miércoles, 30 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXIII


Navegábamos a toda máquina, delante la “Cahuapanas”, donde íbamos los de la Tercera Compañía y la Sección de Cañones Antiaéreos, detrás la “Meteoro” con la Primera y parte de la Segunda. Según los rumores que circulaban, la expedición punitiva colombiana estaba por llegar a Leticia a tomarla y nosotros íbamos a impedirlo; yo sólo pensaba en que tenía que batirme y salir ileso; ansiaba saber lo que se siente realmente cuando sé está bajo el fuego del enemigo enfrentando a la muerte.
Como para hacer más firme y decidida nuestra actitud nos llegó de Iquitos una triste noticia: el subteniente Armando Luján había dejado de existir a consecuencia de las fiebres palúdicas que le atacaron en Inonías. Luján fue uno de los primeros oficiales de nuestra Compañía, la muerte lo abatió en el cumplimiento de su deber; era otra de las víctimas del conflicto; murió por defender a su patria.
Había llegado el momento de olvidar los errores que acaso cometió, porque la muerte redime, la muerte dignifica, la muerte purifica... Me sentí el más humilde de sus subalternos y desde lo más hondo de mis sentimientos brotó el reconocimiento de su sacrificio por la causa que defendíamos, por la recuperación de las tierras que nos legaron nuestros antepasados y cuya posesión reafirmaron la historia y los tiempos.
Como nosotros, fue uno de los primeros en acudir a defenderla y ese gesto aureolaría su nombre convirtiéndolo en el símbolo que nos guiaría hacia la búsqueda del triunfo, aunque la implacable naturaleza o las balas acecharan nuestra existencia... ¡Las armas en nuestras manos sería nuestro permanente homenaje!
Hacía cuatro meses que habíamos salido y me parecía ayer, pese a las largas y angustiosas horas que pasaba... y de nuevo estábamos navegando por la misma ruta, en el inmenso Amazonas, con rumbo a Leticia; era como para figurarse que estábamos haciendo un viaje de recreo...
Después de dos días de navegación llegamos por la tarde e inmediatamente desembarcamos; había una gran cantidad de tropas y en el puerto, compactos grupos esperándonos, vi muchos amigos, entre ellos a Dositeo Piñeiro, Ricardo Tobies, Jorge Pinedo... Nos hicieron pasar por un callejón que formaron, entre gritos de entusiasmo, calurosos saludos, vítores y aplausos. .. Nos dirigimos al cuartel en que habían convertido una casa; era muy buena y daba la impresión de haber sido preparada para recibirnos: tarimas, armeros y bastante limpieza. Nos despojamos del equipo, tomamos posesión de nuestra respectiva tarima, pasamos rancho y luego... a descansar, aunque lo que en realidad necesitábamos era estirar los miembros, entumecidos por dos días de obligado apretujamiento e inmovilidad.
Al día siguiente se incorporaron a nuestra Compañía algunos nuevos soldados, para completar su efectivo, de los que, al único que conocía era a Arístides Lozano, uno de los 57 que en la madrugada del 1° de setiembre tomaron Leticia. Todo el día, hasta cerca de la medianoche, estuvimos en instrucción: conocimiento estratégico de la ciudad, de los puestos de combate, de las trincheras y de la acción que nos correspondería a la hora del combate. Ghersi, que había ido directamente de Iquitos, nos estuvo esperando con el plan de instrucción preparado; no nos enteramos del resultado de su examen, pero todo hacía suponer que muy pronto lo veríamos luciendo los galones de subteniente.
El tercer día ya nos pareció de rutina y transcurrió sin ninguna novedad, pero, como a las 8 de la noche, en ocasión que estábamos charlando en una de las calles alejadas de nuestro cuartel, oímos el toque de alarma... ¡La primera alarma!... En el estado de tensión que manteníamos por la consigna de estar listos para armarnos, equiparnos y marchar a nuestros puestos, como impelidos por un resorte arrancamos a correr hacia nuestro cuartel; en el camino encontramos al sargento Valles que en igual forma iba en la misma dirección. Nos detuvimos brevemente para observar lo que ocurría en la calle principal, pero nada vimos, en cambio mirando hacia abajo del río, vimos unas luces, evidentemente de barcos, porque se distinguían las verdes y rojas de posición, situados posiblemente a la altura de Tabatinga. En aquel momento se volvió a repetir la señal de alarma, arrancamos de nuevo a correr y cuando llegamos al cuartel ya estaban casi todos, aparentemente tranquilos.
Mientras bromeábamos algo nerviosamente sobre la alarma, preparábamos nuestro armamento y munición; de pronto entró Ghersi como un ciclón:
- ¡Armarse y a formar inmediatamente! - mandó.
En un abrir y cerrar de ojos estuvimos listos y formados. Valles recibió órdenes de Ghersi, tomó el mando de nuestra sección y partimos. Según el plan, nuestra sección debía proteger el oeste de la población; a paso ligero nos dirigimos hasta las afueras del pueblo, luego en columna de a uno, seguimos por un estrecho sendero, que apenas se veía, hasta que llegamos a la trinchera donde nos detuvimos: era un simple foso entre la maleza. A tientas ocupamos nuestros emplazamientos; la oscuridad era tan profunda que no podíamos vernos unos a otros, solo por encima del monte se veía la luz de un cielo nublado; había un “zancudero” de cincuenta mil demonios, pero tuvimos que soportarlo en el más absoluto silencio; ni siquiera se podía dar las palmadas con que ordinariamente se trata de aplastarlos cuando se siente su aguijón… Hubiera querido ver las caras de mis compañeros, pero solo su respiración delataba su presencia, pese a que estábamos como a dos metros unos de otros.
Creo que permanecimos más de una hora hasta que se oyó la señal de retirada; emprendimos el regreso riéndonos de nuestro chasco, pues en verdad, parecía que todo no hubiera sido más que un ejercicio. .. Y yo, que esperaba de un momento a otro oír la primera descarga o un cañonazo de los que habíamos supuesto buques enemigos.
Ya en nuestro cuartel y cuando nos disponíamos a acostarnos, llegó un cabo de la cuarta sección con una noticia desconcertante: que el capitán Castillo se había pegado un tiro y había muerto... Inmediatamente salió Ghersi para averiguar que había de cierto, pues nos resistíamos a creerlo y pensamos que estaban exagerando las cosas. El capitán Castillo estaba en Ramón Castilla, frente a Leticia, al mando de una Compañía.
Media hora después y cuando ya estábamos acostados entró el teniente Rospigliosi, y mandó a los de la Tercera Sección que nos levantáramos y armáramos inmediatamente -algunos ya se habían dormido-agregó que era para hacer guardia de honor al cadáver del capitán Castillo… Le preguntamos lo que había ocurrido y nos dijo que solo sabía que se le había disparado una carabina que llevaba y la bala le había herido causándole la muerte instantánea.
¡El destino es inexorable y ciego!.. ¡La muerte no mide distancias!... ¡Lo desconocido está a un solo paso!... ¿Quién puede detenerlo?
Fuimos al hospital, que se había instalado en el local de la estación radiotelegráfica; allí estaban los restos del que fue Castillo. Tenía la camisa toda llena de sangre arremangada hasta el cuello, y el pecho descubierto, se notaba en él un punto insignificante debajo de la tetilla izquierda, completamente limpio: era el orificio de entrada del proyectil; descansaba en una mugrienta mesa, en la que todavía quedaban algunos papeles, los demás habían sido tirados al piso para desocuparla; la habitación estaba sucia: paredes pintarrajeadas con leyendas groseras y toscos dibujos, las puertas deshaciéndose y el piso lleno de polvo y desperdicios; una ventana con rejas le daba el sombrío aspecto de un calabozo; un farol en otra mesa y otro colgado del dintel de la principal, alumbraban mortecinamente con lúgubres destellos.
El teniente organizó la guardia: se quedaron trece hombres para tres turnos de guardia; cuatro con el fusil al hombro se colocaron cerca de cada ángulo de la mesa en que reposaba el cadáver, los otros los reemplazarían en turnos de una hora y uno se quedó al mando del grupo; los demás de la sección volvimos al cuartel.
Al día siguiente después del desayuno regresamos al hospital para relevar a los de la noche y permanecimos hasta el mediodía, cuando fuimos relevados. La autopsia fue practicada por dos capitanes de sanidad, uno de ellos amigo nuestro, en cuya operación constataron que el proyectil no había tocado el corazón, pero sí atravesado muy cerca una de las venas cavas, lo que le produjo una hemorragia interna que le causó la muerte. Terminada a autopsia fue vestido con su uniforme de gala y colocado en una improvisada capilla ardiente en otro salón, de cuya limpieza nos ocupamos, y continuó la guardia de los cuatro centinelas.
Uno de los que había presenciado el accidente nos relató lo sucedido: pasada la alarma que puso en conmoción a todo el agrupamiento, Castillo estaba abandonando la trinchera donde estuvo su Compañía, cuando de repente regresó en busca de la carabina que había dejado al lado de un cañón; el foso no era muy profundo, pero, para no bajar, se inclinó tratando de cogerla por el cañón. No se dio cuenta nadie si al subirla tropezaría en algo, se engancharía el disparador o se le escaparía de la mano, cayendo de culata al fondo, solo oyeron el disparo que lo hirió, su grito de dolor: ¡Ay carajo!... ¡Me maté!... y lo vieron caer al fondo de la trinchera. Lo auxiliaron dos soldados, vendándolo de inmediato con una venda del paquete individual, lo embarcaron en la lancha para cruzar el río y lo condujeron al hospital. Lo embarcaron con vida, pero el viaje fue como de media hora y cuando llegaron ya era cadáver.
El sepelio realizado a las 4 de la tarde, fue de impresionante sencillez: el ataúd, una simple caja de madera sin adornos, mandada hacer en el único sitio posible, la hacienda La Victoria, y una cruz de flores silvestres, confeccionada en la Tercera Compañía; fueron todo su aparato funeral.
Durante toda la mañana desfilaron, silenciosa y gravemente, clases y soldados junto al catafalco; después del almuerzo, lentamente fue concentrándose frente al edificio todo el agrupamiento, sin haber mediado ninguna orden. Es posible que hasta los servicios de guardia fueran abandonados.
Cuando llegó la hora salió el féretro en hombros de cuatro oficiales, la bandera cubría el ataúd y sobre ella descansaban su kepí y su espada; la oficialidad, con el comandante y el Estado Mayor a la cabeza; seguía detrás, la Tercera Compañía que arrastraba el duelo y la Primera haciendo la guardia de honor; el resto de la tropa, los clases, hacían un compacto acompañamiento a los lados y detrás del cortejo, que desfiló hacia el cementerio. El comandante había mandado construir una bóveda de ladrillos y no obstante la actividad, que habían desplegado Lisbiño Elaluf, que hacía de albañil y sus ayudantes, cuando llegó el cortejo aun no estaba terminada.
El féretro fue depositado sobre dos caballetes frente a la bóveda y el capitán Berrocal leyó una oración fúnebre en términos entrecortados y emotivos; tan hondas y sentidas fueron sus expresiones que todos se conmovieron y muchos, entre ellos Calderón, no pudieron contener las lágrimas.
Concluida la oración el capitán de la Primera Compañía mandó:
- ¡Presenten,...armas!
Se oyó el seco y uniforme golpe de las manos en las culatas y los guardamanos… luego un silencio impresionante y el ataúd fue introducido lentamente...
- ¡Descansen,... armas!
Lisbiño colocó los ladrillos que cerrarían la fatídica boca... solo se oía el ruido de las herramientas... Uno a uno los oficiales, haciendo el saludo militar fueron retirándose...
Aquí terminó la ceremonia. Tres aviones Corsair hacían evoluciones a gran altura; el cortejo empezó a abandonar el cementerio, todos silenciosos y cabizbajos, seguramente reflexionando sobre las últimas palabras del capitán Berrocal:
“Cuando llegue el momento, los ecos de nuestra victoria llegarán hasta tu tumba”.
Castillo nos había dejado amargos recuerdos, pero la muerte es la muralla donde se estrellan todos los rencores, la muerte es la inmensidad donde se pierden todas las pasiones... Castillo era ya el camarada que clamaba sanción contra los que dieron motivo a esta desgraciada campaña, su nombre nos alentaría y haría fieros en la lid... al pensar que él perdió la vida esperando el momento de sacrificarla por nuestra causa, no daríamos cuartel... ¡Le vengaríamos!...
Algo de ira se revolvía dentro de nuestro ser, y mucho de revancha… porque sólo la estulticia de los que se creían dueños de ese pedazo de nuestra carne…de ese jirón de nuestra alma, fue la causa de la muerte de Castillo y de Luján…por eso, más que nunca, el grito implacable del hombre de la selva, el último verso de nuestra marcha ¡A Leticia! que salía muy del fondo de nuestros corazones, habría estremecido a los mercenarios y a sus viles comerciantes.
“... en la selva retumba solo un grito:
es nuestro Leticia o juremos morir”

jueves, 24 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXII

La íbamos pasando perfectamente. Casi agradable fue estar en Puerto Arturo con jefes como Rospigliosi y Mogrovejo; para mayor satisfacción, algunos del “Estado Mayor”, antes separados por circunstancias del servicio, podían estar cerca; Sifuentes se reincorporó a nuestra Compañía, Bardalez quiso hacer lo mismo, pero lo tarde que inició sus gestiones no le permitió conseguirlo, pero, estábamos casi siempre juntos. Según los últimos datos íbamos a Leticia... Creí, ingenuamente, que entonces sí nos iríamos a agarrar con los colombianos...
Conforme había estado anunciado, el R 10 llegó con el coronel Beingolea, Ministro de Guerra. Sorpresivamente recibimos la orden de armarnos, equiparnos y atrincherarnos, para una revista del destacamento en las trincheras. Con cierta emoción esperamos en nuestros puestos de combate, hasta que llegó a nuestra trinchera, acompañado de todo el Estado Mayor; sin un solo comentario que llegara a nuestros oídos, bajó, miró y lo recorrió en toda su extensión, acompañado del coronel Ramos y del comandante Calderón; con un gesto pidió su fusil a uno de los soldados, lo miró detenidamente, lo rastrilló, recogió el cartucho, lo miró con el mismo detenimiento y lo volvió a introducir sin decir una sola palabra; luego subió y pasó a la otra trinchera.
Terminada la revista volvimos a las cuadras y formamos para pasar rancho; después volvimos a formar y esta vez el teniente con un médico pasaron revista para constatar quiénes, por algún motivo de salud u otro impedimento, no estaban capacitados para hacer el viaje por el varadero; todos los enfermos fueron excluidos, algunos con cierta resistencia, entre ellos Campos, que tenía un dolor de muelas que parecía de 9 meses por la hinchazón. Según los entendidos la caminata por el varadero sería de 4 días, por un camino muy accidentado, lo que hacía que se necesitara de toda nuestra capacidad física.
Luego, siempre en formación, fuimos al tambo que hacía de arsenal, para cambiar nuestra munición; devolvimos la FH, que se había comprobado que estaba fría en un 60 % y recibimos la FN, que debía estar mejor, aumentando nuestra dotación a 200 cartuchos. Eran las 11 de la noche cuando volvimos a nuestro corredor, con la orden de estar armados y equipados a las 5 de la mañana.
La impaciencia que nos dominaba hizo que a las 4 empezáramos nuestros preparativos y estuviéramos listos mucho antes de las 5; de este modo todavía esperamos para la distribución de los víveres que nosotros mismos debíamos conducir. En tal distribución, a Benjamín y a mi nos tocó 25 kilos de arroz a cada uno y convinimos en que alternativamente, uno llevara los equipos y el otro los 50 kilos de arroz; luego nos dieron cigarrillos, fósforos, jabón, por último el desayuno y... ¡en marcha!
Eran las 7 de la mañana cuando nuestra Compañía arrancó; la sección de comando que era la nuestra, salió la primera, luego en orden las siguientes y tras de nosotros los cañones antiaéreos; el camino estaba bueno por lo seco, pero era muy desigual; Benjamín caminaba delante con el arroz, yo detrás con los equipos.
Los zapatos flojos me obligaron a detenerme antes de la media hora de camino; estaba sin medias y sentía que se me estaban desollando los pies; saqué las vendas que tenía en el bolsillo y me los envolví. En el primer alto para cambiar de carga pregunté a Benjamín como tenía los pies y me contestó que sentía una ampolla; le aconsejé que se los vendara, cambiamos de carga y continuamos el camino. La cosa era seria, 50 kilos encima y unas subidas y bajadas en las que había que encomendarse al santo patrón de los cargueros, empezaron a sacarme el alma.
La primera Compañía que salió delante de la tercera se atrasaba notablemente; en el camino pasábamos a muchos casi derrengados y a otros tirados en el suelo tomando aliento. No sé de dónde pudimos sacarlo nosotros para continuar caminando, aunque lentamente, así y todo llegamos a Esperanza poco después del mediodía y casi los primeros. Poco a poco fueron llegando los demás, pero Eleazar y Acosta no aparecían; nos enteramos de que, además de haber sido su sección la última en salir, les había tocado transportar una caja de azúcar de 40 kilos a cada uno... ya me imagino cómo se las verían. Llegaron entre los últimos pero sin la carga, pues se vieron obligados a buscar ayuda que felizmente encontraron; a pesar de todo estaban de muy buen humor y con mejor apetito. Después de comer el rancho frío, como teníamos azúcar a discreción, preparamos un delicioso shibé* que nos lo tomamos con fruición y luego nos tendimos a descansar.
Mucho después del mediodía llegó el teniente y bastante entrada la noche la sección de cañones antiaéreos, pues el pesado equipo que transportaban les hacía muy penoso el camino. Fue por esto que no obstante no ser Esperanza la meta de la primera jornada, no continuamos la marcha.
Tres casas grandes construidas exclusivamente con madera, sobre horcones de huacapú* a una altura de dos metros aproximadamente, al centro de una bella arboleda de frutales: eso era Esperanza. Mirando a través de las puertas de las casas, con amplios corredores, se veía restos de pasado esplendor y comodidad de los caucheros, sus antiguos propietarios. Doña Elena, una señora de edad, a quien se vio muy a la pasada y parecía ser la dueña, pareció no darse por enterada de la presencia de tan numerosa tropa. Rondando por los alrededores, después de un breve descanso, vimos algunas indias, que seguramente eran sirvientas de la casa; más tarde, al ver que se marchaban al centro, pensamos en el acierto de la respetable matrona, que trataba de evitar complicaciones por la presencia de la tropa.
La mayoría de ésta agotada por el duro viaje, se dedicó al descanso, pues la hora de partida estaba señalada para las 2 de la mañana, hora en que, según los entendidos habría salido la luna; algunos, más frescos en todos sentidos, pensaron en las indias, aguijoneados por los tres meses de forzada abstinencia sexual y tan pronto como anocheció, empezaron, como gatos en celo, a rondar por todas partes a favor de la oscuridad. Algunos se subieron al emponado de la casa debajo de la cual nos habíamos acomodado, encontraron lo que buscaban y empezaron a oírse carreras y gritos apagados: ¡Deja!... ¡Deja!... de pronto un ruido sordo como la caída de un bulto pesado al patio de la casa... posiblemente alguno que habría sido empujado o por no conocerlo tropezaría cerca del borde y se iría del piso... además era posible que las indias, no todas fueran asequibles y se resistieran...
Y La señora Elena sin dar señales de vida...
Como no era posible conciliar el sueño, nos pasamos la voz y resolvimos ir en busca de las indias, que, al parecer se habían ido al centro, pero que, según alguien que se había informado oportunamente, tenían sus tambos cerca.
La noche no estaba muy oscura y el camino era despejado; no caminamos ni media hora y distinguimos los tambos, en algunos de los cuales había luz. Caminamos con más cuidado y en silencio, pero, a medida que nos aproximábamos, notamos que se habían dado cuenta de nuestra presencia: oímos voces, pasos precipitados y vimos cabezas que asomaban a mirar por las puertas.
Éramos seis; llegamos calmadamente y elegimos el tambo más grande que tenía luz, tres se introdujeron e inmediatamente salieron algunas indias con intención de huir, algunas lo lograron, pero, al parecer, solo hacían el ademán, porque tan pronto como dimos alcance a 3 de ellas, que las vimos atractivas, se sometieron dócilmente, dando la impresión de estar habituadas a no oponer resistencia. De otro modo no hubiéramos encontrado la forma de entendernos.
Lo curioso fue que no encontramos ningún hombre, lo que fue una ventaja, pues su presencia nos habría creado problemas.
Ya era cerca de la medianoche y la oscuridad que disminuía notablemente, anunciaba la salida de la luna; una luz tenue dibujó borrosamente las formas que se apretaban y desprendían en un rechazo obsecuente que excitaba el deseo, ofreciéndose y esquivando la atracción de la carne en un natural, suave y huidizo ondular de cintura; sombras que caían voluptuosamente al lado de las puertas, en el húmedo hierbal, en el tibio suelo, sin otra manifestación que leves quejidos, hondos suspiros de placer… Cuerpos broncíneos, primitivos, semidesnudos, de aterciopelada firmeza que al tacto se erizaban suavemente, ardientes pero pasivos, oliendo a naturaleza, a flores silvestres, a palo de rosa; rodaron estremecidos en una entrega de holocausto...
A las dos de la mañana estábamos equipados y listos, la marcha se inició a las 3 y cuando la Tercera Compañía partió, eran las 5; la luna alumbrando esplendorosamente parecía acompañarnos. El camino fue peor que el del día antes: mas quebrado, más fangoso; menos mal que para la preparación de rancho nos consumieron parte del arroz que conducíamos, por lo que nuestra carga disminuyó notablemente. Encontramos unos puentes que para pasar había que hacer equilibrios de funámbulo; mas de uno fue a parar al fondo de una quebrada. Felizmente la suerte me acompañó y todo se redujo a tremendos resbalones que causaban la hilaridad de los compañeros, que no esperaban la caída para justificar el refrán: “Cuando un prójimo se cae los demás se ríen”.
Como a mediodía llegamos a un río, que de verlo tan solo ponía los pelos de punta: más o menos de 40 metros de ancho parecía un torrente, cuya peligrosidad aumentaba los innumerables palos prendidos y atravesados que se atascaban al no poder ser arrastrados por la corriente y hacían una “palizada”, con ruidosos y profundos remolinos.
Ya muchos habían cruzado por sus propios medios, otros sirviéndose de unos indiecitos como guías, porque conocían cuáles palos eran los que debían utilizarse para apoyar los pies. Contratamos a dos de ellos por tres cigarrillos y un pan a cada uno, para que se llevaran la carga, mi equipo y el de Benjamín; solo nos quedamos con nuestros fusiles y nuestra munición, nos quitamos los zapatos y seguimos a los indiecitos por los troncos a flor de agua, pisando donde ellos ponían los pies; el agua corría tanto que amenazaba llevárselos, y hacía perder el equilibrio, pero nuestros guías caminaban como si lo estuvieran haciendo en tierra firme.
La casa donde acampamos iba llenándose con los que llegábamos; el teniente había mandado preparar una infusión de té con aguardiente, la que nos sirvieron antes de la comida, cosas ambas que repusieron nuestras fuerzas. Pensó el teniente que debíamos salir a las 7 de la noche, pero no fue posible porque la luna debía salir aproximadamente a las 12 y hasta entonces la oscuridad nos habría perjudicado notablemente por lo impenetrable de la selva.
Los que si marcharon para esperarnos con el desayuno fueron los rancheros.
Pero la cosa fue como para arrepentirse. Salimos a las 3 de la mañana con una magnífica luna, después de tomarnos una sabrosa taza de café, íbamos en pos de la tercera jornada, que los conocedores - que no faltan o que se hacen - decían ser de 8 horas… ¡Aldabas!... caminamos hasta las 4 y media, estábamos agotados y a cada media hora nos deteníamos a descansar… Llegamos a una quebrada que decían ser Caimito, los rancheros, de brutos o malvados habían pasado de frente con la intención de llegar al río Algodón, pues el teniente al encontrarlos muy cerca, preparando el fuego para la cocina, les ordenó que caminaran más... Por eso cuando llegamos, con un hambre de dos mil demonios, encontramos que recién estaban preparando la comida, no los rancheros precisamente, sino los que primero habían llegado.
El teniente estaba que echaba chispas y habló de castigarlos ejemplarmente, pero, su mayor castigo, creo yo, fue dormir al raso, porque no pudieron llegar al río Algodón.
Los tambitos eran pequeños y estaban deshaciéndose, pero el cansancio nos lo hacía ver como palacios; la sección de cañones volvió a atrasarse, era ya casi noche y aun faltaban muchos de los que la componían.
El dármela de vivo me provocó un incidente desagradable. Se había establecido en cada sección un orden nominal para entregar diariamente parte de los víveres que conducíamos, para la preparación del rancho, según el consumo, el peso del artículo, etc., al que debíamos sujetarnos todos, pero, tratando de terminar con la carga que nos dieron, cuyo peso aumentaba nuestra incomodidad y cansancio hice ofrecimiento de dos paquetes de cigarrillos a uno de los rancheros, a cambio de que me recibiera todo lo que nos quedaba, pese a que no nos tocaba el turno ni a Benjamín ni a mí; solo aceptó la mitad, 20 kilos, que ya era bastante.
Estaba entregándolo, cuando alguien a quien no vi, egoísta o envidioso, le pasó la voz al cabo, éste se acercó corriendo y gritando:
- ¡Devuelva ese arroz!... ¡A ese no le corresponde entregar nada!
Llegó cerca y me pegó un empujón, que por estar en cuclillas me hizo rodar de espaldas, derramando una buena porción del arroz en el suelo. Me levanté violentamente, con ánimo de agredirlo, pero, sintiéndome culpable traté de dominarme y con tono, posiblemente, poco conciliador le advertí:
- Está bien, pero hay que tener maneras para tratar a la gente.
- ¡Yo los trató como me da la gana! - me gritó - ¡Soy tu cabo! - y dándome otro empellón me amenazó:
- ¡Fuera de aquí o te voy a sacar a puntapiés!
Lleno de ira y sin poderme contener le grité:
- ¡Tú eres una pobre y triste mierda!
Benjamín recogía el arroz para llevárselo; algunos compañeros se habían reunido en círculo en torno nuestro. Al oír el insulto se me vino encima con un directo a la cara, que esquivé, pero el puño pasó haciéndome el efecto de una brasa aplicada a la oreja; al encontrar el vacío dio un traspié y chocó contra el grupo que se había reunido; se volvió como un relámpago, pero yo esperaba, simultáneamente nos dimos un violento puñetazo en el pecho que nos hizo retroceder; alguien me sujetó por detrás y oí una voz que me dijo:
- ¡Cuidado!... ¡Piensa lo que estás haciendo!...
El cabo se me venía encima amagando un puntapié al estómago; apenas tuve tiempo de levantar la planta del pie para encontrarlo, lo que hizo que perdiera el equilibrio... yo seguía sujeto... hice un esfuerzo violento, me desprendí y me le iba a ir encima, cuando apareció Valles interponiéndose entre los dos:
- Qué pasa - dijo con una calma desconcertante.
- Nada, mi sargento - dijo el cabo - ¡Cosas de hombres!
Semejante actitud aumentó mi desconcierto; yo esperaba una serie de acusaciones y gritos clamando sanción.
- Bueno - dijo Valles - entonces se acabó. Para ejercicio basta, mañana tendrán oportunidad de probar que son hombres, no trompeándose sino caminando...
Y se fue. Miré a todos los que nos rodeaban buscando a quien me había sujetado; estaban todos los amigos con la cara más inocente del mundo; iba a preguntar cuando Acosta me cogió del brazo y acercándome al cabo le dijo en tono jocoso:
- Cuando termine la campaña dedíquense al box, son muy buenos, por ahora los declaro tablas.
Y cogiendo a ambos por el puño nos levantó la mano, todos rieron, el cabo estaba serio igual que yo, pero en ese preciso instante apareció corriendo Sifuentes, con una botella en la mano, se puso en el centro del círculo, vació de su contenido en una jarra que tenía y dándosela al cabo le dijo:
- ¡Estas son cosas de hombres!... Tragos, mujeres y pelea, pero, ¡siempre amigos!... ¡Salud!
Bebió el cabo, le devolvió el jarro que Sifuentes llenó de nuevo y me lo pasó diciendo:
- ¡Tragos, amor y alegría, lo demás es porquería!
- ¡Salud! - le dije y bebí. ¿De dónde habría sacado ese menjurje si ya no estaba en la farmacia?... ¡Secreto profesional!...
Bebieron hasta donde dio el contenido de la botella, quitándosela unos a otros...

Resultó, según los indios que encontramos, no ser Caimito el lugar donde habíamos llegado, pese a haber caminado desesperadamente; era Uvilla Grande... ¡vaya nombrecitos!... De este modo salimos a las 11 de la mañana, solo para llegar a Caimito, pues el cuerpo reclamaba descanso.
El subteniente Mogrovejo cayó enfermo; se le notaba que sufría pero trataba de sobreponerse y caminar igual que nosotros; el doctor Ponce también se puso mal, alguien afirmó que le había atacado el “beriberi”, porque se le hincharon las piernas, tanto que no podía caminar y fue necesario poner una hamaca en un palo, acostarlo en ella y que dos lamistos lo condujeran como en angarillas.
Hablando de los lamistos, cuyo gentilicio viene de Lamas, a quienes el vulgo les atribuye una idiosincrasia torpe, sin ingenio, muy fácil de ser engañados, demostraron no solo ser verdaderos camaradas, brindando ayuda a cuantos, agobiados por la fatiga y el peso del equipo, ya no podían caminar; tomaban la carga y los bárbaros estos, con más de 70 kilos encima, nos daban alcance y pasaban corriendo como “huanganas”... ¡Qué lomos tan fuertes!... Y nada pedían, quedaban contentos con algunos cigarrillos o cualquier obsequio que se les hacía.
Caminamos solo dos horas aproximadamente y llegamos a Caimito; los tambos eran algo mejores que los de la jornada anterior, pero a nosotros nos daba igual, el caso era descansar y así lo hicimos, hasta que toda la expedición estuviera completa y se rehiciera para las dos últimas jornadas, que fueron como para probar que no se trataba de una excursión, sino de la marcha de una tropa en campaña de verdad, arrostrando todas las inclemencias de la selva.
Partimos a las 6 de la mañana y todo el día caminamos entre fango, subidas y bajadas, cruzando puentes hechos de troncos vacilantes, sufriendo resbalones y caídas adornadas con pintorescas y coloridas maldiciones, bajo el peso de nuestra abrumadora carga. A las 4 llegamos al tambo, Benjamín y yo entre los primeros; era amplio, pero, a través de unas aberturas que la inclemencia del tiempo fue dejando en el techado, se veía agolparse negras e intranquilas nubes amenazando tempestad. Apenas terminamos de comer se desencadenó un chaparrón tan fuerte, que tanto daba estar fuera como dentro del tambo; esto basta para dar una idea de como estábamos empapados, nosotros y nuestros equipos; cuando cesó de llover nos dispusimos a pasar la noche de cualquier manera, tratamos de secar al fuego parte de nuestras prendas y preparamos nuestros lechos: unos periódicos viejos sirvieron para protegernos del frío que nos quería penetrar hasta los huesos y hacíamos por olvidar lo húmedo del piso para dormir... ¡Imposible!... como a la media noche otro chaparrón y al amanecer otro más prolongado nos obligó a levantarnos para no mojarnos acostados. .. El agua corría por dentro del tambo como si éste no existiera; a pesar de todo preparamos el equipo, desayunamos, recibimos el rancho frío y emprendimos la última jornada como a las 7 de la mañana.
El camino... ¡ni hablar!... era todo fango, seguía lloviendo...resbalando aquí, cayendo allá, entre las tahuampas* que la lluvia había hecho más profundas, seguimos entre risas, chistes y miles de maldiciones… ¡Cuidado que te vas a mojar!.. ¡Fíjate donde vas a caer para no ensuciarte!... ¡Ven para levantarte!.. ¡Maldita sea mi suerte!...
Tres horas tardamos en llegar al río Algodón y mientras, había cesado la lluvia lentamente; la ropa se nos iba secando en el cuerpo, pero estábamos sucios hasta los forros.
El río estaba crecido y le calculé unos 50 metros de ancho, pero felizmente no era muy correntoso y no teníamos que pasarlo por sobre vacilantes palos flotando en el agua: un hombre con una balsa de palos en la que embarcaba 10 o 12 de los que iban llegando, por medio de un grueso cabo de Manila, sujeto a ambas orillas del río, los pasaba como en un funicular. La balsa era pequeña y con el peso parecía que fuera a zozobrar, pero el hombrecito era experto dando órdenes de colocación y distribución de los pasajeros.
Ya en tierra firme y sin siquiera dar las gracias al amigo aquel, seguimos caminando; habíamos resuelto no comer el rancho frío antes de las 12, pero el reloj de nuestros estómagos se adelantó y no pudimos resistir el hambre mucho antes; nos sentamos en un tronco caído, al borde del camino y nos pusimos a comer. Estábamos terminando cuando pasó el teniente con un grupo y viendo lo que habíamos estado haciendo nos dijo:
- ¡Aun faltan 6 horas de camino y sin rancho les va a cantar la alondra!... Nos reímos, recogimos nuestra carga y seguimos tras el grupo.
Ya empezaba a aburrirnos el camino y fatigarnos la carga cuando notamos desmontes a los lados del camino; esto nos animó y seguimos más de prisa; encontramos gente trabajando en la construcción de un camino carrozable y más adelante un camión, pensamos inmediatamente en Zubiaurr, quizá estuviera cerca, pero los que allí trabajaban y fueron preguntados no supieron darnos razón; ni lo conocían. Después nos enteramos que aprovechó de su viaje y con el carácter que se manejaba, había conseguido seguir hasta Iquitos... ¡Feliz él!...
Por fin llegamos a Santa Elena, a orillas del Tambor Yacu; todo lo que vimos fue algunas tropas, pero había una falda: la de la enfermera, que para mal de nuestros pecados era joven y bonita, pero nada asequible a pesar de su amabilidad profesional. Pretextando necesitar mercurio cromo para unos rasguños, fuimos a verla; ella nos miró entre risueña y burlona, nos mandó a bañarnos, y que regresáramos para que ella nos lo aplicara. No quiso decirnos ni su nombre y aunque nos lo hubiera dado inventado, igual nos hubiera complacido.
Dos embarcaciones estaban acoderadas: la “Meteoro” y la “Cahuapanas”; nos quitamos el equipo, pusimos a secar al sol toda nuestra ropa y nos metimos al río para quitarnos toda la porquería que teníamos encima, pues nos habían dicho que nos embarcaríamos inmediatamente. El colmo de la buena suerte fue que el patrón de la “Meteoro” resultó ser Brunner, cuñado de Juan José, quien, antes de salir, se había enterado del viaje que haríamos y le tenía una encomienda de dulces, que la disfrutamos inmediatamente.
Como a las 5 empezamos a desfilar para embarcarnos; éramos tantos para las dos embarcaciones, que, totalmente estábamos como sardinas en lata y por un momento creí que no tendríamos sitio para dormir; pero todo se resolvió: muchos lograron colgar sus hamacas, porque se embarcaron los primeros, otros sentados, tirados sobre la cubierta donde fue posible, se acomodaron. En lo que a mí se refiere mi experiencia me hizo encontrar un sitio apropiado, aunque peligroso, porque estaba sobre la borda de la proa, donde puse mi hamaca y antes de que empezáramos a navegar, lo que sucedió a las 11 de la noche, yo estaba acostado.



SHIBE*.- Fariña y agua; bebida muy usada por los trabajadores de la selva. Con azúcar o chancaca resulta más agradable.
HUACAPU*.- Médula o corazón de un árbol de la selva. Recto, durísimo e incorruptible.
TAHUAMPA*.- Terrenos permanentemente anegados.

lunes, 21 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXI

Concluidos los festejos del año nuevo, en las horas de descanso y esparcimiento que la nueva organización nos brindaba, el subteniente Mogrovejo nos hizo partícipe de la idea y preparación de una velada teatral que proyectó realizarla en celebraci6n del día de Los Reyes. Sin detenerse a pensar en las dificultades que el medio y la situación habrían de ofrecernos, nos lo propuso y todos los del “Estado Mayor” le ofrecimos la más amplia colaboración.
En un nuevo tambo que estábamos construyendo, empezarnos a poner lo que creímos necesario para el caso, como se había proyectado, tanto como lo permitieron las limitaciones que teníamos que afrontar.
Al entusiasmo y buena disposición de ambos oficiales se sumó el deseo de cooperación de toda la Compañía, buscando que resultara brillante y entretenido el espectáculo. La preparación del programa, cuyos números fueron creación de Mogrovejo y de algunos miembros del “Estado Mayor”, no ofreció las dificultades que se tuvo con el escenario. En cuanto a éste, pese a que pusimos gran empeño en terminarlo aún nos faltaba mucho, pero, desde las primeras horas de la mañana, el mismo día de la fiesta, continuamos con su preparación y tuvimos que hacerlo a las carreras, para terminarlo a la hora conveniente, y no faltaron el telón de boca, los decorados, bastidores, candilejas y hasta camerino para los actores. En la preparación del programa la mayor dificultad estuvo en conseguir los trajes apropiados para los improvisados actores en sus respectivos papeles, pero nos ingeniamos de tal modo, que pudo decirse que todo estuvo completo.
La dirección, por supuesto, corrió a cargo de Mogrovejo y a las 8 de la noche se inició el espectáculo. El comandante Calderón con todo su Estado Mayor, para quienes se preparó un estrado especial, fue cordialmente invitado y como buenos militares fueron puntuales; igualmente la oficialidad y tropa de todas las unidades del destacamento. Todos se acomodaron en una gran explanada que se preparó frente al tambo que servía de escenario, de pie, sentados en el suelo y muchos en banquitos que improvisaron o llevaron precavidamente.
El primer número fue el Himno Nacional, cantado por nuestra Compañía, pero a su voz se unió la de todos los presentes; luego Mogrovejo leyó el clásico discurso de ofrecimiento, breves palabras de emotiva significación, que ponían de relieve el momento nacional que estábamos viviendo, lo que significaba para toda la Nación, y para sus sentimientos de militar, y plasmaba el de todos sus colegas en el sagrado deber de velar por la integridad del territorio patrio. Su arenga hizo vibrar de emoción y arrancó nutridos aplausos.
A continuación se presentó un cuadro alegórico alusivo a nuestra campaña: en el fondo, en un pedestal, la Patria, haciendo flamear en la mano izquierda la bandera nacional y con el brazo derecho extendido señalando al Este (el cabo Ruiz Soto, con un mosquitero como túnica, dos pedazos de venda del paquete individual, un gorrito blanco y rojo, una banda de resistencia en la cintura, un poco de harina y unas gotas de tinta roja en las mejillas y dos panes redondos en el pecho.. . quedó convertido en Patria, con tal apariencia, que hizo tragar la saliva a más de uno) cuatro soldados con la bayoneta armada en actitud de ataque; Juan José tendido junto a una ametralladora en actitud de dispararla y un soldado alimentándola, todo en un campo verde de arbustos y hojas naturales y en el lado opuesto un letrero luminoso, como ardiendo en llamas,
en el que se leía Leticia.
Estaba dispuesto con tal arte y acierto, que el mensaje que encerraba llegó directo e instantáneo al pensamiento de todos los concurrentes arrancándoles prolongados aplausos.
Calmados los aplausos, nuestra Compañía, entre bastidores, empezó a cantar nuestra nueva marcha ¡A Leticia! haciendo el solo en las estrofas nuestro barítono César Ríos Ruiz. Al terminar el primer coro, cuando Ríos comenzó la primera estrofa, de pronto, por grupos, todos fueron poniéndose de pié; se notaba en el ambiente una emocionada expectación, algo así como un galvánico enlace que hacía estremecer el medio millar de soldados que de cualquier modo estaban acomodados frente al escenario y al terminar, una cerrada ovación estremeció la selva con palmas y vivas interminables.
Cuando cayó el telón y se calmó la emoción, una avalancha de oficiales y clases invadió el escenario por ver a la que creyó chica y averiguar de dónde la habíamos sacado. Se llevaron un chasco al encontrarse con todo un cabo de la Compañía, quien, por si acaso, se estaba despojando de sus atavíos femeniles más que de prisa.
Los demás números fueron recibidos con el mismo entusiasmo.
El drama “El desertor”, escrito por el subteniente Mogrovejo e interpretado por Humberto Campos, Lizardo Paredes y el cabo Lizarriba, cosechó muchos aplausos; una pantomima de ventriloquia, efectuada con muñecos de carne y hueso fue otro número del gusto de los concurrentes; el sketch titulado “En una cantina de Iquitos”, interpretado por los sargentos Valles y Del Águila hizo desternillarse de risa y culminó con la canción “Desgraciao”, todo original de Pacarmón y cantada por él mismo, fue premiado con grandes aplausos. Hubo además canciones y motivos regionales, muchos de los cuales merecieron el bis.
La actuación terminó muy cerca de las 12, el comandante se retiró complacido y según oyeron algunos, emitió conceptos elogiosos sobre el entusiasmo de la tropa y la iniciativa de los oficiales.
Se había preparado una ligera cena para agasajar a los concurrentes, algo así como una retribución a la atención de fin de año de la Cuarta Compañía, que se sirvió al concluir la velada; los que habíamos hecho de actores fuimos invitados al tambo de los oficiales, donde estaban varios de las otras unidades, entre ellos Carlos Barriga, de la Primera, Vargas Llosa, de la Cuarta, y el teniente de la Armada, Julio Elías.
Al día siguiente en la Orden del Destacamento, el Comando felicitaba a la Tercera Compañía, a los oficiales que la comandaban y en forma especial al soldado Pacarmón, por ser autor de la marcha “A Leticia” y de la canción “Desgraciao”.
Y así concluyó una actuación feliz.
Todavía comentábamos el notable cambio de nuestra suerte, cuando de repente cundió una noticia inesperada… ¡que íbamos a bajar a Puerto Arturo para tomar el varadero de Santa Elena!...
Luego de pasar lista e izar la bandera, cuando nos disponíamos a iniciar la tarea diaria, se oyó el toque de llamada de tropa; corrimos a formar, y sin mayores comentarios el teniente designó 10 hombres, los envió al Comando y al resto a cortar leña; estaba yendo con éstos cuando me llamó para llevar una comunicación al Comando; me animé a preguntarle qué estaba pasando y me dijo:
- Mañana se embarca todo el destacamento con dirección a Puerto Arturo, pero, esto es sólo para usted, ¡no se lo diga a nadie!.
Partí corriendo y en el puerto me encontré con una gran animación: los 10 hombres de mi Compañía que habían sido designados por el teniente en unión de muchos más de otras unidades, estaban embarcando los víveres en una de las lanchas, otros estaban haciendo lo mismo con la munición y las herramientas. Volví y comprobé que había sido inútil la recomendación de discreción que me hizo el teniente… ya todo el mundo sabía la noticia y hasta con más detalles.
Los panaderos recibieron la orden de hacer tres mil raciones de pan de tropa y mil de oficiales... ¡había que ver la actividad que todos ponían en el trabajo!... ¡Parecían máquinas!... Un poco más tarde la “Libertad” zarpó para Inonías a traer la sección que allí estaba destacada.
La lancha “San Miguel” que llegaba de Iquitos y cuyo arribo nos había sido anunciado y la esperábamos ansiosamente,, llegó después, muchos fueron a ella, pero yo no pude hacerlo y con los que me quedé pasamos como tres horas de inquietud, hasta que llegaron con montones de cartas y encomiendas, que el mismo teniente se puso a repartirlas. Los de nuestro círculo teníamos de unas y otras, las recogimos y fuimos a un rincón del bosque a revisarlas; cartas y encomiendas fueron devoradas, primero las unas y luego los dulces, pastas y licores, compartiendo de éstos los sargentos Valles y Del Águila, a quienes invitamos. Mientras tanto llegó la hora del rancho, pero no nos conmovió el toque… ¡quién iba a comer rancho de tropa teniendo tantas exquisiteces!...
Al día siguiente volvió la “Libertad” y fuimos a ver a los compañeros; cierto fue que todos estaban enfermos, unos peor que otros, pero ninguno sano. Estábamos tan contentos que hasta tuvimos la delicadeza de saludar a Cornejo.
Había sido anunciada la llegada del Ministro de Guerra; el avión que debía llevarlo llegó al atardecer pero sin él; no nos preocupaba que no hubiera llegado, porque teníamos impaciencia con nuestros preparativos, con los que continuamos hasta cerca de la medianoche y ya pasada; listo nuestro equipo traté de aprovechar el resto de la noche soñando en el tan esperado regreso. Eleazar, que estaba de imaginaria, se encargó de despertarnos a las 4 de la mañana y a las 4 y media estábamos listos y en formación para embarcarnos. Sin perderla desayunamos, saliendo por turnos, equipados como estábamos.
Así y todo fuimos los últimos en hacerlo en la alvarenga* de la “Libertad”; eran ya las 6 de la mañana.
¡Adiós Todos Santos!... Los muchachos estaban contentísimos, a Campos se le ocurrió cantar nuestra marcha ¡A Leticia!... Todos lo acompañamos... los oficiales en cubierta de primera de la lancha nos observaban.
Empezábamos a navegar; a bordo el entusiasmo era delirante... Cuando pasamos a lo largo del campamento se vio a los que se quedaban, correr a la orilla para vernos pasar: eran los de la Primera Compañía y los zapadores, que ya no habían cabido en las lanchas y tenían que esperar su regreso.
Al terminar el canto retumbó en las lanchas un grito unánime, nutrido, potente, decidido como una amenaza... ¡A Leticia!... Y hacia allá marchábamos.
Como a las 5 llegamos a Puerto Arturo; desembarcamos inmediatamente y nos dirigimos al mismo alojamiento que habíamos ocupado antes, con tan mala suerte que ya alguien había ordenado que se instalara en él la sección de cañones antiaéreos... ¡Se estaban convirtiendo en nuestra sombra!... Como no había otro sitio, tuvimos que acomodarnos en el corredor, donde no había cómo poner hamacas, de manera que dormimos, como había dicho el soldado de la velada de Reyes, “sobre la pona”...



ALVARENGA*.- Tipo de embarcación sin motor, anexada a otra motorizada.

sábado, 19 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XX

¡Año Nuevo!.. Todo hacía suponer que lo iríamos a pasar mejor de lo que hasta entonces lo habíamos pasado; el nuevo jefe de nuestra Compañía estaba demostrando ser un verdadero militar y una gran persona, todo lo hacia en la medida de lo razonable y a cada día teníamos nuevas oportunidades de comprobar y reconocer sus acertadas disposiciones: la alimentación mejoró notablemente, la organización del trabajo lo hizo casi placentero y lo más importante, la instrucción y los ejercicios militares empezaron a hacerse con regularidad.
Las últimas horas del año que se iba la pasamos en un ambiente de desbordante alegría; casi al anochecer llegó Sifuentes a nuestro campamento con todo lo necesario para celebrar dignamente el advenimiento del nuevo año; varias botellas de licor que quien sabe como las habría conseguido. Eleazar intervino en la preparación de varios menjunjes, que a medida que iban apareciendo los íbamos catando para dar fe de su calidad, haciendo cálidos brindis por las cualidades de todos los presentes y en recuerdo de nuestros queridos ausentes.
Ya bien entrada la noche y con los vapores en la cabeza nos dirigimos al campamento de la Cuarta Compañía, de cuyos jefes, habían recibido los nuestros una amable invitación a toda la nuestra, para festejar juntos la recepción del nuevo año, con una cena. El campamento quedaba bastante alejado del nuestro y el camino que conducía a él era muy escabroso, pero la sonriente luna, nos lo enseñaba con toda claridad, casi amorosamente, para evitarnos tropezones o caídas, muy posibles por nuestro
estado etílico. Al verla por encima de todo y tan bella como siempre, no pude menos que pensar en mi novia, que tan lejos estaba… No sentí ni tristeza ni pena…
me había resignado y los tragos me ayudaron a huir de su recuerdo; hablaba como el que más, reía como un loco y ninguno de mis compañeros podía imaginar el negro crespón que a ratos me sofocaba interiormente... Entonces comprendí porqué tantos pretenden ahogar sus penas en el alcohol y sus pesares en las bacanales...
Llegamos al campamento y encontramos una gran concurrencia en la más agitada animación; parecía estar todo el destacamento. Una concertina, un cajón vacío, una lata vieja y dos cucharas eran los instrumentos musicales de una de las orquestas, haciendo mano a mano con otra de un pífano, dos guitarras y una voz enronquecida que lanzaba al aire las típicas notas de una marinera o un chimayche*. A la mortecina luz de varios faroles se veía en un círculo lleno de humo, una confusa aglomeración de gente que bailaba alocadamente a los acordes de esa música y se oían los gritos, palmas y silbidos que hacían coro. En un ángulo alejado un guitarrista arrancaba a las cuerdas de su desvencijado instrumento las notas melancólicas de un viejo valse criollo; la plañidera voz del cantor parecía un lamento de enamorado, una queja de proscrito, que se ahogaba en el griterío.
Contemplando toda esa gente que por un instante olvidaba sus miserias, y sin pensar en el mañana derramaba la alegría que en un rincón del corazón le quedaba, creí comprender lo que es la vida para los humanos; la larga mascarada, la comedia con sus ribetes de drama en la que todos tratamos de actuar con la moderación impuesta por la cultura, con el respeto que exige la civilización, dentro de hipócritas convencionalismos, aparentando lo que realmente quisiéramos ser... Y cuanto más civilizados somos o nos creemos, cuanto más distinguido es o creemos que es, el ambiente en que actuamos, más sofisticados y falsos son nuestros actos, como con un freno, como con un lastre que nos pone las buenas costumbres.
Pero cuando por un instante puede el ser humano despojarse del papel que la conciencia, la educación y la cultura le imponen, cuando hay un estímulo que despierta adormecidos instintos, cuando encuentra un ambiente que excita sus naturales emociones, aflora el personaje escondido, la mentalidad sofocada, el atavismo sujeto, el salvaje incontrolable ,la bestia dormida...
Tal sucede cuando la rugiente e imbécil humanidad saluda un nuevo año, con alegría incomprensible de haber dejado atrás horas, días, de ineludible vivir y quiere gozar la esperanza de otros mejores, olvidando sus miserias morales, insensible a sus dolores físicos, sin reconocer sus limitaciones… esperando un año mejor, sin darse cuenta que es un año menos de vida.
El viejo Cronos, adormecido en el rodar insensible de las horas no cuenta la vida y ha perdido la cuenta del tiempo; cuando la alegría del mundo, en ese leve pestañear de la eternidad, lo despierta de su letargo, sonríe compasivamente, rompe y tira otra hoja de su calendario y vuelve a adormecerse... ¡No cuenta la vida y ha perdido la cuenta del tiempo!...
¿Quién puede afirmar que no está alegre el que ríe, que no es feliz el que canta?... La vida es un engaño y debemos engañarnos nosotros mismos... no debemos salir nunca de los dominios de la fantasía, soñemos con lo lejano como si lo tuviéramos cerca, con lo deseado como si fuera nuestro, con lo imposible como si se hubiera realizado... Solo así podríamos vivir felices…
Guillermo Brown y Fonseca se unieron a nuestro grupo con sendas botellas de un agradable licor, dulce, excitante, pero traicionero... A Sifuentes se le subieron sus vapores en mayor grado que a nosotros y quería bailar con todo el mundo; todos bailaban alocadas marineras y chimayches sin la remota idea de lo que estaban bailando, en medio de los gritos de júbilo y entusiasmo de los que les rodeábamos. Yo me sentía contagiado pero la importuna herida que tenía en un pie me molestaba mucho y me limité a moverme como si estuviera hecho de mercurio y gritaba como un energúmeno.
El furor de la fiesta, como las tempestades de la selva, crecía y amainaba por momentos; músicos y danzantes parecían no sentir fatiga, el entusiasmo estaba en su apogeo... de pronto se oyeron voces como órdenes, pero con tono muy agradable... ¡A la cocina!... ¡A la cocina!...la llamada amenazaba congestión, pero cosa curiosa... no se produjo la avalancha que diariamente se veía a la hora del rancho; en forma casi ordenada entraban y salían, cada uno con lo que recibía de los que estaban a cargo de la distribución, de lo que podríamos llamar cena; primero nos sirvieron una sustanciosa sopa de vaca con una serie de aderezos y cuando la terminamos y fuimos a devolver la cacerola, nos dieron un gran jarro de café con dos descomunales, panes… Muchos repitieron la ración. El subteniente Barbis lo supervisaba todo cumplido y amablemente; lucía una bien cuidada barba que hacía honor a su apellido.
Continuamos la fiesta hasta el amanecer con el mismo entusiasmo y alegría con que empezamos, pero, todo tiene su fin, poco a poco fue vaciándose el tambo que sirvió de escenario a la fiesta; la luz del nuevo día alumbró nuestro regreso, fatigados, vacilantes por la embriaguez, pero el desayuno nos reconfortó y nadie pensó en dormir, primero, porque no era posible que convirtiéramos una cuadra de soldados en una pocilga de borrachos y luego que ya se estaba preparando en nuestra Compañía la fiesta con que debíamos celebrar el Año Nuevo, que superó todas las suposiciones. Los jefes, que estaban demostrando serlo de verdad, parecían querer exteriorizar toda la simpatía y consideración que le merecía la tropa. Hasta entonces parecía habernos tocado la excepción.
Hicieron preparar un almuerzo extraordinario, que por la pompa con que fue servido, resultó más extraordinario aun. Todas las mesas fueron adornadas con ramilletes de flores silvestres, artísticamente colocadas en sus respectivos floreros de “marona”; el agua - reemplazando al clásico vino - en jarras de vidrio, que quien sabe de dónde las sacarían, estaba distribuida a lo largo de todas las mesas, las que fueron colocadas formando una u.
No hubo toque de rancho, a la hora indicada, la secciones, una a una, empezaron a acomodarse; la de cañones antiaéreos, fue la primera en hacerlo, luego la segunda, siguió la tercera, enseguida la primera y por último la de Comando que era la nuestra; Rospigliosi y Mogrovejo se sentaron a la nuestra que ocupaba el fondo. Al tomar asiento los oficiales alguien gritó; ¡Un hurra por nuestros oficiales! ¡Hip!... ¡Hip!... Todos contestaron con un estentóreo ¡Hurra!. . . Era la primera expresión de simpatía que se tributaba a nuestros oficiales.
Nadie había pensado en los brindis y menos en discursos, pero, al terminar el almuerzo, que discurrió en la mayor animación, se produjo cierto silencio y se notaron algunos cuchicheos… ¡Que hable fulano!... dijo uno. ¡Que hable zutano!... gritó otro.
De pronto se puso de pie Pablo Tello del Águila y habló:
¡Compañeros de armas!... En este día tan celebrado, 1º de enero, tributemos una muestra de simpatía a nuestros jefes, deseándoles un feliz año nuevo, haciéndoles la promesa de que en todo momento encontrarán en nuestros pechos, la gratitud por la consideración que nos demuestran y la decisión de ser para ellos soldados resueltos, que les seguirán como baluarte de sus vidas, hasta el sacrificio y el triunfo... ¡Hasta el triunfo, porque la Patria lo exige y solo allá pueden conducirnos oficiales
como los nuestros!... ¡Compañeros!... ¡Vivan nuestros oficiales!...
Se escucharon prolongados aplausos y mirando a los oficiales se les notaba complacidos.
Se levantó luego Humberto Campos Panduro y luego de un breve silencio, estrategia de orador, muy suya, para provocar suspenso, empezó:
¡Compañeros!... ¿Vosotros que sois hombres y habéis pasado muchas veces el año nuevo, habéis pasado alguna vez mas contentos y alegres que hoy?... ¡Nunca!... Por eso, este año se grabará de modo imperecedero en nuestros corazones con el recuerdo de nuestros dignos oficiales. Toda expresión de gratitud no reflejaría el sentimiento que se agita en nuestras almas; por eso compañeros, yo os invito a dar un viva a nuestros oficiales, que suene como el juramento de serles fieles... ¡Compañeros!... ¡Vivan nuestros oficiales!... ¡Viva el año nuevo!... ¡Viva la Patria!
Todos estábamos entusiasmados y aplaudimos a rabiar; los oficiales se levantaron y buscando a Tello y Campos los abrazaron efusivamente.
Se cantó y bailó hasta más o menos las dos de la tarde, al son de una concertina, cajones y canto, orquesta con que se inició nuestro almuerzo. Como había sobrado licor de la preparación Sifuentes, lo seguimos bebiendo desde la mañana abundantemente y luego como aperitivo, motivo por el que estábamos más que alegres, tanto, que desde el amanecer hasta antes del almuerzo habíamos estado dando abrazos de año nuevo a cuanto bicho viviente encontrábamos.
Se acabó el banquete y como en él no había, como en otros de largos manteles y adornos de oropel, camareros o sirvientes, tuvimos que lavar nuestras cacerolas nosotros mismos.
Como a las 4 se oyó el zumbar de un avión; era un Corsair que estaba de exploración, en busca del R 10, que según nos enteramos entonces, después de salir de nuestra guarnición no había llegado a Iquitos, por lo que, en el temor de que hubiera sufrido algún percance, varias máquinas salieron a explorar la región. Volvió a partir el Corsair y al día siguiente recibimos la noticia de que había sido encontrado. Según la versión oficial, una tempestad desvió al R 10 de su ruta, llevándolo hacia el Yavarí, pero afortunadamente logró acuatizar en un afluente lejano: el Yavarimirí, donde fue localizado.
Durante cuatro días fue buscado infructuosamente y ya lo habían dado por perdido; recordamos que en él viajó nuestro capitán y la mala fe con que lo despedimos, arrepintiéndonos de haber deseado su mal, que por poco se cumple, y habría sido el infortunio de sus acompañantes.
Pocos días después llegó de Puerto Arturo la lancha “Libertad”, conduciendo víveres y correspondencia; el sargento Valles fue a ella y regresó con muchas cartas. Por la costumbre de nunca recibirlas, en tono de broma, pero con una remota esperanza, le dije cuando las estaba repartiendo:
- Seguro que no hay ninguna para mí.
- Espera - me contestó y buscando, buscando, con gran sorpresa mía fue entregándome una, dos, tres... ¡cuatro cartas!... Me bastó mirar el sobre para darme cuenta de que todas eran... ¡de mi novia!... ¿A qué decir lo que fácilmente puede imaginarse?... Sentí salírseme el alma para gritar su felicidad a todos los vientos... corría alocadamente sin sentir el dolor de la herida de mi pié... hablaba como si tuviera cuerda... ¡estaba inmensamente feliz!



CHIMAYCHE*.- Danza amazónica.

viernes, 18 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XIX

Aquel pobre soldado que despiadadamente fuera maltratado por el salvaje teniente Calderón, lejos de sus familiares, acosado por la enfermedad, con el cuerpo y quien sabe, con el alma adolorida; quizá indignado e impotente ante los maltratos de que fue objeto, puso fin a su existencia con una bala de su propio fusil. Fue incapaz de soportar el dolor y buscó en la muerte el alivio a sus sufrimientos.
La vida está matizada de las más absurdas contradicciones, efecto de las circunstancias que nos rodean; los sentimientos, acciones e impulsos, propios o ajenos, que nos dominan los llamamos felicidad cuando nos dan goce, e infortunio cuando nos hacen daño; nos hace sentir felices o desgraciados; nos hace amar la vida o maldecir de ella. Solo los fatalistas se conforman y los filósofos pontifican.
La muerte, umbral de lo desconocido, final de nuestra presencia en este mundo, enigma indescifrable de todos los tiempos, vuelve a la nada placeres y dolores, alegrías y amarguras. Por eso hay suicidas: buscan en la muerte el final de sus sufrimientos y de sus dolores; buscan el olvido de la responsabilidad o la vergüenza; buscan el enmudecimiento de la conciencia.
El suicidio es una exaltación que hace tomar una resolución temeraria por desesperación, por falta de valor para afrontar los sufrimientos, falta de valor que la llaman cobardía… pero que, hay que admitirlo, es una cobardía digna de un valiente.
Si la naturaleza da la vida, ella es la única que tiene el derecho de privarla; la vida es una misión que sólo la naturaleza puede interrumpir, usurpar esa facultad es dejar una obra sin concluir, es cansarse en el camino... ¿Y quién ha cumplido su misión?... ¿Quién ha llegado al final de su camino?... Ni la conciencia puede decirlo... solo el destino.
La detonación que como a media noche turbó los ámbitos del campamento rompiendo su sepulcral silencio, causó la alarma consiguiente: toques de silbato, voces de mando, carreras... pero todo volvió a la calma, al comprobar el servicio de guardia que todo se había reducido a un desagradable y triste incidente. Solo en la mañana nos enteramos de la causa del disparo y de todo lo ocurrido. Tan pronto como pude fui al lugar del acontecimiento. Parecía que nada había sido tocado. El cadáver yacía tendido de espaldas en la mitad y a través de la tarima, con los brazos abiertos y los pies descansando en el emponado* el fusil al lado derecho arrimado a la tarima, como si hubiera querido tenerlo a su alcance para cogerlo, la cabeza sobre un reguero de sangre... Al verlo sentí impresión y repugnancia; tenía la cabeza destapada y parte de su masa encefálica se había proyectado contra el emponado que servía de división; seguramente se había sentado en el borde de la tarima, colocado la boca del cañón debajo de la mandíbula y con un dedo del pie había presionado el disparador… ¿Lo habría calculado con frialdad?... ¿o con desesperación?... ¡No habría ni un grito! … ¡Qué bien se debe morir así!...
Uno menos en el destacamento; si hubiera esperado un poco quien sabe si una bala enemiga hubiese acabado con su miserable existencia, y no habría sido un suicida... sería un patriota, quizá un héroe, muerto en acción de armas y conseguía lo que buscaba...
Al mediodía dieron sepultura a sus restos... ¡Que la tierra le siga siendo leve!
Como para suavizar la tensión que produjo el triste acontecimiento, después del mediodía, en forma imprevista recibimos la noticia que menos podíamos esperar; nadie pensó que de manera tan repentina se colmara el más grande de nuestros deseos, que tuviéramos la satisfacción de ver alejarse a nuestro capitán, alejamiento que ansiábamos abiertamente y nos causó mucha alegría, por la desagradable situación en que estábamos con su brutal comando. Es posible que tal medida tuviera relación con la visita de los altos jefes a nuestra Compañía, pues se necesitaba ser ciego o sordo para no enterarse de lo que acontecía en ella y de los antecedentes. Fuera cual fuera el motivo, lo cierto es que se marchó con gran contento nuestro y todos hacíamos votos porque nunca regresara a tan dichosos lares.
Había tal ambiente de fiesta en la Compañía, que a medida que recibían la noticia los que por alguna razón estaban lejos, volvieron al campamento, para estar seguros de que no se trataba de otra bola; los corrillos se formaron, las carcajadas menudearon y al saber que debía embarcarse en el R-1O con destino a Iquitos, algunos aventuraron que sería para ser sometido a un Consejo de Guerra. Para no perder la partida del avión todos nos encaminamos al puerto.
Después de breve espera y casi el último, apareció el capitán, llevando un pequeño maletín. Estaba perfectamente uniformado; habíamos formado una especie de callejón en el extremo de la plancha que unía la orilla a los flotadores, al llegar junto a nosotros, que estábamos en silencio, nos miró con cierto detenimiento, esperando ¡pobre de él! alguna expresión de simpatía o siquiera de despedida... al pisar la plancha, sin mirarnos dijo:
- ¡Hasta la vuelta muchachos!
Hubo una brevísima pausa y se oyó:
- ¡Que ni allá llegues, ni acá vuelvas, ni en el camino te quedes!
Algunos rieron, el capitán no podía volverse porque estaba casi en el medio de la plancha, pero es seguro que oyó la despedida, que oportunamente le copió al gitano el ocurrente que no alcancé a distinguir.
Se introdujo en la cabina, arrancaron los motores y el R-1O se alejó para despegar; nosotros gritábamos batiendo los sombreros, felices, porque nos quedábamos sin capitán Tormento.
Se marchó y luego se notó el cambio. El nuevo capitán de la Compañía, el teniente Rospigliosi hizo llamar a formación en el nuevo campo de maniobras, sentíamos una gran curiosidad que se reflejaba en todos los semblantes; el subteniente Mogrovejo se dirigió a la tropa en una breve charla sobre instrucción y moral militar, luego cantamos el Himno Nacional, que casi lo habíamos olvidado, otras canciones militares y por último canciones populares; la animación era general, los oficiales conversaban con todos los que se les acercaban y en todas las caras se notaba reflejos de satisfacción. Pienso que la intención de los oficiales era conocernos y que los conociéramos; tomaron muy buen camino y pensé que, al fin iríamos a ser soldados de verdad.
Pese a tan buenos augurios tuvimos un contraste los de mi sección. Sorpresivamente recibimos la orden de evacuar nuestro tambo y trasladarnos al de la cuarta sección, que no era muy grande y no tenía la mitad de las comodidades que el nuestro, aparte del mérito de haber sido construido con nuestras propias manos; estábamos que no cabíamos, pero tuvimos que resignarnos. Lo desagradable fue que los de la cuarta, con quienes compartíamos el tambo, nos miraban como intrusos, pero también se resignaron, lo que no aliviaba nuestra incomodidad ni impedía sentir lo mismo. Más tarde nos enteramos de los motivos de nuestro traslado. Como nuestro tambo era amplio y de fuerte construcción, los oficiales de la batería antiaérea le pusieron los ojos y lo solicitaron al Comando, el que sin mas, ordenó que lo ocuparan, y los malditos serranos disfrutaron de las comodidades que quisimos para nosotros.
Y como para rebasar la medida y hacer que no olvidáramos nuestras penurias, después de una pésima noche por no dormirla, pues estábamos casi unos encima de otros, nos correspondió la guardia de avanzada, después de una mañana lluviosa que hacía llegar el agua hasta el interior, por lo desguarnecido del tambo.
Desde que se perdió el fusil se prohibió el relevo por el río y tuvimos que ir caminando; pero la crecida del río, en cierta parte del camino hacía que el agua nos llegara hasta la cintura; tuvimos que hacer un atado del equipo, sujetarlo a la cabeza y el armamento en las manos en alto para que no se nos mojara. Intuitivamente había que ir buscando la parte menos profunda, tentando con los pies; el cabo Montes, dándoselas de experto tomó otra dirección e instaba a que lo siguiéramos, lo que felizmente no se nos ocurrió hacer y seguimos en columna a Valles. Casi habíamos llegado a tierra firme, cuando notamos que Montes, con el agua al cuello, estaba luchando contra la corriente que lo estaba arrastrando. Fue necesario que rápidamente se despojaran de todo, Silva, Rinahui, Rodríguez, y se lanzaran en su auxilio, rescatándolo todo mojado, asustado y con algunos litros de agua en el estómago.
Al regreso, sin otra novedad que un soberano aburrimiento, encontramos el río más crecido, de modo que hubo que esperar que enviaran los botes para que nos pasaran al otro lado.
En la “Libertad”, que por la mañana volvió de la guarnición de Inonías, regresaron muchos enfermos, tan graves, que según nos informaron, tuvieron que ser subidos en brazos. Nos dijeron que eran los que estaban peor, pero, que la mayor parte de los que quedaron estaban enfermos.


EMPONADO*.- Piso de ponas. División de ponas.

jueves, 10 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XVIII

No sé qué enseñanza darán a los oficiales o qué méritos tendrán que hacer para llegar a tales, pero fue una desgracia comprobar que había ejemplares cuyas condiciones se inclinaban más a matones o perdularios, por su trato, sus maneras, que al ponerlos de manifiesto hacía repugnante su presencia. Había algunos, cuyo estado de ánimo y modo de actuar era tan hostil y agresivo, que habría sido necesario probar si era posible cambiarlos dándoles a beber todos los días media botella de aceite de ricino, para que eliminaran la mucha bilis que tenían en el hígado y les amargaba la existencia. Siempre estaban con el gesto adusto, sus órdenes eran gritos y sus respuestas insultos.
Con la sección de cañones antiaéreos llegó un teniente, jefe de una batería, de apellido Calderón, que al parecer solo era tocayo del comandante. La unidad que comandaba estaba compuesta casi en su totalidad por gente oriunda de la sierra, cuya naturaleza se resintió por lo extraño del ambiente: la selva misteriosa e impenetrable, el calor sofocante, las alimañas desconocidas, todo muy distinto de aquel en que nacieron y vivieron. En algunos, tal cambio produjo profundos trastornos de carácter psíquico, por lo desconcertante del medio y el temor a lo desconocido, que llegaron a sentir miedo hasta del agua que se bebía, porque oyeron por allí que producía paludismo y otras enfermedades peligrosas.
Y cayeron enfermos, acaso sugestionados, contribuyendo fundamentalmente a su depresión la pésima alimentación que recibíamos.
El bruto ese, incapaz de comprender tal situación ni las reacciones del alma humana, creyó que con gritos e insultos podía conjurarla, hacer que no creyeran en enfermedades o impedir que se enfermaran.
Y sucedió algo inconcebible: un soldado de su unidad tiritando con la fiebre, quejándose lastimeramente, se retorcía como una culebra en el piso del tambo cuando llegó el teniente. La disciplina manda que cuando llega un superior, el soldado debe ponerse de pié, juntar los talones con seco golpe y tieso como un poste, hacer el saludo militar, pero, mal iba a hacer esos honores militares el pobre soldado que ni pararse podía.
- ¡Qué le pasa! - gritó el teniente - ¡No se haga el enfermo!... ¡Aquí hay que ser muy hombre!...
El soldado ni contestó; encogido, con las manos en el rostro, parecía estar llorando.
- ¡No sea maricón! - volvió a gritar el teniente - ¡Párese, carajo!... ¡Quiero verle la cara!
Un compañero se acercó y lo ayudó a ponerse de pié; se vio en efecto, que estaba llorando, tal sería el dolor, la angustia, el miedo o quien sabe qué; todo descompuesto en su vestir: la chaqueta abierta, el pantalón cayéndosele, con un solo zapato, sin un lado de las bandas y el otro desenrollándosele...
El teniente se le acercó, lo miró casi con desprecio y le dijo:
- ¡Arréglese el uniforme! ¡Va a salir a hacer una carrerita conmigo y verá como le pasa el malestar, usted no tiene nada!
El soldado, con la cabeza inclinada, apoyado en el compañero, no contestó y ni siquiera lo miró.
- ¡¿Dónde está su otro zapato?!
- Parece que lo ha perdido, mi teniente - contestó el que lo ayudaba.
- ¡Suéltelo! - le ordenó el teniente - ¡Que se pare él solo!
Este obedeció y tan pronto como dejó de sujetarlo el pobre enfermo se desplomó.
- ¡Oiga carajo! - rugió el teniente - ¡No se haga el cojudo y arréglese inmediatamente! Y al ver que no era obedecido, con tono iracundo agregó:
- ¡Yo voy a hacer que se levante! - y uniendo la acción a la palabra cogió el tahalí que estaba a la cabecera de la tarima del enfermo, desenvainó la bayoneta y la emprendió a cintarazos y puntapiés con el caído. El infeliz, quejumbroso, parecía no sentir los golpes, seguía acurrucado, con movimientos espasmódicos, producidos seguramente por la fiebre y no por el castigo.
Al ver que no pudo levantarlo, tiró la bayoneta al piso y dirigiéndose a los presentes exclamó:
- Este se está haciendo el enfermo; si hasta mañana no se pone bien le voy a repetir la curación - y se marchó en medio del silencio general de los que habían presenciado tamaña atrocidad.
Lo levantaron, lo colocaron en su tarima y lo cubrieron con su frazada; seguía con los quejidos y temblando con la fiebre...
- ¡El teniente es muy malo! - contestó uno de los soldados. Yo hubiera querido comprobar si así hubiese sido de valiente y malo frente al enemigo...

¡Nochebuena!...
Habríamos querido que lo fuera realmente, y para esperarla en un ambiente agradable y con animación, limpiamos la cuadra, arreglamos las armas y el equipo, nos pusimos presentables y contra la costumbre comimos en la larga mesa de pona, hecha por nosotros mismos. ¡Quién no lo hubiera querido y ojalá hubiese sido la última vez que lo hiciéramos!... Decían que, al fin, partíamos a hacernos cariños con los colombianos…
Pero no precipitemos el relato. Recordemos nuestra Nochebuena. En ella, como es sabido, no se duerme, se la pasa en familia, se divierte, se cambia regalos, se juega, se baila… pero allí… como y con quién? Eleazar y Acosta estaban de servicio en la guardia de avanzada, Juan José estaba enfermo otra vez, yo persistía en mi mal humor… solo Benjamín y Aguilar se habían puesto en un rincón del tambo a canturrear casi tristemente. Fuera, la noche estaba negrísima, no se veía una sola estrella y por si tan agrio panorama fuera poco desconsolador, yo sentía un agudo dolor en la cintura, causado por un esfuerzo que hice levantando un tronco.
Tal era el ambiente de aquella Nochebuena. Por otra parte, el R-1O, que había llegado precediendo a los nuevos aviones de combate, llevó cartas para todos, menos para mí; pero ya estaba acostumbrado y era mejor así, quiero decir que mejor fue que me hubiese acostumbrado a no recibir cartas.
Por todas esas cosas rogaba que fueran ciertas las bolas que rodaban... que era inminente que íbamos a batirnos… Yo sentía locos deseos de enfrentarme, disparar mi ametralladora contra ese enemigo que tanto se hacía esperar, había algo en mi ánimo que me hacía desearlo ciegamente, algo como una obsesión, un arranque de locura, una anormalidad en mi manera de pensar... ¡el miedo en la expresión de buscar el peligro… de desafiarlo sin necesidad!
Ese día busqué camorra a tres compañeros, sentía la necesidad de desahogar mi ira con alguien o contra alguien... el soldado puede darse de golpes con otro soldado sin ninguna otra consecuencia que los consiguientes chichones, pero... ni eso conseguí, solo aumentar mi ira.
Después me dio por leer en voz alta los periódicos llegados y con venenosa intención leía lo de una verbena y sus manjares y otras cosas que despertaran ansiedad, envidia o malestar en mis compañeros... pero nada, ni atención me prestaban. Se veía que estaba desgraciado en todo.
Algo hubiera cambiado el ambiente si hubiesen llegado en el avión los 20 pavos y los vinos que los periódicos de Iquitos anunciaron que nos enviarían como aguinaldo... no nos hubiéramos sentido olvidados… pero parecía haber sido sólo una lacerante burla.
Por la tarde recibimos la visita de los jefes que llegaron en el R-10. El coronel Ramos se dignó interesarse por nuestra suerte, lo mismo que el coronel Alarco, Jefe de la Sanidad Militar, que llegó con él. El capitán de nuestra Compañía, con la vivacidad que le caracterizaba les mintió en la más descarada forma. Era un tipo que le ganaba al motelo*, a la charapa* y a todos los animales que tienen concha... les aseguró con la mayor seriedad que los enfermos comían de la comida de los oficiales, que la tropa gustaba de los frejoles a medio sancochar, que el paiche podrido lo hacía tirar al río y sustituir con charapa, que comíamos tres panes en cada comida, que los biscochos eran para la tropa, de los que estábamos hartos, en fin, que nos quería como si fuéramos sus propios hijos… La verdad que causaba asombro lo que decía… ¡que tal frescura para mentir!... Lo que no pudimos saber fue si los coroneles Ramos y Alarco se lo creían; muy pronto nos dimos cuenta de que sus mentiras no prosperaron.
Mas tarde aparecieron en el horizonte los tres Vougth Corsair... nos causó una gran emoción ver volar nuestras máquinas de guerra por primera vez, nos las figurábamos fieras, amenazantes, como águilas cerniéndose sobre su presa, dispuestas a destrozarla... Acudieron a mi mente los versos de nuestra marcha ¡A Leticia!

“…las águilas de acero
nos custodian de las cumbres…”

que fueron, cabe decirlo, proféticas... y al bronco zumbar de sus motores, que como prolongado trueno retumbaban en el espacio, parecía llenarse la inmensidad de la selva con el firme juramento de mantener la divisa:
“...es nuestro Leticia o juremos morir…”
De nuevo sentí correr por mis venas el ardor que en los momentos de exaltación me quemaba; algo como un desconocido impulso de abnegación y coraje, el deseo de ver delante mis ojos el fragor de las ametralladoras y hacer vomitar de la mía la muerte de tantos infelices a quienes habían hecho creer que iban a defender lo justo.
¡Qué cruel es la guerra y qué absurda!... Es el sueño de paz, la ansiedad humana de horizontes sin confines, el milagro de la fraternidad y la concordia que se quiebra y despedaza destilando sangre y dolor, dejando miseria y desolación para la humanidad; es el sueño de grandeza que se convierte en pesadilla por el egoísmo y la ansiedad de dominación y poder, pasiones que aprenden a manejar los ideólogos profesionales los retóricos trastornados; son los surcos de caos y destrucción que riegan el mundo con sangre, siembran odio y rencores, para una cosecha de hambre y pillaje.
Enfrenta hombres contra hambres, pueblos contra pueblos, razas contra razas, idea contra ideas; cada bando tiene una razón que muchos no comprenden, no la saben, ni la han oído siquiera, pero son arrastrados por el torbellino, tragados por la vorágine, lanzados unos contra otros, no a disuadir o convencer, sino decididos a destruir, aniquilar, acabar con quienes no ceden o no piensan corno ellos; a sembrar de cadáveres los campos de batalla, por un principio.., por una causa... ¡Es matar o morir!
En sus hogares ruegan por su salvación… por su regreso, pero no puede el destino complacer todos los ruegos y al final de la contienda, mientras unos celebran el retorno del combatiente que llega arrastrando la psicosis horrorosa de los gritos de angustia, los lamentos, las convulsiones, las muecas agonizantes; que vuelve cubierto de heridas, pero vivo al fin, otros lloran lágrimas de fuego y tragan amargura por los que no vuelven, por los que destrozados quedaron en los embudos del campo de batalla, blanqueando sus huesos, como macabro símbolo de horror y muerte, donde entre el fragor del combate y el estruendo de las máquinas cayeron para no levantarse, quizá lanzando con su último aliento una maldición a la humanidad; dejando a la posteridad una terrible interrogante, un punzante anatema a la civilización.
Pero mis divagaciones se perdían… al fin y al cabo la guerra es la guerra y si habría sido guerra la nuestra, cayera quien cayera no habría sido, como no fue, motivo de lamentaciones; los que se sacrificaron pusieron un blasón más a nuestra estirpe loretana, fueron un orgullo para los padres, las esposas se sintieron partícipes de su gloria, los hermanos dijeron: ¡Mi hermano fue uno de ellos!... ¡Sin lágrimas ni recriminaciones!... Para que los que cayeron sigan creciendo en el recuerdo, sean más grandes que la inmensidad del suelo por el que fueron a luchar.


MOTELO*.- Tortuga de tierra.
CHARAPA*.- Tortuga de agua dulce, de río.

miércoles, 9 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XVII

Estábamos despejando el terreno para nuestro campo de ejercicios y maniobras y ya por la tarde, recordando la fecha, me di cuenta que estaba cumpliendo 26 años... me detuve y sonreí con tristeza al pensar en mi situación... Era un paso más hacia los dinteles inciertos del destino... una página más, llena de borrones en el libro de mi vida... el recuerdo me amargó el resto del día, pese a los esfuerzos que hacía por olvidar y traté de distraerme haciendo arder las ramas y hojas secas amontonadas a la vera del campo.
Cuando el toque de fajina anunció descanso no volví al campamento, me quedé sentado en un tronco-cuyo orgullo y majestad habían respetado los huracanes de la selva y no había podido resistir el afilado empuje del hacha de algún fornido mocetón-mirando extraviado las columnas de humo que verticales se elevaban hacia el infinito como un gesto de imploración, y se perdían en el espacio como las ilusiones se hunden en el abismo de la realidad.
La quietud del ambiente hacía más bello el crepúsculo; las inmóviles hojas de los árboles parecían figuras pegadas al azul del firmamento, el sol, atraído por el verdor de la inmensa selva, arrastraba un reguero de luz agonizante, y parecía hundirse en abismos de sangre y oscuridad; bandadas de pavas buscaban silenciosamente abrigo en las copas de los lejanos árboles… En ese silencio, turbado solo por el débil chirrido de los grillos, en esa cromática inmensidad que no alcanzaba mi vista, solitario, inmóvil, también yo buscaba algo, como un consuelo que mitigara esa hora de profunda melancolía.
Miraba las raíces destrozadas de los árboles y me figuraba estar viendo a los modernos titanes de la selva, con el rostro bañado en sudor, blandiendo el hacha y haciendo retumbar en los ámbitos de la inmensidad el corte firme y recio que hacía saltar astillas sangrantes de savia… abatirse el tronco con gemido de fibras desgarradas, que en la inmensidad se agrandaba como un lamento, poco a poco se transformaba en grito, hasta culminar en el estruendo ensordecedor del coloso vencido que aplastaba bajo sus ramas poderosas a los débiles, como el templo que Sansón en su último esfuerzo aniquilara con el furor de sus brazos legendarios.
El toque de rancho me devolvió a la realidad; corrí a recibir lo de costumbre; menos mal que como si hubiera adivinado, Benjamín me obsequió con un gran pedazo de concolón*.
El destaque de Zubiaurr al puerto de Santa Elena había salido al fin; la noticia fue recibida por nosotros con cierta tristeza, porque se nos iba el gritón de la Compañía, el bullicioso, el carcajeante animador de nuestras reuniones; el que hacía chiste de las situaciones más duras; el que sabía eludirlas sin ningún peligro… Infelizmente no teníamos nada espirituoso con que festejarlo… nos limitamos a reír, a gritar y a desearle que pronto el viaje se prolongara hasta Iquitos.
Se embarcó al anochecer, igual lo hicieron los que fueron declarados enfermos e inaptos para el servicio; Zubiaurr se quedaría en Puerto Arturo, para luego seguir a Santa Elena, los demás seguirían hasta Iquitos, a sus hogares… ¡Felices ellos!... El capitán los despidió con una grosería propia de su lenguaje de gañán:
- ¡Adiós muchachos! - les gritó desde la orilla - ¡Digan que les he jodido mucho, que aquí todos trabajan, nadie se las pasa! ¡Aquí no queremos inútiles!... ¡Vayan a joder en otra parte, muertos de hambre!
Al día siguiente de su partida, como para alentar nuestras esperanzas, en la orden del destacamento se leyó una disposición según la cual, los que se creían con derecho a licenciamiento, debían presentar un recurso solicitándolo. Apenas rotas las filas, Juan José, y yo corrimos a hacerla, Ghersi nos dio el papel y nos enseño la fórmula y terminados que fueron se lo dimos para su tramitación, luego, como era día feriado, casi todos los del “Estado Mayor” fuimos de paseo hasta el campamento de la compañía de Bardalez, a quien encontramos castigado por haber dado en préstamo un cepillo de carpintero sin el consentimiento del subteniente. Lo acompañamos en su castigo de estar de pie, conversando largo rato y luego pasamos a la Proveeduría, que quedaba cerca, donde encontramos a Rubio, quien se mostró gratamente sorprendido; nos obsequió cigarrillos, galletas, unos tragos y nos invitó a que fuéramos más a menudo a verlo. La invitación merecía ser atendida porque estando a cargo de la Proveeduría, era prácticamente dueño de todo lo que había en el tambo.
Al regreso nos detuvimos en la Primera Compañía; allí estaba la Sanidad Militar, donde Sifuentes había sido destacado. Para agasajarnos, en nuestra presencia, preparó, con el alcohol de las curaciones, un brebaje que sabía muy bien, por lo que tuvimos que reconocerle conocimientos de química y darle nuestra aprobación. Luego empezó la música; cantaba Ríos Ruiz, la guitarra daba lástima verla porque se caía a pedazos y para evitarlo estaba remendada con pedazos de pona y chambiritas* pero sonaba aceptablemente y nos hizo pasar el rato alegremente.
Regresamos a nuestro campamento para el almuerzo y luego de tomarlo nos equipamos para partir a la guardia de avanzada, a donde llegamos temprano. La luna de nuevo empezaba a derramar su luz; allá lejos, junto a ella también estaba... ¡Quién podría estar junto a ella!... Cuando anocheció, recordando la casi fiesta de la mañana, nos pusimos a evocar viejas canciones y al cantarlas, una desconocida angustia empezó a embargar mi espíritu. A la una de la mañana me tocó el turno, hacía un frío glacial, la luna había desaparecido; el compañero de guardia, poco amigo, se mostró parco y taciturno y por más que hice no pude animarlo para no aburrirme; las dos horas me parecieron eternas.
En el regreso estuvimos fatales; una mitad de la sección regresó a pie y la otra, en canoa; entre los que veníamos en la canoa estaban dos soldados de la Cuarta Compañía, uno de los cuales sostenía dos fusiles, uno suyo y otro de un compañero que estaba remando. Casi al llegar a la orilla, apuradamente intentó ponerse de pie sobre el asiento, haciendo apoyo en ambos fusiles, los que tenía uno en cada mano, pero uno de ellos resbaló en la tabla y sin poderlo evitar se fue al río.
Perder un fusil parece que es peor que perder un soldado; el propietario del fusil perdido era Pedro Soto, de mi sección, el que lo perdió se llamaba Isaías Silva Rinahui, un indio irresponsable, que ni se apuró por lo que había sucedido; mas bien se reía como un idiota.
Luego que desembarcamos se mandó buscar a quienes supieran bucear, pero como ya era casi noche, se aplazó la operación de rescate para el día siguiente. El que más, comprometido va a verse, según parece, es el teniente Rospigliosi, jefe de la guardia.
Con referencia a lo del licenciamiento, en la orden del día siguiente salió una ampliación indicando que se acompañara a la solicitud los documentos personales correspondientes, tales como partida de nacimiento y libreta militar; lo que no era más que una perfecta majadería, pues en tal lugar era difícil, casi imposible, que alguien los tuviera. Sobre este punto y lo que originó la orden, sobre la circunstancia que nos había arrastrado y sobre la forma como algunos jefes nos trataban, sostuvimos una discusión con Ghersi-que por supuesto, de ningún modo enfriaría nuestra amistad-quien al parecer, gustaba de nuestra presencia en su Compañía y no quería admitir razones para que solicitáramos la baja, alegando que estábamos en pie de guerra.
El sabía que teníamos gran interés en que nuestras solicitudes fueran tramitadas y no les dio, como documentario, el debido curso; cuando le reclamamos, riéndose nos dijo que no deberíamos haberlas presentado porque revelaban “poco espíritu patriótico y falta de sentimientos regionalistas”, que debiéramos tomar su ejemplo, pues él nada alegaba, no obstante estar en la misma situación.
¡Que hermoso ejemplo!... Uno, como él, que estaba haciendo carrera, tenía que sujetarse a cualquier cosa, pero nosotros... ¿por qué?
Pronto regresarían a Iquitos, Ghersi, Pinedo, el subteniente Quiñónez y otros más, que según nos dijo iban a dar examen para ascender. Igualmente dos soldados enfermos que regresaron de la avanzada de Inonías, tan graves que tenían apariencia de cadáveres por la palidez de su semblante; estaban con fiebres palúdicas y nos aseguraron que casi todos los que quedaban estaban bastante mal.

La lancha “San Miguel” debía llegar a los pocos días, según informes y no bolas.
Esperaba recibir en ella noticias que me alentaran o por lo menos me sacaran de la incertidumbre que me estaba consumiendo. Aquellas cartas que debía recibir constantemente no llegaban, quienes pensaba que debían escribirme, no me escribían... ¿por qué?... ¿me creían muerto acaso?... pero, hay muchas clases de muertos y según el poeta:
“...no son muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.
Acaso habría llegado a ser uno en cuya alma se cristalizaran la nostalgia y la esperanza; un iluso que corría en alas de la ilusión y la ansiedad, sin conciencia y sin fatiga; un soñador que al despertar encontraría rota en mil pedazos las alas con que voló en pos de la fantasía; el que rimó el dolor creyéndolo deleite; el que cantó las penas haciéndolas dulzuras; el que cantó amor al alucinante espejismo que se convierte en doloroso desengaño...
“… tienen muerta el alma
y viven todavía”…
¡No!... ¡No estaba muerta mi alma!... Sentía dentro de mi la fiebre ardorosa de las emociones… pero la soledad y el olvido son como el renaco*, que entre su follaje ahoga cuanto envuelve y podía convertir mi esperanza y mi sueño en un frío mármol de recuerdos…
El mármol es frío, el mármol no siente; el mármol es el símbolo de la muerte, es el olvido que perdura, que nunca dice lo que siente; en el mármol se graban los recuerdos y en su fría, silente y plácida quietud, no hay quejas, no hay gemidos, no hay suspiros; no siente el fuego de las lágrimas, no comprende las plegarias ni los ruegos...
Cuando el hombre tiene muerta el alma y vive todavía… el hombre es mármol, porque no siente, porque el olvido ahogó sus emociones, porque el silencio endureció su corazón...

Basto y grosero era nuestro capitán; peor aun, ruin, cobarde...
Sacó a relucir esas “cualidades”, se le despertó toda su casta de gañán, porque un soldado le contestó algo tan inocente, que fue inconcebible que le provocara semejante reacción. Era algo despreciable que se escudara en su uniforme y su jerarquía militar para maltratar a un soldado.
Justo al final de la jornada matinal y cuando nos retirábamos, nos pusimos a mirar una víbora que habían matado en aquel instante y entre nosotros estaba el capitán. De pronto dijo:
- ¡Ya! ¡A continuar con su trabajo!... Parece que nunca hubieran visto una víbora.
- Ya tocaron fajina, mi capitán - le dijo Durand Meza.
Fue bastante para que se precipitara sobre él, le aplicara un puñetazo en la cara y con un palo que tenía en la mano que aun le servía como bastón, le cruzara violentamente las espaldas.
Todos quedamos como petrificados, Durand se rehizo y se quedó mirándolo en actitud agresiva, el capitán palideció. Fueron breves segundos de suspenso.
- ¡Váyase a su cuadra! - le ordenó el capitán y sin dejar de mirarlo le dijo al sargento Valles que se había acercado:
- ¡Póngalo de centinela con un fusil al hombro!
Durand se dio vuelta airadamente y se encaminó a su cuadra que no estaba distante; el capitán le siguió con la vista; subió, entró y casi inmediatamente reapareció con su fusil, se paró en la puerta, lo rastrilló, introdujo una cacerina en el almacén, lo puso como en ristre, dio frente a donde estábamos y mirando al grupo lo bajó lentamente... El capitán seguía mirándolo.
De repente se volvió a nosotros que no acertábamos a retirarnos y gritó:
- ¡Y ustedes porque no se largan!... ¡Fuera de aquí, carajo!
Todos nos dispersamos. En aquel momento Mattos se acercó a Durand y cruzó una cuantas palabras; el capitán lo vio y le gritó:
- ¡Oiga, carajo!... ¿quiere hacerle compañía?... ¡Agarre su fusil y quédese allí! - y se dirigió a su tambo.
Durand dio su fusil a un compañero y se marchó en dirección a la Comandancia. Más tarde regresó con el mayor Dávila, del Estado Mayor, quien, al parecer, averiguó con mucha atención sobre el desagradable asunto y habló con el capitán. Pero este es una lanza y quien sabe en qué forma explicaría el incidente.
Según se supo después, había ordenado que fuera enviado a Inonías en comisión, esa misma tarde, para evitar que se quejara a la Comandancia, pero Durand se le adelantó. Total, para consuelo del magullado Durand-la suspensión del castigo, pues ya no volvió a él y para aliento a sufrir más bofetadas e insultos-veinte minutos de charla y compañía del jefe de Estado Mayor.
El incidente casi me ahogó de indignación y mi mal humor aumentó, porque sorpresivamente llegó el R 10 y como de costumbre, nada hubo para mí. Pero la verdad era que no tenía porqué extrañarme, pues fue lo de siempre... Alguien me dijo una vez: ¡Tú eres muy bruto!... estaba por creer que no se equivocó y el mismo laconismo del concepto hacía más amplia su acepción. No intenté desvirtuar esa idea, pero... pensaba que tener 26 años y ser bruto, o mejor dicho persistir en ser bruto, era algo rayano en la demencia.
Eran las 11 de la noche, Juan José escribía cartas y más cartas, que eran contestación de las que había recibido; de cuando en cuando me hacía oír un parrafito de ellas, se sentía feliz y comunicativo... ¡Qué demonios!... tenía razón... el que ha recibido cartas tiene el derecho y hasta el deber de estar alegre; yo traté de sepultar en el sueño todo el mal humor que me embargaba.
Tres meses hacía que comenzó la pesadilla; como una visión se sucedían en mi recuerdo los detalles del principio de tan larga bromita de la suerte, a veces quería ser paciente como el Job del Antiguo Testamento y sufrirlo todo con resignación, pero, Job era creyente, yo pienso libremente, Job era fanático, yo soy escéptico, Job tenía fe y yo… la estaba perdiendo...
Según las Escrituras Job fue al fin premiado con la devolución de todos sus bienes, recobró su familia, se curó de la asquerosa enfermedad que había probado su paciencia y cesaron los males a que había sido sometido para probar su fe; si así fuera conmigo, tendría que ser premiado en análoga forma, pues hacía tiempo que estaba soportando la pesada burla del destino, con paciencia.
¡Qué mejor prueba de paciencia que aguantar en silencio la rabia de comer paiche amargo como el desengaño, frejoles duros como la acerada punta de las balas!... pero, no recordemos tal preocupación, propia de seres incultos y primitivos… hablemos de algo que nos elevó el sentimiento y fortaleció el ánimo en el sentido militar o acaso moral.
Fui designado tirador de la primera pieza de la sección de ametralladoras ligeras de la Compañía... Todo habría estado bien, si la tal pieza, pese a llamarse ligera, no hubiera pesado tanto… Y como cosa de combinación, el capitán Núñez Landa llegó cuando estábamos haciendo ejercicio y se le ocurrió tomarnos una fotografía, para la que nos pusimos como si estuviéramos en acción: yo, apuntando con la ametralladora, con un ojo cerrado y el dedo en el disparador, como quien está descargando una ráfaga y Juan José que es el cargador, en ademán de estar guiando... Ambos en una actitud que de vernos solamente los colombianos hubieran implorado nuestra clemencia... Hubiera tenido sumo gusto en ver la fotografía y mucho más en tenerla como un recuerdo de aquella temporadita de... verano.
El olímpico Cornejo fue cambiado a la Primera Compañía, hecho que nos causó enorme complacencia, pues ya nos tenía indigestados por su impertinente y torpe proceder. Parecía ser el principio de la depuración a que sería sometida nuestra Compañía.


CONCOLON*.- Restos medio quemados de arroz, que quedan en el fondo de las ollas.
CHAMBIRA*.- Cordel de fibra de una palmera del mismo nombre.
RENACO*.- Árbol frondoso de gran altura y ancha base a cuya sombra no crecen plantas, los pájaros no se posan en él y la creencia popular afirma que cuanto se le acerca o toca pierde la vida.

domingo, 6 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana



Pacarmón en campamento de Todos Santos.

XVI

No podía comprender por qué, sin causa aparente, a veces sentía profundamente trastornado mi carácter; era un cambio que se manifestaba en diversas formas: cóleras momentáneas, tristeza profunda, desesperación por algo desconocido, impulsos de venganza... Tal era lo que sentía algunas veces; puede que en eso influyera el ponerme a pensar en el porqué de no recibir carta de mi novia, y puedo jurar que sentía miedo de profundizar mis pensamientos, pues siempre tuve la mala fortuna de acertar en todo lo malo que imaginaba.
¿Cómo explicar ese silencio?... esa interrogante me ponía fuera de mi y en tal situación era capaz de cualquier barbaridad; ardía en deseos de “trenzarme” a golpes por cualquier insignificancia, me impacientaba la calma de mis compañeros, hervía de indignación al ver los abusos de los oficiales... y buscaba la soledad para hundir la ira que me consumía.
Dieciséis hombres de los que llegaron en la “Estefita” fueron destacados a mi Compañía y entraron a formar parte de mi sección, reemplazando, entre otros a los del “Estado Mayor” que habían sido cambiados de unidad; pero se notaba que no los sustituirían exitosamente, por ser gente de otro nivel y distinta mentalidad. Así hubieran querido negarlo, su modo de hablar los identificaba como serranos. Lo envidiable que tuvieron fue que les dieron descanso, para que se repusieran de la fatiga del viaje, según dijo el capitán. Por tal motivo no concurrieron al trabajo. ¡Y el que estábamos haciendo!... Yo había pensado que el capitán solo tuviera de tosco, grosero, malvado, pero me equivoqué, demostró algo más: era muy bruto y no creo que lo simulara para justificar su maldad, pues eso habría sido un destello de inteligencia.
El caso fue que para despejar el campamento habíamos derribado enormes árboles, que dispersos por todas partes, por lo grandes y gruesos, resultaban siendo obstáculos; para desaparecerlos lo razonable, lo que a cualquier ser humano le hubiese ocurrido, habría sido quemarlos o partirlos para utilizarlos como leña, que nos hacía falta; pero, en su cerebro de aserrín lo que se le ocurrió fue... ¡enterrarlos!.., cavando, como es de suponer, huecos descomunales… Solo faltó que para desaparecer la tierra que sacábamos cavando nos hubiera mandado hacer otros huecos...
Que nadie puede contradecir bien claro lo dicen los reglamentos: “la disciplina es la fuerza principal de los ejércitos y el soldado debe obedecer a sus superiores sin dudas ni murmuraciones”... no debe levantar la voz al superior, la mano ni pensarlo; si el superior le pega un puntapié, debe el soldado saludar y presentar su queja a otro superior, si éste le desoye y le pega otro puntapié, debe buscar otro superior y así sucesivamente, hasta encontrar quien le haga justicia. Si no lo encuentra se queda con todos los puntapiés... Era por eso que tuvimos que enterrar troncos, hacer escaleras monumentales por partida doble, hacer tambos para deshacerlos y volver a hacer nuevos tambos... y no bañarnos sino cuando los oficiales lo ordenaban...
A propósito de oficiales: dos nuevos, llegados en la “Estefita” fueron destacados a nuestra Compañía; un teniente de apellido Rospigliosi y un subteniente apellidado Mogrovejo. El capitán los presentó a la hora de lista; esperábamos a ver que tales eran.
Tuvimos un día festivo-aunque todos los días eran iguales y la única diferencia que se habría podido establecer hubiera sido entre los días que se comía mal y los que no se comía-y con tal motivo tuvimos descanso en media semana; pero, aparte de que no trabajamos, fue una tontería, porque no resultaba divertido ir armados, equipados y con 100 cartuchos encima, caminando por un fango que ensuciaba todo el equipo, a quemarnos de sol en la playa. Se trató de aprovechar un aniversario nacional para la realización del programa de festejos del Día del Ejército, que se había aplazado.
Menos mal si hubiéramos resultado vencedores los de nuestra Compañía, en algunos de los números de concurso, pero estuvimos tan desafortunados que nada nos favoreció: en el nudo de guerra nos arrastraron como corderos, nuestra danza típica no pudo efectuarse porque la indumentaria, que era lo más interesante del número, se malogró en tanto tiempo de espera y no lo tuvimos para confeccionar otra, pues fuimos avisados de la realización del programa casi en el momento de partir.
Resultó vencedora una pantomima de la Cuarta Compañía, a la que pusieron por título “El rescate de Leticia”, en la que actuaron Carlos Wilhelm, en el papel de padre, (el Perú), Benigno Bustíos, haciendo de una vieja que representaba a Colombia y el cabo Pizarro, al que vistieron de chica, haciendo el papel de Leticia. La idea estuvo magnífica, la interpretación acertada, el libreto incisivo y chispeante, y el premio muy merecido.
Pero nosotros no abandonamos la competencia del todo. Para reemplazar nuestra danza típica, en el terreno preparamos un número que anunciamos como “La pesca del paiche auténtico”, que describía en mímica, voces y gritos onomatopéyicos, el proceso empleado en la selva por los nativos, improvisando arpones y el atuendo original, que por lo simple -un calzoncillo sucio de barro- resultó perfecto. Cuando al final del acto se desenvolvió el pacote* que condujeron los pescadores, y apareció riendo como es su costumbre, el ínclito Zubiaurr, único que con propiedad podía representar al paiche, la carcajada fue general, los aplausos coronaron el ingenio y nuestra sección obtuvo un premio que no estaba en el programa: diez soles que no sé de que bolsillo salieron.
Pasado el mediodía regresamos de la playa y más tarde partimos al servicio de guardia. El teniente Rospigliosi, quizá en afán de conocer nuestros emplazamientos se puso al mando de la sección; la marcha, el relevo, la organización del servicio, todo, se desarrolló de nuevo en forma normal. Otra vez me tocó con Juan José el turno de 10 a 12; la noche estuvo magnífica, la luna alumbraba esplendorosa como para compensar las tenebrosas guardias que pasamos y charlando sobre nuestros temas románticos no nos dimos cuenta del correr de las horas.
Las 24 horas de guardia las pasamos sin sentirlas, el teniente se condujo con todos de manera a la que no estábamos acostumbrados; amable, comunicativo, sostuvo amena conversación con cuantos se le acercaban, como un perfecto camarada; parecía ser excelente persona. Poco antes del almuerzo recibió un mensaje del capitán anunciando que un avión debía llegar de Iquitos y quienes quisiéramos escribir enviáramos las cartas abiertas, como de costumbre. Pero, cuando regresamos el avión aun no había llegado; se supuso que la tempestad que se había estado anunciando con los negros nubarrones que el viento arremolinaba, había impedido su llegada.
Por la noche, de manera inesperada, se formó una jarana en nuestro tambo. El primero Remigio Pinedo de la Primera Compañía, llegó acompañado de varios amigos con dos guitarras, varias botellas de licor y mucha animación, y como entre nosotros tampoco faltaban cantores, guitarristas, bebedores y menos disposición... ¡la armamos!... Como primicia se estrenó nuestra marcha guerrera ¡A Leticia!, compuesta por Pacarmón. La cantó el barítono de la Compañía, Víctor Ríos Ruiz y lo acompañó Leonidas Aguilar Chávez con la guitarra.
La anunciada máquina apareció al día siguiente, como a las 12; la alegría fue general, pero, como estábamos formando para el almuerzo, no pudimos ir inmediatamente
y cuando lo hicimos ya era tarde... ¡había partido!...
!Por segunda vez nos avisan que llegaría el R 10, abren nuestros corazones a la esperanza, nos dicen que preparemos nuestras cartas y nos dejan con ellas en la mano!... ¡Era para enloquecer!...
Por algunos que estuvieron en el puerto a la hora de su llegada y la presenciaron, nos enteramos de que en el momento de acuatizar chocó violentamente contra el barranco y por un milagro no se va el avión al infierno Después se dieron cuenta del porqué: llegaba del Gûeppi, donde pasó la noche, pues la tempestad impidió al piloto continuar el viaje y para no sentir la soledad, pasajeros, oficiales de la guarnición y piloto se pegaron una bomba de amanecida. .. Y no había duda de que el piloto estuviese borracho, pues todos los que estaban presentes lo notó cuando salió de la cabina; de ahí que pusiera en peligro la máquina.
Pero, que nos habría importado que se emborracharan con riesgo de matarse si nos hubieran traído cartas o al menos, hubiese esperado a llevarse las nuestras.
Si las mil y un maldiciones e insultos de toda especie que proferimos todos le habrían llegado, de fijo que no habría vuelto a su base… ¡se habría ido al infierno!
Pero como todo tiene su fin, también la tuvo nuestra ira, y más tarde estábamos como si nada nos hubiera mortificado. Además, me consolaba el pensar que, como de costumbre, no recibiría ninguna carta, así que casi me alegré por ese lado... ¡mal de otros, consuelo de tontos!
Aparte de ese disgusto, nada extraordinario que comentar, salvo que con tal título se mencionara el hecho de que Cornejo se bañaba en su tambo como una señorita, haciendo conducir agua del río a los soldados... ¡Que los hay, los hay y nosotros tan desafortunados que dábamos con ellos!
Como resultado del examen médico se puso en acción la Junta de Licenciamiento, para dar de baja a los enfermos, entre los que estaban seis de mi Compañía: dos herniados, dos palúdicos y dos desnutridos, los que debían regresar en la primera oportunidad. Sentía deseos locos de estar enfermo y resultaba al revés, como me estaba resultando todo; nada variaba mi constitución física y me sentía saludable. También si así no hubiera sido, de nada habrían servido los frejoles crudos y sin sal, el arroz con todo su polvillo y salvado y ese paiche amargo, que Benjamín, con gran cuidado, nos lo convertía en delicioso, ayudado por nuestra hambre.
No podía dejar de pensar en la comida, porque en los interminables días o en las vigilias que la preocupación o el servicio me obligaba, oía el grito del vacío extenderse en la longitud de mis intestinos protestando de su limitada actividad y clamando por el temor de la insuficiencia para reponer mi humanidad. Y ante esa alarma, sucios, apestosos, verdaderos deshechos de soldado, con un poco de fariña en un bolsillo y un pedazo de cualquier carne en el otro, pidiendo a todos lo que se les veía comer, desde el insulso “casabe” hasta la masa cruda del pan, no pensábamos en otra cosa que en la prosaica y ansiada rutina de la mañana, el mediodía y la tarde.
El soldado no es un ser humano, tampoco es un animal, porque el animal tiene libertad, está en su medio y el soldado es exótico en cualquier parte, como nosotros entonces en la selva; tampoco es una máquina, porque a éstas se les hace reparaciones temporales y al soldado solo por inservible dejan de utilizarlo; se diferencia del autómata en que éste obedece siempre y el soldado, a veces, siente deseos de rebelión, recuerda que tiene memoria, entendimiento y voluntad, que tiene derecho de pensar.
Para el oficial el soldado lo es todo, porque si no hubiera soldados no existirían oficiales, pero lo insulta, lo maltrata, lo desprecia, lo llama hambriento porque siempre está comiendo a escondidas, lo tilda de ladrón cuando roba para saciar su hambre, pero le instiga a robar cuando le falta prendas; le dice asqueroso porque no se baña, pero no se baña porque no le da permiso ni jabón.
Al soldado le dicen bruto porque no piensa como el oficial, pero, si piensa mejor es indisciplinado; cuando calla es tonto, cuando objeta es rebelde; el soldado es lavandera del oficial, su cocinera, su ama de llaves y si los oficiales mamaran serían nodrizas.
El soldado debe saber hacer de todo, desde lo más fácil, hasta soportar los puntapiés del superior con cristiana y patriótica resignación... ¡Gloria al soldado peruano!
Aquella vez en Iquitos, cuando partimos, a muchos les fue muy fácil decir: ¡A Leticia!... ¡Viva la tierra redimida!... y otras expresiones llenas de lirismo y colorido, para en buena hora escurrir el bulto; fue muy fácil encomiar el patriotismo y alentar el sacrificio de los alucinados que partimos en aquel batallón de ilusos redentores, con rebuscadas frases, desde los balcones, en los salones, en las plazas, en los teatros, desde confortables escritorios... pero nuestro entusiasmo no nos permitió imaginarnos que se trataba de romper monte, de hacer casas, de pasar hambres y peor que todo, soportar la pesadez y brutalidad de ciertos oficiales.. . La cosa fue inesperada, resultó bastante difícil y harto desagradable.
Los que en mala hora nos alistamos estábamos hasta la punta del más largo de los pelos y no sabíamos que hacer para remediar tan deplorable situación; nos metimos a redentores y nos estaban crucificando.
Los que no quisieron venir tenían que haber sido muy inteligentes, quizá calcularon con acierto lo que iría a ocurrir, en cambio los patriotas, los reivindicadores del derecho nacional, los defensores del suelo rescatado, tuvimos la mala suerte de descorrer el telón de una mascarada y comprobar que estuvimos y seguíamos abandonados.


PACOTE*.- Atado que se hace con hojas de plátano, envolviendo las lonjas saladas del paiche para transportarlo.