domingo, 3 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXIV

El Ministro de Guerra visitó el Agrupamiento Táctico de Leticia. Igual que en Puerto Arturo, llegó en el R10, en compañía del coronel Ramos y otros altos jefes. Según fuimos avisados, debía pasar revista a las tropas en su respectivo emplazamiento de combate; demás está decir que nosotros estábamos preparados como para entrar en acción.
En esos días ya se estaba rumoreando que el enemigo no atacaría Leticia; no podíamos creer que eso fuera cierto -aunque yo, íntimamente lo deseaba- pero si habrían insistido a nosotros nos habría dado igual.
Conforme se había anunciado, al otro día de su llegada se efectuó la revista y desde muy temprano se notó en todas las unidades una gran animación. Luego del desayuno recibimos la orden de armarnos, equiparnos y marchar a nuestro puesto de combate, que seguía siendo el mismo de la noche de la falsa alarma, y nuestra misión, siempre defender el paso de San Antonio, que es justamente, la quebrada que marcaba el límite de nuestra frontera con Brasil.
El toque de generala, oído lejanamente, nos anunció que iba a empezar la revista; el teniente Rospigliosi, jefe y único oficial de nuestra Compañía, pues Mogrovejo había sido evacuado por su enfermedad, inspeccionó nuestras posiciones y al concluir nos dio la consigna: “Vencer o morir en su puesto”.
Aislados individualmente esta vez, nos disponíamos a esperar; entre uno y otro, a lo largo de la quebrada, habría aproximadamente 20 metros y no podíamos oírnos a menos de gritar. Sentado sobre un tronco escuchaba atentamente; no sentía la menor inquietud ni emoción, como me había sucedido en la primera noche, de pronto me pasaron la voz de que me estaba buscando el teniente, salí a su encuentro y me dijo que tenía que hacer de agente de enlace, me dio las instrucciones y partí inmediatamente a la Comandancia; llegué cuando estaba saliendo la comitiva, me identifiqué ante el jefe de Estado Mayor, quien me indicó mi lugar y seguí el camino de la comitiva.
Allí también el Ministro, el coronel Ramos y los otros jefes bajaban a inspeccionar las trincheras; el Ministro estaba siempre entre Calderón y el coronel Ramos, hacía preguntas a los oficiales, muchas de las cuales no obtenían respuesta o no eran satisfactorias, a juzgar por sus movimientos de cabeza, observaciones o correcciones que hacía. Vacilantes en su actitud, los oficiales daban la impresión de no estar seguros de lo que decían ni de si mismos; el Ministro miraba a la tropa con atención e insistencia, como haciendo mental comparación de la variedad del uniforme y de la distinta forma como llevaban el armamento; de cuando en cuando decía: ¡Muy bien, muchachos!... ¡Hay que apuntar bien, muchachos!... ¡Hay que economizar la munición, muchachos!... ¡No olviden la consigna, muchachos, vencer o morir en su puesto!...
Cuando llegó a un emplazamiento de cañones donde había cinco piezas apuntando al río, preguntó dónde estaban las municiones; el capitán Molina, que parecía estar al mando de las baterías, se las enseñó y mirando las 10 cajas volvió a preguntar si era toda la dotación; el mismo Molina le contestó que había más en el arsenal.
- ¡Mande traer dos cajas más para los Schneider! -le ordenó.
Molina dio la orden a un teniente que estaba a su lado, en quien reconocí a un amigo de la infancia: Hildebrando Tejedo. Este la transmitió a dos soldados, los que partieron corriendo. El Ministro seguía mirando los cañones; de pronto preguntó.
- ¿Quiénes son los artilleros de los cañones de desembarco?
Cinco hombres salieron de un grupo y se cuadraron ante él.
- ¿Por qué no estaban junto a su pieza? - volvió a preguntar.
Quedaron en silencio, Molina se acercó y le dijo que recién estaban instalando las piezas que habían sido quitadas de un buque y el oficial encargado del emplazamiento de ellas, un marino, estaba en comisión.
- ¿Cuál es su munición? - insistió.
Los que se habían acercado se miraron y luego de un instante de vacilación, dos de ellos fueron hacia la pila de cajas y empezaron a moverlas; el Ministro los miraba sin decir una palabra; acercaron una y la colocaron al pié.
- ¿De cuál de los dos es? - preguntó de nuevo.
Necesario es decir que los dos cañones eran semejantes, pero de distinto tamaño, posible era que también fueran de distinto calibre, a juzgar por el largo y grueso cañón. Los artilleros abrieron la caja y determinaron que era para el cañón más pequeño. El Ministro movió la cabeza y en medio del silencio general se le oyó:
- ¡Cuánta dilación!
A todo esto los enviados por la munición del Schneider no volvían; el Ministro miró su reloj y dijo:
- ¡Vamos!
Continuamos caminando y llegamos a una trinchera subterránea con cubierta de hormigón; Calderón, el Ministro y el coronel Ramos ingresaron delante seguidos por los demás oficiales; yo me quedé en la entrada con otros del enlace; oí que alguien decía:
- ¡Sin novedad, mi coronel! - y la voz del Ministro que contestaba:
- ¡Se ve, se ve!
Y así se continuó hasta cerca del mediodía. No sé si debimos quedar satisfechos, tanto el Ministro, como los oficiales y todos nosotros, los del Agrupamiento, de los resultados de la revista, pero, presiento que no todo fue color de rosa.
Por la tarde estábamos haciendo limpieza de nuestro armamento, cuando me enteré de que estaba acoderando el vapor “Liberal”; me apresuré para terminar y como media hora después, llegó corriendo Ricardo Tobies y me dijo:
- ¡Tu padre ha llegado en el “Liberal” como tripulante!
- ¿Lo viste?... ¡Qué bueno!... ¿Como está?...
- contesté y al mirarlo algo extraño noté en su semblante - ¿Qué pasa, Ricardo? - le pregunté - ¿Ha sucedido algo?
- Si, pero ten calma... He presenciado algo desagradable - y me lo contó.
Estaban descargando del “Liberal”, material para la Armada y un comandante de la Marina, confrontaba personalmente el cargamento. Mi padre estaba haciendo entrega de cierto número de cuñetes de aceite lubricante, los que iban siendo conducidos inmediatamente por personal de la Marina; cuando ya quedaban los últimos para llevar, el comandante le hizo notar que en la cuenta que estaba haciendo faltaba un cuñete, mi padre le contestó:
- No puede ser, tienen que estar completos.
El comandante con muy malos modos insistió en que no estaban completos, pretendiendo hacerlo responsable de la supuesta pérdida y mi padre porfiaba en que estaban completos y que había que rectificar la cuenta:
- Mande usted, que alguien vaya a contar los que se llevaron y verá que están completos.
Encolerizado por la contradicción le gritó que debía tenerlo y mi padre, en tono impaciente y altanero protestó:
-¡Y para qué quiero yo un cuñete de aceite!... ¡Yo no lo voy a robar!... ¡Mande contar los que se han llevado y verá que están completos!...
Como el tono que puso mi padre a su expresión no sería del agradó del comandante, se le acercó violentamente y le aplicó un puñetazo, ordenando de inmediato que lo encerraran en la bodega... Esto me lo contó Tobies.
Ciego de ira me puse apresuradamente las bandas y me dirigí al puerto, en el camino me serené un poco; cuando subí al buque no vi al comandante, pero sí a otros oficiales de la Armada, que estaban confrontando la carga; de pronto apareció, todos los presentes, testigos de lo que había ocurrido, muchos de los cuales me conocían y quizá comprendían, por mi gesto y actitud que ya me había enterado de lo sucedido, me miraban ansiosamente. Me acerqué decidido, me cuadré delante y saludándole militarmente le dije:
- Mi Comandante, un soldado de la Patria le pide que ponga en libertad al hombre que mandó encerrar.
Me clavó una mirada mezcla de atención y de sorpresa, que me pareció interminable, yo lo miraba directamente a los ojos, quien sabe con qué expresión.
- ¿Quién es usted? - preguntó.
- Soy un soldado y ese hombre es mi padre - le contesté.
Yo no sé qué hubiera hecho si se habría negado y me lo decía, o si hubiera tomado una actitud de rechazo y me gritaba, o qué se yo... Fueron breves y tensos segundos de silencio, miró a ambos lados, se dio una ligera vuelta, miró detrás y sin decirme una sola palabra se retiró unos pasos. Me quedé inmóvil un instante y cuando me disponía a acercarme de nuevo al comandante, alguien me tocó el brazo y me señaló hacia un sitio, miré y vi a mi padre que pasaba de la chata a la lancha. Me acerqué rápidamente y nos abrazamos sin decir una palabra; luego cogiéndole por los hombros y mirándolo a los ojos le pregunté:
- ¿Qué ha pasado? - en tono evasivo y sonriente me contestó:
- Tonterías... Y tu, ¿cómo estás?...
Debo agradecer a mi buena estrella el feliz desenlace de mi audaz reclamo; como nunca estuve en un trís de hacer una barbaridad.... El resto del día lo pasé amargo, el recuerdo de lo ocurrido a mi padre me rondaba la cabeza y ni los chistes de los compañeros o las payasadas que hacían lograban despejármela.
Ghersi, que se había enterado del incidente, como consuelo me dijo:
- No hay derecho, pero, son cosas que no se pueden evitar.
Pero yo me preguntaba: ¿los galones dan tanta prepotencia y tanta incomprensión?... ¿Es así como piensan que se gana el respeto y la adhesión de los subalternos?.. ¡No!... Un tipo vengativo y de mala entraña puede buscar la ocasión propicia para tomarse la revancha de los abusos de esos descastados...
Mi padre volvió, los días pasaron y el turbio incidente en mi alma se hundió; nuevos acontecimientos, agradables algunos, ayudaron a que, poco a poco, fuera menos amargo el recuerdo.
La lancha “Libertad”, que se había quedado en Puerto Arturo, para conducir a los que no pudieron hacer el viaje por el varadero de Santa Elena por estar enfermos, llegó, dejó a los ya sanos, y a los que estaban en vía de franca curación para reincorporarse a sus respectivas unidades, y siguió a Iquitos con los más graves. Campos, que ya no tenía el dolor de muelas que le impidió, con gran disgusto suyo, viajar con nosotros, se incorporó de inmediato a nuestra sección.
Por otra parte, la banda de músicos del Regimiento, que había llegado en el “Liberal”, empezó a amenizar las tardes con su variado repertorio; en esas horas de solaz que las pasábamos en alegre camaradería, brotó de pronto la idea de preparar otra velada literario-musical-artístico-soldadesca. Fue Ghersi, el que enterado del éxito que se obtuvo en Todos Santos y deseoso de presenciar nuestras habilidades, propuso su organización a Rospigliosi, quien aceptó y de inmediato a su vez propuso la idea al Comando, incluso señalando el 15 de Febrero como fecha de su realización.
Resultaba que, en vez de soldados estábamos saliendo cómicos; es posible que como tales hubiéramos tenido más éxito con los colombianos, aunque para payasos teníamos bastante con nuestros políticos y diplomáticos...
De este modo empezamos a idear nuevas majaderías para divertir a la tropa. El número de alta novedad habría sido “El Coro de la Compañía”, que hubiera estado cantado por todo el “Estado Mayor”, al que se incorporaron Lozano, Piñeiro, Teodorico Oyarce y el sargento Saavedra Capillo, a quien tuvimos que degradar para su incorporación.
Ghersi hizo las gestiones para que el director de la banda de músicos hiciera el arreglo orquestal de nuestra marcha ¡A Leticia! y cuando la cantamos con su acompañamiento, que dicho sea de paso, fue con gran concurrencia, el éxito fue total.
¡Y pensar que estábamos en el frente de combate!... ¡Era para mearse de la risa!... Mientras tanto en Iquitos, sabíamos, que estaba alarmadísima la población civil... ¿Por qué?

1 comentario:

Luján 3 dijo...

Estimado señor Fernando Montalván:
Lo saluda Daniel Soria Luján, nieto del subteniente Armando Luján Yárame, a quien su padre menciona en algunas partes de su obra.
Debo confesar que haber encontrado este blog me ha llenado de emoción. Es la primera vez que leo un relato en el que tengo noticias de mi abuelo materno, al cual no conocí porque murió jóven por una fiebre contraída en plena guerra (en 1933 creo).
No tengo sino palabras de agradecimiento para su padre por las frases de respeto al enterarse de la muerte del subteniente Luján, a pesar de los abusos que habría cometido con sus subalternos y que ciertamente nunca podré justificarlos.
Mostraré a mi madre de 75 años, hija del subteniente Luján, el libro El Rescate de Leticia para que también pueda apreciar las gentiles palabras de Pablo Carmelo Montalván hacia su padre.
Saludos cordiales,
DANIEL SORIA LUJÁN
daniel.soria@pucp.edu.pe