martes, 11 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO II

UNA FIESTA DE QUINCE AÑOS, UN INVITADO OPORTUNO Y UN FLECHAZO DE CUPIDO

Tres hombres subían la empinada cuesta del puerto. Las luces del barco acoderado a él la iluminaban a cada paso más débilmente e iban siendo reemplazadas por la de un farol que llevaba el que iba adelante, descalzo, con los pantalones enrollados hasta las pantorrillas con soltura y firmeza, pero lentamente, por volverse a mirar a los otros; uno vestido con más elegancia que el otro, ambos apoyándose mutuamente, tratando de eludir los pequeños charcos que había formado una copiosa lluvia y tentando los movedizos trozos de madera que servían de peldaños, antes de afirmar sus brillantes zapatos de charol.
La noche era oscura, pero se veía bajísimas y blancas nubes que pasaban velozmente como volantes tules a merced del viento. Solo se oía el zumbido de las máquinas del barco, el rumor de la gente y por distintos lados el monótono croar de los sapos, que subía y bajaba o se acallaba, como obedeciendo la batuta de un director de orquesta. Llegaron a lo alto de la cuesta y se detuvieron.
- Trae tu luz, Macuyama - dijo uno de los caballeros - Dame el trapo que has traído.
El aludido obedeció, se sacó del bolsillo un trozo de tela y se lo entregó. Con todo cuidado, uno después del otro, los personajes se limpiaron las salpicaduras de fango de los zapatos a la luz del farol.
- Bueno - dijo el que lo hizo en segundo término con acento de satisfacción y tirando el trapo - ya puedes regresar a bordo.
Rompiendo la oscuridad se veía un ancho y enarenado sendero, especialmente preparado, que conducía al pueblo; más lejos los faroles de luz pública, pendientes de postes largamente distanciados, iluminaban a trechos el camino y más allá, las borrosas siluetas de las primeras casas. Se encaminaron a ellas sin encontrar transeúntes; la lluvia que torrencialmente había caído toda la mañana, enfrió la tarde y entristeció la noche, confinando a los pobladores en sus hogares.
Aquella misma tarde habían llegado de Iquitos con otros amigos y sus esposas, en el barco que estaba en el puerto, atendiendo a la invitación a una fiesta que daba Manuel Pinedo, prominente hombre de negocios del pueblo, quién, tan pronto como llegaron, acudió a darles la bienvenida y confirmarles la cita para las nueve de la noche. Eran los últimos y estaban sobre la hora.
Caminando con cuidado para no volver a ensuciar los zapatos llegaron a las primeras casas. Era un pueblo naciente que pugnaba por salir de caserío; las casas de quincha y hojas de palmera estaban siendo reemplazadas por otras de ladrillo o madera, con techos de tejas o calamina, terminadas unas, en construcción otras, delineando las futuras calles. Algunos baldíos rompían su continuidad. De las abiertas puertas de algunas casas escapaba la luz de los candiles, otras estaban a oscuras, pero fuera, en el pasadizo de tierra apisonada contenida por largos maderos redondos, que hacia de acera, varias personas sentadas en sillas o mecedoras, mantenían animada conversación, aprovechando la luz de un cercano farol público.
- ¡Buenas noches!... ¡Con permiso!
Saludaban al pasar por entre el grupo o se salían de la acera para no interrumpir la tertulia callejera. Los de ésta parecían no darse cuenta de la incomodidad que provocaban.
- ¡Buenas noches!... ¡Pase usted!
Los caballeros parecían continuar una conversación.
¡Qué loco es Manuel!... ¡Fletar una lancha para hacernos venir desde Iquitos sólo para asistir a una fiesta de cumpleaños!
- De esas tiene. Todas las cosas las toma de una manera muy especial, con calor, con entusiasmo, casi con sentimentalismo… y lo mismo es en sus negocios.
- Pero aunque se trate del cumpleaños de su hija me parece exagerado. ¡Todos los años se cumple uno más!
- ¡No, Samuel!... No todos los años se cumple quince. Ese ya es un motivo importante, además es su única hija y parece que definitivamente, porque mi comadre María no ha vuelto a responder al llamado de Manuel, y por último, ¡Qué caray!... ¡Como tiene mucha plata quiere tirarla! No sé por qué se me ocurre que de repente empieza a repartirla entre su gente y sus amigos...
- De todos modos tener mucha plata no es razón para hacer locuras, aunque si llegara a hacer lo que dices... ¡Ojalá nos toque algo!... ¡Mira Ponciano!... ¡Qué iluminación!
Samuel era judío y su atávica mentalidad no podía comprender el desprendimiento y la generosidad, menos aún los goces y satisfacciones que tales sentimientos proporcionan. Habían llegado a una esquina y al girar vieron una iluminación realmente extraordinaria para un naciente pueblo de la época. A la mitad de la hilera de casas estaba la de Manuel Pinedo; guirnaldas de faroles de papel de color en varías líneas hasta la calle, daban la impresión de caprichosos arco iris nocturnos. Un amplio patio precedía a la construcción, una especie de jardín con cerca de madera, espacios verdes, algunos altos rosales y anchas veredas, cuyo piso estaba hecho con botellas vacías de barro enlozado, prendidas boca abajo, cuidadosamente niveladas, haciendo raros y desiguales dibujos. Algunos curiosos en la calle miraban el desarrollo de la fiesta, otros parecía estar esperando el momento propicio para ingresar. En el patio, cuya entrada estaba en el centro y una recta y ancha vereda la unía a la puerta principal, dividiéndolo en dos, había muchas personas conversando en grupos o sentadas en sillas de las llamadas de Viena, alrededor de mesas de mármol o en bancos y taburetes en torno a otras de madera, unos con trajes elegantes, otros vestidos corrientemente, pero todos con botellas de licor, bandejas de tamales, finísimas galletas y bombones, que estaban disfrutando.
Ponciano y Samuel ingresaron al patio, al verlos se les acercaron con grandes manifestaciones de alegría.
- ¡Ponciano! ... ¡Samuel!
- ¡Queridos amigos!
- ¡Cuánto tiempo sin vernos!
- ¿Cómo está tu familia?
- ¿Has querido dejar Sarapanga?
Y se estrechaban en fuertes y efusivos abrazos.
- ¡Cómo íbamos a desairar la invitación de Manuel!... ¡Sobre todo si nos manda una lancha!... ¡Hemos creído que Caballo Cocha se está hundiendo otra vez! - estalló Samuel en carcajadas.
- Parece que de todos modos vamos a hundirlo festejando el cumpleaños de mi ahijada, pero Manuel está descontento porque mi mujer no ha venido - aclaró Ponciano - No ha podido la pobre porque ha tenido su hijo y el “huahua” está medio enfermito. He tratado de hacerle comprender, pero no quiere perdonarme y me ha dicho que si hubiera tiempo me haría regresar a traerle a doña Emma con todos sus hijos... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡Este Manuel! - concluyó riendo. Una ancha puerta les dio entrada a un gran salón de pulido piso de cedro; dos puertas laterales daban a otras habitaciones y una tercera más ancha, opuesta a la entrada, con grandes cortinas plegadas, daba a otro salón que terminaba en un balcón a todo lo ancho, del que descendían dos anchas escaleras de tres peldaños a otro patio de las mismas características que el delantero e igualmente iluminado, en el que también había muchas personas.
Los salones estaban iluminados por lámparas de querosene en elegantes arañas de cristal y bronce, colgando del cielo raso forrado de tela pintada y en repisas adosadas a las paredes, también de madera. En todo el rededor de ambos salones, estrecha y ordenadamente colocados había sillones, sofás y sillas del mismo tipo y diferentes modelos y en un ángulo del salón principal un piano Dorner de media cola; el pianista sentado en el taburete y a cada lado suyo dos violinistas con su respectivo instrumento, dando frente a un atril y al centro del salón.
En los salones no había mucha gente. Las damas, algunas vestían elegantes trajes europeos discretamente escotados y lucían joyas y brillantes que refulgían a cada uno de sus movimientos; el calor que subía a medida que llegaban los invitados, les daba oportunidad de exhibir finos abanicos. Los caballeros, varios de ellos con elegantes trajes de casimir de corte europeo, también lucían valiosas joyas y botones de oro en la camisa.
Cuando entraron Samuel y Ponciano acababan los músicos una pieza, los caballeros que habían estado bailando condujeron a su respectiva pareja a su asiento y luego de una reverencia se retiraron para agruparse a conversar en los huecos de las puertas y en el centro del salón; Pinedo estaba entre estos. Alto, robusto y bien proporcionado, vestía un traje de casimir oscuro, en el chaleco, de un bolsillo a otro, pasaba una gruesa cadena de oro; sobre la corbata, de angostas rayas azules y blancas, lucía un prendedor de oro con un brillante de grueso tamaño, cuyos destellos destacaban las finas bastas de la reluciente pechera y en la solapa del saco se le veía una diminuta composición de un compás y una escuadra de oro. En su semblante agradable, de tez casi blanca que el inclemente sol de la selva había bronceado, sus ojos de franco mirar parecían querer dejar leer su pensamiento y buscar lo grato de sus interlocutores; las duras líneas de su mandíbula indicaban la firmeza de su carácter, haciendo contraste con sus delgados labios prontos a sonreír.
Al verlos entrar fue a su encuentro, cogiéndoles por un brazo se acercó al grupo y anunció:
- Caballeros, aquí están dos de mis grandes amigos, la reunión no hubiera estado completa sin ellos, además ¿Qué habría pensado mi hija si su padrino no estaba presente para celebrar sus quince años?
Una dama que conversaba en un grupo de ellas en un ángulo del salón, pidió permiso y presurosa se acercó.
- María - dijo Manuel cogiéndola de la mano - aquí está el compadre Ponciano, ¿No es verdad que le agradecemos la molestia que le significa venir de tan lejos a nuestra humilde casa a festejar a su ahijada?
- Sí, Manuel, un caballero como el compadre Ponciano sabe estar con los amigos en los momentos indicados - extendiendo las dos manos cogió la que le ofrecía Ponciano y estrechándola efusivamente agregó - ¡Quisiera Dios que siempre pudieran estar juntos y ojalá en el trabajo que tienen también lo estuvieran, para ayudarse en los peligros y protegerse de los enemigos!
- ¡Pero mujer! - interrumpió Manuel - nosotros no queremos ningún sermón... ¡Hoy es noche de fiesta y alegría!.. Olvida las preocupaciones y busca a tu hija.
María pidió permiso y se retiró mirando a uno y otro lado. Estaría próxima a los cuarenta, una cabeza más baja que Manuel, ligeramente cargada de carnes, pero vivísima en sus movimientos y ademanes. En su piel se habían fundido los rasgos y el color del puro español y las duras líneas del cobrizo indígena, dando a su fisonomía más atractivo que belleza. Sus ojos, cuya negrura parecía ocultar deliberadamente su pensamiento, miraban con penetrante frialdad, tratando de hundirse en el de quien le estaba hablando. Su voz tenía timbre metálico y disimulado énfasis de mando, trataba de hacerse oír con amables expresiones notablemente rebuscadas, pues su educación no había sido completa; su matrimonio con Manuel, sus relaciones, su trato y maneras la habían enseñado mucho, pero seguía insegura de si misma.
Vestía con ostentosa elegancia un traje de terciopelo azul con lentejuelas, de una gruesa cadena de oro pendía sobre su turgente busto un medallón del mismo metal, en cuya tapa se notaba un monograma con las iniciales de Pinedo; aretes de brillantes colgaban de sus lóbulos y una sortija, en su anular derecho, fulgía cuando movía la mano con el abanico.
La orquesta tocó un vals vienés, los caballeros acudieron en busca de su dama y el salón se llenó de parejas que empezaron a circular del brazo y luego, en orden sucesivo, se lanzaron a bailar vertiginosamente.
Los del patio delantero, seguían bebiendo y disfrutando de los manjares, otros asomados a las ventanas, miraban bailar y algunos discutían sobre remesas de caucho, cuentas de peones, gente que llegaba de remotos lugares, fortunas que nacían.
En el jardín interior un grupo de chicas festejaban alegre y ruidosamente las palabras de un joven elegantemente vestido, llegado de Europa, donde estaba estudiando. María se acercó y se hizo un respetuoso silencio.
- ¿Qué cuentas, Antonio, que tanta gracia hace a estas chicas?
- Es... algo de París, doña Maria... lo difícil que es hacer comprender a los franceses cómo los peruanos podemos llegar a Francia directamente por el Atlántico estando el Perú en el Pacífico - disimuló el joven porque lo que estaba contando era anécdotas de humor picaresco, que doña Maria hubiera juzgado pecaminoso para los inocentes oídos de las chicas. La hija de los esposos Pinedo estaba entre ellas.
- Disculpen las niñas, ven Teresa, ha llegado tu padrino y debes saludarlo.
Esbelta, de regular estatura, un capullo de mujer abriéndose a la vida con prometedora exuberancia, lucía los quince años con creces. Ojos negros y brillantes iluminando rasgos de remoto mestizaje en el marco de una cabellera negrísima y umbrosa, que se juntaba en dos trenzas que le llegaban a la cintura. No se podía decir que era bella, pero irradiaba la irresistible atracción de la juventud, de un diáfano y dulce mirar, de entreabiertos y húmedos labios en una boca sonriente, pronta a expresar asentimiento, ansiosa de mostrar afecto. Vestía con sencillez y la única joya que lucía era un par de aretes de oro con menudas piedrecillas. Se cogió del brazo de su madre mirando con picardía al joven y las chicas.
- Ya vuelvo – dijo - espérenme para continuar el cuento.
La pieza había terminado. Al verlas los caballeros se abrieron para darles lugar, Teresa, con los brazos abiertos se dirigió a Ponciano, quien la recibió en los suyos diciendo:
- ¡Que los cumplas muy felices Teresita!, en este abrazo va también el de tu madrina y ambos deseamos que la felicidad te sonría en todos los días de tu vida.
- Entonces más apretado padrino, muchas gracias, especialmente por su presencia, que es el mejor regalo que he tenido.
- Bueno, bueno… pero también te mandamos otro regalito... ¿no lo has recibido?
- Si, padrino, muy bonito, lo he guardado para que usted me lo ponga con sus propias manos. Voy a traerlo, con permiso.
Se dirigió con prisa a una de las habitaciones laterales y casi inmediatamente volvió con un estuche que puso en las manos de Ponciano, éste lo abrió y extrajo un collar de dos hileras de perlas, que lo exhibió entre los circunstantes, quienes rompieron en aplausos y felicitaciones a una y otro. Ponciano la cogió suavemente por un hombro, la hizo dar vuelta delante de él y pasándole el collar por el cuello lo engarzó, la hizo volverse nuevamente y tomándola por las mejillas le estampé un sonoro beso en la frente.
Como para darle marco musical al incidente la orquesta atacó otra pieza, Ponciano enlazó a su ahijada del brazo e inició el paseo, al que se sumaron otras parejas, que luego empezaron a bailar al compás de la música.
- Es mi primer baile, padrino. Usted me disculpará que no lo haga bien.
- Ya veremos, pero ustedes las mujeres parece que tienen el ritmo en el cuerpo o nacen sabiendo bailar.
Terminó la música, se deshicieron las parejas, se agradecieron mutuamente y Teresa, que estaba ansiosa de volver a su grupo, pidió permiso a su padrino y fue en su busca. Ponciano se junto a Manuel y los otros caballeros y continuaron conversando; otra vez caucho, cuentas, peones, “manchales” vírgenes...
- De modo que tienes nuevas estradas en el Algodón... ¿No crees que te estás alejando mucho de Caballo Cocha que es tu centro de operaciones?
- ¡No!... Hay un “varadero” que acorta el camino del Ampiyacu al Algodón.
- No es eso lo que quiero decirte, sino que te estás acercando a las zonas de trabajo del Putumayo, donde hay gente con métodos de trabajo muy discutidos.
- No tendré problemas si mi personal no sale de mis estradas. Esa gente sólo se preocupa de no perder su personal de indios y no metiéndome con ellos evito líos y problemas.
- Pero hay capataces de una poderosa empresa que no respetan la propiedad de nadie, se creen dueños de todo y llevan a los pobres indios a trabajar en estradas ajenas, nada les importa con tal de hacerles sacar mayor cantidad de producto. Y los indios obedecen por miedo.
- Yo pienso que en todo eso que se dice hay mucha exageración.
- ¡No, Manuel!... Se han hecho muchas denuncias y publicaciones que acusan a esos de atrocidades que cometen con los indios: flagelos, torturas y hasta asesinatos, para dominarlos por el terror.
- Yo dudo de todo eso, no creo en tanta maldad. Seguramente no es más que la envidia que despierta el poderío que ha adquirido esa empresa.
- Debes tener mucho cuidado, Pinedo. Tú eres muy confiado, no conoces a la gente y te dejas convencer fácilmente.
- Estás equivocado, tengo buena información. Ya lo tengo todo listo para ir al Algodón, también un capataz que ha estado en el Putumayo, y conoce el Algodón porque ha estado allí, tuvo que salir por enfermedad y cuando regresó ya no le aceptaron.
- Y tú ¿lo conoces?... ¿Sabes de dónde es?... Esa gente que sale del Putumayo no es de confiar, son ladrones o huidos.

1 comentario:

J.D. Pereyra dijo...

En esta entrega el autor empieza a transmitir la sensación de una terrible (y soterrada) amenaza, trágica, con resonancia todavía lejana en la novela pero muy presente, que se encuentra y proviene del Putumayo...(me recuerda a los pasajes en que Frodo, en la saga El Señor de los Anillos, cuando poco a poco va acercándose a Mordor, la tierra del Señor Oscuro).

Interesante cuando la realidad irrumpe de esa manera en la ficción...sigue Fernando, continuaremos leyendo. Un abrazo.