martes, 24 de junio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XI

Con motivo del accidente nuestro capitán fue hospitalizado y en su lugar, no sabíamos si temporal o definitivamente, asumió el mando de la Compañía el teniente García Alcalde, quien no tardó en hacerse reconocer como muy buena gente. La verdad era que, comparado con nuestro capitán, cualquiera hubiera resultado bueno; para empezar, cuando vio nuestro desayuno-que ordinariamente consistía en algo que, ni esforzando la imaginación o el paladar hubiera resultado té y un solo pan del tamaño de un puño- ordenó que para el día siguiente nos prepararan café y nos dieran dos panes…, algo que jamás hubiera pasado por la mente de nuestro capitán. La novedad nos alentó y continuamos el trabajo con renovados bríos.
Benjamín seguía enfermo y Eleazar se repuso, pero Juan José recayó de nuevo; Zubiaurr también tenía apariencia de enfermo, pues no se oía su voz alegre y su estridente carcajada; pero no era eso felizmente: tenía concentrada toda su atención en cierta gestión encaminada a su traslado o destaque al varadero de Santa Elena, donde, por informes que había recibido, había llegado un camión que no tenía chofer. Movió tales resortes que aseguraba estar seguro de ser trasladado. Bardalez, cuyo traslado a zapadores demoraba, trataba de disimular su aburrimiento, igual que todos, pero... ¿cómo poder ocultarlo con esa desesperante rutina que deprimía nuestro ánimo y amenazaba embotar nuestros sentidos?...
Nada hay tan indignante y aflictivo como verse burlado y lejos del mundo donde se forjó nuestra personalidad, sentirse juguete de pasiones bastardas y sentimientos innobles, y hundido en la incertidumbre lacerante de la propia angustia, encontrarse reducido a la tenebrosa oscuridad de lo ignorado... Nada hay que haga concebir los más funestos presagios como la hosca soledad del pensamiento.
Día a día perdíamos la esperanza de que el R-10 nos llevara noticias de los familiares y amigos y de que la anunciada llegada de la lancha “San Miguel” no hubiera sido un “farol”, pero no faltaba alguien que se compadecía o quería burlarse de nuestra ansiedad y hacía rodar otra “bola”, que nos animaba, nos alegraba, que hasta causaba miedo creerla, porque al final resultaba una dolorosa desilusión.
Los “boleros” aseguraban que nuestro regreso se efectuaría en la primera quincena de diciembre… ¿Qué hacer?... Así se divertían ellos y nosotros teníamos que soportar sus, a veces, agradables impertinencias de mentirosos, pues con ellas, una pequeña esperanza hacía germinar en un rinconcito de nuestros pensamientos el bello sueño que endulzaba nuestras noches: el regreso.
Pero de pronto parecía convertirse en pesadilla... Un alboroto despertó a todos y la mortecina luz del farol iluminó una escena: el cabo Chale “cerrando” a puntapiés a Sifuentes y a este acorralado en un rincón del emponado, defendiéndose heroicamente con el fusil, para detener los puntapiés, poniéndole la culata sobre el pecho... Acudimos y los separamos.
-¡Contamanino de mierda!... que se ha creído... ¡Aquí soy yo el que manda!
- ¡El mierda eres tú, que ni siquiera sabes lo que debes hacer, ni porqué puñeta tienes esos galones de porquería!
- ¡Silencio, carajo!... ¡Vuelve a tu puesto!
- ¡Ya he terminado mi guardia hace media hora y tú, por estar durmiendo como un huevón no has mandado mi relevo!
- ¡Yo sé lo que hago y tú no eres quién para venir a llamarme abandonando tu puesto!
- ¡Qué puesto ni qué carájo!... ¡Tú no sabes lo que dices, baboso!...
- ¡Silencio mierda o te voy a tapar la boca con una trompada! - haciendo ademán de abalanzarse contra Sifuentes, quien con el fusil en alto lo esperaba.
Los contuvimos de nuevo; Sifuentes, que posiblemente recibiría algunos puntapiés, cuyo dolor sentía, comentaba con airado acento:
- Este cojudo se queda dormido y porque vengo a llamarle, haciéndole un favor, para que mande el relevo se calienta... ¡Creído de mierda! - y se tendió en su tarima; mientras el cabo Chale, que había olvidado hasta quiénes eran los del relevo se alejaba con aire matonesco a averiguarlo.
No hay duda, las circunstancias ponen de relieve la contextura moral de las personas haciéndoles perder lamentablemente a algunas, sus atributos de humanos y civilizados, que ni la educación logró robustecer o siquiera afirmar; aparece el fantoche, surge el matón, babea el mentecato; brota la falta de nobleza de sentimientos, la carencia de principios, la estrechez de criterio; pretenden autoridad con falsa y encaramada posición de oportunismo y sobonería; pregonan categoría social fundada en desenfado y frescura; se jactan de holgura económica, pero son tramposos, sablistas, los acreedores los persiguen; presumen de alcurnia y linaje y cerca tienen alcohólicos, sifilíticos y tarados... y se nos meten como cuñas abusando de nuestra tolerancia y discreción, sin darse cuenta del vacío que se agranda en torno suyo por sus actitudes solapadas y despreciables.
Pero, ¿qué sentimientos nobles se puede reclamar donde no hay mas que soldados, clases y oficiales, tres categorías de una institución moderna universal, que ha evolucionado desde la necesidad de defenderse con piedras y garrotes, hasta constituirse en una ciencia para destruir, matar en forma organizada y técnica, para vencer, dominar, conquistar, y que lo está logrando cada vez con mayor rapidez y perfección?
No puede por eso ser extraño o raro lo que presencié, pero que me causó hondísima impresión.
Algunos de la tripulación del “Alberto” fueron de cacería, para aprovisionarse de rancho para su viaje y volvieron con abundantes piezas: sajinos, pavas, monos de los llamados “choros”. Cuando tiraron sobre la cubierta los animales muertos, uno de los monos tenía abrazado al pescuezo un monito vivo, que evidentemente era su cría... ¡Qué rato haría que la pobre bestia estaba muerta y, sin embargo, el monito no se desprendía! Cuando alguien trató de desprenderlo el monito chilló lastimeramente, lo notaron los circunstantes y repitieron el intento… el monito volvió a chillar con desesperación... Lo encontraron divertido y siguieron en ello, cuantas veces trataron de desprenderlo, con qué desesperación chillaba y con qué fuerza se prendía al cuerpo inerte y frío de la madre, en instintiva busca de protección... y todos reían celebrándolo… lo cogían y simulaban desprenderlo... chillaba el monito y estallaban las carcajadas...
¿De qué estamos hechos los humanos para ser tan crueles y gozar con el dolor ajeno?... No somos capaces de comprender, ni imaginar siquiera, la sensación de espanto que debía sufrir el animalito al sentirse arrancado de su madre y por instinto, miedo o ignorancia, ¡querer seguir pegado a ella muerta!... ¿Acaso nosotros, los homo sapiens no haríamos lo mismo?...
Pero, cosas como estas no debieron conmovernos, pues si habíamos partido con elementos bélicos y entonando una canción guerrera que electrizaba nuestros nervios, no fue precisamente para ponernos a pensar en el dolor que sentiría un colombiano al tener una pierna rota por nuestras balas o en el abandono que iría a sufrir su familia si no volvía porque lo matábamos... fuimos justamente a todo lo contrario: a romper miembros, a regar con sangre, suya o nuestra, nuestras vírgenes montañas, a sembrar cadáveres en esta fecunda tierra, a plantar luto, desolación y llanto en muchos hogares... Y los colombianos... ¿acaso no irían a lo mismo?... ¿a qué ponerse a pensar pues en el dolor de un mísero animal, cuando tantos sentían angustia por nuestra suerte y la de nuestros enemigos?
Quizá fuera egoísta pensar así, pero también era egoísta dejar el sufrimiento para nosotros, mientras había quienes en su hogar disfrutaban de tranquilidad y goces, comidas suculentas, libaciones copiosas, diversiones epicúreas... nosotros, comiendo solo frejoles casi crudos, insignificante cantidad de arroz y sopa de monos, cuya suerte lloraron miles de monas, en coro con sus tiernos vástagos... ¿Cómo no habíamos de pasar, después de haberlos masticado y deglutido, las más horrendas pesadillas?... Monos que salían de las pailas en macabra danza, mutilados y humeantes... huyendo de nosotros a medio sancochar... miembros dispersos de monos… aderezados para guisarlos y comerlos.., en fin, una gastronómica visión que sólo era pesadilla de indigestión... ¡Claro!... y el remordimiento de haber comido mono... ¡Pero resultaba tan bueno cuando no había otra cosa que comer!...
Descendimos tanto, empujados por el hambre, que perdimos hasta la vergüenza de pedir, cambiamos de tal suerte que ya no reparábamos en modales ni compostura; arrastrados por el hambre husmeábamos en la cocina del barco, con la esperanza de que el cocinero nos obsequiara algo, de las sobras de lo que servía en la mesa de nuestros patrones, con una humillante sonrisa de compasión, con el desaprensivo gesto del poderoso... o que el sirviente nos regalara un pedazo de pan... o alguien nos diera un poco de fariña a cambio de un cigarrillo; escamoteábamos una yuca del montón, robábamos un plátano de la bodega... cualquier cosa, para tratar de colmar el vacío que en nuestros estómagos hacía tiempo que se agrandaba...
Y si por desgracia alguno era sorprendido en esas circunstancias había gritos e insultos... ¡Sinvergüenzas!... ¡Muertos de hambre!... ¡Son unos ladrones!. .. ¡Parece que no comieran!... y los castigos encima...
Sólo el sueño calmaba en parte nuestra angustia... o las noticias inventadas por algún generoso o sádico mentiroso... y aunque los frejoles estuvieran tan crudos como siempre o hubiera sido huangana* la que humildemente nos brindara su carne para una desabrida sopa, cuando se difundía una noticia alentadora, nos parecía el sol con más luz, la brisa con más frescura y el día más corto, ya que más largo lo sentíamos aquel en que se comía poco o no se comía.
Había empezado la segunda quincena de noviembre.
La herida de la ausencia se estaba cicatrizando lentamente.
Cuando la costra ocultó el sangrante desgarramiento y no se sentía más que un dolor sordo, una sola desesperación, incurable por ser profunda, insensible por la costumbre... nuestro regreso era como el sueño que tras larga pesadilla adormecía los pesares ahuyentaba el recuerdo de las horas de amargura, devolviéndonos de ese ambiente de nostalgia y soledad a la cumbre de la dicha, a la cima ansiada, esquiva, donde alienta luminosa la más preciada ilusión.
¡Si el aire que respiraba, si el crepúsculo sombrío que hacía mas honda mi pena hubieran podido gritar cuánto quería estar de nuevo en camino de mi hogar, junto a Paulina, a mi madre,... mis dos únicos amores…!
Mas la horrible pesadilla parecía no acabar...



HUANGANA*.- Jabalí sudamericano.

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