sábado, 29 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO IV

ROMANCE

Sólo alguien muy observador se hubiera dado cuenta de la significación que tuvo para Teresa y Roberto, el fugaz encuentro que culminó en el suave apretón de manos que se dieron al ser presentados.
Vuelta la normalidad se reanudó la fiesta y atendiendo la invitación de Manuel, Roberto ingresó al salón, lo cruzó lentamente haciendo inclinaciones a quienes lo miraban, atraído por algo que no veía, sin saber qué buscaba; maquinalmente se dirigió al segundo salón y sin pensarlo se encontró apoyado en la baranda, mirando a las personas que estaban en el jardín. De pronto se fijó en cuatro chicas sentadas en torno a una mesa, escuchando a dos jóvenes que hablaban en voz alta con ostensibles ademanes, Teresa era una de ellas y le separaba apenas cinco metros. Sintió impetuoso deseo de acercarse, pero no conocía a ninguno de los demás, miró en torno suyo, todos le eran extraños; Pinedo, Ponciano y otros caballeros habían desaparecido, doña Maria departía con otras señoras en el salón principal. Se sintió aislado.
Teresa lo vio acercarse a la baranda y tuvo un sobresalto, inquieta, nerviosa lo miró a hurtadillas huyendo de su mirada; de pronto se puso de pie como para irse, se dio cuenta de su inconsciente impulso y volvió a sentarse; no escuchaba la conversación, casi sentía las miradas de Roberto.
- ¡Vamos a la sala! - dijo a sus amigas.
- ¡No! - protestaron a coro - ¡Qué te pasa!... Estamos bien aquí.
Inmóvil Roberto seguía mirando el grupo, se concentró en Teresa buscando ansiosamente su mirada y encontró sus negros ojos que parecían interrogarle, atraerle, decirle ¡Ven!... ¡Aquí estoy!... Pero la presencia de aquellos jóvenes, desconocidos para él, la música que inundaba el ambiente, el vertiginoso girar de las alegres parejas que hablando y riendo pasaban a su lado le producía la impresión de interponerse entre ellos, creaba en su ánimo la desagradable sensación de no estar donde le correspondía. Confundido bajó la vista reprochándose su timidez, su indecisión y quedó pensativo.
Sin valor para acercarse a Teresa, sin aliento para disputar su compañía, sin entusiasmo para participar de la alegría de la fiesta, se sintió insignificante, herido en su amor propio. Lentamente se dio la vuelta, se volvió para mirarla por última vez y se escurrió por entre las parejas que bailaban, dirigiéndose a la calle. Disgustado consigo mismo caminaba como sonámbulo, mirando solo vacío, incapaz de ver a quien se hubiese cruzado en su camino.
Al otro día, impaciente, esperó la hora oportuna para salir a tierra; había olvidado que Manuel, en la breve conversación de la noche anterior, le habló de las escopetas por componer, pero algo le atraía hacia su casa. Caminó en dirección a ella, con prisa al principio, que fue disminuyendo a medida que se acercaba, llegó, pasó frente al patio y a cierta distancia se detuvo; la calle estaba desierta, sin darse cuenta volvió sobre sus pasos.
- Pero... ¿Qué busco? - murmuró entre dientes, deteniéndose nuevamente después de haber vuelto a cruzar el patio. De repente recordó lo de las escopetas - ¡Ah! - exclamó - resueltamente se dirigió a la entrada, ingresó hasta la de la casa, la puerta estaba abierta de par en par; miró hacia dentro, no había nadie. Los muebles y todo el salón estaban en desorden. En aquel instante llegaron corriendo y entraron dos muchachos, detuvo a uno de ellos y le preguntó:
- ¿Está don Manuel en la casa?
- No, joven, está en su almacén.
Y sin más explicación ingresó, cogió dos sillas, las juntó por los asientos, las levantó, metió la cabeza por entre las patas para sostenerlas y salió corriendo tras del otro que había hecho la misma operación. Al quedarse solo iba a tocar la puerta, pero una lateral interior se abrió suavemente y en el mareo apareció Teresa.
- ¡Ay! - casi gritó y volvió a meterse.
Roberto, que al verla sintió un repentino vacío en todo su ser, no tuvo tiempo de pensar qué iría a decir; inmóvil en el umbral trató de serenarse y tocó suavemente. Salió Teresa como sí de dentro la estuviesen empujando
- Buenos días señorita - su voz no era firme - creo que se ha asustado... ¿por qué?
- Buenos días, joven - contestó con leve trémulo en la voz - Yo pensaba que no había nadie - le tendió la mano que Roberto cogió como si fuera a escapársele.
Vestía con sencillez una holgada blusa blanca de género no muy fino, con cuello cerrado y largas mangas, sobre una falda de amplios pliegues, que con inútil complicidad trataban de ocultar sus atractivas formas juveniles; suelto el liso caballo que le cubría la espalda, enmarcaba las líneas armoniosas de su cara, sus negrísimos ojos de suave mirar, su boca sonriente de tentadores labios; sin ningún tipo de afeites, hacían un conjunto que la colocaba entre las bonitas. Siguió un breve y embarazoso silencio que hacia contraste con sus sonrientes miradas e inocultable complacencia. Roberto, inconscientemente trató de retenerle suavemente la mano, pero ella, con la misma suavidad se la quitó.
- Don Manuel... tu papá... - empezó vacilante - he venido a ver a tu papá...
- Él está en el almacén... ¿para qué le quieres?
- Me dijo que tiene unas escopetas malogradas.
- ¡Ummm! - la típica modulación nasal que índica haber comprendido, recordado algo - Aquí no hay nada, deben estar en el almacén.
En aquel instante volvieron a entrar corriendo los muchachos de las sillas y repitieron la operación para llevarse las otras.
- Mejor espérale... ¡Julián! - se dirigió a uno de ellos - vete a decirle a mi padre que el joven Ríos está aquí y le necesita.
Pudo haber dicho al muchacho que lo guiara al almacén, que estaba cerca, o haberle indicado a Roberto el sitio para que fuera; Roberto igualmente pudiera haber dicho ¡Voy con el muchacho! o preguntado dónde quedaba el almacén, pero ambos, impulsivamente hacían por no separarse. Otro silencio siguió a la partida del muchacho. Teresa, al parecer más tranquila o más deseosa de explorar la desconocida emoción que sentía lo rompió diciendo:
- ¿Tú eres maquinista de la lancha? - parecía dudar viéndolo tan joven.
- Sí, soy el segundo maquinista.
- ¿Y dónde vives?
- En Iquitos. Allá tengo a mi madre y un hermano - se animó - Tú, ¿tienes hermanos?
- No - con disgusto - Solo somos mi padre, mi madre y yo. Cuando mi padre va en las comisiones nos quedamos solas.
Hablaba con viveza, animada de repentina confianza, sin la vacilación y la ansiedad que la embargó cuando de pronto vio a Roberto. Éste recobró también su aplomo. ¿Por qué había de sentirse tímido delante de Teresa? - pensaba - ¿Qué tenía ella distinto o que no tuvieran las otras chicas que conoció?... ¿Más bonita? No podía asegurarlo. ¿Su modo de mirar?... ¿Su sonrisa?... ¿Su porte?... No podía precisarlo, pero se sentía atraído irresistiblemente, cautivo casi.
- ¿Te has ido alguna vez a Iquitos?
- Una vez, hace ya mucho tiempo, pero casi no me acuerdo de nada, era muy pequeña.
- Tu papá y tu mamá deben ir siempre.
- Mi papá sí, mi mamá no, porque no quiere dejarme sola. Mi padrino quiso que fuera a vivir en su casa para seguir la escuela, pero mi mamá se opuso terminantemente, no quería ni oír sus razones. Yo quisiera ir a conocer, alguna vez me llevarán.
Continuaron la conversación hasta que llegó Manuel apresuradamente.
- Buenos días, señor Pinedo.
- Buenos días, Roberto... ¡Pero hija!... cómo no has avisado a tu madre... ¡Ni siquiera has invitado a sentarse al señor Ríos!
- ¡Papá!... Él me dijo que le necesita a usted.
- Disculpe, Roberto, todo está en desorden todavía... ¡Pero, siéntese! - le acercó una silla - ha venido a ver las escopetas ¿No?
- Gracias, don Manuel, no se moleste. Sólo quiero ver si es posible arreglarlas, para llevarlas hasta mañana, pues el comandante ha dicho que pasado mañana debemos zarpar.
- L1évalas nomás!... Si no tuviera tiempo de arreglarlas hasta mañana, a su regreso, para ir al Putumayo me las entrega. Como el “caño” está “crecido” podrá entrar el vapor hasta el puerto.
Un hombre apareció con cuatro escopetas de avancarga al hombro.
- Dame una y arrima las otras - le dijo, y dirigiéndose a Roberto se la pasó - Aquí tiene una, con ojos de experto la examinó detenidamente, hizo igual con las otras y al terminar preguntó:
- ¿Tiene usted “chimeneas”
- Sí. De varias medidas.
- Las chimeneas ya están malas y no se ajustan porque los filetes de las roscas se han corrido. Creo que puedo arreglarlas hasta mañana. Déme usted, cuatro chimeneas.
- Las tengo en la tienda, voy a traerlas. Tenga la bondad de esperar un momento, mi mujer lo atenderá mientras vuelvo - voy por ella - y se introdujo por la entreabierta puerta lateral.
Volvieron a quedar solos, pero no tuvieron tiempo de reanudar la conversación, pues inmediatamente reapareció con doña María. La saludó Roberto, contestó ella, Manuel pidió permiso y salió.
- ¿Ha esperado mucho tiempo? - preguntó Maria con tono que no se podía asegurar que fuera lamentándolo o por medir el tiempo que estuvo con Teresa.
Su mirada fría, incisiva, parecía taladrar el pensamiento de Roberto buscando la respuesta, se le despertó un repentino y vivo interés por conocerlo más, saber como era; su calidad de varón y su apuesta apariencia se le antojó peligrosa para su hija, recién en el umbral de la vida; su mentalidad pueblerina, llena de prejuicios y convencionalismos de la época, la imaginaba expuesta a los peligros y asechanzas que su inocencia le impedía conocer. No estaba segura de haber sabido prepararla para enfrentarse a ellos, pese a que desde muy tierna edad la tuvo sujeta a cuidados y vigilancia de impertinente exageración, pero en un hermético encierro de equivocados conceptos de moralidad y pudor.
- ¡Cúbrete! - le dijo una vez escandalizada, cuando ya crecida pero impúber, se presentó un día con el pecho desnudo y el vestido en la mano, a preguntar si era el que debía ponerse - una niña no debe mostrarse nunca desnuda, porque su cuerpo está hecho a imagen y semejanza de la Virgen y no debe ser visto por nadie.
De modo que cuando Teresa llegó a mujer, ni siquiera estuvo enterada de las incomodidades mensuales que debía soportar y la primera vez que le ocurrió sintió tal espanto, pensando que iría a morir, que sólo por ese temor se lo dijo a su madre, la que, sin ninguna explicación la ayudó y previno para lo sucesivo. Ella, que había sufrido la experiencia en las mismas condiciones, no atinó a proceder de mejor manera; con su imprudente reserva creía estar conservando la inocencia de su hija y cumpliendo a cabalidad su misión de madre, no esperaba confidencias ni podía ofrecer consejos. Teresa estaba pues a merced de las circunstancias y de sus propias emociones.
Al dejar de ir a la escuela, poco más de un año antes, su madre ya no la dejó salir sola y en la idea de completar su educación la hacia leer “El almacén de las señoritas”, el “Manual de Urbanidad” y otros libros
por el estilo e hizo que Manuel buscara consejo para comprarle otros adecuados, de suerte que vivía casi enclaustrada, aislamiento que le provocaba un vivo deseo de buscar con amigas de su edad, esparcimiento, comunicación e información que colmara su curiosidad e ignorancia. La conseguía a escondidas, pero incompleta y con peligrosas deformaciones.
Cuando vio a Roberto se sintió irresistiblemente atraída y su imaginación empezó a crear un caudal de procelosas ilusiones, pensó en como se habrían conocido sus padres, ¿Le estaría sucediendo algo semejante? La fantasía aguzó su femenina curiosidad, pero... ¿La satisfaría su madre? ¿Pensaría en los mismos términos que ella? Presentía que de sus labios nunca lo oiría, porque sabia que consideraba una ofensa a su pudor hablar sobre tales temas.
Continuó la conversación entre preguntas de Maria y respuestas de Roberto sobre sus viajes, lo que hacia, como vivía; parecía que quisiera informarse en detalle de cuanto le concernía. Volvió Manuel y poniéndole en la mano una cajita de cartón le dijo:
- He traído todas las que tengo para que usted mismo escoja.
Roberto la abrió, con calma seleccionó cuatro piezas y le devolvió la cajita.
- Estas voy a llevar - se las enseñó - y también las escopetas.
Se volvió a María con ademán de despedirse. Teresa, que lo estaba observando ¿Se va? - pensó. Apenas se habían saludado, la conversación fue toda con su madre... súbitamente recordó algo:
- ¡Mamita!... ¿No dijo usted que su máquina estaba malograda?
- No es nada, sólo rompe el hilo, pero no siempre...
Roberto se contuvo. Cogió al vuelo la oportunidad y la interrumpió.
- Puede ser un pequeño defecto, señora, si usted quiere que la vea lo haré ahora mismo.
- ¡No, no! - protestó María - sería mucha molestia y usted tiene que volver al trabajo.
- No señora, mi guardia es de doce a seis y aún es muy temprano.
Manuel intervino. Le estaba creciendo la simpatía hacia Roberto, que naciera por la oportuna intervención que tuvo en el pleito de la noche anterior y abonaban en su favor sus maneras, su mirada franca, casi transparente; tenía que ser, necesariamente, una buena persona.
- Es usted muy amable, pero no debemos abusar de su tiempo.
- Ni lo piense, señor Pinedo, para mi es una distracción; además aprenderé a conocer cosas modernas - y dirigiéndose a Maria - ¿De qué marca es la máquina señora?
- New Haven. Manuel pidió una Singer, pero parece que se equivocaron o no la tuvieron y nos enviaron otra marca... bueno - cedió - vamos a que la vea.
Manuel se disculpó de nuevo con Roberto, recomendó a Maria que lo atendiera y salió. María lo guió a la habitación contigua y Roberto se enfrascó en el examen de la máquina. Al cabo de un momento pidió un trozo de tela. Teresa, juguetona le preguntó:
- ¿Vas a coser?... ¿Sabes coser?
- ¡Teresa! - le reconvino María - ¿Cómo te atreves a tutear al señor?
- ¿Porqué no señora? - la defendió - no tiene nada de malo y me hace creer que fuera mi hermana. ¡No tuve la suerte de tener una hermana!
María buscó la tela y se la entregó. En aquel momento alguien tocó la puerta, Teresa salió a ver y volvió luego.
- Mamita... Ahí está la comadre Fidelia... dice que la necesita.
- Dile que pase... ¡No!... quiso llevársela, pero era una descortesía dejar solo a Roberto... ¡Y dejar sola a Teresa con él! - no había alternativa y se resignó -... Discúlpeme un momento, señor, y se fue.
Se miraron sonrientes, congratulándose mentalmente por haber logrado un triunfo. Roberto notó la indecisión de María e intuyó el motivo.
- Tu mamá es muy desconfiada.
- ¡Si tú supieras!
- Pero yo no voy a llevar nada de aquí - tratando de sondear el pensamiento de Teresa.
- No es por eso. Lo que ella no quiere es que me quede sola contigo, aclaró con un dejo de disgusto.
- Eso será porque soy un extraño, pero con tus amigos te dejará hasta ir de paseo.
- ¡Nunca!...Y yo no tengo amigos - aclaró de nuevo - amigas unas pocas, pero ni con ellas me deja ir sola siempre con mi mamá. Algunas veces a un cumpleaños voy con mi mamá y mi papá.
- Bailas muy bien, anoche te he visto - mintió Roberto.
- ¡Mentiroso!... Sólo he bailado dos veces antes que llegarás tú.
-¿Con quién?
- Con mi padrino y con Antonio.
- ¿Quién es Antonio?
- El hijo del señor Ramírez, un empleado de mi padre.
- ¡Ah!... ¿No es uno de los que estaba conversando con ustedes en el jardín?
- Si.
- ¿Y qué te decía?... Por su modo de vestir parece que no vive aquí.
No. Ha llegado de Europa, donde su padre le ha mandado a estudiar. ¡Yo no creo “nadita” de lo que cuenta!
- Seguramente te decía que eres muy bonita... que te quiere...
- Te juro que no! - con énfasis de protesta - yo le conozco desde muchacho, cuando estábamos en la escuela de doña Lucinda... ¡Qué va a decirme nada!... Sólo habla de París, de Mon... ¡No sé como dice él!
En sus palabras, en su acento, en sus ojos, se translucía la ingenuidad, la inocencia, la verdad sin adornos ni rebuscamientos.
- Y si yo te dijera que eres bonita, que me gustas, que no he encontrado hasta hoy ninguna muchacha como tú…
- Ya “vuelta” engañas - interrumpió Teresa, ruborizándose levemente.
- De veras - continuó casi con seriedad - no sólo eres bonita, tienes algo más que... no sé como pudiera explicarte… algo que en cuanto te vi., cuando me diste tu mano anoche, me ha...no sé como decir... he sentido como fiebre, frío, miedo... creo que he temblado, parecía que me asustaras... ahora mismo ¡Ve! - le tomó la mano que tenía apoyada en la mesa de la máquina - ¿No estoy temblando?
Teresa le escuchaba atentamente, casi absorta, sus ojos se fueron abriendo lentamente hacia un gesto de asombro y ansiedad, sus labios entreabiertos temblaban ligeramente; bajó los ojos y abandonó su temblorosa mano a la de Roberto, que agregó la otra para apretarla con una suavidad de arrobamiento que pareció sumirlos en un éxtasis de muda comunicación… en una eternidad de placer que les inundó de pies a cabeza y se soltaron como asustados... Siguió un breve silencio; Roberto no sabía como continuar, Teresa no sabía que contestar, de hacerlo habría repetido exactamente lo dicho por él, pero se atrevió:
- Yo he sentido lo mismo, pero... ¿Porqué no te acercaste anoche en el jardín?
- Tenía miedo... sí, miedo de sufrir un desaire por ser un desconocido, después de haberme hecho una ilusión, pero no he podido resistir el deseo de verte de nuevo… por eso he venido.
- ¡Miedo!... ¿Y como no tuviste miedo del colombiano? ¿Y no tenías que venir a ver las escopetas?
- Éste ha sido mi pretexto, pero dejemos las escopetas... ¿Cómo hacemos para volver a vernos?... ¡Ojalá seas tú quien me reciba cuando las traiga mañana!...Ahora que regreso a Iquitos le contaré a mi madre que me encontré con unos paisanos que la conocen y tienen una hija que me gusta... Se va a alegrar y querrá conocerte, porque nunca le conté de ninguna enamorada.
- ¡Pero Roberto!... Mi mamá me dice siempre que soy una niña... ¡Como voy a ser tu enamorada!
- Cuéntale lo que te he dicho.
- ¡Qué le voy a contar!... Me da vergüenza... ¡Y miedo!...Si le dijera algo seria para que me “pegue”...
- Qué hacemos entonces...
Se oyó fuera la voz de Maria.
- ¡Teresa! ¡Ven un momento!
- Ya vengo Roberto.
La siguió con la vista y se quedó mirando la puerta por donde salió como si la estuviera viendo… de pronto volvió en sí. ¡Nada había hecho con la máquina! Apresuradamente manipuló en ella, luego colocó el trozo de tela la hizo funcionar cosiendo en uno y otro sentido, observó la costura y con muestras de satisfacción se repantingó en la silla. Se sentía contento, invadido de una placentera confianza y plenitud, le parecía estar oyendo con melodiosa entonación las palabras de Teresa: “Yo he sentido lo mismo que tú”... Le parecía sentir el calor de su mano en las suyas como una tibia llama que se extendía en toda su piel, erizando sus poros para adentrarse por ellos al fondo de su ser... Tan ensimismado estaba que no vio entrar a María, la que al verlo, sonriendo forzadamente le dijo:
- Se ha quedado usted dormido.
Se levantó como un gato asustado.
- No señora, disculpe usted, estaba esperándola para que pruebe su máquina. Ahora ya no va a romper el hilo.
- Vamos a ver.
Se sentó y empezó a coser sin descanso largo rato en silencio, luego, con un gesto de complacencia comentó:
- Yo no quise decirlo para que no se molestara, pero ya no se podía coser... ¡Ahora está muy bien!... ¿Cuánto le debo por su trabajo?
- No me debe nada, señora. Sólo estaba muy ajustada la lanzadera, la aflojé un poquito y nada más.
- Pero… ha tomado usted su tiempo. Le diré a Manuel para que le compense en alguna forma.
- Muchas gracias, señora, le repito que no es nada y me complace que haya quedado satisfecha... Me voy, señora.
Sentía impulsos de preguntar por Teresa, se dirigió al salón acompañado de Maria, luego a donde estaban las escopetas, se inclinó con ademán de cogerlas, pero Maria le contuvo diciendo:
- No se moleste. Mi marido me ha dicho que va a mandarlas con uno de los peones.
- No es necesario, yo puedo llevarlas.
- ¡Déjelas nomás! Si tiene apuro por sus obligaciones puede irse.
Su acento más parecía decir: ¡Ya es tiempo de que se vaya! - le tendió la mano agregando:
- ¡Hasta luego!

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