domingo, 6 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana



Pacarmón en campamento de Todos Santos.

XVI

No podía comprender por qué, sin causa aparente, a veces sentía profundamente trastornado mi carácter; era un cambio que se manifestaba en diversas formas: cóleras momentáneas, tristeza profunda, desesperación por algo desconocido, impulsos de venganza... Tal era lo que sentía algunas veces; puede que en eso influyera el ponerme a pensar en el porqué de no recibir carta de mi novia, y puedo jurar que sentía miedo de profundizar mis pensamientos, pues siempre tuve la mala fortuna de acertar en todo lo malo que imaginaba.
¿Cómo explicar ese silencio?... esa interrogante me ponía fuera de mi y en tal situación era capaz de cualquier barbaridad; ardía en deseos de “trenzarme” a golpes por cualquier insignificancia, me impacientaba la calma de mis compañeros, hervía de indignación al ver los abusos de los oficiales... y buscaba la soledad para hundir la ira que me consumía.
Dieciséis hombres de los que llegaron en la “Estefita” fueron destacados a mi Compañía y entraron a formar parte de mi sección, reemplazando, entre otros a los del “Estado Mayor” que habían sido cambiados de unidad; pero se notaba que no los sustituirían exitosamente, por ser gente de otro nivel y distinta mentalidad. Así hubieran querido negarlo, su modo de hablar los identificaba como serranos. Lo envidiable que tuvieron fue que les dieron descanso, para que se repusieran de la fatiga del viaje, según dijo el capitán. Por tal motivo no concurrieron al trabajo. ¡Y el que estábamos haciendo!... Yo había pensado que el capitán solo tuviera de tosco, grosero, malvado, pero me equivoqué, demostró algo más: era muy bruto y no creo que lo simulara para justificar su maldad, pues eso habría sido un destello de inteligencia.
El caso fue que para despejar el campamento habíamos derribado enormes árboles, que dispersos por todas partes, por lo grandes y gruesos, resultaban siendo obstáculos; para desaparecerlos lo razonable, lo que a cualquier ser humano le hubiese ocurrido, habría sido quemarlos o partirlos para utilizarlos como leña, que nos hacía falta; pero, en su cerebro de aserrín lo que se le ocurrió fue... ¡enterrarlos!.., cavando, como es de suponer, huecos descomunales… Solo faltó que para desaparecer la tierra que sacábamos cavando nos hubiera mandado hacer otros huecos...
Que nadie puede contradecir bien claro lo dicen los reglamentos: “la disciplina es la fuerza principal de los ejércitos y el soldado debe obedecer a sus superiores sin dudas ni murmuraciones”... no debe levantar la voz al superior, la mano ni pensarlo; si el superior le pega un puntapié, debe el soldado saludar y presentar su queja a otro superior, si éste le desoye y le pega otro puntapié, debe buscar otro superior y así sucesivamente, hasta encontrar quien le haga justicia. Si no lo encuentra se queda con todos los puntapiés... Era por eso que tuvimos que enterrar troncos, hacer escaleras monumentales por partida doble, hacer tambos para deshacerlos y volver a hacer nuevos tambos... y no bañarnos sino cuando los oficiales lo ordenaban...
A propósito de oficiales: dos nuevos, llegados en la “Estefita” fueron destacados a nuestra Compañía; un teniente de apellido Rospigliosi y un subteniente apellidado Mogrovejo. El capitán los presentó a la hora de lista; esperábamos a ver que tales eran.
Tuvimos un día festivo-aunque todos los días eran iguales y la única diferencia que se habría podido establecer hubiera sido entre los días que se comía mal y los que no se comía-y con tal motivo tuvimos descanso en media semana; pero, aparte de que no trabajamos, fue una tontería, porque no resultaba divertido ir armados, equipados y con 100 cartuchos encima, caminando por un fango que ensuciaba todo el equipo, a quemarnos de sol en la playa. Se trató de aprovechar un aniversario nacional para la realización del programa de festejos del Día del Ejército, que se había aplazado.
Menos mal si hubiéramos resultado vencedores los de nuestra Compañía, en algunos de los números de concurso, pero estuvimos tan desafortunados que nada nos favoreció: en el nudo de guerra nos arrastraron como corderos, nuestra danza típica no pudo efectuarse porque la indumentaria, que era lo más interesante del número, se malogró en tanto tiempo de espera y no lo tuvimos para confeccionar otra, pues fuimos avisados de la realización del programa casi en el momento de partir.
Resultó vencedora una pantomima de la Cuarta Compañía, a la que pusieron por título “El rescate de Leticia”, en la que actuaron Carlos Wilhelm, en el papel de padre, (el Perú), Benigno Bustíos, haciendo de una vieja que representaba a Colombia y el cabo Pizarro, al que vistieron de chica, haciendo el papel de Leticia. La idea estuvo magnífica, la interpretación acertada, el libreto incisivo y chispeante, y el premio muy merecido.
Pero nosotros no abandonamos la competencia del todo. Para reemplazar nuestra danza típica, en el terreno preparamos un número que anunciamos como “La pesca del paiche auténtico”, que describía en mímica, voces y gritos onomatopéyicos, el proceso empleado en la selva por los nativos, improvisando arpones y el atuendo original, que por lo simple -un calzoncillo sucio de barro- resultó perfecto. Cuando al final del acto se desenvolvió el pacote* que condujeron los pescadores, y apareció riendo como es su costumbre, el ínclito Zubiaurr, único que con propiedad podía representar al paiche, la carcajada fue general, los aplausos coronaron el ingenio y nuestra sección obtuvo un premio que no estaba en el programa: diez soles que no sé de que bolsillo salieron.
Pasado el mediodía regresamos de la playa y más tarde partimos al servicio de guardia. El teniente Rospigliosi, quizá en afán de conocer nuestros emplazamientos se puso al mando de la sección; la marcha, el relevo, la organización del servicio, todo, se desarrolló de nuevo en forma normal. Otra vez me tocó con Juan José el turno de 10 a 12; la noche estuvo magnífica, la luna alumbraba esplendorosa como para compensar las tenebrosas guardias que pasamos y charlando sobre nuestros temas románticos no nos dimos cuenta del correr de las horas.
Las 24 horas de guardia las pasamos sin sentirlas, el teniente se condujo con todos de manera a la que no estábamos acostumbrados; amable, comunicativo, sostuvo amena conversación con cuantos se le acercaban, como un perfecto camarada; parecía ser excelente persona. Poco antes del almuerzo recibió un mensaje del capitán anunciando que un avión debía llegar de Iquitos y quienes quisiéramos escribir enviáramos las cartas abiertas, como de costumbre. Pero, cuando regresamos el avión aun no había llegado; se supuso que la tempestad que se había estado anunciando con los negros nubarrones que el viento arremolinaba, había impedido su llegada.
Por la noche, de manera inesperada, se formó una jarana en nuestro tambo. El primero Remigio Pinedo de la Primera Compañía, llegó acompañado de varios amigos con dos guitarras, varias botellas de licor y mucha animación, y como entre nosotros tampoco faltaban cantores, guitarristas, bebedores y menos disposición... ¡la armamos!... Como primicia se estrenó nuestra marcha guerrera ¡A Leticia!, compuesta por Pacarmón. La cantó el barítono de la Compañía, Víctor Ríos Ruiz y lo acompañó Leonidas Aguilar Chávez con la guitarra.
La anunciada máquina apareció al día siguiente, como a las 12; la alegría fue general, pero, como estábamos formando para el almuerzo, no pudimos ir inmediatamente
y cuando lo hicimos ya era tarde... ¡había partido!...
!Por segunda vez nos avisan que llegaría el R 10, abren nuestros corazones a la esperanza, nos dicen que preparemos nuestras cartas y nos dejan con ellas en la mano!... ¡Era para enloquecer!...
Por algunos que estuvieron en el puerto a la hora de su llegada y la presenciaron, nos enteramos de que en el momento de acuatizar chocó violentamente contra el barranco y por un milagro no se va el avión al infierno Después se dieron cuenta del porqué: llegaba del Gûeppi, donde pasó la noche, pues la tempestad impidió al piloto continuar el viaje y para no sentir la soledad, pasajeros, oficiales de la guarnición y piloto se pegaron una bomba de amanecida. .. Y no había duda de que el piloto estuviese borracho, pues todos los que estaban presentes lo notó cuando salió de la cabina; de ahí que pusiera en peligro la máquina.
Pero, que nos habría importado que se emborracharan con riesgo de matarse si nos hubieran traído cartas o al menos, hubiese esperado a llevarse las nuestras.
Si las mil y un maldiciones e insultos de toda especie que proferimos todos le habrían llegado, de fijo que no habría vuelto a su base… ¡se habría ido al infierno!
Pero como todo tiene su fin, también la tuvo nuestra ira, y más tarde estábamos como si nada nos hubiera mortificado. Además, me consolaba el pensar que, como de costumbre, no recibiría ninguna carta, así que casi me alegré por ese lado... ¡mal de otros, consuelo de tontos!
Aparte de ese disgusto, nada extraordinario que comentar, salvo que con tal título se mencionara el hecho de que Cornejo se bañaba en su tambo como una señorita, haciendo conducir agua del río a los soldados... ¡Que los hay, los hay y nosotros tan desafortunados que dábamos con ellos!
Como resultado del examen médico se puso en acción la Junta de Licenciamiento, para dar de baja a los enfermos, entre los que estaban seis de mi Compañía: dos herniados, dos palúdicos y dos desnutridos, los que debían regresar en la primera oportunidad. Sentía deseos locos de estar enfermo y resultaba al revés, como me estaba resultando todo; nada variaba mi constitución física y me sentía saludable. También si así no hubiera sido, de nada habrían servido los frejoles crudos y sin sal, el arroz con todo su polvillo y salvado y ese paiche amargo, que Benjamín, con gran cuidado, nos lo convertía en delicioso, ayudado por nuestra hambre.
No podía dejar de pensar en la comida, porque en los interminables días o en las vigilias que la preocupación o el servicio me obligaba, oía el grito del vacío extenderse en la longitud de mis intestinos protestando de su limitada actividad y clamando por el temor de la insuficiencia para reponer mi humanidad. Y ante esa alarma, sucios, apestosos, verdaderos deshechos de soldado, con un poco de fariña en un bolsillo y un pedazo de cualquier carne en el otro, pidiendo a todos lo que se les veía comer, desde el insulso “casabe” hasta la masa cruda del pan, no pensábamos en otra cosa que en la prosaica y ansiada rutina de la mañana, el mediodía y la tarde.
El soldado no es un ser humano, tampoco es un animal, porque el animal tiene libertad, está en su medio y el soldado es exótico en cualquier parte, como nosotros entonces en la selva; tampoco es una máquina, porque a éstas se les hace reparaciones temporales y al soldado solo por inservible dejan de utilizarlo; se diferencia del autómata en que éste obedece siempre y el soldado, a veces, siente deseos de rebelión, recuerda que tiene memoria, entendimiento y voluntad, que tiene derecho de pensar.
Para el oficial el soldado lo es todo, porque si no hubiera soldados no existirían oficiales, pero lo insulta, lo maltrata, lo desprecia, lo llama hambriento porque siempre está comiendo a escondidas, lo tilda de ladrón cuando roba para saciar su hambre, pero le instiga a robar cuando le falta prendas; le dice asqueroso porque no se baña, pero no se baña porque no le da permiso ni jabón.
Al soldado le dicen bruto porque no piensa como el oficial, pero, si piensa mejor es indisciplinado; cuando calla es tonto, cuando objeta es rebelde; el soldado es lavandera del oficial, su cocinera, su ama de llaves y si los oficiales mamaran serían nodrizas.
El soldado debe saber hacer de todo, desde lo más fácil, hasta soportar los puntapiés del superior con cristiana y patriótica resignación... ¡Gloria al soldado peruano!
Aquella vez en Iquitos, cuando partimos, a muchos les fue muy fácil decir: ¡A Leticia!... ¡Viva la tierra redimida!... y otras expresiones llenas de lirismo y colorido, para en buena hora escurrir el bulto; fue muy fácil encomiar el patriotismo y alentar el sacrificio de los alucinados que partimos en aquel batallón de ilusos redentores, con rebuscadas frases, desde los balcones, en los salones, en las plazas, en los teatros, desde confortables escritorios... pero nuestro entusiasmo no nos permitió imaginarnos que se trataba de romper monte, de hacer casas, de pasar hambres y peor que todo, soportar la pesadez y brutalidad de ciertos oficiales.. . La cosa fue inesperada, resultó bastante difícil y harto desagradable.
Los que en mala hora nos alistamos estábamos hasta la punta del más largo de los pelos y no sabíamos que hacer para remediar tan deplorable situación; nos metimos a redentores y nos estaban crucificando.
Los que no quisieron venir tenían que haber sido muy inteligentes, quizá calcularon con acierto lo que iría a ocurrir, en cambio los patriotas, los reivindicadores del derecho nacional, los defensores del suelo rescatado, tuvimos la mala suerte de descorrer el telón de una mascarada y comprobar que estuvimos y seguíamos abandonados.


PACOTE*.- Atado que se hace con hojas de plátano, envolviendo las lonjas saladas del paiche para transportarlo.

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