lunes, 14 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Morales pensó poco. No arriesgaba nada, tendría un sueldo seguro y sabía que era capaz de hacer todo lo que le mandara su nuevo patrón. Al día siguiente fue con la respuesta afirmativa, recibió un adelanto para comprar lo que necesitara, días después estaba en Caballo Cocha y más tarde en el recién abierto campamento del Ampiyacu: Soledad. Pronto se hizo el hombre de confianza de Manuel, quién encontró honradez, fidelidad y activa participación para salvar situaciones difíciles en el trabajo.
Las insinuaciones de Cedeño le hacían el efecto de una broma, resbalaban en su mentalidad de hombre ingenuo como hormigas que quisieran escalar un edificio de pulido cristal. La víspera de la llegada a Soledad, creyendo Cedeño, que Morales iría a quedarse, decidió hablarle con claridad; no concebía que hubiera ser humano que se resistiera a las ganancias fáciles y pensó que ofreciéndole - aunque no fuera a cumplirle - la mitad de todo lo que fuera a robar, no se negaría a colaborar. Le explicó su plan, que Morales escuchó asombrado, sumiéndose luego en profundo silencio. Cedeño pensó que lo había ganado y ese silencio era de reflexión, de cálculo, desconfianza de las promesas que le estaba haciendo. Al fin preguntó:
- ¿Qué dices?... ¿Te animas?
- No - le respondió con firmeza - ¡Que “ya vuelta” voy a hacer eso!... Don Manuel me paga para cuidar sus cosas y “soy trabajando” con él muchos años... ¡Nunca me ha tratado mal! ¡No!... No “hey de querer”... ¡Con qué cara para presentarme después!
- Ya te he dicho, nos vamos a Manaos, con esa plata allí se puede hacer cualquier negocio.
- ¡No, no!... No “hey de hacer” eso... Y más bien tú no pienses, porque puede irte mal.
Cedeño se dio cuenta que había cometido un error confiándole sus planes, una sorda cólera le invadió y bajó los ojos para ocultar el fuego de su mirada; tuvo tentaciones de matarlo porque conocía su secreto y no confiaba en su discreción, hizo un esfuerzo para calmarse y luego de un breve silencio, sonriendo forzadamente lo miró. Lo vio impasible, como si no se hubiera enterado de sus intenciones. Éste es un bruto – pensó - voy a hacerle creer que todo ha sido una broma.
- Así que no quieres ir a Manaos - le dijo riendo - No vayas a creer lo que te he dicho, a veces hablo de cosas que he leído como si lo hubiera hecho o como que lo voy a hacer, pero es sólo para pasar el tiempo... ¡No vayas a contar a nadie, porque creerían que estoy loco!
- ¡Capaz! - contestó Morales, sin sonreír siquiera.
La comisión llegó a Soledad, Morales hizo descargar algunos bultos y al concluir, señalándole un peón, le dijo a Cedeño:
- Don Manuel ha dicho que se quede Pashmiño contigo.
- Yo he creído que íbamos a quedarnos todos hasta que venga don Manuel, para ir juntos.
- No. Don Manuel va a ir de aquí a un mes para empezar el trabajo. Ahí “vas ir” tú con más gente. Nosotros sólo vamos a abrir el campamento.
- ¿Y hasta cuándo regresas tú?
- No sé... tal vez hasta tres meses, cuando ya tengamos bastante producto.
- ¡Adiós, entonces!... ¡Que te vaya bien!
- ¡Adiós!
Cedeño se tranquilizó. Aunque Morales contará lo que le había confiado, no llegaría a conocimiento de los que se quedaban y durante su ausencia creía tener tiempo más que suficiente para culminar sus planes. Debía esperar, según sus instrucciones, la llegada de una remesa de la estación Lagarto y regresar con la comisión en busca de otra. Se enteró que ya había llegado una y que el producto había sido depositado en el escondrijo que conocía.
Emilio, el encargado del almacén, estaba enfermo y no salía de su tambo, donde la mujer de Juan lo atendía. Éste se había encargado del almacén y no lo dejaba sin cuidado ni en las noches. El tambo de Juan quedaba aproximadamente a tres kilómetros, surcando el río y cuando su mujer tenía que volver lo hacía en una canoa, con su pequeño hijo.
Al ir a tomar el desayuno al día siguiente, Cedeño vio a las mujeres en la cocina, recordó a la de Juan y la buscó. Ahí estaba, la comparó con las otras y la encontró más atractiva; el tosco y holgado traje no lograba ocultar sus redondas y provocativas caderas, su erguido porte, adquirido por el hábito de las mujeres de la selva de conducir cántaros de agua u otros objetos, en equilibrio sobre la cabeza, que agrandaba su talle y hacia airoso su caminar.
- Dame otro jarro de té - se dirigió Cedeño a ella - ¿Cómo te llamas?
- Rosa, señor.
- ¿Tienes marido?
- Sí, señor.
- ¿Dónde está?
- “Asirá” - señalando la puerta del almacén
- ¿Juan?
- Sí, señor.
Cedeño miró a Juan, que también lo estaba mirando, luego a Rosa y meneando la cabeza con gesto despectivo:
- ¡Mucha carne para poco pan! - dijo entre dientes y volviéndose a Rosa le preguntó:
- ¿Dónde vives?
Al no obtener respuesta trató de cogerla del brazo, ella lo esquivó.
- No tengas miedo. Dime dónde vives para ir a visitarte.
Rosa se alejó a su quehacer, Cedeño la siguió con la mirada, sorbiendo el té del jarro, saboreando mentalmente el placer que su deseo imaginaba. Esta india debe ser rica – pensó - yo me la tengo que comer - volvió a mirar a Juan, que con otro peón estaba arreglando el cerco de ponas del depósito de carga que se había roto. Se acercó y le preguntó:
- ¿Sigue enfermo Emilio?
- Si, señor.
- Yo quiero verlo porque tiene que darme material.
- Está en su casa, pero yo puedo darte, señor, lo que necesitas.
- ¡Qué sabes tú, indio bruto!... ¡Voy a verlo! - lo apartó de un empujón y se fue.
Juan desconocía ese trato. Hacía muchos años que trabajaba para Manuel y tanto porque no daba motivo, como porque Manuel tenía mucha consideración con sus trabajadores, nunca recibió un reproche y mucho menos una pechada de su patrón. Se quedó mirándolo con los puños cerrados y los ojos cargados de indignación y rencor; tenía motivos para empezar a sentirlos porque había notado cómo trataba a su mujer y algo instintivo lo anunciaba como enemigo.
Rosa y Juan eran indígenas, nacieron en una pequeña tribu entre el río Algodón y el río Napo, alejada de otros núcleos tribales; el destino los unió desde muy tiernos. Hijos únicos de parejas que vivían en una misma “cocamera”, Rosa y Juan, cuyos nombres primitivos eran Shiru y Taro crecieron como animalitos silvestres; Shiru, pese a ser menor, aprendió a caminar antes que Taro; cuando ambos ya lo hacían con firmeza y los mayores los dejaban solos en el tambo para ir a sus ocupaciones, corrían por las cercanías del caserío, ayudándose mutuamente. A medida que fueron creciendo sus juegos cambiaron de modo y de forma, sus peleas hasta provocar el llanto, por la posesión de cualquier insignificancia o algo de comer, fueron convirtiéndose en mutuo desprendimiento. En instintiva protección, cogidos de la mano caminaban por el bosque persiguiendo las coloridas y brillantes mariposas que volaban sobre los resplandecientes charcos, aplastando hormigas, quebrando ramas, señal de su paso para el regreso; se sentaban a la orilla de la quebrada a reír viendo reflejada en su tersura su imagen y las muecas que hacían; metían los pies, chapoteaban el agua trizando su limpidez de cristal y borrando las imágenes, se empujaban para caer dentro, salían chorreando, se tiraban sobre el mullido herbal para secarse y se quedaban acostados, solos con la naturaleza, escuchando el cantar de las aves, mirando saltar el sol por entre el ramaje de los árboles, que iba dejando en sus cuerpos destellos que jugueteaban y que ellos seguían con sus manos pretendiendo cogerlos.
El tiempo hizo que estos juegos empezaran a provocarles nuevas e inquietantes sensaciones. Acostados en la hierba, al juntarse sus cuerpos sentían subir su calor, erizarse sus poros y correr por su piel una comezón de finas agujas que les estremecía con insólito deleite; se abrazaban y pasaban las manos por todo el cuerpo tratando de volverle su tersura; Taro buscaba el cuello, la espalda de Shiru, se detenía en los glúteos, los estrujaba, quería morderlos; bajaba a los muslos, subía de nuevo. Ella se abandonaba, se retorcía voluptuosamente cerrando los ojos, sus manos arrancaban la hierba, la mordisqueaba; sentía un dulce dolor en sus nacientes pezones y se estrechaba a Taro tratando de aplastarlos, se le ponía encima presionándole el miembro viril en erección; ambos sentían incontenibles deseos de orinar, cerraban y abrían los ojos, se miraban sus bocas húmedas y entreabiertas, trataban de morderse suavemente, riendo, casi gritando, en el rumoroso silencio del monte. Y el tiempo discurría apresurado.
Taro ya era más alto que Shiru y empezó a sentir una extraña repulsión de ese tipo de juego que le producía una ansiedad inexplicable, un placentero sufrimiento, pero ella lo atraía, lo buscaba; a ratos le acosaban sentimientos encontrados: angustia, placidez, inquietud, satisfacción, ira, miedo… buscaba la soledad casi huyendo de Shiru, pero ella le perseguía. Una tarde, sentados muy juntos, ella le abrazó; él trató de rechazarla, pero sin poderse contener la atrajo más… cayeron abrazados y empezaron a revolcarse pasándose las manos por el cuerpo en ansiosa exploración; Shiru se le subió encima y su vientre presionó el erecto miembro viril, él la abrazó con más fuerza, casi con violencia… de repente sintió en todo su cuerpo una sensación desconocida que nacía de las honduras de su ser, un agudo y doloroso goce que parecía brotar de sus erizados poros... quiso gritar apretándola más, pero sólo emitió un prolongado gemido, al mismo tiempo que sintió esparcirse por entre sus piernas el calor de un liquido que eyectaba con espasmódicos impulsos de placer, de su presionado miembro... como en un estertor la apretó más entre sus brazos... Lentamente se aquietó abandonó sus brazos que cayeron a los lados y quedó inmóvil.
Shiru, que había notado el trance, se asustó; miró el líquido que había mojado su vientre y sus muslos, lo palpó, lo olió y sacudiendo a Taro, que pareció despertar de un sueño, le preguntó:
- ¿Qué te ha pasado?
- No sé.
- ¡Mira!... ¡Has orinado!
Taro guardó silencio, parecía avergonzado; la cogió por una mano y la condujo a la quebrada, se lavaron sin ningún comentario, pero, a ella le consumía la curiosidad, a él le ahogaba una interrogante. Taro no comprendía qué le había sucedido, pero le hacía sentir que hubiera descubierto algo que tenía oculto dentro de sí; la miró con disimulo... ¡Si!... Ella tenía cosas muy distintas, aparte de la que ya había notado en el acto de la micción, sus muslos eran suavemente redondeados, sus caderas mas anchas y abultadas, en el pecho se le estaban alzando unos bultos redondos... regresaron en silencio.
Como de costumbre, Taro se acostó con sus padres, pero no podía conciliar el sueño; el recuerdo de lo sucedido y especialmente del intenso placer que había experimentado inundaba su pensamiento y se preguntaba si volvería a repetirse. En cierto momento los sintió moverse y en la tenue oscuridad vio que su padre se subía sobre su madre y empezaba a agitarse acompasadamente... simuló estar dormido... ¡No! no le estaba pegando como alguna vez vio que lo hizo... seguía la acompasada agitación... de pronto oyó suspiros, gemidos y luego calma… bajó el hombre y quedaron quietos. Seguía pensando sin poder dormir, pero, instintivamente hizo relación entre lo que acababa de ver y lo que le habla sucedido... ¿Sería igual?... Creyó haber encontrado una explicación y al fin se durmió.
Amaneció lloviendo y nadie salió del tambo. Shiru se le acercó, él la rehuyó, pero como persistía la dejó sentarse a su lado; todos hacían algo, su padre se le acercó con una olla de barro y le dijo:
- Vete a traer agua.
- Vamos - dijo Shiru.
De un tronco vaciado como artesa que estaba cerca del tambo recogió el agua. Volvían, cuando una gallina seguida por un gallo se les atravesó corriendo, Taro se detuvo a mirarlos: el gallo le dio alcance, la gallina se encogió en el suelo, el gallo se subió sobre ella y cogiéndola con el pico de la pequeña cresta, la aplastó, doblando ligeramente la cola se bajó, aletearon los dos y el gallo se alejó contoneándose.
- Ahora va poner huevo - dijo Shiru.
Pasado el mediodía hubo un poco de sol, pero sus rayos parecían enfriarse en el húmedo ambiente, todo estaba quieto y triste, el piso encharcado y nadie salió del tambo. El día siguiente amaneció radiante. Muy temprano salieron todos a sus ocupaciones dejando solos a los muchachos, pero Taro sentía desacostumbrada timidez, ya no buscó a Shiru para atraerla hacia si, hacerle cosquillas, tomarla por la cintura y derribarla; ella se le pegó y preguntó:
- ¿No nos vamos al monte?
- No. Aquí nomás.
La tomo de la mano y suavemente la condujo a su “llanchama”, se sentó y la hizo sentar a su lado, luego la puso sobre sus piernas y empezó a darle cosquillas en sus nacientes pezones.
- Me duele... - se quejó - pero es rico - terminó riendo.
La abrazó, la acostó y se puso a su lado, le pasó las manos por el cuello, la garganta, bajó al vientre, pasó a los muslos y buscó el pubis, que lo sintió casi ardiente... lo aplastó. Shiru se estremeció, cerró los ojos y cruzó las piernas presionando la mano de Taro; éste se sentó, le abrió suavemente las piernas, quitó la mano y miró detenidamente la vulva, volvió a poner la mano encima y sintió que el cuerpo de Shiru se estremecía nuevamente. Se miró el miembro erecto, recordó lo que había visto dos noches antes y se le subió encima. Shiru sintió un paroxismo, cruzó las piernas por encima del cuerpo de Taro e instintivamente se acomodé para recibirlo, éste no atinaba a introducirse. Shiru no sabía que esperaba, Taro no sabia que buscaba, hasta que al fin, entre tanto movimiento, la naturaleza ayudó a encontrar el camino… un sonido gutural de dolor, un gemido brotó de la garganta de Shiru, que se abandonó, mientras Taro, sin tener tiempo para imitar los movimientos que había visto hacer a sus padres, de repente volvió a sentir la inefable sensación de placer...
Quedaron quietos. Shiru había dejado caer las piernas pero seguía abrazada a Taro; parecía desmayada. Se retiró suavemente de ella y le miró la vulva, de la que salían unos hilillos de sangre. Se asustó y llamó:
- ¡Shiru!
Sin abrir los ojos respondió:
- Me has hecho doler.
Unas semanas después, sintió una incomodidad extraña y dolorosa; le sangraba la vagina. Se la mostró a su madre quien le enseñó a limpiarse y protegerse, había empezado a menstruar; después le preparó y dio su “pampanílla”. Taro, que lo había observado todo, pensó que era oportuno también para él usar el taparrabo que su padre le dio. Habían entrado a una nueva vida.
Pasó algún tiempo. Intuitivamente la familia había determinado que fueran marido y mujer, o acaso del mismo modo se habrían dado cuenta de lo sucedido; fue así que siempre estaban y a todas partes iban juntos. Una tarde que volvían del monte, de muy lejos oyeron estampidos extraños en dirección del caserío; nunca antes habían oído algo parecido, de modo que no atinaron que era; no eran truenos porque eran breves, ni caída de árboles, porque eran secos. Corrieron para llegar más pronto y cuando ya faltaba poco, distinguieron voces y gritos de gente extraña que no comprendían y sintieron un terror instintivo; se acercaron con cautela hasta cierta distancia, pero no podían ver, para lograrlo se subieron a una alta “capírona”’ y vieron algo que les asustó: un grupo de hombres, blancos unos, negros otros y algunos como ellos, estaban amarrando a los seis hombres y las ocho mujeres del caserío; dos hombres yacían en el suelo, Taro creyó reconocerlos, uno era el más viejo y otro el más joven de la comunidad.
- ¡Mi padre está amarrado! - dijo e hizo ademán de bajarse.
Shiru lo contuvo diciendo:
- ¡Espera! Vamos a ver qué hacen.
Pasó como media hora, los hombres extraños entraban y salían del tambo, al final se agruparon y emprendieron el camino en dirección opuesta a ellos, llevándose a hombres y mujeres.
- ¡Vamos a seguirlos! - dijo Taro.
Y bajó seguido de Shiru, que lloraba diciendo:
- ¡Todos están amarrados!... ¿Por qué los llevan?
Corriendo llegaron al tambo, se acercaron a los caídos, uno de bruces y el otro de espaldas estaban en un charco de sangre; horrorizados comprobaron que estaban sin vida, nunca antes hablan visto un muerto, ni morir a nadie, Shiru lloraba más por susto que por miedo, Taro no comprendía nada; alguna vez oyó que la gente moría y que también la mataban, no sabía qué significaba eso, pero pensó que sería lo que estaba viendo y se sintió hundido en un mar de confusiones. Shiru se le abrazó llorando a gritos.
Eran dos criaturas en plena adolescencia, pero la vida primitiva, dentro la agreste naturaleza les había endurecido y dotado de un fino instinto de conservación, que en todo selvático se agudiza inteligentemente para enfrentar los peligros. Se ofuscaron brevemente, pero no duro mucho su aturdimiento, ese mismo instinto los guió. Sin tener idea de lo que se hacía con los muertos, los arrastraron hasta el tambo, los introdujeron, los juntaron y para protegerlos, cuidadosamente los cubrieron con trozos de madera, tizones, ramas de arbustos, hasta dejarlos completamente invisibles. Luego, Taro escogió dos lanzas livianas y una “pucuna” descolgó un pequeño morral de piel de venado, que contenía unos “virotes” y se lo sujetó a la cintura, envolvieron en una “llanchama” dos “cushmas”, ataron el envoltorio con una rústica pretina, que Shiru se lo puso en la espalda, colgando de la cabeza y empezaron a caminar sobre la huella que habían dejado los captores. Sin decírselo de viva voz, decidieron ir tras de sus padres.
Partieron muy después del mediodía y cuando anocheció se metieron entre las aletas de una gruesa “lupuna”, orinando ambos antes, entre los extremos de las aletas que se introducían en tierra, como haciendo una línea que las uniera. Era el tipo de protección que habían aprendido y creían efectiva contra las víboras. Se cubrieron con la llanchama y se durmieron con el sueño propio de los muchachos de su edad.
Tan pronto como pudieron ver reanudaron la marcha, deteniéndose a ratos sólo por fatiga; se alimentaban de las frutas que encontraban, las cogían y comían al paso. Cinco días duró la persecución, que el cansancio, lo intrincado del monte la hacían más larga y más lenta. Al mediodía del quinto divisaron un caserío, observaron cautelosamente, aguaitaron por la entrada del primer tambo y vieron a cuatro mujeres viejas y dos niños en el suelo; las viejas, asustadas se habían arrinconado, pero al ver sólo dos muchachos se recobraron y entraron en confianza. En dialecto muy parecido se interrogaron mutuamente; el mismo grupo de asaltantes había atacado el poblado, matado a cuatro y apresado a todos los hombres mujeres y muchachos, dejando sólo a viejos, viejas y niñitos gateando. Taro expresó su intención de seguirlos, pero los viejos le hicieron comprender el peligro que corrían al enfrentarse a gente despiadada y sanguinaria, que lo único que buscaba era apresar nativos para hacerlos trabajar y sólo conseguiría ser apresado, igual que sus compañeros de tribu y llevado, quien podría saber a dónde.
Comprendió y se dio cuenta del peligro que correría Shiru, a quien, por espontáneo impulso, se sentía obligado a proteger. Los viejos les ofrecieron su amistad, les enseñaron sus vacíos tambos y los convencieron a quedarse a vivir con ellos; su silencio significó aceptación. La primera noche, acostados en su llanchama, recordaron con tristeza a sus padres caminando atados hacia un destino desconocido y abrazados lloraron una vez más.
Taro y Shiru fueron considerados tácitamente marido y mujer, lo que reafirmó su unión; en la selva es así, eran los únicos jóvenes y como tales les hacían las más cariñosas demostraciones; su vida transcurría en una tranquilidad de estancamiento, muy común en las tribus indígenas, pero el recuerdo de sus padres, violentamente secuestrados, se mantenía vivo en la memoria. También eran los únicos que podían tener descendencia, lo que al cabo de algún tiempo fue anunciado con gran alegría por las viejas.
Un día fueron vistos algunos extraños cerca del caserío. Con la pasada experiencia, los que podían corrieron al monte a esconderse huyendo de los visitantes, pero estos entraron pacíficamente y tranquilizaron a los que se quedaron, haciéndoles entender que no abrigaban malas intenciones. Eran “materos” que exploraban la región en busca de “manchales” de caucho, les obsequiaron cuentas de vidrio, espejitos y otras chucherías y pidieron permiso para quedarse a esperar al patrón, que debía llegar con otros peones. Con cierto temor y sin alternativa, aceptaron. Taro que no había huido, y ya tenía cierta autoridad, habló por todos y su confianza contagió a los demás.
Al día siguiente los «materos» se prepararon para ir a “montear” e invitaron a Taro, quién había mostrado curiosidad por las armas que llevaban. Fue con ellos y por la tarde regresaron con dos sajinos, varios monos y algunas aves; con admiración había comprobado la ventajosa diferencia que había entre la escopeta de los materos y su “pucuna”, se sintió empequeñecido e íntimamente deseó tener un arma igual. Por lo demás se convenció de que sus nuevos amigos eran gente de paz y se podía confiar en ellos. Encontró que el patrón había llegado y el más anciano del caserío, al que por su edad se había dirigido, lo mencionó como jefe de la comunidad, contándole como había llegado y otros detalles que lo enaltecían, de modo que al verlo, le habló como a tal, sorprendiéndose tan sólo de su juventud. Prepararon la carne de los animales, los ahumadores para secarla, la canasta y hojas para envolverla y llevarla; parte de ella comieron en silenciosa fraternidad y otra quedó para el caserío.
Al otro día cuatro hombres partieron para continuar la exploración, los demás se quedaron con el patrón a esperarlos; volvieron a los ocho días. En ese lapso el patrón conversó con Taro muchas veces, lo encontró inteligente, de pocas palabras, mucha iniciativa y gran actividad; le preguntó si pensaba quedarse para siempre en el caserío y no supo qué contestar, pero le dio a entender que mantenía vivo el deseo de ir tras de sus padres; pensaba que todos iban por un mismo camino a un solo sitio... ¡No tenia la más remota idea de la extensión de la selva, de las demás gentes, del mundo!
- Quiero ir donde mi madre... donde mi padre.
- Eso va a ser difícil - le contestó el patrón.
Y le hizo comprender que en la región había muchos gomales donde trabajaban los que habían sido apresados y sólo por casualidad o mucha suerte, podría dar con ellos. Le aconsejó que no lo intentará, porque, según donde fuera, podría también quedar cautivo y sufrir mucho. Concluyó diciéndoles que si querían salir del caserío, podría tomarlos a su servicio. Aquella noche Taro y Shiru hablaron hasta quedarse dormidos y lo hicieron resueltos a partir. Ambos abrigaban la esperanza de encontrar a sus padres. Cuando le hizo saber, el patrón le dijo:
- Haces muy bien.
Le dio un machete, pantalón y camisa, y le ofreció dar un vestido a Shiru, cuando llegaran a Soledad. Así entraron al servicio de Pinedo. En uno de los viajes a Caballo Cocha, que coincidió con la presencia del cura Bernuy, hizo que los bautizara y casara, apadrinando con su mujer ambos sacramentos.

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