viernes, 3 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVII


El crucero “Huallaga” entró lentamente por el “caño” hasta el puerto de Caballo Cocha; el saliente sol iluminando la ribera anunciaba un buen día; casi todos los pasajeros hacía rato que estaban despiertos, muchos no habían dormido porque el ansiado regreso que se estaba comenzando impulsaba a la alegría y a la comunicación; tampoco faltaron tragos que hicieron más bulliciosa la velada y aunque algunos dormilones protestaron, la presencia de los clases en los corrillos los contuvo.
El puerto estaba desierto. O todos en el pueblo estaban dormidos o nadie daba importancia al acontecimiento y aunque no es extraño encontrar esa actitud desaprensiva en los pobladores de la selva, que solo es fruto de su sencillez y falta de confianza por tantos engaños sufridos, aquella vez, que todo un batallón llegaba en un crucero para acuartelarse en la ciudad, esperaba por lo menos curiosidad, ya que no el entusiasmo de cuando íbamos en busca de cargueros. Quizá ya sentían lo mismo que nosotros, quizá ya estaban preguntando por qué no regresaron tantos de los que de allí habían partido, quizá ya se habrían enterado que murieron inútilmente...
Encostó el barco e inmediatamente desembarcaron algunos oficiales y clases para determinar la ubicación de las casas que habían de servir de cuarteles. Cuando regresaron, como media hora después, ya estaban abiertas las bodegas y la tropa lista para empezar la conducción de los bultos que constituían la impedimenta; toda la mañana nos la pasamos en un constante subir y bajar la cuesta, acarreándolos, lo que concluyó al mediodía, cuando todos quedamos instalados.
Aunque yo estaba entre el personal de la Comandancia, solo era en condición de destacado, seguía perteneciendo a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19, en ella pasaba rancho y lista de mañana y noche, en consecuencia seguíamos juntos Juan José, Eleazar, Acosta y Lozano; además, Sifuentes, Oyarce y Saavedra Capillo, aunque estaban en el cuerpo de Sanidad, que ocupaba otro local, ellos o nosotros lográbamos establecer contacto. Por otra parte, lo aparentemente transitorio de nuestra permanencia hacía que el alto Comando del Agrupamiento, reducido al comandante Calderón y su Jefe de Estado Mayor, Vásquez Caicedo, tuviera poca actividad y mucha menos el personal subalterno, dejándome todo el tiempo libre.
El día siguiente fue el de San Juan, clásica fiesta regional, cuya característica especial, aparte de los “shuntos”, hogueras que se hacen en los patios de las casas, por sobre las cuales saltan los enamorados con las manos enlazadas, es la confección de un plato típico: el “juane”... ¡los sabrosos juanes!... que con su pálida y granulada faz son el manjar central de todas las mesas. Alejado de mi hogar no pensé tener el placer de saborearlo, pero muy temprano, tuve la grata sorpresa de ver aparecer a Oyarce, quien, desairando el insípido té de la paila, me invitó a su casa, donde encontré preparado un suculento desayuno, muy de mi gusto: un sabroso juane, una taza de aromático café y plátanos asados en las brasas. ¿Habrá algo más delicioso en el día de San Juan para un hijo de la selva?...
Pero las sorpresas continuaron: cerca de las 11 de la mañana fui en busca de Saavedra Capillo a cierta casa de familia y encontré reunidos en ella, alrededor de una mesa y bebiendo un generoso aperitivo a un grupo de “los 7 amigos del 19”, que habían sido invitados al almuerzo, quienes al verme celebraron con ruidosas carcajadas mi intuición, pues Sifuentes ya había salido en mi busca.
Lo curioso del caso fue, aparte de que la invitación era exclusiva, que el convite no era precisamente en la casa donde se estaban tomando los tragos, sino en otra, que para ir a ella, no lo hicimos como comúnmente se hace, por la calle y entrando por la puerta. Guiados por Teodorico, nos introdujimos a la huerta de la casa en que estábamos, pasamos a otras huertas, transponiendo unas veces y rompiendo otras los cercos, hasta Dios sabe dónde... el final fue que entrando por una huerta a una amplia cocina encontramos lo que nos esperaba: una bien servida mesa, con los juanes en el centro, en medio de un confuso montón de hojas de bijao*, como es de ritual. Luego de los saludos y cortesías del caso, ya mismo nos invitaron a sentarnos a la mesa; la familia que invitó comprobó ser experta en la preparación del típico plato: la masa se deshacía en la boca y dejaba saborear con deliciosa discreción, todos los ingredientes que contribuyen a hacerlo el plato regional por excelencia. Como bebida, había para escoger entre vino y chicha, que sin preferencia son licores obligados según el paladar y gusto.
Fue un banquete inolvidable, tanto por la calidad del manjar, como por la gentil atención que nos brindó la familia Malaverry.
El regreso lo hicimos en la misma forma y me hubiera visto en un aprieto si alguien me hubiese pedido que señalara la casa donde tan finamente fuimos atendidos.
Dos días después llegó el “Alberto” de Ramón Castilla en viaje a Iquitos; encostó brevemente, al parecer sólo para recibir documentos del Comando y siguió su rumbo. Llevaba el resto del batallón evacuado de la frontera.
Nosotros seguimos en el pueblo, cada día más aburridos; sufrimos un chasco regularcito con el traslado; solo faltaba que a los jefes se les hubiera ocurrido hacer trincheras para pasar el tiempo. Por lo que a mi tocaba, mi destaque al Comando subsistía y me daba amplia libertad y completa inactividad; no había viajes, ni comisiones, ni formaciones; en el día permanecía en la Comandancia simplemente porque no tenía otra alternativa, pero en mi Compañía empezaron a cargar con los ejercicios, a los que mis amigos tenían que sujetarse, motivo por el que no podía contar con ellos para distraer el aburrimiento.
El comandante estaba siempre solo, absorto y silencioso, sentado frente a un escritorio o paseando lentamente de un lado al otro de la habitación, con la cabeza inclinada y aire de abatimiento; quien se encargaba de dar órdenes y dictar disposiciones era el Jefe de Estado Mayor.
En cuanto a los demás oficiales, paraban solo en la calle, estorbando en todas partes; salíamos a pasear y a la vuelta de cada esquina se tropezaba con uno de ellos, oteando el horizonte con atención de explorador, nuestra presencia les molestaba, de manera que había que saludar y desaparecer; estaban al acecho de las chicas y no daban con la estrategia que debían emplear para atraerlas y captar su atención; algunos ya mostraban despecho porque habían sido rechazados por sus impertinencias, pero, como buenos militares, se mantenían firmes y frescos, ponían cara dura e insistían.
Para la tropa muchas esperanzas y pocas realidades; estábamos peor que en Ramón Castilla; allá, ni guardias, ni ejercicios ni clases que molestaran, en Caballo Cocha volvieron a aparecer los cabos -porque los sargentos, conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos delegaron sus funciones en los cabos, haciéndoles sentirse en su elemento- de modo que tenían que andar con tiento y buenas maneras con ellos: sólo salían de franco a la calle los que habían caído en su gracia, los demás tenían que hacer de imaginaria o ponerse a dormir aunque no tuvieran sueño -mientras estuviera presente- pues, en cuanto volvía la espalda, por la puerta o por la huerta, salían cuantos se atrevían, con riesgo de ser castigados.
Tampoco quedaba el recurso de hacer vida social, porque, como enviado por el diablo aparecía un oficial y el soldado tenía que salir disparado. Tratándose de chicas, eran como el perro del hortelano... los malditos no eran capaces de dejar correr el agua que no podían beber...
A pesar de este adverso ambiente, festejando el afortunado regreso de Dositeo, lo que equivale a decir que volvió sano y salvo, organizamos un baile, exclusivo para soldados y marineros, pues dos altos representantes de nuestra Armada fueron incorporados a nuestro grupo: Manuel Chávez y Manuel Clavero -hijo éste del héroe del Caquetá- maquinista el uno y del cuerpo de transmisiones el otro.
Como a las 9 de la noche lo iniciamos con gran animación; dos guitarras, dos cantores, un ramillete de chicas muy atractivas y muchas botellas dieron realce a nuestra fiesta, lo que atrajo a la puerta muchos mirones. Nos divertíamos en grande cuando entre los mirones se metieron dos oficiales, los soldados al tenerlos cerca fueron desapareciendo uno a uno, pero nosotros hacíamos como si no los viéramos; llegaron dos mas y con ese refuerzo se atrevieron a entrar al salón, dejamos de bailar y nos arrinconamos; como la música seguía pretendieron bailar... pero la música paró de repente y los músicos hicieron como que fueran a marcharse, los oficiales se les acercaron y en la forma más amable, pues no podían hacerlo de otra manera porque eran civiles, les pidieron que siguieran tocando, se negaron alegando que tenían otro compromiso, les ofrecieron dinero, no aceptaron y se mandaron mudar...
Mientras tanto las chicas, metiéndose una a una a las habitaciones interiores, desaparecieron y cuando los oficiales se volvieron se encontraron con puros machos, nos miraron con rencor y uno de ellos preguntó:
- ¿Qué pasó con las chicas?
- Regresaron a sus casas.
- ¡Qué chunchas!... Parece que nos tuvieron miedo.
Y sin atreverse a más se largaron dejándonos libre el campo, pero la fiesta interrumpida. También nosotros, desilusionados por el contraste nos disponíamos a retirarnos, cuando llegaron Chaparro y Encinas, quienes, también en tragos, al enterarse de nuestro problema, fueron en busca de los músicos, los que solo por una instintiva repulsión a los entrometidos, habían suspendido la música y como no estaban lejos, volvieron con ellos y de nuevo arrancaron a tocar. Las chicas reaparecieron y reanudamos la fiesta con mayor animación.
A Piñeiro el viaje le sirvió para recobrar la serenidad y no tomar las cosas a la tremenda, pero el ambiente y la presencia de las chicas contribuyó a perturbarlo de nuevo: olvidando el peligro de un nuevo fracaso amoroso, se pegó a una de ellas, abandonándose a su suerte... confesando al final que estaba enamorado... ¡Otra vez!... Había que desearle más fortuna al incauto y enamoradizo Casanova.
La “Luella”, de retorno definitivo a Iquitos nos trajo noticias desalentadoras... El “Shapra” Martínez, su maquinista, nos contó que una bandera extraña estaba flameando en Leticia, que las cañoneras colombianas estaban acoderadas al puerto, que uno de sus transportes había desembarcado tropas y otro, también con destino a Leticia, estaba en Esperanza, un puerto brasileño cercano.
Nosotros también estuvimos en Esperanza como insignificantes peleles... ¿Qué otra cosa podíamos hacer?... ¡Estuvimos en Esperanza, llegamos a desencanto para por fin, quedarnos en ridículo...

BIJAO*.- Hoja de una planta silvestre del mismo nombre. En ellas, se envuelve la masa del “juane” para sancocharlo, lo que le da un sabor especial e inconfundible.

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