jueves, 5 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

VI

Aparte de la llegada del coronel Ramos, en los últimos días nada hubo digno de mencionar, que se refiriera a la actividad de una tropa en campaña o una expedición, como la nuestra, en defensa de nuestro territorio rescatado. Desembarcó del R 10 y se metió en el “Alberto”, que seguía siendo el buque insignia, donde estaba el Comando y su centro de operaciones. Todas las unidades tenían destacado en él su respectivo “plantón”, destinado a conducir las órdenes y comunicaciones del Comando; no hacían otra cosa de la mañana a la noche y es seguro que se aburrían soberanamente. En el mismo barco estaban el Departamento de Sanidad, los médicos y la enfermería. Los oficiales en todo el día, subían y bajaban, entraban y salían y por la noche armaban la “timba” hasta muy tarde. En cuanto a la tropa, hablando de mi compañía, todo empezaba a ponérsele mal; no podía saber como lo estarían pasando en las otras compañías; trabajábamos hasta el último aliento, la comida empeoraba día a día y se reducía visiblemente, tanto, que todos los días nos quedábamos con hambre; todos se mostraban disgustados y estoy seguro, lo digo por mí, que hubieran preferido andar a tiros con los colombianos y no acarreando palos de balsa, limpiando el monte y cavando trincheras, que al fin y a cabo irían a servirnos solo para nuestros recuerdos. Pasada apenas la primera semana desertaron dos soldados, seguramente desilusionados por el engaño; ellos pensaron morir peleando y se encontraron con que estaban exponiéndose a morir de hambre. Una comisión partió en su persecución o más bien en su búsqueda, porque no creo que se supiera por donde irían, aunque se suponía que lo hicieran por el varadero de Santa Elena. Como estaban las cosas era muy posible que ni los perseguidores regresaran. Se estaba creando un ambiente de repulsión hacia nuestro capitán, por su trato brutal, sus groseros insultos y sus constantes amenazas de romper la cabeza al que no cumpliera con su trabajo o lo estuviera haciendo de mala gana, según él lo creyera. Siempre llevaba un palo a guisa de bastón, pero, aparte de no ser tan recio para tal uso yo no lo creía tan malvado para ser capaz de hacer tal cosa. Muchos de mi compañía ya hablaban de solicitar su baja en vista de como se estaban presentando las cosas y nos consultaron a los del “Estado Mayor”- como se nos llamaba tomándonos como líderes- acerca de nuestra opinión para hacer una protesta masiva. Jamás habríamos perdido la ecuanimidad tan tontamente; les apaciguamos los ánimos, haciéndoles comprender que habíamos venido dispuestos a jugarnos la vida, pero no en esa forma. En nuestra dura situación, donde el esfuerzo físico era el factor elemental y la desaprensión lo amenazaba todo, no podía tardar la presencia de enfermedades o accidentes. De pronto Olórtegui contrajo algo como un resfriado y en la primera consulta médica, lo único que le recetaron fue Fenaspirina. Se agravó hasta sentir adormecimiento en las piernas, tanto que casi no podía moverlas; volvió a la consulta y de nuevo le dieron Fenaspirina. Fue mejor reír que indignarse, pero Olórtegui no lo sintió así y fue a quejarse al Comando. No llegué a saber en que paró el asunto. Otro se presentó con el pecho hinchado y quejándose de un dolor punzante; explicó que había estado cargando topas y creía haberse luxado o roto algún hueso. El médico lo examinó, le tomó la temperatura y al final le recetó quinina, que parecía ser lo que más abundaba, pues lo repartían como caramelos. Lo gracioso fue cuando Bardalez, a quien le brotaron unos granos en la espalda, como sarpullidos, y según decía le producía una comezón del infierno, se presentó donde el médico. Lo examinó minuciosamente y le dijo que no era nada. - Pero, doctor, no me deja dormir la comezón - protestó Bardalez. - No es nada - concluyó el médico - rásquese un poco y le pasará. - ¿Podría aplicarme un poco de alcohol? - insistió Bardalez. - ¡Si, póngase alcohol! - Pero yo no lo tengo, doctor, ¿podría ordenar que me lo den? - Pídalo en el tópico. Bardalez fue a pedírselo al enfermero y éste le preguntó para qué lo quería, se lo explicó y agregó que el médico le había ordenado que lo pidiera; el enfermero hizo como que buscaba entre unos frascos y concluyó diciéndole que no había alcohol. A lo mejor creería que lo quería para bebérselo con nosotros que lo acompañábamos... Todo eso hacía que decayera nuestro ánimo y ya no pusiéramos en el trabajo el mismo entusiasmo que pusimos en los primeros días. Una mañana en un descuido del cabo Tapullima abandonamos nuestra labor y nos metimos monte adentro, muy lejos del campamento, tan lejos que encontramos un sendero que nos condujo a un caserío de indios witotos; nueve fuimos los “cabreados” y nuestra sorpresa fue grande pues no teníamos idea de como seríamos recibidos, ni si nuestra presencia les sería grata.
Pero nuestro aplomo y confianza hizo que todo saliera muy bien, aparte de que, a primera vista, notamos que eran absolutamente pacíficos. Pese a ser indígenas legítimos, nos entendían y se hacían entender con cierta facilidad, hablando estrictamente lo indispensable, para contestar nuestras preguntas. Probablemente eran descendientes de los primitivos trabajadores de las famosas estradas* del Putumayo. Había cinco tambos dispersos en una limpia extensión, todos de igual forma circular, unos más grandes que otros y cercados totalmente con ponas; el tambo más grande tendría como quince metros de diámetro y el más pequeño como cinco; los techos eran conos altísimos de hojas de palmera, cada tambo tenía una sola puerta, angosta y tan baja, que instintivamente había que inclinarse para entrar. Fuera de los tambos circulaban algunos de ellos, mujeres en su mayor parte, haciendo diversas labores: labrando madera, recogiendo o llevando algo, tejiendo palmeras... los hombres vestían sólo pantalón de un color indefinible y un tejido basto, que parecía hecho por ellos mismos; tenían el torso desnudo y musculoso, algunos con líneas tatuadas en el pecho que hacían toscos dibujos; en la cara también tenían tatuajes simplísimos y el pelo les caía sobre los ojos tan lisamente que parecía peinado. Las mujeres vestían una falda cortísima: un trozo de tela de color y tejido semejante al del pantalón de los hombres, envuelto en la cintura; las viejas tenían el torso descubierto con una piel rugosa y seca en la que colgaban los senos flácidos, semejando bolsas pegadas que se sacudían al caminar. Las más jóvenes tenían sobre el pecho un trozo de tela con adornos, que les colgaba del cuello como babero, aparentemente para cubrirse los senos, con instintivo alarde de primitiva coquetería, pero, tan pequeño, que su misma turgencia los ponía al descubierto mostrando una brillantez de cobre viejo, que se extendía por todo el cuerpo, en el que se adivinaba la dureza del caucho. Cuatro fornidos jóvenes y un viejo nos guiaron y éste nos invitó a entrar en uno de los tambos; el interior estaba oscurísimo, pero nuestros ojos fueron acostumbrándose a la oscuridad y pudimos distinguir, diseminados por el suelo unos tendidos de fibra vegetal, que en la región llaman “llanchama” y los utilizan como lona para dormir; estaban tan diseminados que hubiera sido difícil contarlos, pero no habría menos de veinte; sobre las llanchamas se veía ropas y objetos, seguramente de los dueños; cerca de algunas de ellas había tizones humeantes y ollas de barro, ennegrecidas por el humo, y colgando en algunos sitios del cerco, flechas y lanzas; el aire que se respiraba tenía un pesado olor de humores humanos, comida, dulce. Uno de nuestros guías nos convidó una pasta que llaman “casave”, dura y granulosa, al parecer de yuca, que a nuestro paladar resultó insípida, pero que ellos la comen con fruición; no se quién descubrió frutas y pedimos que nos las vendieran, pero no atinamos a ponernos de acuerdo sobre la forma de pago de modo que les hicimos algunos obsequios: dos pañuelos, un espejito y un peine a cambio de dos anonas, diez guabas y tres gajos de guineos*; una gran operación para nuestros estómagos. Al regreso, como fuimos tan lejos, no tuvimos tiempo de escapar de un formidable aguacero, llegamos corriendo y ateridos, pero aprovechamos para lavar nuestras ropas a despecho de los oficiales, quienes habían dispuesto que lo hiciéramos solamente una vez a la semana y todos al mismo tiempo.
Tuvimos noticias de la llegada de otro avión y lo esperábamos con impaciencia, pues, aunque en el que condujo al coronel Ramos llegó mucha correspondencia, yo no fui de los afortunados; también se llevó muchas cartas, que fueron entregadas con los sobres abiertos; yo me resistí a hacerlo porque esperaba en breve gozar de la inviolabilidad del secreto de las cartas, entregándola al piloto o mecánico del avión, cuando resultara amigo mío. En los tres últimos días terminamos de cavar el foso de las trincheras y el capitán dispuso que fuéramos a cargar topas para la barricada correspondiente; un grupo al mando del cabo Tapullima las cortaba y éste mismo se encargaba de hacerlas conducir. No sé si intencionalmente o por coincidencia, nos hacía cargar las más largas y más gruesas; terminé por creer que fuera por lo primero, pues cuantas nos indicaba era una barbaridad de pesadas; hacíamos pareja con Bardalez y en las cuatro primeras que condujimos por poco se nos deshacen los hombros. Cierto es que todos trabajábamos exigidos al máximo, pero se notaba que a los del “Estado Mayor” se nos habían prendido clases y oficiales, especialmente el cabo Tapullima, quien parecía estar cumpliendo una consigna. Por ese motivo Juan José cayó enfermo; estábamos transportando las topas con un sol candente, que agregado al esfuerzo y la fatiga nos hacía sudar copiosamente, cuando empezó a llover y el maldito cabo Tapullima no nos permitió guarecernos en el tambo hasta que pasara la lluvia, exigiendo que volviéramos por más topas. Como estaba cerca Luján tuvimos que obedecer y el resultado fue que por la noche Juan José estaba con una fiebre altísima. Como no teníamos nada en nuestra compañía para primeros auxilios, Benjamín fue al “Alberto” en busca del enfermero, pero éste puso mil pretextos y se negó a atenderlo. Felizmente Eleazar sacó a relucir sus ribetes de curandero, le hizo un tratamiento con agua fría aplicada en una toalla al estómago, le dio a beber no sé qué infusión, ni de dónde la sacaría, que le bajó un poco la fiebre. Acosta también se puso mal, pero del estómago. Seguramente el frejol viejo, lleno de hongos, que de puro viejo no se sancochaba bien, por lo que nos lo daban casi crudo, le había provocado una colitis aguda; el médico lo examinó y ordenó su inmediato internamiento en el buque hospital, que seguía siendo la lancha “Luz II’. Había empezado el tormento: en el día el trabajo que nos fatigaba hasta el alma, de alimento el bendito frejolito que se resistía a nuestras muelas y por la noche una cama más dura que el alma de un avaro. Pero no era eso lo peor; empezábamos a notar algo más sensible, la ración que nos habían reducido, se estaba reduciendo más aún, porque estaban acabándose los víveres; el poquito de arroz y frejoles se nos quedaba en el paladar, en cuanto a la carne estaba amoratada y olía mal, por lo que teníamos que tirarla. Pero algo nos consolaban los rumores que empezaron a circular acerca de nuestro pronto regreso, y esa esperanza iba haciendo día a día raíces más hondas en nuestros ánimos; hacíamos votos porque fuera cierto, pues la situación se estaba haciendo insostenible. Para colmo, la exigencia y despotismo de nuestros oficiales aumentaba, no había enfermedad que valiera y el más pequeño retraso desataba una serie de imprecaciones e insultos que sublevaba nuestra paciencia y hacía decaer nuestro aliento. Por otro lado circulaban rumores de que el conflicto se había tornado adverso a nuestros propósitos, pues el gobierno se había negado a apoyar la actitud de las fuerzas al mando del comandante Calderón, calificándolas como revolucionarias. Otros rumores decían que debíamos embarcarnos, pero no decían a dónde, y sólo la falta de víveres y la tardanza del avión nos estaban demorando. La incertidumbre se ahondaba cada día más. Tal situación nos hacía odiar lo que estábamos haciendo y todo lo que nos rodeaba, y cuantas veces podíamos, después de cargar una cuantas topas, aprovechábamos el menor descuido del cabo Tapullima y nos metíamos al monte con el propósito de proveernos de frutas o algo que pudiera ser comestible y colmara el vacío de nuestros estómagos. Un día se efectuó la primera revista de prendas en la compañía; fue tan sorpresiva que hubo que ver las caras de muchos a quienes faltaba alguna y no tuvieron tiempo de reemplazarla robándole a un compañero. . . porque eso si, el que pierde o se deja robar algo y no lo reemplaza a como de lugar...¡se arruinó!... - ¡Carajo!.... ¡Cómo es usted, tan cojudo que se deja robar!... ¡Robe a los otros, porque sino tiene que pagar de su propina los que le falta!... era la moraleja del capitán en la revista, para los que no tenían una camisa, un plato, un jarro... de su equipo. Moraleja muy original, que según comprobé la practicaban incluso los clases y llegaba a los oficiales, con cierta fina depuración, pues éstos ya no robaban para reemplazar lo que les hubieran robado, sino para satisfacer caprichos, presumir comodidades o divertirse. Por supuesto que había honrosas excepciones. No sé si sería suerte, pero a ninguno del “Estado Mayor” nos faltó algo, pero sucedió que como pasaron revista también en las cuadras, el mismo capitán se metió en la nuestra y se llevó unas ropas que eran propiedad de Juan José y mía; un tubo de pasta de dientes y un gajo de guineos. Lo mío era un pantalón de montar y una camisa kaki, que como no pertenecía a mi equipo, lo dejé envuelto en mi hamaca. Igual había hecho Juan José. Alguien que vio llevárselo nos dio aviso cuando terminó la revista y fuimos a reclamarla; quiso negar que lo hubiera cogido, pero como estaba a la vista, pues no tuvo la precaución de ocultarlo, se la enseñamos. - ¿Y por qué tienen ustedes esa ropa? - preguntó con aspereza. - La trajimos porque no nos dieron más que un uniforme - contesté yo. -¿De quién es esto? - volvió a preguntar señalando mi pantalón y mi camisa. - Eso es mío, capitán. - ¿Usted, ha sido militar? - Recién ahora. -¿Y cómo tiene ese uniforme? - insistió. - He sido Boy Scout y ese fue mi uniforme. - Boy Scout... - comentó en tono de burla - Entonces usted sabe mucho. - Algo, capitán. - ¡Mi capitán! - tronó iracundo, indicándome la forma de tratarlo. - ¡Sí, mi capitán! - Bueno... llévenselo – dijo, y mirándome como con desprecio agregó - Boy Scout... y no sabe ni tratar a sus superiores. - Falta un tubo de pasta de dientes y un gajo de guineos, mi capitán - insistí yo. -¡Eso no lo he visto…! ¡Y lárguense, carajo, no jodan más! Y se quedó con la pasta de dientes y los guineos. Después de la revista, como mi sección estaba de guardia, no teníamos que ir al trabajo; Cornejo nos llevó a hacer ejercicios en las trincheras; marchas, maniobras con el armamento y para terminar nos dio una arenga sobre moral militar, de cuyos términos se desprendía que nuestros oficiales estaban enterados de nuestro descontento; nos aconsejó que fuéramos obedientes, disciplinados y respetuosos con nuestros superiores, que no diéramos muestra de desgano, disgusto y menos rebeldía, aunque nos insultara un superior o nos diera de puntapiés; que no debía extrañarnos el insultante y grosero lenguaje con que nos trataban, ni la forma despótica como nos mandaban, porque así son el lenguaje y el carácter del soldado. Lo escuchamos pacientemente, ya que peor hubiera sido estar cargando topas. La tan esperada máquina llegó al fin; creí que recibiría muchas cartas y sólo recibí una de mi madre. De mi novia... ¡nada!... ¡Cómo estuve de triste mientras todos leían largas cartas... llenas de, quien sabe, que infinita ternura!... Tuve que contentarme con dar lectura varias veces a la carta de mi madre, que alentó en mi ánimo el consuelo de saber que había quien pensaba en mí.En el “Alberto” me enteré de que Weill estaba hospitalizado y de que su caso era de cuidado. Fui a verlo. Efectivamente la fiebre brillaba en sus vidriosos ojos, en su demacrado y pálido rostro se notaban las huellas de un hondo sufrimiento; le toqué la cara y sentí que le ardía como si fuera una brasa; hablaba muy quedamente, me dijo que hacía cuatro días que no podía comer porque lo devolvía todo, que sentía como si le retorcieran los intestinos y la constante exigencia de excretar, pero lo único que deponía era mucosidad sanguinolenta. El médico había ordenado su hospitalización después de tres días de tratamiento; estaba tendido en una larga banca del comedor, porque no había camas y en cuanto a su hamaca no había tenido fuerzas para colocarla; gran esfuerzo tenía que hacer para ir al W. C., que por desgracia tenía que ser el de la cubierta de abajo, pues el de arriba estaba destinado exclusivamente para los oficiales y cada vez que iba se veía obligado a bajar diez peldaños y volver a subirlos... Le coloqué la hamaca, traté de animarlo con palabras que yo mismo sentía vacías, e incapaz de
seguir soportando su sufrimiento me despedí, pensando que todo eso podía ser efecto de la carne descompuesta que nos estaban dando como alimento. Acosta estaba mucho mejor; lo encontré escribiendo cartas y no me atreví a preguntarle si había recibido buenas noticias, lo que suponía preguntarle por la novia, pero él se apresuró a preguntarme por las mías y si eran buenas; le mentí que había recibido tres cartas y me avisaban que por la “Libertad”, que pronto debía llegar, recibiría otras más. ¡Cómo habría sido verdad tanta esperanza!... No se quién sería el majadero que echó a rodar la bola de que el conflicto se había arreglado pacíficamente y que pronto regresaríamos. Fácil es suponer que tal noticia nos llenó de alegría, pero, con ciertas reservas, porque no queríamos hacernos ilusiones, para después sufrir desengaños.


* ESTRADAS.- Caminos que rodeaban las propiedades marcando sus linderos entre los extractores de caucho.
* GUINEOS.- Nombre que se le da a los plátanos o bananos.

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