sábado, 16 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVI


¡Soldados!
La expedición de mercenarios de Colombia ha atacado nuestra guarnición de Tarapacá.
Nuestros hermanos, con el mismo valor y heroísmo que nos dieron las victorias de La Pedrera y La Unión, se están batiendo.
Nuestra causa es justa. Defendemos nuestro suelo y con él, el prestigio y el honor de la patria. Nuestro deber es preciso. Nuestra consigna es: ¡Vencer o morir!
Leticia, 13 de febrero de 1933.
(Firmado) I. Calderón.

Tal la proclama que la Comandancia del Agrupamiento Táctico de Leticia hizo circular al día siguiente. Las tropas sintieron como la sacudida de una descarga eléctrica. Enteradas de las operaciones que se habían iniciado esperaban el regreso de la escuadrilla que había partido en auxilio de Tarapacá.
Por la tarde una lancha brasilera acoderó en el puerto. Nos enteramos que el Ministro de Guerra del Brasil, un general de un nombre fácil de olvidar por lo interminable, visitaba la guarnición en misión oficial; una sección de infantería al mando del teniente Loayza le rindió los honores correspondientes a su alta investidura.
La comitiva fue conducida hasta la Comandancia y después de media hora de conferencia, volvió a embarcarse con la misma ceremonia. ¿El motivo de su visita?... Aseguraban que había llegado en nombre de la paz de América… ¡Quién lo podía saber!
Al día siguiente llegó un avión piloteado por Canga; muy poco se pudo saber y nada en concreto, unos decían que las tropas enemigas habían atacado desde una base que habían establecido muy cerca de Tarapacá, en un puerto brasilero, otros, que el Comandante de la Aviación, había atacado a las fuerzas colombianas en un reconocimiento, haciendo averías a un avión enemigo y a los buques, los que al ver nuestros aviones se refugiaron en aguas neutrales.
Sabíamos que la guarnición de Tarapacá solo tenía 90 hombres, esperábamos que aunque el enemigo tuviera como se decía, 1,000 hombres, podrían sostenerse en sus fortificaciones mientras llegaran los refuerzos que inmediatamente organizó el Comando.
Nuevas noticias al día siguiente apresuraron los acontecimientos, según ellas, la guarnición había abandonado la plaza, al no poder resistir la superioridad numérica de los atacantes.
En todas las compañías se había pedido voluntarios, fueron tantos los que se presentaron para formar la expedición, que fue preciso apelar al sorteo y a la selección, pues no podía el Comando enviar más que 56 hombres entre clases y soldados. En mi Compañía fueron seleccionados el sargento Valles, el cabo Víctor Ríos Ríos y los soldados Antonio Cartagena Gómez, Humberto Campos Panduro, Juan Montes Pinto y Juan Montes Puyó. El mando de la expedición fue confiado al ingeniero Ordóñez, que había sido asimilado como teniente y fue uno de los que encabezó el rescate de Leticia. Aparte de su propio armamento solo llevaban dos ametralladoras ligeras.
Estaba lloviendo cuando recibí la orden de disponer que el bote-motor fuera acondicionado para que lo remolcara el “Manco Cápac” y embarcarme en éste; eran las 9 de la noche cuando terminada la maniobra me embarqué, la tropa ya estaba embarcada, y después de una larga espera zarpamos casi a la medianoche. Como una hora después encostamos en La Victoria para embarcar 8 hombres civiles, quienes se encargarían de la conducción de los víveres de los expedicionarios; según me informé iríamos a Caballo Cocha, en busca de más gente para lo mismo, para bajar después al Hamaca Yacu, por donde se toma el varadero* del Cotuhé, que conduce a Tarapacá. El capitán del barco, que es buque hospital y transporte, era un odontólogo asimilado a teniente primero de la Armada.
El recibimiento de la expedición en Caballo Cocha fue apoteósico, estuvo a la altura de las circunstancias, las autoridades organizaron una especie de recepción en nuestro honor y tanto subió el sentimentalismo que los discursos fueron candentes, emotivos y de hondo patriotismo; el señor Julio Noriega, anfitrión y organizador del homenaje se conmovió hasta las lágrimas y fue correspondido por el sargento Juan Huamán Calmet, en igual forma, no escatimando lágrimas y llegando hasta la promesa formal de volver de Tarapacá con la victoria en los bolsillos.
Como faltaba poco para el carnaval, la fiesta tuvo su característica animación y alegría, lo que le dio una brillante culminación.
En cuanto a conseguir más cargadores para la impedimenta de la expedición, no hubo ninguna dificultad; había tal entusiasmo en la población para colaborar con nuestra causa que se presentaron más de 100, entre jóvenes, hombres maduros y hasta colegiales, sin ninguna condición. Fue necesario apelar al sorteo para conformar a todos, dando papelitos numerados, solo a los que no eran colegiales, tomando a los que sacaron del 1 al 30; a los demás se les explicó que esa no sería la única expedición y muy pronto se utilizarían sus servicios.
Al día siguiente volvimos al Hamaca Yacu, afluente del Amazonas, de bastante profundidad pero de poco ancho y muy cerradas curvas, que hacía difícil la navegación; en la desembocadura encostó el “Manco Cápac”, los expedicionarios y los cargueros transbordaron la impedimenta al bote-motor y a una canoa grande que íbamos a llevar a remolque y partimos. Tuve que poner mucho cuidado para guiarlo, tanto por no conocer la ruta, como porque las peligrosas curvas del río lo obligaban.
Cuando llegamos al puerto del varadero ya había pasado el medio día; desembarcamos inmediatamente, prepararon el rancho y se distribuyó la carga entre los que debían conducirla; almorzamos y Ordóñez dio la orden de partida. Me acerqué a los compañeros para despedirlos, todos estaban conmovidos…, al abrazar a Valles le dije, tratando de hacer alegre mi voz y la expresión:
- ¡Mi sargento, hasta la vista!... Puede que ya no nos veamos hasta el final de la campaña...
- Sí - me contestó - no se olviden del amigo y tú, no te olvides de mi encargo para Juan José.
- ¡Hasta pronto Campos, buena suerte Ríos, hasta la vuelta Montes!
Valles se puso al lado del primer hombre de la columna, detrás de Ordóñez y partieron; los cargadores, conocedores del camino, ya estaban en marcha, delante, en fila.
El encargo de Valles era decir a Juan José que en caso de que no regresara, sacara su certificado de bautismo de su maleta, que estaba depositada en el detall de Ghersi, para remitirla a su familia... Quizá pensaba no regresar por los peligros que entrañaba la misión. Sentí profundamente la separación de Valles, tanto porque también yo consideré la empresa sumamente peligrosa y él, era de los que afrontaban con decisión las situaciones cruciales, como porque, más que superior nuestro, supo ser amigo y muchas veces su influencia e intervención nos salvó de dificultades y contratiempos que habríamos sentido mucho.
Si se trataba de recuperar la guarnición de Tarapacá, la empresa era arriesgada por la tremenda diferencia de efectivo y armamento que sabíamos que existía entre los nuestros y los atacantes. Ordóñez iba decidido a la acción aunque desilusionado por la actitud asumida por los oficiales que estuvieron al mando de la guarnición, y por no encontrar en todos la resolución que nos habría llevado al éxito. Para nosotros mismos, triste e indignante fue oír a algunos oficiales decir: “Leticia no vale la pena de exponer la vida”... Posiblemente ese fue el motivo porque, habiendo tantos oficiales de carrera para comandar la expedición el Comando aceptara el voluntario ofrecimiento de Ordóñez.
Por otras fuentes nos informamos que de Iquitos había salido una expedición para dirigirse a Puerto Arturo por el varadero de Santa Elena... ¿no habría sido mejor que nosotros, que de allí pasamos a Leticia nos quedáramos y esa tropa bajara directamente a Leticia?... Hubiera sido hasta más rápido… Muy tarde nos enteramos a qué obedecía aquella táctica de llevar a los mismos soldados de un lado para otro, pues estábamos comprobando que nuestro armamento era deficiente y lo que era peor, se decía que no teníamos munición suficiente, y en Iquitos no había con que armar a los voluntarios.
Días después de la partida de la expedición de auxilio, en un anochecer llegó de la base aérea que se había instalado en la isla Yahuma, un avión con informes del resultado de las operaciones de la aviación. Nos enteramos después, sin detalles, que nuestros pilotos sostuvieron un combate en el que resultaron heridos los capitanes Merino y Griva, y el mecánico Dolcci, que los tanques de combustible de un Douglas estaban perforados, lo mismo que los flotadores de otro, y uno de los Corsair al acuatizar en la base se había estrellado contra un árbol.
A medida que pasaban los días se fue aclarando el asunto de Tarapacá; resultó que el informe del Comandante de la Aviación, según el cual, en el combate que había sostenido fue hundido el “Pichincha” y averiado el “Boyacá”, carecía de verdad. Según noticias oficiales ambos buques estaban sin novedad… todo lo que consiguió fue provocar infundado entusiasmo en la población de Iquitos, donde se vivía la más tremenda ansiedad. ¿Que se propondría con esa fanfarronada?
No sabíamos qué pensar de algunos de nuestros oficiales; había un teniente Zúñiga a quien tuve oportunidad de observar varios días y lo que saqué en limpio fue que poco podía esperarse de un tipo que abusaba de la bebida y siempre estaba embriagado -lo digo con delicadeza, para no decir que era un borrachito consuetudinario- igual observación estuve haciendo con un teniente Pastor, éste podía haber sido capataz, patrón, pero no militar; le faltaba aplomo, serenidad, mando, y el más chocante, el teniente ese que maltrató salvajemente al soldado que se suicidó en Todos Santos; tuvo la frescura de decir delante nuestro que en el caso de que nos enfrentáramos con los colombianos iríamos a perder y agregaba, lamentándose, que sentía con toda su alma el haber venido dejando sus paseos vespertinos del jirón de la Unión.
¡Que lo pensara!... bueno... se le podía comprender, pero que lo dijera..., y delante nuestro. ¡Era el colmo!
Si todo hubiera dependido de la decisión de estos tipos es seguro que su primer impulso hubiera sido no salir de sus cuarteles, son militares para ciudades, para desfiles; no son para trincheras ni para campañas, a menos que estas sean solo de ejercicio...
Según nos contaron los que vieron -y fueron muchos- el capitán de una Compañía, en Ramón Castilla, en la noche de la primera alarma estaban comiendo, cuando oyó la señal, corrió a la trinchera con un jarro en la mano y así estuvo hasta que el sargento Angulo se lo hizo notar. Azorado tiró el jarro e hizo traer su revólver, que posiblemente era lo que creía tener empuñado… ¿Que pensaría hacer con el jarro? Pero no paró ahí la cosa. Cuando todos regresaron a sus cuadras él no aparecía, lo buscaron y lo encontraron enmarañado en unos zarzales que había cerca de las trincheras, a los que había ido a dar perdiendo el camino... Agregaron los chismosos, algo más curioso: que donde iba llevaba su bacinica… Lo lamentable hubiera sido que en otra alarma confundiera el jarro con la bacinica… aunque, pensándolo bien, buen servicio podía prestarle tal artefacto, por lo que le pudiera suceder durante el combate... A partir de aquel incidente fue más conocido como el capitán Caneco*
Poco a poco iba temiendo que el valor que se exhibía en las películas y se describía en las novelas fuera pura filfa; aún no llegábamos a un momento crítico y se estaban viendo cosas raras y actitudes desconcertantes; tentado estuve de creer que los únicos valientes éramos los del “Estado Mayor” -del nuestro se entiende- pero lo gracioso hubiera sido que yo, que me creía tan valiente, en el momento del peligro me hubiera puesto a temblar... ¡Si que hubiera sido para reírse!
Llegó un avión Douglas de los que recientemente habían enviado de Lima, parecía más potente que los Vougth Corsair; según nos enteramos después, uno de los que componían la escuadrilla se perdió durante el viaje, es decir, se averió, pero no llegamos a saber porque motivo... Era una lástima cuando tanta falta nos habría hecho.
También llegó la cañonera “Napo”, con noticias como para poner los pelos de punta a un calvo, siempre que este calvo fuera colombiano: eran los detalles del hundimiento del “Pichincha” y del bombardeo del “Boyacá”, sería en un nuevo bombardeo, porque en cuanto al primero, ya sabíamos que había sido una fanfarronada.
Pero nada en detalle se sabía de Tarapacá; lo único cierto era que estaba en poder de las tropas enemigas, cómo fue la acción no lo sabíamos aún, pero corrían los más caprichosos y disparatados comentarios. En los periódicos que me enviaron de Iquitos tuve la oportunidad de leer un boletín informativo que circuló; lo encontré fantástico y ridículo, sólo de la cabeza de un loco pudo haber salido semejante disparate. Quien leía ese boletín podía creer que ya habíamos ganado la guerra que aún no había comenzado… nada tan lejos de la verdad: ni los colombianos “se habían refugiado en aguas hospitalarias del Brasil”, ni los nuestros los habían puesto en fuga.
Los que escribían semejantes bobadas debieron estar haciendo algo más práctico en Puerto Arturo, en Tarapacá o con nosotros, con un fusil y 200 cartuchos...
En tanto, los aviones seguían volando, los oficiales pensando y los soldados preparando más trincheras... Como para reanimarnos recibimos la visita del general Sarmiento, nuevo jefe de las Operaciones del Nororiente. El R-10 que lo condujo acuatizó en momentos que se estaba simulando un ataque a la plaza, en la forma como se suponía lo fuera a hacer el enemigo. Demás está decir que las tropas estaban en sus emplazamientos y trincheras, y para hacer más real el simulacro cuatro aviones volaban y picaban aparentando bombardear nuestras posiciones y abrigos. El general inspeccionó las instalaciones, bajó a las trincheras e hizo muchas observaciones; a las 2 de la tarde emprendió el viaje de regreso. Al embarcarse, dirigiéndose a un grupo de soldados que estaba presente les dijo:
- ¡Mucho ánimo muchachos!... Hay que darles duro y bien de cerca para no perder munición... ya vendré yo para que juntos les contemos cuentos de verdaderos soldados… ¡Hasta la vista muchachos!...
Tales acontecimientos nos obligaron a suspender la proyectada velada y suponíamos que definitivamente; cierto que la situación no estaba como para perder el humor, pero así eran las órdenes y había que cumplirlas. Igualmente demoró mis planes. El caso fue que cuando todo parecía estar en calma, un día viajando pregunté al comandante Calderón si sería posible obtener un permiso para viajar a Iquitos por asuntos de negocios -le hablé de los carros que había dejado para vender, en lo que había una pequeña dosis de verdad, pues el asunto era esencialmente sentimental- me contestó que no había ningún inconveniente y que se lo recordara. Pero, cuando se precipitaron los acontecimientos, y algunos días después comentándolos, en cierto momento le dije:
- Mi comandante, creo que ahora sería imposible mi licencia - él me contestó:
- No precisamente. Espere unos diez o doce días y se la daré.
Era lógico tal aplazamiento, porque teniendo en perspectiva acontecimientos decisivos, estando a la espera de batirnos, nada ético hubiera sido abandonar el frente.
Pero la situación seguía igual de incierta, la rutina no cambiaba; todos los días ejercicios y simulacros de ataque; permanente estado de tensión por la incertidumbre, y ansiedad de saber la verdad.
El deseo de que se resolviera el conflicto estaba transformando nuestro carácter de tal modo que estábamos en permanente inestabilidad, y aunque ya no se hablaba de la proximidad del enemigo ni se le daba importancia, la costumbre hubiera hecho que su presencia fuera tomada como un ejercicio o un simulacro. Dormir en las trincheras
ya era la cosa más natural, casi un placer cuando el aburrimiento desplazaba la timba.
Menos mal que ganamos la guerra a los estómagos, que nos hicieron en Todos Santos, pues en Leticia se disfrutaba, por lo menos de reglamentaria alimentación.
Y otro mes tocó a su fin; el infatigable Cronos seguía deshojando el tiempo sin mirar la humana mascarada; nuevos personajes, distintas indumentarias, exóticos lugares, épocas modernas, pero las mismas pasiones, los mismos sentimientos, los mismos impulsos seguían trastornando a la humanidad; persistía la mentira de Adán, la envidia de Caín, el egoísmo de Noé, la ambición de Jacob, la traición de Judas... ¡Atavismo!... ¡Aberración!... herencia de la historia que disfraza la civilización con ropajes y oropeles; genuflexiones y exhibición de dientes.



VARADERO*.- Trayecto cercano entre dos ríos o en las curvas de un mismo río. Acorta las distancias.
CANECO*.- Corrupción de CANECA, que se aplica en la región a los jarros de una sola asa.

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