lunes, 16 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

VIII


Las cosas cambiaron un poco; Cornejo se estaba convirtiendo en una alhaja, no se dirigía a nosotros ni por equivocación, nos observaba con disimulo, gritaba, se mostraba inflexible y duro con los demás, como para que lo notáramos y justificar su actitud. El trabajo era más suave, pues sólo se trataba de cortar “irapaya” y “ponas” en el monte, llevarlas al campamento, donde otros se encargaban de tejer las “crisnejas” y mantener el servicio de guardia día y noche; de instrucción militar y ejercicios… ¡ni hablar!
En cuanto al capitán, estaba igual que el rancho, del primero había disminuido notablemente su presencia, del segundo, estaba disminuyendo cada día más su cantidad... sólo Luján seguía haciéndose el guapo. Empezó a preocuparle que yo tuviera mucha barba y él ninguna, de modo que ya no fue solo decir barbón por aquí, barbón por allá, se le ocurrió que debía afeitarme. Tenía toda la razón por lo del Reglamento, pero era del caso que yo no quería hacerlo, porque según los amigos lucía muy bien. Una mañana a la hora de la lista me preguntó:
- ¿Cuándo se va usted a afeitar?
- Cuando regrese a mi casa, mi subteniente - le contesté.
- Hoy mismo se va usted a afeitar! - me dijo con imperioso tono - le queda muy fea esa barba.
- Es que yo no tengo con qué afeitarme, mi subteniente.
- Préstese una navaja o una máquina de afeitar.
- ¿A quién, mi subteniente, si ninguno de mis amigos tiene? Si usted fuera tan amable en prestarme la suya...
- No sé si lo dije en tono irónico o él lo creyó así, porque lo único que jamás necesitó ni nunca necesitaría era una navaja, pues los únicos pelos que se le veían en la cara eran los de las cejas y las pestañas; el caso es que irritado me gritó:
- ¡Rompa una botella, carajo, y aféitese con eso!... ¡Pero no quiero verle más esa barba asquerosa!...
Y se marchó violento, mientras mis compañeros se reían festejando el incidente.
Pocos días después hicimos una pequeña travesura. Una noche que me tocó estar de guardia a las 11 pm, con Bardalez, se nos ocurrió darle una lección al capitán. Tenía por costumbre cuando volvía de “timbear” -lo que hacía todas las noches en el “Alberto” con los demás oficiales-entrar al campamento “como Pedro por su casa”. Aunque la consigna de los centinelas era dar el ¡quién vive! y pedir el santo y seña, como sabían que era él, nada decían ni hacían; cierto que hubiera sido pura fórmula, porque, como estábamos, ningún peligro de enemigo teníamos cerca, pero, las consignas son para cumplirlas; además, estando en campaña y siquiera para enseñarnos cómo se resguarda un campamento, nos debían exigir un estricto cumplimiento en el servicio.
Estábamos enterados de que algunas veces ya le habían dado el alto, pero el capitán avanzaba sin contestar siquiera, confiado en que lo conocían, exponiéndose a que el centinela tirara al bulto, como era la consigna.
Yo estaba de centinela fijo y Bardalez circulaba, cuando vimos la luz de su linterna, a la altura del puente que limitaba nuestro campamento, a unos cincuenta metros aproximadamente. Bardalez le gritó:
- ¡Alto!... ¡Quién vive!
No se dio por aludido y siguió caminando; le repitió el alto y como seguía avanzando sin contestar, me acerqué a Bardalez cuando estaba como a veinte pasos, le encaramos los fusiles y dimos la vuelta al seguro, a tiempo que Bardalez le gritó:
- ¡Alto o disparo!
- En el silencio de la noche se oyó el voltear del seguro como un chasquido y el capitán se paró en seco. Con voz que me pareció indecisa contestó:
- ¡Capitán de la Compañía!
- ¡Avance a dar el santo!
Avanzó hasta cinco o seis pasos y de nuevo le gritó Bardalez.
- ¡Media vuelta!
Se dio la vuelta, Bardalez se le acercó y el capitán le dijo:
- ¡Pantoja!
- ¡Patria! - le contestó Bardalez, y al darse la vuelta el capitán, agregó:
- ¡Sin novedad, mi capitán!
- ¡Como sin novedad, carajo, si casi me pegan un tiro! ¿Tan animales son que no se dieron cuenta de que era yo?
- Está muy oscuro, mi capitán, no se ve bien...
- ¡Pónganse lentes, cabrones de mierda!... Se están poniendo muy graciosos concha su madre, pero tengan cuidado conmigo, que los voy a joder - en seguida preguntó- ¿Están cargados sus fusiles?
Por toda respuesta nos pusimos en posición de revisten armas y rastrillamos nuestros fusiles, haciendo saltar el cartucho de la recámara.
- En la noche no se revistan armas, imbéciles! – gritó - ¡Mañana los voy a castigar!
Y se largó, pensando sabe Dios qué, porque hacía tiempo que sí sabía que nadie lo pasaba ni con azúcar y menos los del “Estado Mayor”. Esperábamos que cumpliera su amenaza de castigarnos, pero no nos habría importado, porque, por lo menos, nos habíamos dado el gusto de pegarle un susto, si es que se asustó, pues el tipo parecía muy bien templado.
Recibimos una grata noticia: Que el Ministro de Guerra debía llegar de visita, lo que significaba que el Gobierno estaba prestando atención a nuestra campaña; lo interesante hubiera sido que nos visitara a la hora del rancho, no precisamente para convidarle lo poco de nuestra comida, sino para que la viera y pensara cómo íbamos a hacer la guerra cuando no sólo no teníamos buenas armas, sino que tampoco teníamos qué comer.
Habría visto cómo, más bien la naturaleza nos ayudaba; no se de dónde consiguieron como cincuenta charapas* tan grandes como mesas, que seguramente una sola daría para que comiera toda una Compañía; ellas estaban sustituyendo a lo que faltaba del viejo frejol y la podrida carne; habría visto cómo el pésimo arroz nos lo daban en pequeñísima cantidad, que no había plátano, y en cuanto a pan, que sólo nos lo daban en el desayuno, era tan pequeño que podía esconderse en la mano; se habría dado cuenta que tan insignificante ración tenía que perderse en la inmensidad de nuestro apetito.
Ya estábamos enterados del motivo de la escasez del rancho, lógicamente por conductos extraoficiales. La lancha que lo transportaba, conducía los víveres por el río Napo, tomaba el Tambor Yaco y lo desembarcaba en el puerto del varadero de Santa Elena. De allí por tierra, hasta Puerto Arturo. Pero sucedía que no lo descargaban todo; gran parte del cargamento lo regresaban subrepticiamente. Un dentista, que también se había hecho oficial del ejército, según supimos, era el encargado del transporte; las malas lenguas decían, nosotros lo creímos y lo repetíamos, que lo que regresaba lo vendía en Iquitos…!
¡Peores cosas se han sabido de este pobre Perú y seguramente se irían a saber!
El anuncio de la llegada del Ministro puso en conmoción al campamento; en nuestra Compañía, el capitán a la hora de lista, dijo que quería ver caras alegres y aire marcial, ordenó que nos preparáramos, nos aseáramos, nos cortáramos el pelo y nos afeitáramos... que nos pusiéramos presentables.
Puso tal interés en que se cumpliera su orden, que luego empezó a recorrer todas las cuadras y al sorprender a dos soldados conversando en la puerta de la cuadra de la segunda sección, empezó a vociferar:
- ¡Qué esperan ustedes, carajo!... ¿No oyeron la orden?
Los dos escaparon como cucarachas; uno entró, pero el otro que no era de la sección, quiso correr a la cuadra de la suya; el capitán lo sujeto del brazo.
- ¿A dónde va?... ¿No es ésta su sección?
- No mi capitán…. he venido… quería... tartamudeó el soldado, bajando los ojos ante las llameantes miradas.
-¿A qué sección pertenece?
- La... la tercera... mi capitán.
Lo miró detenidamente y dijo:
- ¡Está todo sucio, con el pelo hasta los ojos y no se preocupa...!Eso no le deja hablar!... ¡Lárguese, carajo, a cortarse el pelo! - y uniendo la acción a la palabra le aplicó un puntapié.
El soldado se alejaba caminando, el capitán impaciente corrió tras él, quizá con la intención de agregar otro puntapié, gritando:
- ¡Corra, carajo!
- Arrancó el soldado como huyendo del demonio y el capitán tras él; casi juntos llegaron a la cuadra.
Todos prevenidos, se cuadraron a la voz de atención del sargento; su dura mirada se paseó sobre todos, y al ver a uno con los utensilios de peluquería en las manos y a otro que tenía una toalla en el cuello, preguntó:
- ¿Es usted quien corta el pelo?
- Sí, mi capitán. Acabo de terminar con éste.
-¿Qué? ¡Acá no se hace peinado de señoritas!... ¡Traiga la máquina!
Muy solícito el cabo Montes quitó la máquina al peluquero y se la dio al capitán; éste lo miró y dijo;
- Después le toca a usted.
Cogió por los hombros al que tenía la toalla en el cuello y lo sentó violentamente en el banco que servía de sillón de peluquero y empezó a cortarle el pelo al rape;
Montes sonriente lo miraba, los demás no sabían si reír o indignarse; pero el capitán no concluyó la pelada, la dejó a medias y dijo a Montes:
- ¡Siéntese usted!
- Pero... capitán...
- ¡Siéntese le he dicho, carajo!
- Lo obligó a sentarse e inclinándole la cabeza como hacen los peluqueros, le pasó la máquina desde la nuca hasta la frente, dejando un surco casi brillante; luego dijo:
- Todos los cabos se van a cortar el pelo igual, necesitan tener fresca la cabeza para dejar de ser brutos - tiró la máquina y se dirigió a nuestra cuadra.
Nosotros, también prevenidos, nos pusimos en atención y saludó el sargento; miró a todos lados y de repente dijo:
—Todo el mundo se va a cortar el pelo al coco, ese es el corte militar y al que se niegue yo mismo se lo voy a cortar.
- ¿Los cabos también, mi capitán? - preguntó el cabo Pizarro.
- ¡Sí!... Y usted, va a ser el primero.
- Pero, capitán, eso no puede ser, nosotros somos clases...
-¡Ustedes son una mierda!... ¡Obedezca o sufrirá las consecuencias!
Siguieron las lamentaciones y protestas mientras el capitán esperaba a que le dieran los útiles de cortar el pelo; obligó a sentarse al cabo Pizarro y empezó su singular tarea.
Al ver que llegaba su turno y el capitán seguía inflexible, el cabo Chale, quien era más conocido como “el cabo recluta”, porque se aplicó los galones que le dieron en el colegio para alistarse, y entre bromas y sátiras seguía manteniéndolos, corrió a la Comandancia a reclamar por su estética.
Al parecer fue atendido, porque el capitán cesó en su empeño o quizá se cansaría, y los demás cabos se salvaron de la pelada. Aseguró Chale, que por su queja, el capitán sería castigado, pero eso me resistí a creerlo, porque podía ser otra de sus tantas jactancias.
El caso es que todos cumplimos y lucíamos como nuevecitos y recién desempacados.
Cuando me vio Luján lo celebró:
- ¡Ajá!... - me dijo - Con que al fin se afeitó.
- Sí, mi subteniente, encontré un amigo que me prestó su navaja y pude afeitarme, de otro modo habría sido imposible.
- No crea - me contestó - Yo lo hubiera afeitado aunque fuera con un vidrio... Mis órdenes las hago cumplir.
Al fin llegó la anunciada “Libertad”. No sé por qué extraña circunstancia desperté muy temprano aún y en mi desvelo, cándidamente pensaba en las razones que podría exponer en el caso de ser preguntado por el Comandante o por el Ministro, que según los optimistas rumores, vendrían a enterarse de las quejas contra el capitán; de pronto oí el pito de una lancha, que no podía ser otra que la “Libertad”, creí ser el único que lo había oído, pero Rengifo me llamó para hacérmelo notar y con nuestras voces despertaron todos, armaron tal algarabía con gritos y hurras, que ya fue imposible conciliar el sueño. Quién sabe qué hora sería pero ya nadie pensó en dormir, comentando las probables noticias que recibiríamos.
Amaneció lloviendo; esto por un lado y la espera al Ministro por otro, fueron motivo para solo pasar lista y no ir al trabajo; como tampoco podíamos ir a la lancha, me puse con Bardalez a jugar una partida de ajedrez, estrenando las piezas que habíamos confeccionado con nuestras propias manos y utilizando solo un cuchillo de bolsillo.
De pronto oí que me llamaban del patio, salí y vi un desconocido, al parecer tripulante de la lancha, quien, acercándose me entregó un paquete; miré el escrito y reconocí la letra…. ¡mi novia!... le agradecí efusivamente y sin esperar más, con temblorosas manos, rompí el hilo que lo aseguraba y lo desenvolví ante la expectante mirada y las bromas de mis compañeros: pañuelos, toallas, útiles de aseo personal... pero ¡ninguna carta!.. Si sólo eso hubiera recibido, todos mis sueños no habrían caído como castillo de naipes.
Aun seguían riendo cuando apareció Ghersi con dos paquetes, uno de los cuales lo traía bajo el brazo ¡así de grande!... me los entregó diciendo sonriente:
- ¿Dónde vas a guardar todo esto?
Imaginándome por su apariencia que uno seria de comestibles;
-Ya verás, - le dije - cómo desaparece pronto - ¡Esto es rancho! - grité a los amigos, que por poco me aplastan. Lo entregué y me quedé con las cartas; de nuevo su letra… ¿Qué podía importarme lo demás?...
¡Primero el corazón... después el estómago!
Cuando terminé de leerlas me acerqué al grupo; casi todos haban recibido paquetes iguales: cartas, comestibles, golosinas… todo estaba amontonado en el piso de pona; no fue necesario tocar llamada para el “Estado Mayor”, porque estábamos todos y empezamos a dar cuenta a discreción de lo que habíamos recibido, en medio de
la más ruidosa alegría; pese a comer desaforadamente, convidando a cuantos se acercaban a nuestro alojamiento, nos sobró para después, lo que cuidadosamente guardamos poniéndole centinela de vista.
Si la llegada de la lancha con víveres fue motivo de que mejorara el rancho, aunque sólo en cantidad, que de todos modos nos satisfizo, también nos creó interrogantes:
sólo se había esperado su llegada para subir más el Putumayo, unos decían para hacer casas en otra guarnición, otros para rescatar las lanchas peruanas apresadas y no faltaba quienes aseguraban que era para romper la fe de bautismo a los colombianos o para que ellos nos la rompieran a nosotros. Los más optimistas aseguraban que sólo era para echar un vistazo a una guarnición antigua y dar vuelta para el hogar... de modo que había para todos los gustos.
Las cartas de mi novia me dieron más aliento y convicción; me hicieron sentir capaz de todo, incluso de sacar su retrato y contemplarlo en las trincheras, en medio del fragor de las descargas y el silbido de las balas, única música digna de servirla de sinfonía como novia de un soldado.
Otras cartas nos decían, que había mucha gente sobre las armas en Iquitos, que se habían habilitado tres cuarteles y que el entusiasmo era delirante. Lo creí, pese a que donde nosotros estábamos las cosas no andaban muy bien; empezamos a darnos cuenta de que burlaron nuestra confianza y seguían burlándose, especialmente los oficiales de mi Compañía.
Nos cansamos de esperar la llegada del Ministro y sucedió lo que se había estado rumoreando: nos íbamos; ya no lo veríamos, salvo que fuera tras nuestro. Todo ocurrió sorpresivamente dos días después de la llegada de la “Libertad”.
Después de la lista nos llamaron de nuevo a formación para darnos jabón, cigarrillos y fósforos, lo que fue motivo de insólita alegría, sobre todo por los cigarrillos y especialmente para los fumadores, muchos de los cuales no tuvieron ni noticia de ellos desde que salimos. El afortunado que tenía un cigarrillo lo exhibía como un trofeo, lo apreciaba corno un tesoro, lo disfrutaba con sibarítico deleite, en las noches silenciosas de guardias interminables, en las horas que el recuerdo estaba buscando un consuelo, el dolor un lenitivo o la alegría expansión; reteniendo avariento las volutas perfumadas que atraían miradas suplicantes implorando una “chupadita”, que saboreaban sensualmente, con los ojos entornados, circulando de boca en boca hasta desaparecer en una hermandad momentánea.
Ese sábado se vieron caras risueñas por todas partes. Después del almuerzo nos dieron orden de que se lavara la ropa y todos fuimos a la orilla, muchos no a lavarla porque no querían hacerlo o no la tenían sucia, pero había que obedecer y para pasar el tiempo nos dedicamos a nadar. De repente apareció Luján con la contraorden, agregando que a las 3 debíamos estar listos para embarcarnos, eran las 2; a vestirnos de nuevo, algunos la ropa aún mojada; volvimos a las cuadras, nos equipamos y salimos a formar en el patio; armamos pabellones para dejar nuestro armamento, se destinaron dos secciones de la Compañía para embarcar la “montaña” de crisnejas que se había acumulado y sin temor a equivocarme podría asegurar que eran millares; otras dos secciones embarcamos las herramientas y los víveres y al final todos embarcamos la munición.
Cuando estábamos en ese trajín oímos que había surgido un incidente en la casa: una carabina calibre 22 había desaparecido de la habitación del señor Loayza, que estaba contigua a la que ocupaban los oficiales; éstos, ante el reclamo del dueño de la casa, acusaron a los soldados, pero, el caso era que la tropa no tenía acceso a ese sector, circunstancia que con mucha delicadeza les hizo notar el señor Loayza, agregando que los que podían haberse dado cuenta de la desaparición de la carabina eran el capitán y Cornejo, quienes en la tarde anterior y en la mañana habían estado jugando naipes en la habitación de Loayza. No pudimos enterarnos de los detalles de la discusión, pero si del final: Loayza perdió los estribos, los llamó confianzudos, desvergonzados y ladrones y terminó echándolos de la casa; sus últimas palabras fueron:
- ¡Háganme el favor de largarse! ¡Búsquense un chiquero, que es el lugar que les corresponde!
Como de todos modos nos íbamos, la decisión de Loayza les importaba un comino, a menos que se quejara a la Comandancia.
Terminamos el embarque, comimos y nos embarcamos de nuevo en el “Alberto”. La primera en embarcarse fue nuestra sección y tan pronto como nos despojamos del equipo, recibimos la orden de ir, al mando de Cornejo, en unos botes, a la orilla opuesta, a cargarlos con leña para el barco. El terreno era un solo fango y para colmo empezó a llover, así y todo concluimos de cargarlos, ya entrada la noche y se la llevaron; pasaba el tiempo, estaba oscurísimo y los botes que debían volver por nosotros no regresaban; tuvimos que soportar la lluvia más de dos horas sin donde guarecernos; renegábamos de nuestra suerte y no nos quedaba ni el consuelo de alegrarnos de que Cornejo se retorciera corno una culebra con el frío, porque nosotros estábamos igual; llamábamos a gritos a los de los botes, pero, posiblemente no nos oían, tardaban en descargarlos o no se les ocurrió darse prisa.
Al fin volvieron. Les recibimos entre maldiciones... ¡y algo curioso!... Cornejo era el que menos protestaba... el frío parecía haber congelado su prepotencia. Llegamos a bordo hechos unas sopas de fango, como a las 9 de la noche; pero, no todo había de ser sinsabores, como enviada del cielo, en ese momento, entregaron a Bardalez una encomienda retrasada que contenía unos bizcochos tostaditos que inmediatamente distribuyó para saborearlos con un gran jarro de café calentito, que nuestro amigo el cocinero nos obsequió al vernos ateridos y calatos, pues nos despojamos de toda la ropa, y momentáneamente olvidamos el remojón; luego nos acurrucamos en el compartimiento de las calderas, tanto para calentarnos, como para cuidar la ropa que habíamos puesto a secar… ¡Qué tal habría sido el remojón, que a las 12 de la noche aun no estaba seca, pese a que la pusimos cerca de las calderas!...
Quien sabe que hora sería cuando nos acostamos, pero, cuando desperté había salido el sol y estábamos navegando, miré atentamente y con tristeza comprobé que estábamos subiendo el río y no bajando como ansiaba; la corneta tocó rancho para el desayuno y luego de tomarlo volví, igual que todos los del “Estado Mayor” a tenderme en mi hamaca… queríamos disfrutar las delicias de un viaje de placer que nos hiciera olvidar la dureza de los trabajos que habíamos afrontado, porque, solo el toque de rancho para el almuerzo nos levantó de nuevo y conste que el paiche que comí estaba delicioso... No podía ser menos puesto que había sido preparado para los oficiales, pero llegó hasta nosotros por nuestro amigo el cocinero.
Navegábamos a toda máquina, lo que hacía suponer que no había ningún peligro, no obstante hubo un momento en que casi echamos mano a los fusiles, cuando después del almuerzo sorpresivamente encontramos a la cañonera “América” bajando, después de haberla perdido de vista desde el día anterior. La ansiedad aumentó al interpretar las señales de las banderas, que hacían desde el puente; se dio la vuelta, anclaron ambas naves y el comandante Calderón, acompañado de un capitán, en un bote se transportó a ella. Pasaron minutos que parecieron interminables... ¿diez?... ¿veinte?... ¡Quién sabe!... al fin volvieron.
Uno de los tripulantes del bote nos enteró de lo que había oído: un avión colombiano había llegado unos días antes al puerto de donde regresó la cañonera, y un oficial colombiano de los que en aquel avión viajaban, ordenó al dueño del fundo que hiciera preparar 18,000 rajas de leña para las lanchas peruanas apresadas al estallar el conflicto, las que debían bajar dentro de algunos días conduciendo tropas colombianas. Las cañoneras nuestras se apoderaron de la leña para abastecimiento del convoy.
Quien sabe qué disposiciones tomarían nuestros jefes, lo cierto fue que continuamos navegando. Según lo dicho, podríamos encontrar de un momento a otro a las indicadas lanchas, en ellas las tropas que conducían y como suponíamos las intenciones que los animaban; debíamos estar sobre aviso.
Serían como las 3 cuando el barco tropezó con una playa - un banco de arena sumergido- y encalló; no fue para alarmarse, porque tal percance suele ocurrir a las naves en la época de la vaciante de los ríos. Empezaron a maniobrar: marcha atrás… marcha adelante… una máquina atrás y otra adelante… y como a la media hora salió de la varada; bajamos a merced de la corriente cierta distancia y de pronto se oyó el ruido característico de la cadena al fondear el ancla; tres marineros hicieron descender un bote por los pescantes, se embarcaron en él con un práctico del buque, quien llevaba una sonda y partieron río arriba para buscar el canal, es decir la parte más profunda del río; lo vimos bajar y subir varias veces por el sitio de la varada y al práctico tirando la sonda en todo el trayecto, hasta que, cumplida su misión regresaron; el práctico subió al puente, los marineros izaron el bote, el barco levó el ancla y de nuevo se puso en marcha.
Estábamos navegando como una hora cuando de nuevo avistamos a la “América” que venía a nuestro encuentro y más lejos a la “Napo”, que también bajaba a toda máquina; hicieron señales del puente de la “América”, que seguramente fueron para seguir su rumbo, pues nuestro barco dio la vuelta y bajamos tras ella como 15 minutos,
al cabo de los cuales se vieron nuevas señales. La “América” dio la vuelta, encostó y el “Alberto” la abordó suavemente. La “Napo” encostó unos 100 metros mas abajo.
Estábamos impacientes porque nada sabíamos en concreto y empezaba a anochecer. De pronto apareció Ghersi y ordenó que nuestra sección se armara y equipara para transbordarse a la “América”; obedecimos inmediatamente, pero, cuando ya nos disponíamos a transbordarnos apareció Luján, visiblemente contrariado y violento, se acercó a Ghersi, le dijo unas palabras en voz baja y luego, al mismo tiempo que ordenaba a la segunda sección armarse y equiparse, Ghersi ordenaba a la nuestra que se desarmara.
Mientras a toda prisa se armaba y equipaba su sección, Luján en silencio, pero con un semblante en el que se reflejaba la ira contenida, se paseaba a grandes pasos de un portalón a otro, mirándolos a cada instante; cuando la vio lista:
- ¡A la “América”! - ordenó.
Empezaron a desfilar, los miró pasar, seguramente contándolos y cuando pasó el último, sin decir una palabra a Ghersi, que estaba cerca de él siguió detrás de la sección.
Según nos enteramos después por Ghersi, la “América” debía llevar a Luján y su sección, río arriba. La primera orden del Comando había designado a Luján con su sección, pero puso ciertas objeciones y pareció ser atendido, pues posteriormente Ghersi recibió la orden que nos transmitió; pero al final, quien sabe por qué motivo, el Comando volvió a la designación de Luján. Hubiera sido una pena que nos mandaran a los de la sección de Comando, porque se habría quedado Eleazar, Acosta y Zubiaurr.
Se había dicho que la “América” zarparía tan pronto como estuvieran embarcados los víveres y la munición que debía llevar Luján; así fue.
A las dos de la mañana el “Alberto” largó amarras y empezamos a navegar aguas abajo, la “América” largó después y muy pronto la perdimos de vista.


* CHARAPA.- Quelonio acuático comestible. Los pequeños se llaman cupisos, los medianos taricayas, y las grandes charapas.

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