miércoles, 30 de julio de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXIII


Navegábamos a toda máquina, delante la “Cahuapanas”, donde íbamos los de la Tercera Compañía y la Sección de Cañones Antiaéreos, detrás la “Meteoro” con la Primera y parte de la Segunda. Según los rumores que circulaban, la expedición punitiva colombiana estaba por llegar a Leticia a tomarla y nosotros íbamos a impedirlo; yo sólo pensaba en que tenía que batirme y salir ileso; ansiaba saber lo que se siente realmente cuando sé está bajo el fuego del enemigo enfrentando a la muerte.
Como para hacer más firme y decidida nuestra actitud nos llegó de Iquitos una triste noticia: el subteniente Armando Luján había dejado de existir a consecuencia de las fiebres palúdicas que le atacaron en Inonías. Luján fue uno de los primeros oficiales de nuestra Compañía, la muerte lo abatió en el cumplimiento de su deber; era otra de las víctimas del conflicto; murió por defender a su patria.
Había llegado el momento de olvidar los errores que acaso cometió, porque la muerte redime, la muerte dignifica, la muerte purifica... Me sentí el más humilde de sus subalternos y desde lo más hondo de mis sentimientos brotó el reconocimiento de su sacrificio por la causa que defendíamos, por la recuperación de las tierras que nos legaron nuestros antepasados y cuya posesión reafirmaron la historia y los tiempos.
Como nosotros, fue uno de los primeros en acudir a defenderla y ese gesto aureolaría su nombre convirtiéndolo en el símbolo que nos guiaría hacia la búsqueda del triunfo, aunque la implacable naturaleza o las balas acecharan nuestra existencia... ¡Las armas en nuestras manos sería nuestro permanente homenaje!
Hacía cuatro meses que habíamos salido y me parecía ayer, pese a las largas y angustiosas horas que pasaba... y de nuevo estábamos navegando por la misma ruta, en el inmenso Amazonas, con rumbo a Leticia; era como para figurarse que estábamos haciendo un viaje de recreo...
Después de dos días de navegación llegamos por la tarde e inmediatamente desembarcamos; había una gran cantidad de tropas y en el puerto, compactos grupos esperándonos, vi muchos amigos, entre ellos a Dositeo Piñeiro, Ricardo Tobies, Jorge Pinedo... Nos hicieron pasar por un callejón que formaron, entre gritos de entusiasmo, calurosos saludos, vítores y aplausos. .. Nos dirigimos al cuartel en que habían convertido una casa; era muy buena y daba la impresión de haber sido preparada para recibirnos: tarimas, armeros y bastante limpieza. Nos despojamos del equipo, tomamos posesión de nuestra respectiva tarima, pasamos rancho y luego... a descansar, aunque lo que en realidad necesitábamos era estirar los miembros, entumecidos por dos días de obligado apretujamiento e inmovilidad.
Al día siguiente se incorporaron a nuestra Compañía algunos nuevos soldados, para completar su efectivo, de los que, al único que conocía era a Arístides Lozano, uno de los 57 que en la madrugada del 1° de setiembre tomaron Leticia. Todo el día, hasta cerca de la medianoche, estuvimos en instrucción: conocimiento estratégico de la ciudad, de los puestos de combate, de las trincheras y de la acción que nos correspondería a la hora del combate. Ghersi, que había ido directamente de Iquitos, nos estuvo esperando con el plan de instrucción preparado; no nos enteramos del resultado de su examen, pero todo hacía suponer que muy pronto lo veríamos luciendo los galones de subteniente.
El tercer día ya nos pareció de rutina y transcurrió sin ninguna novedad, pero, como a las 8 de la noche, en ocasión que estábamos charlando en una de las calles alejadas de nuestro cuartel, oímos el toque de alarma... ¡La primera alarma!... En el estado de tensión que manteníamos por la consigna de estar listos para armarnos, equiparnos y marchar a nuestros puestos, como impelidos por un resorte arrancamos a correr hacia nuestro cuartel; en el camino encontramos al sargento Valles que en igual forma iba en la misma dirección. Nos detuvimos brevemente para observar lo que ocurría en la calle principal, pero nada vimos, en cambio mirando hacia abajo del río, vimos unas luces, evidentemente de barcos, porque se distinguían las verdes y rojas de posición, situados posiblemente a la altura de Tabatinga. En aquel momento se volvió a repetir la señal de alarma, arrancamos de nuevo a correr y cuando llegamos al cuartel ya estaban casi todos, aparentemente tranquilos.
Mientras bromeábamos algo nerviosamente sobre la alarma, preparábamos nuestro armamento y munición; de pronto entró Ghersi como un ciclón:
- ¡Armarse y a formar inmediatamente! - mandó.
En un abrir y cerrar de ojos estuvimos listos y formados. Valles recibió órdenes de Ghersi, tomó el mando de nuestra sección y partimos. Según el plan, nuestra sección debía proteger el oeste de la población; a paso ligero nos dirigimos hasta las afueras del pueblo, luego en columna de a uno, seguimos por un estrecho sendero, que apenas se veía, hasta que llegamos a la trinchera donde nos detuvimos: era un simple foso entre la maleza. A tientas ocupamos nuestros emplazamientos; la oscuridad era tan profunda que no podíamos vernos unos a otros, solo por encima del monte se veía la luz de un cielo nublado; había un “zancudero” de cincuenta mil demonios, pero tuvimos que soportarlo en el más absoluto silencio; ni siquiera se podía dar las palmadas con que ordinariamente se trata de aplastarlos cuando se siente su aguijón… Hubiera querido ver las caras de mis compañeros, pero solo su respiración delataba su presencia, pese a que estábamos como a dos metros unos de otros.
Creo que permanecimos más de una hora hasta que se oyó la señal de retirada; emprendimos el regreso riéndonos de nuestro chasco, pues en verdad, parecía que todo no hubiera sido más que un ejercicio. .. Y yo, que esperaba de un momento a otro oír la primera descarga o un cañonazo de los que habíamos supuesto buques enemigos.
Ya en nuestro cuartel y cuando nos disponíamos a acostarnos, llegó un cabo de la cuarta sección con una noticia desconcertante: que el capitán Castillo se había pegado un tiro y había muerto... Inmediatamente salió Ghersi para averiguar que había de cierto, pues nos resistíamos a creerlo y pensamos que estaban exagerando las cosas. El capitán Castillo estaba en Ramón Castilla, frente a Leticia, al mando de una Compañía.
Media hora después y cuando ya estábamos acostados entró el teniente Rospigliosi, y mandó a los de la Tercera Sección que nos levantáramos y armáramos inmediatamente -algunos ya se habían dormido-agregó que era para hacer guardia de honor al cadáver del capitán Castillo… Le preguntamos lo que había ocurrido y nos dijo que solo sabía que se le había disparado una carabina que llevaba y la bala le había herido causándole la muerte instantánea.
¡El destino es inexorable y ciego!.. ¡La muerte no mide distancias!... ¡Lo desconocido está a un solo paso!... ¿Quién puede detenerlo?
Fuimos al hospital, que se había instalado en el local de la estación radiotelegráfica; allí estaban los restos del que fue Castillo. Tenía la camisa toda llena de sangre arremangada hasta el cuello, y el pecho descubierto, se notaba en él un punto insignificante debajo de la tetilla izquierda, completamente limpio: era el orificio de entrada del proyectil; descansaba en una mugrienta mesa, en la que todavía quedaban algunos papeles, los demás habían sido tirados al piso para desocuparla; la habitación estaba sucia: paredes pintarrajeadas con leyendas groseras y toscos dibujos, las puertas deshaciéndose y el piso lleno de polvo y desperdicios; una ventana con rejas le daba el sombrío aspecto de un calabozo; un farol en otra mesa y otro colgado del dintel de la principal, alumbraban mortecinamente con lúgubres destellos.
El teniente organizó la guardia: se quedaron trece hombres para tres turnos de guardia; cuatro con el fusil al hombro se colocaron cerca de cada ángulo de la mesa en que reposaba el cadáver, los otros los reemplazarían en turnos de una hora y uno se quedó al mando del grupo; los demás de la sección volvimos al cuartel.
Al día siguiente después del desayuno regresamos al hospital para relevar a los de la noche y permanecimos hasta el mediodía, cuando fuimos relevados. La autopsia fue practicada por dos capitanes de sanidad, uno de ellos amigo nuestro, en cuya operación constataron que el proyectil no había tocado el corazón, pero sí atravesado muy cerca una de las venas cavas, lo que le produjo una hemorragia interna que le causó la muerte. Terminada a autopsia fue vestido con su uniforme de gala y colocado en una improvisada capilla ardiente en otro salón, de cuya limpieza nos ocupamos, y continuó la guardia de los cuatro centinelas.
Uno de los que había presenciado el accidente nos relató lo sucedido: pasada la alarma que puso en conmoción a todo el agrupamiento, Castillo estaba abandonando la trinchera donde estuvo su Compañía, cuando de repente regresó en busca de la carabina que había dejado al lado de un cañón; el foso no era muy profundo, pero, para no bajar, se inclinó tratando de cogerla por el cañón. No se dio cuenta nadie si al subirla tropezaría en algo, se engancharía el disparador o se le escaparía de la mano, cayendo de culata al fondo, solo oyeron el disparo que lo hirió, su grito de dolor: ¡Ay carajo!... ¡Me maté!... y lo vieron caer al fondo de la trinchera. Lo auxiliaron dos soldados, vendándolo de inmediato con una venda del paquete individual, lo embarcaron en la lancha para cruzar el río y lo condujeron al hospital. Lo embarcaron con vida, pero el viaje fue como de media hora y cuando llegaron ya era cadáver.
El sepelio realizado a las 4 de la tarde, fue de impresionante sencillez: el ataúd, una simple caja de madera sin adornos, mandada hacer en el único sitio posible, la hacienda La Victoria, y una cruz de flores silvestres, confeccionada en la Tercera Compañía; fueron todo su aparato funeral.
Durante toda la mañana desfilaron, silenciosa y gravemente, clases y soldados junto al catafalco; después del almuerzo, lentamente fue concentrándose frente al edificio todo el agrupamiento, sin haber mediado ninguna orden. Es posible que hasta los servicios de guardia fueran abandonados.
Cuando llegó la hora salió el féretro en hombros de cuatro oficiales, la bandera cubría el ataúd y sobre ella descansaban su kepí y su espada; la oficialidad, con el comandante y el Estado Mayor a la cabeza; seguía detrás, la Tercera Compañía que arrastraba el duelo y la Primera haciendo la guardia de honor; el resto de la tropa, los clases, hacían un compacto acompañamiento a los lados y detrás del cortejo, que desfiló hacia el cementerio. El comandante había mandado construir una bóveda de ladrillos y no obstante la actividad, que habían desplegado Lisbiño Elaluf, que hacía de albañil y sus ayudantes, cuando llegó el cortejo aun no estaba terminada.
El féretro fue depositado sobre dos caballetes frente a la bóveda y el capitán Berrocal leyó una oración fúnebre en términos entrecortados y emotivos; tan hondas y sentidas fueron sus expresiones que todos se conmovieron y muchos, entre ellos Calderón, no pudieron contener las lágrimas.
Concluida la oración el capitán de la Primera Compañía mandó:
- ¡Presenten,...armas!
Se oyó el seco y uniforme golpe de las manos en las culatas y los guardamanos… luego un silencio impresionante y el ataúd fue introducido lentamente...
- ¡Descansen,... armas!
Lisbiño colocó los ladrillos que cerrarían la fatídica boca... solo se oía el ruido de las herramientas... Uno a uno los oficiales, haciendo el saludo militar fueron retirándose...
Aquí terminó la ceremonia. Tres aviones Corsair hacían evoluciones a gran altura; el cortejo empezó a abandonar el cementerio, todos silenciosos y cabizbajos, seguramente reflexionando sobre las últimas palabras del capitán Berrocal:
“Cuando llegue el momento, los ecos de nuestra victoria llegarán hasta tu tumba”.
Castillo nos había dejado amargos recuerdos, pero la muerte es la muralla donde se estrellan todos los rencores, la muerte es la inmensidad donde se pierden todas las pasiones... Castillo era ya el camarada que clamaba sanción contra los que dieron motivo a esta desgraciada campaña, su nombre nos alentaría y haría fieros en la lid... al pensar que él perdió la vida esperando el momento de sacrificarla por nuestra causa, no daríamos cuartel... ¡Le vengaríamos!...
Algo de ira se revolvía dentro de nuestro ser, y mucho de revancha… porque sólo la estulticia de los que se creían dueños de ese pedazo de nuestra carne…de ese jirón de nuestra alma, fue la causa de la muerte de Castillo y de Luján…por eso, más que nunca, el grito implacable del hombre de la selva, el último verso de nuestra marcha ¡A Leticia! que salía muy del fondo de nuestros corazones, habría estremecido a los mercenarios y a sus viles comerciantes.
“... en la selva retumba solo un grito:
es nuestro Leticia o juremos morir”

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