jueves, 6 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO

CAPITULO I

EL AGRADECIMIENTO DE UN BRUJO Y LAS ALUCINACIONES DE UN ESCÉPTICO

Cruzando las sombras con ondulantes alaridos el viento hendía furiosamente la negrura de la noche, todo el monte, violentamente azotado, se doblaba a su paso en obligada reverencia. Las cimbreantes palmeras se mecían trepidantes con sus penachos levantados, como si invisibles y poderosas manos tiraran de ellos intentando descuajarlos; los frágiles ceticos se quebraban, volaban y caían revolcándose como esqueléticos despojos heridos por la muerte; las pesadas ramas de las robustas lupunas se desgajaban ruidosamente y arrimaban al tronco, sostenidas por sus desgarradas fibras, resistiendo a desprenderse.
Fugazmente se inundaba el firmamento con una blancura aterradora que iluminaba la imponente conjunción de la naturaleza desencadenada en brutal manifestación de su poder, con estruendoso estallido de mil explosiones, que atronaba todos los ámbitos y se perdía rebotando en la oscuridad. Un torrente desbordado oblicuamente de la abierta inmensidad ensordecía con interminable bramido
Las aguas del río, batidas por el viento tumultuoso y desordenado oleaje sacudían entre sus ondas, palos, gramalotes, troncos de árboles, arrastrados de las orillas.
Los elementos parecían haber unido su terrorífico poder para estremecer la verde selva, celosos de su imperturbable inmensidad.
Desafiando el fragor de la tempestad un barco surcaba el río; sorprendido por la tormenta en plena travesía el práctico buscaba un lugar apropiado para acoderar. A la luz de los relámpagos sólo veía barrancos inaccesibles, sabía que cerca estaba un puesto, una pequeña hacienda y pensó que sólo le quedaba el recurso de llegar hasta él para encostar hasta que pasara el temporal. La lluvia barría las dos cubiertas, no podían bajar las cenefas para protegerse porque el viento batiendo contra ellas habría desviado su rumbo, podía escorarlo, hacerlo zozobrar; práctico y timonel, completamente empapados en el puente, taladraban las sombras con sus miradas para evitar cualquier peligro. De pronto un grito:
- ¡Cuidado! ¡Ahí viene un palo!
De la oscuridad, como amenazante fantasma, surgió frente al barco un enorme tronco que se acercaba peligrosamente; el timonel giró violentamente la rueda del timón, el comandante, que al oír el grito salió de su camarote se abalanzó al telégrafo de maniobras y de un golpe mandó parar la máquina. Viró el barco eludiendo el choque, pero el tronco pasó golpeándose ruidosamente contra el casco; con un suspiro de alivio mandó poner de nuevo en marcha la máquina: poca… media... a medida que aumentaba la velocidad, una notable trepidación iba sacudiendo el barco, más... y más... Alarmado, utilizando el sistema acústico a la sala de máquinas preguntó qué estaba ocurriendo.
- Parece que la hélice ha chocado con el palo y se ha roto... o se ha torcido el eje propulsor, fue la respuesta del maquinista de guardia.
- ¡Maldición!... ¿Se podrá seguir navegando?
- Bueno… podemos seguir, pero... sólo a media fuerza. Tiembla mucho la máquina.
- ¡Tiembla todo el barco! - corrigió el comandante y dirigiéndose al práctico le preguntó:
- Qué dices, Soria, ¿Faltará mucho para llegar a un puerto?
- Hay uno cerca, pero a media fuerza, con este viento y la turbonada vamos a demorar mucho. Mejor seria atracar, aunque sea en el barranco, hasta que pase la tempestad.
- ¡Sí! -contestó el comandante tras breve reflexión- Creo que es lo más prudente.
Maniobrando con gran cuidado, el práctico acercó el barco al barranco, un marinero saltó a tierra, a gatas se subió hasta lo alto, recibió el cabo que le tiraron y lo amarró a un grueso tronco, la tempestad no cedía en su furor, la turbonada seguía sacudiendo el barco, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el riesgo había disminuido y pudieron bajar las cenefas para protegerse de ella. Pasajeros y tripulantes estaban todos despiertos, incómodos e intranquilos.
Amaneció. Como huyendo de la luz, la tempestad fue amainando, pero la turbonada sacudía igual. De pronto el marinero de guardia en el puente gritó:
- ¡Ahí baja una canoa “virada”!... ¡Están “queriendo” llegar a tierra!
Todos se acercaron al puente y a la borda. Por entre la bruma de la llovizna y del amanecer vieron a cuatro personas sujetándose desesperadamente a una volcada canoa, haciendo esfuerzos con una mano como remo, para acercarla a la orilla. Sacudidos por la turbonada se aproximaban a la proa del barco. Al darse cuenta del peligro, gritos de mujer entre los náufragos clamaron:
- ¡Socorro... socorro!... ¡Vamos a chocar!
Escasos segundos y se produjo la colisión, los cuatro fueron despedidos y desaparecieron entre las turbulentas aguas, la canoa se arrimó al casco del barco por el lado del río y siguió bajando; todos miraban; alguien gritó:
- ¡Aquí están!
Entre el barranco y el barco salieron a flote dos mujeres y un hombre, les tiraron cuerdas a las que se sujetaron y los subieron inmediatamente; una de las mujeres al no ver al cuarto náufrago exclamó:
- ¡Mi padre se ha ahogado! -empezó a llorar a gritos y la otra se sumó a sus lamentos.
De nuevo se acercaron a la borda a mirar el río buscando al que faltaba, no se veía a nadie; el segundo maquinista que había salido de guardia se acercó también, de pronto uno, señalando a cierta distancia de la popa del barco gritó:
- ¡Allá está!... ¡Está “queriendo ahogarse”!... ¡No puede agarrarse a la canoa!
Todos lo vieron haciendo esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la canoa, se hundía y emergía, el oleaje lo cubría y lo reflotaba arrastrado por la corriente.
- ¡Bajen la canoa! - se oyó la voz del comandante.
La canoa colgaba de los pescantes de proa, había que hacer una maniobra para bajarla... ¿cuánto tardaría?... El náufrago se perdía entre el oleaje. De pronto un hombre se subió a la borda, se lanzó al río y nadando vigorosamente se dirigió hacia él.
Instantes de expectación que parecieron eternos... al fin se vio sujetándolo para mantenerlo a flote y nadando con un brazo hacia la orilla; parecía encontrar resistencia en que se le agotaran las fuerzas. Mientras tanto la canoa fue bajada, dos marineros se embarcaron y bogando apresuradamente fueron en su auxilio, los recogieron y regresaron a bordo. El náufrago estaba inconsciente. Uno de los presentes hizo que lo tendieran boca abajo sobre la escotilla y para hacerle expulsar el agua que había tragado le hizo presión intermitente entre los omóplatos, luego lo volteó y entre todos, con masajes, movimiento de brazos y tragos de aguardiente lo reanimaron. Tenía una herida que le ensangrentaba la frente, el espontáneo se la limpió, le aplicó una improvisada compresa y la sujetó con un pañuelo; en la colisión se había golpeado contra la proa y casi perdió el conocimiento hasta no poder gritar pidiendo auxilio, el instinto de conservación hizo que lograra mantenerse a flote, pero ya se estaba hundiendo cuando llegó su salvador.
Se sentó, las mujeres seguían llorando, pero con manifestaciones de alegría al ver a su padre mirando a todos, como buscando ansiosamente algo. Todos lo miraban sonrientes.
- ¿Quién es el que me ha salvado? - preguntó.
- Ha sido don Roberto, el segundo maquinista -contestó uno- ha ido a cambiarse de ropa.
El primer maquinista, Guillermo Swayne, que estaba cerca, se dio la vuelta, fue en su busca y al cabo de un momento volvió con él cogido del brazo. El herido se puso en pie con cierto esfuerzo, se le acercó haciendo ademán de abrazarlo, pero al verlo cambiado y verse todo mojado, se contuvo, extendió la mano diciendo:
Quisiera abrazarte por lo que me has salvado, pero te voy a mojar con mi ropa. No sé cómo darte las gracias - estrechó fuerte y efusivamente la mano que el llamado Roberto le tendió.
De repente, como inspirado, buscó algo en el pecho, lo cogió, de un tirón rompió un hilo de “chambira” con el que lo tenia atado y poniéndoselo en la mano que estaba apretando, añadió:
- Toma esto para que te ayude en todo los peligros y te de buena suerte. No lo dejes nunca. Yo te doy como agradecimiento porque me has salvado arriesgándote.
Roberto miró el objeto, los que lo rodeaban hicieron lo mismo: era un colmillo de aproximadamente seis centímetros de largo, con un pequeño orificio que atravesaba la parte más gruesa, para el hilo que lo sujetaba. Swayne miró burlonamente al donante.
- Debe ser muy bueno ese diente -le dijo- pero si tu amigo no se tira a tiempo, con diente y todo te hubieras ahogado.
El hombre lo miró oblicuamente con gesto de reproche.
- Nunca te burles, señor, de lo que no crees - le respondió- Yo sé muchas cosas que otros no saben. Los animales, las plantas y hasta la tierra que pisamos son una bendición y existen para servirnos y ayudarnos. Si hablaran ellos mismos se ofrecerían para ayudarnos a hacer nuestra vida más sana, más fuerte, más larga; los que sabemos que nos quieren ayudar aprendemos poco a poco, viviendo con ellos. No son secretos, no están escondidos, porque el monte es bueno, no hace mal a nadie, allí puede vivir toda la gente que quiere.

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