miércoles, 11 de mayo de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se acomodaron todos, los criados empezaron a servir, los comensales a disfrutar y durante largo rato el ruido de los cubiertos alternó con la alegre conversaci6n. Terminaron, retiraron los servicios y dispusieron la mesa para el juego que Prieto, Swayne, la Torre y Manuel, estaban esperando; los demás poco a poco fueron retirándose y de los últimos fue Roberto, que con gran satisfacción de Prieto se había interesado en aprender el juego.
Al día siguiente, impaciente Roberto por formalizar su compromiso, se dirigió a la casa de Manuel. No pensaba, precisamente, en una petición de mano, porque tenía conciencia de que tal acto debía estar revestido de cierta solemnidad y debía ser hecho por su madre. Tampoco tenía idea de lo que debía decir, ni cómo empezar y presentía que lo que dijera no tendría buena acogida de parte de María.
Casi temblando llegó a la puerta del patio. Por feliz coincidencia era domingo y los esposos estaban sentados junto a la puerta de la sala examinando unos papeles, por un instante sintió un súbito impulso de echar a correr de regreso. Al verlo Manuel, se levantó y salió a recibirlo, María lo miró y sin decir una palabra se introdujo a la habitación contigua.
- Buenos días, don Manuel - se adelantó.
- Buenos días Roberto, venga usted, - lo cogió amablemente del brazo, lo condujo al salón y como notara que Maria se habla retirado agregó: tome asiento, discúlpeme un momento, voy a llamar a mi mujer.
- No la incomode, don Manuel, debe estar en sus quehaceres.
- Estaba aquí... bueno, tal vez haya recordado algo que tenía que hacer... sí, ya vendrá. ¿Y qué me cuenta?... ¡Simpática la reunión de anoche!... ¿No?... Debe ser agradable estar viajando siempre, cada vez con nuevos amigos, en nuevos sitios... ¿Cuánto tiempo está usted viajando?
- Ya va para dos años, pero están pasando sin yo sentirlos. Como dice usted es agradable y distraído, a mi me gusta mucho y espero no encontrarlo aburrido con el tiempo.
- Siendo su trabajo tiene que encontrarlo siempre agradable.
La conversación fue deslizándose suavemente; variaban los temas enlazándose insensiblemente, Roberto había recobrado su aplomo y buscaba una oportunidad para introducir suavemente el que le interesaba y habló de instalar a su madre en una casa propia.
- Espero cerrar el trato a mi regreso y que el notario haga la minuta respectiva.
- Está muy bien pensado, la propiedad es algo deseable y muy importante para el bienestar de la familia.
- Así es, don Manuel, tengo que pensar en el futuro, en el largo camino de la vida que no puedo recorrer solo; por hoy tengo a mi madre, pero cuando ella me falte necesito de alguien que me acompañe, me aliente, me de una razón para tratar de culminarlo con alegría y felicidad - notó que Manuel lo escuchaba con atención y en silencio, como invitándole a continuar - Estoy pensando en eso, quiero unirme a una mujer digna, darle mi nombre y mi brazo, apoyarme en el suyo, para hacer juntos un solo destino.
- Piensa usted muy bien, Roberto.
- Yo hubiera querido... discúlpeme usted, don Manuel - se atrevió - que fuera mi madre quien le dijera lo que quiero decirle, porque ella es la única que puede respaldarme.
Al notar su vacilación, Manuel, que lo estaba mirando fijamente, un tanto sorprendido le dijo:
- No comprendo... qué es lo quiere usted decirme.
- No sé cómo decirle, don Manuel - continuó con entrecortada voz - vuelvo a rogarle que me perdone... mi atrevimiento... estoy enamorado de su hija... quisiera casarme con ella - y se calló como si hubiera perdido el aliento.
Manuel seguía mirándole fijamente, como absorto. Después de un silencio que a Roberto le pareció interminable habló:
- Pero... usted casi ni la conoce... Teresa... todavía es una criatura... ¿Le ha dicho usted algo a ella?
- Sí, don Manuel... le dije que la quiero... y que iba a hablar con usted.
- Pero... ¡si usted no la ha visto ahora!... No comprendo y me asombra porque ustedes no se vieron más que dos veces...
Desvió la mirada como buscando una explicación, Roberto bajó la suya angustiado, había imaginado otra reacción, esperaba muestras de complacencia, de satisfacción. De pronto se levantó Manuel.
- Discúlpeme un momento, Roberto - se dirigió a la habitación en que había entrado María.
¡Va a buscar a Teresa! - pensó Roberto y sintió un escalofrío - ¿Qué iría a decir si le preguntaba delante suyo?... o acaso volvería con la respuesta... Sí, era lo más probable, Manuel era muy discreto y haría las cosas muy bien. Como hipnotizado miraba la puerta por la que debía volver; le estaba pareciendo larguísima la espera cuando en el marco aparecieron Manuel y Maria, sintió una sacudida; desde que la vio por primera vez le había provocado una instintiva prevención, casi temor y al verla ahora, con el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos brillando como puñales, supuso que Manuel algo le habría dicho y venia predispuesta.
- Buenos días señora - saludó con apagada voz, poniéndose de pie.
- Buenos días - respondió como un latigazo, y se sentó, en una silla que le acercó Manuel junto a la suya.
Quedaron ambos dándole frente y al sentarse se sintió como un acusado frente a sus jueces. Manuel, recobrado de su asombro, reflejaba tranquilidad en su semblante y en sus labios aparecía querer asomar una sonrisa. Después de un breve silencio, mirándolo con suavidad pareció reanudar la conversación.
- Lo que usted acaba de hacer es sencillamente pedirme la mano de mi hija. Comprenderá que esto y lo que significa, es algo muy serio para nosotros los padres, necesita mucha reflexión y más que todo, la seguridad de que no se trata de un impulso momentáneo y pasajero. Ignoro, ignoramos - se corrigió mirando a su mujer - las circunstancias que han provocado su sentimiento y tal determinación y le reconocemos la delicadeza de hacérnosla conocer, pero creo que es prematura la petición de mano...
- Además - interrumpió María - creo que usted no tiene capacidad suficiente para dar ese paso. Piense primero -agregó con calmada y notable dureza - en lograrse un porvenir que le de bienestar y seguridad en la vida. Nosotros creemos que Teresa no está en edad para esas cosas y seria perturbarla hacerle pensar en ellas. Quisiéramos que usted comprenda eso y olvidemos el asunto. Ella sabrá hacer lo mismo.
Calló como dando por terminada la conversación. Roberto sintió que las palabras le cayeron como golpes directos a su corazón, que empezó a latirle con violencia, como saltando de indignación; la sangre se le subió a la cabeza como una llama ardiente que le quemaba; sintió que la impaciencia dominaba su discreción y la ira su temor; hizo un esfuerzo para serenarse y mirándola fijamente, con afectada calma, poniendo énfasis en cada palabra contestó:
- Señora, hace ya mucho tiempo que soy un hombre completo, tengo conciencia de las responsabilidades que he asumido y desde muy joven aprendí a valerme solo. Comprendo su desconfianza en lo que a mi respecta, pero no comprendo cómo puede hacer una afirmación relativa a los sentimientos de su señorita hija, ni cómo puede tomar una determinación en contra de ellos. Cierto que es una niña, pero esa niña está despertando en un nuevo amanecer; cuando le he dicho que la quiero, me ha comprendido y antes de hacernos más ilusiones he creído que lo correcto es ponerlo en conocimiento de ustedes.
Sus firmes palabras y el grave tono en que fueron pronunciadas manifestaban un profundo desagrado, demostraban que no había esperado ni creía merecer tan descomedidas palabras. Manuel notó que María iba a replicar y temiendo que fuera otro despropósito se le adelantó.
- Cálmese, Roberto. Lo que le dice mi mujer tiene mucho de cierto y su amor maternal le ha hecho exagerar su expresión. Yo también creo que Teresa todavía es una criatura y es que para los padres los hijos nunca crecen, los vemos siempre como vinieron al mundo, necesitados de nuestra ayuda, nuestro consejo, nuestra guía; pensamos que siempre debemos tenerlos, queremos que nunca se nos vayan, creemos ser los únicos que podemos hacerlos felices... y pecamos de egoístas. Recuerde usted que le dije que éste es un asunto muy serio para los padres, vamos a hablar con Teresa, que nos diga lo que piensa y sobre todo, que espera de usted.
- Gracias don Manuel, pero permítame decirle que me reafirmo en el deseo que usted me conceda la mano de su hija. A ella le pedí su consentimiento para decírselo, de no haberlo autorizado no lo habría hecho.
- De modo que a nuestras espaldas ya se habían puesto de acuerdo - objetó acremente Maria.
- No, señora, nuestros encuentros han sido casuales, usted nos ha visto, pero el amor es como la vida que está en todas partes, como el aire, que sin darnos cuenta respiramos. Para nosotros fue como encontrar la luz que nos enseñaba un camino desconocido y nos invitaba a recorrerlo juntos.
- ¿Y ya lo sabe su mama?
- Todo lo que hago lo consulto con ella. Ya sabe lo que pienso, lo que quiero y está de acuerdo.
- Está bien, Roberto - dijo Manuel después de un breve silencio, aprecié sus consideraciones, no tome las nuestras como una negativa o un rechazo; debemos hablar con Teresa, que es la principal interesada. Insisto que lo único que nos anima es la búsqueda de su felicidad.
- Y la seguridad de que usted - interrumpió María - ha de tratarla como se merece, sin ninguna clase de privaciones...
Manuel se volvió con una mirada de reconvención que la hizo callar y reanudó su discurso:
...la búsqueda de su felicidad – repitió - que como padres estamos obligados a dar. Dennos un poco de tiempo para mirar las cosas con calma, a ustedes también les será beneficioso para que se conozcan más y se entiendan mejor. Una espera, por larga que fuera, poco significarla, si ese tiempo sirve para hacer más firme el lazo que los va a unir, porque el matrimonio es para toda la vida.
Quedaron los tres en silencio, un silencio tenso como el correr de las nubes antes de la tempestad. Maria quería hablar, pero sentía la mirada de Manuel prohibiéndola, éste no quería ni tenía nada que agregar, Roberto sabía que lo habla dicho todo. Se puso de pie en actitud de despedirse, Manuel y Maria hicieron lo mismo.
- Señora, don Manuel... les ruego que me disculpen si no he sido correcto, mi respeto y consideración no han variado - a cada uno le hizo una inclinación de cabeza agregando - ¡Buenos días, señora!... buenos días don Manuel - y se dirigió la puerta.
Ambos esperaron que les extendiera la mano y sorprendidos, sin contestarle, lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la calle y desapareció.
- ¡Qué malcriado es este sujeto! - estalló María.
Y al notar que Manuel no contestaba y parecía estar mirando en el vacío añadió:
- No tiene educación... ¡Se ve que es un pobre diablo!
Manuel volvió en sí.
- Pero has oído lo que ha dicho... Está herido en sus sentimientos, parece ser un hombre muy sensible y esa sensibilidad ha sufrido con lo que tú le has dicho... ¿No crees que has sido muy dura y hasta desatenta sin ningún motivo.
- Es un infeliz que se aprovecha de sus amigos! ¡Qué se puede esperar de un pobre maquinista!... ¡Y tiene el atrevimiento de querer casarse con mi hija!
- ¿Y porqué crees que no puede casarse con nuestra hija? - recalcó - ¿Por ser un pobre maquinista?... No sabemos si es pobre y no creo que lo sea. Quien recibe con regularidad un sueldo, fruto de su trabajo, no es un pobre diablo; con su profesión puede hacer fortuna, pues todas las fortunas son fruto del trabajo y tienen más mérito que las que se heredan. Si yo no hubiera tenido el dinero de mis padres para empezar a trabajar ¿habrá tenido habilidad para ganarlo?... Desecha la pobreza como argumento en contra de Roberto, porque si llegara a casarse con Teresa se llevaría su fortuna, que es la nuestra.
- Seguramente eso es lo que él busca, ha averiguado, ha visto sabe que es nuestra única hija y que tú tienes plata y bienes.
- Pero no podemos oponernos si se quieren, sobre todo si Teresa lo quiere.
- ¡Nunca, nunca! - protestó María - Yo quiero para mi hija un hombre digno de nuestro nombre y de nuestra clase.
- Pero. ¿Qué clase tenemos nosotros?... Yo soy un simple cauchero con plata, por mi plata he conseguido amigos, me he hecho masón, pero soy el mismo Pinedo de Moyobamba, de los humildes Pinedo, más conocidos por su honradez que por su linaje. Los Ríos son igual, humildes pero respetables, a los que donde iban les sacaban el sombrero... entonces somos iguales... ¡Y tú quieres más clase, nobleza tal vez!.. ese tipo de nobleza que ya no tiene valor, porque la nobleza de ahora es el trabajo, el estudio, la ciencia, el arte... y todo eso raras veces coincide con el linaje o con el dinero.
- Parece que a ti no te importa el porvenir de tu hija y te pones de parte de ese tipo.
- Estas ofuscada por que está llegando el momento de perderla; no pensabas en esto, creías que todavía era y siempre sería la niñita que manejabas a tu modo y antojo, yo mismo, si no hubiera sido por esta circunstancia no me habría dado cuenta de que ya es una mujer. Cuando llegaron juntos al almacén abrí los ojos a la realidad; el destino los había puesto en el mismo camino, tenía que ayudar a mí hija a determinar si es el que le conviene, pero no esperaba que se precipitaran los acontecimientos. Deja que hable yo con Teresa, tú está predispuesta en contra de un probable entendimiento y ella podría tener el temor de ser sincera. Ve a traerla pero no le digas para qué.
Sin decir palabra María se dirigió al interior. Manuel cerró la puerta que daba a la calle y volvió a sentarse. Con la mirada en el vacío buscaba el porqué su mujer se oponía tan rotundamente a la petición de Roberto; era un hombre correcto y abonaba en su favor el aprecio de cuantos con él alternaban: su compadre Ponciano, su amigo Samuel, sus jefes, todos lo trataban con especial deferencia, él mismo, había sentido la atracción de su carismática personalidad; su franca mirada no tenía doblez, hablaba con sencillez aún de las cosas más importantes... ¿Qué era lo que desagradaba a su mujer?
Sumido en su meditación no se dio cuenta de la tardanza y volvió a la realidad al verlas aparecer, María indiferente, como ajena a los acontecimientos, Teresa asustada, retorciéndose las manos por detrás, con los ojos húmedos, huyendo de la mirada de su padre.
- Trae ese sillón y siéntate a mí lado - le dijo.
Obedeció, pero al ver que lo ponía alejado insistió:
- Más cerca.
Volvió a obedecer, pero le pareció aun distante. Se levantó, cogió el sillón y lo puso apoyado al suyo. María cogió otro, lo puso cerca del de Teresa y se sentó.
- ¿Qué es lo que te ha dicho tu madre que te ha hecho llorar? - preguntó y al no obtener respuesta añadió - porque se nota que has llorado y no creo que el motivo sea lo que debemos decirte o lo que tú tienes que decirnos - hizo una pausa y continuó - el señor Ríos ha venido a pedirte en matrimonio, dijo que tu le habías autorizado, lo que supone que le has dado tu consentimiento... pero dime hija, ¿cuándo le has dado ese consentimiento?... ¿cuándo te habló de matrimonio? ¿Y por qué no le dijiste a tu madre o a mi?
Teresa con los ojos bajos no contestó.
¿No quieres contarnos como ha ocurrido todo? Insistió con un dejo de amargura.
Tampoco obtuvo respuesta. De pronto Maria se puso de pie e inclinándose amenazadora hacia Teresa le gritó:
- ¡Habla perra!
La niña se hizo atrás asustada, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar convulsivamente. Manuel se levantó violentamente e indignado se dirigió a María: ¡Piensa lo que estas diciendo!... ¡Es tu hija!... ¡Si no eres capaz de contener tus brutales impulsos! ¡Vete!... ¡Déjanos solos!
Al ver que no se movía, la cogió del brazo y suavizando su tono repitió:
- Déjanos solos. Si no has logrado en quince años ganar la confianza de tu hija, deja que yo lo intente ahora y la condujo a la puerta del cuarto contiguo.
Volvió a su asiento, Teresa seguía llorando. La cogió por la cabeza y la atrajo suavemente sobre su hombro, se sacó un pañuelo del bolsillo y le enjugó las copiosas lágrimas que bañaban su rostro.
- Cálmate hijita, no llores más, no hay motivo para llorar, pero si tuviste uno trata de olvidarlo. Los padres, a veces, exageramos nuestros cuidados y hasta nuestras maneras, creyendo que así protegemos a los hijos de los peligros, que así seremos obedecidos. Tú eres nuestra única hija, si hubieras sido varón te hubiera tenido más cerca, eres mujer, he creído que tu madre debía ser la que te guiara y abriera el camino de la vida. Quizá me alejé demasiado, pero estamos a tiempo de remediarlo, quiero estar cerca de ti, más cerca que nunca, porque me necesitas, porque debo ayudar a tu madre en la tarea de hacer de ti una mujer digna... Por que mi hija ya es una mujer y tiene que actuar como tal, cumplir con su destino. Nada hay de extraño, vergonzoso u ofensivo en que un hombre solicite a una mujer en matrimonio, es la ley natural, una norma social en el mundo civilizado; te ha llegado el momento de cumplirla, nada hay que pueda infundirte disgusto, temor o desconfianza. Éste es el momento en que tú y yo... bueno, también tu madre, debemos expresar nuestra opinión y si hay algún motivo de temor o desconfianza hacia ese cumplimiento… dime Teresa, ¿Te dijo Roberto que quiere casarse contigo?
Teresa se había recobrado, sus ojos estaban todavía húmedos pero serenos y su semblante reflejaba decisión.
- Sí, papá - contestó con firmeza - fue el día que fuimos al almacén.
- Pero... ¿Así de pronto?
- Hablamos antes en la casa, aquel día que fue a recoger las escopetas, cuando estaba arreglando la máquina.
- Y tú, ¿Estas segura de quererlo?... Háblame con entera franqueza, como si yo fuera tu madre.
Teresa lo miró como reprochándole que se comparara con su madre, sus miradas se encontraron y sus ojos parecieron entenderse, decirse las mismas cosas, percibir las mismas sensaciones y las mismas imágenes. Sonrió y apartándolos ruborizada contestó:
- Sí, papá, mamita me lo presentó en la fiesta y creo que desde que nos dimos la mano... ya nos quisimos.
Manuel recordó su noviazgo, algo semejante le ocurrió con María, pero ellos no tuvieron a quien pedir permiso para tomar una determinación o dar cuenta de sus actos, porque el tío de María era casi un personaje decorativo.
- ¿Y porqué viniste llorando?
- Mamita me “riñó” y me dijo que nunca consentiría que me casara con Roberto, porque no era el hombre que me convenía. Y cuando le dije que yo también le quería, me dijo que haría cualquier cosa para impedirlo y si no le obedecía me mandaría a un convento. Me insultó de malagradecida, que no sabia corresponder a sus cuidados y a su cariño y me aseguró que usted tampoco quería que me casara.
- Tú eres la única que puede decidirlo y veo que estás decidida. Vete nomás a tus quehaceres. Yo arreglaré lo demás con tu madre.

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