lunes, 22 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIV


Antes que los colombianos, la gripe atacó el Agrupamiento. Al principio enfermó uno que otro, después tres, cuatro juntos y al cabo de una semana resultó una verdadera epidemia. Fue imposible evitar el contagio por falta de profilaxis y todos caímos como pollos con la peste. Los menos tenían fiebre y tos, los demás no podían ni tenerse en pie.
Al ver el peligro tratamos personalmente de contrarrestarlo con una receta muy original, ya que no teníamos ninguna otra mejor: bebíamos aguardiente con limón, pero el remedio o no fue acertado o la dosis fue excesiva, porque el resultado fue que había tantos borrachos como enfermos. Después acudimos a los masajes, que entre los hijos de la selva se conoce como “llapchada” y daba gusto ver como Eleazar, que resultó toda una institución en tal conocimiento, con la ayuda de Lozano, se multiplicaba en su aplicación a cuantos se lo solicitaban.
Fue un tropezón inesperado; cierto que “un tropezón cualquiera da en la vida” y nosotros, que no éramos excepcionales, estábamos expuestos a darlo a cada paso en aquella situación, donde todo era dificultades, sombras, obstáculos en cuanto nos rodeaba y en cuanto íbamos encontrando. Tropezones pródigos en enseñanzas, que nos hacía conocer el fondo de las cosas y la calidad de los hombres.
El médico, por ejemplo, no es un hombre corriente; es un ser endurecido por la ciencia, que no cree en el dolor ajeno, mira la carne como un tejido, la sangre como una mezcla de hematíes y leucocitos, el cuerpo humano como un rompecabezas cuyas piezas hace tiempo que estudian la manera de reemplazarlas con otras que nunca se descompongan.
Pero así, con toda su insensibilidad, tuvimos que aceptarlo y pese a nuestro escepticismo, tuvo que atendernos en nuestra propia cuadra, porque muchos estaban tan mal, que apenas se sostenían en pie, habrían sido incapaces de concurrir al departamento médico y menos de aguardar a que les llegara el turno.
Nuestra cuadra estaba llena de enfermos, unos acostados, dentro de sus mosquiteros, otros sentados al borde de su lecho: una tarima o largos troncos aserrados en espesores desiguales, unidos para servir como tarimas múltiples, pero con desniveles que tenían que ser rellenados para que no sintiera el usuario esas desigualdades en el cuerpo. El ambiente con un pesado olor a mezcla de humores humanos, frotación, comida, orina... voces quejumbrosas, toses y quejidos por todas partes, una falta de limpieza total... A no ser por el repulsivo aspecto se habría dicho que era un hospital.
El capitán de sanidad, vestido con un mandil blanco, llegó acompañado de un enfermero, quien llevaba una maleta de madera en la mano; miró a todos lados, cruzó a lo largo toda la cuadra, como evaluando el estado de los enfermos y el ambiente en que estaban, los miraba con atención y éstos devolvían la mirada ansiosamente, algunos lo saludaron:
- ¡Buenos días doctor! - a lo que contestaba levantando levemente la mano o la cabeza o en voz baja. Volvió a la puerta y se sentó en un taburete cojo junto a la sucia y destartalada mesa. En voz alta dijo:
- Acérquense uno por uno.
Se acercaron dos apoyándose mutuamente; el médico los miró atentamente y cogiendo la mano, para tomarle el pulso, al que parecía estar peor le preguntó:
- ¿Qué tiene usted?
- Fiebre... me duele mucho la cabeza.
- ¿Mucho?
- Sí doctor, no puedo dormir y me duele...
- Bueno -le interrumpió el médico- Va usted a tomar una cucharada cada dos horas -y dirigiéndose al enfermero- Déle un frasco, luego le preguntó al otro:
- ¿Y usted?
- Yo también tengo fiebre y...
- ¡Una cucharada cada dos horas! -e interrumpió- ¡Que venga otro!
El sanitario se apresuró a sacar dos frascos del maletín y entregar a los pacientes.
- ¿Usted... qué tiene? -volvió a preguntar al que se acercó.
- Fiebre y...
- ¡Cucharada cada dos horas! -dijo el médico sin dejarlo continuar. Siguió recetando cucharadas a todos los que iban llegando, hasta que de pronto el enfermero le dijo:
- ¡Mi capitán, ya no hay cucharadas!
- Entonces déle Fenaspirina, una cada cuatro horas - y siguió ordenando lo mismo para todos los restantes... unos treinta.
Campos que había amanecido con una fiebre altísima y casi delirando, se acercó vacilante, rechazando que lo sostuvieran los compañeros, estaba demacrado. Lo miró el médico y dijo:
- Fenaspirina, una cada tres horas.
- Pero doctor -intervine yo, que soy tan entrometido- lo que tiene él no es gripe, esta con paludismo que ha traído del Cotuhé.
- ¡Ah!... entonces déle quinina y que le preparen sus cucharadas.
Cuando se marchó, como Campos parecía empeorar, lo que nos causó preocupación, aprovechamos de la llegada de Dositeo, que no estaba enfermo, pues ese bárbaro es más duro que una pared, para que fuera a buscar a Scavino, el capitán médico, a quien felizmente encontró y lo condujo a nuestro cuartel. Lo examinó y le dio unas cápsulas y pastillas que lo aliviaron.
Otro caso interesante fue el de Lozano, quien ni por haber intentado ayudar a los compañeros se salvó de la epidemia y es posible que mas bien, esa fuera la causa de que se contagiara. Amaneció adolorido, sin poder dormir y con fiebre.
- ¿Qué le pasa a usted? -le preguntó el capitán.
- Doctor, me siento muy mal
-¿Cree usted que se va a morir?
- Morir quizá no; pero estoy muy mal, quiero que me de algo para poder dormir y que me quite la fiebre.
- No tenemos medicamentos para hacer dormir, todos sufren igual que usted, y el remedio no es hacerlos dormir. Tómese sus fenaspirinas y mañana veremos.
Sentíamos sufrimiento y dolor en el cuerpo; pero más dolor causaba ver el sufrimiento de los más graves y la incapacidad de mitigarlo. Yo caí entre los primeros... ¡Dolorosa distinción!... y lo que más me mortificaba era la dureza de mi cama, madera de 4 pulgadas y ni siquiera pulida... ¡Tenía unos nudos que se hincaban en mi humanidad como golpes de puño!... En la imposibilidad de caminar revolvía mi cuerpo en los durísimos maderos tratando de esquivar la dureza implacable de sus fibras de coloso... en cuanto a comer, ¡imposible!.., quizá los más deliciosos manjares habrían resultado insípidos o desagradables.
Cierta vez conocí a un tipo que tenía una muletilla: “Esta vida ya no es vida”, decía, yo me reía interiormente de él y de su muletilla sin pensar que alguna vez llegaría a la situación de repetirla... y ésta había llegado, peor aun, porque aquello no era vivir, era arrastrarse...
Pero, como resplandeciente luz, como destello luminoso aparecía un don sublime, casi divino, un tesoro que se encuentra solo en las encrucijadas del dolor, un bálsamo capaz de curar las heridas del alma: la amistad, la verdadera amistad que no tiene condiciones, que no admite dimensión ni circunstancias, que no reconoce tiempo ni distancia. Tal sentimiento se vera que brotaba espontáneo en atenciones, en palabras de consuelo, en expresiones de solidaridad, disipando las sombras de la duda, devolviendo la fe y la confianza en la humanidad.
Sin embargo negras nubes seguían ensombreciendo nuestro panorama, una terrible duda se mantenía latente, era algo imposible de calmar, algo en que quería no pensar, quería no recordar; seguía siendo angustia e incertidumbre, interrogante y temor; era no saber que iría a suceder con nuestra causa y no saber hasta cuando ignorarlo.
Solo sabíamos que las fuerzas colombianas después de la toma de Gueppí trataron de afirmar sus posiciones en todo el Putumayo, con el evidente propósito de atacar Puerto Arturo, pero las tropas de la guarnición, mejor dispuestas y dirigidas, las hostilizaron con éxito.
En el varadero Calderón un destacamento peruano las atacó por sorpresa, causándoles bajas, que según informes oficiales alcanzaron a la mitad de una compañía. Se le llamó “la sangrienta sorpresa de Calderón”.
En Yabuyanos otro destacamento logró detener el paso de los transportes colombianos, que bajaban protegidos por sus cañoneras pretendiendo un desembarco.
Y en Puca Urco, en el río Algodón, que fue minado, también bajo la dirección del teniente Mosto, fue rechazado otro intento de desembarco de tropas colombianas. En esta acción tomó parte el teniente Juan Francisco La Rosa -uno de los 57 que rescataron Leticia- con una pieza de artillería.
Eran, pese a nuestras limitaciones en armamento, material, abastecimientos y tropas preparadas, una demostración de que podíamos, no solo resistir, sino triunfar, tomando la iniciativa en el momento oportuno, estando en el sitio justo, manteniéndonos firmes...
La última acción, que coincidió con el inicio de las conferencias entre el nuevo presidente de la República y el diplomático colombiano Dr. Alfonso López, en el Palacio de Gobierno, fue la del Campuya. Ese día el presidente Benavides propuso la “celebración de una conferencia para arreglar en primer lugar la cesación de las hostilidades”...
Esa ansiedad nos consumía. No creíamos posible que tuviéramos que perder Leticia otra vez, sometiéndonos a la decisión de la Liga de las Naciones, organismo compuesto por extranjeros que no conocían nuestra realidad. Y no comprendíamos cómo los diplomáticos colombianos pudieran tener más habilidad y más capacidad que los peruanos, más sólidos argumentos que el derecho de los pobladores despojados, para estar imponiendo sus pretensiones... ¿Tenían ellos tanta fuerza y nosotros ninguna razón?
En tanto seguían llegando los últimos evacuados del Batallón Nº 19, que estuvieron en el Cotuhé, todos enfermos y en deplorables condiciones. Dos murieron al día siguiente, ya ni sus nombres se oyó, solo sabíamos que fueron de aquellos que sintieron la ilusión y tuvieron la esperanza de ver Leticia redimida...¡Dios tuvo piedad de ellos y los llevó antes de que sufrieran el gran desengaño!...
En sus hogares, que con entusiasmo abandonaron, sus padres, sus hijos, sus esposas... seguramente pensaban en los arranques de júbilo por su llegada y en el reinicio de una vida feliz...esperarán eternamente su regreso... No se imaginaron al verlos partir que lo estaban haciendo para nunca más volver y que mientras rezaban por su retorno, ellos habían dolorosamente cruzado los dinteles del misterio, estaban rígidos en sus tarimas, solos con el silencio...
Fueron hombres humildes, libres, se hicieron soldados solo por defender su suelo: allí perdieron su libertad, nadie les brindó reconocimiento, se convirtieron, como pieza fundamental, en el último peldaño de ese complejo mecanismo que se llama ejército y como tal perdieron la vida, humilde, silenciosamente.
Pero, ¿para qué necesitábamos ejército, soldados, oficiales; para qué teníamos generales, si nuestro territorio iba disminuyendo visiblemente?... ¿Protestaron oficiales y generales o siquiera dijeron algo en contra del tratado que nos quitaba enorme extensión territorial y una estratégica frontera?... ¿Se opusieron a la consumación del despojo?... ¡No!... El único que protestó fue el pueblo, el nativo, el despojado, el loretano... Los políticos, los diplomáticos, los militares, cortesanos que defienden sus posiciones con la tradicional sobonería a los gobernantes, guardaron abominable silencio, porque todo lo que saben del honor nacional es pregonarlo en discursos, exhibirlo luciendo trajes de etiqueta y uniformes de gala, en los salones, en las ceremonias, en los desfiles... y en el momento crucial, cuando llegó la oportunidad de corregir un error lesivo, una afrenta nacional, no faltó quien dijo: “esto no vale la pena de pelear”.
Regresaríamos, los militares a dictar cátedra de disciplina y cumplimiento del deber en los cuarteles, a lucir su marcialidad en los desfiles y a pregonar amor patrio en los salones; el pueblo, los loretanos, volveríamos al rincón del hogar a lamentar de generación en generación la pérdida de ese jirón de la Patria, que por los siglos de los siglos será el baldón de una época...

Corrían rumores de que pronto sería evacuada la guarnición de Leticia, los periódicos de Iquitos decían que el general Sarmiento había confirmado la suspensión de las hostilidades... Todo eso fue para mi y para muchos, motivo de triste alegría... porque pisotearían la ansiedad de reivindicación y justicia del pueblo loretano... porque volveríamos a nuestros hogares...
Y mientras tanto seguía el doloroso desfile de soldados, cargueros, hacia el cementerio de Leticia... silenciosamente acompañados de una fúnebre guardia... ya la banda no inundaba el aire con las marciales notas de nuestra marcha, como adiós eterno al ignorado héroe que cayó sin luchar... solo las fulgurantes bayonetas lanzaban sus lágrimas de luz que se remontaban al olvido en un nimbo de gloria... ¡Habían caído en su puesto!...

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