sábado, 8 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

- ¿Y de dónde has sacado ese diente?
- El lagarto le ha agarrado a un muchacho en la playa y le ha comido, su madre ha querido quemarle para que el alma de su hijo no se quede en el agua y se convierta en “yacuruna” y para agarrarle yo le he puesto una trampa envolviendo tripa en una topa, para que cuando muerda no pueda cerrar su boca y se ahogue. Le hemos sacado, le hemos quemado y yo le he arrancado sus dientes para “curarles” y sirvan de contra para la mala suerte. El joven me ha salvado por el diente.
- Entonces ya no te vas a salvar de ningún peligro porque ya no tienes el diente - comentó Swayne siempre en tono de burla.
- No creas señor. Yo tengo muchas cosas para contra de la mala suerte y de los peligros.
Uno de los marineros que estaba al lado de Swayne le tocó el hombro y en voz baja le dijo:
- Primero, no le digas nada, este hombre es brujo, yo le conozco, es don Marcelino Olla.
- ¡Bah! - le contestó en tono despectivo - esas son tonterías.
En tanto el viento y la lluvia habían disminuido notablemente, aunque la turbonada persistía en su violencia. El comandante del barco, Celso Prieto, mandó subir a Swayne para preguntarle qué se podía hacer para remediar la avería y seguir navegando. Se pusieron de acuerdo y el maquinista tomó acción; ordenó a uno de los fogoneros que se metiera al río a examinar el daño; éste se ató una cuerda a la cintura, dejó el extremo a un compañero, bajó por la popa, buceó brevemente y saliendo a flote gritó:
- ¡Primero!... ¡Están quebradas dos paletas!
- ¡Qué barbaridad! - Exclamó el maquinista - ¿Intermedias o seguidas? - preguntó.
- ¡Seguidas, primero!
- Con razón sacudía tanto la máquina -comentó con disgusto- bueno... ¡sube ya! -y dirigiéndose al segundo maquinista, continúe- felizmente tenemos dos paletas de repuesto, ¿crees Roberto que podríamos cambiarlas aquí?
- ¿Aquí?... así nomás es peligroso y por el barranco no se puede “encabuzar”... tú sabes que una paleta pesa como cien kilos.
- ¡Ciento treinta! -corrigió Swayne
Y se quedó pensando ante la mirada interrogante del comandante que había bajado, y de otros, interesados en conocer la magnitud de la avería. De pronto preguntó:
- ¿Quedará lejos ese puerto que estaba buscando Soria?
- Vamos a preguntarle - dijo el comandante - mandándolo llamar con uno de los marineros.
Marcelino que ya había exprimido sus ropas, a no ser por el vendaje que le cubría la frente, no daba muestras de haber sufrido daño, intervino.
- Señor, “aquisito” es mi puerto y no es barranco.
Llegó el práctico y confirmó lo dicho por Marcelino, agregando:
- A toda fuerza llegaríamos en media hora, pero como creo que no se puede andar así... tal vez en una hora.
- ¿Qué dices Swayne?... ¿Podemos navegar a media fuerza?
- ¡Sí! A media fuerza no hay ningún peligro, y aunque llegáramos al mediodía, trabajando toda la noche… mañana puede estar lista la hélice -y mirando socarronamente a Marcelino agregó- todo nos tiene que salir bien porque Roberto es quien va a hacer el trabajo y tiene el diente de lagarto - terminó riendo.
Algunos rieron levemente, otros permanecieron serios, Roberto impasible. Marcelino lo miró con ojos que parecía decir: - ¡Pobre hombre!... ¡No puedes darte cuenta de que estás equivocado! - y hablando suavemente le dijo:
- Yo quisiera para que te convenzas, hacerte ver cosas que nunca has visto y sentir cosas que nunca has sentido, pero que están dentro de ti; hacerte ver cómo eres y qué es lo que más te gusta en la vida. Si eres malo has de ver cosas malas, si eres bueno has de gozar de cosas buenas, las que más te gustan. Yo sé que eres bueno, pero no crees lo que te digo. Si quieres, ahí en mi puesto, donde van a arreglar tu máquina, puedo hacerte ver esas cosas.
La inspección había terminado, el comandante subió al puente, el telégrafo de la sala de máquinas pidió atención, la navegación iba a reanudarse.
- Espérame un momento -le dijo Swayne- voy a hacer la maniobra, después vamos a seguir conversando.
En menos de diez minutos empezó a navegar el barco. El mismo Swayne fue aumentando la rotación de la maquina hasta la que le pareció prudente; por la tubería acústica habló al puente.
- ¡Comandante!... ¡No podemos darle más fuerza!
- Así está bien.
Casi todos se habían alejado a sus ocupaciones, Swayne buscó a Marcelino, sus últimas palabras le habían despertado incomprensible curiosidad, para no referirse a ellas le preguntó:
- ¿Qué fue lo que les pasó? ¿Cómo se atrevieron a viajar con semejante tormenta?
- Nosotros salimos de Iquitos antes de la tempestad, a media noche, pensando llegar a mi puesto al amanecer, siempre hacemos así, pero esta vez hemos tenido mala suerte porque de repente se ha formado la tempestad, se ha levantado el viento y la turbonada nos ha hecho “virar”. Más de dos horas hemos bajado así y si no es por ustedes... ¡Dónde hubiéramos ido a parar! Ahora vas a conocer mi puesto. ¿Te acuerdas lo que te he dicho? Si te animas dime nomás, no te va a costar nada. Están esperándome en mi casa para darles una “purga”, vas a ver cómo les convido y si quieres a ti también te convido.
- ¿Es un purgante lo que les vas a dar?
- No señor. Es “ayahuasca” con sus preparados. Nosotros le llamamos purga, pero no hace mal, al contrario, te quita todo tu mal, te limpia y te hace gozar.
- ¿Y dónde has aprendido todo eso? ¿Tú has nacido en el monte?
- Yo soy de Iquitos, pero “desde mi muchacho” he vivido con sus “infieles” de mi padre, aquí en mi puesto. Con ellos me he “internado” al centro y allí he aprendido muchas cosas del monte y del agua.
- Te has hecho brujo.
- Así nos dicen, pero somos médicos porque curamos con medicinas vegetales. Los enfermos nos buscan cuando los doctores ya no pueden curarles.
- ¿Y ustedes...los curan?
- A veces ya no se puede cuando su mal tiene mucho tiempo, pero les hacemos calmar sus dolores.
El marinero que previno a Swayne contra el brujo se había acercado tratando de no hacerse notar y escuchaba la conversación, Marcelino se dio cuenta y dando un pretexto se retira; Swayne lo siguió con la mirada, extrañamente impresionado por el acento que ponía en sus palabras, llenas de profunda y contagiosa convicción. El marinero que lo estaba observando le dijo:
- Primero, has de tener cuidado con este hombre, es bien conocido como brujo, convida ayahuasca, les “icara”, les “chupa”, les da purgas a los enfermos para sanarles, pero dicen que también “cutipa” y hace daño con sus “virotes” poniéndoles resinas malignas -- riendo agregó - y también es un pendejo, porque cuando las mujeres le piden “pusangas” les hace venir a su puesto y allí aprovecha... ¡Cómo quizás les hace caer!... O tal vez les hace a la fuerza porque sabe que no le van a contar a nadie de vergüenza.
- Y tú ¿cómo sabes todo eso?
- Porque mi cuñada ha sido su empleada de un señor que le ha dejado a su mujer para meterse con otra y su mujer, para hacerle “asquear” a la otra le ha pedido a don Marcelino que le prepare una pusanga; entonces don Marcelino le ha dicho que tiene que venir a su puesto trayendo cualquier ropa de la otra mujer y ella ha venido con mi cuñada para que le acompañe. Les ha llevado a un tambo lejos y allí ha sido todo... ¡Hasta a mí cuñada le ha aprovechado! Después ha parecido preñada “siendo” mi hermano en viaje. Cuando ha regresado y le ha encontrado así se ha “calentado”, le ha pegado su pateadura y le ha botado a la calle.
-Qué tal don Marcelino! - exclamó Swayne riendo.
Mucho antes del mediodía llegaron al puesto de Marcelino. Este subió al puente para arreglar con el comandante el pago de los pasajes, pero le dijo que no debía nada; para serle grato le ofreció sin costo leña que tenía en grandes hileras, para vender como combustible a los barcos.
- Ya no necesitamos leña porque en seis horas llegaremos a Iquitos.
Desconcertado por el desinterés se quedó mirándolo y preguntándose mentalmente como podría mostrarle su gratitud.
- Bueno comandante - dijo al fin - no quieres cobrarme ni aceptar mi leña, pero no me vas a desairar un regalito.
- Si no hay otro remedio - le contestó riendo.
- Hasta luego entonces.
Acoderó el barco y fue el primero en saltar a tierra con sus acompañantes. El primer maquinista impartió las órdenes para iniciar el trabajo; dispusieron el barco con la popa hacia el puerto y la proa hacia el centro del río, pasaron la carga de popa a proa y llenaron de agua el pañol de cadenas. La proa bajó notablemente y la popa se alzó, dejando la hélice casi a nivel del río. Todos trabajaban con febril actividad.
No tardó Marcelino en regresar con dos hombres que cargaban una larga cañabrava introducida por entre las amarradas patas de veinte gallinas que colgaban de ella; las hizo depositar sobre cubierta y subió en busca del, comandante.
- Señor - le dijo - te he traído unas gallinitas, mis muchachos están cogiendo frutas que también van a traer y han agarrado un torete para matarle y de él te voy a mandar la mitad.
- ¡Oye, oye! - le interrumpió Prieto - eso ya no es un regalito, son muchos regalos y no quiero que te estés afanando más. Lo que has traído será para toda la tripulación.
- Tú señor, has de ver qué vas a hacer, yo te doy mi voluntad, para don Roberto también estoy preparando algunas cositas.
Y con el pretexto de ver el trabajo bajó en busca de Swayne y Roberto, a quienes encontró, de pie en la orilla al primero y al otro metido casi hasta el cuello en el río, debajo de la popa del buque.
- ¿Ya acabas, amigo? - se dirigió a Roberto - He venido a avisarte que te van a traer algunas cositas para que hagas llegar a tu casa...
- ¡Pero hombre!... ¡Por qué! - protestó Roberto.
- Quiero que siempre te acuerdes de mí como yo me voy a acordar de ti - afirmó en tono concluyente y volviéndose a Swayne agregó - ¿Vas a trabajar esta noche señor?
- Bueno... quien está trabajando es el segundo maquinista… yo sólo miro ¿Por qué?
- ¿Te acuerdas señor lo que te he dicho? Esta noche voy a convidar su ayahuasca a esos que me están esperando, Si quieres a ti también te convido. Te va hacer bien y te va gustar.
- ¿A mí solo?
Si alguien quiere ir llévale nomás, pero que sea tu amigo. Yo hubiera querido que venga don Roberto, pero está trabajando.
- ¿A qué hora quieres que vayamos?
- A eso de las ocho te espero en mi tambo.
Swayne sintió que se le avivaba la curiosidad y se le despertaba el interés. Nacido en Lima, algo había oído en su medio de curanderos, de aplicación de medicinas vegetales caseras y hasta de filtros de amor, sin dar crédito a su eficacia. Calificaba de charlatanes a los que practicaban tales métodos e ignorantes a los que los aceptaban. La noticia de un mundo nuevo y extraño había llegado hasta él en fantásticos relatos de quienes volvían de la selva, región que se estaba abriendo al paso de la civilización: fuentes de riqueza al alcance de la mano en una verde inmensidad inhóspita y agresiva, fauna desconocida, desfigurada por la imaginación jactanciosa; salvajes indómitos que se oponían con flechas envenenadas y trampas mortales; asechanzas y traiciones maquinadas por la ambición de algunos caucheros inescrupulosos. Lo creyó una exageración y su predisposición a la aventura le impulsó a viajar para ver y comprobar tan impresionante vivencia. Al cabo de un año ya estaba hecho al ambiente, poco se le había escapado a su afán de información; oyó hablar de brujerías, plantas que causaban enfermedades y otras que las curaban, pusangas y afrodisíacos infalibles, cosas por el estilo, pero seguía sin darles crédito. No podía concebir que indígenas pintarrajeados, de torpe apariencia y ninguna personalidad fueran capaces de investigar y aplicar secretos de la naturaleza en beneficio o perjuicio de la vida humana. Son los más vivos que engañan a los más ignorantes – decía - pero se propuso aprovechar de esta oportunidad para comprobar tal engaño y acudió puntual a la cita acompañado del práctico Soria, atraído también por la curiosidad. Marcelino estaba esperando al pie de la escalera de su tambo, con un farol en la mano.
¡Vamos! - les dijo cuando se acercaron, con tono que más parecía una orden.
La noche no era muy oscura, pero el sendero que tomaron era tan angosto y los arbustos cercanos tan altos, que apenas se veían. Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar a un claro, en cuyo centro había un tambo a ras del suelo, cercado de ponas, con una sola puerta. Tocó Marcelino, alguien abrió y entraron dejando el farol en la puerta. El recinto, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba débilmente alumbrado por dos faroles colgados en ángulos opuestos; en el centro, en una mesa había una variedad de objetos raros iluminados por cinco velas, cuatro adheridas con su propia cera a los ángulos de la mesa y la otra en una palmatoria, sobre un tallo con apariencia de nervudo brazo amputado en el codo, colocado verticalmente con la mano tendida horizontalmente recibiendo la palmatoria. En torno al original candelabro había huesos, al parecer de animales, culebras y pájaros disecados, aquéllas enrolladas y con la cabeza levantada en actitud de ataque y éstos posados sobre trozos de ramas, como si estuvieran vivos; vasos y botellas, ollas de barro, “pates” de variados tamaño y un tamborcito. Unos cajones vacíos dispersos estaban arrimados al “emponado” que servía de pared, al lado opuesto, varias “llanchamas” extendidas parecían estar destinadas para lechos y en cuatro de ellas sentados otros tantos hombres. En el suelo, al pie de la mesa, ardían unos tizones sobre los cuales una ennegrecida olla de barro emanaba el vapor de algo que estaba hirviendo un muchacho indígena inmóvil junto a la mesa, parecía ser el ayudante y esperar órdenes. El calor era insoportable, el humo de los tizones enrarecía el ambiente y aumentaba la penumbra, las vagas sombras que proyectaban los cuerpos que se movían daban la impresión de fantasmas que se arrastraban en el lúgubre recinto. Marcelino se volvió a sus acompañantes y preguntó:
- ¿Quieren tomar la purga?
- Yo sólo quiero ver - contestó Swayne.
- Yo también - afirmó el otro.
- Mejor - apuntó Marcelino - Para que haga buen efecto la purga hay que “dietar” sal, dulce, condimento y mujer siquiera tres días. Siéntense pues y les señaló los cajones.
Se acercó a la mesa haciendo una señal al ayudante, éste tiró del cajón de la mesa y sacó de él un cuchillo y dos paquetes que puso sobre la mesa; abrió uno de ellos, cogió un trozo de tabaco en mazo, tomó el cuchillo, picó un poco, lo desmenuzó entre sus manos con cuidado, cogió del otro papel especial y con singular destreza lió varios cigarrillos que puso sobre la mesa. Mientras tanto Marcelino cogía uno de los “pates” grandes, vació en él todo el contenido de una de las botellas, luego, calculando cuidadosamente, llenó otro más pequeño con el de otros dos frascos, vació ambos en el agua que estaba hirviendo y lo agitó con una cuchara de palo. Cesó la ebullición, el ayudante avivó el fuego aventándolo con un abanico de largas plumas negras.
- ¿Qué es eso? - preguntó curioso Swayne.
- Ayahuasca. “Lei” agregado “catahua” y “chiricsanango” para darle más fuerza.
Cuando vio de nuevo hervir la pócima que estaba preparando, quitó la olla del fuego y la puso en la mesa, el ayudante retiró los tizones. Marcelino agitó con la cuchara el contenido de la olla, murmurando en voz baja algo que parecía un rezo o un conjuro, cogió cuatro “pates” pequeños y los acercó a la olla, se puso un cigarrillo en la boca, cogió un tizón, lo prendió y comenzó a fumar expeliendo grandes bocanadas; sacó varias cucharadas del brebaje, las vertió en uno de los “pates” y se lo dio al que estaba más cercano; luego hizo lo mismo con los demás, quienes lo sostuvieron en la mano, esperando, al parecer, una señal. Marcelino seguía fumando y empezó a pasearse delante de las “llanchamas”. De pronto comenzó a echarles a la cara el humo que expelía y con monótono ritmo, tono de lamento, acompañándose con suave batido del tamborcito cantó:

Manan imapas ruasinquinanchu
ayahuasca ampishunga
mariri manchac mariri,
mariri, mariri, mariri.

Interrumpiéndose para fumar y echarles el humo, mientras los pacientes a lentos sorbos bebían del brebaje. Continuaba el canto:

Manan imantapas manchacunancu
ayahuasca yanapashunga
mariri manchac mariri.
mariri, mariri, mariri.

Nuevamente paseos, humo a la cara y vuelta a beber. Seguía el canto:

Cusicusunchis causanichispi
ayahuasca jocoshunga
Mariri manchac mariri
mariri, mariri, mariri.

Otra vez humo a la cara, Otra vez la pócima y Marcelino a repetir la monótona canción.

Los pacientes estaban sudorosos y parecían agotados, a tanta repetición del soporífero canto se habían bebido todo el contenido de su respectivo pate y uno a uno fueron languideciendo, acostándose y quedando adormecidos, pero alternadamente empezaron a retorcerse y revolcarse entre suspiros, lamentos, palabras incoherentes, exclamaciones de angustia... El monótono cantar y el amodorrante batido del tamborcito no cesaba, Marcelino ya no les echaba humo del tabaco pero seguía paseándose frente a ellos mirándolos con atención; después de casi una hora de tan horripilante trance fueron aquietándose hasta quedar sumidos en profundo sueño. Marcelino se acercó a cada uno de los durmientes, inclinado muy cerca parecía hacerles preguntas en voz baja que contestaban en forma incomprensible, con acento de complacencia y satisfacción unos, de tristeza y angustia otros.
Swayne, que había seguido con profunda atención y curiosidad el proceso, no sabía qué pensar; reconocía algo de esotérico y sobrenatural en lo que estaba presenciando como efecto del brebaje, pero. ¿Y después?
- Déjame probar un poquito de ese menjunje - le pidió a Marcelino.
- No - le contestó rotundo - Te puede hacer daño sin su “icarada”.
Swayne miró la olla, vio que en el fondo quedaba algo de la extraña combinación y se sintió arrastrado por un irrefrenable impulso, la tentó, estaba fría; aprovechando que Marcelino estaba de espaldas introdujo la cuchara rápidamente y todo el contenido que recogió se lo puso en la boca y se lo tragó... sintió una picazón amarga y repugnante que a medida que iba pasando por su garganta se transformaba en una sensación de alivio, casi de placer... ¡Sólo es desagradable en la boca! - pensó - El práctico, que lo había visto tomarse la cucharada, en voz baja y con curiosidad le preguntó:
- ¿Feo es?
- No.
Todo había quedado en silencio sólo interrumpido por los ronquidos de algunos durmientes, Marcelino se paseaba delante de las llanchamas como velando su sueño, el aire se ponía cada vez más irrespirable por los humores que despedían los sudorosos cuerpos, Swayne sintió que ya no podía soportarlo y le dijo al práctico:
- ¡Vamonos ya!... Ya no hay nada que ver.
Sin contestarle se puso de pie y avanzó a la puerta, también sentía ahogarse, estaba mareado sin voluntad. Swayne tocó a Marcelino en el hombro.
- Ya nos vamos - le dijo.
- Bueno. Mañana vamos a conversar. Lleven el farol, no se vayan a “errar” en el camino.
Regresaron en silencio. Swayne se sentía bebido, con una gran pesadez en la cabeza y laxitud en el cuerpo. Llegaron al puerto pasada la medianoche y el trabajo continuaba; Swayne se acercó a Roberto y le dijo:
- Me siento mal, voy a acostarme.
- Vete nomás, no te preocupes, todo va bien. Terminaremos por la mañana y creo que antes del mediodía estaremos listos para navegar.
Subió y se tiró a la litera vestido. Le pareció dormirse inmediatamente, pero con un sueño en el que percibía cuanto estaba al alcance de su vista y de su oído, como sí estuviera despierto. Tuvo la sensación de estar sufriendo una pesadilla, hizo esfuerzos para despertar sin lograrlo, empezó a sentirse etéreo, flotando, en el aire entre inmensas y blandas nubes que podía palpar, envolverse en ellas como en una caricia de miles de manos suaves, que paseaban por su cuerpo, manos que al cogerlas se transformaban en cuerpo tibios, sedosos, que se juntaban al suyo tomando formas de mujer, a las que se abrazaba con deleite, con ansiedad de posesión... ¡ésta!... ¡la otra!...miles!... un desfile fantasmagórico interminable acicateando y colmando su deseo, introduciendo todo su ser a esas miles de formas de mujer, cuyas caras no veía, pero las imaginaba a su antojo, sumiéndose en un éxtasis de placer mil veces consumado, en un orgasmo inacabable, enloquecedor...Ya no quería despertar, quería seguir volando entre las flotantes nubes con formas de mujer, con caricias de mujer... ¡aunque tuviera que morir!... Perdió la idea del tiempo.
Vago, lejano, como un amargo lamento de la realidad, oyó los toques de campana que anunciaba las seis. Con un esfuerzo que le pareció doloroso trató de romper la telaraña de visiones que dulcemente le aprisionaba y abrió los ojos. La luz del sol entrando por la claraboya rompía la bruma del camarote; se sentó sin lograr disipar del todo la sensación de placer que lo estuvo dominando... ¿Qué me ha sucedido? - se preguntó - Poco a poco fue recobrándose como en un despertar corriente, pero no le parecía haber soñado lo que había visto y sentido, tenía la impresión de haber vivido el erotismo de las fantásticas visiones y haber sentido el placer de haberlas consumado. Apoyó la cabeza entre sus manos y quedó ensimismado tratando de encontrar una explicación. De repente recordó el brebaje que había ingerido... ¿Será posible que eso me haya producido todo esto?... ¿Será el poder del brujo o del brebaje?
Bajó y encontró que el trabajo había terminado. Roberto estaba dando las últimas disposiciones para achicar el agua del pañol y volver la carga a su sitio.
- ¿Ya te pasó el malestar? - le preguntó al verlo.
- No ha sido nada... ¿Y tú? debes estar cansado y muriéndote de sueño. ¡Déjalo ya y vete a dormir, me encargará del resto!
Unas horas después el buque estaba listo para zarpar. Marcelino, cumplió sus ofrecimientos y llegó cuando el comandante había tocado atención a las máquinas; subió al puente a despedirse de Prieto y reiterarle su agradecimiento, luego bajó en busca de Roberto, a quién encontró conversando con Swayne.
- He venido a agradecerte otra vez - le dijo - No te olvides lo que te he dicho: no te separes nunca de ese diente, ponle en tu cuello para que siempre estés protegido y salgas bien en todo. ¡Adiós, amigos! - y dirigiéndose a Swayne - Adiós señor, acuérdate que lo que has visto no son mentiras, ya te vas a convencer - dio un abrazo a cada uno y se fue.
Ambos le siguieron con la mirada, singularmente impresionados, Swayne por su reciente experiencia, Roberto por el énfasis de paternal cariño que puso en sus palabras, que parecían revelar ansiedad de prevenirle de algún peligro que lo amenazara. Extrajo del bolsillo el diente y largo rato lo miraron con curiosidad no exenta de aprensión
- ¿Crees Guillermo, que este diente pueda hacerme algún beneficio?
- Bueno… he oído hablar de cosas como ésta y... no sé... pero sino te hace ningún beneficio, no creo que te haga algún daño. Úsalo como te ha dicho este hombre singular... Aunque no sea más que como adorno.

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