<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502</id><updated>2011-11-27T15:33:34.438-08:00</updated><title type='text'>Aportes a la literatura e historia amazónica</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>57</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-406518081968783886</id><published>2011-05-14T22:50:00.000-07:00</published><updated>2011-05-14T22:50:51.013-07:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>La discusión fue violenta. María, enfurecida no quiso admitir que su hija pudiera casarse, dos eran los único argumentos que con torpe razonamiento y descompuesta actitud esgrimía como justificación a su negativa: que Teresa no estaba en edad para casarse y Roberto no era el hombre que le convenía; se negaba a entender las que Manuel, haciendo grandes esfuerzos para conservar la calma le exponía, no entraba en razón, concluyó por callar y huir. Pasó el día sin que lograran entenderse, Manuel se preocupaba pensando que Roberto podría volver en busca de una respuesta que no podía darle. Al día siguiente, al oír el pito del barco que anunciaba su partida, Sintió un gran alivio: ya no iría Roberto por la respuesta, pero una profunda pena le embargó al acercársele Teresa con ojos suplicantes, que parecían reflejar la ansiedad de oír de sus labios el asentimiento que Roberto y ella esperaban. &lt;br /&gt;Los días siguientes fueron de hiriente tirantez. Teresa, obligada a permanecer en la casa, no se atrevía ni a mirar a su madre, pues siempre la encontraba con airado gesto y la llenaba de duros reproches de ingratitud filial e insultos premonitorios de infortunio. Manuel persistía con paciente dulzura en el afán de vencer la obstinación de María, la que lo esquivaba, rehuía la conversación y al encontrar tan granítico rechazo se marchaba al almacén o se encerraba en su despacho, alentando siempre la esperanza de algo que variara su actitud. &lt;br /&gt;Cuarenta días demoró Manuel su partida al Ampiyacu, esperando dos veces la llegada del “Liberal”, a su paso al Putumayo y a su regreso, pensando que Roberto iría a buscarlo por la respuesta que creía estar obligado a darle y no hubiera sido satisfactoria por la ciega oposición de María, pero en ambas oportunidades el barco sólo acoderó el tiempo indispensable para la carga y descarga, muy pocas horas; quiso atribuir a esa circunstancia que no fuera y se sintió aliviado por el aplazamiento de la entrevista, pero Maria, la aprovechó para esgrimir tal ausencia, como prueba de irresponsabilidad de sus actos y falta de seriedad en su petición. Manuel no lo pensó así, comprendió que si intencionalmente no fue a verlo, habría sido por sentirse en situación desairada, se habría llamado a reflexión sobre la firmeza de sus sentimientos y la actitud que debería asumir. Si realmente quería a Teresa, lucharía por su amor, volvería, pese al rechazo de María, a reclamarlo y obtenerlo. Eso esperaba Manuel y le habría bastado para su tranquilidad, pero no podía dilatar la espera, tenía que viajar por su negocio. &lt;br /&gt;En cuanto a Roberto, en ambas oportunidades tuvo que hacer grandes esfuerzos para no ir a buscarlo, pese a sentirse agraviado por las palabras de María y su manifiesta hostilidad, cuyo motivo no encontraba ni comprendía. Tenía la seguridad que al ser consultada Teresa, su afirmación haría variar la negativa disposición de su madre y en alguna forma se enteraría de tal cambio. &lt;br /&gt;Pasaron dos meses y otra vez entró el barco a Caballo Cocha. Roberto ya no se pudo contener y fue a la casa. Tocó y luego de cierta espera una sirvienta salió a atenderlo. &lt;br /&gt;- Buenos días, soy Roberto Ríos, quisiera hablar con el señor Pinedo. &lt;br /&gt;- Don Manuel está en viaje, joven. &lt;br /&gt;- Entonces tenga la bondad de avisar a la señora María. &lt;br /&gt;Se metió la sirvienta y después de largo rato volvió con asustada cara. &lt;br /&gt;- Me ha dicho doña María que le diga que no está en la casa. &lt;br /&gt;La miró sorprendido y luego de breve vacilación preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Y la señorita Teresa? &lt;br /&gt;- “Aistá” adentro con su madre - contestó e hizo ademán de cerrar la puerta. &lt;br /&gt;- Espera... &lt;br /&gt;- No puedo, joven, doña María me ha dicho que cierre la puerta. &lt;br /&gt;Roberto sintió subírsele la indignación. Sin decir una palabra salió y lentamente se dirigió al puerto, volviéndose a mirar casi a cada paso, en la esperanza que saliera Teresa y pudiera verla. Llegó al barco profundamente afectado y toda la tarde se la pasó pensando qué podía hacer y tomó una resolución: ¡Iría a verla por la noche!... Teresa debió haberse enterado que fue a su casa y de lo ocurrido, querría verlo y no podía haber olvidado el silbido con que la llamó a la cita. &lt;br /&gt;Impaciente esperó la hora apropiada y salió, era ya tarde para el pueblo y la calle estaba desierta. Cautelosamente se aproximó, observó que dentro no había ninguna luz, entró al patio, se puso en cuclillas y luego de un instante de vacilación moduló el silbido. Esperó, volvió a silbar y a la tercera vez, igual que en la anterior oportunidad, una sombra blanca apareció en la puerta y la cerró cuidadosamente. Corrió a su encuentro y sin una palabra la estrechó en sus brazos, la cubrió de besos y alzándola la condujo al ángulo que ya conocían. Pasado el mutuo transporte que provocó el encuentro le preguntó: &lt;br /&gt;¿Oíste cuando silbé? &lt;br /&gt;- Sí, presentí que vendrías, porque supe que la lancha iba a “dormir” en el puerto y estaba esperando tu señal. &lt;br /&gt;- ¿Te dijo tu mamá que esta mañana vine a saludarlas? &lt;br /&gt;- No, pero vi cuando la muchacha le avisó que eras tú quien había llamado a la puerta y lo que le ordenó y desde ese momento ha estado “rabiándose” malamente. Todo el día ha estado “riñéndome” y “haciéndome oír”. Yo tuve que estar callada por miedo a que me “vaya a pegar”. He tenido que aguantar para no llorar porque hubiera sido peor. &lt;br /&gt;- ¿Tu papá sigue en viaje? &lt;br /&gt;- Sí. Ya hace mucho tiempo que ha salido la comisión y no se sabe cuándo va a regresar. &lt;br /&gt;Hablaban con largas pausas, en las que retozaban, se acariciaban y se daban largos besos. &lt;br /&gt;- Y dime ahora, ¿qué dijiste cuando te preguntaron si quieres casarte conmigo? &lt;br /&gt;- Mi mamá no me ha preguntado, no quiere ni oír eso... me ha dicho si, que quisiera verme muerta antes que casada contigo. Mi papá te ha estado esperando para decirte que tengas un poco de paciencia. &lt;br /&gt;- Y tú… ¿qué dices?... Yo quiero llevarte lo más pronto, mi madre ya te está esperando. No le he dicho que tu mamá no me ha aceptado, sólo le he dicho que tu padre está de viaje y estamos esperándole. &lt;br /&gt;Teresa salió igual que en la vez anterior, en ropa de dormir; sobre el largo calzón que le llegaba hasta las rodillas, la sutil camisa dejaba a discreción de Roberto los cálidos encantos de su cuerpo, él los sentía y extasiado, no quería perder su contacto, la tenía estrechamente abrazada y no cesaba de acariciarla en los cabellos, en la nuca, en la garganta, en las mejillas, con las manos, con sus besos, que Teresa devolvía con ardor, mientras hablaban queda y lentamente. &lt;br /&gt;- Dime una cosa.... si tus padres no quisieran que nos casáramos... ¿serías capaz de venir conmigo? &lt;br /&gt;Se miraron fijamente a los ojos, Teresa temblaba entregada a los brazos de Roberto, que le rodeaban el talle apretándola contra su pecho. &lt;br /&gt;- No sé... - dijo vacilante, exhalando un suspiro - yo te quiero, quiero estar contigo... cuando te vas me parece que me estoy yendo contigo, porque pienso dónde estarás, si volverás, si te veré de nuevo... Mi madre me “riñe” a cada momento porque no le oigo o no le obedezco por estar distraída... pero... ¿Qué diría mi padre? &lt;br /&gt;- Si vinieras conmigo, en cuanto llegáramos a Iquitos te llevaría donde tu padrino; él sabe que quiero casarme contigo y sería nuestro padrino de matrimonio. &lt;br /&gt;- Vamos esperando que llegue mi padre. Yo le voy a decir lo que me estás diciendo, él sabe que nos queremos y ha de imponer su autoridad. &lt;br /&gt;Roberto sabia que ya no podía vivir sin ella, pero encontró razonable lo que Teresa decía, la cubrió de besos, que ella devolvía apasionadamente, ambos estaban palpitando de ardiente deseo, ella se abandonaba suavemente a toda sus caricias, él sentía enloquecer… pero volvía a dominarse. Si la quería de verás debía respetarla; la desprendió suavemente para luego atraerla y besándola en la boca, las mejillas, la garganta, le dijo: &lt;br /&gt;- Está bien, vamos a esperar el regreso de tu papá; no sé cuándo volverá, pero será para hablar con él en forma definitiva. Vuelve a tu dormitorio, ya me voy. &lt;br /&gt;- ¡No te vayas todavía! - y lo abrazó fuertemente. &lt;br /&gt;- Es necesario, Teresita. ¡Imagínate lo que sucedería si por desgracia tu madre se diera cuenta que estamos aquí! &lt;br /&gt;Teresa se desprendió bruscamente como si hubiera visto en realidad a su madre y esperara su explosión de ira. &lt;br /&gt;- Adiós, Teresita, pronto volveré - dijo Roberto, la cogió de las mejillas y la besó largamente en la boca. &lt;br /&gt;Ella se abandonó y al desprenderse sólo dijo: &lt;br /&gt;- ¡Adiós! - y se introdujo en la casa. &lt;br /&gt;La ausencia de Manuel fue larga. Llegó a Soledad, se informó de la marcha del trabajo y dispuso seguir hacia el Algodón al día siguiente, incorporando a la comisión tres hombres más y Cedeño. Éste, que durante su espera había visto recibir dos remesas de producto, preguntó a Manuel cómo iba a hacer para llevarlo todo no habiendo embarcaciones suficientes y le insinuó la conveniencia de volver inmediatamente dejando el personal en el varadero, para embarcarlo en uno de los batelones y llevarlo a Caballo Cocha. Pensó que acaso le fuera confiada tal misión y de ser así, vería la forma de deshacerse de los peones y seguir hasta Manaos o algún puerto brasileño, para venderlo y huir. &lt;br /&gt;- No hay personal suficiente - fue la respuesta - en el Algodón necesitamos de toda la gente para marcar los árboles y empezar el trabajo. Creo que en un mes podremos terminar, entonces de regreso lo llevaremos. &lt;br /&gt;Manuel encontró el trabajo en el campamento del Algodón bastante avanzado; Teodoro había puesto gran empeño y además de haber concluido la construcción de los tambos, había terminado la marca de los árboles e iniciado la extracción. Su única preocupación fue la presencia de gente extraña, trabajadores de otras estaciones, que se metían a las estradas de Manuel, so pretexto de extravío, visita o simple tránsito, todos con herramientas de trabajo, que no se podía asegurar no fueran usadas en los árboles de la estación. Cuando Teodoro le expuso a Manuel sus temores, éste contestó. &lt;br /&gt;- Tenemos que ser prudentes, no podemos prohibirles que vengan a visitarnos y menos que pasen por aquí, pero ahora que tenemos más gente pondremos más vigilancia. &lt;br /&gt;Dos meses permaneció en el campamento, al cabo de los cuales, observando que la producción se iba acumulando, resolvió llevársela. Hizo conducir la remesa a1 varadero y embarcarla en el más grande de los batelones y con cinco hombres emprendió el regreso. &lt;br /&gt;Al partir dio las instrucciones para continuar el trabajo a Teodoro, con gran disgusto de Cedeño, que creía ser el indicado para quedarse como jefe. Mientras estuvo Manuel no pudo evitar el temor de ser delatado por Teodoro, estaba intranquilo y en permanente estado de alerta para una posible fuga, pero nada ocurrió y terminó por pensar que había dado crédito a su patraña; la comisión partió y al encontrarse a órdenes de Teodoro, empezó a mostrar su contenido disgusto, que se hizo más evidente cuando notó que González, el del pleito, estaba en muy buenas relaciones con Teodoro y ambos lo trataban no precisamente con el respeto que creía merecer por ser blanco. ¡Indios de mierda! - pensaba - ¡Quieren igualarse a uno! - y tenía que contenerse porque nada veía en perspectiva. Las bolas de caucho flotando en el “tapaje” estaban lejanas y donde estaba… ¡Lo más que podía robar era una bola!... ¡Y el varadero para conducirla era largo!... Empezó a exprimirse la cabeza en busca de una idea que no tardó en ocurrírsele. ¿Porqué no podían tener un almacén en el puerto del varadero?... Teniéndolo podrían almacenar allí lo que fueran recibiendo y estaría listo para el embarque. Hizo conocer su idea a Teodoro y González y con gran contento suyo aquel dijo: &lt;br /&gt;- Don Manuel ha pensado ya y me ha dicho que cuando regrese va a mandar hacer un tambo grande y seguro. &lt;br /&gt;- ¿Y porqué no podemos adelantar el trabajo? Si tú me das cuatro hombres yo lo puedo hacer y cuando regrese el patrón lo va a encontrar listo. &lt;br /&gt;Teodoro se entusiasmó. Su buena fe le impedía sospechar la intención de Cedeño, admitió la iniciativa, le dio la gente solicitada y se imaginaba la satisfacción de su patrón al encontrar a su regreso, anticipadas sus intenciones. El plan de Cedeño marchaba. &lt;br /&gt;En tanto, Manuel llegó a Soledad, embarcó todo el producto que encontró y lo llevó a Caballo Cocha, donde llegó casi a los cuatro meses. Esperó encontrar alguna noticia de Roberto, pero el hermetismo de María al respecto fue absoluto; preguntó a Teresa y ésta le contó el desaire que le hizo Maria, provocando el enfurecimiento de ésta, que se tradujo en un par de cachetadas por “habladora”. Manuel se indignó y quedo profundamente afectado, pero a Maria pareció no importarle. &lt;br /&gt;Pasaron como seis meses de los primeros acontecimientos. La “vaciante” del río impedía entrar al barco hasta el puerto de Caballo Cocha, se quedaba en la boca del “caño” para las maniobras de carga y descarga, cuya conducción hasta el puerto se hacía en canoas. Era más difícil para los del barco llegar al pueblo. En aquel viaje la nave permaneció más de un día y al enterarse Roberto que Manuel había vuelto del suyo, decidió ir a verlo, pero no fue a la casa sino al almacén. El tiempo y la reflexión habían serenado sus impulsos y la amabilidad con que fue recibido acabó con la predisposición que llevaba. Empezaron hablando de salud, negocios, trabajo, amigos, hasta que, decidido Roberto, abordó el tema que le interesaba. &lt;br /&gt;- Don Manuel, ha pasado ya mucho tiempo desde cuando le pedí su señorita hija en matrimonio; razones de trabajo me impidieron venir antes a conocer su determinación y la de su señora respecto a mi petición. &lt;br /&gt;Manuel lo miró sonriendo con evidente tristeza y luego de un breve silencio respondió: &lt;br /&gt;- Vamos a casa, Roberto, allí hablaremos con más comodidad. Le aseguro que hoy lo decidiremos todo. &lt;br /&gt;Madre e hija los recibieron. Por algún impulso inexplicable, Teresa lucía un precioso vestido y estaba arreglada inusualmente, resaltando sus juveniles encantos. Después de saludar se dirigió a una de las habitaciones laterales, pero su padre la llamó: &lt;br /&gt;- No te vaya, Teresa, te necesitamos. &lt;br /&gt;María no saludó, lo miró en silencio con evidente desagrado. &lt;br /&gt;- Siéntese, Roberto, sentémonos todos - dijo Manuel y luego de una breve pausa continuó - María, el señor Ríos fue al almacén para hablar sobre la petición que nos ha hecho, como es asunto que nos concierne a todos lo invité a venir. &lt;br /&gt;Calló Manuel, esperaba que María dijera algo, pero ella, con el ceño fruncido, mirando al vacío no dijo una palabra. Roberto impaciente, pero con afectada calma, mirándola dijo: &lt;br /&gt;- Señora, don Manuel, con todo respeto he venido a reiterar mi pedido de la mano de su señorita hija; he debido venir antes, ya le expliqué a usted, don Manuel, por qué no fue posible, pero creo que la demora ha sido beneficiosa, comprendiendo que es asunto que necesita reflexión y serenidad. Han pasado seis meses, he reflexionado, cada día se ha hecho más firme mi propósito y creo que la señorita Teresa pensará lo mismo. &lt;br /&gt;- ¡Ajá!... Así que por eso se preparó, ya se habían puesto de acuerdo ¿no? &lt;br /&gt;- barbotó María barriéndola de pies a cabeza con fulgurantes ojos al observar su atuendo y arreglo - ¡Yo no quiero saber nada de eso!... ¡He dicho que mi hija no está todavía en edad de casarse y no lo consentiré!... &lt;br /&gt;Su padre tampoco puede consentirlo en contra de mi voluntad, así que es inútil que usted haya venido. &lt;br /&gt;- ¡María! - le reconvino Manuel, haciendo esfuerzos para contenerse -  ¡cálmate! - y con firmeza continuó - el señor Ríos está procediendo como un caballero, nuestra hija le ha autorizado a que pida su mano y es ella quién debe decirnos si acepta casarse. &lt;br /&gt;- ¿Y qué valor tiene la petición de un hombre que no conocemos? ¿Quién nos garantiza su calidad moral o siquiera la verdad de sus palabras? &lt;br /&gt;- Si mi madre hubiera podido venir, yo la hubiera traído - contestó Roberto con firme tono - pero no para que garantice la seriedad de mi petición, sino para que su presencia de realce y prestancia a mí acto. Si ustedes conociesen a mis padres, de los que me siento orgulloso, eso debería bastarles para saber quien soy. Nadie ha puesto en duda ¡nunca! la seriedad de mi conducta ni el cumplimiento de mis compromisos, porque esa enseñanza ha sido la única herencia que tenemos. He ofrecido a su señorita hija mi nombre ella lo ha aceptado y por eso pido su consentimiento para casarnos. &lt;br /&gt;- ¡Ella no está todavía en edad para decidir y menos para casarse! - casi gritó María. &lt;br /&gt;- Bien Roberto - intervino Manuel - reconozco el valor de sus palabras y su ofrecimiento, pero oigamos lo que dice Teresa, no porque dude de lo que usted dice, sino como una reafirmación del compromiso - y dirigiéndose a ella, que increíblemente serena escuchaba - has oído lo que ha dicho el señor Ríos ¿Estás dispuesta a casarte con él? &lt;br /&gt;Mirando fijamente, primero a Roberto y luego a su padre y a su madre, con voz suave, tranquila y segura, contestó: &lt;br /&gt;- ¡Sí, papá! ¡Estoy resuelta a casarme con él! &lt;br /&gt;- ¡Pedazo de malagradecida! - dijo entre dientes María y poniéndose violentamente de pie, se encaminó a una de las habitaciones y se metió en ella. &lt;br /&gt;Manuel se levantó y acercándose a Teresa, que también se puso de pie, la tomo de las mejillas entre serio y sonriente y con voz mezcla de dulzura y tristeza insistió: &lt;br /&gt;- ¡Estás segura de lo que estás diciendo? &lt;br /&gt;- Sí, papá. &lt;br /&gt;La besó en la frente y volviéndose a Roberto. &lt;br /&gt;- Bueno, todo está resuelto, yo debo salir de viaje dentro de unos días y volveré en tres semanas. Vamos a arreglar todo para que el matrimonio se realice a mi regreso. Hablaré con mi mujer, ella depondrá su actitud y todo saldrá bien. Puede usted venir a la casa cuando quiera. &lt;br /&gt;Roberto se sentía en el pináculo de la felicidad. Miraba a Teresa y en sus ojos veía reflejados sus pensamientos e impulsos de tomarla en sus brazos y llenarla de besos… ¡Ya era su novia!... ¿Podía abrazarla y besarla?... Se contuvo pensando que todo debía tener una secuencia formal y oportuna. De repente le asaltó el temor: ¿Conseguiría Manuel disuadir a María?... ¿Qué sucedería si ella mantenía su oposición ?...  y Teresa... ¿Cómo sufriría tal situación?... Con tales pensamientos, pero sin demostrar la preocupación que le causaban se despidió, dando un simple apretón de manos a Teresa. Manuel al estrechar fuertemente la suya, concluyó: &lt;br /&gt;- Esperemos que todo salga bien, esté atento a mi regreso &lt;br /&gt;Roberto continuó su viaje, Manuel inició el suyo tres días después y Teresa empezó a sufrir su calvario. De la mañana a la noche, a cada encuentro, a cada instante, su madre la llenaba de reproches e insultos; &lt;br /&gt;- ¡Desgraciada!... Así es como correspondes a mis cuidados y desvelos... No te das cuenta del daño que me haces y de la pena que me causas, &lt;br /&gt;¡Te vas a acordar de mi cuando ya sea demasiado tarde!... ¡Ni pienses venir con tus quejas y lamentaciones! &lt;br /&gt;Teresa no contestaba, Maria le exigía respuestas y al no obtenerlas la cogía por sus largos cabellos, le sacudía la cabeza, le aplicaba sonoras bofetadas. Se cansó de llorar y aprendió a sufrir en silencio, sus lágrimas parecían haberse agotado. Sus padres no eran devotos, nunca vio ni oyó que rezaran. No tenían ninguna imagen religiosa en la casa y aún no había iglesia en el pueblo; ella aprendió una pocas oraciones en la escuelita, pero no sabía como pedir a Dios que la protegiera y escondiéndose, sumía su cabeza, cerraba los ojos y rezaba el Padre Nuestro, el Ave Maria y el Credo, únicas oraciones que sabía... rezaba y rezaba después de cada maltrato. &lt;br /&gt;Tal comportamiento, el correr del tiempo o quizá el pensar que ya la había dominado y convencido, suavizaron algo la dureza y los maltratos que le hacia sufrir María, pero se equivocaba, Teresa sintió endurecido su carácter y menguado el amor a su madre; sus pensamientos volaban a su padre, rogando por su regreso y a Roberto con el ansia de que llegara el día en que se unieran para siempre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-406518081968783886?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/406518081968783886/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=406518081968783886' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/406518081968783886'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/406518081968783886'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/05/el-colmillo-del-lagarto-continua_14.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-5728382382944705290</id><published>2011-05-11T23:56:00.000-07:00</published><updated>2011-05-13T13:22:17.936-07:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>Se acomodaron todos, los criados empezaron a servir, los comensales a disfrutar y durante largo rato el ruido de los cubiertos alternó con la alegre conversaci6n. Terminaron, retiraron los servicios y dispusieron la mesa para el juego que Prieto, Swayne, la Torre y Manuel, estaban esperando; los demás poco a poco fueron retirándose y de los últimos fue Roberto, que con gran satisfacción de Prieto se había interesado en aprender el juego. &lt;br /&gt;Al día siguiente, impaciente Roberto por formalizar su compromiso, se dirigió a la casa de Manuel. No pensaba, precisamente, en una petición de mano, porque tenía conciencia de que tal acto debía estar revestido de cierta solemnidad y debía ser hecho por su madre. Tampoco tenía idea de lo que debía decir, ni cómo empezar y presentía que lo que dijera no tendría buena acogida de parte de María. &lt;br /&gt;Casi  temblando llegó a la puerta del patio. Por feliz coincidencia era domingo y los esposos estaban sentados junto a la puerta de la sala examinando unos papeles, por un instante sintió un súbito impulso de echar a correr de regreso. Al verlo Manuel, se levantó y salió a recibirlo, María lo miró y sin decir una palabra se introdujo a la habitación contigua. &lt;br /&gt;- Buenos días, don Manuel - se adelantó. &lt;br /&gt;- Buenos días Roberto, venga usted, - lo cogió amablemente del brazo, lo condujo al salón y como notara que Maria se habla retirado agregó: tome asiento, discúlpeme un momento, voy a llamar a mi mujer. &lt;br /&gt;- No la incomode, don Manuel, debe estar en sus quehaceres. &lt;br /&gt;- Estaba aquí... bueno, tal vez haya recordado algo que tenía que hacer... sí, ya vendrá. ¿Y qué me cuenta?... ¡Simpática la reunión de anoche!... ¿No?... Debe ser agradable estar viajando siempre, cada vez con nuevos amigos, en nuevos sitios... ¿Cuánto tiempo está usted viajando? &lt;br /&gt;- Ya va para dos años, pero están pasando sin yo sentirlos. Como dice usted es agradable y distraído, a mi me gusta mucho y espero no encontrarlo aburrido con el tiempo. &lt;br /&gt;- Siendo su trabajo tiene que encontrarlo siempre agradable. &lt;br /&gt;La conversación fue deslizándose suavemente; variaban los temas enlazándose insensiblemente, Roberto había recobrado su aplomo y buscaba una oportunidad para introducir suavemente el que le interesaba y habló de instalar a su madre en una casa propia. &lt;br /&gt;- Espero cerrar el trato a mi regreso y que el notario haga la minuta respectiva. &lt;br /&gt;- Está muy bien pensado, la propiedad es algo deseable y muy importante para el bienestar de la familia. &lt;br /&gt;- Así es, don Manuel, tengo que pensar en el futuro, en el largo camino de la vida que no puedo recorrer solo; por hoy tengo a mi madre, pero cuando ella me falte necesito de alguien que me acompañe, me aliente, me de una razón para tratar de culminarlo con alegría y felicidad - notó que Manuel lo escuchaba con atención y en silencio, como invitándole a continuar - Estoy pensando en eso, quiero unirme a una mujer digna, darle mi nombre y mi brazo, apoyarme en el suyo, para hacer juntos un solo destino. &lt;br /&gt;- Piensa usted muy bien, Roberto. &lt;br /&gt;- Yo hubiera querido... discúlpeme usted, don Manuel - se atrevió - que fuera mi madre quien le dijera lo que quiero decirle, porque ella es la única que puede respaldarme. &lt;br /&gt;Al notar su vacilación, Manuel, que lo estaba mirando fijamente, un tanto sorprendido le dijo: &lt;br /&gt;- No comprendo... qué es lo quiere usted decirme. &lt;br /&gt;- No sé cómo decirle, don Manuel - continuó con entrecortada voz - vuelvo a rogarle que me perdone... mi atrevimiento... estoy enamorado de su hija... quisiera casarme con ella - y se calló como si hubiera perdido el aliento. &lt;br /&gt;Manuel seguía mirándole fijamente, como absorto. Después de un silencio que a Roberto le pareció interminable habló: &lt;br /&gt;- Pero... usted casi ni la conoce... Teresa... todavía es una criatura... ¿Le ha dicho usted algo a ella? &lt;br /&gt;- Sí, don Manuel... le dije que la quiero... y que iba a hablar con usted. &lt;br /&gt;- Pero... ¡si usted no la ha visto ahora!... No comprendo y me asombra porque ustedes no se vieron más que dos veces... &lt;br /&gt;Desvió la mirada como buscando una explicación, Roberto bajó la suya angustiado, había imaginado otra reacción, esperaba muestras de complacencia, de satisfacción. De pronto se levantó Manuel. &lt;br /&gt;- Discúlpeme un momento, Roberto - se dirigió a la habitación en que había entrado María. &lt;br /&gt;¡Va a buscar a Teresa! - pensó Roberto y sintió un escalofrío - ¿Qué iría a decir si le preguntaba delante suyo?... o acaso volvería con la respuesta... Sí, era lo más probable, Manuel era muy discreto y haría las cosas muy bien. Como hipnotizado miraba la puerta por la que debía volver; le estaba pareciendo larguísima la espera cuando en el marco aparecieron Manuel y Maria, sintió una sacudida; desde que la vio por primera vez le había provocado una instintiva prevención, casi temor y al verla ahora, con el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos brillando como puñales, supuso que Manuel algo le habría dicho y venia predispuesta. &lt;br /&gt;- Buenos días señora - saludó con apagada voz, poniéndose de pie. &lt;br /&gt;- Buenos días - respondió como un latigazo, y se sentó, en una silla que le acercó Manuel junto a la suya. &lt;br /&gt;Quedaron ambos dándole frente y al sentarse se sintió como un acusado frente a sus jueces. Manuel, recobrado de su asombro, reflejaba tranquilidad en su semblante y en sus labios aparecía querer asomar una sonrisa. Después de un breve silencio, mirándolo con suavidad pareció reanudar la conversación. &lt;br /&gt;- Lo que usted acaba de hacer es sencillamente pedirme la mano de mi hija. Comprenderá que esto y lo que significa, es algo muy serio para nosotros los padres, necesita mucha reflexión y más que todo, la seguridad de que no se trata de un impulso momentáneo y pasajero. Ignoro, ignoramos - se corrigió mirando a su mujer - las circunstancias que han provocado su sentimiento y tal determinación y le reconocemos la delicadeza de hacérnosla conocer, pero creo que es prematura la petición de mano... &lt;br /&gt;- Además - interrumpió María - creo que usted no tiene capacidad suficiente para dar ese paso. Piense primero -agregó con calmada y notable dureza - en lograrse un porvenir que le de bienestar y seguridad en la vida. Nosotros creemos que Teresa no está en edad para esas cosas y seria perturbarla hacerle pensar en ellas. Quisiéramos que usted comprenda eso y olvidemos el asunto. Ella sabrá hacer lo mismo. &lt;br /&gt;Calló como dando por terminada la conversación. Roberto sintió que las palabras le cayeron como golpes directos a su corazón, que empezó a latirle con violencia, como saltando de indignación; la sangre se le subió a la cabeza como una llama ardiente que le quemaba; sintió que la impaciencia dominaba su discreción y la ira su temor; hizo un esfuerzo para serenarse y mirándola fijamente, con afectada calma, poniendo énfasis en cada palabra contestó: &lt;br /&gt;- Señora, hace ya mucho tiempo que soy un hombre completo, tengo conciencia de las responsabilidades que he asumido y desde muy joven aprendí a valerme solo. Comprendo su desconfianza en lo que a mi respecta, pero no comprendo cómo puede hacer una afirmación relativa a los sentimientos de su señorita hija, ni cómo puede tomar una determinación en contra de ellos. Cierto que es una niña, pero esa niña está despertando en un nuevo amanecer; cuando le he dicho que la quiero, me ha comprendido y antes de hacernos más ilusiones he creído que lo correcto es ponerlo en conocimiento de ustedes. &lt;br /&gt;Sus firmes palabras y el grave tono en que fueron pronunciadas manifestaban un profundo desagrado, demostraban que no había esperado ni creía merecer tan descomedidas palabras. Manuel notó que María iba a replicar y temiendo que fuera otro despropósito se le adelantó. &lt;br /&gt;- Cálmese, Roberto. Lo que le dice mi mujer tiene mucho de cierto y su amor maternal le ha hecho exagerar su expresión. Yo también creo que Teresa todavía es una criatura y es que para los padres los hijos nunca crecen, los vemos siempre como vinieron al mundo, necesitados de nuestra ayuda, nuestro consejo, nuestra guía; pensamos que siempre debemos tenerlos, queremos que nunca se nos vayan, creemos ser los únicos que podemos hacerlos felices... y pecamos de egoístas. Recuerde usted que le dije que éste es un asunto muy serio para los padres, vamos a hablar con Teresa, que nos diga lo que piensa y sobre todo, que espera de usted. &lt;br /&gt;- Gracias don Manuel, pero permítame decirle que me reafirmo en el deseo que usted me conceda la mano de su hija. A ella le pedí su consentimiento para decírselo, de no haberlo autorizado no lo habría hecho. &lt;br /&gt;- De modo que a nuestras espaldas ya se habían puesto de acuerdo - objetó acremente Maria. &lt;br /&gt;- No, señora, nuestros encuentros han sido casuales, usted nos ha visto, pero el amor es como la vida que está en todas partes, como el aire, que sin darnos cuenta respiramos. Para nosotros fue como encontrar la luz que nos enseñaba un camino desconocido y nos invitaba a recorrerlo juntos. &lt;br /&gt;- ¿Y ya lo sabe su mama? &lt;br /&gt;- Todo lo que hago lo consulto con ella. Ya sabe lo que pienso, lo que quiero y está de acuerdo. &lt;br /&gt;- Está bien, Roberto - dijo Manuel después de un breve silencio, aprecié sus consideraciones, no tome las nuestras como una negativa o un rechazo; debemos hablar con Teresa, que es la principal interesada. Insisto que lo único que nos anima es la búsqueda de su felicidad. &lt;br /&gt;- Y la seguridad de que usted - interrumpió María - ha de tratarla como se merece, sin ninguna clase de privaciones... &lt;br /&gt;Manuel se volvió con una mirada de reconvención que la hizo callar y reanudó su discurso: &lt;br /&gt;...la búsqueda de su felicidad – repitió - que como padres estamos obligados a dar. Dennos un poco de tiempo para mirar las cosas con calma, a ustedes también les será beneficioso para que se conozcan más y se entiendan mejor. Una espera, por larga que fuera, poco significarla, si ese tiempo sirve para hacer más firme el lazo que los va a unir, porque el matrimonio es para toda la vida. &lt;br /&gt;Quedaron los tres en silencio, un silencio tenso como el correr de las nubes antes de la tempestad. Maria quería hablar, pero sentía la mirada de Manuel prohibiéndola, éste no quería ni tenía nada que agregar, Roberto sabía que lo habla dicho todo. Se puso de pie en actitud de despedirse, Manuel y Maria hicieron lo mismo. &lt;br /&gt;- Señora, don Manuel... les ruego que me disculpen si no he sido correcto, mi respeto y consideración no han variado - a cada uno le hizo una inclinación de cabeza agregando - ¡Buenos días, señora!... buenos días don Manuel - y se dirigió la puerta. &lt;br /&gt;Ambos esperaron que les extendiera la mano y sorprendidos, sin contestarle, lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la calle y desapareció. &lt;br /&gt;- ¡Qué malcriado es este sujeto! - estalló María. &lt;br /&gt;Y al notar que Manuel no contestaba y parecía estar mirando en el vacío añadió: &lt;br /&gt;- No tiene educación... ¡Se ve que es un pobre diablo! &lt;br /&gt;Manuel volvió en sí. &lt;br /&gt;- Pero has oído lo que ha dicho... Está herido en sus sentimientos, parece ser un hombre muy sensible y esa sensibilidad ha sufrido con lo que tú le has dicho... ¿No crees que has sido muy dura y hasta desatenta sin ningún motivo. &lt;br /&gt;- Es un infeliz que se aprovecha de sus amigos! ¡Qué se puede esperar de un pobre maquinista!... ¡Y tiene el atrevimiento de querer casarse con mi hija! &lt;br /&gt;- ¿Y porqué crees que no puede casarse con nuestra hija? - recalcó - ¿Por ser un pobre maquinista?... No sabemos si es pobre y no creo que lo sea. Quien recibe con regularidad un sueldo, fruto de su trabajo, no es un pobre diablo; con su profesión puede hacer fortuna, pues todas las fortunas son fruto del trabajo y tienen más mérito que las que se heredan. Si yo no hubiera tenido el dinero de mis padres para empezar a trabajar ¿habrá tenido habilidad para ganarlo?... Desecha la pobreza como argumento en contra de Roberto, porque si llegara a casarse con Teresa se llevaría su fortuna, que es la nuestra. &lt;br /&gt;- Seguramente eso es lo que él busca, ha averiguado, ha visto sabe que es nuestra única hija y que tú tienes plata y bienes. &lt;br /&gt;- Pero no podemos oponernos si se quieren, sobre todo si Teresa lo quiere. &lt;br /&gt;- ¡Nunca, nunca! - protestó María - Yo quiero para mi hija un hombre digno de nuestro nombre y de nuestra clase. &lt;br /&gt;- Pero. ¿Qué clase tenemos nosotros?... Yo soy un simple cauchero con plata, por mi plata he conseguido amigos, me he hecho masón, pero soy el mismo Pinedo de Moyobamba, de los humildes Pinedo, más conocidos por su honradez que por su linaje. Los Ríos son igual, humildes pero respetables, a los que donde iban les sacaban el sombrero... entonces somos iguales... ¡Y tú quieres más clase, nobleza tal vez!.. ese tipo de nobleza que ya no tiene valor, porque la nobleza de ahora es el trabajo, el estudio, la ciencia, el arte... y todo eso raras veces coincide con el linaje o con el dinero. &lt;br /&gt;- Parece que a ti no te importa el porvenir de tu hija y te pones de parte de ese tipo. &lt;br /&gt;- Estas ofuscada por que está llegando el momento de perderla; no pensabas en esto, creías que todavía era y siempre sería la niñita que manejabas a tu modo y antojo, yo mismo, si no hubiera sido por esta circunstancia no me habría dado cuenta de que ya es una mujer. Cuando llegaron juntos al almacén abrí los ojos a la realidad; el destino los había puesto en el mismo camino, tenía que ayudar a mí hija a determinar si es el que le conviene, pero no esperaba que se precipitaran los acontecimientos. Deja que hable yo con Teresa, tú está predispuesta en contra de un probable entendimiento y ella podría tener el temor de ser sincera. Ve a traerla pero no le digas para qué. &lt;br /&gt;Sin decir palabra María se dirigió al interior. Manuel cerró la puerta que daba a la calle y volvió a sentarse. Con la mirada en el vacío buscaba el porqué su mujer se oponía tan rotundamente a la petición de Roberto; era un hombre correcto y abonaba en su favor el aprecio de cuantos con él alternaban: su compadre Ponciano, su amigo Samuel, sus jefes, todos lo trataban con especial deferencia, él mismo, había sentido la atracción de su carismática personalidad; su franca mirada no tenía doblez, hablaba con sencillez aún de las cosas más importantes... ¿Qué era lo que desagradaba a su mujer? &lt;br /&gt;Sumido en su meditación no se dio cuenta de la tardanza y volvió a la realidad al verlas aparecer, María indiferente, como ajena a los acontecimientos, Teresa asustada, retorciéndose las manos por detrás, con los ojos húmedos, huyendo de la mirada de su padre. &lt;br /&gt;- Trae ese sillón y siéntate a mí lado - le dijo. &lt;br /&gt;Obedeció, pero al ver que lo ponía alejado insistió: &lt;br /&gt;- Más cerca. &lt;br /&gt;Volvió a obedecer, pero le pareció aun distante. Se levantó, cogió el sillón y lo puso apoyado al suyo. María cogió otro, lo puso cerca del de Teresa y se sentó. &lt;br /&gt;- ¿Qué es lo que te ha dicho tu madre que te ha hecho llorar? - preguntó y al no obtener respuesta añadió - porque se nota que has llorado y no creo que el motivo sea lo que debemos decirte o lo que tú tienes que decirnos -   hizo una pausa y continuó - el señor Ríos ha venido a pedirte en matrimonio, dijo que tu le habías autorizado, lo que supone que le has dado tu consentimiento... pero dime hija, ¿cuándo le has dado ese consentimiento?... ¿cuándo te habló de matrimonio? ¿Y por qué no le dijiste a tu madre o a mi? &lt;br /&gt;Teresa con los ojos bajos no contestó. &lt;br /&gt;¿No quieres contarnos como ha ocurrido todo?   Insistió con un dejo de amargura. &lt;br /&gt;Tampoco obtuvo respuesta. De pronto Maria se puso de pie e inclinándose amenazadora hacia Teresa le gritó: &lt;br /&gt;- ¡Habla perra! &lt;br /&gt;La niña se hizo atrás asustada, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar convulsivamente. Manuel se levantó violentamente e indignado se dirigió a María: ¡Piensa lo que estas diciendo!... ¡Es tu hija!... ¡Si no eres capaz de contener tus brutales impulsos! ¡Vete!... ¡Déjanos solos! &lt;br /&gt;Al ver que no se movía, la cogió del brazo y suavizando su tono repitió: &lt;br /&gt;- Déjanos solos. Si no has logrado en quince años ganar la confianza de tu hija, deja que yo lo intente ahora y la condujo a la puerta del cuarto contiguo. &lt;br /&gt;Volvió a su asiento, Teresa seguía llorando. La cogió por la cabeza y la atrajo suavemente sobre su hombro, se sacó un pañuelo del bolsillo y le enjugó las copiosas lágrimas que bañaban su rostro. &lt;br /&gt;- Cálmate hijita, no llores más, no hay motivo para llorar, pero si tuviste uno trata de olvidarlo. Los padres, a veces, exageramos nuestros cuidados y hasta nuestras maneras, creyendo que así protegemos a los hijos de los peligros, que así seremos obedecidos. Tú eres nuestra única hija, si hubieras sido varón te hubiera tenido más cerca, eres mujer, he creído que tu madre debía ser la que te guiara y abriera el camino de la vida. Quizá me alejé demasiado, pero estamos a tiempo de remediarlo, quiero estar cerca de ti, más cerca que nunca, porque me necesitas, porque debo ayudar a tu madre en la tarea de hacer de ti una mujer digna... Por que mi hija ya es una mujer y tiene que actuar como tal, cumplir con su destino. Nada hay de extraño, vergonzoso u ofensivo en que un hombre solicite a una mujer en matrimonio, es la ley natural, una norma social en el mundo civilizado; te ha llegado el momento de cumplirla, nada hay que pueda infundirte disgusto, temor o desconfianza. Éste es el momento en que tú y yo... bueno, también tu madre, debemos expresar nuestra opinión y si hay algún motivo de temor o desconfianza hacia ese cumplimiento… dime Teresa, ¿Te dijo Roberto que quiere casarse contigo? &lt;br /&gt;Teresa se había recobrado, sus ojos estaban todavía húmedos pero serenos y su semblante reflejaba decisión. &lt;br /&gt;- Sí, papá - contestó con firmeza - fue el día que fuimos al almacén. &lt;br /&gt;- Pero... ¿Así de pronto? &lt;br /&gt;- Hablamos antes en la casa, aquel día que fue a recoger las escopetas, cuando estaba arreglando la máquina. &lt;br /&gt;- Y tú, ¿Estas segura de quererlo?... Háblame con entera franqueza, como si yo fuera tu madre. &lt;br /&gt;Teresa lo miró como reprochándole que se comparara con su madre, sus miradas se encontraron y sus ojos parecieron entenderse, decirse las mismas cosas, percibir las mismas sensaciones y las mismas imágenes. Sonrió y apartándolos ruborizada contestó: &lt;br /&gt;- Sí, papá, mamita me lo presentó en la fiesta y creo que desde que nos dimos la mano... ya nos quisimos. &lt;br /&gt;Manuel recordó su noviazgo, algo semejante le ocurrió con María, pero ellos no tuvieron a quien pedir permiso para tomar una determinación o dar cuenta de sus actos, porque el tío de María era casi un personaje decorativo. &lt;br /&gt;- ¿Y porqué viniste llorando? &lt;br /&gt;- Mamita me “riñó” y me dijo que nunca consentiría que me casara con Roberto, porque no era el hombre que me convenía. Y cuando le dije que yo también le quería, me dijo que haría cualquier cosa para impedirlo y si no le obedecía me mandaría a un convento. Me insultó de malagradecida, que no sabia corresponder a sus cuidados y a su cariño y me aseguró que usted tampoco quería que me casara. &lt;br /&gt;- Tú eres la única que puede decidirlo y veo que estás decidida. Vete nomás a tus quehaceres. Yo arreglaré lo demás con tu madre.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-5728382382944705290?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/5728382382944705290/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=5728382382944705290' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5728382382944705290'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5728382382944705290'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/05/el-colmillo-del-lagarto-continua.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-570489281342476991</id><published>2011-04-30T23:01:00.000-07:00</published><updated>2011-04-30T23:01:43.923-07:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>CAPITULO VI &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NO HAY ROSA SIN ESPINAS NI AMOR SIN PESARES &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Interminables le parecieron a Roberto los tres días que el buque tardó en llegar a Iquitos; muy lenta se le antojaba su marcha. Durante su guardia, a cada instante miraba el manómetro de presión del caldero, verificaba la apertura de la válvula de entrada de vapor, observaba con impaciencia el vaivén de los vástagos y el girar del árbol de la máquina, que se le ocurría debieran ser más rápidos. En la oscuridad de la noche le parecía ver siempre la misma orilla y que el barco no avanzaba, aguzaba la vista, escuchaba atento, y el rumor de las aguas que se abrían en espumoso e interminable abanico a su potente embestida, le hacía exhalar un suspiro de alivio. La víspera de la llegada, cuando comía con los otros oficiales, se le acercó Ponciano. &lt;br /&gt;- Qué tal Roberto. ¿A qué hora crees que llegaremos? &lt;br /&gt;- Según Soria, amaneceremos cerca de la boca del Nanay. Voy a mantener la presión al máximo para llegar temprano. &lt;br /&gt;- ¡Ya! - rió Ponciano - tienes mucho apuro por llegar, deber ser algo del corazón ¿No?... ¿Sabes qué me ha dicho Manuel? &lt;br /&gt;- No creo que haya sido nada malo mirándolo inquisitivo- ¿Qué te dijo? El señor Pinedo me trató muy bien. &lt;br /&gt;- Si- ¡Claro! Manuel es muy buena persona, no es eso, es algo más importante para ti. Por la estimación que nos tenemos debo decírtelo y... porque también me interesa - se acercó y le susurró al oído - Me ha dicho que le parece que te has enamorado de su hija y ha notado que ella no se muestra indiferente - se apartó y agregó - ¿Qué te parece? &lt;br /&gt;Roberto lo miró fijamente en silencio, parecía dudar o estar pensando que le quería sonsacar. &lt;br /&gt;- ¿No crees lo que te digo? - protestó Ponciano. &lt;br /&gt;- Sí, sí... - se levantó de la mesa, lo cogió del brazo, lo condujo a la borda para que los demás no oyeran y continuó - te creo y no tengo porqué ocultarlo, es cierto lo que piensa... Me gusta Teresa, estoy enamorado de ella, se lo he dicho y nos hemos puesto de acuerdo &lt;br /&gt;- Ajá... Entonces la cosa es en serio... ¿Por eso es el apuro? &lt;br /&gt;- Me da mucho gusto... ¿Sabes?... Porque soy padrino de Teresa... ¡Y como te conozco y eres mi amigo! - lo abrazó palmeándole cariñosamente. &lt;br /&gt;Roberto se quedó pensativo. ¿No me estaré precipitando? ¿Realmente quiero casarme? ¿Es tiempo de casarme? En su pensamiento se juntaron su madre, el único amor que tenía y Teresa, su nuevo amor... ¡Sí! Tenían que quererse porque algo las unía y las identificaba: el amor que sentía por ambas, el amor que ellas sentían por él y acudió el sueño de una nueva vida, en un nuevo hogar con nuevas emociones, en una felicidad que su fantasía daba dimensiones desbordantes. &lt;br /&gt;El barco llegó a la hora calculada y ansioso de hablar con su madre, inmediatamente se dirigió a su casa; en el trayecto encontró inusitada agitación en las calles, pero abstraído en sus pensamientos no le prestó atención. A medida que se acercaba le invadía una sensación de incertidumbre, de temor; las razones, los argumentos que en la solitaria monotonía de su guardia había pensado exponer a su madre, ya no le afluían con lucidez, se le confundían, se le escapaban. ¿Cómo hacerle comprender el amor que sentía por Teresa? Ya no sabía cómo hacerlo, cómo empezar siquiera. ¿Qué pensaría? ¿Cómo reaccionaría? ¿No sentiría como que fuera a perderlo... ¿como que se lo quitaban? ¿Sería Teresa bien recibida? ¿No se produciría la tradicional pugna entre suegra y nuera, tan dramatizada o ridiculizada? &lt;br /&gt;Doña Manuela escuchó con sonriente atención su tímida confidencia, que poco a poco fue animándose hasta el entusiasmo. Le contó en detalle todo lo ocurrido en Caballo Cocha y ella comprendió que su hijo se había enamorado y encontrado la mujer a la que quería hacer la compañera de su vida. Con reposado tono comentó. &lt;br /&gt;- Conocimos a los padres de Manuel. Fuimos muy amigos y todo el pueblo lamentó profundamente su inesperada muerte y la desgracia de Manuel. Hicimos lo posible para consolarlo, pero nadie pudo hacerle variar su decisión de enajenarlo todo y abandonar el pueblo. Después ya no supimos más de él. Pero no recuerdo a María; seguramente porque era muy joven cuando salió de Moyobamba. Son gente respetable, pero tienes que pensarlo muy bien, hijo mío; si Teresa recién ha cumplido quince años todavía es una niña y tú... ¡apenas tienes veintidós!... Sería bueno esperar un poco y así se conocerán mejor, además, ¿Qué dirán sus padres? No sé porqué creo que te van a decir lo mismo que yo. &lt;br /&gt;- ¿Y cuánto tiempo cree usted que deberíamos esperar? &lt;br /&gt;- Bueno... unos dos o tres años. &lt;br /&gt;- Es mucho tiempo. Yo quisiera casarme este mismo año y traerla con usted. ¿Estaría usted conforme? &lt;br /&gt;- ¡Claro, hijo mío!... Estoy conforme, yo quiero lo que tú quieres... Si te digo que no te apures, que lo pienses, es sólo para que en ese tiempo prepares todo lo necesario y vayas dándote cuenta de la responsabilidad que significa el matrimonio. Habla con sus padres y de acuerdo con ellos toma tu determinación. &lt;br /&gt;Roberto comprendió que su madre acogió su confidencia con la mejor disposición, pero no encontraba ningún motivo para retardar el matrimonio y pensaba que tampoco podían tenerlo los padres de Teresa. Además, el aprecio que le había mostrado Manuel le alentaba y hacía confiar que antes de finalizar el año habría de realizarse su sueño. &lt;br /&gt;Volvió al barco pensando en las reflexiones de su madre. En el camino se encontró con una enfervorizada manifestación pública de cientos de personas, que voceando lemas y dando vivas a la patria, se dirigía a la prefectura. Se enteró que había surgido otro conflicto con el Ecuador por haber sido atacado el consulado peruano en Quito y maltratados muchos peruanos residentes en dicha capital; que todas las poblaciones del norte de la costa alzaron su voz de protesta y alistaron contingentes armados para enviarlos a la frontera a tomar represalias. Se contagió de la indignación y se metió entre el gentío. &lt;br /&gt;La manifestación estaba encabezada por muchas personas notables y funcionarios públicos, reconoció al Dr. Alberto Cáceres, al teniente Oscar Mavila, al mayor de artillería Alejandro de la Torre Bueno, a Benito Lores, Clemente Alcalá, Benjamín Dublé y muchos más. Los manifestantes llegaron a la prefectura y el prefecto Alayza Paz Soldán salió a recibirlos; el griterío era ensordecedor, pedía revancha y castigo a los atropellos ecuatorianos. El prefecto pidió silencio y cuando callo la multitud habló explicando la situación, de la que oficialmente estaba informado y concluyó pidiendo serenidad y unión para afrontar con firmeza cualquier emergencia nacional. Vítores y aplausos sellaron sus palabras. De pronto, Alcalá y Dublé se subieron a una mesa, que algunos condujeron frente a la puerta y en términos vibrantes, en nombre del pueblo, ofrecieron a la patria, el contingente de sangre que se necesitara para la defensa de la frontera; terminaron su alocución entre cerrada ovación y luego, varios comerciantes extranjeros, entusiasmados también, se subieron al improvisado estrado y ofrecieron su colaboración poniendo a disposición de las autoridades todas las armas y municiones que tenían en sus establecimientos; Víctor Israel, otro comerciante ofreció diez ametralladoras para artillar las lanchas que debían conducir las tropas. &lt;br /&gt;Al disolverse la manifestación, más de trescientos hombres se presentaron como voluntarios, al cuartel que se improvisó en el Malecón Maldonado. Roberto estaba tan entusiasmado que por poco se incluyó entre ellos; a tiempo recordó su compromiso con la firma armadora y pensó que posiblemente el buque en que prestaba servicio, por lo grande fuera uno de los que conduciría las tropas a la frontera. Luego recordó a Teresa, sus planes de matrimonio, y empezó a considerar como un dilema su concurso al conflicto bélico y el amor de Teresa. Con tales pensamientos llegó a bordo, donde todos no hablaban de otra cosa que la posible guerra con el Ecuador. &lt;br /&gt;Dos semanas después zarpó y una tarde, de nuevo entraba el «Liberal» en el puerto de Caballo Cocha. Luego de dictar las disposiciones del caso, Prieto y Swayne bajaron a tierra y se encaminaron a la casa de Manuel, con el propósito de invitarlo a jugar, pues de nuevo confrontaba Prieto el problema de la falta de un jugador para su partida de rocambor, al qué tan aficionado era. Los recibió Maria muy amablemente y de inmediato mando llamar a Manuel, quien no se hizo esperar. Saludos abrazos y muchas manifestaciones de aprecio de ambos lados. &lt;br /&gt;- Queridos amigos, pocas veces me hacen ustedes el honor de una visita... no se como corresponder tanta atención... A ver, María, prepáranos una taza de café... ¿o prefieren una cerveza?... ¡Ustedes mandan! &lt;br /&gt;- Con este calor... creo que nos quedamos con la cerveza... - ¿Qué dices tú Guillermo? &lt;br /&gt;- ¡Claro!... ¡Qué venga la cerveza! &lt;br /&gt;Y entre la amena charla, hábilmente introdujo Prieto la invitación, haciéndola extensiva a María, ya no sólo a la partida, sino a comer a bordo. Sonrientes se miraron los esposos. &lt;br /&gt;- De mi parte muchísimas gracias - dijo Maria - pero no puedo ir. Además no se jugar y sería un estorbo. &lt;br /&gt;- ¡De ninguna manera! - protestó Prieto - y tampoco se sentiría aislada, porque a bordo está la señora de la Torre, que viaja con su marido &lt;br /&gt;- ¡No, no!... Debo quedarme en casa por mi hija Teresa. &lt;br /&gt;- Esa es la verdadera causa, Celso - intervino Manuel –&lt;br /&gt;Pero tenemos la solución. Llevemos a la niña. &lt;br /&gt;- No Celso - se reafirmó María - como dices, es una niña, no debe ir y yo debo quedarme. Estoy muy contenta porque Manuel irá a entretenerse... rara vez tiene oportunidad de divertirse. &lt;br /&gt;Muy avanzada la tarde volvieron al barco; Roberto, que estaba de guardia, los vio bajar y se encaminó al portalón para saludar a Manuel, quien se mostró complacido. &lt;br /&gt;- Muy amable Roberto, ¿Como está su mamá? &lt;br /&gt;- Muy bien, don Manuel, muchas gracias, le conté de nuestro encuentro, les recuerda a usted y a doña María y me ha encargado saludos - mintió para agradarle. &lt;br /&gt;- Muchas gracias, ¿porqué no va mañana a casa?... Tendrá tiempo, porque el comandante me ha dicho que tiene carga y pasajeros que esperar y no zarparán mañana. &lt;br /&gt;- Sí, don Manuel, gracias, mañana iré a visitarlo... ¿Estará usted en el almacén? &lt;br /&gt;- Vaya nomás... donde quiera será bien recibido - y subió con sus acompañantes. &lt;br /&gt;Se disponía a dejar la guardia cuando un criado bajó y le dijo: &lt;br /&gt;- Segundo, el Comandante le manda a decir que lo invita a comer en su mesa. &lt;br /&gt;- Está bien, gracias - contestó indiferente, pero íntimamente complacido por la invitación. &lt;br /&gt;Pocas veces ocurría tal cosa con él y con Swayne y sólo era cuando no había pasajeros, pero esta vez había varios. Además tendría la oportunidad de estar cerca de Manuel y hablar con él. A la hora oportuna subió y los encontró reunidos en dos grupos, uno conversando alegremente y el otro como en acalorada discusión, pero ambos, con sendas copas en la mano. Al verlo Swayne, lo tomó del brazo y lo llevó al grupo de la aparente discusión, en el que estaba Manuel, Prieto, La Torre y su señora y dos personas más. &lt;br /&gt;- Amigos – dijo - aquí tendremos una opinión más, pero antes de ponerle en antecedentes, brindemos con él - cogió una de las copas de la bandeja, se la dio y brindó -¡Salud! &lt;br /&gt;- Estamos comentando la situación que está creando la pretensión del Ecuador de creerse dueño de territorios de nuestra Amazonia, metiéndose por el Napo y tal actitud nos provoca natural indignación. &lt;br /&gt;- ¡Por supuesto!... Esas son mentecatadas de los ecuatorianos... Yo he navegado por el Napo, el Pastaza y el Morona hasta sus cabeceras, he llegado al Santiago y las propiedades, casas, chacras que hay en esas regiones, todas son de peruanos; esos territorios no sólo han sido peruanos antes que existiera el Ecuador, sino que siempre estuvieron habitados por peruanos. &lt;br /&gt;- Lo chocante es - intervino la Torre - que Ecuador se formó con tres departamentos del sur de la Gran Colombia no sé de dónde sacan ahora que Tumbes, Jaén y Maynas pertenecen al Ecuador. &lt;br /&gt;- Y ni siquiera fueron convocados a la formación del primer congreso constituyente ecuatoriano - afirmó Prieto. &lt;br /&gt;- Yo he llegado hace poco a Loreto - acotó Swayne - pero estoy enterado de encuentros armados en el Napo de hace algunos años. &lt;br /&gt;- Así es - confirmó la Torre - Primero fue en Angoteros, ahí estuvo Mavila y un año después en Torres Causana; en ambos encuentros los monos salieron malparados. También nosotros tuvimos que lamentar algunos muertos, pero quedó afirmada nuestra soberanía. Es una agresión sistemática que debemos castigar de una vez. ¿Saben que se han acuartelado más de trescientos hombres para prepararse e ir a la frontera? &lt;br /&gt;- Yo lo he visto porque estuve en la manifestación - dijo Roberto - y poco faltó para meterme entre ellos. &lt;br /&gt;- ¿Así?... - exclamaron todos riendo. &lt;br /&gt;Y la Torre continúo: &lt;br /&gt;- Lo malo es que estos malditos monos son muy tercos, los vamos a patear de nuevo y no se van a convencer... &lt;br /&gt;- ¡A propósito de monos! - interrumpió Swayne - En una carta de Lima he recibido la copia de unos versos escritos por una chica limeña que satirizan la actitud ecuatoriana, ¿quieren oírlos? &lt;br /&gt;- ¡A ver, a ver! — pidieron todos. &lt;br /&gt;- Esperen un momento, la tengo en mi camarote, voy a traerla. &lt;br /&gt;Bajó y subió casi corriendo con un papel en la mano. Todos se agruparon en torno suyo y se hizo silencio. Carraspeó y empezó: &lt;br /&gt;- El titulo es “Del lado izquierdo” y dice así:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Paradójico pueblo ecuatoriano, &lt;br /&gt;emporio del cacao y los manglares, &lt;br /&gt;por más que os disfracéis de militares, &lt;br /&gt;sólo lleváis los cocos en la mano.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Una carcajada general le interrumpió; hizo una pausa y continuó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Claramente demuestras ser insano &lt;br /&gt;o ser el más iluso cañizares, &lt;br /&gt;suponiendo que puedes dar pesares &lt;br /&gt;ni con plumas de cóndor araucano.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Yo te doy un consejo, sin encono, &lt;br /&gt;como único recurso que me queda: &lt;br /&gt;de tus iras prestadas baja el tono &lt;br /&gt;que a los valientes no se les remeda, &lt;br /&gt;déjate de pamplinas, porque mono &lt;br /&gt;no dejarás de serlo ni con seda.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Risas y aplausos siguieron a la lectura. &lt;br /&gt;Muy ocurrente y oportuno el soneto - comentó Roberto. &lt;br /&gt;- Si - dijo la Torre mirándolo - parece que usted sabe de esas cosas. &lt;br /&gt;- Creo que lo único que no sabe es jugar rocambor - se lamentó Prieto, burlón, de modo que tendrá que aprenderlo para que sepa todo... ¡Pero señores!... ¡La mesa está servida!... ¡Vamos a comer!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-570489281342476991?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/570489281342476991/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=570489281342476991' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/570489281342476991'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/570489281342476991'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/04/el-colmillo-del-lagarto-continua.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-5214008538215783118</id><published>2011-02-14T21:28:00.000-08:00</published><updated>2011-02-14T21:28:27.600-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>Morales pensó poco. No arriesgaba nada, tendría un sueldo seguro y sabía que era capaz de hacer todo lo que le mandara su nuevo patrón. Al día siguiente fue con la respuesta afirmativa, recibió un adelanto para comprar lo que necesitara, días después estaba en Caballo Cocha y más tarde en el recién abierto campamento del Ampiyacu: Soledad. Pronto se hizo el hombre de confianza de Manuel, quién encontró honradez, fidelidad y activa participación para salvar situaciones difíciles en el trabajo. &lt;br /&gt;Las insinuaciones de Cedeño le hacían el efecto de una broma, resbalaban en su mentalidad de hombre ingenuo como hormigas que quisieran escalar un edificio de pulido cristal. La víspera de la llegada a Soledad, creyendo Cedeño, que Morales iría a quedarse, decidió hablarle con claridad; no concebía que hubiera ser humano que se resistiera a las ganancias fáciles y pensó que ofreciéndole - aunque no fuera a cumplirle - la mitad de todo lo que fuera a robar, no se negaría a colaborar. Le explicó su plan, que Morales escuchó asombrado, sumiéndose luego en profundo silencio. Cedeño pensó que lo había ganado y ese silencio era de reflexión, de cálculo, desconfianza de las promesas que le estaba haciendo. Al fin preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué dices?... ¿Te animas? &lt;br /&gt;- No - le respondió con firmeza - ¡Que “ya vuelta” voy a hacer eso!... Don Manuel me paga para cuidar sus cosas y “soy trabajando” con él muchos años... ¡Nunca me ha tratado mal! ¡No!... No “hey de querer”... ¡Con qué cara para presentarme después! &lt;br /&gt;- Ya te he dicho, nos vamos a Manaos, con esa plata allí se puede hacer cualquier negocio. &lt;br /&gt;- ¡No, no!... No “hey de hacer” eso... Y más bien tú no pienses, porque puede irte mal. &lt;br /&gt;Cedeño se dio cuenta que había cometido un error confiándole sus planes, una sorda cólera le invadió y bajó los ojos para ocultar el fuego de su mirada; tuvo tentaciones de matarlo porque conocía su secreto y no confiaba en su discreción, hizo un esfuerzo para calmarse y luego de un breve silencio, sonriendo forzadamente lo miró. Lo vio impasible, como si no se hubiera enterado de sus intenciones. Éste es un bruto – pensó - voy a hacerle creer que todo ha sido una broma. &lt;br /&gt;- Así que no quieres ir a Manaos - le dijo riendo - No vayas a creer lo que te he dicho, a veces hablo de cosas que he leído como si lo hubiera hecho o como que lo voy a hacer, pero es sólo para pasar el tiempo... ¡No vayas a contar a nadie, porque creerían que estoy loco! &lt;br /&gt;- ¡Capaz! - contestó Morales, sin sonreír siquiera. &lt;br /&gt;La comisión llegó a Soledad, Morales hizo descargar algunos bultos y al concluir, señalándole un peón, le dijo a Cedeño: &lt;br /&gt;- Don Manuel ha dicho que se quede Pashmiño contigo. &lt;br /&gt;- Yo he creído que íbamos a quedarnos todos hasta que venga don Manuel, para ir juntos. &lt;br /&gt;- No. Don Manuel va a ir de aquí a un mes para empezar el trabajo. Ahí “vas ir” tú con más gente. Nosotros sólo vamos a abrir el campamento. &lt;br /&gt;- ¿Y hasta cuándo regresas tú? &lt;br /&gt;- No sé... tal vez hasta tres meses, cuando ya tengamos bastante producto. &lt;br /&gt;- ¡Adiós, entonces!... ¡Que te vaya bien! &lt;br /&gt;-  ¡Adiós! &lt;br /&gt;Cedeño se tranquilizó. Aunque Morales contará lo que le había confiado, no llegaría a conocimiento de los que se quedaban y durante su ausencia creía tener tiempo más que suficiente para culminar sus planes. Debía esperar, según sus instrucciones, la llegada de una remesa de la estación Lagarto y regresar con la comisión en busca de otra. Se enteró que ya había llegado una y que el producto había sido depositado en el escondrijo que conocía. &lt;br /&gt;Emilio, el encargado del almacén, estaba enfermo y no salía de su tambo, donde la mujer de Juan lo atendía. Éste se había encargado del almacén y no lo dejaba sin cuidado ni en las noches. El tambo de Juan quedaba aproximadamente a tres kilómetros, surcando el río y cuando su mujer tenía que volver lo hacía en una canoa, con su pequeño hijo. &lt;br /&gt;Al ir a tomar el desayuno al día siguiente, Cedeño vio a las mujeres en la cocina, recordó a la de Juan y la buscó. Ahí estaba, la comparó con las otras y la encontró más atractiva; el tosco y holgado traje no lograba ocultar sus redondas y provocativas caderas, su erguido porte, adquirido por el hábito de las mujeres de la selva de conducir cántaros de agua u otros objetos, en equilibrio sobre la cabeza, que agrandaba su talle y hacia airoso su caminar. &lt;br /&gt;- Dame otro jarro de té - se dirigió Cedeño a ella - ¿Cómo te llamas? &lt;br /&gt;- Rosa, señor. &lt;br /&gt;- ¿Tienes marido? &lt;br /&gt;- Sí, señor. &lt;br /&gt;- ¿Dónde está? &lt;br /&gt;- “Asirá” - señalando la puerta del almacén &lt;br /&gt;- ¿Juan? &lt;br /&gt;- Sí, señor. &lt;br /&gt;Cedeño miró a Juan, que también lo estaba mirando, luego a Rosa y meneando la cabeza con gesto despectivo: &lt;br /&gt;- ¡Mucha carne para poco pan! - dijo entre dientes y volviéndose a Rosa le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Dónde vives? &lt;br /&gt;Al no obtener respuesta trató de cogerla del brazo, ella lo esquivó. &lt;br /&gt;- No tengas miedo. Dime dónde vives para ir a visitarte. &lt;br /&gt;Rosa se alejó a su quehacer, Cedeño la siguió con la mirada, sorbiendo el té del jarro, saboreando mentalmente el placer que su deseo imaginaba. Esta india debe ser rica – pensó - yo me la tengo que comer - volvió a mirar a Juan, que con otro peón estaba arreglando el cerco de ponas del depósito de carga que se había roto. Se acercó y le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Sigue enfermo Emilio? &lt;br /&gt;- Si, señor. &lt;br /&gt;- Yo quiero verlo porque tiene que darme material. &lt;br /&gt;- Está en su casa, pero yo puedo darte, señor, lo que necesitas. &lt;br /&gt;- ¡Qué sabes tú, indio bruto!... ¡Voy a verlo! - lo apartó de un empujón y se fue. &lt;br /&gt;Juan desconocía ese trato. Hacía muchos años que trabajaba para Manuel y tanto porque no daba motivo, como porque Manuel tenía mucha consideración con sus trabajadores, nunca recibió un reproche y mucho menos una pechada de su patrón. Se quedó mirándolo con los puños cerrados y los ojos cargados de indignación y rencor; tenía motivos para empezar a sentirlos porque había notado cómo  trataba a su mujer y algo instintivo lo anunciaba como enemigo. &lt;br /&gt;Rosa y Juan eran indígenas, nacieron en una pequeña tribu entre el río Algodón y el río Napo, alejada de otros núcleos tribales; el destino los unió desde muy tiernos. Hijos únicos de parejas que vivían en una misma “cocamera”, Rosa y Juan, cuyos nombres primitivos eran Shiru y Taro crecieron como animalitos silvestres; Shiru, pese a ser menor, aprendió a caminar antes que Taro; cuando ambos ya lo hacían con firmeza y los mayores los dejaban solos en el tambo para ir a sus ocupaciones, corrían por las cercanías del caserío, ayudándose mutuamente. A medida que fueron creciendo sus juegos cambiaron de modo y de forma, sus peleas hasta provocar el llanto, por la posesión de cualquier insignificancia o algo de comer, fueron convirtiéndose en mutuo desprendimiento. En instintiva protección, cogidos de la mano caminaban por el bosque persiguiendo las coloridas y brillantes mariposas que volaban sobre los resplandecientes charcos, aplastando hormigas, quebrando ramas, señal de su paso para el regreso; se sentaban a la orilla de la quebrada a reír viendo reflejada en su tersura su imagen y las muecas que hacían; metían los pies, chapoteaban el agua trizando su limpidez de cristal y borrando las imágenes, se empujaban para caer dentro, salían chorreando, se tiraban sobre el mullido herbal para secarse y se quedaban acostados, solos con la naturaleza, escuchando el cantar de las aves, mirando saltar el sol por entre el ramaje de los árboles, que iba dejando en sus cuerpos destellos que jugueteaban y que ellos seguían con sus manos pretendiendo cogerlos. &lt;br /&gt;El tiempo hizo que estos juegos empezaran a provocarles nuevas e inquietantes sensaciones. Acostados en la hierba, al juntarse sus cuerpos sentían subir su calor, erizarse sus poros y correr por su piel una comezón de finas agujas que les estremecía con insólito deleite; se abrazaban y pasaban las manos por todo el cuerpo tratando de volverle su tersura; Taro buscaba el cuello, la espalda de Shiru, se detenía en los glúteos, los estrujaba, quería morderlos; bajaba a los muslos, subía de nuevo. Ella se abandonaba, se retorcía voluptuosamente cerrando los ojos, sus manos arrancaban la hierba, la mordisqueaba; sentía un dulce dolor en sus nacientes pezones y se estrechaba a Taro tratando de aplastarlos, se le ponía encima presionándole el miembro viril en erección; ambos sentían incontenibles deseos de orinar, cerraban y abrían los ojos, se miraban sus bocas húmedas y entreabiertas, trataban de morderse suavemente, riendo, casi gritando, en el rumoroso silencio del monte. Y el tiempo discurría apresurado. &lt;br /&gt;Taro ya era más alto que Shiru y empezó a sentir una extraña repulsión de ese tipo de juego que le producía una ansiedad inexplicable, un placentero sufrimiento, pero ella lo atraía, lo buscaba; a ratos le acosaban sentimientos encontrados: angustia, placidez, inquietud, satisfacción, ira, miedo… buscaba la soledad casi huyendo de Shiru, pero ella le perseguía. Una tarde, sentados muy juntos, ella le abrazó; él trató de rechazarla, pero sin poderse contener la atrajo más… cayeron abrazados y empezaron a revolcarse pasándose las manos por el cuerpo en ansiosa exploración; Shiru se le subió encima y su vientre presionó el erecto miembro viril, él la abrazó con más fuerza, casi con violencia… de repente sintió en todo su cuerpo una sensación desconocida que nacía de las honduras de su ser, un agudo y doloroso goce que parecía brotar de sus erizados poros... quiso gritar apretándola más, pero sólo emitió un prolongado gemido, al mismo tiempo que sintió esparcirse por entre sus piernas el calor de un liquido que eyectaba con espasmódicos impulsos de placer, de su presionado miembro... como en un estertor la apretó más entre sus brazos... Lentamente se aquietó abandonó sus brazos que cayeron a los lados y quedó inmóvil. &lt;br /&gt;Shiru, que había notado el trance, se asustó; miró el líquido que había mojado su vientre y sus muslos, lo palpó, lo olió y sacudiendo a Taro, que pareció despertar de un sueño, le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué te ha pasado? &lt;br /&gt;- No sé. &lt;br /&gt;- ¡Mira!... ¡Has orinado! &lt;br /&gt;Taro guardó silencio, parecía avergonzado; la cogió por una mano y la condujo a la quebrada, se lavaron sin ningún comentario, pero, a ella le consumía la curiosidad, a él le ahogaba una interrogante. Taro no comprendía qué le había sucedido, pero le hacía sentir que hubiera descubierto algo que tenía oculto dentro de sí; la miró con disimulo... ¡Si!... Ella tenía cosas muy distintas, aparte de la que ya había notado en el acto de la micción, sus muslos eran suavemente redondeados, sus caderas mas anchas y abultadas, en el pecho se le estaban alzando unos bultos redondos... regresaron en silencio. &lt;br /&gt;Como de costumbre, Taro se acostó con sus padres, pero no podía conciliar el sueño; el recuerdo de lo sucedido y especialmente del intenso placer que había experimentado inundaba su pensamiento y se preguntaba si volvería a repetirse. En cierto momento los sintió moverse y en la tenue oscuridad vio que su padre se subía sobre su madre y empezaba a agitarse acompasadamente... simuló estar dormido... ¡No! no le estaba pegando como alguna vez vio que lo hizo... seguía la acompasada agitación... de pronto oyó suspiros, gemidos y luego calma… bajó el hombre y quedaron quietos. Seguía pensando sin poder dormir, pero, instintivamente hizo relación entre lo que acababa de ver y lo que le habla sucedido... ¿Sería igual?... Creyó haber encontrado una explicación y al fin se durmió. &lt;br /&gt;Amaneció lloviendo y nadie salió del tambo. Shiru se le acercó, él la rehuyó, pero como persistía la dejó sentarse a su lado; todos hacían algo, su padre se le acercó con una olla de barro y le dijo: &lt;br /&gt;- Vete a traer agua. &lt;br /&gt;- Vamos - dijo Shiru. &lt;br /&gt;De un tronco vaciado como artesa que estaba cerca del tambo recogió el agua. Volvían, cuando una gallina seguida por un gallo se les atravesó corriendo, Taro se detuvo a mirarlos: el gallo le dio alcance, la gallina se encogió en el suelo, el gallo se subió sobre ella y cogiéndola con el pico de la pequeña cresta, la aplastó, doblando ligeramente la cola se bajó, aletearon los dos y el gallo se alejó contoneándose. &lt;br /&gt;- Ahora va poner huevo - dijo Shiru. &lt;br /&gt;Pasado el mediodía hubo un poco de sol, pero sus rayos parecían enfriarse en el húmedo ambiente, todo estaba quieto y triste, el piso encharcado y nadie salió del tambo. El día siguiente amaneció radiante. Muy temprano salieron todos a sus ocupaciones dejando solos a los muchachos, pero Taro sentía desacostumbrada timidez, ya no buscó a Shiru para atraerla hacia si, hacerle cosquillas, tomarla por la cintura y derribarla; ella se le pegó y preguntó: &lt;br /&gt;- ¿No nos vamos al monte? &lt;br /&gt;- No. Aquí nomás. &lt;br /&gt;La tomo de la mano y suavemente la condujo a su “llanchama”, se sentó y la hizo sentar a su lado, luego la puso sobre sus piernas y empezó a darle cosquillas en sus nacientes pezones. &lt;br /&gt;- Me duele... - se quejó - pero es rico - terminó riendo. &lt;br /&gt;La abrazó, la acostó y se puso a su lado, le pasó las manos por el cuello, la garganta, bajó al vientre, pasó a los muslos y buscó el pubis, que lo sintió casi ardiente... lo aplastó. Shiru se estremeció, cerró los ojos y cruzó las piernas presionando la mano de Taro; éste se sentó, le abrió suavemente las piernas, quitó la mano y miró detenidamente la vulva, volvió a poner la mano encima y sintió que el cuerpo de Shiru se estremecía nuevamente. Se miró el miembro erecto, recordó lo que había visto dos noches antes y se le subió encima. Shiru sintió un paroxismo, cruzó las piernas por encima del cuerpo de Taro e instintivamente se acomodé para recibirlo, éste no atinaba a introducirse. Shiru no sabía que esperaba, Taro no sabia que buscaba, hasta que al fin, entre tanto movimiento, la naturaleza ayudó a encontrar el camino… un sonido gutural de dolor, un gemido brotó de la garganta de Shiru, que se abandonó, mientras Taro, sin tener tiempo para imitar los movimientos que había visto hacer a sus padres, de repente volvió a sentir la inefable sensación de placer... &lt;br /&gt;Quedaron quietos. Shiru había dejado caer las piernas pero seguía abrazada a Taro; parecía desmayada. Se retiró suavemente de ella y le miró la vulva, de la que salían unos hilillos de sangre. Se asustó y llamó: &lt;br /&gt;- ¡Shiru! &lt;br /&gt;Sin abrir los ojos respondió: &lt;br /&gt;- Me has hecho doler. &lt;br /&gt;Unas semanas después, sintió una incomodidad extraña y dolorosa; le sangraba la vagina. Se la mostró a su madre quien le enseñó a limpiarse y protegerse, había empezado a menstruar; después le preparó y dio su “pampanílla”. Taro, que lo había observado todo, pensó que era oportuno también para él usar el taparrabo que su padre le dio. Habían entrado a una nueva vida. &lt;br /&gt;Pasó algún tiempo. Intuitivamente la familia había determinado que fueran marido y mujer, o acaso del mismo modo se habrían dado cuenta de lo sucedido; fue así que siempre estaban y a todas partes iban juntos. Una tarde que volvían del monte, de muy lejos oyeron estampidos extraños en dirección del caserío; nunca antes habían oído algo parecido, de modo que no atinaron que era; no eran truenos porque eran breves, ni caída de árboles, porque eran secos. Corrieron para llegar más pronto y cuando ya faltaba poco, distinguieron voces y gritos de gente extraña que no comprendían y sintieron un terror instintivo; se acercaron con cautela hasta cierta distancia, pero no podían ver, para lograrlo se subieron a una alta “capírona”’ y vieron algo que les asustó: un grupo de hombres, blancos unos, negros otros y algunos como ellos, estaban amarrando a los seis hombres y las ocho mujeres del caserío; dos hombres yacían en el suelo, Taro creyó reconocerlos, uno era el más viejo y otro el más joven de la comunidad. &lt;br /&gt;- ¡Mi padre está amarrado! - dijo e hizo ademán de bajarse. &lt;br /&gt;Shiru lo contuvo diciendo: &lt;br /&gt;- ¡Espera! Vamos a ver qué hacen. &lt;br /&gt;Pasó como media hora, los hombres extraños entraban y salían del tambo, al final se agruparon y emprendieron el camino en dirección opuesta a ellos, llevándose a hombres y mujeres. &lt;br /&gt;- ¡Vamos a seguirlos! - dijo Taro. &lt;br /&gt;Y bajó seguido de Shiru, que lloraba diciendo: &lt;br /&gt;- ¡Todos están amarrados!... ¿Por qué los llevan? &lt;br /&gt;Corriendo llegaron al tambo, se acercaron a los caídos, uno de bruces y el otro de espaldas estaban en un charco de sangre; horrorizados comprobaron que estaban sin vida, nunca antes hablan visto un muerto, ni morir a nadie, Shiru lloraba más por susto que por miedo, Taro no comprendía nada; alguna vez oyó que la gente moría y que también la mataban, no sabía qué significaba eso, pero pensó que sería lo que estaba viendo y se sintió hundido en un mar de confusiones. Shiru se le abrazó llorando a gritos. &lt;br /&gt;Eran dos criaturas en plena adolescencia, pero la vida primitiva, dentro la agreste naturaleza les había endurecido y dotado de un fino instinto de conservación, que en todo selvático se agudiza inteligentemente para enfrentar los peligros. Se ofuscaron brevemente, pero no duro mucho su aturdimiento, ese mismo instinto los guió. Sin tener idea de lo que se hacía con los muertos, los arrastraron hasta el tambo, los introdujeron, los juntaron y para protegerlos, cuidadosamente los cubrieron con trozos de madera, tizones, ramas de arbustos, hasta dejarlos completamente invisibles. Luego, Taro escogió dos lanzas livianas y una “pucuna” descolgó un pequeño morral de piel de venado, que contenía unos “virotes” y se lo sujetó a la cintura, envolvieron en una “llanchama” dos “cushmas”, ataron el envoltorio con una rústica pretina, que Shiru se lo puso en la espalda, colgando de la cabeza y empezaron a caminar sobre la huella que habían dejado los captores. Sin decírselo de viva voz, decidieron ir tras de sus padres. &lt;br /&gt;Partieron muy después del mediodía y cuando anocheció se metieron entre las aletas de una gruesa “lupuna”, orinando ambos antes, entre los extremos de las aletas que se introducían en tierra, como haciendo una línea que las uniera. Era el tipo de protección que habían aprendido y creían efectiva contra las víboras. Se cubrieron con la llanchama y se durmieron con el sueño propio de los muchachos de su edad. &lt;br /&gt;Tan pronto como pudieron ver reanudaron la marcha, deteniéndose a ratos sólo por fatiga; se alimentaban de las frutas que encontraban, las cogían y comían al paso. Cinco días duró la persecución, que el cansancio, lo intrincado del monte la hacían más larga y más lenta. Al mediodía del quinto divisaron un caserío, observaron cautelosamente, aguaitaron por la entrada del primer tambo y vieron a cuatro mujeres viejas y dos niños en el suelo; las viejas, asustadas se habían arrinconado, pero al ver sólo dos muchachos se recobraron y entraron en confianza. En dialecto muy parecido se interrogaron mutuamente; el mismo grupo de asaltantes había atacado el poblado, matado a cuatro y apresado a todos los hombres mujeres y muchachos, dejando sólo a viejos, viejas y niñitos gateando. Taro expresó su intención de seguirlos, pero los viejos le hicieron comprender el peligro que corrían al enfrentarse a gente despiadada y sanguinaria, que lo único que buscaba era apresar nativos para hacerlos trabajar y sólo conseguiría ser apresado, igual que sus compañeros de tribu y llevado, quien podría saber a dónde. &lt;br /&gt;Comprendió y se dio cuenta del peligro que correría Shiru, a quien, por espontáneo impulso, se sentía obligado a proteger. Los viejos les ofrecieron su amistad, les enseñaron sus vacíos tambos y los convencieron a quedarse a vivir con ellos; su silencio significó aceptación. La primera noche, acostados en su llanchama, recordaron con tristeza a sus padres caminando atados hacia un destino desconocido y abrazados lloraron una vez más. &lt;br /&gt;Taro y Shiru fueron considerados tácitamente marido y mujer, lo que reafirmó su unión; en la selva es así, eran los únicos jóvenes y como tales les hacían las más cariñosas demostraciones; su vida transcurría en una tranquilidad de estancamiento, muy común en las tribus indígenas, pero el recuerdo de sus padres, violentamente secuestrados, se mantenía vivo en la memoria. También eran los únicos que podían tener descendencia, lo que al cabo de algún tiempo fue anunciado con gran alegría por las viejas. &lt;br /&gt;Un día fueron vistos algunos extraños cerca del caserío. Con la pasada experiencia, los que podían corrieron al monte a esconderse huyendo de los visitantes, pero estos entraron pacíficamente y tranquilizaron a los que se quedaron, haciéndoles entender que no abrigaban malas intenciones. Eran “materos” que exploraban la región en busca de “manchales” de caucho, les obsequiaron cuentas de vidrio, espejitos y otras chucherías y pidieron permiso para quedarse a esperar al patrón, que debía llegar con otros peones. Con cierto temor y sin alternativa, aceptaron. Taro que no había huido, y ya tenía cierta autoridad, habló por todos y su confianza contagió a los demás. &lt;br /&gt;Al día siguiente los «materos» se prepararon para ir a “montear” e invitaron a Taro, quién había mostrado curiosidad por las armas que llevaban. Fue con ellos y por la tarde regresaron con dos sajinos, varios monos y algunas aves; con admiración había comprobado la ventajosa diferencia que había entre la escopeta de los materos y su “pucuna”, se sintió empequeñecido e íntimamente deseó tener un arma igual. Por lo demás se convenció de que sus nuevos amigos eran gente de paz y se podía confiar en ellos. Encontró que el patrón había llegado y el más anciano del caserío, al que por su edad se había dirigido, lo mencionó como jefe de la comunidad, contándole como había llegado y otros detalles que lo enaltecían, de modo que al verlo, le habló como a tal, sorprendiéndose tan sólo de su juventud. Prepararon la carne de los animales, los ahumadores para secarla, la canasta y hojas para envolverla y llevarla; parte de ella comieron en silenciosa fraternidad y otra quedó para el caserío. &lt;br /&gt;Al otro día cuatro hombres partieron para continuar la exploración, los demás se quedaron con el patrón a esperarlos; volvieron a los ocho días. En ese lapso el patrón conversó con Taro muchas veces, lo encontró inteligente, de pocas palabras, mucha iniciativa y gran actividad; le preguntó si pensaba quedarse para siempre en el caserío y no supo qué contestar, pero le dio a entender que mantenía vivo el deseo de ir tras de sus padres; pensaba que todos iban por un mismo camino a un solo sitio... ¡No tenia la más remota idea de la extensión de la selva, de las demás gentes, del mundo! &lt;br /&gt;- Quiero ir donde mi madre... donde mi padre. &lt;br /&gt;- Eso va a ser difícil - le contestó el patrón. &lt;br /&gt;Y le hizo comprender que en la región había muchos gomales donde trabajaban los que habían sido apresados y sólo por casualidad o mucha suerte, podría dar con ellos. Le aconsejó que no lo intentará, porque, según donde fuera, podría también quedar cautivo y sufrir mucho. Concluyó diciéndoles que si querían salir del caserío, podría tomarlos a su servicio. Aquella noche Taro y Shiru hablaron hasta quedarse dormidos y lo hicieron resueltos a partir. Ambos abrigaban la esperanza de encontrar a sus padres. Cuando le hizo saber, el patrón le dijo: &lt;br /&gt;- Haces muy bien. &lt;br /&gt;Le dio un machete, pantalón y camisa, y le ofreció dar un vestido a Shiru, cuando llegaran a Soledad. Así entraron al servicio de Pinedo. En uno de los viajes a Caballo Cocha, que coincidió con la presencia del cura Bernuy, hizo que los bautizara y casara, apadrinando con su mujer ambos sacramentos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-5214008538215783118?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/5214008538215783118/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=5214008538215783118' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5214008538215783118'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5214008538215783118'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/02/el-colmillo-del-lagarto-continua_14.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-468759409197579366</id><published>2011-02-10T22:41:00.000-08:00</published><updated>2011-02-10T22:41:19.972-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>CAPITULO V &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL SIMPLE ORIGEN DE LA VIDA &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Manuel era hombre de nobles y generosos sentimientos, incapaz de pensar en la maldad humana, porque no la había visto ni menos sufrido; no tuvo su vida sombras que la nublaran. La única desgracia que le afligió hasta la desesperación, la muerte de sus padres la afrontó con dolorosa resignación como un inescrutable designio del destino. El recuerdo del cariño que le prodigaron, la memoria de sus bondades y sus consejos, con la ayuda del tiempo, mitigaron su dolor; el ejemplo que le dieron no dejó en su alma ningún lugar a la malicia o al resentimiento; se consideraba un hombre afortunado y su principal preocupación fue siempre el bienestar de los que le rodeaban &lt;br /&gt;En los negocios su honestidad le guiaba a tratar que sus clientes encontrasen en ellos la satisfacción que buscaban, actitud que despertaba la confianza de cuantos negociaban con él, quienes, comentando su trato, le conseguían muchos más, con los que multiplicaba sus utilidades. Con sus empleados y peones compartía el esfuerzo, las penalidades y los peligros, impulsándoles a serle fieles, leales e incapaces hasta de mentirle. &lt;br /&gt;Las explicaciones y súplicas de Cedeño le hicieron pensar que los efectos del licor le arrastraron a un mal momento, lo vio enfermo por el paludismo, que parecía no ceder pese a los medicamentos que le hizo administrar; recordó que, a su modo, había demostrado interés por el trabajo y la producción del personal, proponiéndole castigos para los que no cumplían con sus entregas de producto, en fin, minimizó sus defectos y su repulsivo aspecto, su torvo mirar y sólo vio al hombre suplicante que clamaba ayuda. &lt;br /&gt;- Está bien, concluyó - pero recuerde que a mi no me gusta la violencia porque con ella lo único que se consigue es más violencia, nunca un arreglo o una solución. Pero usted tiene que curarse bien, vaya donde doña Patricia para que le de sus medicinas; si se siente bien cuando despache la comisión la semana que viene, irá en ella, si no es así se quedará hasta que sane por completo. &lt;br /&gt;Era lo que Cedeño buscaba: permanecer algún tiempo más para llevar a cabo el plan que estaba tramando; no se le apartaba el recuerdo de las bolas de caucho flotando en el escondido tapaje, le parecía fácil robar una canoa, embarcarlas, bajar al Amazonas y seguir hasta Manaos; la única dificultad que encontraba era tener que hacerlo solo. La tranquilidad del campamento era propicia para sus planes de rapiña e inmediata huida, no se sentía seguro, pues sabía que la empresa de la que había sido expulsado abarcaba con sus poderosos tentáculos extensas zonas de la región; había visto la extremada crueldad y rencor de sus empleados y capataces, que no perdonaban a quienes pretendían burlar su autoridad y temía a sus espaldas perseguidores que se imaginaba habían partido en su busca. &lt;br /&gt;El personal de Manuel actuaba de muy distinto modo que el de la empresa del Putumayo. Los capataces se limitaban a recibir las remesas, pesarlas y esconderlas; Manuel, en cada viaje que hacía al campamento, controlaba el peso y la calidad del producto, pagaba a cada peón lo que le correspondía y lo embarcaba con destino a Caballo Cocha. El campamento era el centro de operaciones y siempre había peones nativos que tenían cerca su tambo y su familia, quienes acompañaban al empleado encargado del almacén. &lt;br /&gt;Cedeño, que se hizo más conocido como “el colombiano”, buscaba solapada y afanosamente el cómplice que le hacía falta; le desesperaba encontrar siempre gente que veía en Manuel al patrón generoso que no daba motivo para la menor queja, hasta que un incidente le hizo pensar que el diablo se ponía de su parte. Dos trabajadores se pusieron a discutir por dinero que uno debía al otro; Morales, el deudor acusaba de pillo a González, alegando que quería cobrarle más de lo que le había dado en préstamo, éste, que Morales era un sinvergüenza que había olvidado el favor recibido y no quería reconocer una pequeña suma adicional que habían pactado; de la discusión pasaron a las amenazas y por último se fueron a las manos. Golpes, más golpes, ropas desgarradas, narices sangrantes... pero la pelea era desigual; Morales se abrazó tratando de evitar los golpes de González, éste lo cogió del cuello, forcejearon, rodaron por el suelo y se le subió encima, Morales pataleaba sintiéndose ahogado... Cedeño miraba indiferente, pero de repente se le ocurrió que podía sacar partido del pleito y acudió en su auxilio; cogió a González por los brazos y sacudiéndolo con fuerza para desprenderlo gritó: &lt;br /&gt;- ¡Ya, vergajo!... ¡No abuses de tu fuerza!... ¡Déjalo ya! &lt;br /&gt;González soltó a Morales, enfurecido se alzó y revolvió contra Cedeño, que sorprendido, no pudo evitar un golpe en la cara. - ¡Jijunagramputa! - vociferó y lo atacó a puntapiés, lo derribó, lo cogió de la camisa, lo alzó, lo golpeó dos veces en la cara con violencia y lo soltó. &lt;br /&gt;- ¡Ya!... Si quieres pelear de veras ¡Cuádrate! - y se puso en guardia. &lt;br /&gt;González, que estaba comprobando en carne propia la experiencia del colombiano en esta clase de líos, se quedó mirándolo jadeante y acobardado, Cedeño bajó los puños, se acercó al caído, lo ayudó a levantarse todo magullado y lo llevó fuera a reponerse. Calmados los ánimos, el agradecido Morales le ofreció su incondicional amistad, que era lo que esperaba para utilizarlo en favor de sus planes. &lt;br /&gt;Así estaban las cosas cuando bajaron con la última remesa a Caballo Cocha, llevando todo el caucho del escondrijo, circunstancia que influyó en el ánimo del colombiano para estar de mal talante en la fiesta, pues ya consideraba suyo el producto. &lt;br /&gt;Pocos días después, Manuel organizó la comisión para despachar con material de trabajo, víveres y trabajadores a los nuevos manchales del Algodón, de cuyo mando encargó a Morales. Al enterarse de la designación, Cedeño pensó aprovechar de la coincidencia y viajar con él; dijo a Manuel que ya se sentía bien y podía regresar al trabajo. Consintió y partió con la comisión. &lt;br /&gt;Era un largo viaje por el Amazonas y el Ampiyacu, para luego tomar el varadero hasta el Algodón. El inmenso y turbio caudal del río rey, que se pierde en la distancia como lejano y plateado espejismo de interminables “vueltas” y “estirones”, parece tragar o sacar de sus fondos las orillas, a medida que se aleja o avanza el navegante. &lt;br /&gt;Su impetuosa corriente se resiste al empeño de surcar los “remansos” que se convierten en raudos y amenazantes remolinos; pero el hombre de la selva, al impulso del acompasado y monótono ¡cran... cran... cran! del golpe de los remos en la borda de la canoa, imperturbable los desafía y los vence. &lt;br /&gt;Remota les resultaba la ansiada boca del Ampiyacu, río menos ancho y más tranquilo, donde el agobiante calor se diluye a través de las altas copas de los árboles y los reflejos de los rayos solares parecen hundirse en sus cristalinas aguas para apagar el fuego que hiere los ojos como flechas luminosas. Silenciosos, impasibles los bogas, no sienten el correr de las horas ni los días; una que otra frase, típicamente breve, expresa su cansancio, su apetito, su ansiedad de llegar al tambo para pasar la noche. &lt;br /&gt;- ¡Duele el sol ’on! &lt;br /&gt;- Shibeen esos... &lt;br /&gt;Y uno de los bogas deja el remo, abre su bolsa enjebada y saca su “pate” &lt;br /&gt;con el que recoge agua del río; de un “panero” extrae unos puñados de &lt;br /&gt;fariña y los pone en el pate, lo revuelve con los dedos, bebe un poco &lt;br /&gt;y se lo pasa a uno de sus compañeros, que también bebe y así a cuantos quieran hasta que se agota el contenido que calma apetito y sed al mismo tiempo. Donde no hay tambo para pasar la noche, lo construyen con rapidez y habilidad de hormigas, prenden fuego y con el descanso y su frugal alimento reponen sus energías. &lt;br /&gt;Cedeño buscaba conversación a Morales esperando averiguar qué tanto era posible contar con él para sus planes y el momento propicio para confiárselo, pero tropezaba con una muralla de sencilla honestidad, que no creía posible en una mentalidad indígena y lo exasperaba hasta casi no poderse contener. &lt;br /&gt;- ¡Qué le voy a engañar a don Manuel! El es muy bueno, nos da todo lo que le pedimos. &lt;br /&gt;- Eres un tonto… no ganas lo que debías ganar, tu trabajo vale más y cualquier patrón te pagaría mucho mejor… en cualquier parte ganarías más. &lt;br /&gt;- Yo no quiero irme, estoy muy bien con don Manuel. &lt;br /&gt;- ¿Y por eso estás contento con lo que ganas? &lt;br /&gt;- Si... - casi con resignación - todos ganamos lo mismo - y con cierto entusiasmo - y en cada comisión, don Manuel nos da nuestra gratificación. &lt;br /&gt;- Y cuando llevan las remesas ¿no se pierde ninguna bola? &lt;br /&gt;- ¡Nunca!... Pero una vez, cuando estamos “chimbando” nos ha pescado la turbonada y nos hemos “virado”. Ahí no hemos podido “agarrar” seis bolas de caucho. &lt;br /&gt;- ¿Y qué dijo don Manuel? ¿No les ha hecho cargo? &lt;br /&gt;- ¡No! Más bien nos ha regalado una muda de ropa cuando nos ha visto llegar “ropa encima” y le hemos dicho que con bolsa y todo hemos perdido el resto. &lt;br /&gt;- Hubieran podido esconder todo el caucho, engañarle que no pudieron recuperar nada y vender para ustedes. &lt;br /&gt;- ¡A dial on!... ¿Acaso somos ladrones? &lt;br /&gt;- Eso no era robar. Lo primero que se tiene que salvar es la vida, si se puede recuperar algo es porque uno quiere, no por obligación y en tal caso lo que se recupera tiene que ser de uno por derecho. &lt;br /&gt;Morales era witoto. Muy niño vio morir a su padre en una correría y con su madre permaneció cautivo mucho tiempo en una estación cauchera del Putumayo. Fueron llevados a Iquitos y vendidos por su captor, por cuatro libras esterlinas a un señor Morales de la Compañía Recaudadora. Era negocio corriente en aquella época; mujeres y muchachos indígenas apresados en las sangrientas correrías, que no se utilizaban en el trabajo del caucho o de los campamentos, eran tomados como botín por los capataces, quienes hacían con ellos lo que les venia en gana y lo más provechoso era venderlos. &lt;br /&gt;Los esposos Morales necesitaban a la madre para sirvienta. Sucios, andrajosos, macilentos, con sus articulaciones sobresaliendo como nudos en la piel, asustados, con la cabeza agachada, sólo miraban de reojo; no hablaban ni entendían más que su lengua, pero obedecían con sumisión a señas y gestos. Sus nuevos dueños les compraron ropa; bañados y limpios cambiaron de aspecto. Su sencillez y docilidad agradó a los Morales, que no tenían hijos y su paternal cariño lo volcaron en el indiecito, al extremo de ponerle como nombre Teodoro, que era el de Morales. Los amigos y vecinos, al ver como lo trataban, medio en broma le agregaron el apellido, lo que a Morales le pareció lo más natural. Cuando llegaron a entender el castellano, la señora, como entretenimiento, se dedicó a enseñar a Teodoro a leer, escribir y contar, sorprendiéndole la inteligente avidez con que el chico aprendía. &lt;br /&gt;Más no todo había de ser felicidad. De inmediato el cambio favoreció a la madre, de triste y esquiva se transformó en alegre y animosa; pero al poco tiempo empezó a tener malestares cada vez más frecuentes, tos, escalofríos, fiebre, que silenciosamente soportaba para no interrumpir sus quehaceres domésticos. Eran consecuencia de los maltratos sufridos en la “correría” y durante su cautiverio: latigazos, violaciones, hambre; una espantosa etapa de infrahumanas condiciones de vida había dañado sus órganos vitales. Enflaqueció visiblemente y no pudo ocultar su mal; sus patrones la hicieron ver por un médico, quien, después de un detenido examen, meneó la cabeza con desaliento diciendo: ¡Ya no hay nada que hacer! Sólo podía darle unos calmantes. Había contraído una tuberculosis incurable &lt;br /&gt;Pasado poco tiempo murió. Teodoro lloró desconsoladamente; recordó como en una horrible pesadilla lo sucedido desde el día de la correría: su madre no huyó con las otras mujeres porque él estaba abrazado al cadáver de su padre y ella quería protegerlo, quisieron golpearlo, ella lo escondió en sus brazos y recibió los golpes, siempre fue así; no comía de su miserable ración o de lo que lograba robar para dárselo a él; en las noches de lluvia, en el tambo que les servía de prisión, con sus harapos y con su cuerpo le protegía de la humedad y del frío; comprendió que se había sacrificado por él, se sintió culpable y quería ser él quién estuviese inerte. &lt;br /&gt;No se apartó un instante del lado del cadáver y en el cementerio, al ser depositado el ataúd en la fosa y comenzar los enterradores a cubrirlo, intentó precipitarse al fondo. Lo sujetaron hasta terminar, ya libre se tiró encima, hundió la cabeza sobre la fresca tierra, no quería retirarse. La dulzura y el cariño de la señora Morales, el dolor que compartió con él, fueron el consuelo que suavizó la primera honda pena que sintió en su vida. &lt;br /&gt;Tres años más vivió con los Morales y un nuevo contraste lo sacudió. Enfermó la señora de tal modo que alarmó a su marido: cada tres días, luego de elevadísima temperatura le sobrevenía un frío tan penetrante que no podía evitarlo ni abrigándose con gruesas frazadas o poniéndose botellas de agua caliente junto al cuerpo; el médico que la vio diagnosticó terciana y además de la abundante quinina que le recetó, recomendó un cambio de clima, si era posible. El señor Morales no vaciló, inmediatamente solicitó su regreso a Lima, que fue atendido y un mes después preparó su viaje. Teodoro junior comprendió que iba a perder su segunda madre, ya se sentía hombre, pero lloró de nuevo. &lt;br /&gt;Como único y pobre consuelo el señor Morales le dio un par de libras y muchos consejos; estos le fueron mucho más valiosos que aquellas, metió sus ropas en una bolsa enjebada, buscó quien le tuviera como “agregado” y se lanzó a buscar trabajo. Época de bonanza y abundancia, sin vagos ni mendigos, el oro que generaba el caucho repletaba los bolsillos desbordándose a todos los niveles sociales. Fue mandadero, “pretinero”, peón, de todo hizo en su nueva vida. Su instintivo orden y método le recordaba permanentemente los consejos y enseñanzas de los Morales: “se respetuoso, se comedido” - le había dicho la señora. “Nunca te apropies de lo ajeno, lo que tienes que sea el fruto de tu trabajo” - le habla dicho Morales y esos principios fueron dándole afirmación de personalidad y economía. Al cabo de unos años, observando el negocio de pulperías y bodegas que ponían los chinos en las esquinas, pensó en poner uno igual, pero un incidente varió sus planes. &lt;br /&gt;Se estaba descargando en el malecón el caucho que había llegado en un batelón; cuatro hombres de la embarcación lo subían de la orilla a lo alto de la cuesta, cargando las bolas entre dos, atravesando un palo por el hueco que tienen en el centro; otro se limitaba a hacer ademanes de ayuda para que las bajaran y las acomodaba; la tarde caía y el patrón se impacientaba. &lt;br /&gt;- ¡Vayan, vayan más ligero! No pierdan el tiempo acomodando, nosotros vamos a acomodar - se refería al quinto hombre y unía la acción a la palabra -  ya van a cerrar la tienda y hay que buscar una carreta para llevarlas. &lt;br /&gt;Morales al pasar cerca lo oyó, se acercó y le dijo: &lt;br /&gt;- Señor, ¿No quieres “usté” que te ayude? &lt;br /&gt;El patrón lo miró, justo lo que necesitaba y le gustó el ofrecimiento. &lt;br /&gt;- ¿Cuánto quieres ganar? &lt;br /&gt;- Lo que “usté” me pagues. &lt;br /&gt;- Bueno, pónganse a acomodar, yo voy a buscar una carreta. &lt;br /&gt;- Sí, señor, pero más bien yo me voy con tu empleado para hacer subir antes que se haga más tarde. &lt;br /&gt;Lo miró detenidamente y le dijo al otro. &lt;br /&gt;- Anda José con el amigo - y fue en busca de la carreta. &lt;br /&gt;Morales bajó corriendo seguido del otro, cargaron, subieron, volvieron a bajar; la ayuda animó a los demás, que ya se sentían cansados y al poco rato concluyeron, pero el patrón no regresaba con la carreta. Esperaron, se hacía tarde, al fin lo vieron volver con aire decepcionado. De lejos exclamó: &lt;br /&gt;- ¡Ya no hay carretas! &lt;br /&gt;- ¿Adónde vas a llevar, señor? - preguntó Morales. &lt;br /&gt;- A la casa Lucién Bernard. &lt;br /&gt;- Pero eso es “aquisito” nomás - señaló como a cuatro cuadras - podemos llevar cargando nosotros. &lt;br /&gt;Admitió, sintiendo arrancada su iniciativa e inmediatamente Morales cogió el palo, lo introdujo en el hueco de la bola e instó a José a coger del otro extremo, lo levantaron, pero en lugar de ponerlo en el hombro y colocarse uno detrás del otro, hizo que se lo colocaran sobre los omóplatos, logrando caminar con más rapidez, casi corriendo; los otros imitaron. El patrón observaba en silencio y lo único que hizo fue ir a la tienda a controlar el peso a medida que iban llegando. Cuando terminó todo, despachó a sus hombres al batelón y se quedó Morales. &lt;br /&gt;- ¿Cuánto te debo? &lt;br /&gt;- Tu voluntad, señor. &lt;br /&gt;- ¿Dónde trabajas? &lt;br /&gt;Morales le explicó a su modo como lo hacía y le hizo entender que era hombre de todo trabajo, honrado y deseoso de superarse. El patrón sacó dos soles de su bolsillo y al dárselos le dijo; &lt;br /&gt;- ¿No quisieras trabajar conmigo? Yo soy cauchero, vivo en Caballo Cocha y me llamo Manuel Pinedo. &lt;br /&gt;Morales, que pensaba en cinco “reales”, cuando más, por menos de una hora de trabajo, confundido balbuceó su agradecimiento. Manuel insistió: &lt;br /&gt;- ¿Qué dices? &lt;br /&gt;- No sé, señor. &lt;br /&gt;- Tienes tiempo de pensar. Voy a estar tres días, ven mañana o pasado, cuando quieras, a la hora del almuerzo, para conversar. ¿Tienes familia? &lt;br /&gt;- No señor. &lt;br /&gt;- Entonces consulta contigo mismo… no te olvides, te espero,  y se fue.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-468759409197579366?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/468759409197579366/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=468759409197579366' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/468759409197579366'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/468759409197579366'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/02/el-colmillo-del-lagarto-continua_10.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-3641748758163358665</id><published>2011-02-05T21:45:00.000-08:00</published><updated>2011-02-05T21:45:12.122-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>Se fue caminando lentamente, como si algo le frenara, con un deseo incontenible de volverse a mirar pensando que alguien le seguía con la vista. Al llegar a la esquina ya no pudo contenerse… la calle estaba desierta. Continuó caminando al mismo paso, absorto en el recuerdo de los instantes que había estado con Teresa y de lo que ella había dicho; miró sus manos como si extrañara no encontrar en ellas renovada la sensación de placer que había experimentado... ¿Cómo hacer para verla de nuevo... hablarle otra vez? &lt;br /&gt;Cuando recibió las escopetas se dio tal prisa para repararlas que aquella misma tarde las dejó expeditas; pensó llevarlas en la noche con la esperanza de ver a Teresa, pero lo estimó inoportuno y se resignó a esperar el día siguiente. Durante la comida, en la conversación con los otros oficiales, se enteró que el comandante había invitado a Pinedo a jugar en la noche una partida de rocambor, que hasta entonces no había podido armar porque le faltaba un jugador; sólo contaba con el primer maquinista y Samuel, pues Ponciano, además de no jugar muy bien, detestaba el juego por haberle dado amargos resultados. &lt;br /&gt;Le quedó la impresión que Pinedo le había demostrado simpatía, quería confirmarlo y sondear su pensamiento respecto a los suyos con su hija. Esperó pues con impaciencia y cuando lo vio llegar acompañado de Ponciano y Samuel, impulsivamente se acercó al portalón a recibirlo. &lt;br /&gt;- ¡Señor Pinedo, buenas noches! - simulando ignorancia del motivo de la visita agregó: viene usted a conocer el “Liberal” &lt;br /&gt;- Sí, Roberto, buenas noches; también a visitar a los amigos que no han querido ir a mi casa - y estrechando la mano que le tendió continuó - ¿Y qué me cuenta de mi escopeta? &lt;br /&gt;- Ya están listas, don Manuel, mañana voy a llevarlas. &lt;br /&gt;Samuel intervino. &lt;br /&gt;- Roberto es muy “curioso”... ¡Compone toda clase de máquinas!... ven a ver la máquina que maneja - lo condujo a la escalinata que descendía a la sala de máquinas. &lt;br /&gt;Toda estaba brillantemente iluminada, de la planta uno de los fogoneros los miró y saludó, Manuel miraba con atención la reluciente limpieza de la máquina principal y el orden que reinaba en todo. &lt;br /&gt;- ¿Y de dónde sale la luz? - preguntó. &lt;br /&gt;- De la dinamo que mueve esa máquina pequeña - se apresuró a responder Roberto. &lt;br /&gt;- ¡Qué interesante!... ¡Cómo está adelantada la ciencia!... ¿Hasta cuándo tendremos luz eléctrica en Caballo Cocha? - y volviéndose a Roberto - ¿Y dónde aprendió usted todo esto? &lt;br /&gt;- En la factoría del gobierno, señor Pinedo. Además he conseguido algunos libros que me han servido para dar examen de maquinista. &lt;br /&gt;Manuel quedó en silencio. Roberto advirtió que se disponían a subir y le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Cómo está la señora Maria?... ¿Cómo está la señorita Teresa? &lt;br /&gt;- Están bien, gracias - lo miró fijamente sonriendo - Me dijo mi mujer que no quiso usted cobrarle por su trabajo de la máquina… eso no está bien, el trabajo es sagrado y debe ser pagado. &lt;br /&gt;- Sí, don Manuel, pero hay personas que merecen atenciones y a quienes queremos ser agradables - se dio cuenta que estaba por decir algo impropio - Además, el hecho de que hayan conocido a mis padres... &lt;br /&gt;- Bueno, bueno... - le interrumpió - de todos modos le estamos muy agradecidos, pero... eso sí, que no vaya a ocurrir lo mismo con las escopetas... &lt;br /&gt;- No se preocupe, don Manuel - le interrumpió riendo. &lt;br /&gt;En ese momento apareció Prieto en la escalera y les pasó la voz: &lt;br /&gt;- ¡Por favor!... ¡No me distraigan la tripulación!... La reunión es acá y vamos a ver si estos caucheros son tan buenos como para hacer un solo de oros. &lt;br /&gt;Subieron y luego de calurosos saludos y fuertes abrazos se acomodaron en torno de la mesa que estaba esperándolos con varias botellas de Ginger Ale, Oporto Romariz, Jerez de la Frontera y otros licores en pintoresco desorden. Empezaron la partida de rocambor matizada de hilarantes bromas y rociada por frecuentes tragos. Roberto estaba satisfecho, tanto por su aplomada actitud, como por la atención de Pinedo. Con ese ánimo se dirigió a su camarote y se acostó, pensando en la entrevista que podría tener con Teresa. &lt;br /&gt;Al día siguiente, con impaciencia esperó la hora oportuna para llevar las escopetas; en el camino le asaltó una duda, era indiscreto llevarla a la casa porque pertenecían al almacén, pero no quería ir al almacén sino a la casa, pues la arrastraba el deseo de ver a Teresa y no la entrega de las escopetas... Caminaba con ellas al hombro y al llegar cerca de la casa se detuvo... ¡Claro!... No sabía dónde estaba el almacén, no podía ir allá... Tenía que ir a la casa y si le recibía doña María podía disculparse. Siguió sin vacilación, ingresó al patio, llegó a la puerta y tocó; esperó prudentemente... Tres veces volvió a tocar y sintió un gran desaliento al ver que nadie salía, No sabía qué hacer, esperar... marcharse... se disponía a esto último cuando oyó pasos a su espalda y al volverse vio a doña María y Teresa que ingresaban al patio. &lt;br /&gt;- Buenos días - se apresuró a saludar - estaba tocando y nadie salía &lt;br /&gt;- Buenos días - contestó Maria - no hay nadie. Nos avisaron que don Melchor iba a matar “su chancho” y fuimos a que nos venda un poco de &lt;br /&gt;carne, pero no ha podido “agarrarle” y hemos hecho un viaje inútil. Veo que ha traído las escopetas... ¿Tan pronto las ha compuesto? &lt;br /&gt;- Sí, señora - y justificándose -  he debido llevarlas al almacén, pero no se dónde queda. &lt;br /&gt;- No está muy lejos, de la esquina se pasa al frente, se camina… pero, ¿por qué no las deja nomás? &lt;br /&gt;- Si usted quiere, mamita - se atrevió Teresa - yo le hago conocer... &lt;br /&gt;- ¡No! - en tono cortante y mirándola inquisitivamente - Venga usted, de la puerta puedo indicarle como llegar. &lt;br /&gt;Fue hacia ella seguida de Teresa y Roberto, quienes se miraron con un gesto de inteligencia. &lt;br /&gt;- Vea usted. En esa esquina pasa al frente, van dos cuadras y vuelve a cruzar. &lt;br /&gt;- A la izquierda o a la derecha - interrumpió Roberto como quien no comprende. &lt;br /&gt;- ¡No!... ¡al frente! - con tono de impaciencia. &lt;br /&gt;- Mejor le llevo yo, mamita - insistió Teresa. &lt;br /&gt;Maria la miró como apuñalándola. Al darse cuenta que Roberto la estaba observando suavizó su mirada, clavó fijamente sus ojos en los suyos, como para leer en su pensamiento. Su maternal instinto le gritaba que entre Teresa y Roberto estaba naciendo un vínculo de simpatía que no podían ocultar, que inconscientemente lo exteriorizaban. Pero... ¡su hija era una criatura!... ¡No!... ¡Imposible! Y él… ¿quién era él?... ¿Qué estaría pensando él?... ¡No, No!... Sólo eran figuraciones suyas... su hija no podía pensar todavía en tales cosas... La miró con fruncido ceño y con vacilante resignación admitió. &lt;br /&gt;- Está bien, Teresa le va a llevar al almacén, pero te quedas con tu padre hasta la hora que él venga a almorzar &lt;br /&gt;- Sí, mamita. &lt;br /&gt;- Hasta luego señora, muchas gracias. &lt;br /&gt;Caminaron en silencio unos treinta pasos. Roberto sentía impulsos de volverse a mirar para sentirse más tranquilo y hablar con soltura, le parecía tener clavados en la nuca los ojos de María. &lt;br /&gt;- Seguro que tu mamita nos estará mirando - dijo suavemente. &lt;br /&gt;- No vayas a mirar atrás. &lt;br /&gt;Pero Roberto no se pudo contener, simulando hacer un arreglo con las escopetas las depositó en el suelo sin doblar las rodillas y por entre las piernas miró... ¡Doña María de pie, en el centro de la acera, los miraba en actitud de un sargento de ronda!... &lt;br /&gt;Nos está mirando - dijo con disgusto, levantando las escopetas y poniéndoselas al hombro violentamente - Creo que tu mamá me aborrece. &lt;br /&gt;- Así es ella... ¿No te he dicho que nunca me deja salir sola?... ¡No se cómo ahora me ha dejado venir contigo! &lt;br /&gt;Llegaron a la esquina, cruzaron la calle apresuradamente y se metieron a la otra; sintiéndose libres de la mirada que los perseguía se detuvieron respirando hondamente, como si hubieran salvado un riesgo, superado una meta, se miraron riendo y continuaron el camino lentamente por la desierta calle. En voz baja Roberto empezó: &lt;br /&gt;- Quiero decirte una cosa Teresa. &lt;br /&gt;- ¿Qué cosa? &lt;br /&gt;- Ya lo sabes… estoy enamorado de ti... te quiero... &lt;br /&gt;- Pero… ya te vas... yo no sé... ¿qué quieres que haga?... dile a mi mamá. &lt;br /&gt;- Quisiera decírselo, pero me mira de un modo que parece estar amenazándome, con ojos opacados por la desconfianza... y no me atrevo. Pero nada de eso me importa si tú me quieres. Dime Teresita, ¿de verdad me quieres? &lt;br /&gt;- Roberto... no sé... cómo será, pero creo todo lo que me dices, me gusta oírte, me gusta verte, quisiera que no te vayas, quisiera estar siempre contigo. He oído decir que mañana se va la lancha y desde ese momento he sentido como que voy a perder algo o que quisiera quitarme algo... ¿Qué se pudiera hacer para que no te vayas? &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Roberto le cogió la mano suavemente, sentía un irresistible impulso de tirar las escopetas, abrazarla, llenarla de besos, alzarla y acunarla como a una criatura… Una pareja apareció en la esquina, se soltaron las manos, la pareja los miró con curiosidad y al cruzarse la señora dijo: &lt;br /&gt;- ¡Hola Teresita!... ¿Adónde vas? &lt;br /&gt;- Al almacén de mi padre, doña Ishti, buenos días don Juan. &lt;br /&gt;- Buenos días Teresita, dale mis saludos a tu padre. &lt;br /&gt;- Gracias don Juan, le haré presente. &lt;br /&gt;Se alejaron los intrusos y volvieron a cogerse de las manos. &lt;br /&gt;- No puedo dejar de ir - retomó Roberto el hilo de la conversación - pero regresaré. Tu mamá tiene que reconocer que ya eres una señorita y no va a tenerte encerrada toda la vida. El destino de las mujeres es ser la compañera de un hombre, ese hombre ha aparecido para ti y tú debes cumplir con tu destino. &lt;br /&gt;- Pero tienes que decirle a mi mamá. &lt;br /&gt;- ¡No! Le voy a decir a tu papá, le hablaré de hombre a hombre. &lt;br /&gt;- ¿Ahora le vas a decir? - se alarmó Teresa. &lt;br /&gt;- No Teresita, a mi regreso. Creo que hoy sería muy pronto. &lt;br /&gt;- Espera, ya vamos a llegar. &lt;br /&gt;- Mañana iré a tu casa a despedirme de tu papá y de tu mamá, pero esta noche iré a despedirme de ti. &lt;br /&gt;- ¡Pero cómo!... Yo no salgo de noche. &lt;br /&gt;- He sabido que esta noche tu papá irá otra vez a jugar a bordo, yo vendré a eso de las nueve y te voy a silbar así - moduló un silbido - ¿Tú duermes sola? &lt;br /&gt;- Si, pero junto al dormitorio de mi papá y mi mamá. &lt;br /&gt;- Entonces temprano dices que vas a acostarte y sales cuando te silbo. &lt;br /&gt;- ¿Y si no puedo?... ¿Si mi madre está despierta? &lt;br /&gt;- Te esperaré. Si oyes el silbo sabrás que estoy esperando. &lt;br /&gt;- Bueno, voy a procurar, pero no te aseguro. &lt;br /&gt;Se apretaron fuertemente la mano en señal de convenio y reanudaron el camino hasta el almacén. Manuel estaba conversando con un señor y al verlos entrar los miró con sorpresa. &lt;br /&gt;- ¡Como! -  dijo - ¿Y tu madre? Disculpe Roberto, buenos días. ¿Pero porqué no me avisó para yo mismo mandar traer las escopetas? &lt;br /&gt;- Buenos días, don Manuel. Es usted quien tiene que disculparme por haber permitido que su señorita hija se tomara esta molestia. &lt;br /&gt;- ¡No, papá!... Mamita me ordenó que trajera al joven Roberto, por que él no conocía el almacén. &lt;br /&gt;- Bueno...  admitió Manuel conciliador - la cosa es que usted ya está aquí con las escopetas - cogió una, la miró detenidamente, la amartilló, de un estante cogió una cajita de la que extrajo un fulminante que colocó en la chimenea y apretó el disparador. Estalló el fulminante. &lt;br /&gt;- Muy bien, está como nueva. &lt;br /&gt;Hizo la misma operación con otra y mirándola con un gesto de satisfacción repitió: &lt;br /&gt;- Muy bien, está como nueva. &lt;br /&gt;Hizo la misma operación con las otras y mirándolas con el mismo gesto repitió: &lt;br /&gt;- Muy bien, muy bien ¿Cuánto es lo que le debo? &lt;br /&gt;- Créame, don Manuel... quisiera que no lo tome en cuenta... es un trabajo tan sencillo que... &lt;br /&gt;- ¡No, No! - le interrumpió con acento de disgusto - ayer no quiso cobrar por la máquina, ahora esto... ¡No puede ser!... Su trabajo vale y debe usted cobrar... de otro modo - agregó suavizando su gesto con una sonrisa - como ya las tenía como perdidas... ¡No se las recibo!  y rió palmeándolo en el hombro. &lt;br /&gt;Teresa los miraba también sonriente. &lt;br /&gt;- Eso no puede ser, don Manuel - protestó Roberto - yo sólo quisiera... es la única manera como puedo... hacerle una atención. &lt;br /&gt;- Se lo agradezco, Roberto, pero quiero que usted estime su trabajo. &lt;br /&gt;- Bueno... ¿le parece bien cuatro soles? &lt;br /&gt;Manuel lo miró fijamente, movió la cabeza como diciendo: ¡Éste no tiene remedio!... se metió la mano al bolsillo y sacando una moneda de una libra se la extendió diciendo: &lt;br /&gt;- Tenga. Usted no estima su trabajo ni su habilidad... ¡Una escopeta vale treinta soles, se malogra y usted la vuelve nueva por un sol!... Así no va a hacer fortuna. &lt;br /&gt;- No se trata de eso, don Manuel, le estoy cobrando lo justo. &lt;br /&gt;Intervino el otro señor preguntando: &lt;br /&gt;- ¿Es usted mecánico? &lt;br /&gt;- Sí, señor... &lt;br /&gt;- Lozano, para servirle. A mi hijo Cesáreo le gustan esas curiosidades, ¿No Manuel? Yo le voy a mandar a Iquitos para que aprenda. &lt;br /&gt;Siguieron conversando los tres, mientras Teresa no apartaba los ojos de Roberto. Manuel la observaba con disimulo y en un breve silencio le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Vas regresar con el señor? &lt;br /&gt;- No, papá, mamita me ha dicho que regrese con usted a la hora del almuerzo. &lt;br /&gt;Oyéndolo como una despedida, Roberto la hizo. &lt;br /&gt;- Me voy, don Manuel, muchas gracias, si me permite mañana iré a su casa a despedirme de usted y su señora. &lt;br /&gt;- Está bien Roberto. Tiene la casa cuando guste - y le extendió la mano que Roberto estrechó, diciendo: ¡Hasta luego! , se volvió a Teresa para decirle lo mismo y ella se apresuró a darle la mano que él estrechó con fuerza diciendo lo mismo. Luego a Lozano. &lt;br /&gt;- ¡Adiós señor Lozano! y se dirigió a la puerta. &lt;br /&gt;Teresa impulsivamente lo acompañó y en ella volvieron a decirse &lt;br /&gt;- ¡Hasta luego! &lt;br /&gt;Se fue y ella quedó mirándolo mientras llegaba a la esquina donde volteó. Su padre seguía conversando con Lozano y mirándola de reojo; algo insólito había notado y cuando éste se marchó le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué te parece ese joven? &lt;br /&gt;Lo miró sorprendida, ruborizándose ligeramente sonrió y como pensando en algo muy lejano contestó &lt;br /&gt;- Parece bueno... y creo que le estima mucho a usted. &lt;br /&gt;- ¿Porqué crees eso? &lt;br /&gt;- No ha querido cobrarle por las escopetas. &lt;br /&gt;- Y tampoco por la máquina. ¿No te ha dicho porqué no ha querido cobrar? &lt;br /&gt;- No, sólo me ha dicho que ustedes conocen a su papá y a su mamá. ¿Son paisanos no? &lt;br /&gt;- Su papá murió - concluyó Manuel y pareció sumirse en sus pensamientos &lt;br /&gt;De pronto se había dado cuenta que su hija ya no era la niña que había estado viendo. Tenía quince años en una plenitud que la encaminaba hacia una nueva vida, que la estaba cambiando de mentalidad y sentimientos, que la hacía mirar un horizonte desconocido lleno de interrogantes. ¿Qué podía hacer para ayudarla a cruzarlo? &lt;br /&gt;Aquella noche a Roberto le pareció desleal hablar con Manuel, incluso encontrarse con él, de modo que se encerró en su camarote y se acostó hasta que oyó en la campana del puente tocar las ocho y media, salió entonces y se encaminó a la cita. Los faroles, a trechos largos, iluminaban las silenciosas calles, ayudados por las tenues ráfagas de la luz escapadas de las abiertas puertas de una que otra casa. La de Manuel estaba completamente a oscuras, frente a ella, las altas ramas de unos rosales meciéndose lentamente con el aire, proyectaban enormemente agrandadas en el suelo y en la fachada, las sombras que hacían a un farol cercano, dando la impresión de formas que se movieran. Roberto calculó el tiempo y silbó suavemente, esperó largo rato y silbó de nuevo, en ese instante oyó nueve apagados toques de la campana de un reloj dentro de la casa; esperó un rato más, se disponía a silbar otra vez cuando en la puerta apareció un bulto blanco, que se dirigió a uno de los ángulos del patio. Con cautela, para no tropezar, lo siguió hasta darle alcance. Era Teresa que había salido en ropa de dormir, la cogió de ambas manos diciendo: &lt;br /&gt;- Estaba creyendo que no podías salir. &lt;br /&gt;- No oí cuando silbaste, porque mi cuarto está al otro lado de la casa, pero cuando dieron las nueve salí para ver si habías venido. &lt;br /&gt;Hablaban suavemente, él con acento que parecía tratar de inspirarle confianza, ella, segura y confiada, abandonando sus manos en las de Roberto, que las aprisionaba como queriendo absorber de ellas su calor para las suyas; la atrajo suavemente, la abrazó, puso la cabeza sobre su hombro y acercándole la boca a su oído, en voz baja susurró: &lt;br /&gt;- No sabes Teresita cuánto te quiero, no te imaginas lo que significa éste encuentro para mí; desde que te vi anteanoche, por primera vez, desde cuando me diste tu mano, al presentarme tu madre, ya no he podido dejar de pensar en ti; ansiaba volver a verte, oírte, tenerte cerca permanentemente; me di cuenta que estaba solo y he comprendido que lo único que podía remediar esa soledad era tu presencia. &lt;br /&gt;Teresa temblaba, el dulce cosquilleo de las palabras en sus oídos le bajaba por la espalda, se le extendía por todo el cuerpo, erizando sus poros y produciéndole estremecimientos que la hacían languidecer; una inefable sensación de abandono, temor, placer, curiosidad, satisfacción, la hacía apretarse más y más en los brazos de Roberto. Con entrecortada voz le contestó: &lt;br /&gt;- Nunca he sentido una cosa igual... he leído en una novela que me ha prestado una amiga que dos jóvenes se enamoraron, pero no he creído lo que dice que sentían al abrazarse y besarse... hoy comprendo como es eso. &lt;br /&gt;Roberto la apartó con suavidad sin soltarla, la miró largamente a los ojos que en la penumbra brillaban como humedecidos por lágrimas; la vio más bella que en la fiesta, sus labios entreabiertos parecían estar pidiendo saber cómo es un beso, querer sentir aquello que en la novela estaba descrito, parecían ofrecerse como primicia de un amor recién nacido; la atrajo nuevamente e inclinándole la cabeza con suavidad hacia atrás buscó sus labios con los suyos, ella se los entregó, cerró los ojos y quedaron como una estatua viviente, trémula y silente, en un trance de dulce agonía... El tibio contacto de su cuerpo apretándose al suyo, sus brazos rodeando amorosamente su cuello, la sensación de sus senos apoyados en su pecho, a través de la sutil camisa de dormir, inevitablemente despertaron la naturaleza de Roberto turbando su pensamiento... ¡No!... Teresa era digna de su respeto, de su devoción, de su verdadero amor... Retiró sus labios y la miró, parecía dormida, la volvió a besar... una vez, otra vez… un beso más largo... no abría los ojos, sólo sentía los leves estremecimientos de su cuerpo en sus brazos y casi oía el palpitar de su corazón... ¿Cuánto tiempo pasaría? &lt;br /&gt;- Teresita - le habló al oído - quiero ver tus ojos. &lt;br /&gt;- Déjame soñar… porque esto no puede ser más que un sueño, el sueño que hace tiempo perseguí pero no llegaba a tenerlo, a sentirlo, a vivirlo… si así es el amor, si para amar hay que morir como me he sentido morir hace un momento... ¡Quiero morir, pero en tus brazos!... - abrió los ojos y mirándolo amorosamente continuó - Roberto... ¡qué lindo es tu nombre!... No necesito decirte Robertito para decirte que te quiero, ni para pedirte que me quieras... ¿Será siempre como en este momento? &lt;br /&gt;- Si, Teresita, yo sí siempre te diré Teresita, porque así te siento más mía, porque eres menudita como una joya, la joya que adornará mi vida. &lt;br /&gt;Volvieron a estrecharse en un abrazo y sus labios se juntaron en un nuevo arrebato... &lt;br /&gt;- A mi regreso hablaré con tu papá para pedirle tu mano y casarnos... ¿Qué dices tú? &lt;br /&gt;- Mi papá es muy bueno, se que nos comprenderá, pero... ¡mi madre!... no sé porqué pienso que a ella no le va a gustar, siempre está diciendo que soy una niña, que no debo oír sus conversaciones, que no debo leer esto o lo otro... y cuando le pregunto porqué, ¡Ya lo sabrás a su tiempo! me contesta. &lt;br /&gt;- ¿No seria bueno que le contaras todo esto y lo que te he dicho? &lt;br /&gt;- ¡Jesús!... ¡Me mataría! &lt;br /&gt;Continuaron debatiendo el tema y de pronto oyeron las campanadas del reloj interior… alarmados contaron once. &lt;br /&gt;- ¡Las once, Roberto!...Ya debo entrar, a veces mi madre va a mirarme en el dormitorio &lt;br /&gt;- Está bien Teresita, me voy contento y feliz, se que me quieres y a mi vuelta lo arreglaré todo. No demoraré más de veinte días. &lt;br /&gt;La cogió de nuevo en sus brazos, juntaron sus labios en un nuevo y largo beso y al desprenderse se dijeron mutuamente: &lt;br /&gt;- ¡Adiós amor mió!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-3641748758163358665?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/3641748758163358665/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=3641748758163358665' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3641748758163358665'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3641748758163358665'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/02/el-colmillo-del-lagarto-continua.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-510296922846763649</id><published>2011-01-29T22:10:00.000-08:00</published><updated>2011-01-29T22:10:52.264-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>CAPITULO IV &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ROMANCE &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo alguien muy observador se hubiera dado cuenta de la significación que tuvo para Teresa y Roberto, el fugaz encuentro que culminó en el suave apretón de manos que se dieron al ser presentados. &lt;br /&gt;Vuelta la normalidad se reanudó la fiesta y atendiendo la invitación de Manuel, Roberto ingresó al salón, lo cruzó lentamente haciendo inclinaciones a quienes lo miraban, atraído por algo que no veía, sin saber qué buscaba; maquinalmente se dirigió al segundo salón y sin pensarlo se encontró apoyado en la baranda, mirando a las personas que estaban en el jardín. De pronto se fijó en cuatro chicas sentadas en torno a una mesa, escuchando a dos jóvenes que hablaban en voz alta con ostensibles ademanes, Teresa era una de ellas y le separaba apenas cinco metros. Sintió impetuoso deseo de acercarse, pero no conocía a ninguno de los demás, miró en torno suyo, todos le eran extraños; Pinedo, Ponciano y otros caballeros habían desaparecido, doña Maria departía con otras señoras en el salón principal. Se sintió aislado. &lt;br /&gt;Teresa lo vio acercarse a la baranda y tuvo un sobresalto, inquieta, nerviosa lo miró a hurtadillas huyendo de su mirada; de pronto se puso de pie como para irse, se dio cuenta de su inconsciente impulso y volvió a sentarse; no escuchaba la conversación, casi sentía las miradas de Roberto. &lt;br /&gt;- ¡Vamos a la sala! - dijo a sus amigas. &lt;br /&gt;- ¡No! - protestaron a coro - ¡Qué te pasa!... Estamos bien aquí. &lt;br /&gt;Inmóvil Roberto seguía mirando el grupo, se concentró en Teresa buscando ansiosamente su mirada y encontró sus negros ojos que parecían interrogarle, atraerle, decirle ¡Ven!... ¡Aquí estoy!... Pero la presencia de aquellos jóvenes, desconocidos para él, la música que inundaba el ambiente, el vertiginoso girar de las alegres parejas que hablando y riendo pasaban a su lado le producía la impresión de interponerse entre ellos, creaba en su ánimo la desagradable sensación de no estar donde le correspondía. Confundido bajó la vista reprochándose su timidez, su indecisión y quedó pensativo. &lt;br /&gt;Sin valor para acercarse a Teresa, sin aliento para disputar su compañía, sin entusiasmo para participar de la alegría de la fiesta, se sintió insignificante, herido en su amor propio. Lentamente se dio la vuelta, se volvió para mirarla por última vez y se escurrió por entre las parejas que bailaban, dirigiéndose a la calle. Disgustado consigo mismo caminaba como sonámbulo, mirando solo vacío, incapaz de ver a quien se hubiese cruzado en su camino. &lt;br /&gt;Al otro día, impaciente, esperó la hora oportuna para salir a tierra; había olvidado que Manuel, en la breve conversación de la noche anterior, le habló de las escopetas por componer, pero algo le atraía hacia su casa. Caminó en dirección a ella, con prisa al principio, que fue disminuyendo a medida que se acercaba, llegó, pasó frente al patio y a cierta distancia se detuvo; la calle estaba desierta, sin darse cuenta volvió sobre sus pasos. &lt;br /&gt;- Pero... ¿Qué busco? - murmuró entre dientes, deteniéndose nuevamente después de haber vuelto a cruzar el patio. De repente recordó lo de las escopetas - ¡Ah! - exclamó - resueltamente se dirigió a la entrada, ingresó hasta la de la casa, la puerta estaba abierta de par en par; miró hacia dentro, no había nadie. Los muebles y todo el salón estaban en desorden. En aquel instante llegaron corriendo y entraron dos muchachos, detuvo a uno de ellos y le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Está don Manuel en la casa? &lt;br /&gt;- No, joven, está en su almacén. &lt;br /&gt;Y sin más explicación ingresó, cogió dos sillas, las juntó por los asientos, las levantó, metió la cabeza por entre las patas para sostenerlas y salió corriendo tras del otro que había hecho la misma operación. Al quedarse solo iba a tocar la puerta, pero una lateral interior se abrió suavemente y en el mareo apareció Teresa. &lt;br /&gt;- ¡Ay! - casi gritó y volvió a meterse. &lt;br /&gt;Roberto, que al verla sintió un repentino vacío en todo su ser, no tuvo tiempo de pensar qué iría a decir; inmóvil en el umbral trató de serenarse y tocó suavemente. Salió Teresa como sí de dentro la estuviesen empujando &lt;br /&gt;- Buenos días señorita - su voz no era firme - creo que se ha asustado... ¿por qué? &lt;br /&gt;- Buenos días, joven - contestó con leve trémulo en la voz - Yo pensaba que no había nadie - le tendió la mano que Roberto cogió como si fuera a escapársele. &lt;br /&gt;Vestía con sencillez una holgada blusa blanca de género no muy fino, con cuello cerrado y largas mangas, sobre una falda de amplios pliegues, que con inútil complicidad trataban de ocultar sus atractivas formas juveniles; suelto el liso caballo que le cubría la espalda, enmarcaba las líneas armoniosas de su cara, sus negrísimos ojos de suave mirar, su boca sonriente de tentadores labios; sin ningún tipo de afeites, hacían un conjunto que la colocaba entre las bonitas. Siguió un breve y embarazoso silencio que hacia contraste con sus sonrientes miradas e inocultable complacencia. Roberto, inconscientemente trató de retenerle suavemente la mano, pero ella, con la misma suavidad se la quitó. &lt;br /&gt;- Don Manuel... tu papá... - empezó vacilante - he venido a ver a tu papá... &lt;br /&gt;- Él está en el almacén... ¿para qué le quieres? &lt;br /&gt;- Me dijo que tiene unas escopetas malogradas. &lt;br /&gt;- ¡Ummm! - la típica modulación nasal que índica haber comprendido, recordado algo - Aquí no hay nada, deben estar en el almacén. &lt;br /&gt;En aquel instante volvieron a entrar corriendo los muchachos de las sillas y repitieron la operación para llevarse las otras. &lt;br /&gt;- Mejor espérale... ¡Julián! - se dirigió a uno de ellos - vete a decirle a mi padre que el joven Ríos está aquí y le necesita. &lt;br /&gt;Pudo haber dicho al muchacho que lo guiara al almacén, que estaba cerca, o haberle indicado a Roberto el sitio para que fuera; Roberto igualmente pudiera haber dicho ¡Voy con el muchacho! o preguntado dónde quedaba el almacén, pero ambos, impulsivamente hacían por no separarse. Otro silencio siguió a la partida del muchacho. Teresa, al parecer más tranquila o más deseosa de explorar la desconocida emoción que sentía lo rompió diciendo: &lt;br /&gt;- ¿Tú eres maquinista de la lancha? - parecía dudar viéndolo tan joven. &lt;br /&gt;- Sí, soy el segundo maquinista. &lt;br /&gt;- ¿Y dónde vives? &lt;br /&gt;- En Iquitos. Allá tengo a mi madre y un hermano - se animó - Tú, ¿tienes hermanos? &lt;br /&gt;- No - con disgusto - Solo somos mi padre, mi madre y yo. Cuando mi padre va en las comisiones nos quedamos solas. &lt;br /&gt;Hablaba con viveza, animada de repentina confianza, sin la vacilación y la ansiedad que la embargó cuando de pronto vio a Roberto. Éste recobró también su aplomo. ¿Por qué había de sentirse tímido delante de Teresa? - pensaba - ¿Qué tenía ella distinto o que no tuvieran las otras chicas que conoció?... ¿Más bonita? No podía asegurarlo. ¿Su modo de mirar?... ¿Su sonrisa?... ¿Su porte?... No podía precisarlo, pero se sentía atraído irresistiblemente, cautivo casi. &lt;br /&gt;- ¿Te has ido alguna vez a Iquitos? &lt;br /&gt;- Una vez, hace ya mucho tiempo, pero casi no me acuerdo de nada, era muy pequeña. &lt;br /&gt;- Tu papá y tu mamá deben ir siempre. &lt;br /&gt;- Mi papá sí, mi mamá no, porque no quiere dejarme sola. Mi padrino quiso que fuera a vivir en su casa para seguir la escuela, pero mi mamá se opuso terminantemente, no quería ni oír sus razones. Yo quisiera ir a conocer, alguna vez me llevarán. &lt;br /&gt;Continuaron la conversación hasta que llegó Manuel apresuradamente. &lt;br /&gt;- Buenos días, señor Pinedo. &lt;br /&gt;- Buenos días, Roberto... ¡Pero hija!... cómo no has avisado a tu madre... ¡Ni siquiera has invitado a sentarse al señor Ríos! &lt;br /&gt;- ¡Papá!... Él me dijo que le necesita a usted. &lt;br /&gt;- Disculpe, Roberto, todo está en desorden todavía... ¡Pero, siéntese! - le acercó una silla - ha venido a ver las escopetas ¿No? &lt;br /&gt;- Gracias, don Manuel, no se moleste. Sólo quiero ver si es posible arreglarlas, para llevarlas hasta mañana, pues el comandante ha dicho que pasado mañana debemos zarpar. &lt;br /&gt;- L1évalas nomás!... Si no tuviera tiempo de arreglarlas hasta mañana, a su regreso, para ir al Putumayo me las entrega. Como el “caño” está “crecido” podrá entrar el vapor hasta el puerto. &lt;br /&gt;Un hombre apareció con cuatro escopetas de avancarga al hombro. &lt;br /&gt;- Dame una y arrima las otras - le dijo, y dirigiéndose a Roberto se la pasó - Aquí tiene una, con ojos de experto la examinó detenidamente, hizo igual con las otras y al terminar preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Tiene usted “chimeneas” &lt;br /&gt;- Sí. De varias medidas. &lt;br /&gt;- Las chimeneas ya están malas y no se ajustan porque los filetes de las roscas se han corrido. Creo que puedo arreglarlas hasta mañana. Déme usted, cuatro chimeneas. &lt;br /&gt;- Las tengo en la tienda, voy a traerlas. Tenga la bondad de esperar un momento, mi mujer lo atenderá mientras vuelvo - voy por ella - y se introdujo por la entreabierta puerta lateral. &lt;br /&gt;Volvieron a quedar solos, pero no tuvieron tiempo de reanudar la conversación, pues inmediatamente reapareció con doña María. La saludó Roberto, contestó ella, Manuel pidió permiso y salió. &lt;br /&gt;- ¿Ha esperado mucho tiempo? - preguntó Maria con tono que no se podía asegurar que fuera lamentándolo o por medir el tiempo que estuvo con Teresa. &lt;br /&gt;Su mirada fría, incisiva, parecía taladrar el pensamiento de Roberto buscando la respuesta, se le despertó un repentino y vivo interés por conocerlo más, saber como era; su calidad de varón y su apuesta apariencia se le antojó peligrosa para su hija, recién en el umbral de la vida; su mentalidad pueblerina, llena de prejuicios y convencionalismos de la época, la imaginaba expuesta a los peligros y asechanzas que su inocencia le impedía conocer. No estaba segura de haber sabido prepararla para enfrentarse a ellos, pese a que desde muy tierna edad la tuvo sujeta a cuidados y vigilancia de impertinente exageración, pero en un hermético encierro de equivocados conceptos de moralidad y pudor. &lt;br /&gt;- ¡Cúbrete! - le dijo una vez escandalizada, cuando ya crecida pero impúber, se presentó un día con el pecho desnudo y el vestido en la mano, a preguntar si era el que debía ponerse - una niña no debe mostrarse nunca desnuda, porque su cuerpo está hecho a imagen y semejanza de la Virgen y no debe ser visto por nadie. &lt;br /&gt;De modo que cuando Teresa llegó a mujer, ni siquiera estuvo enterada de las incomodidades mensuales que debía soportar y la primera vez que le ocurrió sintió tal espanto, pensando que iría a morir, que sólo por ese temor se lo dijo a su madre, la que, sin ninguna explicación la ayudó y previno para lo sucesivo. Ella, que había sufrido la experiencia en las mismas condiciones, no atinó a proceder de mejor manera; con su imprudente reserva creía estar conservando la inocencia de su hija y cumpliendo a cabalidad su misión de madre, no esperaba confidencias ni podía ofrecer consejos. Teresa estaba pues a merced de las circunstancias y de sus propias emociones. &lt;br /&gt;Al dejar de ir a la escuela, poco más de un año antes, su madre ya no la dejó salir sola y en la idea de completar su educación la hacia leer “El almacén de las señoritas”, el “Manual de Urbanidad” y otros libros &lt;br /&gt;por el estilo e hizo que Manuel buscara consejo para comprarle otros adecuados, de suerte que vivía casi enclaustrada, aislamiento que le provocaba un vivo deseo de buscar con amigas de su edad, esparcimiento, comunicación e información que colmara su curiosidad e ignorancia. La conseguía a escondidas, pero incompleta y con peligrosas deformaciones. &lt;br /&gt;Cuando vio a Roberto se sintió irresistiblemente atraída y su imaginación empezó a crear un caudal de procelosas ilusiones, pensó en como se habrían conocido sus padres, ¿Le estaría sucediendo algo semejante? La fantasía aguzó su femenina curiosidad, pero... ¿La satisfaría su madre? ¿Pensaría en los mismos términos que ella? Presentía que de sus labios nunca lo oiría, porque sabia que consideraba una ofensa a su pudor hablar sobre tales temas. &lt;br /&gt;Continuó la conversación entre preguntas de Maria y respuestas de Roberto sobre sus viajes, lo que hacia, como vivía; parecía que quisiera informarse en detalle de cuanto le concernía. Volvió Manuel y poniéndole en la mano una cajita de cartón le dijo: &lt;br /&gt;- He traído todas las que tengo para que usted mismo escoja. &lt;br /&gt;Roberto la abrió, con calma seleccionó cuatro piezas y le devolvió la cajita. &lt;br /&gt;- Estas voy a llevar - se las enseñó - y también las escopetas. &lt;br /&gt;Se volvió a María con ademán de despedirse. Teresa, que lo estaba observando  ¿Se va? - pensó. Apenas se habían saludado, la conversación fue toda con su madre... súbitamente recordó algo: &lt;br /&gt;-  ¡Mamita!... ¿No dijo usted que su máquina estaba malograda? &lt;br /&gt;- No es nada, sólo rompe el hilo, pero no siempre... &lt;br /&gt;Roberto se contuvo. Cogió al vuelo la oportunidad y la interrumpió. &lt;br /&gt;- Puede ser un pequeño defecto, señora, si usted quiere que la vea lo haré ahora mismo. &lt;br /&gt;- ¡No, no! - protestó María - sería mucha molestia y usted tiene que volver al trabajo. &lt;br /&gt;- No señora, mi guardia es de doce a seis y aún es muy temprano. &lt;br /&gt;Manuel intervino. Le estaba creciendo la simpatía hacia Roberto, que naciera por la oportuna intervención que tuvo en el pleito de la noche anterior y abonaban en su favor sus maneras, su mirada franca, casi transparente; tenía que ser, necesariamente, una buena persona. &lt;br /&gt;- Es usted muy amable, pero no debemos abusar de su tiempo. &lt;br /&gt;- Ni lo piense, señor Pinedo, para mi es una distracción; además aprenderé a conocer cosas modernas - y dirigiéndose a Maria - ¿De qué marca es la máquina señora? &lt;br /&gt;- New Haven. Manuel pidió una Singer, pero parece que se equivocaron o no la tuvieron y nos enviaron otra marca... bueno - cedió - vamos a que la vea. &lt;br /&gt;Manuel se disculpó de nuevo con Roberto, recomendó a Maria que lo atendiera y salió. María lo guió a la habitación contigua y Roberto se enfrascó en el examen de la máquina. Al cabo de un momento pidió un trozo de tela. Teresa, juguetona le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Vas a coser?... ¿Sabes coser? &lt;br /&gt;- ¡Teresa! - le reconvino María - ¿Cómo te atreves a tutear al señor? &lt;br /&gt;- ¿Porqué no señora? - la defendió - no tiene nada de malo y me hace creer que fuera mi hermana. ¡No tuve la suerte de tener una hermana! &lt;br /&gt;María buscó la tela y se la entregó. En aquel momento alguien tocó la puerta, Teresa salió a ver y volvió luego. &lt;br /&gt;- Mamita... Ahí está la comadre Fidelia... dice que la necesita. &lt;br /&gt;- Dile que pase... ¡No!... quiso llevársela, pero era una descortesía dejar solo a Roberto... ¡Y dejar sola a Teresa con él! - no había alternativa y se resignó -... Discúlpeme un momento, señor, y se fue. &lt;br /&gt;Se miraron sonrientes, congratulándose mentalmente por haber logrado un triunfo. Roberto notó la indecisión de María e intuyó el motivo. &lt;br /&gt;- Tu mamá es muy desconfiada. &lt;br /&gt;- ¡Si tú supieras! &lt;br /&gt;- Pero yo no voy a llevar nada de aquí - tratando de sondear el pensamiento de Teresa. &lt;br /&gt;- No es por eso. Lo que ella no quiere es que me quede sola contigo, aclaró con un dejo de disgusto. &lt;br /&gt;- Eso será porque soy un extraño, pero con tus amigos te dejará hasta ir de paseo. &lt;br /&gt;- ¡Nunca!...Y yo no tengo amigos - aclaró de nuevo - amigas unas pocas, pero ni con ellas me deja ir sola siempre con mi mamá. Algunas veces a un cumpleaños voy con mi mamá y mi papá. &lt;br /&gt;- Bailas muy bien, anoche te he visto - mintió Roberto. &lt;br /&gt;- ¡Mentiroso!... Sólo he bailado dos veces antes que llegarás tú. &lt;br /&gt;-¿Con quién? &lt;br /&gt;- Con mi padrino y con Antonio. &lt;br /&gt;- ¿Quién es Antonio? &lt;br /&gt;- El hijo del señor Ramírez, un empleado de mi padre. &lt;br /&gt;- ¡Ah!... ¿No es uno de los que estaba conversando con ustedes en el jardín? &lt;br /&gt;- Si. &lt;br /&gt;- ¿Y qué te decía?... Por su modo de vestir parece que no vive aquí. &lt;br /&gt;No. Ha llegado de Europa, donde su padre le ha mandado a estudiar. ¡Yo no creo “nadita” de lo que cuenta! &lt;br /&gt;- Seguramente te decía que eres muy bonita... que te quiere... &lt;br /&gt;- Te juro que no! - con énfasis de protesta - yo le conozco desde muchacho, cuando estábamos en la escuela de doña Lucinda... ¡Qué va a decirme nada!... Sólo habla de París, de Mon... ¡No sé como dice él! &lt;br /&gt;En sus palabras, en su acento, en sus ojos, se translucía la ingenuidad, la inocencia, la verdad sin adornos ni rebuscamientos. &lt;br /&gt;- Y si yo te dijera que eres bonita, que me gustas, que no he encontrado hasta hoy ninguna muchacha como tú… &lt;br /&gt;- Ya “vuelta” engañas - interrumpió Teresa, ruborizándose levemente. &lt;br /&gt;- De veras - continuó casi con seriedad - no sólo eres bonita, tienes algo más que... no sé como pudiera explicarte… algo que en cuanto te vi., cuando me diste tu mano anoche, me ha...no sé como decir... he sentido como fiebre, frío, miedo... creo que he temblado, parecía que me asustaras... ahora mismo ¡Ve! - le tomó la mano que tenía apoyada en la mesa de la máquina - ¿No estoy temblando? &lt;br /&gt;Teresa le escuchaba atentamente, casi absorta, sus ojos se fueron abriendo lentamente hacia un gesto de asombro y ansiedad, sus labios entreabiertos temblaban ligeramente; bajó los ojos y abandonó su temblorosa mano a la de Roberto, que agregó la otra para apretarla con una suavidad de arrobamiento que pareció sumirlos en un éxtasis de muda comunicación… en una eternidad de placer que les inundó de pies a cabeza y se soltaron como asustados... Siguió un breve silencio; Roberto no sabía como continuar, Teresa no sabía que contestar, de hacerlo habría repetido exactamente lo dicho por él, pero se atrevió: &lt;br /&gt;- Yo he sentido lo mismo, pero... ¿Porqué no te acercaste anoche en el jardín? &lt;br /&gt;- Tenía miedo... sí, miedo de sufrir un desaire por ser un desconocido, después de haberme hecho una ilusión, pero no he podido resistir el deseo de verte de nuevo… por eso he venido. &lt;br /&gt;- ¡Miedo!... ¿Y como no tuviste miedo del colombiano? ¿Y no tenías que venir a ver las escopetas? &lt;br /&gt;- Éste ha sido mi pretexto, pero dejemos las escopetas... ¿Cómo hacemos para volver a vernos?... ¡Ojalá seas tú quien me reciba cuando las traiga mañana!...Ahora que regreso a Iquitos le contaré a mi madre que me encontré con unos paisanos que la conocen y tienen una hija que me gusta... Se va a alegrar y querrá conocerte, porque nunca le conté de ninguna enamorada. &lt;br /&gt;- ¡Pero Roberto!... Mi mamá me dice siempre que soy una niña... ¡Como voy a ser tu enamorada! &lt;br /&gt;- Cuéntale lo que te he dicho. &lt;br /&gt;- ¡Qué le voy a contar!... Me da vergüenza... ¡Y miedo!...Si le dijera algo seria para que me “pegue”... &lt;br /&gt;- Qué hacemos entonces... &lt;br /&gt;Se oyó fuera la voz de Maria. &lt;br /&gt;- ¡Teresa! ¡Ven un momento! &lt;br /&gt;- Ya vengo Roberto. &lt;br /&gt;La siguió con la vista y se quedó mirando la puerta por donde salió como si la estuviera viendo… de pronto volvió en sí. ¡Nada había hecho con la máquina! Apresuradamente manipuló en ella, luego colocó el trozo de tela la hizo funcionar cosiendo en uno y otro sentido, observó la costura y con muestras de satisfacción se repantingó en la silla. Se sentía contento, invadido de una placentera confianza y plenitud, le parecía estar oyendo con melodiosa entonación las palabras de Teresa: “Yo he sentido lo mismo que tú”... Le parecía sentir el calor de su mano en las suyas como una tibia llama que se extendía en toda su piel, erizando sus poros para adentrarse por ellos al fondo de su ser... Tan ensimismado estaba que no vio entrar a María, la que al verlo, sonriendo forzadamente le dijo: &lt;br /&gt;- Se ha quedado usted dormido. &lt;br /&gt;Se levantó como un gato asustado. &lt;br /&gt;- No señora, disculpe usted, estaba esperándola para que pruebe su máquina. Ahora ya no va a romper el hilo. &lt;br /&gt;- Vamos a ver. &lt;br /&gt;Se sentó y empezó a coser sin descanso largo rato en silencio, luego, con un gesto de complacencia comentó: &lt;br /&gt;- Yo no quise decirlo para que no se molestara, pero ya no se podía coser... ¡Ahora está muy bien!... ¿Cuánto le debo por su trabajo? &lt;br /&gt;- No me debe nada, señora. Sólo estaba muy ajustada la lanzadera, la aflojé un poquito y nada más. &lt;br /&gt;- Pero… ha tomado usted su tiempo. Le diré a Manuel para que le compense en alguna forma. &lt;br /&gt;- Muchas gracias, señora, le repito que no es nada y me complace que haya quedado satisfecha... Me voy, señora. &lt;br /&gt;Sentía impulsos de preguntar por Teresa, se dirigió al salón acompañado de Maria, luego a donde estaban las escopetas, se inclinó con ademán de cogerlas, pero Maria le contuvo diciendo: &lt;br /&gt;- No se moleste. Mi marido me ha dicho que va a mandarlas con uno de los peones. &lt;br /&gt;- No es necesario, yo puedo llevarlas. &lt;br /&gt;- ¡Déjelas nomás! Si tiene apuro por sus obligaciones puede irse. &lt;br /&gt;Su acento más parecía decir: ¡Ya es tiempo de que se vaya! - le tendió la mano agregando: &lt;br /&gt;- ¡Hasta luego!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-510296922846763649?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/510296922846763649/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=510296922846763649' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/510296922846763649'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/510296922846763649'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua_29.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-7732293180292381708</id><published>2011-01-26T21:58:00.000-08:00</published><updated>2011-01-26T21:58:13.783-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>Cuando llegaron a la primera, su apariencia de matones fue del agrado del que parecía jefe, un tipo gordo, de rostro ceñudo crecida barba y mirar siniestro; con un Smith &amp;Wesson en el cinturón y un fuete en la mano. Lo llamaban don Víctor. De pie en lo alto de la escalera del tambo, moviendo nerviosamente las rodillas y azotándose las botas con el fuete los miró casi con desprecio. &lt;br /&gt;- ¿De dónde vienen? &lt;br /&gt;- De Colombia. &lt;br /&gt;- ¿Y qué quieren? &lt;br /&gt;- Venimos a buscar trabajo. &lt;br /&gt;- ¿Están dispuestos a cumplir todas mis órdenes? &lt;br /&gt;- Sí, señor. Queremos trabajar. &lt;br /&gt;- ¿Cuánto quieren ganar? &lt;br /&gt;- El sueldo es lo de menos - era Cedeño quien contestaba y mañosamente aparentaba desinterés - vea primero nuestro trabajo. &lt;br /&gt;El gordo no cayó en la jugada. &lt;br /&gt;- ¡Déjense de huevadas!... Ganarán cincuenta soles, tendrán casa, comida y culos... ¡Pero cuidado!... ¡Mucho cuidado!... Porque si se descantillan les costará caro. Preséntense a Jiménez en el almacén para que les de lo que necesitan y pónganse a órdenes de Arriarán porque mañana va a salir a una correría. &lt;br /&gt;Les dieron un machete, una carabina Winchester, balas y otros útiles y al día siguiente, pese a la copiosa lluvia, apenas amaneció se pusieron en marcha conformando un grupo de veinte hombres, mestizos indígenas en su mayor parte, dos negros barbadenses y dos witotos, al mando del llamado Arriarán. Pocos parecían gente de ciudad, pero todos, excepto los witotos llevaban carabinas y algunos un revólver. Cedeño no sabía qué irían a hacer y se lo preguntó. &lt;br /&gt;- Vamos a traer indios - fue la respuesta. &lt;br /&gt;- ¿Y para eso se necesita tanta gente? Riendo socarronamente Arriarán aclaró: &lt;br /&gt;- Es que no quieren venir y tenemos que traerlos a fuerza. &lt;br /&gt;Caminaron tres días guiados por los witotos, quienes lo hacían sin vacilación, pese a lo intrincado del monte, abriéndose paso con el machete o cruzando “tahuampas”, se detenían antes que anocheciera para hacer con palos y palmeras tambos personales que los protegiera en caso que lloviera; comían en la mañana y al atardecer, paiche o carne seca de animales del monte asada en las brasas, con “fariña”, algunos, de más categoría, tomaban café. &lt;br /&gt;Al cuarto día, a media tarde, se detuvieron. Los witotos hablaron en su dialecto con Arriarán, haciendo ademanes y señalando direcciones, éste parecía entenderlos perfectamente, reunió a todos, conformó tres grupos, dos de seis con un witoto y otro de ocho con él, dio instrucciones y concluyó diciendo: &lt;br /&gt;- Cada uno debe agarrar por lo menos dos indios, el que agarre más tiene premio; no se preocupen de las mujeres, ellas van a seguir a sus maridos, ni de los muchachos pequeños, no sirven para nada. &lt;br /&gt;Se adelantaron los grupos de seis y el de Arriarán avanzó lentamente hasta llegar a un centenar de metros de unos tambos que se veían a través &lt;br /&gt;de la maleza. Se detuvieron y al cabo de un momento se oyó con claridad el canto de la “unchala”, que fue contestado por otro en otra dirección. &lt;br /&gt;- ¡Vamos! - mandó Arriarán y avanzó agachándose entre los arbustos. &lt;br /&gt;Una vez más se oyó el canto del ave, que evidentemente era una señal, pues venia de dos direcciones contrarias. &lt;br /&gt;- ¡Listos! - mandó de nuevo sin cesar de caminar. &lt;br /&gt;Al oírse por tercera vez el canto, más prolongado esta vez, levantó la Winchester y gritó: &lt;br /&gt;- ¡Adelante! - avanzó corriendo y gritando desaforadamente. &lt;br /&gt;Simultáneamente se oyó alaridos que parecían salir de todas partes y el tropel lo siguió hacia los tambos, haciendo disparos al aire. Los ocupantes, hombres, mujeres, algunas con sus hijos en brazos, salieron despavoridos; muchachos, pequeñuelos desnudos, corrieron tras ellos tratando de ganar el monte, gritando, llorando, tropezando con los asaltantes que aparecían por todos lados… los que lograron eludirlos fueron perseguidos a tiros, varios cayeron, quizá heridos, acaso muertos; otros paralizados por el terror no atinaron a moverse... El círculo de asaltantes se iba reduciendo, dentro quedaron hombres, muchachos, mujeres con hijos tiernos en brazos; empezaron a reunirlos, aquellos que se resistían caían a culatazos retorciéndose de dolor, el griterío era horrible, una escalofriante confusión de lamentos, llanto de criaturas, exclamaciones de espanto, gritos de dolor... Separaron a los hombres: eran catorce, entraron a los tambos, encontraron algunos viejos, los seleccionaron y llevaron junto a los otros. &lt;br /&gt;- ¡Maldición ¡ - gritó Arriarán -  No hemos conseguido la cuota... Este caserío es una mierda, ¡nos han engañado los witotos!... ¡Vayan a ver a los que han caído, tal vez alguno sirva! &lt;br /&gt;Dejando regueros de sangre ¡cuántos habrían logrado huir!... Cinco apenas podían caminar, entre ellos una mujer con una criatura, varios muertos, hombres y mujeres... &lt;br /&gt;Ataron dieciocho hombres por separado, luego los unieron en una larga cuerda y los introdujeron en un tambo; cuatro de la partida, entre ellos los barbadenses, se encargaron de su vigilancia, a las mujeres y muchachos, condujeron a otro tambo. En los demás sólo quedaron viejos, viejas y niños de muy tierna edad. Arriarán se dedicó a inspeccionar todos los otros tambos con tres de sus secuaces. Los otros asaltantes, Cedeño entre ellos fueron al tambo donde habían sido concentrados las mujeres y los muchachos y arrastrados por su lascivia empezaron a disputárselas. Sólo había diez mujeres, las que llenas de terror nada hacían para oponerse. Cedeño cogió una de ellas pero no se decidía a consumar el acto sexual dentro del tambo y quiso sacarla fuera. Uno se le acercó diciendo: &lt;br /&gt;- ¡Déjamela a mí!... parece que tú no puedes. &lt;br /&gt;- ¡Fuera de aquí, vergajo! &lt;br /&gt;- ¡Qué te pasa mierda!... ¡Las mujeres son para el más macho! - intervino otro y cogiéndola intentó llevársela. Cedeño la soltó pero se abalanzó al cuello del sujeto, quien también la soltó para defenderse y rodaron por el suelo dándose de puñetazos. Todos quedaron en suspenso, pero luego, sin soltar su presa, comenzaron a azuzarlos con gritos, entre carcajadas y aplausos. La india en disputa pasó a manos de otro. Armaron tal algarabía, que Arriarán oyó el escándalo, corrió a ver lo que sucedía y al encontrarse con el espectáculo, rastrillando su carabina gritó: &lt;br /&gt;- ¡Ya carajo!... ¡Si no dejan de pelear le pego un tiro a cada uno! &lt;br /&gt;Los dos se quedaron inmóviles y luego se levantaron lentamente. Se enteró Arriarán de lo que había pasado y en tono de burla dijo: &lt;br /&gt;- ¡Qué estupidos!... ¡Si no faltan mujeres!... Ahí tienen las viejas, desarrugar es lo mismo que desvirgar... ¡Ja, Ja, Ja! - rió estrepitosamente - ¡y también tienen muchachos! - miró a su alrededor y viendo a un indiecito &lt;br /&gt;como de doce años en un rincón, junto a dos chiquillas que estaban llorando, lo llamó con una seña, pero el chico no se movió. &lt;br /&gt;- ¡Ven carajo! - gritó repitiendo la señal. &lt;br /&gt;El muchacho siguió inmóvil. Estaba con el taparrabo desgarrado, todo sucio de barro, con sangre en el pecho, los brazos y las piernas; la menor de las chiquillas abrazada a la otra lloraba convulsivamente, tenía sangre en la cabeza, la cara y el pecho. Arriarán soltó la carabina, se acercó y cogiéndolo violentamente del brazo quiso llevarlo a donde estaban sus secuaces, pero el muchacho se resistió; hizo más fuerza y lo arrastró. &lt;br /&gt;- ¡Ahora van a ver! - dijo. &lt;br /&gt;Intentó quitarle lo que quedaba del taparrabo y el muchacho empezó a gritar entre las risotadas de los demás asaltantes; a viva fuerza se lo rompió y tiró al suelo, el chico seguía revolviéndose desesperadamente, con una mano lo sujetó y con la otra le aplicó dos bofetones que inmediatamente le hicieron sangrar la nariz. Volvió a cogerlo, trató de agacharlo delante de él pero la violenta resistencia del muchacho le impedía conseguirlo. De repente Arriarán lanzó un grito. &lt;br /&gt;- ¡Puta madre!... - soltó al muchacho y se cogió la mano que empezó a sangrar. &lt;br /&gt;El muchacho le había pegado un terrible mordisco en la parte blanda de la palma de la mano hasta levantarle un trozo de carne y a favor de esa sorpresa arrancó a correr saliendo del tambo. Todos empezaron a reír a carcajadas, Arriarán, lívido de rabia, exclamó: &lt;br /&gt;- ¡Jijunagramputa!... ¡Ahora vas a ver! &lt;br /&gt;Empuñó con su ensangrentada mano la Winchester y salió tras del muchacho que se alejaba corriendo como a treinta pasos, rastrilló, apuntó y disparó... el muchacho siguió corriendo, rastrillo de nuevo, disparó... seguía corriendo… tres disparos más en menos de cinco segundos y se le vio desplomarse... &lt;br /&gt;Alarmados al oír los disparos salieron algunos; los demás siguieron dentro en una orgía de lujuria, en un escalofriante rumor de forcejeos y cuerpos que se arrastran, quejidos, lamentos, gritos de dolor, llanto de criaturas... ¡Un espeluznante concierto al ultraje a la carne, a la perversión del sexo, al despertar de la bestia!... &lt;br /&gt;- ¡Desgraciado!... Me jodió la mano... ¡Pero me la pagó el maldito!... ¡Lo mandé al infierno! &lt;br /&gt;Se sacó del bolsillo un mugriento pañuelo para vendarse la herida; los otros se acercaron a ver al muchacho. Estaba de bruces, con los brazos abiertos formando una cruz; en su bronceada espalda se veían desgarrantes perforaciones que manaban abundante sangre, haciendo un reguero que teñía la hierba y se perdía en el suelo que parecía absorberla como sedienta de justicia... quizá de venganza. No lo decían, pero era evidente el asombro por la reacción del muchacho; pocas veces encontraban semejante rebeldía, estaban acostumbrados a mandar y ser siempre obedecidos, a que el indio se sometiera dócilmente a todos sus abusos y maltratos, casi con humildad por el instintivo terror que sentían, o acaso porque en alguna forma llegara a sus comunidades noticias de los horrores que esos desalmados cometían, de las atrocidades que desataban en la mayor impunidad. &lt;br /&gt;- Hiciste bien en matarlo - dijo uno - hubiera sido peligroso llegado a hombre. &lt;br /&gt;- Eso tenemos que hacer con todos los rebeldes - afirmó Arriarán - mientras trataba de hacer un nudo, ayudándose con la boca, para unir dos puntas del pañuelo - ¡Carajo!... no puedo... ¡Ya tú! - se dirigió a Cedeño que estaba cerca - ¡Amárrame el pañuelo! &lt;br /&gt;Solicito obedeció, anudó el pañuelo y comentó &lt;br /&gt;- Valiente el muchacho... ¿no? &lt;br /&gt;- ¡Qué valiente!... ¡Son unos mierdas!... ¡Unos haraganes!... No quieren seguirnos por no trabajar, pero les damos buenas lecciones. Tú no sabes &lt;br /&gt;lo que ha hecho Macedo una vez que llegó Velarde con sus ocainas a entregar su producto, bueno, muchos de ellos, por haraganes no tenían nada que entregar y para que no fueran castigados, sus compañeros les dieron la mitad de lo suyo; como estos ya no tuvieron completo el peso que debían entregar, Macedo se indignó y ordenó a Velarde que seleccionara a unos y otros, fueron como veinticinco, los hizo cubrir con un costal, rociar con querosene y prender fuego... ¡Había que verlos corriendo sin ver a donde, sin poder quitarse el costal! ¡Ja, Ja, Ja!... Lo chistoso fue que era el día de fiestas patrias y parecía un desfile de antorchas... ¡Ja, Ja, Ja! &lt;br /&gt;Cedeño lo escuchaba con ojos desorbitados por el asombro. Arriarán continuó. &lt;br /&gt;- Es gracioso lo que a veces se hace con esta gente, ¡Hay tantos que si se mata cien, todavía sobran muchos!... Flores, por ejemplo, cuando se emborracha los mata por gusto y Fonseca cuando cumple años o hace alguna fiesta, invita a Normand, Agüero, Guevara, Miranda, que son los más jaranistas y para divertirse hacen competencia de tiro al blanco, amarrando un indio a un árbol con una cuerda de unos tres metros para que pueda moverse, El que logra matarlo de un solo tiro, ¡ese gana!... Claro que tiene varios indios para reemplazar a los que sólo son heridos. ¿Y sabes cual es el premio?... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡El que gana escoge tres de las mejores cholas de Fonseca para tirárselas!  &lt;br /&gt;Fue la primera lección para Cedeño en su nueva actividad. Era el conocimiento de nuevas formas de perversidad que estaba en aptitud de asimilarlas y ejecutarlas por su natural inclinación al mal. Perdió la cuenta de las correrías que hizo y de cuantos infelices arrastró a esa nueva esclavitud, a tan horrendas torturas, a tan increíble matanza. Nada tuvo que esforzarse para tratarlos como bestias, con látigo, fuego, balas... &lt;br /&gt;Pero su ambición, su inclinación a la rapiña, su deseo de enriquecimiento fácil, se mantenía latente, lo empujaba en busca de esa oportunidad. Pasado algún tiempo, se enteró de que algunos encargados de la recolección del producto no entregaban a los almacenes todo lo que recibían de los indios y lo retenían para negociarlos ocultamente. Se puso de acuerdo con sus compinches, investigaron y dieron con uno que lo escondía en las mismas estradas, hasta cuando tenía oportunidad de conducirlo a la margen del Putumayo y venderlo a los regatones. Lo hacia solo y en muy pequeña cantidad. Cedeño, con amenazas de delatarlo, lo obligó a hacerlo entre los cuatro y en mayor escala organizaron el pillaje, que dos veces les salió perfectamente, pero, uno de sus cómplices, descontento porque se quedaba con la mayor parte del botín, alegando ser el jefe, lo hizo denunciar por intermedio de un indio. El que los había contratado lo mandó apresar y conducir a su presencia y sin ninguna averiguación ni explicación, al pie de la escalera, de lo alto del empanado, ordenó que le quitaran cuanto tenía. &lt;br /&gt;- ¡Así que usted se estaba robando el caucho que debía entregar! - le gritó - ¡No le meto un tiro porque yo no mato perros!... ¡Y necesito saber quienes son sus cómplices!... ¡Ya va a ver como lo hacen hablar los barbadenses! ¡Enciérrenlo! - y se metió en el tambo. &lt;br /&gt;El apresamiento encontró a Cedeño de sorpresa, no se lo imaginó ni podía comprender cómo pudo ser descubierto, pero sospechó del rufián que había quedado descontento. Lo llevaron a un tambo de sólida construcción que se utilizaba como prisión, donde quedó hirviendo rabia y pensando qué hacer para huir. Las fuertes ponas del cerco sólo estaban amarradas con “tamshi”, pero no tenía con que cortarlo; buscó uno de sus nudos y trató de deshacerlo con los dedos, consiguiéndolo tras largo esfuerzo y rompiéndose las uñas hasta sangrarlas. Luego le fue fácil separar tres ponas, haciendo espacio para que pasara su cuerpo. &lt;br /&gt;Caía la tarde; espero que oscureciera y con mucha cautela se dirigió al tambo que ocupaba con sus compañeros, quienes al verlo se alarmaron. &lt;br /&gt;- ¡Silencio! - les pidió - Nadie me ha visto, quiero esperar a que oscurezca más para escapar, tú, hazme el favor de ir a distraer a los otros para que no vengan y tú quédate para que me ayudes. &lt;br /&gt;Impresionados por la audacia que demostraba obedecieron; fríamente calculó Cedeño que nada ganaba con denunciar a sus cómplices, su suerte no variaría; simulando conformismo podía obtener ayuda y hasta podía vengarse del que sospechaba que lo había adelantado y era el que hizo que se quedara. &lt;br /&gt;- Estoy jodido - le dijo - tienes que ayudarme para poder largarme. &lt;br /&gt;- ¿Pero cómo? &lt;br /&gt;- Todo me han quitado, dame un poco de plata y tu machete. &lt;br /&gt;- Pero tú sabes que aquí yo no tengo nada, está en el escondite. &lt;br /&gt;- Dame siquiera diez soles. &lt;br /&gt;El tipo le miró con atención. Era incapaz de sentir compasión, su conciencia avivaba su desconfianza, pero, el haber sido cómplices, cierto remordimiento y más que todo el temor de que lo complicara al hablar si no huía, le impulsaron a ayudarlo. &lt;br /&gt;- Has tenido suerte - trató de consolarlo - Me han dicho que a otros los han matado ahí mismo, así que aprovecha y lárgate. Sólo tengo cuatro soles, pero no puedo darte mi machete - y se metió la mano al bolsillo para sacarlos. &lt;br /&gt;Cedeño actuó como un relámpago. Al verlo con la mano dentro el bolsillo se arrojó contra él derribándolo, se le puso encima sujetándolo por la garganta con las dos manos y aplastándole ambos brazos con las rodillas. Cedeño era forzudo, el ataque fue tan sorpresivo, violento y desesperado, que por más esfuerzo que hizo el agredido no pudo desprenderse ni gritar...  siguió apretándole la garganta fuertemente… ahogados estertores... poco a poco los pataleos cesaron y el tipo quedó exánime. &lt;br /&gt;Lo soltó, le dio la vuelta, le quitó el machete de la cintura, lo volvió de nuevo, le quitó la mano del bolsillo, buscó en él, encontró más dinero del que le había pedido y se lo guardó. Agachado salió, miró a todos lados de la penumbra y arrancó a correr por entre el monte huyendo del lugar. &lt;br /&gt;Varios días después, extenuado y hambriento llegó a la orilla del Putumayo. Una canoa que bajaba con unos witotos lo pasó a la orilla opuesta en un sitio habitado por peones caucheros, que le dieron de comer; con sus indicaciones se dirigió al centro buscando el río Algodón. Seguía huyendo porque en todas partes creía encontrar gente que pertenecía a la empresa de cuyos dominios huía, hasta que llegó a las cabeceras del Ampiyacu y dio con el campamento de Pinedo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-7732293180292381708?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/7732293180292381708/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=7732293180292381708' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/7732293180292381708'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/7732293180292381708'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua_26.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-328354693251703483</id><published>2011-01-22T22:22:00.000-08:00</published><updated>2011-01-22T22:22:59.513-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>CAPITULO III&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;DOS HOMBRES DISTINTOS HACIA UN MISMO DESTINO &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...no es posible tolerar semejante escándalo y menos su agresión a mano armada a un hombre indefenso. Dígale al señor Ramírez que le arregle su cuenta; si tiene saldo tráigala para ponerle el conforme y le pague y si no tiene... tráigala nomás para darla por cancelada - le decía Manuel al colombiano, al día siguiente de la fiesta. &lt;br /&gt;- Pero don Manuel - suplicó Cedeño - yo estaba borracho, no sabía lo que estaba haciendo. El brasileño fue a molestarme, luego me dio un puñetazo que me rompió la boca ¡Mire usted! - le enseñó el labio roto - yo sólo quise defenderme porque tuve miedo de que sacara un puñal que siempre llevan los brasileños... No me despida don Manuel, estoy enfermo y no tengo plata para regresar a mi tierra. ¡Por Dios, don Manuel! aunque ya no sea como capataz, déjeme trabajar hasta tener un saldito... &lt;br /&gt;- Anoche le dije que viniera a esperarme y no vino; si usted es mi empleado debe obedecer mis ordenes. &lt;br /&gt;- Estaba borracho, don Manuel, yo no sabía lo que hacia... &lt;br /&gt;Apareció un día en el campamento que tenía Manuel en la cabecera del Ampiyacu; una bolsa enjebada pequeña a medio llenar al hombro y un machete Collins metido por entre la correa del pantalón era todo lo que llevaba. Con paso inseguro y desconfiado mirar se acercó al tambo donde Manuel estaba haciendo entrega de aviamiento a su personal. Alguien dio la voz al verlo y todos se volvieron a mirarlo entre sorprendidos y cautelosos; un tipo de repulsiva apariencia, facciones duras y mirada torva, barba rala, crecida y descuidada, todo sucio de fango y emanando un penetrante olor de almizcle y grajo; sus gruesos labios y el apretado ensortijamiento de su corto cabello pregonaban su ascendencia africana; &lt;br /&gt;su tez tostada por el sol tenia una palidez cadavérica producida por el paludismo. &lt;br /&gt;Gente así aparecía con frecuencia; witotos o mestizos que huían de las posesiones gomeras de la poderosa Peruvian, donde era flagelados, torturados cuando no cumplían con la entrega de la cantidad de caucho, shiringa o jebe que les señalaban para un plazo determinado. La empresa, explotadora de grandes extensiones, se consideraba dueña no sólo de los gomales, sino también de los poblados indígenas imponiéndoles una verdadera esclavitud. Los capataces, gente de perversos instintos, excitados por la ambición, embrutecidos por el licor, dominaban por el terror a los nativos y trataban de impedir por cualquier medio, incluso el asesinato, que salieran de los dominios de la firma a donde pudieran ser denunciadas semejantes atrocidades. Los que lograban huir eran perseguidos y ultimados salvo cuando los encontraban enganchados con otro patrón, que se avenía a pagar supuestas cuentas contraídas por el indio, que no las quería pagar por “haragán”, “rebelde”, “ladrón” o cualquier otro defecto lapidario. En realidad era una venta solapada y el pobre indígena cambiaba de dueño. &lt;br /&gt;- ¿Quién es usted? &lt;br /&gt;- Me llamo Luís Cedeño, soy colombiano, vengo de la Chorrera, donde estuve trabajando; me enfermé, no pude trabajar y me botaron. He venido por el varadero del Algodón porque quiero llegar al Amazonas para ir al Brasil...Pero si usted me hiciera el favor de darme trabajo... &lt;br /&gt;- Pero dice usted que está enfermo. &lt;br /&gt;- Ya estoy así bien. Un indio me ha dado unas medicinas vegetales. &lt;br /&gt;- ¿Qué es lo que tuvo? &lt;br /&gt;- Tercianas. ¿Es usted el patrón? &lt;br /&gt;Manuel pensó en su nuevo campamento del Algodón, en la necesidad de aumento de su personal. El tipo decía haber sido capataz y haber estado allí... Su aspecto era repulsivo, pero... tan largo y fatigoso viaje, las privaciones sufridas, la enfermedad que lo consumía lo habrían puesto en &lt;br /&gt;ese estado...su mirada de sombríos reflejos parecía esconder turbios pensamientos... sin duda estaba inseguro, temeroso, desalentado. &lt;br /&gt;Manuel era hombre de buenos sentimientos, poco dado a la desconfianza porque no creía en la maldad humana ni en la deslealtad. Una infancia feliz y una adolescencia sin problemas fue su entrada a la vida; hijo único de padres con bienes de fortuna, comodidades, relaciones, todo le había sonreído. Llegó a hombre con una agradable perspectiva del mundo, sin otra meta que aumentar sus bienes y gozar de la vida. Pero una noche su padre empezó a quejarse de agudos e intermitentes dolores en el estómago, cada vez más fuertes; le pusieron compresas en el vientre, le “sobaron” con “injundia” de gallina, le dieron un purgante para aligerarle el intestino... ¡Todo inútilmente!... Dos días después no había nada que hacer y apenas hubo tiempo para llamar al cura que le administró los últimos sacramentos. ¡Murió con cólicos! - dijeron los amigos. Nadie en su pueblo había oído hablar de la apendicitis... &lt;br /&gt;La desgracia sumió a su madre y a él en profunda consternación. No había lenitivo para el dolor de la esposa; mortal tristeza, insomnio, inapetencia... - ¡Le está “cuyando” el difunto! - decían unas amigas -, “¡pulsario!” -afirmaban otras... Y se esmeraban en su cuidado y atención, prodigándole remedios caseros destinados a curarla. Manuel hacía cuanto le decían y nada escatimaba buscando alivio para el mal. Día a día fue languideciendo, Manuel no se apartó de su cabecera y vio opacarse el brillo de sus ojos como una luz que se alejaba lentamente, sumiéndolo en la oscuridad... Se resistía a creer que no fuera una horrible pesadilla perder a sus padres en tan breve tiempo, se encontró solo y abandonado, se sintió culpable de su impotencia, creyó enloquecer... ¿Qué daño había hecho para merecer tal castigo?... Pensó en la mala suerte, ¡No!... ¡Era el destino!... Y... ¿Qué le reservaba todavía? Olvidó su fortuna y sus comodidades, empezó a odiar a la Moyobamba de sus amores y quiso ahogar su dolor en la bebida, pero reaccionó a tiempo. El mundo es grande - se dijo - en él buscaré mi destino. &lt;br /&gt;Un día hizo su última visita a la tumba de sus padres y luego fue a la capilla del Señor del Perdón, como quien estaba buscando una señal y dando una despedida; liquidó sus bienes, reunió todo su dinero, se lo metió en los bolsillos y abandonando mucho partió sin rumbo definido. Un pueblo, otro pueblo... y otro, hasta donde el impetuoso Huallaga le cerró el paso. ¡Shapaja! ... ¿Sería el final de su éxodo? &lt;br /&gt;Tratando de disipar sus tristes recuerdos miraba desde la orilla el turbulento discurrir de las aguas que parecían invitarle a seguir su corriente que arrastraba las balsas que diariamente partían conduciendo ganado, aves, víveres, pasajeros. &lt;br /&gt;- ¿Adónde van? &lt;br /&gt;- ¡Adónde más!... ¡a Yurimaguas! &lt;br /&gt;- ¿Quieres llevarme? &lt;br /&gt;- Embárcate nomás. Dos soles cuesta el pasaje. &lt;br /&gt;Sueltas las amarras la corriente arrastró los catorce palos de balsa sólidamente atados con fuertes y flexibles bejucos. En los extremos delanteros cuatro estacas incrustadas en los palos de balsa, haciendo ángulo en la parte superior, servían de chumaceras y en ellas, dos largos maderos redondos y pulidos, con dos palas de madera labrada atadas en sus extremos, servía de remos. En el centro un cerco cuadrado de palos del monte, con piso de cañas y hojas, sin ningún techo, encerraba la carga cubierta con hojas de plátano y el ganado. Un hombre en cada remo, con hábiles remadas guiaban la balsa. &lt;br /&gt;- ¡Amárrense al corral! &lt;br /&gt;Manuel imitó a los demás pasajeros sin preguntar por qué, pero la respuesta la tuvo en los acontecimientos. &lt;br /&gt;- ¡Apúrense! &lt;br /&gt;La balsa iba tomando velocidad, empezó a oírse como un prolongado y lejano trueno que rápidamente aumentaba en la intensidad; la balsa casi volaba hacia una masa espumosa que desprendía una nube de salpicaduras de agua con estruendo ensordecedor. Manuel se asustó, pero no tuvo tiempo ni para pensar en serenarse... la balsa se precipitó a un abismo rugiente que apagó los mugidos de terror de los toros y los lastimeros balidos de los carneros; se sintió hundido en el fragor y cubierto de agua; instintivamente retuvo la respiración un breve tiempo que le pareció una eternidad, emergió brevemente, volvió a hundirse y al fin... ¡A flote!... Volvió la vista. Se alejaba el imponente espectáculo: torrentes de agua que se estrellaban en violenta caída despedazándose interminablemente entre amenazantes peñascos escondidos entre olas y espuma y se elevaban en arremolinadas nubes... &lt;br /&gt;- ¡Está creciendo el Huallaga!... ¡Bravo está el Estero! &lt;br /&gt;- ¿Y si hubiéramos chocado contra esas piedras? - preguntó. &lt;br /&gt;- ¡Nooo! ... - en tono de suficiencia -  Nosotros sabemos por donde se pasa. El Chumía ha de estar peor. &lt;br /&gt;- Más malo es el Vaquero. El Hilario se ha ahogado allí - acotó uno. &lt;br /&gt;- Eso ha sido porque su balsa “ha sido” mal amarrada… &lt;br /&gt;Fue su bautizo de peligro. Los demás rápidos ya no le impresionaron, pese a ser a cuál más peligroso y de una belleza imponente. &lt;br /&gt;En Yurimaguas oyó por primera vez hablar del caucho, la shiringa, el jebe fino y otras gomas elásticas que se preparan con el látex de árboles de tipos determinados, que se encuentran en abundancia en la selva amazónica. Miles de hombres estaban dedicados a su extracción y preparación, no les arredraba las privaciones, las enfermedades, los felinos o las culebras, pues el producto extraído en meses de trabajo compensaba con creces su esfuerzo. ¡No se necesita dinero! -  decían - pero sí tienes puedes ser patrón. &lt;br /&gt;Siguió hasta Iquitos donde conoció a Ponciano, quien estaba dedicado a dicha explotación, tenía estradas y personal en el Samiria, y a Samuel que se dedicaba al comercio, importación de mercaderías y compra-venta de caucho. Era un intermediario. Éste, como buen judío estaba en su elemento y al saber que Manuel tenía dinero, lo convenció que se dedicara al comercio. Con tal mentor su camino hacia el éxito fue corto y fácil. &lt;br /&gt;Empezó a viajar por sus negocios a Nauta, Caballo Cocha, caseríos y haciendas ribereñas en formación y pronto se hizo conocido por sus cualidades personales. En uno de esos viajes conoció en Nauta una joven, huérfana como él, poco antes llegada de Moyobamba con un tío; el saberse paisanos los unió y en sus conversaciones, añorando su tierra, comparando la turbidez del Amazonas con la limpidez del Mayo, recordado las motas de oro en el verde florido de los exuberantes naranjales, evocando nostálgicamente los dorados crepúsculos tragados por los cerros, en cuyas faldas reposaba custodiada por el imponente “Moro”, imperturbable guardián que anunciaba las lluvias coronándose de blancas nubes, nació el amor. Maria no era romántica, ni siquiera emotiva, pero Manuel, con un sentimentalismo a flor de piel, la elevaba a las regiones de la fantasía. Poco duró el noviazgo y se casaron en una sencilla ceremonia. &lt;br /&gt;En Caballo Cocha hicieron su luna de miel, tan larga que fue decisiva para que se estableciera con su negocio. Seguía acariciando la idea de hacerse cauchero, pero no se decidía. Un encuentro accidental lo determinó un día que estaba en la loma del puerto de Caballo Cocha. Llegaba un batelón tan cargado que parecía entrarle agua por las bordas, un hombre, de pie en la proa, al llegar cerca de la orilla, de un salto pasó a ella y con prisa, casi corriendo, subió la cuesta. Le despertó curiosidad el esbelto cuerpo y la graciosa manera de moverse del tipo. Lo miró casi impertinentemente: facciones suaves en una tez tostada por el sol, sin asomo de barba, ojos negros y brillantes e indiscretos mechones que le escapaban del sombrero de paja toquilla que le cubría la cabeza...¡No!... ¡Ese talle!... ¡Ese pecho!... ¡Era mujer! Ésta, al ver la boca abierta de Manuel por la sorpresa del contraste, frunció el ceño y con voz gruesa y áspero acento de burla le dijo: &lt;br /&gt;- ¡Tenga cuidado! no le vaya a dar el aire y se queda con la boca abierta para toda la vida - y siguió hacia el pueblo. &lt;br /&gt;Era Patricia Lozano, mujer de gran personalidad, varonil y sin prejuicios, rara condición en esa época y en aquellos lares. Con tales cualidades no tuvo dificultad para dedicarse a la extracción de gomas haciendo compañía a su marido; viajaba con las comisiones, dirigía su personal, trabajaba con ellos en las estradas y sabia hacerse respetar con la firmeza de su carácter y alguna vez tuvo que hacerlo con su Winchester. Usaba pantalones por comodidad que se le hizo costumbre y aún llevando faldas en el pueblo, era una camisa de hombre la que vestía. La chismografía pueblerina la llamaba marimacho, pero nadie se atrevía a decírselo por respeto a sus arrestos. Poseía además una intuitiva habilidad para atender y curar enfermos y la aplicaba con acierto impulsada por su generosidad y amor al prójimo; adquirió más conocimientos y su renombre de curandera se propagó por toda la región. &lt;br /&gt;Llegaron a ser grandes amigos y en sus conversaciones acerca de la explotación de las gomas, ella hablaba con tal calor y vehemencia de la forma como se procesaba el látex, desde la sangría del árbol hasta la transformación del lechoso liquido en una reluciente bola, haciendo pintoresca la dureza del trabajo, minimizando los peligros que había que afrontar y las privaciones que se sufría. Su mentalidad de vencedora, su contagiosa intrepidez, el éxito del que se ufanaba decidieron a Manuel a ampliar su negociación incursionando en el caucho. &lt;br /&gt;Al enterarse María se sintió invadida de un extraño temor. Había oído hablar de pleitos entre patrones por la posesión de los gomales, de personas desaparecidas sin dejar rastro, de maltratos y torturas a los indios, de las represalias de estos por la persecución de que eran objeto y trató de disuadirlo, pero inútilmente. Manuel se había resuelto pensando en el futuro de su familia y el porvenir de sus hijos. Teresa ya había nacido. Su fortuna creció, pero no tuvo más hijos. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;- Está bien. Tómese un descanso, pues debe estar muy agotado. ¡Juan! - llamó. &lt;br /&gt;Se acercó un indio cocama a quien dijo señalando al colombiano: este señor va a trabajar con nosotros como capataz. Dale rancho e indícale donde ir a dormir. &lt;br /&gt;Eran numerosos los peones que estaban en el campamento, algunos con su mujer, entre ellos Juan, que vivía en un tambo algo alejado y era peón de confianza. Cedeño comió con voraz apetito y pidió más, Juan vaciló porque no era costumbre, pues la ración era copiosa, pero el tono y gesto que puso en su demanda imponía obediencia, además era blanco y... ¡era capataz! Pero, como expresión de desagrado, no quiso llevárselo. Mandó a su mujer, que servía en la cocina, que llenara el tazón y se lo llevara; ésta, en silencio, se lo presentó a Cedeño. Ocultas sus formas de mujer por un tosco y holgado vestido, no se podía pensar en ella como tal, sin mirarla detenidamente: morena, con barbilla y pómulos de típicos y suaves rasgos indígenas, mirada sumisa de unos ojos que parecían mantenerse en permanente huida, boca esponjosa que acaso nunca habría sonreído ni dicho no. La miró con lúbricos ojos, extendió lentamente la mano para recibir el tazón y la siguió con la vista cuando se alejó con ondulante caminar. &lt;br /&gt;Dos días después Manuel ordenó que se embarcaran en una canoa, Cedeño, otro capataz y cuatro peones y se hizo conducir surcando el río como media hora, hasta una quebrada a la que entraron; siguieron surcando hasta un recodo cerrado con altas y fuertes estacas que hacían un “tapaje” dentro del cual flotaban retenidas muchas bolas de caucho, jebe y shiringa. Manuel ordenó embarcarlas en la canoa. &lt;br /&gt;- No las guardamos en el campamento para que no las vean los pasajeros -  dijo a Cedeño, como instruyéndolo en sus futuras obligaciones. &lt;br /&gt;- Pero no se va a poder llevar todas - comentó éste. &lt;br /&gt;- No. Solo las que va a llevar la comisión de Panaifo. Después se llevará el resto para otra comisión. &lt;br /&gt;- ¿No teme que le vayan a robar? &lt;br /&gt;- No - contestó Manuel riendo - solo mi gente conoce este sitio y yo sé que ellos no me van a robar. &lt;br /&gt;- ¿Cuánto personal tiene, don Manuel? - se interesó Cedeño. &lt;br /&gt;- Ahora treinta y nueve hombres, con usted cuatro capataces. Pero voy a tomar más gente para la comisión que irá al Algodón, donde están abriendo un nuevo campamento. Usted que conoce esa región va a ir en ella. &lt;br /&gt;Al oír que tenia que regresar a donde temía encontrar supuestos perseguidores, quedó en silencio pensando en lo que podría ocurrirle. Pero no podía negarse, pues Manuel contaba con él por haber dicho que conocía la región. Como continuando la conversación y tratando de resaltar la confianza que tenía en su personal, Manuel añadió: los que roban no son los indios, rarísimo es el indio ladrón. Ellos huyen por regresar a su caserío, por recobrar su libertad y no seguir soportando maltratos y no llevan ni su machete. La gente que roba es la mestiza, la que viene de fuera; lo malo es que a veces les sale mal el cálculo, porque si los encuentran sus perseguidores, los regresan a la fuerza y hasta… se asegura que los matan. &lt;br /&gt;Cedeño escuchaba atentamente. Era un aventurero que había huido de la justicia de Cali; vago, alcohólico, mujeriego, jugador de pocilga, una madrugada tuvo una reyerta al ser descubierto haciendo trampa y en la pelea mató a su contrincante. Su fuga fue un alivio para su mujer y dos pequeñas hijas, que miserablemente se sostenían con el trabajo de ella; el solo les daba maltratos y hasta quitaba a su mujer lo poco que ganaba para sus juergas y el juego. Poco le importó abandonarlas y se refugió en Popayán, pero fue descubierto y siguió huyendo. Por los más solitarios caminos llegó a Pasto; su poco apego al trabajo y la necesidad de subsistir lo llevaron a los atracos y en uno de ellos, al encontrar resistencia volvió a matar. Huyendo nuevamente llegó a un naciente poblado a orillas del Putumayo: puerto Asís, donde se dio con dos tipos de la misma calaña, que estaban planeando bajar por el río, atraídos por la noticia del enriquecimiento fácil con el caucho que se extraía en la región y arrastraba a cuantos estaban dispuestos a sortear cualquier peligro. Robaron una embarcación para bajar en ella y después de muchas penalidades llegaron a la boca del río Caraparaná, donde tomaron informes y lo surcaron en busca de los campamentos de una empresa cauchera.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-328354693251703483?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/328354693251703483/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=328354693251703483' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/328354693251703483'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/328354693251703483'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua_22.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-7352394698018761862</id><published>2011-01-18T14:38:00.000-08:00</published><updated>2011-01-18T14:38:34.026-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>La fiesta continuaba en la mayor animación, el tiempo se deslizaba insensiblemente dejando satisfacción, alegría y los efectos del licor en los que bebían en abundancia. Cerca de medianoche la fiesta estaba en su apogeo dentro y fuera del salón. Un grupo del personal de Manuel que había asistido, al no poder alternar con las damas y los patrones, se había reunido en un ángulo del patio delantero a comer y beber, hablaban a grandes voces, se embromaban, reían. Uno de ellos fue en busca de una guitarra y cuando regresó fue recibido con aplausos. Empezó a bordonear. &lt;br /&gt;- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento. &lt;br /&gt;- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro. &lt;br /&gt;- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siñor entendente &lt;br /&gt;yo vingo a quijarme &lt;br /&gt;porqui me maredo &lt;br /&gt;no duirme conmego &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siñor entendente &lt;br /&gt;ista mojir miente &lt;br /&gt;yo duirmo con ella &lt;br /&gt;ella no me siente. &lt;br /&gt;Alalau alalau me lamparen &lt;br /&gt;no tiene micha ni kirosin &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno. &lt;br /&gt;- ¡Salud! - le dijo. &lt;br /&gt;Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante. &lt;br /&gt;-Vocé náo gosta da festa. &lt;br /&gt;- ¡No! - contestó secamente &lt;br /&gt;- Enton que faz aquí. &lt;br /&gt;- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo: &lt;br /&gt;- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano. &lt;br /&gt;- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro. &lt;br /&gt;- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón? &lt;br /&gt;Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era, &lt;br /&gt;- ¡Bon! - dijo y empezó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Camaleáo foi a dança &lt;br /&gt;sem colete, pé no cháo &lt;br /&gt;e fama de gran dançador, &lt;br /&gt;mais a primeira cuadrilha &lt;br /&gt;o rabo se atrapalho.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló: &lt;br /&gt;-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar? &lt;br /&gt;- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí! &lt;br /&gt;El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir: &lt;br /&gt;- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar. &lt;br /&gt;Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror. &lt;br /&gt;- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño. &lt;br /&gt;Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado. &lt;br /&gt;- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar. &lt;br /&gt;Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar: &lt;br /&gt;- ¡Náo tenho faca! &lt;br /&gt;Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte. &lt;br /&gt;La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa: &lt;br /&gt;- ¡Suelta el cuchillo! &lt;br /&gt;El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta. &lt;br /&gt;- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole. &lt;br /&gt;- ¡Maldición! - rugió. &lt;br /&gt;No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima. &lt;br /&gt;- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó. &lt;br /&gt;Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz. &lt;br /&gt;- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado. &lt;br /&gt;Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó: &lt;br /&gt;- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta &lt;br /&gt;En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó. &lt;br /&gt;- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado. &lt;br /&gt;Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo: &lt;br /&gt;- Tengo mucho gusto en conocerlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo: &lt;br /&gt;- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar. &lt;br /&gt;Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar. &lt;br /&gt;- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir. &lt;br /&gt;Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial. &lt;br /&gt;- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo. &lt;br /&gt;- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más. &lt;br /&gt;- ¿Qué? &lt;br /&gt;- No sé... sólo lo sabré encontrándolo. &lt;br /&gt;- ¿Dónde? &lt;br /&gt;- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas. &lt;br /&gt;Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes. &lt;br /&gt;El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído. &lt;br /&gt;Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó. &lt;br /&gt;- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán. &lt;br /&gt;- Roberto Ríos señor. &lt;br /&gt;Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida. &lt;br /&gt;- ¿De dónde vienes? &lt;br /&gt;- Acabo de llegar de Moyobamba. &lt;br /&gt;- ¿Quieres trabajar? &lt;br /&gt;- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos. &lt;br /&gt;- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue. &lt;br /&gt;Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó. &lt;br /&gt;- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana. &lt;br /&gt;- ¿Cómo te llamas? &lt;br /&gt;- Emilio Wesche. &lt;br /&gt;Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban. &lt;br /&gt;Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos. &lt;br /&gt;- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá? &lt;br /&gt;- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce. &lt;br /&gt;Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Del mismo modo señor Pinedo. &lt;br /&gt;- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja. &lt;br /&gt;- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba. &lt;br /&gt;- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos. &lt;br /&gt;Una expresión nasal muy típica inició la respuesta. &lt;br /&gt;- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá &lt;br /&gt;- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola. &lt;br /&gt;Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla. &lt;br /&gt;- ¡Qué pena! - se condolió María  le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa. &lt;br /&gt;- A sus ordenes señorita. &lt;br /&gt;Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos. &lt;br /&gt;- Igualmente joven. &lt;br /&gt;Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente. &lt;br /&gt;- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura. &lt;br /&gt;- Está bien señor Pinedo. &lt;br /&gt;- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos. &lt;br /&gt;La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-7352394698018761862?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/7352394698018761862/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=7352394698018761862' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/7352394698018761862'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/7352394698018761862'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua_18.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-2303590411951071936</id><published>2011-01-11T22:41:00.000-08:00</published><updated>2011-01-11T22:41:03.640-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>CAPITULO II &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;UNA FIESTA DE QUINCE AÑOS, UN INVITADO OPORTUNO Y UN FLECHAZO DE CUPIDO &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres hombres subían la empinada cuesta del puerto. Las luces del barco acoderado a él la iluminaban a cada paso más débilmente e iban siendo reemplazadas por la de un farol que llevaba el que iba adelante, descalzo, con los pantalones enrollados hasta las pantorrillas con soltura y firmeza, pero lentamente, por volverse a mirar a los otros; uno vestido con más elegancia que el otro, ambos apoyándose mutuamente, tratando de eludir los pequeños charcos que había formado una copiosa lluvia y tentando los movedizos trozos de madera que servían de peldaños, antes de afirmar sus brillantes zapatos de charol. &lt;br /&gt;La noche era oscura, pero se veía bajísimas y blancas nubes que pasaban velozmente como volantes tules a merced del viento. Solo se oía el zumbido de las máquinas del barco, el rumor de la gente y por distintos lados el monótono croar de los sapos, que subía y bajaba o se acallaba, como obedeciendo la batuta de un director de orquesta. Llegaron a lo alto de la cuesta y se detuvieron. &lt;br /&gt;- Trae tu luz, Macuyama - dijo uno de los caballeros - Dame el trapo que has traído. &lt;br /&gt;El aludido obedeció, se sacó del bolsillo un trozo de tela y se lo entregó. Con todo cuidado, uno después del otro, los personajes se limpiaron las salpicaduras de fango de los zapatos a la luz del farol. &lt;br /&gt;- Bueno - dijo el que lo hizo en segundo término con acento de satisfacción y tirando el trapo - ya puedes regresar a bordo. &lt;br /&gt;Rompiendo la oscuridad se veía un ancho y enarenado sendero, especialmente preparado, que conducía al pueblo; más lejos los faroles de luz pública, pendientes de postes largamente distanciados, iluminaban a trechos el camino y más allá, las borrosas siluetas de las primeras casas. Se encaminaron a ellas sin encontrar transeúntes; la lluvia que torrencialmente había caído toda la mañana, enfrió la tarde y entristeció la noche, confinando a los pobladores en sus hogares. &lt;br /&gt;Aquella misma tarde habían llegado de Iquitos con otros amigos y sus esposas, en el barco que estaba en el puerto, atendiendo a la invitación a una fiesta que daba Manuel Pinedo, prominente hombre de negocios del pueblo, quién, tan pronto como llegaron, acudió a darles la bienvenida y confirmarles la cita para las nueve de la noche. Eran los últimos y estaban sobre la hora. &lt;br /&gt;Caminando con cuidado para no volver a ensuciar los zapatos llegaron a las primeras casas. Era un pueblo naciente que pugnaba por salir de caserío; las casas de quincha y hojas de palmera estaban siendo reemplazadas por otras de ladrillo o madera, con techos de tejas o calamina, terminadas unas, en construcción otras, delineando las futuras calles. Algunos baldíos rompían su continuidad. De las abiertas puertas de algunas casas escapaba la luz de los candiles, otras estaban a oscuras, pero fuera, en el pasadizo de tierra apisonada contenida por largos maderos redondos, que hacia de acera, varias personas sentadas en sillas o mecedoras, mantenían animada conversación, aprovechando la luz de un cercano farol público. &lt;br /&gt;- ¡Buenas noches!... ¡Con permiso! &lt;br /&gt;Saludaban al pasar por entre el grupo o se salían de la acera para no interrumpir la tertulia callejera. Los de ésta parecían no darse cuenta de la incomodidad que provocaban. &lt;br /&gt;- ¡Buenas noches!... ¡Pase usted! &lt;br /&gt;Los caballeros parecían continuar una conversación. &lt;br /&gt;¡Qué loco es Manuel!... ¡Fletar una lancha para hacernos venir desde Iquitos sólo para asistir a una fiesta de cumpleaños! &lt;br /&gt;- De esas tiene. Todas las cosas las toma de una manera muy especial, con calor, con entusiasmo, casi con sentimentalismo… y lo mismo es en sus negocios. &lt;br /&gt;- Pero aunque se trate del cumpleaños de su hija me parece exagerado. ¡Todos los años se cumple uno más! &lt;br /&gt;- ¡No, Samuel!... No todos los años se cumple quince. Ese ya es un motivo importante, además es su única hija y parece que definitivamente, porque mi comadre María no ha vuelto a responder al llamado de Manuel, y por último, ¡Qué caray!... ¡Como tiene mucha plata quiere tirarla! No sé por qué se me ocurre que de repente empieza a repartirla entre su gente y sus amigos... &lt;br /&gt;- De todos modos tener mucha plata no es razón para hacer locuras, aunque si llegara a hacer lo que dices... ¡Ojalá nos toque algo!... ¡Mira Ponciano!... ¡Qué iluminación! &lt;br /&gt;Samuel era judío y su atávica mentalidad no podía comprender el desprendimiento y la generosidad, menos aún los goces y satisfacciones que tales sentimientos proporcionan. Habían llegado a una esquina y al girar vieron una iluminación realmente extraordinaria para un naciente pueblo de la época. A la mitad de la hilera de casas estaba la de Manuel Pinedo; guirnaldas de faroles de papel de color en varías líneas hasta la calle, daban la impresión de caprichosos arco iris nocturnos. Un amplio patio precedía a la construcción, una especie de jardín con cerca de madera, espacios verdes, algunos altos rosales y anchas veredas, cuyo piso estaba hecho con botellas vacías de barro enlozado, prendidas boca abajo, cuidadosamente niveladas, haciendo raros y desiguales dibujos. Algunos curiosos en la calle miraban el desarrollo de la fiesta, otros parecía estar esperando el momento propicio para ingresar. En el patio, cuya entrada estaba en el centro y una recta y ancha vereda la unía a la puerta principal, dividiéndolo en dos, había muchas personas conversando en grupos o sentadas en sillas de las llamadas de Viena, alrededor de mesas de mármol o en bancos y taburetes en torno a otras de madera, unos con trajes elegantes, otros vestidos corrientemente, pero todos con botellas de licor, bandejas de tamales, finísimas galletas y bombones, que estaban disfrutando. &lt;br /&gt;Ponciano y Samuel ingresaron al patio, al verlos se les acercaron con grandes manifestaciones de alegría. &lt;br /&gt;-  ¡Ponciano! ... ¡Samuel! &lt;br /&gt;-  ¡Queridos amigos! &lt;br /&gt;- ¡Cuánto tiempo sin vernos! &lt;br /&gt;- ¿Cómo está tu familia? &lt;br /&gt;- ¿Has querido dejar Sarapanga? &lt;br /&gt;Y se estrechaban en fuertes y efusivos abrazos. &lt;br /&gt;- ¡Cómo íbamos a desairar la invitación de Manuel!... ¡Sobre todo si nos manda una lancha!... ¡Hemos creído que Caballo Cocha se está hundiendo otra vez! - estalló Samuel en carcajadas. &lt;br /&gt;- Parece que de todos modos vamos a hundirlo festejando el cumpleaños de mi ahijada, pero Manuel está descontento porque mi mujer no ha venido - aclaró Ponciano - No ha podido la pobre porque ha tenido su hijo y el “huahua” está medio enfermito. He tratado de hacerle comprender, pero no quiere perdonarme y me ha dicho que si hubiera tiempo me haría regresar a traerle a doña Emma con todos sus hijos... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡Este Manuel! -  concluyó riendo. Una ancha puerta les dio entrada a un gran salón de pulido piso de cedro; dos puertas laterales daban a otras habitaciones y una tercera más ancha, opuesta a la entrada, con grandes cortinas plegadas, daba a otro salón que terminaba en un balcón a todo lo ancho, del que descendían dos anchas escaleras de tres peldaños a otro patio de las mismas características que el delantero e igualmente iluminado, en el que también había muchas personas. &lt;br /&gt;Los salones estaban iluminados por lámparas de querosene en elegantes arañas de cristal y bronce, colgando del cielo raso forrado de tela pintada y en repisas adosadas a las paredes, también de madera. En todo el rededor de ambos salones, estrecha y ordenadamente colocados había sillones, sofás y sillas del mismo tipo y diferentes modelos y en un ángulo del salón principal un piano Dorner de media cola; el pianista sentado en el taburete y a cada lado suyo dos violinistas con su respectivo instrumento, dando frente a un atril y al centro del salón. &lt;br /&gt;En los salones no había mucha gente. Las damas, algunas vestían elegantes trajes europeos discretamente escotados y lucían joyas y brillantes que refulgían a cada uno de sus movimientos; el calor que subía a medida que llegaban los invitados, les daba oportunidad de exhibir finos abanicos. Los caballeros, varios de ellos con elegantes trajes de casimir de corte europeo, también lucían valiosas joyas y botones de oro en la camisa. &lt;br /&gt;Cuando entraron Samuel y Ponciano acababan los músicos una pieza, los caballeros que habían estado bailando condujeron a su respectiva pareja a su asiento y luego de una reverencia se retiraron para agruparse a conversar en los huecos de las puertas y en el centro del salón; Pinedo estaba entre estos. Alto, robusto y bien proporcionado, vestía un traje de casimir oscuro, en el chaleco, de un bolsillo a otro, pasaba una gruesa cadena de oro; sobre la corbata, de angostas rayas azules y blancas, lucía un prendedor de oro con un brillante de grueso tamaño, cuyos destellos destacaban las finas bastas de la reluciente pechera y en la solapa del saco se le veía una diminuta composición de un compás y una escuadra de oro. En su semblante agradable, de tez casi blanca que el inclemente sol de la selva había bronceado, sus ojos de franco mirar parecían querer dejar leer su pensamiento y buscar lo grato de sus interlocutores; las duras líneas de su mandíbula indicaban la firmeza de su carácter, haciendo contraste con sus delgados labios prontos a sonreír. &lt;br /&gt;Al verlos entrar fue a su encuentro, cogiéndoles por un brazo se acercó al grupo y anunció: &lt;br /&gt;- Caballeros, aquí están dos de mis grandes amigos, la reunión no hubiera estado completa sin ellos, además ¿Qué habría pensado mi hija si su padrino no estaba presente para celebrar sus quince años? &lt;br /&gt;Una dama que conversaba en un grupo de ellas en un ángulo del salón, pidió permiso y presurosa se acercó. &lt;br /&gt;- María - dijo Manuel cogiéndola de la mano - aquí está el compadre Ponciano, ¿No es verdad que le agradecemos la molestia que le significa venir de tan lejos a nuestra humilde casa a festejar a su ahijada? &lt;br /&gt;- Sí, Manuel, un caballero como el compadre Ponciano sabe estar con los amigos en los momentos indicados - extendiendo las dos manos cogió la que le ofrecía Ponciano y estrechándola efusivamente agregó - ¡Quisiera Dios que siempre pudieran estar juntos y ojalá en el trabajo que tienen también lo estuvieran, para ayudarse en los peligros y protegerse de los enemigos! &lt;br /&gt;- ¡Pero mujer! - interrumpió Manuel - nosotros no queremos ningún sermón... ¡Hoy es noche de fiesta y alegría!.. Olvida las preocupaciones y busca a tu hija. &lt;br /&gt;María pidió permiso y se retiró mirando a uno y otro lado. Estaría próxima a los cuarenta, una cabeza más baja que Manuel, ligeramente cargada de carnes, pero vivísima en sus movimientos y ademanes. En su piel se habían fundido los rasgos y el color del puro español y las duras líneas del cobrizo indígena, dando a su fisonomía más atractivo que belleza. Sus ojos, cuya negrura parecía ocultar deliberadamente su pensamiento, miraban con penetrante frialdad, tratando de hundirse en el de quien le estaba hablando. Su voz tenía timbre metálico y disimulado énfasis de mando, trataba de hacerse oír con amables expresiones notablemente rebuscadas, pues su educación no había sido completa; su matrimonio con Manuel, sus relaciones, su trato y maneras la habían enseñado mucho, pero seguía insegura de si misma. &lt;br /&gt;Vestía con ostentosa elegancia un traje de terciopelo azul con lentejuelas, de una gruesa cadena de oro pendía sobre su turgente busto un medallón del mismo metal, en cuya tapa se notaba un monograma con las iniciales de Pinedo; aretes de brillantes colgaban de sus lóbulos y una sortija, en su anular derecho, fulgía cuando movía la mano con el abanico. &lt;br /&gt;La orquesta tocó un vals vienés, los caballeros acudieron en busca de su dama y el salón se llenó de parejas que empezaron a circular del brazo y luego, en orden sucesivo, se lanzaron a bailar vertiginosamente. &lt;br /&gt;Los del patio delantero, seguían bebiendo y disfrutando de los manjares, otros asomados a las ventanas, miraban bailar y algunos discutían sobre remesas de caucho, cuentas de peones, gente que llegaba de remotos lugares, fortunas que nacían. &lt;br /&gt;En el jardín interior un grupo de chicas festejaban alegre y ruidosamente las palabras de un joven elegantemente vestido, llegado de Europa, donde estaba estudiando. María se acercó y se hizo un respetuoso silencio. &lt;br /&gt;- ¿Qué cuentas, Antonio, que tanta gracia hace a estas chicas? &lt;br /&gt;- Es... algo de París, doña Maria... lo difícil que es hacer comprender a los franceses cómo los peruanos podemos llegar a Francia directamente por el Atlántico estando el Perú en el Pacífico - disimuló el joven porque lo que estaba contando era anécdotas de humor picaresco, que doña Maria hubiera juzgado pecaminoso para los inocentes oídos de las chicas. La hija de los esposos Pinedo estaba entre ellas. &lt;br /&gt;- Disculpen las niñas, ven Teresa, ha llegado tu padrino y debes saludarlo. &lt;br /&gt;Esbelta, de regular estatura, un capullo de mujer abriéndose a la vida con prometedora exuberancia, lucía los quince años con creces. Ojos negros y brillantes iluminando rasgos de remoto mestizaje en el marco de una cabellera negrísima y umbrosa, que se juntaba en dos trenzas que le llegaban a la cintura. No se podía decir que era bella, pero irradiaba la irresistible atracción de la juventud, de un diáfano y dulce mirar, de entreabiertos y húmedos labios en una boca sonriente, pronta a expresar asentimiento, ansiosa de mostrar afecto. Vestía con sencillez y la única joya que lucía era un par de aretes de oro con menudas piedrecillas. Se cogió del brazo de su madre mirando con picardía al joven y las chicas. &lt;br /&gt;- Ya vuelvo – dijo - espérenme para continuar el cuento. &lt;br /&gt;La pieza había terminado. Al verlas los caballeros se abrieron para darles lugar, Teresa, con los brazos abiertos se dirigió a Ponciano, quien la recibió en los suyos diciendo: &lt;br /&gt;- ¡Que los cumplas muy felices Teresita!, en este abrazo va también el de tu madrina y ambos deseamos que la felicidad te sonría en todos los días de tu vida. &lt;br /&gt;- Entonces más apretado padrino, muchas gracias, especialmente por su presencia, que es el mejor regalo que he tenido. &lt;br /&gt;- Bueno, bueno… pero también te mandamos otro regalito... ¿no lo has recibido? &lt;br /&gt;- Si, padrino, muy bonito, lo he guardado para que usted me lo ponga con sus propias manos. Voy a traerlo, con permiso. &lt;br /&gt;Se dirigió con prisa a una de las habitaciones laterales y casi inmediatamente volvió con un estuche que puso en las manos de Ponciano, éste lo abrió y extrajo un collar de dos hileras de perlas, que lo exhibió entre los circunstantes, quienes rompieron en aplausos y felicitaciones a una y otro. Ponciano la cogió suavemente por un hombro, la hizo dar vuelta delante de él y pasándole el collar por el cuello lo engarzó, la hizo volverse nuevamente y tomándola por las mejillas le estampé un sonoro beso en la frente. &lt;br /&gt;Como para darle marco musical al incidente la orquesta atacó otra pieza, Ponciano enlazó a su ahijada del brazo e inició el paseo, al que se sumaron otras parejas, que luego empezaron a bailar al compás de la música. &lt;br /&gt;- Es mi primer baile, padrino. Usted me disculpará que no lo haga bien. &lt;br /&gt;- Ya veremos, pero ustedes las mujeres parece que tienen el ritmo en el cuerpo o nacen sabiendo bailar. &lt;br /&gt;Terminó la música, se deshicieron las parejas, se agradecieron mutuamente y Teresa, que estaba ansiosa de volver a su grupo, pidió permiso a su padrino y fue en su busca. Ponciano se junto a Manuel y los otros caballeros y continuaron conversando; otra vez caucho, cuentas, peones, “manchales” vírgenes... &lt;br /&gt;- De modo que tienes nuevas estradas en el Algodón... ¿No crees que te estás alejando mucho de Caballo Cocha que es tu centro de operaciones? &lt;br /&gt;- ¡No!... Hay un “varadero” que acorta el camino del Ampiyacu al Algodón. &lt;br /&gt;- No es eso lo que quiero decirte, sino que te estás acercando a las zonas de trabajo del Putumayo, donde hay gente con métodos de trabajo muy discutidos. &lt;br /&gt;- No tendré problemas si mi personal no sale de mis estradas. Esa gente sólo se preocupa de no perder su personal de indios y no metiéndome con ellos evito líos y problemas. &lt;br /&gt;- Pero hay capataces de una poderosa empresa que no respetan la propiedad de nadie, se creen dueños de todo y llevan a los pobres indios a trabajar en estradas ajenas, nada les importa con tal de hacerles sacar mayor cantidad de producto. Y los indios obedecen por miedo. &lt;br /&gt;- Yo pienso que en todo eso que se dice hay mucha exageración. &lt;br /&gt;- ¡No, Manuel!... Se han hecho muchas denuncias y publicaciones que acusan a esos de atrocidades que cometen con los indios: flagelos, torturas y hasta asesinatos, para dominarlos por el terror. &lt;br /&gt;- Yo dudo de todo eso, no creo en tanta maldad. Seguramente no es más que la envidia que despierta el poderío que ha adquirido esa empresa. &lt;br /&gt;- Debes tener mucho cuidado, Pinedo. Tú eres muy confiado, no conoces a la gente y te dejas convencer fácilmente. &lt;br /&gt;- Estás equivocado, tengo buena información. Ya lo tengo todo listo para ir al Algodón, también un capataz que ha estado en el Putumayo, y conoce el Algodón porque ha estado allí, tuvo que salir por enfermedad y cuando regresó ya no le aceptaron. &lt;br /&gt;- Y tú ¿lo conoces?... ¿Sabes de dónde es?... Esa gente que sale del Putumayo no es de confiar, son ladrones o huidos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-2303590411951071936?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/2303590411951071936/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=2303590411951071936' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2303590411951071936'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2303590411951071936'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua_11.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-3027162043564504815</id><published>2011-01-08T20:10:00.000-08:00</published><updated>2011-01-08T20:10:26.219-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa</title><content type='html'>- ¿Y de dónde has sacado ese diente? &lt;br /&gt;- El lagarto le ha agarrado a un muchacho en la playa y le ha comido, su madre ha querido quemarle para que el alma de su hijo no se quede en el agua y se convierta en “yacuruna” y para agarrarle yo le he puesto una trampa envolviendo tripa en una topa, para que cuando muerda no pueda cerrar su boca y se ahogue. Le hemos sacado, le hemos quemado y yo le he arrancado sus dientes para “curarles” y sirvan de contra para la mala suerte. El joven me ha salvado por el diente. &lt;br /&gt;- Entonces ya no te vas a salvar de ningún peligro porque ya no tienes el diente -   comentó Swayne siempre en tono de burla. &lt;br /&gt;- No creas señor. Yo tengo muchas cosas para contra de la mala suerte y de los peligros. &lt;br /&gt;Uno de los marineros que estaba al lado de Swayne le tocó el hombro y en voz baja le dijo: &lt;br /&gt;- Primero, no le digas nada, este hombre es brujo, yo le conozco, es don Marcelino Olla. &lt;br /&gt;- ¡Bah! - le contestó en tono despectivo - esas son tonterías. &lt;br /&gt;En tanto el viento y la lluvia habían disminuido notablemente, aunque la turbonada persistía en su violencia. El comandante del barco, Celso Prieto, mandó subir a Swayne para preguntarle qué se podía hacer para remediar la avería y seguir navegando. Se pusieron de acuerdo y el maquinista tomó acción; ordenó a uno de los fogoneros que se metiera al río a examinar el daño; éste se ató una cuerda a la cintura, dejó el extremo a un compañero, bajó por la popa, buceó brevemente y saliendo a flote gritó: &lt;br /&gt;- ¡Primero!... ¡Están quebradas dos paletas! &lt;br /&gt;- ¡Qué barbaridad! - Exclamó el maquinista - ¿Intermedias o seguidas? - preguntó. &lt;br /&gt;- ¡Seguidas, primero! &lt;br /&gt;- Con razón sacudía tanto la máquina -comentó con disgusto- bueno... ¡sube ya! -y dirigiéndose al segundo maquinista, continúe- felizmente tenemos dos paletas de repuesto, ¿crees Roberto que podríamos cambiarlas aquí? &lt;br /&gt;- ¿Aquí?... así nomás es peligroso y por el barranco no se puede “encabuzar”... tú sabes que una paleta pesa como cien kilos. &lt;br /&gt;- ¡Ciento treinta! -corrigió Swayne &lt;br /&gt;Y se quedó pensando ante la mirada interrogante del comandante que había bajado, y de otros, interesados en conocer la magnitud de la avería. De pronto preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Quedará lejos ese puerto que estaba buscando Soria? &lt;br /&gt;- Vamos a preguntarle - dijo el comandante - mandándolo llamar con uno de los marineros. &lt;br /&gt;Marcelino que ya había exprimido sus ropas, a no ser por el vendaje que le cubría la frente, no daba muestras de haber sufrido daño, intervino. &lt;br /&gt;- Señor, “aquisito” es mi puerto y no es barranco. &lt;br /&gt;Llegó el práctico y confirmó lo dicho por Marcelino, agregando: &lt;br /&gt;- A toda fuerza llegaríamos en media hora, pero como creo que no se puede andar así... tal vez en una hora. &lt;br /&gt;- ¿Qué dices Swayne?... ¿Podemos navegar a media fuerza? &lt;br /&gt;- ¡Sí! A media fuerza no hay ningún peligro, y aunque llegáramos al mediodía, trabajando toda la noche… mañana puede estar lista la hélice -y mirando socarronamente a Marcelino agregó-  todo nos tiene que salir bien porque Roberto es quien va a hacer el trabajo y tiene el diente de lagarto - terminó riendo. &lt;br /&gt;Algunos rieron levemente, otros permanecieron serios, Roberto impasible. Marcelino lo miró con ojos que parecía decir: - ¡Pobre hombre!... ¡No puedes darte cuenta de que estás equivocado! - y hablando suavemente le dijo: &lt;br /&gt;- Yo quisiera para que te convenzas, hacerte ver cosas que nunca has visto y sentir cosas que nunca has sentido, pero que están dentro de ti; hacerte ver cómo eres y qué es lo que más te gusta en la vida. Si eres malo has de ver cosas malas, si eres bueno has de gozar de cosas buenas, las que más te gustan. Yo sé que eres bueno, pero no crees lo que te digo. Si quieres, ahí en mi puesto, donde van a arreglar tu máquina, puedo hacerte ver esas cosas. &lt;br /&gt;La inspección había terminado, el comandante subió al puente, el telégrafo de la sala de máquinas pidió atención, la navegación iba a reanudarse. &lt;br /&gt;- Espérame un momento -le dijo Swayne- voy a hacer la maniobra, después vamos a seguir conversando. &lt;br /&gt;En menos de diez minutos empezó a navegar el barco. El mismo Swayne fue aumentando la rotación de la maquina hasta la que le pareció prudente; por la tubería acústica habló al puente. &lt;br /&gt;- ¡Comandante!... ¡No podemos darle más fuerza! &lt;br /&gt;- Así está bien. &lt;br /&gt;Casi todos se habían alejado a sus ocupaciones, Swayne buscó a Marcelino, sus últimas palabras le habían despertado incomprensible curiosidad, para no referirse a ellas le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué fue lo que les pasó? ¿Cómo se atrevieron a viajar con semejante tormenta? &lt;br /&gt;- Nosotros salimos de Iquitos antes de la tempestad, a media noche, pensando llegar a mi puesto al amanecer, siempre hacemos así, pero esta vez hemos tenido mala suerte porque de repente se ha formado la tempestad, se ha levantado el viento y la turbonada nos ha hecho “virar”. Más de dos horas hemos bajado así y si no es por ustedes... ¡Dónde hubiéramos ido a parar! Ahora vas a conocer mi puesto. ¿Te acuerdas lo que te he dicho? Si te animas dime nomás, no te va a costar nada. Están esperándome en mi casa para darles una “purga”, vas a ver cómo les convido y si quieres a ti también te convido. &lt;br /&gt;- ¿Es un purgante lo que les vas a dar? &lt;br /&gt;- No señor. Es “ayahuasca” con sus preparados. Nosotros le llamamos purga, pero no hace mal, al contrario, te quita todo tu mal, te limpia y te hace gozar. &lt;br /&gt;- ¿Y dónde has aprendido todo eso?  ¿Tú has nacido en el monte? &lt;br /&gt;- Yo soy de Iquitos, pero “desde mi muchacho” he vivido con sus “infieles” de mi padre, aquí en mi puesto. Con ellos me he “internado” al centro y allí he aprendido muchas cosas del monte y del agua. &lt;br /&gt;- Te has hecho brujo. &lt;br /&gt;- Así nos dicen, pero somos médicos porque curamos con medicinas vegetales. Los enfermos nos buscan cuando los doctores ya no pueden curarles. &lt;br /&gt;- ¿Y ustedes...los curan? &lt;br /&gt;- A veces ya no se puede cuando su mal tiene mucho tiempo, pero les hacemos calmar sus dolores. &lt;br /&gt;El marinero que previno a Swayne contra el brujo se había acercado tratando de no hacerse notar y escuchaba la conversación, Marcelino se dio cuenta y dando un pretexto se retira; Swayne lo siguió con la mirada, extrañamente impresionado por el acento que ponía en sus palabras, llenas de profunda y contagiosa convicción. El marinero que lo estaba observando le dijo: &lt;br /&gt;- Primero, has de tener cuidado con este hombre, es bien conocido como brujo, convida ayahuasca, les “icara”, les “chupa”, les da purgas a los enfermos para sanarles, pero dicen que también “cutipa” y hace daño con sus “virotes” poniéndoles resinas malignas -- riendo agregó - y también es un pendejo, porque cuando las mujeres le piden “pusangas” les hace venir a su puesto y allí aprovecha... ¡Cómo quizás les hace caer!... O tal vez les hace a la fuerza porque sabe que no le van a contar a nadie de vergüenza. &lt;br /&gt;- Y tú ¿cómo sabes todo eso? &lt;br /&gt;- Porque mi cuñada ha sido su empleada de un señor que le ha dejado a su mujer para meterse con otra y su mujer, para hacerle “asquear” a la otra le ha pedido a don Marcelino que le prepare una pusanga; entonces don Marcelino le ha dicho que tiene que venir a su puesto trayendo cualquier ropa de la otra mujer y ella ha venido con mi cuñada para que le acompañe. Les ha llevado a un tambo lejos y allí ha sido todo... ¡Hasta a mí cuñada le ha aprovechado! Después ha parecido preñada “siendo” mi hermano en viaje. Cuando ha regresado y le ha encontrado así se ha “calentado”, le ha pegado su pateadura y le ha botado a la calle. &lt;br /&gt;-Qué tal don Marcelino! - exclamó Swayne riendo. &lt;br /&gt;Mucho antes del mediodía llegaron al puesto de Marcelino. Este subió al puente para arreglar con el comandante el pago de los pasajes, pero le dijo que no debía nada; para serle grato le ofreció sin costo leña que tenía en grandes hileras, para vender como combustible a los barcos. &lt;br /&gt;- Ya no necesitamos leña porque en seis horas llegaremos a Iquitos. &lt;br /&gt;Desconcertado por el desinterés se quedó mirándolo y preguntándose mentalmente como podría mostrarle su gratitud. &lt;br /&gt;- Bueno comandante - dijo al fin - no quieres cobrarme ni aceptar mi leña, pero no me vas a desairar un regalito. &lt;br /&gt;- Si no hay otro remedio - le contestó riendo. &lt;br /&gt;- Hasta luego entonces. &lt;br /&gt;Acoderó el barco y fue el primero en saltar a tierra con sus acompañantes. El primer maquinista impartió las órdenes para iniciar el trabajo; dispusieron el barco con la popa hacia el puerto y la proa hacia el centro del río, pasaron la carga de popa a proa y llenaron de agua el pañol de cadenas. La proa bajó notablemente y la popa se alzó, dejando la hélice casi a nivel del río. Todos trabajaban con febril actividad. &lt;br /&gt;No tardó Marcelino en regresar con dos hombres que cargaban una larga cañabrava introducida por entre las amarradas patas de veinte gallinas que colgaban de ella; las hizo depositar sobre cubierta y subió en busca del, comandante. &lt;br /&gt;- Señor - le dijo - te he traído unas gallinitas, mis muchachos están cogiendo frutas que también van a traer y han agarrado un torete para matarle y de él te voy a mandar la mitad. &lt;br /&gt;- ¡Oye, oye! - le interrumpió Prieto - eso ya no es un regalito, son muchos regalos y no quiero que te estés afanando más. Lo que has traído será para toda la tripulación. &lt;br /&gt;- Tú señor, has de ver qué vas a hacer, yo te doy mi voluntad, para don Roberto también estoy preparando algunas cositas. &lt;br /&gt;Y con el pretexto de ver el trabajo bajó en busca de Swayne y Roberto, a quienes encontró, de pie en la orilla al primero y al otro metido casi hasta el cuello en el río, debajo de la popa del buque. &lt;br /&gt;- ¿Ya acabas, amigo? - se dirigió a Roberto - He venido a avisarte que te van a traer algunas cositas para que hagas llegar a tu casa... &lt;br /&gt;- ¡Pero hombre!... ¡Por qué! - protestó Roberto. &lt;br /&gt;- Quiero que siempre te acuerdes de mí como yo me voy a acordar de ti - afirmó en tono concluyente y volviéndose a Swayne agregó - ¿Vas a trabajar esta noche señor? &lt;br /&gt;- Bueno... quien está trabajando es el segundo maquinista… yo sólo miro ¿Por qué? &lt;br /&gt;- ¿Te acuerdas señor lo que te he dicho? Esta noche voy a convidar su ayahuasca a esos que me están esperando, Si quieres a ti también te convido. Te va hacer bien y te va gustar. &lt;br /&gt;- ¿A mí solo? &lt;br /&gt;Si alguien quiere ir llévale nomás, pero que sea tu amigo. Yo hubiera querido que venga don Roberto, pero está trabajando. &lt;br /&gt;- ¿A qué hora quieres que vayamos? &lt;br /&gt;- A eso de las ocho te espero en mi tambo. &lt;br /&gt;Swayne sintió que se le avivaba la curiosidad y se le despertaba el interés. Nacido en Lima, algo había oído en su medio de curanderos, de aplicación de medicinas vegetales caseras y hasta de filtros de amor, sin dar crédito a su eficacia. Calificaba de charlatanes a los que practicaban tales métodos e ignorantes a los que los aceptaban. La noticia de un mundo nuevo y extraño había llegado hasta él en fantásticos relatos de quienes volvían de la selva, región que se estaba abriendo al paso de la civilización: fuentes de riqueza al alcance de la mano en una verde inmensidad inhóspita y agresiva, fauna desconocida, desfigurada por la imaginación jactanciosa; salvajes indómitos que se oponían con flechas envenenadas y trampas mortales; asechanzas y traiciones maquinadas por la ambición de algunos caucheros inescrupulosos. Lo creyó una exageración y su predisposición a la aventura le impulsó a viajar para ver y comprobar tan impresionante vivencia. Al cabo de un año ya estaba hecho al ambiente, poco se le había escapado a su afán de información; oyó hablar de brujerías, plantas que causaban enfermedades y otras que las curaban, pusangas y afrodisíacos infalibles, cosas por el estilo, pero seguía sin darles crédito. No podía concebir que indígenas pintarrajeados, de torpe apariencia y ninguna personalidad fueran capaces de investigar y aplicar secretos de la naturaleza en beneficio o perjuicio de la vida humana. Son los más vivos que engañan a los más ignorantes – decía - pero se propuso aprovechar de esta oportunidad para comprobar tal engaño y acudió puntual a la cita acompañado del práctico Soria, atraído también por la curiosidad. Marcelino estaba esperando al pie de la escalera de su tambo, con un farol en la mano. &lt;br /&gt;¡Vamos! - les dijo cuando se acercaron, con tono que más parecía una orden. &lt;br /&gt;La noche no era muy oscura, pero el sendero que tomaron era tan angosto y los arbustos cercanos tan altos, que apenas se veían. Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar a un claro, en cuyo centro había un tambo a ras del suelo, cercado de ponas, con una sola puerta. Tocó Marcelino, alguien abrió y entraron dejando el farol en la puerta. El recinto, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba débilmente alumbrado por dos faroles colgados en ángulos opuestos; en el centro, en una mesa había una variedad de objetos raros iluminados por cinco velas, cuatro adheridas con su propia cera a los ángulos de la mesa y la otra en una palmatoria, sobre un tallo con apariencia de nervudo brazo amputado en el codo, colocado verticalmente con la mano tendida horizontalmente recibiendo la palmatoria. En torno al original candelabro había huesos, al parecer de animales, culebras y pájaros disecados, aquéllas enrolladas y con la cabeza levantada en actitud de ataque y éstos posados sobre trozos de ramas, como si estuvieran vivos; vasos y botellas, ollas de barro, “pates” de variados tamaño y un tamborcito. Unos cajones vacíos dispersos estaban arrimados al “emponado” que servía de pared, al lado opuesto, varias “llanchamas” extendidas parecían estar destinadas para lechos y en cuatro de ellas sentados otros tantos hombres. En el suelo, al pie de la mesa, ardían unos tizones sobre los cuales una ennegrecida olla de barro emanaba el vapor de algo que estaba hirviendo un muchacho indígena inmóvil junto a la mesa, parecía ser el ayudante y esperar órdenes. El calor era insoportable, el humo de los tizones enrarecía el ambiente y aumentaba la penumbra, las vagas sombras que proyectaban los cuerpos que se movían daban la impresión de fantasmas que se arrastraban en el lúgubre recinto. Marcelino se volvió a sus acompañantes y preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Quieren tomar la purga? &lt;br /&gt;- Yo sólo quiero ver - contestó Swayne. &lt;br /&gt;- Yo también - afirmó el otro. &lt;br /&gt;- Mejor - apuntó Marcelino - Para que haga buen efecto la purga hay que “dietar” sal, dulce, condimento y mujer siquiera tres días. Siéntense pues  y les señaló los cajones. &lt;br /&gt;Se acercó a la mesa haciendo una señal al ayudante, éste tiró del cajón de la mesa y sacó de él un cuchillo y dos paquetes que puso sobre la mesa; abrió uno de ellos, cogió un trozo de tabaco en mazo, tomó el cuchillo, picó un poco, lo desmenuzó entre sus manos con cuidado, cogió del otro papel especial y con singular destreza lió varios cigarrillos que puso sobre la mesa. Mientras tanto Marcelino cogía uno de los “pates” grandes, vació en él todo el contenido de una de las botellas, luego, calculando cuidadosamente, llenó otro más pequeño con el de otros dos frascos, vació ambos en el agua que estaba hirviendo y lo agitó con una cuchara de palo. Cesó la ebullición, el ayudante avivó el fuego aventándolo con un abanico de largas plumas negras. &lt;br /&gt;- ¿Qué es eso? - preguntó curioso Swayne. &lt;br /&gt;- Ayahuasca. “Lei” agregado “catahua” y “chiricsanango” para darle más fuerza. &lt;br /&gt;Cuando vio de nuevo hervir la pócima que estaba preparando, quitó la olla del fuego y la puso en la mesa, el ayudante retiró los tizones. Marcelino agitó con la cuchara el contenido de la olla, murmurando en voz baja algo que parecía un rezo o un conjuro, cogió cuatro “pates” pequeños y los acercó a la olla, se puso un cigarrillo en la boca, cogió un tizón, lo prendió y comenzó a fumar expeliendo grandes bocanadas; sacó varias cucharadas del brebaje, las vertió en uno de los “pates” y se lo dio al que estaba más cercano; luego hizo lo mismo con los demás, quienes lo sostuvieron en la mano, esperando, al parecer, una señal. Marcelino seguía fumando y empezó a pasearse delante de las “llanchamas”. De pronto comenzó a echarles a la cara el humo que expelía y con monótono ritmo, tono de lamento, acompañándose con suave batido del tamborcito cantó: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Manan imapas ruasinquinanchu &lt;br /&gt;ayahuasca ampishunga &lt;br /&gt;mariri manchac mariri, &lt;br /&gt;mariri, mariri, mariri. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Interrumpiéndose para fumar y echarles el humo, mientras los pacientes a lentos sorbos bebían del brebaje. Continuaba el canto: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Manan imantapas manchacunancu &lt;br /&gt;ayahuasca yanapashunga &lt;br /&gt;mariri manchac mariri. &lt;br /&gt;mariri, mariri, mariri.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Nuevamente paseos, humo a la cara y vuelta a beber. Seguía el canto: &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cusicusunchis causanichispi &lt;br /&gt;ayahuasca jocoshunga &lt;br /&gt;Mariri manchac mariri &lt;br /&gt;mariri, mariri, mariri.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Otra vez humo a la cara, Otra vez la pócima y Marcelino a repetir la monótona canción.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los pacientes estaban sudorosos y parecían agotados, a tanta repetición del soporífero canto se habían bebido todo el contenido de su respectivo pate y uno a uno fueron languideciendo, acostándose y quedando adormecidos, pero alternadamente empezaron a retorcerse y revolcarse entre suspiros, lamentos, palabras incoherentes, exclamaciones de angustia... El monótono cantar y el amodorrante batido del tamborcito no cesaba, Marcelino ya no les echaba humo del tabaco pero seguía paseándose frente a ellos mirándolos con atención; después de casi una hora de tan horripilante trance fueron aquietándose hasta quedar sumidos en profundo sueño. Marcelino se acercó a cada uno de los durmientes, inclinado muy cerca parecía hacerles preguntas en voz baja que contestaban en forma incomprensible, con acento de complacencia y satisfacción unos, de tristeza y angustia otros. &lt;br /&gt;Swayne, que había seguido con profunda atención y curiosidad el proceso, no sabía qué pensar; reconocía algo de esotérico y sobrenatural en lo que estaba presenciando como efecto del brebaje, pero. ¿Y después? &lt;br /&gt;- Déjame probar un poquito de ese menjunje - le pidió a Marcelino. &lt;br /&gt;- No - le contestó rotundo - Te puede hacer daño sin su “icarada”. &lt;br /&gt;Swayne miró la olla, vio que en el fondo quedaba algo de la extraña combinación y se sintió arrastrado por un irrefrenable impulso, la tentó, estaba fría; aprovechando que Marcelino estaba de espaldas introdujo la cuchara rápidamente y todo el contenido que recogió se lo puso en la boca y se lo tragó... sintió una picazón amarga y repugnante que a medida que iba pasando por su garganta se transformaba en una sensación de alivio, casi de placer... ¡Sólo es desagradable en la boca! - pensó - El práctico, que lo había visto tomarse la cucharada, en voz baja y con curiosidad le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Feo es? &lt;br /&gt;- No. &lt;br /&gt;Todo había quedado en silencio sólo interrumpido por los ronquidos de algunos durmientes, Marcelino se paseaba delante de las llanchamas como velando su sueño, el aire se ponía cada vez más irrespirable por los humores que despedían los sudorosos cuerpos, Swayne sintió que ya no podía soportarlo y le dijo al práctico: &lt;br /&gt;- ¡Vamonos ya!... Ya no hay nada que ver. &lt;br /&gt;Sin contestarle se puso de pie y avanzó a la puerta, también sentía ahogarse, estaba mareado sin voluntad. Swayne tocó a Marcelino en el hombro. &lt;br /&gt;- Ya nos vamos - le dijo. &lt;br /&gt;- Bueno. Mañana vamos a conversar. Lleven el farol, no se vayan a “errar” en el camino. &lt;br /&gt;Regresaron en silencio. Swayne se sentía bebido, con una gran pesadez en la cabeza y laxitud en el cuerpo. Llegaron al puerto pasada la medianoche y el trabajo continuaba; Swayne se acercó a Roberto y le dijo: &lt;br /&gt;- Me siento mal, voy a acostarme. &lt;br /&gt;- Vete nomás, no te preocupes, todo va bien. Terminaremos por la mañana y creo que antes del mediodía estaremos listos para navegar. &lt;br /&gt;Subió y se tiró a la litera vestido. Le pareció dormirse inmediatamente, pero con un sueño en el que percibía cuanto estaba al alcance de su vista y de su oído, como sí estuviera despierto. Tuvo la sensación de estar sufriendo una pesadilla, hizo esfuerzos para despertar sin lograrlo, empezó a sentirse etéreo, flotando, en el aire entre inmensas y blandas nubes que podía palpar, envolverse en ellas como en una caricia de miles de manos suaves, que paseaban por su cuerpo, manos que al cogerlas se transformaban en cuerpo tibios, sedosos, que se juntaban al suyo tomando formas de mujer, a las que se abrazaba con deleite, con ansiedad de posesión... ¡ésta!... ¡la otra!...miles!... un desfile fantasmagórico interminable acicateando y colmando su deseo, introduciendo todo su ser a esas miles de formas de mujer, cuyas caras no veía, pero las imaginaba a su antojo, sumiéndose en un éxtasis de placer mil veces consumado, en un orgasmo inacabable, enloquecedor...Ya no quería despertar, quería seguir volando entre las flotantes nubes con formas de mujer, con caricias de mujer... ¡aunque tuviera que morir!... Perdió la idea del tiempo. &lt;br /&gt;Vago, lejano, como un amargo lamento de la realidad, oyó los toques de campana que anunciaba las seis. Con un esfuerzo que le pareció doloroso trató de romper la telaraña de visiones que dulcemente le aprisionaba y abrió los ojos. La luz del sol entrando por la claraboya rompía la bruma del camarote; se sentó sin lograr disipar del todo la sensación de placer que lo estuvo dominando... ¿Qué me ha sucedido? - se preguntó - Poco a poco fue recobrándose como en un despertar corriente, pero no le parecía haber soñado lo que había visto y sentido, tenía la impresión de haber vivido el erotismo de las fantásticas visiones y haber sentido el placer de haberlas consumado. Apoyó la cabeza entre sus manos y quedó ensimismado tratando de encontrar una explicación. De repente recordó el brebaje que había ingerido... ¿Será posible que eso me haya producido todo esto?... ¿Será el poder del brujo o del brebaje? &lt;br /&gt;Bajó y encontró que el trabajo había terminado. Roberto estaba dando las últimas disposiciones para achicar el agua del pañol y volver la carga a su sitio. &lt;br /&gt;- ¿Ya te pasó el malestar? - le preguntó al verlo. &lt;br /&gt;- No ha sido nada... ¿Y tú? debes estar cansado y muriéndote de sueño. ¡Déjalo ya y vete a dormir, me encargará del resto! &lt;br /&gt;Unas horas después el buque estaba listo para zarpar. Marcelino, cumplió sus ofrecimientos y llegó cuando el comandante había tocado atención a las máquinas; subió al puente a despedirse de Prieto y reiterarle su agradecimiento, luego bajó en busca de Roberto, a quién encontró conversando con Swayne. &lt;br /&gt;- He venido a agradecerte otra vez - le dijo - No te olvides lo que te he dicho: no te separes nunca de ese diente, ponle en tu cuello para que siempre estés protegido y salgas bien en todo. ¡Adiós, amigos! - y dirigiéndose a Swayne - Adiós señor, acuérdate que lo que has visto no son mentiras, ya te vas a convencer - dio un abrazo a cada uno y se fue. &lt;br /&gt;Ambos le siguieron con la mirada, singularmente impresionados, Swayne por su reciente experiencia, Roberto por el énfasis de paternal cariño que puso en sus palabras, que parecían revelar ansiedad de prevenirle de algún peligro que lo amenazara. Extrajo del bolsillo el diente y largo rato lo miraron con curiosidad no exenta de aprensión &lt;br /&gt;-  ¿Crees Guillermo, que este diente pueda hacerme algún beneficio? &lt;br /&gt;- Bueno… he oído hablar de cosas como ésta y... no sé... pero sino te hace ningún beneficio, no creo que te haga algún daño. Úsalo como te ha dicho este hombre singular... Aunque no sea más que como adorno.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-3027162043564504815?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/3027162043564504815/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=3027162043564504815' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3027162043564504815'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3027162043564504815'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto-continua.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-500418916542471966</id><published>2011-01-06T23:54:00.000-08:00</published><updated>2011-01-06T23:54:27.700-08:00</updated><title type='text'>EL COLMILLO DEL LAGARTO</title><content type='html'>CAPITULO I &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EL AGRADECIMIENTO DE UN BRUJO Y LAS ALUCINACIONES DE UN ESCÉPTICO&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Cruzando las sombras con ondulantes alaridos el viento hendía furiosamente la negrura de la noche, todo el monte, violentamente azotado, se doblaba a su paso en obligada reverencia. Las cimbreantes palmeras se mecían trepidantes con sus penachos levantados, como si invisibles y poderosas manos tiraran de ellos intentando descuajarlos; los frágiles ceticos se quebraban, volaban y caían revolcándose como esqueléticos despojos heridos por la muerte; las pesadas ramas de las robustas lupunas se desgajaban ruidosamente y arrimaban al tronco, sostenidas por sus desgarradas fibras, resistiendo a desprenderse. &lt;br /&gt;Fugazmente se inundaba el firmamento con una blancura aterradora que iluminaba la imponente conjunción de la naturaleza desencadenada en brutal manifestación de su poder, con estruendoso estallido de mil explosiones, que atronaba todos los ámbitos y se perdía rebotando en la oscuridad. Un torrente desbordado oblicuamente de la abierta inmensidad ensordecía con interminable bramido &lt;br /&gt;Las aguas del río, batidas por el viento tumultuoso y desordenado oleaje sacudían entre sus ondas, palos, gramalotes, troncos de árboles, arrastrados de las orillas. &lt;br /&gt;Los elementos parecían haber unido su terrorífico poder para estremecer la verde selva, celosos de su imperturbable inmensidad. &lt;br /&gt;Desafiando el fragor de la tempestad un barco surcaba el río; sorprendido por la tormenta en plena travesía el práctico buscaba un lugar apropiado para acoderar. A la luz de los relámpagos sólo veía barrancos inaccesibles, sabía que cerca estaba un puesto, una pequeña hacienda y pensó que sólo le quedaba el recurso de llegar hasta él para encostar hasta que pasara el temporal. La lluvia barría las dos cubiertas, no podían bajar las cenefas para protegerse porque el viento batiendo contra ellas habría desviado su rumbo, podía escorarlo, hacerlo zozobrar; práctico y timonel, completamente empapados en el puente, taladraban las sombras con sus miradas para evitar cualquier peligro. De pronto un grito: &lt;br /&gt;- ¡Cuidado! ¡Ahí viene un palo! &lt;br /&gt;De la oscuridad, como amenazante fantasma, surgió frente al barco un enorme tronco que se acercaba peligrosamente; el timonel giró violentamente la rueda del timón, el comandante, que al oír el grito salió de su camarote se abalanzó al telégrafo de maniobras y de un golpe mandó parar la máquina. Viró el barco eludiendo el choque, pero el tronco pasó golpeándose ruidosamente contra el casco; con un suspiro de alivio mandó poner de nuevo en marcha la máquina: poca… media... a medida que aumentaba la velocidad, una notable trepidación iba sacudiendo el barco, más... y más... Alarmado, utilizando el sistema acústico a la sala de máquinas preguntó qué estaba ocurriendo. &lt;br /&gt;- Parece que la hélice ha chocado con el palo y se ha roto... o se ha torcido el eje propulsor, fue la respuesta del maquinista de guardia. &lt;br /&gt;- ¡Maldición!... ¿Se podrá seguir navegando? &lt;br /&gt;- Bueno… podemos seguir, pero... sólo a media fuerza. Tiembla mucho la máquina. &lt;br /&gt;- ¡Tiembla todo el barco! - corrigió el comandante y dirigiéndose al práctico le preguntó: &lt;br /&gt;- Qué dices, Soria, ¿Faltará mucho para llegar a un puerto? &lt;br /&gt;- Hay uno cerca, pero a media fuerza, con este viento y la turbonada vamos a demorar mucho. Mejor seria atracar, aunque sea en el barranco, hasta que pase la tempestad. &lt;br /&gt;- ¡Sí! -contestó el comandante tras breve reflexión- Creo que es lo más prudente. &lt;br /&gt;Maniobrando con gran cuidado, el práctico acercó el barco al barranco, un marinero saltó a tierra, a gatas se subió hasta lo alto, recibió el cabo que le tiraron y lo amarró a un grueso tronco, la tempestad no cedía en su furor, la turbonada seguía sacudiendo el barco, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el riesgo había disminuido y pudieron bajar las cenefas para protegerse de ella. Pasajeros y tripulantes estaban todos despiertos, incómodos e intranquilos. &lt;br /&gt;Amaneció. Como huyendo de la luz, la tempestad fue amainando, pero la turbonada sacudía igual. De pronto el marinero de guardia en el puente gritó: &lt;br /&gt;- ¡Ahí baja una canoa “virada”!... ¡Están “queriendo” llegar a tierra! &lt;br /&gt;Todos se acercaron al puente y a la borda. Por entre la bruma de la llovizna y del amanecer vieron a cuatro personas sujetándose desesperadamente a una volcada canoa, haciendo esfuerzos con una mano como remo, para acercarla a la orilla. Sacudidos por la turbonada se aproximaban a la proa del barco. Al darse cuenta del peligro, gritos de mujer entre los náufragos clamaron: &lt;br /&gt;- ¡Socorro... socorro!... ¡Vamos a chocar! &lt;br /&gt;Escasos segundos y se produjo la colisión, los cuatro fueron despedidos y desaparecieron entre las turbulentas aguas, la canoa se arrimó al casco del barco por el lado del río y siguió bajando; todos miraban; alguien gritó: &lt;br /&gt;- ¡Aquí están! &lt;br /&gt;Entre el barranco y el barco salieron a flote dos mujeres y un hombre, les tiraron cuerdas a las que se sujetaron y los subieron inmediatamente; una de las mujeres al no ver al cuarto náufrago exclamó: &lt;br /&gt;- ¡Mi padre se ha ahogado! -empezó a llorar a gritos y la otra se sumó a sus lamentos. &lt;br /&gt;De nuevo se acercaron a la borda a mirar el río buscando al que faltaba, no se veía a nadie; el segundo maquinista que había salido de guardia se acercó también, de pronto uno, señalando a cierta distancia de la popa del barco gritó: &lt;br /&gt;- ¡Allá está!... ¡Está “queriendo ahogarse”!... ¡No puede agarrarse a la canoa! &lt;br /&gt;Todos lo vieron haciendo esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la canoa, se hundía y emergía, el oleaje lo cubría y lo reflotaba arrastrado por la corriente. &lt;br /&gt;- ¡Bajen la canoa! - se oyó la voz del comandante. &lt;br /&gt;La canoa colgaba de los pescantes de proa, había que hacer una maniobra para bajarla... ¿cuánto tardaría?... El náufrago se perdía entre el oleaje. De pronto un hombre se subió a la borda, se lanzó al río y nadando vigorosamente se dirigió hacia él. &lt;br /&gt;Instantes de expectación que parecieron eternos... al fin se vio sujetándolo para mantenerlo a flote y nadando con un brazo hacia la orilla; parecía encontrar resistencia en que se le agotaran las fuerzas. Mientras tanto la canoa fue bajada, dos marineros se embarcaron y bogando apresuradamente fueron en su auxilio, los recogieron y regresaron a bordo. El náufrago estaba inconsciente. Uno de los presentes hizo que lo tendieran boca abajo sobre la escotilla y para hacerle expulsar el agua que había tragado le hizo presión intermitente entre los omóplatos, luego lo volteó y entre todos, con masajes, movimiento de brazos y tragos de aguardiente lo reanimaron. Tenía una herida que le ensangrentaba la frente, el espontáneo se la limpió, le aplicó una improvisada compresa y la sujetó con un pañuelo; en la colisión se había golpeado contra la proa y casi perdió el conocimiento hasta no poder gritar pidiendo auxilio, el instinto de conservación hizo que lograra mantenerse a flote, pero ya se estaba hundiendo cuando llegó su salvador. &lt;br /&gt;Se sentó, las mujeres seguían llorando, pero con manifestaciones de alegría al ver a su padre mirando a todos, como buscando ansiosamente algo. Todos lo miraban sonrientes. &lt;br /&gt;- ¿Quién es el que me ha salvado? - preguntó. &lt;br /&gt;- Ha sido don Roberto, el segundo maquinista -contestó uno- ha ido a cambiarse de ropa. &lt;br /&gt;El primer maquinista, Guillermo Swayne, que estaba cerca, se dio la vuelta, fue en su busca y al cabo de un momento volvió con él cogido del brazo. El herido se puso en pie con cierto esfuerzo, se le acercó haciendo ademán de abrazarlo, pero al verlo cambiado y verse todo mojado, se contuvo, extendió la mano diciendo: &lt;br /&gt;Quisiera abrazarte por lo que me has salvado, pero te voy a mojar con mi ropa. No sé cómo darte las gracias - estrechó fuerte y efusivamente la mano que el llamado Roberto le tendió. &lt;br /&gt;De repente, como inspirado, buscó algo en el pecho, lo cogió, de un tirón rompió un hilo de “chambira” con el que lo tenia atado y poniéndoselo en la mano que estaba apretando, añadió: &lt;br /&gt;- Toma esto para que te ayude en todo los peligros y te de buena suerte. No lo dejes nunca. Yo te doy como agradecimiento porque me has salvado arriesgándote. &lt;br /&gt;Roberto miró el objeto, los que lo rodeaban hicieron lo mismo: era un colmillo de aproximadamente seis centímetros de largo, con un pequeño orificio que atravesaba la parte más gruesa, para el hilo que lo sujetaba. Swayne miró burlonamente al donante. &lt;br /&gt;- Debe ser muy bueno ese diente -le dijo- pero si tu amigo no se tira a tiempo, con diente y todo te hubieras ahogado. &lt;br /&gt;El hombre lo miró oblicuamente con gesto de reproche. &lt;br /&gt;- Nunca te burles, señor, de lo que no crees - le respondió- Yo sé muchas cosas que otros no saben. Los animales, las plantas y hasta la tierra que pisamos son una bendición y existen para servirnos y ayudarnos. Si hablaran ellos mismos se ofrecerían para ayudarnos a hacer nuestra vida más sana, más fuerte, más larga; los que sabemos que nos quieren ayudar aprendemos poco a poco, viviendo con ellos. No son secretos, no están escondidos, porque el monte es bueno, no hace mal a nadie, allí puede vivir toda la gente que quiere.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-500418916542471966?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/500418916542471966/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=500418916542471966' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/500418916542471966'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/500418916542471966'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2011/01/el-colmillo-del-lagarto.html' title='EL COLMILLO DEL LAGARTO'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-2614528625292344868</id><published>2010-05-20T21:15:00.000-07:00</published><updated>2010-06-02T21:24:25.033-07:00</updated><title type='text'>LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr_jLYPXI/AAAAAAAAAnQ/IADs7Z37hOI/s1600/CE+Iquitos+3.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr_jLYPXI/AAAAAAAAAnQ/IADs7Z37hOI/s320/CE+Iquitos+3.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5478395842494217586" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr_XlTMTI/AAAAAAAAAnI/yKIlTWeccqk/s1600/CE+Iquitos+2.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr_XlTMTI/AAAAAAAAAnI/yKIlTWeccqk/s320/CE+Iquitos+2.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5478395839381713202" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr-4piihI/AAAAAAAAAnA/0Mfko8MavcA/s1600/CE+Iquitos+1.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 240px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr-4piihI/AAAAAAAAAnA/0Mfko8MavcA/s320/CE+Iquitos+1.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5478395831077997074" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vistas del obelisco en la Plaza de Armas de Iquitos-Perú. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;Del editor.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El siguiente es un texto cuyo autor no he logrado determinar, si algún lector lo hiciera, le ruego me lo haga saber.&lt;br /&gt;Aparecía en la fenecida Geocities.com, como se advierte, a guisa de gorro en el artículo que publicamos seguidamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style:italic;"&gt;This page is an antiquarian user generated website brought to you by a website archive.It has been mirrored from Geocities.com in october 2009 because Geocities was closed after providing free webhosting for almost 15 years. As we arent the respective author we have to disassociate ourselves from any questions on this page. For any question on this website archive visit our main page:OoCities.com.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Distancias y aislamiento que entonces separaba a la selva del escenario de la guerra de conquista chilena contra Perú y Bolivia, declarada el 5 de abril de 1879, no melló en absoluto el espíritu patriótico de la población selvática. Al primer toque de clarines de guerra, numerosos jóvenes se vuelcan a las calles pidiendo incorporarse a las filas del ejército; mientras la población en general, en un gran despliegue de profundo sentimiento patriótico, no regatea con sus óbolos voluntarios, para la adquisición de armas y pertrechos.&lt;br /&gt;En Tarapoto, el 20 de junio de 1 880, el gobernador del distrito, en atención a una nota oficial recibida de la subprefectura de Moyobamba, transcribiendo un oficio del Prefecto y Comandante General del Departamento, prepara y remite un contingente de 80 hombres destinados para la guerra con Chile.. El documento oficial decía: "Esta subprefectura ha recibido orden terminante del señor Prefecto y Comandante General del Departamento, para remitirlo inmediatamente 150 hombres que formarán el resto del contingente destinado a la guerra, quienes deben partir con destino a la Capital del Departamento, el día 25 del momento mes y en consecuencia ordeno a Ud. que tan pronto reciba esta comunicación, proceda a reunir el número de 80 hombres que toca suministrar al distrito de su mando con la mayor puntualidad".&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El 24 de setiembre de 1 879, en una gran cruzada en pro de la patria agredida, se logra recolectar 623 soles y 20 centavos, entre los pueblos de Tarapoto y Chazuta, para ser destinados al pago del empréstito que el país se había visto forzado a realizar para la defensa nacional.  El llamado de la patria violentada y agredida, por un vecino ambicioso y expansionista, no tarda  entonces en llegar tramontando elevadas cordilleras envueltas de grandes mantos de hielo.  La Amazonía hasta entonces solamente se vinculaba con el resto del país, a través de largas, escabrosas y empinadas trochas que rompían las cordilleras por el lado sur, vía Ucayali - Pichis y por el norte Moyobamba - Chiclayo. La otra vía, era el Amazonas, Atlántico y Pacífico. Todas significaban muchas semanas y hasta meses de penosas travesías.&lt;br /&gt;Chile desde hacían más de diez años venía preparándose para la guerra; mientras en el Perú, ajenos a esa realidad, políticos, caudillos y sectores de los mandos militares, se disputaban agriamente el poder político. El país, vivía en permanentes revueltas y alzamientos militares y civiles, trayendo consigo nuestra inestabilidad política y económica. Durante ese lapso, Chile se arma, adiestra y tecnifica su ejército. Adquiere una poderosísima flota marítima, formada principalmente por dos acorazados fabricados entre 1874 y 1875,  con equipos de potente artillería y dos corbetas suficientemente dotadas de armas y tres cañoneras. Su poderío era tan grande, que, solamente un acorazado, tenía mayor capacidad de fuego,  mayor a toda la que tenía junta nuestra marina.  En la preparación de su ejército, habían puesto mayor interés en su artillería. Dotados de modernos cañones de campaña Krupp y Armstrong y también de piezas Gatling y Nordenfelt.&lt;br /&gt;Mientras los cañones nuestros,  habían sido anticuadamente diseñados y fabricados toscamente en las factorías de Lima, La infantería enemiga tenía armamentos uniformes y buenos. Modernos fusiles, principalmente Comblain; a diferencia a los del Perú que carecían de uniformidad y de armas de infantería. Predominaban los fusiles Martini - Peabody. Bolivia, supuestamente nuestro aliado, tenía su infantería mucho peor.  Arcaicos fusiles de pedernal y no más de 1 500 carabinas winchester. En caballería, el vecino del sur, poseía armamentos más homogéneos: sables y rifles winchester. En los nuestros había una diversidad, aunque predominaban  rifles winchester.&lt;br /&gt;Los chilenos hasta se habían provisto en sus mandos, no solamente de oficiales ingleses y alemanes, sino que a sus principales cuadros los habían enviado a recibir entrenamiento y formación en Europa; mientras en su país, habían organizado academias especializadas con instructores europeos, De ahí que entre sus mandos aparecen los apellidos Condell, Cox, Christie, Edwards, Leighton, Linch, Macpherson, Prat, Rogers, Simpson, Smith, Somper, Stephens, Thomson, Walker, Warner, Williams, Wilson y Wood.&lt;br /&gt;Los nuestros,  solamente tenían entrenamientos adquiridos en las guerras y alzamientos internos. Marchaban al frente de batalla pobremente  apertrechados y hasta mal vestidos. Ropas y zapatos parecidos a pobres limosneros. Las fuerzas bolivianas mucho peor. En su mayoría no llevaban ni siquiera zapatos viejos. Los gobernantes, caudillos militares y civiles, andaban enfrascados en fratricidas revueltas. Unos, por conservar el poder o perpetuarse. Otros, por derribar al gobernante de turno. Pobre Perú. Pero, no todos fueron así. Hubo grandes personajes civiles y militares, que se sacrificaron con mucho patriotismo en las horas más aciagas de la patria: Grau, Bolognesi, Ugarte,  entre ellos muchos loretanos también.   &lt;br /&gt;Los toques de cornetas, clarines  y tambores de la patria, resonaron hasta los confines de los bosques amazónicos, convocando a sus hijos a defenderla. La patria estaba siendo ferozmente  agredida, y herida. Por punas y por encima de las escarpadas cordilleras, tramontan voces de llamamiento, que ponen en alerta viril a sus juventudes. Hay un gran despertar patriótico en todos los sectores y edades. Aflora el pundonor y coraje guerrero de sus ancestros. De los que en la selva, por siglos resistieron  y combatieron  la invasión española.&lt;br /&gt;En menos de tres meses de iniciada la guerra, tal vez, antes de otros departamentos más cercanos al escenario, desde Loreto capital Moyobamba, marcha sobre Lima, una primera columna volante de 140 jóvenes, comandados por el Sargento Mayor don Marcelino del Castillo, segundo jefe Sargento Mayor Ellas Albán y tercero, el de igual grado don Enrique Pardo. Entonces gobernaba el Perú, desde el 4 de agosto de 1876, el huanuqueño general Mariano Ignacio Prado y debería concluir su mandato en diciembre de 1879. Prado en medio de la guerra decide salir del país justificando que iba a comprar armamentos. Fue duramente cuestionada su inoportuna salida del país.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Mientras nuestros soldados morían en los campos de guerra y los chilenos inconteniblemente avanzaban hacia Lima; los caudillos seguían disputándose el poder. En medio de la tormenta, en diciembre de aquel año, asume el poder el general Luis de La Puerta. Sin embargo, el 27 del mismo mes, es obligado a dimitir y asume la presidencia el camanejo Nicolás de Piérola. Su mandato se prolonga hasta el 15 de enero de 1881 y es reemplazado por el arequipeño doctor Francisco García Calderón, que asume el 11 de marzo y deja el poder el 6 de noviembre del mismo año, cuando es apresado y deportado a Chile. En su reemplazo asciende al poder, el piurano, Contralmirante Lizardo Montero, cuyo mandato concluye el 9 de octubre de 1883.&lt;br /&gt;En tanto eso ocurría,  la primera columna selvática "Guardia de Honor" llegaba a Lima, después de 1 500 kilómetros de caminata. Habían transcurrido tres meses de iniciada la guerra. Se integran a uno de los batallones que se preparaba para salir al frente de las operaciones bélicas. En esos intermedios, la columna "charapa", Guardia de Honor, el 21 de diciembre de 1879, en la calle Trapitos y Plaza de la Inquisición - Bolívar - tiene el honor de intervenir en el develamiento de un nuevo intento de golpe contra el gobierno legalmente constituido. Peleando allí, entre peruanos, mueren varios de nuestros soldados loretanos. En mayo de 1880, con el nombre de Batallón Cazadores de Piérola,  sale otro contingente de 600 hombres. &lt;br /&gt;El 26 de mayo de 1880, en Moyobamba, el Prefecto y Comandante General de Loreto, don David Arévalo Villacis, hace público un documento dirigido a la población sanmartinense que decía: Atendiendo: 1.- A que la provincia de Moyobamba, ha contribuido con el contingente de hombres que se le ha designado para la formación del Batallón Cazadores de Píerola No.2, por cuyo motivo merece las consideraciones y gratitud de esta Prefectura y Comandancia General. 2.- Que habiendo marchado ya el expresado batallón, ha desaparecido la causa de los infundados temores que alejó a muchos de sus hogares.&lt;br /&gt;DECLARO:  Que todo los hijos de esta provincia, que permanecen  aún ocultos, pueden regresar al seno de sus familiares y dedicarse libremente a sus ocupaciones ordinarias, con la seguridad de que no serán enrolados en el ejército activo, salvo el caso, de que las emergencias de la guerra, en que se encuentra empeñada la república, exijan un nuevo sacrificio a esta Provincia. El Subprefecto del cercado queda encargado de hacer publicar por bando, esta declaración, en los pueblos de su mando, para que llegue a conocimiento de todos los habitantes de ellos. Moyobamba Mayo 26 de 1880. Firmado David Arévalo Villacis"&lt;br /&gt;Cuando el  Batallón Cazadores de Piérola, llega a Chiclayo comandado por el coronel provisional Daniel Bardales Arévalo, segundo jefe, teniente coronel, Doroteo Arévalo Villacis y tercero, sargento mayor Otoniel Melena, no encuentran nave que los trasladara a Lima, por lo que se ven obligados a continuar a pie el recorrido. Por todo el litoral de los departamentos de La Libertad, Ancash y Lima. El Perú, para eso, ya había perdido toda su escuadra. En Lima, integrados al batallón comandado por el coronel Miguel Iglesias participan heroicamente en la batalla de Chorrillos.&lt;br /&gt;Más tarde, un tercer batallón de 500 hombres, que se preparaba para partir a órdenes del coronel Alfredo Coret, es disuelta. Había llegado la fatal noticia de los desastres sufridos en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores. Equivocadamente las autoridades al parecer creyeron que ya nada había que hacer. El gran problema para la región era la distancia. Las informaciones no solamente llegaban muy retrasadas, sino hasta distorsionadas. Chile había invadido Lima con furia y venganza. &lt;br /&gt;En la selva se han dado muchos e interesantes casos de patriotismo, durante la guerra con Chile, a pesar de las distancias y faltas de medios de comunicación: pundonor, valor, coraje y renunciamiento a la vida por la patria, que la historia regional debe recordarla siempre, para que sirva de permanente ejemplo a las generaciones del presente y del futuro. Un joven francés de nombre Pedro Dugué que había llegado a Iquitos de secretario del Marquez de Tilly, Conde Tourón, en circunstancias que un batallón de voluntarios, al mando de Miguel Noriega,  se embarcaba con destino al frente de guerra, se presenta y pide ser incorporado en las fuerzas loretanas. Quiero enrolarme en las fuerzas loretanas para ir a defender al Perú. Dijo en su castellano aprendiz al jefe del batallón. El joven francés, peleando heroicamente con el grado de sargento, entregó su vida en la batalla de Miraflores,&lt;br /&gt;El riojano don Francisco del Castillo, con los años cargados y la salud quebrantada, embargado de profunda emoción patriótica y expresando su pesar de no poder hacerlo personalmente, se presenta al jefe del batallón Cazadores de Piérola, mientras la tropa disciplinadamente se preparaba en la Plaza de Armas de Rioja, para partir hacia Lima,  y dice, "vengo a pedir el enrolamiento de mis dos únicos mellizos: Tomás y Faustino para que vayan a defender la patria, Yo, por mi salud y los años que tengo encima, no lo puedo hacer a pesar mío" recalcó al oficial jefe del batallón.. Los dos hermanos murieron el 15 de enero de 1880,  combatiendo en la batalla de Miraflores.&lt;br /&gt;Setecientos cuarenta hombres debidamente registrados había aportado la Amazonía para la guerra del Pacífico. Son numerosos los que envueltos entre los paños del bicolor nacional dejaron regada su sangre y huesos en los campos de batalla, formando el batallón de los soldados desconocidos. &lt;br /&gt;El 25 de mayo de 1880, el moyobambino Guardia Marina Emilio J. San Martín, en el combate del Callao, entre los buques chilenos "Guacolda y Janequeo" y la peruana "Independencia", comandada por el teniente de marina don José Gálvez, el marino loretano legó a la posteridad ejemplo de coraje y pundonor. La Independencia por efectos de un torpedo, empezaba a hundirse y José Gálvez gravemente herido, seguía dirigiendo el combate. El loretano en esas circunstancias que se hundía su buque, estudia y ensaya cuidadosamente los hilos eléctricos y en un arrojo de valentía y coraje, frío e imperturbable, prepara su revólver y dispara sobre el torpedo de cien libras de dinamita que llevaba su nave.  &lt;br /&gt;Las dos naves contrincantes, peruana y chilena, mortalmente averiadas, comienzan a ser tragadas por el Pacífico, mientras su olas se batían, en señal de bievenida a los valientes soldados peruanos que entregaban su vida por el honor de la patria. Allí se hallaba también el practicante de medicina Manuel S. Ugarte. Todos ruedan a los abismos del mar en apuesta y atrevida acción. En minutos, el inmenso océano se convertía en digno sepulcro de tan valerosos hombres, entre ellos el guardia marina loretano..&lt;br /&gt;Francisco Vásquez,  joven adolescente de 17 años y huérfano de padre. Era de Moyobamba. Aprovecha las tinieblas de la noche y fuga de su casa. Momentos antes, una columna había partido de Moyobamba con dirección a Rioja, en tránsito hacia Lima.  Eran las ocho y sin más provisiones que una alforja vacía sobre los hombros y desnudos los pies, apresuradamente toma el camino y da alcance a la tropa. Pide integrarse y marcha con destino a la guerra. Meses después, también ofrenda su vida en la batalla de Miraflores. Una bomba enemiga lo había destrozado su cráneo, sin embargo tuvo tiempo antes de expirar para decir: !Viva el Perú, Viva Loreto carajo!.&lt;br /&gt;En la batalla de San Juan, ofrendan su vida  entre otros loretanos, el teniente de artillería Adolfo Gómez Montalván y el de infantería de ejército Julio Bellido. En la batalla de San Francisco los sargentos primeros, Agustín Matute, Santos Rengifo y Juan B. Jaña. En la batalla de Tarapacá - 27 de noviembre - el subteniente del batallón Puno No. 6, Fructuoso Hernández y los sargentos primeros, José Reyes Beltrán, Francisco y Manuel Díaz, ambos de la Escuela de Clases. En Miraflores, los oficiales Pablo Montalván y Enrique Fuerra. De Lamas, en la batalla de San Juan: Juan de la Mata Sandoval y José Nicolás Gómez y Pérez. En Miraflores, los soldados Abel Trigoso y Abrahám Saldaña. En diversas batallas los soldados Jesús Vásquez, Juan José Rengifo, Manuel Lozano, Juan de Dios Tuesta y Juan de Dios Ruiz.&lt;br /&gt;De Morales, provincia  San Martín, los soldados Hildefonso Dávila y Liberato Arévalo. En Miraflores Abel Arévalo. Del Ucayali, en la batalla del Campo de la Alianza, el soldado Carlos Herrera. De Iquitos, en Miraflores, los soldados Francisco Eladio Manzanares y Pedro Torres. De Saposoa, en San Francisco, los soldados Santos Rengifo y Santiago Silva. En San Juan, Abelino Rengifo. De Yurimaguas, en Miraflores: Espíritu Salinas y en San Juan, el soldado Pedro Toreros.&lt;br /&gt;De Moyobamba, en el combate naval del Callao, el Guardia Marina Emilio J.S. San Martín. En  el Campo de la Alianza, el teniente Julio César Cárdenas. En San Francisco, Agustín Matute, Pedro Rengifo, Cosme Damián Rengifo, Felipe Rengifo, Federico Estrella, Juan de Mata Valera y Manuel Muñoz. En Tarapacá, Francisco Fachín y Francisco Díaz. En San Juan, el teniente Julio Bellido y los soldados Adolfo Gómez Montalván, Fernando Rengifo y Biviano Perea.  En Miraflores, el subteniente Francisco Milliari, Pablo Montalván, Juan Bardales, Francisco Charpentier, Enrique Guerra, José Mercedes Rengifo, Martín López, Francisco Vásquez y Salmón Mesía.&lt;br /&gt;En diversos combates: Toribio Ochoa, Tomás Mejía, Francisco Peña, Eugenio Olórtegui, Pasión Sánchez, Francisco Arévalo, Carlos Petroviz, José del Carmen Rodríguez, Antonio Mori, Juan José Vargas, Santiago Vela, Juan Guerra, Esteban del Aguila Rengifo, Juan José Alvarez. De Soritor, Isaac Noriega y de Calzada, Anselmo Navarro.&lt;br /&gt;De Rioja, en la batalla de Tarapacá, el subteniente Fructuoso Hernández, Emiliano Castillo, Tomás Castillo y José Reyes Beltrán. En San Juan, Julián Rodríguez, Fernando Sánchez, Bonifacio Rodríguez y Nicolás Reátegui. En Miraflores: los soldados Froilán Portocarrero y Gregorio Maldonado. En diversos combates, Eleodoro Mozombite, Inocente Hidalgo, Pedro C. Valera, David y Miguel Moncada, José Teronco y Teodoro Guerra. De Tarapoto, en San Francisco, los soldados Juan B: Jaña y Juan Rengifo. En diversos combate, los soldados Nicolás del Aguila, Dionicio Angulo, Domingo Arévalo, José de la Paz Sánchez Alonso, Juan Arévalo y Melchor Rubio.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El 9 de agosto de 1905, la Sociedad Unión Loretana, presidida por Leonardo Velázquez, autorizados por el Alcalde Cáceres, levanta en Iquitos, un monumento destinado a perennizar y honrar la memoria de los héroes amazónicos caídos en la infausta guerra del Pacifico.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-2614528625292344868?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/2614528625292344868/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=2614528625292344868' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2614528625292344868'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2614528625292344868'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2010/05/la-selva-en-la-guerra-con-chile.html' title='LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/TAcr_jLYPXI/AAAAAAAAAnQ/IADs7Z37hOI/s72-c/CE+Iquitos+3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-1294220444157952939</id><published>2009-09-01T06:50:00.000-07:00</published><updated>2009-09-01T06:52:43.931-07:00</updated><title type='text'>HONOR Y GLORIA</title><content type='html'>&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;Honor y gloria a los ciudadanos que hace setentisiete años hicieron flamear nuevamente la bandera en territorio ancestralmente peruano.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;GENESIS DEL RESCATE DE LETICIA &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La inspiración del movimiento y la gesta intelectual del rescate fue obra de los siguientes caballeros, que posteriormente conformaron la:&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;JUNTA PATRIOTICA DE LORETO &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oscar H. Ordóñez de la Haza. &lt;br /&gt;Guillermo Ponce de León. &lt;br /&gt;Pedro del Águila Hidalgo. &lt;br /&gt;Ignacio Morey Peña. &lt;br /&gt;Luis Arana Zumaeta. &lt;br /&gt;Manuel I. Morey.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Relación nominal de los 57 patriotas que tomaron posesión de Leticia el l de setiembre de 1,932. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;PROCEDENTES DE IQUITOS &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oscar H. Ordóñez de la Haza. &lt;br /&gt;Juan Francisco La Rosa. &lt;br /&gt;Pedro Mathews Soria. &lt;br /&gt;Roberto Zumaeta. &lt;br /&gt;Manuel Tapullima. &lt;br /&gt;Pedro Antonio Peña. &lt;br /&gt;Demetrio Sifuentes. &lt;br /&gt;Víctor Orbe Orbe. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;PROCEDENTES DE CABALLO COCHA &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arístides Lozano. &lt;br /&gt;Domingo Gárate. &lt;br /&gt;Leonidas Malafaya. &lt;br /&gt;Carlos Lozano. &lt;br /&gt;Enrique Sáenz. &lt;br /&gt;Teodorico Oyarce. &lt;br /&gt;Hernán Hernández. &lt;br /&gt;Andrés Jarama. &lt;br /&gt;Darío Olortegui. &lt;br /&gt;Felipe Acosta. &lt;br /&gt;Homero Rodríguez. &lt;br /&gt;Humberto Villacorta. &lt;br /&gt;Francisco Sáenz. &lt;br /&gt;Francisco N. Rasma. &lt;br /&gt;José Anahuanari. &lt;br /&gt;Emilio Pinedo. &lt;br /&gt;Antonio Tapayuri. &lt;br /&gt;Juan Ahuanari. &lt;br /&gt;Néstor Santillán.&lt;br /&gt;Elías Dávila.&lt;br /&gt;Francisco Franco.&lt;br /&gt;César García.&lt;br /&gt;Leoncio López.&lt;br /&gt;Manuel Matute.&lt;br /&gt;Francisco Pinedo del Águila.&lt;br /&gt;Eduardo Arimuya.&lt;br /&gt;Gerardo Malafaya.&lt;br /&gt;Anselmo Pereira.&lt;br /&gt;Miguel Vásquez.&lt;br /&gt;Pedro Dávila.&lt;br /&gt;Alejandro Vásquez.&lt;br /&gt;José Gabrielli Lucas.&lt;br /&gt;Juan Villacorta.&lt;br /&gt;Francisco Romero.&lt;br /&gt;Manuel Elespuru.&lt;br /&gt;Oscar Romero.&lt;br /&gt;José María Reyna.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;PROCEDENTES DE YAHUMA&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alejandro Gonzáles.&lt;br /&gt;Juan Panduro.&lt;br /&gt;Inocente Angulo.&lt;br /&gt;Antonio Carihuasi.&lt;br /&gt;Miguel Díaz.&lt;br /&gt;Marcial Vigo.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;PROCEDENTES DE TARMA &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alcibiades Silva. &lt;br /&gt;Doroteo del Castillo.&lt;br /&gt;Julián Hidalgo.&lt;br /&gt;Juan Alván.&lt;br /&gt;Enrique Hidalgo.&lt;br /&gt;Cristóbal Moreno.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-1294220444157952939?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/1294220444157952939/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=1294220444157952939' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1294220444157952939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1294220444157952939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2009/09/honor-y-gloria.html' title='HONOR Y GLORIA'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-4790194956255910777</id><published>2009-03-29T00:19:00.000-07:00</published><updated>2009-03-29T00:24:24.744-07:00</updated><title type='text'>Escenario del conflicto</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/Sc8haL1Lf2I/AAAAAAAAALw/ZaKQm-ecQ7E/s1600-h/mapa+conflicto+Per%C3%BA+Colombia.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 228px; height: 320px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_whcIeLvaPvo/Sc8haL1Lf2I/AAAAAAAAALw/ZaKQm-ecQ7E/s320/mapa+conflicto+Per%C3%BA+Colombia.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5318506418684002146" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuente:&lt;br /&gt;arqueohistoria.blogspot.com&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-4790194956255910777?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/4790194956255910777/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=4790194956255910777' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' 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colombiana inició la reconciliación con los parabienes que presentó uno de sus más destacados diplomáticos al nuevo mandatario de la nación. Fue correspondido con una invitación especial al palacio presidencial, que culminó con entrevistas a puertas cerradas, en las que determinaron, en trato directo, el destino de las tierras en disputa y la expatriación de miles de peruanos. &lt;br /&gt;Nuestros políticos y diplomáticos reanudaron con más énfasis sus discursos en elogio de sus ilusorios triunfos en la pugna por mantener el respeto de nuestra soberanía e integridad territorial, haciendo coro con los panegíricos de los nuevos áulicos y las alabanzas de los arribistas y serviles cortesanos, al magno esfuerzo y noble sacrificio del nuevo gobernante en pro de la paz...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...Y Leticia fue entregada nuevamente... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la luminosa acción de los que ofrendaron sus vidas, muchos trataron de esconder su incuria, su negligencia, su incapacidad... en esa brillante aureola procuraron ocultar la orfandad de sus acciones y la pobreza de su méritos. &lt;br /&gt;El ejército los proclamó sus héroes y los militares, orgullosamente, pregonaron sus nombres cantando la epopeya, como si hubiesen presenciado su sacrificio, como si hubieran comprendido su abnegación, como si no hubieran sido cómplices de su inútil inmolación. &lt;br /&gt;El hombre de la selva, el dueño de la montaña, el loretano, los consagró como símbolo de sus defraudadas esperanzas de rescate, como una nueva herida del alma, abierta más dolorosamente. &lt;br /&gt;Los nombres de los lejanos puestos donde cayeron, quedaron para la posteridad grabados con la sangre de aquellos ilusos abandonados a un sacrificio estéril, de aquellos que fueron abandonados por una extraña interpretación logística, en lugar de ser apoyados en la defensa de su suelo, como expresión de la voluntad de un pueblo, muriendo todos, como en una nueva Numancia, antes que permitir que la planta enemiga hollara nuestra tierra. &lt;br /&gt;Las trincheras de Gueppí, regadas con la sangre que salpicó sus fosos, hicieron germinar una nueva doctrina de regionalismo y peruanidad, para regar en los ámbitos, a través de todos los tiempos, como un clamor vindicatorio, el rugido de indignación y amenaza de sus defensores, entre el fragor del trueno y el fulgor de los relámpagos de las tempestades de la selva, vívido recuerdo del fuego que vomitaron los fusiles y la ametralladora con que se inmortalizaron Lores, Bartra, Reyes, protegiendo la retirada de su Compañía, que penosamente, llegó hasta allí, solo para ofrecer a un pueblo ansioso, a una Nación expectante, el sacrificio de esos titanes... &lt;br /&gt;La pugna profesional entre altos jefes, el interés político, hizo desoír la demanda de tropas, armas, municiones por las que estábamos clamando los expedicionarios. Bien lo sabía el Jefe del Comando de las Operaciones del Nor-oriente cuando dijo: &lt;br /&gt;“estamos satisfechos del comportamiento de nuestras tropas y oficiales... no se puede tener idea de las inmensas dificultades naturales que hay que vencer para realizar una campaña en la selva, las enormes distancias que hay que recorrer abriéndose paso por entre espeso monte, machete en mano, atravesando ríos y ciénagas a cada instante, donde el clima es inclemente y las fiebres son inevitables...” &lt;br /&gt;¡No!... No podía tener idea porque nunca vio la selva a no ser desde un avión... ¡Nosotros éramos dueños de ella, pero no teníamos armas, caminábamos por ella, pero no teníamos alimentos, nosotros estábamos luchando contra las fiebres, pero no teníamos medicinas! &lt;br /&gt;Mientras tanto, nuestros políticos trataban de sostener a sus caudillos para no perder el poder, nuestros generales deliberaban y discutían para decidirse a cual de ellos apoyar, nuestros diplomáticos, envueltos en las redes dialécticas de la intangibilidad de los tratados, incorporaban una nueva semántica para el honor nacional... Fueron incapaces de comprender el fervor regional loretano, no se atrevieron a respaldar el clamor de un pueblo despojado, desoyeron la ansiedad del nativo de recobrar su nacionalidad. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...¡Y Leticia fue entregada nuevamente!... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y cuando un oficial loretano que había estado en Leticia, que había visto la realidad de nuestro abandono, que había presentido el final de la mascarada, se alzó en armas contra esa nueva entrega, lo acusaron de traidor a la patria... ¡lo llamaron loco!.., como locos llamaron a los que lo secundaron... como locos debieron llamarnos a todos los que soñamos que Leticia volvería a ser peruana. &lt;br /&gt;Tejedo quiso hacer acción la protesta que nuevamente estaba conteniéndose en todas las gargantas, presintió, como muchos presentimos, que nuevamente seríamos traicionados; conocía como muchos, “la historia sociológica y política de su patria”... Por eso tuvo, al ser juzgado, la entereza y claridad que da la desesperación, ante el fracaso de una causa justa, de lanzar ante sus jueces, frases acusatorias al proceder del gobierno y afirmó que Leticia sería nuevamente entregada a Colombia... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...¡Y Leticia fue entregada... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus jueces, endurecidos en la disciplina de cuartel, ofuscados por un equivocado concepto de honor militar, desviados por su particular entender del amor a la patria, fueron incapaces de comprender la mentalidad de Tejedo, la magnitud del amor a su tierra, su idiosincrasia de hombre de la selva, el tácito sacrificio de su carrera en aras de su regionalismo... y lo condenaron, igual que a los once clases que le acompañaron, por ... TRAICION A LA PATRIA... &lt;br /&gt;¿Pudo haber jamás mayor absurdo? &lt;br /&gt;Ellos, igual que los que cayeron en Gueppí, defendían la misma causa, era el rescate de su tierra su ideal, era Leticia su símbolo, era el sentimiento de la integridad de la patria lo que los impulsó... pero, a unos los ensalzaron y a otros los infamaron, a unos los llamaron héroes y a otros traidores a la patria... traidores a esa patria, que si pudiera hablar, pregonaría el grandioso valor, la cabal dimensión patriótica de su gesto... los reivindicaría para justicia y honor nacional... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;...Pues Leticia... ¡fue entregada nuevamente!... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los militares volvieron a sus cuarteles a ufanarse de la campaña y a esperar los aniversarios de la inmolación para festejarlos, volvieron a lucir sus brillantes uniformes en pomposos desfiles y a ejercitarse para ilusorias campañas... ¡Ya nada teníamos que perder! &lt;br /&gt;El festín parecía terminado; los vecinos, todos, ya tenían su parte de suelo peruano... conquistado... arrebatado... cedido... ¡qué importaba!... Lentamente había ido disminuyendo nuestro inmenso territorio, heredad de los mayores, legado de la historia. ...Palabras, tratados, sangre... llenaron su lugar en sus páginas, tornando en recuerdo la visión de un Perú grande en extensión... porque nunca tuvimos habilidad para convencer, poder para vencer, ni armas para defender nuestros argumentos. &lt;br /&gt;Los Caínes se llevaron casi la quinta parte de los territorios y crecieron a expensas del Abel sudamericano y nuestros políticos, nuestros militares, nuestros diplomáticos seguían agasajándolos... rindiéndoles entusiasmados homenajes... abriéndoles todas las puertas... olvidando ¡increíblemente!... que uno de esos Caínes saqueó nuestra riqueza, destrozó nuestras reliquias, quemó nuestros altares, mató a sus padres, mató a sus hermanos... violó a sus mujeres...&lt;br /&gt;...¡Y los llamaban hermanos!... &lt;br /&gt;Seguíamos confiados, como siempre desunidos, cada quien tratando de empinarse, aunque fuera aplastando a los demás; expuestos a la traición que genera la envidia o el ansia de llegar al poder; seguíamos desarmados para amparar nuestros derechos, pues, las pocas armas que siempre tuvimos, solo sirvieron para hacer revoluciones, para sostener dictaduras, para sojuzgar al pueblo...&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;¡Por eso, Leticia fue entregada nuevamente!...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-3994958538192570893?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/3994958538192570893/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=3994958538192570893' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3994958538192570893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3994958538192570893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/10/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_17.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-3701899489257912146</id><published>2008-10-12T21:28:00.000-07:00</published><updated>2008-10-12T21:34:34.298-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXIX&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado. &lt;br /&gt;La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios. &lt;br /&gt;Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas... &lt;br /&gt;Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra? &lt;br /&gt;Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!... &lt;br /&gt;Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir... &lt;br /&gt;Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha. &lt;br /&gt;Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres. &lt;br /&gt;Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación. &lt;br /&gt;No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos. &lt;br /&gt;Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios. &lt;br /&gt;Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza. &lt;br /&gt;Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato. &lt;br /&gt;Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar. &lt;br /&gt;Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava. &lt;br /&gt;Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó: &lt;br /&gt;- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar! &lt;br /&gt;Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo. &lt;br /&gt;Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?... &lt;br /&gt;Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad. &lt;br /&gt;El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay. &lt;br /&gt;Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo... &lt;br /&gt;Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar. &lt;br /&gt;Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado. &lt;br /&gt;Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva. &lt;br /&gt;Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago. &lt;br /&gt;Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo: &lt;br /&gt;- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!... &lt;br /&gt;Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero volvamos a lo nuestro. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo: &lt;br /&gt;- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”. &lt;br /&gt;- A la orden, mi comandante - le contesté. &lt;br /&gt;Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente. &lt;br /&gt;- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle: &lt;br /&gt;- ¡Gracias, mi comandante! -  y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí: &lt;br /&gt;- ¡Permiso, mi comandante! &lt;br /&gt;Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo... &lt;br /&gt;Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre. &lt;br /&gt;Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse. &lt;br /&gt;Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco. &lt;br /&gt;- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor. &lt;br /&gt;- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor. &lt;br /&gt;- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó. &lt;br /&gt;Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas. &lt;br /&gt;Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo: &lt;br /&gt;- ¡Ahí viene el mayor! &lt;br /&gt;- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro... &lt;br /&gt;El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega... &lt;br /&gt;¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-3701899489257912146?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/3701899489257912146/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=3701899489257912146' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3701899489257912146'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3701899489257912146'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/10/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_12.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-2824519344261087251</id><published>2008-10-06T14:16:00.000-07:00</published><updated>2008-10-06T14:21:51.156-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXVIII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras nosotros, casi resignadamente, abandonábamos Leticia por disposición de la Comisión Internacional y las tropas colombianas se posesionaban de ella, en Iquitos, un grito de rebelión levantó en armas a un puñado de clases y tropa. Esa rebelión fue encabezada por un loretano, el subteniente Hildebrando Tejedo Monteza. &lt;br /&gt;También él estuvo en Leticia; pudo ver sus precarias fortificaciones, la deplorable preparación de los reclutas, los limitados recursos estratégicos, la falta de atención a las demandas de armamento y material del Comando del Nor-oriente y presintió, igual que muchos de nosotros, lo que iría a ocurrir como consecuencia de una increíble indecisión, de una falsa posición de armonía continental del nuevo gobierno, que debilitaba las gestiones y arreglos diplomáticos, que acabaría por hacernos aparecer como agresores. &lt;br /&gt;No dijo nada a nadie, probablemente porque juzgó que no era el momento oportuno ni menos el sitio adecuado para lanzar el grito de protesta, pues no habría conseguido mas que crear confusión y desconcierto en quienes estaban lejos de la realidad, ajenos a la magnitud de la tragedia que se estaba incubando y hubieran tomado su actitud como un vulgar motín, como una subversión dentro del Agrupamiento, desfigurando el profundo sentido patriótico del levantamiento. &lt;br /&gt;Yo conocí a Tejedo mucho antes de que fuera militar, cuando quizá ni lo pensaba; era un muchacho como cualquier otro, en la escuelita, entre los muchachos del barrio, en los juegos de ladrones y celadores, en los partidos de fútbol al último gol... nunca pretendía ser el líder, el cabecilla o el guapo, pero, en ciertas oportunidades saltaba un detalle de su personalidad que lo hacía sobresalir entre los demás. Bécquer y Espronceda, cuya lectura era motivo de bromas de algunos de sus infantiles amigos, le daban a veces expresiones de romanticismo y repentinas explosiones de ardor e impetuosidad. Cuando alguna vez recitaba los versos de uno u otro, algunos le escuchábamos con atención, otros ni caso le hacían, pero a él le daba igual, pues parecía que sólo lo hiciera para su propia satisfacción. &lt;br /&gt;Cuando murió su abuelita todo el barrio hizo el cortejo al cementerio, él estaba entre los familiares arrastrando el duelo; en el momento en que los enterradores se disponían a introducir el ataúd, de repente se le vio empinado al lado de el, sobre el banco que lo sostenía, con las manos levantadas pidiendo atención. Era el tiempo en que las plañideras, espontáneas o pagadas, hacían el coro de los lamentos, a ellas iba dirigido el ademán; fueron callando poco a poco y cuando solo se oían leves gimoteos, empezó a hablar improvisando una oración fúnebre, a la mitad de la cual ya no fueron las plañideras las que lloraban, sino la mayoría de los presentes. Así era Tejedo. &lt;br /&gt;Se marchó en busca de porvenir y casi lo había olvidado, hasta que lo vi en Leticia, luciendo los galones de subteniente al pie de los Schneider. &lt;br /&gt;Seguramente cuando se dio cuenta de la desviación de las gestiones diplomáticas y de la farsa que se estaba gestando, que significaba el fracaso de nuestra campaña; sin un plan preconcebido, posiblemente para madurarlo, solicitó licencia para trasladarse a Iquitos, simulando enfermedad. El médico que lo vio lo encontró sano y se lo negó, insistió con Scavino y lo consiguió. &lt;br /&gt;Ya en Iquitos hizo los contactos, con mucha precipitación, con el propósito de anticiparse a la entrega de Leticia a la Comisión Internacional, pero no lo consiguió. &lt;br /&gt;El 23 de junio fue entregada Leticia y el 28, Tejedo se levantó en armas. &lt;br /&gt;La noticia del levantamiento nos llegó vaga e incompleta, pero a medida que pasaron los días fuimos enterándonos de los detalles de cómo se desarrolló, cómo no pudo tener éxito debido a la resistencia de la Base Aérea y de la Base Naval, cómo fue dominado y cómo fueron apresados los insurgentes y sometidos a una Corte Marcial. &lt;br /&gt;El fracaso del levantamiento se debió a la falta de enlace con los elementos de la Marina y de la Aviación, cuya adhesión habría sido mas que probable, pero que la premura no hizo posible y mas que todo a la falta de conocimiento por parte de la ciudadanía, de los motivos del pronunciamiento, lo que, posiblemente, fue causa de la indecisión para prestarle apoyo. Creyendo su mejor aliada la sorpresa, Tejedo, los clases y soldados que lo secundaron, sorprendieron a la guardia del cuartel Ramón Castila, sublevaron a clases y tropa del Batallón Mixto Nº 25, a la Batería de Artillería Nº 3, apresaron a los jefes y oficiales de ambas unidades y a los que estaban en el Casino Militar, se posesionaron del arsenal, tomaron la Oficina Radiotelegráfica y la Sub-Intendencia de Guerra y se dirigieron a la Base Aérea y Naval con el fin de poner a sus efectivos de su parte, pero se encontraron con una seria resistencia, que los jefes de ambas bases habían organizado. &lt;br /&gt;Si Tejedo hubiera empleado toda la fuerza militar que había sublevado, sin duda habría tomado ambas bases, pero con gran derramamiento de sangre, pues los efectivos que las defendían eran insignificantes; la intención fue arrastrarlos a su causa y aquí es donde se hizo evidente la falta de contactos con los elementos de dichos cuerpos. Es que Tejedo, solo, había gestado la sublevación... &lt;br /&gt;Es notable que pese al volumen de las tropas sublevadas al mando de Tejedo, en el enfrentamiento con las fuerzas de resistencia no hubiera más que un muerto y éste mismo, civil: Rodolfo Pérez Ruiz. Aparte de éste, fueron heridos cinco militares de la Base Aérea: el comandante Jorge Alva Saldaña, el teniente de sanidad Ángel Cuba, el sub-oficial de aviación Carlos García Barriga, los demás fueron: un marinero de segunda, Miguel Rengifo Murrieta, un soldado de los suyos, Gregorio Tecse, y los civiles Luís Beltrán y Juan de Dios Guzmán. &lt;br /&gt;Dominada la revuelta el juzgamiento no se hizo esperar; 9 días después se reunió la Corte Marcial. Fueron 23 los principales acusados: Tejedo y los subtenientes Julián Chávez Ampuero, Fabio Cuadros Falcón y Roberto Marquina Romero, cuatro sargentos primeros, ocho sargentos segundos, cinco cabos y dos soldados. &lt;br /&gt;Durante el juicio, las declaraciones de los acusados, todas coincidieron en que actuaron inspirados por un ideal patriótico: protestar por la entrega de Leticia a Colombia e impulsados por el sentimiento y el ejemplo de Tejedo, cuya resolución era sacrificarlo todo, incluso la vida si era del caso, antes de ver perdida definitivamente a Leticia. &lt;br /&gt;Tejedo, como cabecilla del levantamiento fue el más exigido en sus declaraciones y sobre el recayó todo el peso de los cargos que se le atribuyeron, con el evidente propósito de desfigurar la causa y el sentido del movimiento. Tendenciosamente se le acusó de haber provocado el alzamiento con intenciones separatistas, para crear un estado independiente, del que, como caudillo, asumiría el mando de gobierno; se le acusó de haber divulgado la falsa afirmación de que el Gobierno vendería nuevamente Leticia a Colombia por 2 millones de soles; respecto a su personalidad, se le atribuyó anormalidad, pésimos antecedentes, mala conducta, arrestos y prisión durante su carrera militar. &lt;br /&gt;En la imposibilidad de exhibir  su hoja de servicios por no encontrarse en la Comandancia de la V División, entregó su Libreta Militar de la División Superior de la Escuela Militar de Chorrillos y pidió que se diera lectura a las notas de concepto en ella contenidas, pero no fue escuchado. &lt;br /&gt;En el curso de sus declaraciones sus expresiones fueron duras y mordaces refiriéndose al sistema político del gobierno y del país, muchas de las cuales fueron rechazadas y silenciadas enérgicamente por el Presidente de la Corte Marcial, el comandante Oscar L. Torres, porque “no podía permitir en ese ambiente afirmaciones de esa naturaleza”. &lt;br /&gt;El Ministerio Fiscal, representado por el mayor Tomás Acha, después de describir en su acusación el levantamiento, como fruto de la perversión de sus autores, cuya trascendencia pudo tener “funestas consecuencias e incalculables proporciones en daño a la nación”, acusó a Tejedo como principal instigador y responsable del movimiento, que calificó de traición a la patria y pidió le fuera aplicada la pena de muerte y para los coautores y demás participantes en el levantamiento la pena de prisión en distintos grados... &lt;br /&gt;La defensa de Tejedo, asumida por el teniente de la Armada, Federico del Águila, fue débil: trató sólo de restar a la acusación las condiciones estipuladas por la ley para considerar la acción de Tejedo como traición a la Patria y de que fuera tomada solo como una simple rebelión, merecedora, cuando más, de una sanción de uno a dos años de prisión. &lt;br /&gt;La defensa de los clases y soldados, a cargo del capitán Colina fue más emotiva e impresionó al público asistente. Calificó de “seudo delito” el que se les imputaba y afirmó que esa actitud fue una “explosión de patriotismo”, el “reflejo del espíritu patriótico del pueblo de Loreto” y concluyó pidiendo se considerara exento de responsabilidad militar a sus defendidos. &lt;br /&gt;Cuando habló el sargento primero Villafuerte, en voz emocionada afirmó que había tomado parte en el movimiento inspirado en el más puro sentimiento patriótico,porque sintió el deber de impedir la entrega de Leticia; que había venido de la costa del país, abandonando a su madre, lo único que le quedaba de su hogar, para defender el rescate de la tierra de sus hermanos, pero que, por desgracia, no solamente ya no podía defenderla, sino que sentía el temor de que ese suelo nacional se perdiera definitivamente. &lt;br /&gt;Pero la Corte Marcial fue ciega y sorda, no fue humana ni justa; no quiso mirar ni escuchar el sentimiento patriótico herido, solo vio al soldado que debe sujetarse a las órdenes con sumisión; no pensó en el suelo patrio cercenado, sino en el honor del ejército mancillado; no alcanzó a ver la grandeza de quien lo sacrifica todo en defensa de la tierra que le vio nacer, solo sintió la vergüenza del militar que ve manchado su uniforme... y quiso ser ejemplar en su sanción, llenar de baldón a quienes nacidos en remotas regiones de la Patria, vinieron a unirse en un solo sentimiento de sacrificio en defensa de una parte olvidada de ella, con el patriotismo puro que muchos fueron incapaces de sentir y ni siquiera comprender... y los de esa Corte Marcial, ciegos y sordos, cerrando los ojos y taponándose los oídos los condenaron, para meses más tarde recibir la más afrentosa bofetada de su vida... la entrega de Leticia, por cuya defensa condenaron a verdaderos patriotas por traición a la patria... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subteniente Hildebrando Tejedo Monteza, &lt;br /&gt;Iquitos. 20 años. &lt;br /&gt;Sargento 1º Luís H. Chanduví, &lt;br /&gt;Chiclayo. 15 años. &lt;br /&gt;Sargento 1º Francisco Torres Alvarado, &lt;br /&gt;Piura. 15 años. &lt;br /&gt;Sargento 1º Fidel García Revollé, &lt;br /&gt;Callao. 13 años. &lt;br /&gt;Sargento 1º Alberto Novoa Parodi, &lt;br /&gt;Puno. 10 años. &lt;br /&gt;Sargento 1º Pedro Villafuerte Girón, &lt;br /&gt;Callao. 8 años. &lt;br /&gt;Sargento 2º Carlos Rondón García, &lt;br /&gt;Arequipa. 7 años. &lt;br /&gt;Sargento 2º César Llerena Rodríguez &lt;br /&gt;Arequipa. 7 años. &lt;br /&gt;Sargento 2º Félix Portal Navarro, &lt;br /&gt;Lima. 6 años. &lt;br /&gt;Cabo Luís Montoya Molleda, &lt;br /&gt;Ica. 1 año. &lt;br /&gt;Soldado Modesto Espinoza Jiménez, &lt;br /&gt;Tumbes. 3 años. &lt;br /&gt;Soldado Julio Tovar, &lt;br /&gt;Lima. 1 año. &lt;br /&gt;El público que concurrió al juicio parecía no salir de su asombro y el resto de la población, muy tarde empezó a comprender el verdadero motivo de la precipitación para juzgar a los supuestos culpables de traición a la patria... &lt;br /&gt;Un mes antes se había publicado el texto de los arreglos del problema internacional de Leticia, que fue firmado por los delegados del Perú y Colombia, cuyo artículo 2º establecía tácitamente que el tratado de limites de 1922, ratificado en 1928, no podía ser modificado ni afectado, salvo mutuo acuerdo de las partes y en los términos que el artículo 7º estipulaba, uno de los cuales rechazaba tajantemente el uso de la guerra o de la fuerza para resolver la controversia. Lo demás nos envolvía en dudas, con una sola conclusión positiva: nuestra causa estaba perdida; porque era infantil, por decir lo menos, pensar que Colombia estuviera de acuerdo en revisar el tratado Salomón - Lozano y en consecuencia, Leticia, vendida, cedida, o como fuera, no volvería a ser peruana. &lt;br /&gt;Pero entonces, si Tejedo y los que lo acompañaron estaban defendiendo la posesión de Leticia y oponiéndose a un arreglo lesivo a los intereses de la patria, si habían convertido en acción armada el sentimiento de todo un pueblo, si habían tratado de impedir una afrenta nacional... tenían toda la razón... ¿Por qué el Fiscal los acusó de traición a la patria?... ¿Acaso Leticia, Loreto, no eran parte de la patria?... ¿Acaso protestar, rebelarse, pelear por un agravio a la patria era hacerle traición?... ¡La traición estaba en otra parte!... la mentira estaba en marcha... la nación estaba manejada por intereses subalternos y por hombres sin autoridad cívica... porque los diplomáticos seguían diciendo: “... en todo momento nuestra preocupación ha sido el mantenimiento de los derechos y la suerte de nuestros compatriotas en esa región tan cercana al corazón del Perú  (¿se refería eufemísticamente a Lima... o a Loreto?)  cuya prosperidad encierra el porvenir nacional”... “el arreglo deja abiertas las puertas de la conciliación con Colombia para el acuerdo fundamental y definitivo que se desarrollará más tarde en un ambiente de paz, de buena voluntad y de confianza con nuestro objetivo de satisfacer las justas aspiraciones de Loreto”... “Deja abiertas también de par en par, las puertas de la Justicia Internacional, hacia el Tribunal más respetable que existe, ante cuyas funciones se inclinan las más grandes potencias del mundo”... “Conjuramos a todo el pueblo loretano a unirse con el resto del Perú en el nuevo programa de orden y tranquilidad y poner toda su confianza en el futuro”... “La civilización del mundo y el Derecho Internacional nos imponen seguir esa conducta para honor de nuestra Patria”... “Puede Loreto estar persuadido de que hoy en adelante nuestra visión de la grandeza peruana se vinculará a la integridad y al desarrollo de las regiones trasandinas, principalmente amazónicas, en las que se asentará el Perú rico, poderoso y feliz de las nuevas generaciones”... &lt;br /&gt;Posteriormente el general Sarmiento en declaraciones a órganos periodísticos decía que los arreglos con Colombia habían sido bien recibidos en Loreto y que todo el &lt;br /&gt;pueblo tenía fe ciega en que el presidente Benavides llegaría a un arreglo con Colombia, honroso para el país y que la cesación de las hostilidades había sido un rotundo triunfo suyo (de Benavides). Agregaba, como anticipándose a una pregunta sobre la razón de la rebelión de Tejedo, que había sido un movimiento sin importancia ni alcances políticos, que no había tenido como motivo el arreglo con Colombia, ni había sido Leticia su símbolo, “un descabellado motín, obra de un anormal, de un individuo que ha sufrido arrestos por diversas causas y salió de la prisión para ser mandado al oriente; allí lo encontré y lo mandé al frente, pero no pudo llegar porque se enfermó en el camino”... “no encontró eco sino en dos o tres clases tan anormales como el instigador, tuvo franco rechazo y condenación severísima y absoluta, tanto en el ejército en Loreto, como en la totalidad de sus habitantes”... &lt;br /&gt;Pero una carta del coronel Víctor Ramos, publicada en “El Comercio”, de Lima, descorrió levemente los entretelones de una controversia intestina en el Comando de las Operaciones del Nor-oriente, algo del pus, de que nos habla Gonzáles Prada, uno de cuyos párrafos no necesita comentario: “... Usted me dice que hay que tratar sin contemplaciones a todos los ladrones, cobardes, traidores y desertores. Así debe ser, pero a TODOS, hay que agregar MUCHOS MAS; a los farsantes, a los arribistas, a los vivos. Estoy, pues, en perfecto acuerdo con Usted...” &lt;br /&gt;¡Ese es nuestro Perú!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-2824519344261087251?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/2824519344261087251/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=2824519344261087251' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2824519344261087251'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2824519344261087251'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/10/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_06.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-5050585304969109550</id><published>2008-10-03T14:54:00.000-07:00</published><updated>2008-10-03T14:55:53.497-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXVII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;El crucero “Huallaga” entró lentamente por el “caño” hasta el puerto de Caballo Cocha; el saliente sol iluminando la ribera anunciaba un buen día; casi todos los pasajeros hacía rato que estaban despiertos, muchos no habían dormido porque el ansiado regreso que se estaba comenzando impulsaba a la alegría y a la comunicación; tampoco faltaron tragos que hicieron más bulliciosa la velada y aunque algunos dormilones protestaron, la presencia de los clases en los corrillos los contuvo. &lt;br /&gt;El puerto estaba desierto. O todos en el pueblo estaban dormidos o nadie daba importancia al acontecimiento y aunque no es extraño encontrar esa actitud desaprensiva en los pobladores de la selva, que solo es fruto de su sencillez y falta de confianza por tantos engaños sufridos, aquella vez, que todo un batallón llegaba en un crucero para acuartelarse en la ciudad, esperaba por lo menos curiosidad, ya que no el entusiasmo de cuando íbamos en busca de cargueros. Quizá ya sentían lo mismo que nosotros, quizá ya estaban preguntando por qué no regresaron tantos de los que de allí habían partido, quizá ya se habrían enterado que murieron inútilmente... &lt;br /&gt;Encostó el barco e inmediatamente desembarcaron algunos oficiales y clases para determinar la ubicación de las casas que habían de servir de cuarteles. Cuando regresaron, como media hora después, ya estaban abiertas las bodegas y la tropa lista para empezar la conducción de los bultos que constituían la impedimenta; toda la mañana nos la pasamos en un constante subir y bajar la cuesta, acarreándolos, lo que concluyó al mediodía, cuando todos quedamos instalados. &lt;br /&gt;Aunque yo estaba entre el personal de la Comandancia, solo era en condición de destacado, seguía perteneciendo a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19, en ella pasaba rancho y lista de mañana y noche, en consecuencia seguíamos juntos Juan José, Eleazar, Acosta y Lozano; además, Sifuentes, Oyarce y Saavedra Capillo, aunque estaban en el cuerpo de Sanidad, que ocupaba otro local, ellos o nosotros lográbamos establecer contacto. Por otra parte, lo aparentemente transitorio de nuestra permanencia hacía que el alto Comando del Agrupamiento, reducido al comandante Calderón y su Jefe de Estado Mayor, Vásquez Caicedo, tuviera poca actividad y mucha menos el personal subalterno, dejándome todo el tiempo libre. &lt;br /&gt;El día siguiente fue el de San Juan, clásica fiesta regional, cuya característica especial, aparte de los “shuntos”, hogueras que se hacen en los patios de las casas, por sobre las cuales saltan los enamorados con las manos enlazadas, es la confección de un plato típico: el “juane”... ¡los sabrosos juanes!... que con su pálida y granulada faz son el manjar central de todas las mesas. Alejado de mi hogar no pensé tener el placer de saborearlo, pero muy temprano, tuve la grata sorpresa de ver aparecer a Oyarce, quien, desairando el insípido té de la paila, me invitó a su casa, donde encontré preparado un suculento desayuno, muy de mi gusto: un sabroso juane, una taza de aromático café y plátanos asados en las brasas. ¿Habrá algo más delicioso en el día de San Juan para un hijo de la selva?... &lt;br /&gt;Pero las sorpresas continuaron: cerca de las 11 de la mañana fui en busca de Saavedra Capillo a cierta casa de familia y encontré reunidos en ella, alrededor de una mesa y bebiendo un generoso aperitivo a un grupo de “los 7 amigos del 19”, que habían sido invitados al almuerzo, quienes al verme celebraron con ruidosas carcajadas mi intuición, pues Sifuentes ya había salido en mi busca. &lt;br /&gt;Lo curioso del caso fue, aparte de que la invitación era exclusiva, que el convite no era precisamente en la casa donde se estaban tomando los tragos, sino en otra, que para ir a ella, no lo hicimos como comúnmente se hace, por la calle y entrando por la puerta. Guiados por Teodorico, nos introdujimos a la huerta de la casa en que estábamos, pasamos a otras huertas, transponiendo unas veces y rompiendo otras los cercos, hasta Dios sabe dónde... el final fue que entrando por una huerta a una amplia cocina encontramos lo que nos esperaba: una bien servida mesa, con los juanes en el centro, en medio de un confuso montón de hojas de bijao*, como es de ritual. Luego de los saludos y cortesías del caso, ya mismo nos invitaron a sentarnos a la mesa; la familia que invitó comprobó ser experta en la preparación del típico plato: la masa se deshacía en la boca y dejaba saborear con deliciosa discreción, todos los ingredientes que contribuyen a hacerlo el plato regional por excelencia. Como bebida, había para escoger entre vino y chicha, que sin preferencia son licores obligados según el paladar y gusto. &lt;br /&gt;Fue un banquete inolvidable, tanto por la calidad del manjar, como por la gentil atención que nos brindó la familia Malaverry. &lt;br /&gt;El regreso lo hicimos en la misma forma y me hubiera visto en un aprieto si alguien me hubiese pedido que señalara la casa donde tan finamente fuimos atendidos. &lt;br /&gt;Dos días después llegó el “Alberto” de Ramón Castilla en viaje a Iquitos; encostó brevemente, al parecer sólo para recibir documentos del Comando y siguió su rumbo. Llevaba el resto del batallón evacuado de la frontera. &lt;br /&gt;Nosotros seguimos en el pueblo, cada día más aburridos; sufrimos un chasco regularcito con el traslado; solo faltaba que a los jefes se les hubiera ocurrido hacer trincheras para pasar el tiempo. Por lo que a mi tocaba, mi destaque al Comando subsistía y me daba amplia libertad y completa inactividad; no había viajes, ni comisiones, ni formaciones; en el día permanecía en la Comandancia simplemente porque no tenía otra alternativa, pero en mi Compañía empezaron a cargar con los ejercicios, a los que mis amigos tenían que sujetarse, motivo por el que no podía contar con ellos para distraer el aburrimiento. &lt;br /&gt;El comandante estaba siempre solo, absorto y silencioso, sentado frente a un escritorio o paseando lentamente de un lado al otro de la habitación, con la cabeza inclinada y aire de abatimiento; quien se encargaba de dar órdenes y dictar disposiciones era el Jefe de Estado Mayor. &lt;br /&gt;En cuanto a los demás oficiales, paraban solo en la calle, estorbando en todas partes; salíamos a pasear y a la vuelta de cada esquina se tropezaba con uno de ellos, oteando el horizonte con atención de explorador, nuestra presencia les molestaba, de manera que había que saludar y desaparecer; estaban al acecho de las chicas y no daban con la estrategia que debían emplear para atraerlas y captar su atención; algunos ya mostraban despecho porque habían sido rechazados por sus impertinencias, pero, como buenos militares, se mantenían firmes y frescos, ponían cara dura e insistían. &lt;br /&gt;Para la tropa muchas esperanzas y pocas realidades; estábamos peor que en Ramón Castilla; allá, ni guardias, ni ejercicios ni clases que molestaran, en Caballo Cocha volvieron a aparecer los cabos -porque los sargentos, conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos delegaron sus funciones en los cabos, haciéndoles sentirse en su elemento- de modo que tenían que andar con tiento y buenas maneras con ellos: sólo salían de franco a la calle los que habían caído en su gracia, los demás tenían que hacer de imaginaria o ponerse a dormir aunque no tuvieran sueño -mientras estuviera presente- pues, en cuanto volvía la espalda, por la puerta o por la huerta, salían cuantos se atrevían, con riesgo de ser castigados. &lt;br /&gt;Tampoco quedaba el recurso de hacer vida social, porque, como enviado por el diablo aparecía un oficial y el soldado tenía que salir disparado. Tratándose de chicas, eran como el perro del hortelano... los malditos no eran capaces de dejar correr el agua que no podían beber... &lt;br /&gt;A pesar de este adverso ambiente, festejando el afortunado regreso de Dositeo, lo que equivale a decir que volvió sano y salvo, organizamos un baile, exclusivo para soldados y marineros, pues dos altos representantes de nuestra Armada fueron incorporados a nuestro grupo: Manuel Chávez y Manuel Clavero -hijo éste del héroe del Caquetá- maquinista el uno y del cuerpo de transmisiones el otro. &lt;br /&gt;Como a las 9 de la noche lo iniciamos con gran animación; dos guitarras, dos cantores, un ramillete de chicas muy atractivas y muchas botellas dieron realce a nuestra fiesta, lo que atrajo a la puerta muchos mirones. Nos divertíamos en grande cuando entre los mirones se metieron dos oficiales, los soldados al tenerlos cerca fueron desapareciendo uno a uno, pero nosotros hacíamos como si no los viéramos; llegaron dos mas y con ese refuerzo se atrevieron a entrar al salón, dejamos de bailar y nos arrinconamos; como la música seguía pretendieron bailar... pero la música paró de repente y los músicos hicieron como que fueran a marcharse, los oficiales se les acercaron y en la forma más amable, pues no podían hacerlo de otra manera porque eran civiles, les pidieron que siguieran tocando, se negaron alegando que tenían otro compromiso, les ofrecieron dinero, no aceptaron y se mandaron mudar... &lt;br /&gt;Mientras tanto las chicas, metiéndose una a una a las habitaciones interiores, desaparecieron y cuando los oficiales se volvieron se encontraron con puros machos, nos miraron con rencor y uno de ellos preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué pasó con las chicas? &lt;br /&gt;- Regresaron a sus casas. &lt;br /&gt;- ¡Qué chunchas!... Parece que nos tuvieron miedo. &lt;br /&gt;Y sin atreverse a más se largaron dejándonos libre el campo, pero la fiesta interrumpida. También nosotros, desilusionados por el contraste nos disponíamos a retirarnos, cuando llegaron Chaparro y Encinas, quienes, también en tragos, al enterarse de nuestro problema, fueron en busca de los músicos, los que solo por una instintiva repulsión a los entrometidos, habían suspendido la música y como no estaban lejos, volvieron con ellos y de nuevo arrancaron a tocar. Las chicas reaparecieron y reanudamos la fiesta con mayor animación. &lt;br /&gt;A Piñeiro el viaje le sirvió para recobrar la serenidad y no tomar las cosas a la tremenda, pero el ambiente y la presencia de las chicas contribuyó a perturbarlo de nuevo: olvidando el peligro de un nuevo fracaso amoroso, se pegó a una de ellas, abandonándose a su suerte... confesando al final que estaba enamorado... ¡Otra vez!... Había que desearle más fortuna al incauto y enamoradizo Casanova. &lt;br /&gt;La “Luella”, de retorno definitivo a Iquitos nos trajo noticias desalentadoras... El “Shapra” Martínez, su maquinista, nos contó que una bandera extraña estaba flameando en Leticia, que las cañoneras colombianas estaban acoderadas al puerto, que uno de sus transportes había desembarcado tropas y otro, también con destino a Leticia, estaba en Esperanza, un puerto brasileño cercano. &lt;br /&gt;Nosotros también estuvimos en Esperanza como insignificantes peleles... ¿Qué otra cosa podíamos hacer?... ¡Estuvimos en Esperanza, llegamos a desencanto para por fin, quedarnos en ridículo... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BIJAO*.- Hoja de una planta silvestre del mismo nombre. En ellas, se envuelve la masa del “juane” para sancocharlo, lo que le da un sabor especial e inconfundible.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-5050585304969109550?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/5050585304969109550/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=5050585304969109550' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5050585304969109550'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/5050585304969109550'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/10/el-rescate-de-leticia-novela-de-una.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-4819481326343789092</id><published>2008-09-29T22:29:00.000-07:00</published><updated>2008-09-29T22:34:34.795-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;¡Y cayó!... ¡Con todo el mástil!... &lt;br /&gt;Aquello de “esta bandera no se arriará jamás”, bastó que desapareciera Sánchez Cerro para que en las altas esferas oficiales empezaran a hacer todo lo posible para que lo olvidáramos; aunque nosotros, ingenuamente, seguíamos creyendo que no iría a caer... y seguíamos peleando en Calderón, Yabuyanos, Puca Urco... ¡Qué broma! &lt;br /&gt;Fue en la noche cuando la hicieron caer, esperando el mayor silencio y la más grande oscuridad, como avergonzados o asustados de lo que iban a presenciar, pero nosotros lo vimos todo sin mucho esfuerzo; quisieron estar solos, quizá para solos ser los que arrastraran el peso de tan amargo recuerdo; pero el soldado no duerme, el loretano tiene un sexto sentido que le ha desarrollado la agresividad de la selva... y estuvimos presentes mas de los que se hubiera supuesto. &lt;br /&gt;Calderón miraba inmóvil y silencioso como una estatua; Ferruzo, siempre cubierta su cabeza orlada de nieve, con su arrugada cristina, se paseaba impaciente y nervioso, como en espera de algo que tarda en llegar; los primeros Arbulú y Dávila, como siempre juntos, el uno, como de costumbre, con una mano en el bolsillo y con la otra jugando con el silbato que le sirve para llamar a la formación, el otro, como era su hábito, pulcramente vestido, como si estuviera yendo a una fiesta o volviendo de ella; muchos soldados y algunos de “los 7 amigos del 19” mirando de lejos, estos últimos tratando de no ser reconocidos. &lt;br /&gt;¿Cómo se supo que algo insólito iba a ocurrir-.. ¿Intuición?... ¿Presentimiento?... ¿Casualidad?... ¿Infidencia?... ¡Quién sabe! pero allí estuvimos sin saber qué iríamos a ver... &lt;br /&gt;Llegaron un cabo y cuatro soldados con unas herramientas, que, al parecer era lo que Ferruzo estaba esperando; en voz baja dio una orden y los soldados empezaron a cavar lentamente la húmeda tierra que aprisionaba la base del mástil, en cuyo tope la bandera, sin viento que la moviera, parecía estar abrazada, como tratando de no desprenderse... cavaron hondo... ¡mas hondo!... hasta que al fin llegaron al extremo que ya se estaba pudriendo, lo inclinaron con cuidado y tiraron de él para sacarlo del hueco... ¡ahí faltó fuerza!... casi los aplasta el palo por su peso y longitud... el cabo corrió hacia nosotros. &lt;br /&gt;- ¡Por favor, vengan a ayudar! -nos dijo. &lt;br /&gt;Nadie se movió, todos nos miramos vacilantes, ninguno se atrevía, yo sentía como miedo... ¿Qué estábamos haciendo?... ¿Por qué? Quizá todos sentían igual. El cabo decidió en el acto. &lt;br /&gt;- ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... - señaló a cuatro soldados - ¡Vénganse conmigo! &lt;br /&gt;Los cuatro obedecieron y fueron en ayuda de los que estaban sosteniendo el mástil y lo sacaron del todo. &lt;br /&gt;¡Fue una idea luminosa!... ¡La bandera no se arrió... ¡Cayó el mástil! &lt;br /&gt;Dos imprudentes lágrimas asomaron a las mejillas de Calderón, que en la tenue oscuridad brillaron como dos estrellas... Todos estaban serios... como consternados... hasta parecía que estuvieran temblando o la fulgurante luz de un relámpago que en aquel instante iluminó la escena, dio esa impresión... &lt;br /&gt;Los soldados pusieron el mástil sobre sus hombros suavemente, con una actitud que parecía de reverencia, cual si se tratara del anda de una divinidad o del palio de una majestad... se pusieron en marcha con dirección al puerto, guiados por el cabo, llegaron a la orilla y lo embarcaron en la lancha que los estaba esperando. &lt;br /&gt;Todos los presentes los seguimos en silencio, como en un cortejo fúnebre... como acompañando a aquellos compañeros que partieron llevándose la esperanza de ver nuestra tierra redimida... &lt;br /&gt;La lancha partió hacia Ramón Castilla; llegaron, lo desembarcaron y lo prendieron en suelo peruano nuevamente. &lt;br /&gt;La luz de un nuevo día iluminó la bandera que 290 días había ondeado en Leticia, la bandera que las damas loretanas residentes en Lima nos habían regalado para mantenerla al tope... en una playa que estaba siendo tragada por el río... entre gramalotes donde viven lagartos y gamitanas*... entre un fango, que a un lado tiene el río y al otro lado una tahuampa... &lt;br /&gt;Como el palacio de Aladino por arte de encantamiento de una lámpara.., allí no hubo lámpara... hubo algún camaleón.... hubo muchos camaleones... &lt;br /&gt;Al abrir los que dormían en Leticia sus ojos legañosos y ver su bandera en Ramón Castilla, creyeron estar soñando y preguntaron... los camaleones contestaron que el milagro era voluntad del cielo; que el “Mocho” estaba cumpliendo su palabra... ¡la bandera no se arrió!... fue él quien, desde el cielo -o acaso del infierno- de un tirón el mástil sacó fuera... por los aires lo pasó al otro lado y de un empujón lo prendió de nuevo... &lt;br /&gt;Y aquí el juramento del soldado: “seguir constantemente a vuestra bandera, no abandonar a vuestros superiores”... y la bandera estaba en Ramón Castilla como haciendo señas con sus pliegues... Los oficiales se embarcaron en las lanchas llevando sus catres, sus perchas, sus loros, sus perritos y bacinicas... los soldados también nos embarcamos... sin perchas, ni perros, ni loros, ni bacinicas... &lt;br /&gt;La playa nos recibió tristemente. Piadosa, por un instante, como para alentar y darnos confianza, dejó de desbarrancarse; pero estábamos asombrados... porque era una playa donde sólo podían vivir bestias que alternan con boas y lagartos... con unos tambos viejos que un suspiro podía hacerlos vacilar. Cuando ingresamos a ellos, víboras, murciélagos y lagartijas huyeron a la maleza; observamos que a través de sus techos se veía el sol, que por las noches no necesitaríamos salir para deleitarnos en la contemplación del firmamento y cuando cantáramos al son de nuestra guitarra, del fondo de la tahuampa vendrían a extasiarse los bufeos* y las vacamarinas*... Teníamos que vivir felices, al pié de nuestra bandera, sin abandonar a nuestros oficiales, hasta perder la... paciencia. &lt;br /&gt;En los pocos días que permanecimos observamos con más detenimiento y lo íbamos encontrando una delicia... el agua del río, que estaba en vaciante, con la playa al mismo nivel y casi entrando en los tambos, le daban atractivo encantador: parecía una Venecia de la época prehistórica; unos troncos caídos sobre unas zanjas mostraban con muda elocuencia hasta dónde había llegado la anterior creciente del río y cómo sirvieron para caminar sobre ellos al trasladarse de un lado al otro; el gramalote entraba hasta donde estaban nuestras tarimas. &lt;br /&gt;La bandera flameaba imperturbable y alta, tan alta que cuando se la miraba largo rato se sentía dolor en el cuello; en el mismo mástil que salió del hueco de Leticia, prendido en el borde del barranco. Ya no permanecía al tope día y noche y cuando todas las mañanas para izarla, el corneta dejaba oír el toque de bandera, un perro famélico aullaba tristemente... Pasó de Leticia con nosotros, parecía reconocer la bandera y era el único que lloraba por ella... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tambos resultaron monísimos porque la brisa silbaba tenuemente en los huecos de su techo; en el nuestro había tres mecedoras, dos sofás y una mesa redonda; donde dormíamos entraba el aire con la prodigalidad que el clima reclamaba y favorecía el no tener cómo cerrar puertas y ventanas y los huecos de los techados de hojas de palma... ¡Todo estaba abierto!... &lt;br /&gt;Las camas tenían disposición tal que al que se le hubiera ocurrido morir por la noche, no habría habido necesidad de prepararle capilla ardiente y trasladarlo a ella; algunas de las tarimas que nos servían de cama tenían huellas de cera en sus cuatro ángulos... ¡eran las que ya sirvieron para el caso!... Además, la cama se utilizaba como mesa, como banco, como percha, como lavatorio... porque teníamos tan cerca el agua que casi se tenía lavada la cara al despertarnos. Con eso se evitaron muchas formaciones: formación para lavarse la cara, para lavar las cacerolas, para el baño... y los clases y soldados también salimos ganando: los unos conservaron un poco mas sus pulmones, los otros perdíamos menos la paciencia. &lt;br /&gt;Los zancudos también fueron desapareciendo, sin necesidad de insecticidas ni combinación que los sustituyera. El día que llegamos había tantos que se nos metían hasta en la comida, pero nosotros éramos, como cuatrocientos, sin contar los gatos, los perritos y los loros; los zancudos se vieron obligados a dividirse y así, nos tocaron como a 100 y en el primer día perecieron y hasta desaparecieron bajo la furibunda presión de nuestras férreas manos decenas de ellos; al día siguiente había muchos menos y volvimos a sembrar la desolación y la muerte por donde había zancudos; después, las reservas eran las que zumbaban tímidamente en torno nuestro, como pidiendo misericordia, porque en el suelo, en las tarimas, en el banco y hasta en la mesa redonda; yacían aplastados innumerables zancudos... A poco más que hubiéramos permanecido en Ramón Castilla no hubiera quedado más que los recién nacidos y las larvas... ¡habríamos acabado con la especie!... &lt;br /&gt;Todo ya era solamente esperar, largos días en un lento discurrir; los ejercicios pararon, las academias pasaron, las imaginarias no se hacían y hasta los clases perdieron su ascendiente sobre la tropa. &lt;br /&gt;El sol, que brillaba iluminando el firmamento con tibio esplendor, nos hacía olvidar la miseria de la situación que se había creado; sus rayos, que parecían mensajeros de alegría y amor se arrastraban por las crestas de la selva y se inclinaban en ósculo pertinaz sobre las ondas del majestuoso Amazonas, que a impulso de la brisa se encrespaba turbulento... hasta que el pálido crepúsculo iba extendiéndose poco a poco, convirtiendo lentamente en sombra ese esplendor, sombra que llegaba hasta el alma, pero sin poderla inundar, porque una ardiente llama seguía iluminando la dulce evocación de una mirada, de una sonrisa, de una voz... &lt;br /&gt;Hasta que un día me tocaron retirada... ¡Rumbo a Caballo Cocha!... Me di cuenta entonces que mi suerte no era tan perra; el Comando debía trasladarse a Caballo Cocha y como yo, aun estaba destacado a él, no habría sido posible que el comandante fuera a dejarme en Ramón Castilla, una playa infecta donde abundaban los bichos y el agua amenazaba llevarnos... &lt;br /&gt;Con un efusivo abrazo me despedí de los compañeros, que por pocos días se iban a quedar y no pude dejar de derramar algunas lágrimas de verdadero sentimiento... ¡Y cómo no ser así cuando con mi fusil me di un golpe en la cabeza al descolgarlo!... &lt;br /&gt;Todo el personal del Comando y dos Compañías del Batallón pasaron a Leticia directamente a embarcarse en el “Huallaga”, que estaba esperando. Igual que al “Alberto”, que también estaba acoderado en el puerto, le habían dado apariencia de buque de guerra, tanto por el color con que había sido pintado, como por los cañones que le habían instalado -dos en la proa y dos en la popa- y le aplicaron el nombre de crucero... ¡Demasiado tarde!... Mientras en el teatro de operaciones se estaba tratando de recuperar el tiempo perdido y la acción que nos habían ganado, al otro lado de los andes ya nos habían clavado el puñal por la espalda:.. &lt;br /&gt;La Comisión Internacional, que según las noticias periodísticas debía encargarse de supervigilar la evacuación de Leticia, llegó poco después que nosotros en tres lanchas brasileñas; estaba compuesta por un norteamericano, un español, un cubano y un brasileño, con un séquito de asesores y secretarios que inmediatamente se transbordaron al “Alberto” y como ya era ella la que mandaba, su primera orden fue la de nuestra partida. &lt;br /&gt;Cuando salimos de Leticia... ¡para siempre!. . . eran las dos de la tarde. Al amanecer del día siguiente llegamos a Caballo Cocha. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;GAMITANA*.- Pez de regular tamaño de escamas grandes.&lt;br /&gt;BUFEO*.- Delfín. Cetáceo piscívoro de dos a tres metros, abunda en los ríos amazónicos. &lt;br /&gt;VACAMARINA*.- Manatí. Mamífero sirenio de hasta cinco metros de longitud.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-4819481326343789092?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/4819481326343789092/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=4819481326343789092' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/4819481326343789092'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/4819481326343789092'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_29.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-1706965328803663927</id><published>2008-09-26T22:10:00.000-07:00</published><updated>2008-09-26T22:13:30.458-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Se iba a despejar la incógnita que nos torturaba; corrían insistentes rumores de que Leticia debía ser evacuada y nuestro regreso estaba cercano. El R-10 había llegado repleto de oficiales de alta graduación y entre ellos había vuelto el comandante Calderón. Se decía que la misión de tan distinguida delegación era planear y poner en práctica la evacuación y una de las primeras señales que confirmó la versión fue la orden de destrucción de las trincheras y de los emplazamientos de los cañones, que la Compañía de zapadores empezó a volar. Las explosiones de las cargas, por todos lados, destruían las fortificaciones que tanto sudor y fatigas costó a la tropa. Era penoso ver lo que estaba ocurriendo... Dos días después todo era ruinas, escombros y embudos, dando la impresión de que realmente Leticia hubiera sido bombardeada. &lt;br /&gt;Las minas colocadas en el río igualmente se hicieron explotar, pero, de las diez que fueron fondeadas, solo dos explotaron levantando montañas de agua, otras dos fueron menos notables y las seis restantes no se notaron absolutamente. Ese había sido el más grande “bluff” de nuestra campaña y muy posiblemente el motivo fundamental porque los buques colombianos no se atrevieron a acercarse a Leticia.  &lt;br /&gt;Y era para reírse recordando que cuando pasaba el capitán brasileño Yucá, guiaba personalmente el buque de la Amazon River, haciéndonos la jugada de seguir a la lanchita “Atahualpa”, comandada por el chato Raygada, que hacia más eses que cuando estaba borracho. &lt;br /&gt;Cuatro días después los enfermos recibieron la orden de equiparse y estar preparados para embarcarse en uno de los “cruceros” que debía llegar de un momento a otro y no nos sorprendió, un poco más tarde, ver corriendo como caballos desbocados por las calles de Leticia, a los de la banda de músicos. No había que esforzarse mucho para suponer que también habían recibido la orden de embarcarse en el mismo buque. &lt;br /&gt;Fuimos a verlos a todos para despedirlos. En una sola cuadra estaban juntos e impacientes, los de la banda y los de la Tercera y Cuarta Compañía; en todos los semblantes, incluso en el pálido y demacrado rostro de los enfermos se veía una luminosa sonrisa, un destello de felicidad. No podía ser de otra manera, pues regresaban a sus hogares y esa ansiedad les hacía olvidar momentáneamente el sufrimiento físico, el triste resultado de nuestra campaña y la quiebra total de las caras esperanzas del triunfo de nuestra causa. No les dijimos adiós sino hasta pronto, porque sabíamos que en breve volveríamos a vernos. Todos se embarcaron tan pronto como llegó el “Alberto”, que ya era “crucero” y volvió a zarpar inmediatamente. &lt;br /&gt;Nos quedamos y nuestra tristeza aumentó con una noticia desconcertante: resultó al final de cuentas que la tal Comisión de Evacuación, por el simple hecho de que estábamos sanos, determinó que no regresáramos a Iquitos, sino fuéramos trasladados a Ramón Castilla... como quien dice... ¡al infierno!... &lt;br /&gt;Si siquiera nos hubieran destinado a Caballo Cocha, no nos hubiera contrariado tanto, pero... ¡a Ramón Castilla!... donde las casas estaban en peligro de ser arrastradas por el barranco, donde el terreno era una playa fangosa, donde abundaban los zancudos, tanto como los malos políticos en el Perú... teníamos en perspectiva vivir como las garzas en las playas, con un pie levantado para no mojar los dos al mismo tiempo. &lt;br /&gt;No tenía explicación nuestra permanencia en la frontera si habría sido para defenderla, para hacernos matar... bueno, hubiera tenido sentido y justificación, pero el enemigo no nos quería matar, por lo menos no nos quería matar a tiros, porque sin ellos hacer ningún esfuerzo, sin disparar un solo tiro, teníamos para morirnos de vergüenza... &lt;br /&gt;Teníamos que esperar en Ramón Castilla hasta que algún desocupado tuviera la ocurrencia de preguntar por el Batallón Nº 19 y le saliera del vientre la humana idea de hacerlo relevar. Mientras tanto nos entretendríamos en obedecer a los oficiales y acabar con los zancudos, ya que no podíamos hacerlo a la inversa. &lt;br /&gt;No sabíamos cuánto y qué había que esperar todavía; “los 7 amigos del 19” empezaron a disgregarse: Teodorico se iba a Caballo Cocha y... Dositeo, al parecer por cuestiones sentimentales se marchaba en comisión al Cotuhé.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El amor es una enfermedad; no mata pero consume, cuando quien la sufre no logra apoderarse del microbio que es la causa; es más peligrosa cuando el microbio ataca dos, tres o más pacientes a la vez; peor aun cuando el microbio no se deja atrapar por el primer paciente y cae con el primer advenedizo y llega a lo más grave, cuando el microbio es perverso, se deja atrapar por todos menos por el que está más afectado. &lt;br /&gt;Es un microbio muy singular: cuando se le busca no se le encuentra y otras veces sin uno buscarlo, tropieza con él y se infecta. &lt;br /&gt;Este fue uno que no buscó el amor, digo el microbio y se le prendió; le atacó en tal forma que lejos de consumirlo parecía darle más vida, pero un día fue llevado lejos, arrastrado por una ola que entonces llamaron patriotismo, pero la transformaron en engaño, sintiendo en su corazón la nota triste de la ausencia y llevando en su pensamiento el deseo de volver. &lt;br /&gt;Pasaba el tiempo y el microbio desde lejos, parecía no atacarlo mas que a él... y el soñaba, se perdía en nubes de ensueño y silencios de ilusión; caminaba a tientas con la luz de sus recuerdos, no miraba mas que de lejos, donde estaba su microbio. &lt;br /&gt;Un día hasta él llegó un rumor... Que el microbio que fue causa de su mal, había sido atrapado al tratar de enfermar otro corazón, que su muerte fue sabida en todas partes y su entierro fue un destierro... Al saberlo sintió morir de dolor... la sonrisa de esperanza ante el soplo de esa nueva en sus labios se enfrió... el brillo de sus ojos, como el sol que se oculta acosado por la noche oscureció convirtiéndose en sombras de amargura... &lt;br /&gt;Un amigo le contó con detalles que sangraron mas aun su corazón oprimido por el puño de la pena, como fue que cierto día su microbio al atacar una nueva víctima, resbaló, cayó, se dejó atrapar... y al darse cuenta era ya cadáver... &lt;br /&gt;Al oírlo de dolor enloqueció y “partió, llevando en su amargura, el cruel recuerdo de esa aventura”... ¡al Cotuhé!... rumbo al olvido y al paludismo, con fines suicidas, porque quien allá iba no regresaba íntegro, pues lo que de sangre y pellejo le dejaban las fiebres... se lo quitaba el camino... &lt;br /&gt;No avisó que partía ni se despidió de sus amigos y a bordo de la lancha que lo conducía, entre latas de galletas y sacos de comestibles, trató de hundirse en el sueño de los tragos, supremo consuelo de los que sufren y quieren olvidar... &lt;br /&gt;Y cuando sus ojos se cerraban, cuando con la imaginación empezaba a trasladarse a las regiones del embrutecimiento y del no ser, oyó una voz que le llamaba... creyó estar soñando y contestó... y la misma voz cantó: &lt;br /&gt;Putun, putun, palomita &lt;br /&gt;Putun, putun, palomita &lt;br /&gt;ya no hay la vaca ceniza... &lt;br /&gt;¡ay si!... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Despertó furioso con ímpetu de romperle cualquier cosa al importuno que le recordaba su desdicha... ¡Teodorico Oyarce miraba inocentemente el panorama!...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-1706965328803663927?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/1706965328803663927/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=1706965328803663927' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1706965328803663927'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1706965328803663927'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_26.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-3205324087419712395</id><published>2008-09-22T22:48:00.000-07:00</published><updated>2008-09-22T22:51:19.684-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXIV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes que los colombianos, la gripe atacó el Agrupamiento. Al principio enfermó uno que otro, después tres, cuatro juntos y al cabo de una semana resultó una verdadera epidemia. Fue imposible evitar el contagio por falta de profilaxis y todos caímos como pollos con la peste. Los menos tenían fiebre y tos, los demás no podían ni tenerse en pie. &lt;br /&gt;Al ver el peligro tratamos personalmente de contrarrestarlo con una receta muy original, ya que no teníamos ninguna otra mejor: bebíamos aguardiente con limón, pero el remedio o no fue acertado o la dosis fue excesiva, porque el resultado fue que había tantos borrachos como enfermos. Después acudimos a los masajes, que entre los hijos de la selva se conoce como “llapchada” y daba gusto ver como Eleazar, que resultó toda una institución en tal conocimiento, con la ayuda de Lozano, se multiplicaba en su aplicación a cuantos se lo solicitaban. &lt;br /&gt;Fue un tropezón inesperado; cierto que “un tropezón cualquiera da en la vida” y nosotros, que no éramos excepcionales, estábamos expuestos a darlo a cada paso en aquella situación, donde todo era dificultades, sombras, obstáculos en cuanto nos rodeaba y en cuanto íbamos encontrando. Tropezones pródigos en enseñanzas, que nos hacía conocer el fondo de las cosas y la calidad de los hombres. &lt;br /&gt;El médico, por ejemplo, no es un hombre corriente; es un ser endurecido por la ciencia, que no cree en el dolor ajeno, mira la carne como un tejido, la sangre como una mezcla de hematíes y leucocitos, el cuerpo humano como un rompecabezas cuyas piezas hace tiempo que estudian la manera de reemplazarlas con otras que nunca se descompongan. &lt;br /&gt;Pero así, con toda su insensibilidad, tuvimos que aceptarlo y pese a nuestro escepticismo, tuvo que atendernos en nuestra propia cuadra, porque muchos estaban tan mal, que apenas se sostenían en pie, habrían sido incapaces de concurrir al departamento médico y menos de aguardar a que les llegara el turno. &lt;br /&gt;Nuestra cuadra estaba llena de enfermos, unos acostados, dentro de sus mosquiteros, otros sentados al borde de su lecho: una tarima o largos troncos aserrados en espesores desiguales, unidos para servir como tarimas múltiples, pero con desniveles que tenían que ser rellenados para que no sintiera el usuario esas desigualdades en el cuerpo. El ambiente con un pesado olor a mezcla de humores humanos, frotación, comida, orina... voces quejumbrosas, toses y quejidos por todas partes, una falta de limpieza total... A no ser por el repulsivo aspecto se habría dicho que era un hospital. &lt;br /&gt;El capitán de sanidad, vestido con un mandil blanco, llegó acompañado de un enfermero, quien llevaba una maleta de madera en la mano; miró a todos lados, cruzó a lo largo toda la cuadra, como evaluando el estado de los enfermos y el ambiente en que estaban, los miraba con atención y éstos devolvían la mirada ansiosamente, algunos lo saludaron: &lt;br /&gt;- ¡Buenos días doctor! - a lo que contestaba levantando levemente la mano o la cabeza o en voz baja. Volvió a la puerta y se sentó en un taburete cojo junto a la sucia y destartalada mesa. En voz alta dijo: &lt;br /&gt;- Acérquense uno por uno. &lt;br /&gt;Se acercaron dos apoyándose mutuamente; el médico los miró atentamente y cogiendo la mano, para tomarle el pulso, al que parecía estar peor le preguntó: &lt;br /&gt;- ¿Qué tiene usted? &lt;br /&gt;- Fiebre... me duele mucho la cabeza. &lt;br /&gt;- ¿Mucho? &lt;br /&gt;- Sí doctor, no puedo dormir y me duele... &lt;br /&gt;- Bueno -le interrumpió el médico- Va usted a tomar una cucharada cada dos horas -y dirigiéndose al enfermero-  Déle un frasco, luego le preguntó al otro: &lt;br /&gt;- ¿Y usted? &lt;br /&gt;- Yo también tengo fiebre y... &lt;br /&gt;- ¡Una cucharada cada dos horas! -e interrumpió- ¡Que venga otro! &lt;br /&gt;El sanitario se apresuró a sacar dos frascos del maletín y entregar a los pacientes. &lt;br /&gt;- ¿Usted... qué tiene? -volvió a preguntar al que se acercó. &lt;br /&gt;- Fiebre y... &lt;br /&gt;- ¡Cucharada cada dos horas! -dijo el médico sin dejarlo continuar. Siguió recetando cucharadas a todos los que iban llegando, hasta que de pronto el enfermero le dijo: &lt;br /&gt;- ¡Mi capitán, ya no hay cucharadas! &lt;br /&gt;- Entonces déle Fenaspirina, una cada cuatro horas - y siguió ordenando lo mismo para todos los restantes... unos treinta. &lt;br /&gt;Campos que había amanecido con una fiebre altísima y casi delirando, se acercó vacilante, rechazando que lo sostuvieran los compañeros, estaba demacrado. Lo miró el médico y dijo: &lt;br /&gt;- Fenaspirina, una cada tres horas. &lt;br /&gt;- Pero doctor -intervine yo, que soy tan entrometido- lo que tiene él no es gripe, esta con paludismo que ha traído del Cotuhé. &lt;br /&gt;- ¡Ah!... entonces déle quinina y que le preparen sus cucharadas. &lt;br /&gt;Cuando se marchó, como Campos parecía empeorar, lo que nos causó preocupación, aprovechamos de la llegada de Dositeo, que no estaba enfermo, pues ese bárbaro es más duro que una pared, para que fuera a buscar a Scavino, el capitán médico, a quien felizmente encontró y lo condujo a nuestro cuartel. Lo examinó y le dio unas cápsulas y pastillas que lo aliviaron. &lt;br /&gt;Otro caso interesante fue el de Lozano, quien ni por haber intentado ayudar a los compañeros se salvó de la epidemia y es posible que mas bien, esa fuera la causa de que se contagiara. Amaneció adolorido, sin poder dormir y con fiebre. &lt;br /&gt;- ¿Qué le pasa a usted? -le preguntó el capitán. &lt;br /&gt;- Doctor, me siento muy mal  &lt;br /&gt;-¿Cree usted que se va a morir? &lt;br /&gt;- Morir quizá no; pero estoy muy mal, quiero que me de algo para poder dormir y que me quite la fiebre. &lt;br /&gt;- No tenemos medicamentos para hacer dormir, todos sufren igual que usted, y el remedio no es hacerlos dormir. Tómese sus fenaspirinas y mañana veremos. &lt;br /&gt;Sentíamos sufrimiento y dolor en el cuerpo; pero más dolor causaba ver el sufrimiento de los más graves y la incapacidad de mitigarlo. Yo caí entre los primeros... ¡Dolorosa distinción!... y lo que más me mortificaba era la dureza de mi cama, madera de 4 pulgadas y ni siquiera pulida... ¡Tenía unos nudos que se hincaban en mi humanidad como golpes de puño!... En la imposibilidad de caminar revolvía mi cuerpo en los durísimos maderos tratando de esquivar la dureza implacable de sus fibras de coloso... en cuanto a comer, ¡imposible!.., quizá los más deliciosos manjares habrían resultado insípidos o desagradables. &lt;br /&gt;Cierta vez conocí a un tipo que tenía una muletilla: “Esta vida ya no es vida”, decía, yo me reía interiormente de él y de su muletilla sin pensar que alguna vez llegaría a la situación de repetirla... y ésta había llegado, peor aun, porque aquello no era vivir, era arrastrarse... &lt;br /&gt;Pero, como resplandeciente luz, como destello luminoso aparecía un don sublime, casi divino, un tesoro que se encuentra solo en las encrucijadas del dolor, un bálsamo capaz de curar las heridas del alma: la amistad, la verdadera amistad que no tiene condiciones, que no admite dimensión ni circunstancias, que no reconoce tiempo ni distancia. Tal sentimiento se vera que brotaba espontáneo en atenciones, en palabras de consuelo, en expresiones de solidaridad, disipando las sombras de la duda, devolviendo la fe y la confianza en la humanidad. &lt;br /&gt;Sin embargo negras nubes seguían ensombreciendo nuestro panorama, una terrible duda se mantenía latente, era algo imposible de calmar, algo en que quería no pensar, quería no recordar; seguía siendo angustia e incertidumbre, interrogante y temor; era no saber que iría a suceder con nuestra causa y no saber hasta cuando ignorarlo. &lt;br /&gt;Solo sabíamos que las fuerzas colombianas después de la toma de Gueppí trataron de afirmar sus posiciones en todo el Putumayo, con el evidente propósito de atacar Puerto Arturo, pero las tropas de la guarnición, mejor dispuestas y dirigidas, las hostilizaron con éxito. &lt;br /&gt;En el varadero Calderón un destacamento peruano las atacó por sorpresa, causándoles bajas, que según informes oficiales alcanzaron a la mitad de una compañía. Se le llamó “la sangrienta sorpresa de Calderón”. &lt;br /&gt;En Yabuyanos otro destacamento logró detener el paso de los transportes colombianos, que bajaban protegidos por sus cañoneras pretendiendo un desembarco. &lt;br /&gt;Y en Puca Urco, en el río Algodón, que fue minado, también bajo la dirección del teniente Mosto, fue rechazado otro intento de desembarco de tropas colombianas. En esta acción tomó parte el teniente Juan Francisco La Rosa -uno de los 57 que rescataron Leticia- con una pieza de artillería. &lt;br /&gt;Eran, pese a nuestras limitaciones en armamento, material, abastecimientos y tropas preparadas, una demostración de que podíamos, no solo resistir, sino triunfar, tomando la iniciativa en el momento oportuno, estando en el sitio justo, manteniéndonos firmes... &lt;br /&gt;La última acción, que coincidió con el inicio de las conferencias entre el nuevo presidente de la República y el diplomático colombiano Dr. Alfonso López, en el Palacio de Gobierno, fue la del Campuya. Ese día el presidente Benavides propuso la “celebración de una conferencia para arreglar en primer lugar la cesación de las hostilidades”... &lt;br /&gt;Esa ansiedad nos consumía. No creíamos posible que tuviéramos que perder Leticia otra vez, sometiéndonos a la decisión de la Liga de las Naciones, organismo compuesto por extranjeros que no conocían nuestra realidad. Y no comprendíamos cómo los diplomáticos colombianos pudieran tener más habilidad y más capacidad que los peruanos, más sólidos argumentos que el derecho de los pobladores despojados, para estar imponiendo sus pretensiones... ¿Tenían ellos tanta fuerza y nosotros ninguna razón? &lt;br /&gt;En tanto seguían llegando los últimos evacuados del Batallón Nº 19, que estuvieron en el Cotuhé, todos enfermos y en deplorables condiciones. Dos murieron al día siguiente, ya ni sus nombres se oyó, solo sabíamos que fueron de aquellos que sintieron la ilusión y tuvieron la esperanza de ver Leticia redimida...¡Dios tuvo piedad de ellos y los llevó antes de que sufrieran el gran desengaño!... &lt;br /&gt;En sus hogares, que con entusiasmo abandonaron, sus padres, sus hijos, sus esposas... seguramente pensaban en los arranques de júbilo por su llegada y en el reinicio de una vida feliz...esperarán eternamente su regreso... No se imaginaron al verlos partir que lo estaban haciendo para nunca más volver y que mientras rezaban por su retorno, ellos habían dolorosamente cruzado los dinteles del misterio, estaban rígidos en sus tarimas, solos con el silencio... &lt;br /&gt;Fueron hombres humildes, libres, se hicieron soldados solo por defender su suelo: allí perdieron su libertad, nadie les brindó reconocimiento, se convirtieron, como pieza fundamental, en el último peldaño de ese complejo mecanismo que se llama ejército y como tal perdieron la vida, humilde, silenciosamente. &lt;br /&gt;Pero, ¿para qué necesitábamos ejército, soldados, oficiales; para qué teníamos generales, si nuestro territorio iba disminuyendo visiblemente?... ¿Protestaron oficiales y generales o siquiera dijeron algo en contra del tratado que nos quitaba enorme extensión territorial y una estratégica frontera?... ¿Se opusieron a la consumación del despojo?... ¡No!... El único que protestó fue el pueblo, el nativo, el despojado, el loretano... Los políticos, los diplomáticos, los militares, cortesanos que defienden sus posiciones con la tradicional sobonería a los gobernantes, guardaron abominable silencio, porque todo lo que saben del honor nacional es pregonarlo en discursos, exhibirlo luciendo trajes de etiqueta y uniformes de gala, en los salones, en las ceremonias, en los desfiles... y en el momento crucial, cuando llegó la oportunidad de corregir un error lesivo, una afrenta nacional, no faltó quien dijo: “esto no vale la pena de pelear”. &lt;br /&gt;Regresaríamos, los militares a dictar cátedra de disciplina y cumplimiento del deber en los cuarteles, a lucir su marcialidad en los desfiles y a pregonar amor patrio en los salones; el pueblo, los loretanos, volveríamos al rincón del hogar a lamentar de generación en generación la pérdida de ese jirón de la Patria, que por los siglos de los siglos será el baldón de una época... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Corrían rumores de que pronto sería evacuada la guarnición de Leticia, los periódicos de Iquitos decían que el general Sarmiento había confirmado la suspensión de las hostilidades... Todo eso fue para mi y para muchos, motivo de triste alegría... porque pisotearían la ansiedad de reivindicación y justicia del pueblo loretano... porque volveríamos a nuestros hogares... &lt;br /&gt;Y mientras tanto seguía el doloroso desfile de soldados, cargueros, hacia el cementerio de Leticia... silenciosamente acompañados de una fúnebre guardia... ya la banda no inundaba el aire con las marciales notas de nuestra marcha, como adiós eterno al ignorado héroe que cayó sin luchar... solo las fulgurantes bayonetas lanzaban sus lágrimas de luz que se remontaban al olvido en un nimbo de gloria... ¡Habían caído en su puesto!...&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-3205324087419712395?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/3205324087419712395/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=3205324087419712395' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3205324087419712395'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/3205324087419712395'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_22.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-328024485723698061</id><published>2008-09-19T22:03:00.000-07:00</published><updated>2008-09-19T22:05:03.253-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXIII&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;¡El Consejo de Guerra!... ¡Que espanto!... &lt;br /&gt;Fuera de la Comandancia, en el patio frontal, una doble fila de soldados armados en correcta formación haciendo relucir al sol sus brillantes bayonetas; el teniente que los mandaba, erguido como un poste, con la espada vertical empuñada a la altura del cinturón, no pestañeaba siquiera... Dentro, los oficiales, serios, circulando apresuradamente en silencio... Cuchicheos... Nerviosismo... &lt;br /&gt;El Consejo se reunió a las 9 de la mañana; vagamente nos enteramos de cómo se desarrolló: leyeron las declaraciones y cargos hasta la una de la tarde, a esa hora entraron en receso, el que se prolongó hasta las 4, para que los oficiales almorzaran; a esa hora volvieron a reunirse. Nosotros permanecimos cerca de la Comandancia, esperando alguna novedad hasta las 11 de la noche; ellos continuaron. &lt;br /&gt;Algunos habían tenido oportunidad de oír algo; dijeron que la defensa estuvo brillante, pero, pasaría mucho tiempo antes de llegar a nuestro conocimiento la sentencia y su posterior revocatoria; algunos hablaban de absolución, ¡otros de 6 años de cárcel...! ¡Bah!... con haberles mandado a su casa a los tres habría sido suficiente. &lt;br /&gt;¿En qué otra ocupación hubieran podido ganar lo que estaban ganando sin hacer algo útil?... &lt;br /&gt;Hubiera sido interesante escuchar las declaraciones y argumentos de Díaz y como justificó su actitud, pero no creo que se haya atrevido a esgrimir como atenuante la “falta de espíritu de los soldados de la selva”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida del Agrupamiento seguía siendo rutinaria, poco a poco íbamos perdiendo el interés por la verdadera actividad del soldado; los fusiles ya nos parecían un estorbo, los servicios de guardia una molestia insoportable, los ejercicios una pantomima y estábamos ansiosos de que se resolviera la situación cuanto antes. &lt;br /&gt;Sabíamos que las negociaciones diplomáticas marchaban pésimamente para el Perú, pues según las versiones periodísticas los diplomáticos colombianos insistían en la validez del tratado Salomón-Lozano, sosteniendo el principio de la intangibilidad, de la santidad de los tratados y como consecuencia el incidente de Leticia lo tomaban como asunto de carácter nacional interno de Colombia. &lt;br /&gt;Para entonces, dueños de Tarapacá y de Gueppí, donde habían dado una demostración de poderío que no fuimos capaces de responder, todas sus fuerzas estaban concentradas en el Putumayo. Quizá en Leticia hubiéramos dado la respuesta adecuada, pero no se atrevieron a atacar. &lt;br /&gt;En estas circunstancias llegó de nuevo el comandante Narváez, para reemplazar en el Comando del Agrupamiento al comandante Calderón, quien debía viajar a Iquitos obedeciendo una llamada del Comando de Operaciones del Nor-oriente. No podíamos suponer cuales fueran los motivos, pero teníamos la esperanza de que fuera para recibir instrucciones acerca de medidas destinadas a mantenernos firmes en la posesión de Leticia. &lt;br /&gt;Como para reafirmamos en esta esperanza, la Primera Compañía del Batallón Nº 17, al mando del teniente Vásquez Jaña, se embarcó aquella noche con destino al Cotuhé a relevar a la Primera Compañía del Batallón Nº 19, cuyo efectivo, casi en su totalidad, estaba atacada de paludismo. La despedida fue el despertar de un sentimiento que se estaba adormeciendo; una nueva expresión de fe en nuestra causa y en el triunfo de nuestras gestiones diplomáticas, hurras de aliento por los expedicionarios, vivas a la Patria y a Leticia peruana... la banda de músicos tocaba interminablemente la marcha “Leticia”, cuyas notas corrían como llamaradas por mi piel... Recordé con tristeza la noche de mi partida, cuando por primera vez me separé de mi novia... &lt;br /&gt;Y cuando el barco partió volvimos los de nuestro grupo a la cuadra, en silencio, como presintiendo que también ellos, igual que los que antes habían partido llenos de entusiasmo, pronto volverían enfermos, macilentos, decepcionados por el abandono o como los de Gueppí, sacrificarían sus vidas, faltos de armas y de auxilio. Éramos 7, mal número según muchos, pero lo arreglamos inmediatamente con un par de botellas que aparecieron como por una invocación y contenían algo que no era agua, pero refrescaba agradablemente, no era perfume pero despedía unos vapores que embriagaban dulcemente y en unos minutos transformamos nuestros tristes presagios en la mayor alegría, ahogamos nuestras dudas y olvidamos nuestros fracasos. Recordamos a los ausentes y al extinguido “Estado Mayor” y en su homenaje titulamos a nuestro grupo “los 7 amigos del 19”, declarándolo indisoluble. &lt;br /&gt;Nos disponíamos a acostarnos, y llegó Acosta que había estado de guardia e igual que nosotros iba a hacer lo mismo, cuando entró un cabo completamente borracho; miró a todos lados y al ver a Acosta tendido en su tarima, lo creyó dormido, se acercó y le gritó: &lt;br /&gt;- ¡Oye carajo!... ¡Por qué no bajas el mosquitero para dormir! &lt;br /&gt;- Hace mucho calor, fue la contestación de Acosta, sin moverse ni mirarlo siquiera. &lt;br /&gt;- ¡Obedece concha tu madre!... ¡Baja el mosquitero! &lt;br /&gt;Acosta hizo ademán de incorporarse al oír el insulto; pero luego se quedó inmóvil, aparentemente sin darle importancia a la orden del cabo, pero este insistió: &lt;br /&gt;- ¡Si no te levantas a bajar el mosquitero te voy a jalar de la tarima!... ¡uno!... ¡dos!... ¡tres!... ¿No me obedeces carajo?... ¡Salte de la cama junagramputa!... &lt;br /&gt;Acosta, quien sabe porque causa, estaba de mal humor, miró indignado al cabo y lentamente se sentó al borde la tarima. &lt;br /&gt;- ¡Cuádrese carajo!... ¡Está hablando con un superior!... - gritó el cabo. &lt;br /&gt;Estaba poniéndose de pie, evidentemente con la intención de hacer cualquier barbaridad, cuando felizmente entró el primero Dávila, quien ya había mandado a dormir al borrachito de otro sitio donde estuvo armando escándalo y salvó la situación, pues Acosta ya había cogido al cabo por un hombro y le iba a conectar un puñetazo a la mandíbula, con lo que se hubiera embarcado en un lío... ¡Otro Consejo de Guerra, que se había puesto de moda! &lt;br /&gt;Dávila intervino con cuatro carajos al cabo mandándolo a dormir con otros tantos empujones, quien solo atinaba a decir: &lt;br /&gt;- ¡Sí mi primero!... ¡Sí mi primero!... &lt;br /&gt;Al principio no comprendía porque los cabos habían de ser los más impertinentes y con raras excepciones, los más brutos; no podíamos conversar con ellos porque se “chupaban” y ellos no hablaban con nosotros más que para hacerse obedecer. Esto nos limitaba solo al saludo, militar por supuesto. &lt;br /&gt;El sargento ya es otra cosa, parece que asciende precisamente por ser más listo, más inteligente... podría decirse más gente. Tuvimos muy buenos sargentos, como militares y como amigos. &lt;br /&gt;El primero, sargento primero, más propiamente, ya es casi un oficial. Excepto uno, que en los primeros días de nuestra aventura trataba de quemarnos la paciencia, todos resultaron muy buenos amigos y perfectos caballeros; era lógico, estaban en vísperas de ser oficiales. &lt;br /&gt;Pero aquí venía el contraste, parecía que algunos se descomponían o a nosotros nos tocó la escoria. &lt;br /&gt;Volviendo a los cabos, parecía que todos nos guardaran inquina y nunca atiné qué habríamos hecho para merecerla; quizá porque con franca sinceridad les señalábamos algunas de sus barbaridades, con la sana intención de que las corrigieran, lo que ellos nunca fueron capaces de comprender. &lt;br /&gt;Arístides Lozano, uno de los 7, tenía dos cabos que lo querían como si alguna vez, intencionalmente les hubiera pisado un callo, uno era el cabo Joel, que quería tenerlo siempre presente en todas las guardias y las imaginarias y el otro el cabo Vela, más conocido como “El Colorado”, por su rubicunda faz y su característica nariz de borracho. Ambos lo tenían tan marcado, que Lozano tenía que estar con ellos, si no estaba lo hacían buscar y si no lo encontraban lo castigaban. A ese paso Lozano tenía una alternativa: iría a resultar un desertor o un perfecto soldado... Resultó lo último, porque cuando concluyó el conflicto, él ya había ascendido, llegó a sargento y a trabajar en la Comandancia de la V División. &lt;br /&gt;Cuando estaba borracho el cabo Vela, lo que ocurría con desconsoladora frecuencia, tenía unas de concurso: se ponía a dar instrucción a un grupo de combate, en el que, ineludiblemente tenía que estar Lozano. Con los ojos nublados por la borrachera, no se daba cuenta de que uno a uno se le iban “cabreando” los soldados, hasta que solo quedaban 4 o 5, entre los que tenía que estar Lozano, que era el único que no podía escapar, porque Vela no miraba a otro que a él. Y seguía mandando: &lt;br /&gt;- ¡Grupo... de frente... marchen! &lt;br /&gt;Se le iba otro y el colorado notando que disminuía su tropa: &lt;br /&gt;- A ver... ¿cuántos hombres hay? - preguntaba. &lt;br /&gt;- ¡Treinta, mi cabo! - le contestaba Lozano. &lt;br /&gt;- ¿Estás seguro? - insistía Vela, tratando de convencerse de que no le engañaban sus nublados ojos- ¡Bueno!... la sección está completa... entonces... ¡Sección!... ¡En columna de a tres!... ¡De frente... marchen! &lt;br /&gt;Escapaba uno más que no podía ser Lozano y extrañado mandaba: &lt;br /&gt;- ¡Compañía!... ¡Alto!... qué pasa... dónde están los otros... &lt;br /&gt;- Han ido a tomar agua, mi cabo -  le aclaraba Lozano, que con otro soldado es todo lo que queda del grupo de combate. &lt;br /&gt;- ¡Bueno!... No importa... seguimos marchando... ¡De frente...! ¡Marchen! &lt;br /&gt;Se escapaba el otro y había que ver a Lozano, solito tirando planta en todo el sol, para que el cabo Vela luciera su voz. &lt;br /&gt;- ¡Bueno! - decía al ver solo a Lozano - mejor vamos a hacer academia. &lt;br /&gt;El cabo Vela a todo esto, en el máximo de su concentración alcohólica, se sentía capaz de todo. &lt;br /&gt;- A ver - se dirigía a Lozano que pacientemente lo escuchaba - tu estás de centinela y ves que el enemigo se acerca. ¿Qué haces? &lt;br /&gt;- ¡Yo corro! &lt;br /&gt;- ¡Pero hombre! - se lamentaba Vela - ¡Como vas a hacer eso!... ¡Como vas a correr!... ¿y tu fusil? &lt;br /&gt;- Lo boto por ahí para que no me estorbe. &lt;br /&gt;- ¡Ay Dios mío! - volvía a lamentarse - No se ha de poder contigo... mejor es que aprendas a marchar... ¡A ver!... ¡De frente... marchen! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dositeo fue el único que trató de ascender, pensando entonces agarrarse a golpes con esos cabitos de pacotilla, logró el ascenso, pero no creo que haya llegado a cumplir su deseo de revancha. &lt;br /&gt;La postergada fiesta de la artillería se realizó como 10 días después iniciándose con una parada de todas las fuerzas del Agrupamiento, frente a la Comandancia, para &lt;br /&gt;el saludo a la bandera, al que siguieron nuevas alocuciones a cargo de distinguidos artilleros, sobre el imperecedero significado de la gloriosa acción y concluyó con el desfile de todas las unidades. Todo esto por la mañana. &lt;br /&gt;Por la tarde se realizaron juegos de gymkana y para cerrar la fiesta se realizó el proyectado partido de fútbol entre los equipos de la infantería y la artillería. Pero no pudo terminar porque la pelota fue desinflándose hasta que casi parecía una vejiga y se suspendió faltando 20 minutos para el tiempo reglamentario, ganando nuestro equipo por 4 a 2. De haber concluido habríamos ganado, pero el jurado creyó proceder salomónicamente declarándolo empate y repartiendo el premio entre los jugadores de ambos equipos; no nos quedó otra alternativa que sujetarnos al fallo... ¡Un sol para cada jugador!... &lt;br /&gt;Lo único malo fue que los serranos dejaron huellas visibles y dolorosas de su brutalidad en nuestras piernas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-328024485723698061?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/328024485723698061/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=328024485723698061' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/328024485723698061'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/328024485723698061'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_19.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-1159535530342214255</id><published>2008-09-16T22:32:00.000-07:00</published><updated>2008-09-16T22:36:06.255-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXII&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Transcurrieron siete meses desde cuando partimos, cegados por la luminosidad de una causa que fue ensombreciéndose con el tiempo. Hubo que esperar algunos más para que se aclarara tan tenebroso asunto, de solo pensarlo me ponía tétrico; lo más desesperante era la calma, nos hacía falta acción, debimos estar en Gueppí, en Tarapacá, o donde fuera, que corrieran balas, hubiera olor de pólvora… así, por lo menos, habríamos tenido la posibilidad de acabar con el enemigo o que él acabara con nosotros, pero se habría resuelto la situación. &lt;br /&gt;Y, como no había otro remedio buscaba la forma de pasar el tiempo divirtiéndome con las tonterías, maneras o figura de ciertos personajes dignos de hacer noticia. De ser posible decir todo lo que hacían y decían, habría sido cosa de nunca acabar. &lt;br /&gt;El jefe de la bahía, por ejemplo, de quien yo dependía en mis actividades de transporte, era un tipo de lo más original: alto, flaco, desgarbado, de andares parecidos a los de un camunguy* y tan corto de vista que aún con lentes no distinguía a las personas; de voz chillona y desagradable, gritaba hasta para hablar, pero le disgustaba que otros hablaran en voz alta y mucho más, que hubiera ruido cerca suyo, tanto que porque el telégrafo de la proa tenía un sonido estridente, ordenó al maquinista que le quitará la campanilla: era tan nervioso que cuando viajábamos de inspección en la “Luella”, exigía a gritos que se pegara a la orilla, con riesgo de que la lancha se quedara varada o se metiera en una palizada, pues a cada instante le parecía ver bultos moviéndose en la maleza en el día y luces caminando en la noche, que seguramente fuera el viento que movía las ramas o alguna errante luciérnaga juguetona. &lt;br /&gt;La primera noche que se alojó en el Palomar, no durmió ni dejó dormir a los demás; era la primera vez que llegaba a la selva y habría oído ya todos los cuentos de alimañas venenosas y salvajes, de modo que cuando salieron algunas cucarachas o algún pericote asomó, creyó que iban a atacarlo y valientemente se defendió tirándoles las botas o cuanto encontraba a mano, resistiendo heroicamente el asedio toda la noche... ¡Había que oír el relato a la mañana siguiente!... &lt;br /&gt;Yo tenía que encontrarle muchos defectos, pues le guardaba rencor por haberme quitado la confortable y exclusiva habitación en el Palomar, pero reconocí, que aparte de sus locuras, era persona de buenos sentimientos, que lo demostró cuando uno de los fogoneros se quemó levemente con vapor; él personalmente, le dio los primeros auxilios con los elementos que pudo encontrar. Y le dio una semana de descanso. En el aspecto humano era una grande satisfacción encontrar tal calidad de personas, que por otro lado nos causaban hilaridad con payasadas que hacían más llevadero nuestro aburrimiento. &lt;br /&gt;Una escuadrilla de aviones acuatizó sorpresivamente en el puerto y de uno de ellos bajó el comandante Narváez, quien, según nos enteramos, llegaba para comandar una expedición naval con las cañoneras “América” y “Napo”, destinada a atacar las fuerzas colombianas del Putumayo. El Comando del Agrupamiento estaba esperándolo con las cañoneras listas para partir, de modo que el comandante  de inmediato tomó el comando de la “América’ y zarparon las naves, pero, con gran sorpresa nuestra regresaron al tercer día, pues fueron detenidas por las autoridades navales brasileñas y con muy buenas maneras, obligadas a regresar. Sólo pudieron llegar a la boca del Putumayo sin encontrar en el trayecto indicio alguno de buques colombianos. Si la intención había sido ir en auxilio de Tarapacá o de Gueppí, la disposición había sido muy tardía... &lt;br /&gt;Ya nosotros estábamos perdiendo la esperanza de batirnos y hasta de ver algún colombiano frente a Leticia.  &lt;br /&gt;La noticia de Gueppí, el heroico sacrificio de Lores y de los que con él cayeron para proteger la retirada del grueso de la Compañía, quebró el hielo que estuvo congelando el sentimiento de fraternidad y la confianza mutua en las tropas del Agrupamiento de Leticia; el silencio se transformó en una sola expresión que significaba un desagravio que excedía los límites de la admiración: ¡Eran loretanos!... decían todos. &lt;br /&gt;El cambio dio motivo a que en la organización de los festejos con que se debía celebrar el glorioso triunfo de la artillería, en el combate del 2 de mayo, en el Callao, se proyectara un partido de fútbol entre los de artillería y los de infantería, vale decir, entre serranos y loretanos. Pero ocurrió algo sorpresivo e inesperado que trastornó todos los planes. &lt;br /&gt;La noche antes, después del toque de silencio, cuando ya casi todos estábamos acostados, se produjo un alboroto en todo el Agrupamiento: carreras, llamadas, toques de silbato… y como por un reguero de pólvora corrió la noticia del asesinato del general Sánchez Cerro, Presidente de la República, recibida telegráficamente. &lt;br /&gt;Fue tremenda la sacudida que conmovió a todos, precisamente porque lo habíamos considerado el adalid de nuestra causa, en mérito a sus declaraciones, aunque en cierto momento se notó una sorda resistencia a nuestro apoyo, como consecuencia de las pasiones desbordadas por la rivalidad política, y no podíamos prever las implicancias que a nuestra campaña pudiera acarrear su desaparición. La oficialidad se concentró en la Comandancia, seguramente a comentar el acontecimiento, mientras nosotros lo hacíamos en nuestra cuadra. &lt;br /&gt;Al día siguiente nos enteramos de las circunstancias en que fue victimado y el simple hecho de haber ocurrido cuando pasaba revista a los 20,000 movilizables, con los que debía conformarse las tropas que debían partir al nor-oriente, nos hizo pensar que había vuelto a lo razonable y nos hizo concebir la terrible sospecha de que fuera una confabulación de los contrarios a la causa de Leticia... ¡la Historia se repetía!... ¡luchas intestinas en el momento que necesitábamos más unión!... &lt;br /&gt;Tan luctuoso acontecimiento fue motivo para que se suspendiera la fiesta programada, reduciéndose a una concentración de todas las unidades a las 8 de la mañana, en el Cuartel de la Artillería, donde el capitán Molina y el sargento Cahuas hicieron uso de la palabra, rememorando ambos el glorioso significado de la acción y el heroísmo de los que en ella se inmolaron, en cuyo homenaje se instituyó el Día de la Artillería, terminando con una exhortación a los del Agrupamiento, para, en la situación que se estaba afrontando, demostrar el mismo valor y arrojo que llevó al triunfo a nuestros antepasados. &lt;br /&gt;Concluidos los discursos las unidades volvieron a sus cuarteles; solo se quedaron las delegaciones de las unidades, que habían sido invitadas al desayuno y debían regresar al almuerzo y a la comida. Tuve la satisfacción de estar en la delegación de mi Compañía. &lt;br /&gt;Como singular coincidencia, en la orden del Agrupamiento, se dio a conocer la valerosa actuación del soldado Elías Soplín Vargas, en una avanzada de Guerra Valle, como a la mitad del varadero Pantoja -Gueppí, que murió en su puesto de centinela, haciendo heroica resistencia al enemigo hasta caer completamente destrozado por las balas. ¡Otro loretano que escribía con sangre una página de la historia y ahogaba en ella los infundios del general Sarmiento!... ¿Por qué diría que el soldado de la selva huye en el momento del peligro?... &lt;br /&gt;Aquella noche, por disposición de la Comandancia, a la hora de lista, se hizo un minuto de silencio en todas las Compañías, en homenaje a Elías Soplín Vargas, mientras el corneta arrancaba al instrumento las notas caprichosamente dolorosas que envolvían todo nuestro ser como sollozos, anudando las gargantas. &lt;br /&gt;Pero para nosotros la guerra nunca empezaría. Todo se reduciría a ejercicios y alarmas infundadas, como cuando aparecieron dos aviones en forma sorpresiva en la frontera brasileña, pero no tanta como para que en un abrir y cerrar de ojos no estuviéramos en nuestros puestos, con los fusiles listos, las ametralladoras con su cinta y los cañones antiaéreos apuntando en esa dirección, prontos para disparar... Pero los aviones no pasaron del límite y sin que pudiéramos identificarlos dieron vuelta y desaparecieron dejándonos con el suspenso. Pero algo habíamos comprobado: que estábamos alerta y el enemigo no logaría sorprendernos. &lt;br /&gt;Seguían llegando, como despojos que arrastra una tempestad, los enfermos del Cotuhé, tan graves y en tal estado que el corazón se encogía de dolor al verlos. Algunos llegaban y... morían... ahí estaba el cadáver de Vicente Saboya Guerra... ¿soldado?... ¿carguero?... ¡Qué importaba!... Le había tocado el turno de rendir su vida en holocausto a la Patria... &lt;br /&gt;Todos los cargueros regresaban con la misma carga de dolor y sufrimiento; por lo escuálido de sus cuerpos y la lividez de sus rostros parecían cadáveres... ¡Qué diferencia cuando se fueron!... robustos, alegres, rebosando vitalidad, energía y entusiasmo por la idea de estar defendiendo su tierra, que al fin la habían rescatado. &lt;br /&gt;Si un monumento tuviera que perennizar la abnegación, el sacrificio, el valor derrochado en el infortunado conflicto por el rescate de Leticia, seria el carguero el símbolo que lo representara; se entregó sin condiciones, abandonándolo todo, se sujetó a las más adversas circunstancias y temerariamente arrostró, sin protección, sin armas, sin adiestramiento, la inclemencia de la naturaleza, los peligros de las enfermedades, las balas enemigas. &lt;br /&gt;Se les dio el nombre de cargueros, porque en una región donde todo es selva y ríos, ellos, sobre sus espaldas, tenían la única forma de transportar cualquier tipo de carga. Moradores de las riberas, gente sencilla e independiente, dedicada a la primitiva agricultura, a la caza, a la pesca, con riqueza en sus manos, pero sin elementos ni técnica para explotarla; nada hicieron por ellos los gobiernos, porque hasta las escuelas están fuera de su alcance y difícil les es llegar hasta ellas o enviar a sus hijos. Ama su tambo, su tierra, su chacra, sus aves; es feliz en su ignorancia porque se siente dueño de lo que le rodea, dueño de su destino, dueño de su libertad. &lt;br /&gt;Llegó hasta ellos el grito de auxilio de sus amigos, de sus vecinos... ¡el grito del pueblo!... y abandonaron sus hogares, sus hijos, su familia... ¡lo abandonaron todo para acudir al llamado de la Patria!... Para cada expedición se presentaban 30 ó 40 mocetones, fornidos y animosos, con la confiada sonrisa en los labios, característica de los hijos de la selva; sabían que sólo ellos eran capaces de transportar 60 o 70 kilos de carga sobre sus espaldas; que sólo ellos, así cargados, podían resistir largas caminatas, por entre tahuampas*, cortaderas, vacilantes puentes de troncos caídos, muchas veces con el agua a la cintura y comiendo una sola vez si tenían de qué. &lt;br /&gt;Si llovía se quitaban el harapo que les servía de camisa y el agua se deslizaba sobre sus bronceadas espaldas como por entre duros troncos, sin que ese torrente, o los ardientes rayos del sol que curtieron su cuerpo y les hacía verter fuentes de sudor, hicieran mella en su recia naturaleza. &lt;br /&gt;Y al fin de cada jornada, cuando las sombras de la noche envolvían la selva amenazante; su comida se reducía a un poco de “fariña”, un pedazo de paiche o carne seca del monte y su lecho era el húmedo suelo... ¡Qué le importaba al carguero toda esa dureza si le habían dicho que de nuevo era suya la tierra que le había sido arrebatada y tenía conciencia de que estaba ayudando a defenderla!... &lt;br /&gt;Pero el clima es traidor, el paludismo se iba adueñando de ese organismo mal tratado, su cuerpo iba perdiendo sus defensas, iba desgastándose rápidamente... y su regreso se convertía en una peregrinación de dolor... Los cargueros sanos conducían a los soldados enfermos, los cargueros enfermos tenían que caminar penosamente, arrastrando su sufrimiento en un desesperado esfuerzo para no rezagarse de los demás; la caravana iba alargándose... alargándose... iban quedándose agotados y tenían que dormir donde la oscuridad ya no les permitía seguir... detrás, en actitud de acecho, caminaba el tigre, cuyos sordos rugidos llegaban hasta la caravana... esperando que alguno se descuidara o cayera exhausto, sin aliento, para lanzarse sobre él y devorarlo... &lt;br /&gt;Y la caravana seguía... los que podían llegar hasta el tambo final esperaban unos días... luego se iban... los otros... dejaron con sus cuerpos pasto a los tigres y a los cuervos y con sus huesos, un jalón más para nuevos expedicionarios, que dirían al ver los descarnados huesos del carguero desconocido: ¡faltan dos horas para llegar a Agua Blanca!... &lt;br /&gt;¿Quién sabe cuántos cargueros han muerto?... ¿En cuántos hogares de las riberas se esperó inútilmente el retorno del padre... del hijo... del hermano?... ¡Nadie sabe dónde están... nadie sabe qué fue de ellos!... ¡No se sabe quiénes fueron!... &lt;br /&gt;No han sido las balas enemigas las que quitaron la vida a estos humildes defensores de su suelo... ¡no fueron ni el plomo ni el acero!... sus nombres no se grabaron en la historia con el de aquellos que cayeron entre el fragor del combate y el estruendo de la lucha.. &lt;br /&gt;Vicente Saboya Guerra también solo tuvo como campo de batalla el infierno del Cotuhé y un rincón del hospital, donde hasta el aire era miserable y parecía complacerse en atormentar al doliente. La luna brillaba con tristeza en el firmamento, lejos, se oían los lamentos de una guitarra y una voz ronca y triste, lanzando al viento los versos de un valse criollo, las risas de los bailarines, los gritos de los mirones, casi apagaban la voz del cantor y el bordonear de la guitarra... &lt;br /&gt;Y ahí estaba un humilde defensor de su rescatado suelo, sobre la misma tarima que le sirvió de lecho; sus vestidos desgarrados pregonaban sus fatigas, sus pies desnudos, vueltos penosamente hacia los lados tenían una transparencia que enseñaba los huesos, su rostro y su desnudo pecho mostraban la palidez del bronce, una mano piadosa juntó las suyas en un gesto de imploración hacia el misterio; cuatro velas adheridas con su propia cera a los ángulos de la tarima, convertida en sencillo catafalco, eran las únicas que lagrimeaban silenciosamente llorando por el muerto; solo ayes y quejidos quebraban el silencio... eran los otros enfermos, quizá pronto quedarían inertes en sus tarimas... &lt;br /&gt;Y a lo lejos seguía oyéndose la voz enronquecida del cantor, el bordón de la guitarra, los gritos de los que miraban, las risas de los que bailaban... ¡Qué les importaba a ellos la muerte! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el “Adolfo” llegó sorpresivamente la novia de Juan José, el que, de ninguna manera podía habérselo imaginado. El hombre se sintió transportado al quinto cielo, lo que era muy natural, porque la veía después de siete meses. &lt;br /&gt;Lo indignante fue que los oficiales, al ver una chica tan guapa y creyéndose por sus galones, merecedores de especial atención, empezaron a asediarla con sus requiebros, interrumpiendo con su presencia el coloquio de los enamorados; hasta pretendieron aislar a Juan José rodeando a la chica, pero ella, con toda delicadeza, consiguió vencer tan torpe estrategia y eludir tanta pesadez e impertinencia. &lt;br /&gt;El barco regresó por la noche. La fugaz presencia de su novia despertó en el alma de Juan José nuevas esperanzas, reavivó en su corazón la llama que estaba ardiendo, pese al tiempo y la distancia y sintió crecer más que nunca su ansiedad por regresar. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;CAMUNGUY*.- Ave zancuda de torpes movimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;TAHUAMPAS*.- Grandes extensiones de selva expuestas a la inundación periódica regular y a la acumulación de limo, arena y sedimentos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-1159535530342214255?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/1159535530342214255/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=1159535530342214255' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1159535530342214255'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1159535530342214255'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_16.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-6478786891745487955</id><published>2008-09-12T22:31:00.000-07:00</published><updated>2008-09-12T22:33:40.261-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXXI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Pasaron algunos días de tensa ansiedad, sin bolas ni rumores en relación con el encuentro que nuestras tropas habían sostenido en Gueppí; parecía, más bien, que todos tratáramos de no hacer comentarios ni menos suposiciones, como si tuviéramos el temor de llegar a saber algo peor de lo que nos estaba ocurriendo; no queríamos alentar la esperanza de éxitos alcanzados y menos pensar en que pudiéramos sufrir otro revés. Hasta que por fin se confirmaron las noticias; aparecieron algunos informes periodísticos y más tarde el detalle de toda la acción. &lt;br /&gt;Se comprobó entonces que los colombianos habían desistido de su ataque a Leticia; que la anunciada expedición punitiva había variado su plan y estaba atacando otros puestos de la frontera peruana, de cuya situación de abandono y falta de elementos de defensa, posiblemente se había enterado. &lt;br /&gt;Recién después de la pérdida de Tarapacá, el Comando de las Operaciones del Nor- Oriente se dio cuenta de que dicha expedición podía atacar los puestos del Putumayo, de los que los más importantes eran Puerto Arturo y Gueppí, cuyas defensas dejaban mucho que desear y cuyo efectivo militar, armamento y abastecimientos eran insuficientes. &lt;br /&gt;Recién entonces, al comprender el peligro, precipitadamente, el Comando del Nor- Oriente ordenó el regreso de las Compañías que había retirado de Puerto Arturo para trasladarlas a Leticia; recién entonces se dio cuenta de que Puerto Arturo, centro de operaciones del Putumayo, no debió ser desguarnecido; recién entonces reconoció la importancia de Gueppí, como guardián de dos fronteras, que increíblemente, un mes antes de ser atacado sólo tenía 82 hombres. &lt;br /&gt;El coronel Ramos al tomar el Comando inmediatamente después de haberse producido el conflicto e inspeccionar las fronteras, se había dado cuenta del estado de las guarniciones, la insuficiencia de tropas y la falta de armamentos y estuvo clamando al Alto Comando y al Ministerio por el envío de material y armamento, pero sólo encontró falta de atención y una incomprensible resistencia. &lt;br /&gt;Gueppí estaba, pues, casi abandonado, incomunicado con casi todas las guarniciones por falta de equipos de transmisión o averías constantes en ellos, tanto que, oficialmente se mencionó, que para comunicarse entre puestos cercanos del Putumayo se estaba usando un sistema primitivo de comunicación de las tribus selváticas, al que se le dio el nombre de “manguaramas” y consistía en transmitir por golpes en troncos huecos de manguaré*, señales convencionales... ¡En pleno siglo XX!... &lt;br /&gt;En tanto, las fuerzas colombianas se hacían cada vez más presentes; sus cañoneras y las lanchas peruanas apresadas “Sinchi Roca” y “Huayna Cápac”, subían y bajaban frente a Gueppí, transportando tropas y material a los emplazamientos que abrían en la margen opuesta: arriba de la boca del río Gueppí una concentración de tropas y material y abajo una base naval y aérea, desde donde, diariamente, efectuaban vuelos de reconocimiento. &lt;br /&gt;Días antes del ataque a Tarapacá, las fuerzas colombianas ocuparon las islas peruanas frente a Gueppí, denominadas 1 y 2, apresando a tres soldados peruanos. &lt;br /&gt;No eran pues, molinos de viento, castillos o barcos encantados, ni botijas de vino, que nos expusieran a una quijotada... eran cañoneras con muy buena artillería, tropas muy bien armadas en número, a simple vista muchas veces mayor a las defensoras de Gueppí. Pero la consigna era esperar el ataque. Una disposición del Comando General de las Operaciones del Nor-Oriente, decía que las tropas peruanas no debían abrir el fuego mientras no fueran atacadas. Tal disposición tenía vigencia en todos los frentes. &lt;br /&gt;Despejada la incógnita, el Comando trató de concentrar tropas en el Putumayo. Seis días después de la toma de Tarapacá, una Compañía de reclutas se embarcó en Iquitos al mando del capitán Tenorio, con destino al Gueppí. Apilados como reses en una lancha de 60 toneladas después de 9 días de penoso viaje llegaron a Pantoja; atacados por el paludismo y la disentería, tan enfermos que muchos tuvieron que regresar, los demás, a marchas forzadas, cruzaron el varadero de Pantoja a Gueppí. &lt;br /&gt;Un viaje así, desafiando la inclemencia de la selva, a través de accidentadas trochas y pantanos interminables, es durísimo; no sólo causa fatiga y agotamiento físico en el hombre extraño a ella sino que puede perturbarlo síquicamente, según su temperamento y carácter, por las dificultades que tiene que afrontar, por la amenaza de las enfermedades endémicas, como las fiebres palúdicas, contra las que la tropa tenía muy poca protección. &lt;br /&gt;La Compañía llegó a Gueppí disminuida por los muchos enfermos y la guarnición solo alcanzó un efectivo de 194 hombres con sólo 5 ametralladoras y 4 fusiles ametralladora. En cuanto a las defensas, mucho les faltaba para ofrecer eficiente protección a la tropa y resistencia a los atacantes… ¡No tenían una sola pieza de artillería! &lt;br /&gt;Tan precaria situación trataron de mejorar haciendo más trincheras y organizando las fortificaciones, alentados por la esperanza de que pronto llegaran la artillería y los refuerzos que estaban en camino, a dos jornadas en víspera del ataque, o decididos a mantenerse firmes en sus posiciones. &lt;br /&gt;El domingo 26 de marzo, las cañoneras colombianas entraron a las aguas peruanas, atacando simultáneamente el Puesto Nº 2 en la boca del río y el Puesto Nº 1 más abajo del centro de los emplazamientos, con intenso fuego de artillería de los buques y de las islas que habían tomado, protegiendo el acercamiento de los transportes, las lanchas peruanas apresadas y otras colombianas, para el desembarco de las tropas que conducían, en una formación abierta como abanico. &lt;br /&gt;Tres aviones de caza y tres de bombardeo se sumaron al ataque: bombardeo y ametrallamiento de las posiciones. Después de 3 horas de dura resistencia, ante el intenso fuego enemigo y al desembarco de las primeras tropas frente al Puesto Bolognesi, la sección que lo defendía abandonó las posiciones y se replegó, igualmente los defensores de los puestos 1 y 2; el fuego enemigo empezó a concentrarse en las posiciones centrales y las tropas que desembarcaban empezaron a cerrarse sobre los defensores, que sólo podían oponerles el fuego de sus ametralladoras y de fusilería, sin causar mayores daños. &lt;br /&gt;El grueso de la Compañía, para evitar ser envuelta y copada recibió la orden de replegarse hacia el varadero; la sección del teniente Garrido Lecca, se replegó a la segunda línea de trincheras para proteger la retirada de las otras secciones y la trocha del varadero; allí, el soldado Alfredo Vargas Guerra desafió, con solo su fusil, la superioridad numérica y el fuego de los atacantes y se sostuvo hasta caer destrozado por la metralla... el oficial cayó prisionero. &lt;br /&gt;Solo quedaron en el centro de los débiles emplazamientos 7 hombres, parte de un grupo de combate al mando del sargento Fernando Lores, para proteger la retirada de la Compañía y el acceso del enemigo al varadero, con sólo una ametralladora...&lt;br /&gt;El soldado Reynaldo Bartra Díaz defendiendo el ala izquierda y el cabo Alberto Reyes el ala derecha, hicieron fuego hasta enrojecer sus fusiles; Lores, seguido de su cargador y sus proveedores corría de un lado al otro del foso, disparando su ametralladora sobre los atacantes, tan intensamente que parecía que fueran muchos los defensores que estuvieran tras de la trinchera... Ese grupo fue la última defensa de la guarnición de Gueppí. ¡Todos eran loretanos!... &lt;br /&gt;Fue una misión de sacrificio, que ninguno vaciló en asumir... ¿Por disciplina?... ¿Por principio?... ¿Por amor a su tierra?... En el supremo instante de su decisión todos esos sentimientos se conjugaron y crecieron en tal magnitud, que desbordaron los límites de lo humano y lo posible, cruzaron los dinteles de lo épico con tan luminosos resplandores, que disiparon toda sombra y cualquier duda. &lt;br /&gt;La artillería colombiana concentró su fuego en el último reducto, las tropas avanzaron para cercarlo y reducirlo, con poderoso fuego de ametralladoras y fusilería... cayó Bartra Díaz… cayó Alberto Reyes… y enmudecieron sus armas... en el fondo de la trinchera ya no quedaba de ellos más que ensangrentados despojos y sus humeantes fusiles... pero, la epopeya no había terminado... &lt;br /&gt;Una ametralladora seguía vomitando fuego, como si fueran muchas y estuvieran en distintos sitios. . . era el sargento Lores que se trasladaba como en alas del pensamiento, salía de distintos puntos y disparaba ráfagas de muerte... El tiempo parecía detenerse admirando su temple y su coraje... su sangre ya empapaba su uniforme... vio caer a otro de los suyos a sus pies, se inclinó para ayudarlo… estaba muerto... se irguió de nuevo, él también estaba herido y sangrando, rompió el borde de su chaqueta y lo hundió en su ingle, por la cintura del pantalón, sin un gesto de dolor... &lt;br /&gt;Dos de sus últimos hombres, Pinche y Revilla, heridos, sangrantes, incapaces de moverse, trataban de arrastrarse para ir tras él... lo seguían con la vista de uno al otro extremo del foso, como a una exhalación; lo veían salir y disparar ráfagas de metralla lanzando gritos de desafío... los demás no podían verlo porque estaban muertos... ¡Se había quedado solo!... &lt;br /&gt;Salió de la trinchera al encuentro de la gloria, disparando y cubriéndose en los huecos del terreno... ¡era la furia de la selva convertida por sus manos en tempestad de plomo!... ¡era la voz de un hijo de la selva en ronco tronar de metralla amenazando muerte!... ¡era un corazón palpitando Patria, que agigantaba un arma para contener la avalancha del número y la fuerza!... &lt;br /&gt;Pero el enemigo avanzaba incontenible disparando nutridamente, cada vez más cerca... Lores emergía y disparaba, desaparecía y aparecía en otro sitio para volver a disparar... Tal esfuerzo no podía durar… el milagro tenía que acabar porque la inmortalidad venía a su encuentro llameando plomo y envuelta en fuego… una ráfaga enemiga le rodeó la cintura en mortal abrazo y lo destrozó... alzó los brazos con la ametralladora empuñada como para lanzarla en postrer desafío… se dobló lentamente y hundió su cabeza en el suelo en actitud de reverencia... como para besar la tierra y se dio la vuelta para mirar por última vez el sol de su selva. &lt;br /&gt;¡Quizá una maldición fue su último esfuerzo, no porque se sintiera morir, sino porque ya no tenía fuerzas para seguir defendiendo su tierra que tanto amó!... &lt;br /&gt;Un médico colombiano contó después, narrando la toma de Gueppí, que al llegar cerca de la trinchera a reconocer al que se había multiplicado disparando su ametralladora para contener el ataque, viendo todavía en el cuerpo ensangrentado algunos signos de vida, se inclinó para mirarlo mas de cerca y tomarle el pulso... Lores abrió los ojos y en un supremo esfuerzo le lanzó un escupitajo. &lt;br /&gt;Mientras tuvo fuerzas para disparar su ametralladora regó muerte entre los que invadían su tierra e insultaban su amor patrio…destrozado ya, su último aliento fue el desprecio lanzado a la cara del invasor... &lt;br /&gt;¡Cayó el titán y los colombianos ocuparon la plaza que había ofrecido resistencia mientras estuvo con vida un loretano!... ¿Esa era la cobardía que el general Sarmiento achacaba a los hombres de la selva?... ¡Si así eran los cobardes... cómo serían los valientes! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MANGUARE* .- Troncos huecos dispuestos en pares, usados por los indígenas amazónicos como telégrafo al ser percutidos; se llama “macho” al grave, y “hembra” al menos grave y más pequeño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-6478786891745487955?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/6478786891745487955/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=6478786891745487955' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/6478786891745487955'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/6478786891745487955'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_12.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-2864362241728856925</id><published>2008-09-09T06:44:00.000-07:00</published><updated>2008-09-09T07:03:04.885-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXX&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Con motivo de la recepción que merecía mi regreso y para la información que necesitaban los amigos del “Estado Mayor”, nos reunimos después de la comida en un rincón de la cuadra; no sé de dónde conseguirían chocolate y mientras lo preparábamos a una sola mano en un improvisado fogón, para saborearlo con unas deliciosas galletas, también de origen desconocido, bebíamos el contenido de unas botellas, del que hacía encendidos elogios su artífice Sifuentes, que, la verdad, si las recetas las preparaba con la misma ciencia que los tragos, sólo por milagro los pacientes no morían o quedaban locos. &lt;br /&gt;Al cabo de tres horas todos estábamos más que alegres, hablábamos de todo y rajábamos de todos... los ausentes, especialmente de ciertos oficiales, pero no acertábamos a ponernos de acuerdo en nada y cada quien, en irreductible posición, no se daba por convencido. &lt;br /&gt;Yo debía embarcarme en el “Manco Cápac” a las 10, de nuevo en comisión; todos me acompañaron al puerto, pero Dositeo, quien más cerca de mí estaba, no podía disimular su pesadumbre por mi rápido regreso y sus grandes deseos de seguir viajando a Caballo Cocha. &lt;br /&gt;El “Liberal” también estaba listo para zarpar, en él fue embarcado el prisionero del Cotuhé, que la Comandancia remitía a Iquitos; lo observé: era un tipo común y corriente como cualquiera de nosotros y al verlo sentí como lástima, todo sucio y barbado, con el pantalón y la camisa rotos, sin zapatos; sentado en la tapa de la escotilla, encorvado como por el peso de sus caídos brazos, con la cabeza agachada, paseaba lentamente miradas de reojo, como atontado, como con miedo; tenía cerca un soldado armado que lo vigilaba… ¿sería el espía que se imaginaron?... Parece que nada declaró, posiblemente porque nada sabría... pero ¡qué diablos!.. estaba en la mermelada y allá con él... Nosotros podíamos haber corrido igual o peor suerte... Como muestra de nuestra ferocidad y lección para todos los colombianos, debíamos devolverlo a su tierra tal como estaba. &lt;br /&gt;Al mediodía siguiente llegamos a Caballo Cocha y como casi todos los viajes, éste fue otra excursión, pero tuve otra triste y desagradable comprobación: el convencimiento de que nuestro mal tenía raíces tan grandes que en todas partes hacía germinar el aprovechamiento ilícito, el robo disimulado, la desvergüenza de abusar de la confianza para despojar a humildes en beneficio propio. &lt;br /&gt;Regresaba a bordo al almuerzo, y al tomar la plancha, a la mitad de ella vi a un civil saliendo cargado de un saco de harina. Esperé a que llegara al final de la plancha y sin que pudiera salir a la orilla lo detuve y pregunté: &lt;br /&gt;- ¿A dónde lleva usted esa harina? &lt;br /&gt;Me miró y luego de un instante de vacilación contestó: &lt;br /&gt;- A tierra… no es para mí... me han buscado para cargar... &lt;br /&gt;En aquel momento otro apareció en la borda del buque y apresuradamente se acercó. Era un desconocido. &lt;br /&gt;- Es de este señor -agregó el cargador- Pero déjeme pasar. &lt;br /&gt;El otro intervino y mirándome con cierta atención dijo: &lt;br /&gt;- La harina es mía… yo la he comprado a bordo… &lt;br /&gt;- Pero usted sabe que esta harina no se puede vender -le interrumpí- es para el rancho de la tropa y de la tripulación. ¿Quién se la ha vendido? &lt;br /&gt;- Vea, déjenos pasar que se está cansando el hombre y luego hablaremos. &lt;br /&gt;Accedí, pero tan pronto como el cargador pisó tierra lo detuve: &lt;br /&gt;- Espera un momento, baja tu carga. &lt;br /&gt;- ¿Por qué? Estoy apurado -dijo el otro- ¡Vamos! &lt;br /&gt;- ¡No! -le dije interponiéndome y algo exaltado. Quiero saber quién le ha vendido esa harina. &lt;br /&gt;- ¿Y quién es usted para averiguarlo? &lt;br /&gt;Lo miré fijamente poniendo la cara más autoritaria, mi uniforme, siempre cuidado y limpio, me daba apariencia de clase, mi actitud estaba abonándola; lo noté algo intranquilo y me atreví: &lt;br /&gt;-Luego sabrá quién soy; lo que quiero es que me diga quién le ha vendido la harina. &lt;br /&gt;- Sabe, yo soy una persona seria. He pagado por esa harina porque la necesito. No la estoy robando... &lt;br /&gt;- No le digo que la esté robando, sólo quiero que me diga usted quién se la vendió. &lt;br /&gt;Nos miramos fijamente, estaba serenándose y acaso se dio cuenta de que yo era un simple preguntón, un iluso que quería arreglar el mundo y aclaró: &lt;br /&gt;- Vea, si quiere saber quién me vendió la harina, pregúntele al comandante de la lancha, ahora déjenos pasar, que este hombre se está cansando inútilmente. &lt;br /&gt;Ya no tenía argumentos ni fuerza para detenerlo, además ya me había dicho lo suficiente y para concluir… ¿Qué más podía hacer?... Me sentí avergonzado de mi impotencia e indignado de tropezar con tanta podredumbre a cada paso... ¿Qué se podía exigir a un ciudadano con semejantes ejemplos? &lt;br /&gt;Lo sensible era que tales procedimientos afectaban a los subalternos haciéndoles pasar estrechez, mientras los otros despilfarraban, se banqueteaban, se emborrachaban con el fruto de sus indignas combinaciones. &lt;br /&gt;Al día siguiente se embarcaron 46 cargadores y muy temprano zarpó el barco. Como a las 9 llegamos a la boca del Hamaca Yacu, los embarqué junto con los 21 hombres de tropa de línea en el bote-motor y en la montería de remolque y los conduje hasta el puerto del varadero. Estaban esperando 42 enfermos que regresaban del Cotuhé, 6 de los cuales estaban tan mal que no podían tenerse en pié, por lo que los cargadores que regresaban tuvieron que conducirlos en angarillas. &lt;br /&gt;Humberto Campos también regresaba, pero estaba entre los menos graves, lo que me alegró muchísimo y en parte alivió mi pena de ver tanto sufrimiento. Pese a estar débil y demacrado seguía decidido, impetuoso y creyendo en el triunfo de nuestra causa, por lo que no quise desilusionarlo con mis incertidumbres. Al otro días llegamos a Leticia y todos, inmediatamente, fueron internados en el hospital. &lt;br /&gt;El Agrupamiento Táctico de Leticia seguía igual: ejercicios continuos día y noche, ya todos lo hacíamos casi mecánicamente, aunque algunas veces yo no podía evitar cierta emoción, tal, cuando a mi regreso encontré una novedad; como a las 11 de la noche se elevó un cohete luminoso disparado en Ramón Castilla, casi inmediatamente se elevaron otros iguales en Saraiva, Boa Vista, San Antonio y en nuestra posición, oyéndose simultáneamente el toque de generala. Se trataba de comprobar que tanto estaban listas las unidades para responder a la señal de alarma y si las comunicaciones entre ellas ofrecían seguridad. Yo, como de costumbre debía estar directamente a órdenes de la Comandancia y del Jefe del Estado Mayor, el mayor Vásquez Caicedo, quien estaba increíblemente, en todas partes, de día o de noche y sorpresivamente aparecía en las trincheras, en las cuadras, en el puerto, como un fantasma. Parecía hacerse el loco o era muy distraído; por lo general, donde encontraba un soldado lo detenía, le preguntaba a qué unidad pertenecía y luego le ordenaba seguirle, diciendo que lo necesitaba, lo hacía caminar detrás suyo por donde iba, que generalmente era a todos los emplazamientos, y por último lo despedía: ¡Ya no lo necesito!... ¡Puede usted retirarse!... A veces eran más de dos a los que hacía que lo siguieran... &lt;br /&gt;Un día fue a buscarme al Palomar llevando un legajo de papeles, para conducirlo en el bote-motor, se embarcó, preparé el motor y antes de ponerlo en marcha le pregunté: &lt;br /&gt;- ¿A dónde vamos, mi mayor? &lt;br /&gt;Me miró entre sorprendido e inquisitivo y contestó: &lt;br /&gt;- ¿Y para qué quiere usted saberlo? &lt;br /&gt;No pude dejar de sonreír, lo que sí tuve que contener fue una carcajada, porque su pregunta no era para menos y le aclaré: &lt;br /&gt;- Tengo que saber a dónde debo dirigir el bote, arriba, abajo o a la banda, mi mayor. &lt;br /&gt;Volvió la vista riéndose, señaló la orilla opuesta y dijo: &lt;br /&gt;- ¡A Ramón Castilla! &lt;br /&gt;Incidencias como ésta suavizaban el tedio y el aburrimiento que en Leticia nos consumía, porque ya ni los rumores ni las bolas nos sorprendían o inquietaban. Una de las últimas fue que si hasta el 12 ó 13 de abril no atacaba la expedición punitiva colombiana, ya no lo haría más... No lo creí entonces... ¡No era posible! ellos debieron atacar aunque no hubiera sido mas que para darnos el gusto de ver si nuestros cañones hacían blanco o las minas estallaban... o siquiera para saber si yo era valiente, o por lo menos saber cómo me hubiera sentido, si hubiera tenido miedo ante el peligro... &lt;br /&gt;El “Estado Mayor” también había sufrido cambios sin perder dignidad ni categoría; nuevos elementos ingresaron para sustituir a los ausentes: Zubiaurr que había regresado a Iquitos, Ross, Aguilar, Bardalez que habían vuelto a Puerto Arturo, Campos que debía ser evacuado a Iquitos por su enfermedad; nuestras reuniones eran constantes en lo posible, siempre entre recuerdos y tragos, que ambos teníamos en abundancia, tratando de ahogar aquéllos con éstos; bebíamos, mas buscando consuelo en el olvido, que porque tuviéramos disposición de beber o el placer de hacerlo; nuestro ambiente estaba siempre inundado de algo como una triste alegría, una esperanza que queríamos conservar, una ilusión que era la dueña de nuestros pensamientos y vivía en él. &lt;br /&gt;Y mientras nosotros tratábamos de distraer la vida, un parte de la Comandancia anunció la muerte de un muchacho de mi Compañía, que había viajado de regreso a Puerto Arturo. Según la versión cayó de la lancha cuando estaba navegando y se ahogó. Su nombre era Miguel Flores Freitas y le llamábamos “Chonta Purillo”, porque era un mozo muy fuerte. Y en el hospital de Leticia el soldado de artillería Tiburcio Chasnamonte Sias dejó de existir víctima de las fiebres. Fue uno de los 6 que regresaron graves del Cotuhé a donde había partido como voluntario en la primera expedición de auxilio para Tarapacá. &lt;br /&gt;Eran las avanzadas hacia la muerte, en nuestra desdichada campaña, a la que fueron arrastrados por su amor patrio, por su sueño de reivindicación, por la defensa de su tierra, por su conciencia de loretanos; el uno habría encontrado su sepulcro en el inmenso caudal del Amazonas, la verde ribera sería su fastuosa mortaja y la inmensidad del firmamento su eterno mausoleo; el otro tuvo un féretro, flores silvestres, blancas y rojas, símbolos de la enseña por la que dio su vida, tuvo coronas que sus compañeros tejieron con sus propias manos, como fraternal homenaje; fue acompañado por ellos a su última morada, como en un glorioso desfile hacia el triunfo, con la misma música que otrora los guió, ciegos de entusiasmo y esperanza en el rescate de su tierra, única digna de quienes se sacrificaron en tan cruel abandono. &lt;br /&gt;Lo vi pasar encabezando el fúnebre cortejo, como un triunfador, en hombros de sus compañeros; la marcha, cuyos acordes se desprendían como alaridos, me oprimía el corazón y al verlo pasar para nunca más volver, sentí impulsos de gritar, de detenerlo... No había lágrimas en los ojos de los soldados, en sus graves rostros se veía, mas bien, algo como un gesto de amenaza; fueron las bayonetas, las que al quebrarse el sol en ellas, reflejaron destellos que parecían lágrimas de gloria. &lt;br /&gt;El rústico palo que en cruz se irguió orgulloso de ostentar su nombre, pregonará a quien lo lea: ¡Aquí yace un mártir!... ¡Murió por la integridad de su Patria... y el suelo por cuya redención cayó, las raíces seculares de su inmensa tierra, velarán su sueño en eterno abrazo! &lt;br /&gt;Ya caían los primeros y entonces aún creía que del fondo de sus fosas el tronar de los cañones, esa voz potente y ruda que estremece hasta los suelos, con gran júbilo oirían... y el fragor de la metralla, el silbido de las balas, llegaría hasta sus tumbas proclamando redención... &lt;br /&gt;Pasaron algunos días y en un nuevo viaje a Caballo Cocha me encontré con una agradable sorpresa. Llegamos como a las 9 e inmediatamente después de puesta la plancha salté a tierra; subía distraído cuando de pronto... ¡Miguel Flores Freitas!... &lt;br /&gt;Era natural que me sintiera sorprendido del encuentro y muy posible que si hubiera sucedido en la noche me asustara creyéndolo un fantasma... &lt;br /&gt;- Pero... ¡entonces no estás muerto!... -exclamé, sin atinar a explicarme y algo confundido-¡entonces no es cierto que te has ahogado!... &lt;br /&gt;- ¡No! -me contestó riéndose de oreja a oreja al ver mi sorpresa- tuve mucha suerte cuando me caí. &lt;br /&gt;Me contó entonces que cuando partieron de Leticia, en la noche, él y un grupo de amigos se pusieron a beber; sintiéndose mareado abandonó la reunión y trató de pasar de la lancha a la alvarenga, en la que había puesto su hamaca, pero puso el pié en vacío y cayó al río, entre las dos embarcaciones, en plena navegación, sin que pudieran sujetarlo los que estaban cerca. Con el susto y con el agua, instantáneamente se le pasó la borrachera, gritó, pero en vano, la lancha se alejaba rápidamente; tuvo-como dijo- mucha suerte, porque la lancha navegaba cerca de la orilla; nadó y tuvo fuerzas suficientes para hacerlo hasta tocar tierra. Tomó aliento, se subió al barranco, exprimió sus ropas y esperó que amaneciera, un tanto intranquilo por el temor de alguna víbora; en cuanto la luz del amanecer le permitió, echó a andar por la orilla, siguiendo la corriente del río, por entre fango, matorral y palizada, hasta que llegó, ya tarde, al tambo de unos ribereños, quienes, cuando se identificó, lo acogieron cariñosamente y le dieron de comer. &lt;br /&gt;Repuestas sus fuerzas, pidió que lo llevaran a Caballo Cocha, pero, el que parecía ser el jefe de la familia le dijo: &lt;br /&gt;-Aquisito nomás es Chimbote... Mejor mañana te voy a llevar allá para que el gobernador te mande. Mi canoa no vale para ir hasta Caballo Cocha. &lt;br /&gt;Sobre el emponado le pusieron unos sacos vacíos para que se acostara y al día siguiente, muy temprano, el amigo que había conseguido lo guió por una trocha hasta Chimbote, donde se presentó al Gobernador, quien tuvo dificultad para encontrar bogas para la embarcación que necesitaba; le ofreció para el día siguiente a primera hora tener lista la comisión que debía llevarlo a Caballo Cocha. &lt;br /&gt;Y ahí estaba Miguel Flores Freitas, el “Chonta Purillo”, vivito y ufano de su aventura... ¡Qué tal chasco el mío!... Yo que lo había envuelto en una aureola de gloria, inmensidad y… ¡qué se yo!.. Creo que debió ahogarse de veras para no perderse el panegírico... &lt;br /&gt;Al regreso de Caballo Cocha me enteré de los rumores de un combate en Gueppí, la guarnición peruana más avanzada del Putumayo. Esperábamos con impaciencia la confirmación de la noticia y de ser cierta, los detalles de la acción. Estábamos comprobando que los colombianos habían desistido de atacar Leticia con su cacareada expedición punitiva y lo estaban haciendo a otras guarniciones. &lt;br /&gt;Pero hubo algo más grave aún. Se había difundido cierta declaración del general Sarmiento, Comandante en Jefe de las Operaciones del Nor-Oriente, en el sentido de que la pérdida de Tarapacá se debió a “la cobardía del soldado de la montaña, que en el momento del peligro huye”... &lt;br /&gt;Era evidente que la actitud del teniente Gonzalo Díaz, a cuyo mando estuvo la guarnición de Tarapacá cuando fue atacada, quería ser justificada en esa forma; se notaba que había el propósito de ocultar las verdaderas causas del descalabro: la incuria y negligencia del Alto Comando, la ignorancia del general Sarmiento de la estratégica situación de Tarapacá, de su falta de armamento adecuado y escasa munición, de que sólo tenía 90 reclutas que la defendían y de la calidad de los oficiales, quienes, en lugar de levantar la moral y el espíritu militar de la tropa, la maltrataban y en el momento en que debieron dar ejemplo de valor y serenidad fueron el hazmerreír de sus propios soldados. Se notaba que el general Sarmiento trataba de eludir su propia responsabilidad, pretendiendo atribuir el fracaso a una supuesta falta de valor. &lt;br /&gt;Según llegó a saberse, meses después, por una pública aclaración del coronel Víctor Ramos al general Sarmiento, el teniente Gonzalo Díaz fue un recomendado especial del gobierno. &lt;br /&gt;En cierto modo ya estaba deseando yo, que definitivamente no fuera atacada Leticia, porque de serlo, si hubiéramos sufrido un desastre, no habría sido causa de ella la variedad y pequeño número de piezas de artillería, ni la escasez de munición tanto para ellas como para nuestros fusiles, ni la falta de armas automáticas... no hubiera sido nada de eso... la hubieran achacado a la “falta de espíritu de los soldados de la selva”... &lt;br /&gt;El ambiente del agrupamiento en torno a este enojoso asunto se puso sumamente tenso, los corrillos cesaban en su conversación y se disolvían cuando nos acercábamos, todos hablaban en voz baja, como con desconfianza, se veían sonrisas burlonas, miradas maliciosas, todo nos parecía una indirecta y nos sentíamos indignados. No podíamos resignarnos a ser mirados como cobardes, pero estábamos impotentes para protestar de que se quisiera atribuir a los loretanos la derrota sufrida en el primer encuentro con el enemigo. &lt;br /&gt;Y empezaron a surgir los incidentes. A la hora de rancho, dos sargentos, que está demás decir, que uno era loretano y el otro de Dios sabe dónde, por poquito se agarran a los golpes. &lt;br /&gt;- ¡Esta sección ha llegado antes y debe pasar primero por las pailas! &lt;br /&gt;- ¡Fuera de aquí, maricón!... ¡Primero pasan los hombres! &lt;br /&gt;- ¡Ay chucha!... Así que te crees muy hombre... Aquí también los hay y cuando quieras ver uno avísame. &lt;br /&gt;-¡Me estás desafiando, junagramputa, yo sólo me trompeo con machos, tu estás bueno para Tarapacá! &lt;br /&gt;- ¡Hoy mismo vas a saber lo que es un hombre, concha tu madre! &lt;br /&gt;El primero Arbulú, que estaba cerca, oyó el altercado, corrió y se interpuso entre los dos, gritándoles: &lt;br /&gt;- ¡A su cuadra cada uno!... ¡y como sepa que han continuado con el pleito, a los dos juntos les voy a hacer tragar una ensalada de patadas!... ¡Fuera de aquí, carajo! &lt;br /&gt;Y por la noche, en el patio de la cuadra, al salir de la “academia”, que como en todas las Compañías se hizo en la nuestra, “para levantar el ánimo de la tropa”, de repente se armó una discusión entre Dositeo y un soldado de la artillería, terminando por “trenzarse” en una lluvia de puntapiés, que si no hubiera llegado el sargento Chaparro a tiempo, se armaba una pelea general, porque ya estábamos mirando los de nuestro grupo, cuál serrano nos iba a tocar en la repartición de los puntapiés. &lt;br /&gt;La tal academia tuve la paciencia de oírla, pero, el cabo que hablaba, cualquier cosa podría hacer, menos disertar sobre el tema en forma que pudiera ser provechosa &lt;br /&gt;para los oyentes. Soportando pacientemente los rebuznos, pensaba en cómo podía haber oficiales que delegaran tan importante misión... ¿Sería comodidad, negligencia o incapacidad?.. . Solo ellos podían saberlo... &lt;br /&gt;Pero nada influyó en nuestro particular idealismo y menos en nuestra decisión, que nos creyeran cobardes y trataran de humillarnos, nos conocíamos y los conocíamos muy bien y si hubiera llegado la hora de prueba, habríamos visto a quién le mordía el zapato... &lt;br /&gt;Dos días después en una madrugada, mi grupo fue llamado a formar, armarse y salir al mando del sargento Encinas. Nos encaminamos al puerto y encontramos una comisión de 6 hombres al mando de un sargento que había llegado de La Victoria, conduciendo al subteniente Linares. Cuánto haría que nos estaban esperando, pero los encontramos en posición de atención, con el arma al portafusil, en dos líneas: 4 hombres detrás y uno a cada lado de Linares; el sargento delante, como a 6 pasos. Encinas mandó hacer alto como a 10 pasos, se acercó al otro sargento, se saludaron militarmente y aproximándose más aún, empezaron a hablar en voz baja: parecían estar transmitiéndose la consigna; luego sacó un documento del bolsillo, hizo firmar a Encinas en un hoja que le fue devuelta, se la volvió a guardar y, con otro se quedó Encinas. &lt;br /&gt;Se volvieron a saludar y dando media vuelta mandó a su grupo adelantarse dejando solo a Linares, que evidentemente llegaba como prisionero; estaba correctamente uniformado, su pálido rostro acusaba nerviosismo e impaciencia, no miraba de frente a nadie ni decía una sola palabra. Encinas tampoco le habló, ni le saludó siquiera; ordenó que se colocaran 6 hombres a la derecha y 6 a la izquierda de Linares y uno cerrando la formación con el cabo a la cabeza y mandó marchar. &lt;br /&gt;Me recordó la forma como llevan a los condenados a muerte en las películas y sentí lástima; lo condujimos a la Comandancia y Encinas cumplió el mismo trámite del puerto, para entregar a Linares con un oficial. &lt;br /&gt;No le vimos más, como si se lo hubiese tragado la tierra; es posible que lo pusieran en compañía de Díaz, a quien no logré ver cuando llegó a Leticia, pero, según me enteré, fue conducido en idéntica forma y desde entonces estaba encerrado con centinela de vista. ¿Por qué lo trataban en esa forma, sí, como dijo el general Sarmiento, la pérdida de Tarapacá se debió a la cobardía de los soldados de la selva?&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-2864362241728856925?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/2864362241728856925/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=2864362241728856925' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2864362241728856925'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/2864362241728856925'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/09/el-rescate-de-leticia-novela-de-una.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-1669090638119666187</id><published>2008-08-31T22:46:00.000-07:00</published><updated>2008-08-31T22:49:53.091-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXIX&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otra vez miraba extraviado la turbulenta estela del barco, que, poco a poco se aquietaba quedándose en la lejanía; estaba de regreso después de una semana reconfortante, que alentó mis románticas ilusiones y mis dorados ensueños. Pero algo ensombrecía mi pensamiento: era el asunto de Leticia que estaba tomando mal cariz; empecé a darme cuenta del por qué de tantas dilaciones y de la falta de firmeza en las decisiones. &lt;br /&gt;La toma de Leticia por los civiles fue respaldada por la Quinta División, a nombre de los Institutos Armados del país, haciendo suyo el movimiento y resuelta a afrontar la respuesta de Colombia cualquiera que ella fuera. Lo increíble fue que en la capital aparecieran acusaciones, empezaran a crear falsos temores, se apelara a la mentira y hasta al insulto y la diatriba, atizando rencores en el ámbito nacional. &lt;br /&gt;La torpe desviación de la rivalidad política, germen de la desunión de los peruanos, cáncer que consume nuestro Perú, seguía latente. Las funestas consecuencias de hacía medio siglo, en parecidas circunstancias no fueron lección suficiente; el doloroso derramamiento de sangre, en desesperado esfuerzo, de miles de peruanos inmolados heroicamente, parecía haber sido olvidado; las cenizas de la destrucción, el luto de la patria, nada de ese trágico legado fue aprovechado como cimiento de salvadora peruanidad, como cruento símbolo de verdadero amor al Perú. &lt;br /&gt;Igual que entonces, el personalismo criollo de ciertos políticos volvió a enseñar sus repugnantes y ponzoñosos dientes, hundiéndolos en quienes, con nuevos postulados, querían un nuevo orden social; trataron de empinarse al impulso de sus intereses, sin pensar en el bienestar del pueblo, en el interés nacional, en la integridad de la patria, sin importarles la lucha fratricida... ¡La historia se repetía! &lt;br /&gt;Con desconcertante, con increíble desconocimiento de nuestra realidad regional, esos políticos creyeron ver o trataron de hacer aparecer la actitud de Loreto como hecho circunscrito a una sola región y como defensa de intereses particulares; pensaron y temieron que Colombia, poderosa en dinero, material bélico y tropas, con la ayuda de potencias extranjeras, pudiera vencer e ir a la colonización de nuestra selva; pretendieron que se interpretara el levantamiento loretano como el despertar de un pueblo oprimido, a la luz de la nueva ideología de reivindicaciones sociales que se estaba difundiendo con fuerza arrolladora al grito carismático de un nuevo líder que derrumbaría el sistema político imperante... Y su campaña se dirigió a influir en el gobierno la negativa a la ayuda que estábamos clamando. &lt;br /&gt;¿Era posible que ignoraran o pretendieran ignorar que fue el grito de rebeldía del nativo, la protesta del despojado, el clamor de un pueblo, lo que de nuevo se alzó, después de tres años de sometimiento?... ¿Que fueron 57 regnícolas, quienes sintieron el desgarramiento de su tierra, los que rescataron Leticia?...¿Que fue el pueblo, nosotros, los que fuimos en su ayuda, casi desarmados y sin importarnos esto, porque bastaba nuestra presencia para significar la voluntad de los loretanos, que debió ser de toda la nación? &lt;br /&gt;¡Infelices!... No conocían la patria que habían heredado, que debían defender y engrandecer; no se avergonzaban de verla disminuir de extensión lentamente…Para esos, atentos únicamente a colmar sus ambiciones y comodidades, solo existía Lima, y cuando alguna vez, inevitablemente, para desempeñar algún cargo, se vieron obligados a entrar a la Amazonía, se quedaron embobados en la contemplación de su verde y fantástica inmensidad, corrieron de una lagartija, se asustaron de un trueno... Pero el verdadero Perú se conmovió y miles de gargantas corearon el aleluya de la reivindicación. &lt;br /&gt;Entraron esos políticos, esos diplomáticos. Como fantasmas del pasado aparecieron en el conflicto, no se arrepintieron de haber vendido la patria, no quisieron aprovechar de la oportunidad para lavar su afrenta, aunque fuera con su propia sangre. ¡Nos negaron ayuda! &lt;br /&gt;Y no teníamos armas. Después de la revolución de Cervantes, el gobierno, olvidando que Loreto tiene tres fronteras que defender, envió un barco para llevarse las pocas que tenía la guarnición. El poder central necesitaba de ellas para sostenerse, los políticos para derrocar los gobiernos, los militares para exhibirlas en los desfiles. Y alentaban la esperanza de un arreglo pacífico, que ¡ojalá! se hubiera conseguido sobre la base del regreso de Leticia al seno de la patria. &lt;br /&gt;Volvía decidido, casi resignado a afrontar lo que ocurriera; recordaba las palabras de mi novia, que serían la oración de aliento en los momentos de desesperanza, tristeza, dolor, fatiga… “te espero cada día con más amor…nada podrá separarnos”... “Cumple con tu deber, que yo rezaré por ti y por todos tus compañeros; por ti, especialmente que llevas lo más grande que puedo dar: mi amor”... &lt;br /&gt;Me pesó haber regresado tan pronto, pues el comandante se extrañó de mi rápido regreso; quizá por eso la licencia no tenía plazo. Lo peor que encontré fue que mi Compañía y la Primera habían partido con rumbo a Puerto Arturo, es decir, los mismos que habíamos sido trasladados a Leticia... ¡algo extraño y muy chocante!... ¿Por qué éramos los mismos que tuviéramos que ir de un lado para otro?... ¿Acaso no había más gente en Iquitos?... ¿En el Perú?... Pero se quedaron los dos Rengifo, Acosta y Sifuentes; los tres primeros por haber estado en comisión en el Cotuhé y no haber regresado a tiempo y Sifuentes porque estaba haciendo de idóneo de farmacia; ellos y yo fuimos asignados a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con los Rengifo volvió del Cotuhé uno de los soldados que estuvo presente en la acción de Tarapacá, quien nos contó muchos detalles increíbles, anteriores y posteriores. &lt;br /&gt;Según su relato, la guarnición estaba aislada y sin comunicaciones, solo contaba con 94 hombres, incluyendo una sección de artillería con dos cañones Krupp; la infantería solo tenía una ametralladora. El jefe de la guarnición era el teniente Díaz, el segundo el subteniente Cavero y el jefe de la sección de artillería el subteniente Linares, los tres, a cual más despótico y abusivo. Con la justificación de no saber cuándo llegarían víveres, la ración de la tropa fue reducida al mínimo, pese a que había racionamiento suficiente, lo que lo demostraba lo bien servidos que estaban los tres oficiales, pero nadie podía protestar o quejarse siquiera, tenían que soportarlo pacientemente, porque existía el peligro de que los colombianos atacaran la guarnición subiendo el Putumayo y por otra parte, tenían la esperanza de ser relevados muy pronto. &lt;br /&gt;Una noche sucedió algo anecdótico: vieron acercarse unas luces, por la boca del río, que según todas las apariencias eran de una lancha y avisaron a Linares que estaba de Jefe de Cuartel; éste corrió al emplazamiento de los cañones acompañado de los artilleros y a medida que se acercaban las luces se confirmaba la suposición de ser una lancha. Linares, en la duda de que fuera una lancha enemiga había mandado cargar los cañones, pero, se suponía que fuera la “Libertad”, que según informaciones recibidas, debía llegar conduciendo tropas peruanas de Puerto Arturo y por la dirección que tomó al entrar fueron disipándose las dudas. Pero Linares no estaba convencido y cuando se puso a tiro, en el colmo del nerviosismo, ordenó al sargento que le hiciera un disparo de cañón. &lt;br /&gt;-Pero, mi subteniente, es la “Libertad”-¡por qué se le va a hacer fuego! &lt;br /&gt;-¡Haga fuego, le digo! -gritó Linares. &lt;br /&gt;-¡Yo no hago fuego! -protestó el sargento- ¡Haga fuego usted, si quiere! -agregó y se retiró de la pieza. &lt;br /&gt;Linares arrebató el fusil a uno de los soldados y colocándolo en el pecho del sargento gritó descompuesto: &lt;br /&gt;- ¡Obedezca, carajo!... ¡Haga fuego o le pego un tiro! &lt;br /&gt;- Le he dicho que no hago fuego porque esa lancha es peruana... ¡Máteme, si quiere! -replicó el sargento con firmeza. &lt;br /&gt;Ante esta negativa, sin mover el cerrojo, Linares apretó el gatillo, con tan buena suerte que el fusil estaba descargado; uno de los soldados levantó el suyo con ademán de atacar a Linares, pero el sargento lo contuvo... Mientras tanto la lancha se había acercado lo suficiente para comprobar que realmente era la “Libertad”; Linares no sabía qué decir ni qué hacer, pero ninguno se ocupó más de él por subirse a la lancha que ya estaba atracando, ver y hablar con los que en ella viajaban y ciertamente eran tropas peruanas. La lancha solo acoderó para aprovisionarse de leña y volvió a salir en la madrugada. &lt;br /&gt;Pasaron días interminables y por la falta de comunicaciones no sabían dónde estaba el enemigo ni tenían noticias de las otras guarniciones. Una mañana oyeron el zumbido del motor de un avión y en dirección de la boca del río lo vieron volando; como hacía tiempo que no veían ninguno, con cierta sorpresa, trataron de identificarlo, pero no les fue posible; el avión se perdía de vista, reaparecía, volvía a desaparecer, volando siempre alto, hasta la tercera vez, en que lo vieron más cerca, pero no lo suficiente para reconocerlo como peruano o como enemigo, hasta que se fue para no volver. A lo lejos, por sobre el monte, tras la curva que formaba la desembocadura del río, donde habían puertos brasileños, se veía columnas de humo y confiadamente creyeron que se trataba de buques brasileños de la frontera y que el avión que había estado volando también era brasileño. La lancha “Estefita”, que estaba al servicio, por orden del jefe de la guarnición, bajó hasta la boca en exploración y volvió con la noticia: dos buques brasileños y algunos aviones estaban en un puerto brasileño. &lt;br /&gt;Como al mediodía siguiente aparecieron del sur dos aviones peruanos, que después de dar dos vueltas sobre la guarnición, acuatizaron en el puerto. Desembarcaron los dos pilotos y un suboficial de la Armada, eran el comandante de la Aviación, un gringo alto y flaco que resultó ser el teniente Secada y un radiotelegrafista, que conducía un equipo para el servicio de la guarnición. Fueron recibidos calurosamente por los oficiales y con gran entusiasmo por la tropa, pues eran el primer enlace que tenían con las fuerzas del Comando del nororiente y la llegada del equipo radiotelegráfico cubría una necesidad imperiosa de la guarnición, que tanto tiempo había adolecido. &lt;br /&gt;Después que almorzaron, Díaz y Cavero se embarcaron en el avión del comandante y salieron en un vuelo de exploración a la frontera brasileña. Desde Tarapacá se vio que dio un par de vueltas sobre el sitio en que se suponía que estuviera la flota que se creía brasileña, pero, cuando volvió acuatizó tan violentamente, que casi se hunde... Salieron precipitadamente e inmediatamente el comandante ordenó el despegue de ambas máquinas y partieron ofreciendo volver al día siguiente. Sucedió que la que se había creído brasileña, resultó siendo colombiana, lo mismo que los aviones…al parecer, la expedición punitiva que no se había atrevido atacar Leticia. &lt;br /&gt;Apenas se había extinguido el ruido de los motores de los aviones peruanos, se vio aparecer otros tres, evidentemente colombianos, pues venían de la concentración que en un principio se creyó brasileña, y se acercaron a volar sobre la guarnición. Verlos y atrincherarse, fue solo pensarlo. Los aviones describieron círculos sobre los emplazamiento durante largo rato y al fin se retiraron, tranquilizando a la tropa, que temía, de un momento a otro ver caer sus bombas o ser ametrallada, sin tener con qué devolverles el fuego. &lt;br /&gt;Tan pronto como se fueron apareció Díaz, todo presuroso, a ordenar que se transportara todo el abastecimiento de la guarnición a la lancha que estaba en una “cocha”, como a un kilómetro de la guarnición, protegida por los árboles para evitar que fuera vista desde el aire. Una parte de los soldados de infantería fue destinada al transporte hasta que anocheció y por la noche la orden fue de permanecer en las trincheras, en las que amanecieron mojados y ateridos por la escarcha, pero resueltos a afrontar la situación. &lt;br /&gt;No tenían mucha munición, pero la protección de las trincheras les hacía sentirse seguros. Toda la noche oyeron ruido de motores de fuera borda y veían luces que llegaban a la orilla opuesta y se movían en ella. La luz del nuevo día aclaró el panorama y se dieron cuenta de lo que había estado ocurriendo durante la noche: los motores habían conducido tropas colombianas para que se emplazaran en la orilla opuesta, pero no podían ver ni la cantidad de tropas ni su armamento. &lt;br /&gt;Como a las 9 de la mañana se acercó al puerto de la guarnición un bote-motor en el que flameaba una bandera blanca y conducía militares; encostó y desembarcaron tres oficiales: era un parlamento. Díaz y Cavero les salieron al encuentro; es sabido que a un parlamento no se le permite entrar a una fortificación, a una plaza militar, sin vendarle los ojos; estos pudieron mirar por todos lados y darse cuenta de las condiciones estratégicas que les hubiese interesado. &lt;br /&gt;Después de un breve saludo y luego, seguramente, de que Díaz se identificó, uno de los oficiales le dijo: &lt;br /&gt;-Conque usted, es el jefe de los revoltosos. &lt;br /&gt;No se sabe qué contestaría Díaz, pero a juzgar por su actitud, parecía un colegial sorprendido haciendo una picardía; toda la entrevista se desarrolló en el patio, frente a las trincheras y ni nuestros oficiales los invitaron ni los colombianos insinuaron, ir a la Comandancia; conversaban en voz baja, los colombianos les obsequiaron cigarrillos, se los encendieron y parecían regocijarse de la turbación que mostraba Díaz, que sus mismos soldados pudieron notar. Para concluir le dieron un pliego de parte del jefe de la expedición colombiana, agregando que le daban el término de dos horas para abandonar la plaza y de no hacerlo, las tropas colombianas se encargarían de desalojarlos; que conocían sus posiciones, el estado de sus tropas y su efectivo. &lt;br /&gt;Y se marcharon dejándolo perplejo; empezó a hablar con Cavero luego a discutir y poco a poco fueron acalorándose; Díaz exigía la evacuación inmediata de la plaza; Cavero se oponía a la evacuación y decía que se debía defenderla; Linares parecía el convidado de piedra. &lt;br /&gt;-Tengo -gritaba Díaz-instrucciones escritas del comandante, que dicen que si el enemigo es numeroso, se evacue inmediatamente. &lt;br /&gt;Al fin Cavero pareció convencido y se retiró, Linares partió a la carrera hacía el emplazamiento de los cañones, los artilleros estaban en sus puesto y al verlo se cuadraron militarmente, el sargento saludó. &lt;br /&gt;-¡Sargento Torres! -ordenó- ¡Desarme inmediatamente las piezas! &lt;br /&gt;El sargento lo miró sorprendido, hubo un instante de silencio, parecía no haber comprendido. &lt;br /&gt;-¿No ha oído, sargento Torres? -gritó Linares- ¡Que desarme las piezas, le he dicho! &lt;br /&gt;El sargento se atrevió a preguntar: &lt;br /&gt;-Pero, ¿por qué, mi subteniente? &lt;br /&gt;-Porque debemos evacuar la plaza... y ¡rápido! &lt;br /&gt;-Pero, mi subteniente... &lt;br /&gt;-¡Yo lo mando! -vociferó Linares- ¡Desarme las piezas! &lt;br /&gt;Los soldados que los rodeaban estaban en un suspenso dramático, en sus semblantes se veía la ansiedad de los momentos supremos, el sargento los miró como consultándolos, leyó en sus ojos la decisión de acompañarlo en su gesto y volviéndose a Linares le dijo con voz firme: &lt;br /&gt;-¡Nosotros nos quedamos a defender la plaza y proteger la retirada!... ¡Que evacuen los demás! &lt;br /&gt;-¡Que desarme las piezas le he dicho! &lt;br /&gt;- ¡Yo no las desarmo! -se reafirmó el sargento- y dando media vuelta se retiró junto a los otros artilleros. &lt;br /&gt;Linares vaciló un instante, ya no encontró términos para mandar y hacerse obedecer, miró a todos lados, se sintió solo y vencido y por la firmeza del sargento, se acercó al cañón que tenía más cerca y comenzó a desmontarlo con sus propias manos. &lt;br /&gt;Mientras tanto, parte de la sección de infantería seguía en la trinchera sin saber lo que ocurría; de pronto se oyó el zumbido de los motores de aviones, miraron y con alegría indescriptible vieron tres aviones peruanos… salieron gritando y batiendo sus sombreros; los mismos Díaz, Cavero y Linares corrían de un lado para otro entusiasmados; en las alas de los aviones se veían bombas. &lt;br /&gt;Las máquinas hicieron una evolución sobre los emplazamientos, luego tomaron rumbo a donde estaban los buques y aviones enemigos y sobre ellos empezaron a volar en círculos. &lt;br /&gt;Ya estaban todos fuera de las trincheras mirando ansiosamente; a la distancia veían los piques que hacían los aviones, oían fuertes detonaciones y ráfagas que parecían ser de cañones antiaéreos... instantes después vieron elevarse tres aviones, que desde luego tenían que ser colombianos; los nuestros hicieron una evolución atrayéndolos río arriba y de pronto volvieron a su encuentro, uno de los aviones enemigos volvió y desapareció. Empezó un duelo en el aire, que desde la guarnición se veía como si se tratara de un espectáculo… se cruzaban, subían, se perseguían, se esquivaban, entre frecuentes descargas de ametralladoras… esperábamos de un momento a otro ver caer alguno de los aviones, haciendo fuerza porque no fuera uno de los peruanos, pero los pilotos eran muy hábiles, pues tan pronto estaban rozando las copas de los árboles como tan altos que apenas se les veía. &lt;br /&gt;Al cabo de cierto tiempo que nos pareció infinito, dos aviones se acercaron a la guarnición: eran nuestros, pasaron por encima de nuestros emplazamientos y se alejaron hacia el sur; el otro, que había quedado entre los dos enemigos, parecía visiblemente estrechado, pero hacia tales maniobras, subiendo y bajando en círculo, que siempre quedaba tras de uno de ellos y lejos del otro, unas veces bajo y otras tan alto que se perdía de vista, siempre entre ráfagas de ametralladoras. En esto apareció un tercer avión colombiano que se sumó a la persecución y continuó el duelo; de pronto, desde muy alto vieron venirse abajo uno de ellos, como sin gobierno, estaban tan altos que no pudieron determinar si era el peruano o uno de los colombianos, hasta que, casi para tocar los árboles, se estabilizó y volando hacia nuestras posiciones, tomó el rumbo que habían tomado los dos primeros. Era el avión peruano. Los aviones enemigos, que seguramente lo tuvieron por abatido, cuando se dieron cuenta de la maniobra era tarde para darle alcance. &lt;br /&gt;En el parte de la acción se informó que el avión fue el Corsair 5E2 y el piloto Francisco Secada. &lt;br /&gt;Entonces comenzaron de nuevo los apuros de los oficiales, quienes renegaban de la hora en que habían llegado los aviones peruanos. &lt;br /&gt;-¡Nos han dejado comprometidos! -gritaba Díaz-¡Ya debíamos haber evacuado la plaza!... ¡Ahora viene el enemigo y nos hace polvo!... ¡Vamos todos a la lancha, nos han prometido no hacer fuego contra ella!... &lt;br /&gt;Cavero ya había mandado abandonar la primera línea de trincheras y que su efectivo se trasladara a otra más al fondo. Como una hora después comenzó el ataque; en la orilla opuesta se vio aparecer grupos que parecían de nidos de ametralladoras y emplazamientos de cañones, que habían estado ocultos con ramas de árboles; su artillería abrió el fuego espaciadamente y poco a poco, fue aumentando en intensidad, pero, no hacia blanco: unos tiros caían cortos y otros demasiado largos; la guarnición contestó el fuego con ráfagas de la ametralladora y descargas de fusilería, refiriéndolo al nido más cercano y creando cierta confusión entre sus ocupantes. &lt;br /&gt;De pronto aparecieron dos escuadrillas de aviones, una de tres grandes, aparentemente de bombardeo y la otra de las máquinas que habían estado combatiendo antes; al verlos acercarse, sin decir una palabra, Cavero tomó la dirección del puerto, donde estaba la lancha, los que estuvieron a su lado se miraron y el sargento Arista, que estaba al mando del grupo, siguió tras él diciendo a los de su grupo: &lt;br /&gt;-Voy a preguntarle qué vamos a hacer nosotros. &lt;br /&gt;A Díaz no se le veía por ninguna parte, Linares, abandonando el cañón que había empezado a desmontar y hundiendo el otro en el río, lo mismo que los proyectiles, se marchó a la lancha. &lt;br /&gt;El fuego seguía intenso y el sargento Arista no regresaba, felizmente los artilleros enemigos eran muy malos o no eran artilleros, pues sus disparos no hacían blanco; los aviones igualmente largaron sus bombas sin hacer blanco, lejos de las casas, en las plantaciones, en los pastos, donde las asustadas reses hacían saltos y carreras. . . ¡Era un infierno por el estruendo!... Nuestra tropa disparaba sus fusiles contra los aviones, con gritos de desafío, pero... ¿qué daño podían hacerles?... lo único que conseguían era desfogar su ira y su impotencia… hasta que, como a la media hora, los aviones se fueron y el fuego de la artillería poco a poco fue disminuyendo hasta cesar por completo. &lt;br /&gt;Entre tanto había regresado Arista. &lt;br /&gt;-El subteniente ha ido a embarcarse en la lancha y ha ordenado que todos vayamos llevando nuestro equipo y todo lo que podemos llevar- dijo. &lt;br /&gt;Aunque no había peligro, pese a que continuaba el fuego de la orilla opuesta, que ni siquiera cerca de la trinchera caía, no les quedaba otro recurso que obedecer; abandonaron la trinchera llevándose toda la munición que en ella había y fueron a la lancha. Ya estaban embarcados los tres oficiales, quienes no se preocuparon de averiguar cuantos estaban o si faltaba alguno. &lt;br /&gt;La lancha había estado siendo preparada y el patrón de ella, un señor Panduro, presa del mayor nerviosismo, impaciente por zarpar, daba órdenes y más órdenes; el río, angosto y con muchos palos prendidos y atravesados hacía peligrar la navegación, pero eso no lo tenía en cuenta, lo importante era alejarse. &lt;br /&gt;Díaz, temiendo que los colombianos no cumplieran la promesa de no hacer fuego a las tropas que estaban abandonando la plaza, no quiso seguir en la lancha, que era fácil de localizar en su navegación; desembarcó e inmediatamente emprendió camino por el monte, con más de 50 hombres, muchos de la sección de Linares. No quiso escuchar las objeciones que le hicieron Linares y Cavero. &lt;br /&gt;-¡Por aquí estoy más seguro! -explicó. &lt;br /&gt;Tres horas más tarde, casi anocheciendo, zarpó la lancha con el resto de la tropa, al mando de Cavero; al día siguiente como al mediodía llegaron a un sitio que llamaban el tambo del indio Noé, final del varadero del Hamaca Yacu, encostaron para desembarcar el parque y la lancha subió un poco a buscar un sitio protegido, mientras la tropa hizo el campamento y empezó a construir una trinchera. &lt;br /&gt;En los días siguientes se dedicaron a organizar la defensa del puerto, siguiendo las instrucciones que habían recibido del Comando de Leticia, mediante el equipo de radiotelegrafía, que afortunadamente fue reparado, pues estuvo inservible desde el día del ataque a Tarapacá. Las instrucciones eran organizarse defensivamente hasta la llegada de refuerzos destinados al rescate de Tarapacá, oponerse al avance del enemigo por el Cotuhé y proteger la lancha para que no fuera a caer en su poder, hundiéndola, si era necesario para impedirlo. &lt;br /&gt;El enemigo realizó varios reconocimientos en esos días y más de tres veces aparecieron sus aviones en exploración. Pese a que hicieron lo posible para ocultar la lancha entre los árboles y disimular las trincheras cubriéndolas con ramas y hojas fueron vistas y ametralladas, pero, los aviones peruanos que diariamente volaban en el sector, con su presencia y su fuego hacían que el enemigo abandonara la ofensiva. En una de esas incursiones un barco enemigo y dos botes-motores sobrepasaron la posición de los defensores peruanos y lograron desembarcar, pretendiendo envolver el emplazamiento y ocuparlo, afortunadamente llegó una escuadrilla peruana, bombardeó al barco y ametralló a las tropas desembarcadas, obligándolos a replegarse, embarcarse y volver a Tarapacá que ya lo tenían ocupado. &lt;br /&gt;La consigna era que tan luego se notara la presencia del enemigo se le hiciera frente defendiendo el camino del varadero que conduce al Hamaca Yacu; todos tenían listo su equipo y armamento; eran poco más de 30 hombres, estaban agotados y llenos de incertidumbre, los oficiales vivían en continuo sobresalto, el sargento primero, Arias, solo salía de dentro de su mosquitero, donde se protegía de los mosquitos, cuando se anunciaba la presencia del enemigo y a la hora de comer. &lt;br /&gt;Un día un centinela vio acercarse una canoa con tres individuos, dos indígenas y otro que parecía no serlo, atracó y desembarcaron en un matorral; inmediatamente hizo poner la novedad en conocimiento del primero, que por supuesto estaba en la cama. &lt;br /&gt;-Deben ser indios de por acá. Déjenlos pasar. &lt;br /&gt;-Pero, mi primero -insistió el mensajero-hay uno que no es indio. &lt;br /&gt;-No deben ser enemigos, no los molesten -repitió Arias. &lt;br /&gt;Viendo que no había forma de sacarlo de la cama, fue a dar aviso al sargento Santa María; el centinela para no dejarse ver se había ocultado en la maleza y los intrusos, creyendo no haber sido vistos siguieron adelante. Santa María llamó a dos soldados y dando un rodeo fue en la dirección que le indicó el centinela; vio la canoa y cerca de ella a uno de los indios sentado en la orilla, que parecía estar cuidándola. Esperaron un momento y vieron que regresaban los otros dos; cuando estuvieron juntos los tres, Santa María irguiéndose entre los arbustos y encarándole el fusil gritó: &lt;br /&gt;¡Alto! &lt;br /&gt;El que parecía no ser indio hizo ademán de requerir un arma, pero el sargento le gritó: &lt;br /&gt;-¡Quieto o hago fuego! &lt;br /&gt;Los tres se quedaron inmóviles, se acercaron los nuestros y por orden del sargento les quitaron las armas: tres machetes, una escopeta y un revólver. &lt;br /&gt;-¿Quién es usted?... ¿Qué busca por aquí? -preguntó el sargento. &lt;br /&gt;-Hemos venido a dar un paseo, buscamos animales para cazar-contestó el blanco, con acento que no dejaba lugar a dudas de que era colombiano. &lt;br /&gt;-¿Pertenece usted, al ejército colombiano? -volvió a preguntar Santa María. &lt;br /&gt;-No, señor. &lt;br /&gt;-Es usted mi prisionero. &lt;br /&gt;-Muy bien, señor -aceptó el que contestaba a las preguntas, con un ligero temblor en la voz. &lt;br /&gt;-Camine -ordenó Santa María, señalando la dirección del campamento. &lt;br /&gt;Cuando estaban como a la mitad del camino apareció el primero, que entonces se las quiso dar de importante. &lt;br /&gt;-Tiene usted que declarar todo lo que sabe-le dijo al prisionero. &lt;br /&gt;Cavero también salió al encuentro y los hizo conducir al tambo donde empezó a interrogar al que parecía colombiano en presencia de todos, pero, desde la primera pregunta, contestó que nada sabía. &lt;br /&gt;-Si no habla le vamos a fusilar-le dijo Cavero. &lt;br /&gt;El prisionero guardó silencio; Cavero para asustarlo mandó un pelotón llevando a los otros dos prisioneros, con orden de hacer descargas y hacerle creer al interrogado que se había fusilado a sus compañeros. Al oír las descargas palideció. &lt;br /&gt;-Si no habla le pasará lo mismo-le dijo Cavero. &lt;br /&gt;Después de breve silencio el prisionero contestó: &lt;br /&gt;-Yo no sé nada, no soy militar. Si mis ruegos no le convencen, le suplico que me de papel y lápiz, para escribir a mi familia. Solo le pido que mande mi papel a la dirección que pondré. &lt;br /&gt;Le dieron lo que pidió y empezó a escribir con temblorosa mano. &lt;br /&gt;Como todo no había sido más que una pantomima, para ver si le sacaban algo por susto, y se dieron cuenta de que no era posible, lo encerraron y pusieron centinela de vista. &lt;br /&gt;A los diez días llegaron los primeros soldados que emprendieron la retirada por tierra con el teniente Díaz; estaban cubiertos de fango de pies a cabeza, algunos con heridas producidas por espinas, por caídas, por desgarramientos en las astillas de las ramas y algunos con gusanos en las heridas: todos hechos una lástima, igual que el armamento. Díaz llegó mas tarde, fatigado, macilento y enfermo; habían caminado sin comer y cuando lo hicieron solo fueron callampas*, chonta* y alguna fruta silvestre; no durmieron sino a medias y pasaron cada susto que estaban como atontados. &lt;br /&gt;Díaz averiguó por la tropa y se alegró al saber que estaba completa, que no faltaba un solo hombre. Con una frescura digna de su irresponsabilidad, que a muchos causó admiración, dijo: &lt;br /&gt;-Felizmente ninguno ha muerto, no he tenido bajas… &lt;br /&gt;¡Esto será un motivo para mi ascenso! &lt;br /&gt;Ese mismo día llegó Ordóñez con el esperado refuerzo. Inmediatamente, sin contar con Díaz, que estaba enfermo, empezó a organizar la defensa del puesto y el ataque al enemigo, que ya estaba en posesión de Tarapacá, con efectivo, armamento y posición muy superior al de las fuerzas peruanas. &lt;br /&gt;Solo contaba con 146 hombres de tropa, de los que más de 70 estaban enfermos, tanto así, que cuando llegó, muy pocos de los que habían estado en Tarapacá, podían tenerse en pié…los meses que habían estado en el Putumayo, la mala alimentación, el paludismo y la constante humedad, habían minado su organismo…humanamente ya no podían más... &lt;br /&gt;Ordóñez, pese a su calidad de subalterno, asumió el mando con gran oposición de Cavero y Linares, quienes no admitían su autoridad por su calidad de asimilado. En un informe inmediato dio cuenta de la precaria situación de la tropa y la falta de medios que le impedía intentar el rescate de Tarapacá, acusaba a Díaz de cobardía y terminaba diciendo que lo enviaría prisionero a Leticia, para no tener que matarlo. &lt;br /&gt;No pudiendo cumplir con lo que se había propuesto y con la misión que se le había confiado, más tarde decidió regresar a Leticia. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CALLAMPA*.- Hongo silvestre comestible. &lt;br /&gt;CHONTA*.- Palmito. Tallo blanco que se halla en el tronco de ciertas palmeras y corresponde a las hojas aun no desarrolladas. Casi todas son comestibles crudas, o preparadas en platos especiales al limón y aceite.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/951449387182106502-1669090638119666187?l=elrescatedeleticia.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/feeds/1669090638119666187/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=951449387182106502&amp;postID=1669090638119666187' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1669090638119666187'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/951449387182106502/posts/default/1669090638119666187'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elrescatedeleticia.blogspot.com/2008/08/el-rescate-de-leticia-novela-de-una_31.html' title='EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana'/><author><name>Fernando, Editor</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06591647774283810093</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='21' height='32' src='http://4.bp.blogspot.com/-trzI-VALFk0/Tf2R6bh3vvI/AAAAAAAAAqc/sDqpV31DUtI/s220/Fernando%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-951449387182106502.post-6055328890619260047</id><published>2008-08-30T22:42:00.000-07:00</published><updated>2008-08-30T22:44:18.345-07:00</updated><title type='text'>EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana</title><content type='html'>XXVIII&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Los días pasaban con la misma monotonía: de las cuadras a las trincheras y de las trincheras a las cuadras, apagones sorpresivos; lanchas que llegaban y partían, aviones volando de cuando en cuando, señales de alarma… que siempre creíamos que fueran para una acción de verdad y siempre resultaban ser para ejercicio… Una mañana, llegaba de una comisión a La Victoria y se oyó el toque de alarma; eran las 6 y directamente tuve que dirigirme corriendo a la trinchera, aunque con cierto desgano porque presentía que se trataba de un ejercicio, pero no podía dejar de hacerlo… Carreras, voces de mando, acarreo de material y munición... pero no me equivoqué: lo que se les ocurrió a los señores del Comando fue simular otro ataque a nuestras posiciones por las naves colombianas y éstas estaban representadas por nuestras cañoneras. &lt;br /&gt;Estaba mirando por la aspillera, cuando del fondo del bosque apareció una sección de mi compañía avanzando desplegada en tres grupos, muy cautelosamente; en uno de los grupos vi a Benjamín, quien, porque creyó que la cosa iba por lo serio o porque quería darle realismo a la acción, había cargado con todo su equipo, incluso su maletera; sus ademanes, gestos y forma de desplazarse eran tan adecuados a una situación real, que no dudé que lo estaba haciendo con verdadera convicción... ¡Tenía cara de comerse dos colombianos crudos mientras le preparaban un “aguadito” con los restantes!... Siguieron avanzando agazapados y al verlo, no pude menos que reír, recordando al muchacho bonachón, incapaz de matar una mosca, cuyo diametral contraste estaba viendo en el soldado que estaba mirando, que tantas veces había visto afrontando difíciles situaciones con hombría y carácter. &lt;br /&gt;¡Qué cambiado lo iría a recibir su familia y qué chascos iría a pasar con ella, sintiéndose todavía soldado o creyendo estar entre soldados! &lt;br /&gt;Nos anunciaron la visita de una delegación de oficiales brasileños de la guarnición de Tabatinga y nos preparamos para recibirlos con todos los honores del caso; llegaron después del mediodía en una lancha suya y cuando desembarcaron, la Comisión encargada de la recepción la acompañó hasta la Comandancia; como en anterior oportunidad la banda de músicos precedió la comitiva tocando la marcha Leticia. &lt;br /&gt;Fueron debidamente agasajados; la cerveza, los sándwiches, los pasteles corrían abundantemente -pero sólo por las gargantas de los oficiales- y la banda de músicos amenizaba la fiesta; de pronto a alguno se le ocurrió jugar un partido de fútbol entre oficiales brasileños y oficiales peruanos, un partido verdaderamente internacional, pero no pudo resultar así porque los visitantes no pudieron completar un equipo con sus oficiales, aún incluyendo a los de más alta graduación, que lógicamente eran los más viejos, por lo que hicieron un combinado con los nuestros, que a nosotros sí nos sobraban... y dio para que se divirtieran y nos divirtiéramos, pues ya no se trató de competencia futbolística sino de camaradería internacional. &lt;br /&gt;Terminado el partido, finalizó la visita y como a las 6 se marcharon, siempre con acompañamiento de la banda hasta el embarcadero, donde se despidieron, al parecer, gratamente impresionados. Supuse que alguna vez retornaríamos la visita. &lt;br /&gt;Mas tarde recibí orden de embarcarme en el “Manco Cápac” y hacer llevar el bote - motor a remolque con destino a Caballo Cocha, para luego entrar al Hamaca-Yacu, &lt;br /&gt;conduciendo tropa para custodia de los víveres y personal para su conducción al Cotuhé. Entre los soldados que iban de escolta estaba el ínclito Acosta, que como era de suponer se había presentado voluntario y estaba orgulloso de su misión. &lt;br /&gt;Navegando muy lentamente llegamos a Caballo Cocha al amanecer; el subteniente Lagunas, que había viajado en avión para esperar nuestra llegada con el personal de “cargueros” listo para embarcarlos y volver al Hamaca Yacu, olvidó su misión y con el pretexto de buscar más gente en un caserío cercano, se fue en busca de una chica de la que estaba perdidamente enamorado. Ese fue el motivo de que no lo encontráramos y se aplazara nuestra partida hasta el día siguiente, cuando volviera. Volvió, pero sin la muchacha y con una borrachera de 90 grados bajo corcho, que seguramente se la pegó para olvidar su fracaso romántico. &lt;br /&gt;Mientras tanto Acosta y yo esperábamos en el barco inútilmente, hasta que nos enteramos de que Lagunas no estaba en el pueblo y casi ya de noche, después de comer, salimos de paseo, con tanta suerte que encontramos a Samuel Young, amigo y director de un colegio, quien nos invitó a su casa. Los tragos animaron la conversación y excitaron nuestra alegría, Young cogió la guitarra, empezamos a cantar y terminamos bailando, con gran regocijo de las vecinas, unas chicas Elespuru, muy simpáticas, que nos estaban aguaitando por una puerta interior. No nos atrevimos a proponerlas que bailaran con nosotros por el temor de ser desairados. &lt;br /&gt;Al final de los tragos Acosta resultó enamorado por la rendija, tanto, que estaba resuelto a pedir a su regreso, ser nombrado permanentemente para la custodia de los víveres, siempre que la comisión llegara hasta Caballo Cocha. &lt;br /&gt;Al día siguiente partimos, pero al llegar a la boca del Hamaca Yacu tuve dificultades y mi colaboración resultó un fracaso porque el pícaro motor se negó a funcionar. Tuve que pasar por el sentimiento de no conducir la expedición hasta el puerto del varadero y los expedicionarios tuvieron que hacer el viaje a remo. El “Manco Cápac” y yo en él, regresamos a Leticia a donde llegamos a las 6 de la tarde. &lt;br /&gt;Cuando subí al Palomar encontré mi habitación ocupada y mi equipo y armamento tirado en el callejón; el que la había ocupado era el nuevo jefe de la Base Naval, quien había llegado por la mañana y había elegido mi cuarto, por verlo más grande y cómodo seguramente. Amargo por el desalojo junté mi equipo en un rincón del callejón y salí a serenarme con los amigos del “Estado Mayor”; encontré algunas novedades, entre ellas el inesperado regreso de Ordóñez, quien, según se supo, encontró obstáculos y falta de cooperación, por lo que no pudo cumplir con lo que, según los que le acompañaron, se había impuesto personalmente: el rescate de Tarapacá. &lt;br /&gt;Volví al Palomar y no tuve otra alternativa que acostarme en el piso, en el mismo rincón donde dejé mi equipo, pero dormí perfectamente, hasta que en la madrugada fui llamado a la Comandancia para recibir órdenes relacionadas con el viaje del capitán Frías al Hamaca Yacu-quien iba a tomar el mando de las tropas del Cotuhé en lugar del teniente Ordóñez-llevar un oficio para el gobernador de Caballo Cocha, pidiendo 16 cargadores que necesitaba la Armada para transportar abastecimientos para su personal de transmisiones que estaba en el Cotuhé y recoger el bote - motor para transportarlos. Al final, sin yo insinuarlo, el comandante me dijo que mi licencia se haría efectiva para el regreso del “Liberal”, que pronto debía llegar. &lt;br /&gt;Partimos en la “Cahuapanas”, la que debía seguir hasta Iquitos llevando evacuados a los de la batería antiaérea que estuvieron en Todos Santos y fueron relevados por la unidad que había llegado en el “Huallaga”. Como la lancha era de poco calado, logramos llegar hasta el puerto del varadero al atardecer. No encontré el bote que buscaba y Ordóñez me hizo llamar para preguntarme dónde estaba... ¡diablo de hombre!... como iba yo a saberlo si también estaba en su busca, pero le dije que probablemente estuviera en Caballo Cocha. Y así fue. &lt;br /&gt;Como ya era tarde y no se creyó prudente que el capitán Frías tomara el camino del varadero para caminar en la noche, ni que la lancha bajara el angosto y sinuoso río, resolvieron que se quedara hasta el día siguiente y así, todos tuvieran donde dormir. Lo de dormir resultó un chiste cruel, porque a medida que oscurecía se iba formando un ejército de millares de zancudos que se prendían para picarnos, con tal furia y desprecio a la muerte, que parecían aleccionados por los colombianos. &lt;br /&gt;Tuve la suerte de que el maquinista de la lancha fuera mi primo “Shico” Reategui, de modo que, tan pronto como terminamos de comer nos metimos en su camarote, porque hubiera sido un suplicio intentar dormir fuera; como no había más que una litera preparé mi cama en la cubierta. &lt;br /&gt;Me pareció que ninguno de los que se quedaron fuera de los camarotes pudo dormir; desde dentro oíamos los improperios y maldiciones de los pobrecitos serranos…  ¡Como no eres más grande, zancudo de mierda, para meterte bala!... Yo mismo tampoco pude dormir debidamente porque en la lancha todo fue caminar, hablar, gritar y dar palmadas tratando de matar zancudos que los molestaban. Al otro día me enteré que muchos de ellos, turnándose en grupos, se embarcaban en la “montería” y subían y bajaban el río, creyendo huir de los zancudos y tratando de pasar el tiempo... ¡Quizá nunca en su vida olvidarían esa noche!... &lt;br /&gt;La lancha emprendió el regreso como a las 8 de la mañana; se quedaron el capitán Frías y los dos soldados que lo acompañaban, todavía los vimos tomando el camino del varadero, rumbo al Cotuhé. Salimos al Amazonas casi al medio día y la lancha puso la proa hacia Caballo Cocha. &lt;br /&gt;Cuando llegamos a la isla Cacao-donde se había abierto otra base aérea-encostamos para embarcar al comandante de la Aviación, a dos suboficiales y a dos avioneros quienes debían ir a Caballo Cocha. Estaban efectuando maniobras para el reflotamiento del Corsair 5E1, que según me informé, fue el que hundió, al acuatizar, el bárbaro comandante. Viajaban precisamente en busca de material para las maniobras. &lt;br /&gt;Según había afirmado el comandante, volvía de un nuevo ataque a los buques enemigos, de resultas del que fue hundido uno de ellos… hubiera sido interesante averiguar la certeza de tal afirmación; lo único cierto era que gracias a él teníamos un avión menos. &lt;br /&gt;Seguimos navegando hasta que encontramos al vapor “Clavero”, que navegaba con rumbo a Leticia; se hicieron señales entre ambas naves, acoderó el “Clavero” al barranco, la “Cahuapanas” lo abordó y empezaron a hacer el trasbordo de una carga que no logré identificar. De repente se oyó una voz: ¡Aviones!...Todos nos agolpamos a la borda y muy lejos, divisamos tres aviones en formación. Verlos y armarse un alboroto fue instantáneo, porque todos creíamos que fueran aviones enemigos, pero pude observar, con mis propios ojos, que era el comandante de la Aviación quien gritaba con gran desesperación, dando inequívocas muestras de susto, casi pánico. &lt;br /&gt;- ¡Son aviones enemigos! –gritaba- ¡Si nos ven van a hacernos tortilla! ¡teniente Acosta, emplace sus piezas en la toldilla! ¡Apúrense! &lt;br /&gt;Pero el teniente Acosta, por lo que veía, no era de los que perdía la serenidad; pidió los prismáticos a su ordenanza, que casi volando volvió con ellos, miró brevemente y dijo con frialdad: &lt;br /&gt;-¡Son aviones nuestros! &lt;br /&gt;Ya alguien había abierto la escotilla y varios, no precisamente soldados de la unidad antiaérea, se habían metido dentro de la bodega en busca de las piezas, pero el sargento les impidió tocarlas. &lt;br /&gt;Acosta entregó el anteojo al comandante, quien se había puesto a su lado y mientras éste se quedó mirando, bajó rápidamente para impedir que movieran las piezas antiaéreas; con toda calma se dirigió a los que estaban saliendo de la bodega y les dijo en tono amigable: &lt;br /&gt;-¡No había porque precipitarse! Si hubieran sido aviones enemigos en dos minutos las piezas hubieran estado listas y en este momento ya los estaríamos derribando. ¡Cierren la bodega! &lt;br /&gt;Pudo haber sido así, pues recién empezábamos a reconocer nuestros aviones: eran el inconfundible R-1O, que encabezaba la formación y dos más que no pude identificar si eran Douglas o Corsair; lo que si pude comprobar fue algo muy importante: la diferencia que en cierto aspecto había entre quienes nos tienen a su mando. &lt;br /&gt;Llegamos a Caballo Cocha, la lancha se acercó a la orilla, dos marineros empujaron la plancha por la abierta borda y como yo tenía que desembarcar, tan pronto como vi su extremo a prudente distancia, salté a tierra. Lo primero que vi fue el bote amarrado a una estaca; la lancha dio la vuelta y continuó su viaje; me quedé solo y algo intranquilo por no saber a donde ir; eran más de la 5 de la tarde y posiblemente no encon
