domingo, 12 de octubre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXIX

Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado.
La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios.
Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas...
Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra?
Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!...
Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir...
Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha.
Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.

Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres.
Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación.
No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos.
Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios.
Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza.
Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato.
Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar.
Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava.
Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó:
- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar!
Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo.
Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?...
Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad.
El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay.
Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo...
Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar.
Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado.
Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva.
Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago.
Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo:
- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!...
Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha.

Pero volvamos a lo nuestro.

Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo:
- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”.
- A la orden, mi comandante - le contesté.
Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente.
- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle:
- ¡Gracias, mi comandante! - y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí:
- ¡Permiso, mi comandante!
Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo...
Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre.
Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse.
Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco.
- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor.
- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor.
- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó.
Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas.
Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo:
- ¡Ahí viene el mayor!
- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro...
El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega...
¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!...

TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho.

OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía.

MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo.

PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.

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