sábado, 5 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se fue caminando lentamente, como si algo le frenara, con un deseo incontenible de volverse a mirar pensando que alguien le seguía con la vista. Al llegar a la esquina ya no pudo contenerse… la calle estaba desierta. Continuó caminando al mismo paso, absorto en el recuerdo de los instantes que había estado con Teresa y de lo que ella había dicho; miró sus manos como si extrañara no encontrar en ellas renovada la sensación de placer que había experimentado... ¿Cómo hacer para verla de nuevo... hablarle otra vez?
Cuando recibió las escopetas se dio tal prisa para repararlas que aquella misma tarde las dejó expeditas; pensó llevarlas en la noche con la esperanza de ver a Teresa, pero lo estimó inoportuno y se resignó a esperar el día siguiente. Durante la comida, en la conversación con los otros oficiales, se enteró que el comandante había invitado a Pinedo a jugar en la noche una partida de rocambor, que hasta entonces no había podido armar porque le faltaba un jugador; sólo contaba con el primer maquinista y Samuel, pues Ponciano, además de no jugar muy bien, detestaba el juego por haberle dado amargos resultados.
Le quedó la impresión que Pinedo le había demostrado simpatía, quería confirmarlo y sondear su pensamiento respecto a los suyos con su hija. Esperó pues con impaciencia y cuando lo vio llegar acompañado de Ponciano y Samuel, impulsivamente se acercó al portalón a recibirlo.
- ¡Señor Pinedo, buenas noches! - simulando ignorancia del motivo de la visita agregó: viene usted a conocer el “Liberal”
- Sí, Roberto, buenas noches; también a visitar a los amigos que no han querido ir a mi casa - y estrechando la mano que le tendió continuó - ¿Y qué me cuenta de mi escopeta?
- Ya están listas, don Manuel, mañana voy a llevarlas.
Samuel intervino.
- Roberto es muy “curioso”... ¡Compone toda clase de máquinas!... ven a ver la máquina que maneja - lo condujo a la escalinata que descendía a la sala de máquinas.
Toda estaba brillantemente iluminada, de la planta uno de los fogoneros los miró y saludó, Manuel miraba con atención la reluciente limpieza de la máquina principal y el orden que reinaba en todo.
- ¿Y de dónde sale la luz? - preguntó.
- De la dinamo que mueve esa máquina pequeña - se apresuró a responder Roberto.
- ¡Qué interesante!... ¡Cómo está adelantada la ciencia!... ¿Hasta cuándo tendremos luz eléctrica en Caballo Cocha? - y volviéndose a Roberto - ¿Y dónde aprendió usted todo esto?
- En la factoría del gobierno, señor Pinedo. Además he conseguido algunos libros que me han servido para dar examen de maquinista.
Manuel quedó en silencio. Roberto advirtió que se disponían a subir y le preguntó:
- ¿Cómo está la señora Maria?... ¿Cómo está la señorita Teresa?
- Están bien, gracias - lo miró fijamente sonriendo - Me dijo mi mujer que no quiso usted cobrarle por su trabajo de la máquina… eso no está bien, el trabajo es sagrado y debe ser pagado.
- Sí, don Manuel, pero hay personas que merecen atenciones y a quienes queremos ser agradables - se dio cuenta que estaba por decir algo impropio - Además, el hecho de que hayan conocido a mis padres...
- Bueno, bueno... - le interrumpió - de todos modos le estamos muy agradecidos, pero... eso sí, que no vaya a ocurrir lo mismo con las escopetas...
- No se preocupe, don Manuel - le interrumpió riendo.
En ese momento apareció Prieto en la escalera y les pasó la voz:
- ¡Por favor!... ¡No me distraigan la tripulación!... La reunión es acá y vamos a ver si estos caucheros son tan buenos como para hacer un solo de oros.
Subieron y luego de calurosos saludos y fuertes abrazos se acomodaron en torno de la mesa que estaba esperándolos con varias botellas de Ginger Ale, Oporto Romariz, Jerez de la Frontera y otros licores en pintoresco desorden. Empezaron la partida de rocambor matizada de hilarantes bromas y rociada por frecuentes tragos. Roberto estaba satisfecho, tanto por su aplomada actitud, como por la atención de Pinedo. Con ese ánimo se dirigió a su camarote y se acostó, pensando en la entrevista que podría tener con Teresa.
Al día siguiente, con impaciencia esperó la hora oportuna para llevar las escopetas; en el camino le asaltó una duda, era indiscreto llevarla a la casa porque pertenecían al almacén, pero no quería ir al almacén sino a la casa, pues la arrastraba el deseo de ver a Teresa y no la entrega de las escopetas... Caminaba con ellas al hombro y al llegar cerca de la casa se detuvo... ¡Claro!... No sabía dónde estaba el almacén, no podía ir allá... Tenía que ir a la casa y si le recibía doña María podía disculparse. Siguió sin vacilación, ingresó al patio, llegó a la puerta y tocó; esperó prudentemente... Tres veces volvió a tocar y sintió un gran desaliento al ver que nadie salía, No sabía qué hacer, esperar... marcharse... se disponía a esto último cuando oyó pasos a su espalda y al volverse vio a doña María y Teresa que ingresaban al patio.
- Buenos días - se apresuró a saludar - estaba tocando y nadie salía
- Buenos días - contestó Maria - no hay nadie. Nos avisaron que don Melchor iba a matar “su chancho” y fuimos a que nos venda un poco de
carne, pero no ha podido “agarrarle” y hemos hecho un viaje inútil. Veo que ha traído las escopetas... ¿Tan pronto las ha compuesto?
- Sí, señora - y justificándose - he debido llevarlas al almacén, pero no se dónde queda.
- No está muy lejos, de la esquina se pasa al frente, se camina… pero, ¿por qué no las deja nomás?
- Si usted quiere, mamita - se atrevió Teresa - yo le hago conocer...
- ¡No! - en tono cortante y mirándola inquisitivamente - Venga usted, de la puerta puedo indicarle como llegar.
Fue hacia ella seguida de Teresa y Roberto, quienes se miraron con un gesto de inteligencia.
- Vea usted. En esa esquina pasa al frente, van dos cuadras y vuelve a cruzar.
- A la izquierda o a la derecha - interrumpió Roberto como quien no comprende.
- ¡No!... ¡al frente! - con tono de impaciencia.
- Mejor le llevo yo, mamita - insistió Teresa.
Maria la miró como apuñalándola. Al darse cuenta que Roberto la estaba observando suavizó su mirada, clavó fijamente sus ojos en los suyos, como para leer en su pensamiento. Su maternal instinto le gritaba que entre Teresa y Roberto estaba naciendo un vínculo de simpatía que no podían ocultar, que inconscientemente lo exteriorizaban. Pero... ¡su hija era una criatura!... ¡No!... ¡Imposible! Y él… ¿quién era él?... ¿Qué estaría pensando él?... ¡No, No!... Sólo eran figuraciones suyas... su hija no podía pensar todavía en tales cosas... La miró con fruncido ceño y con vacilante resignación admitió.
- Está bien, Teresa le va a llevar al almacén, pero te quedas con tu padre hasta la hora que él venga a almorzar
- Sí, mamita.
- Hasta luego señora, muchas gracias.
Caminaron en silencio unos treinta pasos. Roberto sentía impulsos de volverse a mirar para sentirse más tranquilo y hablar con soltura, le parecía tener clavados en la nuca los ojos de María.
- Seguro que tu mamita nos estará mirando - dijo suavemente.
- No vayas a mirar atrás.
Pero Roberto no se pudo contener, simulando hacer un arreglo con las escopetas las depositó en el suelo sin doblar las rodillas y por entre las piernas miró... ¡Doña María de pie, en el centro de la acera, los miraba en actitud de un sargento de ronda!...
Nos está mirando - dijo con disgusto, levantando las escopetas y poniéndoselas al hombro violentamente - Creo que tu mamá me aborrece.
- Así es ella... ¿No te he dicho que nunca me deja salir sola?... ¡No se cómo ahora me ha dejado venir contigo!
Llegaron a la esquina, cruzaron la calle apresuradamente y se metieron a la otra; sintiéndose libres de la mirada que los perseguía se detuvieron respirando hondamente, como si hubieran salvado un riesgo, superado una meta, se miraron riendo y continuaron el camino lentamente por la desierta calle. En voz baja Roberto empezó:
- Quiero decirte una cosa Teresa.
- ¿Qué cosa?
- Ya lo sabes… estoy enamorado de ti... te quiero...
- Pero… ya te vas... yo no sé... ¿qué quieres que haga?... dile a mi mamá.
- Quisiera decírselo, pero me mira de un modo que parece estar amenazándome, con ojos opacados por la desconfianza... y no me atrevo. Pero nada de eso me importa si tú me quieres. Dime Teresita, ¿de verdad me quieres?
- Roberto... no sé... cómo será, pero creo todo lo que me dices, me gusta oírte, me gusta verte, quisiera que no te vayas, quisiera estar siempre contigo. He oído decir que mañana se va la lancha y desde ese momento he sentido como que voy a perder algo o que quisiera quitarme algo... ¿Qué se pudiera hacer para que no te vayas?

Roberto le cogió la mano suavemente, sentía un irresistible impulso de tirar las escopetas, abrazarla, llenarla de besos, alzarla y acunarla como a una criatura… Una pareja apareció en la esquina, se soltaron las manos, la pareja los miró con curiosidad y al cruzarse la señora dijo:
- ¡Hola Teresita!... ¿Adónde vas?
- Al almacén de mi padre, doña Ishti, buenos días don Juan.
- Buenos días Teresita, dale mis saludos a tu padre.
- Gracias don Juan, le haré presente.
Se alejaron los intrusos y volvieron a cogerse de las manos.
- No puedo dejar de ir - retomó Roberto el hilo de la conversación - pero regresaré. Tu mamá tiene que reconocer que ya eres una señorita y no va a tenerte encerrada toda la vida. El destino de las mujeres es ser la compañera de un hombre, ese hombre ha aparecido para ti y tú debes cumplir con tu destino.
- Pero tienes que decirle a mi mamá.
- ¡No! Le voy a decir a tu papá, le hablaré de hombre a hombre.
- ¿Ahora le vas a decir? - se alarmó Teresa.
- No Teresita, a mi regreso. Creo que hoy sería muy pronto.
- Espera, ya vamos a llegar.
- Mañana iré a tu casa a despedirme de tu papá y de tu mamá, pero esta noche iré a despedirme de ti.
- ¡Pero cómo!... Yo no salgo de noche.
- He sabido que esta noche tu papá irá otra vez a jugar a bordo, yo vendré a eso de las nueve y te voy a silbar así - moduló un silbido - ¿Tú duermes sola?
- Si, pero junto al dormitorio de mi papá y mi mamá.
- Entonces temprano dices que vas a acostarte y sales cuando te silbo.
- ¿Y si no puedo?... ¿Si mi madre está despierta?
- Te esperaré. Si oyes el silbo sabrás que estoy esperando.
- Bueno, voy a procurar, pero no te aseguro.
Se apretaron fuertemente la mano en señal de convenio y reanudaron el camino hasta el almacén. Manuel estaba conversando con un señor y al verlos entrar los miró con sorpresa.
- ¡Como! - dijo - ¿Y tu madre? Disculpe Roberto, buenos días. ¿Pero porqué no me avisó para yo mismo mandar traer las escopetas?
- Buenos días, don Manuel. Es usted quien tiene que disculparme por haber permitido que su señorita hija se tomara esta molestia.
- ¡No, papá!... Mamita me ordenó que trajera al joven Roberto, por que él no conocía el almacén.
- Bueno... admitió Manuel conciliador - la cosa es que usted ya está aquí con las escopetas - cogió una, la miró detenidamente, la amartilló, de un estante cogió una cajita de la que extrajo un fulminante que colocó en la chimenea y apretó el disparador. Estalló el fulminante.
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con otra y mirándola con un gesto de satisfacción repitió:
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con las otras y mirándolas con el mismo gesto repitió:
- Muy bien, muy bien ¿Cuánto es lo que le debo?
- Créame, don Manuel... quisiera que no lo tome en cuenta... es un trabajo tan sencillo que...
- ¡No, No! - le interrumpió con acento de disgusto - ayer no quiso cobrar por la máquina, ahora esto... ¡No puede ser!... Su trabajo vale y debe usted cobrar... de otro modo - agregó suavizando su gesto con una sonrisa - como ya las tenía como perdidas... ¡No se las recibo! y rió palmeándolo en el hombro.
Teresa los miraba también sonriente.
- Eso no puede ser, don Manuel - protestó Roberto - yo sólo quisiera... es la única manera como puedo... hacerle una atención.
- Se lo agradezco, Roberto, pero quiero que usted estime su trabajo.
- Bueno... ¿le parece bien cuatro soles?
Manuel lo miró fijamente, movió la cabeza como diciendo: ¡Éste no tiene remedio!... se metió la mano al bolsillo y sacando una moneda de una libra se la extendió diciendo:
- Tenga. Usted no estima su trabajo ni su habilidad... ¡Una escopeta vale treinta soles, se malogra y usted la vuelve nueva por un sol!... Así no va a hacer fortuna.
- No se trata de eso, don Manuel, le estoy cobrando lo justo.
Intervino el otro señor preguntando:
- ¿Es usted mecánico?
- Sí, señor...
- Lozano, para servirle. A mi hijo Cesáreo le gustan esas curiosidades, ¿No Manuel? Yo le voy a mandar a Iquitos para que aprenda.
Siguieron conversando los tres, mientras Teresa no apartaba los ojos de Roberto. Manuel la observaba con disimulo y en un breve silencio le preguntó:
- ¿Vas regresar con el señor?
- No, papá, mamita me ha dicho que regrese con usted a la hora del almuerzo.
Oyéndolo como una despedida, Roberto la hizo.
- Me voy, don Manuel, muchas gracias, si me permite mañana iré a su casa a despedirme de usted y su señora.
- Está bien Roberto. Tiene la casa cuando guste - y le extendió la mano que Roberto estrechó, diciendo: ¡Hasta luego! , se volvió a Teresa para decirle lo mismo y ella se apresuró a darle la mano que él estrechó con fuerza diciendo lo mismo. Luego a Lozano.
- ¡Adiós señor Lozano! y se dirigió a la puerta.
Teresa impulsivamente lo acompañó y en ella volvieron a decirse
- ¡Hasta luego!
Se fue y ella quedó mirándolo mientras llegaba a la esquina donde volteó. Su padre seguía conversando con Lozano y mirándola de reojo; algo insólito había notado y cuando éste se marchó le preguntó:
- ¿Qué te parece ese joven?
Lo miró sorprendida, ruborizándose ligeramente sonrió y como pensando en algo muy lejano contestó
- Parece bueno... y creo que le estima mucho a usted.
- ¿Porqué crees eso?
- No ha querido cobrarle por las escopetas.
- Y tampoco por la máquina. ¿No te ha dicho porqué no ha querido cobrar?
- No, sólo me ha dicho que ustedes conocen a su papá y a su mamá. ¿Son paisanos no?
- Su papá murió - concluyó Manuel y pareció sumirse en sus pensamientos
De pronto se había dado cuenta que su hija ya no era la niña que había estado viendo. Tenía quince años en una plenitud que la encaminaba hacia una nueva vida, que la estaba cambiando de mentalidad y sentimientos, que la hacía mirar un horizonte desconocido lleno de interrogantes. ¿Qué podía hacer para ayudarla a cruzarlo?
Aquella noche a Roberto le pareció desleal hablar con Manuel, incluso encontrarse con él, de modo que se encerró en su camarote y se acostó hasta que oyó en la campana del puente tocar las ocho y media, salió entonces y se encaminó a la cita. Los faroles, a trechos largos, iluminaban las silenciosas calles, ayudados por las tenues ráfagas de la luz escapadas de las abiertas puertas de una que otra casa. La de Manuel estaba completamente a oscuras, frente a ella, las altas ramas de unos rosales meciéndose lentamente con el aire, proyectaban enormemente agrandadas en el suelo y en la fachada, las sombras que hacían a un farol cercano, dando la impresión de formas que se movieran. Roberto calculó el tiempo y silbó suavemente, esperó largo rato y silbó de nuevo, en ese instante oyó nueve apagados toques de la campana de un reloj dentro de la casa; esperó un rato más, se disponía a silbar otra vez cuando en la puerta apareció un bulto blanco, que se dirigió a uno de los ángulos del patio. Con cautela, para no tropezar, lo siguió hasta darle alcance. Era Teresa que había salido en ropa de dormir, la cogió de ambas manos diciendo:
- Estaba creyendo que no podías salir.
- No oí cuando silbaste, porque mi cuarto está al otro lado de la casa, pero cuando dieron las nueve salí para ver si habías venido.
Hablaban suavemente, él con acento que parecía tratar de inspirarle confianza, ella, segura y confiada, abandonando sus manos en las de Roberto, que las aprisionaba como queriendo absorber de ellas su calor para las suyas; la atrajo suavemente, la abrazó, puso la cabeza sobre su hombro y acercándole la boca a su oído, en voz baja susurró:
- No sabes Teresita cuánto te quiero, no te imaginas lo que significa éste encuentro para mí; desde que te vi anteanoche, por primera vez, desde cuando me diste tu mano, al presentarme tu madre, ya no he podido dejar de pensar en ti; ansiaba volver a verte, oírte, tenerte cerca permanentemente; me di cuenta que estaba solo y he comprendido que lo único que podía remediar esa soledad era tu presencia.
Teresa temblaba, el dulce cosquilleo de las palabras en sus oídos le bajaba por la espalda, se le extendía por todo el cuerpo, erizando sus poros y produciéndole estremecimientos que la hacían languidecer; una inefable sensación de abandono, temor, placer, curiosidad, satisfacción, la hacía apretarse más y más en los brazos de Roberto. Con entrecortada voz le contestó:
- Nunca he sentido una cosa igual... he leído en una novela que me ha prestado una amiga que dos jóvenes se enamoraron, pero no he creído lo que dice que sentían al abrazarse y besarse... hoy comprendo como es eso.
Roberto la apartó con suavidad sin soltarla, la miró largamente a los ojos que en la penumbra brillaban como humedecidos por lágrimas; la vio más bella que en la fiesta, sus labios entreabiertos parecían estar pidiendo saber cómo es un beso, querer sentir aquello que en la novela estaba descrito, parecían ofrecerse como primicia de un amor recién nacido; la atrajo nuevamente e inclinándole la cabeza con suavidad hacia atrás buscó sus labios con los suyos, ella se los entregó, cerró los ojos y quedaron como una estatua viviente, trémula y silente, en un trance de dulce agonía... El tibio contacto de su cuerpo apretándose al suyo, sus brazos rodeando amorosamente su cuello, la sensación de sus senos apoyados en su pecho, a través de la sutil camisa de dormir, inevitablemente despertaron la naturaleza de Roberto turbando su pensamiento... ¡No!... Teresa era digna de su respeto, de su devoción, de su verdadero amor... Retiró sus labios y la miró, parecía dormida, la volvió a besar... una vez, otra vez… un beso más largo... no abría los ojos, sólo sentía los leves estremecimientos de su cuerpo en sus brazos y casi oía el palpitar de su corazón... ¿Cuánto tiempo pasaría?
- Teresita - le habló al oído - quiero ver tus ojos.
- Déjame soñar… porque esto no puede ser más que un sueño, el sueño que hace tiempo perseguí pero no llegaba a tenerlo, a sentirlo, a vivirlo… si así es el amor, si para amar hay que morir como me he sentido morir hace un momento... ¡Quiero morir, pero en tus brazos!... - abrió los ojos y mirándolo amorosamente continuó - Roberto... ¡qué lindo es tu nombre!... No necesito decirte Robertito para decirte que te quiero, ni para pedirte que me quieras... ¿Será siempre como en este momento?
- Si, Teresita, yo sí siempre te diré Teresita, porque así te siento más mía, porque eres menudita como una joya, la joya que adornará mi vida.
Volvieron a estrecharse en un abrazo y sus labios se juntaron en un nuevo arrebato...
- A mi regreso hablaré con tu papá para pedirle tu mano y casarnos... ¿Qué dices tú?
- Mi papá es muy bueno, se que nos comprenderá, pero... ¡mi madre!... no sé porqué pienso que a ella no le va a gustar, siempre está diciendo que soy una niña, que no debo oír sus conversaciones, que no debo leer esto o lo otro... y cuando le pregunto porqué, ¡Ya lo sabrás a su tiempo! me contesta.
- ¿No seria bueno que le contaras todo esto y lo que te he dicho?
- ¡Jesús!... ¡Me mataría!
Continuaron debatiendo el tema y de pronto oyeron las campanadas del reloj interior… alarmados contaron once.
- ¡Las once, Roberto!...Ya debo entrar, a veces mi madre va a mirarme en el dormitorio
- Está bien Teresita, me voy contento y feliz, se que me quieres y a mi vuelta lo arreglaré todo. No demoraré más de veinte días.
La cogió de nuevo en sus brazos, juntaron sus labios en un nuevo y largo beso y al desprenderse se dijeron mutuamente:
- ¡Adiós amor mió!

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