lunes, 29 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVI


¡Y cayó!... ¡Con todo el mástil!...
Aquello de “esta bandera no se arriará jamás”, bastó que desapareciera Sánchez Cerro para que en las altas esferas oficiales empezaran a hacer todo lo posible para que lo olvidáramos; aunque nosotros, ingenuamente, seguíamos creyendo que no iría a caer... y seguíamos peleando en Calderón, Yabuyanos, Puca Urco... ¡Qué broma!
Fue en la noche cuando la hicieron caer, esperando el mayor silencio y la más grande oscuridad, como avergonzados o asustados de lo que iban a presenciar, pero nosotros lo vimos todo sin mucho esfuerzo; quisieron estar solos, quizá para solos ser los que arrastraran el peso de tan amargo recuerdo; pero el soldado no duerme, el loretano tiene un sexto sentido que le ha desarrollado la agresividad de la selva... y estuvimos presentes mas de los que se hubiera supuesto.
Calderón miraba inmóvil y silencioso como una estatua; Ferruzo, siempre cubierta su cabeza orlada de nieve, con su arrugada cristina, se paseaba impaciente y nervioso, como en espera de algo que tarda en llegar; los primeros Arbulú y Dávila, como siempre juntos, el uno, como de costumbre, con una mano en el bolsillo y con la otra jugando con el silbato que le sirve para llamar a la formación, el otro, como era su hábito, pulcramente vestido, como si estuviera yendo a una fiesta o volviendo de ella; muchos soldados y algunos de “los 7 amigos del 19” mirando de lejos, estos últimos tratando de no ser reconocidos.
¿Cómo se supo que algo insólito iba a ocurrir-.. ¿Intuición?... ¿Presentimiento?... ¿Casualidad?... ¿Infidencia?... ¡Quién sabe! pero allí estuvimos sin saber qué iríamos a ver...
Llegaron un cabo y cuatro soldados con unas herramientas, que, al parecer era lo que Ferruzo estaba esperando; en voz baja dio una orden y los soldados empezaron a cavar lentamente la húmeda tierra que aprisionaba la base del mástil, en cuyo tope la bandera, sin viento que la moviera, parecía estar abrazada, como tratando de no desprenderse... cavaron hondo... ¡mas hondo!... hasta que al fin llegaron al extremo que ya se estaba pudriendo, lo inclinaron con cuidado y tiraron de él para sacarlo del hueco... ¡ahí faltó fuerza!... casi los aplasta el palo por su peso y longitud... el cabo corrió hacia nosotros.
- ¡Por favor, vengan a ayudar! -nos dijo.
Nadie se movió, todos nos miramos vacilantes, ninguno se atrevía, yo sentía como miedo... ¿Qué estábamos haciendo?... ¿Por qué? Quizá todos sentían igual. El cabo decidió en el acto.
- ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... ¡Tu!... - señaló a cuatro soldados - ¡Vénganse conmigo!
Los cuatro obedecieron y fueron en ayuda de los que estaban sosteniendo el mástil y lo sacaron del todo.
¡Fue una idea luminosa!... ¡La bandera no se arrió... ¡Cayó el mástil!
Dos imprudentes lágrimas asomaron a las mejillas de Calderón, que en la tenue oscuridad brillaron como dos estrellas... Todos estaban serios... como consternados... hasta parecía que estuvieran temblando o la fulgurante luz de un relámpago que en aquel instante iluminó la escena, dio esa impresión...
Los soldados pusieron el mástil sobre sus hombros suavemente, con una actitud que parecía de reverencia, cual si se tratara del anda de una divinidad o del palio de una majestad... se pusieron en marcha con dirección al puerto, guiados por el cabo, llegaron a la orilla y lo embarcaron en la lancha que los estaba esperando.
Todos los presentes los seguimos en silencio, como en un cortejo fúnebre... como acompañando a aquellos compañeros que partieron llevándose la esperanza de ver nuestra tierra redimida...
La lancha partió hacia Ramón Castilla; llegaron, lo desembarcaron y lo prendieron en suelo peruano nuevamente.
La luz de un nuevo día iluminó la bandera que 290 días había ondeado en Leticia, la bandera que las damas loretanas residentes en Lima nos habían regalado para mantenerla al tope... en una playa que estaba siendo tragada por el río... entre gramalotes donde viven lagartos y gamitanas*... entre un fango, que a un lado tiene el río y al otro lado una tahuampa...
Como el palacio de Aladino por arte de encantamiento de una lámpara.., allí no hubo lámpara... hubo algún camaleón.... hubo muchos camaleones...
Al abrir los que dormían en Leticia sus ojos legañosos y ver su bandera en Ramón Castilla, creyeron estar soñando y preguntaron... los camaleones contestaron que el milagro era voluntad del cielo; que el “Mocho” estaba cumpliendo su palabra... ¡la bandera no se arrió!... fue él quien, desde el cielo -o acaso del infierno- de un tirón el mástil sacó fuera... por los aires lo pasó al otro lado y de un empujón lo prendió de nuevo...
Y aquí el juramento del soldado: “seguir constantemente a vuestra bandera, no abandonar a vuestros superiores”... y la bandera estaba en Ramón Castilla como haciendo señas con sus pliegues... Los oficiales se embarcaron en las lanchas llevando sus catres, sus perchas, sus loros, sus perritos y bacinicas... los soldados también nos embarcamos... sin perchas, ni perros, ni loros, ni bacinicas...
La playa nos recibió tristemente. Piadosa, por un instante, como para alentar y darnos confianza, dejó de desbarrancarse; pero estábamos asombrados... porque era una playa donde sólo podían vivir bestias que alternan con boas y lagartos... con unos tambos viejos que un suspiro podía hacerlos vacilar. Cuando ingresamos a ellos, víboras, murciélagos y lagartijas huyeron a la maleza; observamos que a través de sus techos se veía el sol, que por las noches no necesitaríamos salir para deleitarnos en la contemplación del firmamento y cuando cantáramos al son de nuestra guitarra, del fondo de la tahuampa vendrían a extasiarse los bufeos* y las vacamarinas*... Teníamos que vivir felices, al pié de nuestra bandera, sin abandonar a nuestros oficiales, hasta perder la... paciencia.
En los pocos días que permanecimos observamos con más detenimiento y lo íbamos encontrando una delicia... el agua del río, que estaba en vaciante, con la playa al mismo nivel y casi entrando en los tambos, le daban atractivo encantador: parecía una Venecia de la época prehistórica; unos troncos caídos sobre unas zanjas mostraban con muda elocuencia hasta dónde había llegado la anterior creciente del río y cómo sirvieron para caminar sobre ellos al trasladarse de un lado al otro; el gramalote entraba hasta donde estaban nuestras tarimas.
La bandera flameaba imperturbable y alta, tan alta que cuando se la miraba largo rato se sentía dolor en el cuello; en el mismo mástil que salió del hueco de Leticia, prendido en el borde del barranco. Ya no permanecía al tope día y noche y cuando todas las mañanas para izarla, el corneta dejaba oír el toque de bandera, un perro famélico aullaba tristemente... Pasó de Leticia con nosotros, parecía reconocer la bandera y era el único que lloraba por ella...

Los tambos resultaron monísimos porque la brisa silbaba tenuemente en los huecos de su techo; en el nuestro había tres mecedoras, dos sofás y una mesa redonda; donde dormíamos entraba el aire con la prodigalidad que el clima reclamaba y favorecía el no tener cómo cerrar puertas y ventanas y los huecos de los techados de hojas de palma... ¡Todo estaba abierto!...
Las camas tenían disposición tal que al que se le hubiera ocurrido morir por la noche, no habría habido necesidad de prepararle capilla ardiente y trasladarlo a ella; algunas de las tarimas que nos servían de cama tenían huellas de cera en sus cuatro ángulos... ¡eran las que ya sirvieron para el caso!... Además, la cama se utilizaba como mesa, como banco, como percha, como lavatorio... porque teníamos tan cerca el agua que casi se tenía lavada la cara al despertarnos. Con eso se evitaron muchas formaciones: formación para lavarse la cara, para lavar las cacerolas, para el baño... y los clases y soldados también salimos ganando: los unos conservaron un poco mas sus pulmones, los otros perdíamos menos la paciencia.
Los zancudos también fueron desapareciendo, sin necesidad de insecticidas ni combinación que los sustituyera. El día que llegamos había tantos que se nos metían hasta en la comida, pero nosotros éramos, como cuatrocientos, sin contar los gatos, los perritos y los loros; los zancudos se vieron obligados a dividirse y así, nos tocaron como a 100 y en el primer día perecieron y hasta desaparecieron bajo la furibunda presión de nuestras férreas manos decenas de ellos; al día siguiente había muchos menos y volvimos a sembrar la desolación y la muerte por donde había zancudos; después, las reservas eran las que zumbaban tímidamente en torno nuestro, como pidiendo misericordia, porque en el suelo, en las tarimas, en el banco y hasta en la mesa redonda; yacían aplastados innumerables zancudos... A poco más que hubiéramos permanecido en Ramón Castilla no hubiera quedado más que los recién nacidos y las larvas... ¡habríamos acabado con la especie!...
Todo ya era solamente esperar, largos días en un lento discurrir; los ejercicios pararon, las academias pasaron, las imaginarias no se hacían y hasta los clases perdieron su ascendiente sobre la tropa.
El sol, que brillaba iluminando el firmamento con tibio esplendor, nos hacía olvidar la miseria de la situación que se había creado; sus rayos, que parecían mensajeros de alegría y amor se arrastraban por las crestas de la selva y se inclinaban en ósculo pertinaz sobre las ondas del majestuoso Amazonas, que a impulso de la brisa se encrespaba turbulento... hasta que el pálido crepúsculo iba extendiéndose poco a poco, convirtiendo lentamente en sombra ese esplendor, sombra que llegaba hasta el alma, pero sin poderla inundar, porque una ardiente llama seguía iluminando la dulce evocación de una mirada, de una sonrisa, de una voz...
Hasta que un día me tocaron retirada... ¡Rumbo a Caballo Cocha!... Me di cuenta entonces que mi suerte no era tan perra; el Comando debía trasladarse a Caballo Cocha y como yo, aun estaba destacado a él, no habría sido posible que el comandante fuera a dejarme en Ramón Castilla, una playa infecta donde abundaban los bichos y el agua amenazaba llevarnos...
Con un efusivo abrazo me despedí de los compañeros, que por pocos días se iban a quedar y no pude dejar de derramar algunas lágrimas de verdadero sentimiento... ¡Y cómo no ser así cuando con mi fusil me di un golpe en la cabeza al descolgarlo!...
Todo el personal del Comando y dos Compañías del Batallón pasaron a Leticia directamente a embarcarse en el “Huallaga”, que estaba esperando. Igual que al “Alberto”, que también estaba acoderado en el puerto, le habían dado apariencia de buque de guerra, tanto por el color con que había sido pintado, como por los cañones que le habían instalado -dos en la proa y dos en la popa- y le aplicaron el nombre de crucero... ¡Demasiado tarde!... Mientras en el teatro de operaciones se estaba tratando de recuperar el tiempo perdido y la acción que nos habían ganado, al otro lado de los andes ya nos habían clavado el puñal por la espalda:..
La Comisión Internacional, que según las noticias periodísticas debía encargarse de supervigilar la evacuación de Leticia, llegó poco después que nosotros en tres lanchas brasileñas; estaba compuesta por un norteamericano, un español, un cubano y un brasileño, con un séquito de asesores y secretarios que inmediatamente se transbordaron al “Alberto” y como ya era ella la que mandaba, su primera orden fue la de nuestra partida.
Cuando salimos de Leticia... ¡para siempre!. . . eran las dos de la tarde. Al amanecer del día siguiente llegamos a Caballo Cocha.

GAMITANA*.- Pez de regular tamaño de escamas grandes.
BUFEO*.- Delfín. Cetáceo piscívoro de dos a tres metros, abunda en los ríos amazónicos.
VACAMARINA*.- Manatí. Mamífero sirenio de hasta cinco metros de longitud.

viernes, 26 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXV


Se iba a despejar la incógnita que nos torturaba; corrían insistentes rumores de que Leticia debía ser evacuada y nuestro regreso estaba cercano. El R-10 había llegado repleto de oficiales de alta graduación y entre ellos había vuelto el comandante Calderón. Se decía que la misión de tan distinguida delegación era planear y poner en práctica la evacuación y una de las primeras señales que confirmó la versión fue la orden de destrucción de las trincheras y de los emplazamientos de los cañones, que la Compañía de zapadores empezó a volar. Las explosiones de las cargas, por todos lados, destruían las fortificaciones que tanto sudor y fatigas costó a la tropa. Era penoso ver lo que estaba ocurriendo... Dos días después todo era ruinas, escombros y embudos, dando la impresión de que realmente Leticia hubiera sido bombardeada.
Las minas colocadas en el río igualmente se hicieron explotar, pero, de las diez que fueron fondeadas, solo dos explotaron levantando montañas de agua, otras dos fueron menos notables y las seis restantes no se notaron absolutamente. Ese había sido el más grande “bluff” de nuestra campaña y muy posiblemente el motivo fundamental porque los buques colombianos no se atrevieron a acercarse a Leticia.
Y era para reírse recordando que cuando pasaba el capitán brasileño Yucá, guiaba personalmente el buque de la Amazon River, haciéndonos la jugada de seguir a la lanchita “Atahualpa”, comandada por el chato Raygada, que hacia más eses que cuando estaba borracho.
Cuatro días después los enfermos recibieron la orden de equiparse y estar preparados para embarcarse en uno de los “cruceros” que debía llegar de un momento a otro y no nos sorprendió, un poco más tarde, ver corriendo como caballos desbocados por las calles de Leticia, a los de la banda de músicos. No había que esforzarse mucho para suponer que también habían recibido la orden de embarcarse en el mismo buque.
Fuimos a verlos a todos para despedirlos. En una sola cuadra estaban juntos e impacientes, los de la banda y los de la Tercera y Cuarta Compañía; en todos los semblantes, incluso en el pálido y demacrado rostro de los enfermos se veía una luminosa sonrisa, un destello de felicidad. No podía ser de otra manera, pues regresaban a sus hogares y esa ansiedad les hacía olvidar momentáneamente el sufrimiento físico, el triste resultado de nuestra campaña y la quiebra total de las caras esperanzas del triunfo de nuestra causa. No les dijimos adiós sino hasta pronto, porque sabíamos que en breve volveríamos a vernos. Todos se embarcaron tan pronto como llegó el “Alberto”, que ya era “crucero” y volvió a zarpar inmediatamente.
Nos quedamos y nuestra tristeza aumentó con una noticia desconcertante: resultó al final de cuentas que la tal Comisión de Evacuación, por el simple hecho de que estábamos sanos, determinó que no regresáramos a Iquitos, sino fuéramos trasladados a Ramón Castilla... como quien dice... ¡al infierno!...
Si siquiera nos hubieran destinado a Caballo Cocha, no nos hubiera contrariado tanto, pero... ¡a Ramón Castilla!... donde las casas estaban en peligro de ser arrastradas por el barranco, donde el terreno era una playa fangosa, donde abundaban los zancudos, tanto como los malos políticos en el Perú... teníamos en perspectiva vivir como las garzas en las playas, con un pie levantado para no mojar los dos al mismo tiempo.
No tenía explicación nuestra permanencia en la frontera si habría sido para defenderla, para hacernos matar... bueno, hubiera tenido sentido y justificación, pero el enemigo no nos quería matar, por lo menos no nos quería matar a tiros, porque sin ellos hacer ningún esfuerzo, sin disparar un solo tiro, teníamos para morirnos de vergüenza...
Teníamos que esperar en Ramón Castilla hasta que algún desocupado tuviera la ocurrencia de preguntar por el Batallón Nº 19 y le saliera del vientre la humana idea de hacerlo relevar. Mientras tanto nos entretendríamos en obedecer a los oficiales y acabar con los zancudos, ya que no podíamos hacerlo a la inversa.
No sabíamos cuánto y qué había que esperar todavía; “los 7 amigos del 19” empezaron a disgregarse: Teodorico se iba a Caballo Cocha y... Dositeo, al parecer por cuestiones sentimentales se marchaba en comisión al Cotuhé.

El amor es una enfermedad; no mata pero consume, cuando quien la sufre no logra apoderarse del microbio que es la causa; es más peligrosa cuando el microbio ataca dos, tres o más pacientes a la vez; peor aun cuando el microbio no se deja atrapar por el primer paciente y cae con el primer advenedizo y llega a lo más grave, cuando el microbio es perverso, se deja atrapar por todos menos por el que está más afectado.
Es un microbio muy singular: cuando se le busca no se le encuentra y otras veces sin uno buscarlo, tropieza con él y se infecta.
Este fue uno que no buscó el amor, digo el microbio y se le prendió; le atacó en tal forma que lejos de consumirlo parecía darle más vida, pero un día fue llevado lejos, arrastrado por una ola que entonces llamaron patriotismo, pero la transformaron en engaño, sintiendo en su corazón la nota triste de la ausencia y llevando en su pensamiento el deseo de volver.
Pasaba el tiempo y el microbio desde lejos, parecía no atacarlo mas que a él... y el soñaba, se perdía en nubes de ensueño y silencios de ilusión; caminaba a tientas con la luz de sus recuerdos, no miraba mas que de lejos, donde estaba su microbio.
Un día hasta él llegó un rumor... Que el microbio que fue causa de su mal, había sido atrapado al tratar de enfermar otro corazón, que su muerte fue sabida en todas partes y su entierro fue un destierro... Al saberlo sintió morir de dolor... la sonrisa de esperanza ante el soplo de esa nueva en sus labios se enfrió... el brillo de sus ojos, como el sol que se oculta acosado por la noche oscureció convirtiéndose en sombras de amargura...
Un amigo le contó con detalles que sangraron mas aun su corazón oprimido por el puño de la pena, como fue que cierto día su microbio al atacar una nueva víctima, resbaló, cayó, se dejó atrapar... y al darse cuenta era ya cadáver...
Al oírlo de dolor enloqueció y “partió, llevando en su amargura, el cruel recuerdo de esa aventura”... ¡al Cotuhé!... rumbo al olvido y al paludismo, con fines suicidas, porque quien allá iba no regresaba íntegro, pues lo que de sangre y pellejo le dejaban las fiebres... se lo quitaba el camino...
No avisó que partía ni se despidió de sus amigos y a bordo de la lancha que lo conducía, entre latas de galletas y sacos de comestibles, trató de hundirse en el sueño de los tragos, supremo consuelo de los que sufren y quieren olvidar...
Y cuando sus ojos se cerraban, cuando con la imaginación empezaba a trasladarse a las regiones del embrutecimiento y del no ser, oyó una voz que le llamaba... creyó estar soñando y contestó... y la misma voz cantó:
Putun, putun, palomita
Putun, putun, palomita
ya no hay la vaca ceniza...
¡ay si!...

Despertó furioso con ímpetu de romperle cualquier cosa al importuno que le recordaba su desdicha... ¡Teodorico Oyarce miraba inocentemente el panorama!...

lunes, 22 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIV


Antes que los colombianos, la gripe atacó el Agrupamiento. Al principio enfermó uno que otro, después tres, cuatro juntos y al cabo de una semana resultó una verdadera epidemia. Fue imposible evitar el contagio por falta de profilaxis y todos caímos como pollos con la peste. Los menos tenían fiebre y tos, los demás no podían ni tenerse en pie.
Al ver el peligro tratamos personalmente de contrarrestarlo con una receta muy original, ya que no teníamos ninguna otra mejor: bebíamos aguardiente con limón, pero el remedio o no fue acertado o la dosis fue excesiva, porque el resultado fue que había tantos borrachos como enfermos. Después acudimos a los masajes, que entre los hijos de la selva se conoce como “llapchada” y daba gusto ver como Eleazar, que resultó toda una institución en tal conocimiento, con la ayuda de Lozano, se multiplicaba en su aplicación a cuantos se lo solicitaban.
Fue un tropezón inesperado; cierto que “un tropezón cualquiera da en la vida” y nosotros, que no éramos excepcionales, estábamos expuestos a darlo a cada paso en aquella situación, donde todo era dificultades, sombras, obstáculos en cuanto nos rodeaba y en cuanto íbamos encontrando. Tropezones pródigos en enseñanzas, que nos hacía conocer el fondo de las cosas y la calidad de los hombres.
El médico, por ejemplo, no es un hombre corriente; es un ser endurecido por la ciencia, que no cree en el dolor ajeno, mira la carne como un tejido, la sangre como una mezcla de hematíes y leucocitos, el cuerpo humano como un rompecabezas cuyas piezas hace tiempo que estudian la manera de reemplazarlas con otras que nunca se descompongan.
Pero así, con toda su insensibilidad, tuvimos que aceptarlo y pese a nuestro escepticismo, tuvo que atendernos en nuestra propia cuadra, porque muchos estaban tan mal, que apenas se sostenían en pie, habrían sido incapaces de concurrir al departamento médico y menos de aguardar a que les llegara el turno.
Nuestra cuadra estaba llena de enfermos, unos acostados, dentro de sus mosquiteros, otros sentados al borde de su lecho: una tarima o largos troncos aserrados en espesores desiguales, unidos para servir como tarimas múltiples, pero con desniveles que tenían que ser rellenados para que no sintiera el usuario esas desigualdades en el cuerpo. El ambiente con un pesado olor a mezcla de humores humanos, frotación, comida, orina... voces quejumbrosas, toses y quejidos por todas partes, una falta de limpieza total... A no ser por el repulsivo aspecto se habría dicho que era un hospital.
El capitán de sanidad, vestido con un mandil blanco, llegó acompañado de un enfermero, quien llevaba una maleta de madera en la mano; miró a todos lados, cruzó a lo largo toda la cuadra, como evaluando el estado de los enfermos y el ambiente en que estaban, los miraba con atención y éstos devolvían la mirada ansiosamente, algunos lo saludaron:
- ¡Buenos días doctor! - a lo que contestaba levantando levemente la mano o la cabeza o en voz baja. Volvió a la puerta y se sentó en un taburete cojo junto a la sucia y destartalada mesa. En voz alta dijo:
- Acérquense uno por uno.
Se acercaron dos apoyándose mutuamente; el médico los miró atentamente y cogiendo la mano, para tomarle el pulso, al que parecía estar peor le preguntó:
- ¿Qué tiene usted?
- Fiebre... me duele mucho la cabeza.
- ¿Mucho?
- Sí doctor, no puedo dormir y me duele...
- Bueno -le interrumpió el médico- Va usted a tomar una cucharada cada dos horas -y dirigiéndose al enfermero- Déle un frasco, luego le preguntó al otro:
- ¿Y usted?
- Yo también tengo fiebre y...
- ¡Una cucharada cada dos horas! -e interrumpió- ¡Que venga otro!
El sanitario se apresuró a sacar dos frascos del maletín y entregar a los pacientes.
- ¿Usted... qué tiene? -volvió a preguntar al que se acercó.
- Fiebre y...
- ¡Cucharada cada dos horas! -dijo el médico sin dejarlo continuar. Siguió recetando cucharadas a todos los que iban llegando, hasta que de pronto el enfermero le dijo:
- ¡Mi capitán, ya no hay cucharadas!
- Entonces déle Fenaspirina, una cada cuatro horas - y siguió ordenando lo mismo para todos los restantes... unos treinta.
Campos que había amanecido con una fiebre altísima y casi delirando, se acercó vacilante, rechazando que lo sostuvieran los compañeros, estaba demacrado. Lo miró el médico y dijo:
- Fenaspirina, una cada tres horas.
- Pero doctor -intervine yo, que soy tan entrometido- lo que tiene él no es gripe, esta con paludismo que ha traído del Cotuhé.
- ¡Ah!... entonces déle quinina y que le preparen sus cucharadas.
Cuando se marchó, como Campos parecía empeorar, lo que nos causó preocupación, aprovechamos de la llegada de Dositeo, que no estaba enfermo, pues ese bárbaro es más duro que una pared, para que fuera a buscar a Scavino, el capitán médico, a quien felizmente encontró y lo condujo a nuestro cuartel. Lo examinó y le dio unas cápsulas y pastillas que lo aliviaron.
Otro caso interesante fue el de Lozano, quien ni por haber intentado ayudar a los compañeros se salvó de la epidemia y es posible que mas bien, esa fuera la causa de que se contagiara. Amaneció adolorido, sin poder dormir y con fiebre.
- ¿Qué le pasa a usted? -le preguntó el capitán.
- Doctor, me siento muy mal
-¿Cree usted que se va a morir?
- Morir quizá no; pero estoy muy mal, quiero que me de algo para poder dormir y que me quite la fiebre.
- No tenemos medicamentos para hacer dormir, todos sufren igual que usted, y el remedio no es hacerlos dormir. Tómese sus fenaspirinas y mañana veremos.
Sentíamos sufrimiento y dolor en el cuerpo; pero más dolor causaba ver el sufrimiento de los más graves y la incapacidad de mitigarlo. Yo caí entre los primeros... ¡Dolorosa distinción!... y lo que más me mortificaba era la dureza de mi cama, madera de 4 pulgadas y ni siquiera pulida... ¡Tenía unos nudos que se hincaban en mi humanidad como golpes de puño!... En la imposibilidad de caminar revolvía mi cuerpo en los durísimos maderos tratando de esquivar la dureza implacable de sus fibras de coloso... en cuanto a comer, ¡imposible!.., quizá los más deliciosos manjares habrían resultado insípidos o desagradables.
Cierta vez conocí a un tipo que tenía una muletilla: “Esta vida ya no es vida”, decía, yo me reía interiormente de él y de su muletilla sin pensar que alguna vez llegaría a la situación de repetirla... y ésta había llegado, peor aun, porque aquello no era vivir, era arrastrarse...
Pero, como resplandeciente luz, como destello luminoso aparecía un don sublime, casi divino, un tesoro que se encuentra solo en las encrucijadas del dolor, un bálsamo capaz de curar las heridas del alma: la amistad, la verdadera amistad que no tiene condiciones, que no admite dimensión ni circunstancias, que no reconoce tiempo ni distancia. Tal sentimiento se vera que brotaba espontáneo en atenciones, en palabras de consuelo, en expresiones de solidaridad, disipando las sombras de la duda, devolviendo la fe y la confianza en la humanidad.
Sin embargo negras nubes seguían ensombreciendo nuestro panorama, una terrible duda se mantenía latente, era algo imposible de calmar, algo en que quería no pensar, quería no recordar; seguía siendo angustia e incertidumbre, interrogante y temor; era no saber que iría a suceder con nuestra causa y no saber hasta cuando ignorarlo.
Solo sabíamos que las fuerzas colombianas después de la toma de Gueppí trataron de afirmar sus posiciones en todo el Putumayo, con el evidente propósito de atacar Puerto Arturo, pero las tropas de la guarnición, mejor dispuestas y dirigidas, las hostilizaron con éxito.
En el varadero Calderón un destacamento peruano las atacó por sorpresa, causándoles bajas, que según informes oficiales alcanzaron a la mitad de una compañía. Se le llamó “la sangrienta sorpresa de Calderón”.
En Yabuyanos otro destacamento logró detener el paso de los transportes colombianos, que bajaban protegidos por sus cañoneras pretendiendo un desembarco.
Y en Puca Urco, en el río Algodón, que fue minado, también bajo la dirección del teniente Mosto, fue rechazado otro intento de desembarco de tropas colombianas. En esta acción tomó parte el teniente Juan Francisco La Rosa -uno de los 57 que rescataron Leticia- con una pieza de artillería.
Eran, pese a nuestras limitaciones en armamento, material, abastecimientos y tropas preparadas, una demostración de que podíamos, no solo resistir, sino triunfar, tomando la iniciativa en el momento oportuno, estando en el sitio justo, manteniéndonos firmes...
La última acción, que coincidió con el inicio de las conferencias entre el nuevo presidente de la República y el diplomático colombiano Dr. Alfonso López, en el Palacio de Gobierno, fue la del Campuya. Ese día el presidente Benavides propuso la “celebración de una conferencia para arreglar en primer lugar la cesación de las hostilidades”...
Esa ansiedad nos consumía. No creíamos posible que tuviéramos que perder Leticia otra vez, sometiéndonos a la decisión de la Liga de las Naciones, organismo compuesto por extranjeros que no conocían nuestra realidad. Y no comprendíamos cómo los diplomáticos colombianos pudieran tener más habilidad y más capacidad que los peruanos, más sólidos argumentos que el derecho de los pobladores despojados, para estar imponiendo sus pretensiones... ¿Tenían ellos tanta fuerza y nosotros ninguna razón?
En tanto seguían llegando los últimos evacuados del Batallón Nº 19, que estuvieron en el Cotuhé, todos enfermos y en deplorables condiciones. Dos murieron al día siguiente, ya ni sus nombres se oyó, solo sabíamos que fueron de aquellos que sintieron la ilusión y tuvieron la esperanza de ver Leticia redimida...¡Dios tuvo piedad de ellos y los llevó antes de que sufrieran el gran desengaño!...
En sus hogares, que con entusiasmo abandonaron, sus padres, sus hijos, sus esposas... seguramente pensaban en los arranques de júbilo por su llegada y en el reinicio de una vida feliz...esperarán eternamente su regreso... No se imaginaron al verlos partir que lo estaban haciendo para nunca más volver y que mientras rezaban por su retorno, ellos habían dolorosamente cruzado los dinteles del misterio, estaban rígidos en sus tarimas, solos con el silencio...
Fueron hombres humildes, libres, se hicieron soldados solo por defender su suelo: allí perdieron su libertad, nadie les brindó reconocimiento, se convirtieron, como pieza fundamental, en el último peldaño de ese complejo mecanismo que se llama ejército y como tal perdieron la vida, humilde, silenciosamente.
Pero, ¿para qué necesitábamos ejército, soldados, oficiales; para qué teníamos generales, si nuestro territorio iba disminuyendo visiblemente?... ¿Protestaron oficiales y generales o siquiera dijeron algo en contra del tratado que nos quitaba enorme extensión territorial y una estratégica frontera?... ¿Se opusieron a la consumación del despojo?... ¡No!... El único que protestó fue el pueblo, el nativo, el despojado, el loretano... Los políticos, los diplomáticos, los militares, cortesanos que defienden sus posiciones con la tradicional sobonería a los gobernantes, guardaron abominable silencio, porque todo lo que saben del honor nacional es pregonarlo en discursos, exhibirlo luciendo trajes de etiqueta y uniformes de gala, en los salones, en las ceremonias, en los desfiles... y en el momento crucial, cuando llegó la oportunidad de corregir un error lesivo, una afrenta nacional, no faltó quien dijo: “esto no vale la pena de pelear”.
Regresaríamos, los militares a dictar cátedra de disciplina y cumplimiento del deber en los cuarteles, a lucir su marcialidad en los desfiles y a pregonar amor patrio en los salones; el pueblo, los loretanos, volveríamos al rincón del hogar a lamentar de generación en generación la pérdida de ese jirón de la Patria, que por los siglos de los siglos será el baldón de una época...

Corrían rumores de que pronto sería evacuada la guarnición de Leticia, los periódicos de Iquitos decían que el general Sarmiento había confirmado la suspensión de las hostilidades... Todo eso fue para mi y para muchos, motivo de triste alegría... porque pisotearían la ansiedad de reivindicación y justicia del pueblo loretano... porque volveríamos a nuestros hogares...
Y mientras tanto seguía el doloroso desfile de soldados, cargueros, hacia el cementerio de Leticia... silenciosamente acompañados de una fúnebre guardia... ya la banda no inundaba el aire con las marciales notas de nuestra marcha, como adiós eterno al ignorado héroe que cayó sin luchar... solo las fulgurantes bayonetas lanzaban sus lágrimas de luz que se remontaban al olvido en un nimbo de gloria... ¡Habían caído en su puesto!...

viernes, 19 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIII

¡El Consejo de Guerra!... ¡Que espanto!...
Fuera de la Comandancia, en el patio frontal, una doble fila de soldados armados en correcta formación haciendo relucir al sol sus brillantes bayonetas; el teniente que los mandaba, erguido como un poste, con la espada vertical empuñada a la altura del cinturón, no pestañeaba siquiera... Dentro, los oficiales, serios, circulando apresuradamente en silencio... Cuchicheos... Nerviosismo...
El Consejo se reunió a las 9 de la mañana; vagamente nos enteramos de cómo se desarrolló: leyeron las declaraciones y cargos hasta la una de la tarde, a esa hora entraron en receso, el que se prolongó hasta las 4, para que los oficiales almorzaran; a esa hora volvieron a reunirse. Nosotros permanecimos cerca de la Comandancia, esperando alguna novedad hasta las 11 de la noche; ellos continuaron.
Algunos habían tenido oportunidad de oír algo; dijeron que la defensa estuvo brillante, pero, pasaría mucho tiempo antes de llegar a nuestro conocimiento la sentencia y su posterior revocatoria; algunos hablaban de absolución, ¡otros de 6 años de cárcel...! ¡Bah!... con haberles mandado a su casa a los tres habría sido suficiente.
¿En qué otra ocupación hubieran podido ganar lo que estaban ganando sin hacer algo útil?...
Hubiera sido interesante escuchar las declaraciones y argumentos de Díaz y como justificó su actitud, pero no creo que se haya atrevido a esgrimir como atenuante la “falta de espíritu de los soldados de la selva”.

La vida del Agrupamiento seguía siendo rutinaria, poco a poco íbamos perdiendo el interés por la verdadera actividad del soldado; los fusiles ya nos parecían un estorbo, los servicios de guardia una molestia insoportable, los ejercicios una pantomima y estábamos ansiosos de que se resolviera la situación cuanto antes.
Sabíamos que las negociaciones diplomáticas marchaban pésimamente para el Perú, pues según las versiones periodísticas los diplomáticos colombianos insistían en la validez del tratado Salomón-Lozano, sosteniendo el principio de la intangibilidad, de la santidad de los tratados y como consecuencia el incidente de Leticia lo tomaban como asunto de carácter nacional interno de Colombia.
Para entonces, dueños de Tarapacá y de Gueppí, donde habían dado una demostración de poderío que no fuimos capaces de responder, todas sus fuerzas estaban concentradas en el Putumayo. Quizá en Leticia hubiéramos dado la respuesta adecuada, pero no se atrevieron a atacar.
En estas circunstancias llegó de nuevo el comandante Narváez, para reemplazar en el Comando del Agrupamiento al comandante Calderón, quien debía viajar a Iquitos obedeciendo una llamada del Comando de Operaciones del Nor-oriente. No podíamos suponer cuales fueran los motivos, pero teníamos la esperanza de que fuera para recibir instrucciones acerca de medidas destinadas a mantenernos firmes en la posesión de Leticia.
Como para reafirmamos en esta esperanza, la Primera Compañía del Batallón Nº 17, al mando del teniente Vásquez Jaña, se embarcó aquella noche con destino al Cotuhé a relevar a la Primera Compañía del Batallón Nº 19, cuyo efectivo, casi en su totalidad, estaba atacada de paludismo. La despedida fue el despertar de un sentimiento que se estaba adormeciendo; una nueva expresión de fe en nuestra causa y en el triunfo de nuestras gestiones diplomáticas, hurras de aliento por los expedicionarios, vivas a la Patria y a Leticia peruana... la banda de músicos tocaba interminablemente la marcha “Leticia”, cuyas notas corrían como llamaradas por mi piel... Recordé con tristeza la noche de mi partida, cuando por primera vez me separé de mi novia...
Y cuando el barco partió volvimos los de nuestro grupo a la cuadra, en silencio, como presintiendo que también ellos, igual que los que antes habían partido llenos de entusiasmo, pronto volverían enfermos, macilentos, decepcionados por el abandono o como los de Gueppí, sacrificarían sus vidas, faltos de armas y de auxilio. Éramos 7, mal número según muchos, pero lo arreglamos inmediatamente con un par de botellas que aparecieron como por una invocación y contenían algo que no era agua, pero refrescaba agradablemente, no era perfume pero despedía unos vapores que embriagaban dulcemente y en unos minutos transformamos nuestros tristes presagios en la mayor alegría, ahogamos nuestras dudas y olvidamos nuestros fracasos. Recordamos a los ausentes y al extinguido “Estado Mayor” y en su homenaje titulamos a nuestro grupo “los 7 amigos del 19”, declarándolo indisoluble.
Nos disponíamos a acostarnos, y llegó Acosta que había estado de guardia e igual que nosotros iba a hacer lo mismo, cuando entró un cabo completamente borracho; miró a todos lados y al ver a Acosta tendido en su tarima, lo creyó dormido, se acercó y le gritó:
- ¡Oye carajo!... ¡Por qué no bajas el mosquitero para dormir!
- Hace mucho calor, fue la contestación de Acosta, sin moverse ni mirarlo siquiera.
- ¡Obedece concha tu madre!... ¡Baja el mosquitero!
Acosta hizo ademán de incorporarse al oír el insulto; pero luego se quedó inmóvil, aparentemente sin darle importancia a la orden del cabo, pero este insistió:
- ¡Si no te levantas a bajar el mosquitero te voy a jalar de la tarima!... ¡uno!... ¡dos!... ¡tres!... ¿No me obedeces carajo?... ¡Salte de la cama junagramputa!...
Acosta, quien sabe porque causa, estaba de mal humor, miró indignado al cabo y lentamente se sentó al borde la tarima.
- ¡Cuádrese carajo!... ¡Está hablando con un superior!... - gritó el cabo.
Estaba poniéndose de pie, evidentemente con la intención de hacer cualquier barbaridad, cuando felizmente entró el primero Dávila, quien ya había mandado a dormir al borrachito de otro sitio donde estuvo armando escándalo y salvó la situación, pues Acosta ya había cogido al cabo por un hombro y le iba a conectar un puñetazo a la mandíbula, con lo que se hubiera embarcado en un lío... ¡Otro Consejo de Guerra, que se había puesto de moda!
Dávila intervino con cuatro carajos al cabo mandándolo a dormir con otros tantos empujones, quien solo atinaba a decir:
- ¡Sí mi primero!... ¡Sí mi primero!...
Al principio no comprendía porque los cabos habían de ser los más impertinentes y con raras excepciones, los más brutos; no podíamos conversar con ellos porque se “chupaban” y ellos no hablaban con nosotros más que para hacerse obedecer. Esto nos limitaba solo al saludo, militar por supuesto.
El sargento ya es otra cosa, parece que asciende precisamente por ser más listo, más inteligente... podría decirse más gente. Tuvimos muy buenos sargentos, como militares y como amigos.
El primero, sargento primero, más propiamente, ya es casi un oficial. Excepto uno, que en los primeros días de nuestra aventura trataba de quemarnos la paciencia, todos resultaron muy buenos amigos y perfectos caballeros; era lógico, estaban en vísperas de ser oficiales.
Pero aquí venía el contraste, parecía que algunos se descomponían o a nosotros nos tocó la escoria.
Volviendo a los cabos, parecía que todos nos guardaran inquina y nunca atiné qué habríamos hecho para merecerla; quizá porque con franca sinceridad les señalábamos algunas de sus barbaridades, con la sana intención de que las corrigieran, lo que ellos nunca fueron capaces de comprender.
Arístides Lozano, uno de los 7, tenía dos cabos que lo querían como si alguna vez, intencionalmente les hubiera pisado un callo, uno era el cabo Joel, que quería tenerlo siempre presente en todas las guardias y las imaginarias y el otro el cabo Vela, más conocido como “El Colorado”, por su rubicunda faz y su característica nariz de borracho. Ambos lo tenían tan marcado, que Lozano tenía que estar con ellos, si no estaba lo hacían buscar y si no lo encontraban lo castigaban. A ese paso Lozano tenía una alternativa: iría a resultar un desertor o un perfecto soldado... Resultó lo último, porque cuando concluyó el conflicto, él ya había ascendido, llegó a sargento y a trabajar en la Comandancia de la V División.
Cuando estaba borracho el cabo Vela, lo que ocurría con desconsoladora frecuencia, tenía unas de concurso: se ponía a dar instrucción a un grupo de combate, en el que, ineludiblemente tenía que estar Lozano. Con los ojos nublados por la borrachera, no se daba cuenta de que uno a uno se le iban “cabreando” los soldados, hasta que solo quedaban 4 o 5, entre los que tenía que estar Lozano, que era el único que no podía escapar, porque Vela no miraba a otro que a él. Y seguía mandando:
- ¡Grupo... de frente... marchen!
Se le iba otro y el colorado notando que disminuía su tropa:
- A ver... ¿cuántos hombres hay? - preguntaba.
- ¡Treinta, mi cabo! - le contestaba Lozano.
- ¿Estás seguro? - insistía Vela, tratando de convencerse de que no le engañaban sus nublados ojos- ¡Bueno!... la sección está completa... entonces... ¡Sección!... ¡En columna de a tres!... ¡De frente... marchen!
Escapaba uno más que no podía ser Lozano y extrañado mandaba:
- ¡Compañía!... ¡Alto!... qué pasa... dónde están los otros...
- Han ido a tomar agua, mi cabo - le aclaraba Lozano, que con otro soldado es todo lo que queda del grupo de combate.
- ¡Bueno!... No importa... seguimos marchando... ¡De frente...! ¡Marchen!
Se escapaba el otro y había que ver a Lozano, solito tirando planta en todo el sol, para que el cabo Vela luciera su voz.
- ¡Bueno! - decía al ver solo a Lozano - mejor vamos a hacer academia.
El cabo Vela a todo esto, en el máximo de su concentración alcohólica, se sentía capaz de todo.
- A ver - se dirigía a Lozano que pacientemente lo escuchaba - tu estás de centinela y ves que el enemigo se acerca. ¿Qué haces?
- ¡Yo corro!
- ¡Pero hombre! - se lamentaba Vela - ¡Como vas a hacer eso!... ¡Como vas a correr!... ¿y tu fusil?
- Lo boto por ahí para que no me estorbe.
- ¡Ay Dios mío! - volvía a lamentarse - No se ha de poder contigo... mejor es que aprendas a marchar... ¡A ver!... ¡De frente... marchen!

Dositeo fue el único que trató de ascender, pensando entonces agarrarse a golpes con esos cabitos de pacotilla, logró el ascenso, pero no creo que haya llegado a cumplir su deseo de revancha.
La postergada fiesta de la artillería se realizó como 10 días después iniciándose con una parada de todas las fuerzas del Agrupamiento, frente a la Comandancia, para
el saludo a la bandera, al que siguieron nuevas alocuciones a cargo de distinguidos artilleros, sobre el imperecedero significado de la gloriosa acción y concluyó con el desfile de todas las unidades. Todo esto por la mañana.
Por la tarde se realizaron juegos de gymkana y para cerrar la fiesta se realizó el proyectado partido de fútbol entre los equipos de la infantería y la artillería. Pero no pudo terminar porque la pelota fue desinflándose hasta que casi parecía una vejiga y se suspendió faltando 20 minutos para el tiempo reglamentario, ganando nuestro equipo por 4 a 2. De haber concluido habríamos ganado, pero el jurado creyó proceder salomónicamente declarándolo empate y repartiendo el premio entre los jugadores de ambos equipos; no nos quedó otra alternativa que sujetarnos al fallo... ¡Un sol para cada jugador!...
Lo único malo fue que los serranos dejaron huellas visibles y dolorosas de su brutalidad en nuestras piernas.

martes, 16 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXII


Transcurrieron siete meses desde cuando partimos, cegados por la luminosidad de una causa que fue ensombreciéndose con el tiempo. Hubo que esperar algunos más para que se aclarara tan tenebroso asunto, de solo pensarlo me ponía tétrico; lo más desesperante era la calma, nos hacía falta acción, debimos estar en Gueppí, en Tarapacá, o donde fuera, que corrieran balas, hubiera olor de pólvora… así, por lo menos, habríamos tenido la posibilidad de acabar con el enemigo o que él acabara con nosotros, pero se habría resuelto la situación.
Y, como no había otro remedio buscaba la forma de pasar el tiempo divirtiéndome con las tonterías, maneras o figura de ciertos personajes dignos de hacer noticia. De ser posible decir todo lo que hacían y decían, habría sido cosa de nunca acabar.
El jefe de la bahía, por ejemplo, de quien yo dependía en mis actividades de transporte, era un tipo de lo más original: alto, flaco, desgarbado, de andares parecidos a los de un camunguy* y tan corto de vista que aún con lentes no distinguía a las personas; de voz chillona y desagradable, gritaba hasta para hablar, pero le disgustaba que otros hablaran en voz alta y mucho más, que hubiera ruido cerca suyo, tanto que porque el telégrafo de la proa tenía un sonido estridente, ordenó al maquinista que le quitará la campanilla: era tan nervioso que cuando viajábamos de inspección en la “Luella”, exigía a gritos que se pegara a la orilla, con riesgo de que la lancha se quedara varada o se metiera en una palizada, pues a cada instante le parecía ver bultos moviéndose en la maleza en el día y luces caminando en la noche, que seguramente fuera el viento que movía las ramas o alguna errante luciérnaga juguetona.
La primera noche que se alojó en el Palomar, no durmió ni dejó dormir a los demás; era la primera vez que llegaba a la selva y habría oído ya todos los cuentos de alimañas venenosas y salvajes, de modo que cuando salieron algunas cucarachas o algún pericote asomó, creyó que iban a atacarlo y valientemente se defendió tirándoles las botas o cuanto encontraba a mano, resistiendo heroicamente el asedio toda la noche... ¡Había que oír el relato a la mañana siguiente!...
Yo tenía que encontrarle muchos defectos, pues le guardaba rencor por haberme quitado la confortable y exclusiva habitación en el Palomar, pero reconocí, que aparte de sus locuras, era persona de buenos sentimientos, que lo demostró cuando uno de los fogoneros se quemó levemente con vapor; él personalmente, le dio los primeros auxilios con los elementos que pudo encontrar. Y le dio una semana de descanso. En el aspecto humano era una grande satisfacción encontrar tal calidad de personas, que por otro lado nos causaban hilaridad con payasadas que hacían más llevadero nuestro aburrimiento.
Una escuadrilla de aviones acuatizó sorpresivamente en el puerto y de uno de ellos bajó el comandante Narváez, quien, según nos enteramos, llegaba para comandar una expedición naval con las cañoneras “América” y “Napo”, destinada a atacar las fuerzas colombianas del Putumayo. El Comando del Agrupamiento estaba esperándolo con las cañoneras listas para partir, de modo que el comandante de inmediato tomó el comando de la “América’ y zarparon las naves, pero, con gran sorpresa nuestra regresaron al tercer día, pues fueron detenidas por las autoridades navales brasileñas y con muy buenas maneras, obligadas a regresar. Sólo pudieron llegar a la boca del Putumayo sin encontrar en el trayecto indicio alguno de buques colombianos. Si la intención había sido ir en auxilio de Tarapacá o de Gueppí, la disposición había sido muy tardía...
Ya nosotros estábamos perdiendo la esperanza de batirnos y hasta de ver algún colombiano frente a Leticia.
La noticia de Gueppí, el heroico sacrificio de Lores y de los que con él cayeron para proteger la retirada del grueso de la Compañía, quebró el hielo que estuvo congelando el sentimiento de fraternidad y la confianza mutua en las tropas del Agrupamiento de Leticia; el silencio se transformó en una sola expresión que significaba un desagravio que excedía los límites de la admiración: ¡Eran loretanos!... decían todos.
El cambio dio motivo a que en la organización de los festejos con que se debía celebrar el glorioso triunfo de la artillería, en el combate del 2 de mayo, en el Callao, se proyectara un partido de fútbol entre los de artillería y los de infantería, vale decir, entre serranos y loretanos. Pero ocurrió algo sorpresivo e inesperado que trastornó todos los planes.
La noche antes, después del toque de silencio, cuando ya casi todos estábamos acostados, se produjo un alboroto en todo el Agrupamiento: carreras, llamadas, toques de silbato… y como por un reguero de pólvora corrió la noticia del asesinato del general Sánchez Cerro, Presidente de la República, recibida telegráficamente.
Fue tremenda la sacudida que conmovió a todos, precisamente porque lo habíamos considerado el adalid de nuestra causa, en mérito a sus declaraciones, aunque en cierto momento se notó una sorda resistencia a nuestro apoyo, como consecuencia de las pasiones desbordadas por la rivalidad política, y no podíamos prever las implicancias que a nuestra campaña pudiera acarrear su desaparición. La oficialidad se concentró en la Comandancia, seguramente a comentar el acontecimiento, mientras nosotros lo hacíamos en nuestra cuadra.
Al día siguiente nos enteramos de las circunstancias en que fue victimado y el simple hecho de haber ocurrido cuando pasaba revista a los 20,000 movilizables, con los que debía conformarse las tropas que debían partir al nor-oriente, nos hizo pensar que había vuelto a lo razonable y nos hizo concebir la terrible sospecha de que fuera una confabulación de los contrarios a la causa de Leticia... ¡la Historia se repetía!... ¡luchas intestinas en el momento que necesitábamos más unión!...
Tan luctuoso acontecimiento fue motivo para que se suspendiera la fiesta programada, reduciéndose a una concentración de todas las unidades a las 8 de la mañana, en el Cuartel de la Artillería, donde el capitán Molina y el sargento Cahuas hicieron uso de la palabra, rememorando ambos el glorioso significado de la acción y el heroísmo de los que en ella se inmolaron, en cuyo homenaje se instituyó el Día de la Artillería, terminando con una exhortación a los del Agrupamiento, para, en la situación que se estaba afrontando, demostrar el mismo valor y arrojo que llevó al triunfo a nuestros antepasados.
Concluidos los discursos las unidades volvieron a sus cuarteles; solo se quedaron las delegaciones de las unidades, que habían sido invitadas al desayuno y debían regresar al almuerzo y a la comida. Tuve la satisfacción de estar en la delegación de mi Compañía.
Como singular coincidencia, en la orden del Agrupamiento, se dio a conocer la valerosa actuación del soldado Elías Soplín Vargas, en una avanzada de Guerra Valle, como a la mitad del varadero Pantoja -Gueppí, que murió en su puesto de centinela, haciendo heroica resistencia al enemigo hasta caer completamente destrozado por las balas. ¡Otro loretano que escribía con sangre una página de la historia y ahogaba en ella los infundios del general Sarmiento!... ¿Por qué diría que el soldado de la selva huye en el momento del peligro?...
Aquella noche, por disposición de la Comandancia, a la hora de lista, se hizo un minuto de silencio en todas las Compañías, en homenaje a Elías Soplín Vargas, mientras el corneta arrancaba al instrumento las notas caprichosamente dolorosas que envolvían todo nuestro ser como sollozos, anudando las gargantas.
Pero para nosotros la guerra nunca empezaría. Todo se reduciría a ejercicios y alarmas infundadas, como cuando aparecieron dos aviones en forma sorpresiva en la frontera brasileña, pero no tanta como para que en un abrir y cerrar de ojos no estuviéramos en nuestros puestos, con los fusiles listos, las ametralladoras con su cinta y los cañones antiaéreos apuntando en esa dirección, prontos para disparar... Pero los aviones no pasaron del límite y sin que pudiéramos identificarlos dieron vuelta y desaparecieron dejándonos con el suspenso. Pero algo habíamos comprobado: que estábamos alerta y el enemigo no logaría sorprendernos.
Seguían llegando, como despojos que arrastra una tempestad, los enfermos del Cotuhé, tan graves y en tal estado que el corazón se encogía de dolor al verlos. Algunos llegaban y... morían... ahí estaba el cadáver de Vicente Saboya Guerra... ¿soldado?... ¿carguero?... ¡Qué importaba!... Le había tocado el turno de rendir su vida en holocausto a la Patria...
Todos los cargueros regresaban con la misma carga de dolor y sufrimiento; por lo escuálido de sus cuerpos y la lividez de sus rostros parecían cadáveres... ¡Qué diferencia cuando se fueron!... robustos, alegres, rebosando vitalidad, energía y entusiasmo por la idea de estar defendiendo su tierra, que al fin la habían rescatado.
Si un monumento tuviera que perennizar la abnegación, el sacrificio, el valor derrochado en el infortunado conflicto por el rescate de Leticia, seria el carguero el símbolo que lo representara; se entregó sin condiciones, abandonándolo todo, se sujetó a las más adversas circunstancias y temerariamente arrostró, sin protección, sin armas, sin adiestramiento, la inclemencia de la naturaleza, los peligros de las enfermedades, las balas enemigas.
Se les dio el nombre de cargueros, porque en una región donde todo es selva y ríos, ellos, sobre sus espaldas, tenían la única forma de transportar cualquier tipo de carga. Moradores de las riberas, gente sencilla e independiente, dedicada a la primitiva agricultura, a la caza, a la pesca, con riqueza en sus manos, pero sin elementos ni técnica para explotarla; nada hicieron por ellos los gobiernos, porque hasta las escuelas están fuera de su alcance y difícil les es llegar hasta ellas o enviar a sus hijos. Ama su tambo, su tierra, su chacra, sus aves; es feliz en su ignorancia porque se siente dueño de lo que le rodea, dueño de su destino, dueño de su libertad.
Llegó hasta ellos el grito de auxilio de sus amigos, de sus vecinos... ¡el grito del pueblo!... y abandonaron sus hogares, sus hijos, su familia... ¡lo abandonaron todo para acudir al llamado de la Patria!... Para cada expedición se presentaban 30 ó 40 mocetones, fornidos y animosos, con la confiada sonrisa en los labios, característica de los hijos de la selva; sabían que sólo ellos eran capaces de transportar 60 o 70 kilos de carga sobre sus espaldas; que sólo ellos, así cargados, podían resistir largas caminatas, por entre tahuampas*, cortaderas, vacilantes puentes de troncos caídos, muchas veces con el agua a la cintura y comiendo una sola vez si tenían de qué.
Si llovía se quitaban el harapo que les servía de camisa y el agua se deslizaba sobre sus bronceadas espaldas como por entre duros troncos, sin que ese torrente, o los ardientes rayos del sol que curtieron su cuerpo y les hacía verter fuentes de sudor, hicieran mella en su recia naturaleza.
Y al fin de cada jornada, cuando las sombras de la noche envolvían la selva amenazante; su comida se reducía a un poco de “fariña”, un pedazo de paiche o carne seca del monte y su lecho era el húmedo suelo... ¡Qué le importaba al carguero toda esa dureza si le habían dicho que de nuevo era suya la tierra que le había sido arrebatada y tenía conciencia de que estaba ayudando a defenderla!...
Pero el clima es traidor, el paludismo se iba adueñando de ese organismo mal tratado, su cuerpo iba perdiendo sus defensas, iba desgastándose rápidamente... y su regreso se convertía en una peregrinación de dolor... Los cargueros sanos conducían a los soldados enfermos, los cargueros enfermos tenían que caminar penosamente, arrastrando su sufrimiento en un desesperado esfuerzo para no rezagarse de los demás; la caravana iba alargándose... alargándose... iban quedándose agotados y tenían que dormir donde la oscuridad ya no les permitía seguir... detrás, en actitud de acecho, caminaba el tigre, cuyos sordos rugidos llegaban hasta la caravana... esperando que alguno se descuidara o cayera exhausto, sin aliento, para lanzarse sobre él y devorarlo...
Y la caravana seguía... los que podían llegar hasta el tambo final esperaban unos días... luego se iban... los otros... dejaron con sus cuerpos pasto a los tigres y a los cuervos y con sus huesos, un jalón más para nuevos expedicionarios, que dirían al ver los descarnados huesos del carguero desconocido: ¡faltan dos horas para llegar a Agua Blanca!...
¿Quién sabe cuántos cargueros han muerto?... ¿En cuántos hogares de las riberas se esperó inútilmente el retorno del padre... del hijo... del hermano?... ¡Nadie sabe dónde están... nadie sabe qué fue de ellos!... ¡No se sabe quiénes fueron!...
No han sido las balas enemigas las que quitaron la vida a estos humildes defensores de su suelo... ¡no fueron ni el plomo ni el acero!... sus nombres no se grabaron en la historia con el de aquellos que cayeron entre el fragor del combate y el estruendo de la lucha..
Vicente Saboya Guerra también solo tuvo como campo de batalla el infierno del Cotuhé y un rincón del hospital, donde hasta el aire era miserable y parecía complacerse en atormentar al doliente. La luna brillaba con tristeza en el firmamento, lejos, se oían los lamentos de una guitarra y una voz ronca y triste, lanzando al viento los versos de un valse criollo, las risas de los bailarines, los gritos de los mirones, casi apagaban la voz del cantor y el bordonear de la guitarra...
Y ahí estaba un humilde defensor de su rescatado suelo, sobre la misma tarima que le sirvió de lecho; sus vestidos desgarrados pregonaban sus fatigas, sus pies desnudos, vueltos penosamente hacia los lados tenían una transparencia que enseñaba los huesos, su rostro y su desnudo pecho mostraban la palidez del bronce, una mano piadosa juntó las suyas en un gesto de imploración hacia el misterio; cuatro velas adheridas con su propia cera a los ángulos de la tarima, convertida en sencillo catafalco, eran las únicas que lagrimeaban silenciosamente llorando por el muerto; solo ayes y quejidos quebraban el silencio... eran los otros enfermos, quizá pronto quedarían inertes en sus tarimas...
Y a lo lejos seguía oyéndose la voz enronquecida del cantor, el bordón de la guitarra, los gritos de los que miraban, las risas de los que bailaban... ¡Qué les importaba a ellos la muerte!

En el “Adolfo” llegó sorpresivamente la novia de Juan José, el que, de ninguna manera podía habérselo imaginado. El hombre se sintió transportado al quinto cielo, lo que era muy natural, porque la veía después de siete meses.
Lo indignante fue que los oficiales, al ver una chica tan guapa y creyéndose por sus galones, merecedores de especial atención, empezaron a asediarla con sus requiebros, interrumpiendo con su presencia el coloquio de los enamorados; hasta pretendieron aislar a Juan José rodeando a la chica, pero ella, con toda delicadeza, consiguió vencer tan torpe estrategia y eludir tanta pesadez e impertinencia.
El barco regresó por la noche. La fugaz presencia de su novia despertó en el alma de Juan José nuevas esperanzas, reavivó en su corazón la llama que estaba ardiendo, pese al tiempo y la distancia y sintió crecer más que nunca su ansiedad por regresar.



CAMUNGUY*.- Ave zancuda de torpes movimientos.

TAHUAMPAS*.- Grandes extensiones de selva expuestas a la inundación periódica regular y a la acumulación de limo, arena y sedimentos.

viernes, 12 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXI


Pasaron algunos días de tensa ansiedad, sin bolas ni rumores en relación con el encuentro que nuestras tropas habían sostenido en Gueppí; parecía, más bien, que todos tratáramos de no hacer comentarios ni menos suposiciones, como si tuviéramos el temor de llegar a saber algo peor de lo que nos estaba ocurriendo; no queríamos alentar la esperanza de éxitos alcanzados y menos pensar en que pudiéramos sufrir otro revés. Hasta que por fin se confirmaron las noticias; aparecieron algunos informes periodísticos y más tarde el detalle de toda la acción.
Se comprobó entonces que los colombianos habían desistido de su ataque a Leticia; que la anunciada expedición punitiva había variado su plan y estaba atacando otros puestos de la frontera peruana, de cuya situación de abandono y falta de elementos de defensa, posiblemente se había enterado.
Recién después de la pérdida de Tarapacá, el Comando de las Operaciones del Nor- Oriente se dio cuenta de que dicha expedición podía atacar los puestos del Putumayo, de los que los más importantes eran Puerto Arturo y Gueppí, cuyas defensas dejaban mucho que desear y cuyo efectivo militar, armamento y abastecimientos eran insuficientes.
Recién entonces, al comprender el peligro, precipitadamente, el Comando del Nor- Oriente ordenó el regreso de las Compañías que había retirado de Puerto Arturo para trasladarlas a Leticia; recién entonces se dio cuenta de que Puerto Arturo, centro de operaciones del Putumayo, no debió ser desguarnecido; recién entonces reconoció la importancia de Gueppí, como guardián de dos fronteras, que increíblemente, un mes antes de ser atacado sólo tenía 82 hombres.
El coronel Ramos al tomar el Comando inmediatamente después de haberse producido el conflicto e inspeccionar las fronteras, se había dado cuenta del estado de las guarniciones, la insuficiencia de tropas y la falta de armamentos y estuvo clamando al Alto Comando y al Ministerio por el envío de material y armamento, pero sólo encontró falta de atención y una incomprensible resistencia.
Gueppí estaba, pues, casi abandonado, incomunicado con casi todas las guarniciones por falta de equipos de transmisión o averías constantes en ellos, tanto que, oficialmente se mencionó, que para comunicarse entre puestos cercanos del Putumayo se estaba usando un sistema primitivo de comunicación de las tribus selváticas, al que se le dio el nombre de “manguaramas” y consistía en transmitir por golpes en troncos huecos de manguaré*, señales convencionales... ¡En pleno siglo XX!...
En tanto, las fuerzas colombianas se hacían cada vez más presentes; sus cañoneras y las lanchas peruanas apresadas “Sinchi Roca” y “Huayna Cápac”, subían y bajaban frente a Gueppí, transportando tropas y material a los emplazamientos que abrían en la margen opuesta: arriba de la boca del río Gueppí una concentración de tropas y material y abajo una base naval y aérea, desde donde, diariamente, efectuaban vuelos de reconocimiento.
Días antes del ataque a Tarapacá, las fuerzas colombianas ocuparon las islas peruanas frente a Gueppí, denominadas 1 y 2, apresando a tres soldados peruanos.
No eran pues, molinos de viento, castillos o barcos encantados, ni botijas de vino, que nos expusieran a una quijotada... eran cañoneras con muy buena artillería, tropas muy bien armadas en número, a simple vista muchas veces mayor a las defensoras de Gueppí. Pero la consigna era esperar el ataque. Una disposición del Comando General de las Operaciones del Nor-Oriente, decía que las tropas peruanas no debían abrir el fuego mientras no fueran atacadas. Tal disposición tenía vigencia en todos los frentes.
Despejada la incógnita, el Comando trató de concentrar tropas en el Putumayo. Seis días después de la toma de Tarapacá, una Compañía de reclutas se embarcó en Iquitos al mando del capitán Tenorio, con destino al Gueppí. Apilados como reses en una lancha de 60 toneladas después de 9 días de penoso viaje llegaron a Pantoja; atacados por el paludismo y la disentería, tan enfermos que muchos tuvieron que regresar, los demás, a marchas forzadas, cruzaron el varadero de Pantoja a Gueppí.
Un viaje así, desafiando la inclemencia de la selva, a través de accidentadas trochas y pantanos interminables, es durísimo; no sólo causa fatiga y agotamiento físico en el hombre extraño a ella sino que puede perturbarlo síquicamente, según su temperamento y carácter, por las dificultades que tiene que afrontar, por la amenaza de las enfermedades endémicas, como las fiebres palúdicas, contra las que la tropa tenía muy poca protección.
La Compañía llegó a Gueppí disminuida por los muchos enfermos y la guarnición solo alcanzó un efectivo de 194 hombres con sólo 5 ametralladoras y 4 fusiles ametralladora. En cuanto a las defensas, mucho les faltaba para ofrecer eficiente protección a la tropa y resistencia a los atacantes… ¡No tenían una sola pieza de artillería!
Tan precaria situación trataron de mejorar haciendo más trincheras y organizando las fortificaciones, alentados por la esperanza de que pronto llegaran la artillería y los refuerzos que estaban en camino, a dos jornadas en víspera del ataque, o decididos a mantenerse firmes en sus posiciones.
El domingo 26 de marzo, las cañoneras colombianas entraron a las aguas peruanas, atacando simultáneamente el Puesto Nº 2 en la boca del río y el Puesto Nº 1 más abajo del centro de los emplazamientos, con intenso fuego de artillería de los buques y de las islas que habían tomado, protegiendo el acercamiento de los transportes, las lanchas peruanas apresadas y otras colombianas, para el desembarco de las tropas que conducían, en una formación abierta como abanico.
Tres aviones de caza y tres de bombardeo se sumaron al ataque: bombardeo y ametrallamiento de las posiciones. Después de 3 horas de dura resistencia, ante el intenso fuego enemigo y al desembarco de las primeras tropas frente al Puesto Bolognesi, la sección que lo defendía abandonó las posiciones y se replegó, igualmente los defensores de los puestos 1 y 2; el fuego enemigo empezó a concentrarse en las posiciones centrales y las tropas que desembarcaban empezaron a cerrarse sobre los defensores, que sólo podían oponerles el fuego de sus ametralladoras y de fusilería, sin causar mayores daños.
El grueso de la Compañía, para evitar ser envuelta y copada recibió la orden de replegarse hacia el varadero; la sección del teniente Garrido Lecca, se replegó a la segunda línea de trincheras para proteger la retirada de las otras secciones y la trocha del varadero; allí, el soldado Alfredo Vargas Guerra desafió, con solo su fusil, la superioridad numérica y el fuego de los atacantes y se sostuvo hasta caer destrozado por la metralla... el oficial cayó prisionero.
Solo quedaron en el centro de los débiles emplazamientos 7 hombres, parte de un grupo de combate al mando del sargento Fernando Lores, para proteger la retirada de la Compañía y el acceso del enemigo al varadero, con sólo una ametralladora...
El soldado Reynaldo Bartra Díaz defendiendo el ala izquierda y el cabo Alberto Reyes el ala derecha, hicieron fuego hasta enrojecer sus fusiles; Lores, seguido de su cargador y sus proveedores corría de un lado al otro del foso, disparando su ametralladora sobre los atacantes, tan intensamente que parecía que fueran muchos los defensores que estuvieran tras de la trinchera... Ese grupo fue la última defensa de la guarnición de Gueppí. ¡Todos eran loretanos!...
Fue una misión de sacrificio, que ninguno vaciló en asumir... ¿Por disciplina?... ¿Por principio?... ¿Por amor a su tierra?... En el supremo instante de su decisión todos esos sentimientos se conjugaron y crecieron en tal magnitud, que desbordaron los límites de lo humano y lo posible, cruzaron los dinteles de lo épico con tan luminosos resplandores, que disiparon toda sombra y cualquier duda.
La artillería colombiana concentró su fuego en el último reducto, las tropas avanzaron para cercarlo y reducirlo, con poderoso fuego de ametralladoras y fusilería... cayó Bartra Díaz… cayó Alberto Reyes… y enmudecieron sus armas... en el fondo de la trinchera ya no quedaba de ellos más que ensangrentados despojos y sus humeantes fusiles... pero, la epopeya no había terminado...
Una ametralladora seguía vomitando fuego, como si fueran muchas y estuvieran en distintos sitios. . . era el sargento Lores que se trasladaba como en alas del pensamiento, salía de distintos puntos y disparaba ráfagas de muerte... El tiempo parecía detenerse admirando su temple y su coraje... su sangre ya empapaba su uniforme... vio caer a otro de los suyos a sus pies, se inclinó para ayudarlo… estaba muerto... se irguió de nuevo, él también estaba herido y sangrando, rompió el borde de su chaqueta y lo hundió en su ingle, por la cintura del pantalón, sin un gesto de dolor...
Dos de sus últimos hombres, Pinche y Revilla, heridos, sangrantes, incapaces de moverse, trataban de arrastrarse para ir tras él... lo seguían con la vista de uno al otro extremo del foso, como a una exhalación; lo veían salir y disparar ráfagas de metralla lanzando gritos de desafío... los demás no podían verlo porque estaban muertos... ¡Se había quedado solo!...
Salió de la trinchera al encuentro de la gloria, disparando y cubriéndose en los huecos del terreno... ¡era la furia de la selva convertida por sus manos en tempestad de plomo!... ¡era la voz de un hijo de la selva en ronco tronar de metralla amenazando muerte!... ¡era un corazón palpitando Patria, que agigantaba un arma para contener la avalancha del número y la fuerza!...
Pero el enemigo avanzaba incontenible disparando nutridamente, cada vez más cerca... Lores emergía y disparaba, desaparecía y aparecía en otro sitio para volver a disparar... Tal esfuerzo no podía durar… el milagro tenía que acabar porque la inmortalidad venía a su encuentro llameando plomo y envuelta en fuego… una ráfaga enemiga le rodeó la cintura en mortal abrazo y lo destrozó... alzó los brazos con la ametralladora empuñada como para lanzarla en postrer desafío… se dobló lentamente y hundió su cabeza en el suelo en actitud de reverencia... como para besar la tierra y se dio la vuelta para mirar por última vez el sol de su selva.
¡Quizá una maldición fue su último esfuerzo, no porque se sintiera morir, sino porque ya no tenía fuerzas para seguir defendiendo su tierra que tanto amó!...
Un médico colombiano contó después, narrando la toma de Gueppí, que al llegar cerca de la trinchera a reconocer al que se había multiplicado disparando su ametralladora para contener el ataque, viendo todavía en el cuerpo ensangrentado algunos signos de vida, se inclinó para mirarlo mas de cerca y tomarle el pulso... Lores abrió los ojos y en un supremo esfuerzo le lanzó un escupitajo.
Mientras tuvo fuerzas para disparar su ametralladora regó muerte entre los que invadían su tierra e insultaban su amor patrio…destrozado ya, su último aliento fue el desprecio lanzado a la cara del invasor...
¡Cayó el titán y los colombianos ocuparon la plaza que había ofrecido resistencia mientras estuvo con vida un loretano!... ¿Esa era la cobardía que el general Sarmiento achacaba a los hombres de la selva?... ¡Si así eran los cobardes... cómo serían los valientes!



MANGUARE* .- Troncos huecos dispuestos en pares, usados por los indígenas amazónicos como telégrafo al ser percutidos; se llama “macho” al grave, y “hembra” al menos grave y más pequeño.

martes, 9 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXX

Con motivo de la recepción que merecía mi regreso y para la información que necesitaban los amigos del “Estado Mayor”, nos reunimos después de la comida en un rincón de la cuadra; no sé de dónde conseguirían chocolate y mientras lo preparábamos a una sola mano en un improvisado fogón, para saborearlo con unas deliciosas galletas, también de origen desconocido, bebíamos el contenido de unas botellas, del que hacía encendidos elogios su artífice Sifuentes, que, la verdad, si las recetas las preparaba con la misma ciencia que los tragos, sólo por milagro los pacientes no morían o quedaban locos.
Al cabo de tres horas todos estábamos más que alegres, hablábamos de todo y rajábamos de todos... los ausentes, especialmente de ciertos oficiales, pero no acertábamos a ponernos de acuerdo en nada y cada quien, en irreductible posición, no se daba por convencido.
Yo debía embarcarme en el “Manco Cápac” a las 10, de nuevo en comisión; todos me acompañaron al puerto, pero Dositeo, quien más cerca de mí estaba, no podía disimular su pesadumbre por mi rápido regreso y sus grandes deseos de seguir viajando a Caballo Cocha.
El “Liberal” también estaba listo para zarpar, en él fue embarcado el prisionero del Cotuhé, que la Comandancia remitía a Iquitos; lo observé: era un tipo común y corriente como cualquiera de nosotros y al verlo sentí como lástima, todo sucio y barbado, con el pantalón y la camisa rotos, sin zapatos; sentado en la tapa de la escotilla, encorvado como por el peso de sus caídos brazos, con la cabeza agachada, paseaba lentamente miradas de reojo, como atontado, como con miedo; tenía cerca un soldado armado que lo vigilaba… ¿sería el espía que se imaginaron?... Parece que nada declaró, posiblemente porque nada sabría... pero ¡qué diablos!.. estaba en la mermelada y allá con él... Nosotros podíamos haber corrido igual o peor suerte... Como muestra de nuestra ferocidad y lección para todos los colombianos, debíamos devolverlo a su tierra tal como estaba.
Al mediodía siguiente llegamos a Caballo Cocha y como casi todos los viajes, éste fue otra excursión, pero tuve otra triste y desagradable comprobación: el convencimiento de que nuestro mal tenía raíces tan grandes que en todas partes hacía germinar el aprovechamiento ilícito, el robo disimulado, la desvergüenza de abusar de la confianza para despojar a humildes en beneficio propio.
Regresaba a bordo al almuerzo, y al tomar la plancha, a la mitad de ella vi a un civil saliendo cargado de un saco de harina. Esperé a que llegara al final de la plancha y sin que pudiera salir a la orilla lo detuve y pregunté:
- ¿A dónde lleva usted esa harina?
Me miró y luego de un instante de vacilación contestó:
- A tierra… no es para mí... me han buscado para cargar...
En aquel momento otro apareció en la borda del buque y apresuradamente se acercó. Era un desconocido.
- Es de este señor -agregó el cargador- Pero déjeme pasar.
El otro intervino y mirándome con cierta atención dijo:
- La harina es mía… yo la he comprado a bordo…
- Pero usted sabe que esta harina no se puede vender -le interrumpí- es para el rancho de la tropa y de la tripulación. ¿Quién se la ha vendido?
- Vea, déjenos pasar que se está cansando el hombre y luego hablaremos.
Accedí, pero tan pronto como el cargador pisó tierra lo detuve:
- Espera un momento, baja tu carga.
- ¿Por qué? Estoy apurado -dijo el otro- ¡Vamos!
- ¡No! -le dije interponiéndome y algo exaltado. Quiero saber quién le ha vendido esa harina.
- ¿Y quién es usted para averiguarlo?
Lo miré fijamente poniendo la cara más autoritaria, mi uniforme, siempre cuidado y limpio, me daba apariencia de clase, mi actitud estaba abonándola; lo noté algo intranquilo y me atreví:
-Luego sabrá quién soy; lo que quiero es que me diga quién le ha vendido la harina.
- Sabe, yo soy una persona seria. He pagado por esa harina porque la necesito. No la estoy robando...
- No le digo que la esté robando, sólo quiero que me diga usted quién se la vendió.
Nos miramos fijamente, estaba serenándose y acaso se dio cuenta de que yo era un simple preguntón, un iluso que quería arreglar el mundo y aclaró:
- Vea, si quiere saber quién me vendió la harina, pregúntele al comandante de la lancha, ahora déjenos pasar, que este hombre se está cansando inútilmente.
Ya no tenía argumentos ni fuerza para detenerlo, además ya me había dicho lo suficiente y para concluir… ¿Qué más podía hacer?... Me sentí avergonzado de mi impotencia e indignado de tropezar con tanta podredumbre a cada paso... ¿Qué se podía exigir a un ciudadano con semejantes ejemplos?
Lo sensible era que tales procedimientos afectaban a los subalternos haciéndoles pasar estrechez, mientras los otros despilfarraban, se banqueteaban, se emborrachaban con el fruto de sus indignas combinaciones.
Al día siguiente se embarcaron 46 cargadores y muy temprano zarpó el barco. Como a las 9 llegamos a la boca del Hamaca Yacu, los embarqué junto con los 21 hombres de tropa de línea en el bote-motor y en la montería de remolque y los conduje hasta el puerto del varadero. Estaban esperando 42 enfermos que regresaban del Cotuhé, 6 de los cuales estaban tan mal que no podían tenerse en pié, por lo que los cargadores que regresaban tuvieron que conducirlos en angarillas.
Humberto Campos también regresaba, pero estaba entre los menos graves, lo que me alegró muchísimo y en parte alivió mi pena de ver tanto sufrimiento. Pese a estar débil y demacrado seguía decidido, impetuoso y creyendo en el triunfo de nuestra causa, por lo que no quise desilusionarlo con mis incertidumbres. Al otro días llegamos a Leticia y todos, inmediatamente, fueron internados en el hospital.
El Agrupamiento Táctico de Leticia seguía igual: ejercicios continuos día y noche, ya todos lo hacíamos casi mecánicamente, aunque algunas veces yo no podía evitar cierta emoción, tal, cuando a mi regreso encontré una novedad; como a las 11 de la noche se elevó un cohete luminoso disparado en Ramón Castilla, casi inmediatamente se elevaron otros iguales en Saraiva, Boa Vista, San Antonio y en nuestra posición, oyéndose simultáneamente el toque de generala. Se trataba de comprobar que tanto estaban listas las unidades para responder a la señal de alarma y si las comunicaciones entre ellas ofrecían seguridad. Yo, como de costumbre debía estar directamente a órdenes de la Comandancia y del Jefe del Estado Mayor, el mayor Vásquez Caicedo, quien estaba increíblemente, en todas partes, de día o de noche y sorpresivamente aparecía en las trincheras, en las cuadras, en el puerto, como un fantasma. Parecía hacerse el loco o era muy distraído; por lo general, donde encontraba un soldado lo detenía, le preguntaba a qué unidad pertenecía y luego le ordenaba seguirle, diciendo que lo necesitaba, lo hacía caminar detrás suyo por donde iba, que generalmente era a todos los emplazamientos, y por último lo despedía: ¡Ya no lo necesito!... ¡Puede usted retirarse!... A veces eran más de dos a los que hacía que lo siguieran...
Un día fue a buscarme al Palomar llevando un legajo de papeles, para conducirlo en el bote-motor, se embarcó, preparé el motor y antes de ponerlo en marcha le pregunté:
- ¿A dónde vamos, mi mayor?
Me miró entre sorprendido e inquisitivo y contestó:
- ¿Y para qué quiere usted saberlo?
No pude dejar de sonreír, lo que sí tuve que contener fue una carcajada, porque su pregunta no era para menos y le aclaré:
- Tengo que saber a dónde debo dirigir el bote, arriba, abajo o a la banda, mi mayor.
Volvió la vista riéndose, señaló la orilla opuesta y dijo:
- ¡A Ramón Castilla!
Incidencias como ésta suavizaban el tedio y el aburrimiento que en Leticia nos consumía, porque ya ni los rumores ni las bolas nos sorprendían o inquietaban. Una de las últimas fue que si hasta el 12 ó 13 de abril no atacaba la expedición punitiva colombiana, ya no lo haría más... No lo creí entonces... ¡No era posible! ellos debieron atacar aunque no hubiera sido mas que para darnos el gusto de ver si nuestros cañones hacían blanco o las minas estallaban... o siquiera para saber si yo era valiente, o por lo menos saber cómo me hubiera sentido, si hubiera tenido miedo ante el peligro...
El “Estado Mayor” también había sufrido cambios sin perder dignidad ni categoría; nuevos elementos ingresaron para sustituir a los ausentes: Zubiaurr que había regresado a Iquitos, Ross, Aguilar, Bardalez que habían vuelto a Puerto Arturo, Campos que debía ser evacuado a Iquitos por su enfermedad; nuestras reuniones eran constantes en lo posible, siempre entre recuerdos y tragos, que ambos teníamos en abundancia, tratando de ahogar aquéllos con éstos; bebíamos, mas buscando consuelo en el olvido, que porque tuviéramos disposición de beber o el placer de hacerlo; nuestro ambiente estaba siempre inundado de algo como una triste alegría, una esperanza que queríamos conservar, una ilusión que era la dueña de nuestros pensamientos y vivía en él.
Y mientras nosotros tratábamos de distraer la vida, un parte de la Comandancia anunció la muerte de un muchacho de mi Compañía, que había viajado de regreso a Puerto Arturo. Según la versión cayó de la lancha cuando estaba navegando y se ahogó. Su nombre era Miguel Flores Freitas y le llamábamos “Chonta Purillo”, porque era un mozo muy fuerte. Y en el hospital de Leticia el soldado de artillería Tiburcio Chasnamonte Sias dejó de existir víctima de las fiebres. Fue uno de los 6 que regresaron graves del Cotuhé a donde había partido como voluntario en la primera expedición de auxilio para Tarapacá.
Eran las avanzadas hacia la muerte, en nuestra desdichada campaña, a la que fueron arrastrados por su amor patrio, por su sueño de reivindicación, por la defensa de su tierra, por su conciencia de loretanos; el uno habría encontrado su sepulcro en el inmenso caudal del Amazonas, la verde ribera sería su fastuosa mortaja y la inmensidad del firmamento su eterno mausoleo; el otro tuvo un féretro, flores silvestres, blancas y rojas, símbolos de la enseña por la que dio su vida, tuvo coronas que sus compañeros tejieron con sus propias manos, como fraternal homenaje; fue acompañado por ellos a su última morada, como en un glorioso desfile hacia el triunfo, con la misma música que otrora los guió, ciegos de entusiasmo y esperanza en el rescate de su tierra, única digna de quienes se sacrificaron en tan cruel abandono.
Lo vi pasar encabezando el fúnebre cortejo, como un triunfador, en hombros de sus compañeros; la marcha, cuyos acordes se desprendían como alaridos, me oprimía el corazón y al verlo pasar para nunca más volver, sentí impulsos de gritar, de detenerlo... No había lágrimas en los ojos de los soldados, en sus graves rostros se veía, mas bien, algo como un gesto de amenaza; fueron las bayonetas, las que al quebrarse el sol en ellas, reflejaron destellos que parecían lágrimas de gloria.
El rústico palo que en cruz se irguió orgulloso de ostentar su nombre, pregonará a quien lo lea: ¡Aquí yace un mártir!... ¡Murió por la integridad de su Patria... y el suelo por cuya redención cayó, las raíces seculares de su inmensa tierra, velarán su sueño en eterno abrazo!
Ya caían los primeros y entonces aún creía que del fondo de sus fosas el tronar de los cañones, esa voz potente y ruda que estremece hasta los suelos, con gran júbilo oirían... y el fragor de la metralla, el silbido de las balas, llegaría hasta sus tumbas proclamando redención...
Pasaron algunos días y en un nuevo viaje a Caballo Cocha me encontré con una agradable sorpresa. Llegamos como a las 9 e inmediatamente después de puesta la plancha salté a tierra; subía distraído cuando de pronto... ¡Miguel Flores Freitas!...
Era natural que me sintiera sorprendido del encuentro y muy posible que si hubiera sucedido en la noche me asustara creyéndolo un fantasma...
- Pero... ¡entonces no estás muerto!... -exclamé, sin atinar a explicarme y algo confundido-¡entonces no es cierto que te has ahogado!...
- ¡No! -me contestó riéndose de oreja a oreja al ver mi sorpresa- tuve mucha suerte cuando me caí.
Me contó entonces que cuando partieron de Leticia, en la noche, él y un grupo de amigos se pusieron a beber; sintiéndose mareado abandonó la reunión y trató de pasar de la lancha a la alvarenga, en la que había puesto su hamaca, pero puso el pié en vacío y cayó al río, entre las dos embarcaciones, en plena navegación, sin que pudieran sujetarlo los que estaban cerca. Con el susto y con el agua, instantáneamente se le pasó la borrachera, gritó, pero en vano, la lancha se alejaba rápidamente; tuvo-como dijo- mucha suerte, porque la lancha navegaba cerca de la orilla; nadó y tuvo fuerzas suficientes para hacerlo hasta tocar tierra. Tomó aliento, se subió al barranco, exprimió sus ropas y esperó que amaneciera, un tanto intranquilo por el temor de alguna víbora; en cuanto la luz del amanecer le permitió, echó a andar por la orilla, siguiendo la corriente del río, por entre fango, matorral y palizada, hasta que llegó, ya tarde, al tambo de unos ribereños, quienes, cuando se identificó, lo acogieron cariñosamente y le dieron de comer.
Repuestas sus fuerzas, pidió que lo llevaran a Caballo Cocha, pero, el que parecía ser el jefe de la familia le dijo:
-Aquisito nomás es Chimbote... Mejor mañana te voy a llevar allá para que el gobernador te mande. Mi canoa no vale para ir hasta Caballo Cocha.
Sobre el emponado le pusieron unos sacos vacíos para que se acostara y al día siguiente, muy temprano, el amigo que había conseguido lo guió por una trocha hasta Chimbote, donde se presentó al Gobernador, quien tuvo dificultad para encontrar bogas para la embarcación que necesitaba; le ofreció para el día siguiente a primera hora tener lista la comisión que debía llevarlo a Caballo Cocha.
Y ahí estaba Miguel Flores Freitas, el “Chonta Purillo”, vivito y ufano de su aventura... ¡Qué tal chasco el mío!... Yo que lo había envuelto en una aureola de gloria, inmensidad y… ¡qué se yo!.. Creo que debió ahogarse de veras para no perderse el panegírico...
Al regreso de Caballo Cocha me enteré de los rumores de un combate en Gueppí, la guarnición peruana más avanzada del Putumayo. Esperábamos con impaciencia la confirmación de la noticia y de ser cierta, los detalles de la acción. Estábamos comprobando que los colombianos habían desistido de atacar Leticia con su cacareada expedición punitiva y lo estaban haciendo a otras guarniciones.
Pero hubo algo más grave aún. Se había difundido cierta declaración del general Sarmiento, Comandante en Jefe de las Operaciones del Nor-Oriente, en el sentido de que la pérdida de Tarapacá se debió a “la cobardía del soldado de la montaña, que en el momento del peligro huye”...
Era evidente que la actitud del teniente Gonzalo Díaz, a cuyo mando estuvo la guarnición de Tarapacá cuando fue atacada, quería ser justificada en esa forma; se notaba que había el propósito de ocultar las verdaderas causas del descalabro: la incuria y negligencia del Alto Comando, la ignorancia del general Sarmiento de la estratégica situación de Tarapacá, de su falta de armamento adecuado y escasa munición, de que sólo tenía 90 reclutas que la defendían y de la calidad de los oficiales, quienes, en lugar de levantar la moral y el espíritu militar de la tropa, la maltrataban y en el momento en que debieron dar ejemplo de valor y serenidad fueron el hazmerreír de sus propios soldados. Se notaba que el general Sarmiento trataba de eludir su propia responsabilidad, pretendiendo atribuir el fracaso a una supuesta falta de valor.
Según llegó a saberse, meses después, por una pública aclaración del coronel Víctor Ramos al general Sarmiento, el teniente Gonzalo Díaz fue un recomendado especial del gobierno.
En cierto modo ya estaba deseando yo, que definitivamente no fuera atacada Leticia, porque de serlo, si hubiéramos sufrido un desastre, no habría sido causa de ella la variedad y pequeño número de piezas de artillería, ni la escasez de munición tanto para ellas como para nuestros fusiles, ni la falta de armas automáticas... no hubiera sido nada de eso... la hubieran achacado a la “falta de espíritu de los soldados de la selva”...
El ambiente del agrupamiento en torno a este enojoso asunto se puso sumamente tenso, los corrillos cesaban en su conversación y se disolvían cuando nos acercábamos, todos hablaban en voz baja, como con desconfianza, se veían sonrisas burlonas, miradas maliciosas, todo nos parecía una indirecta y nos sentíamos indignados. No podíamos resignarnos a ser mirados como cobardes, pero estábamos impotentes para protestar de que se quisiera atribuir a los loretanos la derrota sufrida en el primer encuentro con el enemigo.
Y empezaron a surgir los incidentes. A la hora de rancho, dos sargentos, que está demás decir, que uno era loretano y el otro de Dios sabe dónde, por poquito se agarran a los golpes.
- ¡Esta sección ha llegado antes y debe pasar primero por las pailas!
- ¡Fuera de aquí, maricón!... ¡Primero pasan los hombres!
- ¡Ay chucha!... Así que te crees muy hombre... Aquí también los hay y cuando quieras ver uno avísame.
-¡Me estás desafiando, junagramputa, yo sólo me trompeo con machos, tu estás bueno para Tarapacá!
- ¡Hoy mismo vas a saber lo que es un hombre, concha tu madre!
El primero Arbulú, que estaba cerca, oyó el altercado, corrió y se interpuso entre los dos, gritándoles:
- ¡A su cuadra cada uno!... ¡y como sepa que han continuado con el pleito, a los dos juntos les voy a hacer tragar una ensalada de patadas!... ¡Fuera de aquí, carajo!
Y por la noche, en el patio de la cuadra, al salir de la “academia”, que como en todas las Compañías se hizo en la nuestra, “para levantar el ánimo de la tropa”, de repente se armó una discusión entre Dositeo y un soldado de la artillería, terminando por “trenzarse” en una lluvia de puntapiés, que si no hubiera llegado el sargento Chaparro a tiempo, se armaba una pelea general, porque ya estábamos mirando los de nuestro grupo, cuál serrano nos iba a tocar en la repartición de los puntapiés.
La tal academia tuve la paciencia de oírla, pero, el cabo que hablaba, cualquier cosa podría hacer, menos disertar sobre el tema en forma que pudiera ser provechosa
para los oyentes. Soportando pacientemente los rebuznos, pensaba en cómo podía haber oficiales que delegaran tan importante misión... ¿Sería comodidad, negligencia o incapacidad?.. . Solo ellos podían saberlo...
Pero nada influyó en nuestro particular idealismo y menos en nuestra decisión, que nos creyeran cobardes y trataran de humillarnos, nos conocíamos y los conocíamos muy bien y si hubiera llegado la hora de prueba, habríamos visto a quién le mordía el zapato...
Dos días después en una madrugada, mi grupo fue llamado a formar, armarse y salir al mando del sargento Encinas. Nos encaminamos al puerto y encontramos una comisión de 6 hombres al mando de un sargento que había llegado de La Victoria, conduciendo al subteniente Linares. Cuánto haría que nos estaban esperando, pero los encontramos en posición de atención, con el arma al portafusil, en dos líneas: 4 hombres detrás y uno a cada lado de Linares; el sargento delante, como a 6 pasos. Encinas mandó hacer alto como a 10 pasos, se acercó al otro sargento, se saludaron militarmente y aproximándose más aún, empezaron a hablar en voz baja: parecían estar transmitiéndose la consigna; luego sacó un documento del bolsillo, hizo firmar a Encinas en un hoja que le fue devuelta, se la volvió a guardar y, con otro se quedó Encinas.
Se volvieron a saludar y dando media vuelta mandó a su grupo adelantarse dejando solo a Linares, que evidentemente llegaba como prisionero; estaba correctamente uniformado, su pálido rostro acusaba nerviosismo e impaciencia, no miraba de frente a nadie ni decía una sola palabra. Encinas tampoco le habló, ni le saludó siquiera; ordenó que se colocaran 6 hombres a la derecha y 6 a la izquierda de Linares y uno cerrando la formación con el cabo a la cabeza y mandó marchar.
Me recordó la forma como llevan a los condenados a muerte en las películas y sentí lástima; lo condujimos a la Comandancia y Encinas cumplió el mismo trámite del puerto, para entregar a Linares con un oficial.
No le vimos más, como si se lo hubiese tragado la tierra; es posible que lo pusieran en compañía de Díaz, a quien no logré ver cuando llegó a Leticia, pero, según me enteré, fue conducido en idéntica forma y desde entonces estaba encerrado con centinela de vista. ¿Por qué lo trataban en esa forma, sí, como dijo el general Sarmiento, la pérdida de Tarapacá se debió a la cobardía de los soldados de la selva?