sábado, 29 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO IV

ROMANCE

Sólo alguien muy observador se hubiera dado cuenta de la significación que tuvo para Teresa y Roberto, el fugaz encuentro que culminó en el suave apretón de manos que se dieron al ser presentados.
Vuelta la normalidad se reanudó la fiesta y atendiendo la invitación de Manuel, Roberto ingresó al salón, lo cruzó lentamente haciendo inclinaciones a quienes lo miraban, atraído por algo que no veía, sin saber qué buscaba; maquinalmente se dirigió al segundo salón y sin pensarlo se encontró apoyado en la baranda, mirando a las personas que estaban en el jardín. De pronto se fijó en cuatro chicas sentadas en torno a una mesa, escuchando a dos jóvenes que hablaban en voz alta con ostensibles ademanes, Teresa era una de ellas y le separaba apenas cinco metros. Sintió impetuoso deseo de acercarse, pero no conocía a ninguno de los demás, miró en torno suyo, todos le eran extraños; Pinedo, Ponciano y otros caballeros habían desaparecido, doña Maria departía con otras señoras en el salón principal. Se sintió aislado.
Teresa lo vio acercarse a la baranda y tuvo un sobresalto, inquieta, nerviosa lo miró a hurtadillas huyendo de su mirada; de pronto se puso de pie como para irse, se dio cuenta de su inconsciente impulso y volvió a sentarse; no escuchaba la conversación, casi sentía las miradas de Roberto.
- ¡Vamos a la sala! - dijo a sus amigas.
- ¡No! - protestaron a coro - ¡Qué te pasa!... Estamos bien aquí.
Inmóvil Roberto seguía mirando el grupo, se concentró en Teresa buscando ansiosamente su mirada y encontró sus negros ojos que parecían interrogarle, atraerle, decirle ¡Ven!... ¡Aquí estoy!... Pero la presencia de aquellos jóvenes, desconocidos para él, la música que inundaba el ambiente, el vertiginoso girar de las alegres parejas que hablando y riendo pasaban a su lado le producía la impresión de interponerse entre ellos, creaba en su ánimo la desagradable sensación de no estar donde le correspondía. Confundido bajó la vista reprochándose su timidez, su indecisión y quedó pensativo.
Sin valor para acercarse a Teresa, sin aliento para disputar su compañía, sin entusiasmo para participar de la alegría de la fiesta, se sintió insignificante, herido en su amor propio. Lentamente se dio la vuelta, se volvió para mirarla por última vez y se escurrió por entre las parejas que bailaban, dirigiéndose a la calle. Disgustado consigo mismo caminaba como sonámbulo, mirando solo vacío, incapaz de ver a quien se hubiese cruzado en su camino.
Al otro día, impaciente, esperó la hora oportuna para salir a tierra; había olvidado que Manuel, en la breve conversación de la noche anterior, le habló de las escopetas por componer, pero algo le atraía hacia su casa. Caminó en dirección a ella, con prisa al principio, que fue disminuyendo a medida que se acercaba, llegó, pasó frente al patio y a cierta distancia se detuvo; la calle estaba desierta, sin darse cuenta volvió sobre sus pasos.
- Pero... ¿Qué busco? - murmuró entre dientes, deteniéndose nuevamente después de haber vuelto a cruzar el patio. De repente recordó lo de las escopetas - ¡Ah! - exclamó - resueltamente se dirigió a la entrada, ingresó hasta la de la casa, la puerta estaba abierta de par en par; miró hacia dentro, no había nadie. Los muebles y todo el salón estaban en desorden. En aquel instante llegaron corriendo y entraron dos muchachos, detuvo a uno de ellos y le preguntó:
- ¿Está don Manuel en la casa?
- No, joven, está en su almacén.
Y sin más explicación ingresó, cogió dos sillas, las juntó por los asientos, las levantó, metió la cabeza por entre las patas para sostenerlas y salió corriendo tras del otro que había hecho la misma operación. Al quedarse solo iba a tocar la puerta, pero una lateral interior se abrió suavemente y en el mareo apareció Teresa.
- ¡Ay! - casi gritó y volvió a meterse.
Roberto, que al verla sintió un repentino vacío en todo su ser, no tuvo tiempo de pensar qué iría a decir; inmóvil en el umbral trató de serenarse y tocó suavemente. Salió Teresa como sí de dentro la estuviesen empujando
- Buenos días señorita - su voz no era firme - creo que se ha asustado... ¿por qué?
- Buenos días, joven - contestó con leve trémulo en la voz - Yo pensaba que no había nadie - le tendió la mano que Roberto cogió como si fuera a escapársele.
Vestía con sencillez una holgada blusa blanca de género no muy fino, con cuello cerrado y largas mangas, sobre una falda de amplios pliegues, que con inútil complicidad trataban de ocultar sus atractivas formas juveniles; suelto el liso caballo que le cubría la espalda, enmarcaba las líneas armoniosas de su cara, sus negrísimos ojos de suave mirar, su boca sonriente de tentadores labios; sin ningún tipo de afeites, hacían un conjunto que la colocaba entre las bonitas. Siguió un breve y embarazoso silencio que hacia contraste con sus sonrientes miradas e inocultable complacencia. Roberto, inconscientemente trató de retenerle suavemente la mano, pero ella, con la misma suavidad se la quitó.
- Don Manuel... tu papá... - empezó vacilante - he venido a ver a tu papá...
- Él está en el almacén... ¿para qué le quieres?
- Me dijo que tiene unas escopetas malogradas.
- ¡Ummm! - la típica modulación nasal que índica haber comprendido, recordado algo - Aquí no hay nada, deben estar en el almacén.
En aquel instante volvieron a entrar corriendo los muchachos de las sillas y repitieron la operación para llevarse las otras.
- Mejor espérale... ¡Julián! - se dirigió a uno de ellos - vete a decirle a mi padre que el joven Ríos está aquí y le necesita.
Pudo haber dicho al muchacho que lo guiara al almacén, que estaba cerca, o haberle indicado a Roberto el sitio para que fuera; Roberto igualmente pudiera haber dicho ¡Voy con el muchacho! o preguntado dónde quedaba el almacén, pero ambos, impulsivamente hacían por no separarse. Otro silencio siguió a la partida del muchacho. Teresa, al parecer más tranquila o más deseosa de explorar la desconocida emoción que sentía lo rompió diciendo:
- ¿Tú eres maquinista de la lancha? - parecía dudar viéndolo tan joven.
- Sí, soy el segundo maquinista.
- ¿Y dónde vives?
- En Iquitos. Allá tengo a mi madre y un hermano - se animó - Tú, ¿tienes hermanos?
- No - con disgusto - Solo somos mi padre, mi madre y yo. Cuando mi padre va en las comisiones nos quedamos solas.
Hablaba con viveza, animada de repentina confianza, sin la vacilación y la ansiedad que la embargó cuando de pronto vio a Roberto. Éste recobró también su aplomo. ¿Por qué había de sentirse tímido delante de Teresa? - pensaba - ¿Qué tenía ella distinto o que no tuvieran las otras chicas que conoció?... ¿Más bonita? No podía asegurarlo. ¿Su modo de mirar?... ¿Su sonrisa?... ¿Su porte?... No podía precisarlo, pero se sentía atraído irresistiblemente, cautivo casi.
- ¿Te has ido alguna vez a Iquitos?
- Una vez, hace ya mucho tiempo, pero casi no me acuerdo de nada, era muy pequeña.
- Tu papá y tu mamá deben ir siempre.
- Mi papá sí, mi mamá no, porque no quiere dejarme sola. Mi padrino quiso que fuera a vivir en su casa para seguir la escuela, pero mi mamá se opuso terminantemente, no quería ni oír sus razones. Yo quisiera ir a conocer, alguna vez me llevarán.
Continuaron la conversación hasta que llegó Manuel apresuradamente.
- Buenos días, señor Pinedo.
- Buenos días, Roberto... ¡Pero hija!... cómo no has avisado a tu madre... ¡Ni siquiera has invitado a sentarse al señor Ríos!
- ¡Papá!... Él me dijo que le necesita a usted.
- Disculpe, Roberto, todo está en desorden todavía... ¡Pero, siéntese! - le acercó una silla - ha venido a ver las escopetas ¿No?
- Gracias, don Manuel, no se moleste. Sólo quiero ver si es posible arreglarlas, para llevarlas hasta mañana, pues el comandante ha dicho que pasado mañana debemos zarpar.
- L1évalas nomás!... Si no tuviera tiempo de arreglarlas hasta mañana, a su regreso, para ir al Putumayo me las entrega. Como el “caño” está “crecido” podrá entrar el vapor hasta el puerto.
Un hombre apareció con cuatro escopetas de avancarga al hombro.
- Dame una y arrima las otras - le dijo, y dirigiéndose a Roberto se la pasó - Aquí tiene una, con ojos de experto la examinó detenidamente, hizo igual con las otras y al terminar preguntó:
- ¿Tiene usted “chimeneas”
- Sí. De varias medidas.
- Las chimeneas ya están malas y no se ajustan porque los filetes de las roscas se han corrido. Creo que puedo arreglarlas hasta mañana. Déme usted, cuatro chimeneas.
- Las tengo en la tienda, voy a traerlas. Tenga la bondad de esperar un momento, mi mujer lo atenderá mientras vuelvo - voy por ella - y se introdujo por la entreabierta puerta lateral.
Volvieron a quedar solos, pero no tuvieron tiempo de reanudar la conversación, pues inmediatamente reapareció con doña María. La saludó Roberto, contestó ella, Manuel pidió permiso y salió.
- ¿Ha esperado mucho tiempo? - preguntó Maria con tono que no se podía asegurar que fuera lamentándolo o por medir el tiempo que estuvo con Teresa.
Su mirada fría, incisiva, parecía taladrar el pensamiento de Roberto buscando la respuesta, se le despertó un repentino y vivo interés por conocerlo más, saber como era; su calidad de varón y su apuesta apariencia se le antojó peligrosa para su hija, recién en el umbral de la vida; su mentalidad pueblerina, llena de prejuicios y convencionalismos de la época, la imaginaba expuesta a los peligros y asechanzas que su inocencia le impedía conocer. No estaba segura de haber sabido prepararla para enfrentarse a ellos, pese a que desde muy tierna edad la tuvo sujeta a cuidados y vigilancia de impertinente exageración, pero en un hermético encierro de equivocados conceptos de moralidad y pudor.
- ¡Cúbrete! - le dijo una vez escandalizada, cuando ya crecida pero impúber, se presentó un día con el pecho desnudo y el vestido en la mano, a preguntar si era el que debía ponerse - una niña no debe mostrarse nunca desnuda, porque su cuerpo está hecho a imagen y semejanza de la Virgen y no debe ser visto por nadie.
De modo que cuando Teresa llegó a mujer, ni siquiera estuvo enterada de las incomodidades mensuales que debía soportar y la primera vez que le ocurrió sintió tal espanto, pensando que iría a morir, que sólo por ese temor se lo dijo a su madre, la que, sin ninguna explicación la ayudó y previno para lo sucesivo. Ella, que había sufrido la experiencia en las mismas condiciones, no atinó a proceder de mejor manera; con su imprudente reserva creía estar conservando la inocencia de su hija y cumpliendo a cabalidad su misión de madre, no esperaba confidencias ni podía ofrecer consejos. Teresa estaba pues a merced de las circunstancias y de sus propias emociones.
Al dejar de ir a la escuela, poco más de un año antes, su madre ya no la dejó salir sola y en la idea de completar su educación la hacia leer “El almacén de las señoritas”, el “Manual de Urbanidad” y otros libros
por el estilo e hizo que Manuel buscara consejo para comprarle otros adecuados, de suerte que vivía casi enclaustrada, aislamiento que le provocaba un vivo deseo de buscar con amigas de su edad, esparcimiento, comunicación e información que colmara su curiosidad e ignorancia. La conseguía a escondidas, pero incompleta y con peligrosas deformaciones.
Cuando vio a Roberto se sintió irresistiblemente atraída y su imaginación empezó a crear un caudal de procelosas ilusiones, pensó en como se habrían conocido sus padres, ¿Le estaría sucediendo algo semejante? La fantasía aguzó su femenina curiosidad, pero... ¿La satisfaría su madre? ¿Pensaría en los mismos términos que ella? Presentía que de sus labios nunca lo oiría, porque sabia que consideraba una ofensa a su pudor hablar sobre tales temas.
Continuó la conversación entre preguntas de Maria y respuestas de Roberto sobre sus viajes, lo que hacia, como vivía; parecía que quisiera informarse en detalle de cuanto le concernía. Volvió Manuel y poniéndole en la mano una cajita de cartón le dijo:
- He traído todas las que tengo para que usted mismo escoja.
Roberto la abrió, con calma seleccionó cuatro piezas y le devolvió la cajita.
- Estas voy a llevar - se las enseñó - y también las escopetas.
Se volvió a María con ademán de despedirse. Teresa, que lo estaba observando ¿Se va? - pensó. Apenas se habían saludado, la conversación fue toda con su madre... súbitamente recordó algo:
- ¡Mamita!... ¿No dijo usted que su máquina estaba malograda?
- No es nada, sólo rompe el hilo, pero no siempre...
Roberto se contuvo. Cogió al vuelo la oportunidad y la interrumpió.
- Puede ser un pequeño defecto, señora, si usted quiere que la vea lo haré ahora mismo.
- ¡No, no! - protestó María - sería mucha molestia y usted tiene que volver al trabajo.
- No señora, mi guardia es de doce a seis y aún es muy temprano.
Manuel intervino. Le estaba creciendo la simpatía hacia Roberto, que naciera por la oportuna intervención que tuvo en el pleito de la noche anterior y abonaban en su favor sus maneras, su mirada franca, casi transparente; tenía que ser, necesariamente, una buena persona.
- Es usted muy amable, pero no debemos abusar de su tiempo.
- Ni lo piense, señor Pinedo, para mi es una distracción; además aprenderé a conocer cosas modernas - y dirigiéndose a Maria - ¿De qué marca es la máquina señora?
- New Haven. Manuel pidió una Singer, pero parece que se equivocaron o no la tuvieron y nos enviaron otra marca... bueno - cedió - vamos a que la vea.
Manuel se disculpó de nuevo con Roberto, recomendó a Maria que lo atendiera y salió. María lo guió a la habitación contigua y Roberto se enfrascó en el examen de la máquina. Al cabo de un momento pidió un trozo de tela. Teresa, juguetona le preguntó:
- ¿Vas a coser?... ¿Sabes coser?
- ¡Teresa! - le reconvino María - ¿Cómo te atreves a tutear al señor?
- ¿Porqué no señora? - la defendió - no tiene nada de malo y me hace creer que fuera mi hermana. ¡No tuve la suerte de tener una hermana!
María buscó la tela y se la entregó. En aquel momento alguien tocó la puerta, Teresa salió a ver y volvió luego.
- Mamita... Ahí está la comadre Fidelia... dice que la necesita.
- Dile que pase... ¡No!... quiso llevársela, pero era una descortesía dejar solo a Roberto... ¡Y dejar sola a Teresa con él! - no había alternativa y se resignó -... Discúlpeme un momento, señor, y se fue.
Se miraron sonrientes, congratulándose mentalmente por haber logrado un triunfo. Roberto notó la indecisión de María e intuyó el motivo.
- Tu mamá es muy desconfiada.
- ¡Si tú supieras!
- Pero yo no voy a llevar nada de aquí - tratando de sondear el pensamiento de Teresa.
- No es por eso. Lo que ella no quiere es que me quede sola contigo, aclaró con un dejo de disgusto.
- Eso será porque soy un extraño, pero con tus amigos te dejará hasta ir de paseo.
- ¡Nunca!...Y yo no tengo amigos - aclaró de nuevo - amigas unas pocas, pero ni con ellas me deja ir sola siempre con mi mamá. Algunas veces a un cumpleaños voy con mi mamá y mi papá.
- Bailas muy bien, anoche te he visto - mintió Roberto.
- ¡Mentiroso!... Sólo he bailado dos veces antes que llegarás tú.
-¿Con quién?
- Con mi padrino y con Antonio.
- ¿Quién es Antonio?
- El hijo del señor Ramírez, un empleado de mi padre.
- ¡Ah!... ¿No es uno de los que estaba conversando con ustedes en el jardín?
- Si.
- ¿Y qué te decía?... Por su modo de vestir parece que no vive aquí.
No. Ha llegado de Europa, donde su padre le ha mandado a estudiar. ¡Yo no creo “nadita” de lo que cuenta!
- Seguramente te decía que eres muy bonita... que te quiere...
- Te juro que no! - con énfasis de protesta - yo le conozco desde muchacho, cuando estábamos en la escuela de doña Lucinda... ¡Qué va a decirme nada!... Sólo habla de París, de Mon... ¡No sé como dice él!
En sus palabras, en su acento, en sus ojos, se translucía la ingenuidad, la inocencia, la verdad sin adornos ni rebuscamientos.
- Y si yo te dijera que eres bonita, que me gustas, que no he encontrado hasta hoy ninguna muchacha como tú…
- Ya “vuelta” engañas - interrumpió Teresa, ruborizándose levemente.
- De veras - continuó casi con seriedad - no sólo eres bonita, tienes algo más que... no sé como pudiera explicarte… algo que en cuanto te vi., cuando me diste tu mano anoche, me ha...no sé como decir... he sentido como fiebre, frío, miedo... creo que he temblado, parecía que me asustaras... ahora mismo ¡Ve! - le tomó la mano que tenía apoyada en la mesa de la máquina - ¿No estoy temblando?
Teresa le escuchaba atentamente, casi absorta, sus ojos se fueron abriendo lentamente hacia un gesto de asombro y ansiedad, sus labios entreabiertos temblaban ligeramente; bajó los ojos y abandonó su temblorosa mano a la de Roberto, que agregó la otra para apretarla con una suavidad de arrobamiento que pareció sumirlos en un éxtasis de muda comunicación… en una eternidad de placer que les inundó de pies a cabeza y se soltaron como asustados... Siguió un breve silencio; Roberto no sabía como continuar, Teresa no sabía que contestar, de hacerlo habría repetido exactamente lo dicho por él, pero se atrevió:
- Yo he sentido lo mismo, pero... ¿Porqué no te acercaste anoche en el jardín?
- Tenía miedo... sí, miedo de sufrir un desaire por ser un desconocido, después de haberme hecho una ilusión, pero no he podido resistir el deseo de verte de nuevo… por eso he venido.
- ¡Miedo!... ¿Y como no tuviste miedo del colombiano? ¿Y no tenías que venir a ver las escopetas?
- Éste ha sido mi pretexto, pero dejemos las escopetas... ¿Cómo hacemos para volver a vernos?... ¡Ojalá seas tú quien me reciba cuando las traiga mañana!...Ahora que regreso a Iquitos le contaré a mi madre que me encontré con unos paisanos que la conocen y tienen una hija que me gusta... Se va a alegrar y querrá conocerte, porque nunca le conté de ninguna enamorada.
- ¡Pero Roberto!... Mi mamá me dice siempre que soy una niña... ¡Como voy a ser tu enamorada!
- Cuéntale lo que te he dicho.
- ¡Qué le voy a contar!... Me da vergüenza... ¡Y miedo!...Si le dijera algo seria para que me “pegue”...
- Qué hacemos entonces...
Se oyó fuera la voz de Maria.
- ¡Teresa! ¡Ven un momento!
- Ya vengo Roberto.
La siguió con la vista y se quedó mirando la puerta por donde salió como si la estuviera viendo… de pronto volvió en sí. ¡Nada había hecho con la máquina! Apresuradamente manipuló en ella, luego colocó el trozo de tela la hizo funcionar cosiendo en uno y otro sentido, observó la costura y con muestras de satisfacción se repantingó en la silla. Se sentía contento, invadido de una placentera confianza y plenitud, le parecía estar oyendo con melodiosa entonación las palabras de Teresa: “Yo he sentido lo mismo que tú”... Le parecía sentir el calor de su mano en las suyas como una tibia llama que se extendía en toda su piel, erizando sus poros para adentrarse por ellos al fondo de su ser... Tan ensimismado estaba que no vio entrar a María, la que al verlo, sonriendo forzadamente le dijo:
- Se ha quedado usted dormido.
Se levantó como un gato asustado.
- No señora, disculpe usted, estaba esperándola para que pruebe su máquina. Ahora ya no va a romper el hilo.
- Vamos a ver.
Se sentó y empezó a coser sin descanso largo rato en silencio, luego, con un gesto de complacencia comentó:
- Yo no quise decirlo para que no se molestara, pero ya no se podía coser... ¡Ahora está muy bien!... ¿Cuánto le debo por su trabajo?
- No me debe nada, señora. Sólo estaba muy ajustada la lanzadera, la aflojé un poquito y nada más.
- Pero… ha tomado usted su tiempo. Le diré a Manuel para que le compense en alguna forma.
- Muchas gracias, señora, le repito que no es nada y me complace que haya quedado satisfecha... Me voy, señora.
Sentía impulsos de preguntar por Teresa, se dirigió al salón acompañado de Maria, luego a donde estaban las escopetas, se inclinó con ademán de cogerlas, pero Maria le contuvo diciendo:
- No se moleste. Mi marido me ha dicho que va a mandarlas con uno de los peones.
- No es necesario, yo puedo llevarlas.
- ¡Déjelas nomás! Si tiene apuro por sus obligaciones puede irse.
Su acento más parecía decir: ¡Ya es tiempo de que se vaya! - le tendió la mano agregando:
- ¡Hasta luego!

miércoles, 26 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Cuando llegaron a la primera, su apariencia de matones fue del agrado del que parecía jefe, un tipo gordo, de rostro ceñudo crecida barba y mirar siniestro; con un Smith &Wesson en el cinturón y un fuete en la mano. Lo llamaban don Víctor. De pie en lo alto de la escalera del tambo, moviendo nerviosamente las rodillas y azotándose las botas con el fuete los miró casi con desprecio.
- ¿De dónde vienen?
- De Colombia.
- ¿Y qué quieren?
- Venimos a buscar trabajo.
- ¿Están dispuestos a cumplir todas mis órdenes?
- Sí, señor. Queremos trabajar.
- ¿Cuánto quieren ganar?
- El sueldo es lo de menos - era Cedeño quien contestaba y mañosamente aparentaba desinterés - vea primero nuestro trabajo.
El gordo no cayó en la jugada.
- ¡Déjense de huevadas!... Ganarán cincuenta soles, tendrán casa, comida y culos... ¡Pero cuidado!... ¡Mucho cuidado!... Porque si se descantillan les costará caro. Preséntense a Jiménez en el almacén para que les de lo que necesitan y pónganse a órdenes de Arriarán porque mañana va a salir a una correría.
Les dieron un machete, una carabina Winchester, balas y otros útiles y al día siguiente, pese a la copiosa lluvia, apenas amaneció se pusieron en marcha conformando un grupo de veinte hombres, mestizos indígenas en su mayor parte, dos negros barbadenses y dos witotos, al mando del llamado Arriarán. Pocos parecían gente de ciudad, pero todos, excepto los witotos llevaban carabinas y algunos un revólver. Cedeño no sabía qué irían a hacer y se lo preguntó.
- Vamos a traer indios - fue la respuesta.
- ¿Y para eso se necesita tanta gente? Riendo socarronamente Arriarán aclaró:
- Es que no quieren venir y tenemos que traerlos a fuerza.
Caminaron tres días guiados por los witotos, quienes lo hacían sin vacilación, pese a lo intrincado del monte, abriéndose paso con el machete o cruzando “tahuampas”, se detenían antes que anocheciera para hacer con palos y palmeras tambos personales que los protegiera en caso que lloviera; comían en la mañana y al atardecer, paiche o carne seca de animales del monte asada en las brasas, con “fariña”, algunos, de más categoría, tomaban café.
Al cuarto día, a media tarde, se detuvieron. Los witotos hablaron en su dialecto con Arriarán, haciendo ademanes y señalando direcciones, éste parecía entenderlos perfectamente, reunió a todos, conformó tres grupos, dos de seis con un witoto y otro de ocho con él, dio instrucciones y concluyó diciendo:
- Cada uno debe agarrar por lo menos dos indios, el que agarre más tiene premio; no se preocupen de las mujeres, ellas van a seguir a sus maridos, ni de los muchachos pequeños, no sirven para nada.
Se adelantaron los grupos de seis y el de Arriarán avanzó lentamente hasta llegar a un centenar de metros de unos tambos que se veían a través
de la maleza. Se detuvieron y al cabo de un momento se oyó con claridad el canto de la “unchala”, que fue contestado por otro en otra dirección.
- ¡Vamos! - mandó Arriarán y avanzó agachándose entre los arbustos.
Una vez más se oyó el canto del ave, que evidentemente era una señal, pues venia de dos direcciones contrarias.
- ¡Listos! - mandó de nuevo sin cesar de caminar.
Al oírse por tercera vez el canto, más prolongado esta vez, levantó la Winchester y gritó:
- ¡Adelante! - avanzó corriendo y gritando desaforadamente.
Simultáneamente se oyó alaridos que parecían salir de todas partes y el tropel lo siguió hacia los tambos, haciendo disparos al aire. Los ocupantes, hombres, mujeres, algunas con sus hijos en brazos, salieron despavoridos; muchachos, pequeñuelos desnudos, corrieron tras ellos tratando de ganar el monte, gritando, llorando, tropezando con los asaltantes que aparecían por todos lados… los que lograron eludirlos fueron perseguidos a tiros, varios cayeron, quizá heridos, acaso muertos; otros paralizados por el terror no atinaron a moverse... El círculo de asaltantes se iba reduciendo, dentro quedaron hombres, muchachos, mujeres con hijos tiernos en brazos; empezaron a reunirlos, aquellos que se resistían caían a culatazos retorciéndose de dolor, el griterío era horrible, una escalofriante confusión de lamentos, llanto de criaturas, exclamaciones de espanto, gritos de dolor... Separaron a los hombres: eran catorce, entraron a los tambos, encontraron algunos viejos, los seleccionaron y llevaron junto a los otros.
- ¡Maldición ¡ - gritó Arriarán - No hemos conseguido la cuota... Este caserío es una mierda, ¡nos han engañado los witotos!... ¡Vayan a ver a los que han caído, tal vez alguno sirva!
Dejando regueros de sangre ¡cuántos habrían logrado huir!... Cinco apenas podían caminar, entre ellos una mujer con una criatura, varios muertos, hombres y mujeres...
Ataron dieciocho hombres por separado, luego los unieron en una larga cuerda y los introdujeron en un tambo; cuatro de la partida, entre ellos los barbadenses, se encargaron de su vigilancia, a las mujeres y muchachos, condujeron a otro tambo. En los demás sólo quedaron viejos, viejas y niños de muy tierna edad. Arriarán se dedicó a inspeccionar todos los otros tambos con tres de sus secuaces. Los otros asaltantes, Cedeño entre ellos fueron al tambo donde habían sido concentrados las mujeres y los muchachos y arrastrados por su lascivia empezaron a disputárselas. Sólo había diez mujeres, las que llenas de terror nada hacían para oponerse. Cedeño cogió una de ellas pero no se decidía a consumar el acto sexual dentro del tambo y quiso sacarla fuera. Uno se le acercó diciendo:
- ¡Déjamela a mí!... parece que tú no puedes.
- ¡Fuera de aquí, vergajo!
- ¡Qué te pasa mierda!... ¡Las mujeres son para el más macho! - intervino otro y cogiéndola intentó llevársela. Cedeño la soltó pero se abalanzó al cuello del sujeto, quien también la soltó para defenderse y rodaron por el suelo dándose de puñetazos. Todos quedaron en suspenso, pero luego, sin soltar su presa, comenzaron a azuzarlos con gritos, entre carcajadas y aplausos. La india en disputa pasó a manos de otro. Armaron tal algarabía, que Arriarán oyó el escándalo, corrió a ver lo que sucedía y al encontrarse con el espectáculo, rastrillando su carabina gritó:
- ¡Ya carajo!... ¡Si no dejan de pelear le pego un tiro a cada uno!
Los dos se quedaron inmóviles y luego se levantaron lentamente. Se enteró Arriarán de lo que había pasado y en tono de burla dijo:
- ¡Qué estupidos!... ¡Si no faltan mujeres!... Ahí tienen las viejas, desarrugar es lo mismo que desvirgar... ¡Ja, Ja, Ja! - rió estrepitosamente - ¡y también tienen muchachos! - miró a su alrededor y viendo a un indiecito
como de doce años en un rincón, junto a dos chiquillas que estaban llorando, lo llamó con una seña, pero el chico no se movió.
- ¡Ven carajo! - gritó repitiendo la señal.
El muchacho siguió inmóvil. Estaba con el taparrabo desgarrado, todo sucio de barro, con sangre en el pecho, los brazos y las piernas; la menor de las chiquillas abrazada a la otra lloraba convulsivamente, tenía sangre en la cabeza, la cara y el pecho. Arriarán soltó la carabina, se acercó y cogiéndolo violentamente del brazo quiso llevarlo a donde estaban sus secuaces, pero el muchacho se resistió; hizo más fuerza y lo arrastró.
- ¡Ahora van a ver! - dijo.
Intentó quitarle lo que quedaba del taparrabo y el muchacho empezó a gritar entre las risotadas de los demás asaltantes; a viva fuerza se lo rompió y tiró al suelo, el chico seguía revolviéndose desesperadamente, con una mano lo sujetó y con la otra le aplicó dos bofetones que inmediatamente le hicieron sangrar la nariz. Volvió a cogerlo, trató de agacharlo delante de él pero la violenta resistencia del muchacho le impedía conseguirlo. De repente Arriarán lanzó un grito.
- ¡Puta madre!... - soltó al muchacho y se cogió la mano que empezó a sangrar.
El muchacho le había pegado un terrible mordisco en la parte blanda de la palma de la mano hasta levantarle un trozo de carne y a favor de esa sorpresa arrancó a correr saliendo del tambo. Todos empezaron a reír a carcajadas, Arriarán, lívido de rabia, exclamó:
- ¡Jijunagramputa!... ¡Ahora vas a ver!
Empuñó con su ensangrentada mano la Winchester y salió tras del muchacho que se alejaba corriendo como a treinta pasos, rastrilló, apuntó y disparó... el muchacho siguió corriendo, rastrillo de nuevo, disparó... seguía corriendo… tres disparos más en menos de cinco segundos y se le vio desplomarse...
Alarmados al oír los disparos salieron algunos; los demás siguieron dentro en una orgía de lujuria, en un escalofriante rumor de forcejeos y cuerpos que se arrastran, quejidos, lamentos, gritos de dolor, llanto de criaturas... ¡Un espeluznante concierto al ultraje a la carne, a la perversión del sexo, al despertar de la bestia!...
- ¡Desgraciado!... Me jodió la mano... ¡Pero me la pagó el maldito!... ¡Lo mandé al infierno!
Se sacó del bolsillo un mugriento pañuelo para vendarse la herida; los otros se acercaron a ver al muchacho. Estaba de bruces, con los brazos abiertos formando una cruz; en su bronceada espalda se veían desgarrantes perforaciones que manaban abundante sangre, haciendo un reguero que teñía la hierba y se perdía en el suelo que parecía absorberla como sedienta de justicia... quizá de venganza. No lo decían, pero era evidente el asombro por la reacción del muchacho; pocas veces encontraban semejante rebeldía, estaban acostumbrados a mandar y ser siempre obedecidos, a que el indio se sometiera dócilmente a todos sus abusos y maltratos, casi con humildad por el instintivo terror que sentían, o acaso porque en alguna forma llegara a sus comunidades noticias de los horrores que esos desalmados cometían, de las atrocidades que desataban en la mayor impunidad.
- Hiciste bien en matarlo - dijo uno - hubiera sido peligroso llegado a hombre.
- Eso tenemos que hacer con todos los rebeldes - afirmó Arriarán - mientras trataba de hacer un nudo, ayudándose con la boca, para unir dos puntas del pañuelo - ¡Carajo!... no puedo... ¡Ya tú! - se dirigió a Cedeño que estaba cerca - ¡Amárrame el pañuelo!
Solicito obedeció, anudó el pañuelo y comentó
- Valiente el muchacho... ¿no?
- ¡Qué valiente!... ¡Son unos mierdas!... ¡Unos haraganes!... No quieren seguirnos por no trabajar, pero les damos buenas lecciones. Tú no sabes
lo que ha hecho Macedo una vez que llegó Velarde con sus ocainas a entregar su producto, bueno, muchos de ellos, por haraganes no tenían nada que entregar y para que no fueran castigados, sus compañeros les dieron la mitad de lo suyo; como estos ya no tuvieron completo el peso que debían entregar, Macedo se indignó y ordenó a Velarde que seleccionara a unos y otros, fueron como veinticinco, los hizo cubrir con un costal, rociar con querosene y prender fuego... ¡Había que verlos corriendo sin ver a donde, sin poder quitarse el costal! ¡Ja, Ja, Ja!... Lo chistoso fue que era el día de fiestas patrias y parecía un desfile de antorchas... ¡Ja, Ja, Ja!
Cedeño lo escuchaba con ojos desorbitados por el asombro. Arriarán continuó.
- Es gracioso lo que a veces se hace con esta gente, ¡Hay tantos que si se mata cien, todavía sobran muchos!... Flores, por ejemplo, cuando se emborracha los mata por gusto y Fonseca cuando cumple años o hace alguna fiesta, invita a Normand, Agüero, Guevara, Miranda, que son los más jaranistas y para divertirse hacen competencia de tiro al blanco, amarrando un indio a un árbol con una cuerda de unos tres metros para que pueda moverse, El que logra matarlo de un solo tiro, ¡ese gana!... Claro que tiene varios indios para reemplazar a los que sólo son heridos. ¿Y sabes cual es el premio?... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡El que gana escoge tres de las mejores cholas de Fonseca para tirárselas!
Fue la primera lección para Cedeño en su nueva actividad. Era el conocimiento de nuevas formas de perversidad que estaba en aptitud de asimilarlas y ejecutarlas por su natural inclinación al mal. Perdió la cuenta de las correrías que hizo y de cuantos infelices arrastró a esa nueva esclavitud, a tan horrendas torturas, a tan increíble matanza. Nada tuvo que esforzarse para tratarlos como bestias, con látigo, fuego, balas...
Pero su ambición, su inclinación a la rapiña, su deseo de enriquecimiento fácil, se mantenía latente, lo empujaba en busca de esa oportunidad. Pasado algún tiempo, se enteró de que algunos encargados de la recolección del producto no entregaban a los almacenes todo lo que recibían de los indios y lo retenían para negociarlos ocultamente. Se puso de acuerdo con sus compinches, investigaron y dieron con uno que lo escondía en las mismas estradas, hasta cuando tenía oportunidad de conducirlo a la margen del Putumayo y venderlo a los regatones. Lo hacia solo y en muy pequeña cantidad. Cedeño, con amenazas de delatarlo, lo obligó a hacerlo entre los cuatro y en mayor escala organizaron el pillaje, que dos veces les salió perfectamente, pero, uno de sus cómplices, descontento porque se quedaba con la mayor parte del botín, alegando ser el jefe, lo hizo denunciar por intermedio de un indio. El que los había contratado lo mandó apresar y conducir a su presencia y sin ninguna averiguación ni explicación, al pie de la escalera, de lo alto del empanado, ordenó que le quitaran cuanto tenía.
- ¡Así que usted se estaba robando el caucho que debía entregar! - le gritó - ¡No le meto un tiro porque yo no mato perros!... ¡Y necesito saber quienes son sus cómplices!... ¡Ya va a ver como lo hacen hablar los barbadenses! ¡Enciérrenlo! - y se metió en el tambo.
El apresamiento encontró a Cedeño de sorpresa, no se lo imaginó ni podía comprender cómo pudo ser descubierto, pero sospechó del rufián que había quedado descontento. Lo llevaron a un tambo de sólida construcción que se utilizaba como prisión, donde quedó hirviendo rabia y pensando qué hacer para huir. Las fuertes ponas del cerco sólo estaban amarradas con “tamshi”, pero no tenía con que cortarlo; buscó uno de sus nudos y trató de deshacerlo con los dedos, consiguiéndolo tras largo esfuerzo y rompiéndose las uñas hasta sangrarlas. Luego le fue fácil separar tres ponas, haciendo espacio para que pasara su cuerpo.
Caía la tarde; espero que oscureciera y con mucha cautela se dirigió al tambo que ocupaba con sus compañeros, quienes al verlo se alarmaron.
- ¡Silencio! - les pidió - Nadie me ha visto, quiero esperar a que oscurezca más para escapar, tú, hazme el favor de ir a distraer a los otros para que no vengan y tú quédate para que me ayudes.
Impresionados por la audacia que demostraba obedecieron; fríamente calculó Cedeño que nada ganaba con denunciar a sus cómplices, su suerte no variaría; simulando conformismo podía obtener ayuda y hasta podía vengarse del que sospechaba que lo había adelantado y era el que hizo que se quedara.
- Estoy jodido - le dijo - tienes que ayudarme para poder largarme.
- ¿Pero cómo?
- Todo me han quitado, dame un poco de plata y tu machete.
- Pero tú sabes que aquí yo no tengo nada, está en el escondite.
- Dame siquiera diez soles.
El tipo le miró con atención. Era incapaz de sentir compasión, su conciencia avivaba su desconfianza, pero, el haber sido cómplices, cierto remordimiento y más que todo el temor de que lo complicara al hablar si no huía, le impulsaron a ayudarlo.
- Has tenido suerte - trató de consolarlo - Me han dicho que a otros los han matado ahí mismo, así que aprovecha y lárgate. Sólo tengo cuatro soles, pero no puedo darte mi machete - y se metió la mano al bolsillo para sacarlos.
Cedeño actuó como un relámpago. Al verlo con la mano dentro el bolsillo se arrojó contra él derribándolo, se le puso encima sujetándolo por la garganta con las dos manos y aplastándole ambos brazos con las rodillas. Cedeño era forzudo, el ataque fue tan sorpresivo, violento y desesperado, que por más esfuerzo que hizo el agredido no pudo desprenderse ni gritar... siguió apretándole la garganta fuertemente… ahogados estertores... poco a poco los pataleos cesaron y el tipo quedó exánime.
Lo soltó, le dio la vuelta, le quitó el machete de la cintura, lo volvió de nuevo, le quitó la mano del bolsillo, buscó en él, encontró más dinero del que le había pedido y se lo guardó. Agachado salió, miró a todos lados de la penumbra y arrancó a correr por entre el monte huyendo del lugar.
Varios días después, extenuado y hambriento llegó a la orilla del Putumayo. Una canoa que bajaba con unos witotos lo pasó a la orilla opuesta en un sitio habitado por peones caucheros, que le dieron de comer; con sus indicaciones se dirigió al centro buscando el río Algodón. Seguía huyendo porque en todas partes creía encontrar gente que pertenecía a la empresa de cuyos dominios huía, hasta que llegó a las cabeceras del Ampiyacu y dio con el campamento de Pinedo.

sábado, 22 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO III

DOS HOMBRES DISTINTOS HACIA UN MISMO DESTINO

...no es posible tolerar semejante escándalo y menos su agresión a mano armada a un hombre indefenso. Dígale al señor Ramírez que le arregle su cuenta; si tiene saldo tráigala para ponerle el conforme y le pague y si no tiene... tráigala nomás para darla por cancelada - le decía Manuel al colombiano, al día siguiente de la fiesta.
- Pero don Manuel - suplicó Cedeño - yo estaba borracho, no sabía lo que estaba haciendo. El brasileño fue a molestarme, luego me dio un puñetazo que me rompió la boca ¡Mire usted! - le enseñó el labio roto - yo sólo quise defenderme porque tuve miedo de que sacara un puñal que siempre llevan los brasileños... No me despida don Manuel, estoy enfermo y no tengo plata para regresar a mi tierra. ¡Por Dios, don Manuel! aunque ya no sea como capataz, déjeme trabajar hasta tener un saldito...
- Anoche le dije que viniera a esperarme y no vino; si usted es mi empleado debe obedecer mis ordenes.
- Estaba borracho, don Manuel, yo no sabía lo que hacia...
Apareció un día en el campamento que tenía Manuel en la cabecera del Ampiyacu; una bolsa enjebada pequeña a medio llenar al hombro y un machete Collins metido por entre la correa del pantalón era todo lo que llevaba. Con paso inseguro y desconfiado mirar se acercó al tambo donde Manuel estaba haciendo entrega de aviamiento a su personal. Alguien dio la voz al verlo y todos se volvieron a mirarlo entre sorprendidos y cautelosos; un tipo de repulsiva apariencia, facciones duras y mirada torva, barba rala, crecida y descuidada, todo sucio de fango y emanando un penetrante olor de almizcle y grajo; sus gruesos labios y el apretado ensortijamiento de su corto cabello pregonaban su ascendencia africana;
su tez tostada por el sol tenia una palidez cadavérica producida por el paludismo.
Gente así aparecía con frecuencia; witotos o mestizos que huían de las posesiones gomeras de la poderosa Peruvian, donde era flagelados, torturados cuando no cumplían con la entrega de la cantidad de caucho, shiringa o jebe que les señalaban para un plazo determinado. La empresa, explotadora de grandes extensiones, se consideraba dueña no sólo de los gomales, sino también de los poblados indígenas imponiéndoles una verdadera esclavitud. Los capataces, gente de perversos instintos, excitados por la ambición, embrutecidos por el licor, dominaban por el terror a los nativos y trataban de impedir por cualquier medio, incluso el asesinato, que salieran de los dominios de la firma a donde pudieran ser denunciadas semejantes atrocidades. Los que lograban huir eran perseguidos y ultimados salvo cuando los encontraban enganchados con otro patrón, que se avenía a pagar supuestas cuentas contraídas por el indio, que no las quería pagar por “haragán”, “rebelde”, “ladrón” o cualquier otro defecto lapidario. En realidad era una venta solapada y el pobre indígena cambiaba de dueño.
- ¿Quién es usted?
- Me llamo Luís Cedeño, soy colombiano, vengo de la Chorrera, donde estuve trabajando; me enfermé, no pude trabajar y me botaron. He venido por el varadero del Algodón porque quiero llegar al Amazonas para ir al Brasil...Pero si usted me hiciera el favor de darme trabajo...
- Pero dice usted que está enfermo.
- Ya estoy así bien. Un indio me ha dado unas medicinas vegetales.
- ¿Qué es lo que tuvo?
- Tercianas. ¿Es usted el patrón?
Manuel pensó en su nuevo campamento del Algodón, en la necesidad de aumento de su personal. El tipo decía haber sido capataz y haber estado allí... Su aspecto era repulsivo, pero... tan largo y fatigoso viaje, las privaciones sufridas, la enfermedad que lo consumía lo habrían puesto en
ese estado...su mirada de sombríos reflejos parecía esconder turbios pensamientos... sin duda estaba inseguro, temeroso, desalentado.
Manuel era hombre de buenos sentimientos, poco dado a la desconfianza porque no creía en la maldad humana ni en la deslealtad. Una infancia feliz y una adolescencia sin problemas fue su entrada a la vida; hijo único de padres con bienes de fortuna, comodidades, relaciones, todo le había sonreído. Llegó a hombre con una agradable perspectiva del mundo, sin otra meta que aumentar sus bienes y gozar de la vida. Pero una noche su padre empezó a quejarse de agudos e intermitentes dolores en el estómago, cada vez más fuertes; le pusieron compresas en el vientre, le “sobaron” con “injundia” de gallina, le dieron un purgante para aligerarle el intestino... ¡Todo inútilmente!... Dos días después no había nada que hacer y apenas hubo tiempo para llamar al cura que le administró los últimos sacramentos. ¡Murió con cólicos! - dijeron los amigos. Nadie en su pueblo había oído hablar de la apendicitis...
La desgracia sumió a su madre y a él en profunda consternación. No había lenitivo para el dolor de la esposa; mortal tristeza, insomnio, inapetencia... - ¡Le está “cuyando” el difunto! - decían unas amigas -, “¡pulsario!” -afirmaban otras... Y se esmeraban en su cuidado y atención, prodigándole remedios caseros destinados a curarla. Manuel hacía cuanto le decían y nada escatimaba buscando alivio para el mal. Día a día fue languideciendo, Manuel no se apartó de su cabecera y vio opacarse el brillo de sus ojos como una luz que se alejaba lentamente, sumiéndolo en la oscuridad... Se resistía a creer que no fuera una horrible pesadilla perder a sus padres en tan breve tiempo, se encontró solo y abandonado, se sintió culpable de su impotencia, creyó enloquecer... ¿Qué daño había hecho para merecer tal castigo?... Pensó en la mala suerte, ¡No!... ¡Era el destino!... Y... ¿Qué le reservaba todavía? Olvidó su fortuna y sus comodidades, empezó a odiar a la Moyobamba de sus amores y quiso ahogar su dolor en la bebida, pero reaccionó a tiempo. El mundo es grande - se dijo - en él buscaré mi destino.
Un día hizo su última visita a la tumba de sus padres y luego fue a la capilla del Señor del Perdón, como quien estaba buscando una señal y dando una despedida; liquidó sus bienes, reunió todo su dinero, se lo metió en los bolsillos y abandonando mucho partió sin rumbo definido. Un pueblo, otro pueblo... y otro, hasta donde el impetuoso Huallaga le cerró el paso. ¡Shapaja! ... ¿Sería el final de su éxodo?
Tratando de disipar sus tristes recuerdos miraba desde la orilla el turbulento discurrir de las aguas que parecían invitarle a seguir su corriente que arrastraba las balsas que diariamente partían conduciendo ganado, aves, víveres, pasajeros.
- ¿Adónde van?
- ¡Adónde más!... ¡a Yurimaguas!
- ¿Quieres llevarme?
- Embárcate nomás. Dos soles cuesta el pasaje.
Sueltas las amarras la corriente arrastró los catorce palos de balsa sólidamente atados con fuertes y flexibles bejucos. En los extremos delanteros cuatro estacas incrustadas en los palos de balsa, haciendo ángulo en la parte superior, servían de chumaceras y en ellas, dos largos maderos redondos y pulidos, con dos palas de madera labrada atadas en sus extremos, servía de remos. En el centro un cerco cuadrado de palos del monte, con piso de cañas y hojas, sin ningún techo, encerraba la carga cubierta con hojas de plátano y el ganado. Un hombre en cada remo, con hábiles remadas guiaban la balsa.
- ¡Amárrense al corral!
Manuel imitó a los demás pasajeros sin preguntar por qué, pero la respuesta la tuvo en los acontecimientos.
- ¡Apúrense!
La balsa iba tomando velocidad, empezó a oírse como un prolongado y lejano trueno que rápidamente aumentaba en la intensidad; la balsa casi volaba hacia una masa espumosa que desprendía una nube de salpicaduras de agua con estruendo ensordecedor. Manuel se asustó, pero no tuvo tiempo ni para pensar en serenarse... la balsa se precipitó a un abismo rugiente que apagó los mugidos de terror de los toros y los lastimeros balidos de los carneros; se sintió hundido en el fragor y cubierto de agua; instintivamente retuvo la respiración un breve tiempo que le pareció una eternidad, emergió brevemente, volvió a hundirse y al fin... ¡A flote!... Volvió la vista. Se alejaba el imponente espectáculo: torrentes de agua que se estrellaban en violenta caída despedazándose interminablemente entre amenazantes peñascos escondidos entre olas y espuma y se elevaban en arremolinadas nubes...
- ¡Está creciendo el Huallaga!... ¡Bravo está el Estero!
- ¿Y si hubiéramos chocado contra esas piedras? - preguntó.
- ¡Nooo! ... - en tono de suficiencia - Nosotros sabemos por donde se pasa. El Chumía ha de estar peor.
- Más malo es el Vaquero. El Hilario se ha ahogado allí - acotó uno.
- Eso ha sido porque su balsa “ha sido” mal amarrada…
Fue su bautizo de peligro. Los demás rápidos ya no le impresionaron, pese a ser a cuál más peligroso y de una belleza imponente.
En Yurimaguas oyó por primera vez hablar del caucho, la shiringa, el jebe fino y otras gomas elásticas que se preparan con el látex de árboles de tipos determinados, que se encuentran en abundancia en la selva amazónica. Miles de hombres estaban dedicados a su extracción y preparación, no les arredraba las privaciones, las enfermedades, los felinos o las culebras, pues el producto extraído en meses de trabajo compensaba con creces su esfuerzo. ¡No se necesita dinero! - decían - pero sí tienes puedes ser patrón.
Siguió hasta Iquitos donde conoció a Ponciano, quien estaba dedicado a dicha explotación, tenía estradas y personal en el Samiria, y a Samuel que se dedicaba al comercio, importación de mercaderías y compra-venta de caucho. Era un intermediario. Éste, como buen judío estaba en su elemento y al saber que Manuel tenía dinero, lo convenció que se dedicara al comercio. Con tal mentor su camino hacia el éxito fue corto y fácil.
Empezó a viajar por sus negocios a Nauta, Caballo Cocha, caseríos y haciendas ribereñas en formación y pronto se hizo conocido por sus cualidades personales. En uno de esos viajes conoció en Nauta una joven, huérfana como él, poco antes llegada de Moyobamba con un tío; el saberse paisanos los unió y en sus conversaciones, añorando su tierra, comparando la turbidez del Amazonas con la limpidez del Mayo, recordado las motas de oro en el verde florido de los exuberantes naranjales, evocando nostálgicamente los dorados crepúsculos tragados por los cerros, en cuyas faldas reposaba custodiada por el imponente “Moro”, imperturbable guardián que anunciaba las lluvias coronándose de blancas nubes, nació el amor. Maria no era romántica, ni siquiera emotiva, pero Manuel, con un sentimentalismo a flor de piel, la elevaba a las regiones de la fantasía. Poco duró el noviazgo y se casaron en una sencilla ceremonia.
En Caballo Cocha hicieron su luna de miel, tan larga que fue decisiva para que se estableciera con su negocio. Seguía acariciando la idea de hacerse cauchero, pero no se decidía. Un encuentro accidental lo determinó un día que estaba en la loma del puerto de Caballo Cocha. Llegaba un batelón tan cargado que parecía entrarle agua por las bordas, un hombre, de pie en la proa, al llegar cerca de la orilla, de un salto pasó a ella y con prisa, casi corriendo, subió la cuesta. Le despertó curiosidad el esbelto cuerpo y la graciosa manera de moverse del tipo. Lo miró casi impertinentemente: facciones suaves en una tez tostada por el sol, sin asomo de barba, ojos negros y brillantes e indiscretos mechones que le escapaban del sombrero de paja toquilla que le cubría la cabeza...¡No!... ¡Ese talle!... ¡Ese pecho!... ¡Era mujer! Ésta, al ver la boca abierta de Manuel por la sorpresa del contraste, frunció el ceño y con voz gruesa y áspero acento de burla le dijo:
- ¡Tenga cuidado! no le vaya a dar el aire y se queda con la boca abierta para toda la vida - y siguió hacia el pueblo.
Era Patricia Lozano, mujer de gran personalidad, varonil y sin prejuicios, rara condición en esa época y en aquellos lares. Con tales cualidades no tuvo dificultad para dedicarse a la extracción de gomas haciendo compañía a su marido; viajaba con las comisiones, dirigía su personal, trabajaba con ellos en las estradas y sabia hacerse respetar con la firmeza de su carácter y alguna vez tuvo que hacerlo con su Winchester. Usaba pantalones por comodidad que se le hizo costumbre y aún llevando faldas en el pueblo, era una camisa de hombre la que vestía. La chismografía pueblerina la llamaba marimacho, pero nadie se atrevía a decírselo por respeto a sus arrestos. Poseía además una intuitiva habilidad para atender y curar enfermos y la aplicaba con acierto impulsada por su generosidad y amor al prójimo; adquirió más conocimientos y su renombre de curandera se propagó por toda la región.
Llegaron a ser grandes amigos y en sus conversaciones acerca de la explotación de las gomas, ella hablaba con tal calor y vehemencia de la forma como se procesaba el látex, desde la sangría del árbol hasta la transformación del lechoso liquido en una reluciente bola, haciendo pintoresca la dureza del trabajo, minimizando los peligros que había que afrontar y las privaciones que se sufría. Su mentalidad de vencedora, su contagiosa intrepidez, el éxito del que se ufanaba decidieron a Manuel a ampliar su negociación incursionando en el caucho.
Al enterarse María se sintió invadida de un extraño temor. Había oído hablar de pleitos entre patrones por la posesión de los gomales, de personas desaparecidas sin dejar rastro, de maltratos y torturas a los indios, de las represalias de estos por la persecución de que eran objeto y trató de disuadirlo, pero inútilmente. Manuel se había resuelto pensando en el futuro de su familia y el porvenir de sus hijos. Teresa ya había nacido. Su fortuna creció, pero no tuvo más hijos.

- Está bien. Tómese un descanso, pues debe estar muy agotado. ¡Juan! - llamó.
Se acercó un indio cocama a quien dijo señalando al colombiano: este señor va a trabajar con nosotros como capataz. Dale rancho e indícale donde ir a dormir.
Eran numerosos los peones que estaban en el campamento, algunos con su mujer, entre ellos Juan, que vivía en un tambo algo alejado y era peón de confianza. Cedeño comió con voraz apetito y pidió más, Juan vaciló porque no era costumbre, pues la ración era copiosa, pero el tono y gesto que puso en su demanda imponía obediencia, además era blanco y... ¡era capataz! Pero, como expresión de desagrado, no quiso llevárselo. Mandó a su mujer, que servía en la cocina, que llenara el tazón y se lo llevara; ésta, en silencio, se lo presentó a Cedeño. Ocultas sus formas de mujer por un tosco y holgado vestido, no se podía pensar en ella como tal, sin mirarla detenidamente: morena, con barbilla y pómulos de típicos y suaves rasgos indígenas, mirada sumisa de unos ojos que parecían mantenerse en permanente huida, boca esponjosa que acaso nunca habría sonreído ni dicho no. La miró con lúbricos ojos, extendió lentamente la mano para recibir el tazón y la siguió con la vista cuando se alejó con ondulante caminar.
Dos días después Manuel ordenó que se embarcaran en una canoa, Cedeño, otro capataz y cuatro peones y se hizo conducir surcando el río como media hora, hasta una quebrada a la que entraron; siguieron surcando hasta un recodo cerrado con altas y fuertes estacas que hacían un “tapaje” dentro del cual flotaban retenidas muchas bolas de caucho, jebe y shiringa. Manuel ordenó embarcarlas en la canoa.
- No las guardamos en el campamento para que no las vean los pasajeros - dijo a Cedeño, como instruyéndolo en sus futuras obligaciones.
- Pero no se va a poder llevar todas - comentó éste.
- No. Solo las que va a llevar la comisión de Panaifo. Después se llevará el resto para otra comisión.
- ¿No teme que le vayan a robar?
- No - contestó Manuel riendo - solo mi gente conoce este sitio y yo sé que ellos no me van a robar.
- ¿Cuánto personal tiene, don Manuel? - se interesó Cedeño.
- Ahora treinta y nueve hombres, con usted cuatro capataces. Pero voy a tomar más gente para la comisión que irá al Algodón, donde están abriendo un nuevo campamento. Usted que conoce esa región va a ir en ella.
Al oír que tenia que regresar a donde temía encontrar supuestos perseguidores, quedó en silencio pensando en lo que podría ocurrirle. Pero no podía negarse, pues Manuel contaba con él por haber dicho que conocía la región. Como continuando la conversación y tratando de resaltar la confianza que tenía en su personal, Manuel añadió: los que roban no son los indios, rarísimo es el indio ladrón. Ellos huyen por regresar a su caserío, por recobrar su libertad y no seguir soportando maltratos y no llevan ni su machete. La gente que roba es la mestiza, la que viene de fuera; lo malo es que a veces les sale mal el cálculo, porque si los encuentran sus perseguidores, los regresan a la fuerza y hasta… se asegura que los matan.
Cedeño escuchaba atentamente. Era un aventurero que había huido de la justicia de Cali; vago, alcohólico, mujeriego, jugador de pocilga, una madrugada tuvo una reyerta al ser descubierto haciendo trampa y en la pelea mató a su contrincante. Su fuga fue un alivio para su mujer y dos pequeñas hijas, que miserablemente se sostenían con el trabajo de ella; el solo les daba maltratos y hasta quitaba a su mujer lo poco que ganaba para sus juergas y el juego. Poco le importó abandonarlas y se refugió en Popayán, pero fue descubierto y siguió huyendo. Por los más solitarios caminos llegó a Pasto; su poco apego al trabajo y la necesidad de subsistir lo llevaron a los atracos y en uno de ellos, al encontrar resistencia volvió a matar. Huyendo nuevamente llegó a un naciente poblado a orillas del Putumayo: puerto Asís, donde se dio con dos tipos de la misma calaña, que estaban planeando bajar por el río, atraídos por la noticia del enriquecimiento fácil con el caucho que se extraía en la región y arrastraba a cuantos estaban dispuestos a sortear cualquier peligro. Robaron una embarcación para bajar en ella y después de muchas penalidades llegaron a la boca del río Caraparaná, donde tomaron informes y lo surcaron en busca de los campamentos de una empresa cauchera.

martes, 18 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

La fiesta continuaba en la mayor animación, el tiempo se deslizaba insensiblemente dejando satisfacción, alegría y los efectos del licor en los que bebían en abundancia. Cerca de medianoche la fiesta estaba en su apogeo dentro y fuera del salón. Un grupo del personal de Manuel que había asistido, al no poder alternar con las damas y los patrones, se había reunido en un ángulo del patio delantero a comer y beber, hablaban a grandes voces, se embromaban, reían. Uno de ellos fue en busca de una guitarra y cuando regresó fue recibido con aplausos. Empezó a bordonear.
- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento.
- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro.
- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó:

Siñor entendente
yo vingo a quijarme
porqui me maredo
no duirme conmego

Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor:

Siñor entendente
ista mojir miente
yo duirmo con ella
ella no me siente.
Alalau alalau me lamparen
no tiene micha ni kirosin

Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno.
- ¡Salud! - le dijo.
Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante.
-Vocé náo gosta da festa.
- ¡No! - contestó secamente
- Enton que faz aquí.
- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo:
- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano.
- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro.
- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón?
Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era,
- ¡Bon! - dijo y empezó:

Camaleáo foi a dança
sem colete, pé no cháo
e fama de gran dançador,
mais a primeira cuadrilha
o rabo se atrapalho.

Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló:
-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar?
- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí!
El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir:
- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar.
Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror.
- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño.
Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado.
- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar.
Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar:
- ¡Náo tenho faca!
Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte.
La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa:
- ¡Suelta el cuchillo!
El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta.
- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole.
- ¡Maldición! - rugió.
No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima.
- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó.
Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz.
- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado.
Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó:
- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta
En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó.
- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado.
Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo:
- Tengo mucho gusto en conocerlo.

Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo:
- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar.
Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar.
- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir.
Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial.
- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo.
- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más.
- ¿Qué?
- No sé... sólo lo sabré encontrándolo.
- ¿Dónde?
- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas.
Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes.
El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído.
Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán.
- Roberto Ríos señor.
Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida.
- ¿De dónde vienes?
- Acabo de llegar de Moyobamba.
- ¿Quieres trabajar?
- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos.
- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue.
Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó.
- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana.
- ¿Cómo te llamas?
- Emilio Wesche.
Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban.
Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos.
- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá?
- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce.
Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos.

- Del mismo modo señor Pinedo.
- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja.
- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba.
- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos.
Una expresión nasal muy típica inició la respuesta.
- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá
- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola.
Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla.
- ¡Qué pena! - se condolió María le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa.
- A sus ordenes señorita.
Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos.
- Igualmente joven.
Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente.
- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura.
- Está bien señor Pinedo.
- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos.
La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.

martes, 11 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO II

UNA FIESTA DE QUINCE AÑOS, UN INVITADO OPORTUNO Y UN FLECHAZO DE CUPIDO

Tres hombres subían la empinada cuesta del puerto. Las luces del barco acoderado a él la iluminaban a cada paso más débilmente e iban siendo reemplazadas por la de un farol que llevaba el que iba adelante, descalzo, con los pantalones enrollados hasta las pantorrillas con soltura y firmeza, pero lentamente, por volverse a mirar a los otros; uno vestido con más elegancia que el otro, ambos apoyándose mutuamente, tratando de eludir los pequeños charcos que había formado una copiosa lluvia y tentando los movedizos trozos de madera que servían de peldaños, antes de afirmar sus brillantes zapatos de charol.
La noche era oscura, pero se veía bajísimas y blancas nubes que pasaban velozmente como volantes tules a merced del viento. Solo se oía el zumbido de las máquinas del barco, el rumor de la gente y por distintos lados el monótono croar de los sapos, que subía y bajaba o se acallaba, como obedeciendo la batuta de un director de orquesta. Llegaron a lo alto de la cuesta y se detuvieron.
- Trae tu luz, Macuyama - dijo uno de los caballeros - Dame el trapo que has traído.
El aludido obedeció, se sacó del bolsillo un trozo de tela y se lo entregó. Con todo cuidado, uno después del otro, los personajes se limpiaron las salpicaduras de fango de los zapatos a la luz del farol.
- Bueno - dijo el que lo hizo en segundo término con acento de satisfacción y tirando el trapo - ya puedes regresar a bordo.
Rompiendo la oscuridad se veía un ancho y enarenado sendero, especialmente preparado, que conducía al pueblo; más lejos los faroles de luz pública, pendientes de postes largamente distanciados, iluminaban a trechos el camino y más allá, las borrosas siluetas de las primeras casas. Se encaminaron a ellas sin encontrar transeúntes; la lluvia que torrencialmente había caído toda la mañana, enfrió la tarde y entristeció la noche, confinando a los pobladores en sus hogares.
Aquella misma tarde habían llegado de Iquitos con otros amigos y sus esposas, en el barco que estaba en el puerto, atendiendo a la invitación a una fiesta que daba Manuel Pinedo, prominente hombre de negocios del pueblo, quién, tan pronto como llegaron, acudió a darles la bienvenida y confirmarles la cita para las nueve de la noche. Eran los últimos y estaban sobre la hora.
Caminando con cuidado para no volver a ensuciar los zapatos llegaron a las primeras casas. Era un pueblo naciente que pugnaba por salir de caserío; las casas de quincha y hojas de palmera estaban siendo reemplazadas por otras de ladrillo o madera, con techos de tejas o calamina, terminadas unas, en construcción otras, delineando las futuras calles. Algunos baldíos rompían su continuidad. De las abiertas puertas de algunas casas escapaba la luz de los candiles, otras estaban a oscuras, pero fuera, en el pasadizo de tierra apisonada contenida por largos maderos redondos, que hacia de acera, varias personas sentadas en sillas o mecedoras, mantenían animada conversación, aprovechando la luz de un cercano farol público.
- ¡Buenas noches!... ¡Con permiso!
Saludaban al pasar por entre el grupo o se salían de la acera para no interrumpir la tertulia callejera. Los de ésta parecían no darse cuenta de la incomodidad que provocaban.
- ¡Buenas noches!... ¡Pase usted!
Los caballeros parecían continuar una conversación.
¡Qué loco es Manuel!... ¡Fletar una lancha para hacernos venir desde Iquitos sólo para asistir a una fiesta de cumpleaños!
- De esas tiene. Todas las cosas las toma de una manera muy especial, con calor, con entusiasmo, casi con sentimentalismo… y lo mismo es en sus negocios.
- Pero aunque se trate del cumpleaños de su hija me parece exagerado. ¡Todos los años se cumple uno más!
- ¡No, Samuel!... No todos los años se cumple quince. Ese ya es un motivo importante, además es su única hija y parece que definitivamente, porque mi comadre María no ha vuelto a responder al llamado de Manuel, y por último, ¡Qué caray!... ¡Como tiene mucha plata quiere tirarla! No sé por qué se me ocurre que de repente empieza a repartirla entre su gente y sus amigos...
- De todos modos tener mucha plata no es razón para hacer locuras, aunque si llegara a hacer lo que dices... ¡Ojalá nos toque algo!... ¡Mira Ponciano!... ¡Qué iluminación!
Samuel era judío y su atávica mentalidad no podía comprender el desprendimiento y la generosidad, menos aún los goces y satisfacciones que tales sentimientos proporcionan. Habían llegado a una esquina y al girar vieron una iluminación realmente extraordinaria para un naciente pueblo de la época. A la mitad de la hilera de casas estaba la de Manuel Pinedo; guirnaldas de faroles de papel de color en varías líneas hasta la calle, daban la impresión de caprichosos arco iris nocturnos. Un amplio patio precedía a la construcción, una especie de jardín con cerca de madera, espacios verdes, algunos altos rosales y anchas veredas, cuyo piso estaba hecho con botellas vacías de barro enlozado, prendidas boca abajo, cuidadosamente niveladas, haciendo raros y desiguales dibujos. Algunos curiosos en la calle miraban el desarrollo de la fiesta, otros parecía estar esperando el momento propicio para ingresar. En el patio, cuya entrada estaba en el centro y una recta y ancha vereda la unía a la puerta principal, dividiéndolo en dos, había muchas personas conversando en grupos o sentadas en sillas de las llamadas de Viena, alrededor de mesas de mármol o en bancos y taburetes en torno a otras de madera, unos con trajes elegantes, otros vestidos corrientemente, pero todos con botellas de licor, bandejas de tamales, finísimas galletas y bombones, que estaban disfrutando.
Ponciano y Samuel ingresaron al patio, al verlos se les acercaron con grandes manifestaciones de alegría.
- ¡Ponciano! ... ¡Samuel!
- ¡Queridos amigos!
- ¡Cuánto tiempo sin vernos!
- ¿Cómo está tu familia?
- ¿Has querido dejar Sarapanga?
Y se estrechaban en fuertes y efusivos abrazos.
- ¡Cómo íbamos a desairar la invitación de Manuel!... ¡Sobre todo si nos manda una lancha!... ¡Hemos creído que Caballo Cocha se está hundiendo otra vez! - estalló Samuel en carcajadas.
- Parece que de todos modos vamos a hundirlo festejando el cumpleaños de mi ahijada, pero Manuel está descontento porque mi mujer no ha venido - aclaró Ponciano - No ha podido la pobre porque ha tenido su hijo y el “huahua” está medio enfermito. He tratado de hacerle comprender, pero no quiere perdonarme y me ha dicho que si hubiera tiempo me haría regresar a traerle a doña Emma con todos sus hijos... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡Este Manuel! - concluyó riendo. Una ancha puerta les dio entrada a un gran salón de pulido piso de cedro; dos puertas laterales daban a otras habitaciones y una tercera más ancha, opuesta a la entrada, con grandes cortinas plegadas, daba a otro salón que terminaba en un balcón a todo lo ancho, del que descendían dos anchas escaleras de tres peldaños a otro patio de las mismas características que el delantero e igualmente iluminado, en el que también había muchas personas.
Los salones estaban iluminados por lámparas de querosene en elegantes arañas de cristal y bronce, colgando del cielo raso forrado de tela pintada y en repisas adosadas a las paredes, también de madera. En todo el rededor de ambos salones, estrecha y ordenadamente colocados había sillones, sofás y sillas del mismo tipo y diferentes modelos y en un ángulo del salón principal un piano Dorner de media cola; el pianista sentado en el taburete y a cada lado suyo dos violinistas con su respectivo instrumento, dando frente a un atril y al centro del salón.
En los salones no había mucha gente. Las damas, algunas vestían elegantes trajes europeos discretamente escotados y lucían joyas y brillantes que refulgían a cada uno de sus movimientos; el calor que subía a medida que llegaban los invitados, les daba oportunidad de exhibir finos abanicos. Los caballeros, varios de ellos con elegantes trajes de casimir de corte europeo, también lucían valiosas joyas y botones de oro en la camisa.
Cuando entraron Samuel y Ponciano acababan los músicos una pieza, los caballeros que habían estado bailando condujeron a su respectiva pareja a su asiento y luego de una reverencia se retiraron para agruparse a conversar en los huecos de las puertas y en el centro del salón; Pinedo estaba entre estos. Alto, robusto y bien proporcionado, vestía un traje de casimir oscuro, en el chaleco, de un bolsillo a otro, pasaba una gruesa cadena de oro; sobre la corbata, de angostas rayas azules y blancas, lucía un prendedor de oro con un brillante de grueso tamaño, cuyos destellos destacaban las finas bastas de la reluciente pechera y en la solapa del saco se le veía una diminuta composición de un compás y una escuadra de oro. En su semblante agradable, de tez casi blanca que el inclemente sol de la selva había bronceado, sus ojos de franco mirar parecían querer dejar leer su pensamiento y buscar lo grato de sus interlocutores; las duras líneas de su mandíbula indicaban la firmeza de su carácter, haciendo contraste con sus delgados labios prontos a sonreír.
Al verlos entrar fue a su encuentro, cogiéndoles por un brazo se acercó al grupo y anunció:
- Caballeros, aquí están dos de mis grandes amigos, la reunión no hubiera estado completa sin ellos, además ¿Qué habría pensado mi hija si su padrino no estaba presente para celebrar sus quince años?
Una dama que conversaba en un grupo de ellas en un ángulo del salón, pidió permiso y presurosa se acercó.
- María - dijo Manuel cogiéndola de la mano - aquí está el compadre Ponciano, ¿No es verdad que le agradecemos la molestia que le significa venir de tan lejos a nuestra humilde casa a festejar a su ahijada?
- Sí, Manuel, un caballero como el compadre Ponciano sabe estar con los amigos en los momentos indicados - extendiendo las dos manos cogió la que le ofrecía Ponciano y estrechándola efusivamente agregó - ¡Quisiera Dios que siempre pudieran estar juntos y ojalá en el trabajo que tienen también lo estuvieran, para ayudarse en los peligros y protegerse de los enemigos!
- ¡Pero mujer! - interrumpió Manuel - nosotros no queremos ningún sermón... ¡Hoy es noche de fiesta y alegría!.. Olvida las preocupaciones y busca a tu hija.
María pidió permiso y se retiró mirando a uno y otro lado. Estaría próxima a los cuarenta, una cabeza más baja que Manuel, ligeramente cargada de carnes, pero vivísima en sus movimientos y ademanes. En su piel se habían fundido los rasgos y el color del puro español y las duras líneas del cobrizo indígena, dando a su fisonomía más atractivo que belleza. Sus ojos, cuya negrura parecía ocultar deliberadamente su pensamiento, miraban con penetrante frialdad, tratando de hundirse en el de quien le estaba hablando. Su voz tenía timbre metálico y disimulado énfasis de mando, trataba de hacerse oír con amables expresiones notablemente rebuscadas, pues su educación no había sido completa; su matrimonio con Manuel, sus relaciones, su trato y maneras la habían enseñado mucho, pero seguía insegura de si misma.
Vestía con ostentosa elegancia un traje de terciopelo azul con lentejuelas, de una gruesa cadena de oro pendía sobre su turgente busto un medallón del mismo metal, en cuya tapa se notaba un monograma con las iniciales de Pinedo; aretes de brillantes colgaban de sus lóbulos y una sortija, en su anular derecho, fulgía cuando movía la mano con el abanico.
La orquesta tocó un vals vienés, los caballeros acudieron en busca de su dama y el salón se llenó de parejas que empezaron a circular del brazo y luego, en orden sucesivo, se lanzaron a bailar vertiginosamente.
Los del patio delantero, seguían bebiendo y disfrutando de los manjares, otros asomados a las ventanas, miraban bailar y algunos discutían sobre remesas de caucho, cuentas de peones, gente que llegaba de remotos lugares, fortunas que nacían.
En el jardín interior un grupo de chicas festejaban alegre y ruidosamente las palabras de un joven elegantemente vestido, llegado de Europa, donde estaba estudiando. María se acercó y se hizo un respetuoso silencio.
- ¿Qué cuentas, Antonio, que tanta gracia hace a estas chicas?
- Es... algo de París, doña Maria... lo difícil que es hacer comprender a los franceses cómo los peruanos podemos llegar a Francia directamente por el Atlántico estando el Perú en el Pacífico - disimuló el joven porque lo que estaba contando era anécdotas de humor picaresco, que doña Maria hubiera juzgado pecaminoso para los inocentes oídos de las chicas. La hija de los esposos Pinedo estaba entre ellas.
- Disculpen las niñas, ven Teresa, ha llegado tu padrino y debes saludarlo.
Esbelta, de regular estatura, un capullo de mujer abriéndose a la vida con prometedora exuberancia, lucía los quince años con creces. Ojos negros y brillantes iluminando rasgos de remoto mestizaje en el marco de una cabellera negrísima y umbrosa, que se juntaba en dos trenzas que le llegaban a la cintura. No se podía decir que era bella, pero irradiaba la irresistible atracción de la juventud, de un diáfano y dulce mirar, de entreabiertos y húmedos labios en una boca sonriente, pronta a expresar asentimiento, ansiosa de mostrar afecto. Vestía con sencillez y la única joya que lucía era un par de aretes de oro con menudas piedrecillas. Se cogió del brazo de su madre mirando con picardía al joven y las chicas.
- Ya vuelvo – dijo - espérenme para continuar el cuento.
La pieza había terminado. Al verlas los caballeros se abrieron para darles lugar, Teresa, con los brazos abiertos se dirigió a Ponciano, quien la recibió en los suyos diciendo:
- ¡Que los cumplas muy felices Teresita!, en este abrazo va también el de tu madrina y ambos deseamos que la felicidad te sonría en todos los días de tu vida.
- Entonces más apretado padrino, muchas gracias, especialmente por su presencia, que es el mejor regalo que he tenido.
- Bueno, bueno… pero también te mandamos otro regalito... ¿no lo has recibido?
- Si, padrino, muy bonito, lo he guardado para que usted me lo ponga con sus propias manos. Voy a traerlo, con permiso.
Se dirigió con prisa a una de las habitaciones laterales y casi inmediatamente volvió con un estuche que puso en las manos de Ponciano, éste lo abrió y extrajo un collar de dos hileras de perlas, que lo exhibió entre los circunstantes, quienes rompieron en aplausos y felicitaciones a una y otro. Ponciano la cogió suavemente por un hombro, la hizo dar vuelta delante de él y pasándole el collar por el cuello lo engarzó, la hizo volverse nuevamente y tomándola por las mejillas le estampé un sonoro beso en la frente.
Como para darle marco musical al incidente la orquesta atacó otra pieza, Ponciano enlazó a su ahijada del brazo e inició el paseo, al que se sumaron otras parejas, que luego empezaron a bailar al compás de la música.
- Es mi primer baile, padrino. Usted me disculpará que no lo haga bien.
- Ya veremos, pero ustedes las mujeres parece que tienen el ritmo en el cuerpo o nacen sabiendo bailar.
Terminó la música, se deshicieron las parejas, se agradecieron mutuamente y Teresa, que estaba ansiosa de volver a su grupo, pidió permiso a su padrino y fue en su busca. Ponciano se junto a Manuel y los otros caballeros y continuaron conversando; otra vez caucho, cuentas, peones, “manchales” vírgenes...
- De modo que tienes nuevas estradas en el Algodón... ¿No crees que te estás alejando mucho de Caballo Cocha que es tu centro de operaciones?
- ¡No!... Hay un “varadero” que acorta el camino del Ampiyacu al Algodón.
- No es eso lo que quiero decirte, sino que te estás acercando a las zonas de trabajo del Putumayo, donde hay gente con métodos de trabajo muy discutidos.
- No tendré problemas si mi personal no sale de mis estradas. Esa gente sólo se preocupa de no perder su personal de indios y no metiéndome con ellos evito líos y problemas.
- Pero hay capataces de una poderosa empresa que no respetan la propiedad de nadie, se creen dueños de todo y llevan a los pobres indios a trabajar en estradas ajenas, nada les importa con tal de hacerles sacar mayor cantidad de producto. Y los indios obedecen por miedo.
- Yo pienso que en todo eso que se dice hay mucha exageración.
- ¡No, Manuel!... Se han hecho muchas denuncias y publicaciones que acusan a esos de atrocidades que cometen con los indios: flagelos, torturas y hasta asesinatos, para dominarlos por el terror.
- Yo dudo de todo eso, no creo en tanta maldad. Seguramente no es más que la envidia que despierta el poderío que ha adquirido esa empresa.
- Debes tener mucho cuidado, Pinedo. Tú eres muy confiado, no conoces a la gente y te dejas convencer fácilmente.
- Estás equivocado, tengo buena información. Ya lo tengo todo listo para ir al Algodón, también un capataz que ha estado en el Putumayo, y conoce el Algodón porque ha estado allí, tuvo que salir por enfermedad y cuando regresó ya no le aceptaron.
- Y tú ¿lo conoces?... ¿Sabes de dónde es?... Esa gente que sale del Putumayo no es de confiar, son ladrones o huidos.

sábado, 8 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

- ¿Y de dónde has sacado ese diente?
- El lagarto le ha agarrado a un muchacho en la playa y le ha comido, su madre ha querido quemarle para que el alma de su hijo no se quede en el agua y se convierta en “yacuruna” y para agarrarle yo le he puesto una trampa envolviendo tripa en una topa, para que cuando muerda no pueda cerrar su boca y se ahogue. Le hemos sacado, le hemos quemado y yo le he arrancado sus dientes para “curarles” y sirvan de contra para la mala suerte. El joven me ha salvado por el diente.
- Entonces ya no te vas a salvar de ningún peligro porque ya no tienes el diente - comentó Swayne siempre en tono de burla.
- No creas señor. Yo tengo muchas cosas para contra de la mala suerte y de los peligros.
Uno de los marineros que estaba al lado de Swayne le tocó el hombro y en voz baja le dijo:
- Primero, no le digas nada, este hombre es brujo, yo le conozco, es don Marcelino Olla.
- ¡Bah! - le contestó en tono despectivo - esas son tonterías.
En tanto el viento y la lluvia habían disminuido notablemente, aunque la turbonada persistía en su violencia. El comandante del barco, Celso Prieto, mandó subir a Swayne para preguntarle qué se podía hacer para remediar la avería y seguir navegando. Se pusieron de acuerdo y el maquinista tomó acción; ordenó a uno de los fogoneros que se metiera al río a examinar el daño; éste se ató una cuerda a la cintura, dejó el extremo a un compañero, bajó por la popa, buceó brevemente y saliendo a flote gritó:
- ¡Primero!... ¡Están quebradas dos paletas!
- ¡Qué barbaridad! - Exclamó el maquinista - ¿Intermedias o seguidas? - preguntó.
- ¡Seguidas, primero!
- Con razón sacudía tanto la máquina -comentó con disgusto- bueno... ¡sube ya! -y dirigiéndose al segundo maquinista, continúe- felizmente tenemos dos paletas de repuesto, ¿crees Roberto que podríamos cambiarlas aquí?
- ¿Aquí?... así nomás es peligroso y por el barranco no se puede “encabuzar”... tú sabes que una paleta pesa como cien kilos.
- ¡Ciento treinta! -corrigió Swayne
Y se quedó pensando ante la mirada interrogante del comandante que había bajado, y de otros, interesados en conocer la magnitud de la avería. De pronto preguntó:
- ¿Quedará lejos ese puerto que estaba buscando Soria?
- Vamos a preguntarle - dijo el comandante - mandándolo llamar con uno de los marineros.
Marcelino que ya había exprimido sus ropas, a no ser por el vendaje que le cubría la frente, no daba muestras de haber sufrido daño, intervino.
- Señor, “aquisito” es mi puerto y no es barranco.
Llegó el práctico y confirmó lo dicho por Marcelino, agregando:
- A toda fuerza llegaríamos en media hora, pero como creo que no se puede andar así... tal vez en una hora.
- ¿Qué dices Swayne?... ¿Podemos navegar a media fuerza?
- ¡Sí! A media fuerza no hay ningún peligro, y aunque llegáramos al mediodía, trabajando toda la noche… mañana puede estar lista la hélice -y mirando socarronamente a Marcelino agregó- todo nos tiene que salir bien porque Roberto es quien va a hacer el trabajo y tiene el diente de lagarto - terminó riendo.
Algunos rieron levemente, otros permanecieron serios, Roberto impasible. Marcelino lo miró con ojos que parecía decir: - ¡Pobre hombre!... ¡No puedes darte cuenta de que estás equivocado! - y hablando suavemente le dijo:
- Yo quisiera para que te convenzas, hacerte ver cosas que nunca has visto y sentir cosas que nunca has sentido, pero que están dentro de ti; hacerte ver cómo eres y qué es lo que más te gusta en la vida. Si eres malo has de ver cosas malas, si eres bueno has de gozar de cosas buenas, las que más te gustan. Yo sé que eres bueno, pero no crees lo que te digo. Si quieres, ahí en mi puesto, donde van a arreglar tu máquina, puedo hacerte ver esas cosas.
La inspección había terminado, el comandante subió al puente, el telégrafo de la sala de máquinas pidió atención, la navegación iba a reanudarse.
- Espérame un momento -le dijo Swayne- voy a hacer la maniobra, después vamos a seguir conversando.
En menos de diez minutos empezó a navegar el barco. El mismo Swayne fue aumentando la rotación de la maquina hasta la que le pareció prudente; por la tubería acústica habló al puente.
- ¡Comandante!... ¡No podemos darle más fuerza!
- Así está bien.
Casi todos se habían alejado a sus ocupaciones, Swayne buscó a Marcelino, sus últimas palabras le habían despertado incomprensible curiosidad, para no referirse a ellas le preguntó:
- ¿Qué fue lo que les pasó? ¿Cómo se atrevieron a viajar con semejante tormenta?
- Nosotros salimos de Iquitos antes de la tempestad, a media noche, pensando llegar a mi puesto al amanecer, siempre hacemos así, pero esta vez hemos tenido mala suerte porque de repente se ha formado la tempestad, se ha levantado el viento y la turbonada nos ha hecho “virar”. Más de dos horas hemos bajado así y si no es por ustedes... ¡Dónde hubiéramos ido a parar! Ahora vas a conocer mi puesto. ¿Te acuerdas lo que te he dicho? Si te animas dime nomás, no te va a costar nada. Están esperándome en mi casa para darles una “purga”, vas a ver cómo les convido y si quieres a ti también te convido.
- ¿Es un purgante lo que les vas a dar?
- No señor. Es “ayahuasca” con sus preparados. Nosotros le llamamos purga, pero no hace mal, al contrario, te quita todo tu mal, te limpia y te hace gozar.
- ¿Y dónde has aprendido todo eso? ¿Tú has nacido en el monte?
- Yo soy de Iquitos, pero “desde mi muchacho” he vivido con sus “infieles” de mi padre, aquí en mi puesto. Con ellos me he “internado” al centro y allí he aprendido muchas cosas del monte y del agua.
- Te has hecho brujo.
- Así nos dicen, pero somos médicos porque curamos con medicinas vegetales. Los enfermos nos buscan cuando los doctores ya no pueden curarles.
- ¿Y ustedes...los curan?
- A veces ya no se puede cuando su mal tiene mucho tiempo, pero les hacemos calmar sus dolores.
El marinero que previno a Swayne contra el brujo se había acercado tratando de no hacerse notar y escuchaba la conversación, Marcelino se dio cuenta y dando un pretexto se retira; Swayne lo siguió con la mirada, extrañamente impresionado por el acento que ponía en sus palabras, llenas de profunda y contagiosa convicción. El marinero que lo estaba observando le dijo:
- Primero, has de tener cuidado con este hombre, es bien conocido como brujo, convida ayahuasca, les “icara”, les “chupa”, les da purgas a los enfermos para sanarles, pero dicen que también “cutipa” y hace daño con sus “virotes” poniéndoles resinas malignas -- riendo agregó - y también es un pendejo, porque cuando las mujeres le piden “pusangas” les hace venir a su puesto y allí aprovecha... ¡Cómo quizás les hace caer!... O tal vez les hace a la fuerza porque sabe que no le van a contar a nadie de vergüenza.
- Y tú ¿cómo sabes todo eso?
- Porque mi cuñada ha sido su empleada de un señor que le ha dejado a su mujer para meterse con otra y su mujer, para hacerle “asquear” a la otra le ha pedido a don Marcelino que le prepare una pusanga; entonces don Marcelino le ha dicho que tiene que venir a su puesto trayendo cualquier ropa de la otra mujer y ella ha venido con mi cuñada para que le acompañe. Les ha llevado a un tambo lejos y allí ha sido todo... ¡Hasta a mí cuñada le ha aprovechado! Después ha parecido preñada “siendo” mi hermano en viaje. Cuando ha regresado y le ha encontrado así se ha “calentado”, le ha pegado su pateadura y le ha botado a la calle.
-Qué tal don Marcelino! - exclamó Swayne riendo.
Mucho antes del mediodía llegaron al puesto de Marcelino. Este subió al puente para arreglar con el comandante el pago de los pasajes, pero le dijo que no debía nada; para serle grato le ofreció sin costo leña que tenía en grandes hileras, para vender como combustible a los barcos.
- Ya no necesitamos leña porque en seis horas llegaremos a Iquitos.
Desconcertado por el desinterés se quedó mirándolo y preguntándose mentalmente como podría mostrarle su gratitud.
- Bueno comandante - dijo al fin - no quieres cobrarme ni aceptar mi leña, pero no me vas a desairar un regalito.
- Si no hay otro remedio - le contestó riendo.
- Hasta luego entonces.
Acoderó el barco y fue el primero en saltar a tierra con sus acompañantes. El primer maquinista impartió las órdenes para iniciar el trabajo; dispusieron el barco con la popa hacia el puerto y la proa hacia el centro del río, pasaron la carga de popa a proa y llenaron de agua el pañol de cadenas. La proa bajó notablemente y la popa se alzó, dejando la hélice casi a nivel del río. Todos trabajaban con febril actividad.
No tardó Marcelino en regresar con dos hombres que cargaban una larga cañabrava introducida por entre las amarradas patas de veinte gallinas que colgaban de ella; las hizo depositar sobre cubierta y subió en busca del, comandante.
- Señor - le dijo - te he traído unas gallinitas, mis muchachos están cogiendo frutas que también van a traer y han agarrado un torete para matarle y de él te voy a mandar la mitad.
- ¡Oye, oye! - le interrumpió Prieto - eso ya no es un regalito, son muchos regalos y no quiero que te estés afanando más. Lo que has traído será para toda la tripulación.
- Tú señor, has de ver qué vas a hacer, yo te doy mi voluntad, para don Roberto también estoy preparando algunas cositas.
Y con el pretexto de ver el trabajo bajó en busca de Swayne y Roberto, a quienes encontró, de pie en la orilla al primero y al otro metido casi hasta el cuello en el río, debajo de la popa del buque.
- ¿Ya acabas, amigo? - se dirigió a Roberto - He venido a avisarte que te van a traer algunas cositas para que hagas llegar a tu casa...
- ¡Pero hombre!... ¡Por qué! - protestó Roberto.
- Quiero que siempre te acuerdes de mí como yo me voy a acordar de ti - afirmó en tono concluyente y volviéndose a Swayne agregó - ¿Vas a trabajar esta noche señor?
- Bueno... quien está trabajando es el segundo maquinista… yo sólo miro ¿Por qué?
- ¿Te acuerdas señor lo que te he dicho? Esta noche voy a convidar su ayahuasca a esos que me están esperando, Si quieres a ti también te convido. Te va hacer bien y te va gustar.
- ¿A mí solo?
Si alguien quiere ir llévale nomás, pero que sea tu amigo. Yo hubiera querido que venga don Roberto, pero está trabajando.
- ¿A qué hora quieres que vayamos?
- A eso de las ocho te espero en mi tambo.
Swayne sintió que se le avivaba la curiosidad y se le despertaba el interés. Nacido en Lima, algo había oído en su medio de curanderos, de aplicación de medicinas vegetales caseras y hasta de filtros de amor, sin dar crédito a su eficacia. Calificaba de charlatanes a los que practicaban tales métodos e ignorantes a los que los aceptaban. La noticia de un mundo nuevo y extraño había llegado hasta él en fantásticos relatos de quienes volvían de la selva, región que se estaba abriendo al paso de la civilización: fuentes de riqueza al alcance de la mano en una verde inmensidad inhóspita y agresiva, fauna desconocida, desfigurada por la imaginación jactanciosa; salvajes indómitos que se oponían con flechas envenenadas y trampas mortales; asechanzas y traiciones maquinadas por la ambición de algunos caucheros inescrupulosos. Lo creyó una exageración y su predisposición a la aventura le impulsó a viajar para ver y comprobar tan impresionante vivencia. Al cabo de un año ya estaba hecho al ambiente, poco se le había escapado a su afán de información; oyó hablar de brujerías, plantas que causaban enfermedades y otras que las curaban, pusangas y afrodisíacos infalibles, cosas por el estilo, pero seguía sin darles crédito. No podía concebir que indígenas pintarrajeados, de torpe apariencia y ninguna personalidad fueran capaces de investigar y aplicar secretos de la naturaleza en beneficio o perjuicio de la vida humana. Son los más vivos que engañan a los más ignorantes – decía - pero se propuso aprovechar de esta oportunidad para comprobar tal engaño y acudió puntual a la cita acompañado del práctico Soria, atraído también por la curiosidad. Marcelino estaba esperando al pie de la escalera de su tambo, con un farol en la mano.
¡Vamos! - les dijo cuando se acercaron, con tono que más parecía una orden.
La noche no era muy oscura, pero el sendero que tomaron era tan angosto y los arbustos cercanos tan altos, que apenas se veían. Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar a un claro, en cuyo centro había un tambo a ras del suelo, cercado de ponas, con una sola puerta. Tocó Marcelino, alguien abrió y entraron dejando el farol en la puerta. El recinto, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba débilmente alumbrado por dos faroles colgados en ángulos opuestos; en el centro, en una mesa había una variedad de objetos raros iluminados por cinco velas, cuatro adheridas con su propia cera a los ángulos de la mesa y la otra en una palmatoria, sobre un tallo con apariencia de nervudo brazo amputado en el codo, colocado verticalmente con la mano tendida horizontalmente recibiendo la palmatoria. En torno al original candelabro había huesos, al parecer de animales, culebras y pájaros disecados, aquéllas enrolladas y con la cabeza levantada en actitud de ataque y éstos posados sobre trozos de ramas, como si estuvieran vivos; vasos y botellas, ollas de barro, “pates” de variados tamaño y un tamborcito. Unos cajones vacíos dispersos estaban arrimados al “emponado” que servía de pared, al lado opuesto, varias “llanchamas” extendidas parecían estar destinadas para lechos y en cuatro de ellas sentados otros tantos hombres. En el suelo, al pie de la mesa, ardían unos tizones sobre los cuales una ennegrecida olla de barro emanaba el vapor de algo que estaba hirviendo un muchacho indígena inmóvil junto a la mesa, parecía ser el ayudante y esperar órdenes. El calor era insoportable, el humo de los tizones enrarecía el ambiente y aumentaba la penumbra, las vagas sombras que proyectaban los cuerpos que se movían daban la impresión de fantasmas que se arrastraban en el lúgubre recinto. Marcelino se volvió a sus acompañantes y preguntó:
- ¿Quieren tomar la purga?
- Yo sólo quiero ver - contestó Swayne.
- Yo también - afirmó el otro.
- Mejor - apuntó Marcelino - Para que haga buen efecto la purga hay que “dietar” sal, dulce, condimento y mujer siquiera tres días. Siéntense pues y les señaló los cajones.
Se acercó a la mesa haciendo una señal al ayudante, éste tiró del cajón de la mesa y sacó de él un cuchillo y dos paquetes que puso sobre la mesa; abrió uno de ellos, cogió un trozo de tabaco en mazo, tomó el cuchillo, picó un poco, lo desmenuzó entre sus manos con cuidado, cogió del otro papel especial y con singular destreza lió varios cigarrillos que puso sobre la mesa. Mientras tanto Marcelino cogía uno de los “pates” grandes, vació en él todo el contenido de una de las botellas, luego, calculando cuidadosamente, llenó otro más pequeño con el de otros dos frascos, vació ambos en el agua que estaba hirviendo y lo agitó con una cuchara de palo. Cesó la ebullición, el ayudante avivó el fuego aventándolo con un abanico de largas plumas negras.
- ¿Qué es eso? - preguntó curioso Swayne.
- Ayahuasca. “Lei” agregado “catahua” y “chiricsanango” para darle más fuerza.
Cuando vio de nuevo hervir la pócima que estaba preparando, quitó la olla del fuego y la puso en la mesa, el ayudante retiró los tizones. Marcelino agitó con la cuchara el contenido de la olla, murmurando en voz baja algo que parecía un rezo o un conjuro, cogió cuatro “pates” pequeños y los acercó a la olla, se puso un cigarrillo en la boca, cogió un tizón, lo prendió y comenzó a fumar expeliendo grandes bocanadas; sacó varias cucharadas del brebaje, las vertió en uno de los “pates” y se lo dio al que estaba más cercano; luego hizo lo mismo con los demás, quienes lo sostuvieron en la mano, esperando, al parecer, una señal. Marcelino seguía fumando y empezó a pasearse delante de las “llanchamas”. De pronto comenzó a echarles a la cara el humo que expelía y con monótono ritmo, tono de lamento, acompañándose con suave batido del tamborcito cantó:

Manan imapas ruasinquinanchu
ayahuasca ampishunga
mariri manchac mariri,
mariri, mariri, mariri.

Interrumpiéndose para fumar y echarles el humo, mientras los pacientes a lentos sorbos bebían del brebaje. Continuaba el canto:

Manan imantapas manchacunancu
ayahuasca yanapashunga
mariri manchac mariri.
mariri, mariri, mariri.

Nuevamente paseos, humo a la cara y vuelta a beber. Seguía el canto:

Cusicusunchis causanichispi
ayahuasca jocoshunga
Mariri manchac mariri
mariri, mariri, mariri.

Otra vez humo a la cara, Otra vez la pócima y Marcelino a repetir la monótona canción.

Los pacientes estaban sudorosos y parecían agotados, a tanta repetición del soporífero canto se habían bebido todo el contenido de su respectivo pate y uno a uno fueron languideciendo, acostándose y quedando adormecidos, pero alternadamente empezaron a retorcerse y revolcarse entre suspiros, lamentos, palabras incoherentes, exclamaciones de angustia... El monótono cantar y el amodorrante batido del tamborcito no cesaba, Marcelino ya no les echaba humo del tabaco pero seguía paseándose frente a ellos mirándolos con atención; después de casi una hora de tan horripilante trance fueron aquietándose hasta quedar sumidos en profundo sueño. Marcelino se acercó a cada uno de los durmientes, inclinado muy cerca parecía hacerles preguntas en voz baja que contestaban en forma incomprensible, con acento de complacencia y satisfacción unos, de tristeza y angustia otros.
Swayne, que había seguido con profunda atención y curiosidad el proceso, no sabía qué pensar; reconocía algo de esotérico y sobrenatural en lo que estaba presenciando como efecto del brebaje, pero. ¿Y después?
- Déjame probar un poquito de ese menjunje - le pidió a Marcelino.
- No - le contestó rotundo - Te puede hacer daño sin su “icarada”.
Swayne miró la olla, vio que en el fondo quedaba algo de la extraña combinación y se sintió arrastrado por un irrefrenable impulso, la tentó, estaba fría; aprovechando que Marcelino estaba de espaldas introdujo la cuchara rápidamente y todo el contenido que recogió se lo puso en la boca y se lo tragó... sintió una picazón amarga y repugnante que a medida que iba pasando por su garganta se transformaba en una sensación de alivio, casi de placer... ¡Sólo es desagradable en la boca! - pensó - El práctico, que lo había visto tomarse la cucharada, en voz baja y con curiosidad le preguntó:
- ¿Feo es?
- No.
Todo había quedado en silencio sólo interrumpido por los ronquidos de algunos durmientes, Marcelino se paseaba delante de las llanchamas como velando su sueño, el aire se ponía cada vez más irrespirable por los humores que despedían los sudorosos cuerpos, Swayne sintió que ya no podía soportarlo y le dijo al práctico:
- ¡Vamonos ya!... Ya no hay nada que ver.
Sin contestarle se puso de pie y avanzó a la puerta, también sentía ahogarse, estaba mareado sin voluntad. Swayne tocó a Marcelino en el hombro.
- Ya nos vamos - le dijo.
- Bueno. Mañana vamos a conversar. Lleven el farol, no se vayan a “errar” en el camino.
Regresaron en silencio. Swayne se sentía bebido, con una gran pesadez en la cabeza y laxitud en el cuerpo. Llegaron al puerto pasada la medianoche y el trabajo continuaba; Swayne se acercó a Roberto y le dijo:
- Me siento mal, voy a acostarme.
- Vete nomás, no te preocupes, todo va bien. Terminaremos por la mañana y creo que antes del mediodía estaremos listos para navegar.
Subió y se tiró a la litera vestido. Le pareció dormirse inmediatamente, pero con un sueño en el que percibía cuanto estaba al alcance de su vista y de su oído, como sí estuviera despierto. Tuvo la sensación de estar sufriendo una pesadilla, hizo esfuerzos para despertar sin lograrlo, empezó a sentirse etéreo, flotando, en el aire entre inmensas y blandas nubes que podía palpar, envolverse en ellas como en una caricia de miles de manos suaves, que paseaban por su cuerpo, manos que al cogerlas se transformaban en cuerpo tibios, sedosos, que se juntaban al suyo tomando formas de mujer, a las que se abrazaba con deleite, con ansiedad de posesión... ¡ésta!... ¡la otra!...miles!... un desfile fantasmagórico interminable acicateando y colmando su deseo, introduciendo todo su ser a esas miles de formas de mujer, cuyas caras no veía, pero las imaginaba a su antojo, sumiéndose en un éxtasis de placer mil veces consumado, en un orgasmo inacabable, enloquecedor...Ya no quería despertar, quería seguir volando entre las flotantes nubes con formas de mujer, con caricias de mujer... ¡aunque tuviera que morir!... Perdió la idea del tiempo.
Vago, lejano, como un amargo lamento de la realidad, oyó los toques de campana que anunciaba las seis. Con un esfuerzo que le pareció doloroso trató de romper la telaraña de visiones que dulcemente le aprisionaba y abrió los ojos. La luz del sol entrando por la claraboya rompía la bruma del camarote; se sentó sin lograr disipar del todo la sensación de placer que lo estuvo dominando... ¿Qué me ha sucedido? - se preguntó - Poco a poco fue recobrándose como en un despertar corriente, pero no le parecía haber soñado lo que había visto y sentido, tenía la impresión de haber vivido el erotismo de las fantásticas visiones y haber sentido el placer de haberlas consumado. Apoyó la cabeza entre sus manos y quedó ensimismado tratando de encontrar una explicación. De repente recordó el brebaje que había ingerido... ¿Será posible que eso me haya producido todo esto?... ¿Será el poder del brujo o del brebaje?
Bajó y encontró que el trabajo había terminado. Roberto estaba dando las últimas disposiciones para achicar el agua del pañol y volver la carga a su sitio.
- ¿Ya te pasó el malestar? - le preguntó al verlo.
- No ha sido nada... ¿Y tú? debes estar cansado y muriéndote de sueño. ¡Déjalo ya y vete a dormir, me encargará del resto!
Unas horas después el buque estaba listo para zarpar. Marcelino, cumplió sus ofrecimientos y llegó cuando el comandante había tocado atención a las máquinas; subió al puente a despedirse de Prieto y reiterarle su agradecimiento, luego bajó en busca de Roberto, a quién encontró conversando con Swayne.
- He venido a agradecerte otra vez - le dijo - No te olvides lo que te he dicho: no te separes nunca de ese diente, ponle en tu cuello para que siempre estés protegido y salgas bien en todo. ¡Adiós, amigos! - y dirigiéndose a Swayne - Adiós señor, acuérdate que lo que has visto no son mentiras, ya te vas a convencer - dio un abrazo a cada uno y se fue.
Ambos le siguieron con la mirada, singularmente impresionados, Swayne por su reciente experiencia, Roberto por el énfasis de paternal cariño que puso en sus palabras, que parecían revelar ansiedad de prevenirle de algún peligro que lo amenazara. Extrajo del bolsillo el diente y largo rato lo miraron con curiosidad no exenta de aprensión
- ¿Crees Guillermo, que este diente pueda hacerme algún beneficio?
- Bueno… he oído hablar de cosas como ésta y... no sé... pero sino te hace ningún beneficio, no creo que te haga algún daño. Úsalo como te ha dicho este hombre singular... Aunque no sea más que como adorno.