jueves, 24 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXII

La íbamos pasando perfectamente. Casi agradable fue estar en Puerto Arturo con jefes como Rospigliosi y Mogrovejo; para mayor satisfacción, algunos del “Estado Mayor”, antes separados por circunstancias del servicio, podían estar cerca; Sifuentes se reincorporó a nuestra Compañía, Bardalez quiso hacer lo mismo, pero lo tarde que inició sus gestiones no le permitió conseguirlo, pero, estábamos casi siempre juntos. Según los últimos datos íbamos a Leticia... Creí, ingenuamente, que entonces sí nos iríamos a agarrar con los colombianos...
Conforme había estado anunciado, el R 10 llegó con el coronel Beingolea, Ministro de Guerra. Sorpresivamente recibimos la orden de armarnos, equiparnos y atrincherarnos, para una revista del destacamento en las trincheras. Con cierta emoción esperamos en nuestros puestos de combate, hasta que llegó a nuestra trinchera, acompañado de todo el Estado Mayor; sin un solo comentario que llegara a nuestros oídos, bajó, miró y lo recorrió en toda su extensión, acompañado del coronel Ramos y del comandante Calderón; con un gesto pidió su fusil a uno de los soldados, lo miró detenidamente, lo rastrilló, recogió el cartucho, lo miró con el mismo detenimiento y lo volvió a introducir sin decir una sola palabra; luego subió y pasó a la otra trinchera.
Terminada la revista volvimos a las cuadras y formamos para pasar rancho; después volvimos a formar y esta vez el teniente con un médico pasaron revista para constatar quiénes, por algún motivo de salud u otro impedimento, no estaban capacitados para hacer el viaje por el varadero; todos los enfermos fueron excluidos, algunos con cierta resistencia, entre ellos Campos, que tenía un dolor de muelas que parecía de 9 meses por la hinchazón. Según los entendidos la caminata por el varadero sería de 4 días, por un camino muy accidentado, lo que hacía que se necesitara de toda nuestra capacidad física.
Luego, siempre en formación, fuimos al tambo que hacía de arsenal, para cambiar nuestra munición; devolvimos la FH, que se había comprobado que estaba fría en un 60 % y recibimos la FN, que debía estar mejor, aumentando nuestra dotación a 200 cartuchos. Eran las 11 de la noche cuando volvimos a nuestro corredor, con la orden de estar armados y equipados a las 5 de la mañana.
La impaciencia que nos dominaba hizo que a las 4 empezáramos nuestros preparativos y estuviéramos listos mucho antes de las 5; de este modo todavía esperamos para la distribución de los víveres que nosotros mismos debíamos conducir. En tal distribución, a Benjamín y a mi nos tocó 25 kilos de arroz a cada uno y convinimos en que alternativamente, uno llevara los equipos y el otro los 50 kilos de arroz; luego nos dieron cigarrillos, fósforos, jabón, por último el desayuno y... ¡en marcha!
Eran las 7 de la mañana cuando nuestra Compañía arrancó; la sección de comando que era la nuestra, salió la primera, luego en orden las siguientes y tras de nosotros los cañones antiaéreos; el camino estaba bueno por lo seco, pero era muy desigual; Benjamín caminaba delante con el arroz, yo detrás con los equipos.
Los zapatos flojos me obligaron a detenerme antes de la media hora de camino; estaba sin medias y sentía que se me estaban desollando los pies; saqué las vendas que tenía en el bolsillo y me los envolví. En el primer alto para cambiar de carga pregunté a Benjamín como tenía los pies y me contestó que sentía una ampolla; le aconsejé que se los vendara, cambiamos de carga y continuamos el camino. La cosa era seria, 50 kilos encima y unas subidas y bajadas en las que había que encomendarse al santo patrón de los cargueros, empezaron a sacarme el alma.
La primera Compañía que salió delante de la tercera se atrasaba notablemente; en el camino pasábamos a muchos casi derrengados y a otros tirados en el suelo tomando aliento. No sé de dónde pudimos sacarlo nosotros para continuar caminando, aunque lentamente, así y todo llegamos a Esperanza poco después del mediodía y casi los primeros. Poco a poco fueron llegando los demás, pero Eleazar y Acosta no aparecían; nos enteramos de que, además de haber sido su sección la última en salir, les había tocado transportar una caja de azúcar de 40 kilos a cada uno... ya me imagino cómo se las verían. Llegaron entre los últimos pero sin la carga, pues se vieron obligados a buscar ayuda que felizmente encontraron; a pesar de todo estaban de muy buen humor y con mejor apetito. Después de comer el rancho frío, como teníamos azúcar a discreción, preparamos un delicioso shibé* que nos lo tomamos con fruición y luego nos tendimos a descansar.
Mucho después del mediodía llegó el teniente y bastante entrada la noche la sección de cañones antiaéreos, pues el pesado equipo que transportaban les hacía muy penoso el camino. Fue por esto que no obstante no ser Esperanza la meta de la primera jornada, no continuamos la marcha.
Tres casas grandes construidas exclusivamente con madera, sobre horcones de huacapú* a una altura de dos metros aproximadamente, al centro de una bella arboleda de frutales: eso era Esperanza. Mirando a través de las puertas de las casas, con amplios corredores, se veía restos de pasado esplendor y comodidad de los caucheros, sus antiguos propietarios. Doña Elena, una señora de edad, a quien se vio muy a la pasada y parecía ser la dueña, pareció no darse por enterada de la presencia de tan numerosa tropa. Rondando por los alrededores, después de un breve descanso, vimos algunas indias, que seguramente eran sirvientas de la casa; más tarde, al ver que se marchaban al centro, pensamos en el acierto de la respetable matrona, que trataba de evitar complicaciones por la presencia de la tropa.
La mayoría de ésta agotada por el duro viaje, se dedicó al descanso, pues la hora de partida estaba señalada para las 2 de la mañana, hora en que, según los entendidos habría salido la luna; algunos, más frescos en todos sentidos, pensaron en las indias, aguijoneados por los tres meses de forzada abstinencia sexual y tan pronto como anocheció, empezaron, como gatos en celo, a rondar por todas partes a favor de la oscuridad. Algunos se subieron al emponado de la casa debajo de la cual nos habíamos acomodado, encontraron lo que buscaban y empezaron a oírse carreras y gritos apagados: ¡Deja!... ¡Deja!... de pronto un ruido sordo como la caída de un bulto pesado al patio de la casa... posiblemente alguno que habría sido empujado o por no conocerlo tropezaría cerca del borde y se iría del piso... además era posible que las indias, no todas fueran asequibles y se resistieran...
Y La señora Elena sin dar señales de vida...
Como no era posible conciliar el sueño, nos pasamos la voz y resolvimos ir en busca de las indias, que, al parecer se habían ido al centro, pero que, según alguien que se había informado oportunamente, tenían sus tambos cerca.
La noche no estaba muy oscura y el camino era despejado; no caminamos ni media hora y distinguimos los tambos, en algunos de los cuales había luz. Caminamos con más cuidado y en silencio, pero, a medida que nos aproximábamos, notamos que se habían dado cuenta de nuestra presencia: oímos voces, pasos precipitados y vimos cabezas que asomaban a mirar por las puertas.
Éramos seis; llegamos calmadamente y elegimos el tambo más grande que tenía luz, tres se introdujeron e inmediatamente salieron algunas indias con intención de huir, algunas lo lograron, pero, al parecer, solo hacían el ademán, porque tan pronto como dimos alcance a 3 de ellas, que las vimos atractivas, se sometieron dócilmente, dando la impresión de estar habituadas a no oponer resistencia. De otro modo no hubiéramos encontrado la forma de entendernos.
Lo curioso fue que no encontramos ningún hombre, lo que fue una ventaja, pues su presencia nos habría creado problemas.
Ya era cerca de la medianoche y la oscuridad que disminuía notablemente, anunciaba la salida de la luna; una luz tenue dibujó borrosamente las formas que se apretaban y desprendían en un rechazo obsecuente que excitaba el deseo, ofreciéndose y esquivando la atracción de la carne en un natural, suave y huidizo ondular de cintura; sombras que caían voluptuosamente al lado de las puertas, en el húmedo hierbal, en el tibio suelo, sin otra manifestación que leves quejidos, hondos suspiros de placer… Cuerpos broncíneos, primitivos, semidesnudos, de aterciopelada firmeza que al tacto se erizaban suavemente, ardientes pero pasivos, oliendo a naturaleza, a flores silvestres, a palo de rosa; rodaron estremecidos en una entrega de holocausto...
A las dos de la mañana estábamos equipados y listos, la marcha se inició a las 3 y cuando la Tercera Compañía partió, eran las 5; la luna alumbrando esplendorosamente parecía acompañarnos. El camino fue peor que el del día antes: mas quebrado, más fangoso; menos mal que para la preparación de rancho nos consumieron parte del arroz que conducíamos, por lo que nuestra carga disminuyó notablemente. Encontramos unos puentes que para pasar había que hacer equilibrios de funámbulo; mas de uno fue a parar al fondo de una quebrada. Felizmente la suerte me acompañó y todo se redujo a tremendos resbalones que causaban la hilaridad de los compañeros, que no esperaban la caída para justificar el refrán: “Cuando un prójimo se cae los demás se ríen”.
Como a mediodía llegamos a un río, que de verlo tan solo ponía los pelos de punta: más o menos de 40 metros de ancho parecía un torrente, cuya peligrosidad aumentaba los innumerables palos prendidos y atravesados que se atascaban al no poder ser arrastrados por la corriente y hacían una “palizada”, con ruidosos y profundos remolinos.
Ya muchos habían cruzado por sus propios medios, otros sirviéndose de unos indiecitos como guías, porque conocían cuáles palos eran los que debían utilizarse para apoyar los pies. Contratamos a dos de ellos por tres cigarrillos y un pan a cada uno, para que se llevaran la carga, mi equipo y el de Benjamín; solo nos quedamos con nuestros fusiles y nuestra munición, nos quitamos los zapatos y seguimos a los indiecitos por los troncos a flor de agua, pisando donde ellos ponían los pies; el agua corría tanto que amenazaba llevárselos, y hacía perder el equilibrio, pero nuestros guías caminaban como si lo estuvieran haciendo en tierra firme.
La casa donde acampamos iba llenándose con los que llegábamos; el teniente había mandado preparar una infusión de té con aguardiente, la que nos sirvieron antes de la comida, cosas ambas que repusieron nuestras fuerzas. Pensó el teniente que debíamos salir a las 7 de la noche, pero no fue posible porque la luna debía salir aproximadamente a las 12 y hasta entonces la oscuridad nos habría perjudicado notablemente por lo impenetrable de la selva.
Los que si marcharon para esperarnos con el desayuno fueron los rancheros.
Pero la cosa fue como para arrepentirse. Salimos a las 3 de la mañana con una magnífica luna, después de tomarnos una sabrosa taza de café, íbamos en pos de la tercera jornada, que los conocedores - que no faltan o que se hacen - decían ser de 8 horas… ¡Aldabas!... caminamos hasta las 4 y media, estábamos agotados y a cada media hora nos deteníamos a descansar… Llegamos a una quebrada que decían ser Caimito, los rancheros, de brutos o malvados habían pasado de frente con la intención de llegar al río Algodón, pues el teniente al encontrarlos muy cerca, preparando el fuego para la cocina, les ordenó que caminaran más... Por eso cuando llegamos, con un hambre de dos mil demonios, encontramos que recién estaban preparando la comida, no los rancheros precisamente, sino los que primero habían llegado.
El teniente estaba que echaba chispas y habló de castigarlos ejemplarmente, pero, su mayor castigo, creo yo, fue dormir al raso, porque no pudieron llegar al río Algodón.
Los tambitos eran pequeños y estaban deshaciéndose, pero el cansancio nos lo hacía ver como palacios; la sección de cañones volvió a atrasarse, era ya casi noche y aun faltaban muchos de los que la componían.
El dármela de vivo me provocó un incidente desagradable. Se había establecido en cada sección un orden nominal para entregar diariamente parte de los víveres que conducíamos, para la preparación del rancho, según el consumo, el peso del artículo, etc., al que debíamos sujetarnos todos, pero, tratando de terminar con la carga que nos dieron, cuyo peso aumentaba nuestra incomodidad y cansancio hice ofrecimiento de dos paquetes de cigarrillos a uno de los rancheros, a cambio de que me recibiera todo lo que nos quedaba, pese a que no nos tocaba el turno ni a Benjamín ni a mí; solo aceptó la mitad, 20 kilos, que ya era bastante.
Estaba entregándolo, cuando alguien a quien no vi, egoísta o envidioso, le pasó la voz al cabo, éste se acercó corriendo y gritando:
- ¡Devuelva ese arroz!... ¡A ese no le corresponde entregar nada!
Llegó cerca y me pegó un empujón, que por estar en cuclillas me hizo rodar de espaldas, derramando una buena porción del arroz en el suelo. Me levanté violentamente, con ánimo de agredirlo, pero, sintiéndome culpable traté de dominarme y con tono, posiblemente, poco conciliador le advertí:
- Está bien, pero hay que tener maneras para tratar a la gente.
- ¡Yo los trató como me da la gana! - me gritó - ¡Soy tu cabo! - y dándome otro empellón me amenazó:
- ¡Fuera de aquí o te voy a sacar a puntapiés!
Lleno de ira y sin poderme contener le grité:
- ¡Tú eres una pobre y triste mierda!
Benjamín recogía el arroz para llevárselo; algunos compañeros se habían reunido en círculo en torno nuestro. Al oír el insulto se me vino encima con un directo a la cara, que esquivé, pero el puño pasó haciéndome el efecto de una brasa aplicada a la oreja; al encontrar el vacío dio un traspié y chocó contra el grupo que se había reunido; se volvió como un relámpago, pero yo esperaba, simultáneamente nos dimos un violento puñetazo en el pecho que nos hizo retroceder; alguien me sujetó por detrás y oí una voz que me dijo:
- ¡Cuidado!... ¡Piensa lo que estás haciendo!...
El cabo se me venía encima amagando un puntapié al estómago; apenas tuve tiempo de levantar la planta del pie para encontrarlo, lo que hizo que perdiera el equilibrio... yo seguía sujeto... hice un esfuerzo violento, me desprendí y me le iba a ir encima, cuando apareció Valles interponiéndose entre los dos:
- Qué pasa - dijo con una calma desconcertante.
- Nada, mi sargento - dijo el cabo - ¡Cosas de hombres!
Semejante actitud aumentó mi desconcierto; yo esperaba una serie de acusaciones y gritos clamando sanción.
- Bueno - dijo Valles - entonces se acabó. Para ejercicio basta, mañana tendrán oportunidad de probar que son hombres, no trompeándose sino caminando...
Y se fue. Miré a todos los que nos rodeaban buscando a quien me había sujetado; estaban todos los amigos con la cara más inocente del mundo; iba a preguntar cuando Acosta me cogió del brazo y acercándome al cabo le dijo en tono jocoso:
- Cuando termine la campaña dedíquense al box, son muy buenos, por ahora los declaro tablas.
Y cogiendo a ambos por el puño nos levantó la mano, todos rieron, el cabo estaba serio igual que yo, pero en ese preciso instante apareció corriendo Sifuentes, con una botella en la mano, se puso en el centro del círculo, vació de su contenido en una jarra que tenía y dándosela al cabo le dijo:
- ¡Estas son cosas de hombres!... Tragos, mujeres y pelea, pero, ¡siempre amigos!... ¡Salud!
Bebió el cabo, le devolvió el jarro que Sifuentes llenó de nuevo y me lo pasó diciendo:
- ¡Tragos, amor y alegría, lo demás es porquería!
- ¡Salud! - le dije y bebí. ¿De dónde habría sacado ese menjurje si ya no estaba en la farmacia?... ¡Secreto profesional!...
Bebieron hasta donde dio el contenido de la botella, quitándosela unos a otros...

Resultó, según los indios que encontramos, no ser Caimito el lugar donde habíamos llegado, pese a haber caminado desesperadamente; era Uvilla Grande... ¡vaya nombrecitos!... De este modo salimos a las 11 de la mañana, solo para llegar a Caimito, pues el cuerpo reclamaba descanso.
El subteniente Mogrovejo cayó enfermo; se le notaba que sufría pero trataba de sobreponerse y caminar igual que nosotros; el doctor Ponce también se puso mal, alguien afirmó que le había atacado el “beriberi”, porque se le hincharon las piernas, tanto que no podía caminar y fue necesario poner una hamaca en un palo, acostarlo en ella y que dos lamistos lo condujeran como en angarillas.
Hablando de los lamistos, cuyo gentilicio viene de Lamas, a quienes el vulgo les atribuye una idiosincrasia torpe, sin ingenio, muy fácil de ser engañados, demostraron no solo ser verdaderos camaradas, brindando ayuda a cuantos, agobiados por la fatiga y el peso del equipo, ya no podían caminar; tomaban la carga y los bárbaros estos, con más de 70 kilos encima, nos daban alcance y pasaban corriendo como “huanganas”... ¡Qué lomos tan fuertes!... Y nada pedían, quedaban contentos con algunos cigarrillos o cualquier obsequio que se les hacía.
Caminamos solo dos horas aproximadamente y llegamos a Caimito; los tambos eran algo mejores que los de la jornada anterior, pero a nosotros nos daba igual, el caso era descansar y así lo hicimos, hasta que toda la expedición estuviera completa y se rehiciera para las dos últimas jornadas, que fueron como para probar que no se trataba de una excursión, sino de la marcha de una tropa en campaña de verdad, arrostrando todas las inclemencias de la selva.
Partimos a las 6 de la mañana y todo el día caminamos entre fango, subidas y bajadas, cruzando puentes hechos de troncos vacilantes, sufriendo resbalones y caídas adornadas con pintorescas y coloridas maldiciones, bajo el peso de nuestra abrumadora carga. A las 4 llegamos al tambo, Benjamín y yo entre los primeros; era amplio, pero, a través de unas aberturas que la inclemencia del tiempo fue dejando en el techado, se veía agolparse negras e intranquilas nubes amenazando tempestad. Apenas terminamos de comer se desencadenó un chaparrón tan fuerte, que tanto daba estar fuera como dentro del tambo; esto basta para dar una idea de como estábamos empapados, nosotros y nuestros equipos; cuando cesó de llover nos dispusimos a pasar la noche de cualquier manera, tratamos de secar al fuego parte de nuestras prendas y preparamos nuestros lechos: unos periódicos viejos sirvieron para protegernos del frío que nos quería penetrar hasta los huesos y hacíamos por olvidar lo húmedo del piso para dormir... ¡Imposible!... como a la media noche otro chaparrón y al amanecer otro más prolongado nos obligó a levantarnos para no mojarnos acostados. .. El agua corría por dentro del tambo como si éste no existiera; a pesar de todo preparamos el equipo, desayunamos, recibimos el rancho frío y emprendimos la última jornada como a las 7 de la mañana.
El camino... ¡ni hablar!... era todo fango, seguía lloviendo...resbalando aquí, cayendo allá, entre las tahuampas* que la lluvia había hecho más profundas, seguimos entre risas, chistes y miles de maldiciones… ¡Cuidado que te vas a mojar!.. ¡Fíjate donde vas a caer para no ensuciarte!... ¡Ven para levantarte!.. ¡Maldita sea mi suerte!...
Tres horas tardamos en llegar al río Algodón y mientras, había cesado la lluvia lentamente; la ropa se nos iba secando en el cuerpo, pero estábamos sucios hasta los forros.
El río estaba crecido y le calculé unos 50 metros de ancho, pero felizmente no era muy correntoso y no teníamos que pasarlo por sobre vacilantes palos flotando en el agua: un hombre con una balsa de palos en la que embarcaba 10 o 12 de los que iban llegando, por medio de un grueso cabo de Manila, sujeto a ambas orillas del río, los pasaba como en un funicular. La balsa era pequeña y con el peso parecía que fuera a zozobrar, pero el hombrecito era experto dando órdenes de colocación y distribución de los pasajeros.
Ya en tierra firme y sin siquiera dar las gracias al amigo aquel, seguimos caminando; habíamos resuelto no comer el rancho frío antes de las 12, pero el reloj de nuestros estómagos se adelantó y no pudimos resistir el hambre mucho antes; nos sentamos en un tronco caído, al borde del camino y nos pusimos a comer. Estábamos terminando cuando pasó el teniente con un grupo y viendo lo que habíamos estado haciendo nos dijo:
- ¡Aun faltan 6 horas de camino y sin rancho les va a cantar la alondra!... Nos reímos, recogimos nuestra carga y seguimos tras el grupo.
Ya empezaba a aburrirnos el camino y fatigarnos la carga cuando notamos desmontes a los lados del camino; esto nos animó y seguimos más de prisa; encontramos gente trabajando en la construcción de un camino carrozable y más adelante un camión, pensamos inmediatamente en Zubiaurr, quizá estuviera cerca, pero los que allí trabajaban y fueron preguntados no supieron darnos razón; ni lo conocían. Después nos enteramos que aprovechó de su viaje y con el carácter que se manejaba, había conseguido seguir hasta Iquitos... ¡Feliz él!...
Por fin llegamos a Santa Elena, a orillas del Tambor Yacu; todo lo que vimos fue algunas tropas, pero había una falda: la de la enfermera, que para mal de nuestros pecados era joven y bonita, pero nada asequible a pesar de su amabilidad profesional. Pretextando necesitar mercurio cromo para unos rasguños, fuimos a verla; ella nos miró entre risueña y burlona, nos mandó a bañarnos, y que regresáramos para que ella nos lo aplicara. No quiso decirnos ni su nombre y aunque nos lo hubiera dado inventado, igual nos hubiera complacido.
Dos embarcaciones estaban acoderadas: la “Meteoro” y la “Cahuapanas”; nos quitamos el equipo, pusimos a secar al sol toda nuestra ropa y nos metimos al río para quitarnos toda la porquería que teníamos encima, pues nos habían dicho que nos embarcaríamos inmediatamente. El colmo de la buena suerte fue que el patrón de la “Meteoro” resultó ser Brunner, cuñado de Juan José, quien, antes de salir, se había enterado del viaje que haríamos y le tenía una encomienda de dulces, que la disfrutamos inmediatamente.
Como a las 5 empezamos a desfilar para embarcarnos; éramos tantos para las dos embarcaciones, que, totalmente estábamos como sardinas en lata y por un momento creí que no tendríamos sitio para dormir; pero todo se resolvió: muchos lograron colgar sus hamacas, porque se embarcaron los primeros, otros sentados, tirados sobre la cubierta donde fue posible, se acomodaron. En lo que a mí se refiere mi experiencia me hizo encontrar un sitio apropiado, aunque peligroso, porque estaba sobre la borda de la proa, donde puse mi hamaca y antes de que empezáramos a navegar, lo que sucedió a las 11 de la noche, yo estaba acostado.



SHIBE*.- Fariña y agua; bebida muy usada por los trabajadores de la selva. Con azúcar o chancaca resulta más agradable.
HUACAPU*.- Médula o corazón de un árbol de la selva. Recto, durísimo e incorruptible.
TAHUAMPA*.- Terrenos permanentemente anegados.

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