martes, 18 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

La fiesta continuaba en la mayor animación, el tiempo se deslizaba insensiblemente dejando satisfacción, alegría y los efectos del licor en los que bebían en abundancia. Cerca de medianoche la fiesta estaba en su apogeo dentro y fuera del salón. Un grupo del personal de Manuel que había asistido, al no poder alternar con las damas y los patrones, se había reunido en un ángulo del patio delantero a comer y beber, hablaban a grandes voces, se embromaban, reían. Uno de ellos fue en busca de una guitarra y cuando regresó fue recibido con aplausos. Empezó a bordonear.
- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento.
- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro.
- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó:

Siñor entendente
yo vingo a quijarme
porqui me maredo
no duirme conmego

Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor:

Siñor entendente
ista mojir miente
yo duirmo con ella
ella no me siente.
Alalau alalau me lamparen
no tiene micha ni kirosin

Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno.
- ¡Salud! - le dijo.
Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante.
-Vocé náo gosta da festa.
- ¡No! - contestó secamente
- Enton que faz aquí.
- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo:
- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano.
- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro.
- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón?
Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era,
- ¡Bon! - dijo y empezó:

Camaleáo foi a dança
sem colete, pé no cháo
e fama de gran dançador,
mais a primeira cuadrilha
o rabo se atrapalho.

Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló:
-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar?
- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí!
El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir:
- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar.
Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror.
- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño.
Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado.
- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar.
Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar:
- ¡Náo tenho faca!
Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte.
La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa:
- ¡Suelta el cuchillo!
El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta.
- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole.
- ¡Maldición! - rugió.
No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima.
- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó.
Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz.
- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado.
Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó:
- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta
En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó.
- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado.
Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo:
- Tengo mucho gusto en conocerlo.

Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo:
- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar.
Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar.
- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir.
Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial.
- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo.
- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más.
- ¿Qué?
- No sé... sólo lo sabré encontrándolo.
- ¿Dónde?
- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas.
Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes.
El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído.
Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán.
- Roberto Ríos señor.
Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida.
- ¿De dónde vienes?
- Acabo de llegar de Moyobamba.
- ¿Quieres trabajar?
- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos.
- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue.
Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó.
- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana.
- ¿Cómo te llamas?
- Emilio Wesche.
Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban.
Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos.
- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá?
- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce.
Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos.

- Del mismo modo señor Pinedo.
- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja.
- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba.
- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos.
Una expresión nasal muy típica inició la respuesta.
- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá
- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola.
Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla.
- ¡Qué pena! - se condolió María le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa.
- A sus ordenes señorita.
Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos.
- Igualmente joven.
Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente.
- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura.
- Está bien señor Pinedo.
- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos.
La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.

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