jueves, 10 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO V

EL SIMPLE ORIGEN DE LA VIDA

Manuel era hombre de nobles y generosos sentimientos, incapaz de pensar en la maldad humana, porque no la había visto ni menos sufrido; no tuvo su vida sombras que la nublaran. La única desgracia que le afligió hasta la desesperación, la muerte de sus padres la afrontó con dolorosa resignación como un inescrutable designio del destino. El recuerdo del cariño que le prodigaron, la memoria de sus bondades y sus consejos, con la ayuda del tiempo, mitigaron su dolor; el ejemplo que le dieron no dejó en su alma ningún lugar a la malicia o al resentimiento; se consideraba un hombre afortunado y su principal preocupación fue siempre el bienestar de los que le rodeaban
En los negocios su honestidad le guiaba a tratar que sus clientes encontrasen en ellos la satisfacción que buscaban, actitud que despertaba la confianza de cuantos negociaban con él, quienes, comentando su trato, le conseguían muchos más, con los que multiplicaba sus utilidades. Con sus empleados y peones compartía el esfuerzo, las penalidades y los peligros, impulsándoles a serle fieles, leales e incapaces hasta de mentirle.
Las explicaciones y súplicas de Cedeño le hicieron pensar que los efectos del licor le arrastraron a un mal momento, lo vio enfermo por el paludismo, que parecía no ceder pese a los medicamentos que le hizo administrar; recordó que, a su modo, había demostrado interés por el trabajo y la producción del personal, proponiéndole castigos para los que no cumplían con sus entregas de producto, en fin, minimizó sus defectos y su repulsivo aspecto, su torvo mirar y sólo vio al hombre suplicante que clamaba ayuda.
- Está bien, concluyó - pero recuerde que a mi no me gusta la violencia porque con ella lo único que se consigue es más violencia, nunca un arreglo o una solución. Pero usted tiene que curarse bien, vaya donde doña Patricia para que le de sus medicinas; si se siente bien cuando despache la comisión la semana que viene, irá en ella, si no es así se quedará hasta que sane por completo.
Era lo que Cedeño buscaba: permanecer algún tiempo más para llevar a cabo el plan que estaba tramando; no se le apartaba el recuerdo de las bolas de caucho flotando en el escondido tapaje, le parecía fácil robar una canoa, embarcarlas, bajar al Amazonas y seguir hasta Manaos; la única dificultad que encontraba era tener que hacerlo solo. La tranquilidad del campamento era propicia para sus planes de rapiña e inmediata huida, no se sentía seguro, pues sabía que la empresa de la que había sido expulsado abarcaba con sus poderosos tentáculos extensas zonas de la región; había visto la extremada crueldad y rencor de sus empleados y capataces, que no perdonaban a quienes pretendían burlar su autoridad y temía a sus espaldas perseguidores que se imaginaba habían partido en su busca.
El personal de Manuel actuaba de muy distinto modo que el de la empresa del Putumayo. Los capataces se limitaban a recibir las remesas, pesarlas y esconderlas; Manuel, en cada viaje que hacía al campamento, controlaba el peso y la calidad del producto, pagaba a cada peón lo que le correspondía y lo embarcaba con destino a Caballo Cocha. El campamento era el centro de operaciones y siempre había peones nativos que tenían cerca su tambo y su familia, quienes acompañaban al empleado encargado del almacén.
Cedeño, que se hizo más conocido como “el colombiano”, buscaba solapada y afanosamente el cómplice que le hacía falta; le desesperaba encontrar siempre gente que veía en Manuel al patrón generoso que no daba motivo para la menor queja, hasta que un incidente le hizo pensar que el diablo se ponía de su parte. Dos trabajadores se pusieron a discutir por dinero que uno debía al otro; Morales, el deudor acusaba de pillo a González, alegando que quería cobrarle más de lo que le había dado en préstamo, éste, que Morales era un sinvergüenza que había olvidado el favor recibido y no quería reconocer una pequeña suma adicional que habían pactado; de la discusión pasaron a las amenazas y por último se fueron a las manos. Golpes, más golpes, ropas desgarradas, narices sangrantes... pero la pelea era desigual; Morales se abrazó tratando de evitar los golpes de González, éste lo cogió del cuello, forcejearon, rodaron por el suelo y se le subió encima, Morales pataleaba sintiéndose ahogado... Cedeño miraba indiferente, pero de repente se le ocurrió que podía sacar partido del pleito y acudió en su auxilio; cogió a González por los brazos y sacudiéndolo con fuerza para desprenderlo gritó:
- ¡Ya, vergajo!... ¡No abuses de tu fuerza!... ¡Déjalo ya!
González soltó a Morales, enfurecido se alzó y revolvió contra Cedeño, que sorprendido, no pudo evitar un golpe en la cara. - ¡Jijunagramputa! - vociferó y lo atacó a puntapiés, lo derribó, lo cogió de la camisa, lo alzó, lo golpeó dos veces en la cara con violencia y lo soltó.
- ¡Ya!... Si quieres pelear de veras ¡Cuádrate! - y se puso en guardia.
González, que estaba comprobando en carne propia la experiencia del colombiano en esta clase de líos, se quedó mirándolo jadeante y acobardado, Cedeño bajó los puños, se acercó al caído, lo ayudó a levantarse todo magullado y lo llevó fuera a reponerse. Calmados los ánimos, el agradecido Morales le ofreció su incondicional amistad, que era lo que esperaba para utilizarlo en favor de sus planes.
Así estaban las cosas cuando bajaron con la última remesa a Caballo Cocha, llevando todo el caucho del escondrijo, circunstancia que influyó en el ánimo del colombiano para estar de mal talante en la fiesta, pues ya consideraba suyo el producto.
Pocos días después, Manuel organizó la comisión para despachar con material de trabajo, víveres y trabajadores a los nuevos manchales del Algodón, de cuyo mando encargó a Morales. Al enterarse de la designación, Cedeño pensó aprovechar de la coincidencia y viajar con él; dijo a Manuel que ya se sentía bien y podía regresar al trabajo. Consintió y partió con la comisión.
Era un largo viaje por el Amazonas y el Ampiyacu, para luego tomar el varadero hasta el Algodón. El inmenso y turbio caudal del río rey, que se pierde en la distancia como lejano y plateado espejismo de interminables “vueltas” y “estirones”, parece tragar o sacar de sus fondos las orillas, a medida que se aleja o avanza el navegante.
Su impetuosa corriente se resiste al empeño de surcar los “remansos” que se convierten en raudos y amenazantes remolinos; pero el hombre de la selva, al impulso del acompasado y monótono ¡cran... cran... cran! del golpe de los remos en la borda de la canoa, imperturbable los desafía y los vence.
Remota les resultaba la ansiada boca del Ampiyacu, río menos ancho y más tranquilo, donde el agobiante calor se diluye a través de las altas copas de los árboles y los reflejos de los rayos solares parecen hundirse en sus cristalinas aguas para apagar el fuego que hiere los ojos como flechas luminosas. Silenciosos, impasibles los bogas, no sienten el correr de las horas ni los días; una que otra frase, típicamente breve, expresa su cansancio, su apetito, su ansiedad de llegar al tambo para pasar la noche.
- ¡Duele el sol ’on!
- Shibeen esos...
Y uno de los bogas deja el remo, abre su bolsa enjebada y saca su “pate”
con el que recoge agua del río; de un “panero” extrae unos puñados de
fariña y los pone en el pate, lo revuelve con los dedos, bebe un poco
y se lo pasa a uno de sus compañeros, que también bebe y así a cuantos quieran hasta que se agota el contenido que calma apetito y sed al mismo tiempo. Donde no hay tambo para pasar la noche, lo construyen con rapidez y habilidad de hormigas, prenden fuego y con el descanso y su frugal alimento reponen sus energías.
Cedeño buscaba conversación a Morales esperando averiguar qué tanto era posible contar con él para sus planes y el momento propicio para confiárselo, pero tropezaba con una muralla de sencilla honestidad, que no creía posible en una mentalidad indígena y lo exasperaba hasta casi no poderse contener.
- ¡Qué le voy a engañar a don Manuel! El es muy bueno, nos da todo lo que le pedimos.
- Eres un tonto… no ganas lo que debías ganar, tu trabajo vale más y cualquier patrón te pagaría mucho mejor… en cualquier parte ganarías más.
- Yo no quiero irme, estoy muy bien con don Manuel.
- ¿Y por eso estás contento con lo que ganas?
- Si... - casi con resignación - todos ganamos lo mismo - y con cierto entusiasmo - y en cada comisión, don Manuel nos da nuestra gratificación.
- Y cuando llevan las remesas ¿no se pierde ninguna bola?
- ¡Nunca!... Pero una vez, cuando estamos “chimbando” nos ha pescado la turbonada y nos hemos “virado”. Ahí no hemos podido “agarrar” seis bolas de caucho.
- ¿Y qué dijo don Manuel? ¿No les ha hecho cargo?
- ¡No! Más bien nos ha regalado una muda de ropa cuando nos ha visto llegar “ropa encima” y le hemos dicho que con bolsa y todo hemos perdido el resto.
- Hubieran podido esconder todo el caucho, engañarle que no pudieron recuperar nada y vender para ustedes.
- ¡A dial on!... ¿Acaso somos ladrones?
- Eso no era robar. Lo primero que se tiene que salvar es la vida, si se puede recuperar algo es porque uno quiere, no por obligación y en tal caso lo que se recupera tiene que ser de uno por derecho.
Morales era witoto. Muy niño vio morir a su padre en una correría y con su madre permaneció cautivo mucho tiempo en una estación cauchera del Putumayo. Fueron llevados a Iquitos y vendidos por su captor, por cuatro libras esterlinas a un señor Morales de la Compañía Recaudadora. Era negocio corriente en aquella época; mujeres y muchachos indígenas apresados en las sangrientas correrías, que no se utilizaban en el trabajo del caucho o de los campamentos, eran tomados como botín por los capataces, quienes hacían con ellos lo que les venia en gana y lo más provechoso era venderlos.
Los esposos Morales necesitaban a la madre para sirvienta. Sucios, andrajosos, macilentos, con sus articulaciones sobresaliendo como nudos en la piel, asustados, con la cabeza agachada, sólo miraban de reojo; no hablaban ni entendían más que su lengua, pero obedecían con sumisión a señas y gestos. Sus nuevos dueños les compraron ropa; bañados y limpios cambiaron de aspecto. Su sencillez y docilidad agradó a los Morales, que no tenían hijos y su paternal cariño lo volcaron en el indiecito, al extremo de ponerle como nombre Teodoro, que era el de Morales. Los amigos y vecinos, al ver como lo trataban, medio en broma le agregaron el apellido, lo que a Morales le pareció lo más natural. Cuando llegaron a entender el castellano, la señora, como entretenimiento, se dedicó a enseñar a Teodoro a leer, escribir y contar, sorprendiéndole la inteligente avidez con que el chico aprendía.
Más no todo había de ser felicidad. De inmediato el cambio favoreció a la madre, de triste y esquiva se transformó en alegre y animosa; pero al poco tiempo empezó a tener malestares cada vez más frecuentes, tos, escalofríos, fiebre, que silenciosamente soportaba para no interrumpir sus quehaceres domésticos. Eran consecuencia de los maltratos sufridos en la “correría” y durante su cautiverio: latigazos, violaciones, hambre; una espantosa etapa de infrahumanas condiciones de vida había dañado sus órganos vitales. Enflaqueció visiblemente y no pudo ocultar su mal; sus patrones la hicieron ver por un médico, quien, después de un detenido examen, meneó la cabeza con desaliento diciendo: ¡Ya no hay nada que hacer! Sólo podía darle unos calmantes. Había contraído una tuberculosis incurable
Pasado poco tiempo murió. Teodoro lloró desconsoladamente; recordó como en una horrible pesadilla lo sucedido desde el día de la correría: su madre no huyó con las otras mujeres porque él estaba abrazado al cadáver de su padre y ella quería protegerlo, quisieron golpearlo, ella lo escondió en sus brazos y recibió los golpes, siempre fue así; no comía de su miserable ración o de lo que lograba robar para dárselo a él; en las noches de lluvia, en el tambo que les servía de prisión, con sus harapos y con su cuerpo le protegía de la humedad y del frío; comprendió que se había sacrificado por él, se sintió culpable y quería ser él quién estuviese inerte.
No se apartó un instante del lado del cadáver y en el cementerio, al ser depositado el ataúd en la fosa y comenzar los enterradores a cubrirlo, intentó precipitarse al fondo. Lo sujetaron hasta terminar, ya libre se tiró encima, hundió la cabeza sobre la fresca tierra, no quería retirarse. La dulzura y el cariño de la señora Morales, el dolor que compartió con él, fueron el consuelo que suavizó la primera honda pena que sintió en su vida.
Tres años más vivió con los Morales y un nuevo contraste lo sacudió. Enfermó la señora de tal modo que alarmó a su marido: cada tres días, luego de elevadísima temperatura le sobrevenía un frío tan penetrante que no podía evitarlo ni abrigándose con gruesas frazadas o poniéndose botellas de agua caliente junto al cuerpo; el médico que la vio diagnosticó terciana y además de la abundante quinina que le recetó, recomendó un cambio de clima, si era posible. El señor Morales no vaciló, inmediatamente solicitó su regreso a Lima, que fue atendido y un mes después preparó su viaje. Teodoro junior comprendió que iba a perder su segunda madre, ya se sentía hombre, pero lloró de nuevo.
Como único y pobre consuelo el señor Morales le dio un par de libras y muchos consejos; estos le fueron mucho más valiosos que aquellas, metió sus ropas en una bolsa enjebada, buscó quien le tuviera como “agregado” y se lanzó a buscar trabajo. Época de bonanza y abundancia, sin vagos ni mendigos, el oro que generaba el caucho repletaba los bolsillos desbordándose a todos los niveles sociales. Fue mandadero, “pretinero”, peón, de todo hizo en su nueva vida. Su instintivo orden y método le recordaba permanentemente los consejos y enseñanzas de los Morales: “se respetuoso, se comedido” - le había dicho la señora. “Nunca te apropies de lo ajeno, lo que tienes que sea el fruto de tu trabajo” - le habla dicho Morales y esos principios fueron dándole afirmación de personalidad y economía. Al cabo de unos años, observando el negocio de pulperías y bodegas que ponían los chinos en las esquinas, pensó en poner uno igual, pero un incidente varió sus planes.
Se estaba descargando en el malecón el caucho que había llegado en un batelón; cuatro hombres de la embarcación lo subían de la orilla a lo alto de la cuesta, cargando las bolas entre dos, atravesando un palo por el hueco que tienen en el centro; otro se limitaba a hacer ademanes de ayuda para que las bajaran y las acomodaba; la tarde caía y el patrón se impacientaba.
- ¡Vayan, vayan más ligero! No pierdan el tiempo acomodando, nosotros vamos a acomodar - se refería al quinto hombre y unía la acción a la palabra - ya van a cerrar la tienda y hay que buscar una carreta para llevarlas.
Morales al pasar cerca lo oyó, se acercó y le dijo:
- Señor, ¿No quieres “usté” que te ayude?
El patrón lo miró, justo lo que necesitaba y le gustó el ofrecimiento.
- ¿Cuánto quieres ganar?
- Lo que “usté” me pagues.
- Bueno, pónganse a acomodar, yo voy a buscar una carreta.
- Sí, señor, pero más bien yo me voy con tu empleado para hacer subir antes que se haga más tarde.
Lo miró detenidamente y le dijo al otro.
- Anda José con el amigo - y fue en busca de la carreta.
Morales bajó corriendo seguido del otro, cargaron, subieron, volvieron a bajar; la ayuda animó a los demás, que ya se sentían cansados y al poco rato concluyeron, pero el patrón no regresaba con la carreta. Esperaron, se hacía tarde, al fin lo vieron volver con aire decepcionado. De lejos exclamó:
- ¡Ya no hay carretas!
- ¿Adónde vas a llevar, señor? - preguntó Morales.
- A la casa Lucién Bernard.
- Pero eso es “aquisito” nomás - señaló como a cuatro cuadras - podemos llevar cargando nosotros.
Admitió, sintiendo arrancada su iniciativa e inmediatamente Morales cogió el palo, lo introdujo en el hueco de la bola e instó a José a coger del otro extremo, lo levantaron, pero en lugar de ponerlo en el hombro y colocarse uno detrás del otro, hizo que se lo colocaran sobre los omóplatos, logrando caminar con más rapidez, casi corriendo; los otros imitaron. El patrón observaba en silencio y lo único que hizo fue ir a la tienda a controlar el peso a medida que iban llegando. Cuando terminó todo, despachó a sus hombres al batelón y se quedó Morales.
- ¿Cuánto te debo?
- Tu voluntad, señor.
- ¿Dónde trabajas?
Morales le explicó a su modo como lo hacía y le hizo entender que era hombre de todo trabajo, honrado y deseoso de superarse. El patrón sacó dos soles de su bolsillo y al dárselos le dijo;
- ¿No quisieras trabajar conmigo? Yo soy cauchero, vivo en Caballo Cocha y me llamo Manuel Pinedo.
Morales, que pensaba en cinco “reales”, cuando más, por menos de una hora de trabajo, confundido balbuceó su agradecimiento. Manuel insistió:
- ¿Qué dices?
- No sé, señor.
- Tienes tiempo de pensar. Voy a estar tres días, ven mañana o pasado, cuando quieras, a la hora del almuerzo, para conversar. ¿Tienes familia?
- No señor.
- Entonces consulta contigo mismo… no te olvides, te espero, y se fue.

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