CAPITULO III
DOS HOMBRES DISTINTOS HACIA UN MISMO DESTINO
...no es posible tolerar semejante escándalo y menos su agresión a mano armada a un hombre indefenso. Dígale al señor Ramírez que le arregle su cuenta; si tiene saldo tráigala para ponerle el conforme y le pague y si no tiene... tráigala nomás para darla por cancelada - le decía Manuel al colombiano, al día siguiente de la fiesta.
- Pero don Manuel - suplicó Cedeño - yo estaba borracho, no sabía lo que estaba haciendo. El brasileño fue a molestarme, luego me dio un puñetazo que me rompió la boca ¡Mire usted! - le enseñó el labio roto - yo sólo quise defenderme porque tuve miedo de que sacara un puñal que siempre llevan los brasileños... No me despida don Manuel, estoy enfermo y no tengo plata para regresar a mi tierra. ¡Por Dios, don Manuel! aunque ya no sea como capataz, déjeme trabajar hasta tener un saldito...
- Anoche le dije que viniera a esperarme y no vino; si usted es mi empleado debe obedecer mis ordenes.
- Estaba borracho, don Manuel, yo no sabía lo que hacia...
Apareció un día en el campamento que tenía Manuel en la cabecera del Ampiyacu; una bolsa enjebada pequeña a medio llenar al hombro y un machete Collins metido por entre la correa del pantalón era todo lo que llevaba. Con paso inseguro y desconfiado mirar se acercó al tambo donde Manuel estaba haciendo entrega de aviamiento a su personal. Alguien dio la voz al verlo y todos se volvieron a mirarlo entre sorprendidos y cautelosos; un tipo de repulsiva apariencia, facciones duras y mirada torva, barba rala, crecida y descuidada, todo sucio de fango y emanando un penetrante olor de almizcle y grajo; sus gruesos labios y el apretado ensortijamiento de su corto cabello pregonaban su ascendencia africana;
su tez tostada por el sol tenia una palidez cadavérica producida por el paludismo.
Gente así aparecía con frecuencia; witotos o mestizos que huían de las posesiones gomeras de la poderosa Peruvian, donde era flagelados, torturados cuando no cumplían con la entrega de la cantidad de caucho, shiringa o jebe que les señalaban para un plazo determinado. La empresa, explotadora de grandes extensiones, se consideraba dueña no sólo de los gomales, sino también de los poblados indígenas imponiéndoles una verdadera esclavitud. Los capataces, gente de perversos instintos, excitados por la ambición, embrutecidos por el licor, dominaban por el terror a los nativos y trataban de impedir por cualquier medio, incluso el asesinato, que salieran de los dominios de la firma a donde pudieran ser denunciadas semejantes atrocidades. Los que lograban huir eran perseguidos y ultimados salvo cuando los encontraban enganchados con otro patrón, que se avenía a pagar supuestas cuentas contraídas por el indio, que no las quería pagar por “haragán”, “rebelde”, “ladrón” o cualquier otro defecto lapidario. En realidad era una venta solapada y el pobre indígena cambiaba de dueño.
- ¿Quién es usted?
- Me llamo Luís Cedeño, soy colombiano, vengo de la Chorrera, donde estuve trabajando; me enfermé, no pude trabajar y me botaron. He venido por el varadero del Algodón porque quiero llegar al Amazonas para ir al Brasil...Pero si usted me hiciera el favor de darme trabajo...
- Pero dice usted que está enfermo.
- Ya estoy así bien. Un indio me ha dado unas medicinas vegetales.
- ¿Qué es lo que tuvo?
- Tercianas. ¿Es usted el patrón?
Manuel pensó en su nuevo campamento del Algodón, en la necesidad de aumento de su personal. El tipo decía haber sido capataz y haber estado allí... Su aspecto era repulsivo, pero... tan largo y fatigoso viaje, las privaciones sufridas, la enfermedad que lo consumía lo habrían puesto en
ese estado...su mirada de sombríos reflejos parecía esconder turbios pensamientos... sin duda estaba inseguro, temeroso, desalentado.
Manuel era hombre de buenos sentimientos, poco dado a la desconfianza porque no creía en la maldad humana ni en la deslealtad. Una infancia feliz y una adolescencia sin problemas fue su entrada a la vida; hijo único de padres con bienes de fortuna, comodidades, relaciones, todo le había sonreído. Llegó a hombre con una agradable perspectiva del mundo, sin otra meta que aumentar sus bienes y gozar de la vida. Pero una noche su padre empezó a quejarse de agudos e intermitentes dolores en el estómago, cada vez más fuertes; le pusieron compresas en el vientre, le “sobaron” con “injundia” de gallina, le dieron un purgante para aligerarle el intestino... ¡Todo inútilmente!... Dos días después no había nada que hacer y apenas hubo tiempo para llamar al cura que le administró los últimos sacramentos. ¡Murió con cólicos! - dijeron los amigos. Nadie en su pueblo había oído hablar de la apendicitis...
La desgracia sumió a su madre y a él en profunda consternación. No había lenitivo para el dolor de la esposa; mortal tristeza, insomnio, inapetencia... - ¡Le está “cuyando” el difunto! - decían unas amigas -, “¡pulsario!” -afirmaban otras... Y se esmeraban en su cuidado y atención, prodigándole remedios caseros destinados a curarla. Manuel hacía cuanto le decían y nada escatimaba buscando alivio para el mal. Día a día fue languideciendo, Manuel no se apartó de su cabecera y vio opacarse el brillo de sus ojos como una luz que se alejaba lentamente, sumiéndolo en la oscuridad... Se resistía a creer que no fuera una horrible pesadilla perder a sus padres en tan breve tiempo, se encontró solo y abandonado, se sintió culpable de su impotencia, creyó enloquecer... ¿Qué daño había hecho para merecer tal castigo?... Pensó en la mala suerte, ¡No!... ¡Era el destino!... Y... ¿Qué le reservaba todavía? Olvidó su fortuna y sus comodidades, empezó a odiar a la Moyobamba de sus amores y quiso ahogar su dolor en la bebida, pero reaccionó a tiempo. El mundo es grande - se dijo - en él buscaré mi destino.
Un día hizo su última visita a la tumba de sus padres y luego fue a la capilla del Señor del Perdón, como quien estaba buscando una señal y dando una despedida; liquidó sus bienes, reunió todo su dinero, se lo metió en los bolsillos y abandonando mucho partió sin rumbo definido. Un pueblo, otro pueblo... y otro, hasta donde el impetuoso Huallaga le cerró el paso. ¡Shapaja! ... ¿Sería el final de su éxodo?
Tratando de disipar sus tristes recuerdos miraba desde la orilla el turbulento discurrir de las aguas que parecían invitarle a seguir su corriente que arrastraba las balsas que diariamente partían conduciendo ganado, aves, víveres, pasajeros.
- ¿Adónde van?
- ¡Adónde más!... ¡a Yurimaguas!
- ¿Quieres llevarme?
- Embárcate nomás. Dos soles cuesta el pasaje.
Sueltas las amarras la corriente arrastró los catorce palos de balsa sólidamente atados con fuertes y flexibles bejucos. En los extremos delanteros cuatro estacas incrustadas en los palos de balsa, haciendo ángulo en la parte superior, servían de chumaceras y en ellas, dos largos maderos redondos y pulidos, con dos palas de madera labrada atadas en sus extremos, servía de remos. En el centro un cerco cuadrado de palos del monte, con piso de cañas y hojas, sin ningún techo, encerraba la carga cubierta con hojas de plátano y el ganado. Un hombre en cada remo, con hábiles remadas guiaban la balsa.
- ¡Amárrense al corral!
Manuel imitó a los demás pasajeros sin preguntar por qué, pero la respuesta la tuvo en los acontecimientos.
- ¡Apúrense!
La balsa iba tomando velocidad, empezó a oírse como un prolongado y lejano trueno que rápidamente aumentaba en la intensidad; la balsa casi volaba hacia una masa espumosa que desprendía una nube de salpicaduras de agua con estruendo ensordecedor. Manuel se asustó, pero no tuvo tiempo ni para pensar en serenarse... la balsa se precipitó a un abismo rugiente que apagó los mugidos de terror de los toros y los lastimeros balidos de los carneros; se sintió hundido en el fragor y cubierto de agua; instintivamente retuvo la respiración un breve tiempo que le pareció una eternidad, emergió brevemente, volvió a hundirse y al fin... ¡A flote!... Volvió la vista. Se alejaba el imponente espectáculo: torrentes de agua que se estrellaban en violenta caída despedazándose interminablemente entre amenazantes peñascos escondidos entre olas y espuma y se elevaban en arremolinadas nubes...
- ¡Está creciendo el Huallaga!... ¡Bravo está el Estero!
- ¿Y si hubiéramos chocado contra esas piedras? - preguntó.
- ¡Nooo! ... - en tono de suficiencia - Nosotros sabemos por donde se pasa. El Chumía ha de estar peor.
- Más malo es el Vaquero. El Hilario se ha ahogado allí - acotó uno.
- Eso ha sido porque su balsa “ha sido” mal amarrada…
Fue su bautizo de peligro. Los demás rápidos ya no le impresionaron, pese a ser a cuál más peligroso y de una belleza imponente.
En Yurimaguas oyó por primera vez hablar del caucho, la shiringa, el jebe fino y otras gomas elásticas que se preparan con el látex de árboles de tipos determinados, que se encuentran en abundancia en la selva amazónica. Miles de hombres estaban dedicados a su extracción y preparación, no les arredraba las privaciones, las enfermedades, los felinos o las culebras, pues el producto extraído en meses de trabajo compensaba con creces su esfuerzo. ¡No se necesita dinero! - decían - pero sí tienes puedes ser patrón.
Siguió hasta Iquitos donde conoció a Ponciano, quien estaba dedicado a dicha explotación, tenía estradas y personal en el Samiria, y a Samuel que se dedicaba al comercio, importación de mercaderías y compra-venta de caucho. Era un intermediario. Éste, como buen judío estaba en su elemento y al saber que Manuel tenía dinero, lo convenció que se dedicara al comercio. Con tal mentor su camino hacia el éxito fue corto y fácil.
Empezó a viajar por sus negocios a Nauta, Caballo Cocha, caseríos y haciendas ribereñas en formación y pronto se hizo conocido por sus cualidades personales. En uno de esos viajes conoció en Nauta una joven, huérfana como él, poco antes llegada de Moyobamba con un tío; el saberse paisanos los unió y en sus conversaciones, añorando su tierra, comparando la turbidez del Amazonas con la limpidez del Mayo, recordado las motas de oro en el verde florido de los exuberantes naranjales, evocando nostálgicamente los dorados crepúsculos tragados por los cerros, en cuyas faldas reposaba custodiada por el imponente “Moro”, imperturbable guardián que anunciaba las lluvias coronándose de blancas nubes, nació el amor. Maria no era romántica, ni siquiera emotiva, pero Manuel, con un sentimentalismo a flor de piel, la elevaba a las regiones de la fantasía. Poco duró el noviazgo y se casaron en una sencilla ceremonia.
En Caballo Cocha hicieron su luna de miel, tan larga que fue decisiva para que se estableciera con su negocio. Seguía acariciando la idea de hacerse cauchero, pero no se decidía. Un encuentro accidental lo determinó un día que estaba en la loma del puerto de Caballo Cocha. Llegaba un batelón tan cargado que parecía entrarle agua por las bordas, un hombre, de pie en la proa, al llegar cerca de la orilla, de un salto pasó a ella y con prisa, casi corriendo, subió la cuesta. Le despertó curiosidad el esbelto cuerpo y la graciosa manera de moverse del tipo. Lo miró casi impertinentemente: facciones suaves en una tez tostada por el sol, sin asomo de barba, ojos negros y brillantes e indiscretos mechones que le escapaban del sombrero de paja toquilla que le cubría la cabeza...¡No!... ¡Ese talle!... ¡Ese pecho!... ¡Era mujer! Ésta, al ver la boca abierta de Manuel por la sorpresa del contraste, frunció el ceño y con voz gruesa y áspero acento de burla le dijo:
- ¡Tenga cuidado! no le vaya a dar el aire y se queda con la boca abierta para toda la vida - y siguió hacia el pueblo.
Era Patricia Lozano, mujer de gran personalidad, varonil y sin prejuicios, rara condición en esa época y en aquellos lares. Con tales cualidades no tuvo dificultad para dedicarse a la extracción de gomas haciendo compañía a su marido; viajaba con las comisiones, dirigía su personal, trabajaba con ellos en las estradas y sabia hacerse respetar con la firmeza de su carácter y alguna vez tuvo que hacerlo con su Winchester. Usaba pantalones por comodidad que se le hizo costumbre y aún llevando faldas en el pueblo, era una camisa de hombre la que vestía. La chismografía pueblerina la llamaba marimacho, pero nadie se atrevía a decírselo por respeto a sus arrestos. Poseía además una intuitiva habilidad para atender y curar enfermos y la aplicaba con acierto impulsada por su generosidad y amor al prójimo; adquirió más conocimientos y su renombre de curandera se propagó por toda la región.
Llegaron a ser grandes amigos y en sus conversaciones acerca de la explotación de las gomas, ella hablaba con tal calor y vehemencia de la forma como se procesaba el látex, desde la sangría del árbol hasta la transformación del lechoso liquido en una reluciente bola, haciendo pintoresca la dureza del trabajo, minimizando los peligros que había que afrontar y las privaciones que se sufría. Su mentalidad de vencedora, su contagiosa intrepidez, el éxito del que se ufanaba decidieron a Manuel a ampliar su negociación incursionando en el caucho.
Al enterarse María se sintió invadida de un extraño temor. Había oído hablar de pleitos entre patrones por la posesión de los gomales, de personas desaparecidas sin dejar rastro, de maltratos y torturas a los indios, de las represalias de estos por la persecución de que eran objeto y trató de disuadirlo, pero inútilmente. Manuel se había resuelto pensando en el futuro de su familia y el porvenir de sus hijos. Teresa ya había nacido. Su fortuna creció, pero no tuvo más hijos.
- Está bien. Tómese un descanso, pues debe estar muy agotado. ¡Juan! - llamó.
Se acercó un indio cocama a quien dijo señalando al colombiano: este señor va a trabajar con nosotros como capataz. Dale rancho e indícale donde ir a dormir.
Eran numerosos los peones que estaban en el campamento, algunos con su mujer, entre ellos Juan, que vivía en un tambo algo alejado y era peón de confianza. Cedeño comió con voraz apetito y pidió más, Juan vaciló porque no era costumbre, pues la ración era copiosa, pero el tono y gesto que puso en su demanda imponía obediencia, además era blanco y... ¡era capataz! Pero, como expresión de desagrado, no quiso llevárselo. Mandó a su mujer, que servía en la cocina, que llenara el tazón y se lo llevara; ésta, en silencio, se lo presentó a Cedeño. Ocultas sus formas de mujer por un tosco y holgado vestido, no se podía pensar en ella como tal, sin mirarla detenidamente: morena, con barbilla y pómulos de típicos y suaves rasgos indígenas, mirada sumisa de unos ojos que parecían mantenerse en permanente huida, boca esponjosa que acaso nunca habría sonreído ni dicho no. La miró con lúbricos ojos, extendió lentamente la mano para recibir el tazón y la siguió con la vista cuando se alejó con ondulante caminar.
Dos días después Manuel ordenó que se embarcaran en una canoa, Cedeño, otro capataz y cuatro peones y se hizo conducir surcando el río como media hora, hasta una quebrada a la que entraron; siguieron surcando hasta un recodo cerrado con altas y fuertes estacas que hacían un “tapaje” dentro del cual flotaban retenidas muchas bolas de caucho, jebe y shiringa. Manuel ordenó embarcarlas en la canoa.
- No las guardamos en el campamento para que no las vean los pasajeros - dijo a Cedeño, como instruyéndolo en sus futuras obligaciones.
- Pero no se va a poder llevar todas - comentó éste.
- No. Solo las que va a llevar la comisión de Panaifo. Después se llevará el resto para otra comisión.
- ¿No teme que le vayan a robar?
- No - contestó Manuel riendo - solo mi gente conoce este sitio y yo sé que ellos no me van a robar.
- ¿Cuánto personal tiene, don Manuel? - se interesó Cedeño.
- Ahora treinta y nueve hombres, con usted cuatro capataces. Pero voy a tomar más gente para la comisión que irá al Algodón, donde están abriendo un nuevo campamento. Usted que conoce esa región va a ir en ella.
Al oír que tenia que regresar a donde temía encontrar supuestos perseguidores, quedó en silencio pensando en lo que podría ocurrirle. Pero no podía negarse, pues Manuel contaba con él por haber dicho que conocía la región. Como continuando la conversación y tratando de resaltar la confianza que tenía en su personal, Manuel añadió: los que roban no son los indios, rarísimo es el indio ladrón. Ellos huyen por regresar a su caserío, por recobrar su libertad y no seguir soportando maltratos y no llevan ni su machete. La gente que roba es la mestiza, la que viene de fuera; lo malo es que a veces les sale mal el cálculo, porque si los encuentran sus perseguidores, los regresan a la fuerza y hasta… se asegura que los matan.
Cedeño escuchaba atentamente. Era un aventurero que había huido de la justicia de Cali; vago, alcohólico, mujeriego, jugador de pocilga, una madrugada tuvo una reyerta al ser descubierto haciendo trampa y en la pelea mató a su contrincante. Su fuga fue un alivio para su mujer y dos pequeñas hijas, que miserablemente se sostenían con el trabajo de ella; el solo les daba maltratos y hasta quitaba a su mujer lo poco que ganaba para sus juergas y el juego. Poco le importó abandonarlas y se refugió en Popayán, pero fue descubierto y siguió huyendo. Por los más solitarios caminos llegó a Pasto; su poco apego al trabajo y la necesidad de subsistir lo llevaron a los atracos y en uno de ellos, al encontrar resistencia volvió a matar. Huyendo nuevamente llegó a un naciente poblado a orillas del Putumayo: puerto Asís, donde se dio con dos tipos de la misma calaña, que estaban planeando bajar por el río, atraídos por la noticia del enriquecimiento fácil con el caucho que se extraía en la región y arrastraba a cuantos estaban dispuestos a sortear cualquier peligro. Robaron una embarcación para bajar en ella y después de muchas penalidades llegaron a la boca del río Caraparaná, donde tomaron informes y lo surcaron en busca de los campamentos de una empresa cauchera.
sábado, 22 de enero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa
La fiesta continuaba en la mayor animación, el tiempo se deslizaba insensiblemente dejando satisfacción, alegría y los efectos del licor en los que bebían en abundancia. Cerca de medianoche la fiesta estaba en su apogeo dentro y fuera del salón. Un grupo del personal de Manuel que había asistido, al no poder alternar con las damas y los patrones, se había reunido en un ángulo del patio delantero a comer y beber, hablaban a grandes voces, se embromaban, reían. Uno de ellos fue en busca de una guitarra y cuando regresó fue recibido con aplausos. Empezó a bordonear.
- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento.
- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro.
- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó:
Siñor entendente
yo vingo a quijarme
porqui me maredo
no duirme conmego
Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor:
Siñor entendente
ista mojir miente
yo duirmo con ella
ella no me siente.
Alalau alalau me lamparen
no tiene micha ni kirosin
Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno.
- ¡Salud! - le dijo.
Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante.
-Vocé náo gosta da festa.
- ¡No! - contestó secamente
- Enton que faz aquí.
- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo:
- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano.
- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro.
- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón?
Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era,
- ¡Bon! - dijo y empezó:
Camaleáo foi a dança
sem colete, pé no cháo
e fama de gran dançador,
mais a primeira cuadrilha
o rabo se atrapalho.
Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló:
-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar?
- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí!
El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir:
- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar.
Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror.
- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño.
Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado.
- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar.
Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar:
- ¡Náo tenho faca!
Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte.
La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa:
- ¡Suelta el cuchillo!
El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta.
- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole.
- ¡Maldición! - rugió.
No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima.
- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó.
Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz.
- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado.
Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó:
- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta
En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó.
- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado.
Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo:
- Tengo mucho gusto en conocerlo.
Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo:
- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar.
Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar.
- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir.
Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial.
- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo.
- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más.
- ¿Qué?
- No sé... sólo lo sabré encontrándolo.
- ¿Dónde?
- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas.
Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes.
El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído.
Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán.
- Roberto Ríos señor.
Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida.
- ¿De dónde vienes?
- Acabo de llegar de Moyobamba.
- ¿Quieres trabajar?
- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos.
- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue.
Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó.
- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana.
- ¿Cómo te llamas?
- Emilio Wesche.
Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban.
Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos.
- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá?
- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce.
Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos.
- Del mismo modo señor Pinedo.
- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja.
- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba.
- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos.
Una expresión nasal muy típica inició la respuesta.
- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá
- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola.
Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla.
- ¡Qué pena! - se condolió María le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa.
- A sus ordenes señorita.
Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos.
- Igualmente joven.
Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente.
- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura.
- Está bien señor Pinedo.
- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos.
La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.
- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento.
- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro.
- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó:
Siñor entendente
yo vingo a quijarme
porqui me maredo
no duirme conmego
Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor:
Siñor entendente
ista mojir miente
yo duirmo con ella
ella no me siente.
Alalau alalau me lamparen
no tiene micha ni kirosin
Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno.
- ¡Salud! - le dijo.
Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante.
-Vocé náo gosta da festa.
- ¡No! - contestó secamente
- Enton que faz aquí.
- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo:
- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano.
- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro.
- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón?
Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era,
- ¡Bon! - dijo y empezó:
Camaleáo foi a dança
sem colete, pé no cháo
e fama de gran dançador,
mais a primeira cuadrilha
o rabo se atrapalho.
Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló:
-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar?
- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí!
El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir:
- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar.
Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror.
- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño.
Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado.
- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar.
Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar:
- ¡Náo tenho faca!
Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte.
La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa:
- ¡Suelta el cuchillo!
El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta.
- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole.
- ¡Maldición! - rugió.
No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima.
- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó.
Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz.
- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado.
Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó:
- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta
En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó.
- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado.
Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo:
- Tengo mucho gusto en conocerlo.
Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo:
- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar.
Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar.
- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir.
Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial.
- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo.
- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más.
- ¿Qué?
- No sé... sólo lo sabré encontrándolo.
- ¿Dónde?
- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas.
Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes.
El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído.
Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán.
- Roberto Ríos señor.
Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida.
- ¿De dónde vienes?
- Acabo de llegar de Moyobamba.
- ¿Quieres trabajar?
- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos.
- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue.
Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó.
- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana.
- ¿Cómo te llamas?
- Emilio Wesche.
Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban.
Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos.
- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá?
- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce.
Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos.
- Del mismo modo señor Pinedo.
- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja.
- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba.
- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos.
Una expresión nasal muy típica inició la respuesta.
- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá
- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola.
Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla.
- ¡Qué pena! - se condolió María le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa.
- A sus ordenes señorita.
Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos.
- Igualmente joven.
Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente.
- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura.
- Está bien señor Pinedo.
- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos.
La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.
martes, 11 de enero de 2011
EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa
CAPITULO II
UNA FIESTA DE QUINCE AÑOS, UN INVITADO OPORTUNO Y UN FLECHAZO DE CUPIDO
Tres hombres subían la empinada cuesta del puerto. Las luces del barco acoderado a él la iluminaban a cada paso más débilmente e iban siendo reemplazadas por la de un farol que llevaba el que iba adelante, descalzo, con los pantalones enrollados hasta las pantorrillas con soltura y firmeza, pero lentamente, por volverse a mirar a los otros; uno vestido con más elegancia que el otro, ambos apoyándose mutuamente, tratando de eludir los pequeños charcos que había formado una copiosa lluvia y tentando los movedizos trozos de madera que servían de peldaños, antes de afirmar sus brillantes zapatos de charol.
La noche era oscura, pero se veía bajísimas y blancas nubes que pasaban velozmente como volantes tules a merced del viento. Solo se oía el zumbido de las máquinas del barco, el rumor de la gente y por distintos lados el monótono croar de los sapos, que subía y bajaba o se acallaba, como obedeciendo la batuta de un director de orquesta. Llegaron a lo alto de la cuesta y se detuvieron.
- Trae tu luz, Macuyama - dijo uno de los caballeros - Dame el trapo que has traído.
El aludido obedeció, se sacó del bolsillo un trozo de tela y se lo entregó. Con todo cuidado, uno después del otro, los personajes se limpiaron las salpicaduras de fango de los zapatos a la luz del farol.
- Bueno - dijo el que lo hizo en segundo término con acento de satisfacción y tirando el trapo - ya puedes regresar a bordo.
Rompiendo la oscuridad se veía un ancho y enarenado sendero, especialmente preparado, que conducía al pueblo; más lejos los faroles de luz pública, pendientes de postes largamente distanciados, iluminaban a trechos el camino y más allá, las borrosas siluetas de las primeras casas. Se encaminaron a ellas sin encontrar transeúntes; la lluvia que torrencialmente había caído toda la mañana, enfrió la tarde y entristeció la noche, confinando a los pobladores en sus hogares.
Aquella misma tarde habían llegado de Iquitos con otros amigos y sus esposas, en el barco que estaba en el puerto, atendiendo a la invitación a una fiesta que daba Manuel Pinedo, prominente hombre de negocios del pueblo, quién, tan pronto como llegaron, acudió a darles la bienvenida y confirmarles la cita para las nueve de la noche. Eran los últimos y estaban sobre la hora.
Caminando con cuidado para no volver a ensuciar los zapatos llegaron a las primeras casas. Era un pueblo naciente que pugnaba por salir de caserío; las casas de quincha y hojas de palmera estaban siendo reemplazadas por otras de ladrillo o madera, con techos de tejas o calamina, terminadas unas, en construcción otras, delineando las futuras calles. Algunos baldíos rompían su continuidad. De las abiertas puertas de algunas casas escapaba la luz de los candiles, otras estaban a oscuras, pero fuera, en el pasadizo de tierra apisonada contenida por largos maderos redondos, que hacia de acera, varias personas sentadas en sillas o mecedoras, mantenían animada conversación, aprovechando la luz de un cercano farol público.
- ¡Buenas noches!... ¡Con permiso!
Saludaban al pasar por entre el grupo o se salían de la acera para no interrumpir la tertulia callejera. Los de ésta parecían no darse cuenta de la incomodidad que provocaban.
- ¡Buenas noches!... ¡Pase usted!
Los caballeros parecían continuar una conversación.
¡Qué loco es Manuel!... ¡Fletar una lancha para hacernos venir desde Iquitos sólo para asistir a una fiesta de cumpleaños!
- De esas tiene. Todas las cosas las toma de una manera muy especial, con calor, con entusiasmo, casi con sentimentalismo… y lo mismo es en sus negocios.
- Pero aunque se trate del cumpleaños de su hija me parece exagerado. ¡Todos los años se cumple uno más!
- ¡No, Samuel!... No todos los años se cumple quince. Ese ya es un motivo importante, además es su única hija y parece que definitivamente, porque mi comadre María no ha vuelto a responder al llamado de Manuel, y por último, ¡Qué caray!... ¡Como tiene mucha plata quiere tirarla! No sé por qué se me ocurre que de repente empieza a repartirla entre su gente y sus amigos...
- De todos modos tener mucha plata no es razón para hacer locuras, aunque si llegara a hacer lo que dices... ¡Ojalá nos toque algo!... ¡Mira Ponciano!... ¡Qué iluminación!
Samuel era judío y su atávica mentalidad no podía comprender el desprendimiento y la generosidad, menos aún los goces y satisfacciones que tales sentimientos proporcionan. Habían llegado a una esquina y al girar vieron una iluminación realmente extraordinaria para un naciente pueblo de la época. A la mitad de la hilera de casas estaba la de Manuel Pinedo; guirnaldas de faroles de papel de color en varías líneas hasta la calle, daban la impresión de caprichosos arco iris nocturnos. Un amplio patio precedía a la construcción, una especie de jardín con cerca de madera, espacios verdes, algunos altos rosales y anchas veredas, cuyo piso estaba hecho con botellas vacías de barro enlozado, prendidas boca abajo, cuidadosamente niveladas, haciendo raros y desiguales dibujos. Algunos curiosos en la calle miraban el desarrollo de la fiesta, otros parecía estar esperando el momento propicio para ingresar. En el patio, cuya entrada estaba en el centro y una recta y ancha vereda la unía a la puerta principal, dividiéndolo en dos, había muchas personas conversando en grupos o sentadas en sillas de las llamadas de Viena, alrededor de mesas de mármol o en bancos y taburetes en torno a otras de madera, unos con trajes elegantes, otros vestidos corrientemente, pero todos con botellas de licor, bandejas de tamales, finísimas galletas y bombones, que estaban disfrutando.
Ponciano y Samuel ingresaron al patio, al verlos se les acercaron con grandes manifestaciones de alegría.
- ¡Ponciano! ... ¡Samuel!
- ¡Queridos amigos!
- ¡Cuánto tiempo sin vernos!
- ¿Cómo está tu familia?
- ¿Has querido dejar Sarapanga?
Y se estrechaban en fuertes y efusivos abrazos.
- ¡Cómo íbamos a desairar la invitación de Manuel!... ¡Sobre todo si nos manda una lancha!... ¡Hemos creído que Caballo Cocha se está hundiendo otra vez! - estalló Samuel en carcajadas.
- Parece que de todos modos vamos a hundirlo festejando el cumpleaños de mi ahijada, pero Manuel está descontento porque mi mujer no ha venido - aclaró Ponciano - No ha podido la pobre porque ha tenido su hijo y el “huahua” está medio enfermito. He tratado de hacerle comprender, pero no quiere perdonarme y me ha dicho que si hubiera tiempo me haría regresar a traerle a doña Emma con todos sus hijos... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡Este Manuel! - concluyó riendo. Una ancha puerta les dio entrada a un gran salón de pulido piso de cedro; dos puertas laterales daban a otras habitaciones y una tercera más ancha, opuesta a la entrada, con grandes cortinas plegadas, daba a otro salón que terminaba en un balcón a todo lo ancho, del que descendían dos anchas escaleras de tres peldaños a otro patio de las mismas características que el delantero e igualmente iluminado, en el que también había muchas personas.
Los salones estaban iluminados por lámparas de querosene en elegantes arañas de cristal y bronce, colgando del cielo raso forrado de tela pintada y en repisas adosadas a las paredes, también de madera. En todo el rededor de ambos salones, estrecha y ordenadamente colocados había sillones, sofás y sillas del mismo tipo y diferentes modelos y en un ángulo del salón principal un piano Dorner de media cola; el pianista sentado en el taburete y a cada lado suyo dos violinistas con su respectivo instrumento, dando frente a un atril y al centro del salón.
En los salones no había mucha gente. Las damas, algunas vestían elegantes trajes europeos discretamente escotados y lucían joyas y brillantes que refulgían a cada uno de sus movimientos; el calor que subía a medida que llegaban los invitados, les daba oportunidad de exhibir finos abanicos. Los caballeros, varios de ellos con elegantes trajes de casimir de corte europeo, también lucían valiosas joyas y botones de oro en la camisa.
Cuando entraron Samuel y Ponciano acababan los músicos una pieza, los caballeros que habían estado bailando condujeron a su respectiva pareja a su asiento y luego de una reverencia se retiraron para agruparse a conversar en los huecos de las puertas y en el centro del salón; Pinedo estaba entre estos. Alto, robusto y bien proporcionado, vestía un traje de casimir oscuro, en el chaleco, de un bolsillo a otro, pasaba una gruesa cadena de oro; sobre la corbata, de angostas rayas azules y blancas, lucía un prendedor de oro con un brillante de grueso tamaño, cuyos destellos destacaban las finas bastas de la reluciente pechera y en la solapa del saco se le veía una diminuta composición de un compás y una escuadra de oro. En su semblante agradable, de tez casi blanca que el inclemente sol de la selva había bronceado, sus ojos de franco mirar parecían querer dejar leer su pensamiento y buscar lo grato de sus interlocutores; las duras líneas de su mandíbula indicaban la firmeza de su carácter, haciendo contraste con sus delgados labios prontos a sonreír.
Al verlos entrar fue a su encuentro, cogiéndoles por un brazo se acercó al grupo y anunció:
- Caballeros, aquí están dos de mis grandes amigos, la reunión no hubiera estado completa sin ellos, además ¿Qué habría pensado mi hija si su padrino no estaba presente para celebrar sus quince años?
Una dama que conversaba en un grupo de ellas en un ángulo del salón, pidió permiso y presurosa se acercó.
- María - dijo Manuel cogiéndola de la mano - aquí está el compadre Ponciano, ¿No es verdad que le agradecemos la molestia que le significa venir de tan lejos a nuestra humilde casa a festejar a su ahijada?
- Sí, Manuel, un caballero como el compadre Ponciano sabe estar con los amigos en los momentos indicados - extendiendo las dos manos cogió la que le ofrecía Ponciano y estrechándola efusivamente agregó - ¡Quisiera Dios que siempre pudieran estar juntos y ojalá en el trabajo que tienen también lo estuvieran, para ayudarse en los peligros y protegerse de los enemigos!
- ¡Pero mujer! - interrumpió Manuel - nosotros no queremos ningún sermón... ¡Hoy es noche de fiesta y alegría!.. Olvida las preocupaciones y busca a tu hija.
María pidió permiso y se retiró mirando a uno y otro lado. Estaría próxima a los cuarenta, una cabeza más baja que Manuel, ligeramente cargada de carnes, pero vivísima en sus movimientos y ademanes. En su piel se habían fundido los rasgos y el color del puro español y las duras líneas del cobrizo indígena, dando a su fisonomía más atractivo que belleza. Sus ojos, cuya negrura parecía ocultar deliberadamente su pensamiento, miraban con penetrante frialdad, tratando de hundirse en el de quien le estaba hablando. Su voz tenía timbre metálico y disimulado énfasis de mando, trataba de hacerse oír con amables expresiones notablemente rebuscadas, pues su educación no había sido completa; su matrimonio con Manuel, sus relaciones, su trato y maneras la habían enseñado mucho, pero seguía insegura de si misma.
Vestía con ostentosa elegancia un traje de terciopelo azul con lentejuelas, de una gruesa cadena de oro pendía sobre su turgente busto un medallón del mismo metal, en cuya tapa se notaba un monograma con las iniciales de Pinedo; aretes de brillantes colgaban de sus lóbulos y una sortija, en su anular derecho, fulgía cuando movía la mano con el abanico.
La orquesta tocó un vals vienés, los caballeros acudieron en busca de su dama y el salón se llenó de parejas que empezaron a circular del brazo y luego, en orden sucesivo, se lanzaron a bailar vertiginosamente.
Los del patio delantero, seguían bebiendo y disfrutando de los manjares, otros asomados a las ventanas, miraban bailar y algunos discutían sobre remesas de caucho, cuentas de peones, gente que llegaba de remotos lugares, fortunas que nacían.
En el jardín interior un grupo de chicas festejaban alegre y ruidosamente las palabras de un joven elegantemente vestido, llegado de Europa, donde estaba estudiando. María se acercó y se hizo un respetuoso silencio.
- ¿Qué cuentas, Antonio, que tanta gracia hace a estas chicas?
- Es... algo de París, doña Maria... lo difícil que es hacer comprender a los franceses cómo los peruanos podemos llegar a Francia directamente por el Atlántico estando el Perú en el Pacífico - disimuló el joven porque lo que estaba contando era anécdotas de humor picaresco, que doña Maria hubiera juzgado pecaminoso para los inocentes oídos de las chicas. La hija de los esposos Pinedo estaba entre ellas.
- Disculpen las niñas, ven Teresa, ha llegado tu padrino y debes saludarlo.
Esbelta, de regular estatura, un capullo de mujer abriéndose a la vida con prometedora exuberancia, lucía los quince años con creces. Ojos negros y brillantes iluminando rasgos de remoto mestizaje en el marco de una cabellera negrísima y umbrosa, que se juntaba en dos trenzas que le llegaban a la cintura. No se podía decir que era bella, pero irradiaba la irresistible atracción de la juventud, de un diáfano y dulce mirar, de entreabiertos y húmedos labios en una boca sonriente, pronta a expresar asentimiento, ansiosa de mostrar afecto. Vestía con sencillez y la única joya que lucía era un par de aretes de oro con menudas piedrecillas. Se cogió del brazo de su madre mirando con picardía al joven y las chicas.
- Ya vuelvo – dijo - espérenme para continuar el cuento.
La pieza había terminado. Al verlas los caballeros se abrieron para darles lugar, Teresa, con los brazos abiertos se dirigió a Ponciano, quien la recibió en los suyos diciendo:
- ¡Que los cumplas muy felices Teresita!, en este abrazo va también el de tu madrina y ambos deseamos que la felicidad te sonría en todos los días de tu vida.
- Entonces más apretado padrino, muchas gracias, especialmente por su presencia, que es el mejor regalo que he tenido.
- Bueno, bueno… pero también te mandamos otro regalito... ¿no lo has recibido?
- Si, padrino, muy bonito, lo he guardado para que usted me lo ponga con sus propias manos. Voy a traerlo, con permiso.
Se dirigió con prisa a una de las habitaciones laterales y casi inmediatamente volvió con un estuche que puso en las manos de Ponciano, éste lo abrió y extrajo un collar de dos hileras de perlas, que lo exhibió entre los circunstantes, quienes rompieron en aplausos y felicitaciones a una y otro. Ponciano la cogió suavemente por un hombro, la hizo dar vuelta delante de él y pasándole el collar por el cuello lo engarzó, la hizo volverse nuevamente y tomándola por las mejillas le estampé un sonoro beso en la frente.
Como para darle marco musical al incidente la orquesta atacó otra pieza, Ponciano enlazó a su ahijada del brazo e inició el paseo, al que se sumaron otras parejas, que luego empezaron a bailar al compás de la música.
- Es mi primer baile, padrino. Usted me disculpará que no lo haga bien.
- Ya veremos, pero ustedes las mujeres parece que tienen el ritmo en el cuerpo o nacen sabiendo bailar.
Terminó la música, se deshicieron las parejas, se agradecieron mutuamente y Teresa, que estaba ansiosa de volver a su grupo, pidió permiso a su padrino y fue en su busca. Ponciano se junto a Manuel y los otros caballeros y continuaron conversando; otra vez caucho, cuentas, peones, “manchales” vírgenes...
- De modo que tienes nuevas estradas en el Algodón... ¿No crees que te estás alejando mucho de Caballo Cocha que es tu centro de operaciones?
- ¡No!... Hay un “varadero” que acorta el camino del Ampiyacu al Algodón.
- No es eso lo que quiero decirte, sino que te estás acercando a las zonas de trabajo del Putumayo, donde hay gente con métodos de trabajo muy discutidos.
- No tendré problemas si mi personal no sale de mis estradas. Esa gente sólo se preocupa de no perder su personal de indios y no metiéndome con ellos evito líos y problemas.
- Pero hay capataces de una poderosa empresa que no respetan la propiedad de nadie, se creen dueños de todo y llevan a los pobres indios a trabajar en estradas ajenas, nada les importa con tal de hacerles sacar mayor cantidad de producto. Y los indios obedecen por miedo.
- Yo pienso que en todo eso que se dice hay mucha exageración.
- ¡No, Manuel!... Se han hecho muchas denuncias y publicaciones que acusan a esos de atrocidades que cometen con los indios: flagelos, torturas y hasta asesinatos, para dominarlos por el terror.
- Yo dudo de todo eso, no creo en tanta maldad. Seguramente no es más que la envidia que despierta el poderío que ha adquirido esa empresa.
- Debes tener mucho cuidado, Pinedo. Tú eres muy confiado, no conoces a la gente y te dejas convencer fácilmente.
- Estás equivocado, tengo buena información. Ya lo tengo todo listo para ir al Algodón, también un capataz que ha estado en el Putumayo, y conoce el Algodón porque ha estado allí, tuvo que salir por enfermedad y cuando regresó ya no le aceptaron.
- Y tú ¿lo conoces?... ¿Sabes de dónde es?... Esa gente que sale del Putumayo no es de confiar, son ladrones o huidos.
UNA FIESTA DE QUINCE AÑOS, UN INVITADO OPORTUNO Y UN FLECHAZO DE CUPIDO
Tres hombres subían la empinada cuesta del puerto. Las luces del barco acoderado a él la iluminaban a cada paso más débilmente e iban siendo reemplazadas por la de un farol que llevaba el que iba adelante, descalzo, con los pantalones enrollados hasta las pantorrillas con soltura y firmeza, pero lentamente, por volverse a mirar a los otros; uno vestido con más elegancia que el otro, ambos apoyándose mutuamente, tratando de eludir los pequeños charcos que había formado una copiosa lluvia y tentando los movedizos trozos de madera que servían de peldaños, antes de afirmar sus brillantes zapatos de charol.
La noche era oscura, pero se veía bajísimas y blancas nubes que pasaban velozmente como volantes tules a merced del viento. Solo se oía el zumbido de las máquinas del barco, el rumor de la gente y por distintos lados el monótono croar de los sapos, que subía y bajaba o se acallaba, como obedeciendo la batuta de un director de orquesta. Llegaron a lo alto de la cuesta y se detuvieron.
- Trae tu luz, Macuyama - dijo uno de los caballeros - Dame el trapo que has traído.
El aludido obedeció, se sacó del bolsillo un trozo de tela y se lo entregó. Con todo cuidado, uno después del otro, los personajes se limpiaron las salpicaduras de fango de los zapatos a la luz del farol.
- Bueno - dijo el que lo hizo en segundo término con acento de satisfacción y tirando el trapo - ya puedes regresar a bordo.
Rompiendo la oscuridad se veía un ancho y enarenado sendero, especialmente preparado, que conducía al pueblo; más lejos los faroles de luz pública, pendientes de postes largamente distanciados, iluminaban a trechos el camino y más allá, las borrosas siluetas de las primeras casas. Se encaminaron a ellas sin encontrar transeúntes; la lluvia que torrencialmente había caído toda la mañana, enfrió la tarde y entristeció la noche, confinando a los pobladores en sus hogares.
Aquella misma tarde habían llegado de Iquitos con otros amigos y sus esposas, en el barco que estaba en el puerto, atendiendo a la invitación a una fiesta que daba Manuel Pinedo, prominente hombre de negocios del pueblo, quién, tan pronto como llegaron, acudió a darles la bienvenida y confirmarles la cita para las nueve de la noche. Eran los últimos y estaban sobre la hora.
Caminando con cuidado para no volver a ensuciar los zapatos llegaron a las primeras casas. Era un pueblo naciente que pugnaba por salir de caserío; las casas de quincha y hojas de palmera estaban siendo reemplazadas por otras de ladrillo o madera, con techos de tejas o calamina, terminadas unas, en construcción otras, delineando las futuras calles. Algunos baldíos rompían su continuidad. De las abiertas puertas de algunas casas escapaba la luz de los candiles, otras estaban a oscuras, pero fuera, en el pasadizo de tierra apisonada contenida por largos maderos redondos, que hacia de acera, varias personas sentadas en sillas o mecedoras, mantenían animada conversación, aprovechando la luz de un cercano farol público.
- ¡Buenas noches!... ¡Con permiso!
Saludaban al pasar por entre el grupo o se salían de la acera para no interrumpir la tertulia callejera. Los de ésta parecían no darse cuenta de la incomodidad que provocaban.
- ¡Buenas noches!... ¡Pase usted!
Los caballeros parecían continuar una conversación.
¡Qué loco es Manuel!... ¡Fletar una lancha para hacernos venir desde Iquitos sólo para asistir a una fiesta de cumpleaños!
- De esas tiene. Todas las cosas las toma de una manera muy especial, con calor, con entusiasmo, casi con sentimentalismo… y lo mismo es en sus negocios.
- Pero aunque se trate del cumpleaños de su hija me parece exagerado. ¡Todos los años se cumple uno más!
- ¡No, Samuel!... No todos los años se cumple quince. Ese ya es un motivo importante, además es su única hija y parece que definitivamente, porque mi comadre María no ha vuelto a responder al llamado de Manuel, y por último, ¡Qué caray!... ¡Como tiene mucha plata quiere tirarla! No sé por qué se me ocurre que de repente empieza a repartirla entre su gente y sus amigos...
- De todos modos tener mucha plata no es razón para hacer locuras, aunque si llegara a hacer lo que dices... ¡Ojalá nos toque algo!... ¡Mira Ponciano!... ¡Qué iluminación!
Samuel era judío y su atávica mentalidad no podía comprender el desprendimiento y la generosidad, menos aún los goces y satisfacciones que tales sentimientos proporcionan. Habían llegado a una esquina y al girar vieron una iluminación realmente extraordinaria para un naciente pueblo de la época. A la mitad de la hilera de casas estaba la de Manuel Pinedo; guirnaldas de faroles de papel de color en varías líneas hasta la calle, daban la impresión de caprichosos arco iris nocturnos. Un amplio patio precedía a la construcción, una especie de jardín con cerca de madera, espacios verdes, algunos altos rosales y anchas veredas, cuyo piso estaba hecho con botellas vacías de barro enlozado, prendidas boca abajo, cuidadosamente niveladas, haciendo raros y desiguales dibujos. Algunos curiosos en la calle miraban el desarrollo de la fiesta, otros parecía estar esperando el momento propicio para ingresar. En el patio, cuya entrada estaba en el centro y una recta y ancha vereda la unía a la puerta principal, dividiéndolo en dos, había muchas personas conversando en grupos o sentadas en sillas de las llamadas de Viena, alrededor de mesas de mármol o en bancos y taburetes en torno a otras de madera, unos con trajes elegantes, otros vestidos corrientemente, pero todos con botellas de licor, bandejas de tamales, finísimas galletas y bombones, que estaban disfrutando.
Ponciano y Samuel ingresaron al patio, al verlos se les acercaron con grandes manifestaciones de alegría.
- ¡Ponciano! ... ¡Samuel!
- ¡Queridos amigos!
- ¡Cuánto tiempo sin vernos!
- ¿Cómo está tu familia?
- ¿Has querido dejar Sarapanga?
Y se estrechaban en fuertes y efusivos abrazos.
- ¡Cómo íbamos a desairar la invitación de Manuel!... ¡Sobre todo si nos manda una lancha!... ¡Hemos creído que Caballo Cocha se está hundiendo otra vez! - estalló Samuel en carcajadas.
- Parece que de todos modos vamos a hundirlo festejando el cumpleaños de mi ahijada, pero Manuel está descontento porque mi mujer no ha venido - aclaró Ponciano - No ha podido la pobre porque ha tenido su hijo y el “huahua” está medio enfermito. He tratado de hacerle comprender, pero no quiere perdonarme y me ha dicho que si hubiera tiempo me haría regresar a traerle a doña Emma con todos sus hijos... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡Este Manuel! - concluyó riendo. Una ancha puerta les dio entrada a un gran salón de pulido piso de cedro; dos puertas laterales daban a otras habitaciones y una tercera más ancha, opuesta a la entrada, con grandes cortinas plegadas, daba a otro salón que terminaba en un balcón a todo lo ancho, del que descendían dos anchas escaleras de tres peldaños a otro patio de las mismas características que el delantero e igualmente iluminado, en el que también había muchas personas.
Los salones estaban iluminados por lámparas de querosene en elegantes arañas de cristal y bronce, colgando del cielo raso forrado de tela pintada y en repisas adosadas a las paredes, también de madera. En todo el rededor de ambos salones, estrecha y ordenadamente colocados había sillones, sofás y sillas del mismo tipo y diferentes modelos y en un ángulo del salón principal un piano Dorner de media cola; el pianista sentado en el taburete y a cada lado suyo dos violinistas con su respectivo instrumento, dando frente a un atril y al centro del salón.
En los salones no había mucha gente. Las damas, algunas vestían elegantes trajes europeos discretamente escotados y lucían joyas y brillantes que refulgían a cada uno de sus movimientos; el calor que subía a medida que llegaban los invitados, les daba oportunidad de exhibir finos abanicos. Los caballeros, varios de ellos con elegantes trajes de casimir de corte europeo, también lucían valiosas joyas y botones de oro en la camisa.
Cuando entraron Samuel y Ponciano acababan los músicos una pieza, los caballeros que habían estado bailando condujeron a su respectiva pareja a su asiento y luego de una reverencia se retiraron para agruparse a conversar en los huecos de las puertas y en el centro del salón; Pinedo estaba entre estos. Alto, robusto y bien proporcionado, vestía un traje de casimir oscuro, en el chaleco, de un bolsillo a otro, pasaba una gruesa cadena de oro; sobre la corbata, de angostas rayas azules y blancas, lucía un prendedor de oro con un brillante de grueso tamaño, cuyos destellos destacaban las finas bastas de la reluciente pechera y en la solapa del saco se le veía una diminuta composición de un compás y una escuadra de oro. En su semblante agradable, de tez casi blanca que el inclemente sol de la selva había bronceado, sus ojos de franco mirar parecían querer dejar leer su pensamiento y buscar lo grato de sus interlocutores; las duras líneas de su mandíbula indicaban la firmeza de su carácter, haciendo contraste con sus delgados labios prontos a sonreír.
Al verlos entrar fue a su encuentro, cogiéndoles por un brazo se acercó al grupo y anunció:
- Caballeros, aquí están dos de mis grandes amigos, la reunión no hubiera estado completa sin ellos, además ¿Qué habría pensado mi hija si su padrino no estaba presente para celebrar sus quince años?
Una dama que conversaba en un grupo de ellas en un ángulo del salón, pidió permiso y presurosa se acercó.
- María - dijo Manuel cogiéndola de la mano - aquí está el compadre Ponciano, ¿No es verdad que le agradecemos la molestia que le significa venir de tan lejos a nuestra humilde casa a festejar a su ahijada?
- Sí, Manuel, un caballero como el compadre Ponciano sabe estar con los amigos en los momentos indicados - extendiendo las dos manos cogió la que le ofrecía Ponciano y estrechándola efusivamente agregó - ¡Quisiera Dios que siempre pudieran estar juntos y ojalá en el trabajo que tienen también lo estuvieran, para ayudarse en los peligros y protegerse de los enemigos!
- ¡Pero mujer! - interrumpió Manuel - nosotros no queremos ningún sermón... ¡Hoy es noche de fiesta y alegría!.. Olvida las preocupaciones y busca a tu hija.
María pidió permiso y se retiró mirando a uno y otro lado. Estaría próxima a los cuarenta, una cabeza más baja que Manuel, ligeramente cargada de carnes, pero vivísima en sus movimientos y ademanes. En su piel se habían fundido los rasgos y el color del puro español y las duras líneas del cobrizo indígena, dando a su fisonomía más atractivo que belleza. Sus ojos, cuya negrura parecía ocultar deliberadamente su pensamiento, miraban con penetrante frialdad, tratando de hundirse en el de quien le estaba hablando. Su voz tenía timbre metálico y disimulado énfasis de mando, trataba de hacerse oír con amables expresiones notablemente rebuscadas, pues su educación no había sido completa; su matrimonio con Manuel, sus relaciones, su trato y maneras la habían enseñado mucho, pero seguía insegura de si misma.
Vestía con ostentosa elegancia un traje de terciopelo azul con lentejuelas, de una gruesa cadena de oro pendía sobre su turgente busto un medallón del mismo metal, en cuya tapa se notaba un monograma con las iniciales de Pinedo; aretes de brillantes colgaban de sus lóbulos y una sortija, en su anular derecho, fulgía cuando movía la mano con el abanico.
La orquesta tocó un vals vienés, los caballeros acudieron en busca de su dama y el salón se llenó de parejas que empezaron a circular del brazo y luego, en orden sucesivo, se lanzaron a bailar vertiginosamente.
Los del patio delantero, seguían bebiendo y disfrutando de los manjares, otros asomados a las ventanas, miraban bailar y algunos discutían sobre remesas de caucho, cuentas de peones, gente que llegaba de remotos lugares, fortunas que nacían.
En el jardín interior un grupo de chicas festejaban alegre y ruidosamente las palabras de un joven elegantemente vestido, llegado de Europa, donde estaba estudiando. María se acercó y se hizo un respetuoso silencio.
- ¿Qué cuentas, Antonio, que tanta gracia hace a estas chicas?
- Es... algo de París, doña Maria... lo difícil que es hacer comprender a los franceses cómo los peruanos podemos llegar a Francia directamente por el Atlántico estando el Perú en el Pacífico - disimuló el joven porque lo que estaba contando era anécdotas de humor picaresco, que doña Maria hubiera juzgado pecaminoso para los inocentes oídos de las chicas. La hija de los esposos Pinedo estaba entre ellas.
- Disculpen las niñas, ven Teresa, ha llegado tu padrino y debes saludarlo.
Esbelta, de regular estatura, un capullo de mujer abriéndose a la vida con prometedora exuberancia, lucía los quince años con creces. Ojos negros y brillantes iluminando rasgos de remoto mestizaje en el marco de una cabellera negrísima y umbrosa, que se juntaba en dos trenzas que le llegaban a la cintura. No se podía decir que era bella, pero irradiaba la irresistible atracción de la juventud, de un diáfano y dulce mirar, de entreabiertos y húmedos labios en una boca sonriente, pronta a expresar asentimiento, ansiosa de mostrar afecto. Vestía con sencillez y la única joya que lucía era un par de aretes de oro con menudas piedrecillas. Se cogió del brazo de su madre mirando con picardía al joven y las chicas.
- Ya vuelvo – dijo - espérenme para continuar el cuento.
La pieza había terminado. Al verlas los caballeros se abrieron para darles lugar, Teresa, con los brazos abiertos se dirigió a Ponciano, quien la recibió en los suyos diciendo:
- ¡Que los cumplas muy felices Teresita!, en este abrazo va también el de tu madrina y ambos deseamos que la felicidad te sonría en todos los días de tu vida.
- Entonces más apretado padrino, muchas gracias, especialmente por su presencia, que es el mejor regalo que he tenido.
- Bueno, bueno… pero también te mandamos otro regalito... ¿no lo has recibido?
- Si, padrino, muy bonito, lo he guardado para que usted me lo ponga con sus propias manos. Voy a traerlo, con permiso.
Se dirigió con prisa a una de las habitaciones laterales y casi inmediatamente volvió con un estuche que puso en las manos de Ponciano, éste lo abrió y extrajo un collar de dos hileras de perlas, que lo exhibió entre los circunstantes, quienes rompieron en aplausos y felicitaciones a una y otro. Ponciano la cogió suavemente por un hombro, la hizo dar vuelta delante de él y pasándole el collar por el cuello lo engarzó, la hizo volverse nuevamente y tomándola por las mejillas le estampé un sonoro beso en la frente.
Como para darle marco musical al incidente la orquesta atacó otra pieza, Ponciano enlazó a su ahijada del brazo e inició el paseo, al que se sumaron otras parejas, que luego empezaron a bailar al compás de la música.
- Es mi primer baile, padrino. Usted me disculpará que no lo haga bien.
- Ya veremos, pero ustedes las mujeres parece que tienen el ritmo en el cuerpo o nacen sabiendo bailar.
Terminó la música, se deshicieron las parejas, se agradecieron mutuamente y Teresa, que estaba ansiosa de volver a su grupo, pidió permiso a su padrino y fue en su busca. Ponciano se junto a Manuel y los otros caballeros y continuaron conversando; otra vez caucho, cuentas, peones, “manchales” vírgenes...
- De modo que tienes nuevas estradas en el Algodón... ¿No crees que te estás alejando mucho de Caballo Cocha que es tu centro de operaciones?
- ¡No!... Hay un “varadero” que acorta el camino del Ampiyacu al Algodón.
- No es eso lo que quiero decirte, sino que te estás acercando a las zonas de trabajo del Putumayo, donde hay gente con métodos de trabajo muy discutidos.
- No tendré problemas si mi personal no sale de mis estradas. Esa gente sólo se preocupa de no perder su personal de indios y no metiéndome con ellos evito líos y problemas.
- Pero hay capataces de una poderosa empresa que no respetan la propiedad de nadie, se creen dueños de todo y llevan a los pobres indios a trabajar en estradas ajenas, nada les importa con tal de hacerles sacar mayor cantidad de producto. Y los indios obedecen por miedo.
- Yo pienso que en todo eso que se dice hay mucha exageración.
- ¡No, Manuel!... Se han hecho muchas denuncias y publicaciones que acusan a esos de atrocidades que cometen con los indios: flagelos, torturas y hasta asesinatos, para dominarlos por el terror.
- Yo dudo de todo eso, no creo en tanta maldad. Seguramente no es más que la envidia que despierta el poderío que ha adquirido esa empresa.
- Debes tener mucho cuidado, Pinedo. Tú eres muy confiado, no conoces a la gente y te dejas convencer fácilmente.
- Estás equivocado, tengo buena información. Ya lo tengo todo listo para ir al Algodón, también un capataz que ha estado en el Putumayo, y conoce el Algodón porque ha estado allí, tuvo que salir por enfermedad y cuando regresó ya no le aceptaron.
- Y tú ¿lo conoces?... ¿Sabes de dónde es?... Esa gente que sale del Putumayo no es de confiar, son ladrones o huidos.
sábado, 8 de enero de 2011
EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa
- ¿Y de dónde has sacado ese diente?
- El lagarto le ha agarrado a un muchacho en la playa y le ha comido, su madre ha querido quemarle para que el alma de su hijo no se quede en el agua y se convierta en “yacuruna” y para agarrarle yo le he puesto una trampa envolviendo tripa en una topa, para que cuando muerda no pueda cerrar su boca y se ahogue. Le hemos sacado, le hemos quemado y yo le he arrancado sus dientes para “curarles” y sirvan de contra para la mala suerte. El joven me ha salvado por el diente.
- Entonces ya no te vas a salvar de ningún peligro porque ya no tienes el diente - comentó Swayne siempre en tono de burla.
- No creas señor. Yo tengo muchas cosas para contra de la mala suerte y de los peligros.
Uno de los marineros que estaba al lado de Swayne le tocó el hombro y en voz baja le dijo:
- Primero, no le digas nada, este hombre es brujo, yo le conozco, es don Marcelino Olla.
- ¡Bah! - le contestó en tono despectivo - esas son tonterías.
En tanto el viento y la lluvia habían disminuido notablemente, aunque la turbonada persistía en su violencia. El comandante del barco, Celso Prieto, mandó subir a Swayne para preguntarle qué se podía hacer para remediar la avería y seguir navegando. Se pusieron de acuerdo y el maquinista tomó acción; ordenó a uno de los fogoneros que se metiera al río a examinar el daño; éste se ató una cuerda a la cintura, dejó el extremo a un compañero, bajó por la popa, buceó brevemente y saliendo a flote gritó:
- ¡Primero!... ¡Están quebradas dos paletas!
- ¡Qué barbaridad! - Exclamó el maquinista - ¿Intermedias o seguidas? - preguntó.
- ¡Seguidas, primero!
- Con razón sacudía tanto la máquina -comentó con disgusto- bueno... ¡sube ya! -y dirigiéndose al segundo maquinista, continúe- felizmente tenemos dos paletas de repuesto, ¿crees Roberto que podríamos cambiarlas aquí?
- ¿Aquí?... así nomás es peligroso y por el barranco no se puede “encabuzar”... tú sabes que una paleta pesa como cien kilos.
- ¡Ciento treinta! -corrigió Swayne
Y se quedó pensando ante la mirada interrogante del comandante que había bajado, y de otros, interesados en conocer la magnitud de la avería. De pronto preguntó:
- ¿Quedará lejos ese puerto que estaba buscando Soria?
- Vamos a preguntarle - dijo el comandante - mandándolo llamar con uno de los marineros.
Marcelino que ya había exprimido sus ropas, a no ser por el vendaje que le cubría la frente, no daba muestras de haber sufrido daño, intervino.
- Señor, “aquisito” es mi puerto y no es barranco.
Llegó el práctico y confirmó lo dicho por Marcelino, agregando:
- A toda fuerza llegaríamos en media hora, pero como creo que no se puede andar así... tal vez en una hora.
- ¿Qué dices Swayne?... ¿Podemos navegar a media fuerza?
- ¡Sí! A media fuerza no hay ningún peligro, y aunque llegáramos al mediodía, trabajando toda la noche… mañana puede estar lista la hélice -y mirando socarronamente a Marcelino agregó- todo nos tiene que salir bien porque Roberto es quien va a hacer el trabajo y tiene el diente de lagarto - terminó riendo.
Algunos rieron levemente, otros permanecieron serios, Roberto impasible. Marcelino lo miró con ojos que parecía decir: - ¡Pobre hombre!... ¡No puedes darte cuenta de que estás equivocado! - y hablando suavemente le dijo:
- Yo quisiera para que te convenzas, hacerte ver cosas que nunca has visto y sentir cosas que nunca has sentido, pero que están dentro de ti; hacerte ver cómo eres y qué es lo que más te gusta en la vida. Si eres malo has de ver cosas malas, si eres bueno has de gozar de cosas buenas, las que más te gustan. Yo sé que eres bueno, pero no crees lo que te digo. Si quieres, ahí en mi puesto, donde van a arreglar tu máquina, puedo hacerte ver esas cosas.
La inspección había terminado, el comandante subió al puente, el telégrafo de la sala de máquinas pidió atención, la navegación iba a reanudarse.
- Espérame un momento -le dijo Swayne- voy a hacer la maniobra, después vamos a seguir conversando.
En menos de diez minutos empezó a navegar el barco. El mismo Swayne fue aumentando la rotación de la maquina hasta la que le pareció prudente; por la tubería acústica habló al puente.
- ¡Comandante!... ¡No podemos darle más fuerza!
- Así está bien.
Casi todos se habían alejado a sus ocupaciones, Swayne buscó a Marcelino, sus últimas palabras le habían despertado incomprensible curiosidad, para no referirse a ellas le preguntó:
- ¿Qué fue lo que les pasó? ¿Cómo se atrevieron a viajar con semejante tormenta?
- Nosotros salimos de Iquitos antes de la tempestad, a media noche, pensando llegar a mi puesto al amanecer, siempre hacemos así, pero esta vez hemos tenido mala suerte porque de repente se ha formado la tempestad, se ha levantado el viento y la turbonada nos ha hecho “virar”. Más de dos horas hemos bajado así y si no es por ustedes... ¡Dónde hubiéramos ido a parar! Ahora vas a conocer mi puesto. ¿Te acuerdas lo que te he dicho? Si te animas dime nomás, no te va a costar nada. Están esperándome en mi casa para darles una “purga”, vas a ver cómo les convido y si quieres a ti también te convido.
- ¿Es un purgante lo que les vas a dar?
- No señor. Es “ayahuasca” con sus preparados. Nosotros le llamamos purga, pero no hace mal, al contrario, te quita todo tu mal, te limpia y te hace gozar.
- ¿Y dónde has aprendido todo eso? ¿Tú has nacido en el monte?
- Yo soy de Iquitos, pero “desde mi muchacho” he vivido con sus “infieles” de mi padre, aquí en mi puesto. Con ellos me he “internado” al centro y allí he aprendido muchas cosas del monte y del agua.
- Te has hecho brujo.
- Así nos dicen, pero somos médicos porque curamos con medicinas vegetales. Los enfermos nos buscan cuando los doctores ya no pueden curarles.
- ¿Y ustedes...los curan?
- A veces ya no se puede cuando su mal tiene mucho tiempo, pero les hacemos calmar sus dolores.
El marinero que previno a Swayne contra el brujo se había acercado tratando de no hacerse notar y escuchaba la conversación, Marcelino se dio cuenta y dando un pretexto se retira; Swayne lo siguió con la mirada, extrañamente impresionado por el acento que ponía en sus palabras, llenas de profunda y contagiosa convicción. El marinero que lo estaba observando le dijo:
- Primero, has de tener cuidado con este hombre, es bien conocido como brujo, convida ayahuasca, les “icara”, les “chupa”, les da purgas a los enfermos para sanarles, pero dicen que también “cutipa” y hace daño con sus “virotes” poniéndoles resinas malignas -- riendo agregó - y también es un pendejo, porque cuando las mujeres le piden “pusangas” les hace venir a su puesto y allí aprovecha... ¡Cómo quizás les hace caer!... O tal vez les hace a la fuerza porque sabe que no le van a contar a nadie de vergüenza.
- Y tú ¿cómo sabes todo eso?
- Porque mi cuñada ha sido su empleada de un señor que le ha dejado a su mujer para meterse con otra y su mujer, para hacerle “asquear” a la otra le ha pedido a don Marcelino que le prepare una pusanga; entonces don Marcelino le ha dicho que tiene que venir a su puesto trayendo cualquier ropa de la otra mujer y ella ha venido con mi cuñada para que le acompañe. Les ha llevado a un tambo lejos y allí ha sido todo... ¡Hasta a mí cuñada le ha aprovechado! Después ha parecido preñada “siendo” mi hermano en viaje. Cuando ha regresado y le ha encontrado así se ha “calentado”, le ha pegado su pateadura y le ha botado a la calle.
-Qué tal don Marcelino! - exclamó Swayne riendo.
Mucho antes del mediodía llegaron al puesto de Marcelino. Este subió al puente para arreglar con el comandante el pago de los pasajes, pero le dijo que no debía nada; para serle grato le ofreció sin costo leña que tenía en grandes hileras, para vender como combustible a los barcos.
- Ya no necesitamos leña porque en seis horas llegaremos a Iquitos.
Desconcertado por el desinterés se quedó mirándolo y preguntándose mentalmente como podría mostrarle su gratitud.
- Bueno comandante - dijo al fin - no quieres cobrarme ni aceptar mi leña, pero no me vas a desairar un regalito.
- Si no hay otro remedio - le contestó riendo.
- Hasta luego entonces.
Acoderó el barco y fue el primero en saltar a tierra con sus acompañantes. El primer maquinista impartió las órdenes para iniciar el trabajo; dispusieron el barco con la popa hacia el puerto y la proa hacia el centro del río, pasaron la carga de popa a proa y llenaron de agua el pañol de cadenas. La proa bajó notablemente y la popa se alzó, dejando la hélice casi a nivel del río. Todos trabajaban con febril actividad.
No tardó Marcelino en regresar con dos hombres que cargaban una larga cañabrava introducida por entre las amarradas patas de veinte gallinas que colgaban de ella; las hizo depositar sobre cubierta y subió en busca del, comandante.
- Señor - le dijo - te he traído unas gallinitas, mis muchachos están cogiendo frutas que también van a traer y han agarrado un torete para matarle y de él te voy a mandar la mitad.
- ¡Oye, oye! - le interrumpió Prieto - eso ya no es un regalito, son muchos regalos y no quiero que te estés afanando más. Lo que has traído será para toda la tripulación.
- Tú señor, has de ver qué vas a hacer, yo te doy mi voluntad, para don Roberto también estoy preparando algunas cositas.
Y con el pretexto de ver el trabajo bajó en busca de Swayne y Roberto, a quienes encontró, de pie en la orilla al primero y al otro metido casi hasta el cuello en el río, debajo de la popa del buque.
- ¿Ya acabas, amigo? - se dirigió a Roberto - He venido a avisarte que te van a traer algunas cositas para que hagas llegar a tu casa...
- ¡Pero hombre!... ¡Por qué! - protestó Roberto.
- Quiero que siempre te acuerdes de mí como yo me voy a acordar de ti - afirmó en tono concluyente y volviéndose a Swayne agregó - ¿Vas a trabajar esta noche señor?
- Bueno... quien está trabajando es el segundo maquinista… yo sólo miro ¿Por qué?
- ¿Te acuerdas señor lo que te he dicho? Esta noche voy a convidar su ayahuasca a esos que me están esperando, Si quieres a ti también te convido. Te va hacer bien y te va gustar.
- ¿A mí solo?
Si alguien quiere ir llévale nomás, pero que sea tu amigo. Yo hubiera querido que venga don Roberto, pero está trabajando.
- ¿A qué hora quieres que vayamos?
- A eso de las ocho te espero en mi tambo.
Swayne sintió que se le avivaba la curiosidad y se le despertaba el interés. Nacido en Lima, algo había oído en su medio de curanderos, de aplicación de medicinas vegetales caseras y hasta de filtros de amor, sin dar crédito a su eficacia. Calificaba de charlatanes a los que practicaban tales métodos e ignorantes a los que los aceptaban. La noticia de un mundo nuevo y extraño había llegado hasta él en fantásticos relatos de quienes volvían de la selva, región que se estaba abriendo al paso de la civilización: fuentes de riqueza al alcance de la mano en una verde inmensidad inhóspita y agresiva, fauna desconocida, desfigurada por la imaginación jactanciosa; salvajes indómitos que se oponían con flechas envenenadas y trampas mortales; asechanzas y traiciones maquinadas por la ambición de algunos caucheros inescrupulosos. Lo creyó una exageración y su predisposición a la aventura le impulsó a viajar para ver y comprobar tan impresionante vivencia. Al cabo de un año ya estaba hecho al ambiente, poco se le había escapado a su afán de información; oyó hablar de brujerías, plantas que causaban enfermedades y otras que las curaban, pusangas y afrodisíacos infalibles, cosas por el estilo, pero seguía sin darles crédito. No podía concebir que indígenas pintarrajeados, de torpe apariencia y ninguna personalidad fueran capaces de investigar y aplicar secretos de la naturaleza en beneficio o perjuicio de la vida humana. Son los más vivos que engañan a los más ignorantes – decía - pero se propuso aprovechar de esta oportunidad para comprobar tal engaño y acudió puntual a la cita acompañado del práctico Soria, atraído también por la curiosidad. Marcelino estaba esperando al pie de la escalera de su tambo, con un farol en la mano.
¡Vamos! - les dijo cuando se acercaron, con tono que más parecía una orden.
La noche no era muy oscura, pero el sendero que tomaron era tan angosto y los arbustos cercanos tan altos, que apenas se veían. Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar a un claro, en cuyo centro había un tambo a ras del suelo, cercado de ponas, con una sola puerta. Tocó Marcelino, alguien abrió y entraron dejando el farol en la puerta. El recinto, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba débilmente alumbrado por dos faroles colgados en ángulos opuestos; en el centro, en una mesa había una variedad de objetos raros iluminados por cinco velas, cuatro adheridas con su propia cera a los ángulos de la mesa y la otra en una palmatoria, sobre un tallo con apariencia de nervudo brazo amputado en el codo, colocado verticalmente con la mano tendida horizontalmente recibiendo la palmatoria. En torno al original candelabro había huesos, al parecer de animales, culebras y pájaros disecados, aquéllas enrolladas y con la cabeza levantada en actitud de ataque y éstos posados sobre trozos de ramas, como si estuvieran vivos; vasos y botellas, ollas de barro, “pates” de variados tamaño y un tamborcito. Unos cajones vacíos dispersos estaban arrimados al “emponado” que servía de pared, al lado opuesto, varias “llanchamas” extendidas parecían estar destinadas para lechos y en cuatro de ellas sentados otros tantos hombres. En el suelo, al pie de la mesa, ardían unos tizones sobre los cuales una ennegrecida olla de barro emanaba el vapor de algo que estaba hirviendo un muchacho indígena inmóvil junto a la mesa, parecía ser el ayudante y esperar órdenes. El calor era insoportable, el humo de los tizones enrarecía el ambiente y aumentaba la penumbra, las vagas sombras que proyectaban los cuerpos que se movían daban la impresión de fantasmas que se arrastraban en el lúgubre recinto. Marcelino se volvió a sus acompañantes y preguntó:
- ¿Quieren tomar la purga?
- Yo sólo quiero ver - contestó Swayne.
- Yo también - afirmó el otro.
- Mejor - apuntó Marcelino - Para que haga buen efecto la purga hay que “dietar” sal, dulce, condimento y mujer siquiera tres días. Siéntense pues y les señaló los cajones.
Se acercó a la mesa haciendo una señal al ayudante, éste tiró del cajón de la mesa y sacó de él un cuchillo y dos paquetes que puso sobre la mesa; abrió uno de ellos, cogió un trozo de tabaco en mazo, tomó el cuchillo, picó un poco, lo desmenuzó entre sus manos con cuidado, cogió del otro papel especial y con singular destreza lió varios cigarrillos que puso sobre la mesa. Mientras tanto Marcelino cogía uno de los “pates” grandes, vació en él todo el contenido de una de las botellas, luego, calculando cuidadosamente, llenó otro más pequeño con el de otros dos frascos, vació ambos en el agua que estaba hirviendo y lo agitó con una cuchara de palo. Cesó la ebullición, el ayudante avivó el fuego aventándolo con un abanico de largas plumas negras.
- ¿Qué es eso? - preguntó curioso Swayne.
- Ayahuasca. “Lei” agregado “catahua” y “chiricsanango” para darle más fuerza.
Cuando vio de nuevo hervir la pócima que estaba preparando, quitó la olla del fuego y la puso en la mesa, el ayudante retiró los tizones. Marcelino agitó con la cuchara el contenido de la olla, murmurando en voz baja algo que parecía un rezo o un conjuro, cogió cuatro “pates” pequeños y los acercó a la olla, se puso un cigarrillo en la boca, cogió un tizón, lo prendió y comenzó a fumar expeliendo grandes bocanadas; sacó varias cucharadas del brebaje, las vertió en uno de los “pates” y se lo dio al que estaba más cercano; luego hizo lo mismo con los demás, quienes lo sostuvieron en la mano, esperando, al parecer, una señal. Marcelino seguía fumando y empezó a pasearse delante de las “llanchamas”. De pronto comenzó a echarles a la cara el humo que expelía y con monótono ritmo, tono de lamento, acompañándose con suave batido del tamborcito cantó:
Manan imapas ruasinquinanchu
ayahuasca ampishunga
mariri manchac mariri,
mariri, mariri, mariri.
Interrumpiéndose para fumar y echarles el humo, mientras los pacientes a lentos sorbos bebían del brebaje. Continuaba el canto:
Manan imantapas manchacunancu
ayahuasca yanapashunga
mariri manchac mariri.
mariri, mariri, mariri.
Nuevamente paseos, humo a la cara y vuelta a beber. Seguía el canto:
Cusicusunchis causanichispi
ayahuasca jocoshunga
Mariri manchac mariri
mariri, mariri, mariri.
Otra vez humo a la cara, Otra vez la pócima y Marcelino a repetir la monótona canción.
Los pacientes estaban sudorosos y parecían agotados, a tanta repetición del soporífero canto se habían bebido todo el contenido de su respectivo pate y uno a uno fueron languideciendo, acostándose y quedando adormecidos, pero alternadamente empezaron a retorcerse y revolcarse entre suspiros, lamentos, palabras incoherentes, exclamaciones de angustia... El monótono cantar y el amodorrante batido del tamborcito no cesaba, Marcelino ya no les echaba humo del tabaco pero seguía paseándose frente a ellos mirándolos con atención; después de casi una hora de tan horripilante trance fueron aquietándose hasta quedar sumidos en profundo sueño. Marcelino se acercó a cada uno de los durmientes, inclinado muy cerca parecía hacerles preguntas en voz baja que contestaban en forma incomprensible, con acento de complacencia y satisfacción unos, de tristeza y angustia otros.
Swayne, que había seguido con profunda atención y curiosidad el proceso, no sabía qué pensar; reconocía algo de esotérico y sobrenatural en lo que estaba presenciando como efecto del brebaje, pero. ¿Y después?
- Déjame probar un poquito de ese menjunje - le pidió a Marcelino.
- No - le contestó rotundo - Te puede hacer daño sin su “icarada”.
Swayne miró la olla, vio que en el fondo quedaba algo de la extraña combinación y se sintió arrastrado por un irrefrenable impulso, la tentó, estaba fría; aprovechando que Marcelino estaba de espaldas introdujo la cuchara rápidamente y todo el contenido que recogió se lo puso en la boca y se lo tragó... sintió una picazón amarga y repugnante que a medida que iba pasando por su garganta se transformaba en una sensación de alivio, casi de placer... ¡Sólo es desagradable en la boca! - pensó - El práctico, que lo había visto tomarse la cucharada, en voz baja y con curiosidad le preguntó:
- ¿Feo es?
- No.
Todo había quedado en silencio sólo interrumpido por los ronquidos de algunos durmientes, Marcelino se paseaba delante de las llanchamas como velando su sueño, el aire se ponía cada vez más irrespirable por los humores que despedían los sudorosos cuerpos, Swayne sintió que ya no podía soportarlo y le dijo al práctico:
- ¡Vamonos ya!... Ya no hay nada que ver.
Sin contestarle se puso de pie y avanzó a la puerta, también sentía ahogarse, estaba mareado sin voluntad. Swayne tocó a Marcelino en el hombro.
- Ya nos vamos - le dijo.
- Bueno. Mañana vamos a conversar. Lleven el farol, no se vayan a “errar” en el camino.
Regresaron en silencio. Swayne se sentía bebido, con una gran pesadez en la cabeza y laxitud en el cuerpo. Llegaron al puerto pasada la medianoche y el trabajo continuaba; Swayne se acercó a Roberto y le dijo:
- Me siento mal, voy a acostarme.
- Vete nomás, no te preocupes, todo va bien. Terminaremos por la mañana y creo que antes del mediodía estaremos listos para navegar.
Subió y se tiró a la litera vestido. Le pareció dormirse inmediatamente, pero con un sueño en el que percibía cuanto estaba al alcance de su vista y de su oído, como sí estuviera despierto. Tuvo la sensación de estar sufriendo una pesadilla, hizo esfuerzos para despertar sin lograrlo, empezó a sentirse etéreo, flotando, en el aire entre inmensas y blandas nubes que podía palpar, envolverse en ellas como en una caricia de miles de manos suaves, que paseaban por su cuerpo, manos que al cogerlas se transformaban en cuerpo tibios, sedosos, que se juntaban al suyo tomando formas de mujer, a las que se abrazaba con deleite, con ansiedad de posesión... ¡ésta!... ¡la otra!...miles!... un desfile fantasmagórico interminable acicateando y colmando su deseo, introduciendo todo su ser a esas miles de formas de mujer, cuyas caras no veía, pero las imaginaba a su antojo, sumiéndose en un éxtasis de placer mil veces consumado, en un orgasmo inacabable, enloquecedor...Ya no quería despertar, quería seguir volando entre las flotantes nubes con formas de mujer, con caricias de mujer... ¡aunque tuviera que morir!... Perdió la idea del tiempo.
Vago, lejano, como un amargo lamento de la realidad, oyó los toques de campana que anunciaba las seis. Con un esfuerzo que le pareció doloroso trató de romper la telaraña de visiones que dulcemente le aprisionaba y abrió los ojos. La luz del sol entrando por la claraboya rompía la bruma del camarote; se sentó sin lograr disipar del todo la sensación de placer que lo estuvo dominando... ¿Qué me ha sucedido? - se preguntó - Poco a poco fue recobrándose como en un despertar corriente, pero no le parecía haber soñado lo que había visto y sentido, tenía la impresión de haber vivido el erotismo de las fantásticas visiones y haber sentido el placer de haberlas consumado. Apoyó la cabeza entre sus manos y quedó ensimismado tratando de encontrar una explicación. De repente recordó el brebaje que había ingerido... ¿Será posible que eso me haya producido todo esto?... ¿Será el poder del brujo o del brebaje?
Bajó y encontró que el trabajo había terminado. Roberto estaba dando las últimas disposiciones para achicar el agua del pañol y volver la carga a su sitio.
- ¿Ya te pasó el malestar? - le preguntó al verlo.
- No ha sido nada... ¿Y tú? debes estar cansado y muriéndote de sueño. ¡Déjalo ya y vete a dormir, me encargará del resto!
Unas horas después el buque estaba listo para zarpar. Marcelino, cumplió sus ofrecimientos y llegó cuando el comandante había tocado atención a las máquinas; subió al puente a despedirse de Prieto y reiterarle su agradecimiento, luego bajó en busca de Roberto, a quién encontró conversando con Swayne.
- He venido a agradecerte otra vez - le dijo - No te olvides lo que te he dicho: no te separes nunca de ese diente, ponle en tu cuello para que siempre estés protegido y salgas bien en todo. ¡Adiós, amigos! - y dirigiéndose a Swayne - Adiós señor, acuérdate que lo que has visto no son mentiras, ya te vas a convencer - dio un abrazo a cada uno y se fue.
Ambos le siguieron con la mirada, singularmente impresionados, Swayne por su reciente experiencia, Roberto por el énfasis de paternal cariño que puso en sus palabras, que parecían revelar ansiedad de prevenirle de algún peligro que lo amenazara. Extrajo del bolsillo el diente y largo rato lo miraron con curiosidad no exenta de aprensión
- ¿Crees Guillermo, que este diente pueda hacerme algún beneficio?
- Bueno… he oído hablar de cosas como ésta y... no sé... pero sino te hace ningún beneficio, no creo que te haga algún daño. Úsalo como te ha dicho este hombre singular... Aunque no sea más que como adorno.
- El lagarto le ha agarrado a un muchacho en la playa y le ha comido, su madre ha querido quemarle para que el alma de su hijo no se quede en el agua y se convierta en “yacuruna” y para agarrarle yo le he puesto una trampa envolviendo tripa en una topa, para que cuando muerda no pueda cerrar su boca y se ahogue. Le hemos sacado, le hemos quemado y yo le he arrancado sus dientes para “curarles” y sirvan de contra para la mala suerte. El joven me ha salvado por el diente.
- Entonces ya no te vas a salvar de ningún peligro porque ya no tienes el diente - comentó Swayne siempre en tono de burla.
- No creas señor. Yo tengo muchas cosas para contra de la mala suerte y de los peligros.
Uno de los marineros que estaba al lado de Swayne le tocó el hombro y en voz baja le dijo:
- Primero, no le digas nada, este hombre es brujo, yo le conozco, es don Marcelino Olla.
- ¡Bah! - le contestó en tono despectivo - esas son tonterías.
En tanto el viento y la lluvia habían disminuido notablemente, aunque la turbonada persistía en su violencia. El comandante del barco, Celso Prieto, mandó subir a Swayne para preguntarle qué se podía hacer para remediar la avería y seguir navegando. Se pusieron de acuerdo y el maquinista tomó acción; ordenó a uno de los fogoneros que se metiera al río a examinar el daño; éste se ató una cuerda a la cintura, dejó el extremo a un compañero, bajó por la popa, buceó brevemente y saliendo a flote gritó:
- ¡Primero!... ¡Están quebradas dos paletas!
- ¡Qué barbaridad! - Exclamó el maquinista - ¿Intermedias o seguidas? - preguntó.
- ¡Seguidas, primero!
- Con razón sacudía tanto la máquina -comentó con disgusto- bueno... ¡sube ya! -y dirigiéndose al segundo maquinista, continúe- felizmente tenemos dos paletas de repuesto, ¿crees Roberto que podríamos cambiarlas aquí?
- ¿Aquí?... así nomás es peligroso y por el barranco no se puede “encabuzar”... tú sabes que una paleta pesa como cien kilos.
- ¡Ciento treinta! -corrigió Swayne
Y se quedó pensando ante la mirada interrogante del comandante que había bajado, y de otros, interesados en conocer la magnitud de la avería. De pronto preguntó:
- ¿Quedará lejos ese puerto que estaba buscando Soria?
- Vamos a preguntarle - dijo el comandante - mandándolo llamar con uno de los marineros.
Marcelino que ya había exprimido sus ropas, a no ser por el vendaje que le cubría la frente, no daba muestras de haber sufrido daño, intervino.
- Señor, “aquisito” es mi puerto y no es barranco.
Llegó el práctico y confirmó lo dicho por Marcelino, agregando:
- A toda fuerza llegaríamos en media hora, pero como creo que no se puede andar así... tal vez en una hora.
- ¿Qué dices Swayne?... ¿Podemos navegar a media fuerza?
- ¡Sí! A media fuerza no hay ningún peligro, y aunque llegáramos al mediodía, trabajando toda la noche… mañana puede estar lista la hélice -y mirando socarronamente a Marcelino agregó- todo nos tiene que salir bien porque Roberto es quien va a hacer el trabajo y tiene el diente de lagarto - terminó riendo.
Algunos rieron levemente, otros permanecieron serios, Roberto impasible. Marcelino lo miró con ojos que parecía decir: - ¡Pobre hombre!... ¡No puedes darte cuenta de que estás equivocado! - y hablando suavemente le dijo:
- Yo quisiera para que te convenzas, hacerte ver cosas que nunca has visto y sentir cosas que nunca has sentido, pero que están dentro de ti; hacerte ver cómo eres y qué es lo que más te gusta en la vida. Si eres malo has de ver cosas malas, si eres bueno has de gozar de cosas buenas, las que más te gustan. Yo sé que eres bueno, pero no crees lo que te digo. Si quieres, ahí en mi puesto, donde van a arreglar tu máquina, puedo hacerte ver esas cosas.
La inspección había terminado, el comandante subió al puente, el telégrafo de la sala de máquinas pidió atención, la navegación iba a reanudarse.
- Espérame un momento -le dijo Swayne- voy a hacer la maniobra, después vamos a seguir conversando.
En menos de diez minutos empezó a navegar el barco. El mismo Swayne fue aumentando la rotación de la maquina hasta la que le pareció prudente; por la tubería acústica habló al puente.
- ¡Comandante!... ¡No podemos darle más fuerza!
- Así está bien.
Casi todos se habían alejado a sus ocupaciones, Swayne buscó a Marcelino, sus últimas palabras le habían despertado incomprensible curiosidad, para no referirse a ellas le preguntó:
- ¿Qué fue lo que les pasó? ¿Cómo se atrevieron a viajar con semejante tormenta?
- Nosotros salimos de Iquitos antes de la tempestad, a media noche, pensando llegar a mi puesto al amanecer, siempre hacemos así, pero esta vez hemos tenido mala suerte porque de repente se ha formado la tempestad, se ha levantado el viento y la turbonada nos ha hecho “virar”. Más de dos horas hemos bajado así y si no es por ustedes... ¡Dónde hubiéramos ido a parar! Ahora vas a conocer mi puesto. ¿Te acuerdas lo que te he dicho? Si te animas dime nomás, no te va a costar nada. Están esperándome en mi casa para darles una “purga”, vas a ver cómo les convido y si quieres a ti también te convido.
- ¿Es un purgante lo que les vas a dar?
- No señor. Es “ayahuasca” con sus preparados. Nosotros le llamamos purga, pero no hace mal, al contrario, te quita todo tu mal, te limpia y te hace gozar.
- ¿Y dónde has aprendido todo eso? ¿Tú has nacido en el monte?
- Yo soy de Iquitos, pero “desde mi muchacho” he vivido con sus “infieles” de mi padre, aquí en mi puesto. Con ellos me he “internado” al centro y allí he aprendido muchas cosas del monte y del agua.
- Te has hecho brujo.
- Así nos dicen, pero somos médicos porque curamos con medicinas vegetales. Los enfermos nos buscan cuando los doctores ya no pueden curarles.
- ¿Y ustedes...los curan?
- A veces ya no se puede cuando su mal tiene mucho tiempo, pero les hacemos calmar sus dolores.
El marinero que previno a Swayne contra el brujo se había acercado tratando de no hacerse notar y escuchaba la conversación, Marcelino se dio cuenta y dando un pretexto se retira; Swayne lo siguió con la mirada, extrañamente impresionado por el acento que ponía en sus palabras, llenas de profunda y contagiosa convicción. El marinero que lo estaba observando le dijo:
- Primero, has de tener cuidado con este hombre, es bien conocido como brujo, convida ayahuasca, les “icara”, les “chupa”, les da purgas a los enfermos para sanarles, pero dicen que también “cutipa” y hace daño con sus “virotes” poniéndoles resinas malignas -- riendo agregó - y también es un pendejo, porque cuando las mujeres le piden “pusangas” les hace venir a su puesto y allí aprovecha... ¡Cómo quizás les hace caer!... O tal vez les hace a la fuerza porque sabe que no le van a contar a nadie de vergüenza.
- Y tú ¿cómo sabes todo eso?
- Porque mi cuñada ha sido su empleada de un señor que le ha dejado a su mujer para meterse con otra y su mujer, para hacerle “asquear” a la otra le ha pedido a don Marcelino que le prepare una pusanga; entonces don Marcelino le ha dicho que tiene que venir a su puesto trayendo cualquier ropa de la otra mujer y ella ha venido con mi cuñada para que le acompañe. Les ha llevado a un tambo lejos y allí ha sido todo... ¡Hasta a mí cuñada le ha aprovechado! Después ha parecido preñada “siendo” mi hermano en viaje. Cuando ha regresado y le ha encontrado así se ha “calentado”, le ha pegado su pateadura y le ha botado a la calle.
-Qué tal don Marcelino! - exclamó Swayne riendo.
Mucho antes del mediodía llegaron al puesto de Marcelino. Este subió al puente para arreglar con el comandante el pago de los pasajes, pero le dijo que no debía nada; para serle grato le ofreció sin costo leña que tenía en grandes hileras, para vender como combustible a los barcos.
- Ya no necesitamos leña porque en seis horas llegaremos a Iquitos.
Desconcertado por el desinterés se quedó mirándolo y preguntándose mentalmente como podría mostrarle su gratitud.
- Bueno comandante - dijo al fin - no quieres cobrarme ni aceptar mi leña, pero no me vas a desairar un regalito.
- Si no hay otro remedio - le contestó riendo.
- Hasta luego entonces.
Acoderó el barco y fue el primero en saltar a tierra con sus acompañantes. El primer maquinista impartió las órdenes para iniciar el trabajo; dispusieron el barco con la popa hacia el puerto y la proa hacia el centro del río, pasaron la carga de popa a proa y llenaron de agua el pañol de cadenas. La proa bajó notablemente y la popa se alzó, dejando la hélice casi a nivel del río. Todos trabajaban con febril actividad.
No tardó Marcelino en regresar con dos hombres que cargaban una larga cañabrava introducida por entre las amarradas patas de veinte gallinas que colgaban de ella; las hizo depositar sobre cubierta y subió en busca del, comandante.
- Señor - le dijo - te he traído unas gallinitas, mis muchachos están cogiendo frutas que también van a traer y han agarrado un torete para matarle y de él te voy a mandar la mitad.
- ¡Oye, oye! - le interrumpió Prieto - eso ya no es un regalito, son muchos regalos y no quiero que te estés afanando más. Lo que has traído será para toda la tripulación.
- Tú señor, has de ver qué vas a hacer, yo te doy mi voluntad, para don Roberto también estoy preparando algunas cositas.
Y con el pretexto de ver el trabajo bajó en busca de Swayne y Roberto, a quienes encontró, de pie en la orilla al primero y al otro metido casi hasta el cuello en el río, debajo de la popa del buque.
- ¿Ya acabas, amigo? - se dirigió a Roberto - He venido a avisarte que te van a traer algunas cositas para que hagas llegar a tu casa...
- ¡Pero hombre!... ¡Por qué! - protestó Roberto.
- Quiero que siempre te acuerdes de mí como yo me voy a acordar de ti - afirmó en tono concluyente y volviéndose a Swayne agregó - ¿Vas a trabajar esta noche señor?
- Bueno... quien está trabajando es el segundo maquinista… yo sólo miro ¿Por qué?
- ¿Te acuerdas señor lo que te he dicho? Esta noche voy a convidar su ayahuasca a esos que me están esperando, Si quieres a ti también te convido. Te va hacer bien y te va gustar.
- ¿A mí solo?
Si alguien quiere ir llévale nomás, pero que sea tu amigo. Yo hubiera querido que venga don Roberto, pero está trabajando.
- ¿A qué hora quieres que vayamos?
- A eso de las ocho te espero en mi tambo.
Swayne sintió que se le avivaba la curiosidad y se le despertaba el interés. Nacido en Lima, algo había oído en su medio de curanderos, de aplicación de medicinas vegetales caseras y hasta de filtros de amor, sin dar crédito a su eficacia. Calificaba de charlatanes a los que practicaban tales métodos e ignorantes a los que los aceptaban. La noticia de un mundo nuevo y extraño había llegado hasta él en fantásticos relatos de quienes volvían de la selva, región que se estaba abriendo al paso de la civilización: fuentes de riqueza al alcance de la mano en una verde inmensidad inhóspita y agresiva, fauna desconocida, desfigurada por la imaginación jactanciosa; salvajes indómitos que se oponían con flechas envenenadas y trampas mortales; asechanzas y traiciones maquinadas por la ambición de algunos caucheros inescrupulosos. Lo creyó una exageración y su predisposición a la aventura le impulsó a viajar para ver y comprobar tan impresionante vivencia. Al cabo de un año ya estaba hecho al ambiente, poco se le había escapado a su afán de información; oyó hablar de brujerías, plantas que causaban enfermedades y otras que las curaban, pusangas y afrodisíacos infalibles, cosas por el estilo, pero seguía sin darles crédito. No podía concebir que indígenas pintarrajeados, de torpe apariencia y ninguna personalidad fueran capaces de investigar y aplicar secretos de la naturaleza en beneficio o perjuicio de la vida humana. Son los más vivos que engañan a los más ignorantes – decía - pero se propuso aprovechar de esta oportunidad para comprobar tal engaño y acudió puntual a la cita acompañado del práctico Soria, atraído también por la curiosidad. Marcelino estaba esperando al pie de la escalera de su tambo, con un farol en la mano.
¡Vamos! - les dijo cuando se acercaron, con tono que más parecía una orden.
La noche no era muy oscura, pero el sendero que tomaron era tan angosto y los arbustos cercanos tan altos, que apenas se veían. Caminaron unos minutos en silencio hasta llegar a un claro, en cuyo centro había un tambo a ras del suelo, cercado de ponas, con una sola puerta. Tocó Marcelino, alguien abrió y entraron dejando el farol en la puerta. El recinto, de unos cuarenta metros cuadrados, estaba débilmente alumbrado por dos faroles colgados en ángulos opuestos; en el centro, en una mesa había una variedad de objetos raros iluminados por cinco velas, cuatro adheridas con su propia cera a los ángulos de la mesa y la otra en una palmatoria, sobre un tallo con apariencia de nervudo brazo amputado en el codo, colocado verticalmente con la mano tendida horizontalmente recibiendo la palmatoria. En torno al original candelabro había huesos, al parecer de animales, culebras y pájaros disecados, aquéllas enrolladas y con la cabeza levantada en actitud de ataque y éstos posados sobre trozos de ramas, como si estuvieran vivos; vasos y botellas, ollas de barro, “pates” de variados tamaño y un tamborcito. Unos cajones vacíos dispersos estaban arrimados al “emponado” que servía de pared, al lado opuesto, varias “llanchamas” extendidas parecían estar destinadas para lechos y en cuatro de ellas sentados otros tantos hombres. En el suelo, al pie de la mesa, ardían unos tizones sobre los cuales una ennegrecida olla de barro emanaba el vapor de algo que estaba hirviendo un muchacho indígena inmóvil junto a la mesa, parecía ser el ayudante y esperar órdenes. El calor era insoportable, el humo de los tizones enrarecía el ambiente y aumentaba la penumbra, las vagas sombras que proyectaban los cuerpos que se movían daban la impresión de fantasmas que se arrastraban en el lúgubre recinto. Marcelino se volvió a sus acompañantes y preguntó:
- ¿Quieren tomar la purga?
- Yo sólo quiero ver - contestó Swayne.
- Yo también - afirmó el otro.
- Mejor - apuntó Marcelino - Para que haga buen efecto la purga hay que “dietar” sal, dulce, condimento y mujer siquiera tres días. Siéntense pues y les señaló los cajones.
Se acercó a la mesa haciendo una señal al ayudante, éste tiró del cajón de la mesa y sacó de él un cuchillo y dos paquetes que puso sobre la mesa; abrió uno de ellos, cogió un trozo de tabaco en mazo, tomó el cuchillo, picó un poco, lo desmenuzó entre sus manos con cuidado, cogió del otro papel especial y con singular destreza lió varios cigarrillos que puso sobre la mesa. Mientras tanto Marcelino cogía uno de los “pates” grandes, vació en él todo el contenido de una de las botellas, luego, calculando cuidadosamente, llenó otro más pequeño con el de otros dos frascos, vació ambos en el agua que estaba hirviendo y lo agitó con una cuchara de palo. Cesó la ebullición, el ayudante avivó el fuego aventándolo con un abanico de largas plumas negras.
- ¿Qué es eso? - preguntó curioso Swayne.
- Ayahuasca. “Lei” agregado “catahua” y “chiricsanango” para darle más fuerza.
Cuando vio de nuevo hervir la pócima que estaba preparando, quitó la olla del fuego y la puso en la mesa, el ayudante retiró los tizones. Marcelino agitó con la cuchara el contenido de la olla, murmurando en voz baja algo que parecía un rezo o un conjuro, cogió cuatro “pates” pequeños y los acercó a la olla, se puso un cigarrillo en la boca, cogió un tizón, lo prendió y comenzó a fumar expeliendo grandes bocanadas; sacó varias cucharadas del brebaje, las vertió en uno de los “pates” y se lo dio al que estaba más cercano; luego hizo lo mismo con los demás, quienes lo sostuvieron en la mano, esperando, al parecer, una señal. Marcelino seguía fumando y empezó a pasearse delante de las “llanchamas”. De pronto comenzó a echarles a la cara el humo que expelía y con monótono ritmo, tono de lamento, acompañándose con suave batido del tamborcito cantó:
Manan imapas ruasinquinanchu
ayahuasca ampishunga
mariri manchac mariri,
mariri, mariri, mariri.
Interrumpiéndose para fumar y echarles el humo, mientras los pacientes a lentos sorbos bebían del brebaje. Continuaba el canto:
Manan imantapas manchacunancu
ayahuasca yanapashunga
mariri manchac mariri.
mariri, mariri, mariri.
Nuevamente paseos, humo a la cara y vuelta a beber. Seguía el canto:
Cusicusunchis causanichispi
ayahuasca jocoshunga
Mariri manchac mariri
mariri, mariri, mariri.
Otra vez humo a la cara, Otra vez la pócima y Marcelino a repetir la monótona canción.
Los pacientes estaban sudorosos y parecían agotados, a tanta repetición del soporífero canto se habían bebido todo el contenido de su respectivo pate y uno a uno fueron languideciendo, acostándose y quedando adormecidos, pero alternadamente empezaron a retorcerse y revolcarse entre suspiros, lamentos, palabras incoherentes, exclamaciones de angustia... El monótono cantar y el amodorrante batido del tamborcito no cesaba, Marcelino ya no les echaba humo del tabaco pero seguía paseándose frente a ellos mirándolos con atención; después de casi una hora de tan horripilante trance fueron aquietándose hasta quedar sumidos en profundo sueño. Marcelino se acercó a cada uno de los durmientes, inclinado muy cerca parecía hacerles preguntas en voz baja que contestaban en forma incomprensible, con acento de complacencia y satisfacción unos, de tristeza y angustia otros.
Swayne, que había seguido con profunda atención y curiosidad el proceso, no sabía qué pensar; reconocía algo de esotérico y sobrenatural en lo que estaba presenciando como efecto del brebaje, pero. ¿Y después?
- Déjame probar un poquito de ese menjunje - le pidió a Marcelino.
- No - le contestó rotundo - Te puede hacer daño sin su “icarada”.
Swayne miró la olla, vio que en el fondo quedaba algo de la extraña combinación y se sintió arrastrado por un irrefrenable impulso, la tentó, estaba fría; aprovechando que Marcelino estaba de espaldas introdujo la cuchara rápidamente y todo el contenido que recogió se lo puso en la boca y se lo tragó... sintió una picazón amarga y repugnante que a medida que iba pasando por su garganta se transformaba en una sensación de alivio, casi de placer... ¡Sólo es desagradable en la boca! - pensó - El práctico, que lo había visto tomarse la cucharada, en voz baja y con curiosidad le preguntó:
- ¿Feo es?
- No.
Todo había quedado en silencio sólo interrumpido por los ronquidos de algunos durmientes, Marcelino se paseaba delante de las llanchamas como velando su sueño, el aire se ponía cada vez más irrespirable por los humores que despedían los sudorosos cuerpos, Swayne sintió que ya no podía soportarlo y le dijo al práctico:
- ¡Vamonos ya!... Ya no hay nada que ver.
Sin contestarle se puso de pie y avanzó a la puerta, también sentía ahogarse, estaba mareado sin voluntad. Swayne tocó a Marcelino en el hombro.
- Ya nos vamos - le dijo.
- Bueno. Mañana vamos a conversar. Lleven el farol, no se vayan a “errar” en el camino.
Regresaron en silencio. Swayne se sentía bebido, con una gran pesadez en la cabeza y laxitud en el cuerpo. Llegaron al puerto pasada la medianoche y el trabajo continuaba; Swayne se acercó a Roberto y le dijo:
- Me siento mal, voy a acostarme.
- Vete nomás, no te preocupes, todo va bien. Terminaremos por la mañana y creo que antes del mediodía estaremos listos para navegar.
Subió y se tiró a la litera vestido. Le pareció dormirse inmediatamente, pero con un sueño en el que percibía cuanto estaba al alcance de su vista y de su oído, como sí estuviera despierto. Tuvo la sensación de estar sufriendo una pesadilla, hizo esfuerzos para despertar sin lograrlo, empezó a sentirse etéreo, flotando, en el aire entre inmensas y blandas nubes que podía palpar, envolverse en ellas como en una caricia de miles de manos suaves, que paseaban por su cuerpo, manos que al cogerlas se transformaban en cuerpo tibios, sedosos, que se juntaban al suyo tomando formas de mujer, a las que se abrazaba con deleite, con ansiedad de posesión... ¡ésta!... ¡la otra!...miles!... un desfile fantasmagórico interminable acicateando y colmando su deseo, introduciendo todo su ser a esas miles de formas de mujer, cuyas caras no veía, pero las imaginaba a su antojo, sumiéndose en un éxtasis de placer mil veces consumado, en un orgasmo inacabable, enloquecedor...Ya no quería despertar, quería seguir volando entre las flotantes nubes con formas de mujer, con caricias de mujer... ¡aunque tuviera que morir!... Perdió la idea del tiempo.
Vago, lejano, como un amargo lamento de la realidad, oyó los toques de campana que anunciaba las seis. Con un esfuerzo que le pareció doloroso trató de romper la telaraña de visiones que dulcemente le aprisionaba y abrió los ojos. La luz del sol entrando por la claraboya rompía la bruma del camarote; se sentó sin lograr disipar del todo la sensación de placer que lo estuvo dominando... ¿Qué me ha sucedido? - se preguntó - Poco a poco fue recobrándose como en un despertar corriente, pero no le parecía haber soñado lo que había visto y sentido, tenía la impresión de haber vivido el erotismo de las fantásticas visiones y haber sentido el placer de haberlas consumado. Apoyó la cabeza entre sus manos y quedó ensimismado tratando de encontrar una explicación. De repente recordó el brebaje que había ingerido... ¿Será posible que eso me haya producido todo esto?... ¿Será el poder del brujo o del brebaje?
Bajó y encontró que el trabajo había terminado. Roberto estaba dando las últimas disposiciones para achicar el agua del pañol y volver la carga a su sitio.
- ¿Ya te pasó el malestar? - le preguntó al verlo.
- No ha sido nada... ¿Y tú? debes estar cansado y muriéndote de sueño. ¡Déjalo ya y vete a dormir, me encargará del resto!
Unas horas después el buque estaba listo para zarpar. Marcelino, cumplió sus ofrecimientos y llegó cuando el comandante había tocado atención a las máquinas; subió al puente a despedirse de Prieto y reiterarle su agradecimiento, luego bajó en busca de Roberto, a quién encontró conversando con Swayne.
- He venido a agradecerte otra vez - le dijo - No te olvides lo que te he dicho: no te separes nunca de ese diente, ponle en tu cuello para que siempre estés protegido y salgas bien en todo. ¡Adiós, amigos! - y dirigiéndose a Swayne - Adiós señor, acuérdate que lo que has visto no son mentiras, ya te vas a convencer - dio un abrazo a cada uno y se fue.
Ambos le siguieron con la mirada, singularmente impresionados, Swayne por su reciente experiencia, Roberto por el énfasis de paternal cariño que puso en sus palabras, que parecían revelar ansiedad de prevenirle de algún peligro que lo amenazara. Extrajo del bolsillo el diente y largo rato lo miraron con curiosidad no exenta de aprensión
- ¿Crees Guillermo, que este diente pueda hacerme algún beneficio?
- Bueno… he oído hablar de cosas como ésta y... no sé... pero sino te hace ningún beneficio, no creo que te haga algún daño. Úsalo como te ha dicho este hombre singular... Aunque no sea más que como adorno.
jueves, 6 de enero de 2011
EL COLMILLO DEL LAGARTO
CAPITULO I
EL AGRADECIMIENTO DE UN BRUJO Y LAS ALUCINACIONES DE UN ESCÉPTICO
Cruzando las sombras con ondulantes alaridos el viento hendía furiosamente la negrura de la noche, todo el monte, violentamente azotado, se doblaba a su paso en obligada reverencia. Las cimbreantes palmeras se mecían trepidantes con sus penachos levantados, como si invisibles y poderosas manos tiraran de ellos intentando descuajarlos; los frágiles ceticos se quebraban, volaban y caían revolcándose como esqueléticos despojos heridos por la muerte; las pesadas ramas de las robustas lupunas se desgajaban ruidosamente y arrimaban al tronco, sostenidas por sus desgarradas fibras, resistiendo a desprenderse.
Fugazmente se inundaba el firmamento con una blancura aterradora que iluminaba la imponente conjunción de la naturaleza desencadenada en brutal manifestación de su poder, con estruendoso estallido de mil explosiones, que atronaba todos los ámbitos y se perdía rebotando en la oscuridad. Un torrente desbordado oblicuamente de la abierta inmensidad ensordecía con interminable bramido
Las aguas del río, batidas por el viento tumultuoso y desordenado oleaje sacudían entre sus ondas, palos, gramalotes, troncos de árboles, arrastrados de las orillas.
Los elementos parecían haber unido su terrorífico poder para estremecer la verde selva, celosos de su imperturbable inmensidad.
Desafiando el fragor de la tempestad un barco surcaba el río; sorprendido por la tormenta en plena travesía el práctico buscaba un lugar apropiado para acoderar. A la luz de los relámpagos sólo veía barrancos inaccesibles, sabía que cerca estaba un puesto, una pequeña hacienda y pensó que sólo le quedaba el recurso de llegar hasta él para encostar hasta que pasara el temporal. La lluvia barría las dos cubiertas, no podían bajar las cenefas para protegerse porque el viento batiendo contra ellas habría desviado su rumbo, podía escorarlo, hacerlo zozobrar; práctico y timonel, completamente empapados en el puente, taladraban las sombras con sus miradas para evitar cualquier peligro. De pronto un grito:
- ¡Cuidado! ¡Ahí viene un palo!
De la oscuridad, como amenazante fantasma, surgió frente al barco un enorme tronco que se acercaba peligrosamente; el timonel giró violentamente la rueda del timón, el comandante, que al oír el grito salió de su camarote se abalanzó al telégrafo de maniobras y de un golpe mandó parar la máquina. Viró el barco eludiendo el choque, pero el tronco pasó golpeándose ruidosamente contra el casco; con un suspiro de alivio mandó poner de nuevo en marcha la máquina: poca… media... a medida que aumentaba la velocidad, una notable trepidación iba sacudiendo el barco, más... y más... Alarmado, utilizando el sistema acústico a la sala de máquinas preguntó qué estaba ocurriendo.
- Parece que la hélice ha chocado con el palo y se ha roto... o se ha torcido el eje propulsor, fue la respuesta del maquinista de guardia.
- ¡Maldición!... ¿Se podrá seguir navegando?
- Bueno… podemos seguir, pero... sólo a media fuerza. Tiembla mucho la máquina.
- ¡Tiembla todo el barco! - corrigió el comandante y dirigiéndose al práctico le preguntó:
- Qué dices, Soria, ¿Faltará mucho para llegar a un puerto?
- Hay uno cerca, pero a media fuerza, con este viento y la turbonada vamos a demorar mucho. Mejor seria atracar, aunque sea en el barranco, hasta que pase la tempestad.
- ¡Sí! -contestó el comandante tras breve reflexión- Creo que es lo más prudente.
Maniobrando con gran cuidado, el práctico acercó el barco al barranco, un marinero saltó a tierra, a gatas se subió hasta lo alto, recibió el cabo que le tiraron y lo amarró a un grueso tronco, la tempestad no cedía en su furor, la turbonada seguía sacudiendo el barco, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el riesgo había disminuido y pudieron bajar las cenefas para protegerse de ella. Pasajeros y tripulantes estaban todos despiertos, incómodos e intranquilos.
Amaneció. Como huyendo de la luz, la tempestad fue amainando, pero la turbonada sacudía igual. De pronto el marinero de guardia en el puente gritó:
- ¡Ahí baja una canoa “virada”!... ¡Están “queriendo” llegar a tierra!
Todos se acercaron al puente y a la borda. Por entre la bruma de la llovizna y del amanecer vieron a cuatro personas sujetándose desesperadamente a una volcada canoa, haciendo esfuerzos con una mano como remo, para acercarla a la orilla. Sacudidos por la turbonada se aproximaban a la proa del barco. Al darse cuenta del peligro, gritos de mujer entre los náufragos clamaron:
- ¡Socorro... socorro!... ¡Vamos a chocar!
Escasos segundos y se produjo la colisión, los cuatro fueron despedidos y desaparecieron entre las turbulentas aguas, la canoa se arrimó al casco del barco por el lado del río y siguió bajando; todos miraban; alguien gritó:
- ¡Aquí están!
Entre el barranco y el barco salieron a flote dos mujeres y un hombre, les tiraron cuerdas a las que se sujetaron y los subieron inmediatamente; una de las mujeres al no ver al cuarto náufrago exclamó:
- ¡Mi padre se ha ahogado! -empezó a llorar a gritos y la otra se sumó a sus lamentos.
De nuevo se acercaron a la borda a mirar el río buscando al que faltaba, no se veía a nadie; el segundo maquinista que había salido de guardia se acercó también, de pronto uno, señalando a cierta distancia de la popa del barco gritó:
- ¡Allá está!... ¡Está “queriendo ahogarse”!... ¡No puede agarrarse a la canoa!
Todos lo vieron haciendo esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la canoa, se hundía y emergía, el oleaje lo cubría y lo reflotaba arrastrado por la corriente.
- ¡Bajen la canoa! - se oyó la voz del comandante.
La canoa colgaba de los pescantes de proa, había que hacer una maniobra para bajarla... ¿cuánto tardaría?... El náufrago se perdía entre el oleaje. De pronto un hombre se subió a la borda, se lanzó al río y nadando vigorosamente se dirigió hacia él.
Instantes de expectación que parecieron eternos... al fin se vio sujetándolo para mantenerlo a flote y nadando con un brazo hacia la orilla; parecía encontrar resistencia en que se le agotaran las fuerzas. Mientras tanto la canoa fue bajada, dos marineros se embarcaron y bogando apresuradamente fueron en su auxilio, los recogieron y regresaron a bordo. El náufrago estaba inconsciente. Uno de los presentes hizo que lo tendieran boca abajo sobre la escotilla y para hacerle expulsar el agua que había tragado le hizo presión intermitente entre los omóplatos, luego lo volteó y entre todos, con masajes, movimiento de brazos y tragos de aguardiente lo reanimaron. Tenía una herida que le ensangrentaba la frente, el espontáneo se la limpió, le aplicó una improvisada compresa y la sujetó con un pañuelo; en la colisión se había golpeado contra la proa y casi perdió el conocimiento hasta no poder gritar pidiendo auxilio, el instinto de conservación hizo que lograra mantenerse a flote, pero ya se estaba hundiendo cuando llegó su salvador.
Se sentó, las mujeres seguían llorando, pero con manifestaciones de alegría al ver a su padre mirando a todos, como buscando ansiosamente algo. Todos lo miraban sonrientes.
- ¿Quién es el que me ha salvado? - preguntó.
- Ha sido don Roberto, el segundo maquinista -contestó uno- ha ido a cambiarse de ropa.
El primer maquinista, Guillermo Swayne, que estaba cerca, se dio la vuelta, fue en su busca y al cabo de un momento volvió con él cogido del brazo. El herido se puso en pie con cierto esfuerzo, se le acercó haciendo ademán de abrazarlo, pero al verlo cambiado y verse todo mojado, se contuvo, extendió la mano diciendo:
Quisiera abrazarte por lo que me has salvado, pero te voy a mojar con mi ropa. No sé cómo darte las gracias - estrechó fuerte y efusivamente la mano que el llamado Roberto le tendió.
De repente, como inspirado, buscó algo en el pecho, lo cogió, de un tirón rompió un hilo de “chambira” con el que lo tenia atado y poniéndoselo en la mano que estaba apretando, añadió:
- Toma esto para que te ayude en todo los peligros y te de buena suerte. No lo dejes nunca. Yo te doy como agradecimiento porque me has salvado arriesgándote.
Roberto miró el objeto, los que lo rodeaban hicieron lo mismo: era un colmillo de aproximadamente seis centímetros de largo, con un pequeño orificio que atravesaba la parte más gruesa, para el hilo que lo sujetaba. Swayne miró burlonamente al donante.
- Debe ser muy bueno ese diente -le dijo- pero si tu amigo no se tira a tiempo, con diente y todo te hubieras ahogado.
El hombre lo miró oblicuamente con gesto de reproche.
- Nunca te burles, señor, de lo que no crees - le respondió- Yo sé muchas cosas que otros no saben. Los animales, las plantas y hasta la tierra que pisamos son una bendición y existen para servirnos y ayudarnos. Si hablaran ellos mismos se ofrecerían para ayudarnos a hacer nuestra vida más sana, más fuerte, más larga; los que sabemos que nos quieren ayudar aprendemos poco a poco, viviendo con ellos. No son secretos, no están escondidos, porque el monte es bueno, no hace mal a nadie, allí puede vivir toda la gente que quiere.
EL AGRADECIMIENTO DE UN BRUJO Y LAS ALUCINACIONES DE UN ESCÉPTICO
Cruzando las sombras con ondulantes alaridos el viento hendía furiosamente la negrura de la noche, todo el monte, violentamente azotado, se doblaba a su paso en obligada reverencia. Las cimbreantes palmeras se mecían trepidantes con sus penachos levantados, como si invisibles y poderosas manos tiraran de ellos intentando descuajarlos; los frágiles ceticos se quebraban, volaban y caían revolcándose como esqueléticos despojos heridos por la muerte; las pesadas ramas de las robustas lupunas se desgajaban ruidosamente y arrimaban al tronco, sostenidas por sus desgarradas fibras, resistiendo a desprenderse.
Fugazmente se inundaba el firmamento con una blancura aterradora que iluminaba la imponente conjunción de la naturaleza desencadenada en brutal manifestación de su poder, con estruendoso estallido de mil explosiones, que atronaba todos los ámbitos y se perdía rebotando en la oscuridad. Un torrente desbordado oblicuamente de la abierta inmensidad ensordecía con interminable bramido
Las aguas del río, batidas por el viento tumultuoso y desordenado oleaje sacudían entre sus ondas, palos, gramalotes, troncos de árboles, arrastrados de las orillas.
Los elementos parecían haber unido su terrorífico poder para estremecer la verde selva, celosos de su imperturbable inmensidad.
Desafiando el fragor de la tempestad un barco surcaba el río; sorprendido por la tormenta en plena travesía el práctico buscaba un lugar apropiado para acoderar. A la luz de los relámpagos sólo veía barrancos inaccesibles, sabía que cerca estaba un puesto, una pequeña hacienda y pensó que sólo le quedaba el recurso de llegar hasta él para encostar hasta que pasara el temporal. La lluvia barría las dos cubiertas, no podían bajar las cenefas para protegerse porque el viento batiendo contra ellas habría desviado su rumbo, podía escorarlo, hacerlo zozobrar; práctico y timonel, completamente empapados en el puente, taladraban las sombras con sus miradas para evitar cualquier peligro. De pronto un grito:
- ¡Cuidado! ¡Ahí viene un palo!
De la oscuridad, como amenazante fantasma, surgió frente al barco un enorme tronco que se acercaba peligrosamente; el timonel giró violentamente la rueda del timón, el comandante, que al oír el grito salió de su camarote se abalanzó al telégrafo de maniobras y de un golpe mandó parar la máquina. Viró el barco eludiendo el choque, pero el tronco pasó golpeándose ruidosamente contra el casco; con un suspiro de alivio mandó poner de nuevo en marcha la máquina: poca… media... a medida que aumentaba la velocidad, una notable trepidación iba sacudiendo el barco, más... y más... Alarmado, utilizando el sistema acústico a la sala de máquinas preguntó qué estaba ocurriendo.
- Parece que la hélice ha chocado con el palo y se ha roto... o se ha torcido el eje propulsor, fue la respuesta del maquinista de guardia.
- ¡Maldición!... ¿Se podrá seguir navegando?
- Bueno… podemos seguir, pero... sólo a media fuerza. Tiembla mucho la máquina.
- ¡Tiembla todo el barco! - corrigió el comandante y dirigiéndose al práctico le preguntó:
- Qué dices, Soria, ¿Faltará mucho para llegar a un puerto?
- Hay uno cerca, pero a media fuerza, con este viento y la turbonada vamos a demorar mucho. Mejor seria atracar, aunque sea en el barranco, hasta que pase la tempestad.
- ¡Sí! -contestó el comandante tras breve reflexión- Creo que es lo más prudente.
Maniobrando con gran cuidado, el práctico acercó el barco al barranco, un marinero saltó a tierra, a gatas se subió hasta lo alto, recibió el cabo que le tiraron y lo amarró a un grueso tronco, la tempestad no cedía en su furor, la turbonada seguía sacudiendo el barco, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el riesgo había disminuido y pudieron bajar las cenefas para protegerse de ella. Pasajeros y tripulantes estaban todos despiertos, incómodos e intranquilos.
Amaneció. Como huyendo de la luz, la tempestad fue amainando, pero la turbonada sacudía igual. De pronto el marinero de guardia en el puente gritó:
- ¡Ahí baja una canoa “virada”!... ¡Están “queriendo” llegar a tierra!
Todos se acercaron al puente y a la borda. Por entre la bruma de la llovizna y del amanecer vieron a cuatro personas sujetándose desesperadamente a una volcada canoa, haciendo esfuerzos con una mano como remo, para acercarla a la orilla. Sacudidos por la turbonada se aproximaban a la proa del barco. Al darse cuenta del peligro, gritos de mujer entre los náufragos clamaron:
- ¡Socorro... socorro!... ¡Vamos a chocar!
Escasos segundos y se produjo la colisión, los cuatro fueron despedidos y desaparecieron entre las turbulentas aguas, la canoa se arrimó al casco del barco por el lado del río y siguió bajando; todos miraban; alguien gritó:
- ¡Aquí están!
Entre el barranco y el barco salieron a flote dos mujeres y un hombre, les tiraron cuerdas a las que se sujetaron y los subieron inmediatamente; una de las mujeres al no ver al cuarto náufrago exclamó:
- ¡Mi padre se ha ahogado! -empezó a llorar a gritos y la otra se sumó a sus lamentos.
De nuevo se acercaron a la borda a mirar el río buscando al que faltaba, no se veía a nadie; el segundo maquinista que había salido de guardia se acercó también, de pronto uno, señalando a cierta distancia de la popa del barco gritó:
- ¡Allá está!... ¡Está “queriendo ahogarse”!... ¡No puede agarrarse a la canoa!
Todos lo vieron haciendo esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la canoa, se hundía y emergía, el oleaje lo cubría y lo reflotaba arrastrado por la corriente.
- ¡Bajen la canoa! - se oyó la voz del comandante.
La canoa colgaba de los pescantes de proa, había que hacer una maniobra para bajarla... ¿cuánto tardaría?... El náufrago se perdía entre el oleaje. De pronto un hombre se subió a la borda, se lanzó al río y nadando vigorosamente se dirigió hacia él.
Instantes de expectación que parecieron eternos... al fin se vio sujetándolo para mantenerlo a flote y nadando con un brazo hacia la orilla; parecía encontrar resistencia en que se le agotaran las fuerzas. Mientras tanto la canoa fue bajada, dos marineros se embarcaron y bogando apresuradamente fueron en su auxilio, los recogieron y regresaron a bordo. El náufrago estaba inconsciente. Uno de los presentes hizo que lo tendieran boca abajo sobre la escotilla y para hacerle expulsar el agua que había tragado le hizo presión intermitente entre los omóplatos, luego lo volteó y entre todos, con masajes, movimiento de brazos y tragos de aguardiente lo reanimaron. Tenía una herida que le ensangrentaba la frente, el espontáneo se la limpió, le aplicó una improvisada compresa y la sujetó con un pañuelo; en la colisión se había golpeado contra la proa y casi perdió el conocimiento hasta no poder gritar pidiendo auxilio, el instinto de conservación hizo que lograra mantenerse a flote, pero ya se estaba hundiendo cuando llegó su salvador.
Se sentó, las mujeres seguían llorando, pero con manifestaciones de alegría al ver a su padre mirando a todos, como buscando ansiosamente algo. Todos lo miraban sonrientes.
- ¿Quién es el que me ha salvado? - preguntó.
- Ha sido don Roberto, el segundo maquinista -contestó uno- ha ido a cambiarse de ropa.
El primer maquinista, Guillermo Swayne, que estaba cerca, se dio la vuelta, fue en su busca y al cabo de un momento volvió con él cogido del brazo. El herido se puso en pie con cierto esfuerzo, se le acercó haciendo ademán de abrazarlo, pero al verlo cambiado y verse todo mojado, se contuvo, extendió la mano diciendo:
Quisiera abrazarte por lo que me has salvado, pero te voy a mojar con mi ropa. No sé cómo darte las gracias - estrechó fuerte y efusivamente la mano que el llamado Roberto le tendió.
De repente, como inspirado, buscó algo en el pecho, lo cogió, de un tirón rompió un hilo de “chambira” con el que lo tenia atado y poniéndoselo en la mano que estaba apretando, añadió:
- Toma esto para que te ayude en todo los peligros y te de buena suerte. No lo dejes nunca. Yo te doy como agradecimiento porque me has salvado arriesgándote.
Roberto miró el objeto, los que lo rodeaban hicieron lo mismo: era un colmillo de aproximadamente seis centímetros de largo, con un pequeño orificio que atravesaba la parte más gruesa, para el hilo que lo sujetaba. Swayne miró burlonamente al donante.
- Debe ser muy bueno ese diente -le dijo- pero si tu amigo no se tira a tiempo, con diente y todo te hubieras ahogado.
El hombre lo miró oblicuamente con gesto de reproche.
- Nunca te burles, señor, de lo que no crees - le respondió- Yo sé muchas cosas que otros no saben. Los animales, las plantas y hasta la tierra que pisamos son una bendición y existen para servirnos y ayudarnos. Si hablaran ellos mismos se ofrecerían para ayudarnos a hacer nuestra vida más sana, más fuerte, más larga; los que sabemos que nos quieren ayudar aprendemos poco a poco, viviendo con ellos. No son secretos, no están escondidos, porque el monte es bueno, no hace mal a nadie, allí puede vivir toda la gente que quiere.
jueves, 20 de mayo de 2010
LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE



Vistas del obelisco en la Plaza de Armas de Iquitos-Perú.
Del editor.
El siguiente es un texto cuyo autor no he logrado determinar, si algún lector lo hiciera, le ruego me lo haga saber.
Aparecía en la fenecida Geocities.com, como se advierte, a guisa de gorro en el artículo que publicamos seguidamente.
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LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE.
Distancias y aislamiento que entonces separaba a la selva del escenario de la guerra de conquista chilena contra Perú y Bolivia, declarada el 5 de abril de 1879, no melló en absoluto el espíritu patriótico de la población selvática. Al primer toque de clarines de guerra, numerosos jóvenes se vuelcan a las calles pidiendo incorporarse a las filas del ejército; mientras la población en general, en un gran despliegue de profundo sentimiento patriótico, no regatea con sus óbolos voluntarios, para la adquisición de armas y pertrechos.
En Tarapoto, el 20 de junio de 1 880, el gobernador del distrito, en atención a una nota oficial recibida de la subprefectura de Moyobamba, transcribiendo un oficio del Prefecto y Comandante General del Departamento, prepara y remite un contingente de 80 hombres destinados para la guerra con Chile.. El documento oficial decía: "Esta subprefectura ha recibido orden terminante del señor Prefecto y Comandante General del Departamento, para remitirlo inmediatamente 150 hombres que formarán el resto del contingente destinado a la guerra, quienes deben partir con destino a la Capital del Departamento, el día 25 del momento mes y en consecuencia ordeno a Ud. que tan pronto reciba esta comunicación, proceda a reunir el número de 80 hombres que toca suministrar al distrito de su mando con la mayor puntualidad".
El 24 de setiembre de 1 879, en una gran cruzada en pro de la patria agredida, se logra recolectar 623 soles y 20 centavos, entre los pueblos de Tarapoto y Chazuta, para ser destinados al pago del empréstito que el país se había visto forzado a realizar para la defensa nacional. El llamado de la patria violentada y agredida, por un vecino ambicioso y expansionista, no tarda entonces en llegar tramontando elevadas cordilleras envueltas de grandes mantos de hielo. La Amazonía hasta entonces solamente se vinculaba con el resto del país, a través de largas, escabrosas y empinadas trochas que rompían las cordilleras por el lado sur, vía Ucayali - Pichis y por el norte Moyobamba - Chiclayo. La otra vía, era el Amazonas, Atlántico y Pacífico. Todas significaban muchas semanas y hasta meses de penosas travesías.
Chile desde hacían más de diez años venía preparándose para la guerra; mientras en el Perú, ajenos a esa realidad, políticos, caudillos y sectores de los mandos militares, se disputaban agriamente el poder político. El país, vivía en permanentes revueltas y alzamientos militares y civiles, trayendo consigo nuestra inestabilidad política y económica. Durante ese lapso, Chile se arma, adiestra y tecnifica su ejército. Adquiere una poderosísima flota marítima, formada principalmente por dos acorazados fabricados entre 1874 y 1875, con equipos de potente artillería y dos corbetas suficientemente dotadas de armas y tres cañoneras. Su poderío era tan grande, que, solamente un acorazado, tenía mayor capacidad de fuego, mayor a toda la que tenía junta nuestra marina. En la preparación de su ejército, habían puesto mayor interés en su artillería. Dotados de modernos cañones de campaña Krupp y Armstrong y también de piezas Gatling y Nordenfelt.
Mientras los cañones nuestros, habían sido anticuadamente diseñados y fabricados toscamente en las factorías de Lima, La infantería enemiga tenía armamentos uniformes y buenos. Modernos fusiles, principalmente Comblain; a diferencia a los del Perú que carecían de uniformidad y de armas de infantería. Predominaban los fusiles Martini - Peabody. Bolivia, supuestamente nuestro aliado, tenía su infantería mucho peor. Arcaicos fusiles de pedernal y no más de 1 500 carabinas winchester. En caballería, el vecino del sur, poseía armamentos más homogéneos: sables y rifles winchester. En los nuestros había una diversidad, aunque predominaban rifles winchester.
Los chilenos hasta se habían provisto en sus mandos, no solamente de oficiales ingleses y alemanes, sino que a sus principales cuadros los habían enviado a recibir entrenamiento y formación en Europa; mientras en su país, habían organizado academias especializadas con instructores europeos, De ahí que entre sus mandos aparecen los apellidos Condell, Cox, Christie, Edwards, Leighton, Linch, Macpherson, Prat, Rogers, Simpson, Smith, Somper, Stephens, Thomson, Walker, Warner, Williams, Wilson y Wood.
Los nuestros, solamente tenían entrenamientos adquiridos en las guerras y alzamientos internos. Marchaban al frente de batalla pobremente apertrechados y hasta mal vestidos. Ropas y zapatos parecidos a pobres limosneros. Las fuerzas bolivianas mucho peor. En su mayoría no llevaban ni siquiera zapatos viejos. Los gobernantes, caudillos militares y civiles, andaban enfrascados en fratricidas revueltas. Unos, por conservar el poder o perpetuarse. Otros, por derribar al gobernante de turno. Pobre Perú. Pero, no todos fueron así. Hubo grandes personajes civiles y militares, que se sacrificaron con mucho patriotismo en las horas más aciagas de la patria: Grau, Bolognesi, Ugarte, entre ellos muchos loretanos también.
Los toques de cornetas, clarines y tambores de la patria, resonaron hasta los confines de los bosques amazónicos, convocando a sus hijos a defenderla. La patria estaba siendo ferozmente agredida, y herida. Por punas y por encima de las escarpadas cordilleras, tramontan voces de llamamiento, que ponen en alerta viril a sus juventudes. Hay un gran despertar patriótico en todos los sectores y edades. Aflora el pundonor y coraje guerrero de sus ancestros. De los que en la selva, por siglos resistieron y combatieron la invasión española.
En menos de tres meses de iniciada la guerra, tal vez, antes de otros departamentos más cercanos al escenario, desde Loreto capital Moyobamba, marcha sobre Lima, una primera columna volante de 140 jóvenes, comandados por el Sargento Mayor don Marcelino del Castillo, segundo jefe Sargento Mayor Ellas Albán y tercero, el de igual grado don Enrique Pardo. Entonces gobernaba el Perú, desde el 4 de agosto de 1876, el huanuqueño general Mariano Ignacio Prado y debería concluir su mandato en diciembre de 1879. Prado en medio de la guerra decide salir del país justificando que iba a comprar armamentos. Fue duramente cuestionada su inoportuna salida del país.
Mientras nuestros soldados morían en los campos de guerra y los chilenos inconteniblemente avanzaban hacia Lima; los caudillos seguían disputándose el poder. En medio de la tormenta, en diciembre de aquel año, asume el poder el general Luis de La Puerta. Sin embargo, el 27 del mismo mes, es obligado a dimitir y asume la presidencia el camanejo Nicolás de Piérola. Su mandato se prolonga hasta el 15 de enero de 1881 y es reemplazado por el arequipeño doctor Francisco García Calderón, que asume el 11 de marzo y deja el poder el 6 de noviembre del mismo año, cuando es apresado y deportado a Chile. En su reemplazo asciende al poder, el piurano, Contralmirante Lizardo Montero, cuyo mandato concluye el 9 de octubre de 1883.
En tanto eso ocurría, la primera columna selvática "Guardia de Honor" llegaba a Lima, después de 1 500 kilómetros de caminata. Habían transcurrido tres meses de iniciada la guerra. Se integran a uno de los batallones que se preparaba para salir al frente de las operaciones bélicas. En esos intermedios, la columna "charapa", Guardia de Honor, el 21 de diciembre de 1879, en la calle Trapitos y Plaza de la Inquisición - Bolívar - tiene el honor de intervenir en el develamiento de un nuevo intento de golpe contra el gobierno legalmente constituido. Peleando allí, entre peruanos, mueren varios de nuestros soldados loretanos. En mayo de 1880, con el nombre de Batallón Cazadores de Piérola, sale otro contingente de 600 hombres.
El 26 de mayo de 1880, en Moyobamba, el Prefecto y Comandante General de Loreto, don David Arévalo Villacis, hace público un documento dirigido a la población sanmartinense que decía: Atendiendo: 1.- A que la provincia de Moyobamba, ha contribuido con el contingente de hombres que se le ha designado para la formación del Batallón Cazadores de Píerola No.2, por cuyo motivo merece las consideraciones y gratitud de esta Prefectura y Comandancia General. 2.- Que habiendo marchado ya el expresado batallón, ha desaparecido la causa de los infundados temores que alejó a muchos de sus hogares.
DECLARO: Que todo los hijos de esta provincia, que permanecen aún ocultos, pueden regresar al seno de sus familiares y dedicarse libremente a sus ocupaciones ordinarias, con la seguridad de que no serán enrolados en el ejército activo, salvo el caso, de que las emergencias de la guerra, en que se encuentra empeñada la república, exijan un nuevo sacrificio a esta Provincia. El Subprefecto del cercado queda encargado de hacer publicar por bando, esta declaración, en los pueblos de su mando, para que llegue a conocimiento de todos los habitantes de ellos. Moyobamba Mayo 26 de 1880. Firmado David Arévalo Villacis"
Cuando el Batallón Cazadores de Piérola, llega a Chiclayo comandado por el coronel provisional Daniel Bardales Arévalo, segundo jefe, teniente coronel, Doroteo Arévalo Villacis y tercero, sargento mayor Otoniel Melena, no encuentran nave que los trasladara a Lima, por lo que se ven obligados a continuar a pie el recorrido. Por todo el litoral de los departamentos de La Libertad, Ancash y Lima. El Perú, para eso, ya había perdido toda su escuadra. En Lima, integrados al batallón comandado por el coronel Miguel Iglesias participan heroicamente en la batalla de Chorrillos.
Más tarde, un tercer batallón de 500 hombres, que se preparaba para partir a órdenes del coronel Alfredo Coret, es disuelta. Había llegado la fatal noticia de los desastres sufridos en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores. Equivocadamente las autoridades al parecer creyeron que ya nada había que hacer. El gran problema para la región era la distancia. Las informaciones no solamente llegaban muy retrasadas, sino hasta distorsionadas. Chile había invadido Lima con furia y venganza.
En la selva se han dado muchos e interesantes casos de patriotismo, durante la guerra con Chile, a pesar de las distancias y faltas de medios de comunicación: pundonor, valor, coraje y renunciamiento a la vida por la patria, que la historia regional debe recordarla siempre, para que sirva de permanente ejemplo a las generaciones del presente y del futuro. Un joven francés de nombre Pedro Dugué que había llegado a Iquitos de secretario del Marquez de Tilly, Conde Tourón, en circunstancias que un batallón de voluntarios, al mando de Miguel Noriega, se embarcaba con destino al frente de guerra, se presenta y pide ser incorporado en las fuerzas loretanas. Quiero enrolarme en las fuerzas loretanas para ir a defender al Perú. Dijo en su castellano aprendiz al jefe del batallón. El joven francés, peleando heroicamente con el grado de sargento, entregó su vida en la batalla de Miraflores,
El riojano don Francisco del Castillo, con los años cargados y la salud quebrantada, embargado de profunda emoción patriótica y expresando su pesar de no poder hacerlo personalmente, se presenta al jefe del batallón Cazadores de Piérola, mientras la tropa disciplinadamente se preparaba en la Plaza de Armas de Rioja, para partir hacia Lima, y dice, "vengo a pedir el enrolamiento de mis dos únicos mellizos: Tomás y Faustino para que vayan a defender la patria, Yo, por mi salud y los años que tengo encima, no lo puedo hacer a pesar mío" recalcó al oficial jefe del batallón.. Los dos hermanos murieron el 15 de enero de 1880, combatiendo en la batalla de Miraflores.
Setecientos cuarenta hombres debidamente registrados había aportado la Amazonía para la guerra del Pacífico. Son numerosos los que envueltos entre los paños del bicolor nacional dejaron regada su sangre y huesos en los campos de batalla, formando el batallón de los soldados desconocidos.
El 25 de mayo de 1880, el moyobambino Guardia Marina Emilio J. San Martín, en el combate del Callao, entre los buques chilenos "Guacolda y Janequeo" y la peruana "Independencia", comandada por el teniente de marina don José Gálvez, el marino loretano legó a la posteridad ejemplo de coraje y pundonor. La Independencia por efectos de un torpedo, empezaba a hundirse y José Gálvez gravemente herido, seguía dirigiendo el combate. El loretano en esas circunstancias que se hundía su buque, estudia y ensaya cuidadosamente los hilos eléctricos y en un arrojo de valentía y coraje, frío e imperturbable, prepara su revólver y dispara sobre el torpedo de cien libras de dinamita que llevaba su nave.
Las dos naves contrincantes, peruana y chilena, mortalmente averiadas, comienzan a ser tragadas por el Pacífico, mientras su olas se batían, en señal de bievenida a los valientes soldados peruanos que entregaban su vida por el honor de la patria. Allí se hallaba también el practicante de medicina Manuel S. Ugarte. Todos ruedan a los abismos del mar en apuesta y atrevida acción. En minutos, el inmenso océano se convertía en digno sepulcro de tan valerosos hombres, entre ellos el guardia marina loretano..
Francisco Vásquez, joven adolescente de 17 años y huérfano de padre. Era de Moyobamba. Aprovecha las tinieblas de la noche y fuga de su casa. Momentos antes, una columna había partido de Moyobamba con dirección a Rioja, en tránsito hacia Lima. Eran las ocho y sin más provisiones que una alforja vacía sobre los hombros y desnudos los pies, apresuradamente toma el camino y da alcance a la tropa. Pide integrarse y marcha con destino a la guerra. Meses después, también ofrenda su vida en la batalla de Miraflores. Una bomba enemiga lo había destrozado su cráneo, sin embargo tuvo tiempo antes de expirar para decir: !Viva el Perú, Viva Loreto carajo!.
En la batalla de San Juan, ofrendan su vida entre otros loretanos, el teniente de artillería Adolfo Gómez Montalván y el de infantería de ejército Julio Bellido. En la batalla de San Francisco los sargentos primeros, Agustín Matute, Santos Rengifo y Juan B. Jaña. En la batalla de Tarapacá - 27 de noviembre - el subteniente del batallón Puno No. 6, Fructuoso Hernández y los sargentos primeros, José Reyes Beltrán, Francisco y Manuel Díaz, ambos de la Escuela de Clases. En Miraflores, los oficiales Pablo Montalván y Enrique Fuerra. De Lamas, en la batalla de San Juan: Juan de la Mata Sandoval y José Nicolás Gómez y Pérez. En Miraflores, los soldados Abel Trigoso y Abrahám Saldaña. En diversas batallas los soldados Jesús Vásquez, Juan José Rengifo, Manuel Lozano, Juan de Dios Tuesta y Juan de Dios Ruiz.
De Morales, provincia San Martín, los soldados Hildefonso Dávila y Liberato Arévalo. En Miraflores Abel Arévalo. Del Ucayali, en la batalla del Campo de la Alianza, el soldado Carlos Herrera. De Iquitos, en Miraflores, los soldados Francisco Eladio Manzanares y Pedro Torres. De Saposoa, en San Francisco, los soldados Santos Rengifo y Santiago Silva. En San Juan, Abelino Rengifo. De Yurimaguas, en Miraflores: Espíritu Salinas y en San Juan, el soldado Pedro Toreros.
De Moyobamba, en el combate naval del Callao, el Guardia Marina Emilio J.S. San Martín. En el Campo de la Alianza, el teniente Julio César Cárdenas. En San Francisco, Agustín Matute, Pedro Rengifo, Cosme Damián Rengifo, Felipe Rengifo, Federico Estrella, Juan de Mata Valera y Manuel Muñoz. En Tarapacá, Francisco Fachín y Francisco Díaz. En San Juan, el teniente Julio Bellido y los soldados Adolfo Gómez Montalván, Fernando Rengifo y Biviano Perea. En Miraflores, el subteniente Francisco Milliari, Pablo Montalván, Juan Bardales, Francisco Charpentier, Enrique Guerra, José Mercedes Rengifo, Martín López, Francisco Vásquez y Salmón Mesía.
En diversos combates: Toribio Ochoa, Tomás Mejía, Francisco Peña, Eugenio Olórtegui, Pasión Sánchez, Francisco Arévalo, Carlos Petroviz, José del Carmen Rodríguez, Antonio Mori, Juan José Vargas, Santiago Vela, Juan Guerra, Esteban del Aguila Rengifo, Juan José Alvarez. De Soritor, Isaac Noriega y de Calzada, Anselmo Navarro.
De Rioja, en la batalla de Tarapacá, el subteniente Fructuoso Hernández, Emiliano Castillo, Tomás Castillo y José Reyes Beltrán. En San Juan, Julián Rodríguez, Fernando Sánchez, Bonifacio Rodríguez y Nicolás Reátegui. En Miraflores: los soldados Froilán Portocarrero y Gregorio Maldonado. En diversos combates, Eleodoro Mozombite, Inocente Hidalgo, Pedro C. Valera, David y Miguel Moncada, José Teronco y Teodoro Guerra. De Tarapoto, en San Francisco, los soldados Juan B: Jaña y Juan Rengifo. En diversos combate, los soldados Nicolás del Aguila, Dionicio Angulo, Domingo Arévalo, José de la Paz Sánchez Alonso, Juan Arévalo y Melchor Rubio.
El 9 de agosto de 1905, la Sociedad Unión Loretana, presidida por Leonardo Velázquez, autorizados por el Alcalde Cáceres, levanta en Iquitos, un monumento destinado a perennizar y honrar la memoria de los héroes amazónicos caídos en la infausta guerra del Pacifico.
martes, 1 de septiembre de 2009
HONOR Y GLORIA
Honor y gloria a los ciudadanos que hace setentisiete años hicieron flamear nuevamente la bandera en territorio ancestralmente peruano.
GENESIS DEL RESCATE DE LETICIA
La inspiración del movimiento y la gesta intelectual del rescate fue obra de los siguientes caballeros, que posteriormente conformaron la:
JUNTA PATRIOTICA DE LORETO
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Guillermo Ponce de León.
Pedro del Águila Hidalgo.
Ignacio Morey Peña.
Luis Arana Zumaeta.
Manuel I. Morey.
Relación nominal de los 57 patriotas que tomaron posesión de Leticia el l de setiembre de 1,932.
PROCEDENTES DE IQUITOS
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Juan Francisco La Rosa.
Pedro Mathews Soria.
Roberto Zumaeta.
Manuel Tapullima.
Pedro Antonio Peña.
Demetrio Sifuentes.
Víctor Orbe Orbe.
PROCEDENTES DE CABALLO COCHA
Arístides Lozano.
Domingo Gárate.
Leonidas Malafaya.
Carlos Lozano.
Enrique Sáenz.
Teodorico Oyarce.
Hernán Hernández.
Andrés Jarama.
Darío Olortegui.
Felipe Acosta.
Homero Rodríguez.
Humberto Villacorta.
Francisco Sáenz.
Francisco N. Rasma.
José Anahuanari.
Emilio Pinedo.
Antonio Tapayuri.
Juan Ahuanari.
Néstor Santillán.
Elías Dávila.
Francisco Franco.
César García.
Leoncio López.
Manuel Matute.
Francisco Pinedo del Águila.
Eduardo Arimuya.
Gerardo Malafaya.
Anselmo Pereira.
Miguel Vásquez.
Pedro Dávila.
Alejandro Vásquez.
José Gabrielli Lucas.
Juan Villacorta.
Francisco Romero.
Manuel Elespuru.
Oscar Romero.
José María Reyna.
PROCEDENTES DE YAHUMA
Alejandro Gonzáles.
Juan Panduro.
Inocente Angulo.
Antonio Carihuasi.
Miguel Díaz.
Marcial Vigo.
PROCEDENTES DE TARMA
Alcibiades Silva.
Doroteo del Castillo.
Julián Hidalgo.
Juan Alván.
Enrique Hidalgo.
Cristóbal Moreno.
GENESIS DEL RESCATE DE LETICIA
La inspiración del movimiento y la gesta intelectual del rescate fue obra de los siguientes caballeros, que posteriormente conformaron la:
JUNTA PATRIOTICA DE LORETO
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Guillermo Ponce de León.
Pedro del Águila Hidalgo.
Ignacio Morey Peña.
Luis Arana Zumaeta.
Manuel I. Morey.
Relación nominal de los 57 patriotas que tomaron posesión de Leticia el l de setiembre de 1,932.
PROCEDENTES DE IQUITOS
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Juan Francisco La Rosa.
Pedro Mathews Soria.
Roberto Zumaeta.
Manuel Tapullima.
Pedro Antonio Peña.
Demetrio Sifuentes.
Víctor Orbe Orbe.
PROCEDENTES DE CABALLO COCHA
Arístides Lozano.
Domingo Gárate.
Leonidas Malafaya.
Carlos Lozano.
Enrique Sáenz.
Teodorico Oyarce.
Hernán Hernández.
Andrés Jarama.
Darío Olortegui.
Felipe Acosta.
Homero Rodríguez.
Humberto Villacorta.
Francisco Sáenz.
Francisco N. Rasma.
José Anahuanari.
Emilio Pinedo.
Antonio Tapayuri.
Juan Ahuanari.
Néstor Santillán.
Elías Dávila.
Francisco Franco.
César García.
Leoncio López.
Manuel Matute.
Francisco Pinedo del Águila.
Eduardo Arimuya.
Gerardo Malafaya.
Anselmo Pereira.
Miguel Vásquez.
Pedro Dávila.
Alejandro Vásquez.
José Gabrielli Lucas.
Juan Villacorta.
Francisco Romero.
Manuel Elespuru.
Oscar Romero.
José María Reyna.
PROCEDENTES DE YAHUMA
Alejandro Gonzáles.
Juan Panduro.
Inocente Angulo.
Antonio Carihuasi.
Miguel Díaz.
Marcial Vigo.
PROCEDENTES DE TARMA
Alcibiades Silva.
Doroteo del Castillo.
Julián Hidalgo.
Juan Alván.
Enrique Hidalgo.
Cristóbal Moreno.
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