viernes, 18 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XIX

Aquel pobre soldado que despiadadamente fuera maltratado por el salvaje teniente Calderón, lejos de sus familiares, acosado por la enfermedad, con el cuerpo y quien sabe, con el alma adolorida; quizá indignado e impotente ante los maltratos de que fue objeto, puso fin a su existencia con una bala de su propio fusil. Fue incapaz de soportar el dolor y buscó en la muerte el alivio a sus sufrimientos.
La vida está matizada de las más absurdas contradicciones, efecto de las circunstancias que nos rodean; los sentimientos, acciones e impulsos, propios o ajenos, que nos dominan los llamamos felicidad cuando nos dan goce, e infortunio cuando nos hacen daño; nos hace sentir felices o desgraciados; nos hace amar la vida o maldecir de ella. Solo los fatalistas se conforman y los filósofos pontifican.
La muerte, umbral de lo desconocido, final de nuestra presencia en este mundo, enigma indescifrable de todos los tiempos, vuelve a la nada placeres y dolores, alegrías y amarguras. Por eso hay suicidas: buscan en la muerte el final de sus sufrimientos y de sus dolores; buscan el olvido de la responsabilidad o la vergüenza; buscan el enmudecimiento de la conciencia.
El suicidio es una exaltación que hace tomar una resolución temeraria por desesperación, por falta de valor para afrontar los sufrimientos, falta de valor que la llaman cobardía… pero que, hay que admitirlo, es una cobardía digna de un valiente.
Si la naturaleza da la vida, ella es la única que tiene el derecho de privarla; la vida es una misión que sólo la naturaleza puede interrumpir, usurpar esa facultad es dejar una obra sin concluir, es cansarse en el camino... ¿Y quién ha cumplido su misión?... ¿Quién ha llegado al final de su camino?... Ni la conciencia puede decirlo... solo el destino.
La detonación que como a media noche turbó los ámbitos del campamento rompiendo su sepulcral silencio, causó la alarma consiguiente: toques de silbato, voces de mando, carreras... pero todo volvió a la calma, al comprobar el servicio de guardia que todo se había reducido a un desagradable y triste incidente. Solo en la mañana nos enteramos de la causa del disparo y de todo lo ocurrido. Tan pronto como pude fui al lugar del acontecimiento. Parecía que nada había sido tocado. El cadáver yacía tendido de espaldas en la mitad y a través de la tarima, con los brazos abiertos y los pies descansando en el emponado* el fusil al lado derecho arrimado a la tarima, como si hubiera querido tenerlo a su alcance para cogerlo, la cabeza sobre un reguero de sangre... Al verlo sentí impresión y repugnancia; tenía la cabeza destapada y parte de su masa encefálica se había proyectado contra el emponado que servía de división; seguramente se había sentado en el borde de la tarima, colocado la boca del cañón debajo de la mandíbula y con un dedo del pie había presionado el disparador… ¿Lo habría calculado con frialdad?... ¿o con desesperación?... ¡No habría ni un grito! … ¡Qué bien se debe morir así!...
Uno menos en el destacamento; si hubiera esperado un poco quien sabe si una bala enemiga hubiese acabado con su miserable existencia, y no habría sido un suicida... sería un patriota, quizá un héroe, muerto en acción de armas y conseguía lo que buscaba...
Al mediodía dieron sepultura a sus restos... ¡Que la tierra le siga siendo leve!
Como para suavizar la tensión que produjo el triste acontecimiento, después del mediodía, en forma imprevista recibimos la noticia que menos podíamos esperar; nadie pensó que de manera tan repentina se colmara el más grande de nuestros deseos, que tuviéramos la satisfacción de ver alejarse a nuestro capitán, alejamiento que ansiábamos abiertamente y nos causó mucha alegría, por la desagradable situación en que estábamos con su brutal comando. Es posible que tal medida tuviera relación con la visita de los altos jefes a nuestra Compañía, pues se necesitaba ser ciego o sordo para no enterarse de lo que acontecía en ella y de los antecedentes. Fuera cual fuera el motivo, lo cierto es que se marchó con gran contento nuestro y todos hacíamos votos porque nunca regresara a tan dichosos lares.
Había tal ambiente de fiesta en la Compañía, que a medida que recibían la noticia los que por alguna razón estaban lejos, volvieron al campamento, para estar seguros de que no se trataba de otra bola; los corrillos se formaron, las carcajadas menudearon y al saber que debía embarcarse en el R-1O con destino a Iquitos, algunos aventuraron que sería para ser sometido a un Consejo de Guerra. Para no perder la partida del avión todos nos encaminamos al puerto.
Después de breve espera y casi el último, apareció el capitán, llevando un pequeño maletín. Estaba perfectamente uniformado; habíamos formado una especie de callejón en el extremo de la plancha que unía la orilla a los flotadores, al llegar junto a nosotros, que estábamos en silencio, nos miró con cierto detenimiento, esperando ¡pobre de él! alguna expresión de simpatía o siquiera de despedida... al pisar la plancha, sin mirarnos dijo:
- ¡Hasta la vuelta muchachos!
Hubo una brevísima pausa y se oyó:
- ¡Que ni allá llegues, ni acá vuelvas, ni en el camino te quedes!
Algunos rieron, el capitán no podía volverse porque estaba casi en el medio de la plancha, pero es seguro que oyó la despedida, que oportunamente le copió al gitano el ocurrente que no alcancé a distinguir.
Se introdujo en la cabina, arrancaron los motores y el R-1O se alejó para despegar; nosotros gritábamos batiendo los sombreros, felices, porque nos quedábamos sin capitán Tormento.
Se marchó y luego se notó el cambio. El nuevo capitán de la Compañía, el teniente Rospigliosi hizo llamar a formación en el nuevo campo de maniobras, sentíamos una gran curiosidad que se reflejaba en todos los semblantes; el subteniente Mogrovejo se dirigió a la tropa en una breve charla sobre instrucción y moral militar, luego cantamos el Himno Nacional, que casi lo habíamos olvidado, otras canciones militares y por último canciones populares; la animación era general, los oficiales conversaban con todos los que se les acercaban y en todas las caras se notaba reflejos de satisfacción. Pienso que la intención de los oficiales era conocernos y que los conociéramos; tomaron muy buen camino y pensé que, al fin iríamos a ser soldados de verdad.
Pese a tan buenos augurios tuvimos un contraste los de mi sección. Sorpresivamente recibimos la orden de evacuar nuestro tambo y trasladarnos al de la cuarta sección, que no era muy grande y no tenía la mitad de las comodidades que el nuestro, aparte del mérito de haber sido construido con nuestras propias manos; estábamos que no cabíamos, pero tuvimos que resignarnos. Lo desagradable fue que los de la cuarta, con quienes compartíamos el tambo, nos miraban como intrusos, pero también se resignaron, lo que no aliviaba nuestra incomodidad ni impedía sentir lo mismo. Más tarde nos enteramos de los motivos de nuestro traslado. Como nuestro tambo era amplio y de fuerte construcción, los oficiales de la batería antiaérea le pusieron los ojos y lo solicitaron al Comando, el que sin mas, ordenó que lo ocuparan, y los malditos serranos disfrutaron de las comodidades que quisimos para nosotros.
Y como para rebasar la medida y hacer que no olvidáramos nuestras penurias, después de una pésima noche por no dormirla, pues estábamos casi unos encima de otros, nos correspondió la guardia de avanzada, después de una mañana lluviosa que hacía llegar el agua hasta el interior, por lo desguarnecido del tambo.
Desde que se perdió el fusil se prohibió el relevo por el río y tuvimos que ir caminando; pero la crecida del río, en cierta parte del camino hacía que el agua nos llegara hasta la cintura; tuvimos que hacer un atado del equipo, sujetarlo a la cabeza y el armamento en las manos en alto para que no se nos mojara. Intuitivamente había que ir buscando la parte menos profunda, tentando con los pies; el cabo Montes, dándoselas de experto tomó otra dirección e instaba a que lo siguiéramos, lo que felizmente no se nos ocurrió hacer y seguimos en columna a Valles. Casi habíamos llegado a tierra firme, cuando notamos que Montes, con el agua al cuello, estaba luchando contra la corriente que lo estaba arrastrando. Fue necesario que rápidamente se despojaran de todo, Silva, Rinahui, Rodríguez, y se lanzaran en su auxilio, rescatándolo todo mojado, asustado y con algunos litros de agua en el estómago.
Al regreso, sin otra novedad que un soberano aburrimiento, encontramos el río más crecido, de modo que hubo que esperar que enviaran los botes para que nos pasaran al otro lado.
En la “Libertad”, que por la mañana volvió de la guarnición de Inonías, regresaron muchos enfermos, tan graves, que según nos informaron, tuvieron que ser subidos en brazos. Nos dijeron que eran los que estaban peor, pero, que la mayor parte de los que quedaron estaban enfermos.


EMPONADO*.- Piso de ponas. División de ponas.

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