lunes, 21 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXI

Concluidos los festejos del año nuevo, en las horas de descanso y esparcimiento que la nueva organización nos brindaba, el subteniente Mogrovejo nos hizo partícipe de la idea y preparación de una velada teatral que proyectó realizarla en celebraci6n del día de Los Reyes. Sin detenerse a pensar en las dificultades que el medio y la situación habrían de ofrecernos, nos lo propuso y todos los del “Estado Mayor” le ofrecimos la más amplia colaboración.
En un nuevo tambo que estábamos construyendo, empezarnos a poner lo que creímos necesario para el caso, como se había proyectado, tanto como lo permitieron las limitaciones que teníamos que afrontar.
Al entusiasmo y buena disposición de ambos oficiales se sumó el deseo de cooperación de toda la Compañía, buscando que resultara brillante y entretenido el espectáculo. La preparación del programa, cuyos números fueron creación de Mogrovejo y de algunos miembros del “Estado Mayor”, no ofreció las dificultades que se tuvo con el escenario. En cuanto a éste, pese a que pusimos gran empeño en terminarlo aún nos faltaba mucho, pero, desde las primeras horas de la mañana, el mismo día de la fiesta, continuamos con su preparación y tuvimos que hacerlo a las carreras, para terminarlo a la hora conveniente, y no faltaron el telón de boca, los decorados, bastidores, candilejas y hasta camerino para los actores. En la preparación del programa la mayor dificultad estuvo en conseguir los trajes apropiados para los improvisados actores en sus respectivos papeles, pero nos ingeniamos de tal modo, que pudo decirse que todo estuvo completo.
La dirección, por supuesto, corrió a cargo de Mogrovejo y a las 8 de la noche se inició el espectáculo. El comandante Calderón con todo su Estado Mayor, para quienes se preparó un estrado especial, fue cordialmente invitado y como buenos militares fueron puntuales; igualmente la oficialidad y tropa de todas las unidades del destacamento. Todos se acomodaron en una gran explanada que se preparó frente al tambo que servía de escenario, de pie, sentados en el suelo y muchos en banquitos que improvisaron o llevaron precavidamente.
El primer número fue el Himno Nacional, cantado por nuestra Compañía, pero a su voz se unió la de todos los presentes; luego Mogrovejo leyó el clásico discurso de ofrecimiento, breves palabras de emotiva significación, que ponían de relieve el momento nacional que estábamos viviendo, lo que significaba para toda la Nación, y para sus sentimientos de militar, y plasmaba el de todos sus colegas en el sagrado deber de velar por la integridad del territorio patrio. Su arenga hizo vibrar de emoción y arrancó nutridos aplausos.
A continuación se presentó un cuadro alegórico alusivo a nuestra campaña: en el fondo, en un pedestal, la Patria, haciendo flamear en la mano izquierda la bandera nacional y con el brazo derecho extendido señalando al Este (el cabo Ruiz Soto, con un mosquitero como túnica, dos pedazos de venda del paquete individual, un gorrito blanco y rojo, una banda de resistencia en la cintura, un poco de harina y unas gotas de tinta roja en las mejillas y dos panes redondos en el pecho.. . quedó convertido en Patria, con tal apariencia, que hizo tragar la saliva a más de uno) cuatro soldados con la bayoneta armada en actitud de ataque; Juan José tendido junto a una ametralladora en actitud de dispararla y un soldado alimentándola, todo en un campo verde de arbustos y hojas naturales y en el lado opuesto un letrero luminoso, como ardiendo en llamas,
en el que se leía Leticia.
Estaba dispuesto con tal arte y acierto, que el mensaje que encerraba llegó directo e instantáneo al pensamiento de todos los concurrentes arrancándoles prolongados aplausos.
Calmados los aplausos, nuestra Compañía, entre bastidores, empezó a cantar nuestra nueva marcha ¡A Leticia! haciendo el solo en las estrofas nuestro barítono César Ríos Ruiz. Al terminar el primer coro, cuando Ríos comenzó la primera estrofa, de pronto, por grupos, todos fueron poniéndose de pié; se notaba en el ambiente una emocionada expectación, algo así como un galvánico enlace que hacía estremecer el medio millar de soldados que de cualquier modo estaban acomodados frente al escenario y al terminar, una cerrada ovación estremeció la selva con palmas y vivas interminables.
Cuando cayó el telón y se calmó la emoción, una avalancha de oficiales y clases invadió el escenario por ver a la que creyó chica y averiguar de dónde la habíamos sacado. Se llevaron un chasco al encontrarse con todo un cabo de la Compañía, quien, por si acaso, se estaba despojando de sus atavíos femeniles más que de prisa.
Los demás números fueron recibidos con el mismo entusiasmo.
El drama “El desertor”, escrito por el subteniente Mogrovejo e interpretado por Humberto Campos, Lizardo Paredes y el cabo Lizarriba, cosechó muchos aplausos; una pantomima de ventriloquia, efectuada con muñecos de carne y hueso fue otro número del gusto de los concurrentes; el sketch titulado “En una cantina de Iquitos”, interpretado por los sargentos Valles y Del Águila hizo desternillarse de risa y culminó con la canción “Desgraciao”, todo original de Pacarmón y cantada por él mismo, fue premiado con grandes aplausos. Hubo además canciones y motivos regionales, muchos de los cuales merecieron el bis.
La actuación terminó muy cerca de las 12, el comandante se retiró complacido y según oyeron algunos, emitió conceptos elogiosos sobre el entusiasmo de la tropa y la iniciativa de los oficiales.
Se había preparado una ligera cena para agasajar a los concurrentes, algo así como una retribución a la atención de fin de año de la Cuarta Compañía, que se sirvió al concluir la velada; los que habíamos hecho de actores fuimos invitados al tambo de los oficiales, donde estaban varios de las otras unidades, entre ellos Carlos Barriga, de la Primera, Vargas Llosa, de la Cuarta, y el teniente de la Armada, Julio Elías.
Al día siguiente en la Orden del Destacamento, el Comando felicitaba a la Tercera Compañía, a los oficiales que la comandaban y en forma especial al soldado Pacarmón, por ser autor de la marcha “A Leticia” y de la canción “Desgraciao”.
Y así concluyó una actuación feliz.
Todavía comentábamos el notable cambio de nuestra suerte, cuando de repente cundió una noticia inesperada… ¡que íbamos a bajar a Puerto Arturo para tomar el varadero de Santa Elena!...
Luego de pasar lista e izar la bandera, cuando nos disponíamos a iniciar la tarea diaria, se oyó el toque de llamada de tropa; corrimos a formar, y sin mayores comentarios el teniente designó 10 hombres, los envió al Comando y al resto a cortar leña; estaba yendo con éstos cuando me llamó para llevar una comunicación al Comando; me animé a preguntarle qué estaba pasando y me dijo:
- Mañana se embarca todo el destacamento con dirección a Puerto Arturo, pero, esto es sólo para usted, ¡no se lo diga a nadie!.
Partí corriendo y en el puerto me encontré con una gran animación: los 10 hombres de mi Compañía que habían sido designados por el teniente en unión de muchos más de otras unidades, estaban embarcando los víveres en una de las lanchas, otros estaban haciendo lo mismo con la munición y las herramientas. Volví y comprobé que había sido inútil la recomendación de discreción que me hizo el teniente… ya todo el mundo sabía la noticia y hasta con más detalles.
Los panaderos recibieron la orden de hacer tres mil raciones de pan de tropa y mil de oficiales... ¡había que ver la actividad que todos ponían en el trabajo!... ¡Parecían máquinas!... Un poco más tarde la “Libertad” zarpó para Inonías a traer la sección que allí estaba destacada.
La lancha “San Miguel” que llegaba de Iquitos y cuyo arribo nos había sido anunciado y la esperábamos ansiosamente,, llegó después, muchos fueron a ella, pero yo no pude hacerlo y con los que me quedé pasamos como tres horas de inquietud, hasta que llegaron con montones de cartas y encomiendas, que el mismo teniente se puso a repartirlas. Los de nuestro círculo teníamos de unas y otras, las recogimos y fuimos a un rincón del bosque a revisarlas; cartas y encomiendas fueron devoradas, primero las unas y luego los dulces, pastas y licores, compartiendo de éstos los sargentos Valles y Del Águila, a quienes invitamos. Mientras tanto llegó la hora del rancho, pero no nos conmovió el toque… ¡quién iba a comer rancho de tropa teniendo tantas exquisiteces!...
Al día siguiente volvió la “Libertad” y fuimos a ver a los compañeros; cierto fue que todos estaban enfermos, unos peor que otros, pero ninguno sano. Estábamos tan contentos que hasta tuvimos la delicadeza de saludar a Cornejo.
Había sido anunciada la llegada del Ministro de Guerra; el avión que debía llevarlo llegó al atardecer pero sin él; no nos preocupaba que no hubiera llegado, porque teníamos impaciencia con nuestros preparativos, con los que continuamos hasta cerca de la medianoche y ya pasada; listo nuestro equipo traté de aprovechar el resto de la noche soñando en el tan esperado regreso. Eleazar, que estaba de imaginaria, se encargó de despertarnos a las 4 de la mañana y a las 4 y media estábamos listos y en formación para embarcarnos. Sin perderla desayunamos, saliendo por turnos, equipados como estábamos.
Así y todo fuimos los últimos en hacerlo en la alvarenga* de la “Libertad”; eran ya las 6 de la mañana.
¡Adiós Todos Santos!... Los muchachos estaban contentísimos, a Campos se le ocurrió cantar nuestra marcha ¡A Leticia!... Todos lo acompañamos... los oficiales en cubierta de primera de la lancha nos observaban.
Empezábamos a navegar; a bordo el entusiasmo era delirante... Cuando pasamos a lo largo del campamento se vio a los que se quedaban, correr a la orilla para vernos pasar: eran los de la Primera Compañía y los zapadores, que ya no habían cabido en las lanchas y tenían que esperar su regreso.
Al terminar el canto retumbó en las lanchas un grito unánime, nutrido, potente, decidido como una amenaza... ¡A Leticia!... Y hacia allá marchábamos.
Como a las 5 llegamos a Puerto Arturo; desembarcamos inmediatamente y nos dirigimos al mismo alojamiento que habíamos ocupado antes, con tan mala suerte que ya alguien había ordenado que se instalara en él la sección de cañones antiaéreos... ¡Se estaban convirtiendo en nuestra sombra!... Como no había otro sitio, tuvimos que acomodarnos en el corredor, donde no había cómo poner hamacas, de manera que dormimos, como había dicho el soldado de la velada de Reyes, “sobre la pona”...



ALVARENGA*.- Tipo de embarcación sin motor, anexada a otra motorizada.

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