miércoles, 26 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Cuando llegaron a la primera, su apariencia de matones fue del agrado del que parecía jefe, un tipo gordo, de rostro ceñudo crecida barba y mirar siniestro; con un Smith &Wesson en el cinturón y un fuete en la mano. Lo llamaban don Víctor. De pie en lo alto de la escalera del tambo, moviendo nerviosamente las rodillas y azotándose las botas con el fuete los miró casi con desprecio.
- ¿De dónde vienen?
- De Colombia.
- ¿Y qué quieren?
- Venimos a buscar trabajo.
- ¿Están dispuestos a cumplir todas mis órdenes?
- Sí, señor. Queremos trabajar.
- ¿Cuánto quieren ganar?
- El sueldo es lo de menos - era Cedeño quien contestaba y mañosamente aparentaba desinterés - vea primero nuestro trabajo.
El gordo no cayó en la jugada.
- ¡Déjense de huevadas!... Ganarán cincuenta soles, tendrán casa, comida y culos... ¡Pero cuidado!... ¡Mucho cuidado!... Porque si se descantillan les costará caro. Preséntense a Jiménez en el almacén para que les de lo que necesitan y pónganse a órdenes de Arriarán porque mañana va a salir a una correría.
Les dieron un machete, una carabina Winchester, balas y otros útiles y al día siguiente, pese a la copiosa lluvia, apenas amaneció se pusieron en marcha conformando un grupo de veinte hombres, mestizos indígenas en su mayor parte, dos negros barbadenses y dos witotos, al mando del llamado Arriarán. Pocos parecían gente de ciudad, pero todos, excepto los witotos llevaban carabinas y algunos un revólver. Cedeño no sabía qué irían a hacer y se lo preguntó.
- Vamos a traer indios - fue la respuesta.
- ¿Y para eso se necesita tanta gente? Riendo socarronamente Arriarán aclaró:
- Es que no quieren venir y tenemos que traerlos a fuerza.
Caminaron tres días guiados por los witotos, quienes lo hacían sin vacilación, pese a lo intrincado del monte, abriéndose paso con el machete o cruzando “tahuampas”, se detenían antes que anocheciera para hacer con palos y palmeras tambos personales que los protegiera en caso que lloviera; comían en la mañana y al atardecer, paiche o carne seca de animales del monte asada en las brasas, con “fariña”, algunos, de más categoría, tomaban café.
Al cuarto día, a media tarde, se detuvieron. Los witotos hablaron en su dialecto con Arriarán, haciendo ademanes y señalando direcciones, éste parecía entenderlos perfectamente, reunió a todos, conformó tres grupos, dos de seis con un witoto y otro de ocho con él, dio instrucciones y concluyó diciendo:
- Cada uno debe agarrar por lo menos dos indios, el que agarre más tiene premio; no se preocupen de las mujeres, ellas van a seguir a sus maridos, ni de los muchachos pequeños, no sirven para nada.
Se adelantaron los grupos de seis y el de Arriarán avanzó lentamente hasta llegar a un centenar de metros de unos tambos que se veían a través
de la maleza. Se detuvieron y al cabo de un momento se oyó con claridad el canto de la “unchala”, que fue contestado por otro en otra dirección.
- ¡Vamos! - mandó Arriarán y avanzó agachándose entre los arbustos.
Una vez más se oyó el canto del ave, que evidentemente era una señal, pues venia de dos direcciones contrarias.
- ¡Listos! - mandó de nuevo sin cesar de caminar.
Al oírse por tercera vez el canto, más prolongado esta vez, levantó la Winchester y gritó:
- ¡Adelante! - avanzó corriendo y gritando desaforadamente.
Simultáneamente se oyó alaridos que parecían salir de todas partes y el tropel lo siguió hacia los tambos, haciendo disparos al aire. Los ocupantes, hombres, mujeres, algunas con sus hijos en brazos, salieron despavoridos; muchachos, pequeñuelos desnudos, corrieron tras ellos tratando de ganar el monte, gritando, llorando, tropezando con los asaltantes que aparecían por todos lados… los que lograron eludirlos fueron perseguidos a tiros, varios cayeron, quizá heridos, acaso muertos; otros paralizados por el terror no atinaron a moverse... El círculo de asaltantes se iba reduciendo, dentro quedaron hombres, muchachos, mujeres con hijos tiernos en brazos; empezaron a reunirlos, aquellos que se resistían caían a culatazos retorciéndose de dolor, el griterío era horrible, una escalofriante confusión de lamentos, llanto de criaturas, exclamaciones de espanto, gritos de dolor... Separaron a los hombres: eran catorce, entraron a los tambos, encontraron algunos viejos, los seleccionaron y llevaron junto a los otros.
- ¡Maldición ¡ - gritó Arriarán - No hemos conseguido la cuota... Este caserío es una mierda, ¡nos han engañado los witotos!... ¡Vayan a ver a los que han caído, tal vez alguno sirva!
Dejando regueros de sangre ¡cuántos habrían logrado huir!... Cinco apenas podían caminar, entre ellos una mujer con una criatura, varios muertos, hombres y mujeres...
Ataron dieciocho hombres por separado, luego los unieron en una larga cuerda y los introdujeron en un tambo; cuatro de la partida, entre ellos los barbadenses, se encargaron de su vigilancia, a las mujeres y muchachos, condujeron a otro tambo. En los demás sólo quedaron viejos, viejas y niños de muy tierna edad. Arriarán se dedicó a inspeccionar todos los otros tambos con tres de sus secuaces. Los otros asaltantes, Cedeño entre ellos fueron al tambo donde habían sido concentrados las mujeres y los muchachos y arrastrados por su lascivia empezaron a disputárselas. Sólo había diez mujeres, las que llenas de terror nada hacían para oponerse. Cedeño cogió una de ellas pero no se decidía a consumar el acto sexual dentro del tambo y quiso sacarla fuera. Uno se le acercó diciendo:
- ¡Déjamela a mí!... parece que tú no puedes.
- ¡Fuera de aquí, vergajo!
- ¡Qué te pasa mierda!... ¡Las mujeres son para el más macho! - intervino otro y cogiéndola intentó llevársela. Cedeño la soltó pero se abalanzó al cuello del sujeto, quien también la soltó para defenderse y rodaron por el suelo dándose de puñetazos. Todos quedaron en suspenso, pero luego, sin soltar su presa, comenzaron a azuzarlos con gritos, entre carcajadas y aplausos. La india en disputa pasó a manos de otro. Armaron tal algarabía, que Arriarán oyó el escándalo, corrió a ver lo que sucedía y al encontrarse con el espectáculo, rastrillando su carabina gritó:
- ¡Ya carajo!... ¡Si no dejan de pelear le pego un tiro a cada uno!
Los dos se quedaron inmóviles y luego se levantaron lentamente. Se enteró Arriarán de lo que había pasado y en tono de burla dijo:
- ¡Qué estupidos!... ¡Si no faltan mujeres!... Ahí tienen las viejas, desarrugar es lo mismo que desvirgar... ¡Ja, Ja, Ja! - rió estrepitosamente - ¡y también tienen muchachos! - miró a su alrededor y viendo a un indiecito
como de doce años en un rincón, junto a dos chiquillas que estaban llorando, lo llamó con una seña, pero el chico no se movió.
- ¡Ven carajo! - gritó repitiendo la señal.
El muchacho siguió inmóvil. Estaba con el taparrabo desgarrado, todo sucio de barro, con sangre en el pecho, los brazos y las piernas; la menor de las chiquillas abrazada a la otra lloraba convulsivamente, tenía sangre en la cabeza, la cara y el pecho. Arriarán soltó la carabina, se acercó y cogiéndolo violentamente del brazo quiso llevarlo a donde estaban sus secuaces, pero el muchacho se resistió; hizo más fuerza y lo arrastró.
- ¡Ahora van a ver! - dijo.
Intentó quitarle lo que quedaba del taparrabo y el muchacho empezó a gritar entre las risotadas de los demás asaltantes; a viva fuerza se lo rompió y tiró al suelo, el chico seguía revolviéndose desesperadamente, con una mano lo sujetó y con la otra le aplicó dos bofetones que inmediatamente le hicieron sangrar la nariz. Volvió a cogerlo, trató de agacharlo delante de él pero la violenta resistencia del muchacho le impedía conseguirlo. De repente Arriarán lanzó un grito.
- ¡Puta madre!... - soltó al muchacho y se cogió la mano que empezó a sangrar.
El muchacho le había pegado un terrible mordisco en la parte blanda de la palma de la mano hasta levantarle un trozo de carne y a favor de esa sorpresa arrancó a correr saliendo del tambo. Todos empezaron a reír a carcajadas, Arriarán, lívido de rabia, exclamó:
- ¡Jijunagramputa!... ¡Ahora vas a ver!
Empuñó con su ensangrentada mano la Winchester y salió tras del muchacho que se alejaba corriendo como a treinta pasos, rastrilló, apuntó y disparó... el muchacho siguió corriendo, rastrillo de nuevo, disparó... seguía corriendo… tres disparos más en menos de cinco segundos y se le vio desplomarse...
Alarmados al oír los disparos salieron algunos; los demás siguieron dentro en una orgía de lujuria, en un escalofriante rumor de forcejeos y cuerpos que se arrastran, quejidos, lamentos, gritos de dolor, llanto de criaturas... ¡Un espeluznante concierto al ultraje a la carne, a la perversión del sexo, al despertar de la bestia!...
- ¡Desgraciado!... Me jodió la mano... ¡Pero me la pagó el maldito!... ¡Lo mandé al infierno!
Se sacó del bolsillo un mugriento pañuelo para vendarse la herida; los otros se acercaron a ver al muchacho. Estaba de bruces, con los brazos abiertos formando una cruz; en su bronceada espalda se veían desgarrantes perforaciones que manaban abundante sangre, haciendo un reguero que teñía la hierba y se perdía en el suelo que parecía absorberla como sedienta de justicia... quizá de venganza. No lo decían, pero era evidente el asombro por la reacción del muchacho; pocas veces encontraban semejante rebeldía, estaban acostumbrados a mandar y ser siempre obedecidos, a que el indio se sometiera dócilmente a todos sus abusos y maltratos, casi con humildad por el instintivo terror que sentían, o acaso porque en alguna forma llegara a sus comunidades noticias de los horrores que esos desalmados cometían, de las atrocidades que desataban en la mayor impunidad.
- Hiciste bien en matarlo - dijo uno - hubiera sido peligroso llegado a hombre.
- Eso tenemos que hacer con todos los rebeldes - afirmó Arriarán - mientras trataba de hacer un nudo, ayudándose con la boca, para unir dos puntas del pañuelo - ¡Carajo!... no puedo... ¡Ya tú! - se dirigió a Cedeño que estaba cerca - ¡Amárrame el pañuelo!
Solicito obedeció, anudó el pañuelo y comentó
- Valiente el muchacho... ¿no?
- ¡Qué valiente!... ¡Son unos mierdas!... ¡Unos haraganes!... No quieren seguirnos por no trabajar, pero les damos buenas lecciones. Tú no sabes
lo que ha hecho Macedo una vez que llegó Velarde con sus ocainas a entregar su producto, bueno, muchos de ellos, por haraganes no tenían nada que entregar y para que no fueran castigados, sus compañeros les dieron la mitad de lo suyo; como estos ya no tuvieron completo el peso que debían entregar, Macedo se indignó y ordenó a Velarde que seleccionara a unos y otros, fueron como veinticinco, los hizo cubrir con un costal, rociar con querosene y prender fuego... ¡Había que verlos corriendo sin ver a donde, sin poder quitarse el costal! ¡Ja, Ja, Ja!... Lo chistoso fue que era el día de fiestas patrias y parecía un desfile de antorchas... ¡Ja, Ja, Ja!
Cedeño lo escuchaba con ojos desorbitados por el asombro. Arriarán continuó.
- Es gracioso lo que a veces se hace con esta gente, ¡Hay tantos que si se mata cien, todavía sobran muchos!... Flores, por ejemplo, cuando se emborracha los mata por gusto y Fonseca cuando cumple años o hace alguna fiesta, invita a Normand, Agüero, Guevara, Miranda, que son los más jaranistas y para divertirse hacen competencia de tiro al blanco, amarrando un indio a un árbol con una cuerda de unos tres metros para que pueda moverse, El que logra matarlo de un solo tiro, ¡ese gana!... Claro que tiene varios indios para reemplazar a los que sólo son heridos. ¿Y sabes cual es el premio?... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡El que gana escoge tres de las mejores cholas de Fonseca para tirárselas!
Fue la primera lección para Cedeño en su nueva actividad. Era el conocimiento de nuevas formas de perversidad que estaba en aptitud de asimilarlas y ejecutarlas por su natural inclinación al mal. Perdió la cuenta de las correrías que hizo y de cuantos infelices arrastró a esa nueva esclavitud, a tan horrendas torturas, a tan increíble matanza. Nada tuvo que esforzarse para tratarlos como bestias, con látigo, fuego, balas...
Pero su ambición, su inclinación a la rapiña, su deseo de enriquecimiento fácil, se mantenía latente, lo empujaba en busca de esa oportunidad. Pasado algún tiempo, se enteró de que algunos encargados de la recolección del producto no entregaban a los almacenes todo lo que recibían de los indios y lo retenían para negociarlos ocultamente. Se puso de acuerdo con sus compinches, investigaron y dieron con uno que lo escondía en las mismas estradas, hasta cuando tenía oportunidad de conducirlo a la margen del Putumayo y venderlo a los regatones. Lo hacia solo y en muy pequeña cantidad. Cedeño, con amenazas de delatarlo, lo obligó a hacerlo entre los cuatro y en mayor escala organizaron el pillaje, que dos veces les salió perfectamente, pero, uno de sus cómplices, descontento porque se quedaba con la mayor parte del botín, alegando ser el jefe, lo hizo denunciar por intermedio de un indio. El que los había contratado lo mandó apresar y conducir a su presencia y sin ninguna averiguación ni explicación, al pie de la escalera, de lo alto del empanado, ordenó que le quitaran cuanto tenía.
- ¡Así que usted se estaba robando el caucho que debía entregar! - le gritó - ¡No le meto un tiro porque yo no mato perros!... ¡Y necesito saber quienes son sus cómplices!... ¡Ya va a ver como lo hacen hablar los barbadenses! ¡Enciérrenlo! - y se metió en el tambo.
El apresamiento encontró a Cedeño de sorpresa, no se lo imaginó ni podía comprender cómo pudo ser descubierto, pero sospechó del rufián que había quedado descontento. Lo llevaron a un tambo de sólida construcción que se utilizaba como prisión, donde quedó hirviendo rabia y pensando qué hacer para huir. Las fuertes ponas del cerco sólo estaban amarradas con “tamshi”, pero no tenía con que cortarlo; buscó uno de sus nudos y trató de deshacerlo con los dedos, consiguiéndolo tras largo esfuerzo y rompiéndose las uñas hasta sangrarlas. Luego le fue fácil separar tres ponas, haciendo espacio para que pasara su cuerpo.
Caía la tarde; espero que oscureciera y con mucha cautela se dirigió al tambo que ocupaba con sus compañeros, quienes al verlo se alarmaron.
- ¡Silencio! - les pidió - Nadie me ha visto, quiero esperar a que oscurezca más para escapar, tú, hazme el favor de ir a distraer a los otros para que no vengan y tú quédate para que me ayudes.
Impresionados por la audacia que demostraba obedecieron; fríamente calculó Cedeño que nada ganaba con denunciar a sus cómplices, su suerte no variaría; simulando conformismo podía obtener ayuda y hasta podía vengarse del que sospechaba que lo había adelantado y era el que hizo que se quedara.
- Estoy jodido - le dijo - tienes que ayudarme para poder largarme.
- ¿Pero cómo?
- Todo me han quitado, dame un poco de plata y tu machete.
- Pero tú sabes que aquí yo no tengo nada, está en el escondite.
- Dame siquiera diez soles.
El tipo le miró con atención. Era incapaz de sentir compasión, su conciencia avivaba su desconfianza, pero, el haber sido cómplices, cierto remordimiento y más que todo el temor de que lo complicara al hablar si no huía, le impulsaron a ayudarlo.
- Has tenido suerte - trató de consolarlo - Me han dicho que a otros los han matado ahí mismo, así que aprovecha y lárgate. Sólo tengo cuatro soles, pero no puedo darte mi machete - y se metió la mano al bolsillo para sacarlos.
Cedeño actuó como un relámpago. Al verlo con la mano dentro el bolsillo se arrojó contra él derribándolo, se le puso encima sujetándolo por la garganta con las dos manos y aplastándole ambos brazos con las rodillas. Cedeño era forzudo, el ataque fue tan sorpresivo, violento y desesperado, que por más esfuerzo que hizo el agredido no pudo desprenderse ni gritar... siguió apretándole la garganta fuertemente… ahogados estertores... poco a poco los pataleos cesaron y el tipo quedó exánime.
Lo soltó, le dio la vuelta, le quitó el machete de la cintura, lo volvió de nuevo, le quitó la mano del bolsillo, buscó en él, encontró más dinero del que le había pedido y se lo guardó. Agachado salió, miró a todos lados de la penumbra y arrancó a correr por entre el monte huyendo del lugar.
Varios días después, extenuado y hambriento llegó a la orilla del Putumayo. Una canoa que bajaba con unos witotos lo pasó a la orilla opuesta en un sitio habitado por peones caucheros, que le dieron de comer; con sus indicaciones se dirigió al centro buscando el río Algodón. Seguía huyendo porque en todas partes creía encontrar gente que pertenecía a la empresa de cuyos dominios huía, hasta que llegó a las cabeceras del Ampiyacu y dio con el campamento de Pinedo.

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