jueves, 3 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XV

Dicen que la ociosidad es madre de todos los vicios, lo que equivale a decir que genera malos pensamientos. “Los que tan falsa máxima atesoran, muy torpes deben ser o muy vulgares”, porque justamente cuando nada hacía, mi pensamiento creaba situaciones de fantástica realización, se perdía en un laberinto de ensueños inalcanzables, volaba insistentemente en panorámica conquista, hacia lo ansiado, hacia lo lejano, hacia el bello futuro de su misma creación, con la desesperada alegría del náufrago que ve la costa salvadora.
Otros días, aun estando ocupado, inconscientemente, mi atención se desviaba incontenible de lo que estaba haciendo y sin darme cuenta buscaba la soledad, me alejaba de la realidad que me encerraba, como huyendo de mí mismo, figurándome en la quietud del bosque una emoción distante y sin alcance, una deslumbrante lejanía, en la que una voz esperada salía de todas partes como murmullo, como reclamo; sentía jugar la brisa en mi rostro como caricia de su aliento y la luz, como su mirar iluminando el firmamento de mis sueños, como consuelo de tanto esperar.
Al despertar de adormecidos recuerdos mi imaginación se desdoblaba, se remontaba y vivía un mundo ajeno a mi presencia, perdido en mi inmovilidad de ausencia... Un reflejo, un parpadeo, el volar de asustados paujiles de aterciopelado plumaje devolvían la realidad, quebraban el embrujo... y la brisa volvía a ser prosaico viento, hosca la penumbra del ambiente, tristes los rayos del sol penosamente filtrados en la arboleda.
Hay naturalezas propicias al ensueño, soñando viven y soñando calman sus penas; su vida alienta y se consuela en el ensueño como lenitivo que adormece sus dolores, como alivio que calma sus pesares; la materia puede sufrir las más absurdas penalidades, pero la conciencia no hace suyas esas sensaciones, las margina, las olvida, porque la dicha de los sueños es el bálsamo que le hace insensible a esas impresiones. Yo me estaba sintiendo como uno de esos privilegiados: trataba de olvidar la fatiga y el dolor, buscaba la alegría de la vida presente soñando en la felicidad que me esperaba.
¡Hacía cien días que la vi por última vez!... ¡Cien días que en señal de despedida uní mis labios a los suyos!... Y me parecía que hubiera sido ayer, como quien dice anoche... que la tuviera cerca... porque los recuerdos suavizaban mi tristeza, su risa grabada en mis oídos, la melodía de su voz, su mirada de esperanza... eran como rayos de sol ocultos brevemente tras de nubes pasajeras, incapaces de vencerlos porque flotaban sin firmeza, sin constancia, sin destino, en contraste con las firmes promesas de su amor...
Estuve de guardia y llovía torrencialmente; cuando volví sentía un frío que me llegaba hasta el alma; tenía húmedos los pies por el charco en que estuve parado y aun sentía la humedad de la ropa que me había quitado; el agua que corría por nuestra garita había malogrado el piso, no podía tomar asiento ni recostarme en parte alguna, porque las ponas estaban mojadas.
Con la mirada tratando de despejar la sombra, que de cuando en cuando rasgaba y hendía un haz centelleante de luz, que hería los ojos y solo dejaba ver una densa cortina de agua, había pasado dos horas pensando en ella, a quien quería ver y oír como antes... No me quedó ni el recurso de mirar su retrato porque la oscuridad estaba en contra mía, pero a falta de él, tuve entre mis manos la joya que me dio como recuerdo: Fe, Esperanza y Caridad... ¡Cómo alentaba mi espíritu, cómo animaba mi ser, cómo hacía más firme mi idea el pensar que esa prenda fue suya, que tanto tiempo la llevó al cuello, que sintió el calor de su seno!...
Fe, sublime virtud del alma; es la tabla salvadora a la que el náufrago se aferra; es el norte que guía al extraviado, que alienta al desvalido y calma la ansiedad del desterrado; es la llama que perdura en el fondo de las almas; es el sueño del proscrito, la visión de los creyentes, la obsesión del fanatismo, el consuelo del vencido...
Esperanza es la que anida en los pechos que no laten más que a impulso de la Fe; es el bálsamo que en heridos corazones derramando van las horas; es la que lejos, en los cielos, en las nubes, en las ondas cristalinas, en las olas encrespadas, en la bronca tempestad, solo guía un pensamiento, solo enseña una ilusión... Es el puerto al que se arriba tras de recia tempestad con la nave de la Fe... ¿Quién no tiene una esperanza? ¿Quién no alienta una ilusión? ¿Quién no sueña en ese puerto donde esperan otras albas y otros días de ventura?
Caridad camina sola, va vestida con harapos, no se muestra en los salones, en las fiestas, en los bailes; es humilde y noblemente digna no habla nunca y es muy pobre; ella huye del fausto y la alegría, por buscar la compañía del lisiado y del mendigo, parte el pan con el hambriento, su vestido da al desnudo, da su lecho al desvalido y su techo al pasajero; no pregunta el nombre a nadie y tampoco dice el suyo, si la observan trata de ocultarse y no quiere que alguien sepa el bien que hizo.
Caridad piensa y reza por el triste deportado, por el preso de la cárcel, por el firme centinela, por el pobre colombiano, por el tonto enamorado... que con mística esperanza aguardaba la “Estefita”, por el pobre enamorado que al saber que había cartas como un loco fue a buscarlas, sin cuidarse de la lluvia, ni del charco, ni del riesgo de caerse siete veces, como un nuevo salvador en aquel calvario de Todos Santos; por el pobre enamorado que cogió la carta con la ansiedad del náufrago que recibe un salvavidas; por el pobre enamorado que al ver que la carta no era de su novia, casi la tira al río...
Volviendo a la realidad, todo sucedió tal como queda dicho: no recibí nada de mi novia ni de mis padres; solo una carta de un amigo con noticias nada tranquilizadoras… pero... ¡Qué diantre!.. si eran ciertas... ¡Al diablo con los sueños e ilusiones!...
La lancha llegó a las 11 y minutos; alegría general, tumulto, toques de silbato y...!lo más sensible!.., atraso del almuerzo; salieron dos comisionados clandestinos y regresaron con las manos vacías. Cuando almorzábamos los mismos frejoles - digo los mismos porque siempre estaban crudos - llegó uno con una carta para Zubiaurr, quien se llevó un chasco cruel, creyendo que sería de su Alicia y resultó ser una cuenta; más tarde fue Ghersi en la canoa, que como era tan pequeña fue imposible ir con él, y como no había otra decidí ir caminando… ¡nunca debí hacerlo!... el camino estaba de puro fango... bueno, aquí lo de las siete caídas. Vi tropas que parecían de la costa, no reconocí a nadie y para colmo, también yo regresé con las manos vacías...
Hacía días que corría una bola sensacional: que los que conformaban el contingente extraordinario - que éramos nosotros - y los que no pertenecían a las clases del 31 y 32, regresaríamos el 17... ¡Cómo hubiera sido cierto!... pero se leyó la orden del batallón y nada decía referente a la anunciada baja y menos al regreso de que se hablaba. En cambio nos anunciaba que habría revista médica para todas las compañías. Buscamos la relación que pudieran tener ambas disposiciones, pero no la encontramos por ninguna parte. En cuanto al examen médico era muy oportuno, porque había muchos que parecían fantasmas y no seres vivientes, por su aspecto decrépito y su casi transparente palidez, solo atribuible al paludismo, al duro trabajo que agotaba a todos, y a la pésima alimentación.
Nosotros tratábamos de defendernos por todos los medios del trabajo y del hambre, y lo conseguíamos en alguna forma: estábamos a la expectativa para sacarle partido al menor descuido de nuestros patrones, pero una vez nos salió mal el cálculo.
Cuando los rancheros disponían las pailas para distribuir el rancho, a cierta distancia unas de otras, la tropa en fila, iba entrando uno a uno a recibir su miserable ración: primero la sopa-cuando había-en una cacerola y más allá un poquito de arroz de otra paila y otro tanto de frejoles de otra, en otra cacerola. Los rancheros habían adquirido tal habilidad para la distribución, que nunca se excedían de la medida: recogían, el arroz por ejemplo, en un cucharón que sirve para espumar, lo agitaban para que cayera en la paila lo que consideraban excesivo y el resto lo vaciaban en nuestra cacerola, con tal rapidez que había que estar listo para recibir nuestra porción.
Observamos que solo miraban la cacerola donde iban a vaciar el cucharón y no a quién pertenecía y se nos ocurrió tratar de recibir dos veces la ración de arroz, que casi siempre era lo más apetecible del rancho; fue cuestión de presentar una cacerola con la mano izquierda por delante y la otra con la derecha por detrás, haciendo una ligera torsión para alargar el brazo. Nos salió tan bien la maniobra que pocos se dieron cuenta del truco y menos los rancheros, pero, días después, además de que varios de los que nos vieron hacer la maniobra la imitaron, tuvimos la mala fortuna de que el capitán se presentara de pronto y viera a uno haciéndola.
A la carrera, como un perro cojo, se acercó, cargó a empujones y con el palo que le servía de bastón, empezó a descargar golpes en los de la fila gritando: ¡hambrientos de mierda!... ¡están quitando la ración a sus compañeros! - y dirigiéndose a los rancheros, que se quedaron atónitos - ¡ustedes carajo!... ¡concha su madre, como no se fijan lo que están haciendo!... ¡los voy a castigar a todos!...
Con los golpes y empujones a muchos se les cayó la cacerola y derramaron su contenido, la formación se deshizo y todos se quedaron mirándolo en actitud de protesta. Uno se atrevió a decirle:
- Mi capitán, mi rancho se ha derramado.
Otro agregó:
- Yo no he recibido mi rancho, mi capitán.
- ¡Jódanse, carajo, a mi qué me importa! -volvió a gritar- ¡Váyanse a comer mierda, para que otra vez no roben a sus compañeros! -se volvió a los rancheros y ordenó:
- ¡No den más rancho!... lo que ha sobrado tírenlo al río... ¡Si sé que dieron algo a alguien los voy a castigar…y se alejó cojeando.
Fueron como treinta los que no habían recibido rancho y los que lo perdieron; se quedaron junto a las pailas hasta que el capitán se perdió de vista y empezaron a rogar al cabo de rancho para que les diera su ración; éste no decía una palabra pero mostraba disgusto en su semblante. Yo estaba seguro de que quería complacer a sus compañeros, pero la orden del capitán había sido terminante.
El sargento Valles se le acercó y empezó a hablar en voz baja, todos los rodeamos; de pronto el cabo dijo:
- ¡Ya!... se reparte la comida... ¡Qué carajo!... No hay derecho a dejar sin comer a la tropa... Si esa mierda quiere castigar, que castigue a los que han recibido dos veces... ¡Acérquense! -y mirando al ranchero: ¡Sírveles! Dijo.
- Pero, mi cabo -dijo el ranchero en tono de lamentación- el capitán me va a castigar...
Valles no lo dejó continuar.
- Mira, Curinuqui -le dijo - el capitán no va a saber nada porque nadie le va a decir, y si llegara a saberlo y te castiga, yo haré que el castigo solo parezca castigo, te aseguro que hasta lo pasarías mejor… hazlo por tus compañeros… no los vas a dejar de hambre…
Curinuqui vacilaba.
- Bueno -dijo de pronto -que vaya alguien para que avise si viene el capitán.
Inmediatamente partieron dos a la carrera y Curinuqui empezó a repartir lo que sobró, que resultó abundante, porque muchos que no habían recibido su ración, indignados por la actitud del capitán se habían retirado y algunos se dirigieron a la Comandancia con el propósito de quejarse al comandante Calderón.
Al otro día se hizo la revista médica y... ¡Horror!... cuánta sarna y suciedad se ocultaba bajo el uniforme del soldado... esos sí que eran sarnosos de veras. Los había tan sucios que… mejor es no continuar, porque aun hoy, me parece sentir como entonces, que los famosos frejoles se me vienen a la garganta.
Fue un examen en todo regla, todos calatos, en filas interminables esperando el turno… nada se podía ocultar: enfermedades, deformaciones, suciedad... todo quedó a la vista de los médicos… ¡Qué gracioso hubiera sido el mundo si Eva-como se asegura-no se hubiera dejado engatusar por la serpiente y no induce al pobrecito Adán a comerse la dichosa manzana!
Resultaron muchos enfermos e inútiles, los que, lógicamente debían ser dados de baja y regresados a sus hogares. Infelizmente yo no estaba entre ellos, de modo que cuando partieron... me quedé.
La lluvia seguía, hacía un frío que hasta mi fusil lo sentía, procuré dormir aunque la hamaca estaba muy húmeda, pero el fuego del amor que en mi pecho estaba encendido, me dio la ilusión de un lecho mullido y reconfortante.

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