sábado, 22 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO III

DOS HOMBRES DISTINTOS HACIA UN MISMO DESTINO

...no es posible tolerar semejante escándalo y menos su agresión a mano armada a un hombre indefenso. Dígale al señor Ramírez que le arregle su cuenta; si tiene saldo tráigala para ponerle el conforme y le pague y si no tiene... tráigala nomás para darla por cancelada - le decía Manuel al colombiano, al día siguiente de la fiesta.
- Pero don Manuel - suplicó Cedeño - yo estaba borracho, no sabía lo que estaba haciendo. El brasileño fue a molestarme, luego me dio un puñetazo que me rompió la boca ¡Mire usted! - le enseñó el labio roto - yo sólo quise defenderme porque tuve miedo de que sacara un puñal que siempre llevan los brasileños... No me despida don Manuel, estoy enfermo y no tengo plata para regresar a mi tierra. ¡Por Dios, don Manuel! aunque ya no sea como capataz, déjeme trabajar hasta tener un saldito...
- Anoche le dije que viniera a esperarme y no vino; si usted es mi empleado debe obedecer mis ordenes.
- Estaba borracho, don Manuel, yo no sabía lo que hacia...
Apareció un día en el campamento que tenía Manuel en la cabecera del Ampiyacu; una bolsa enjebada pequeña a medio llenar al hombro y un machete Collins metido por entre la correa del pantalón era todo lo que llevaba. Con paso inseguro y desconfiado mirar se acercó al tambo donde Manuel estaba haciendo entrega de aviamiento a su personal. Alguien dio la voz al verlo y todos se volvieron a mirarlo entre sorprendidos y cautelosos; un tipo de repulsiva apariencia, facciones duras y mirada torva, barba rala, crecida y descuidada, todo sucio de fango y emanando un penetrante olor de almizcle y grajo; sus gruesos labios y el apretado ensortijamiento de su corto cabello pregonaban su ascendencia africana;
su tez tostada por el sol tenia una palidez cadavérica producida por el paludismo.
Gente así aparecía con frecuencia; witotos o mestizos que huían de las posesiones gomeras de la poderosa Peruvian, donde era flagelados, torturados cuando no cumplían con la entrega de la cantidad de caucho, shiringa o jebe que les señalaban para un plazo determinado. La empresa, explotadora de grandes extensiones, se consideraba dueña no sólo de los gomales, sino también de los poblados indígenas imponiéndoles una verdadera esclavitud. Los capataces, gente de perversos instintos, excitados por la ambición, embrutecidos por el licor, dominaban por el terror a los nativos y trataban de impedir por cualquier medio, incluso el asesinato, que salieran de los dominios de la firma a donde pudieran ser denunciadas semejantes atrocidades. Los que lograban huir eran perseguidos y ultimados salvo cuando los encontraban enganchados con otro patrón, que se avenía a pagar supuestas cuentas contraídas por el indio, que no las quería pagar por “haragán”, “rebelde”, “ladrón” o cualquier otro defecto lapidario. En realidad era una venta solapada y el pobre indígena cambiaba de dueño.
- ¿Quién es usted?
- Me llamo Luís Cedeño, soy colombiano, vengo de la Chorrera, donde estuve trabajando; me enfermé, no pude trabajar y me botaron. He venido por el varadero del Algodón porque quiero llegar al Amazonas para ir al Brasil...Pero si usted me hiciera el favor de darme trabajo...
- Pero dice usted que está enfermo.
- Ya estoy así bien. Un indio me ha dado unas medicinas vegetales.
- ¿Qué es lo que tuvo?
- Tercianas. ¿Es usted el patrón?
Manuel pensó en su nuevo campamento del Algodón, en la necesidad de aumento de su personal. El tipo decía haber sido capataz y haber estado allí... Su aspecto era repulsivo, pero... tan largo y fatigoso viaje, las privaciones sufridas, la enfermedad que lo consumía lo habrían puesto en
ese estado...su mirada de sombríos reflejos parecía esconder turbios pensamientos... sin duda estaba inseguro, temeroso, desalentado.
Manuel era hombre de buenos sentimientos, poco dado a la desconfianza porque no creía en la maldad humana ni en la deslealtad. Una infancia feliz y una adolescencia sin problemas fue su entrada a la vida; hijo único de padres con bienes de fortuna, comodidades, relaciones, todo le había sonreído. Llegó a hombre con una agradable perspectiva del mundo, sin otra meta que aumentar sus bienes y gozar de la vida. Pero una noche su padre empezó a quejarse de agudos e intermitentes dolores en el estómago, cada vez más fuertes; le pusieron compresas en el vientre, le “sobaron” con “injundia” de gallina, le dieron un purgante para aligerarle el intestino... ¡Todo inútilmente!... Dos días después no había nada que hacer y apenas hubo tiempo para llamar al cura que le administró los últimos sacramentos. ¡Murió con cólicos! - dijeron los amigos. Nadie en su pueblo había oído hablar de la apendicitis...
La desgracia sumió a su madre y a él en profunda consternación. No había lenitivo para el dolor de la esposa; mortal tristeza, insomnio, inapetencia... - ¡Le está “cuyando” el difunto! - decían unas amigas -, “¡pulsario!” -afirmaban otras... Y se esmeraban en su cuidado y atención, prodigándole remedios caseros destinados a curarla. Manuel hacía cuanto le decían y nada escatimaba buscando alivio para el mal. Día a día fue languideciendo, Manuel no se apartó de su cabecera y vio opacarse el brillo de sus ojos como una luz que se alejaba lentamente, sumiéndolo en la oscuridad... Se resistía a creer que no fuera una horrible pesadilla perder a sus padres en tan breve tiempo, se encontró solo y abandonado, se sintió culpable de su impotencia, creyó enloquecer... ¿Qué daño había hecho para merecer tal castigo?... Pensó en la mala suerte, ¡No!... ¡Era el destino!... Y... ¿Qué le reservaba todavía? Olvidó su fortuna y sus comodidades, empezó a odiar a la Moyobamba de sus amores y quiso ahogar su dolor en la bebida, pero reaccionó a tiempo. El mundo es grande - se dijo - en él buscaré mi destino.
Un día hizo su última visita a la tumba de sus padres y luego fue a la capilla del Señor del Perdón, como quien estaba buscando una señal y dando una despedida; liquidó sus bienes, reunió todo su dinero, se lo metió en los bolsillos y abandonando mucho partió sin rumbo definido. Un pueblo, otro pueblo... y otro, hasta donde el impetuoso Huallaga le cerró el paso. ¡Shapaja! ... ¿Sería el final de su éxodo?
Tratando de disipar sus tristes recuerdos miraba desde la orilla el turbulento discurrir de las aguas que parecían invitarle a seguir su corriente que arrastraba las balsas que diariamente partían conduciendo ganado, aves, víveres, pasajeros.
- ¿Adónde van?
- ¡Adónde más!... ¡a Yurimaguas!
- ¿Quieres llevarme?
- Embárcate nomás. Dos soles cuesta el pasaje.
Sueltas las amarras la corriente arrastró los catorce palos de balsa sólidamente atados con fuertes y flexibles bejucos. En los extremos delanteros cuatro estacas incrustadas en los palos de balsa, haciendo ángulo en la parte superior, servían de chumaceras y en ellas, dos largos maderos redondos y pulidos, con dos palas de madera labrada atadas en sus extremos, servía de remos. En el centro un cerco cuadrado de palos del monte, con piso de cañas y hojas, sin ningún techo, encerraba la carga cubierta con hojas de plátano y el ganado. Un hombre en cada remo, con hábiles remadas guiaban la balsa.
- ¡Amárrense al corral!
Manuel imitó a los demás pasajeros sin preguntar por qué, pero la respuesta la tuvo en los acontecimientos.
- ¡Apúrense!
La balsa iba tomando velocidad, empezó a oírse como un prolongado y lejano trueno que rápidamente aumentaba en la intensidad; la balsa casi volaba hacia una masa espumosa que desprendía una nube de salpicaduras de agua con estruendo ensordecedor. Manuel se asustó, pero no tuvo tiempo ni para pensar en serenarse... la balsa se precipitó a un abismo rugiente que apagó los mugidos de terror de los toros y los lastimeros balidos de los carneros; se sintió hundido en el fragor y cubierto de agua; instintivamente retuvo la respiración un breve tiempo que le pareció una eternidad, emergió brevemente, volvió a hundirse y al fin... ¡A flote!... Volvió la vista. Se alejaba el imponente espectáculo: torrentes de agua que se estrellaban en violenta caída despedazándose interminablemente entre amenazantes peñascos escondidos entre olas y espuma y se elevaban en arremolinadas nubes...
- ¡Está creciendo el Huallaga!... ¡Bravo está el Estero!
- ¿Y si hubiéramos chocado contra esas piedras? - preguntó.
- ¡Nooo! ... - en tono de suficiencia - Nosotros sabemos por donde se pasa. El Chumía ha de estar peor.
- Más malo es el Vaquero. El Hilario se ha ahogado allí - acotó uno.
- Eso ha sido porque su balsa “ha sido” mal amarrada…
Fue su bautizo de peligro. Los demás rápidos ya no le impresionaron, pese a ser a cuál más peligroso y de una belleza imponente.
En Yurimaguas oyó por primera vez hablar del caucho, la shiringa, el jebe fino y otras gomas elásticas que se preparan con el látex de árboles de tipos determinados, que se encuentran en abundancia en la selva amazónica. Miles de hombres estaban dedicados a su extracción y preparación, no les arredraba las privaciones, las enfermedades, los felinos o las culebras, pues el producto extraído en meses de trabajo compensaba con creces su esfuerzo. ¡No se necesita dinero! - decían - pero sí tienes puedes ser patrón.
Siguió hasta Iquitos donde conoció a Ponciano, quien estaba dedicado a dicha explotación, tenía estradas y personal en el Samiria, y a Samuel que se dedicaba al comercio, importación de mercaderías y compra-venta de caucho. Era un intermediario. Éste, como buen judío estaba en su elemento y al saber que Manuel tenía dinero, lo convenció que se dedicara al comercio. Con tal mentor su camino hacia el éxito fue corto y fácil.
Empezó a viajar por sus negocios a Nauta, Caballo Cocha, caseríos y haciendas ribereñas en formación y pronto se hizo conocido por sus cualidades personales. En uno de esos viajes conoció en Nauta una joven, huérfana como él, poco antes llegada de Moyobamba con un tío; el saberse paisanos los unió y en sus conversaciones, añorando su tierra, comparando la turbidez del Amazonas con la limpidez del Mayo, recordado las motas de oro en el verde florido de los exuberantes naranjales, evocando nostálgicamente los dorados crepúsculos tragados por los cerros, en cuyas faldas reposaba custodiada por el imponente “Moro”, imperturbable guardián que anunciaba las lluvias coronándose de blancas nubes, nació el amor. Maria no era romántica, ni siquiera emotiva, pero Manuel, con un sentimentalismo a flor de piel, la elevaba a las regiones de la fantasía. Poco duró el noviazgo y se casaron en una sencilla ceremonia.
En Caballo Cocha hicieron su luna de miel, tan larga que fue decisiva para que se estableciera con su negocio. Seguía acariciando la idea de hacerse cauchero, pero no se decidía. Un encuentro accidental lo determinó un día que estaba en la loma del puerto de Caballo Cocha. Llegaba un batelón tan cargado que parecía entrarle agua por las bordas, un hombre, de pie en la proa, al llegar cerca de la orilla, de un salto pasó a ella y con prisa, casi corriendo, subió la cuesta. Le despertó curiosidad el esbelto cuerpo y la graciosa manera de moverse del tipo. Lo miró casi impertinentemente: facciones suaves en una tez tostada por el sol, sin asomo de barba, ojos negros y brillantes e indiscretos mechones que le escapaban del sombrero de paja toquilla que le cubría la cabeza...¡No!... ¡Ese talle!... ¡Ese pecho!... ¡Era mujer! Ésta, al ver la boca abierta de Manuel por la sorpresa del contraste, frunció el ceño y con voz gruesa y áspero acento de burla le dijo:
- ¡Tenga cuidado! no le vaya a dar el aire y se queda con la boca abierta para toda la vida - y siguió hacia el pueblo.
Era Patricia Lozano, mujer de gran personalidad, varonil y sin prejuicios, rara condición en esa época y en aquellos lares. Con tales cualidades no tuvo dificultad para dedicarse a la extracción de gomas haciendo compañía a su marido; viajaba con las comisiones, dirigía su personal, trabajaba con ellos en las estradas y sabia hacerse respetar con la firmeza de su carácter y alguna vez tuvo que hacerlo con su Winchester. Usaba pantalones por comodidad que se le hizo costumbre y aún llevando faldas en el pueblo, era una camisa de hombre la que vestía. La chismografía pueblerina la llamaba marimacho, pero nadie se atrevía a decírselo por respeto a sus arrestos. Poseía además una intuitiva habilidad para atender y curar enfermos y la aplicaba con acierto impulsada por su generosidad y amor al prójimo; adquirió más conocimientos y su renombre de curandera se propagó por toda la región.
Llegaron a ser grandes amigos y en sus conversaciones acerca de la explotación de las gomas, ella hablaba con tal calor y vehemencia de la forma como se procesaba el látex, desde la sangría del árbol hasta la transformación del lechoso liquido en una reluciente bola, haciendo pintoresca la dureza del trabajo, minimizando los peligros que había que afrontar y las privaciones que se sufría. Su mentalidad de vencedora, su contagiosa intrepidez, el éxito del que se ufanaba decidieron a Manuel a ampliar su negociación incursionando en el caucho.
Al enterarse María se sintió invadida de un extraño temor. Había oído hablar de pleitos entre patrones por la posesión de los gomales, de personas desaparecidas sin dejar rastro, de maltratos y torturas a los indios, de las represalias de estos por la persecución de que eran objeto y trató de disuadirlo, pero inútilmente. Manuel se había resuelto pensando en el futuro de su familia y el porvenir de sus hijos. Teresa ya había nacido. Su fortuna creció, pero no tuvo más hijos.

- Está bien. Tómese un descanso, pues debe estar muy agotado. ¡Juan! - llamó.
Se acercó un indio cocama a quien dijo señalando al colombiano: este señor va a trabajar con nosotros como capataz. Dale rancho e indícale donde ir a dormir.
Eran numerosos los peones que estaban en el campamento, algunos con su mujer, entre ellos Juan, que vivía en un tambo algo alejado y era peón de confianza. Cedeño comió con voraz apetito y pidió más, Juan vaciló porque no era costumbre, pues la ración era copiosa, pero el tono y gesto que puso en su demanda imponía obediencia, además era blanco y... ¡era capataz! Pero, como expresión de desagrado, no quiso llevárselo. Mandó a su mujer, que servía en la cocina, que llenara el tazón y se lo llevara; ésta, en silencio, se lo presentó a Cedeño. Ocultas sus formas de mujer por un tosco y holgado vestido, no se podía pensar en ella como tal, sin mirarla detenidamente: morena, con barbilla y pómulos de típicos y suaves rasgos indígenas, mirada sumisa de unos ojos que parecían mantenerse en permanente huida, boca esponjosa que acaso nunca habría sonreído ni dicho no. La miró con lúbricos ojos, extendió lentamente la mano para recibir el tazón y la siguió con la vista cuando se alejó con ondulante caminar.
Dos días después Manuel ordenó que se embarcaran en una canoa, Cedeño, otro capataz y cuatro peones y se hizo conducir surcando el río como media hora, hasta una quebrada a la que entraron; siguieron surcando hasta un recodo cerrado con altas y fuertes estacas que hacían un “tapaje” dentro del cual flotaban retenidas muchas bolas de caucho, jebe y shiringa. Manuel ordenó embarcarlas en la canoa.
- No las guardamos en el campamento para que no las vean los pasajeros - dijo a Cedeño, como instruyéndolo en sus futuras obligaciones.
- Pero no se va a poder llevar todas - comentó éste.
- No. Solo las que va a llevar la comisión de Panaifo. Después se llevará el resto para otra comisión.
- ¿No teme que le vayan a robar?
- No - contestó Manuel riendo - solo mi gente conoce este sitio y yo sé que ellos no me van a robar.
- ¿Cuánto personal tiene, don Manuel? - se interesó Cedeño.
- Ahora treinta y nueve hombres, con usted cuatro capataces. Pero voy a tomar más gente para la comisión que irá al Algodón, donde están abriendo un nuevo campamento. Usted que conoce esa región va a ir en ella.
Al oír que tenia que regresar a donde temía encontrar supuestos perseguidores, quedó en silencio pensando en lo que podría ocurrirle. Pero no podía negarse, pues Manuel contaba con él por haber dicho que conocía la región. Como continuando la conversación y tratando de resaltar la confianza que tenía en su personal, Manuel añadió: los que roban no son los indios, rarísimo es el indio ladrón. Ellos huyen por regresar a su caserío, por recobrar su libertad y no seguir soportando maltratos y no llevan ni su machete. La gente que roba es la mestiza, la que viene de fuera; lo malo es que a veces les sale mal el cálculo, porque si los encuentran sus perseguidores, los regresan a la fuerza y hasta… se asegura que los matan.
Cedeño escuchaba atentamente. Era un aventurero que había huido de la justicia de Cali; vago, alcohólico, mujeriego, jugador de pocilga, una madrugada tuvo una reyerta al ser descubierto haciendo trampa y en la pelea mató a su contrincante. Su fuga fue un alivio para su mujer y dos pequeñas hijas, que miserablemente se sostenían con el trabajo de ella; el solo les daba maltratos y hasta quitaba a su mujer lo poco que ganaba para sus juergas y el juego. Poco le importó abandonarlas y se refugió en Popayán, pero fue descubierto y siguió huyendo. Por los más solitarios caminos llegó a Pasto; su poco apego al trabajo y la necesidad de subsistir lo llevaron a los atracos y en uno de ellos, al encontrar resistencia volvió a matar. Huyendo nuevamente llegó a un naciente poblado a orillas del Putumayo: puerto Asís, donde se dio con dos tipos de la misma calaña, que estaban planeando bajar por el río, atraídos por la noticia del enriquecimiento fácil con el caucho que se extraía en la región y arrastraba a cuantos estaban dispuestos a sortear cualquier peligro. Robaron una embarcación para bajar en ella y después de muchas penalidades llegaron a la boca del río Caraparaná, donde tomaron informes y lo surcaron en busca de los campamentos de una empresa cauchera.

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