sábado, 14 de mayo de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

La discusión fue violenta. María, enfurecida no quiso admitir que su hija pudiera casarse, dos eran los único argumentos que con torpe razonamiento y descompuesta actitud esgrimía como justificación a su negativa: que Teresa no estaba en edad para casarse y Roberto no era el hombre que le convenía; se negaba a entender las que Manuel, haciendo grandes esfuerzos para conservar la calma le exponía, no entraba en razón, concluyó por callar y huir. Pasó el día sin que lograran entenderse, Manuel se preocupaba pensando que Roberto podría volver en busca de una respuesta que no podía darle. Al día siguiente, al oír el pito del barco que anunciaba su partida, Sintió un gran alivio: ya no iría Roberto por la respuesta, pero una profunda pena le embargó al acercársele Teresa con ojos suplicantes, que parecían reflejar la ansiedad de oír de sus labios el asentimiento que Roberto y ella esperaban.
Los días siguientes fueron de hiriente tirantez. Teresa, obligada a permanecer en la casa, no se atrevía ni a mirar a su madre, pues siempre la encontraba con airado gesto y la llenaba de duros reproches de ingratitud filial e insultos premonitorios de infortunio. Manuel persistía con paciente dulzura en el afán de vencer la obstinación de María, la que lo esquivaba, rehuía la conversación y al encontrar tan granítico rechazo se marchaba al almacén o se encerraba en su despacho, alentando siempre la esperanza de algo que variara su actitud.
Cuarenta días demoró Manuel su partida al Ampiyacu, esperando dos veces la llegada del “Liberal”, a su paso al Putumayo y a su regreso, pensando que Roberto iría a buscarlo por la respuesta que creía estar obligado a darle y no hubiera sido satisfactoria por la ciega oposición de María, pero en ambas oportunidades el barco sólo acoderó el tiempo indispensable para la carga y descarga, muy pocas horas; quiso atribuir a esa circunstancia que no fuera y se sintió aliviado por el aplazamiento de la entrevista, pero Maria, la aprovechó para esgrimir tal ausencia, como prueba de irresponsabilidad de sus actos y falta de seriedad en su petición. Manuel no lo pensó así, comprendió que si intencionalmente no fue a verlo, habría sido por sentirse en situación desairada, se habría llamado a reflexión sobre la firmeza de sus sentimientos y la actitud que debería asumir. Si realmente quería a Teresa, lucharía por su amor, volvería, pese al rechazo de María, a reclamarlo y obtenerlo. Eso esperaba Manuel y le habría bastado para su tranquilidad, pero no podía dilatar la espera, tenía que viajar por su negocio.
En cuanto a Roberto, en ambas oportunidades tuvo que hacer grandes esfuerzos para no ir a buscarlo, pese a sentirse agraviado por las palabras de María y su manifiesta hostilidad, cuyo motivo no encontraba ni comprendía. Tenía la seguridad que al ser consultada Teresa, su afirmación haría variar la negativa disposición de su madre y en alguna forma se enteraría de tal cambio.
Pasaron dos meses y otra vez entró el barco a Caballo Cocha. Roberto ya no se pudo contener y fue a la casa. Tocó y luego de cierta espera una sirvienta salió a atenderlo.
- Buenos días, soy Roberto Ríos, quisiera hablar con el señor Pinedo.
- Don Manuel está en viaje, joven.
- Entonces tenga la bondad de avisar a la señora María.
Se metió la sirvienta y después de largo rato volvió con asustada cara.
- Me ha dicho doña María que le diga que no está en la casa.
La miró sorprendido y luego de breve vacilación preguntó:
- ¿Y la señorita Teresa?
- “Aistá” adentro con su madre - contestó e hizo ademán de cerrar la puerta.
- Espera...
- No puedo, joven, doña María me ha dicho que cierre la puerta.
Roberto sintió subírsele la indignación. Sin decir una palabra salió y lentamente se dirigió al puerto, volviéndose a mirar casi a cada paso, en la esperanza que saliera Teresa y pudiera verla. Llegó al barco profundamente afectado y toda la tarde se la pasó pensando qué podía hacer y tomó una resolución: ¡Iría a verla por la noche!... Teresa debió haberse enterado que fue a su casa y de lo ocurrido, querría verlo y no podía haber olvidado el silbido con que la llamó a la cita.
Impaciente esperó la hora apropiada y salió, era ya tarde para el pueblo y la calle estaba desierta. Cautelosamente se aproximó, observó que dentro no había ninguna luz, entró al patio, se puso en cuclillas y luego de un instante de vacilación moduló el silbido. Esperó, volvió a silbar y a la tercera vez, igual que en la anterior oportunidad, una sombra blanca apareció en la puerta y la cerró cuidadosamente. Corrió a su encuentro y sin una palabra la estrechó en sus brazos, la cubrió de besos y alzándola la condujo al ángulo que ya conocían. Pasado el mutuo transporte que provocó el encuentro le preguntó:
¿Oíste cuando silbé?
- Sí, presentí que vendrías, porque supe que la lancha iba a “dormir” en el puerto y estaba esperando tu señal.
- ¿Te dijo tu mamá que esta mañana vine a saludarlas?
- No, pero vi cuando la muchacha le avisó que eras tú quien había llamado a la puerta y lo que le ordenó y desde ese momento ha estado “rabiándose” malamente. Todo el día ha estado “riñéndome” y “haciéndome oír”. Yo tuve que estar callada por miedo a que me “vaya a pegar”. He tenido que aguantar para no llorar porque hubiera sido peor.
- ¿Tu papá sigue en viaje?
- Sí. Ya hace mucho tiempo que ha salido la comisión y no se sabe cuándo va a regresar.
Hablaban con largas pausas, en las que retozaban, se acariciaban y se daban largos besos.
- Y dime ahora, ¿qué dijiste cuando te preguntaron si quieres casarte conmigo?
- Mi mamá no me ha preguntado, no quiere ni oír eso... me ha dicho si, que quisiera verme muerta antes que casada contigo. Mi papá te ha estado esperando para decirte que tengas un poco de paciencia.
- Y tú… ¿qué dices?... Yo quiero llevarte lo más pronto, mi madre ya te está esperando. No le he dicho que tu mamá no me ha aceptado, sólo le he dicho que tu padre está de viaje y estamos esperándole.
Teresa salió igual que en la vez anterior, en ropa de dormir; sobre el largo calzón que le llegaba hasta las rodillas, la sutil camisa dejaba a discreción de Roberto los cálidos encantos de su cuerpo, él los sentía y extasiado, no quería perder su contacto, la tenía estrechamente abrazada y no cesaba de acariciarla en los cabellos, en la nuca, en la garganta, en las mejillas, con las manos, con sus besos, que Teresa devolvía con ardor, mientras hablaban queda y lentamente.
- Dime una cosa.... si tus padres no quisieran que nos casáramos... ¿serías capaz de venir conmigo?
Se miraron fijamente a los ojos, Teresa temblaba entregada a los brazos de Roberto, que le rodeaban el talle apretándola contra su pecho.
- No sé... - dijo vacilante, exhalando un suspiro - yo te quiero, quiero estar contigo... cuando te vas me parece que me estoy yendo contigo, porque pienso dónde estarás, si volverás, si te veré de nuevo... Mi madre me “riñe” a cada momento porque no le oigo o no le obedezco por estar distraída... pero... ¿Qué diría mi padre?
- Si vinieras conmigo, en cuanto llegáramos a Iquitos te llevaría donde tu padrino; él sabe que quiero casarme contigo y sería nuestro padrino de matrimonio.
- Vamos esperando que llegue mi padre. Yo le voy a decir lo que me estás diciendo, él sabe que nos queremos y ha de imponer su autoridad.
Roberto sabia que ya no podía vivir sin ella, pero encontró razonable lo que Teresa decía, la cubrió de besos, que ella devolvía apasionadamente, ambos estaban palpitando de ardiente deseo, ella se abandonaba suavemente a toda sus caricias, él sentía enloquecer… pero volvía a dominarse. Si la quería de verás debía respetarla; la desprendió suavemente para luego atraerla y besándola en la boca, las mejillas, la garganta, le dijo:
- Está bien, vamos a esperar el regreso de tu papá; no sé cuándo volverá, pero será para hablar con él en forma definitiva. Vuelve a tu dormitorio, ya me voy.
- ¡No te vayas todavía! - y lo abrazó fuertemente.
- Es necesario, Teresita. ¡Imagínate lo que sucedería si por desgracia tu madre se diera cuenta que estamos aquí!
Teresa se desprendió bruscamente como si hubiera visto en realidad a su madre y esperara su explosión de ira.
- Adiós, Teresita, pronto volveré - dijo Roberto, la cogió de las mejillas y la besó largamente en la boca.
Ella se abandonó y al desprenderse sólo dijo:
- ¡Adiós! - y se introdujo en la casa.
La ausencia de Manuel fue larga. Llegó a Soledad, se informó de la marcha del trabajo y dispuso seguir hacia el Algodón al día siguiente, incorporando a la comisión tres hombres más y Cedeño. Éste, que durante su espera había visto recibir dos remesas de producto, preguntó a Manuel cómo iba a hacer para llevarlo todo no habiendo embarcaciones suficientes y le insinuó la conveniencia de volver inmediatamente dejando el personal en el varadero, para embarcarlo en uno de los batelones y llevarlo a Caballo Cocha. Pensó que acaso le fuera confiada tal misión y de ser así, vería la forma de deshacerse de los peones y seguir hasta Manaos o algún puerto brasileño, para venderlo y huir.
- No hay personal suficiente - fue la respuesta - en el Algodón necesitamos de toda la gente para marcar los árboles y empezar el trabajo. Creo que en un mes podremos terminar, entonces de regreso lo llevaremos.
Manuel encontró el trabajo en el campamento del Algodón bastante avanzado; Teodoro había puesto gran empeño y además de haber concluido la construcción de los tambos, había terminado la marca de los árboles e iniciado la extracción. Su única preocupación fue la presencia de gente extraña, trabajadores de otras estaciones, que se metían a las estradas de Manuel, so pretexto de extravío, visita o simple tránsito, todos con herramientas de trabajo, que no se podía asegurar no fueran usadas en los árboles de la estación. Cuando Teodoro le expuso a Manuel sus temores, éste contestó.
- Tenemos que ser prudentes, no podemos prohibirles que vengan a visitarnos y menos que pasen por aquí, pero ahora que tenemos más gente pondremos más vigilancia.
Dos meses permaneció en el campamento, al cabo de los cuales, observando que la producción se iba acumulando, resolvió llevársela. Hizo conducir la remesa a1 varadero y embarcarla en el más grande de los batelones y con cinco hombres emprendió el regreso.
Al partir dio las instrucciones para continuar el trabajo a Teodoro, con gran disgusto de Cedeño, que creía ser el indicado para quedarse como jefe. Mientras estuvo Manuel no pudo evitar el temor de ser delatado por Teodoro, estaba intranquilo y en permanente estado de alerta para una posible fuga, pero nada ocurrió y terminó por pensar que había dado crédito a su patraña; la comisión partió y al encontrarse a órdenes de Teodoro, empezó a mostrar su contenido disgusto, que se hizo más evidente cuando notó que González, el del pleito, estaba en muy buenas relaciones con Teodoro y ambos lo trataban no precisamente con el respeto que creía merecer por ser blanco. ¡Indios de mierda! - pensaba - ¡Quieren igualarse a uno! - y tenía que contenerse porque nada veía en perspectiva. Las bolas de caucho flotando en el “tapaje” estaban lejanas y donde estaba… ¡Lo más que podía robar era una bola!... ¡Y el varadero para conducirla era largo!... Empezó a exprimirse la cabeza en busca de una idea que no tardó en ocurrírsele. ¿Porqué no podían tener un almacén en el puerto del varadero?... Teniéndolo podrían almacenar allí lo que fueran recibiendo y estaría listo para el embarque. Hizo conocer su idea a Teodoro y González y con gran contento suyo aquel dijo:
- Don Manuel ha pensado ya y me ha dicho que cuando regrese va a mandar hacer un tambo grande y seguro.
- ¿Y porqué no podemos adelantar el trabajo? Si tú me das cuatro hombres yo lo puedo hacer y cuando regrese el patrón lo va a encontrar listo.
Teodoro se entusiasmó. Su buena fe le impedía sospechar la intención de Cedeño, admitió la iniciativa, le dio la gente solicitada y se imaginaba la satisfacción de su patrón al encontrar a su regreso, anticipadas sus intenciones. El plan de Cedeño marchaba.
En tanto, Manuel llegó a Soledad, embarcó todo el producto que encontró y lo llevó a Caballo Cocha, donde llegó casi a los cuatro meses. Esperó encontrar alguna noticia de Roberto, pero el hermetismo de María al respecto fue absoluto; preguntó a Teresa y ésta le contó el desaire que le hizo Maria, provocando el enfurecimiento de ésta, que se tradujo en un par de cachetadas por “habladora”. Manuel se indignó y quedo profundamente afectado, pero a Maria pareció no importarle.
Pasaron como seis meses de los primeros acontecimientos. La “vaciante” del río impedía entrar al barco hasta el puerto de Caballo Cocha, se quedaba en la boca del “caño” para las maniobras de carga y descarga, cuya conducción hasta el puerto se hacía en canoas. Era más difícil para los del barco llegar al pueblo. En aquel viaje la nave permaneció más de un día y al enterarse Roberto que Manuel había vuelto del suyo, decidió ir a verlo, pero no fue a la casa sino al almacén. El tiempo y la reflexión habían serenado sus impulsos y la amabilidad con que fue recibido acabó con la predisposición que llevaba. Empezaron hablando de salud, negocios, trabajo, amigos, hasta que, decidido Roberto, abordó el tema que le interesaba.
- Don Manuel, ha pasado ya mucho tiempo desde cuando le pedí su señorita hija en matrimonio; razones de trabajo me impidieron venir antes a conocer su determinación y la de su señora respecto a mi petición.
Manuel lo miró sonriendo con evidente tristeza y luego de un breve silencio respondió:
- Vamos a casa, Roberto, allí hablaremos con más comodidad. Le aseguro que hoy lo decidiremos todo.
Madre e hija los recibieron. Por algún impulso inexplicable, Teresa lucía un precioso vestido y estaba arreglada inusualmente, resaltando sus juveniles encantos. Después de saludar se dirigió a una de las habitaciones laterales, pero su padre la llamó:
- No te vaya, Teresa, te necesitamos.
María no saludó, lo miró en silencio con evidente desagrado.
- Siéntese, Roberto, sentémonos todos - dijo Manuel y luego de una breve pausa continuó - María, el señor Ríos fue al almacén para hablar sobre la petición que nos ha hecho, como es asunto que nos concierne a todos lo invité a venir.
Calló Manuel, esperaba que María dijera algo, pero ella, con el ceño fruncido, mirando al vacío no dijo una palabra. Roberto impaciente, pero con afectada calma, mirándola dijo:
- Señora, don Manuel, con todo respeto he venido a reiterar mi pedido de la mano de su señorita hija; he debido venir antes, ya le expliqué a usted, don Manuel, por qué no fue posible, pero creo que la demora ha sido beneficiosa, comprendiendo que es asunto que necesita reflexión y serenidad. Han pasado seis meses, he reflexionado, cada día se ha hecho más firme mi propósito y creo que la señorita Teresa pensará lo mismo.
- ¡Ajá!... Así que por eso se preparó, ya se habían puesto de acuerdo ¿no?
- barbotó María barriéndola de pies a cabeza con fulgurantes ojos al observar su atuendo y arreglo - ¡Yo no quiero saber nada de eso!... ¡He dicho que mi hija no está todavía en edad de casarse y no lo consentiré!...
Su padre tampoco puede consentirlo en contra de mi voluntad, así que es inútil que usted haya venido.
- ¡María! - le reconvino Manuel, haciendo esfuerzos para contenerse - ¡cálmate! - y con firmeza continuó - el señor Ríos está procediendo como un caballero, nuestra hija le ha autorizado a que pida su mano y es ella quién debe decirnos si acepta casarse.
- ¿Y qué valor tiene la petición de un hombre que no conocemos? ¿Quién nos garantiza su calidad moral o siquiera la verdad de sus palabras?
- Si mi madre hubiera podido venir, yo la hubiera traído - contestó Roberto con firme tono - pero no para que garantice la seriedad de mi petición, sino para que su presencia de realce y prestancia a mí acto. Si ustedes conociesen a mis padres, de los que me siento orgulloso, eso debería bastarles para saber quien soy. Nadie ha puesto en duda ¡nunca! la seriedad de mi conducta ni el cumplimiento de mis compromisos, porque esa enseñanza ha sido la única herencia que tenemos. He ofrecido a su señorita hija mi nombre ella lo ha aceptado y por eso pido su consentimiento para casarnos.
- ¡Ella no está todavía en edad para decidir y menos para casarse! - casi gritó María.
- Bien Roberto - intervino Manuel - reconozco el valor de sus palabras y su ofrecimiento, pero oigamos lo que dice Teresa, no porque dude de lo que usted dice, sino como una reafirmación del compromiso - y dirigiéndose a ella, que increíblemente serena escuchaba - has oído lo que ha dicho el señor Ríos ¿Estás dispuesta a casarte con él?
Mirando fijamente, primero a Roberto y luego a su padre y a su madre, con voz suave, tranquila y segura, contestó:
- ¡Sí, papá! ¡Estoy resuelta a casarme con él!
- ¡Pedazo de malagradecida! - dijo entre dientes María y poniéndose violentamente de pie, se encaminó a una de las habitaciones y se metió en ella.
Manuel se levantó y acercándose a Teresa, que también se puso de pie, la tomo de las mejillas entre serio y sonriente y con voz mezcla de dulzura y tristeza insistió:
- ¡Estás segura de lo que estás diciendo?
- Sí, papá.
La besó en la frente y volviéndose a Roberto.
- Bueno, todo está resuelto, yo debo salir de viaje dentro de unos días y volveré en tres semanas. Vamos a arreglar todo para que el matrimonio se realice a mi regreso. Hablaré con mi mujer, ella depondrá su actitud y todo saldrá bien. Puede usted venir a la casa cuando quiera.
Roberto se sentía en el pináculo de la felicidad. Miraba a Teresa y en sus ojos veía reflejados sus pensamientos e impulsos de tomarla en sus brazos y llenarla de besos… ¡Ya era su novia!... ¿Podía abrazarla y besarla?... Se contuvo pensando que todo debía tener una secuencia formal y oportuna. De repente le asaltó el temor: ¿Conseguiría Manuel disuadir a María?... ¿Qué sucedería si ella mantenía su oposición ?... y Teresa... ¿Cómo sufriría tal situación?... Con tales pensamientos, pero sin demostrar la preocupación que le causaban se despidió, dando un simple apretón de manos a Teresa. Manuel al estrechar fuertemente la suya, concluyó:
- Esperemos que todo salga bien, esté atento a mi regreso
Roberto continuó su viaje, Manuel inició el suyo tres días después y Teresa empezó a sufrir su calvario. De la mañana a la noche, a cada encuentro, a cada instante, su madre la llenaba de reproches e insultos;
- ¡Desgraciada!... Así es como correspondes a mis cuidados y desvelos... No te das cuenta del daño que me haces y de la pena que me causas,
¡Te vas a acordar de mi cuando ya sea demasiado tarde!... ¡Ni pienses venir con tus quejas y lamentaciones!
Teresa no contestaba, Maria le exigía respuestas y al no obtenerlas la cogía por sus largos cabellos, le sacudía la cabeza, le aplicaba sonoras bofetadas. Se cansó de llorar y aprendió a sufrir en silencio, sus lágrimas parecían haberse agotado. Sus padres no eran devotos, nunca vio ni oyó que rezaran. No tenían ninguna imagen religiosa en la casa y aún no había iglesia en el pueblo; ella aprendió una pocas oraciones en la escuelita, pero no sabía como pedir a Dios que la protegiera y escondiéndose, sumía su cabeza, cerraba los ojos y rezaba el Padre Nuestro, el Ave Maria y el Credo, únicas oraciones que sabía... rezaba y rezaba después de cada maltrato.
Tal comportamiento, el correr del tiempo o quizá el pensar que ya la había dominado y convencido, suavizaron algo la dureza y los maltratos que le hacia sufrir María, pero se equivocaba, Teresa sintió endurecido su carácter y menguado el amor a su madre; sus pensamientos volaban a su padre, rogando por su regreso y a Roberto con el ansia de que llegara el día en que se unieran para siempre.

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se acomodaron todos, los criados empezaron a servir, los comensales a disfrutar y durante largo rato el ruido de los cubiertos alternó con la alegre conversaci6n. Terminaron, retiraron los servicios y dispusieron la mesa para el juego que Prieto, Swayne, la Torre y Manuel, estaban esperando; los demás poco a poco fueron retirándose y de los últimos fue Roberto, que con gran satisfacción de Prieto se había interesado en aprender el juego.
Al día siguiente, impaciente Roberto por formalizar su compromiso, se dirigió a la casa de Manuel. No pensaba, precisamente, en una petición de mano, porque tenía conciencia de que tal acto debía estar revestido de cierta solemnidad y debía ser hecho por su madre. Tampoco tenía idea de lo que debía decir, ni cómo empezar y presentía que lo que dijera no tendría buena acogida de parte de María.
Casi temblando llegó a la puerta del patio. Por feliz coincidencia era domingo y los esposos estaban sentados junto a la puerta de la sala examinando unos papeles, por un instante sintió un súbito impulso de echar a correr de regreso. Al verlo Manuel, se levantó y salió a recibirlo, María lo miró y sin decir una palabra se introdujo a la habitación contigua.
- Buenos días, don Manuel - se adelantó.
- Buenos días Roberto, venga usted, - lo cogió amablemente del brazo, lo condujo al salón y como notara que Maria se habla retirado agregó: tome asiento, discúlpeme un momento, voy a llamar a mi mujer.
- No la incomode, don Manuel, debe estar en sus quehaceres.
- Estaba aquí... bueno, tal vez haya recordado algo que tenía que hacer... sí, ya vendrá. ¿Y qué me cuenta?... ¡Simpática la reunión de anoche!... ¿No?... Debe ser agradable estar viajando siempre, cada vez con nuevos amigos, en nuevos sitios... ¿Cuánto tiempo está usted viajando?
- Ya va para dos años, pero están pasando sin yo sentirlos. Como dice usted es agradable y distraído, a mi me gusta mucho y espero no encontrarlo aburrido con el tiempo.
- Siendo su trabajo tiene que encontrarlo siempre agradable.
La conversación fue deslizándose suavemente; variaban los temas enlazándose insensiblemente, Roberto había recobrado su aplomo y buscaba una oportunidad para introducir suavemente el que le interesaba y habló de instalar a su madre en una casa propia.
- Espero cerrar el trato a mi regreso y que el notario haga la minuta respectiva.
- Está muy bien pensado, la propiedad es algo deseable y muy importante para el bienestar de la familia.
- Así es, don Manuel, tengo que pensar en el futuro, en el largo camino de la vida que no puedo recorrer solo; por hoy tengo a mi madre, pero cuando ella me falte necesito de alguien que me acompañe, me aliente, me de una razón para tratar de culminarlo con alegría y felicidad - notó que Manuel lo escuchaba con atención y en silencio, como invitándole a continuar - Estoy pensando en eso, quiero unirme a una mujer digna, darle mi nombre y mi brazo, apoyarme en el suyo, para hacer juntos un solo destino.
- Piensa usted muy bien, Roberto.
- Yo hubiera querido... discúlpeme usted, don Manuel - se atrevió - que fuera mi madre quien le dijera lo que quiero decirle, porque ella es la única que puede respaldarme.
Al notar su vacilación, Manuel, que lo estaba mirando fijamente, un tanto sorprendido le dijo:
- No comprendo... qué es lo quiere usted decirme.
- No sé cómo decirle, don Manuel - continuó con entrecortada voz - vuelvo a rogarle que me perdone... mi atrevimiento... estoy enamorado de su hija... quisiera casarme con ella - y se calló como si hubiera perdido el aliento.
Manuel seguía mirándole fijamente, como absorto. Después de un silencio que a Roberto le pareció interminable habló:
- Pero... usted casi ni la conoce... Teresa... todavía es una criatura... ¿Le ha dicho usted algo a ella?
- Sí, don Manuel... le dije que la quiero... y que iba a hablar con usted.
- Pero... ¡si usted no la ha visto ahora!... No comprendo y me asombra porque ustedes no se vieron más que dos veces...
Desvió la mirada como buscando una explicación, Roberto bajó la suya angustiado, había imaginado otra reacción, esperaba muestras de complacencia, de satisfacción. De pronto se levantó Manuel.
- Discúlpeme un momento, Roberto - se dirigió a la habitación en que había entrado María.
¡Va a buscar a Teresa! - pensó Roberto y sintió un escalofrío - ¿Qué iría a decir si le preguntaba delante suyo?... o acaso volvería con la respuesta... Sí, era lo más probable, Manuel era muy discreto y haría las cosas muy bien. Como hipnotizado miraba la puerta por la que debía volver; le estaba pareciendo larguísima la espera cuando en el marco aparecieron Manuel y Maria, sintió una sacudida; desde que la vio por primera vez le había provocado una instintiva prevención, casi temor y al verla ahora, con el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos brillando como puñales, supuso que Manuel algo le habría dicho y venia predispuesta.
- Buenos días señora - saludó con apagada voz, poniéndose de pie.
- Buenos días - respondió como un latigazo, y se sentó, en una silla que le acercó Manuel junto a la suya.
Quedaron ambos dándole frente y al sentarse se sintió como un acusado frente a sus jueces. Manuel, recobrado de su asombro, reflejaba tranquilidad en su semblante y en sus labios aparecía querer asomar una sonrisa. Después de un breve silencio, mirándolo con suavidad pareció reanudar la conversación.
- Lo que usted acaba de hacer es sencillamente pedirme la mano de mi hija. Comprenderá que esto y lo que significa, es algo muy serio para nosotros los padres, necesita mucha reflexión y más que todo, la seguridad de que no se trata de un impulso momentáneo y pasajero. Ignoro, ignoramos - se corrigió mirando a su mujer - las circunstancias que han provocado su sentimiento y tal determinación y le reconocemos la delicadeza de hacérnosla conocer, pero creo que es prematura la petición de mano...
- Además - interrumpió María - creo que usted no tiene capacidad suficiente para dar ese paso. Piense primero -agregó con calmada y notable dureza - en lograrse un porvenir que le de bienestar y seguridad en la vida. Nosotros creemos que Teresa no está en edad para esas cosas y seria perturbarla hacerle pensar en ellas. Quisiéramos que usted comprenda eso y olvidemos el asunto. Ella sabrá hacer lo mismo.
Calló como dando por terminada la conversación. Roberto sintió que las palabras le cayeron como golpes directos a su corazón, que empezó a latirle con violencia, como saltando de indignación; la sangre se le subió a la cabeza como una llama ardiente que le quemaba; sintió que la impaciencia dominaba su discreción y la ira su temor; hizo un esfuerzo para serenarse y mirándola fijamente, con afectada calma, poniendo énfasis en cada palabra contestó:
- Señora, hace ya mucho tiempo que soy un hombre completo, tengo conciencia de las responsabilidades que he asumido y desde muy joven aprendí a valerme solo. Comprendo su desconfianza en lo que a mi respecta, pero no comprendo cómo puede hacer una afirmación relativa a los sentimientos de su señorita hija, ni cómo puede tomar una determinación en contra de ellos. Cierto que es una niña, pero esa niña está despertando en un nuevo amanecer; cuando le he dicho que la quiero, me ha comprendido y antes de hacernos más ilusiones he creído que lo correcto es ponerlo en conocimiento de ustedes.
Sus firmes palabras y el grave tono en que fueron pronunciadas manifestaban un profundo desagrado, demostraban que no había esperado ni creía merecer tan descomedidas palabras. Manuel notó que María iba a replicar y temiendo que fuera otro despropósito se le adelantó.
- Cálmese, Roberto. Lo que le dice mi mujer tiene mucho de cierto y su amor maternal le ha hecho exagerar su expresión. Yo también creo que Teresa todavía es una criatura y es que para los padres los hijos nunca crecen, los vemos siempre como vinieron al mundo, necesitados de nuestra ayuda, nuestro consejo, nuestra guía; pensamos que siempre debemos tenerlos, queremos que nunca se nos vayan, creemos ser los únicos que podemos hacerlos felices... y pecamos de egoístas. Recuerde usted que le dije que éste es un asunto muy serio para los padres, vamos a hablar con Teresa, que nos diga lo que piensa y sobre todo, que espera de usted.
- Gracias don Manuel, pero permítame decirle que me reafirmo en el deseo que usted me conceda la mano de su hija. A ella le pedí su consentimiento para decírselo, de no haberlo autorizado no lo habría hecho.
- De modo que a nuestras espaldas ya se habían puesto de acuerdo - objetó acremente Maria.
- No, señora, nuestros encuentros han sido casuales, usted nos ha visto, pero el amor es como la vida que está en todas partes, como el aire, que sin darnos cuenta respiramos. Para nosotros fue como encontrar la luz que nos enseñaba un camino desconocido y nos invitaba a recorrerlo juntos.
- ¿Y ya lo sabe su mama?
- Todo lo que hago lo consulto con ella. Ya sabe lo que pienso, lo que quiero y está de acuerdo.
- Está bien, Roberto - dijo Manuel después de un breve silencio, aprecié sus consideraciones, no tome las nuestras como una negativa o un rechazo; debemos hablar con Teresa, que es la principal interesada. Insisto que lo único que nos anima es la búsqueda de su felicidad.
- Y la seguridad de que usted - interrumpió María - ha de tratarla como se merece, sin ninguna clase de privaciones...
Manuel se volvió con una mirada de reconvención que la hizo callar y reanudó su discurso:
...la búsqueda de su felicidad – repitió - que como padres estamos obligados a dar. Dennos un poco de tiempo para mirar las cosas con calma, a ustedes también les será beneficioso para que se conozcan más y se entiendan mejor. Una espera, por larga que fuera, poco significarla, si ese tiempo sirve para hacer más firme el lazo que los va a unir, porque el matrimonio es para toda la vida.
Quedaron los tres en silencio, un silencio tenso como el correr de las nubes antes de la tempestad. Maria quería hablar, pero sentía la mirada de Manuel prohibiéndola, éste no quería ni tenía nada que agregar, Roberto sabía que lo habla dicho todo. Se puso de pie en actitud de despedirse, Manuel y Maria hicieron lo mismo.
- Señora, don Manuel... les ruego que me disculpen si no he sido correcto, mi respeto y consideración no han variado - a cada uno le hizo una inclinación de cabeza agregando - ¡Buenos días, señora!... buenos días don Manuel - y se dirigió la puerta.
Ambos esperaron que les extendiera la mano y sorprendidos, sin contestarle, lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la calle y desapareció.
- ¡Qué malcriado es este sujeto! - estalló María.
Y al notar que Manuel no contestaba y parecía estar mirando en el vacío añadió:
- No tiene educación... ¡Se ve que es un pobre diablo!
Manuel volvió en sí.
- Pero has oído lo que ha dicho... Está herido en sus sentimientos, parece ser un hombre muy sensible y esa sensibilidad ha sufrido con lo que tú le has dicho... ¿No crees que has sido muy dura y hasta desatenta sin ningún motivo.
- Es un infeliz que se aprovecha de sus amigos! ¡Qué se puede esperar de un pobre maquinista!... ¡Y tiene el atrevimiento de querer casarse con mi hija!
- ¿Y porqué crees que no puede casarse con nuestra hija? - recalcó - ¿Por ser un pobre maquinista?... No sabemos si es pobre y no creo que lo sea. Quien recibe con regularidad un sueldo, fruto de su trabajo, no es un pobre diablo; con su profesión puede hacer fortuna, pues todas las fortunas son fruto del trabajo y tienen más mérito que las que se heredan. Si yo no hubiera tenido el dinero de mis padres para empezar a trabajar ¿habrá tenido habilidad para ganarlo?... Desecha la pobreza como argumento en contra de Roberto, porque si llegara a casarse con Teresa se llevaría su fortuna, que es la nuestra.
- Seguramente eso es lo que él busca, ha averiguado, ha visto sabe que es nuestra única hija y que tú tienes plata y bienes.
- Pero no podemos oponernos si se quieren, sobre todo si Teresa lo quiere.
- ¡Nunca, nunca! - protestó María - Yo quiero para mi hija un hombre digno de nuestro nombre y de nuestra clase.
- Pero. ¿Qué clase tenemos nosotros?... Yo soy un simple cauchero con plata, por mi plata he conseguido amigos, me he hecho masón, pero soy el mismo Pinedo de Moyobamba, de los humildes Pinedo, más conocidos por su honradez que por su linaje. Los Ríos son igual, humildes pero respetables, a los que donde iban les sacaban el sombrero... entonces somos iguales... ¡Y tú quieres más clase, nobleza tal vez!.. ese tipo de nobleza que ya no tiene valor, porque la nobleza de ahora es el trabajo, el estudio, la ciencia, el arte... y todo eso raras veces coincide con el linaje o con el dinero.
- Parece que a ti no te importa el porvenir de tu hija y te pones de parte de ese tipo.
- Estas ofuscada por que está llegando el momento de perderla; no pensabas en esto, creías que todavía era y siempre sería la niñita que manejabas a tu modo y antojo, yo mismo, si no hubiera sido por esta circunstancia no me habría dado cuenta de que ya es una mujer. Cuando llegaron juntos al almacén abrí los ojos a la realidad; el destino los había puesto en el mismo camino, tenía que ayudar a mí hija a determinar si es el que le conviene, pero no esperaba que se precipitaran los acontecimientos. Deja que hable yo con Teresa, tú está predispuesta en contra de un probable entendimiento y ella podría tener el temor de ser sincera. Ve a traerla pero no le digas para qué.
Sin decir palabra María se dirigió al interior. Manuel cerró la puerta que daba a la calle y volvió a sentarse. Con la mirada en el vacío buscaba el porqué su mujer se oponía tan rotundamente a la petición de Roberto; era un hombre correcto y abonaba en su favor el aprecio de cuantos con él alternaban: su compadre Ponciano, su amigo Samuel, sus jefes, todos lo trataban con especial deferencia, él mismo, había sentido la atracción de su carismática personalidad; su franca mirada no tenía doblez, hablaba con sencillez aún de las cosas más importantes... ¿Qué era lo que desagradaba a su mujer?
Sumido en su meditación no se dio cuenta de la tardanza y volvió a la realidad al verlas aparecer, María indiferente, como ajena a los acontecimientos, Teresa asustada, retorciéndose las manos por detrás, con los ojos húmedos, huyendo de la mirada de su padre.
- Trae ese sillón y siéntate a mí lado - le dijo.
Obedeció, pero al ver que lo ponía alejado insistió:
- Más cerca.
Volvió a obedecer, pero le pareció aun distante. Se levantó, cogió el sillón y lo puso apoyado al suyo. María cogió otro, lo puso cerca del de Teresa y se sentó.
- ¿Qué es lo que te ha dicho tu madre que te ha hecho llorar? - preguntó y al no obtener respuesta añadió - porque se nota que has llorado y no creo que el motivo sea lo que debemos decirte o lo que tú tienes que decirnos - hizo una pausa y continuó - el señor Ríos ha venido a pedirte en matrimonio, dijo que tu le habías autorizado, lo que supone que le has dado tu consentimiento... pero dime hija, ¿cuándo le has dado ese consentimiento?... ¿cuándo te habló de matrimonio? ¿Y por qué no le dijiste a tu madre o a mi?
Teresa con los ojos bajos no contestó.
¿No quieres contarnos como ha ocurrido todo? Insistió con un dejo de amargura.
Tampoco obtuvo respuesta. De pronto Maria se puso de pie e inclinándose amenazadora hacia Teresa le gritó:
- ¡Habla perra!
La niña se hizo atrás asustada, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar convulsivamente. Manuel se levantó violentamente e indignado se dirigió a María: ¡Piensa lo que estas diciendo!... ¡Es tu hija!... ¡Si no eres capaz de contener tus brutales impulsos! ¡Vete!... ¡Déjanos solos!
Al ver que no se movía, la cogió del brazo y suavizando su tono repitió:
- Déjanos solos. Si no has logrado en quince años ganar la confianza de tu hija, deja que yo lo intente ahora y la condujo a la puerta del cuarto contiguo.
Volvió a su asiento, Teresa seguía llorando. La cogió por la cabeza y la atrajo suavemente sobre su hombro, se sacó un pañuelo del bolsillo y le enjugó las copiosas lágrimas que bañaban su rostro.
- Cálmate hijita, no llores más, no hay motivo para llorar, pero si tuviste uno trata de olvidarlo. Los padres, a veces, exageramos nuestros cuidados y hasta nuestras maneras, creyendo que así protegemos a los hijos de los peligros, que así seremos obedecidos. Tú eres nuestra única hija, si hubieras sido varón te hubiera tenido más cerca, eres mujer, he creído que tu madre debía ser la que te guiara y abriera el camino de la vida. Quizá me alejé demasiado, pero estamos a tiempo de remediarlo, quiero estar cerca de ti, más cerca que nunca, porque me necesitas, porque debo ayudar a tu madre en la tarea de hacer de ti una mujer digna... Por que mi hija ya es una mujer y tiene que actuar como tal, cumplir con su destino. Nada hay de extraño, vergonzoso u ofensivo en que un hombre solicite a una mujer en matrimonio, es la ley natural, una norma social en el mundo civilizado; te ha llegado el momento de cumplirla, nada hay que pueda infundirte disgusto, temor o desconfianza. Éste es el momento en que tú y yo... bueno, también tu madre, debemos expresar nuestra opinión y si hay algún motivo de temor o desconfianza hacia ese cumplimiento… dime Teresa, ¿Te dijo Roberto que quiere casarse contigo?
Teresa se había recobrado, sus ojos estaban todavía húmedos pero serenos y su semblante reflejaba decisión.
- Sí, papá - contestó con firmeza - fue el día que fuimos al almacén.
- Pero... ¿Así de pronto?
- Hablamos antes en la casa, aquel día que fue a recoger las escopetas, cuando estaba arreglando la máquina.
- Y tú, ¿Estas segura de quererlo?... Háblame con entera franqueza, como si yo fuera tu madre.
Teresa lo miró como reprochándole que se comparara con su madre, sus miradas se encontraron y sus ojos parecieron entenderse, decirse las mismas cosas, percibir las mismas sensaciones y las mismas imágenes. Sonrió y apartándolos ruborizada contestó:
- Sí, papá, mamita me lo presentó en la fiesta y creo que desde que nos dimos la mano... ya nos quisimos.
Manuel recordó su noviazgo, algo semejante le ocurrió con María, pero ellos no tuvieron a quien pedir permiso para tomar una determinación o dar cuenta de sus actos, porque el tío de María era casi un personaje decorativo.
- ¿Y porqué viniste llorando?
- Mamita me “riñó” y me dijo que nunca consentiría que me casara con Roberto, porque no era el hombre que me convenía. Y cuando le dije que yo también le quería, me dijo que haría cualquier cosa para impedirlo y si no le obedecía me mandaría a un convento. Me insultó de malagradecida, que no sabia corresponder a sus cuidados y a su cariño y me aseguró que usted tampoco quería que me casara.
- Tú eres la única que puede decidirlo y veo que estás decidida. Vete nomás a tus quehaceres. Yo arreglaré lo demás con tu madre.