sábado, 30 de abril de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO VI

NO HAY ROSA SIN ESPINAS NI AMOR SIN PESARES

Interminables le parecieron a Roberto los tres días que el buque tardó en llegar a Iquitos; muy lenta se le antojaba su marcha. Durante su guardia, a cada instante miraba el manómetro de presión del caldero, verificaba la apertura de la válvula de entrada de vapor, observaba con impaciencia el vaivén de los vástagos y el girar del árbol de la máquina, que se le ocurría debieran ser más rápidos. En la oscuridad de la noche le parecía ver siempre la misma orilla y que el barco no avanzaba, aguzaba la vista, escuchaba atento, y el rumor de las aguas que se abrían en espumoso e interminable abanico a su potente embestida, le hacía exhalar un suspiro de alivio. La víspera de la llegada, cuando comía con los otros oficiales, se le acercó Ponciano.
- Qué tal Roberto. ¿A qué hora crees que llegaremos?
- Según Soria, amaneceremos cerca de la boca del Nanay. Voy a mantener la presión al máximo para llegar temprano.
- ¡Ya! - rió Ponciano - tienes mucho apuro por llegar, deber ser algo del corazón ¿No?... ¿Sabes qué me ha dicho Manuel?
- No creo que haya sido nada malo mirándolo inquisitivo- ¿Qué te dijo? El señor Pinedo me trató muy bien.
- Si- ¡Claro! Manuel es muy buena persona, no es eso, es algo más importante para ti. Por la estimación que nos tenemos debo decírtelo y... porque también me interesa - se acercó y le susurró al oído - Me ha dicho que le parece que te has enamorado de su hija y ha notado que ella no se muestra indiferente - se apartó y agregó - ¿Qué te parece?
Roberto lo miró fijamente en silencio, parecía dudar o estar pensando que le quería sonsacar.
- ¿No crees lo que te digo? - protestó Ponciano.
- Sí, sí... - se levantó de la mesa, lo cogió del brazo, lo condujo a la borda para que los demás no oyeran y continuó - te creo y no tengo porqué ocultarlo, es cierto lo que piensa... Me gusta Teresa, estoy enamorado de ella, se lo he dicho y nos hemos puesto de acuerdo
- Ajá... Entonces la cosa es en serio... ¿Por eso es el apuro?
- Me da mucho gusto... ¿Sabes?... Porque soy padrino de Teresa... ¡Y como te conozco y eres mi amigo! - lo abrazó palmeándole cariñosamente.
Roberto se quedó pensativo. ¿No me estaré precipitando? ¿Realmente quiero casarme? ¿Es tiempo de casarme? En su pensamiento se juntaron su madre, el único amor que tenía y Teresa, su nuevo amor... ¡Sí! Tenían que quererse porque algo las unía y las identificaba: el amor que sentía por ambas, el amor que ellas sentían por él y acudió el sueño de una nueva vida, en un nuevo hogar con nuevas emociones, en una felicidad que su fantasía daba dimensiones desbordantes.
El barco llegó a la hora calculada y ansioso de hablar con su madre, inmediatamente se dirigió a su casa; en el trayecto encontró inusitada agitación en las calles, pero abstraído en sus pensamientos no le prestó atención. A medida que se acercaba le invadía una sensación de incertidumbre, de temor; las razones, los argumentos que en la solitaria monotonía de su guardia había pensado exponer a su madre, ya no le afluían con lucidez, se le confundían, se le escapaban. ¿Cómo hacerle comprender el amor que sentía por Teresa? Ya no sabía cómo hacerlo, cómo empezar siquiera. ¿Qué pensaría? ¿Cómo reaccionaría? ¿No sentiría como que fuera a perderlo... ¿como que se lo quitaban? ¿Sería Teresa bien recibida? ¿No se produciría la tradicional pugna entre suegra y nuera, tan dramatizada o ridiculizada?
Doña Manuela escuchó con sonriente atención su tímida confidencia, que poco a poco fue animándose hasta el entusiasmo. Le contó en detalle todo lo ocurrido en Caballo Cocha y ella comprendió que su hijo se había enamorado y encontrado la mujer a la que quería hacer la compañera de su vida. Con reposado tono comentó.
- Conocimos a los padres de Manuel. Fuimos muy amigos y todo el pueblo lamentó profundamente su inesperada muerte y la desgracia de Manuel. Hicimos lo posible para consolarlo, pero nadie pudo hacerle variar su decisión de enajenarlo todo y abandonar el pueblo. Después ya no supimos más de él. Pero no recuerdo a María; seguramente porque era muy joven cuando salió de Moyobamba. Son gente respetable, pero tienes que pensarlo muy bien, hijo mío; si Teresa recién ha cumplido quince años todavía es una niña y tú... ¡apenas tienes veintidós!... Sería bueno esperar un poco y así se conocerán mejor, además, ¿Qué dirán sus padres? No sé porqué creo que te van a decir lo mismo que yo.
- ¿Y cuánto tiempo cree usted que deberíamos esperar?
- Bueno... unos dos o tres años.
- Es mucho tiempo. Yo quisiera casarme este mismo año y traerla con usted. ¿Estaría usted conforme?
- ¡Claro, hijo mío!... Estoy conforme, yo quiero lo que tú quieres... Si te digo que no te apures, que lo pienses, es sólo para que en ese tiempo prepares todo lo necesario y vayas dándote cuenta de la responsabilidad que significa el matrimonio. Habla con sus padres y de acuerdo con ellos toma tu determinación.
Roberto comprendió que su madre acogió su confidencia con la mejor disposición, pero no encontraba ningún motivo para retardar el matrimonio y pensaba que tampoco podían tenerlo los padres de Teresa. Además, el aprecio que le había mostrado Manuel le alentaba y hacía confiar que antes de finalizar el año habría de realizarse su sueño.
Volvió al barco pensando en las reflexiones de su madre. En el camino se encontró con una enfervorizada manifestación pública de cientos de personas, que voceando lemas y dando vivas a la patria, se dirigía a la prefectura. Se enteró que había surgido otro conflicto con el Ecuador por haber sido atacado el consulado peruano en Quito y maltratados muchos peruanos residentes en dicha capital; que todas las poblaciones del norte de la costa alzaron su voz de protesta y alistaron contingentes armados para enviarlos a la frontera a tomar represalias. Se contagió de la indignación y se metió entre el gentío.
La manifestación estaba encabezada por muchas personas notables y funcionarios públicos, reconoció al Dr. Alberto Cáceres, al teniente Oscar Mavila, al mayor de artillería Alejandro de la Torre Bueno, a Benito Lores, Clemente Alcalá, Benjamín Dublé y muchos más. Los manifestantes llegaron a la prefectura y el prefecto Alayza Paz Soldán salió a recibirlos; el griterío era ensordecedor, pedía revancha y castigo a los atropellos ecuatorianos. El prefecto pidió silencio y cuando callo la multitud habló explicando la situación, de la que oficialmente estaba informado y concluyó pidiendo serenidad y unión para afrontar con firmeza cualquier emergencia nacional. Vítores y aplausos sellaron sus palabras. De pronto, Alcalá y Dublé se subieron a una mesa, que algunos condujeron frente a la puerta y en términos vibrantes, en nombre del pueblo, ofrecieron a la patria, el contingente de sangre que se necesitara para la defensa de la frontera; terminaron su alocución entre cerrada ovación y luego, varios comerciantes extranjeros, entusiasmados también, se subieron al improvisado estrado y ofrecieron su colaboración poniendo a disposición de las autoridades todas las armas y municiones que tenían en sus establecimientos; Víctor Israel, otro comerciante ofreció diez ametralladoras para artillar las lanchas que debían conducir las tropas.
Al disolverse la manifestación, más de trescientos hombres se presentaron como voluntarios, al cuartel que se improvisó en el Malecón Maldonado. Roberto estaba tan entusiasmado que por poco se incluyó entre ellos; a tiempo recordó su compromiso con la firma armadora y pensó que posiblemente el buque en que prestaba servicio, por lo grande fuera uno de los que conduciría las tropas a la frontera. Luego recordó a Teresa, sus planes de matrimonio, y empezó a considerar como un dilema su concurso al conflicto bélico y el amor de Teresa. Con tales pensamientos llegó a bordo, donde todos no hablaban de otra cosa que la posible guerra con el Ecuador.
Dos semanas después zarpó y una tarde, de nuevo entraba el «Liberal» en el puerto de Caballo Cocha. Luego de dictar las disposiciones del caso, Prieto y Swayne bajaron a tierra y se encaminaron a la casa de Manuel, con el propósito de invitarlo a jugar, pues de nuevo confrontaba Prieto el problema de la falta de un jugador para su partida de rocambor, al qué tan aficionado era. Los recibió Maria muy amablemente y de inmediato mando llamar a Manuel, quien no se hizo esperar. Saludos abrazos y muchas manifestaciones de aprecio de ambos lados.
- Queridos amigos, pocas veces me hacen ustedes el honor de una visita... no se como corresponder tanta atención... A ver, María, prepáranos una taza de café... ¿o prefieren una cerveza?... ¡Ustedes mandan!
- Con este calor... creo que nos quedamos con la cerveza... - ¿Qué dices tú Guillermo?
- ¡Claro!... ¡Qué venga la cerveza!
Y entre la amena charla, hábilmente introdujo Prieto la invitación, haciéndola extensiva a María, ya no sólo a la partida, sino a comer a bordo. Sonrientes se miraron los esposos.
- De mi parte muchísimas gracias - dijo Maria - pero no puedo ir. Además no se jugar y sería un estorbo.
- ¡De ninguna manera! - protestó Prieto - y tampoco se sentiría aislada, porque a bordo está la señora de la Torre, que viaja con su marido
- ¡No, no!... Debo quedarme en casa por mi hija Teresa.
- Esa es la verdadera causa, Celso - intervino Manuel –
Pero tenemos la solución. Llevemos a la niña.
- No Celso - se reafirmó María - como dices, es una niña, no debe ir y yo debo quedarme. Estoy muy contenta porque Manuel irá a entretenerse... rara vez tiene oportunidad de divertirse.
Muy avanzada la tarde volvieron al barco; Roberto, que estaba de guardia, los vio bajar y se encaminó al portalón para saludar a Manuel, quien se mostró complacido.
- Muy amable Roberto, ¿Como está su mamá?
- Muy bien, don Manuel, muchas gracias, le conté de nuestro encuentro, les recuerda a usted y a doña María y me ha encargado saludos - mintió para agradarle.
- Muchas gracias, ¿porqué no va mañana a casa?... Tendrá tiempo, porque el comandante me ha dicho que tiene carga y pasajeros que esperar y no zarparán mañana.
- Sí, don Manuel, gracias, mañana iré a visitarlo... ¿Estará usted en el almacén?
- Vaya nomás... donde quiera será bien recibido - y subió con sus acompañantes.
Se disponía a dejar la guardia cuando un criado bajó y le dijo:
- Segundo, el Comandante le manda a decir que lo invita a comer en su mesa.
- Está bien, gracias - contestó indiferente, pero íntimamente complacido por la invitación.
Pocas veces ocurría tal cosa con él y con Swayne y sólo era cuando no había pasajeros, pero esta vez había varios. Además tendría la oportunidad de estar cerca de Manuel y hablar con él. A la hora oportuna subió y los encontró reunidos en dos grupos, uno conversando alegremente y el otro como en acalorada discusión, pero ambos, con sendas copas en la mano. Al verlo Swayne, lo tomó del brazo y lo llevó al grupo de la aparente discusión, en el que estaba Manuel, Prieto, La Torre y su señora y dos personas más.
- Amigos – dijo - aquí tendremos una opinión más, pero antes de ponerle en antecedentes, brindemos con él - cogió una de las copas de la bandeja, se la dio y brindó -¡Salud!
- Estamos comentando la situación que está creando la pretensión del Ecuador de creerse dueño de territorios de nuestra Amazonia, metiéndose por el Napo y tal actitud nos provoca natural indignación.
- ¡Por supuesto!... Esas son mentecatadas de los ecuatorianos... Yo he navegado por el Napo, el Pastaza y el Morona hasta sus cabeceras, he llegado al Santiago y las propiedades, casas, chacras que hay en esas regiones, todas son de peruanos; esos territorios no sólo han sido peruanos antes que existiera el Ecuador, sino que siempre estuvieron habitados por peruanos.
- Lo chocante es - intervino la Torre - que Ecuador se formó con tres departamentos del sur de la Gran Colombia no sé de dónde sacan ahora que Tumbes, Jaén y Maynas pertenecen al Ecuador.
- Y ni siquiera fueron convocados a la formación del primer congreso constituyente ecuatoriano - afirmó Prieto.
- Yo he llegado hace poco a Loreto - acotó Swayne - pero estoy enterado de encuentros armados en el Napo de hace algunos años.
- Así es - confirmó la Torre - Primero fue en Angoteros, ahí estuvo Mavila y un año después en Torres Causana; en ambos encuentros los monos salieron malparados. También nosotros tuvimos que lamentar algunos muertos, pero quedó afirmada nuestra soberanía. Es una agresión sistemática que debemos castigar de una vez. ¿Saben que se han acuartelado más de trescientos hombres para prepararse e ir a la frontera?
- Yo lo he visto porque estuve en la manifestación - dijo Roberto - y poco faltó para meterme entre ellos.
- ¿Así?... - exclamaron todos riendo.
Y la Torre continúo:
- Lo malo es que estos malditos monos son muy tercos, los vamos a patear de nuevo y no se van a convencer...
- ¡A propósito de monos! - interrumpió Swayne - En una carta de Lima he recibido la copia de unos versos escritos por una chica limeña que satirizan la actitud ecuatoriana, ¿quieren oírlos?
- ¡A ver, a ver! — pidieron todos.
- Esperen un momento, la tengo en mi camarote, voy a traerla.
Bajó y subió casi corriendo con un papel en la mano. Todos se agruparon en torno suyo y se hizo silencio. Carraspeó y empezó:
- El titulo es “Del lado izquierdo” y dice así:

Paradójico pueblo ecuatoriano,
emporio del cacao y los manglares,
por más que os disfracéis de militares,
sólo lleváis los cocos en la mano.

Una carcajada general le interrumpió; hizo una pausa y continuó:

Claramente demuestras ser insano
o ser el más iluso cañizares,
suponiendo que puedes dar pesares
ni con plumas de cóndor araucano.

Yo te doy un consejo, sin encono,
como único recurso que me queda:
de tus iras prestadas baja el tono
que a los valientes no se les remeda,
déjate de pamplinas, porque mono
no dejarás de serlo ni con seda.

Risas y aplausos siguieron a la lectura.
Muy ocurrente y oportuno el soneto - comentó Roberto.
- Si - dijo la Torre mirándolo - parece que usted sabe de esas cosas.
- Creo que lo único que no sabe es jugar rocambor - se lamentó Prieto, burlón, de modo que tendrá que aprenderlo para que sepa todo... ¡Pero señores!... ¡La mesa está servida!... ¡Vamos a comer!

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