viernes, 17 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

EPILOGO


...se casaron y vivieron felices...

Así terminan todas las novelas; ésta, que quisiera serlo, termina igual, porque Paulina y el protagonista reanudaron el romance que un alucinante tráfago había interrumpido y llegaron al altar; la gran Colombia y el Perú, se unieron también por remozados lazos de interés y conveniencia, renovaron su amistad, aunque no felices por igual.
Montado el gran final para escenificarse en el gran teatro de la Liga de las Naciones, la fina diplomacia colombiana inició la reconciliación con los parabienes que presentó uno de sus más destacados diplomáticos al nuevo mandatario de la nación. Fue correspondido con una invitación especial al palacio presidencial, que culminó con entrevistas a puertas cerradas, en las que determinaron, en trato directo, el destino de las tierras en disputa y la expatriación de miles de peruanos.
Nuestros políticos y diplomáticos reanudaron con más énfasis sus discursos en elogio de sus ilusorios triunfos en la pugna por mantener el respeto de nuestra soberanía e integridad territorial, haciendo coro con los panegíricos de los nuevos áulicos y las alabanzas de los arribistas y serviles cortesanos, al magno esfuerzo y noble sacrificio del nuevo gobernante en pro de la paz...

...Y Leticia fue entregada nuevamente...

En la luminosa acción de los que ofrendaron sus vidas, muchos trataron de esconder su incuria, su negligencia, su incapacidad... en esa brillante aureola procuraron ocultar la orfandad de sus acciones y la pobreza de su méritos.
El ejército los proclamó sus héroes y los militares, orgullosamente, pregonaron sus nombres cantando la epopeya, como si hubiesen presenciado su sacrificio, como si hubieran comprendido su abnegación, como si no hubieran sido cómplices de su inútil inmolación.
El hombre de la selva, el dueño de la montaña, el loretano, los consagró como símbolo de sus defraudadas esperanzas de rescate, como una nueva herida del alma, abierta más dolorosamente.
Los nombres de los lejanos puestos donde cayeron, quedaron para la posteridad grabados con la sangre de aquellos ilusos abandonados a un sacrificio estéril, de aquellos que fueron abandonados por una extraña interpretación logística, en lugar de ser apoyados en la defensa de su suelo, como expresión de la voluntad de un pueblo, muriendo todos, como en una nueva Numancia, antes que permitir que la planta enemiga hollara nuestra tierra.
Las trincheras de Gueppí, regadas con la sangre que salpicó sus fosos, hicieron germinar una nueva doctrina de regionalismo y peruanidad, para regar en los ámbitos, a través de todos los tiempos, como un clamor vindicatorio, el rugido de indignación y amenaza de sus defensores, entre el fragor del trueno y el fulgor de los relámpagos de las tempestades de la selva, vívido recuerdo del fuego que vomitaron los fusiles y la ametralladora con que se inmortalizaron Lores, Bartra, Reyes, protegiendo la retirada de su Compañía, que penosamente, llegó hasta allí, solo para ofrecer a un pueblo ansioso, a una Nación expectante, el sacrificio de esos titanes...
La pugna profesional entre altos jefes, el interés político, hizo desoír la demanda de tropas, armas, municiones por las que estábamos clamando los expedicionarios. Bien lo sabía el Jefe del Comando de las Operaciones del Nor-oriente cuando dijo:
“estamos satisfechos del comportamiento de nuestras tropas y oficiales... no se puede tener idea de las inmensas dificultades naturales que hay que vencer para realizar una campaña en la selva, las enormes distancias que hay que recorrer abriéndose paso por entre espeso monte, machete en mano, atravesando ríos y ciénagas a cada instante, donde el clima es inclemente y las fiebres son inevitables...”
¡No!... No podía tener idea porque nunca vio la selva a no ser desde un avión... ¡Nosotros éramos dueños de ella, pero no teníamos armas, caminábamos por ella, pero no teníamos alimentos, nosotros estábamos luchando contra las fiebres, pero no teníamos medicinas!
Mientras tanto, nuestros políticos trataban de sostener a sus caudillos para no perder el poder, nuestros generales deliberaban y discutían para decidirse a cual de ellos apoyar, nuestros diplomáticos, envueltos en las redes dialécticas de la intangibilidad de los tratados, incorporaban una nueva semántica para el honor nacional... Fueron incapaces de comprender el fervor regional loretano, no se atrevieron a respaldar el clamor de un pueblo despojado, desoyeron la ansiedad del nativo de recobrar su nacionalidad.

...¡Y Leticia fue entregada nuevamente!...

Y cuando un oficial loretano que había estado en Leticia, que había visto la realidad de nuestro abandono, que había presentido el final de la mascarada, se alzó en armas contra esa nueva entrega, lo acusaron de traidor a la patria... ¡lo llamaron loco!.., como locos llamaron a los que lo secundaron... como locos debieron llamarnos a todos los que soñamos que Leticia volvería a ser peruana.
Tejedo quiso hacer acción la protesta que nuevamente estaba conteniéndose en todas las gargantas, presintió, como muchos presentimos, que nuevamente seríamos traicionados; conocía como muchos, “la historia sociológica y política de su patria”... Por eso tuvo, al ser juzgado, la entereza y claridad que da la desesperación, ante el fracaso de una causa justa, de lanzar ante sus jueces, frases acusatorias al proceder del gobierno y afirmó que Leticia sería nuevamente entregada a Colombia...

...¡Y Leticia fue entregada...

Sus jueces, endurecidos en la disciplina de cuartel, ofuscados por un equivocado concepto de honor militar, desviados por su particular entender del amor a la patria, fueron incapaces de comprender la mentalidad de Tejedo, la magnitud del amor a su tierra, su idiosincrasia de hombre de la selva, el tácito sacrificio de su carrera en aras de su regionalismo... y lo condenaron, igual que a los once clases que le acompañaron, por ... TRAICION A LA PATRIA...
¿Pudo haber jamás mayor absurdo?
Ellos, igual que los que cayeron en Gueppí, defendían la misma causa, era el rescate de su tierra su ideal, era Leticia su símbolo, era el sentimiento de la integridad de la patria lo que los impulsó... pero, a unos los ensalzaron y a otros los infamaron, a unos los llamaron héroes y a otros traidores a la patria... traidores a esa patria, que si pudiera hablar, pregonaría el grandioso valor, la cabal dimensión patriótica de su gesto... los reivindicaría para justicia y honor nacional...

...Pues Leticia... ¡fue entregada nuevamente!...

Los militares volvieron a sus cuarteles a ufanarse de la campaña y a esperar los aniversarios de la inmolación para festejarlos, volvieron a lucir sus brillantes uniformes en pomposos desfiles y a ejercitarse para ilusorias campañas... ¡Ya nada teníamos que perder!
El festín parecía terminado; los vecinos, todos, ya tenían su parte de suelo peruano... conquistado... arrebatado... cedido... ¡qué importaba!... Lentamente había ido disminuyendo nuestro inmenso territorio, heredad de los mayores, legado de la historia. ...Palabras, tratados, sangre... llenaron su lugar en sus páginas, tornando en recuerdo la visión de un Perú grande en extensión... porque nunca tuvimos habilidad para convencer, poder para vencer, ni armas para defender nuestros argumentos.
Los Caínes se llevaron casi la quinta parte de los territorios y crecieron a expensas del Abel sudamericano y nuestros políticos, nuestros militares, nuestros diplomáticos seguían agasajándolos... rindiéndoles entusiasmados homenajes... abriéndoles todas las puertas... olvidando ¡increíblemente!... que uno de esos Caínes saqueó nuestra riqueza, destrozó nuestras reliquias, quemó nuestros altares, mató a sus padres, mató a sus hermanos... violó a sus mujeres...
...¡Y los llamaban hermanos!...
Seguíamos confiados, como siempre desunidos, cada quien tratando de empinarse, aunque fuera aplastando a los demás; expuestos a la traición que genera la envidia o el ansia de llegar al poder; seguíamos desarmados para amparar nuestros derechos, pues, las pocas armas que siempre tuvimos, solo sirvieron para hacer revoluciones, para sostener dictaduras, para sojuzgar al pueblo...

¡Por eso, Leticia fue entregada nuevamente!...

domingo, 12 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIX

Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado.
La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios.
Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas...
Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra?
Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!...
Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir...
Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha.
Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.

Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres.
Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación.
No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos.
Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios.
Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza.
Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato.
Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar.
Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava.
Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó:
- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar!
Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo.
Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?...
Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad.
El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay.
Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo...
Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar.
Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado.
Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva.
Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago.
Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo:
- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!...
Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha.

Pero volvamos a lo nuestro.

Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo:
- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”.
- A la orden, mi comandante - le contesté.
Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente.
- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle:
- ¡Gracias, mi comandante! - y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí:
- ¡Permiso, mi comandante!
Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo...
Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre.
Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse.
Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco.
- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor.
- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor.
- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó.
Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas.
Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo:
- ¡Ahí viene el mayor!
- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro...
El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega...
¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!...

TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho.

OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía.

MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo.

PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.

lunes, 6 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVIII


Mientras nosotros, casi resignadamente, abandonábamos Leticia por disposición de la Comisión Internacional y las tropas colombianas se posesionaban de ella, en Iquitos, un grito de rebelión levantó en armas a un puñado de clases y tropa. Esa rebelión fue encabezada por un loretano, el subteniente Hildebrando Tejedo Monteza.
También él estuvo en Leticia; pudo ver sus precarias fortificaciones, la deplorable preparación de los reclutas, los limitados recursos estratégicos, la falta de atención a las demandas de armamento y material del Comando del Nor-oriente y presintió, igual que muchos de nosotros, lo que iría a ocurrir como consecuencia de una increíble indecisión, de una falsa posición de armonía continental del nuevo gobierno, que debilitaba las gestiones y arreglos diplomáticos, que acabaría por hacernos aparecer como agresores.
No dijo nada a nadie, probablemente porque juzgó que no era el momento oportuno ni menos el sitio adecuado para lanzar el grito de protesta, pues no habría conseguido mas que crear confusión y desconcierto en quienes estaban lejos de la realidad, ajenos a la magnitud de la tragedia que se estaba incubando y hubieran tomado su actitud como un vulgar motín, como una subversión dentro del Agrupamiento, desfigurando el profundo sentido patriótico del levantamiento.
Yo conocí a Tejedo mucho antes de que fuera militar, cuando quizá ni lo pensaba; era un muchacho como cualquier otro, en la escuelita, entre los muchachos del barrio, en los juegos de ladrones y celadores, en los partidos de fútbol al último gol... nunca pretendía ser el líder, el cabecilla o el guapo, pero, en ciertas oportunidades saltaba un detalle de su personalidad que lo hacía sobresalir entre los demás. Bécquer y Espronceda, cuya lectura era motivo de bromas de algunos de sus infantiles amigos, le daban a veces expresiones de romanticismo y repentinas explosiones de ardor e impetuosidad. Cuando alguna vez recitaba los versos de uno u otro, algunos le escuchábamos con atención, otros ni caso le hacían, pero a él le daba igual, pues parecía que sólo lo hiciera para su propia satisfacción.
Cuando murió su abuelita todo el barrio hizo el cortejo al cementerio, él estaba entre los familiares arrastrando el duelo; en el momento en que los enterradores se disponían a introducir el ataúd, de repente se le vio empinado al lado de el, sobre el banco que lo sostenía, con las manos levantadas pidiendo atención. Era el tiempo en que las plañideras, espontáneas o pagadas, hacían el coro de los lamentos, a ellas iba dirigido el ademán; fueron callando poco a poco y cuando solo se oían leves gimoteos, empezó a hablar improvisando una oración fúnebre, a la mitad de la cual ya no fueron las plañideras las que lloraban, sino la mayoría de los presentes. Así era Tejedo.
Se marchó en busca de porvenir y casi lo había olvidado, hasta que lo vi en Leticia, luciendo los galones de subteniente al pie de los Schneider.
Seguramente cuando se dio cuenta de la desviación de las gestiones diplomáticas y de la farsa que se estaba gestando, que significaba el fracaso de nuestra campaña; sin un plan preconcebido, posiblemente para madurarlo, solicitó licencia para trasladarse a Iquitos, simulando enfermedad. El médico que lo vio lo encontró sano y se lo negó, insistió con Scavino y lo consiguió.
Ya en Iquitos hizo los contactos, con mucha precipitación, con el propósito de anticiparse a la entrega de Leticia a la Comisión Internacional, pero no lo consiguió.
El 23 de junio fue entregada Leticia y el 28, Tejedo se levantó en armas.
La noticia del levantamiento nos llegó vaga e incompleta, pero a medida que pasaron los días fuimos enterándonos de los detalles de cómo se desarrolló, cómo no pudo tener éxito debido a la resistencia de la Base Aérea y de la Base Naval, cómo fue dominado y cómo fueron apresados los insurgentes y sometidos a una Corte Marcial.
El fracaso del levantamiento se debió a la falta de enlace con los elementos de la Marina y de la Aviación, cuya adhesión habría sido mas que probable, pero que la premura no hizo posible y mas que todo a la falta de conocimiento por parte de la ciudadanía, de los motivos del pronunciamiento, lo que, posiblemente, fue causa de la indecisión para prestarle apoyo. Creyendo su mejor aliada la sorpresa, Tejedo, los clases y soldados que lo secundaron, sorprendieron a la guardia del cuartel Ramón Castila, sublevaron a clases y tropa del Batallón Mixto Nº 25, a la Batería de Artillería Nº 3, apresaron a los jefes y oficiales de ambas unidades y a los que estaban en el Casino Militar, se posesionaron del arsenal, tomaron la Oficina Radiotelegráfica y la Sub-Intendencia de Guerra y se dirigieron a la Base Aérea y Naval con el fin de poner a sus efectivos de su parte, pero se encontraron con una seria resistencia, que los jefes de ambas bases habían organizado.
Si Tejedo hubiera empleado toda la fuerza militar que había sublevado, sin duda habría tomado ambas bases, pero con gran derramamiento de sangre, pues los efectivos que las defendían eran insignificantes; la intención fue arrastrarlos a su causa y aquí es donde se hizo evidente la falta de contactos con los elementos de dichos cuerpos. Es que Tejedo, solo, había gestado la sublevación...
Es notable que pese al volumen de las tropas sublevadas al mando de Tejedo, en el enfrentamiento con las fuerzas de resistencia no hubiera más que un muerto y éste mismo, civil: Rodolfo Pérez Ruiz. Aparte de éste, fueron heridos cinco militares de la Base Aérea: el comandante Jorge Alva Saldaña, el teniente de sanidad Ángel Cuba, el sub-oficial de aviación Carlos García Barriga, los demás fueron: un marinero de segunda, Miguel Rengifo Murrieta, un soldado de los suyos, Gregorio Tecse, y los civiles Luís Beltrán y Juan de Dios Guzmán.
Dominada la revuelta el juzgamiento no se hizo esperar; 9 días después se reunió la Corte Marcial. Fueron 23 los principales acusados: Tejedo y los subtenientes Julián Chávez Ampuero, Fabio Cuadros Falcón y Roberto Marquina Romero, cuatro sargentos primeros, ocho sargentos segundos, cinco cabos y dos soldados.
Durante el juicio, las declaraciones de los acusados, todas coincidieron en que actuaron inspirados por un ideal patriótico: protestar por la entrega de Leticia a Colombia e impulsados por el sentimiento y el ejemplo de Tejedo, cuya resolución era sacrificarlo todo, incluso la vida si era del caso, antes de ver perdida definitivamente a Leticia.
Tejedo, como cabecilla del levantamiento fue el más exigido en sus declaraciones y sobre el recayó todo el peso de los cargos que se le atribuyeron, con el evidente propósito de desfigurar la causa y el sentido del movimiento. Tendenciosamente se le acusó de haber provocado el alzamiento con intenciones separatistas, para crear un estado independiente, del que, como caudillo, asumiría el mando de gobierno; se le acusó de haber divulgado la falsa afirmación de que el Gobierno vendería nuevamente Leticia a Colombia por 2 millones de soles; respecto a su personalidad, se le atribuyó anormalidad, pésimos antecedentes, mala conducta, arrestos y prisión durante su carrera militar.
En la imposibilidad de exhibir su hoja de servicios por no encontrarse en la Comandancia de la V División, entregó su Libreta Militar de la División Superior de la Escuela Militar de Chorrillos y pidió que se diera lectura a las notas de concepto en ella contenidas, pero no fue escuchado.
En el curso de sus declaraciones sus expresiones fueron duras y mordaces refiriéndose al sistema político del gobierno y del país, muchas de las cuales fueron rechazadas y silenciadas enérgicamente por el Presidente de la Corte Marcial, el comandante Oscar L. Torres, porque “no podía permitir en ese ambiente afirmaciones de esa naturaleza”.
El Ministerio Fiscal, representado por el mayor Tomás Acha, después de describir en su acusación el levantamiento, como fruto de la perversión de sus autores, cuya trascendencia pudo tener “funestas consecuencias e incalculables proporciones en daño a la nación”, acusó a Tejedo como principal instigador y responsable del movimiento, que calificó de traición a la patria y pidió le fuera aplicada la pena de muerte y para los coautores y demás participantes en el levantamiento la pena de prisión en distintos grados...
La defensa de Tejedo, asumida por el teniente de la Armada, Federico del Águila, fue débil: trató sólo de restar a la acusación las condiciones estipuladas por la ley para considerar la acción de Tejedo como traición a la Patria y de que fuera tomada solo como una simple rebelión, merecedora, cuando más, de una sanción de uno a dos años de prisión.
La defensa de los clases y soldados, a cargo del capitán Colina fue más emotiva e impresionó al público asistente. Calificó de “seudo delito” el que se les imputaba y afirmó que esa actitud fue una “explosión de patriotismo”, el “reflejo del espíritu patriótico del pueblo de Loreto” y concluyó pidiendo se considerara exento de responsabilidad militar a sus defendidos.
Cuando habló el sargento primero Villafuerte, en voz emocionada afirmó que había tomado parte en el movimiento inspirado en el más puro sentimiento patriótico,porque sintió el deber de impedir la entrega de Leticia; que había venido de la costa del país, abandonando a su madre, lo único que le quedaba de su hogar, para defender el rescate de la tierra de sus hermanos, pero que, por desgracia, no solamente ya no podía defenderla, sino que sentía el temor de que ese suelo nacional se perdiera definitivamente.
Pero la Corte Marcial fue ciega y sorda, no fue humana ni justa; no quiso mirar ni escuchar el sentimiento patriótico herido, solo vio al soldado que debe sujetarse a las órdenes con sumisión; no pensó en el suelo patrio cercenado, sino en el honor del ejército mancillado; no alcanzó a ver la grandeza de quien lo sacrifica todo en defensa de la tierra que le vio nacer, solo sintió la vergüenza del militar que ve manchado su uniforme... y quiso ser ejemplar en su sanción, llenar de baldón a quienes nacidos en remotas regiones de la Patria, vinieron a unirse en un solo sentimiento de sacrificio en defensa de una parte olvidada de ella, con el patriotismo puro que muchos fueron incapaces de sentir y ni siquiera comprender... y los de esa Corte Marcial, ciegos y sordos, cerrando los ojos y taponándose los oídos los condenaron, para meses más tarde recibir la más afrentosa bofetada de su vida... la entrega de Leticia, por cuya defensa condenaron a verdaderos patriotas por traición a la patria...

Subteniente Hildebrando Tejedo Monteza,
Iquitos. 20 años.
Sargento 1º Luís H. Chanduví,
Chiclayo. 15 años.
Sargento 1º Francisco Torres Alvarado,
Piura. 15 años.
Sargento 1º Fidel García Revollé,
Callao. 13 años.
Sargento 1º Alberto Novoa Parodi,
Puno. 10 años.
Sargento 1º Pedro Villafuerte Girón,
Callao. 8 años.
Sargento 2º Carlos Rondón García,
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º César Llerena Rodríguez
Arequipa. 7 años.
Sargento 2º Félix Portal Navarro,
Lima. 6 años.
Cabo Luís Montoya Molleda,
Ica. 1 año.
Soldado Modesto Espinoza Jiménez,
Tumbes. 3 años.
Soldado Julio Tovar,
Lima. 1 año.
El público que concurrió al juicio parecía no salir de su asombro y el resto de la población, muy tarde empezó a comprender el verdadero motivo de la precipitación para juzgar a los supuestos culpables de traición a la patria...
Un mes antes se había publicado el texto de los arreglos del problema internacional de Leticia, que fue firmado por los delegados del Perú y Colombia, cuyo artículo 2º establecía tácitamente que el tratado de limites de 1922, ratificado en 1928, no podía ser modificado ni afectado, salvo mutuo acuerdo de las partes y en los términos que el artículo 7º estipulaba, uno de los cuales rechazaba tajantemente el uso de la guerra o de la fuerza para resolver la controversia. Lo demás nos envolvía en dudas, con una sola conclusión positiva: nuestra causa estaba perdida; porque era infantil, por decir lo menos, pensar que Colombia estuviera de acuerdo en revisar el tratado Salomón - Lozano y en consecuencia, Leticia, vendida, cedida, o como fuera, no volvería a ser peruana.
Pero entonces, si Tejedo y los que lo acompañaron estaban defendiendo la posesión de Leticia y oponiéndose a un arreglo lesivo a los intereses de la patria, si habían convertido en acción armada el sentimiento de todo un pueblo, si habían tratado de impedir una afrenta nacional... tenían toda la razón... ¿Por qué el Fiscal los acusó de traición a la patria?... ¿Acaso Leticia, Loreto, no eran parte de la patria?... ¿Acaso protestar, rebelarse, pelear por un agravio a la patria era hacerle traición?... ¡La traición estaba en otra parte!... la mentira estaba en marcha... la nación estaba manejada por intereses subalternos y por hombres sin autoridad cívica... porque los diplomáticos seguían diciendo: “... en todo momento nuestra preocupación ha sido el mantenimiento de los derechos y la suerte de nuestros compatriotas en esa región tan cercana al corazón del Perú (¿se refería eufemísticamente a Lima... o a Loreto?) cuya prosperidad encierra el porvenir nacional”... “el arreglo deja abiertas las puertas de la conciliación con Colombia para el acuerdo fundamental y definitivo que se desarrollará más tarde en un ambiente de paz, de buena voluntad y de confianza con nuestro objetivo de satisfacer las justas aspiraciones de Loreto”... “Deja abiertas también de par en par, las puertas de la Justicia Internacional, hacia el Tribunal más respetable que existe, ante cuyas funciones se inclinan las más grandes potencias del mundo”... “Conjuramos a todo el pueblo loretano a unirse con el resto del Perú en el nuevo programa de orden y tranquilidad y poner toda su confianza en el futuro”... “La civilización del mundo y el Derecho Internacional nos imponen seguir esa conducta para honor de nuestra Patria”... “Puede Loreto estar persuadido de que hoy en adelante nuestra visión de la grandeza peruana se vinculará a la integridad y al desarrollo de las regiones trasandinas, principalmente amazónicas, en las que se asentará el Perú rico, poderoso y feliz de las nuevas generaciones”...
Posteriormente el general Sarmiento en declaraciones a órganos periodísticos decía que los arreglos con Colombia habían sido bien recibidos en Loreto y que todo el
pueblo tenía fe ciega en que el presidente Benavides llegaría a un arreglo con Colombia, honroso para el país y que la cesación de las hostilidades había sido un rotundo triunfo suyo (de Benavides). Agregaba, como anticipándose a una pregunta sobre la razón de la rebelión de Tejedo, que había sido un movimiento sin importancia ni alcances políticos, que no había tenido como motivo el arreglo con Colombia, ni había sido Leticia su símbolo, “un descabellado motín, obra de un anormal, de un individuo que ha sufrido arrestos por diversas causas y salió de la prisión para ser mandado al oriente; allí lo encontré y lo mandé al frente, pero no pudo llegar porque se enfermó en el camino”... “no encontró eco sino en dos o tres clases tan anormales como el instigador, tuvo franco rechazo y condenación severísima y absoluta, tanto en el ejército en Loreto, como en la totalidad de sus habitantes”...
Pero una carta del coronel Víctor Ramos, publicada en “El Comercio”, de Lima, descorrió levemente los entretelones de una controversia intestina en el Comando de las Operaciones del Nor-oriente, algo del pus, de que nos habla Gonzáles Prada, uno de cuyos párrafos no necesita comentario: “... Usted me dice que hay que tratar sin contemplaciones a todos los ladrones, cobardes, traidores y desertores. Así debe ser, pero a TODOS, hay que agregar MUCHOS MAS; a los farsantes, a los arribistas, a los vivos. Estoy, pues, en perfecto acuerdo con Usted...”
¡Ese es nuestro Perú!

viernes, 3 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXVII


El crucero “Huallaga” entró lentamente por el “caño” hasta el puerto de Caballo Cocha; el saliente sol iluminando la ribera anunciaba un buen día; casi todos los pasajeros hacía rato que estaban despiertos, muchos no habían dormido porque el ansiado regreso que se estaba comenzando impulsaba a la alegría y a la comunicación; tampoco faltaron tragos que hicieron más bulliciosa la velada y aunque algunos dormilones protestaron, la presencia de los clases en los corrillos los contuvo.
El puerto estaba desierto. O todos en el pueblo estaban dormidos o nadie daba importancia al acontecimiento y aunque no es extraño encontrar esa actitud desaprensiva en los pobladores de la selva, que solo es fruto de su sencillez y falta de confianza por tantos engaños sufridos, aquella vez, que todo un batallón llegaba en un crucero para acuartelarse en la ciudad, esperaba por lo menos curiosidad, ya que no el entusiasmo de cuando íbamos en busca de cargueros. Quizá ya sentían lo mismo que nosotros, quizá ya estaban preguntando por qué no regresaron tantos de los que de allí habían partido, quizá ya se habrían enterado que murieron inútilmente...
Encostó el barco e inmediatamente desembarcaron algunos oficiales y clases para determinar la ubicación de las casas que habían de servir de cuarteles. Cuando regresaron, como media hora después, ya estaban abiertas las bodegas y la tropa lista para empezar la conducción de los bultos que constituían la impedimenta; toda la mañana nos la pasamos en un constante subir y bajar la cuesta, acarreándolos, lo que concluyó al mediodía, cuando todos quedamos instalados.
Aunque yo estaba entre el personal de la Comandancia, solo era en condición de destacado, seguía perteneciendo a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19, en ella pasaba rancho y lista de mañana y noche, en consecuencia seguíamos juntos Juan José, Eleazar, Acosta y Lozano; además, Sifuentes, Oyarce y Saavedra Capillo, aunque estaban en el cuerpo de Sanidad, que ocupaba otro local, ellos o nosotros lográbamos establecer contacto. Por otra parte, lo aparentemente transitorio de nuestra permanencia hacía que el alto Comando del Agrupamiento, reducido al comandante Calderón y su Jefe de Estado Mayor, Vásquez Caicedo, tuviera poca actividad y mucha menos el personal subalterno, dejándome todo el tiempo libre.
El día siguiente fue el de San Juan, clásica fiesta regional, cuya característica especial, aparte de los “shuntos”, hogueras que se hacen en los patios de las casas, por sobre las cuales saltan los enamorados con las manos enlazadas, es la confección de un plato típico: el “juane”... ¡los sabrosos juanes!... que con su pálida y granulada faz son el manjar central de todas las mesas. Alejado de mi hogar no pensé tener el placer de saborearlo, pero muy temprano, tuve la grata sorpresa de ver aparecer a Oyarce, quien, desairando el insípido té de la paila, me invitó a su casa, donde encontré preparado un suculento desayuno, muy de mi gusto: un sabroso juane, una taza de aromático café y plátanos asados en las brasas. ¿Habrá algo más delicioso en el día de San Juan para un hijo de la selva?...
Pero las sorpresas continuaron: cerca de las 11 de la mañana fui en busca de Saavedra Capillo a cierta casa de familia y encontré reunidos en ella, alrededor de una mesa y bebiendo un generoso aperitivo a un grupo de “los 7 amigos del 19”, que habían sido invitados al almuerzo, quienes al verme celebraron con ruidosas carcajadas mi intuición, pues Sifuentes ya había salido en mi busca.
Lo curioso del caso fue, aparte de que la invitación era exclusiva, que el convite no era precisamente en la casa donde se estaban tomando los tragos, sino en otra, que para ir a ella, no lo hicimos como comúnmente se hace, por la calle y entrando por la puerta. Guiados por Teodorico, nos introdujimos a la huerta de la casa en que estábamos, pasamos a otras huertas, transponiendo unas veces y rompiendo otras los cercos, hasta Dios sabe dónde... el final fue que entrando por una huerta a una amplia cocina encontramos lo que nos esperaba: una bien servida mesa, con los juanes en el centro, en medio de un confuso montón de hojas de bijao*, como es de ritual. Luego de los saludos y cortesías del caso, ya mismo nos invitaron a sentarnos a la mesa; la familia que invitó comprobó ser experta en la preparación del típico plato: la masa se deshacía en la boca y dejaba saborear con deliciosa discreción, todos los ingredientes que contribuyen a hacerlo el plato regional por excelencia. Como bebida, había para escoger entre vino y chicha, que sin preferencia son licores obligados según el paladar y gusto.
Fue un banquete inolvidable, tanto por la calidad del manjar, como por la gentil atención que nos brindó la familia Malaverry.
El regreso lo hicimos en la misma forma y me hubiera visto en un aprieto si alguien me hubiese pedido que señalara la casa donde tan finamente fuimos atendidos.
Dos días después llegó el “Alberto” de Ramón Castilla en viaje a Iquitos; encostó brevemente, al parecer sólo para recibir documentos del Comando y siguió su rumbo. Llevaba el resto del batallón evacuado de la frontera.
Nosotros seguimos en el pueblo, cada día más aburridos; sufrimos un chasco regularcito con el traslado; solo faltaba que a los jefes se les hubiera ocurrido hacer trincheras para pasar el tiempo. Por lo que a mi tocaba, mi destaque al Comando subsistía y me daba amplia libertad y completa inactividad; no había viajes, ni comisiones, ni formaciones; en el día permanecía en la Comandancia simplemente porque no tenía otra alternativa, pero en mi Compañía empezaron a cargar con los ejercicios, a los que mis amigos tenían que sujetarse, motivo por el que no podía contar con ellos para distraer el aburrimiento.
El comandante estaba siempre solo, absorto y silencioso, sentado frente a un escritorio o paseando lentamente de un lado al otro de la habitación, con la cabeza inclinada y aire de abatimiento; quien se encargaba de dar órdenes y dictar disposiciones era el Jefe de Estado Mayor.
En cuanto a los demás oficiales, paraban solo en la calle, estorbando en todas partes; salíamos a pasear y a la vuelta de cada esquina se tropezaba con uno de ellos, oteando el horizonte con atención de explorador, nuestra presencia les molestaba, de manera que había que saludar y desaparecer; estaban al acecho de las chicas y no daban con la estrategia que debían emplear para atraerlas y captar su atención; algunos ya mostraban despecho porque habían sido rechazados por sus impertinencias, pero, como buenos militares, se mantenían firmes y frescos, ponían cara dura e insistían.
Para la tropa muchas esperanzas y pocas realidades; estábamos peor que en Ramón Castilla; allá, ni guardias, ni ejercicios ni clases que molestaran, en Caballo Cocha volvieron a aparecer los cabos -porque los sargentos, conscientes de la inutilidad de sus esfuerzos delegaron sus funciones en los cabos, haciéndoles sentirse en su elemento- de modo que tenían que andar con tiento y buenas maneras con ellos: sólo salían de franco a la calle los que habían caído en su gracia, los demás tenían que hacer de imaginaria o ponerse a dormir aunque no tuvieran sueño -mientras estuviera presente- pues, en cuanto volvía la espalda, por la puerta o por la huerta, salían cuantos se atrevían, con riesgo de ser castigados.
Tampoco quedaba el recurso de hacer vida social, porque, como enviado por el diablo aparecía un oficial y el soldado tenía que salir disparado. Tratándose de chicas, eran como el perro del hortelano... los malditos no eran capaces de dejar correr el agua que no podían beber...
A pesar de este adverso ambiente, festejando el afortunado regreso de Dositeo, lo que equivale a decir que volvió sano y salvo, organizamos un baile, exclusivo para soldados y marineros, pues dos altos representantes de nuestra Armada fueron incorporados a nuestro grupo: Manuel Chávez y Manuel Clavero -hijo éste del héroe del Caquetá- maquinista el uno y del cuerpo de transmisiones el otro.
Como a las 9 de la noche lo iniciamos con gran animación; dos guitarras, dos cantores, un ramillete de chicas muy atractivas y muchas botellas dieron realce a nuestra fiesta, lo que atrajo a la puerta muchos mirones. Nos divertíamos en grande cuando entre los mirones se metieron dos oficiales, los soldados al tenerlos cerca fueron desapareciendo uno a uno, pero nosotros hacíamos como si no los viéramos; llegaron dos mas y con ese refuerzo se atrevieron a entrar al salón, dejamos de bailar y nos arrinconamos; como la música seguía pretendieron bailar... pero la música paró de repente y los músicos hicieron como que fueran a marcharse, los oficiales se les acercaron y en la forma más amable, pues no podían hacerlo de otra manera porque eran civiles, les pidieron que siguieran tocando, se negaron alegando que tenían otro compromiso, les ofrecieron dinero, no aceptaron y se mandaron mudar...
Mientras tanto las chicas, metiéndose una a una a las habitaciones interiores, desaparecieron y cuando los oficiales se volvieron se encontraron con puros machos, nos miraron con rencor y uno de ellos preguntó:
- ¿Qué pasó con las chicas?
- Regresaron a sus casas.
- ¡Qué chunchas!... Parece que nos tuvieron miedo.
Y sin atreverse a más se largaron dejándonos libre el campo, pero la fiesta interrumpida. También nosotros, desilusionados por el contraste nos disponíamos a retirarnos, cuando llegaron Chaparro y Encinas, quienes, también en tragos, al enterarse de nuestro problema, fueron en busca de los músicos, los que solo por una instintiva repulsión a los entrometidos, habían suspendido la música y como no estaban lejos, volvieron con ellos y de nuevo arrancaron a tocar. Las chicas reaparecieron y reanudamos la fiesta con mayor animación.
A Piñeiro el viaje le sirvió para recobrar la serenidad y no tomar las cosas a la tremenda, pero el ambiente y la presencia de las chicas contribuyó a perturbarlo de nuevo: olvidando el peligro de un nuevo fracaso amoroso, se pegó a una de ellas, abandonándose a su suerte... confesando al final que estaba enamorado... ¡Otra vez!... Había que desearle más fortuna al incauto y enamoradizo Casanova.
La “Luella”, de retorno definitivo a Iquitos nos trajo noticias desalentadoras... El “Shapra” Martínez, su maquinista, nos contó que una bandera extraña estaba flameando en Leticia, que las cañoneras colombianas estaban acoderadas al puerto, que uno de sus transportes había desembarcado tropas y otro, también con destino a Leticia, estaba en Esperanza, un puerto brasileño cercano.
Nosotros también estuvimos en Esperanza como insignificantes peleles... ¿Qué otra cosa podíamos hacer?... ¡Estuvimos en Esperanza, llegamos a desencanto para por fin, quedarnos en ridículo...

BIJAO*.- Hoja de una planta silvestre del mismo nombre. En ellas, se envuelve la masa del “juane” para sancocharlo, lo que le da un sabor especial e inconfundible.