lunes, 18 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVII


- Disculpe, mi primero, usted, que tiene herramientas ¿no podría componerme este reloj? Creo que se ha roto su cuerda.
Fue un cabo con todos sus galones, el que cuando me dirigía a toda prisa al puerto, saludándome con todo respeto, me detuvo con tal pregunta. Para no caerme de espaldas me cogí de su hombro amigablemente y me eché a reír a carcajadas, dejándole algo sorprendido con mi actitud y solo acerté a decirle, lo más amablemente posible:
- Vea, amigo, un reloj no es como un motor, solo un relojero podría componerlo y no creo que haya ninguno en Leticia, saludé militarmente y seguí mi camino.
Dudé entre si quería tomarme el pelo diciéndome “mi primero” o realmente creía que yo era superior suyo, siendo esto lo más probable, porque desde que llegamos, a los del “Estado Mayor” nos tomaron por clases, pues nos veían siempre alternando, bromeando y hasta emborrachándonos con sargentos y primeros, quienes nos demostraban la más abierta simpatía.
Lo chocante hubiera sido que un día de aquellos, el cabito que me había saludado con tanto respeto me hubiera encontrado bajo su mando... ¿Cuál hubiera sido su reacción? La afirmación muy difundida y que nosotros la estábamos confirmando era que el peor superior que tiene el soldado es el cabo, porque el cabo no sólo está en el más bajo peldaño de mando y quiere demostrar su autoridad, sino porque quiere tomarse la revancha de los malos tratos que le dieron sus cabos cuando fue soldado.
Quizá porque no nos animaba ningún deseo de revancha -pues si lo hubiésemos tenido no habría sido precisamente con los clases sino con los oficiales- ninguno del “Estado Mayor” mostraba la menor intención de ascender y por otra parte no fue el afán de hacer carrera lo que nos arrastró al ejército. De haber sido así, para cabos como los que teníamos, estábamos sobrados. Hablando de ellos, Bardalez solía decir: “los cabos y la cabería, son una misma tontería”.
En Leticia dejé la primera sangre que derramé en el conflicto. Desperté en la madrugada con un terrible dolor de muela, que no me dejó otra alternativa que salir muy temprano en busca de auxilio del dentista. Creí ser el único que lo fuera a separar, pero me encontré en el consultorio a cuatro que lo estaban haciendo, dos de los cuales parecían estar desesperados, pues se paseaban como fieras enjauladas, sosteniéndose la mandíbula con las manos y en el más completo silencio. Después de una larga espera llegó el odontólogo, entró en el consultorio y empezó a llamar por turno de llegada; en cada paciente tardaba más de media hora o por lo menos así me pareció por el dolor que me atormentaba.
Cuando llegó mi turno entré; con un gesto me indicó que me sentara en el sillón, y luego fue a lavarse y desinfectarse las manos, se me acercó y sin mucha ceremonia me abrió la boca, introdujo su espejuelo, empezó a hurgar entre mis dientes con una pinza y concluyó preguntándome cuál era la muela que me dolía; se la enseñé, preparó su aguja hipodérmica y me aplicó la inyección en cuatro puntos de la encía, diciéndome que era para que la extracción fuera sin dolor, sin preguntarme si quería o no que me la extrajera; menos mal que yo ya lo había decidido.
Pasados varios minutos volvió a abrirme la boca y ordenó que la mantuviera abierta, cogió una especie de punzón y una tenaza descomunal -que posiblemente sea
parecida a las que usan en el infierno para las torturas- me introdujo ambos instrumentos y comenzó a forcejear en mi mandíbula causándome gran dolor, hasta que de pronto me enseñó, con gesto triunfal, un sanguinolento despojo en la punta de la tenaza; me introdujo unos algodones que me ordenó morderlos y agregó:
¡...Servido! Ya no le dolerá más la muela.
Que iba a dolerme la muela si ya no la tenía en el maxilar, pero la boca me dolía horriblemente; se lo dije y me contestó:
¡No puede ser!... Se la he sacado sin dolor; para eso le puse la inyección… pero, si le duele mucho, tómese una cafiaspirina.
Me condujo a la puerta e hizo pasar a otro al tormento. Cabizbajo y dolorido regresaba al Palomar, cuando de pronto oí el inconfundible pito del “Liberal”; como por ensalmo dejé de sentir el dolor, corrí al puerto y tan pronto como fue posible subí en busca de cartas, que, como esperaba, fueron muchas, pero, en lugar de sentirme feliz, como me sucedía otras veces, me sentí consternado y el dolor de la ausente muela volvió con más fuerza. Noticias desagradables: enfermedad, trastornos económicos, problemas familiares y lo más doloroso e irritante: nuestro panorama nacional en lo relativo al conflicto, ensombrecido por negros nubarrones.
Decidí hablar inmediatamente con el comandante sobre mi licencia y la posibilidad de viajar en el mismo “Liberal”, que debía zarpar por la noche, pero fui llamado para una comisión a Saraiva, de donde regresé muy tarde, y cuando fui a verlo se me anticipó diciéndome que debía partir en una inmediata comisión a Caballo Cocha; en cuanto a mi licencia, que esperara el regreso del “Liberal”. En fin, los poquitos de espera irían en aumento y resultarían seis meses redondos.
En el “Liberal” llegó material para preparar más minas; decididamente había el propósito de hacer volar a los invasores sin necesidad de aviones. Nos llegó también, pero no en el “Liberal”, sino por la vía de las bolas, una rara noticia: que a primera hora del día siguiente los aviones colombianos bombardearían nuestras posiciones; como para dar mayor credibilidad a la noticia, todas las unidades en cuarteles y trincheras recibieron la orden de tener las luces apagadas y de guardar el más completo silencio. Según lo que se veía, los colombianos eran el prototipo del refinamiento social, pues anunciaban su visita hasta para atacarnos…Y la tropa tuvo que continuar en las barricadas, las trincheras y las casamatas con el entretenimiento que se había hecho habitual: timbeando*, contándose chistes o durmiendo, en la más absoluta tranquilidad… Poco a poco me estaba convenciendo de que no tendría la oportunidad de matar nada -y lo pensaba con pasmosa frialdad- con mi pobrecito 29060, que cada día lo tenía más abandonado.
Cuando volví de la Comandancia recibí la orden de embarcarme en el “Manco Cápac”; a bordo encontré al “Estado Mayor” en pleno, con sendas botellas de una preparación hecha por Sifuentes, que quemaba la garganta endiabladamente; se trataba de la despedida de los hermanos Rengifo, quienes iban en comisión al Cotuhé, custodiando los víveres para la guarnición. Con los brindis del caso y cada vez más etéreos por los vapores de la infernal bebida, hicimos la más firme promesa de mantenernos unidos al final de la campaña, ya que cada día, se alejaba más la probabilidad de vernos juntos frente al enemigo.
En el momento en que íbamos a partir, llegó el “Huallaga”; tuve tiempo de observar que llegaba alguna tropa que componía una unidad de cañones antiaéreos, con varias piezas.
Viajamos toda la noche y al amanecer llegamos a Caballo Cocha, todavía embotados por los efectos de la borrachera. El pueblo con el mismo frío y desolado aspecto, sus calles desiertas convidando un silencio y paz de cementerio. ¡Quién se hubiera imaginado 40 años antes, cuando el oro tintineaba en todos los bolsillos, cuando el caucho se amontonaba en los patios de las casas, cuando sus habitantes solo lucían lo importado de las principales capitales europeas, cuando los finos licores franceses se bebían por cualquier motivo, que todo ese boato y esplendor quedaría solo en el recuerdo!... porque hasta las casas de esos temporales potentados, derruyéndose lentamente por la inexorable acción del tiempo y de los elementos, apenas mostraban vestigios de aquella época de bonanza. Mucho le perjudicó a Caballo Cocha su mediterraneidad, pero más, la falta de previsión de sus pobladores, que no pensaron que esa prosperidad podría terminar.
Tan pronto como fue posible y previo permiso salimos a caminar por las soleadas calles; nuestro ánimo estaba deseoso de encontrar impresiones que nos hicieran olvidar el tedio y el aburrimiento de las trincheras, pero… ¡nada!... Dimos vueltas y más vueltas por todos lados y solo veíamos algún viejo decrépito de vacilante caminar o una vieja poniendo ropa en el suelo para secarse al sol, muchachos que nos miraban embobados, no podría decir si admirando o ridiculizando nuestro uniforme... todo menos chicas... parecía que se hubieran escondido para contrariar nuestro deseo de verlas.
Más tarde nos informamos que se estaba organizando un baile para la noche y en la idea de estrechar un delicioso talle femenino después de tanto tiempo, muy temprano tomamos posesión de la plaza principal y asiento en una de sus destartaladas bancas, esperando hacer realidad nuestro deseo mediante alguien que pudiera introducirnos en la fiesta.
La noche avanzaba, salió la luna y no aparecía quien pudiera invitarnos; estábamos ya resignados cuando llegó el señor Noriega, quien, según nuestras suposiciones debía ser el indicado, ya que la fiesta se realizaba en su casa, pero, del amistoso saludo y la animada conversación no pasó, pese a las casi descaradas insinuaciones que no vacilamos en hacerle. Se agotaron los temas, ya nos faltaba saliva y hasta las ganas de hablar, el baile había comenzado y no se daba por aludido. Nos pusimos de pié, en forma insensible lo condujimos hasta la puerta de su casa, pero, para mal de nuestros deseos allí estaban el capitán Guzmán, el teniente Goicochea y el subteniente Lagunas, este último, nuestro jefe y más antipático que los celos… de modo que nos quedamos pasmados, y ya no sirvieron ni la invitación del joven Noriega hijo, que al vernos salió a saludarnos, ni la exigencia de Teodorico Oyarce, quien, con toda frescura se había vestido con traje civil… les dijimos que solo queríamos oír la música.
¡Qué música!... Un charango que sonaba a latas vacías y un cantor que todo lo desfiguraba con sus destemplados gritos de sapo a medio ahogar... ¡Ni una doble dosis de eucaliptina le habría arreglado la ronquera!... Era inexplicable cómo podían bailar con esos berridos, aunque era posible que el encanto de las chicas y la doble embriaguez que les provocaba su contacto y los tragos la hiciera inaudible.
Como los oficiales no tenían cuando marcharse y muy por el contrario parecían sentirse muy a gusto y en la gloria, nosotros lo hicimos, no sin maldecir la hora en que nos hicimos soldados y empezamos a sujetarnos a la disciplina militar.
Al día siguiente partimos a las 5 de la mañana, embarcando 45 cargadores destinados a conducir los víveres para la guarnición del Cotuhé. Los pobres muchachos se embarcaron sin desayunar porque empezaron a llegar a las 4 de la mañana y no probaron bocado hasta que llegamos al tambo del Hamaca Yacu, después de las 3 de la tarde.
El “Manco Cápac” volvió a quedarse en la boca de la quebrada y toda ella la subimos en el bote-motor llevando a remolque dos monterías*. Encontramos 10 soldados enfermos que nos estaban esperando, desembarcamos el personal que llevamos y la carga, almorzamos muy ligeramente, y luego partieron hacia el centro. Yo embarqué a los que habían estado esperando y emprendimos el regreso, llegamos a Leticia como a las 10 de la noche.
Encontramos la situación aparentemente igual, pero continuaban llegando las malas noticias: el arbitraje de la Comisión de Conciliación de Washington había fracasado por la oposición de Colombia, que insistía en que lo de Leticia era un asunto de carácter interno colombiano y se aferraba a la tesis de la santidad de los tratados, por lo que de mutuo acuerdo, el diferendo internacional pasaba a la consideración de la Liga de las Naciones.
En contraste y como para seguir alentando nuestras esperanzas y nuestros propósitos, nos enteramos de las declaraciones del presidente Sánchez Cerro a corresponsales extranjeros, relativas al conflicto y que nosotros estábamos dispuestos a respaldar: “Si equivocadamente -había dicho el “Mocho”- quienes no quieren darse cuenta del peligro inminente, abandonan el terreno de la cordialidad, dentro del cual, afanosamente me mantengo, mi patria respondería tan a fondo, con tanta energía, como noblemente se conduce en el campo de las negociaciones amistosas”.
“El pueblo de Leticia no desea someterse al cambio de nacionalidad a que se le quiere obligar y en su afán patriótico está ampliamente amparado por los principios básicos del Derecho Internacional, muy superiores al de la intangibilidad de los Tratados”.
Hubo algo más que reanimó nuestras vacilantes esperanzas: aparecieron en las paredes de las casas y en los cuarteles del Agrupamiento unos afiches impresos con un mapa del Perú y la fotografía de Sánchez Cerro, cuyo motivo central era un mástil con una bandera flameando al tope en el lugar que corresponde a Leticia, con una leyenda que era expresión de Sánchez Cerro:

“ESTA BANDERA NO SE ARRIARA JAMAS”

Por los periódicos nos enteramos también de que las damas loretanas residentes en Lima habían confeccionado una bandera y bordado el escudo nacional con sus propias manos, para que la izáramos en Leticia, donde permanecería al tope día y noche, haciendo vivo el afiche, como una permanente e invariable determinación de peruanidad. Estábamos ansiosos de recibirla y nos hacíamos la promesa de mantenerla izada mientras tuviéramos aliento para sostenerla.
Muchos todavía sentíamos muy hondo la voluntad de sacrificio, la decisión de arrostrarlo todo, que impulsivamente brotó al grito de reivindicación, pese a que diariamente encontrábamos indignantes y tristes realidades.
Cuando nos faltaba rancho en Puerto Arturo por los malos manejos de gente inescrupulosa y miserables oportunistas, pensé y dije que peores cosas habrían de verse, pero hubiera dado mi sangre por equivocarme. Infelizmente no me equivoqué; la costumbre seguía, el sistema continuaba, la corrupción no tenía fin. Era increíble que personas, jefes, cuya calidad moral debió robustecerse en los institutos que les daba grado militar, a quienes se creía serias y gozaban de nuestro respeto y confianza, quienes debían darnos ejemplo, fueran capaces de manejos sucios y mezquinos, de repugnantes raterías.
Bajaba un día al puerto y vi embarcando un saco de harina a un brasileño, conocido porque llevaba en su canoa frutas y comestibles para vender a la tropa. No sé que me movió a preguntarle donde había conseguido la harina y me contestó que el alférez le había vendido. No creyéndolo posible fui al Palomar y pregunté al encargado de los víveres, que al mismo tiempo era ordenanza del alférez, si algo sabía; me contestó negativamente, pero, entrando al almacén, notó la falta del único saco de harina que había quedado.
Hubo que oír los comentarios que los marineros Padilla y Vásquez hicieron, a los que yo me sumé, no precisamente por el hecho mismo, sino lamentando que fuera un conocido nuestro, quien tan mal camino seguía.
Y los días seguían igual, con su poco de lluvia y su abundancia de sol; el mismo trajín del ir y venir de soldados, voces de mando, gritos, actividad permanente. Si Leticia hubiera sido siempre como estaba entonces no hubiera sucedido lo que sucedió. El Leticia que conocí por el año 1929, era una sola calle, larga, paralela a la orilla, con casas de material precario, tambos con techos de palmeras, que más adentro estaban dispersos; lo único importante que tenía era la estación radiotelegráfica, que servía para anunciar el paso de los buques extranjeros en tránsito a Iquitos y la Aduanilla o Resguardo Aduanero, un tambo donde el Inspector solo despertaba con el pitar de los barcos que exigían su presencia.
Los pobladores estaban perdidos en el abandono, sin contacto, sin aliento, sin motivación, olvidados del poder central; toda su actividad estaba dirigida a las labores extractivas, su comercio era insignificante; su nombre era mirado por los gobernantes en los mapas, solo por su situación fronteriza. ¡Qué distinto de Tabatinga, la frontera brasileña, donde todo era actividad, progreso!
Ramón Castilla fue el primer gobernante que comprendió la importancia de la Amazonía y le dedicó atención, después de él se hundió en el olvido, fue desoída, fue desgarrada... los cañones que envió Castilla a Leticia, como una muestra de soberanía, yo los vi en el monte, entre la maleza, hundidos en el fango; estuvieron destinados a la defensa de la frontera, pero, aunque ya no sirvieran para tal cosa en nuestra época, pues en 70 años mucho había mejorado la artillería, debieron conservarse como una reliquia, en el sitio más visible, como un símbolo de defensa en nuestra frontera.
Los gobiernos no se enteraron de la importancia de Leticia, ni de las necesidades que sufría, como jamás dieron importancia a la inmensidad de la selva; en Lima solo la conocían por las cartas geográficas y los fantásticos relatos de los dominadores de la selva, los valientes caucheros* Por eso, la camarilla que negoció esos territorios no sabía que su extensión equivalía a juntar los departamentos de La Libertad, Ancash, Lima e Ica y que solo el trapecio de Leticia es casi dos veces el departamento de Tumbes… Es que para todos los gobiernos, Lima fue siempre lo único importante y de valor en el Perú... tampoco se imaginaron que en la selva hubiera tanta riqueza que ellos desdeñaban con la punta del pie y nosotros no teníamos ayuda técnica ni herramientas con que sacarla... Para no repetir lo que cierto sabio dijo, diría yo que Dios dio barba a quien no tuvo quijada, pero la realidad es que hay muchas quijadas en el Perú.
Todo esto cavilaba a bordo del “Manco Cápac”, en La Victoria, a donde fui conduciendo a un capitán de sanidad, amigo muy conocido, mientras esperaba la hora del regreso, pero se hacía tarde y no aparecía. Rompió el hilo de mis cavilaciones Ruiz Caballero, invitándome a completar un cuarto de poker, con el teniente Goicochea y el cabo Alván, maquinista del buque, a quien nunca supe si le decían cabo porque lo fue alguna vez o le aplicaron como chapa, accedí a la invitación e inmediatamente nos pusimos a jugar.
Yo no sabía que habían llegado a La Victoria dos mujeres de vida alegre, y que una de ellas estaba a bordo; según me enteré después, ambas partirían de regreso a Iquitos al día siguiente en el barco. Eran como las once de la noche cuando vimos al capitán bajar el barranco como una tromba y subir, casi volando, al barco; se acercó a nuestra mesa y preguntó con ansiedad:
- ¿Dónde está esa mujer? -y dirigiéndose a Goicochea -¡Tú debes saber dónde está!
Yo le miré sorprendido, Ruiz Caballero y Alván sonrieron y Goicochea mirándole burlonamente le contestó:
- ¡Que pronto te has enterado!... Está en un camarote.
- ¿Con quién está?
- Debe estar sola, porque...
Sin esperar que terminara la respuesta ni preguntar cuál era el camarote se fue, y empezó a tocar las puertas, hasta que acertó; la mujer la entreabrió y él empezó a “palabrearla”. Nosotros seguimos jugando, pero aguzando los oídos para enterarnos si hacía progresos en su conquista, pero, pasaba el tiempo. Al cabo de largo rato volvió a nuestra mesa y dirigiéndose a Goicochea le dijo:
- ¡Sé franco, esa mujer está contigo... o la guardas para ti… o le has prohibido!
- ¡No! - le interrumpió Goicochea - solo han venido a pedirme pasaje a Iquitos, son dos, una ha subido al pueblo, creo que tiene familia, ésta se ha quedado porque no tenía a dónde ir, eso es lo que me ha dicho.
Volvió a la carga y la mujer, siempre con la puerta a medio abrir, parecía negarse a sus requerimientos; nosotros, más atentos al diálogo que a nuestro juego, hacíamos esfuerzos por oírlo. Al fin, pasado otro largo rato, sin poderse contener, le dijo en voz alta y llena de ira:
- ¡Parece mentira, ramera infecta, que tú me desprecies, cuando lindas muchachas no me resisten y hasta me persiguen!... ¡Yo hago mal en querer meterme con semejantes desperdicios!... - se acercó a nosotros y dirigiéndose a Goicochea continuó iracundo:
- ¡Tú tiene la culpa de todo esto!... ¡Tener aquí una mujer, sabiendo el estado en que estamos!
Y se volvió a marchar con largos trancos, seguramente a ahogar su deseo en los tragos.


TIMBEAR*.-Jugar a los juegos de azar.
MONTERIA*.- Embarcación de construcción especial. Sobre un casco preparado de un grueso tronco, se agregan tablas en las bordas.
CAUCHERO*.- El que se dedica al comercio y extracción del caucho.

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