domingo, 31 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXIX

Otra vez miraba extraviado la turbulenta estela del barco, que, poco a poco se aquietaba quedándose en la lejanía; estaba de regreso después de una semana reconfortante, que alentó mis románticas ilusiones y mis dorados ensueños. Pero algo ensombrecía mi pensamiento: era el asunto de Leticia que estaba tomando mal cariz; empecé a darme cuenta del por qué de tantas dilaciones y de la falta de firmeza en las decisiones.
La toma de Leticia por los civiles fue respaldada por la Quinta División, a nombre de los Institutos Armados del país, haciendo suyo el movimiento y resuelta a afrontar la respuesta de Colombia cualquiera que ella fuera. Lo increíble fue que en la capital aparecieran acusaciones, empezaran a crear falsos temores, se apelara a la mentira y hasta al insulto y la diatriba, atizando rencores en el ámbito nacional.
La torpe desviación de la rivalidad política, germen de la desunión de los peruanos, cáncer que consume nuestro Perú, seguía latente. Las funestas consecuencias de hacía medio siglo, en parecidas circunstancias no fueron lección suficiente; el doloroso derramamiento de sangre, en desesperado esfuerzo, de miles de peruanos inmolados heroicamente, parecía haber sido olvidado; las cenizas de la destrucción, el luto de la patria, nada de ese trágico legado fue aprovechado como cimiento de salvadora peruanidad, como cruento símbolo de verdadero amor al Perú.
Igual que entonces, el personalismo criollo de ciertos políticos volvió a enseñar sus repugnantes y ponzoñosos dientes, hundiéndolos en quienes, con nuevos postulados, querían un nuevo orden social; trataron de empinarse al impulso de sus intereses, sin pensar en el bienestar del pueblo, en el interés nacional, en la integridad de la patria, sin importarles la lucha fratricida... ¡La historia se repetía!
Con desconcertante, con increíble desconocimiento de nuestra realidad regional, esos políticos creyeron ver o trataron de hacer aparecer la actitud de Loreto como hecho circunscrito a una sola región y como defensa de intereses particulares; pensaron y temieron que Colombia, poderosa en dinero, material bélico y tropas, con la ayuda de potencias extranjeras, pudiera vencer e ir a la colonización de nuestra selva; pretendieron que se interpretara el levantamiento loretano como el despertar de un pueblo oprimido, a la luz de la nueva ideología de reivindicaciones sociales que se estaba difundiendo con fuerza arrolladora al grito carismático de un nuevo líder que derrumbaría el sistema político imperante... Y su campaña se dirigió a influir en el gobierno la negativa a la ayuda que estábamos clamando.
¿Era posible que ignoraran o pretendieran ignorar que fue el grito de rebeldía del nativo, la protesta del despojado, el clamor de un pueblo, lo que de nuevo se alzó, después de tres años de sometimiento?... ¿Que fueron 57 regnícolas, quienes sintieron el desgarramiento de su tierra, los que rescataron Leticia?...¿Que fue el pueblo, nosotros, los que fuimos en su ayuda, casi desarmados y sin importarnos esto, porque bastaba nuestra presencia para significar la voluntad de los loretanos, que debió ser de toda la nación?
¡Infelices!... No conocían la patria que habían heredado, que debían defender y engrandecer; no se avergonzaban de verla disminuir de extensión lentamente…Para esos, atentos únicamente a colmar sus ambiciones y comodidades, solo existía Lima, y cuando alguna vez, inevitablemente, para desempeñar algún cargo, se vieron obligados a entrar a la Amazonía, se quedaron embobados en la contemplación de su verde y fantástica inmensidad, corrieron de una lagartija, se asustaron de un trueno... Pero el verdadero Perú se conmovió y miles de gargantas corearon el aleluya de la reivindicación.
Entraron esos políticos, esos diplomáticos. Como fantasmas del pasado aparecieron en el conflicto, no se arrepintieron de haber vendido la patria, no quisieron aprovechar de la oportunidad para lavar su afrenta, aunque fuera con su propia sangre. ¡Nos negaron ayuda!
Y no teníamos armas. Después de la revolución de Cervantes, el gobierno, olvidando que Loreto tiene tres fronteras que defender, envió un barco para llevarse las pocas que tenía la guarnición. El poder central necesitaba de ellas para sostenerse, los políticos para derrocar los gobiernos, los militares para exhibirlas en los desfiles. Y alentaban la esperanza de un arreglo pacífico, que ¡ojalá! se hubiera conseguido sobre la base del regreso de Leticia al seno de la patria.
Volvía decidido, casi resignado a afrontar lo que ocurriera; recordaba las palabras de mi novia, que serían la oración de aliento en los momentos de desesperanza, tristeza, dolor, fatiga… “te espero cada día con más amor…nada podrá separarnos”... “Cumple con tu deber, que yo rezaré por ti y por todos tus compañeros; por ti, especialmente que llevas lo más grande que puedo dar: mi amor”...
Me pesó haber regresado tan pronto, pues el comandante se extrañó de mi rápido regreso; quizá por eso la licencia no tenía plazo. Lo peor que encontré fue que mi Compañía y la Primera habían partido con rumbo a Puerto Arturo, es decir, los mismos que habíamos sido trasladados a Leticia... ¡algo extraño y muy chocante!... ¿Por qué éramos los mismos que tuviéramos que ir de un lado para otro?... ¿Acaso no había más gente en Iquitos?... ¿En el Perú?... Pero se quedaron los dos Rengifo, Acosta y Sifuentes; los tres primeros por haber estado en comisión en el Cotuhé y no haber regresado a tiempo y Sifuentes porque estaba haciendo de idóneo de farmacia; ellos y yo fuimos asignados a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19.

Con los Rengifo volvió del Cotuhé uno de los soldados que estuvo presente en la acción de Tarapacá, quien nos contó muchos detalles increíbles, anteriores y posteriores.
Según su relato, la guarnición estaba aislada y sin comunicaciones, solo contaba con 94 hombres, incluyendo una sección de artillería con dos cañones Krupp; la infantería solo tenía una ametralladora. El jefe de la guarnición era el teniente Díaz, el segundo el subteniente Cavero y el jefe de la sección de artillería el subteniente Linares, los tres, a cual más despótico y abusivo. Con la justificación de no saber cuándo llegarían víveres, la ración de la tropa fue reducida al mínimo, pese a que había racionamiento suficiente, lo que lo demostraba lo bien servidos que estaban los tres oficiales, pero nadie podía protestar o quejarse siquiera, tenían que soportarlo pacientemente, porque existía el peligro de que los colombianos atacaran la guarnición subiendo el Putumayo y por otra parte, tenían la esperanza de ser relevados muy pronto.
Una noche sucedió algo anecdótico: vieron acercarse unas luces, por la boca del río, que según todas las apariencias eran de una lancha y avisaron a Linares que estaba de Jefe de Cuartel; éste corrió al emplazamiento de los cañones acompañado de los artilleros y a medida que se acercaban las luces se confirmaba la suposición de ser una lancha. Linares, en la duda de que fuera una lancha enemiga había mandado cargar los cañones, pero, se suponía que fuera la “Libertad”, que según informaciones recibidas, debía llegar conduciendo tropas peruanas de Puerto Arturo y por la dirección que tomó al entrar fueron disipándose las dudas. Pero Linares no estaba convencido y cuando se puso a tiro, en el colmo del nerviosismo, ordenó al sargento que le hiciera un disparo de cañón.
-Pero, mi subteniente, es la “Libertad”-¡por qué se le va a hacer fuego!
-¡Haga fuego, le digo! -gritó Linares.
-¡Yo no hago fuego! -protestó el sargento- ¡Haga fuego usted, si quiere! -agregó y se retiró de la pieza.
Linares arrebató el fusil a uno de los soldados y colocándolo en el pecho del sargento gritó descompuesto:
- ¡Obedezca, carajo!... ¡Haga fuego o le pego un tiro!
- Le he dicho que no hago fuego porque esa lancha es peruana... ¡Máteme, si quiere! -replicó el sargento con firmeza.
Ante esta negativa, sin mover el cerrojo, Linares apretó el gatillo, con tan buena suerte que el fusil estaba descargado; uno de los soldados levantó el suyo con ademán de atacar a Linares, pero el sargento lo contuvo... Mientras tanto la lancha se había acercado lo suficiente para comprobar que realmente era la “Libertad”; Linares no sabía qué decir ni qué hacer, pero ninguno se ocupó más de él por subirse a la lancha que ya estaba atracando, ver y hablar con los que en ella viajaban y ciertamente eran tropas peruanas. La lancha solo acoderó para aprovisionarse de leña y volvió a salir en la madrugada.
Pasaron días interminables y por la falta de comunicaciones no sabían dónde estaba el enemigo ni tenían noticias de las otras guarniciones. Una mañana oyeron el zumbido del motor de un avión y en dirección de la boca del río lo vieron volando; como hacía tiempo que no veían ninguno, con cierta sorpresa, trataron de identificarlo, pero no les fue posible; el avión se perdía de vista, reaparecía, volvía a desaparecer, volando siempre alto, hasta la tercera vez, en que lo vieron más cerca, pero no lo suficiente para reconocerlo como peruano o como enemigo, hasta que se fue para no volver. A lo lejos, por sobre el monte, tras la curva que formaba la desembocadura del río, donde habían puertos brasileños, se veía columnas de humo y confiadamente creyeron que se trataba de buques brasileños de la frontera y que el avión que había estado volando también era brasileño. La lancha “Estefita”, que estaba al servicio, por orden del jefe de la guarnición, bajó hasta la boca en exploración y volvió con la noticia: dos buques brasileños y algunos aviones estaban en un puerto brasileño.
Como al mediodía siguiente aparecieron del sur dos aviones peruanos, que después de dar dos vueltas sobre la guarnición, acuatizaron en el puerto. Desembarcaron los dos pilotos y un suboficial de la Armada, eran el comandante de la Aviación, un gringo alto y flaco que resultó ser el teniente Secada y un radiotelegrafista, que conducía un equipo para el servicio de la guarnición. Fueron recibidos calurosamente por los oficiales y con gran entusiasmo por la tropa, pues eran el primer enlace que tenían con las fuerzas del Comando del nororiente y la llegada del equipo radiotelegráfico cubría una necesidad imperiosa de la guarnición, que tanto tiempo había adolecido.
Después que almorzaron, Díaz y Cavero se embarcaron en el avión del comandante y salieron en un vuelo de exploración a la frontera brasileña. Desde Tarapacá se vio que dio un par de vueltas sobre el sitio en que se suponía que estuviera la flota que se creía brasileña, pero, cuando volvió acuatizó tan violentamente, que casi se hunde... Salieron precipitadamente e inmediatamente el comandante ordenó el despegue de ambas máquinas y partieron ofreciendo volver al día siguiente. Sucedió que la que se había creído brasileña, resultó siendo colombiana, lo mismo que los aviones…al parecer, la expedición punitiva que no se había atrevido atacar Leticia.
Apenas se había extinguido el ruido de los motores de los aviones peruanos, se vio aparecer otros tres, evidentemente colombianos, pues venían de la concentración que en un principio se creyó brasileña, y se acercaron a volar sobre la guarnición. Verlos y atrincherarse, fue solo pensarlo. Los aviones describieron círculos sobre los emplazamiento durante largo rato y al fin se retiraron, tranquilizando a la tropa, que temía, de un momento a otro ver caer sus bombas o ser ametrallada, sin tener con qué devolverles el fuego.
Tan pronto como se fueron apareció Díaz, todo presuroso, a ordenar que se transportara todo el abastecimiento de la guarnición a la lancha que estaba en una “cocha”, como a un kilómetro de la guarnición, protegida por los árboles para evitar que fuera vista desde el aire. Una parte de los soldados de infantería fue destinada al transporte hasta que anocheció y por la noche la orden fue de permanecer en las trincheras, en las que amanecieron mojados y ateridos por la escarcha, pero resueltos a afrontar la situación.
No tenían mucha munición, pero la protección de las trincheras les hacía sentirse seguros. Toda la noche oyeron ruido de motores de fuera borda y veían luces que llegaban a la orilla opuesta y se movían en ella. La luz del nuevo día aclaró el panorama y se dieron cuenta de lo que había estado ocurriendo durante la noche: los motores habían conducido tropas colombianas para que se emplazaran en la orilla opuesta, pero no podían ver ni la cantidad de tropas ni su armamento.
Como a las 9 de la mañana se acercó al puerto de la guarnición un bote-motor en el que flameaba una bandera blanca y conducía militares; encostó y desembarcaron tres oficiales: era un parlamento. Díaz y Cavero les salieron al encuentro; es sabido que a un parlamento no se le permite entrar a una fortificación, a una plaza militar, sin vendarle los ojos; estos pudieron mirar por todos lados y darse cuenta de las condiciones estratégicas que les hubiese interesado.
Después de un breve saludo y luego, seguramente, de que Díaz se identificó, uno de los oficiales le dijo:
-Conque usted, es el jefe de los revoltosos.
No se sabe qué contestaría Díaz, pero a juzgar por su actitud, parecía un colegial sorprendido haciendo una picardía; toda la entrevista se desarrolló en el patio, frente a las trincheras y ni nuestros oficiales los invitaron ni los colombianos insinuaron, ir a la Comandancia; conversaban en voz baja, los colombianos les obsequiaron cigarrillos, se los encendieron y parecían regocijarse de la turbación que mostraba Díaz, que sus mismos soldados pudieron notar. Para concluir le dieron un pliego de parte del jefe de la expedición colombiana, agregando que le daban el término de dos horas para abandonar la plaza y de no hacerlo, las tropas colombianas se encargarían de desalojarlos; que conocían sus posiciones, el estado de sus tropas y su efectivo.
Y se marcharon dejándolo perplejo; empezó a hablar con Cavero luego a discutir y poco a poco fueron acalorándose; Díaz exigía la evacuación inmediata de la plaza; Cavero se oponía a la evacuación y decía que se debía defenderla; Linares parecía el convidado de piedra.
-Tengo -gritaba Díaz-instrucciones escritas del comandante, que dicen que si el enemigo es numeroso, se evacue inmediatamente.
Al fin Cavero pareció convencido y se retiró, Linares partió a la carrera hacía el emplazamiento de los cañones, los artilleros estaban en sus puesto y al verlo se cuadraron militarmente, el sargento saludó.
-¡Sargento Torres! -ordenó- ¡Desarme inmediatamente las piezas!
El sargento lo miró sorprendido, hubo un instante de silencio, parecía no haber comprendido.
-¿No ha oído, sargento Torres? -gritó Linares- ¡Que desarme las piezas, le he dicho!
El sargento se atrevió a preguntar:
-Pero, ¿por qué, mi subteniente?
-Porque debemos evacuar la plaza... y ¡rápido!
-Pero, mi subteniente...
-¡Yo lo mando! -vociferó Linares- ¡Desarme las piezas!
Los soldados que los rodeaban estaban en un suspenso dramático, en sus semblantes se veía la ansiedad de los momentos supremos, el sargento los miró como consultándolos, leyó en sus ojos la decisión de acompañarlo en su gesto y volviéndose a Linares le dijo con voz firme:
-¡Nosotros nos quedamos a defender la plaza y proteger la retirada!... ¡Que evacuen los demás!
-¡Que desarme las piezas le he dicho!
- ¡Yo no las desarmo! -se reafirmó el sargento- y dando media vuelta se retiró junto a los otros artilleros.
Linares vaciló un instante, ya no encontró términos para mandar y hacerse obedecer, miró a todos lados, se sintió solo y vencido y por la firmeza del sargento, se acercó al cañón que tenía más cerca y comenzó a desmontarlo con sus propias manos.
Mientras tanto, parte de la sección de infantería seguía en la trinchera sin saber lo que ocurría; de pronto se oyó el zumbido de los motores de aviones, miraron y con alegría indescriptible vieron tres aviones peruanos… salieron gritando y batiendo sus sombreros; los mismos Díaz, Cavero y Linares corrían de un lado para otro entusiasmados; en las alas de los aviones se veían bombas.
Las máquinas hicieron una evolución sobre los emplazamientos, luego tomaron rumbo a donde estaban los buques y aviones enemigos y sobre ellos empezaron a volar en círculos.
Ya estaban todos fuera de las trincheras mirando ansiosamente; a la distancia veían los piques que hacían los aviones, oían fuertes detonaciones y ráfagas que parecían ser de cañones antiaéreos... instantes después vieron elevarse tres aviones, que desde luego tenían que ser colombianos; los nuestros hicieron una evolución atrayéndolos río arriba y de pronto volvieron a su encuentro, uno de los aviones enemigos volvió y desapareció. Empezó un duelo en el aire, que desde la guarnición se veía como si se tratara de un espectáculo… se cruzaban, subían, se perseguían, se esquivaban, entre frecuentes descargas de ametralladoras… esperábamos de un momento a otro ver caer alguno de los aviones, haciendo fuerza porque no fuera uno de los peruanos, pero los pilotos eran muy hábiles, pues tan pronto estaban rozando las copas de los árboles como tan altos que apenas se les veía.
Al cabo de cierto tiempo que nos pareció infinito, dos aviones se acercaron a la guarnición: eran nuestros, pasaron por encima de nuestros emplazamientos y se alejaron hacia el sur; el otro, que había quedado entre los dos enemigos, parecía visiblemente estrechado, pero hacia tales maniobras, subiendo y bajando en círculo, que siempre quedaba tras de uno de ellos y lejos del otro, unas veces bajo y otras tan alto que se perdía de vista, siempre entre ráfagas de ametralladoras. En esto apareció un tercer avión colombiano que se sumó a la persecución y continuó el duelo; de pronto, desde muy alto vieron venirse abajo uno de ellos, como sin gobierno, estaban tan altos que no pudieron determinar si era el peruano o uno de los colombianos, hasta que, casi para tocar los árboles, se estabilizó y volando hacia nuestras posiciones, tomó el rumbo que habían tomado los dos primeros. Era el avión peruano. Los aviones enemigos, que seguramente lo tuvieron por abatido, cuando se dieron cuenta de la maniobra era tarde para darle alcance.
En el parte de la acción se informó que el avión fue el Corsair 5E2 y el piloto Francisco Secada.
Entonces comenzaron de nuevo los apuros de los oficiales, quienes renegaban de la hora en que habían llegado los aviones peruanos.
-¡Nos han dejado comprometidos! -gritaba Díaz-¡Ya debíamos haber evacuado la plaza!... ¡Ahora viene el enemigo y nos hace polvo!... ¡Vamos todos a la lancha, nos han prometido no hacer fuego contra ella!...
Cavero ya había mandado abandonar la primera línea de trincheras y que su efectivo se trasladara a otra más al fondo. Como una hora después comenzó el ataque; en la orilla opuesta se vio aparecer grupos que parecían de nidos de ametralladoras y emplazamientos de cañones, que habían estado ocultos con ramas de árboles; su artillería abrió el fuego espaciadamente y poco a poco, fue aumentando en intensidad, pero, no hacia blanco: unos tiros caían cortos y otros demasiado largos; la guarnición contestó el fuego con ráfagas de la ametralladora y descargas de fusilería, refiriéndolo al nido más cercano y creando cierta confusión entre sus ocupantes.
De pronto aparecieron dos escuadrillas de aviones, una de tres grandes, aparentemente de bombardeo y la otra de las máquinas que habían estado combatiendo antes; al verlos acercarse, sin decir una palabra, Cavero tomó la dirección del puerto, donde estaba la lancha, los que estuvieron a su lado se miraron y el sargento Arista, que estaba al mando del grupo, siguió tras él diciendo a los de su grupo:
-Voy a preguntarle qué vamos a hacer nosotros.
A Díaz no se le veía por ninguna parte, Linares, abandonando el cañón que había empezado a desmontar y hundiendo el otro en el río, lo mismo que los proyectiles, se marchó a la lancha.
El fuego seguía intenso y el sargento Arista no regresaba, felizmente los artilleros enemigos eran muy malos o no eran artilleros, pues sus disparos no hacían blanco; los aviones igualmente largaron sus bombas sin hacer blanco, lejos de las casas, en las plantaciones, en los pastos, donde las asustadas reses hacían saltos y carreras. . . ¡Era un infierno por el estruendo!... Nuestra tropa disparaba sus fusiles contra los aviones, con gritos de desafío, pero... ¿qué daño podían hacerles?... lo único que conseguían era desfogar su ira y su impotencia… hasta que, como a la media hora, los aviones se fueron y el fuego de la artillería poco a poco fue disminuyendo hasta cesar por completo.
Entre tanto había regresado Arista.
-El subteniente ha ido a embarcarse en la lancha y ha ordenado que todos vayamos llevando nuestro equipo y todo lo que podemos llevar- dijo.
Aunque no había peligro, pese a que continuaba el fuego de la orilla opuesta, que ni siquiera cerca de la trinchera caía, no les quedaba otro recurso que obedecer; abandonaron la trinchera llevándose toda la munición que en ella había y fueron a la lancha. Ya estaban embarcados los tres oficiales, quienes no se preocuparon de averiguar cuantos estaban o si faltaba alguno.
La lancha había estado siendo preparada y el patrón de ella, un señor Panduro, presa del mayor nerviosismo, impaciente por zarpar, daba órdenes y más órdenes; el río, angosto y con muchos palos prendidos y atravesados hacía peligrar la navegación, pero eso no lo tenía en cuenta, lo importante era alejarse.
Díaz, temiendo que los colombianos no cumplieran la promesa de no hacer fuego a las tropas que estaban abandonando la plaza, no quiso seguir en la lancha, que era fácil de localizar en su navegación; desembarcó e inmediatamente emprendió camino por el monte, con más de 50 hombres, muchos de la sección de Linares. No quiso escuchar las objeciones que le hicieron Linares y Cavero.
-¡Por aquí estoy más seguro! -explicó.
Tres horas más tarde, casi anocheciendo, zarpó la lancha con el resto de la tropa, al mando de Cavero; al día siguiente como al mediodía llegaron a un sitio que llamaban el tambo del indio Noé, final del varadero del Hamaca Yacu, encostaron para desembarcar el parque y la lancha subió un poco a buscar un sitio protegido, mientras la tropa hizo el campamento y empezó a construir una trinchera.
En los días siguientes se dedicaron a organizar la defensa del puerto, siguiendo las instrucciones que habían recibido del Comando de Leticia, mediante el equipo de radiotelegrafía, que afortunadamente fue reparado, pues estuvo inservible desde el día del ataque a Tarapacá. Las instrucciones eran organizarse defensivamente hasta la llegada de refuerzos destinados al rescate de Tarapacá, oponerse al avance del enemigo por el Cotuhé y proteger la lancha para que no fuera a caer en su poder, hundiéndola, si era necesario para impedirlo.
El enemigo realizó varios reconocimientos en esos días y más de tres veces aparecieron sus aviones en exploración. Pese a que hicieron lo posible para ocultar la lancha entre los árboles y disimular las trincheras cubriéndolas con ramas y hojas fueron vistas y ametralladas, pero, los aviones peruanos que diariamente volaban en el sector, con su presencia y su fuego hacían que el enemigo abandonara la ofensiva. En una de esas incursiones un barco enemigo y dos botes-motores sobrepasaron la posición de los defensores peruanos y lograron desembarcar, pretendiendo envolver el emplazamiento y ocuparlo, afortunadamente llegó una escuadrilla peruana, bombardeó al barco y ametralló a las tropas desembarcadas, obligándolos a replegarse, embarcarse y volver a Tarapacá que ya lo tenían ocupado.
La consigna era que tan luego se notara la presencia del enemigo se le hiciera frente defendiendo el camino del varadero que conduce al Hamaca Yacu; todos tenían listo su equipo y armamento; eran poco más de 30 hombres, estaban agotados y llenos de incertidumbre, los oficiales vivían en continuo sobresalto, el sargento primero, Arias, solo salía de dentro de su mosquitero, donde se protegía de los mosquitos, cuando se anunciaba la presencia del enemigo y a la hora de comer.
Un día un centinela vio acercarse una canoa con tres individuos, dos indígenas y otro que parecía no serlo, atracó y desembarcaron en un matorral; inmediatamente hizo poner la novedad en conocimiento del primero, que por supuesto estaba en la cama.
-Deben ser indios de por acá. Déjenlos pasar.
-Pero, mi primero -insistió el mensajero-hay uno que no es indio.
-No deben ser enemigos, no los molesten -repitió Arias.
Viendo que no había forma de sacarlo de la cama, fue a dar aviso al sargento Santa María; el centinela para no dejarse ver se había ocultado en la maleza y los intrusos, creyendo no haber sido vistos siguieron adelante. Santa María llamó a dos soldados y dando un rodeo fue en la dirección que le indicó el centinela; vio la canoa y cerca de ella a uno de los indios sentado en la orilla, que parecía estar cuidándola. Esperaron un momento y vieron que regresaban los otros dos; cuando estuvieron juntos los tres, Santa María irguiéndose entre los arbustos y encarándole el fusil gritó:
¡Alto!
El que parecía no ser indio hizo ademán de requerir un arma, pero el sargento le gritó:
-¡Quieto o hago fuego!
Los tres se quedaron inmóviles, se acercaron los nuestros y por orden del sargento les quitaron las armas: tres machetes, una escopeta y un revólver.
-¿Quién es usted?... ¿Qué busca por aquí? -preguntó el sargento.
-Hemos venido a dar un paseo, buscamos animales para cazar-contestó el blanco, con acento que no dejaba lugar a dudas de que era colombiano.
-¿Pertenece usted, al ejército colombiano? -volvió a preguntar Santa María.
-No, señor.
-Es usted mi prisionero.
-Muy bien, señor -aceptó el que contestaba a las preguntas, con un ligero temblor en la voz.
-Camine -ordenó Santa María, señalando la dirección del campamento.
Cuando estaban como a la mitad del camino apareció el primero, que entonces se las quiso dar de importante.
-Tiene usted que declarar todo lo que sabe-le dijo al prisionero.
Cavero también salió al encuentro y los hizo conducir al tambo donde empezó a interrogar al que parecía colombiano en presencia de todos, pero, desde la primera pregunta, contestó que nada sabía.
-Si no habla le vamos a fusilar-le dijo Cavero.
El prisionero guardó silencio; Cavero para asustarlo mandó un pelotón llevando a los otros dos prisioneros, con orden de hacer descargas y hacerle creer al interrogado que se había fusilado a sus compañeros. Al oír las descargas palideció.
-Si no habla le pasará lo mismo-le dijo Cavero.
Después de breve silencio el prisionero contestó:
-Yo no sé nada, no soy militar. Si mis ruegos no le convencen, le suplico que me de papel y lápiz, para escribir a mi familia. Solo le pido que mande mi papel a la dirección que pondré.
Le dieron lo que pidió y empezó a escribir con temblorosa mano.
Como todo no había sido más que una pantomima, para ver si le sacaban algo por susto, y se dieron cuenta de que no era posible, lo encerraron y pusieron centinela de vista.
A los diez días llegaron los primeros soldados que emprendieron la retirada por tierra con el teniente Díaz; estaban cubiertos de fango de pies a cabeza, algunos con heridas producidas por espinas, por caídas, por desgarramientos en las astillas de las ramas y algunos con gusanos en las heridas: todos hechos una lástima, igual que el armamento. Díaz llegó mas tarde, fatigado, macilento y enfermo; habían caminado sin comer y cuando lo hicieron solo fueron callampas*, chonta* y alguna fruta silvestre; no durmieron sino a medias y pasaron cada susto que estaban como atontados.
Díaz averiguó por la tropa y se alegró al saber que estaba completa, que no faltaba un solo hombre. Con una frescura digna de su irresponsabilidad, que a muchos causó admiración, dijo:
-Felizmente ninguno ha muerto, no he tenido bajas…
¡Esto será un motivo para mi ascenso!
Ese mismo día llegó Ordóñez con el esperado refuerzo. Inmediatamente, sin contar con Díaz, que estaba enfermo, empezó a organizar la defensa del puesto y el ataque al enemigo, que ya estaba en posesión de Tarapacá, con efectivo, armamento y posición muy superior al de las fuerzas peruanas.
Solo contaba con 146 hombres de tropa, de los que más de 70 estaban enfermos, tanto así, que cuando llegó, muy pocos de los que habían estado en Tarapacá, podían tenerse en pié…los meses que habían estado en el Putumayo, la mala alimentación, el paludismo y la constante humedad, habían minado su organismo…humanamente ya no podían más...
Ordóñez, pese a su calidad de subalterno, asumió el mando con gran oposición de Cavero y Linares, quienes no admitían su autoridad por su calidad de asimilado. En un informe inmediato dio cuenta de la precaria situación de la tropa y la falta de medios que le impedía intentar el rescate de Tarapacá, acusaba a Díaz de cobardía y terminaba diciendo que lo enviaría prisionero a Leticia, para no tener que matarlo.
No pudiendo cumplir con lo que se había propuesto y con la misión que se le había confiado, más tarde decidió regresar a Leticia.


CALLAMPA*.- Hongo silvestre comestible.
CHONTA*.- Palmito. Tallo blanco que se halla en el tronco de ciertas palmeras y corresponde a las hojas aun no desarrolladas. Casi todas son comestibles crudas, o preparadas en platos especiales al limón y aceite.

sábado, 30 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVIII

Los días pasaban con la misma monotonía: de las cuadras a las trincheras y de las trincheras a las cuadras, apagones sorpresivos; lanchas que llegaban y partían, aviones volando de cuando en cuando, señales de alarma… que siempre creíamos que fueran para una acción de verdad y siempre resultaban ser para ejercicio… Una mañana, llegaba de una comisión a La Victoria y se oyó el toque de alarma; eran las 6 y directamente tuve que dirigirme corriendo a la trinchera, aunque con cierto desgano porque presentía que se trataba de un ejercicio, pero no podía dejar de hacerlo… Carreras, voces de mando, acarreo de material y munición... pero no me equivoqué: lo que se les ocurrió a los señores del Comando fue simular otro ataque a nuestras posiciones por las naves colombianas y éstas estaban representadas por nuestras cañoneras.
Estaba mirando por la aspillera, cuando del fondo del bosque apareció una sección de mi compañía avanzando desplegada en tres grupos, muy cautelosamente; en uno de los grupos vi a Benjamín, quien, porque creyó que la cosa iba por lo serio o porque quería darle realismo a la acción, había cargado con todo su equipo, incluso su maletera; sus ademanes, gestos y forma de desplazarse eran tan adecuados a una situación real, que no dudé que lo estaba haciendo con verdadera convicción... ¡Tenía cara de comerse dos colombianos crudos mientras le preparaban un “aguadito” con los restantes!... Siguieron avanzando agazapados y al verlo, no pude menos que reír, recordando al muchacho bonachón, incapaz de matar una mosca, cuyo diametral contraste estaba viendo en el soldado que estaba mirando, que tantas veces había visto afrontando difíciles situaciones con hombría y carácter.
¡Qué cambiado lo iría a recibir su familia y qué chascos iría a pasar con ella, sintiéndose todavía soldado o creyendo estar entre soldados!
Nos anunciaron la visita de una delegación de oficiales brasileños de la guarnición de Tabatinga y nos preparamos para recibirlos con todos los honores del caso; llegaron después del mediodía en una lancha suya y cuando desembarcaron, la Comisión encargada de la recepción la acompañó hasta la Comandancia; como en anterior oportunidad la banda de músicos precedió la comitiva tocando la marcha Leticia.
Fueron debidamente agasajados; la cerveza, los sándwiches, los pasteles corrían abundantemente -pero sólo por las gargantas de los oficiales- y la banda de músicos amenizaba la fiesta; de pronto a alguno se le ocurrió jugar un partido de fútbol entre oficiales brasileños y oficiales peruanos, un partido verdaderamente internacional, pero no pudo resultar así porque los visitantes no pudieron completar un equipo con sus oficiales, aún incluyendo a los de más alta graduación, que lógicamente eran los más viejos, por lo que hicieron un combinado con los nuestros, que a nosotros sí nos sobraban... y dio para que se divirtieran y nos divirtiéramos, pues ya no se trató de competencia futbolística sino de camaradería internacional.
Terminado el partido, finalizó la visita y como a las 6 se marcharon, siempre con acompañamiento de la banda hasta el embarcadero, donde se despidieron, al parecer, gratamente impresionados. Supuse que alguna vez retornaríamos la visita.
Mas tarde recibí orden de embarcarme en el “Manco Cápac” y hacer llevar el bote - motor a remolque con destino a Caballo Cocha, para luego entrar al Hamaca-Yacu,
conduciendo tropa para custodia de los víveres y personal para su conducción al Cotuhé. Entre los soldados que iban de escolta estaba el ínclito Acosta, que como era de suponer se había presentado voluntario y estaba orgulloso de su misión.
Navegando muy lentamente llegamos a Caballo Cocha al amanecer; el subteniente Lagunas, que había viajado en avión para esperar nuestra llegada con el personal de “cargueros” listo para embarcarlos y volver al Hamaca Yacu, olvidó su misión y con el pretexto de buscar más gente en un caserío cercano, se fue en busca de una chica de la que estaba perdidamente enamorado. Ese fue el motivo de que no lo encontráramos y se aplazara nuestra partida hasta el día siguiente, cuando volviera. Volvió, pero sin la muchacha y con una borrachera de 90 grados bajo corcho, que seguramente se la pegó para olvidar su fracaso romántico.
Mientras tanto Acosta y yo esperábamos en el barco inútilmente, hasta que nos enteramos de que Lagunas no estaba en el pueblo y casi ya de noche, después de comer, salimos de paseo, con tanta suerte que encontramos a Samuel Young, amigo y director de un colegio, quien nos invitó a su casa. Los tragos animaron la conversación y excitaron nuestra alegría, Young cogió la guitarra, empezamos a cantar y terminamos bailando, con gran regocijo de las vecinas, unas chicas Elespuru, muy simpáticas, que nos estaban aguaitando por una puerta interior. No nos atrevimos a proponerlas que bailaran con nosotros por el temor de ser desairados.
Al final de los tragos Acosta resultó enamorado por la rendija, tanto, que estaba resuelto a pedir a su regreso, ser nombrado permanentemente para la custodia de los víveres, siempre que la comisión llegara hasta Caballo Cocha.
Al día siguiente partimos, pero al llegar a la boca del Hamaca Yacu tuve dificultades y mi colaboración resultó un fracaso porque el pícaro motor se negó a funcionar. Tuve que pasar por el sentimiento de no conducir la expedición hasta el puerto del varadero y los expedicionarios tuvieron que hacer el viaje a remo. El “Manco Cápac” y yo en él, regresamos a Leticia a donde llegamos a las 6 de la tarde.
Cuando subí al Palomar encontré mi habitación ocupada y mi equipo y armamento tirado en el callejón; el que la había ocupado era el nuevo jefe de la Base Naval, quien había llegado por la mañana y había elegido mi cuarto, por verlo más grande y cómodo seguramente. Amargo por el desalojo junté mi equipo en un rincón del callejón y salí a serenarme con los amigos del “Estado Mayor”; encontré algunas novedades, entre ellas el inesperado regreso de Ordóñez, quien, según se supo, encontró obstáculos y falta de cooperación, por lo que no pudo cumplir con lo que, según los que le acompañaron, se había impuesto personalmente: el rescate de Tarapacá.
Volví al Palomar y no tuve otra alternativa que acostarme en el piso, en el mismo rincón donde dejé mi equipo, pero dormí perfectamente, hasta que en la madrugada fui llamado a la Comandancia para recibir órdenes relacionadas con el viaje del capitán Frías al Hamaca Yacu-quien iba a tomar el mando de las tropas del Cotuhé en lugar del teniente Ordóñez-llevar un oficio para el gobernador de Caballo Cocha, pidiendo 16 cargadores que necesitaba la Armada para transportar abastecimientos para su personal de transmisiones que estaba en el Cotuhé y recoger el bote - motor para transportarlos. Al final, sin yo insinuarlo, el comandante me dijo que mi licencia se haría efectiva para el regreso del “Liberal”, que pronto debía llegar.
Partimos en la “Cahuapanas”, la que debía seguir hasta Iquitos llevando evacuados a los de la batería antiaérea que estuvieron en Todos Santos y fueron relevados por la unidad que había llegado en el “Huallaga”. Como la lancha era de poco calado, logramos llegar hasta el puerto del varadero al atardecer. No encontré el bote que buscaba y Ordóñez me hizo llamar para preguntarme dónde estaba... ¡diablo de hombre!... como iba yo a saberlo si también estaba en su busca, pero le dije que probablemente estuviera en Caballo Cocha. Y así fue.
Como ya era tarde y no se creyó prudente que el capitán Frías tomara el camino del varadero para caminar en la noche, ni que la lancha bajara el angosto y sinuoso río, resolvieron que se quedara hasta el día siguiente y así, todos tuvieran donde dormir. Lo de dormir resultó un chiste cruel, porque a medida que oscurecía se iba formando un ejército de millares de zancudos que se prendían para picarnos, con tal furia y desprecio a la muerte, que parecían aleccionados por los colombianos.
Tuve la suerte de que el maquinista de la lancha fuera mi primo “Shico” Reategui, de modo que, tan pronto como terminamos de comer nos metimos en su camarote, porque hubiera sido un suplicio intentar dormir fuera; como no había más que una litera preparé mi cama en la cubierta.
Me pareció que ninguno de los que se quedaron fuera de los camarotes pudo dormir; desde dentro oíamos los improperios y maldiciones de los pobrecitos serranos… ¡Como no eres más grande, zancudo de mierda, para meterte bala!... Yo mismo tampoco pude dormir debidamente porque en la lancha todo fue caminar, hablar, gritar y dar palmadas tratando de matar zancudos que los molestaban. Al otro día me enteré que muchos de ellos, turnándose en grupos, se embarcaban en la “montería” y subían y bajaban el río, creyendo huir de los zancudos y tratando de pasar el tiempo... ¡Quizá nunca en su vida olvidarían esa noche!...
La lancha emprendió el regreso como a las 8 de la mañana; se quedaron el capitán Frías y los dos soldados que lo acompañaban, todavía los vimos tomando el camino del varadero, rumbo al Cotuhé. Salimos al Amazonas casi al medio día y la lancha puso la proa hacia Caballo Cocha.
Cuando llegamos a la isla Cacao-donde se había abierto otra base aérea-encostamos para embarcar al comandante de la Aviación, a dos suboficiales y a dos avioneros quienes debían ir a Caballo Cocha. Estaban efectuando maniobras para el reflotamiento del Corsair 5E1, que según me informé, fue el que hundió, al acuatizar, el bárbaro comandante. Viajaban precisamente en busca de material para las maniobras.
Según había afirmado el comandante, volvía de un nuevo ataque a los buques enemigos, de resultas del que fue hundido uno de ellos… hubiera sido interesante averiguar la certeza de tal afirmación; lo único cierto era que gracias a él teníamos un avión menos.
Seguimos navegando hasta que encontramos al vapor “Clavero”, que navegaba con rumbo a Leticia; se hicieron señales entre ambas naves, acoderó el “Clavero” al barranco, la “Cahuapanas” lo abordó y empezaron a hacer el trasbordo de una carga que no logré identificar. De repente se oyó una voz: ¡Aviones!...Todos nos agolpamos a la borda y muy lejos, divisamos tres aviones en formación. Verlos y armarse un alboroto fue instantáneo, porque todos creíamos que fueran aviones enemigos, pero pude observar, con mis propios ojos, que era el comandante de la Aviación quien gritaba con gran desesperación, dando inequívocas muestras de susto, casi pánico.
- ¡Son aviones enemigos! –gritaba- ¡Si nos ven van a hacernos tortilla! ¡teniente Acosta, emplace sus piezas en la toldilla! ¡Apúrense!
Pero el teniente Acosta, por lo que veía, no era de los que perdía la serenidad; pidió los prismáticos a su ordenanza, que casi volando volvió con ellos, miró brevemente y dijo con frialdad:
-¡Son aviones nuestros!
Ya alguien había abierto la escotilla y varios, no precisamente soldados de la unidad antiaérea, se habían metido dentro de la bodega en busca de las piezas, pero el sargento les impidió tocarlas.
Acosta entregó el anteojo al comandante, quien se había puesto a su lado y mientras éste se quedó mirando, bajó rápidamente para impedir que movieran las piezas antiaéreas; con toda calma se dirigió a los que estaban saliendo de la bodega y les dijo en tono amigable:
-¡No había porque precipitarse! Si hubieran sido aviones enemigos en dos minutos las piezas hubieran estado listas y en este momento ya los estaríamos derribando. ¡Cierren la bodega!
Pudo haber sido así, pues recién empezábamos a reconocer nuestros aviones: eran el inconfundible R-1O, que encabezaba la formación y dos más que no pude identificar si eran Douglas o Corsair; lo que si pude comprobar fue algo muy importante: la diferencia que en cierto aspecto había entre quienes nos tienen a su mando.
Llegamos a Caballo Cocha, la lancha se acercó a la orilla, dos marineros empujaron la plancha por la abierta borda y como yo tenía que desembarcar, tan pronto como vi su extremo a prudente distancia, salté a tierra. Lo primero que vi fue el bote amarrado a una estaca; la lancha dio la vuelta y continuó su viaje; me quedé solo y algo intranquilo por no saber a donde ir; eran más de la 5 de la tarde y posiblemente no encontraría a nadie en la gobernación. De pronto apareció el gobernador, don Antonio Kahn, quien me saludó muy amablemente, pese a no conocerme y ser yo un simple soldado; le dije mi misión y le entregué el oficio. Lo leyó, se lo metió al bolsillo y como conclusión me invitó a comer en su casa; fuimos y hubo algo que me supo a gloria: tacacho* con chicharrones, sábalo* asado en las brasas y un delicioso café, que después de tanto tiempo me resultó un banquete familiar. Terminada la comida me condujo a la gobernación a instalarme para dormir.
Una lámpara de mesa que evocaba un pasado esplendor, un escritorio tipo ministro, lustroso y bien cuidado, una elegante carpeta con dos fotografías, una de las cuales era de la esposa del gobernador, a quien conocí en su casa, un vistoso tintero con varios lapiceros y un exfoliador, destacaban sobriamente. Un confortable sillón me recibió blandamente y mi mirada vagó buscando algo que leer… el lejano tañido de la campana de un reloj, probablemente de la Iglesia, se diluyó nueve veces en el espacio… sin darme cuenta mis manos extrajeron un paquete de mi bolsillo y empezaron a desenvolverlo... apareció un retrato... seguro de mi soledad lo coloqué sobre la carpeta... resultaba insignificante de tamaño sobre ella, pero mi imaginación iba agrandándolo hasta que me parecía que llenara toda la habitación, su sonrisa la veía más cercana, me parecía sentir su calor y yo hablaba como si fuera a oírme... esperando respuesta... me di cuenta de que estaba haciendo lo de un loco... ¿No estaría loco?... ¿Se enloquece de amor?... La miraba con ternura y le decía, como en secreto, todo lo inmenso de mi pasión, que su recuerdo me daba aliento, era un consuelo y hacía más cortas las turbias horas de mi vivir; pensando lejos, como soñando, oír creía suelto el raudal de su alegría que me inundaba en felicidad... Todo fue un trance que al despertar, de
nuevo el ansia, me hacía temblar el corazón, como cautivo dentro los muros de esa distancia que se oponía…
Un día tuve que esperar la llegada de los “cargueros”, quienes debían llegar de los caseríos cercanos -ya era más difícil conseguirlos entre los jóvenes del pueblo- y solo muy tarde estuvieron completos, por lo que decidí que partiríamos en la madrugada del día siguiente.
Seguía con suerte, porque entonces, don Arturo Pereira otro cumplido caballero, me invitó a almorzar. Lo estábamos haciendo cuando oímos zumbido de aviones, salimos a mirar y vimos dos escuadrillas, la primera de cuatro máquinas, con el R-1O a la cabeza y tres Corsair, la segunda de otros tres Corsair con una Douglas y un poco más lejos una tercera escuadrilla de cuatro Douglas. Nos interesó el bello espectáculo, pero no encontramos la explicación del desfile; días después, en Iquitos, me enteré de la causa: uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia. Al fin y al cabo solo eran dos horas o menos, de travesía entre Leticia e Iquitos, pero, el destacamento táctico de Leticia quedó sin un solo avión durante dos días. . . ¿Y si en ese lapso hubieran atacado los colombianos?... ¡Cosas de mi tierra!...
Al amanecer del día siguiente se desencadenó una lluvia que no nos dejó partir en la madrugada como había estado planeado y lo peor fue que no tenía trazas de parar nunca, de modo que, cansado de esperar, cuando cesó un poco, casi a las cinco de la tarde, empezamos a navegar. Los “cargueros” se acurrucaron unos contra otros y amodorrados por el ruido del motor no se preocuparon de la lluvia, que seguía cayendo suavemente. Navegamos toda la noche y como a las 4 de la mañana llegamos a Leticia, sin otra novedad que el soberbio remojón.
Esperé a que aclarara completamente y tan pronto como creí oportuno abordé el “Alberto”, que estaba anclado en medio del río, en el que estaba el Comando Naval. Hice que se transbordaran al barco todos los “cargueros” y para cumplir con mis instrucciones subí al puente acompañado del que hacía de jefe. Dos comandantes de la Armada en él; sentí como una sacudida al reconocer en uno de ellos al que tuvo el incidente con mi padre, pero no lo demostré; saludé militarmente y entregué al que me quedaba más cerca-que fue precisamente aquel que lo había golpeado-el oficio del gobernador de Caballo Cocha y la relación nominal de los cargueros. Me miró sin ninguna atención, miró los documentos, llamó a un furriel y le dio una orden en voz baja; el furriel se alejó, desapareció brevemente y reapareció con un paquete, que evidentemente era de soles, que entregó al “carguero”. Este abrió el paquete con temblorosas manos y contó el dinero; los dos comandantes le miraban en silencio; terminó de contar y mirándolos tímidamente dijo con voz vacilante:
-El gobernador nos ha dicho que van a darnos diez soles a cada uno...
No pudo continuar. El que había concentrado mi atención, como causante del tremendo disgusto que había yo sufrido y a quien estaba analizando mentalmente, le interrumpió con tono violento.
-¡Eso es todo lo que les puedo dar y nadie ha ofrecido diez soles!... Ustedes han sido contratados para llevar víveres y medicinas para los marineros que están en el Cotuhé, muriéndose por defenderlos a ustedes... y ustedes, sus hermanos, se niegan a llevarles la ayuda que están necesitando... ¡Si no quieren llevar las medicinas, no las lleven! ¡Que se mueran!... ¡pero no se les puede dar más!...
Y continuó recriminando el supuesto reclamo del pobre hombre, que lívido y casi temblando, parecía que fuera a dejar caer las monedas que tenía en la mano.
Sin poderme contener intervine:
-Disculpe, mi comandante... Esta gente se ha presentado voluntariamente, como lo están haciendo todos los “cargueros” que semanalmente van al Cotuhé; ellos no cobran por ese servicio, nada han pedido ni nada quieren, pero no pueden hacer el viaje de ida y regreso de quince días sin comer, para eso les dan diez soles a cada uno. Esa cantidad se les ha estado dando a todos y a éstos les ha dicho el Gobernador que les van a dar lo mismo. Eso es lo que quiere decir este muchacho. Ellos son capaces de cumplir la misión sin que se les dé nada, como tantos lo han hecho, no por hacer un negocio ni por ganar algo.
Ambos comandantes me miraban atentamente; a medida que iba hablando, por la frialdad con que eran recibidas mis palabras, me iba sintiendo más nervioso… ya me veía en el pañol de cadenas del buque y… sentí que se me erizaba el cuerpo... Aprovechando los segundos de silencio que siguieron a mi intervención, saludé militarmente y dije:
-¡He cumplido mi misión, permiso mi comandante!
Me contestaron el saludo sin decir una palabra y yo bajé la escalinata como alma que lleva el diablo, esperando a cada peldaño oír la voz que ordenaba mi encierro... Pero no pasó nada, llegué al bote, arranqué y ya no me interesé más por la suerte de los cargadores.
Inmediatamente fui a la Comandancia del Agrupamiento a dar cuenta de lo relacionado con el viaje del capitán Frías; eran las diez de la mañana. El comandante Calderón me escuchó atentamente y cuando terminé me dijo que podía tomar la licencia que había solicitado y partir en el “Liberal”, que estaba próximo a llegar, Me preguntó a quien iba a dejar en mi lugar; le indiqué a Piñeiro, con quien yo había hablado previamente e inmediatamente hizo extender la orden para el destaque de su unidad.
Dos días después llegó el “Liberal”; me constituí a la Comandancia en busca de mi licencia; el comandante me la hizo extender en el acto y luego de firmarla me la dio.
-Acá tiene su licencia... aprovéchela muy bien- me dijo amablemente.
-¡Gracias mi comandante! - contesté, trémulo de alegría; saludé, di media vuelta y salí casi corriendo.
A las 5 me embarqué y empecé a navegar con rumbo a la gloria…que no estaba para mí en las trincheras… Cuatro días después vimos el puerto de Iquitos... ¡La gloria estaba junto a mi novia!...



TACACHO*.- Plato típico que se prepara machacando plátanos asados en las brasas, con chicharrones.
SABALO*.- Pez de los ríos de la selva.

lunes, 18 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVII


- Disculpe, mi primero, usted, que tiene herramientas ¿no podría componerme este reloj? Creo que se ha roto su cuerda.
Fue un cabo con todos sus galones, el que cuando me dirigía a toda prisa al puerto, saludándome con todo respeto, me detuvo con tal pregunta. Para no caerme de espaldas me cogí de su hombro amigablemente y me eché a reír a carcajadas, dejándole algo sorprendido con mi actitud y solo acerté a decirle, lo más amablemente posible:
- Vea, amigo, un reloj no es como un motor, solo un relojero podría componerlo y no creo que haya ninguno en Leticia, saludé militarmente y seguí mi camino.
Dudé entre si quería tomarme el pelo diciéndome “mi primero” o realmente creía que yo era superior suyo, siendo esto lo más probable, porque desde que llegamos, a los del “Estado Mayor” nos tomaron por clases, pues nos veían siempre alternando, bromeando y hasta emborrachándonos con sargentos y primeros, quienes nos demostraban la más abierta simpatía.
Lo chocante hubiera sido que un día de aquellos, el cabito que me había saludado con tanto respeto me hubiera encontrado bajo su mando... ¿Cuál hubiera sido su reacción? La afirmación muy difundida y que nosotros la estábamos confirmando era que el peor superior que tiene el soldado es el cabo, porque el cabo no sólo está en el más bajo peldaño de mando y quiere demostrar su autoridad, sino porque quiere tomarse la revancha de los malos tratos que le dieron sus cabos cuando fue soldado.
Quizá porque no nos animaba ningún deseo de revancha -pues si lo hubiésemos tenido no habría sido precisamente con los clases sino con los oficiales- ninguno del “Estado Mayor” mostraba la menor intención de ascender y por otra parte no fue el afán de hacer carrera lo que nos arrastró al ejército. De haber sido así, para cabos como los que teníamos, estábamos sobrados. Hablando de ellos, Bardalez solía decir: “los cabos y la cabería, son una misma tontería”.
En Leticia dejé la primera sangre que derramé en el conflicto. Desperté en la madrugada con un terrible dolor de muela, que no me dejó otra alternativa que salir muy temprano en busca de auxilio del dentista. Creí ser el único que lo fuera a separar, pero me encontré en el consultorio a cuatro que lo estaban haciendo, dos de los cuales parecían estar desesperados, pues se paseaban como fieras enjauladas, sosteniéndose la mandíbula con las manos y en el más completo silencio. Después de una larga espera llegó el odontólogo, entró en el consultorio y empezó a llamar por turno de llegada; en cada paciente tardaba más de media hora o por lo menos así me pareció por el dolor que me atormentaba.
Cuando llegó mi turno entré; con un gesto me indicó que me sentara en el sillón, y luego fue a lavarse y desinfectarse las manos, se me acercó y sin mucha ceremonia me abrió la boca, introdujo su espejuelo, empezó a hurgar entre mis dientes con una pinza y concluyó preguntándome cuál era la muela que me dolía; se la enseñé, preparó su aguja hipodérmica y me aplicó la inyección en cuatro puntos de la encía, diciéndome que era para que la extracción fuera sin dolor, sin preguntarme si quería o no que me la extrajera; menos mal que yo ya lo había decidido.
Pasados varios minutos volvió a abrirme la boca y ordenó que la mantuviera abierta, cogió una especie de punzón y una tenaza descomunal -que posiblemente sea
parecida a las que usan en el infierno para las torturas- me introdujo ambos instrumentos y comenzó a forcejear en mi mandíbula causándome gran dolor, hasta que de pronto me enseñó, con gesto triunfal, un sanguinolento despojo en la punta de la tenaza; me introdujo unos algodones que me ordenó morderlos y agregó:
¡...Servido! Ya no le dolerá más la muela.
Que iba a dolerme la muela si ya no la tenía en el maxilar, pero la boca me dolía horriblemente; se lo dije y me contestó:
¡No puede ser!... Se la he sacado sin dolor; para eso le puse la inyección… pero, si le duele mucho, tómese una cafiaspirina.
Me condujo a la puerta e hizo pasar a otro al tormento. Cabizbajo y dolorido regresaba al Palomar, cuando de pronto oí el inconfundible pito del “Liberal”; como por ensalmo dejé de sentir el dolor, corrí al puerto y tan pronto como fue posible subí en busca de cartas, que, como esperaba, fueron muchas, pero, en lugar de sentirme feliz, como me sucedía otras veces, me sentí consternado y el dolor de la ausente muela volvió con más fuerza. Noticias desagradables: enfermedad, trastornos económicos, problemas familiares y lo más doloroso e irritante: nuestro panorama nacional en lo relativo al conflicto, ensombrecido por negros nubarrones.
Decidí hablar inmediatamente con el comandante sobre mi licencia y la posibilidad de viajar en el mismo “Liberal”, que debía zarpar por la noche, pero fui llamado para una comisión a Saraiva, de donde regresé muy tarde, y cuando fui a verlo se me anticipó diciéndome que debía partir en una inmediata comisión a Caballo Cocha; en cuanto a mi licencia, que esperara el regreso del “Liberal”. En fin, los poquitos de espera irían en aumento y resultarían seis meses redondos.
En el “Liberal” llegó material para preparar más minas; decididamente había el propósito de hacer volar a los invasores sin necesidad de aviones. Nos llegó también, pero no en el “Liberal”, sino por la vía de las bolas, una rara noticia: que a primera hora del día siguiente los aviones colombianos bombardearían nuestras posiciones; como para dar mayor credibilidad a la noticia, todas las unidades en cuarteles y trincheras recibieron la orden de tener las luces apagadas y de guardar el más completo silencio. Según lo que se veía, los colombianos eran el prototipo del refinamiento social, pues anunciaban su visita hasta para atacarnos…Y la tropa tuvo que continuar en las barricadas, las trincheras y las casamatas con el entretenimiento que se había hecho habitual: timbeando*, contándose chistes o durmiendo, en la más absoluta tranquilidad… Poco a poco me estaba convenciendo de que no tendría la oportunidad de matar nada -y lo pensaba con pasmosa frialdad- con mi pobrecito 29060, que cada día lo tenía más abandonado.
Cuando volví de la Comandancia recibí la orden de embarcarme en el “Manco Cápac”; a bordo encontré al “Estado Mayor” en pleno, con sendas botellas de una preparación hecha por Sifuentes, que quemaba la garganta endiabladamente; se trataba de la despedida de los hermanos Rengifo, quienes iban en comisión al Cotuhé, custodiando los víveres para la guarnición. Con los brindis del caso y cada vez más etéreos por los vapores de la infernal bebida, hicimos la más firme promesa de mantenernos unidos al final de la campaña, ya que cada día, se alejaba más la probabilidad de vernos juntos frente al enemigo.
En el momento en que íbamos a partir, llegó el “Huallaga”; tuve tiempo de observar que llegaba alguna tropa que componía una unidad de cañones antiaéreos, con varias piezas.
Viajamos toda la noche y al amanecer llegamos a Caballo Cocha, todavía embotados por los efectos de la borrachera. El pueblo con el mismo frío y desolado aspecto, sus calles desiertas convidando un silencio y paz de cementerio. ¡Quién se hubiera imaginado 40 años antes, cuando el oro tintineaba en todos los bolsillos, cuando el caucho se amontonaba en los patios de las casas, cuando sus habitantes solo lucían lo importado de las principales capitales europeas, cuando los finos licores franceses se bebían por cualquier motivo, que todo ese boato y esplendor quedaría solo en el recuerdo!... porque hasta las casas de esos temporales potentados, derruyéndose lentamente por la inexorable acción del tiempo y de los elementos, apenas mostraban vestigios de aquella época de bonanza. Mucho le perjudicó a Caballo Cocha su mediterraneidad, pero más, la falta de previsión de sus pobladores, que no pensaron que esa prosperidad podría terminar.
Tan pronto como fue posible y previo permiso salimos a caminar por las soleadas calles; nuestro ánimo estaba deseoso de encontrar impresiones que nos hicieran olvidar el tedio y el aburrimiento de las trincheras, pero… ¡nada!... Dimos vueltas y más vueltas por todos lados y solo veíamos algún viejo decrépito de vacilante caminar o una vieja poniendo ropa en el suelo para secarse al sol, muchachos que nos miraban embobados, no podría decir si admirando o ridiculizando nuestro uniforme... todo menos chicas... parecía que se hubieran escondido para contrariar nuestro deseo de verlas.
Más tarde nos informamos que se estaba organizando un baile para la noche y en la idea de estrechar un delicioso talle femenino después de tanto tiempo, muy temprano tomamos posesión de la plaza principal y asiento en una de sus destartaladas bancas, esperando hacer realidad nuestro deseo mediante alguien que pudiera introducirnos en la fiesta.
La noche avanzaba, salió la luna y no aparecía quien pudiera invitarnos; estábamos ya resignados cuando llegó el señor Noriega, quien, según nuestras suposiciones debía ser el indicado, ya que la fiesta se realizaba en su casa, pero, del amistoso saludo y la animada conversación no pasó, pese a las casi descaradas insinuaciones que no vacilamos en hacerle. Se agotaron los temas, ya nos faltaba saliva y hasta las ganas de hablar, el baile había comenzado y no se daba por aludido. Nos pusimos de pié, en forma insensible lo condujimos hasta la puerta de su casa, pero, para mal de nuestros deseos allí estaban el capitán Guzmán, el teniente Goicochea y el subteniente Lagunas, este último, nuestro jefe y más antipático que los celos… de modo que nos quedamos pasmados, y ya no sirvieron ni la invitación del joven Noriega hijo, que al vernos salió a saludarnos, ni la exigencia de Teodorico Oyarce, quien, con toda frescura se había vestido con traje civil… les dijimos que solo queríamos oír la música.
¡Qué música!... Un charango que sonaba a latas vacías y un cantor que todo lo desfiguraba con sus destemplados gritos de sapo a medio ahogar... ¡Ni una doble dosis de eucaliptina le habría arreglado la ronquera!... Era inexplicable cómo podían bailar con esos berridos, aunque era posible que el encanto de las chicas y la doble embriaguez que les provocaba su contacto y los tragos la hiciera inaudible.
Como los oficiales no tenían cuando marcharse y muy por el contrario parecían sentirse muy a gusto y en la gloria, nosotros lo hicimos, no sin maldecir la hora en que nos hicimos soldados y empezamos a sujetarnos a la disciplina militar.
Al día siguiente partimos a las 5 de la mañana, embarcando 45 cargadores destinados a conducir los víveres para la guarnición del Cotuhé. Los pobres muchachos se embarcaron sin desayunar porque empezaron a llegar a las 4 de la mañana y no probaron bocado hasta que llegamos al tambo del Hamaca Yacu, después de las 3 de la tarde.
El “Manco Cápac” volvió a quedarse en la boca de la quebrada y toda ella la subimos en el bote-motor llevando a remolque dos monterías*. Encontramos 10 soldados enfermos que nos estaban esperando, desembarcamos el personal que llevamos y la carga, almorzamos muy ligeramente, y luego partieron hacia el centro. Yo embarqué a los que habían estado esperando y emprendimos el regreso, llegamos a Leticia como a las 10 de la noche.
Encontramos la situación aparentemente igual, pero continuaban llegando las malas noticias: el arbitraje de la Comisión de Conciliación de Washington había fracasado por la oposición de Colombia, que insistía en que lo de Leticia era un asunto de carácter interno colombiano y se aferraba a la tesis de la santidad de los tratados, por lo que de mutuo acuerdo, el diferendo internacional pasaba a la consideración de la Liga de las Naciones.
En contraste y como para seguir alentando nuestras esperanzas y nuestros propósitos, nos enteramos de las declaraciones del presidente Sánchez Cerro a corresponsales extranjeros, relativas al conflicto y que nosotros estábamos dispuestos a respaldar: “Si equivocadamente -había dicho el “Mocho”- quienes no quieren darse cuenta del peligro inminente, abandonan el terreno de la cordialidad, dentro del cual, afanosamente me mantengo, mi patria respondería tan a fondo, con tanta energía, como noblemente se conduce en el campo de las negociaciones amistosas”.
“El pueblo de Leticia no desea someterse al cambio de nacionalidad a que se le quiere obligar y en su afán patriótico está ampliamente amparado por los principios básicos del Derecho Internacional, muy superiores al de la intangibilidad de los Tratados”.
Hubo algo más que reanimó nuestras vacilantes esperanzas: aparecieron en las paredes de las casas y en los cuarteles del Agrupamiento unos afiches impresos con un mapa del Perú y la fotografía de Sánchez Cerro, cuyo motivo central era un mástil con una bandera flameando al tope en el lugar que corresponde a Leticia, con una leyenda que era expresión de Sánchez Cerro:

“ESTA BANDERA NO SE ARRIARA JAMAS”

Por los periódicos nos enteramos también de que las damas loretanas residentes en Lima habían confeccionado una bandera y bordado el escudo nacional con sus propias manos, para que la izáramos en Leticia, donde permanecería al tope día y noche, haciendo vivo el afiche, como una permanente e invariable determinación de peruanidad. Estábamos ansiosos de recibirla y nos hacíamos la promesa de mantenerla izada mientras tuviéramos aliento para sostenerla.
Muchos todavía sentíamos muy hondo la voluntad de sacrificio, la decisión de arrostrarlo todo, que impulsivamente brotó al grito de reivindicación, pese a que diariamente encontrábamos indignantes y tristes realidades.
Cuando nos faltaba rancho en Puerto Arturo por los malos manejos de gente inescrupulosa y miserables oportunistas, pensé y dije que peores cosas habrían de verse, pero hubiera dado mi sangre por equivocarme. Infelizmente no me equivoqué; la costumbre seguía, el sistema continuaba, la corrupción no tenía fin. Era increíble que personas, jefes, cuya calidad moral debió robustecerse en los institutos que les daba grado militar, a quienes se creía serias y gozaban de nuestro respeto y confianza, quienes debían darnos ejemplo, fueran capaces de manejos sucios y mezquinos, de repugnantes raterías.
Bajaba un día al puerto y vi embarcando un saco de harina a un brasileño, conocido porque llevaba en su canoa frutas y comestibles para vender a la tropa. No sé que me movió a preguntarle donde había conseguido la harina y me contestó que el alférez le había vendido. No creyéndolo posible fui al Palomar y pregunté al encargado de los víveres, que al mismo tiempo era ordenanza del alférez, si algo sabía; me contestó negativamente, pero, entrando al almacén, notó la falta del único saco de harina que había quedado.
Hubo que oír los comentarios que los marineros Padilla y Vásquez hicieron, a los que yo me sumé, no precisamente por el hecho mismo, sino lamentando que fuera un conocido nuestro, quien tan mal camino seguía.
Y los días seguían igual, con su poco de lluvia y su abundancia de sol; el mismo trajín del ir y venir de soldados, voces de mando, gritos, actividad permanente. Si Leticia hubiera sido siempre como estaba entonces no hubiera sucedido lo que sucedió. El Leticia que conocí por el año 1929, era una sola calle, larga, paralela a la orilla, con casas de material precario, tambos con techos de palmeras, que más adentro estaban dispersos; lo único importante que tenía era la estación radiotelegráfica, que servía para anunciar el paso de los buques extranjeros en tránsito a Iquitos y la Aduanilla o Resguardo Aduanero, un tambo donde el Inspector solo despertaba con el pitar de los barcos que exigían su presencia.
Los pobladores estaban perdidos en el abandono, sin contacto, sin aliento, sin motivación, olvidados del poder central; toda su actividad estaba dirigida a las labores extractivas, su comercio era insignificante; su nombre era mirado por los gobernantes en los mapas, solo por su situación fronteriza. ¡Qué distinto de Tabatinga, la frontera brasileña, donde todo era actividad, progreso!
Ramón Castilla fue el primer gobernante que comprendió la importancia de la Amazonía y le dedicó atención, después de él se hundió en el olvido, fue desoída, fue desgarrada... los cañones que envió Castilla a Leticia, como una muestra de soberanía, yo los vi en el monte, entre la maleza, hundidos en el fango; estuvieron destinados a la defensa de la frontera, pero, aunque ya no sirvieran para tal cosa en nuestra época, pues en 70 años mucho había mejorado la artillería, debieron conservarse como una reliquia, en el sitio más visible, como un símbolo de defensa en nuestra frontera.
Los gobiernos no se enteraron de la importancia de Leticia, ni de las necesidades que sufría, como jamás dieron importancia a la inmensidad de la selva; en Lima solo la conocían por las cartas geográficas y los fantásticos relatos de los dominadores de la selva, los valientes caucheros* Por eso, la camarilla que negoció esos territorios no sabía que su extensión equivalía a juntar los departamentos de La Libertad, Ancash, Lima e Ica y que solo el trapecio de Leticia es casi dos veces el departamento de Tumbes… Es que para todos los gobiernos, Lima fue siempre lo único importante y de valor en el Perú... tampoco se imaginaron que en la selva hubiera tanta riqueza que ellos desdeñaban con la punta del pie y nosotros no teníamos ayuda técnica ni herramientas con que sacarla... Para no repetir lo que cierto sabio dijo, diría yo que Dios dio barba a quien no tuvo quijada, pero la realidad es que hay muchas quijadas en el Perú.
Todo esto cavilaba a bordo del “Manco Cápac”, en La Victoria, a donde fui conduciendo a un capitán de sanidad, amigo muy conocido, mientras esperaba la hora del regreso, pero se hacía tarde y no aparecía. Rompió el hilo de mis cavilaciones Ruiz Caballero, invitándome a completar un cuarto de poker, con el teniente Goicochea y el cabo Alván, maquinista del buque, a quien nunca supe si le decían cabo porque lo fue alguna vez o le aplicaron como chapa, accedí a la invitación e inmediatamente nos pusimos a jugar.
Yo no sabía que habían llegado a La Victoria dos mujeres de vida alegre, y que una de ellas estaba a bordo; según me enteré después, ambas partirían de regreso a Iquitos al día siguiente en el barco. Eran como las once de la noche cuando vimos al capitán bajar el barranco como una tromba y subir, casi volando, al barco; se acercó a nuestra mesa y preguntó con ansiedad:
- ¿Dónde está esa mujer? -y dirigiéndose a Goicochea -¡Tú debes saber dónde está!
Yo le miré sorprendido, Ruiz Caballero y Alván sonrieron y Goicochea mirándole burlonamente le contestó:
- ¡Que pronto te has enterado!... Está en un camarote.
- ¿Con quién está?
- Debe estar sola, porque...
Sin esperar que terminara la respuesta ni preguntar cuál era el camarote se fue, y empezó a tocar las puertas, hasta que acertó; la mujer la entreabrió y él empezó a “palabrearla”. Nosotros seguimos jugando, pero aguzando los oídos para enterarnos si hacía progresos en su conquista, pero, pasaba el tiempo. Al cabo de largo rato volvió a nuestra mesa y dirigiéndose a Goicochea le dijo:
- ¡Sé franco, esa mujer está contigo... o la guardas para ti… o le has prohibido!
- ¡No! - le interrumpió Goicochea - solo han venido a pedirme pasaje a Iquitos, son dos, una ha subido al pueblo, creo que tiene familia, ésta se ha quedado porque no tenía a dónde ir, eso es lo que me ha dicho.
Volvió a la carga y la mujer, siempre con la puerta a medio abrir, parecía negarse a sus requerimientos; nosotros, más atentos al diálogo que a nuestro juego, hacíamos esfuerzos por oírlo. Al fin, pasado otro largo rato, sin poderse contener, le dijo en voz alta y llena de ira:
- ¡Parece mentira, ramera infecta, que tú me desprecies, cuando lindas muchachas no me resisten y hasta me persiguen!... ¡Yo hago mal en querer meterme con semejantes desperdicios!... - se acercó a nosotros y dirigiéndose a Goicochea continuó iracundo:
- ¡Tú tiene la culpa de todo esto!... ¡Tener aquí una mujer, sabiendo el estado en que estamos!
Y se volvió a marchar con largos trancos, seguramente a ahogar su deseo en los tragos.


TIMBEAR*.-Jugar a los juegos de azar.
MONTERIA*.- Embarcación de construcción especial. Sobre un casco preparado de un grueso tronco, se agregan tablas en las bordas.
CAUCHERO*.- El que se dedica al comercio y extracción del caucho.

sábado, 16 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVI


¡Soldados!
La expedición de mercenarios de Colombia ha atacado nuestra guarnición de Tarapacá.
Nuestros hermanos, con el mismo valor y heroísmo que nos dieron las victorias de La Pedrera y La Unión, se están batiendo.
Nuestra causa es justa. Defendemos nuestro suelo y con él, el prestigio y el honor de la patria. Nuestro deber es preciso. Nuestra consigna es: ¡Vencer o morir!
Leticia, 13 de febrero de 1933.
(Firmado) I. Calderón.

Tal la proclama que la Comandancia del Agrupamiento Táctico de Leticia hizo circular al día siguiente. Las tropas sintieron como la sacudida de una descarga eléctrica. Enteradas de las operaciones que se habían iniciado esperaban el regreso de la escuadrilla que había partido en auxilio de Tarapacá.
Por la tarde una lancha brasilera acoderó en el puerto. Nos enteramos que el Ministro de Guerra del Brasil, un general de un nombre fácil de olvidar por lo interminable, visitaba la guarnición en misión oficial; una sección de infantería al mando del teniente Loayza le rindió los honores correspondientes a su alta investidura.
La comitiva fue conducida hasta la Comandancia y después de media hora de conferencia, volvió a embarcarse con la misma ceremonia. ¿El motivo de su visita?... Aseguraban que había llegado en nombre de la paz de América… ¡Quién lo podía saber!
Al día siguiente llegó un avión piloteado por Canga; muy poco se pudo saber y nada en concreto, unos decían que las tropas enemigas habían atacado desde una base que habían establecido muy cerca de Tarapacá, en un puerto brasilero, otros, que el Comandante de la Aviación, había atacado a las fuerzas colombianas en un reconocimiento, haciendo averías a un avión enemigo y a los buques, los que al ver nuestros aviones se refugiaron en aguas neutrales.
Sabíamos que la guarnición de Tarapacá solo tenía 90 hombres, esperábamos que aunque el enemigo tuviera como se decía, 1,000 hombres, podrían sostenerse en sus fortificaciones mientras llegaran los refuerzos que inmediatamente organizó el Comando.
Nuevas noticias al día siguiente apresuraron los acontecimientos, según ellas, la guarnición había abandonado la plaza, al no poder resistir la superioridad numérica de los atacantes.
En todas las compañías se había pedido voluntarios, fueron tantos los que se presentaron para formar la expedición, que fue preciso apelar al sorteo y a la selección, pues no podía el Comando enviar más que 56 hombres entre clases y soldados. En mi Compañía fueron seleccionados el sargento Valles, el cabo Víctor Ríos Ríos y los soldados Antonio Cartagena Gómez, Humberto Campos Panduro, Juan Montes Pinto y Juan Montes Puyó. El mando de la expedición fue confiado al ingeniero Ordóñez, que había sido asimilado como teniente y fue uno de los que encabezó el rescate de Leticia. Aparte de su propio armamento solo llevaban dos ametralladoras ligeras.
Estaba lloviendo cuando recibí la orden de disponer que el bote-motor fuera acondicionado para que lo remolcara el “Manco Cápac” y embarcarme en éste; eran las 9 de la noche cuando terminada la maniobra me embarqué, la tropa ya estaba embarcada, y después de una larga espera zarpamos casi a la medianoche. Como una hora después encostamos en La Victoria para embarcar 8 hombres civiles, quienes se encargarían de la conducción de los víveres de los expedicionarios; según me informé iríamos a Caballo Cocha, en busca de más gente para lo mismo, para bajar después al Hamaca Yacu, por donde se toma el varadero* del Cotuhé, que conduce a Tarapacá. El capitán del barco, que es buque hospital y transporte, era un odontólogo asimilado a teniente primero de la Armada.
El recibimiento de la expedición en Caballo Cocha fue apoteósico, estuvo a la altura de las circunstancias, las autoridades organizaron una especie de recepción en nuestro honor y tanto subió el sentimentalismo que los discursos fueron candentes, emotivos y de hondo patriotismo; el señor Julio Noriega, anfitrión y organizador del homenaje se conmovió hasta las lágrimas y fue correspondido por el sargento Juan Huamán Calmet, en igual forma, no escatimando lágrimas y llegando hasta la promesa formal de volver de Tarapacá con la victoria en los bolsillos.
Como faltaba poco para el carnaval, la fiesta tuvo su característica animación y alegría, lo que le dio una brillante culminación.
En cuanto a conseguir más cargadores para la impedimenta de la expedición, no hubo ninguna dificultad; había tal entusiasmo en la población para colaborar con nuestra causa que se presentaron más de 100, entre jóvenes, hombres maduros y hasta colegiales, sin ninguna condición. Fue necesario apelar al sorteo para conformar a todos, dando papelitos numerados, solo a los que no eran colegiales, tomando a los que sacaron del 1 al 30; a los demás se les explicó que esa no sería la única expedición y muy pronto se utilizarían sus servicios.
Al día siguiente volvimos al Hamaca Yacu, afluente del Amazonas, de bastante profundidad pero de poco ancho y muy cerradas curvas, que hacía difícil la navegación; en la desembocadura encostó el “Manco Cápac”, los expedicionarios y los cargueros transbordaron la impedimenta al bote-motor y a una canoa grande que íbamos a llevar a remolque y partimos. Tuve que poner mucho cuidado para guiarlo, tanto por no conocer la ruta, como porque las peligrosas curvas del río lo obligaban.
Cuando llegamos al puerto del varadero ya había pasado el medio día; desembarcamos inmediatamente, prepararon el rancho y se distribuyó la carga entre los que debían conducirla; almorzamos y Ordóñez dio la orden de partida. Me acerqué a los compañeros para despedirlos, todos estaban conmovidos…, al abrazar a Valles le dije, tratando de hacer alegre mi voz y la expresión:
- ¡Mi sargento, hasta la vista!... Puede que ya no nos veamos hasta el final de la campaña...
- Sí - me contestó - no se olviden del amigo y tú, no te olvides de mi encargo para Juan José.
- ¡Hasta pronto Campos, buena suerte Ríos, hasta la vuelta Montes!
Valles se puso al lado del primer hombre de la columna, detrás de Ordóñez y partieron; los cargadores, conocedores del camino, ya estaban en marcha, delante, en fila.
El encargo de Valles era decir a Juan José que en caso de que no regresara, sacara su certificado de bautismo de su maleta, que estaba depositada en el detall de Ghersi, para remitirla a su familia... Quizá pensaba no regresar por los peligros que entrañaba la misión. Sentí profundamente la separación de Valles, tanto porque también yo consideré la empresa sumamente peligrosa y él, era de los que afrontaban con decisión las situaciones cruciales, como porque, más que superior nuestro, supo ser amigo y muchas veces su influencia e intervención nos salvó de dificultades y contratiempos que habríamos sentido mucho.
Si se trataba de recuperar la guarnición de Tarapacá, la empresa era arriesgada por la tremenda diferencia de efectivo y armamento que sabíamos que existía entre los nuestros y los atacantes. Ordóñez iba decidido a la acción aunque desilusionado por la actitud asumida por los oficiales que estuvieron al mando de la guarnición, y por no encontrar en todos la resolución que nos habría llevado al éxito. Para nosotros mismos, triste e indignante fue oír a algunos oficiales decir: “Leticia no vale la pena de exponer la vida”... Posiblemente ese fue el motivo porque, habiendo tantos oficiales de carrera para comandar la expedición el Comando aceptara el voluntario ofrecimiento de Ordóñez.
Por otras fuentes nos informamos que de Iquitos había salido una expedición para dirigirse a Puerto Arturo por el varadero de Santa Elena... ¿no habría sido mejor que nosotros, que de allí pasamos a Leticia nos quedáramos y esa tropa bajara directamente a Leticia?... Hubiera sido hasta más rápido… Muy tarde nos enteramos a qué obedecía aquella táctica de llevar a los mismos soldados de un lado para otro, pues estábamos comprobando que nuestro armamento era deficiente y lo que era peor, se decía que no teníamos munición suficiente, y en Iquitos no había con que armar a los voluntarios.
Días después de la partida de la expedición de auxilio, en un anochecer llegó de la base aérea que se había instalado en la isla Yahuma, un avión con informes del resultado de las operaciones de la aviación. Nos enteramos después, sin detalles, que nuestros pilotos sostuvieron un combate en el que resultaron heridos los capitanes Merino y Griva, y el mecánico Dolcci, que los tanques de combustible de un Douglas estaban perforados, lo mismo que los flotadores de otro, y uno de los Corsair al acuatizar en la base se había estrellado contra un árbol.
A medida que pasaban los días se fue aclarando el asunto de Tarapacá; resultó que el informe del Comandante de la Aviación, según el cual, en el combate que había sostenido fue hundido el “Pichincha” y averiado el “Boyacá”, carecía de verdad. Según noticias oficiales ambos buques estaban sin novedad… todo lo que consiguió fue provocar infundado entusiasmo en la población de Iquitos, donde se vivía la más tremenda ansiedad. ¿Que se propondría con esa fanfarronada?
No sabíamos qué pensar de algunos de nuestros oficiales; había un teniente Zúñiga a quien tuve oportunidad de observar varios días y lo que saqué en limpio fue que poco podía esperarse de un tipo que abusaba de la bebida y siempre estaba embriagado -lo digo con delicadeza, para no decir que era un borrachito consuetudinario- igual observación estuve haciendo con un teniente Pastor, éste podía haber sido capataz, patrón, pero no militar; le faltaba aplomo, serenidad, mando, y el más chocante, el teniente ese que maltrató salvajemente al soldado que se suicidó en Todos Santos; tuvo la frescura de decir delante nuestro que en el caso de que nos enfrentáramos con los colombianos iríamos a perder y agregaba, lamentándose, que sentía con toda su alma el haber venido dejando sus paseos vespertinos del jirón de la Unión.
¡Que lo pensara!... bueno... se le podía comprender, pero que lo dijera..., y delante nuestro. ¡Era el colmo!
Si todo hubiera dependido de la decisión de estos tipos es seguro que su primer impulso hubiera sido no salir de sus cuarteles, son militares para ciudades, para desfiles; no son para trincheras ni para campañas, a menos que estas sean solo de ejercicio...
Según nos contaron los que vieron -y fueron muchos- el capitán de una Compañía, en Ramón Castilla, en la noche de la primera alarma estaban comiendo, cuando oyó la señal, corrió a la trinchera con un jarro en la mano y así estuvo hasta que el sargento Angulo se lo hizo notar. Azorado tiró el jarro e hizo traer su revólver, que posiblemente era lo que creía tener empuñado… ¿Que pensaría hacer con el jarro? Pero no paró ahí la cosa. Cuando todos regresaron a sus cuadras él no aparecía, lo buscaron y lo encontraron enmarañado en unos zarzales que había cerca de las trincheras, a los que había ido a dar perdiendo el camino... Agregaron los chismosos, algo más curioso: que donde iba llevaba su bacinica… Lo lamentable hubiera sido que en otra alarma confundiera el jarro con la bacinica… aunque, pensándolo bien, buen servicio podía prestarle tal artefacto, por lo que le pudiera suceder durante el combate... A partir de aquel incidente fue más conocido como el capitán Caneco*
Poco a poco iba temiendo que el valor que se exhibía en las películas y se describía en las novelas fuera pura filfa; aún no llegábamos a un momento crítico y se estaban viendo cosas raras y actitudes desconcertantes; tentado estuve de creer que los únicos valientes éramos los del “Estado Mayor” -del nuestro se entiende- pero lo gracioso hubiera sido que yo, que me creía tan valiente, en el momento del peligro me hubiera puesto a temblar... ¡Si que hubiera sido para reírse!
Llegó un avión Douglas de los que recientemente habían enviado de Lima, parecía más potente que los Vougth Corsair; según nos enteramos después, uno de los que componían la escuadrilla se perdió durante el viaje, es decir, se averió, pero no llegamos a saber porque motivo... Era una lástima cuando tanta falta nos habría hecho.
También llegó la cañonera “Napo”, con noticias como para poner los pelos de punta a un calvo, siempre que este calvo fuera colombiano: eran los detalles del hundimiento del “Pichincha” y del bombardeo del “Boyacá”, sería en un nuevo bombardeo, porque en cuanto al primero, ya sabíamos que había sido una fanfarronada.
Pero nada en detalle se sabía de Tarapacá; lo único cierto era que estaba en poder de las tropas enemigas, cómo fue la acción no lo sabíamos aún, pero corrían los más caprichosos y disparatados comentarios. En los periódicos que me enviaron de Iquitos tuve la oportunidad de leer un boletín informativo que circuló; lo encontré fantástico y ridículo, sólo de la cabeza de un loco pudo haber salido semejante disparate. Quien leía ese boletín podía creer que ya habíamos ganado la guerra que aún no había comenzado… nada tan lejos de la verdad: ni los colombianos “se habían refugiado en aguas hospitalarias del Brasil”, ni los nuestros los habían puesto en fuga.
Los que escribían semejantes bobadas debieron estar haciendo algo más práctico en Puerto Arturo, en Tarapacá o con nosotros, con un fusil y 200 cartuchos...
En tanto, los aviones seguían volando, los oficiales pensando y los soldados preparando más trincheras... Como para reanimarnos recibimos la visita del general Sarmiento, nuevo jefe de las Operaciones del Nororiente. El R-10 que lo condujo acuatizó en momentos que se estaba simulando un ataque a la plaza, en la forma como se suponía lo fuera a hacer el enemigo. Demás está decir que las tropas estaban en sus emplazamientos y trincheras, y para hacer más real el simulacro cuatro aviones volaban y picaban aparentando bombardear nuestras posiciones y abrigos. El general inspeccionó las instalaciones, bajó a las trincheras e hizo muchas observaciones; a las 2 de la tarde emprendió el viaje de regreso. Al embarcarse, dirigiéndose a un grupo de soldados que estaba presente les dijo:
- ¡Mucho ánimo muchachos!... Hay que darles duro y bien de cerca para no perder munición... ya vendré yo para que juntos les contemos cuentos de verdaderos soldados… ¡Hasta la vista muchachos!...
Tales acontecimientos nos obligaron a suspender la proyectada velada y suponíamos que definitivamente; cierto que la situación no estaba como para perder el humor, pero así eran las órdenes y había que cumplirlas. Igualmente demoró mis planes. El caso fue que cuando todo parecía estar en calma, un día viajando pregunté al comandante Calderón si sería posible obtener un permiso para viajar a Iquitos por asuntos de negocios -le hablé de los carros que había dejado para vender, en lo que había una pequeña dosis de verdad, pues el asunto era esencialmente sentimental- me contestó que no había ningún inconveniente y que se lo recordara. Pero, cuando se precipitaron los acontecimientos, y algunos días después comentándolos, en cierto momento le dije:
- Mi comandante, creo que ahora sería imposible mi licencia - él me contestó:
- No precisamente. Espere unos diez o doce días y se la daré.
Era lógico tal aplazamiento, porque teniendo en perspectiva acontecimientos decisivos, estando a la espera de batirnos, nada ético hubiera sido abandonar el frente.
Pero la situación seguía igual de incierta, la rutina no cambiaba; todos los días ejercicios y simulacros de ataque; permanente estado de tensión por la incertidumbre, y ansiedad de saber la verdad.
El deseo de que se resolviera el conflicto estaba transformando nuestro carácter de tal modo que estábamos en permanente inestabilidad, y aunque ya no se hablaba de la proximidad del enemigo ni se le daba importancia, la costumbre hubiera hecho que su presencia fuera tomada como un ejercicio o un simulacro. Dormir en las trincheras
ya era la cosa más natural, casi un placer cuando el aburrimiento desplazaba la timba.
Menos mal que ganamos la guerra a los estómagos, que nos hicieron en Todos Santos, pues en Leticia se disfrutaba, por lo menos de reglamentaria alimentación.
Y otro mes tocó a su fin; el infatigable Cronos seguía deshojando el tiempo sin mirar la humana mascarada; nuevos personajes, distintas indumentarias, exóticos lugares, épocas modernas, pero las mismas pasiones, los mismos sentimientos, los mismos impulsos seguían trastornando a la humanidad; persistía la mentira de Adán, la envidia de Caín, el egoísmo de Noé, la ambición de Jacob, la traición de Judas... ¡Atavismo!... ¡Aberración!... herencia de la historia que disfraza la civilización con ropajes y oropeles; genuflexiones y exhibición de dientes.



VARADERO*.- Trayecto cercano entre dos ríos o en las curvas de un mismo río. Acorta las distancias.
CANECO*.- Corrupción de CANECA, que se aplica en la región a los jarros de una sola asa.

viernes, 15 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXV


Sorpresivamente y debido a mis conocimientos en mecánica automotriz, fui designado conductor de un bote- motor que había sido enviado de Iquitos, para el servicio de la comandancia del Agrupamiento Táctico de Leticia. Todo ocurrió en forma casual. La comandancia solicitó al Jefe de la Estación Naval un mecánico para conducirlo, pero dicha dependencia no tenía ninguno como para transferirlo, de esto me enteré posteriormente.
Subía el oficial que había llevado la comunicación de la comandancia, acompañado de Federico Arrarte Seguín, maquinista de una de las lanchas de la base y me vio en lo alto de la cuesta, en animada conversación con unos amigos; se me acercaron y sin previa consulta, ni nada por el estilo, Arrarte me presentó al oficial diciendo:
- Mi teniente, esto se llama suerte, aquí tiene usted, al hombre que busca y la comandancia necesita. Es técnico en motores de explosión.
Me cuadré y saludé militarmente al oficial:
- A sus órdenes, mi teniente; - y dirigiéndome a Federico - ¡Hola! ¿De qué se trata?
- Vea usted - intervino el teniente - la comandancia necesita un mecánico para el bote-motor que han enviado de Iquitos. Vamos a la comandancia para que se haga el trámite del destaque de su unidad; - y volviéndose a Arrarte, agregó:
- Muchas gracias, maestro.
- De nada, teniente - y dirigiéndose a mi - que te vaya muy bien - agregó dándome una palmada en el hombro.
Como soldado tenía que obedecer al oficial. Un tanto intrigado me dejé conducir; cuando llegamos me presentó al jefe de Estado Mayor, quien me hizo algunas preguntas acerca de la unidad a que pertenecía y luego me condujo a presencia del comandante Calderón, quien se mostró agradablemente sorprendido y sin más ordenó que se pasaran las comunicaciones respectivas, que me hiciera cargo de la embarcación y recibiera las instrucciones del jefe de Estado Mayor. Enterado de éstas partí inmediatamente a la estación naval, como pomposamente denominábamos al atracadero de las naves, donde estaban las lanchas de la Marina.
El resto del día lo pasé en el puerto haciendo contactos con los encargados del abastecimiento, mantenimiento y cuidado de la lancha y luego me trasladé con todo mi equipo a una casa cercana al puerto, que llamaban “El Palomar”… tres pisos, toda de madera y bastante espaciosa. En la planta baja estaba el almacén de abastecimientos y proveeduría de la estación naval, en el segundo y tercer piso las habitaciones para el personal de la Marina; yo me instalé en el tercer piso, que estaba casi vacío, ocupando la más amplia de las habitaciones.
Cuando terminé, ya bastante tarde, fui a mi Compañía, a la que seguía sintiéndome ligado sentimentalmente, pese a que tenía que estar separado a medias; como de costumbre, mis amigos salían para la retreta, pero, sin muchos preámbulos me largaron la noticia del día: que muy pronto nuestras tropas evacuarían Leticia porque un país neutral había mediado en el conflicto… ¿Sería posible?
¡Qué negra se estaba poniendo la cosa!...
Mi primera misión del día siguiente me deparó un chasco con un mayor del ejército. Había llevado a Ramón Castilla a un oficial portando un documento y cuando subió, me quedé sentado en el bote; de pronto apareció en la loma alguien que creí un soldado a juzgar por el uniforme y la falta de galones.
¿Dónde está el teniente García? - me preguntó.
Sin levantarme le contesté desaprensivamente:
- No sé. Ya hace rato que subió.
Me miró sorprendido y con voz en la que se notaba la costumbre de mandar, volvió a preguntar:
- ¿No sabe quién soy?
- No - le contesté; pero algo curioso y ligeramente intrigado porque pensé que fuera algún amigo olvidado.
- ¡Soy el Mayor Gambetta... cuádrese!
Obedecí instantáneamente y me disculpé:
- Con ese uniforme no podía reconocerle, mi mayor. Le ruego que me disculpe.
- Tiene usted razón, como estoy vestido, realmente parezco un soldado... ¡Claro que lo soy!... pero estamos en campaña y no en una recepción ni un desfile…no se preocupe.
Y nada más pasó, salvo la sorpresa de mi parte al encontrar un militar de alta graduación que pensaba como yo.
El destaque de que fui objeto fue resultando de mi agrado, tanto por la circunstancia de estar constantemente viajando de un puesto a otro del Agrupamiento, como porque encontré e hice amigos en la estación naval, y más aun porque la actividad que se estaba desarrollando en ella era la producción de minas, para defender la plaza.
Ricardo Tobies, egresado de la Escuela de Artes y Oficios con la clase de sargento primero, fue reconocido como tal cuando se presentó como voluntario; su especialidad era la electrotecnia, pero parecía haberle dado por la pirotecnia; con un suboficial de la Marina de apellido Losnos y bajo la dirección del teniente Mosto, estaban dedicados a la fabricación de minas submarinas, con material casi improvisado, tanto así, que utilizaban como cascos para las bombas, botellas viejas de gas, que rellenaban con explosivos. Las hacían magnéticas y de contacto, éstas en mayor número, porque no podían proporcionarles los elementos para las minas de tipo magnético.
Entusiasmado me puse a colaborar con ellos durante dos días, trabajando hasta la noche, para completar el número que Mosto había decidido que se necesitaba para minar el canal navegable del río.
La operación de fondeo se efectuó durante la noche, para evitar que los brasileños de la frontera se enteraran de la maniobra y de la ubicación. Como a las 9 de la noche se hizo embarcar todo el equipo y los artefactos explosivos en una de las lanchas y bajamos hasta Saraiva, donde se empezó a fondearlas en grupos de 4, a bastante distancia unos de otros. Todo fue perfecto en las tres primeras operaciones, pero, en la cuarta, no sé si se rompió el cable o se desprendió de las amarras, pero el atado de minas se fue al demonio, con gran desesperación de Mosto, que se tradujo en un torrente justificado de maldiciones y denuestos de grueso calibre. El que más se amargó y gritó fue Tobies, pensando seguramente en el material, el tiempo y el trabajo perdidos.
Volviendo a la serenidad se continuó con las otras, poniendo más cuidado y cuando concluimos, pasadas las 3 de la mañana, fatigados y soñolientos volvimos al Palomar.
La prueba de una de las minas, para ver el efecto que surtían, debía hacerse al día siguiente; la impaciencia no me dejó conciliar el sueño y como si no me hubiera desvelado, me levanté muy temprano y fui al desayuno pensando ser el primero, pero ya estaban allí Tobies y Losnos y no tardó en llegar el teniente. Desayunamos apresuradamente y en el bote-motor los conduje a la orilla opuesta, al lugar donde se había colocado el detonador. Encontramos que ya estaban esperando varios oficiales, clases y soldados, que iban a aprender como hacerlas estallar.
Luego de ciertos preparativos, de los que, se encargó Tobies, anunció que estaba listo el aparato; se acercó un oficial del ejército con 2 sargentos y 4 soldados y el teniente Mosto les hizo una explicación, cuando concluyó uno de los oficiales ordenó a un sargento que accionara una palanca y éste obedeció; todos estábamos mirando al río en dirección a donde suponíamos que estuviera el grupo de minas, pero no vimos, ni oímos-como seguramente todos esperábamos-elevarse una gran montaña de agua y una poderosa detonación…apenas una como sorda y lejana…unos remolinos y oleaje en cierto sitio del río.
Nos miramos unos a otros como desilusionados; los oficiales se acercaron a Mosto y Tobies y empezaron a hablar en voz baja... cuando de pronto oímos un estampido fortísimo, breves segundos después y a intervalos otros más… nos miramos entre sorprendidos y alarmados… ¿no serían todas las minas que estuvieran estallando en serie?... Uno de los oficiales rompió el suspenso al decir:
- ¡Es la artillería que está haciendo ejercicio!
Que agradable resultaba oír el retumbar de nuestros cañones... Volvimos todos, los oficiales, clases y soldados en la lancha; Mosto, Tobies, Losnos y yo en el bote- motor. Durante todo el tiempo que tardamos en cruzar el río estuvieron hablando, seguramente sobre el resultado de la prueba y quizá sobre la forma de hacer más potentes las minas.
La gran sorpresa fue que en el almuerzo nos sirvieron pescado, cuya procedencia, según nos dijo el marinero encargado del rancho fue el resultado de la explosión de la mina: dos hermosos zúngaros* y otros peces pequeños, que habían tenido la mala suerte de estar cerca, sintieron los efectos y fueron recogidos por los marineros que habían estado esperando los resultados de la prueba. El resto del día y los siguientes los dedicamos a la fabricación de más minas, interrumpiendo solamente yo la labor, cuando tenía que partir en alguna comisión.
Pasaba el tiempo, el esperado enemigo no se hacía presente y nos consumía la impaciencia por ver resuelta la situación; su demora significaba permanencia más larga, por lo que ansiábamos que apareciera cuanto antes para salir de dudas y volver a nuestros hogares.
Nos anunciaron la llegada del “Liberal”, lo mismo que la del R-10, que había regresado a Iquitos con el ministro, pero ambos se hacían esperar; menos mal que con la ocupación de hacer minas y mi nuevo cargo de ir y venir con oficiales en comisión o cuando se les ocurría dar un paseo, los días pasaban casi insensibles.
Y, ocurrió algo anecdótico. Una mañana amaneció acoderado en el puerto de Tabatinga un barco brasileño, que en la noche anterior nos inquietó al verlo aparecer, pensando que fuera un barco enemigo, mas al verlo acoderar supusimos que era un barco de guerra brasileño. Acertamos a medias, porque resultaba ser un barco brasileño de la Amazon River Steam, que hacía línea regular a Iquitos. Según las disposiciones del Comando del Agrupamiento Táctico de Leticia, debía esperar a ser guiado por una nave peruana, para pasar la zona de Leticia, por que de otro modo se exponía a tropezar con las minas colocadas y volar por efecto de ellas.
Por lo que había visto, las minas magnéticas eran controlables, en cuanto a las de contacto, tropezar con una de ellas hubiera sido muchísima mala suerte, porque habíamos colocado 10 grupos en un recorrido de más de 20 kilómetros, en un ancho de casi mil metros; estaban tan distantes unos de otros, que, repito, hubiera sido mucha mala suerte que la nave diera con uno de ellos, pero, había que darle la protección que solicitaba.
Como a las 8 de la mañana partió la lancha “Atahuallpa” para guiarlo, al mando del teniente primero Raygada, jefe de la bahía, un verdadero marino: fanático de la disciplina y la puntualidad, amable y comprensivo con los subalternos, alegre como una marinera y amante del trago como un marinero británico, cualidades que le hacían dueño del aprecio general.
El río estaba minado desde Saraiva, en la mitad que correspondía a las aguas peruanas; la lancha guía y el barco navegaron por aguas brasileras hasta la desembocadura de la quebrada de San Antonio, desde donde se notó que extremaron las precauciones. Todos mirábamos la maniobra como un espectáculo: la lancha hacía caprichosos zigzag como si realmente el río hubiera estado plagado de minas o el chato Raygada hubiese sabido donde estaban… Quienes no estuvieron enterados de como fue la cosa, no podían menos que asombrarse de la audacia y temeridad del capitán Yucá, que exponía su vida y la de los que llevaba a bordo. En cuanto a Raygada, dramatizaba la acción.
Es posible que el capitán del barco brasileño se diera cuenta de la patraña, pero nos seguía el apunte, para convencer al enemigo de que Leticia estaba defendida y hacer que lo pensara con mucha calma antes de aventurarse en un ataque.
Más de media hora tardaron las embarcaciones en pasar y de cierto sitio, la “Atahuallpa” volteó para regresar al puerto y el barco continuó su viaje. Largo rato nos quedamos comentando animadamente las incidencias de la maniobra, hasta que el ordenanza del comandante Calderón, que me estaba buscando dio conmigo y me entregó una orden, según la cual a las 12 debiera estar el bote motor listo para partir.
Almorcé, y cuando a la hora indicada fui al puerto ya el comandante estaba esperándome en compañía del chato Raygada, que con tal chapa era más conocido, porque no alcanzaba el metro sesenta de talla.
- ¡A La Victoria! - ordenó el comandante.
Arranqué y partimos. Por la conversación me enteré de que se trataba de festejar dos ascensos: del capitán Canga y del alférez Secada, ambos de la aviación. Era de esperar que recibieran en La Victoria la visita del comandante como una atención extraordinaria, todo el mundo se movió, el ambiente se tornó de fiesta y empezaron los tragos. A continuación un suculento almuerzo, más tragos, vino la comida que se cerró con tragos, en medio de la mayor animación.
El hospital del Agrupamiento se había instalado en La Victoria y allí estaban las enfermeras, quienes, igual que todos, al estallar el conflicto, a iniciativa de las señoras Josefa de Calderón, Amelia de Souza de Salazar y su hija Blanca, se habían alistado voluntariamente, contagiadas del ardor patriótico. Fueron numerosas las que se presentaron, de familias humildes, de familias distinguidas, y formaron un cuerpo en el que todas estaban decididas a cualquier sacrificio en la noble misión que se habían impuesto y a cumplirla con abnegación en cualquier sitio. Después de un breve período de adiestramiento las enviaron a los distintos frentes.
Fue ese ramillete de La Victoria, el que con su presencia dio el toque delicado a la fiesta, hizo agradable, si se quiere romántica, la reunión. Se improvisó música, bailaron y el resultado final fue una tranca de cuerpo entero para los oficiales; en cuanto a mí, como simple soldado, no podía divertirme junto a ellos, pero, discretamente alejado, el encanto y cordialidad de las chicas se extendió hasta mí, con bastante prodigalidad, sobre todo en las bebidas, de modo que también yo, con los vapores de los tragos, sus amables atenciones y su alarmante cercanía, me sentía doblemente embriagado y momentáneamente olvidé los problemas y preocupaciones que generaban la situación internacional.
Párrafo aparte merece el capellán, que tenía la clase de alférez, pues por lo que vi muy pronto tendría que renunciar a la sotana y quedarse con el uniforme, porque las chicas por un lado y sus colegas oficiales por otro lo estaban arrastrando sin remedio al mundo del demonio, la carne y los tragos.
Eran las once de la noche cuando emprendimos el regreso. El comandante siempre serio y formal se limitaba a contestar con un sí o un no a la verborrea del chato Raygada, quien, perdido el rumbo y con la marea alta estaba a puntó de encallar en una escollera.
En cuando a mí, una de las guapas enfermeras, Magdalena Rey, me atrajo inevitablemente... ¡Malditos tragos!... me trató tan amablemente y me hizo objeto de sus especiales atenciones, que hubiera querido que la noche fuera interminable… lástima que todo tiene su fin… nos despedimos efusivamente y al hacerlo me obsequió algo delicadamente envuelto en papel de seda, que lo abrí en cuanto llegué al Palomar y resultó ser un paquete de guayabada brasileña, que lo devoré inmediatamente, por el hambre que sentía, pensando en ella y en la posibilidad de volver a vernos.
Siguieron días de completa calma pero de un calor sofocante, tanta era la falta de brisa que ni las hojas de los árboles se movían. Una de esas calurosas tardes, cuando anochecía, nos sentamos en un banco frente a nuestro cuartel, a esperar, guitarra en mano, la salida de la luna. Para apurarla empezamos a cantar nuestra nostalgia en viejas canciones; de pronto el zumbar de un avión interrumpió nuestro melancólico entretenimiento; era uno que volaba sobre la población, dio dos vueltas y tomó el rumbo hacia La Victoria, donde estaba la base aérea.
Empezamos a hacer las más variadas suposiciones y no faltó quien asegurara con toda seriedad que se trataba de un avión enemigo de reconocimiento. Como para afirmar esta suposición minutos después orden de inamovilidad en nuestras cuadras y más tarde la de constituirnos en nuestros emplazamientos de combate. Ya eran las 8 y media y la luna estaba saliendo.
Como era mi consigna fui a recibir órdenes del jefe de la base naval, de cuya autoridad dependía, quien me dijo que debía estar a la expectativa, y en caso de ataque enemigo, tomara el bote-motor y partiera con rumbo a Gamboa, un puerto situado a casi una hora de navegación subiendo el río.
- ¡Muy bien señor! - contesté, pero interiormente buscaba el motivo que habría para abandonar el lugar del combate, que se suponía fuera la ciudad, sin ninguna misión y cuando, probablemente, las balas estarían silbando por todas partes... si fuera para cumplir una misión... ¡Vaya!... pero por el gusto de navegar... ¡Se necesitaba, por lo menos estar loco!... Desconcertado me dirigí al Palomar con la intención de ponerme a escribir, pero recordé que no se podía prender luz, me recosté, pero hacía tanto calor que decidí ir a meterme en una trinchera; me disponía a hacerlo cuando llegó un oficial a prevenirme que no debía moverme con el bote sin la orden de la Comandancia. Eso ya estaba más puesto en razón, de modo que no me moví.
Todo hacía pensar que la cosa iba por lo serio; los centinelas no dejaban pasar a nadie sin dar el santo; los oficiales caminaban apurados y la tropa arma al brazo dormitaba en las trincheras. A las 10 llegó en mi busca otro oficial con una orden de la Comandancia y partimos para Ramón Castilla; tocamos en distintos puestos donde impartió órdenes y regresamos. Eran las dos de la mañana. Me disponía a acostarme cuando llegó otro oficial con la orden de estar listo a las 4 de la mañana a órdenes del comandante Calderón; la preocupación no me dejó dormir y a las 4, como un reloj, estaba llamándome el comandante.
-¡A La Victoria! - dijo y fuimos a embarcarnos.
Cuando llegamos estaba amaneciendo. Se notaba gran actividad en el puerto: los avioneros estaban preparando 4 aviones Vought Corsair, el 5E1, el 5E2, el 5E6 y el 2E4 que iban a partir con rumbo a Tarapacá; les habían acoplado dos bombas en cada ala, las máquinas zumbaban y yo sentía, otra vez, correr como un torrente de fuego, la sangre por mis venas...
Una a una fueron despegando, ya en el aire tomaron una formación en rombo y partieron hacia el norte. En forma vaga, porque no estaba muy enterado, me informó uno de los avioneros de lo que había ocurrido: en una exploración que el día anterior hizo el comandante de la aviación, había visto la flota colombiana en Tarapacá, disponiéndose a atacar nuestra guarnición; que había sostenido un tiroteo del que afortunadamente salió ileso.
Según esto, se había roto las hostilidades, llegó el momento que tanto esperábamos… ¡Al fin iría a terminar tan aborrecible situación!...
Íntimamente alentaba la ansiedad de volver un día ya no lejano… mientras llegara seguiría mirando en la estela de mi bote y en el horizonte que alcanzaba mi vista, la imagen de Paulina.., seguiría escribiendo en las tablas del piso, en los muros de las trincheras, el único mensaje de mi pensamiento que asomaba a mis labios: ¡Te amo, Paulina!...


ZUNGARO*.- Pescado que vive en el fondo del río.