lunes, 14 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Morales pensó poco. No arriesgaba nada, tendría un sueldo seguro y sabía que era capaz de hacer todo lo que le mandara su nuevo patrón. Al día siguiente fue con la respuesta afirmativa, recibió un adelanto para comprar lo que necesitara, días después estaba en Caballo Cocha y más tarde en el recién abierto campamento del Ampiyacu: Soledad. Pronto se hizo el hombre de confianza de Manuel, quién encontró honradez, fidelidad y activa participación para salvar situaciones difíciles en el trabajo.
Las insinuaciones de Cedeño le hacían el efecto de una broma, resbalaban en su mentalidad de hombre ingenuo como hormigas que quisieran escalar un edificio de pulido cristal. La víspera de la llegada a Soledad, creyendo Cedeño, que Morales iría a quedarse, decidió hablarle con claridad; no concebía que hubiera ser humano que se resistiera a las ganancias fáciles y pensó que ofreciéndole - aunque no fuera a cumplirle - la mitad de todo lo que fuera a robar, no se negaría a colaborar. Le explicó su plan, que Morales escuchó asombrado, sumiéndose luego en profundo silencio. Cedeño pensó que lo había ganado y ese silencio era de reflexión, de cálculo, desconfianza de las promesas que le estaba haciendo. Al fin preguntó:
- ¿Qué dices?... ¿Te animas?
- No - le respondió con firmeza - ¡Que “ya vuelta” voy a hacer eso!... Don Manuel me paga para cuidar sus cosas y “soy trabajando” con él muchos años... ¡Nunca me ha tratado mal! ¡No!... No “hey de querer”... ¡Con qué cara para presentarme después!
- Ya te he dicho, nos vamos a Manaos, con esa plata allí se puede hacer cualquier negocio.
- ¡No, no!... No “hey de hacer” eso... Y más bien tú no pienses, porque puede irte mal.
Cedeño se dio cuenta que había cometido un error confiándole sus planes, una sorda cólera le invadió y bajó los ojos para ocultar el fuego de su mirada; tuvo tentaciones de matarlo porque conocía su secreto y no confiaba en su discreción, hizo un esfuerzo para calmarse y luego de un breve silencio, sonriendo forzadamente lo miró. Lo vio impasible, como si no se hubiera enterado de sus intenciones. Éste es un bruto – pensó - voy a hacerle creer que todo ha sido una broma.
- Así que no quieres ir a Manaos - le dijo riendo - No vayas a creer lo que te he dicho, a veces hablo de cosas que he leído como si lo hubiera hecho o como que lo voy a hacer, pero es sólo para pasar el tiempo... ¡No vayas a contar a nadie, porque creerían que estoy loco!
- ¡Capaz! - contestó Morales, sin sonreír siquiera.
La comisión llegó a Soledad, Morales hizo descargar algunos bultos y al concluir, señalándole un peón, le dijo a Cedeño:
- Don Manuel ha dicho que se quede Pashmiño contigo.
- Yo he creído que íbamos a quedarnos todos hasta que venga don Manuel, para ir juntos.
- No. Don Manuel va a ir de aquí a un mes para empezar el trabajo. Ahí “vas ir” tú con más gente. Nosotros sólo vamos a abrir el campamento.
- ¿Y hasta cuándo regresas tú?
- No sé... tal vez hasta tres meses, cuando ya tengamos bastante producto.
- ¡Adiós, entonces!... ¡Que te vaya bien!
- ¡Adiós!
Cedeño se tranquilizó. Aunque Morales contará lo que le había confiado, no llegaría a conocimiento de los que se quedaban y durante su ausencia creía tener tiempo más que suficiente para culminar sus planes. Debía esperar, según sus instrucciones, la llegada de una remesa de la estación Lagarto y regresar con la comisión en busca de otra. Se enteró que ya había llegado una y que el producto había sido depositado en el escondrijo que conocía.
Emilio, el encargado del almacén, estaba enfermo y no salía de su tambo, donde la mujer de Juan lo atendía. Éste se había encargado del almacén y no lo dejaba sin cuidado ni en las noches. El tambo de Juan quedaba aproximadamente a tres kilómetros, surcando el río y cuando su mujer tenía que volver lo hacía en una canoa, con su pequeño hijo.
Al ir a tomar el desayuno al día siguiente, Cedeño vio a las mujeres en la cocina, recordó a la de Juan y la buscó. Ahí estaba, la comparó con las otras y la encontró más atractiva; el tosco y holgado traje no lograba ocultar sus redondas y provocativas caderas, su erguido porte, adquirido por el hábito de las mujeres de la selva de conducir cántaros de agua u otros objetos, en equilibrio sobre la cabeza, que agrandaba su talle y hacia airoso su caminar.
- Dame otro jarro de té - se dirigió Cedeño a ella - ¿Cómo te llamas?
- Rosa, señor.
- ¿Tienes marido?
- Sí, señor.
- ¿Dónde está?
- “Asirá” - señalando la puerta del almacén
- ¿Juan?
- Sí, señor.
Cedeño miró a Juan, que también lo estaba mirando, luego a Rosa y meneando la cabeza con gesto despectivo:
- ¡Mucha carne para poco pan! - dijo entre dientes y volviéndose a Rosa le preguntó:
- ¿Dónde vives?
Al no obtener respuesta trató de cogerla del brazo, ella lo esquivó.
- No tengas miedo. Dime dónde vives para ir a visitarte.
Rosa se alejó a su quehacer, Cedeño la siguió con la mirada, sorbiendo el té del jarro, saboreando mentalmente el placer que su deseo imaginaba. Esta india debe ser rica – pensó - yo me la tengo que comer - volvió a mirar a Juan, que con otro peón estaba arreglando el cerco de ponas del depósito de carga que se había roto. Se acercó y le preguntó:
- ¿Sigue enfermo Emilio?
- Si, señor.
- Yo quiero verlo porque tiene que darme material.
- Está en su casa, pero yo puedo darte, señor, lo que necesitas.
- ¡Qué sabes tú, indio bruto!... ¡Voy a verlo! - lo apartó de un empujón y se fue.
Juan desconocía ese trato. Hacía muchos años que trabajaba para Manuel y tanto porque no daba motivo, como porque Manuel tenía mucha consideración con sus trabajadores, nunca recibió un reproche y mucho menos una pechada de su patrón. Se quedó mirándolo con los puños cerrados y los ojos cargados de indignación y rencor; tenía motivos para empezar a sentirlos porque había notado cómo trataba a su mujer y algo instintivo lo anunciaba como enemigo.
Rosa y Juan eran indígenas, nacieron en una pequeña tribu entre el río Algodón y el río Napo, alejada de otros núcleos tribales; el destino los unió desde muy tiernos. Hijos únicos de parejas que vivían en una misma “cocamera”, Rosa y Juan, cuyos nombres primitivos eran Shiru y Taro crecieron como animalitos silvestres; Shiru, pese a ser menor, aprendió a caminar antes que Taro; cuando ambos ya lo hacían con firmeza y los mayores los dejaban solos en el tambo para ir a sus ocupaciones, corrían por las cercanías del caserío, ayudándose mutuamente. A medida que fueron creciendo sus juegos cambiaron de modo y de forma, sus peleas hasta provocar el llanto, por la posesión de cualquier insignificancia o algo de comer, fueron convirtiéndose en mutuo desprendimiento. En instintiva protección, cogidos de la mano caminaban por el bosque persiguiendo las coloridas y brillantes mariposas que volaban sobre los resplandecientes charcos, aplastando hormigas, quebrando ramas, señal de su paso para el regreso; se sentaban a la orilla de la quebrada a reír viendo reflejada en su tersura su imagen y las muecas que hacían; metían los pies, chapoteaban el agua trizando su limpidez de cristal y borrando las imágenes, se empujaban para caer dentro, salían chorreando, se tiraban sobre el mullido herbal para secarse y se quedaban acostados, solos con la naturaleza, escuchando el cantar de las aves, mirando saltar el sol por entre el ramaje de los árboles, que iba dejando en sus cuerpos destellos que jugueteaban y que ellos seguían con sus manos pretendiendo cogerlos.
El tiempo hizo que estos juegos empezaran a provocarles nuevas e inquietantes sensaciones. Acostados en la hierba, al juntarse sus cuerpos sentían subir su calor, erizarse sus poros y correr por su piel una comezón de finas agujas que les estremecía con insólito deleite; se abrazaban y pasaban las manos por todo el cuerpo tratando de volverle su tersura; Taro buscaba el cuello, la espalda de Shiru, se detenía en los glúteos, los estrujaba, quería morderlos; bajaba a los muslos, subía de nuevo. Ella se abandonaba, se retorcía voluptuosamente cerrando los ojos, sus manos arrancaban la hierba, la mordisqueaba; sentía un dulce dolor en sus nacientes pezones y se estrechaba a Taro tratando de aplastarlos, se le ponía encima presionándole el miembro viril en erección; ambos sentían incontenibles deseos de orinar, cerraban y abrían los ojos, se miraban sus bocas húmedas y entreabiertas, trataban de morderse suavemente, riendo, casi gritando, en el rumoroso silencio del monte. Y el tiempo discurría apresurado.
Taro ya era más alto que Shiru y empezó a sentir una extraña repulsión de ese tipo de juego que le producía una ansiedad inexplicable, un placentero sufrimiento, pero ella lo atraía, lo buscaba; a ratos le acosaban sentimientos encontrados: angustia, placidez, inquietud, satisfacción, ira, miedo… buscaba la soledad casi huyendo de Shiru, pero ella le perseguía. Una tarde, sentados muy juntos, ella le abrazó; él trató de rechazarla, pero sin poderse contener la atrajo más… cayeron abrazados y empezaron a revolcarse pasándose las manos por el cuerpo en ansiosa exploración; Shiru se le subió encima y su vientre presionó el erecto miembro viril, él la abrazó con más fuerza, casi con violencia… de repente sintió en todo su cuerpo una sensación desconocida que nacía de las honduras de su ser, un agudo y doloroso goce que parecía brotar de sus erizados poros... quiso gritar apretándola más, pero sólo emitió un prolongado gemido, al mismo tiempo que sintió esparcirse por entre sus piernas el calor de un liquido que eyectaba con espasmódicos impulsos de placer, de su presionado miembro... como en un estertor la apretó más entre sus brazos... Lentamente se aquietó abandonó sus brazos que cayeron a los lados y quedó inmóvil.
Shiru, que había notado el trance, se asustó; miró el líquido que había mojado su vientre y sus muslos, lo palpó, lo olió y sacudiendo a Taro, que pareció despertar de un sueño, le preguntó:
- ¿Qué te ha pasado?
- No sé.
- ¡Mira!... ¡Has orinado!
Taro guardó silencio, parecía avergonzado; la cogió por una mano y la condujo a la quebrada, se lavaron sin ningún comentario, pero, a ella le consumía la curiosidad, a él le ahogaba una interrogante. Taro no comprendía qué le había sucedido, pero le hacía sentir que hubiera descubierto algo que tenía oculto dentro de sí; la miró con disimulo... ¡Si!... Ella tenía cosas muy distintas, aparte de la que ya había notado en el acto de la micción, sus muslos eran suavemente redondeados, sus caderas mas anchas y abultadas, en el pecho se le estaban alzando unos bultos redondos... regresaron en silencio.
Como de costumbre, Taro se acostó con sus padres, pero no podía conciliar el sueño; el recuerdo de lo sucedido y especialmente del intenso placer que había experimentado inundaba su pensamiento y se preguntaba si volvería a repetirse. En cierto momento los sintió moverse y en la tenue oscuridad vio que su padre se subía sobre su madre y empezaba a agitarse acompasadamente... simuló estar dormido... ¡No! no le estaba pegando como alguna vez vio que lo hizo... seguía la acompasada agitación... de pronto oyó suspiros, gemidos y luego calma… bajó el hombre y quedaron quietos. Seguía pensando sin poder dormir, pero, instintivamente hizo relación entre lo que acababa de ver y lo que le habla sucedido... ¿Sería igual?... Creyó haber encontrado una explicación y al fin se durmió.
Amaneció lloviendo y nadie salió del tambo. Shiru se le acercó, él la rehuyó, pero como persistía la dejó sentarse a su lado; todos hacían algo, su padre se le acercó con una olla de barro y le dijo:
- Vete a traer agua.
- Vamos - dijo Shiru.
De un tronco vaciado como artesa que estaba cerca del tambo recogió el agua. Volvían, cuando una gallina seguida por un gallo se les atravesó corriendo, Taro se detuvo a mirarlos: el gallo le dio alcance, la gallina se encogió en el suelo, el gallo se subió sobre ella y cogiéndola con el pico de la pequeña cresta, la aplastó, doblando ligeramente la cola se bajó, aletearon los dos y el gallo se alejó contoneándose.
- Ahora va poner huevo - dijo Shiru.
Pasado el mediodía hubo un poco de sol, pero sus rayos parecían enfriarse en el húmedo ambiente, todo estaba quieto y triste, el piso encharcado y nadie salió del tambo. El día siguiente amaneció radiante. Muy temprano salieron todos a sus ocupaciones dejando solos a los muchachos, pero Taro sentía desacostumbrada timidez, ya no buscó a Shiru para atraerla hacia si, hacerle cosquillas, tomarla por la cintura y derribarla; ella se le pegó y preguntó:
- ¿No nos vamos al monte?
- No. Aquí nomás.
La tomo de la mano y suavemente la condujo a su “llanchama”, se sentó y la hizo sentar a su lado, luego la puso sobre sus piernas y empezó a darle cosquillas en sus nacientes pezones.
- Me duele... - se quejó - pero es rico - terminó riendo.
La abrazó, la acostó y se puso a su lado, le pasó las manos por el cuello, la garganta, bajó al vientre, pasó a los muslos y buscó el pubis, que lo sintió casi ardiente... lo aplastó. Shiru se estremeció, cerró los ojos y cruzó las piernas presionando la mano de Taro; éste se sentó, le abrió suavemente las piernas, quitó la mano y miró detenidamente la vulva, volvió a poner la mano encima y sintió que el cuerpo de Shiru se estremecía nuevamente. Se miró el miembro erecto, recordó lo que había visto dos noches antes y se le subió encima. Shiru sintió un paroxismo, cruzó las piernas por encima del cuerpo de Taro e instintivamente se acomodé para recibirlo, éste no atinaba a introducirse. Shiru no sabía que esperaba, Taro no sabia que buscaba, hasta que al fin, entre tanto movimiento, la naturaleza ayudó a encontrar el camino… un sonido gutural de dolor, un gemido brotó de la garganta de Shiru, que se abandonó, mientras Taro, sin tener tiempo para imitar los movimientos que había visto hacer a sus padres, de repente volvió a sentir la inefable sensación de placer...
Quedaron quietos. Shiru había dejado caer las piernas pero seguía abrazada a Taro; parecía desmayada. Se retiró suavemente de ella y le miró la vulva, de la que salían unos hilillos de sangre. Se asustó y llamó:
- ¡Shiru!
Sin abrir los ojos respondió:
- Me has hecho doler.
Unas semanas después, sintió una incomodidad extraña y dolorosa; le sangraba la vagina. Se la mostró a su madre quien le enseñó a limpiarse y protegerse, había empezado a menstruar; después le preparó y dio su “pampanílla”. Taro, que lo había observado todo, pensó que era oportuno también para él usar el taparrabo que su padre le dio. Habían entrado a una nueva vida.
Pasó algún tiempo. Intuitivamente la familia había determinado que fueran marido y mujer, o acaso del mismo modo se habrían dado cuenta de lo sucedido; fue así que siempre estaban y a todas partes iban juntos. Una tarde que volvían del monte, de muy lejos oyeron estampidos extraños en dirección del caserío; nunca antes habían oído algo parecido, de modo que no atinaron que era; no eran truenos porque eran breves, ni caída de árboles, porque eran secos. Corrieron para llegar más pronto y cuando ya faltaba poco, distinguieron voces y gritos de gente extraña que no comprendían y sintieron un terror instintivo; se acercaron con cautela hasta cierta distancia, pero no podían ver, para lograrlo se subieron a una alta “capírona”’ y vieron algo que les asustó: un grupo de hombres, blancos unos, negros otros y algunos como ellos, estaban amarrando a los seis hombres y las ocho mujeres del caserío; dos hombres yacían en el suelo, Taro creyó reconocerlos, uno era el más viejo y otro el más joven de la comunidad.
- ¡Mi padre está amarrado! - dijo e hizo ademán de bajarse.
Shiru lo contuvo diciendo:
- ¡Espera! Vamos a ver qué hacen.
Pasó como media hora, los hombres extraños entraban y salían del tambo, al final se agruparon y emprendieron el camino en dirección opuesta a ellos, llevándose a hombres y mujeres.
- ¡Vamos a seguirlos! - dijo Taro.
Y bajó seguido de Shiru, que lloraba diciendo:
- ¡Todos están amarrados!... ¿Por qué los llevan?
Corriendo llegaron al tambo, se acercaron a los caídos, uno de bruces y el otro de espaldas estaban en un charco de sangre; horrorizados comprobaron que estaban sin vida, nunca antes hablan visto un muerto, ni morir a nadie, Shiru lloraba más por susto que por miedo, Taro no comprendía nada; alguna vez oyó que la gente moría y que también la mataban, no sabía qué significaba eso, pero pensó que sería lo que estaba viendo y se sintió hundido en un mar de confusiones. Shiru se le abrazó llorando a gritos.
Eran dos criaturas en plena adolescencia, pero la vida primitiva, dentro la agreste naturaleza les había endurecido y dotado de un fino instinto de conservación, que en todo selvático se agudiza inteligentemente para enfrentar los peligros. Se ofuscaron brevemente, pero no duro mucho su aturdimiento, ese mismo instinto los guió. Sin tener idea de lo que se hacía con los muertos, los arrastraron hasta el tambo, los introdujeron, los juntaron y para protegerlos, cuidadosamente los cubrieron con trozos de madera, tizones, ramas de arbustos, hasta dejarlos completamente invisibles. Luego, Taro escogió dos lanzas livianas y una “pucuna” descolgó un pequeño morral de piel de venado, que contenía unos “virotes” y se lo sujetó a la cintura, envolvieron en una “llanchama” dos “cushmas”, ataron el envoltorio con una rústica pretina, que Shiru se lo puso en la espalda, colgando de la cabeza y empezaron a caminar sobre la huella que habían dejado los captores. Sin decírselo de viva voz, decidieron ir tras de sus padres.
Partieron muy después del mediodía y cuando anocheció se metieron entre las aletas de una gruesa “lupuna”, orinando ambos antes, entre los extremos de las aletas que se introducían en tierra, como haciendo una línea que las uniera. Era el tipo de protección que habían aprendido y creían efectiva contra las víboras. Se cubrieron con la llanchama y se durmieron con el sueño propio de los muchachos de su edad.
Tan pronto como pudieron ver reanudaron la marcha, deteniéndose a ratos sólo por fatiga; se alimentaban de las frutas que encontraban, las cogían y comían al paso. Cinco días duró la persecución, que el cansancio, lo intrincado del monte la hacían más larga y más lenta. Al mediodía del quinto divisaron un caserío, observaron cautelosamente, aguaitaron por la entrada del primer tambo y vieron a cuatro mujeres viejas y dos niños en el suelo; las viejas, asustadas se habían arrinconado, pero al ver sólo dos muchachos se recobraron y entraron en confianza. En dialecto muy parecido se interrogaron mutuamente; el mismo grupo de asaltantes había atacado el poblado, matado a cuatro y apresado a todos los hombres mujeres y muchachos, dejando sólo a viejos, viejas y niñitos gateando. Taro expresó su intención de seguirlos, pero los viejos le hicieron comprender el peligro que corrían al enfrentarse a gente despiadada y sanguinaria, que lo único que buscaba era apresar nativos para hacerlos trabajar y sólo conseguiría ser apresado, igual que sus compañeros de tribu y llevado, quien podría saber a dónde.
Comprendió y se dio cuenta del peligro que correría Shiru, a quien, por espontáneo impulso, se sentía obligado a proteger. Los viejos les ofrecieron su amistad, les enseñaron sus vacíos tambos y los convencieron a quedarse a vivir con ellos; su silencio significó aceptación. La primera noche, acostados en su llanchama, recordaron con tristeza a sus padres caminando atados hacia un destino desconocido y abrazados lloraron una vez más.
Taro y Shiru fueron considerados tácitamente marido y mujer, lo que reafirmó su unión; en la selva es así, eran los únicos jóvenes y como tales les hacían las más cariñosas demostraciones; su vida transcurría en una tranquilidad de estancamiento, muy común en las tribus indígenas, pero el recuerdo de sus padres, violentamente secuestrados, se mantenía vivo en la memoria. También eran los únicos que podían tener descendencia, lo que al cabo de algún tiempo fue anunciado con gran alegría por las viejas.
Un día fueron vistos algunos extraños cerca del caserío. Con la pasada experiencia, los que podían corrieron al monte a esconderse huyendo de los visitantes, pero estos entraron pacíficamente y tranquilizaron a los que se quedaron, haciéndoles entender que no abrigaban malas intenciones. Eran “materos” que exploraban la región en busca de “manchales” de caucho, les obsequiaron cuentas de vidrio, espejitos y otras chucherías y pidieron permiso para quedarse a esperar al patrón, que debía llegar con otros peones. Con cierto temor y sin alternativa, aceptaron. Taro que no había huido, y ya tenía cierta autoridad, habló por todos y su confianza contagió a los demás.
Al día siguiente los «materos» se prepararon para ir a “montear” e invitaron a Taro, quién había mostrado curiosidad por las armas que llevaban. Fue con ellos y por la tarde regresaron con dos sajinos, varios monos y algunas aves; con admiración había comprobado la ventajosa diferencia que había entre la escopeta de los materos y su “pucuna”, se sintió empequeñecido e íntimamente deseó tener un arma igual. Por lo demás se convenció de que sus nuevos amigos eran gente de paz y se podía confiar en ellos. Encontró que el patrón había llegado y el más anciano del caserío, al que por su edad se había dirigido, lo mencionó como jefe de la comunidad, contándole como había llegado y otros detalles que lo enaltecían, de modo que al verlo, le habló como a tal, sorprendiéndose tan sólo de su juventud. Prepararon la carne de los animales, los ahumadores para secarla, la canasta y hojas para envolverla y llevarla; parte de ella comieron en silenciosa fraternidad y otra quedó para el caserío.
Al otro día cuatro hombres partieron para continuar la exploración, los demás se quedaron con el patrón a esperarlos; volvieron a los ocho días. En ese lapso el patrón conversó con Taro muchas veces, lo encontró inteligente, de pocas palabras, mucha iniciativa y gran actividad; le preguntó si pensaba quedarse para siempre en el caserío y no supo qué contestar, pero le dio a entender que mantenía vivo el deseo de ir tras de sus padres; pensaba que todos iban por un mismo camino a un solo sitio... ¡No tenia la más remota idea de la extensión de la selva, de las demás gentes, del mundo!
- Quiero ir donde mi madre... donde mi padre.
- Eso va a ser difícil - le contestó el patrón.
Y le hizo comprender que en la región había muchos gomales donde trabajaban los que habían sido apresados y sólo por casualidad o mucha suerte, podría dar con ellos. Le aconsejó que no lo intentará, porque, según donde fuera, podría también quedar cautivo y sufrir mucho. Concluyó diciéndoles que si querían salir del caserío, podría tomarlos a su servicio. Aquella noche Taro y Shiru hablaron hasta quedarse dormidos y lo hicieron resueltos a partir. Ambos abrigaban la esperanza de encontrar a sus padres. Cuando le hizo saber, el patrón le dijo:
- Haces muy bien.
Le dio un machete, pantalón y camisa, y le ofreció dar un vestido a Shiru, cuando llegaran a Soledad. Así entraron al servicio de Pinedo. En uno de los viajes a Caballo Cocha, que coincidió con la presencia del cura Bernuy, hizo que los bautizara y casara, apadrinando con su mujer ambos sacramentos.

jueves, 10 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO V

EL SIMPLE ORIGEN DE LA VIDA

Manuel era hombre de nobles y generosos sentimientos, incapaz de pensar en la maldad humana, porque no la había visto ni menos sufrido; no tuvo su vida sombras que la nublaran. La única desgracia que le afligió hasta la desesperación, la muerte de sus padres la afrontó con dolorosa resignación como un inescrutable designio del destino. El recuerdo del cariño que le prodigaron, la memoria de sus bondades y sus consejos, con la ayuda del tiempo, mitigaron su dolor; el ejemplo que le dieron no dejó en su alma ningún lugar a la malicia o al resentimiento; se consideraba un hombre afortunado y su principal preocupación fue siempre el bienestar de los que le rodeaban
En los negocios su honestidad le guiaba a tratar que sus clientes encontrasen en ellos la satisfacción que buscaban, actitud que despertaba la confianza de cuantos negociaban con él, quienes, comentando su trato, le conseguían muchos más, con los que multiplicaba sus utilidades. Con sus empleados y peones compartía el esfuerzo, las penalidades y los peligros, impulsándoles a serle fieles, leales e incapaces hasta de mentirle.
Las explicaciones y súplicas de Cedeño le hicieron pensar que los efectos del licor le arrastraron a un mal momento, lo vio enfermo por el paludismo, que parecía no ceder pese a los medicamentos que le hizo administrar; recordó que, a su modo, había demostrado interés por el trabajo y la producción del personal, proponiéndole castigos para los que no cumplían con sus entregas de producto, en fin, minimizó sus defectos y su repulsivo aspecto, su torvo mirar y sólo vio al hombre suplicante que clamaba ayuda.
- Está bien, concluyó - pero recuerde que a mi no me gusta la violencia porque con ella lo único que se consigue es más violencia, nunca un arreglo o una solución. Pero usted tiene que curarse bien, vaya donde doña Patricia para que le de sus medicinas; si se siente bien cuando despache la comisión la semana que viene, irá en ella, si no es así se quedará hasta que sane por completo.
Era lo que Cedeño buscaba: permanecer algún tiempo más para llevar a cabo el plan que estaba tramando; no se le apartaba el recuerdo de las bolas de caucho flotando en el escondido tapaje, le parecía fácil robar una canoa, embarcarlas, bajar al Amazonas y seguir hasta Manaos; la única dificultad que encontraba era tener que hacerlo solo. La tranquilidad del campamento era propicia para sus planes de rapiña e inmediata huida, no se sentía seguro, pues sabía que la empresa de la que había sido expulsado abarcaba con sus poderosos tentáculos extensas zonas de la región; había visto la extremada crueldad y rencor de sus empleados y capataces, que no perdonaban a quienes pretendían burlar su autoridad y temía a sus espaldas perseguidores que se imaginaba habían partido en su busca.
El personal de Manuel actuaba de muy distinto modo que el de la empresa del Putumayo. Los capataces se limitaban a recibir las remesas, pesarlas y esconderlas; Manuel, en cada viaje que hacía al campamento, controlaba el peso y la calidad del producto, pagaba a cada peón lo que le correspondía y lo embarcaba con destino a Caballo Cocha. El campamento era el centro de operaciones y siempre había peones nativos que tenían cerca su tambo y su familia, quienes acompañaban al empleado encargado del almacén.
Cedeño, que se hizo más conocido como “el colombiano”, buscaba solapada y afanosamente el cómplice que le hacía falta; le desesperaba encontrar siempre gente que veía en Manuel al patrón generoso que no daba motivo para la menor queja, hasta que un incidente le hizo pensar que el diablo se ponía de su parte. Dos trabajadores se pusieron a discutir por dinero que uno debía al otro; Morales, el deudor acusaba de pillo a González, alegando que quería cobrarle más de lo que le había dado en préstamo, éste, que Morales era un sinvergüenza que había olvidado el favor recibido y no quería reconocer una pequeña suma adicional que habían pactado; de la discusión pasaron a las amenazas y por último se fueron a las manos. Golpes, más golpes, ropas desgarradas, narices sangrantes... pero la pelea era desigual; Morales se abrazó tratando de evitar los golpes de González, éste lo cogió del cuello, forcejearon, rodaron por el suelo y se le subió encima, Morales pataleaba sintiéndose ahogado... Cedeño miraba indiferente, pero de repente se le ocurrió que podía sacar partido del pleito y acudió en su auxilio; cogió a González por los brazos y sacudiéndolo con fuerza para desprenderlo gritó:
- ¡Ya, vergajo!... ¡No abuses de tu fuerza!... ¡Déjalo ya!
González soltó a Morales, enfurecido se alzó y revolvió contra Cedeño, que sorprendido, no pudo evitar un golpe en la cara. - ¡Jijunagramputa! - vociferó y lo atacó a puntapiés, lo derribó, lo cogió de la camisa, lo alzó, lo golpeó dos veces en la cara con violencia y lo soltó.
- ¡Ya!... Si quieres pelear de veras ¡Cuádrate! - y se puso en guardia.
González, que estaba comprobando en carne propia la experiencia del colombiano en esta clase de líos, se quedó mirándolo jadeante y acobardado, Cedeño bajó los puños, se acercó al caído, lo ayudó a levantarse todo magullado y lo llevó fuera a reponerse. Calmados los ánimos, el agradecido Morales le ofreció su incondicional amistad, que era lo que esperaba para utilizarlo en favor de sus planes.
Así estaban las cosas cuando bajaron con la última remesa a Caballo Cocha, llevando todo el caucho del escondrijo, circunstancia que influyó en el ánimo del colombiano para estar de mal talante en la fiesta, pues ya consideraba suyo el producto.
Pocos días después, Manuel organizó la comisión para despachar con material de trabajo, víveres y trabajadores a los nuevos manchales del Algodón, de cuyo mando encargó a Morales. Al enterarse de la designación, Cedeño pensó aprovechar de la coincidencia y viajar con él; dijo a Manuel que ya se sentía bien y podía regresar al trabajo. Consintió y partió con la comisión.
Era un largo viaje por el Amazonas y el Ampiyacu, para luego tomar el varadero hasta el Algodón. El inmenso y turbio caudal del río rey, que se pierde en la distancia como lejano y plateado espejismo de interminables “vueltas” y “estirones”, parece tragar o sacar de sus fondos las orillas, a medida que se aleja o avanza el navegante.
Su impetuosa corriente se resiste al empeño de surcar los “remansos” que se convierten en raudos y amenazantes remolinos; pero el hombre de la selva, al impulso del acompasado y monótono ¡cran... cran... cran! del golpe de los remos en la borda de la canoa, imperturbable los desafía y los vence.
Remota les resultaba la ansiada boca del Ampiyacu, río menos ancho y más tranquilo, donde el agobiante calor se diluye a través de las altas copas de los árboles y los reflejos de los rayos solares parecen hundirse en sus cristalinas aguas para apagar el fuego que hiere los ojos como flechas luminosas. Silenciosos, impasibles los bogas, no sienten el correr de las horas ni los días; una que otra frase, típicamente breve, expresa su cansancio, su apetito, su ansiedad de llegar al tambo para pasar la noche.
- ¡Duele el sol ’on!
- Shibeen esos...
Y uno de los bogas deja el remo, abre su bolsa enjebada y saca su “pate”
con el que recoge agua del río; de un “panero” extrae unos puñados de
fariña y los pone en el pate, lo revuelve con los dedos, bebe un poco
y se lo pasa a uno de sus compañeros, que también bebe y así a cuantos quieran hasta que se agota el contenido que calma apetito y sed al mismo tiempo. Donde no hay tambo para pasar la noche, lo construyen con rapidez y habilidad de hormigas, prenden fuego y con el descanso y su frugal alimento reponen sus energías.
Cedeño buscaba conversación a Morales esperando averiguar qué tanto era posible contar con él para sus planes y el momento propicio para confiárselo, pero tropezaba con una muralla de sencilla honestidad, que no creía posible en una mentalidad indígena y lo exasperaba hasta casi no poderse contener.
- ¡Qué le voy a engañar a don Manuel! El es muy bueno, nos da todo lo que le pedimos.
- Eres un tonto… no ganas lo que debías ganar, tu trabajo vale más y cualquier patrón te pagaría mucho mejor… en cualquier parte ganarías más.
- Yo no quiero irme, estoy muy bien con don Manuel.
- ¿Y por eso estás contento con lo que ganas?
- Si... - casi con resignación - todos ganamos lo mismo - y con cierto entusiasmo - y en cada comisión, don Manuel nos da nuestra gratificación.
- Y cuando llevan las remesas ¿no se pierde ninguna bola?
- ¡Nunca!... Pero una vez, cuando estamos “chimbando” nos ha pescado la turbonada y nos hemos “virado”. Ahí no hemos podido “agarrar” seis bolas de caucho.
- ¿Y qué dijo don Manuel? ¿No les ha hecho cargo?
- ¡No! Más bien nos ha regalado una muda de ropa cuando nos ha visto llegar “ropa encima” y le hemos dicho que con bolsa y todo hemos perdido el resto.
- Hubieran podido esconder todo el caucho, engañarle que no pudieron recuperar nada y vender para ustedes.
- ¡A dial on!... ¿Acaso somos ladrones?
- Eso no era robar. Lo primero que se tiene que salvar es la vida, si se puede recuperar algo es porque uno quiere, no por obligación y en tal caso lo que se recupera tiene que ser de uno por derecho.
Morales era witoto. Muy niño vio morir a su padre en una correría y con su madre permaneció cautivo mucho tiempo en una estación cauchera del Putumayo. Fueron llevados a Iquitos y vendidos por su captor, por cuatro libras esterlinas a un señor Morales de la Compañía Recaudadora. Era negocio corriente en aquella época; mujeres y muchachos indígenas apresados en las sangrientas correrías, que no se utilizaban en el trabajo del caucho o de los campamentos, eran tomados como botín por los capataces, quienes hacían con ellos lo que les venia en gana y lo más provechoso era venderlos.
Los esposos Morales necesitaban a la madre para sirvienta. Sucios, andrajosos, macilentos, con sus articulaciones sobresaliendo como nudos en la piel, asustados, con la cabeza agachada, sólo miraban de reojo; no hablaban ni entendían más que su lengua, pero obedecían con sumisión a señas y gestos. Sus nuevos dueños les compraron ropa; bañados y limpios cambiaron de aspecto. Su sencillez y docilidad agradó a los Morales, que no tenían hijos y su paternal cariño lo volcaron en el indiecito, al extremo de ponerle como nombre Teodoro, que era el de Morales. Los amigos y vecinos, al ver como lo trataban, medio en broma le agregaron el apellido, lo que a Morales le pareció lo más natural. Cuando llegaron a entender el castellano, la señora, como entretenimiento, se dedicó a enseñar a Teodoro a leer, escribir y contar, sorprendiéndole la inteligente avidez con que el chico aprendía.
Más no todo había de ser felicidad. De inmediato el cambio favoreció a la madre, de triste y esquiva se transformó en alegre y animosa; pero al poco tiempo empezó a tener malestares cada vez más frecuentes, tos, escalofríos, fiebre, que silenciosamente soportaba para no interrumpir sus quehaceres domésticos. Eran consecuencia de los maltratos sufridos en la “correría” y durante su cautiverio: latigazos, violaciones, hambre; una espantosa etapa de infrahumanas condiciones de vida había dañado sus órganos vitales. Enflaqueció visiblemente y no pudo ocultar su mal; sus patrones la hicieron ver por un médico, quien, después de un detenido examen, meneó la cabeza con desaliento diciendo: ¡Ya no hay nada que hacer! Sólo podía darle unos calmantes. Había contraído una tuberculosis incurable
Pasado poco tiempo murió. Teodoro lloró desconsoladamente; recordó como en una horrible pesadilla lo sucedido desde el día de la correría: su madre no huyó con las otras mujeres porque él estaba abrazado al cadáver de su padre y ella quería protegerlo, quisieron golpearlo, ella lo escondió en sus brazos y recibió los golpes, siempre fue así; no comía de su miserable ración o de lo que lograba robar para dárselo a él; en las noches de lluvia, en el tambo que les servía de prisión, con sus harapos y con su cuerpo le protegía de la humedad y del frío; comprendió que se había sacrificado por él, se sintió culpable y quería ser él quién estuviese inerte.
No se apartó un instante del lado del cadáver y en el cementerio, al ser depositado el ataúd en la fosa y comenzar los enterradores a cubrirlo, intentó precipitarse al fondo. Lo sujetaron hasta terminar, ya libre se tiró encima, hundió la cabeza sobre la fresca tierra, no quería retirarse. La dulzura y el cariño de la señora Morales, el dolor que compartió con él, fueron el consuelo que suavizó la primera honda pena que sintió en su vida.
Tres años más vivió con los Morales y un nuevo contraste lo sacudió. Enfermó la señora de tal modo que alarmó a su marido: cada tres días, luego de elevadísima temperatura le sobrevenía un frío tan penetrante que no podía evitarlo ni abrigándose con gruesas frazadas o poniéndose botellas de agua caliente junto al cuerpo; el médico que la vio diagnosticó terciana y además de la abundante quinina que le recetó, recomendó un cambio de clima, si era posible. El señor Morales no vaciló, inmediatamente solicitó su regreso a Lima, que fue atendido y un mes después preparó su viaje. Teodoro junior comprendió que iba a perder su segunda madre, ya se sentía hombre, pero lloró de nuevo.
Como único y pobre consuelo el señor Morales le dio un par de libras y muchos consejos; estos le fueron mucho más valiosos que aquellas, metió sus ropas en una bolsa enjebada, buscó quien le tuviera como “agregado” y se lanzó a buscar trabajo. Época de bonanza y abundancia, sin vagos ni mendigos, el oro que generaba el caucho repletaba los bolsillos desbordándose a todos los niveles sociales. Fue mandadero, “pretinero”, peón, de todo hizo en su nueva vida. Su instintivo orden y método le recordaba permanentemente los consejos y enseñanzas de los Morales: “se respetuoso, se comedido” - le había dicho la señora. “Nunca te apropies de lo ajeno, lo que tienes que sea el fruto de tu trabajo” - le habla dicho Morales y esos principios fueron dándole afirmación de personalidad y economía. Al cabo de unos años, observando el negocio de pulperías y bodegas que ponían los chinos en las esquinas, pensó en poner uno igual, pero un incidente varió sus planes.
Se estaba descargando en el malecón el caucho que había llegado en un batelón; cuatro hombres de la embarcación lo subían de la orilla a lo alto de la cuesta, cargando las bolas entre dos, atravesando un palo por el hueco que tienen en el centro; otro se limitaba a hacer ademanes de ayuda para que las bajaran y las acomodaba; la tarde caía y el patrón se impacientaba.
- ¡Vayan, vayan más ligero! No pierdan el tiempo acomodando, nosotros vamos a acomodar - se refería al quinto hombre y unía la acción a la palabra - ya van a cerrar la tienda y hay que buscar una carreta para llevarlas.
Morales al pasar cerca lo oyó, se acercó y le dijo:
- Señor, ¿No quieres “usté” que te ayude?
El patrón lo miró, justo lo que necesitaba y le gustó el ofrecimiento.
- ¿Cuánto quieres ganar?
- Lo que “usté” me pagues.
- Bueno, pónganse a acomodar, yo voy a buscar una carreta.
- Sí, señor, pero más bien yo me voy con tu empleado para hacer subir antes que se haga más tarde.
Lo miró detenidamente y le dijo al otro.
- Anda José con el amigo - y fue en busca de la carreta.
Morales bajó corriendo seguido del otro, cargaron, subieron, volvieron a bajar; la ayuda animó a los demás, que ya se sentían cansados y al poco rato concluyeron, pero el patrón no regresaba con la carreta. Esperaron, se hacía tarde, al fin lo vieron volver con aire decepcionado. De lejos exclamó:
- ¡Ya no hay carretas!
- ¿Adónde vas a llevar, señor? - preguntó Morales.
- A la casa Lucién Bernard.
- Pero eso es “aquisito” nomás - señaló como a cuatro cuadras - podemos llevar cargando nosotros.
Admitió, sintiendo arrancada su iniciativa e inmediatamente Morales cogió el palo, lo introdujo en el hueco de la bola e instó a José a coger del otro extremo, lo levantaron, pero en lugar de ponerlo en el hombro y colocarse uno detrás del otro, hizo que se lo colocaran sobre los omóplatos, logrando caminar con más rapidez, casi corriendo; los otros imitaron. El patrón observaba en silencio y lo único que hizo fue ir a la tienda a controlar el peso a medida que iban llegando. Cuando terminó todo, despachó a sus hombres al batelón y se quedó Morales.
- ¿Cuánto te debo?
- Tu voluntad, señor.
- ¿Dónde trabajas?
Morales le explicó a su modo como lo hacía y le hizo entender que era hombre de todo trabajo, honrado y deseoso de superarse. El patrón sacó dos soles de su bolsillo y al dárselos le dijo;
- ¿No quisieras trabajar conmigo? Yo soy cauchero, vivo en Caballo Cocha y me llamo Manuel Pinedo.
Morales, que pensaba en cinco “reales”, cuando más, por menos de una hora de trabajo, confundido balbuceó su agradecimiento. Manuel insistió:
- ¿Qué dices?
- No sé, señor.
- Tienes tiempo de pensar. Voy a estar tres días, ven mañana o pasado, cuando quieras, a la hora del almuerzo, para conversar. ¿Tienes familia?
- No señor.
- Entonces consulta contigo mismo… no te olvides, te espero, y se fue.

sábado, 5 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se fue caminando lentamente, como si algo le frenara, con un deseo incontenible de volverse a mirar pensando que alguien le seguía con la vista. Al llegar a la esquina ya no pudo contenerse… la calle estaba desierta. Continuó caminando al mismo paso, absorto en el recuerdo de los instantes que había estado con Teresa y de lo que ella había dicho; miró sus manos como si extrañara no encontrar en ellas renovada la sensación de placer que había experimentado... ¿Cómo hacer para verla de nuevo... hablarle otra vez?
Cuando recibió las escopetas se dio tal prisa para repararlas que aquella misma tarde las dejó expeditas; pensó llevarlas en la noche con la esperanza de ver a Teresa, pero lo estimó inoportuno y se resignó a esperar el día siguiente. Durante la comida, en la conversación con los otros oficiales, se enteró que el comandante había invitado a Pinedo a jugar en la noche una partida de rocambor, que hasta entonces no había podido armar porque le faltaba un jugador; sólo contaba con el primer maquinista y Samuel, pues Ponciano, además de no jugar muy bien, detestaba el juego por haberle dado amargos resultados.
Le quedó la impresión que Pinedo le había demostrado simpatía, quería confirmarlo y sondear su pensamiento respecto a los suyos con su hija. Esperó pues con impaciencia y cuando lo vio llegar acompañado de Ponciano y Samuel, impulsivamente se acercó al portalón a recibirlo.
- ¡Señor Pinedo, buenas noches! - simulando ignorancia del motivo de la visita agregó: viene usted a conocer el “Liberal”
- Sí, Roberto, buenas noches; también a visitar a los amigos que no han querido ir a mi casa - y estrechando la mano que le tendió continuó - ¿Y qué me cuenta de mi escopeta?
- Ya están listas, don Manuel, mañana voy a llevarlas.
Samuel intervino.
- Roberto es muy “curioso”... ¡Compone toda clase de máquinas!... ven a ver la máquina que maneja - lo condujo a la escalinata que descendía a la sala de máquinas.
Toda estaba brillantemente iluminada, de la planta uno de los fogoneros los miró y saludó, Manuel miraba con atención la reluciente limpieza de la máquina principal y el orden que reinaba en todo.
- ¿Y de dónde sale la luz? - preguntó.
- De la dinamo que mueve esa máquina pequeña - se apresuró a responder Roberto.
- ¡Qué interesante!... ¡Cómo está adelantada la ciencia!... ¿Hasta cuándo tendremos luz eléctrica en Caballo Cocha? - y volviéndose a Roberto - ¿Y dónde aprendió usted todo esto?
- En la factoría del gobierno, señor Pinedo. Además he conseguido algunos libros que me han servido para dar examen de maquinista.
Manuel quedó en silencio. Roberto advirtió que se disponían a subir y le preguntó:
- ¿Cómo está la señora Maria?... ¿Cómo está la señorita Teresa?
- Están bien, gracias - lo miró fijamente sonriendo - Me dijo mi mujer que no quiso usted cobrarle por su trabajo de la máquina… eso no está bien, el trabajo es sagrado y debe ser pagado.
- Sí, don Manuel, pero hay personas que merecen atenciones y a quienes queremos ser agradables - se dio cuenta que estaba por decir algo impropio - Además, el hecho de que hayan conocido a mis padres...
- Bueno, bueno... - le interrumpió - de todos modos le estamos muy agradecidos, pero... eso sí, que no vaya a ocurrir lo mismo con las escopetas...
- No se preocupe, don Manuel - le interrumpió riendo.
En ese momento apareció Prieto en la escalera y les pasó la voz:
- ¡Por favor!... ¡No me distraigan la tripulación!... La reunión es acá y vamos a ver si estos caucheros son tan buenos como para hacer un solo de oros.
Subieron y luego de calurosos saludos y fuertes abrazos se acomodaron en torno de la mesa que estaba esperándolos con varias botellas de Ginger Ale, Oporto Romariz, Jerez de la Frontera y otros licores en pintoresco desorden. Empezaron la partida de rocambor matizada de hilarantes bromas y rociada por frecuentes tragos. Roberto estaba satisfecho, tanto por su aplomada actitud, como por la atención de Pinedo. Con ese ánimo se dirigió a su camarote y se acostó, pensando en la entrevista que podría tener con Teresa.
Al día siguiente, con impaciencia esperó la hora oportuna para llevar las escopetas; en el camino le asaltó una duda, era indiscreto llevarla a la casa porque pertenecían al almacén, pero no quería ir al almacén sino a la casa, pues la arrastraba el deseo de ver a Teresa y no la entrega de las escopetas... Caminaba con ellas al hombro y al llegar cerca de la casa se detuvo... ¡Claro!... No sabía dónde estaba el almacén, no podía ir allá... Tenía que ir a la casa y si le recibía doña María podía disculparse. Siguió sin vacilación, ingresó al patio, llegó a la puerta y tocó; esperó prudentemente... Tres veces volvió a tocar y sintió un gran desaliento al ver que nadie salía, No sabía qué hacer, esperar... marcharse... se disponía a esto último cuando oyó pasos a su espalda y al volverse vio a doña María y Teresa que ingresaban al patio.
- Buenos días - se apresuró a saludar - estaba tocando y nadie salía
- Buenos días - contestó Maria - no hay nadie. Nos avisaron que don Melchor iba a matar “su chancho” y fuimos a que nos venda un poco de
carne, pero no ha podido “agarrarle” y hemos hecho un viaje inútil. Veo que ha traído las escopetas... ¿Tan pronto las ha compuesto?
- Sí, señora - y justificándose - he debido llevarlas al almacén, pero no se dónde queda.
- No está muy lejos, de la esquina se pasa al frente, se camina… pero, ¿por qué no las deja nomás?
- Si usted quiere, mamita - se atrevió Teresa - yo le hago conocer...
- ¡No! - en tono cortante y mirándola inquisitivamente - Venga usted, de la puerta puedo indicarle como llegar.
Fue hacia ella seguida de Teresa y Roberto, quienes se miraron con un gesto de inteligencia.
- Vea usted. En esa esquina pasa al frente, van dos cuadras y vuelve a cruzar.
- A la izquierda o a la derecha - interrumpió Roberto como quien no comprende.
- ¡No!... ¡al frente! - con tono de impaciencia.
- Mejor le llevo yo, mamita - insistió Teresa.
Maria la miró como apuñalándola. Al darse cuenta que Roberto la estaba observando suavizó su mirada, clavó fijamente sus ojos en los suyos, como para leer en su pensamiento. Su maternal instinto le gritaba que entre Teresa y Roberto estaba naciendo un vínculo de simpatía que no podían ocultar, que inconscientemente lo exteriorizaban. Pero... ¡su hija era una criatura!... ¡No!... ¡Imposible! Y él… ¿quién era él?... ¿Qué estaría pensando él?... ¡No, No!... Sólo eran figuraciones suyas... su hija no podía pensar todavía en tales cosas... La miró con fruncido ceño y con vacilante resignación admitió.
- Está bien, Teresa le va a llevar al almacén, pero te quedas con tu padre hasta la hora que él venga a almorzar
- Sí, mamita.
- Hasta luego señora, muchas gracias.
Caminaron en silencio unos treinta pasos. Roberto sentía impulsos de volverse a mirar para sentirse más tranquilo y hablar con soltura, le parecía tener clavados en la nuca los ojos de María.
- Seguro que tu mamita nos estará mirando - dijo suavemente.
- No vayas a mirar atrás.
Pero Roberto no se pudo contener, simulando hacer un arreglo con las escopetas las depositó en el suelo sin doblar las rodillas y por entre las piernas miró... ¡Doña María de pie, en el centro de la acera, los miraba en actitud de un sargento de ronda!...
Nos está mirando - dijo con disgusto, levantando las escopetas y poniéndoselas al hombro violentamente - Creo que tu mamá me aborrece.
- Así es ella... ¿No te he dicho que nunca me deja salir sola?... ¡No se cómo ahora me ha dejado venir contigo!
Llegaron a la esquina, cruzaron la calle apresuradamente y se metieron a la otra; sintiéndose libres de la mirada que los perseguía se detuvieron respirando hondamente, como si hubieran salvado un riesgo, superado una meta, se miraron riendo y continuaron el camino lentamente por la desierta calle. En voz baja Roberto empezó:
- Quiero decirte una cosa Teresa.
- ¿Qué cosa?
- Ya lo sabes… estoy enamorado de ti... te quiero...
- Pero… ya te vas... yo no sé... ¿qué quieres que haga?... dile a mi mamá.
- Quisiera decírselo, pero me mira de un modo que parece estar amenazándome, con ojos opacados por la desconfianza... y no me atrevo. Pero nada de eso me importa si tú me quieres. Dime Teresita, ¿de verdad me quieres?
- Roberto... no sé... cómo será, pero creo todo lo que me dices, me gusta oírte, me gusta verte, quisiera que no te vayas, quisiera estar siempre contigo. He oído decir que mañana se va la lancha y desde ese momento he sentido como que voy a perder algo o que quisiera quitarme algo... ¿Qué se pudiera hacer para que no te vayas?

Roberto le cogió la mano suavemente, sentía un irresistible impulso de tirar las escopetas, abrazarla, llenarla de besos, alzarla y acunarla como a una criatura… Una pareja apareció en la esquina, se soltaron las manos, la pareja los miró con curiosidad y al cruzarse la señora dijo:
- ¡Hola Teresita!... ¿Adónde vas?
- Al almacén de mi padre, doña Ishti, buenos días don Juan.
- Buenos días Teresita, dale mis saludos a tu padre.
- Gracias don Juan, le haré presente.
Se alejaron los intrusos y volvieron a cogerse de las manos.
- No puedo dejar de ir - retomó Roberto el hilo de la conversación - pero regresaré. Tu mamá tiene que reconocer que ya eres una señorita y no va a tenerte encerrada toda la vida. El destino de las mujeres es ser la compañera de un hombre, ese hombre ha aparecido para ti y tú debes cumplir con tu destino.
- Pero tienes que decirle a mi mamá.
- ¡No! Le voy a decir a tu papá, le hablaré de hombre a hombre.
- ¿Ahora le vas a decir? - se alarmó Teresa.
- No Teresita, a mi regreso. Creo que hoy sería muy pronto.
- Espera, ya vamos a llegar.
- Mañana iré a tu casa a despedirme de tu papá y de tu mamá, pero esta noche iré a despedirme de ti.
- ¡Pero cómo!... Yo no salgo de noche.
- He sabido que esta noche tu papá irá otra vez a jugar a bordo, yo vendré a eso de las nueve y te voy a silbar así - moduló un silbido - ¿Tú duermes sola?
- Si, pero junto al dormitorio de mi papá y mi mamá.
- Entonces temprano dices que vas a acostarte y sales cuando te silbo.
- ¿Y si no puedo?... ¿Si mi madre está despierta?
- Te esperaré. Si oyes el silbo sabrás que estoy esperando.
- Bueno, voy a procurar, pero no te aseguro.
Se apretaron fuertemente la mano en señal de convenio y reanudaron el camino hasta el almacén. Manuel estaba conversando con un señor y al verlos entrar los miró con sorpresa.
- ¡Como! - dijo - ¿Y tu madre? Disculpe Roberto, buenos días. ¿Pero porqué no me avisó para yo mismo mandar traer las escopetas?
- Buenos días, don Manuel. Es usted quien tiene que disculparme por haber permitido que su señorita hija se tomara esta molestia.
- ¡No, papá!... Mamita me ordenó que trajera al joven Roberto, por que él no conocía el almacén.
- Bueno... admitió Manuel conciliador - la cosa es que usted ya está aquí con las escopetas - cogió una, la miró detenidamente, la amartilló, de un estante cogió una cajita de la que extrajo un fulminante que colocó en la chimenea y apretó el disparador. Estalló el fulminante.
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con otra y mirándola con un gesto de satisfacción repitió:
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con las otras y mirándolas con el mismo gesto repitió:
- Muy bien, muy bien ¿Cuánto es lo que le debo?
- Créame, don Manuel... quisiera que no lo tome en cuenta... es un trabajo tan sencillo que...
- ¡No, No! - le interrumpió con acento de disgusto - ayer no quiso cobrar por la máquina, ahora esto... ¡No puede ser!... Su trabajo vale y debe usted cobrar... de otro modo - agregó suavizando su gesto con una sonrisa - como ya las tenía como perdidas... ¡No se las recibo! y rió palmeándolo en el hombro.
Teresa los miraba también sonriente.
- Eso no puede ser, don Manuel - protestó Roberto - yo sólo quisiera... es la única manera como puedo... hacerle una atención.
- Se lo agradezco, Roberto, pero quiero que usted estime su trabajo.
- Bueno... ¿le parece bien cuatro soles?
Manuel lo miró fijamente, movió la cabeza como diciendo: ¡Éste no tiene remedio!... se metió la mano al bolsillo y sacando una moneda de una libra se la extendió diciendo:
- Tenga. Usted no estima su trabajo ni su habilidad... ¡Una escopeta vale treinta soles, se malogra y usted la vuelve nueva por un sol!... Así no va a hacer fortuna.
- No se trata de eso, don Manuel, le estoy cobrando lo justo.
Intervino el otro señor preguntando:
- ¿Es usted mecánico?
- Sí, señor...
- Lozano, para servirle. A mi hijo Cesáreo le gustan esas curiosidades, ¿No Manuel? Yo le voy a mandar a Iquitos para que aprenda.
Siguieron conversando los tres, mientras Teresa no apartaba los ojos de Roberto. Manuel la observaba con disimulo y en un breve silencio le preguntó:
- ¿Vas regresar con el señor?
- No, papá, mamita me ha dicho que regrese con usted a la hora del almuerzo.
Oyéndolo como una despedida, Roberto la hizo.
- Me voy, don Manuel, muchas gracias, si me permite mañana iré a su casa a despedirme de usted y su señora.
- Está bien Roberto. Tiene la casa cuando guste - y le extendió la mano que Roberto estrechó, diciendo: ¡Hasta luego! , se volvió a Teresa para decirle lo mismo y ella se apresuró a darle la mano que él estrechó con fuerza diciendo lo mismo. Luego a Lozano.
- ¡Adiós señor Lozano! y se dirigió a la puerta.
Teresa impulsivamente lo acompañó y en ella volvieron a decirse
- ¡Hasta luego!
Se fue y ella quedó mirándolo mientras llegaba a la esquina donde volteó. Su padre seguía conversando con Lozano y mirándola de reojo; algo insólito había notado y cuando éste se marchó le preguntó:
- ¿Qué te parece ese joven?
Lo miró sorprendida, ruborizándose ligeramente sonrió y como pensando en algo muy lejano contestó
- Parece bueno... y creo que le estima mucho a usted.
- ¿Porqué crees eso?
- No ha querido cobrarle por las escopetas.
- Y tampoco por la máquina. ¿No te ha dicho porqué no ha querido cobrar?
- No, sólo me ha dicho que ustedes conocen a su papá y a su mamá. ¿Son paisanos no?
- Su papá murió - concluyó Manuel y pareció sumirse en sus pensamientos
De pronto se había dado cuenta que su hija ya no era la niña que había estado viendo. Tenía quince años en una plenitud que la encaminaba hacia una nueva vida, que la estaba cambiando de mentalidad y sentimientos, que la hacía mirar un horizonte desconocido lleno de interrogantes. ¿Qué podía hacer para ayudarla a cruzarlo?
Aquella noche a Roberto le pareció desleal hablar con Manuel, incluso encontrarse con él, de modo que se encerró en su camarote y se acostó hasta que oyó en la campana del puente tocar las ocho y media, salió entonces y se encaminó a la cita. Los faroles, a trechos largos, iluminaban las silenciosas calles, ayudados por las tenues ráfagas de la luz escapadas de las abiertas puertas de una que otra casa. La de Manuel estaba completamente a oscuras, frente a ella, las altas ramas de unos rosales meciéndose lentamente con el aire, proyectaban enormemente agrandadas en el suelo y en la fachada, las sombras que hacían a un farol cercano, dando la impresión de formas que se movieran. Roberto calculó el tiempo y silbó suavemente, esperó largo rato y silbó de nuevo, en ese instante oyó nueve apagados toques de la campana de un reloj dentro de la casa; esperó un rato más, se disponía a silbar otra vez cuando en la puerta apareció un bulto blanco, que se dirigió a uno de los ángulos del patio. Con cautela, para no tropezar, lo siguió hasta darle alcance. Era Teresa que había salido en ropa de dormir, la cogió de ambas manos diciendo:
- Estaba creyendo que no podías salir.
- No oí cuando silbaste, porque mi cuarto está al otro lado de la casa, pero cuando dieron las nueve salí para ver si habías venido.
Hablaban suavemente, él con acento que parecía tratar de inspirarle confianza, ella, segura y confiada, abandonando sus manos en las de Roberto, que las aprisionaba como queriendo absorber de ellas su calor para las suyas; la atrajo suavemente, la abrazó, puso la cabeza sobre su hombro y acercándole la boca a su oído, en voz baja susurró:
- No sabes Teresita cuánto te quiero, no te imaginas lo que significa éste encuentro para mí; desde que te vi anteanoche, por primera vez, desde cuando me diste tu mano, al presentarme tu madre, ya no he podido dejar de pensar en ti; ansiaba volver a verte, oírte, tenerte cerca permanentemente; me di cuenta que estaba solo y he comprendido que lo único que podía remediar esa soledad era tu presencia.
Teresa temblaba, el dulce cosquilleo de las palabras en sus oídos le bajaba por la espalda, se le extendía por todo el cuerpo, erizando sus poros y produciéndole estremecimientos que la hacían languidecer; una inefable sensación de abandono, temor, placer, curiosidad, satisfacción, la hacía apretarse más y más en los brazos de Roberto. Con entrecortada voz le contestó:
- Nunca he sentido una cosa igual... he leído en una novela que me ha prestado una amiga que dos jóvenes se enamoraron, pero no he creído lo que dice que sentían al abrazarse y besarse... hoy comprendo como es eso.
Roberto la apartó con suavidad sin soltarla, la miró largamente a los ojos que en la penumbra brillaban como humedecidos por lágrimas; la vio más bella que en la fiesta, sus labios entreabiertos parecían estar pidiendo saber cómo es un beso, querer sentir aquello que en la novela estaba descrito, parecían ofrecerse como primicia de un amor recién nacido; la atrajo nuevamente e inclinándole la cabeza con suavidad hacia atrás buscó sus labios con los suyos, ella se los entregó, cerró los ojos y quedaron como una estatua viviente, trémula y silente, en un trance de dulce agonía... El tibio contacto de su cuerpo apretándose al suyo, sus brazos rodeando amorosamente su cuello, la sensación de sus senos apoyados en su pecho, a través de la sutil camisa de dormir, inevitablemente despertaron la naturaleza de Roberto turbando su pensamiento... ¡No!... Teresa era digna de su respeto, de su devoción, de su verdadero amor... Retiró sus labios y la miró, parecía dormida, la volvió a besar... una vez, otra vez… un beso más largo... no abría los ojos, sólo sentía los leves estremecimientos de su cuerpo en sus brazos y casi oía el palpitar de su corazón... ¿Cuánto tiempo pasaría?
- Teresita - le habló al oído - quiero ver tus ojos.
- Déjame soñar… porque esto no puede ser más que un sueño, el sueño que hace tiempo perseguí pero no llegaba a tenerlo, a sentirlo, a vivirlo… si así es el amor, si para amar hay que morir como me he sentido morir hace un momento... ¡Quiero morir, pero en tus brazos!... - abrió los ojos y mirándolo amorosamente continuó - Roberto... ¡qué lindo es tu nombre!... No necesito decirte Robertito para decirte que te quiero, ni para pedirte que me quieras... ¿Será siempre como en este momento?
- Si, Teresita, yo sí siempre te diré Teresita, porque así te siento más mía, porque eres menudita como una joya, la joya que adornará mi vida.
Volvieron a estrecharse en un abrazo y sus labios se juntaron en un nuevo arrebato...
- A mi regreso hablaré con tu papá para pedirle tu mano y casarnos... ¿Qué dices tú?
- Mi papá es muy bueno, se que nos comprenderá, pero... ¡mi madre!... no sé porqué pienso que a ella no le va a gustar, siempre está diciendo que soy una niña, que no debo oír sus conversaciones, que no debo leer esto o lo otro... y cuando le pregunto porqué, ¡Ya lo sabrás a su tiempo! me contesta.
- ¿No seria bueno que le contaras todo esto y lo que te he dicho?
- ¡Jesús!... ¡Me mataría!
Continuaron debatiendo el tema y de pronto oyeron las campanadas del reloj interior… alarmados contaron once.
- ¡Las once, Roberto!...Ya debo entrar, a veces mi madre va a mirarme en el dormitorio
- Está bien Teresita, me voy contento y feliz, se que me quieres y a mi vuelta lo arreglaré todo. No demoraré más de veinte días.
La cogió de nuevo en sus brazos, juntaron sus labios en un nuevo y largo beso y al desprenderse se dijeron mutuamente:
- ¡Adiós amor mió!