lunes, 6 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVIII


Mientras nosotros, casi resignadamente, abandonábamos Leticia por disposición de la Comisión Internacional y las tropas colombianas se posesionaban de ella, en Iquitos, un grito de rebelión levantó en armas a un puñado de clases y tropa. Esa rebelión fue encabezada por un loretano, el subteniente Hildebrando Tejedo Monteza.
También él estuvo en Leticia; pudo ver sus precarias fortificaciones, la deplorable preparación de los reclutas, los limitados recursos estratégicos, la falta de atención a las demandas de armamento y material del Comando del Nor-oriente y presintió, igual que muchos de nosotros, lo que iría a ocurrir como consecuencia de una increíble indecisión, de una falsa posición de armonía continental del nuevo gobierno, que debilitaba las gestiones y arreglos diplomáticos, que acabaría por hacernos aparecer como agresores.
No dijo nada a nadie, probablemente porque juzgó que no era el momento oportuno ni menos el sitio adecuado para lanzar el grito de protesta, pues no habría conseguido mas que crear confusión y desconcierto en quienes estaban lejos de la realidad, ajenos a la magnitud de la tragedia que se estaba incubando y hubieran tomado su actitud como un vulgar motín, como una subversión dentro del Agrupamiento, desfigurando el profundo sentido patriótico del levantamiento.
Yo conocí a Tejedo mucho antes de que fuera militar, cuando quizá ni lo pensaba; era un muchacho como cualquier otro, en la escuelita, entre los muchachos del barrio, en los juegos de ladrones y celadores, en los partidos de fútbol al último gol... nunca pretendía ser el líder, el cabecilla o el guapo, pero, en ciertas oportunidades saltaba un detalle de su personalidad que lo hacía sobresalir entre los demás. Bécquer y Espronceda, cuya lectura era motivo de bromas de algunos de sus infantiles amigos, le daban a veces expresiones de romanticismo y repentinas explosiones de ardor e impetuosidad. Cuando alguna vez recitaba los versos de uno u otro, algunos le escuchábamos con atención, otros ni caso le hacían, pero a él le daba igual, pues parecía que sólo lo hiciera para su propia satisfacción.
Cuando murió su abuelita todo el barrio hizo el cortejo al cementerio, él estaba entre los familiares arrastrando el duelo; en el momento en que los enterradores se disponían a introducir el ataúd, de repente se le vio empinado al lado de el, sobre el banco que lo sostenía, con las manos levantadas pidiendo atención. Era el tiempo en que las plañideras, espontáneas o pagadas, hacían el coro de los lamentos, a ellas iba dirigido el ademán; fueron callando poco a poco y cuando solo se oían leves gimoteos, empezó a hablar improvisando una oración fúnebre, a la mitad de la cual ya no fueron las plañideras las que lloraban, sino la mayoría de los presentes. Así era Tejedo.
Se marchó en busca de porvenir y casi lo había olvidado, hasta que lo vi en Leticia, luciendo los galones de subteniente al pie de los Schneider.
Seguramente cuando se dio cuenta de la desviación de las gestiones diplomáticas y de la farsa que se estaba gestando, que significaba el fracaso de nuestra campaña; sin un plan preconcebido, posiblemente para madurarlo, solicitó licencia para trasladarse a Iquitos, simulando enfermedad. El médico que lo vio lo encontró sano y se lo negó, insistió con Scavino y lo consiguió.
Ya en Iquitos hizo los contactos, con mucha precipitación, con el propósito de anticiparse a la entrega de Leticia a la Comisión Internacional, pero no lo consiguió.
El 23 de junio fue entregada Leticia y el 28, Tejedo se levantó en armas.
La noticia del levantamiento nos llegó vaga e incompleta, pero a medida que pasaron los días fuimos enterándonos de los detalles de cómo se desarrolló, cómo no pudo tener éxito debido a la resistencia de la Base Aérea y de la Base Naval, cómo fue dominado y cómo fueron apresados los insurgentes y sometidos a una Corte Marcial.
El fracaso del levantamiento se debió a la falta de enlace con los elementos de la Marina y de la Aviación, cuya adhesión habría sido mas que probable, pero que la premura no hizo posible y mas que todo a la falta de conocimiento por parte de la ciudadanía, de los motivos del pronunciamiento, lo que, posiblemente, fue causa de la indecisión para prestarle apoyo. Creyendo su mejor aliada la sorpresa, Tejedo, los clases y soldados que lo secundaron, sorprendieron a la guardia del cuartel Ramón Castila, sublevaron a clases y tropa del Batallón Mixto Nº 25, a la Batería de Artillería Nº 3, apresaron a los jefes y oficiales de ambas unidades y a los que estaban en el Casino Militar, se posesionaron del arsenal, tomaron la Oficina Radiotelegráfica y la Sub-Intendencia de Guerra y se dirigieron a la Base Aérea y Naval con el fin de poner a sus efectivos de su parte, pero se encontraron con una seria resistencia, que los jefes de ambas bases habían organizado.
Si Tejedo hubiera empleado toda la fuerza militar que había sublevado, sin duda habría tomado ambas bases, pero con gran derramamiento de sangre, pues los efectivos que las defendían eran insignificantes; la intención fue arrastrarlos a su causa y aquí es donde se hizo evidente la falta de contactos con los elementos de dichos cuerpos. Es que Tejedo, solo, había gestado la sublevación...
Es notable que pese al volumen de las tropas sublevadas al mando de Tejedo, en el enfrentamiento con las fuerzas de resistencia no hubiera más que un muerto y éste mismo, civil: Rodolfo Pérez Ruiz. Aparte de éste, fueron heridos cinco militares de la Base Aérea: el comandante Jorge Alva Saldaña, el teniente de sanidad Ángel Cuba, el sub-oficial de aviación Carlos García Barriga, los demás fueron: un marinero de segunda, Miguel Rengifo Murrieta, un soldado de los suyos, Gregorio Tecse, y los civiles Luís Beltrán y Juan de Dios Guzmán.
Dominada la revuelta el juzgamiento no se hizo esperar; 9 días después se reunió la Corte Marcial. Fueron 23 los principales acusados: Tejedo y los subtenientes Julián Chávez Ampuero, Fabio Cuadros Falcón y Roberto Marquina Romero, cuatro sargentos primeros, ocho sargentos segundos, cinco cabos y dos soldados.
Durante el juicio, las declaraciones de los acusados, todas coincidieron en que actuaron inspirados por un ideal patriótico: protestar por la entrega de Leticia a Colombia e impulsados por el sentimiento y el ejemplo de Tejedo, cuya resolución era sacrificarlo todo, incluso la vida si era del caso, antes de ver perdida definitivamente a Leticia.
Tejedo, como cabecilla del levantamiento fue el más exigido en sus declaraciones y sobre el recayó todo el peso de los cargos que se le atribuyeron, con el evidente propósito de desfigurar la causa y el sentido del movimiento. Tendenciosamente se le acusó de haber provocado el alzamiento con intenciones separatistas, para crear un estado independiente, del que, como caudillo, asumiría el mando de gobierno; se le acusó de haber divulgado la falsa afirmación de que el Gobierno vendería nuevamente Leticia a Colombia por 2 millones de soles; respecto a su personalidad, se le atribuyó anormalidad, pésimos antecedentes, mala conducta, arrestos y prisión durante su carrera militar.
En la imposibilidad de exhibir su hoja de servicios por no encontrarse en la Comandancia de la V División, entregó su Libreta Militar de la División Superior de la Escuela Militar de Chorrillos y pidió que se diera lectura a las notas de concepto en ella contenidas, pero no fue escuchado.
En el curso de sus declaraciones sus expresiones fueron duras y mordaces refiriéndose al sistema político del gobierno y del país, muchas de las cuales fueron rechazadas y silenciadas enérgicamente por el Presidente de la Corte Marcial, el comandante Oscar L. Torres, porque “no podía permitir en ese ambiente afirmaciones de esa naturaleza”.
El Ministerio Fiscal, representado por el mayor Tomás Acha, después de describir en su acusación el levantamiento, como fruto de la perversión de sus autores, cuya trascendencia pudo tener “funestas consecuencias e incalculables proporciones en daño a la nación”, acusó a Tejedo como principal instigador y responsable del movimiento, que calificó de traición a la patria y pidió le fuera aplicada la pena de muerte y para los coautores y demás participantes en el levantamiento la pena de prisión en distintos grados...
La defensa de Tejedo, asumida por el teniente de la Armada, Federico del Águila, fue débil: trató sólo de restar a la acusación las condiciones estipuladas por la ley para considerar la acción de Tejedo como traición a la Patria y de que fuera tomada solo como una simple rebelión, merecedora, cuando más, de una sanción de uno a dos años de prisión.
La defensa de los clases y soldados, a cargo del capitán Colina fue más emotiva e impresionó al público asistente. Calificó de “seudo delito” el que se les imputaba y afirmó que esa actitud fue una “explosión de patriotismo”, el “reflejo del espíritu patriótico del pueblo de Loreto” y concluyó pidiendo se considerara exento de responsabilidad militar a sus defendidos.
Cuando habló el sargento primero Villafuerte, en voz emocionada afirmó que había tomado parte en el movimiento inspirado en el más puro sentimiento patriótico,porque sintió el deber de impedir la entrega de Leticia; que había venido de la costa del país, abandonando a su madre, lo único que le quedaba de su hogar, para defender el rescate de la tierra de sus hermanos, pero que, por desgracia, no solamente ya no podía defenderla, sino que sentía el temor de que ese suelo nacional se perdiera definitivamente.
Pero la Corte Marcial fue ciega y sorda, no fue humana ni justa; no quiso mirar ni escuchar el sentimiento patriótico herido, solo vio al soldado que debe sujetarse a las órdenes con sumisión; no pensó en el suelo patrio cercenado, sino en el honor del ejército mancillado; no alcanzó a ver la grandeza de quien lo sacrifica todo en defensa de la tierra que le vio nacer, solo sintió la vergüenza del militar que ve manchado su uniforme... y quiso ser ejemplar en su sanción, llenar de baldón a quienes nacidos en remotas regiones de la Patria, vinieron a unirse en un solo sentimiento de sacrificio en defensa de una parte olvidada de ella, con el patriotismo puro que muchos fueron incapaces de sentir y ni siquiera comprender... y los de esa Corte Marcial, ciegos y sordos, cerrando los ojos y taponándose los oídos los condenaron, para meses más tarde recibir la más afrentosa bofetada de su vida... la entrega de Leticia, por cuya defensa condenaron a verdaderos patriotas por traición a la patria...

Subteniente Hildebrando Tejedo Monteza,
Iquitos. 20 años.
Sargento 1º Luís H. Chanduví,
Chiclayo. 15 años.
Sargento 1º Francisco Torres Alvarado,
Piura. 15 años.
Sargento 1º Fidel García Revollé,
Callao. 13 años.
Sargento 1º Alberto Novoa Parodi,
Puno. 10 años.
Sargento 1º Pedro Villafuerte Girón,
Callao. 8 años.
Sargento 2º Carlos Rondón García,
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º César Llerena Rodríguez
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º Félix Portal Navarro,
Lima. 6 años.
Cabo Luís Montoya Molleda,
Ica. 1 año.
Soldado Modesto Espinoza Jiménez,
Tumbes. 3 años.
Soldado Julio Tovar,
Lima. 1 año.
El público que concurrió al juicio parecía no salir de su asombro y el resto de la población, muy tarde empezó a comprender el verdadero motivo de la precipitación para juzgar a los supuestos culpables de traición a la patria...
Un mes antes se había publicado el texto de los arreglos del problema internacional de Leticia, que fue firmado por los delegados del Perú y Colombia, cuyo artículo 2º establecía tácitamente que el tratado de limites de 1922, ratificado en 1928, no podía ser modificado ni afectado, salvo mutuo acuerdo de las partes y en los términos que el artículo 7º estipulaba, uno de los cuales rechazaba tajantemente el uso de la guerra o de la fuerza para resolver la controversia. Lo demás nos envolvía en dudas, con una sola conclusión positiva: nuestra causa estaba perdida; porque era infantil, por decir lo menos, pensar que Colombia estuviera de acuerdo en revisar el tratado Salomón - Lozano y en consecuencia, Leticia, vendida, cedida, o como fuera, no volvería a ser peruana.
Pero entonces, si Tejedo y los que lo acompañaron estaban defendiendo la posesión de Leticia y oponiéndose a un arreglo lesivo a los intereses de la patria, si habían convertido en acción armada el sentimiento de todo un pueblo, si habían tratado de impedir una afrenta nacional... tenían toda la razón... ¿Por qué el Fiscal los acusó de traición a la patria?... ¿Acaso Leticia, Loreto, no eran parte de la patria?... ¿Acaso protestar, rebelarse, pelear por un agravio a la patria era hacerle traición?... ¡La traición estaba en otra parte!... la mentira estaba en marcha... la nación estaba manejada por intereses subalternos y por hombres sin autoridad cívica... porque los diplomáticos seguían diciendo: “... en todo momento nuestra preocupación ha sido el mantenimiento de los derechos y la suerte de nuestros compatriotas en esa región tan cercana al corazón del Perú (¿se refería eufemísticamente a Lima... o a Loreto?) cuya prosperidad encierra el porvenir nacional”... “el arreglo deja abiertas las puertas de la conciliación con Colombia para el acuerdo fundamental y definitivo que se desarrollará más tarde en un ambiente de paz, de buena voluntad y de confianza con nuestro objetivo de satisfacer las justas aspiraciones de Loreto”... “Deja abiertas también de par en par, las puertas de la Justicia Internacional, hacia el Tribunal más respetable que existe, ante cuyas funciones se inclinan las más grandes potencias del mundo”... “Conjuramos a todo el pueblo loretano a unirse con el resto del Perú en el nuevo programa de orden y tranquilidad y poner toda su confianza en el futuro”... “La civilización del mundo y el Derecho Internacional nos imponen seguir esa conducta para honor de nuestra Patria”... “Puede Loreto estar persuadido de que hoy en adelante nuestra visión de la grandeza peruana se vinculará a la integridad y al desarrollo de las regiones trasandinas, principalmente amazónicas, en las que se asentará el Perú rico, poderoso y feliz de las nuevas generaciones”...
Posteriormente el general Sarmiento en declaraciones a órganos periodísticos decía que los arreglos con Colombia habían sido bien recibidos en Loreto y que todo el
pueblo tenía fe ciega en que el presidente Benavides llegaría a un arreglo con Colombia, honroso para el país y que la cesación de las hostilidades había sido un rotundo triunfo suyo (de Benavides). Agregaba, como anticipándose a una pregunta sobre la razón de la rebelión de Tejedo, que había sido un movimiento sin importancia ni alcances políticos, que no había tenido como motivo el arreglo con Colombia, ni había sido Leticia su símbolo, “un descabellado motín, obra de un anormal, de un individuo que ha sufrido arrestos por diversas causas y salió de la prisión para ser mandado al oriente; allí lo encontré y lo mandé al frente, pero no pudo llegar porque se enfermó en el camino”... “no encontró eco sino en dos o tres clases tan anormales como el instigador, tuvo franco rechazo y condenación severísima y absoluta, tanto en el ejército en Loreto, como en la totalidad de sus habitantes”...
Pero una carta del coronel Víctor Ramos, publicada en “El Comercio”, de Lima, descorrió levemente los entretelones de una controversia intestina en el Comando de las Operaciones del Nor-oriente, algo del pus, de que nos habla Gonzáles Prada, uno de cuyos párrafos no necesita comentario: “... Usted me dice que hay que tratar sin contemplaciones a todos los ladrones, cobardes, traidores y desertores. Así debe ser, pero a TODOS, hay que agregar MUCHOS MAS; a los farsantes, a los arribistas, a los vivos. Estoy, pues, en perfecto acuerdo con Usted...”
¡Ese es nuestro Perú!

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