sábado, 30 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVIII

Los días pasaban con la misma monotonía: de las cuadras a las trincheras y de las trincheras a las cuadras, apagones sorpresivos; lanchas que llegaban y partían, aviones volando de cuando en cuando, señales de alarma… que siempre creíamos que fueran para una acción de verdad y siempre resultaban ser para ejercicio… Una mañana, llegaba de una comisión a La Victoria y se oyó el toque de alarma; eran las 6 y directamente tuve que dirigirme corriendo a la trinchera, aunque con cierto desgano porque presentía que se trataba de un ejercicio, pero no podía dejar de hacerlo… Carreras, voces de mando, acarreo de material y munición... pero no me equivoqué: lo que se les ocurrió a los señores del Comando fue simular otro ataque a nuestras posiciones por las naves colombianas y éstas estaban representadas por nuestras cañoneras.
Estaba mirando por la aspillera, cuando del fondo del bosque apareció una sección de mi compañía avanzando desplegada en tres grupos, muy cautelosamente; en uno de los grupos vi a Benjamín, quien, porque creyó que la cosa iba por lo serio o porque quería darle realismo a la acción, había cargado con todo su equipo, incluso su maletera; sus ademanes, gestos y forma de desplazarse eran tan adecuados a una situación real, que no dudé que lo estaba haciendo con verdadera convicción... ¡Tenía cara de comerse dos colombianos crudos mientras le preparaban un “aguadito” con los restantes!... Siguieron avanzando agazapados y al verlo, no pude menos que reír, recordando al muchacho bonachón, incapaz de matar una mosca, cuyo diametral contraste estaba viendo en el soldado que estaba mirando, que tantas veces había visto afrontando difíciles situaciones con hombría y carácter.
¡Qué cambiado lo iría a recibir su familia y qué chascos iría a pasar con ella, sintiéndose todavía soldado o creyendo estar entre soldados!
Nos anunciaron la visita de una delegación de oficiales brasileños de la guarnición de Tabatinga y nos preparamos para recibirlos con todos los honores del caso; llegaron después del mediodía en una lancha suya y cuando desembarcaron, la Comisión encargada de la recepción la acompañó hasta la Comandancia; como en anterior oportunidad la banda de músicos precedió la comitiva tocando la marcha Leticia.
Fueron debidamente agasajados; la cerveza, los sándwiches, los pasteles corrían abundantemente -pero sólo por las gargantas de los oficiales- y la banda de músicos amenizaba la fiesta; de pronto a alguno se le ocurrió jugar un partido de fútbol entre oficiales brasileños y oficiales peruanos, un partido verdaderamente internacional, pero no pudo resultar así porque los visitantes no pudieron completar un equipo con sus oficiales, aún incluyendo a los de más alta graduación, que lógicamente eran los más viejos, por lo que hicieron un combinado con los nuestros, que a nosotros sí nos sobraban... y dio para que se divirtieran y nos divirtiéramos, pues ya no se trató de competencia futbolística sino de camaradería internacional.
Terminado el partido, finalizó la visita y como a las 6 se marcharon, siempre con acompañamiento de la banda hasta el embarcadero, donde se despidieron, al parecer, gratamente impresionados. Supuse que alguna vez retornaríamos la visita.
Mas tarde recibí orden de embarcarme en el “Manco Cápac” y hacer llevar el bote - motor a remolque con destino a Caballo Cocha, para luego entrar al Hamaca-Yacu,
conduciendo tropa para custodia de los víveres y personal para su conducción al Cotuhé. Entre los soldados que iban de escolta estaba el ínclito Acosta, que como era de suponer se había presentado voluntario y estaba orgulloso de su misión.
Navegando muy lentamente llegamos a Caballo Cocha al amanecer; el subteniente Lagunas, que había viajado en avión para esperar nuestra llegada con el personal de “cargueros” listo para embarcarlos y volver al Hamaca Yacu, olvidó su misión y con el pretexto de buscar más gente en un caserío cercano, se fue en busca de una chica de la que estaba perdidamente enamorado. Ese fue el motivo de que no lo encontráramos y se aplazara nuestra partida hasta el día siguiente, cuando volviera. Volvió, pero sin la muchacha y con una borrachera de 90 grados bajo corcho, que seguramente se la pegó para olvidar su fracaso romántico.
Mientras tanto Acosta y yo esperábamos en el barco inútilmente, hasta que nos enteramos de que Lagunas no estaba en el pueblo y casi ya de noche, después de comer, salimos de paseo, con tanta suerte que encontramos a Samuel Young, amigo y director de un colegio, quien nos invitó a su casa. Los tragos animaron la conversación y excitaron nuestra alegría, Young cogió la guitarra, empezamos a cantar y terminamos bailando, con gran regocijo de las vecinas, unas chicas Elespuru, muy simpáticas, que nos estaban aguaitando por una puerta interior. No nos atrevimos a proponerlas que bailaran con nosotros por el temor de ser desairados.
Al final de los tragos Acosta resultó enamorado por la rendija, tanto, que estaba resuelto a pedir a su regreso, ser nombrado permanentemente para la custodia de los víveres, siempre que la comisión llegara hasta Caballo Cocha.
Al día siguiente partimos, pero al llegar a la boca del Hamaca Yacu tuve dificultades y mi colaboración resultó un fracaso porque el pícaro motor se negó a funcionar. Tuve que pasar por el sentimiento de no conducir la expedición hasta el puerto del varadero y los expedicionarios tuvieron que hacer el viaje a remo. El “Manco Cápac” y yo en él, regresamos a Leticia a donde llegamos a las 6 de la tarde.
Cuando subí al Palomar encontré mi habitación ocupada y mi equipo y armamento tirado en el callejón; el que la había ocupado era el nuevo jefe de la Base Naval, quien había llegado por la mañana y había elegido mi cuarto, por verlo más grande y cómodo seguramente. Amargo por el desalojo junté mi equipo en un rincón del callejón y salí a serenarme con los amigos del “Estado Mayor”; encontré algunas novedades, entre ellas el inesperado regreso de Ordóñez, quien, según se supo, encontró obstáculos y falta de cooperación, por lo que no pudo cumplir con lo que, según los que le acompañaron, se había impuesto personalmente: el rescate de Tarapacá.
Volví al Palomar y no tuve otra alternativa que acostarme en el piso, en el mismo rincón donde dejé mi equipo, pero dormí perfectamente, hasta que en la madrugada fui llamado a la Comandancia para recibir órdenes relacionadas con el viaje del capitán Frías al Hamaca Yacu-quien iba a tomar el mando de las tropas del Cotuhé en lugar del teniente Ordóñez-llevar un oficio para el gobernador de Caballo Cocha, pidiendo 16 cargadores que necesitaba la Armada para transportar abastecimientos para su personal de transmisiones que estaba en el Cotuhé y recoger el bote - motor para transportarlos. Al final, sin yo insinuarlo, el comandante me dijo que mi licencia se haría efectiva para el regreso del “Liberal”, que pronto debía llegar.
Partimos en la “Cahuapanas”, la que debía seguir hasta Iquitos llevando evacuados a los de la batería antiaérea que estuvieron en Todos Santos y fueron relevados por la unidad que había llegado en el “Huallaga”. Como la lancha era de poco calado, logramos llegar hasta el puerto del varadero al atardecer. No encontré el bote que buscaba y Ordóñez me hizo llamar para preguntarme dónde estaba... ¡diablo de hombre!... como iba yo a saberlo si también estaba en su busca, pero le dije que probablemente estuviera en Caballo Cocha. Y así fue.
Como ya era tarde y no se creyó prudente que el capitán Frías tomara el camino del varadero para caminar en la noche, ni que la lancha bajara el angosto y sinuoso río, resolvieron que se quedara hasta el día siguiente y así, todos tuvieran donde dormir. Lo de dormir resultó un chiste cruel, porque a medida que oscurecía se iba formando un ejército de millares de zancudos que se prendían para picarnos, con tal furia y desprecio a la muerte, que parecían aleccionados por los colombianos.
Tuve la suerte de que el maquinista de la lancha fuera mi primo “Shico” Reategui, de modo que, tan pronto como terminamos de comer nos metimos en su camarote, porque hubiera sido un suplicio intentar dormir fuera; como no había más que una litera preparé mi cama en la cubierta.
Me pareció que ninguno de los que se quedaron fuera de los camarotes pudo dormir; desde dentro oíamos los improperios y maldiciones de los pobrecitos serranos… ¡Como no eres más grande, zancudo de mierda, para meterte bala!... Yo mismo tampoco pude dormir debidamente porque en la lancha todo fue caminar, hablar, gritar y dar palmadas tratando de matar zancudos que los molestaban. Al otro día me enteré que muchos de ellos, turnándose en grupos, se embarcaban en la “montería” y subían y bajaban el río, creyendo huir de los zancudos y tratando de pasar el tiempo... ¡Quizá nunca en su vida olvidarían esa noche!...
La lancha emprendió el regreso como a las 8 de la mañana; se quedaron el capitán Frías y los dos soldados que lo acompañaban, todavía los vimos tomando el camino del varadero, rumbo al Cotuhé. Salimos al Amazonas casi al medio día y la lancha puso la proa hacia Caballo Cocha.
Cuando llegamos a la isla Cacao-donde se había abierto otra base aérea-encostamos para embarcar al comandante de la Aviación, a dos suboficiales y a dos avioneros quienes debían ir a Caballo Cocha. Estaban efectuando maniobras para el reflotamiento del Corsair 5E1, que según me informé, fue el que hundió, al acuatizar, el bárbaro comandante. Viajaban precisamente en busca de material para las maniobras.
Según había afirmado el comandante, volvía de un nuevo ataque a los buques enemigos, de resultas del que fue hundido uno de ellos… hubiera sido interesante averiguar la certeza de tal afirmación; lo único cierto era que gracias a él teníamos un avión menos.
Seguimos navegando hasta que encontramos al vapor “Clavero”, que navegaba con rumbo a Leticia; se hicieron señales entre ambas naves, acoderó el “Clavero” al barranco, la “Cahuapanas” lo abordó y empezaron a hacer el trasbordo de una carga que no logré identificar. De repente se oyó una voz: ¡Aviones!...Todos nos agolpamos a la borda y muy lejos, divisamos tres aviones en formación. Verlos y armarse un alboroto fue instantáneo, porque todos creíamos que fueran aviones enemigos, pero pude observar, con mis propios ojos, que era el comandante de la Aviación quien gritaba con gran desesperación, dando inequívocas muestras de susto, casi pánico.
- ¡Son aviones enemigos! –gritaba- ¡Si nos ven van a hacernos tortilla! ¡teniente Acosta, emplace sus piezas en la toldilla! ¡Apúrense!
Pero el teniente Acosta, por lo que veía, no era de los que perdía la serenidad; pidió los prismáticos a su ordenanza, que casi volando volvió con ellos, miró brevemente y dijo con frialdad:
-¡Son aviones nuestros!
Ya alguien había abierto la escotilla y varios, no precisamente soldados de la unidad antiaérea, se habían metido dentro de la bodega en busca de las piezas, pero el sargento les impidió tocarlas.
Acosta entregó el anteojo al comandante, quien se había puesto a su lado y mientras éste se quedó mirando, bajó rápidamente para impedir que movieran las piezas antiaéreas; con toda calma se dirigió a los que estaban saliendo de la bodega y les dijo en tono amigable:
-¡No había porque precipitarse! Si hubieran sido aviones enemigos en dos minutos las piezas hubieran estado listas y en este momento ya los estaríamos derribando. ¡Cierren la bodega!
Pudo haber sido así, pues recién empezábamos a reconocer nuestros aviones: eran el inconfundible R-1O, que encabezaba la formación y dos más que no pude identificar si eran Douglas o Corsair; lo que si pude comprobar fue algo muy importante: la diferencia que en cierto aspecto había entre quienes nos tienen a su mando.
Llegamos a Caballo Cocha, la lancha se acercó a la orilla, dos marineros empujaron la plancha por la abierta borda y como yo tenía que desembarcar, tan pronto como vi su extremo a prudente distancia, salté a tierra. Lo primero que vi fue el bote amarrado a una estaca; la lancha dio la vuelta y continuó su viaje; me quedé solo y algo intranquilo por no saber a donde ir; eran más de la 5 de la tarde y posiblemente no encontraría a nadie en la gobernación. De pronto apareció el gobernador, don Antonio Kahn, quien me saludó muy amablemente, pese a no conocerme y ser yo un simple soldado; le dije mi misión y le entregué el oficio. Lo leyó, se lo metió al bolsillo y como conclusión me invitó a comer en su casa; fuimos y hubo algo que me supo a gloria: tacacho* con chicharrones, sábalo* asado en las brasas y un delicioso café, que después de tanto tiempo me resultó un banquete familiar. Terminada la comida me condujo a la gobernación a instalarme para dormir.
Una lámpara de mesa que evocaba un pasado esplendor, un escritorio tipo ministro, lustroso y bien cuidado, una elegante carpeta con dos fotografías, una de las cuales era de la esposa del gobernador, a quien conocí en su casa, un vistoso tintero con varios lapiceros y un exfoliador, destacaban sobriamente. Un confortable sillón me recibió blandamente y mi mirada vagó buscando algo que leer… el lejano tañido de la campana de un reloj, probablemente de la Iglesia, se diluyó nueve veces en el espacio… sin darme cuenta mis manos extrajeron un paquete de mi bolsillo y empezaron a desenvolverlo... apareció un retrato... seguro de mi soledad lo coloqué sobre la carpeta... resultaba insignificante de tamaño sobre ella, pero mi imaginación iba agrandándolo hasta que me parecía que llenara toda la habitación, su sonrisa la veía más cercana, me parecía sentir su calor y yo hablaba como si fuera a oírme... esperando respuesta... me di cuenta de que estaba haciendo lo de un loco... ¿No estaría loco?... ¿Se enloquece de amor?... La miraba con ternura y le decía, como en secreto, todo lo inmenso de mi pasión, que su recuerdo me daba aliento, era un consuelo y hacía más cortas las turbias horas de mi vivir; pensando lejos, como soñando, oír creía suelto el raudal de su alegría que me inundaba en felicidad... Todo fue un trance que al despertar, de
nuevo el ansia, me hacía temblar el corazón, como cautivo dentro los muros de esa distancia que se oponía…
Un día tuve que esperar la llegada de los “cargueros”, quienes debían llegar de los caseríos cercanos -ya era más difícil conseguirlos entre los jóvenes del pueblo- y solo muy tarde estuvieron completos, por lo que decidí que partiríamos en la madrugada del día siguiente.
Seguía con suerte, porque entonces, don Arturo Pereira otro cumplido caballero, me invitó a almorzar. Lo estábamos haciendo cuando oímos zumbido de aviones, salimos a mirar y vimos dos escuadrillas, la primera de cuatro máquinas, con el R-1O a la cabeza y tres Corsair, la segunda de otros tres Corsair con una Douglas y un poco más lejos una tercera escuadrilla de cuatro Douglas. Nos interesó el bello espectáculo, pero no encontramos la explicación del desfile; días después, en Iquitos, me enteré de la causa: uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia. Al fin y al cabo solo eran dos horas o menos, de travesía entre Leticia e Iquitos, pero, el destacamento táctico de Leticia quedó sin un solo avión durante dos días. . . ¿Y si en ese lapso hubieran atacado los colombianos?... ¡Cosas de mi tierra!...
Al amanecer del día siguiente se desencadenó una lluvia que no nos dejó partir en la madrugada como había estado planeado y lo peor fue que no tenía trazas de parar nunca, de modo que, cansado de esperar, cuando cesó un poco, casi a las cinco de la tarde, empezamos a navegar. Los “cargueros” se acurrucaron unos contra otros y amodorrados por el ruido del motor no se preocuparon de la lluvia, que seguía cayendo suavemente. Navegamos toda la noche y como a las 4 de la mañana llegamos a Leticia, sin otra novedad que el soberbio remojón.
Esperé a que aclarara completamente y tan pronto como creí oportuno abordé el “Alberto”, que estaba anclado en medio del río, en el que estaba el Comando Naval. Hice que se transbordaran al barco todos los “cargueros” y para cumplir con mis instrucciones subí al puente acompañado del que hacía de jefe. Dos comandantes de la Armada en él; sentí como una sacudida al reconocer en uno de ellos al que tuvo el incidente con mi padre, pero no lo demostré; saludé militarmente y entregué al que me quedaba más cerca-que fue precisamente aquel que lo había golpeado-el oficio del gobernador de Caballo Cocha y la relación nominal de los cargueros. Me miró sin ninguna atención, miró los documentos, llamó a un furriel y le dio una orden en voz baja; el furriel se alejó, desapareció brevemente y reapareció con un paquete, que evidentemente era de soles, que entregó al “carguero”. Este abrió el paquete con temblorosas manos y contó el dinero; los dos comandantes le miraban en silencio; terminó de contar y mirándolos tímidamente dijo con voz vacilante:
-El gobernador nos ha dicho que van a darnos diez soles a cada uno...
No pudo continuar. El que había concentrado mi atención, como causante del tremendo disgusto que había yo sufrido y a quien estaba analizando mentalmente, le interrumpió con tono violento.
-¡Eso es todo lo que les puedo dar y nadie ha ofrecido diez soles!... Ustedes han sido contratados para llevar víveres y medicinas para los marineros que están en el Cotuhé, muriéndose por defenderlos a ustedes... y ustedes, sus hermanos, se niegan a llevarles la ayuda que están necesitando... ¡Si no quieren llevar las medicinas, no las lleven! ¡Que se mueran!... ¡pero no se les puede dar más!...
Y continuó recriminando el supuesto reclamo del pobre hombre, que lívido y casi temblando, parecía que fuera a dejar caer las monedas que tenía en la mano.
Sin poderme contener intervine:
-Disculpe, mi comandante... Esta gente se ha presentado voluntariamente, como lo están haciendo todos los “cargueros” que semanalmente van al Cotuhé; ellos no cobran por ese servicio, nada han pedido ni nada quieren, pero no pueden hacer el viaje de ida y regreso de quince días sin comer, para eso les dan diez soles a cada uno. Esa cantidad se les ha estado dando a todos y a éstos les ha dicho el Gobernador que les van a dar lo mismo. Eso es lo que quiere decir este muchacho. Ellos son capaces de cumplir la misión sin que se les dé nada, como tantos lo han hecho, no por hacer un negocio ni por ganar algo.
Ambos comandantes me miraban atentamente; a medida que iba hablando, por la frialdad con que eran recibidas mis palabras, me iba sintiendo más nervioso… ya me veía en el pañol de cadenas del buque y… sentí que se me erizaba el cuerpo... Aprovechando los segundos de silencio que siguieron a mi intervención, saludé militarmente y dije:
-¡He cumplido mi misión, permiso mi comandante!
Me contestaron el saludo sin decir una palabra y yo bajé la escalinata como alma que lleva el diablo, esperando a cada peldaño oír la voz que ordenaba mi encierro... Pero no pasó nada, llegué al bote, arranqué y ya no me interesé más por la suerte de los cargadores.
Inmediatamente fui a la Comandancia del Agrupamiento a dar cuenta de lo relacionado con el viaje del capitán Frías; eran las diez de la mañana. El comandante Calderón me escuchó atentamente y cuando terminé me dijo que podía tomar la licencia que había solicitado y partir en el “Liberal”, que estaba próximo a llegar, Me preguntó a quien iba a dejar en mi lugar; le indiqué a Piñeiro, con quien yo había hablado previamente e inmediatamente hizo extender la orden para el destaque de su unidad.
Dos días después llegó el “Liberal”; me constituí a la Comandancia en busca de mi licencia; el comandante me la hizo extender en el acto y luego de firmarla me la dio.
-Acá tiene su licencia... aprovéchela muy bien- me dijo amablemente.
-¡Gracias mi comandante! - contesté, trémulo de alegría; saludé, di media vuelta y salí casi corriendo.
A las 5 me embarqué y empecé a navegar con rumbo a la gloria…que no estaba para mí en las trincheras… Cuatro días después vimos el puerto de Iquitos... ¡La gloria estaba junto a mi novia!...



TACACHO*.- Plato típico que se prepara machacando plátanos asados en las brasas, con chicharrones.
SABALO*.- Pez de los ríos de la selva.

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