabo recluta”, porque se aplicó los galones que le dieron en el colegio para alistarse, y entre bromas y sátiras seguía manteniéndolos, corrió a la Comandancia a reclamar por su estética.
Al parecer fue atendido, porque el capitán cesó en su empeño o quizá se cansaría, y los demás cabos se salvaron de la pelada. Aseguró Chale, que por su queja, el capitán sería castigado, pero eso me resistí a creerlo, porque podía ser otra de sus tantas jactancias.
El caso es que todos cumplimos y lucíamos como nuevecitos y recién desempacados.
Cuando me vio Luján lo celebró:
- ¡Ajá!... - me dijo - Con que al fin se afeitó.
- Sí, mi subteniente, encontré un amigo que me prestó su navaja y pude afeitarme, de otro modo habría sido imposible.
- No crea - me contestó - Yo lo hubiera afeitado aunque fuera con un vidrio... Mis órdenes las hago cumplir.
Al fin llegó la anunciada “Libertad”. No sé por qué extraña circunstancia desperté muy temprano aún y en mi desvelo, cándidamente pensaba en las razones que podría exponer en el caso de ser preguntado por el Comandante o por el Ministro, que según los optimistas rumores, vendrían a enterarse de las quejas contra el capitán; de pronto oí el pito de una lancha, que no podía ser otra que la “Libertad”, creí ser el único que lo había oído, pero Rengifo me llamó para hacérmelo notar y con nuestras voces despertaron todos, armaron tal algarabía con gritos y hurras, que ya fue imposible conciliar el sueño. Quién sabe qué hora sería pero ya nadie pensó en dormir, comentando las probables noticias que recibiríamos.
Amaneció lloviendo; esto por un lado y la espera al Ministro por otro, fueron motivo para solo pasar lista y no ir al trabajo; como tampoco podíamos ir a la lancha, me puse con Bardalez a jugar una partida de ajedrez, estrenando las piezas que habíamos confeccionado con nuestras propias manos y utilizando solo un cuchillo de bolsillo.
De pronto oí que me llamaban del patio, salí y vi un desconocido, al parecer tripulante de la lancha, quien, acercándose me entregó un paquete; miré el escrito y reconocí la letra…. ¡mi novia!... le agradecí efusivamente y sin esperar más, con temblorosas manos, rompí el hilo que lo aseguraba y lo desenvolví ante la expectante mirada y las bromas de mis compañeros: pañuelos, toallas, útiles de aseo personal... pero ¡ninguna carta!.. Si sólo eso hubiera recibido, todos mis sueños no habrían caído como castillo de naipes.
Aun seguían riendo cuando apareció Ghersi con dos paquetes, uno de los cuales lo traía bajo el brazo ¡así de grande!... me los entregó diciendo sonriente:
- ¿Dónde vas a guardar todo esto?
Imaginándome por su apariencia que uno seria de comestibles;
-Ya verás, - le dije - cómo desaparece pronto - ¡Esto es rancho! - grité a los amigos, que por poco me aplastan. Lo entregué y me quedé con las cartas; de nuevo su letra… ¿Qué podía importarme lo demás?...
¡Primero el corazón... después el estómago!
Cuando terminé de leerlas me acerqué al grupo; casi todos haban recibido paquetes iguales: cartas, comestibles, golosinas… todo estaba amontonado en el piso de pona; no fue necesario tocar llamada para el “Estado Mayor”, porque estábamos todos y empezamos a dar cuenta a discreción de lo que habíamos recibido, en medio de
la más ruidosa alegría; pese a comer desaforadamente, convidando a cuantos se acercaban a nuestro alojamiento, nos sobró para después, lo que cuidadosamente guardamos poniéndole centinela de vista.
Si la llegada de la lancha con víveres fue motivo de que mejorara el rancho, aunque sólo en cantidad, que de todos modos nos satisfizo, también nos creó interrogantes:
sólo se había esperado su llegada para subir más el Putumayo, unos decían para hacer casas en otra guarnición, otros para rescatar las lanchas peruanas apresadas y no faltaba quienes aseguraban que era para romper la fe de bautismo a los colombianos o para que ellos nos la rompieran a nosotros. Los más optimistas aseguraban que sólo era para echar un vistazo a una guarnición antigua y dar vuelta para el hogar... de modo que había para todos los gustos.
Las cartas de mi novia me dieron más aliento y convicción; me hicieron sentir capaz de todo, incluso de sacar su retrato y contemplarlo en las trincheras, en medio del fragor de las descargas y el silbido de las balas, única música digna de servirla de sinfonía como novia de un soldado.
Otras cartas nos decían, que había mucha gente sobre las armas en Iquitos, que se habían habilitado tres cuarteles y que el entusiasmo era delirante. Lo creí, pese a que donde nosotros estábamos las cosas no andaban muy bien; empezamos a darnos cuenta de que burlaron nuestra confianza y seguían burlándose, especialmente los oficiales de mi Compañía.
Nos cansamos de esperar la llegada del Ministro y sucedió lo que se había estado rumoreando: nos íbamos; ya no lo veríamos, salvo que fuera tras nuestro. Todo ocurrió sorpresivamente dos días después de la llegada de la “Libertad”.
Después de la lista nos llamaron de nuevo a formación para darnos jabón, cigarrillos y fósforos, lo que fue motivo de insólita alegría, sobre todo por los cigarrillos y especialmente para los fumadores, muchos de los cuales no tuvieron ni noticia de ellos desde que salimos. El afortunado que tenía un cigarrillo lo exhibía como un trofeo, lo apreciaba corno un tesoro, lo disfrutaba con sibarítico deleite, en las noches silenciosas de guardias interminables, en las horas que el recuerdo estaba buscando un consuelo, el dolor un lenitivo o la alegría expansión; reteniendo avariento las volutas perfumadas que atraían miradas suplicantes implorando una “chupadita”, que saboreaban sensualmente, con los ojos entornados, circulando de boca en boca hasta desaparecer en una hermandad momentánea.
Ese sábado se vieron caras risueñas por todas partes. Después del almuerzo nos dieron orden de que se lavara la ropa y todos fuimos a la orilla, muchos no a lavarla porque no querían hacerlo o no la tenían sucia, pero había que obedecer y para pasar el tiempo nos dedicamos a nadar. De repente apareció Luján con la contraorden, agregando que a las 3 debíamos estar listos para embarcarnos, eran las 2; a vestirnos de nuevo, algunos la ropa aún mojada; volvimos a las cuadras, nos equipamos y salimos a formar en el patio; armamos pabellones para dejar nuestro armamento, se destinaron dos secciones de la Compañía para embarcar la “montaña” de crisnejas que se había acumulado y sin temor a equivocarme podría asegurar que eran millares; otras dos secciones embarcamos las herramientas y los víveres y al final todos embarcamos la munición.
Cuando estábamos en ese trajín oímos que había surgido un incidente en la casa: una carabina calibre 22 había desaparecido de la habitación del señor Loayza, que estaba contigua a la que ocupaban los oficiales; éstos, ante el reclamo del dueño de la casa, acusaron a los soldados, pero, el caso era que la tropa no tenía acceso a ese sector, circunstancia que con mucha delicadeza les hizo notar el señor Loayza, agregando que los que podían haberse dado cuenta de la desaparición de la carabina eran el capitán y Cornejo, quienes en la tarde anterior y en la mañana habían estado jugando naipes en la habitación de Loayza. No pudimos enterarnos de los detalles de la discusión, pero si del final: Loayza perdió los estribos, los llamó confianzudos, desvergonzados y ladrones y terminó echándolos de la casa; sus últimas palabras fueron:
- ¡Háganme el favor de largarse! ¡Búsquense un chiquero, que es el lugar que les corresponde!
Como de todos modos nos íbamos, la decisión de Loayza les importaba un comino, a menos que se quejara a la Comandancia.
Terminamos el embarque, comimos y nos embarcamos de nuevo en el “Alberto”. La primera en embarcarse fue nuestra sección y tan pronto como nos despojamos del equipo, recibimos la orden de ir, al mando de Cornejo, en unos botes, a la orilla opuesta, a cargarlos con leña para el barco. El terreno era un solo fango y para colmo empezó a llover, así y todo concluimos de cargarlos, ya entrada la noche y se la llevaron; pasaba el tiempo, estaba oscurísimo y los botes que debían volver por nosotros no regresaban; tuvimos que soportar la lluvia más de dos horas sin donde guarecernos; renegábamos de nuestra suerte y no nos quedaba ni el consuelo de alegrarnos de que Cornejo se retorciera corno una culebra con el frío, porque nosotros estábamos igual; llamábamos a gritos a los de los botes, pero, posiblemente no nos oían, tardaban en descargarlos o no se les ocurrió darse prisa.
Al fin volvieron. Les recibimos entre maldiciones... ¡y algo curioso!... Cornejo era el que menos protestaba... el frío parecía haber congelado su prepotencia. Llegamos a bordo hechos unas sopas de fango, como a las 9 de la noche; pero, no todo había de ser sinsabores, como enviada del cielo, en ese momento, entregaron a Bardalez una encomienda retrasada que contenía unos bizcochos tostaditos que inmediatamente distribuyó para saborearlos con un gran jarro de café calentito, que nuestro amigo el cocinero nos obsequió al vernos ateridos y calatos, pues nos despojamos de toda la ropa, y momentáneamente olvidamos el remojón; luego nos acurrucamos en el compartimiento de las calderas, tanto para calentarnos, como para cuidar la ropa que habíamos puesto a secar… ¡Qué tal habría sido el remojón, que a las 12 de la noche aun no estaba seca, pese a que la pusimos cerca de las calderas!...
Quien sabe que hora sería cuando nos acostamos, pero, cuando desperté había salido el sol y estábamos navegando, miré atentamente y con tristeza comprobé que estábamos subiendo el río y no bajando como ansiaba; la corneta tocó rancho para el desayuno y luego de tomarlo volví, igual que todos los del “Estado Mayor” a tenderme en mi hamaca… queríamos disfrutar las delicias de un viaje de placer que nos hiciera olvidar la dureza de los trabajos que habíamos afrontado, porque, solo el toque de rancho para el almuerzo nos levantó de nuevo y conste que el paiche que comí estaba delicioso... No podía ser menos puesto que había sido preparado para los oficiales, pero llegó hasta nosotros por nuestro amigo el cocinero.
Navegábamos a toda máquina, lo que hacía suponer que no había ningún peligro, no obstante hubo un momento en que casi echamos mano a los fusiles, cuando después del almuerzo sorpresivamente encontramos a la cañonera “América” bajando, después de haberla perdido de vista desde el día anterior. La ansiedad aumentó al interpretar las señales de las banderas, que hacían desde el puente; se dio la vuelta, anclaron ambas naves y el comandante Calderón, acompañado de un capitán, en un bote se transportó a ella. Pasaron minutos que parecieron interminables... ¿diez?... ¿veinte?... ¡Quién sabe!... al fin volvieron.
Uno de los tripulantes del bote nos enteró de lo que había oído: un avión colombiano había llegado unos días antes al puerto de donde regresó la cañonera, y un oficial colombiano de los que en aquel avión viajaban, ordenó al dueño del fundo que hiciera preparar 18,000 rajas de leña para las lanchas peruanas apresadas al estallar el conflicto, las que debían bajar dentro de algunos días conduciendo tropas colombianas. Las cañoneras nuestras se apoderaron de la leña para abastecimiento del convoy.
Quien sabe qué disposiciones tomarían nuestros jefes, lo cierto fue que continuamos navegando. Según lo dicho, podríamos encontrar de un momento a otro a las indicadas lanchas, en ellas las tropas que conducían y como suponíamos las intenciones que los animaban; debíamos estar sobre aviso.
Serían como las 3 cuando el barco tropezó con una playa - un banco de arena sumergido- y encalló; no fue para alarmarse, porque tal percance suele ocurrir a las naves en la época de la vaciante de los ríos. Empezaron a maniobrar: marcha atrás… marcha adelante… una máquina atrás y otra adelante… y como a la media hora salió de la varada; bajamos a merced de la corriente cierta distancia y de pronto se oyó el ruido característico de la cadena al fondear el ancla; tres marineros hicieron descender un bote por los pescantes, se embarcaron en él con un práctico del buque, quien llevaba una sonda y partieron río arriba para buscar el canal, es decir la parte más profunda del río; lo vimos bajar y subir varias veces por el sitio de la varada y al práctico tirando la sonda en todo el trayecto, hasta que, cumplida su misión regresaron; el práctico subió al puente, los marineros izaron el bote, el barco levó el ancla y de nuevo se puso en marcha.
Estábamos navegando como una hora cuando de nuevo avistamos a la “América” que venía a nuestro encuentro y más lejos a la “Napo”, que también bajaba a toda máquina; hicieron señales del puente de la “América”, que seguramente fueron para seguir su rumbo, pues nuestro barco dio la vuelta y bajamos tras ella como 15 minutos,
al cabo de los cuales se vieron nuevas señales. La “América” dio la vuelta, encostó y el “Alberto” la abordó suavemente. La “Napo” encostó unos 100 metros mas abajo.
Estábamos impacientes porque nada sabíamos en concreto y empezaba a anochecer. De pronto apareció Ghersi y ordenó que nuestra sección se armara y equipara para transbordarse a la “América”; obedecimos inmediatamente, pero, cuando ya nos disponíamos a transbordarnos apareció Luján, visiblemente contrariado y violento, se acercó a Ghersi, le dijo unas palabras en voz baja y luego, al mismo tiempo que ordenaba a la segunda sección armarse y equiparse, Ghersi ordenaba a la nuestra que se desarmara.
Mientras a toda prisa se armaba y equipaba su sección, Luján en silencio, pero con un semblante en el que se reflejaba la ira contenida, se paseaba a grandes pasos de un portalón a otro, mirándolos a cada instante; cuando la vio lista:
- ¡A la “América”! - ordenó.
Empezaron a desfilar, los miró pasar, seguramente contándolos y cuando pasó el último, sin decir una palabra a Ghersi, que estaba cerca de él siguió detrás de la sección.
Según nos enteramos después por Ghersi, la “América” debía llevar a Luján y su sección, río arriba. La primera orden del Comando había designado a Luján con su sección, pero puso ciertas objeciones y pareció ser atendido, pues posteriormente Ghersi recibió la orden que nos transmitió; pero al final, quien sabe por qué motivo, el Comando volvió a la designación de Luján. Hubiera sido una pena que nos mandaran a los de la sección de Comando, porque se habría quedado Eleazar, Acosta y Zubiaurr.
Se había dicho que la “América” zarparía tan pronto como estuvieran embarcados los víveres y la munición que debía llevar Luján; así fue.
A las dos de la mañana el “Alberto” largó amarras y empezamos a navegar aguas abajo, la “América” largó después y muy pronto la perdimos de vista.


* CHARAPA.- Quelonio acuático comestible. Los pequeños se llaman cupisos, los medianos taricayas, y las grandes charapas.

jueves, 12 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

VII
¿Qué podía haber de novedoso en nuestra vida a no ser un nuevo insulto o una nueva forma de trabajo que sólo representaba un nuevo sufrimiento?... El cargar “topas” era algo agotador y corriente, todo lo que causaba era dolor en los hombros, fatiga en el cuerpo, algunas caídas y aunque los soldados sintiéramos tocar la clavícula con las costillas, bajo el peso de una de ellas, al “Indio Luján”, como le llamaba el “Detective Del Águila”, le parecía poco peso, y decía que era capaz de levantarla con la punta de la pinga... Pero tal dicho era algo muy inocente en sus labios; tenía otros términos y aplicaba insultos increíbles por lo groseros. Si uníamos tal trato a la decepción de haber sido falsa la noticia del arreglo pacífico y nuestro pronto regreso, fácil es suponer lo desesperados que estábamos. La verdad era que nos hacía falta el olor de la pólvora y el traquido de las ametralladoras; el fragor desconocido de las descargas y la ansiedad que se debe sentir al disparar sobre seres humanos que también están disparando sobre uno; el ver sangre, nuestra o ajena, vertiendo como bautismo en una pila de horror, para olvidar nuestra miseria y nuestras privaciones; para disipar preocupaciones de orden sentimental, que a muchos y a mi especialmente se nos agolpaba al pensamiento. Cuando parecía ser una realidad que nos batiríamos, deseaba con toda mi alma, no sabía por qué, tuviéramos oportunidad de probar nuestra convicción; estaba seguro de que nos habríamos batido sin importarnos quién cayera; había muchos desesperanzados y bastantes decididos en el “Estado Mayor”, unos resueltos y otros que fríamente encaraban los hechos, pero todos acariciando ilusiones que no se sabía si podrían hacerse realidad. Acosta ya estaba sano, Rengifo seguía mal; el médico que lo vio no quiso enviarlo al hospital, según dijo, porque todavía estaba gordo; seguramente esperaba que enflaqueciera para justificar su atención o empeorara para que no diera más trabajo. El capitán ya había dicho: “Un soldado no hace falta, no importa que muera”... Los días eran para mi de pésimo transcurrir, no obstante que hacia lo posible por eludir el trabajo y distraer el pensamiento; sentía dentro de mi, muy en el fondo de mi pensamiento, algo que no comprendía; las más sombrías eran las horas del crepúsculo, cuando el sol declinaba y la penumbra empezaba a invadir el ambiente, cuando el verde de la selva iba siendo devorado por la oscuridad; no sé por qué he aborrecido siempre los crepúsculos; parecen mensajeros de tristeza y desengaños… en esos instantes buscaba en la soledad de la quebrada* un consuelo, desenvolvía su retrato y lo contemplaba largamente, me parecía ver disminuida su sonrisa y menos dulce su mirar, me parecía que sus ojos ya no miraban a los míos como antes, la oscuridad, creciendo lentamente, nublaba mi fantasía y hacía sangrar mi mente lacerada. Pero volvamos a Luján, que de pronto parecía haberse propuesto tomarme el pelo, diremos mejor la barba, que me la había dejado crecer. En cuanto me tenía cerca empezaba a decir: ¡A ver ese barbón...! ¡Que haga tal cosa el barbón! ... ¡No hace nada el barbón!... ¡Esta tirándose la pera el barbón!... Por supuesto que yo no hacía caso de lo que oía, para evitar complicaciones. Una mañana nos puso a cavar más, para agrandar la entrada del apostadero de nuestro avión de reconocimiento que debía protegerlo de la corriente, y se le ocurrió que todos nos quitáramos los zapatos, según dijo, para no envejecerlos; algunos se lo habían quitado, probablemente para sentirse más cómodos, pero los que no lo habíamos hecho no le hicimos caso, pese a las muchas veces que nos lo mandó en imperioso e insultante tono: -¡Oiga, concha su madre, le he dicho que se quite los zapatos!... ¡A usted, carajo, junagramputa!... Nos hacíamos los sordos y hasta los ciegos, porque ni siquiera lo mirábamos. Es posible que de haber podido bajar adonde estábamos lo habría hecho, pero parece que le impedían dos cosas: en primer lugar el mismo charco, que nos llegaba hasta las rodillas y en segundo, que estábamos casi todos los del “Estado Mayor”, gente que estaba aprendiendo a que cuando dijera no, fuera no. Felizmente se cansó de insistir e insultar, se fue y nos sentimos más tranquilos. Pero aquella misma tarde pasamos un trance delicadísimo con él mismo, y éste sí habría tenido graves consecuencias de no haber mediado la suerte de nuestra parte. Después del almuerzo, todos los del Comando fuimos llevados para hacer ejercicios de señales con banderas; nos habíamos sentado en círculo y casi juntos, Luján de pié, en el centro, estaba dando la instrucción y todo discurría normalmente. En cierto momento, Bardalez había terminado el ejercicio y tenía las banderas en las manos, Luján ordenó a otro que continuara, no sé que pasaría, pero el caso fue que las banderas seguían en las manos de Bardalez, pues el otro no se preocupó por tomarlas. -¡Oiga, concha su madre! -gritó Luján, dirigiéndose a Bardalez- ¡Porqué no entrega esas banderas! -Y a quién voy a entregarlas si nadie me las pide- respondió Bardalez, y sin ser dueño de contenerse agregó - ¡Es un abuso que sin motivo le griten e insulten a uno! -¡Cállese, carajo!... ¡Obedezca inmediatamente! -volvió a gritar Luján. - Si quiere que le obedezca dígame a quien debo entregar las banderas. -¡Le he dicho que se calle junagramputa! - vociferó Luján y colérico se acercó a Bardalez con ademán de agredirlo. Al acercársele Luján, como por un mandato, todos nos pusimos de pié y nos miramos, como con un gesto de inteligencia; miré a Bardalez que estaba frente a mi, en sus labios vi una fría sonrisa y en sus ojos leí la decisión de jugarse entero; todo con la velocidad de un relámpago. Luján se acercó casi hasta tocarle, Bardalez le miraba fijamente... ¡una chispa y saltaba el polvorín! Pero Luján pareció darse cuenta de la situación, miró un breve instante a Bardalez, como midiéndolo, luego a nosotros, como analizando nuestra actitud e intención; encontró nuestras frías miradas en ceños fruncidos. . . y volvió al centro del círculo murmurando: - El soldado nunca debe replicar a sus superiores, aun cuando se le miente la madre debe quedarse callado… Nos miramos unos a otros y en todos brotó la despreciativa sonrisa con que era acogida semejante estupidez. .. ¡Que cualquier tipo, abusando de su grado, confiado en su inmunidad, insulte y humille a un subalterno es la bajeza más despreciable! Si Luján hubiera tocado a Bardalez, éste, es seguro que habría devuelto el golpe, aunque no fuera mas que por revancha, porque Luján era grueso y fuerte, en cambio Bardalez era flaco y no parecía tan fuerte; se habría armado una pelea en la que habríamos tenido que intervenir en defensa de Bardalez, con el posible desmedro de las costillas de Luján y... ¡sabe Dios que desastre nos hubiera acontecido! Desertaron dos soldados más. Alguien, interrogado por el capitán, cuando hacía las averiguaciones, le dijo que seguramente se debía al descontento que había en la Tercera Compañía, como resultado del excesivo trabajo, la pésima alimentación y la forma despótica como éramos tratados por los jefes. No sé si intencionalmente o por coincidencia, el comandante Calderón visitó nuestra Compañía y según nos contó después el ordenanza que lo había acompañado y era amigo nuestro, reprendió duramente al capitán por defectos encontrados en la construcción de las trincheras y en la obra de protección para nuestro hidroavión. A esto se agregó la deserción de los dos soldados, por todo lo que posteriormente fue citado a la Comandancia, donde, según los que oyeron, recibió una “lavada” de cabeza que por lo que ocurrió después, notamos que le hizo algún efecto. El sábado inmediato por la mañana recibimos orden para baño y lavado de ropa y aunque no nos dieron jabón, nunca antes hubo una orden semejante; algunos ya la habíamos lavado a escondidas con purita agua, pero Sifuentes y Acosta lo hicieron por primera vez… ya era tiempo porque estaban grasientos y apestosos. Lo mas sorprendente fue que por la tarde nos dieron descanso... ¡Que bien le habría venido una lavada de cabeza semanal! De esta suerte el trabajo cambió, disminuyendo notablemente. Pudo ser efecto de la reprimenda, aunque también es posible que se debiera a que casi se había terminado la construcción de las trincheras y barricadas. Pero otro tipo de trabajo se empezó. Parte de la tropa se dedicó a buscar y traer del monte una hoja especial que se llama de irapaya* y a labrar unas ponas* como largas pértigas, otra a tejer con las hojas y sobre las ponas, lo que se llaman crisnejas* con las hojas de irapaya. Estas crisnejas que posteriormente habrían de servirnos para el techo de las casas que debían construir, cuya confección fue iniciada en pequeña escala, día a día fue cobrando todas las características de una industria para producción en masa. Días después tuvimos otro incidente, esta vez con Cornejo, quien también parecía tratar de mortificar a Bardalez. Sucedió en la mañana, Valles había hecho formar la sección para distribuir el personal en el trabajo, cuando apareció Cornejo, como de costumbre, vistiendo como un capataz: la camiseta negra de futbolista, cuyo desagradable olor trascendía cerca y unos pantalones que no eran del uniforme. Al verlo, Valles mandó atención y volviéndose a Cornejo, saludó diciendo: - ¡Sin novedad mi subteniente! - Continúe - respondió. Valles empezó la designación y de pronto Cornejo le interrumpió, - ¿Dónde está Bardalez? - Está curándose el pié en la cuadra, mi subteniente. No mentía, el zapato le había desollado el pié por que no tenía medias que ponerse, y para protegerlos se vendaba los pies. En aquel preciso momento se le vio bajar del emponado y cojeando acercarse lentamente. - ¡Corra carajo! - le gritó Cornejo. Que se cree usted, para hacerse esperar. Apresuró el paso, se acercó a la fila y se disponía a entrar en ella. - ¡Espere! - gritó de nuevo Cornejo, y se le acercó. -¿Qué tiene en el pié? - Una ampolla que se ha reventado, mi subteniente.
- ¡Y eso le hace demorar, cojear!... ¿Cree que nos va a cojudear con esa tontería? Bardalez guardó prudente silencio. - ¡Conteste carajo! Por toda respuesta se quitó rápidamente el zapato y se disponía a quitarse la venda, pero Cornejo volvió a gritar: - ¡Déjese de teatros!... Yo lo conozco muy bien a usted… ¡Entre en la fila! Con calma se puso el zapato, se lo ató y trató de colocarse en media fila. - ¡A la cola carajo!... ¡no sea conchudo! Valles siguió con la designación y al llegar su turno, Bardalez salió de la fila y se alejó cojeando; Cornejo le siguió con la mirada y dijo en voz alta: -¡Yo le voy a sacar toda la ingeniería a esta mierdita! No faltó quien se lo dijera a Bardalez y como cosa de combinación, después del almuerzo, Cornejo fue a nuestro “casino”, como llamábamos a nuestra cuadra, en busca de Rengifo. No podría decir si Bardalez al ser informado, había resuelto pedirle una explicación o se le ocurrió en aquel instante, cuando al volver de lavar sus cacerolas, lo encontró, como quien dice en la guarida de los leones. Se le encaró y dijo: - Oiga subteniente, qué le he hecho a usted, para que a cada paso y sin ningún motivo me grite y me insulte. Parece que tuviera la intención de mortificarme y hacerme perder la paciencia. Yo nunca le he conocido a usted y no veo la razón para que diga que me va a sacar la ingeniería, pues nunca le he dicho que soy ingeniero ni me importa que lo crea y aunque así fuera, no es motivo para guardarme rencor y hostilizarme. Cornejo lo miró sorprendido, palideció ligeramente, pero reponiéndose y tratando de alzar la voz: - Yo no tengo nada contra usted, - dijo- ni me importa que sea ingeniero, lo trato igual que a todos; lo único que hago es cumplir con el Reglamento... - Pero el Reglamento no dice que se insulte a los soldados- le interrumpió Bardalez - ni menos que se trate de humillarlos. Nosotros hemos venido a servir a la Patria en un momento crítico, resueltos a pasar cualquier clase de privaciones y trabajos, pero no estamos dispuestos a sufrir amenazas, insultos ni humillaciones, estamos, eso si, decididos, aunque sea a costa de nuestra vida, a defender nuestra dignidad y nuestra condición de civilizados. - Eso es lo malo que tienen ustedes - respondió Cornejo, casi suavizando la voz - esa prosa del desprecio a la vida, siempre están diciendo lo mismo, que no les importa la vida y tratando de darse importancia, se creen más que los otros y se distancian del resto de la tropa, todos se quejan de ustedes, dicen que son egoístas y malos compañeros... En aquel momento llegó Campos quien, oyendo desde afuera las voces, supuso lo que ocurría y creyendo necesaria su intervención entró con violencia diciendo: - ¡Qué pasa!... ¡Qué pasa!... Parecía decidido a cualquier barbaridad, de lo que lo creía muy capaz. Esta actitud pareció deprimir más a Cornejo, miró a Campos, miró a todos, ya no supo qué decir; los presentes tratamos de mantener la serenidad y suavizar la situación. - ¡Calma, Campos, calma!... No es más que una pequeña aclaración sin importancia. -¡Sí!... Eso de que somos egoístas y malos compañeros no es cierto. Todos nos tenemos confianza y estamos unidos... Otro intervino: - Pero muchos superiores nos tratan como a basura y hacen que nos sintamos como perseguidos; no quieren comprender que somos gente que solo quiere cumplir con su misión y en lugar del estímulo por lo que hacemos nos dan trato de animales... -¡Trato de condenados! - ¡De encarcelados! A medida que hablaban Cornejo fue transformándose en un cordero. - Yo también estoy harto de esta situación. No puedo evitar el mal humor que me provoca la babosería de Luján que se cree mucho porque es efectivo, ya me tiene curvo haciendo resaltar mi condición de reservista con tanto decir: “Así que usted, es el subteniente Cornejo Varillas”. Un día voy a estar con todo el zambo y me voy a trenzar a golpes... ¡Qué me importa lo que venga después! Al final de cuentas una nueva lección y una grata experiencia.


*QUEBRADA.- Riachuelo.
*IRAPAYA.- Hoja de una palmera del mismo nombre; sin tallo, de largo y flexible pecíolo.
*PONA.- Madera angosta, durísima y flexible, de la corteza de una palmera de tallo largo.
*CRISNEJA.- Tejido de hojas de irapaya sobre largas y delgadas ponas. Se utiliza para el techado de los tambos.

jueves, 5 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

VI

Aparte de la llegada del coronel Ramos, en los últimos días nada hubo digno de mencionar, que se refiriera a la actividad de una tropa en campaña o una expedición, como la nuestra, en defensa de nuestro territorio rescatado. Desembarcó del R 10 y se metió en el “Alberto”, que seguía siendo el buque insignia, donde estaba el Comando y su centro de operaciones. Todas las unidades tenían destacado en él su respectivo “plantón”, destinado a conducir las órdenes y comunicaciones del Comando; no hacían otra cosa de la mañana a la noche y es seguro que se aburrían soberanamente. En el mismo barco estaban el Departamento de Sanidad, los médicos y la enfermería. Los oficiales en todo el día, subían y bajaban, entraban y salían y por la noche armaban la “timba” hasta muy tarde. En cuanto a la tropa, hablando de mi compañía, todo empezaba a ponérsele mal; no podía saber como lo estarían pasando en las otras compañías; trabajábamos hasta el último aliento, la comida empeoraba día a día y se reducía visiblemente, tanto, que todos los días nos quedábamos con hambre; todos se mostraban disgustados y estoy seguro, lo digo por mí, que hubieran preferido andar a tiros con los colombianos y no acarreando palos de balsa, limpiando el monte y cavando trincheras, que al fin y a cabo irían a servirnos solo para nuestros recuerdos. Pasada apenas la primera semana desertaron dos soldados, seguramente desilusionados por el engaño; ellos pensaron morir peleando y se encontraron con que estaban exponiéndose a morir de hambre. Una comisión partió en su persecución o más bien en su búsqueda, porque no creo que se supiera por donde irían, aunque se suponía que lo hicieran por el varadero de Santa Elena. Como estaban las cosas era muy posible que ni los perseguidores regresaran. Se estaba creando un ambiente de repulsión hacia nuestro capitán, por su trato brutal, sus groseros insultos y sus constantes amenazas de romper la cabeza al que no cumpliera con su trabajo o lo estuviera haciendo de mala gana, según él lo creyera. Siempre llevaba un palo a guisa de bastón, pero, aparte de no ser tan recio para tal uso yo no lo creía tan malvado para ser capaz de hacer tal cosa. Muchos de mi compañía ya hablaban de solicitar su baja en vista de como se estaban presentando las cosas y nos consultaron a los del “Estado Mayor”- como se nos llamaba tomándonos como líderes- acerca de nuestra opinión para hacer una protesta masiva. Jamás habríamos perdido la ecuanimidad tan tontamente; les apaciguamos los ánimos, haciéndoles comprender que habíamos venido dispuestos a jugarnos la vida, pero no en esa forma. En nuestra dura situación, donde el esfuerzo físico era el factor elemental y la desaprensión lo amenazaba todo, no podía tardar la presencia de enfermedades o accidentes. De pronto Olórtegui contrajo algo como un resfriado y en la primera consulta médica, lo único que le recetaron fue Fenaspirina. Se agravó hasta sentir adormecimiento en las piernas, tanto que casi no podía moverlas; volvió a la consulta y de nuevo le dieron Fenaspirina. Fue mejor reír que indignarse, pero Olórtegui no lo sintió así y fue a quejarse al Comando. No llegué a saber en que paró el asunto. Otro se presentó con el pecho hinchado y quejándose de un dolor punzante; explicó que había estado cargando topas y creía haberse luxado o roto algún hueso. El médico lo examinó, le tomó la temperatura y al final le recetó quinina, que parecía ser lo que más abundaba, pues lo repartían como caramelos. Lo gracioso fue cuando Bardalez, a quien le brotaron unos granos en la espalda, como sarpullidos, y según decía le producía una comezón del infierno, se presentó donde el médico. Lo examinó minuciosamente y le dijo que no era nada. - Pero, doctor, no me deja dormir la comezón - protestó Bardalez. - No es nada - concluyó el médico - rásquese un poco y le pasará. - ¿Podría aplicarme un poco de alcohol? - insistió Bardalez. - ¡Si, póngase alcohol! - Pero yo no lo tengo, doctor, ¿podría ordenar que me lo den? - Pídalo en el tópico. Bardalez fue a pedírselo al enfermero y éste le preguntó para qué lo quería, se lo explicó y agregó que el médico le había ordenado que lo pidiera; el enfermero hizo como que buscaba entre unos frascos y concluyó diciéndole que no había alcohol. A lo mejor creería que lo quería para bebérselo con nosotros que lo acompañábamos... Todo eso hacía que decayera nuestro ánimo y ya no pusiéramos en el trabajo el mismo entusiasmo que pusimos en los primeros días. Una mañana en un descuido del cabo Tapullima abandonamos nuestra labor y nos metimos monte adentro, muy lejos del campamento, tan lejos que encontramos un sendero que nos condujo a un caserío de indios witotos; nueve fuimos los “cabreados” y nuestra sorpresa fue grande pues no teníamos idea de como seríamos recibidos, ni si nuestra presencia les sería grata.
Pero nuestro aplomo y confianza hizo que todo saliera muy bien, aparte de que, a primera vista, notamos que eran absolutamente pacíficos. Pese a ser indígenas legítimos, nos entendían y se hacían entender con cierta facilidad, hablando estrictamente lo indispensable, para contestar nuestras preguntas. Probablemente eran descendientes de los primitivos trabajadores de las famosas estradas* del Putumayo. Había cinco tambos dispersos en una limpia extensión, todos de igual forma circular, unos más grandes que otros y cercados totalmente con ponas; el tambo más grande tendría como quince metros de diámetro y el más pequeño como cinco; los techos eran conos altísimos de hojas de palmera, cada tambo tenía una sola puerta, angosta y tan baja, que instintivamente había que inclinarse para entrar. Fuera de los tambos circulaban algunos de ellos, mujeres en su mayor parte, haciendo diversas labores: labrando madera, recogiendo o llevando algo, tejiendo palmeras... los hombres vestían sólo pantalón de un color indefinible y un tejido basto, que parecía hecho por ellos mismos; tenían el torso desnudo y musculoso, algunos con líneas tatuadas en el pecho que hacían toscos dibujos; en la cara también tenían tatuajes simplísimos y el pelo les caía sobre los ojos tan lisamente que parecía peinado. Las mujeres vestían una falda cortísima: un trozo de tela de color y tejido semejante al del pantalón de los hombres, envuelto en la cintura; las viejas tenían el torso descubierto con una piel rugosa y seca en la que colgaban los senos flácidos, semejando bolsas pegadas que se sacudían al caminar. Las más jóvenes tenían sobre el pecho un trozo de tela con adornos, que les colgaba del cuello como babero, aparentemente para cubrirse los senos, con instintivo alarde de primitiva coquetería, pero, tan pequeño, que su misma turgencia los ponía al descubierto mostrando una brillantez de cobre viejo, que se extendía por todo el cuerpo, en el que se adivinaba la dureza del caucho. Cuatro fornidos jóvenes y un viejo nos guiaron y éste nos invitó a entrar en uno de los tambos; el interior estaba oscurísimo, pero nuestros ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad y pudimos distinguir, diseminados por el suelo unos tendidos de fibra vegetal, que en la región llaman “llanchama” y los utilizan como lona para dormir; estaban tan diseminados que hubiera sido difícil contarlos, pero no habría menos de veinte; sobre las llanchamas se veía ropas y objetos, seguramente de los dueños; cerca de algunas de ellas había tizones humeantes y ollas de barro, ennegrecidas por el humo, y colgando en algunos sitios del cerco, flechas y lanzas; el aire que se respiraba tenía un pesado olor de humores humanos, comida, dulce. Uno de nuestros guías nos convidó una pasta que llaman “casave”, dura y granulosa, al parecer de yuca, que a nuestro paladar resultó insípida, pero que ellos la comen con fruición; no se quién descubrió frutas y pedimos que nos las vendieran, pero no atinamos a ponernos de acuerdo sobre la forma de pago de modo que les hicimos algunos obsequios: dos pañuelos, un espejito y un peine a cambio de dos anonas, diez guabas y tres gajos de guineos*; una gran operación para nuestros estómagos. Al regreso, como fuimos tan lejos, no tuvimos tiempo de escapar de un formidable aguacero, llegamos corriendo y ateridos, pero aprovechamos para lavar nuestras ropas a despecho de los oficiales, quienes habían dispuesto que lo hiciéramos solamente una vez a la semana y todos al mismo tiempo.
Tuvimos noticias de la llegada de otro avión y lo esperábamos con impaciencia, pues, aunque en el que condujo al coronel Ramos llegó mucha correspondencia, yo no fui de los afortunados; también se llevó muchas cartas, que fueron entregadas con los sobres abiertos; yo me resistí a hacerlo porque esperaba en breve gozar de la inviolabilidad del secreto de las cartas, entregándola al piloto o mecánico del avión, cuando resultara amigo mío. En los tres últimos días terminamos de cavar el foso de las trincheras y el capitán dispuso que fuéramos a cargar topas para la barricada correspondiente; un grupo al mando del cabo Tapullima las cortaba y éste mismo se encargaba de hacerlas conducir. No sé si intencionalmente o por coincidencia, nos hacía cargar las más largas y más gruesas; terminé por creer que fuera por lo primero, pues cuantas nos indicaba era una barbaridad de pesadas; hacíamos pareja con Bardalez y en las cuatro primeras que condujimos por poco se nos deshacen los hombros. Cierto es que todos trabajábamos exigidos al máximo, pero se notaba que a los del “Estado Mayor” se nos habían prendido clases y oficiales, especialmente el cabo Tapullima, quien parecía estar cumpliendo una consigna. Por ese motivo Juan José cayó enfermo; estábamos transportando las topas con un sol candente, que agregado al esfuerzo y la fatiga nos hacía sudar copiosamente, cuando empezó a llover y el maldito cabo Tapullima no nos permitió guarecernos en el tambo hasta que pasara la lluvia, exigiendo que volviéramos por más topas. Como estaba cerca Luján tuvimos que obedecer y el resultado fue que por la noche Juan José estaba con una fiebre altísima. Como no teníamos nada en nuestra compañía para primeros auxilios, Benjamín fue al “Alberto” en busca del enfermero, pero éste puso mil pretextos y se negó a atenderlo. Felizmente Eleazar sacó a relucir sus ribetes de curandero, le hizo un tratamiento con agua fría aplicada en una toalla al estómago, le dio a beber no sé qué infusión, ni de dónde la sacaría, que le bajó un poco la fiebre. Acosta también se puso mal, pero del estómago. Seguramente el frejol viejo, lleno de hongos, que de puro viejo no se sancochaba bien, por lo que nos lo daban casi crudo, le había provocado una colitis aguda; el médico lo examinó y ordenó su inmediato internamiento en el buque hospital, que seguía siendo la lancha “Luz II’. Había empezado el tormento: en el día el trabajo que nos fatigaba hasta el alma, de alimento el bendito frejolito que se resistía a nuestras muelas y por la noche una cama más dura que el alma de un avaro. Pero no era eso lo peor; empezábamos a notar algo más sensible, la ración que nos habían reducido, se estaba reduciendo más aún, porque estaban acabándose los víveres; el poquito de arroz y frejoles se nos quedaba en el paladar, en cuanto a la carne estaba amoratada y olía mal, por lo que teníamos que tirarla. Pero algo nos consolaban los rumores que empezaron a circular acerca de nuestro pronto regreso, y esa esperanza iba haciendo día a día raíces más hondas en nuestros ánimos; hacíamos votos porque fuera cierto, pues la situación se estaba haciendo insostenible. Para colmo, la exigencia y despotismo de nuestros oficiales aumentaba, no había enfermedad que valiera y el más pequeño retraso desataba una serie de imprecaciones e insultos que sublevaba nuestra paciencia y hacía decaer nuestro aliento. Por otro lado circulaban rumores de que el conflicto se había tornado adverso a nuestros propósitos, pues el gobierno se había negado a apoyar la actitud de las fuerzas al mando del comandante Calderón, calificándolas como revolucionarias. Otros rumores decían que debíamos embarcarnos, pero no decían a dónde, y sólo la falta de víveres y la tardanza del avión nos estaban demorando. La incertidumbre se ahondaba cada día más. Tal situación nos hacía odiar lo que estábamos haciendo y todo lo que nos rodeaba, y cuantas veces podíamos, después de cargar una cuantas topas, aprovechábamos el menor descuido del cabo Tapullima y nos metíamos al monte con el propósito de proveernos de frutas o algo que pudiera ser comestible y colmara el vacío de nuestros estómagos. Un día se efectuó la primera revista de prendas en la compañía; fue tan sorpresiva que hubo que ver las caras de muchos a quienes faltaba alguna y no tuvieron tiempo de reemplazarla robándole a un compañero. . . porque eso si, el que pierde o se deja robar algo y no lo reemplaza a como de lugar...¡se arruinó!... - ¡Carajo!.... ¡Cómo es usted, tan cojudo que se deja robar!... ¡Robe a los otros, porque sino tiene que pagar de su propina los que le falta!... era la moraleja del capitán en la revista, para los que no tenían una camisa, un plato, un jarro... de su equipo. Moraleja muy original, que según comprobé la practicaban incluso los clases y llegaba a los oficiales, con cierta fina depuración, pues éstos ya no robaban para reemplazar lo que les hubieran robado, sino para satisfacer caprichos, presumir comodidades o divertirse. Por supuesto que había honrosas excepciones. No sé si sería suerte, pero a ninguno del “Estado Mayor” nos faltó algo, pero sucedió que como pasaron revista también en las cuadras, el mismo capitán se metió en la nuestra y se llevó unas ropas que eran propiedad de Juan José y mía; un tubo de pasta de dientes y un gajo de guineos. Lo mío era un pantalón de montar y una camisa kaki, que como no pertenecía a mi equipo, lo dejé envuelto en mi hamaca. Igual había hecho Juan José. Alguien que vio llevárselo nos dio aviso cuando terminó la revista y fuimos a reclamarla; quiso negar que lo hubiera cogido, pero como estaba a la vista, pues no tuvo la precaución de ocultarlo, se la enseñamos. - ¿Y por qué tienen ustedes esa ropa? - preguntó con aspereza. - La trajimos porque no nos dieron más que un uniforme - contesté yo. -¿De quién es esto? - volvió a preguntar señalando mi pantalón y mi camisa. - Eso es mío, capitán. - ¿Usted, ha sido militar? - Recién ahora. -¿Y cómo tiene ese uniforme? - insistió. - He sido Boy Scout y ese fue mi uniforme. - Boy Scout... - comentó en tono de burla - Entonces usted sabe mucho. - Algo, capitán. - ¡Mi capitán! - tronó iracundo, indicándome la forma de tratarlo. - ¡Sí, mi capitán! - Bueno... llévenselo – dijo, y mirándome como con desprecio agregó - Boy Scout... y no sabe ni tratar a sus superiores. - Falta un tubo de pasta de dientes y un gajo de guineos, mi capitán - insistí yo. -¡Eso no lo he visto…! ¡Y lárguense, carajo, no jodan más! Y se quedó con la pasta de dientes y los guineos. Después de la revista, como mi sección estaba de guardia, no teníamos que ir al trabajo; Cornejo nos llevó a hacer ejercicios en las trincheras; marchas, maniobras con el armamento y para terminar nos dio una arenga sobre moral militar, de cuyos términos se desprendía que nuestros oficiales estaban enterados de nuestro descontento; nos aconsejó que fuéramos obedientes, disciplinados y respetuosos con nuestros superiores, que no diéramos muestra de desgano, disgusto y menos rebeldía, aunque nos insultara un superior o nos diera de puntapiés; que no debía extrañarnos el insultante y grosero lenguaje con que nos trataban, ni la forma despótica como nos mandaban, porque así son el lenguaje y el carácter del soldado. Lo escuchamos pacientemente, ya que peor hubiera sido estar cargando topas. La tan esperada máquina llegó al fin; creí que recibiría muchas cartas y sólo recibí una de mi madre. De mi novia... ¡nada!... ¡Cómo estuve de triste mientras todos leían largas cartas... llenas de, quien sabe, que infinita ternura!... Tuve que contentarme con dar lectura varias veces a la carta de mi madre, que alentó en mi ánimo el consuelo de saber que había quien pensaba en mí.En el “Alberto” me enteré de que Weill estaba hospitalizado y de que su caso era de cuidado. Fui a verlo. Efectivamente la fiebre brillaba en sus vidriosos ojos, en su demacrado y pálido rostro se notaban las huellas de un hondo sufrimiento; le toqué la cara y sentí que le ardía como si fuera una brasa; hablaba muy quedamente, me dijo que hacía cuatro días que no podía comer porque lo devolvía todo, que sentía como si le retorcieran los intestinos y la constante exigencia de excretar, pero lo único que deponía era mucosidad sanguinolenta. El médico había ordenado su hospitalización después de tres días de tratamiento; estaba tendido en una larga banca del comedor, porque no había camas y en cuanto a su hamaca no había tenido fuerzas para colocarla; gran esfuerzo tenía que hacer para ir al W. C., que por desgracia tenía que ser el de la cubierta de abajo, pues el de arriba estaba destinado exclusivamente para los oficiales y cada vez que iba se veía obligado a bajar diez peldaños y volver a subirlos... Le coloqué la hamaca, traté de animarlo con palabras que yo mismo sentía vacías, e incapaz de
seguir soportando su sufrimiento me despedí, pensando que todo eso podía ser efecto de la carne descompuesta que nos estaban dando como alimento. Acosta estaba mucho mejor; lo encontré escribiendo cartas y no me atreví a preguntarle si había recibido buenas noticias, lo que suponía preguntarle por la novia, pero él se apresuró a preguntarme por las mías y si eran buenas; le mentí que había recibido tres cartas y me avisaban que por la “Libertad”, que pronto debía llegar, recibiría otras más. ¡Cómo habría sido verdad tanta esperanza!... No se quién sería el majadero que echó a rodar la bola de que el conflicto se había arreglado pacíficamente y que pronto regresaríamos. Fácil es suponer que tal noticia nos llenó de alegría, pero, con ciertas reservas, porque no queríamos hacernos ilusiones, para después sufrir desengaños.


* ESTRADAS.- Caminos que rodeaban las propiedades marcando sus linderos entre los extractores de caucho.
* GUINEOS.- Nombre que se le da a los plátanos o bananos.