jueves, 10 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO V

EL SIMPLE ORIGEN DE LA VIDA

Manuel era hombre de nobles y generosos sentimientos, incapaz de pensar en la maldad humana, porque no la había visto ni menos sufrido; no tuvo su vida sombras que la nublaran. La única desgracia que le afligió hasta la desesperación, la muerte de sus padres la afrontó con dolorosa resignación como un inescrutable designio del destino. El recuerdo del cariño que le prodigaron, la memoria de sus bondades y sus consejos, con la ayuda del tiempo, mitigaron su dolor; el ejemplo que le dieron no dejó en su alma ningún lugar a la malicia o al resentimiento; se consideraba un hombre afortunado y su principal preocupación fue siempre el bienestar de los que le rodeaban
En los negocios su honestidad le guiaba a tratar que sus clientes encontrasen en ellos la satisfacción que buscaban, actitud que despertaba la confianza de cuantos negociaban con él, quienes, comentando su trato, le conseguían muchos más, con los que multiplicaba sus utilidades. Con sus empleados y peones compartía el esfuerzo, las penalidades y los peligros, impulsándoles a serle fieles, leales e incapaces hasta de mentirle.
Las explicaciones y súplicas de Cedeño le hicieron pensar que los efectos del licor le arrastraron a un mal momento, lo vio enfermo por el paludismo, que parecía no ceder pese a los medicamentos que le hizo administrar; recordó que, a su modo, había demostrado interés por el trabajo y la producción del personal, proponiéndole castigos para los que no cumplían con sus entregas de producto, en fin, minimizó sus defectos y su repulsivo aspecto, su torvo mirar y sólo vio al hombre suplicante que clamaba ayuda.
- Está bien, concluyó - pero recuerde que a mi no me gusta la violencia porque con ella lo único que se consigue es más violencia, nunca un arreglo o una solución. Pero usted tiene que curarse bien, vaya donde doña Patricia para que le de sus medicinas; si se siente bien cuando despache la comisión la semana que viene, irá en ella, si no es así se quedará hasta que sane por completo.
Era lo que Cedeño buscaba: permanecer algún tiempo más para llevar a cabo el plan que estaba tramando; no se le apartaba el recuerdo de las bolas de caucho flotando en el escondido tapaje, le parecía fácil robar una canoa, embarcarlas, bajar al Amazonas y seguir hasta Manaos; la única dificultad que encontraba era tener que hacerlo solo. La tranquilidad del campamento era propicia para sus planes de rapiña e inmediata huida, no se sentía seguro, pues sabía que la empresa de la que había sido expulsado abarcaba con sus poderosos tentáculos extensas zonas de la región; había visto la extremada crueldad y rencor de sus empleados y capataces, que no perdonaban a quienes pretendían burlar su autoridad y temía a sus espaldas perseguidores que se imaginaba habían partido en su busca.
El personal de Manuel actuaba de muy distinto modo que el de la empresa del Putumayo. Los capataces se limitaban a recibir las remesas, pesarlas y esconderlas; Manuel, en cada viaje que hacía al campamento, controlaba el peso y la calidad del producto, pagaba a cada peón lo que le correspondía y lo embarcaba con destino a Caballo Cocha. El campamento era el centro de operaciones y siempre había peones nativos que tenían cerca su tambo y su familia, quienes acompañaban al empleado encargado del almacén.
Cedeño, que se hizo más conocido como “el colombiano”, buscaba solapada y afanosamente el cómplice que le hacía falta; le desesperaba encontrar siempre gente que veía en Manuel al patrón generoso que no daba motivo para la menor queja, hasta que un incidente le hizo pensar que el diablo se ponía de su parte. Dos trabajadores se pusieron a discutir por dinero que uno debía al otro; Morales, el deudor acusaba de pillo a González, alegando que quería cobrarle más de lo que le había dado en préstamo, éste, que Morales era un sinvergüenza que había olvidado el favor recibido y no quería reconocer una pequeña suma adicional que habían pactado; de la discusión pasaron a las amenazas y por último se fueron a las manos. Golpes, más golpes, ropas desgarradas, narices sangrantes... pero la pelea era desigual; Morales se abrazó tratando de evitar los golpes de González, éste lo cogió del cuello, forcejearon, rodaron por el suelo y se le subió encima, Morales pataleaba sintiéndose ahogado... Cedeño miraba indiferente, pero de repente se le ocurrió que podía sacar partido del pleito y acudió en su auxilio; cogió a González por los brazos y sacudiéndolo con fuerza para desprenderlo gritó:
- ¡Ya, vergajo!... ¡No abuses de tu fuerza!... ¡Déjalo ya!
González soltó a Morales, enfurecido se alzó y revolvió contra Cedeño, que sorprendido, no pudo evitar un golpe en la cara. - ¡Jijunagramputa! - vociferó y lo atacó a puntapiés, lo derribó, lo cogió de la camisa, lo alzó, lo golpeó dos veces en la cara con violencia y lo soltó.
- ¡Ya!... Si quieres pelear de veras ¡Cuádrate! - y se puso en guardia.
González, que estaba comprobando en carne propia la experiencia del colombiano en esta clase de líos, se quedó mirándolo jadeante y acobardado, Cedeño bajó los puños, se acercó al caído, lo ayudó a levantarse todo magullado y lo llevó fuera a reponerse. Calmados los ánimos, el agradecido Morales le ofreció su incondicional amistad, que era lo que esperaba para utilizarlo en favor de sus planes.
Así estaban las cosas cuando bajaron con la última remesa a Caballo Cocha, llevando todo el caucho del escondrijo, circunstancia que influyó en el ánimo del colombiano para estar de mal talante en la fiesta, pues ya consideraba suyo el producto.
Pocos días después, Manuel organizó la comisión para despachar con material de trabajo, víveres y trabajadores a los nuevos manchales del Algodón, de cuyo mando encargó a Morales. Al enterarse de la designación, Cedeño pensó aprovechar de la coincidencia y viajar con él; dijo a Manuel que ya se sentía bien y podía regresar al trabajo. Consintió y partió con la comisión.
Era un largo viaje por el Amazonas y el Ampiyacu, para luego tomar el varadero hasta el Algodón. El inmenso y turbio caudal del río rey, que se pierde en la distancia como lejano y plateado espejismo de interminables “vueltas” y “estirones”, parece tragar o sacar de sus fondos las orillas, a medida que se aleja o avanza el navegante.
Su impetuosa corriente se resiste al empeño de surcar los “remansos” que se convierten en raudos y amenazantes remolinos; pero el hombre de la selva, al impulso del acompasado y monótono ¡cran... cran... cran! del golpe de los remos en la borda de la canoa, imperturbable los desafía y los vence.
Remota les resultaba la ansiada boca del Ampiyacu, río menos ancho y más tranquilo, donde el agobiante calor se diluye a través de las altas copas de los árboles y los reflejos de los rayos solares parecen hundirse en sus cristalinas aguas para apagar el fuego que hiere los ojos como flechas luminosas. Silenciosos, impasibles los bogas, no sienten el correr de las horas ni los días; una que otra frase, típicamente breve, expresa su cansancio, su apetito, su ansiedad de llegar al tambo para pasar la noche.
- ¡Duele el sol ’on!
- Shibeen esos...
Y uno de los bogas deja el remo, abre su bolsa enjebada y saca su “pate”
con el que recoge agua del río; de un “panero” extrae unos puñados de
fariña y los pone en el pate, lo revuelve con los dedos, bebe un poco
y se lo pasa a uno de sus compañeros, que también bebe y así a cuantos quieran hasta que se agota el contenido que calma apetito y sed al mismo tiempo. Donde no hay tambo para pasar la noche, lo construyen con rapidez y habilidad de hormigas, prenden fuego y con el descanso y su frugal alimento reponen sus energías.
Cedeño buscaba conversación a Morales esperando averiguar qué tanto era posible contar con él para sus planes y el momento propicio para confiárselo, pero tropezaba con una muralla de sencilla honestidad, que no creía posible en una mentalidad indígena y lo exasperaba hasta casi no poderse contener.
- ¡Qué le voy a engañar a don Manuel! El es muy bueno, nos da todo lo que le pedimos.
- Eres un tonto… no ganas lo que debías ganar, tu trabajo vale más y cualquier patrón te pagaría mucho mejor… en cualquier parte ganarías más.
- Yo no quiero irme, estoy muy bien con don Manuel.
- ¿Y por eso estás contento con lo que ganas?
- Si... - casi con resignación - todos ganamos lo mismo - y con cierto entusiasmo - y en cada comisión, don Manuel nos da nuestra gratificación.
- Y cuando llevan las remesas ¿no se pierde ninguna bola?
- ¡Nunca!... Pero una vez, cuando estamos “chimbando” nos ha pescado la turbonada y nos hemos “virado”. Ahí no hemos podido “agarrar” seis bolas de caucho.
- ¿Y qué dijo don Manuel? ¿No les ha hecho cargo?
- ¡No! Más bien nos ha regalado una muda de ropa cuando nos ha visto llegar “ropa encima” y le hemos dicho que con bolsa y todo hemos perdido el resto.
- Hubieran podido esconder todo el caucho, engañarle que no pudieron recuperar nada y vender para ustedes.
- ¡A dial on!... ¿Acaso somos ladrones?
- Eso no era robar. Lo primero que se tiene que salvar es la vida, si se puede recuperar algo es porque uno quiere, no por obligación y en tal caso lo que se recupera tiene que ser de uno por derecho.
Morales era witoto. Muy niño vio morir a su padre en una correría y con su madre permaneció cautivo mucho tiempo en una estación cauchera del Putumayo. Fueron llevados a Iquitos y vendidos por su captor, por cuatro libras esterlinas a un señor Morales de la Compañía Recaudadora. Era negocio corriente en aquella época; mujeres y muchachos indígenas apresados en las sangrientas correrías, que no se utilizaban en el trabajo del caucho o de los campamentos, eran tomados como botín por los capataces, quienes hacían con ellos lo que les venia en gana y lo más provechoso era venderlos.
Los esposos Morales necesitaban a la madre para sirvienta. Sucios, andrajosos, macilentos, con sus articulaciones sobresaliendo como nudos en la piel, asustados, con la cabeza agachada, sólo miraban de reojo; no hablaban ni entendían más que su lengua, pero obedecían con sumisión a señas y gestos. Sus nuevos dueños les compraron ropa; bañados y limpios cambiaron de aspecto. Su sencillez y docilidad agradó a los Morales, que no tenían hijos y su paternal cariño lo volcaron en el indiecito, al extremo de ponerle como nombre Teodoro, que era el de Morales. Los amigos y vecinos, al ver como lo trataban, medio en broma le agregaron el apellido, lo que a Morales le pareció lo más natural. Cuando llegaron a entender el castellano, la señora, como entretenimiento, se dedicó a enseñar a Teodoro a leer, escribir y contar, sorprendiéndole la inteligente avidez con que el chico aprendía.
Más no todo había de ser felicidad. De inmediato el cambio favoreció a la madre, de triste y esquiva se transformó en alegre y animosa; pero al poco tiempo empezó a tener malestares cada vez más frecuentes, tos, escalofríos, fiebre, que silenciosamente soportaba para no interrumpir sus quehaceres domésticos. Eran consecuencia de los maltratos sufridos en la “correría” y durante su cautiverio: latigazos, violaciones, hambre; una espantosa etapa de infrahumanas condiciones de vida había dañado sus órganos vitales. Enflaqueció visiblemente y no pudo ocultar su mal; sus patrones la hicieron ver por un médico, quien, después de un detenido examen, meneó la cabeza con desaliento diciendo: ¡Ya no hay nada que hacer! Sólo podía darle unos calmantes. Había contraído una tuberculosis incurable
Pasado poco tiempo murió. Teodoro lloró desconsoladamente; recordó como en una horrible pesadilla lo sucedido desde el día de la correría: su madre no huyó con las otras mujeres porque él estaba abrazado al cadáver de su padre y ella quería protegerlo, quisieron golpearlo, ella lo escondió en sus brazos y recibió los golpes, siempre fue así; no comía de su miserable ración o de lo que lograba robar para dárselo a él; en las noches de lluvia, en el tambo que les servía de prisión, con sus harapos y con su cuerpo le protegía de la humedad y del frío; comprendió que se había sacrificado por él, se sintió culpable y quería ser él quién estuviese inerte.
No se apartó un instante del lado del cadáver y en el cementerio, al ser depositado el ataúd en la fosa y comenzar los enterradores a cubrirlo, intentó precipitarse al fondo. Lo sujetaron hasta terminar, ya libre se tiró encima, hundió la cabeza sobre la fresca tierra, no quería retirarse. La dulzura y el cariño de la señora Morales, el dolor que compartió con él, fueron el consuelo que suavizó la primera honda pena que sintió en su vida.
Tres años más vivió con los Morales y un nuevo contraste lo sacudió. Enfermó la señora de tal modo que alarmó a su marido: cada tres días, luego de elevadísima temperatura le sobrevenía un frío tan penetrante que no podía evitarlo ni abrigándose con gruesas frazadas o poniéndose botellas de agua caliente junto al cuerpo; el médico que la vio diagnosticó terciana y además de la abundante quinina que le recetó, recomendó un cambio de clima, si era posible. El señor Morales no vaciló, inmediatamente solicitó su regreso a Lima, que fue atendido y un mes después preparó su viaje. Teodoro junior comprendió que iba a perder su segunda madre, ya se sentía hombre, pero lloró de nuevo.
Como único y pobre consuelo el señor Morales le dio un par de libras y muchos consejos; estos le fueron mucho más valiosos que aquellas, metió sus ropas en una bolsa enjebada, buscó quien le tuviera como “agregado” y se lanzó a buscar trabajo. Época de bonanza y abundancia, sin vagos ni mendigos, el oro que generaba el caucho repletaba los bolsillos desbordándose a todos los niveles sociales. Fue mandadero, “pretinero”, peón, de todo hizo en su nueva vida. Su instintivo orden y método le recordaba permanentemente los consejos y enseñanzas de los Morales: “se respetuoso, se comedido” - le había dicho la señora. “Nunca te apropies de lo ajeno, lo que tienes que sea el fruto de tu trabajo” - le habla dicho Morales y esos principios fueron dándole afirmación de personalidad y economía. Al cabo de unos años, observando el negocio de pulperías y bodegas que ponían los chinos en las esquinas, pensó en poner uno igual, pero un incidente varió sus planes.
Se estaba descargando en el malecón el caucho que había llegado en un batelón; cuatro hombres de la embarcación lo subían de la orilla a lo alto de la cuesta, cargando las bolas entre dos, atravesando un palo por el hueco que tienen en el centro; otro se limitaba a hacer ademanes de ayuda para que las bajaran y las acomodaba; la tarde caía y el patrón se impacientaba.
- ¡Vayan, vayan más ligero! No pierdan el tiempo acomodando, nosotros vamos a acomodar - se refería al quinto hombre y unía la acción a la palabra - ya van a cerrar la tienda y hay que buscar una carreta para llevarlas.
Morales al pasar cerca lo oyó, se acercó y le dijo:
- Señor, ¿No quieres “usté” que te ayude?
El patrón lo miró, justo lo que necesitaba y le gustó el ofrecimiento.
- ¿Cuánto quieres ganar?
- Lo que “usté” me pagues.
- Bueno, pónganse a acomodar, yo voy a buscar una carreta.
- Sí, señor, pero más bien yo me voy con tu empleado para hacer subir antes que se haga más tarde.
Lo miró detenidamente y le dijo al otro.
- Anda José con el amigo - y fue en busca de la carreta.
Morales bajó corriendo seguido del otro, cargaron, subieron, volvieron a bajar; la ayuda animó a los demás, que ya se sentían cansados y al poco rato concluyeron, pero el patrón no regresaba con la carreta. Esperaron, se hacía tarde, al fin lo vieron volver con aire decepcionado. De lejos exclamó:
- ¡Ya no hay carretas!
- ¿Adónde vas a llevar, señor? - preguntó Morales.
- A la casa Lucién Bernard.
- Pero eso es “aquisito” nomás - señaló como a cuatro cuadras - podemos llevar cargando nosotros.
Admitió, sintiendo arrancada su iniciativa e inmediatamente Morales cogió el palo, lo introdujo en el hueco de la bola e instó a José a coger del otro extremo, lo levantaron, pero en lugar de ponerlo en el hombro y colocarse uno detrás del otro, hizo que se lo colocaran sobre los omóplatos, logrando caminar con más rapidez, casi corriendo; los otros imitaron. El patrón observaba en silencio y lo único que hizo fue ir a la tienda a controlar el peso a medida que iban llegando. Cuando terminó todo, despachó a sus hombres al batelón y se quedó Morales.
- ¿Cuánto te debo?
- Tu voluntad, señor.
- ¿Dónde trabajas?
Morales le explicó a su modo como lo hacía y le hizo entender que era hombre de todo trabajo, honrado y deseoso de superarse. El patrón sacó dos soles de su bolsillo y al dárselos le dijo;
- ¿No quisieras trabajar conmigo? Yo soy cauchero, vivo en Caballo Cocha y me llamo Manuel Pinedo.
Morales, que pensaba en cinco “reales”, cuando más, por menos de una hora de trabajo, confundido balbuceó su agradecimiento. Manuel insistió:
- ¿Qué dices?
- No sé, señor.
- Tienes tiempo de pensar. Voy a estar tres días, ven mañana o pasado, cuando quieras, a la hora del almuerzo, para conversar. ¿Tienes familia?
- No señor.
- Entonces consulta contigo mismo… no te olvides, te espero, y se fue.

sábado, 5 de febrero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se fue caminando lentamente, como si algo le frenara, con un deseo incontenible de volverse a mirar pensando que alguien le seguía con la vista. Al llegar a la esquina ya no pudo contenerse… la calle estaba desierta. Continuó caminando al mismo paso, absorto en el recuerdo de los instantes que había estado con Teresa y de lo que ella había dicho; miró sus manos como si extrañara no encontrar en ellas renovada la sensación de placer que había experimentado... ¿Cómo hacer para verla de nuevo... hablarle otra vez?
Cuando recibió las escopetas se dio tal prisa para repararlas que aquella misma tarde las dejó expeditas; pensó llevarlas en la noche con la esperanza de ver a Teresa, pero lo estimó inoportuno y se resignó a esperar el día siguiente. Durante la comida, en la conversación con los otros oficiales, se enteró que el comandante había invitado a Pinedo a jugar en la noche una partida de rocambor, que hasta entonces no había podido armar porque le faltaba un jugador; sólo contaba con el primer maquinista y Samuel, pues Ponciano, además de no jugar muy bien, detestaba el juego por haberle dado amargos resultados.
Le quedó la impresión que Pinedo le había demostrado simpatía, quería confirmarlo y sondear su pensamiento respecto a los suyos con su hija. Esperó pues con impaciencia y cuando lo vio llegar acompañado de Ponciano y Samuel, impulsivamente se acercó al portalón a recibirlo.
- ¡Señor Pinedo, buenas noches! - simulando ignorancia del motivo de la visita agregó: viene usted a conocer el “Liberal”
- Sí, Roberto, buenas noches; también a visitar a los amigos que no han querido ir a mi casa - y estrechando la mano que le tendió continuó - ¿Y qué me cuenta de mi escopeta?
- Ya están listas, don Manuel, mañana voy a llevarlas.
Samuel intervino.
- Roberto es muy “curioso”... ¡Compone toda clase de máquinas!... ven a ver la máquina que maneja - lo condujo a la escalinata que descendía a la sala de máquinas.
Toda estaba brillantemente iluminada, de la planta uno de los fogoneros los miró y saludó, Manuel miraba con atención la reluciente limpieza de la máquina principal y el orden que reinaba en todo.
- ¿Y de dónde sale la luz? - preguntó.
- De la dinamo que mueve esa máquina pequeña - se apresuró a responder Roberto.
- ¡Qué interesante!... ¡Cómo está adelantada la ciencia!... ¿Hasta cuándo tendremos luz eléctrica en Caballo Cocha? - y volviéndose a Roberto - ¿Y dónde aprendió usted todo esto?
- En la factoría del gobierno, señor Pinedo. Además he conseguido algunos libros que me han servido para dar examen de maquinista.
Manuel quedó en silencio. Roberto advirtió que se disponían a subir y le preguntó:
- ¿Cómo está la señora Maria?... ¿Cómo está la señorita Teresa?
- Están bien, gracias - lo miró fijamente sonriendo - Me dijo mi mujer que no quiso usted cobrarle por su trabajo de la máquina… eso no está bien, el trabajo es sagrado y debe ser pagado.
- Sí, don Manuel, pero hay personas que merecen atenciones y a quienes queremos ser agradables - se dio cuenta que estaba por decir algo impropio - Además, el hecho de que hayan conocido a mis padres...
- Bueno, bueno... - le interrumpió - de todos modos le estamos muy agradecidos, pero... eso sí, que no vaya a ocurrir lo mismo con las escopetas...
- No se preocupe, don Manuel - le interrumpió riendo.
En ese momento apareció Prieto en la escalera y les pasó la voz:
- ¡Por favor!... ¡No me distraigan la tripulación!... La reunión es acá y vamos a ver si estos caucheros son tan buenos como para hacer un solo de oros.
Subieron y luego de calurosos saludos y fuertes abrazos se acomodaron en torno de la mesa que estaba esperándolos con varias botellas de Ginger Ale, Oporto Romariz, Jerez de la Frontera y otros licores en pintoresco desorden. Empezaron la partida de rocambor matizada de hilarantes bromas y rociada por frecuentes tragos. Roberto estaba satisfecho, tanto por su aplomada actitud, como por la atención de Pinedo. Con ese ánimo se dirigió a su camarote y se acostó, pensando en la entrevista que podría tener con Teresa.
Al día siguiente, con impaciencia esperó la hora oportuna para llevar las escopetas; en el camino le asaltó una duda, era indiscreto llevarla a la casa porque pertenecían al almacén, pero no quería ir al almacén sino a la casa, pues la arrastraba el deseo de ver a Teresa y no la entrega de las escopetas... Caminaba con ellas al hombro y al llegar cerca de la casa se detuvo... ¡Claro!... No sabía dónde estaba el almacén, no podía ir allá... Tenía que ir a la casa y si le recibía doña María podía disculparse. Siguió sin vacilación, ingresó al patio, llegó a la puerta y tocó; esperó prudentemente... Tres veces volvió a tocar y sintió un gran desaliento al ver que nadie salía, No sabía qué hacer, esperar... marcharse... se disponía a esto último cuando oyó pasos a su espalda y al volverse vio a doña María y Teresa que ingresaban al patio.
- Buenos días - se apresuró a saludar - estaba tocando y nadie salía
- Buenos días - contestó Maria - no hay nadie. Nos avisaron que don Melchor iba a matar “su chancho” y fuimos a que nos venda un poco de
carne, pero no ha podido “agarrarle” y hemos hecho un viaje inútil. Veo que ha traído las escopetas... ¿Tan pronto las ha compuesto?
- Sí, señora - y justificándose - he debido llevarlas al almacén, pero no se dónde queda.
- No está muy lejos, de la esquina se pasa al frente, se camina… pero, ¿por qué no las deja nomás?
- Si usted quiere, mamita - se atrevió Teresa - yo le hago conocer...
- ¡No! - en tono cortante y mirándola inquisitivamente - Venga usted, de la puerta puedo indicarle como llegar.
Fue hacia ella seguida de Teresa y Roberto, quienes se miraron con un gesto de inteligencia.
- Vea usted. En esa esquina pasa al frente, van dos cuadras y vuelve a cruzar.
- A la izquierda o a la derecha - interrumpió Roberto como quien no comprende.
- ¡No!... ¡al frente! - con tono de impaciencia.
- Mejor le llevo yo, mamita - insistió Teresa.
Maria la miró como apuñalándola. Al darse cuenta que Roberto la estaba observando suavizó su mirada, clavó fijamente sus ojos en los suyos, como para leer en su pensamiento. Su maternal instinto le gritaba que entre Teresa y Roberto estaba naciendo un vínculo de simpatía que no podían ocultar, que inconscientemente lo exteriorizaban. Pero... ¡su hija era una criatura!... ¡No!... ¡Imposible! Y él… ¿quién era él?... ¿Qué estaría pensando él?... ¡No, No!... Sólo eran figuraciones suyas... su hija no podía pensar todavía en tales cosas... La miró con fruncido ceño y con vacilante resignación admitió.
- Está bien, Teresa le va a llevar al almacén, pero te quedas con tu padre hasta la hora que él venga a almorzar
- Sí, mamita.
- Hasta luego señora, muchas gracias.
Caminaron en silencio unos treinta pasos. Roberto sentía impulsos de volverse a mirar para sentirse más tranquilo y hablar con soltura, le parecía tener clavados en la nuca los ojos de María.
- Seguro que tu mamita nos estará mirando - dijo suavemente.
- No vayas a mirar atrás.
Pero Roberto no se pudo contener, simulando hacer un arreglo con las escopetas las depositó en el suelo sin doblar las rodillas y por entre las piernas miró... ¡Doña María de pie, en el centro de la acera, los miraba en actitud de un sargento de ronda!...
Nos está mirando - dijo con disgusto, levantando las escopetas y poniéndoselas al hombro violentamente - Creo que tu mamá me aborrece.
- Así es ella... ¿No te he dicho que nunca me deja salir sola?... ¡No se cómo ahora me ha dejado venir contigo!
Llegaron a la esquina, cruzaron la calle apresuradamente y se metieron a la otra; sintiéndose libres de la mirada que los perseguía se detuvieron respirando hondamente, como si hubieran salvado un riesgo, superado una meta, se miraron riendo y continuaron el camino lentamente por la desierta calle. En voz baja Roberto empezó:
- Quiero decirte una cosa Teresa.
- ¿Qué cosa?
- Ya lo sabes… estoy enamorado de ti... te quiero...
- Pero… ya te vas... yo no sé... ¿qué quieres que haga?... dile a mi mamá.
- Quisiera decírselo, pero me mira de un modo que parece estar amenazándome, con ojos opacados por la desconfianza... y no me atrevo. Pero nada de eso me importa si tú me quieres. Dime Teresita, ¿de verdad me quieres?
- Roberto... no sé... cómo será, pero creo todo lo que me dices, me gusta oírte, me gusta verte, quisiera que no te vayas, quisiera estar siempre contigo. He oído decir que mañana se va la lancha y desde ese momento he sentido como que voy a perder algo o que quisiera quitarme algo... ¿Qué se pudiera hacer para que no te vayas?

Roberto le cogió la mano suavemente, sentía un irresistible impulso de tirar las escopetas, abrazarla, llenarla de besos, alzarla y acunarla como a una criatura… Una pareja apareció en la esquina, se soltaron las manos, la pareja los miró con curiosidad y al cruzarse la señora dijo:
- ¡Hola Teresita!... ¿Adónde vas?
- Al almacén de mi padre, doña Ishti, buenos días don Juan.
- Buenos días Teresita, dale mis saludos a tu padre.
- Gracias don Juan, le haré presente.
Se alejaron los intrusos y volvieron a cogerse de las manos.
- No puedo dejar de ir - retomó Roberto el hilo de la conversación - pero regresaré. Tu mamá tiene que reconocer que ya eres una señorita y no va a tenerte encerrada toda la vida. El destino de las mujeres es ser la compañera de un hombre, ese hombre ha aparecido para ti y tú debes cumplir con tu destino.
- Pero tienes que decirle a mi mamá.
- ¡No! Le voy a decir a tu papá, le hablaré de hombre a hombre.
- ¿Ahora le vas a decir? - se alarmó Teresa.
- No Teresita, a mi regreso. Creo que hoy sería muy pronto.
- Espera, ya vamos a llegar.
- Mañana iré a tu casa a despedirme de tu papá y de tu mamá, pero esta noche iré a despedirme de ti.
- ¡Pero cómo!... Yo no salgo de noche.
- He sabido que esta noche tu papá irá otra vez a jugar a bordo, yo vendré a eso de las nueve y te voy a silbar así - moduló un silbido - ¿Tú duermes sola?
- Si, pero junto al dormitorio de mi papá y mi mamá.
- Entonces temprano dices que vas a acostarte y sales cuando te silbo.
- ¿Y si no puedo?... ¿Si mi madre está despierta?
- Te esperaré. Si oyes el silbo sabrás que estoy esperando.
- Bueno, voy a procurar, pero no te aseguro.
Se apretaron fuertemente la mano en señal de convenio y reanudaron el camino hasta el almacén. Manuel estaba conversando con un señor y al verlos entrar los miró con sorpresa.
- ¡Como! - dijo - ¿Y tu madre? Disculpe Roberto, buenos días. ¿Pero porqué no me avisó para yo mismo mandar traer las escopetas?
- Buenos días, don Manuel. Es usted quien tiene que disculparme por haber permitido que su señorita hija se tomara esta molestia.
- ¡No, papá!... Mamita me ordenó que trajera al joven Roberto, por que él no conocía el almacén.
- Bueno... admitió Manuel conciliador - la cosa es que usted ya está aquí con las escopetas - cogió una, la miró detenidamente, la amartilló, de un estante cogió una cajita de la que extrajo un fulminante que colocó en la chimenea y apretó el disparador. Estalló el fulminante.
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con otra y mirándola con un gesto de satisfacción repitió:
- Muy bien, está como nueva.
Hizo la misma operación con las otras y mirándolas con el mismo gesto repitió:
- Muy bien, muy bien ¿Cuánto es lo que le debo?
- Créame, don Manuel... quisiera que no lo tome en cuenta... es un trabajo tan sencillo que...
- ¡No, No! - le interrumpió con acento de disgusto - ayer no quiso cobrar por la máquina, ahora esto... ¡No puede ser!... Su trabajo vale y debe usted cobrar... de otro modo - agregó suavizando su gesto con una sonrisa - como ya las tenía como perdidas... ¡No se las recibo! y rió palmeándolo en el hombro.
Teresa los miraba también sonriente.
- Eso no puede ser, don Manuel - protestó Roberto - yo sólo quisiera... es la única manera como puedo... hacerle una atención.
- Se lo agradezco, Roberto, pero quiero que usted estime su trabajo.
- Bueno... ¿le parece bien cuatro soles?
Manuel lo miró fijamente, movió la cabeza como diciendo: ¡Éste no tiene remedio!... se metió la mano al bolsillo y sacando una moneda de una libra se la extendió diciendo:
- Tenga. Usted no estima su trabajo ni su habilidad... ¡Una escopeta vale treinta soles, se malogra y usted la vuelve nueva por un sol!... Así no va a hacer fortuna.
- No se trata de eso, don Manuel, le estoy cobrando lo justo.
Intervino el otro señor preguntando:
- ¿Es usted mecánico?
- Sí, señor...
- Lozano, para servirle. A mi hijo Cesáreo le gustan esas curiosidades, ¿No Manuel? Yo le voy a mandar a Iquitos para que aprenda.
Siguieron conversando los tres, mientras Teresa no apartaba los ojos de Roberto. Manuel la observaba con disimulo y en un breve silencio le preguntó:
- ¿Vas regresar con el señor?
- No, papá, mamita me ha dicho que regrese con usted a la hora del almuerzo.
Oyéndolo como una despedida, Roberto la hizo.
- Me voy, don Manuel, muchas gracias, si me permite mañana iré a su casa a despedirme de usted y su señora.
- Está bien Roberto. Tiene la casa cuando guste - y le extendió la mano que Roberto estrechó, diciendo: ¡Hasta luego! , se volvió a Teresa para decirle lo mismo y ella se apresuró a darle la mano que él estrechó con fuerza diciendo lo mismo. Luego a Lozano.
- ¡Adiós señor Lozano! y se dirigió a la puerta.
Teresa impulsivamente lo acompañó y en ella volvieron a decirse
- ¡Hasta luego!
Se fue y ella quedó mirándolo mientras llegaba a la esquina donde volteó. Su padre seguía conversando con Lozano y mirándola de reojo; algo insólito había notado y cuando éste se marchó le preguntó:
- ¿Qué te parece ese joven?
Lo miró sorprendida, ruborizándose ligeramente sonrió y como pensando en algo muy lejano contestó
- Parece bueno... y creo que le estima mucho a usted.
- ¿Porqué crees eso?
- No ha querido cobrarle por las escopetas.
- Y tampoco por la máquina. ¿No te ha dicho porqué no ha querido cobrar?
- No, sólo me ha dicho que ustedes conocen a su papá y a su mamá. ¿Son paisanos no?
- Su papá murió - concluyó Manuel y pareció sumirse en sus pensamientos
De pronto se había dado cuenta que su hija ya no era la niña que había estado viendo. Tenía quince años en una plenitud que la encaminaba hacia una nueva vida, que la estaba cambiando de mentalidad y sentimientos, que la hacía mirar un horizonte desconocido lleno de interrogantes. ¿Qué podía hacer para ayudarla a cruzarlo?
Aquella noche a Roberto le pareció desleal hablar con Manuel, incluso encontrarse con él, de modo que se encerró en su camarote y se acostó hasta que oyó en la campana del puente tocar las ocho y media, salió entonces y se encaminó a la cita. Los faroles, a trechos largos, iluminaban las silenciosas calles, ayudados por las tenues ráfagas de la luz escapadas de las abiertas puertas de una que otra casa. La de Manuel estaba completamente a oscuras, frente a ella, las altas ramas de unos rosales meciéndose lentamente con el aire, proyectaban enormemente agrandadas en el suelo y en la fachada, las sombras que hacían a un farol cercano, dando la impresión de formas que se movieran. Roberto calculó el tiempo y silbó suavemente, esperó largo rato y silbó de nuevo, en ese instante oyó nueve apagados toques de la campana de un reloj dentro de la casa; esperó un rato más, se disponía a silbar otra vez cuando en la puerta apareció un bulto blanco, que se dirigió a uno de los ángulos del patio. Con cautela, para no tropezar, lo siguió hasta darle alcance. Era Teresa que había salido en ropa de dormir, la cogió de ambas manos diciendo:
- Estaba creyendo que no podías salir.
- No oí cuando silbaste, porque mi cuarto está al otro lado de la casa, pero cuando dieron las nueve salí para ver si habías venido.
Hablaban suavemente, él con acento que parecía tratar de inspirarle confianza, ella, segura y confiada, abandonando sus manos en las de Roberto, que las aprisionaba como queriendo absorber de ellas su calor para las suyas; la atrajo suavemente, la abrazó, puso la cabeza sobre su hombro y acercándole la boca a su oído, en voz baja susurró:
- No sabes Teresita cuánto te quiero, no te imaginas lo que significa éste encuentro para mí; desde que te vi anteanoche, por primera vez, desde cuando me diste tu mano, al presentarme tu madre, ya no he podido dejar de pensar en ti; ansiaba volver a verte, oírte, tenerte cerca permanentemente; me di cuenta que estaba solo y he comprendido que lo único que podía remediar esa soledad era tu presencia.
Teresa temblaba, el dulce cosquilleo de las palabras en sus oídos le bajaba por la espalda, se le extendía por todo el cuerpo, erizando sus poros y produciéndole estremecimientos que la hacían languidecer; una inefable sensación de abandono, temor, placer, curiosidad, satisfacción, la hacía apretarse más y más en los brazos de Roberto. Con entrecortada voz le contestó:
- Nunca he sentido una cosa igual... he leído en una novela que me ha prestado una amiga que dos jóvenes se enamoraron, pero no he creído lo que dice que sentían al abrazarse y besarse... hoy comprendo como es eso.
Roberto la apartó con suavidad sin soltarla, la miró largamente a los ojos que en la penumbra brillaban como humedecidos por lágrimas; la vio más bella que en la fiesta, sus labios entreabiertos parecían estar pidiendo saber cómo es un beso, querer sentir aquello que en la novela estaba descrito, parecían ofrecerse como primicia de un amor recién nacido; la atrajo nuevamente e inclinándole la cabeza con suavidad hacia atrás buscó sus labios con los suyos, ella se los entregó, cerró los ojos y quedaron como una estatua viviente, trémula y silente, en un trance de dulce agonía... El tibio contacto de su cuerpo apretándose al suyo, sus brazos rodeando amorosamente su cuello, la sensación de sus senos apoyados en su pecho, a través de la sutil camisa de dormir, inevitablemente despertaron la naturaleza de Roberto turbando su pensamiento... ¡No!... Teresa era digna de su respeto, de su devoción, de su verdadero amor... Retiró sus labios y la miró, parecía dormida, la volvió a besar... una vez, otra vez… un beso más largo... no abría los ojos, sólo sentía los leves estremecimientos de su cuerpo en sus brazos y casi oía el palpitar de su corazón... ¿Cuánto tiempo pasaría?
- Teresita - le habló al oído - quiero ver tus ojos.
- Déjame soñar… porque esto no puede ser más que un sueño, el sueño que hace tiempo perseguí pero no llegaba a tenerlo, a sentirlo, a vivirlo… si así es el amor, si para amar hay que morir como me he sentido morir hace un momento... ¡Quiero morir, pero en tus brazos!... - abrió los ojos y mirándolo amorosamente continuó - Roberto... ¡qué lindo es tu nombre!... No necesito decirte Robertito para decirte que te quiero, ni para pedirte que me quieras... ¿Será siempre como en este momento?
- Si, Teresita, yo sí siempre te diré Teresita, porque así te siento más mía, porque eres menudita como una joya, la joya que adornará mi vida.
Volvieron a estrecharse en un abrazo y sus labios se juntaron en un nuevo arrebato...
- A mi regreso hablaré con tu papá para pedirle tu mano y casarnos... ¿Qué dices tú?
- Mi papá es muy bueno, se que nos comprenderá, pero... ¡mi madre!... no sé porqué pienso que a ella no le va a gustar, siempre está diciendo que soy una niña, que no debo oír sus conversaciones, que no debo leer esto o lo otro... y cuando le pregunto porqué, ¡Ya lo sabrás a su tiempo! me contesta.
- ¿No seria bueno que le contaras todo esto y lo que te he dicho?
- ¡Jesús!... ¡Me mataría!
Continuaron debatiendo el tema y de pronto oyeron las campanadas del reloj interior… alarmados contaron once.
- ¡Las once, Roberto!...Ya debo entrar, a veces mi madre va a mirarme en el dormitorio
- Está bien Teresita, me voy contento y feliz, se que me quieres y a mi vuelta lo arreglaré todo. No demoraré más de veinte días.
La cogió de nuevo en sus brazos, juntaron sus labios en un nuevo y largo beso y al desprenderse se dijeron mutuamente:
- ¡Adiós amor mió!

sábado, 29 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO IV

ROMANCE

Sólo alguien muy observador se hubiera dado cuenta de la significación que tuvo para Teresa y Roberto, el fugaz encuentro que culminó en el suave apretón de manos que se dieron al ser presentados.
Vuelta la normalidad se reanudó la fiesta y atendiendo la invitación de Manuel, Roberto ingresó al salón, lo cruzó lentamente haciendo inclinaciones a quienes lo miraban, atraído por algo que no veía, sin saber qué buscaba; maquinalmente se dirigió al segundo salón y sin pensarlo se encontró apoyado en la baranda, mirando a las personas que estaban en el jardín. De pronto se fijó en cuatro chicas sentadas en torno a una mesa, escuchando a dos jóvenes que hablaban en voz alta con ostensibles ademanes, Teresa era una de ellas y le separaba apenas cinco metros. Sintió impetuoso deseo de acercarse, pero no conocía a ninguno de los demás, miró en torno suyo, todos le eran extraños; Pinedo, Ponciano y otros caballeros habían desaparecido, doña Maria departía con otras señoras en el salón principal. Se sintió aislado.
Teresa lo vio acercarse a la baranda y tuvo un sobresalto, inquieta, nerviosa lo miró a hurtadillas huyendo de su mirada; de pronto se puso de pie como para irse, se dio cuenta de su inconsciente impulso y volvió a sentarse; no escuchaba la conversación, casi sentía las miradas de Roberto.
- ¡Vamos a la sala! - dijo a sus amigas.
- ¡No! - protestaron a coro - ¡Qué te pasa!... Estamos bien aquí.
Inmóvil Roberto seguía mirando el grupo, se concentró en Teresa buscando ansiosamente su mirada y encontró sus negros ojos que parecían interrogarle, atraerle, decirle ¡Ven!... ¡Aquí estoy!... Pero la presencia de aquellos jóvenes, desconocidos para él, la música que inundaba el ambiente, el vertiginoso girar de las alegres parejas que hablando y riendo pasaban a su lado le producía la impresión de interponerse entre ellos, creaba en su ánimo la desagradable sensación de no estar donde le correspondía. Confundido bajó la vista reprochándose su timidez, su indecisión y quedó pensativo.
Sin valor para acercarse a Teresa, sin aliento para disputar su compañía, sin entusiasmo para participar de la alegría de la fiesta, se sintió insignificante, herido en su amor propio. Lentamente se dio la vuelta, se volvió para mirarla por última vez y se escurrió por entre las parejas que bailaban, dirigiéndose a la calle. Disgustado consigo mismo caminaba como sonámbulo, mirando solo vacío, incapaz de ver a quien se hubiese cruzado en su camino.
Al otro día, impaciente, esperó la hora oportuna para salir a tierra; había olvidado que Manuel, en la breve conversación de la noche anterior, le habló de las escopetas por componer, pero algo le atraía hacia su casa. Caminó en dirección a ella, con prisa al principio, que fue disminuyendo a medida que se acercaba, llegó, pasó frente al patio y a cierta distancia se detuvo; la calle estaba desierta, sin darse cuenta volvió sobre sus pasos.
- Pero... ¿Qué busco? - murmuró entre dientes, deteniéndose nuevamente después de haber vuelto a cruzar el patio. De repente recordó lo de las escopetas - ¡Ah! - exclamó - resueltamente se dirigió a la entrada, ingresó hasta la de la casa, la puerta estaba abierta de par en par; miró hacia dentro, no había nadie. Los muebles y todo el salón estaban en desorden. En aquel instante llegaron corriendo y entraron dos muchachos, detuvo a uno de ellos y le preguntó:
- ¿Está don Manuel en la casa?
- No, joven, está en su almacén.
Y sin más explicación ingresó, cogió dos sillas, las juntó por los asientos, las levantó, metió la cabeza por entre las patas para sostenerlas y salió corriendo tras del otro que había hecho la misma operación. Al quedarse solo iba a tocar la puerta, pero una lateral interior se abrió suavemente y en el mareo apareció Teresa.
- ¡Ay! - casi gritó y volvió a meterse.
Roberto, que al verla sintió un repentino vacío en todo su ser, no tuvo tiempo de pensar qué iría a decir; inmóvil en el umbral trató de serenarse y tocó suavemente. Salió Teresa como sí de dentro la estuviesen empujando
- Buenos días señorita - su voz no era firme - creo que se ha asustado... ¿por qué?
- Buenos días, joven - contestó con leve trémulo en la voz - Yo pensaba que no había nadie - le tendió la mano que Roberto cogió como si fuera a escapársele.
Vestía con sencillez una holgada blusa blanca de género no muy fino, con cuello cerrado y largas mangas, sobre una falda de amplios pliegues, que con inútil complicidad trataban de ocultar sus atractivas formas juveniles; suelto el liso caballo que le cubría la espalda, enmarcaba las líneas armoniosas de su cara, sus negrísimos ojos de suave mirar, su boca sonriente de tentadores labios; sin ningún tipo de afeites, hacían un conjunto que la colocaba entre las bonitas. Siguió un breve y embarazoso silencio que hacia contraste con sus sonrientes miradas e inocultable complacencia. Roberto, inconscientemente trató de retenerle suavemente la mano, pero ella, con la misma suavidad se la quitó.
- Don Manuel... tu papá... - empezó vacilante - he venido a ver a tu papá...
- Él está en el almacén... ¿para qué le quieres?
- Me dijo que tiene unas escopetas malogradas.
- ¡Ummm! - la típica modulación nasal que índica haber comprendido, recordado algo - Aquí no hay nada, deben estar en el almacén.
En aquel instante volvieron a entrar corriendo los muchachos de las sillas y repitieron la operación para llevarse las otras.
- Mejor espérale... ¡Julián! - se dirigió a uno de ellos - vete a decirle a mi padre que el joven Ríos está aquí y le necesita.
Pudo haber dicho al muchacho que lo guiara al almacén, que estaba cerca, o haberle indicado a Roberto el sitio para que fuera; Roberto igualmente pudiera haber dicho ¡Voy con el muchacho! o preguntado dónde quedaba el almacén, pero ambos, impulsivamente hacían por no separarse. Otro silencio siguió a la partida del muchacho. Teresa, al parecer más tranquila o más deseosa de explorar la desconocida emoción que sentía lo rompió diciendo:
- ¿Tú eres maquinista de la lancha? - parecía dudar viéndolo tan joven.
- Sí, soy el segundo maquinista.
- ¿Y dónde vives?
- En Iquitos. Allá tengo a mi madre y un hermano - se animó - Tú, ¿tienes hermanos?
- No - con disgusto - Solo somos mi padre, mi madre y yo. Cuando mi padre va en las comisiones nos quedamos solas.
Hablaba con viveza, animada de repentina confianza, sin la vacilación y la ansiedad que la embargó cuando de pronto vio a Roberto. Éste recobró también su aplomo. ¿Por qué había de sentirse tímido delante de Teresa? - pensaba - ¿Qué tenía ella distinto o que no tuvieran las otras chicas que conoció?... ¿Más bonita? No podía asegurarlo. ¿Su modo de mirar?... ¿Su sonrisa?... ¿Su porte?... No podía precisarlo, pero se sentía atraído irresistiblemente, cautivo casi.
- ¿Te has ido alguna vez a Iquitos?
- Una vez, hace ya mucho tiempo, pero casi no me acuerdo de nada, era muy pequeña.
- Tu papá y tu mamá deben ir siempre.
- Mi papá sí, mi mamá no, porque no quiere dejarme sola. Mi padrino quiso que fuera a vivir en su casa para seguir la escuela, pero mi mamá se opuso terminantemente, no quería ni oír sus razones. Yo quisiera ir a conocer, alguna vez me llevarán.
Continuaron la conversación hasta que llegó Manuel apresuradamente.
- Buenos días, señor Pinedo.
- Buenos días, Roberto... ¡Pero hija!... cómo no has avisado a tu madre... ¡Ni siquiera has invitado a sentarse al señor Ríos!
- ¡Papá!... Él me dijo que le necesita a usted.
- Disculpe, Roberto, todo está en desorden todavía... ¡Pero, siéntese! - le acercó una silla - ha venido a ver las escopetas ¿No?
- Gracias, don Manuel, no se moleste. Sólo quiero ver si es posible arreglarlas, para llevarlas hasta mañana, pues el comandante ha dicho que pasado mañana debemos zarpar.
- L1évalas nomás!... Si no tuviera tiempo de arreglarlas hasta mañana, a su regreso, para ir al Putumayo me las entrega. Como el “caño” está “crecido” podrá entrar el vapor hasta el puerto.
Un hombre apareció con cuatro escopetas de avancarga al hombro.
- Dame una y arrima las otras - le dijo, y dirigiéndose a Roberto se la pasó - Aquí tiene una, con ojos de experto la examinó detenidamente, hizo igual con las otras y al terminar preguntó:
- ¿Tiene usted “chimeneas”
- Sí. De varias medidas.
- Las chimeneas ya están malas y no se ajustan porque los filetes de las roscas se han corrido. Creo que puedo arreglarlas hasta mañana. Déme usted, cuatro chimeneas.
- Las tengo en la tienda, voy a traerlas. Tenga la bondad de esperar un momento, mi mujer lo atenderá mientras vuelvo - voy por ella - y se introdujo por la entreabierta puerta lateral.
Volvieron a quedar solos, pero no tuvieron tiempo de reanudar la conversación, pues inmediatamente reapareció con doña María. La saludó Roberto, contestó ella, Manuel pidió permiso y salió.
- ¿Ha esperado mucho tiempo? - preguntó Maria con tono que no se podía asegurar que fuera lamentándolo o por medir el tiempo que estuvo con Teresa.
Su mirada fría, incisiva, parecía taladrar el pensamiento de Roberto buscando la respuesta, se le despertó un repentino y vivo interés por conocerlo más, saber como era; su calidad de varón y su apuesta apariencia se le antojó peligrosa para su hija, recién en el umbral de la vida; su mentalidad pueblerina, llena de prejuicios y convencionalismos de la época, la imaginaba expuesta a los peligros y asechanzas que su inocencia le impedía conocer. No estaba segura de haber sabido prepararla para enfrentarse a ellos, pese a que desde muy tierna edad la tuvo sujeta a cuidados y vigilancia de impertinente exageración, pero en un hermético encierro de equivocados conceptos de moralidad y pudor.
- ¡Cúbrete! - le dijo una vez escandalizada, cuando ya crecida pero impúber, se presentó un día con el pecho desnudo y el vestido en la mano, a preguntar si era el que debía ponerse - una niña no debe mostrarse nunca desnuda, porque su cuerpo está hecho a imagen y semejanza de la Virgen y no debe ser visto por nadie.
De modo que cuando Teresa llegó a mujer, ni siquiera estuvo enterada de las incomodidades mensuales que debía soportar y la primera vez que le ocurrió sintió tal espanto, pensando que iría a morir, que sólo por ese temor se lo dijo a su madre, la que, sin ninguna explicación la ayudó y previno para lo sucesivo. Ella, que había sufrido la experiencia en las mismas condiciones, no atinó a proceder de mejor manera; con su imprudente reserva creía estar conservando la inocencia de su hija y cumpliendo a cabalidad su misión de madre, no esperaba confidencias ni podía ofrecer consejos. Teresa estaba pues a merced de las circunstancias y de sus propias emociones.
Al dejar de ir a la escuela, poco más de un año antes, su madre ya no la dejó salir sola y en la idea de completar su educación la hacia leer “El almacén de las señoritas”, el “Manual de Urbanidad” y otros libros
por el estilo e hizo que Manuel buscara consejo para comprarle otros adecuados, de suerte que vivía casi enclaustrada, aislamiento que le provocaba un vivo deseo de buscar con amigas de su edad, esparcimiento, comunicación e información que colmara su curiosidad e ignorancia. La conseguía a escondidas, pero incompleta y con peligrosas deformaciones.
Cuando vio a Roberto se sintió irresistiblemente atraída y su imaginación empezó a crear un caudal de procelosas ilusiones, pensó en como se habrían conocido sus padres, ¿Le estaría sucediendo algo semejante? La fantasía aguzó su femenina curiosidad, pero... ¿La satisfaría su madre? ¿Pensaría en los mismos términos que ella? Presentía que de sus labios nunca lo oiría, porque sabia que consideraba una ofensa a su pudor hablar sobre tales temas.
Continuó la conversación entre preguntas de Maria y respuestas de Roberto sobre sus viajes, lo que hacia, como vivía; parecía que quisiera informarse en detalle de cuanto le concernía. Volvió Manuel y poniéndole en la mano una cajita de cartón le dijo:
- He traído todas las que tengo para que usted mismo escoja.
Roberto la abrió, con calma seleccionó cuatro piezas y le devolvió la cajita.
- Estas voy a llevar - se las enseñó - y también las escopetas.
Se volvió a María con ademán de despedirse. Teresa, que lo estaba observando ¿Se va? - pensó. Apenas se habían saludado, la conversación fue toda con su madre... súbitamente recordó algo:
- ¡Mamita!... ¿No dijo usted que su máquina estaba malograda?
- No es nada, sólo rompe el hilo, pero no siempre...
Roberto se contuvo. Cogió al vuelo la oportunidad y la interrumpió.
- Puede ser un pequeño defecto, señora, si usted quiere que la vea lo haré ahora mismo.
- ¡No, no! - protestó María - sería mucha molestia y usted tiene que volver al trabajo.
- No señora, mi guardia es de doce a seis y aún es muy temprano.
Manuel intervino. Le estaba creciendo la simpatía hacia Roberto, que naciera por la oportuna intervención que tuvo en el pleito de la noche anterior y abonaban en su favor sus maneras, su mirada franca, casi transparente; tenía que ser, necesariamente, una buena persona.
- Es usted muy amable, pero no debemos abusar de su tiempo.
- Ni lo piense, señor Pinedo, para mi es una distracción; además aprenderé a conocer cosas modernas - y dirigiéndose a Maria - ¿De qué marca es la máquina señora?
- New Haven. Manuel pidió una Singer, pero parece que se equivocaron o no la tuvieron y nos enviaron otra marca... bueno - cedió - vamos a que la vea.
Manuel se disculpó de nuevo con Roberto, recomendó a Maria que lo atendiera y salió. María lo guió a la habitación contigua y Roberto se enfrascó en el examen de la máquina. Al cabo de un momento pidió un trozo de tela. Teresa, juguetona le preguntó:
- ¿Vas a coser?... ¿Sabes coser?
- ¡Teresa! - le reconvino María - ¿Cómo te atreves a tutear al señor?
- ¿Porqué no señora? - la defendió - no tiene nada de malo y me hace creer que fuera mi hermana. ¡No tuve la suerte de tener una hermana!
María buscó la tela y se la entregó. En aquel momento alguien tocó la puerta, Teresa salió a ver y volvió luego.
- Mamita... Ahí está la comadre Fidelia... dice que la necesita.
- Dile que pase... ¡No!... quiso llevársela, pero era una descortesía dejar solo a Roberto... ¡Y dejar sola a Teresa con él! - no había alternativa y se resignó -... Discúlpeme un momento, señor, y se fue.
Se miraron sonrientes, congratulándose mentalmente por haber logrado un triunfo. Roberto notó la indecisión de María e intuyó el motivo.
- Tu mamá es muy desconfiada.
- ¡Si tú supieras!
- Pero yo no voy a llevar nada de aquí - tratando de sondear el pensamiento de Teresa.
- No es por eso. Lo que ella no quiere es que me quede sola contigo, aclaró con un dejo de disgusto.
- Eso será porque soy un extraño, pero con tus amigos te dejará hasta ir de paseo.
- ¡Nunca!...Y yo no tengo amigos - aclaró de nuevo - amigas unas pocas, pero ni con ellas me deja ir sola siempre con mi mamá. Algunas veces a un cumpleaños voy con mi mamá y mi papá.
- Bailas muy bien, anoche te he visto - mintió Roberto.
- ¡Mentiroso!... Sólo he bailado dos veces antes que llegarás tú.
-¿Con quién?
- Con mi padrino y con Antonio.
- ¿Quién es Antonio?
- El hijo del señor Ramírez, un empleado de mi padre.
- ¡Ah!... ¿No es uno de los que estaba conversando con ustedes en el jardín?
- Si.
- ¿Y qué te decía?... Por su modo de vestir parece que no vive aquí.
No. Ha llegado de Europa, donde su padre le ha mandado a estudiar. ¡Yo no creo “nadita” de lo que cuenta!
- Seguramente te decía que eres muy bonita... que te quiere...
- Te juro que no! - con énfasis de protesta - yo le conozco desde muchacho, cuando estábamos en la escuela de doña Lucinda... ¡Qué va a decirme nada!... Sólo habla de París, de Mon... ¡No sé como dice él!
En sus palabras, en su acento, en sus ojos, se translucía la ingenuidad, la inocencia, la verdad sin adornos ni rebuscamientos.
- Y si yo te dijera que eres bonita, que me gustas, que no he encontrado hasta hoy ninguna muchacha como tú…
- Ya “vuelta” engañas - interrumpió Teresa, ruborizándose levemente.
- De veras - continuó casi con seriedad - no sólo eres bonita, tienes algo más que... no sé como pudiera explicarte… algo que en cuanto te vi., cuando me diste tu mano anoche, me ha...no sé como decir... he sentido como fiebre, frío, miedo... creo que he temblado, parecía que me asustaras... ahora mismo ¡Ve! - le tomó la mano que tenía apoyada en la mesa de la máquina - ¿No estoy temblando?
Teresa le escuchaba atentamente, casi absorta, sus ojos se fueron abriendo lentamente hacia un gesto de asombro y ansiedad, sus labios entreabiertos temblaban ligeramente; bajó los ojos y abandonó su temblorosa mano a la de Roberto, que agregó la otra para apretarla con una suavidad de arrobamiento que pareció sumirlos en un éxtasis de muda comunicación… en una eternidad de placer que les inundó de pies a cabeza y se soltaron como asustados... Siguió un breve silencio; Roberto no sabía como continuar, Teresa no sabía que contestar, de hacerlo habría repetido exactamente lo dicho por él, pero se atrevió:
- Yo he sentido lo mismo, pero... ¿Porqué no te acercaste anoche en el jardín?
- Tenía miedo... sí, miedo de sufrir un desaire por ser un desconocido, después de haberme hecho una ilusión, pero no he podido resistir el deseo de verte de nuevo… por eso he venido.
- ¡Miedo!... ¿Y como no tuviste miedo del colombiano? ¿Y no tenías que venir a ver las escopetas?
- Éste ha sido mi pretexto, pero dejemos las escopetas... ¿Cómo hacemos para volver a vernos?... ¡Ojalá seas tú quien me reciba cuando las traiga mañana!...Ahora que regreso a Iquitos le contaré a mi madre que me encontré con unos paisanos que la conocen y tienen una hija que me gusta... Se va a alegrar y querrá conocerte, porque nunca le conté de ninguna enamorada.
- ¡Pero Roberto!... Mi mamá me dice siempre que soy una niña... ¡Como voy a ser tu enamorada!
- Cuéntale lo que te he dicho.
- ¡Qué le voy a contar!... Me da vergüenza... ¡Y miedo!...Si le dijera algo seria para que me “pegue”...
- Qué hacemos entonces...
Se oyó fuera la voz de Maria.
- ¡Teresa! ¡Ven un momento!
- Ya vengo Roberto.
La siguió con la vista y se quedó mirando la puerta por donde salió como si la estuviera viendo… de pronto volvió en sí. ¡Nada había hecho con la máquina! Apresuradamente manipuló en ella, luego colocó el trozo de tela la hizo funcionar cosiendo en uno y otro sentido, observó la costura y con muestras de satisfacción se repantingó en la silla. Se sentía contento, invadido de una placentera confianza y plenitud, le parecía estar oyendo con melodiosa entonación las palabras de Teresa: “Yo he sentido lo mismo que tú”... Le parecía sentir el calor de su mano en las suyas como una tibia llama que se extendía en toda su piel, erizando sus poros para adentrarse por ellos al fondo de su ser... Tan ensimismado estaba que no vio entrar a María, la que al verlo, sonriendo forzadamente le dijo:
- Se ha quedado usted dormido.
Se levantó como un gato asustado.
- No señora, disculpe usted, estaba esperándola para que pruebe su máquina. Ahora ya no va a romper el hilo.
- Vamos a ver.
Se sentó y empezó a coser sin descanso largo rato en silencio, luego, con un gesto de complacencia comentó:
- Yo no quise decirlo para que no se molestara, pero ya no se podía coser... ¡Ahora está muy bien!... ¿Cuánto le debo por su trabajo?
- No me debe nada, señora. Sólo estaba muy ajustada la lanzadera, la aflojé un poquito y nada más.
- Pero… ha tomado usted su tiempo. Le diré a Manuel para que le compense en alguna forma.
- Muchas gracias, señora, le repito que no es nada y me complace que haya quedado satisfecha... Me voy, señora.
Sentía impulsos de preguntar por Teresa, se dirigió al salón acompañado de Maria, luego a donde estaban las escopetas, se inclinó con ademán de cogerlas, pero Maria le contuvo diciendo:
- No se moleste. Mi marido me ha dicho que va a mandarlas con uno de los peones.
- No es necesario, yo puedo llevarlas.
- ¡Déjelas nomás! Si tiene apuro por sus obligaciones puede irse.
Su acento más parecía decir: ¡Ya es tiempo de que se vaya! - le tendió la mano agregando:
- ¡Hasta luego!

miércoles, 26 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Cuando llegaron a la primera, su apariencia de matones fue del agrado del que parecía jefe, un tipo gordo, de rostro ceñudo crecida barba y mirar siniestro; con un Smith &Wesson en el cinturón y un fuete en la mano. Lo llamaban don Víctor. De pie en lo alto de la escalera del tambo, moviendo nerviosamente las rodillas y azotándose las botas con el fuete los miró casi con desprecio.
- ¿De dónde vienen?
- De Colombia.
- ¿Y qué quieren?
- Venimos a buscar trabajo.
- ¿Están dispuestos a cumplir todas mis órdenes?
- Sí, señor. Queremos trabajar.
- ¿Cuánto quieren ganar?
- El sueldo es lo de menos - era Cedeño quien contestaba y mañosamente aparentaba desinterés - vea primero nuestro trabajo.
El gordo no cayó en la jugada.
- ¡Déjense de huevadas!... Ganarán cincuenta soles, tendrán casa, comida y culos... ¡Pero cuidado!... ¡Mucho cuidado!... Porque si se descantillan les costará caro. Preséntense a Jiménez en el almacén para que les de lo que necesitan y pónganse a órdenes de Arriarán porque mañana va a salir a una correría.
Les dieron un machete, una carabina Winchester, balas y otros útiles y al día siguiente, pese a la copiosa lluvia, apenas amaneció se pusieron en marcha conformando un grupo de veinte hombres, mestizos indígenas en su mayor parte, dos negros barbadenses y dos witotos, al mando del llamado Arriarán. Pocos parecían gente de ciudad, pero todos, excepto los witotos llevaban carabinas y algunos un revólver. Cedeño no sabía qué irían a hacer y se lo preguntó.
- Vamos a traer indios - fue la respuesta.
- ¿Y para eso se necesita tanta gente? Riendo socarronamente Arriarán aclaró:
- Es que no quieren venir y tenemos que traerlos a fuerza.
Caminaron tres días guiados por los witotos, quienes lo hacían sin vacilación, pese a lo intrincado del monte, abriéndose paso con el machete o cruzando “tahuampas”, se detenían antes que anocheciera para hacer con palos y palmeras tambos personales que los protegiera en caso que lloviera; comían en la mañana y al atardecer, paiche o carne seca de animales del monte asada en las brasas, con “fariña”, algunos, de más categoría, tomaban café.
Al cuarto día, a media tarde, se detuvieron. Los witotos hablaron en su dialecto con Arriarán, haciendo ademanes y señalando direcciones, éste parecía entenderlos perfectamente, reunió a todos, conformó tres grupos, dos de seis con un witoto y otro de ocho con él, dio instrucciones y concluyó diciendo:
- Cada uno debe agarrar por lo menos dos indios, el que agarre más tiene premio; no se preocupen de las mujeres, ellas van a seguir a sus maridos, ni de los muchachos pequeños, no sirven para nada.
Se adelantaron los grupos de seis y el de Arriarán avanzó lentamente hasta llegar a un centenar de metros de unos tambos que se veían a través
de la maleza. Se detuvieron y al cabo de un momento se oyó con claridad el canto de la “unchala”, que fue contestado por otro en otra dirección.
- ¡Vamos! - mandó Arriarán y avanzó agachándose entre los arbustos.
Una vez más se oyó el canto del ave, que evidentemente era una señal, pues venia de dos direcciones contrarias.
- ¡Listos! - mandó de nuevo sin cesar de caminar.
Al oírse por tercera vez el canto, más prolongado esta vez, levantó la Winchester y gritó:
- ¡Adelante! - avanzó corriendo y gritando desaforadamente.
Simultáneamente se oyó alaridos que parecían salir de todas partes y el tropel lo siguió hacia los tambos, haciendo disparos al aire. Los ocupantes, hombres, mujeres, algunas con sus hijos en brazos, salieron despavoridos; muchachos, pequeñuelos desnudos, corrieron tras ellos tratando de ganar el monte, gritando, llorando, tropezando con los asaltantes que aparecían por todos lados… los que lograron eludirlos fueron perseguidos a tiros, varios cayeron, quizá heridos, acaso muertos; otros paralizados por el terror no atinaron a moverse... El círculo de asaltantes se iba reduciendo, dentro quedaron hombres, muchachos, mujeres con hijos tiernos en brazos; empezaron a reunirlos, aquellos que se resistían caían a culatazos retorciéndose de dolor, el griterío era horrible, una escalofriante confusión de lamentos, llanto de criaturas, exclamaciones de espanto, gritos de dolor... Separaron a los hombres: eran catorce, entraron a los tambos, encontraron algunos viejos, los seleccionaron y llevaron junto a los otros.
- ¡Maldición ¡ - gritó Arriarán - No hemos conseguido la cuota... Este caserío es una mierda, ¡nos han engañado los witotos!... ¡Vayan a ver a los que han caído, tal vez alguno sirva!
Dejando regueros de sangre ¡cuántos habrían logrado huir!... Cinco apenas podían caminar, entre ellos una mujer con una criatura, varios muertos, hombres y mujeres...
Ataron dieciocho hombres por separado, luego los unieron en una larga cuerda y los introdujeron en un tambo; cuatro de la partida, entre ellos los barbadenses, se encargaron de su vigilancia, a las mujeres y muchachos, condujeron a otro tambo. En los demás sólo quedaron viejos, viejas y niños de muy tierna edad. Arriarán se dedicó a inspeccionar todos los otros tambos con tres de sus secuaces. Los otros asaltantes, Cedeño entre ellos fueron al tambo donde habían sido concentrados las mujeres y los muchachos y arrastrados por su lascivia empezaron a disputárselas. Sólo había diez mujeres, las que llenas de terror nada hacían para oponerse. Cedeño cogió una de ellas pero no se decidía a consumar el acto sexual dentro del tambo y quiso sacarla fuera. Uno se le acercó diciendo:
- ¡Déjamela a mí!... parece que tú no puedes.
- ¡Fuera de aquí, vergajo!
- ¡Qué te pasa mierda!... ¡Las mujeres son para el más macho! - intervino otro y cogiéndola intentó llevársela. Cedeño la soltó pero se abalanzó al cuello del sujeto, quien también la soltó para defenderse y rodaron por el suelo dándose de puñetazos. Todos quedaron en suspenso, pero luego, sin soltar su presa, comenzaron a azuzarlos con gritos, entre carcajadas y aplausos. La india en disputa pasó a manos de otro. Armaron tal algarabía, que Arriarán oyó el escándalo, corrió a ver lo que sucedía y al encontrarse con el espectáculo, rastrillando su carabina gritó:
- ¡Ya carajo!... ¡Si no dejan de pelear le pego un tiro a cada uno!
Los dos se quedaron inmóviles y luego se levantaron lentamente. Se enteró Arriarán de lo que había pasado y en tono de burla dijo:
- ¡Qué estupidos!... ¡Si no faltan mujeres!... Ahí tienen las viejas, desarrugar es lo mismo que desvirgar... ¡Ja, Ja, Ja! - rió estrepitosamente - ¡y también tienen muchachos! - miró a su alrededor y viendo a un indiecito
como de doce años en un rincón, junto a dos chiquillas que estaban llorando, lo llamó con una seña, pero el chico no se movió.
- ¡Ven carajo! - gritó repitiendo la señal.
El muchacho siguió inmóvil. Estaba con el taparrabo desgarrado, todo sucio de barro, con sangre en el pecho, los brazos y las piernas; la menor de las chiquillas abrazada a la otra lloraba convulsivamente, tenía sangre en la cabeza, la cara y el pecho. Arriarán soltó la carabina, se acercó y cogiéndolo violentamente del brazo quiso llevarlo a donde estaban sus secuaces, pero el muchacho se resistió; hizo más fuerza y lo arrastró.
- ¡Ahora van a ver! - dijo.
Intentó quitarle lo que quedaba del taparrabo y el muchacho empezó a gritar entre las risotadas de los demás asaltantes; a viva fuerza se lo rompió y tiró al suelo, el chico seguía revolviéndose desesperadamente, con una mano lo sujetó y con la otra le aplicó dos bofetones que inmediatamente le hicieron sangrar la nariz. Volvió a cogerlo, trató de agacharlo delante de él pero la violenta resistencia del muchacho le impedía conseguirlo. De repente Arriarán lanzó un grito.
- ¡Puta madre!... - soltó al muchacho y se cogió la mano que empezó a sangrar.
El muchacho le había pegado un terrible mordisco en la parte blanda de la palma de la mano hasta levantarle un trozo de carne y a favor de esa sorpresa arrancó a correr saliendo del tambo. Todos empezaron a reír a carcajadas, Arriarán, lívido de rabia, exclamó:
- ¡Jijunagramputa!... ¡Ahora vas a ver!
Empuñó con su ensangrentada mano la Winchester y salió tras del muchacho que se alejaba corriendo como a treinta pasos, rastrilló, apuntó y disparó... el muchacho siguió corriendo, rastrillo de nuevo, disparó... seguía corriendo… tres disparos más en menos de cinco segundos y se le vio desplomarse...
Alarmados al oír los disparos salieron algunos; los demás siguieron dentro en una orgía de lujuria, en un escalofriante rumor de forcejeos y cuerpos que se arrastran, quejidos, lamentos, gritos de dolor, llanto de criaturas... ¡Un espeluznante concierto al ultraje a la carne, a la perversión del sexo, al despertar de la bestia!...
- ¡Desgraciado!... Me jodió la mano... ¡Pero me la pagó el maldito!... ¡Lo mandé al infierno!
Se sacó del bolsillo un mugriento pañuelo para vendarse la herida; los otros se acercaron a ver al muchacho. Estaba de bruces, con los brazos abiertos formando una cruz; en su bronceada espalda se veían desgarrantes perforaciones que manaban abundante sangre, haciendo un reguero que teñía la hierba y se perdía en el suelo que parecía absorberla como sedienta de justicia... quizá de venganza. No lo decían, pero era evidente el asombro por la reacción del muchacho; pocas veces encontraban semejante rebeldía, estaban acostumbrados a mandar y ser siempre obedecidos, a que el indio se sometiera dócilmente a todos sus abusos y maltratos, casi con humildad por el instintivo terror que sentían, o acaso porque en alguna forma llegara a sus comunidades noticias de los horrores que esos desalmados cometían, de las atrocidades que desataban en la mayor impunidad.
- Hiciste bien en matarlo - dijo uno - hubiera sido peligroso llegado a hombre.
- Eso tenemos que hacer con todos los rebeldes - afirmó Arriarán - mientras trataba de hacer un nudo, ayudándose con la boca, para unir dos puntas del pañuelo - ¡Carajo!... no puedo... ¡Ya tú! - se dirigió a Cedeño que estaba cerca - ¡Amárrame el pañuelo!
Solicito obedeció, anudó el pañuelo y comentó
- Valiente el muchacho... ¿no?
- ¡Qué valiente!... ¡Son unos mierdas!... ¡Unos haraganes!... No quieren seguirnos por no trabajar, pero les damos buenas lecciones. Tú no sabes
lo que ha hecho Macedo una vez que llegó Velarde con sus ocainas a entregar su producto, bueno, muchos de ellos, por haraganes no tenían nada que entregar y para que no fueran castigados, sus compañeros les dieron la mitad de lo suyo; como estos ya no tuvieron completo el peso que debían entregar, Macedo se indignó y ordenó a Velarde que seleccionara a unos y otros, fueron como veinticinco, los hizo cubrir con un costal, rociar con querosene y prender fuego... ¡Había que verlos corriendo sin ver a donde, sin poder quitarse el costal! ¡Ja, Ja, Ja!... Lo chistoso fue que era el día de fiestas patrias y parecía un desfile de antorchas... ¡Ja, Ja, Ja!
Cedeño lo escuchaba con ojos desorbitados por el asombro. Arriarán continuó.
- Es gracioso lo que a veces se hace con esta gente, ¡Hay tantos que si se mata cien, todavía sobran muchos!... Flores, por ejemplo, cuando se emborracha los mata por gusto y Fonseca cuando cumple años o hace alguna fiesta, invita a Normand, Agüero, Guevara, Miranda, que son los más jaranistas y para divertirse hacen competencia de tiro al blanco, amarrando un indio a un árbol con una cuerda de unos tres metros para que pueda moverse, El que logra matarlo de un solo tiro, ¡ese gana!... Claro que tiene varios indios para reemplazar a los que sólo son heridos. ¿Y sabes cual es el premio?... ¡Ja, Ja, Ja!... ¡El que gana escoge tres de las mejores cholas de Fonseca para tirárselas!
Fue la primera lección para Cedeño en su nueva actividad. Era el conocimiento de nuevas formas de perversidad que estaba en aptitud de asimilarlas y ejecutarlas por su natural inclinación al mal. Perdió la cuenta de las correrías que hizo y de cuantos infelices arrastró a esa nueva esclavitud, a tan horrendas torturas, a tan increíble matanza. Nada tuvo que esforzarse para tratarlos como bestias, con látigo, fuego, balas...
Pero su ambición, su inclinación a la rapiña, su deseo de enriquecimiento fácil, se mantenía latente, lo empujaba en busca de esa oportunidad. Pasado algún tiempo, se enteró de que algunos encargados de la recolección del producto no entregaban a los almacenes todo lo que recibían de los indios y lo retenían para negociarlos ocultamente. Se puso de acuerdo con sus compinches, investigaron y dieron con uno que lo escondía en las mismas estradas, hasta cuando tenía oportunidad de conducirlo a la margen del Putumayo y venderlo a los regatones. Lo hacia solo y en muy pequeña cantidad. Cedeño, con amenazas de delatarlo, lo obligó a hacerlo entre los cuatro y en mayor escala organizaron el pillaje, que dos veces les salió perfectamente, pero, uno de sus cómplices, descontento porque se quedaba con la mayor parte del botín, alegando ser el jefe, lo hizo denunciar por intermedio de un indio. El que los había contratado lo mandó apresar y conducir a su presencia y sin ninguna averiguación ni explicación, al pie de la escalera, de lo alto del empanado, ordenó que le quitaran cuanto tenía.
- ¡Así que usted se estaba robando el caucho que debía entregar! - le gritó - ¡No le meto un tiro porque yo no mato perros!... ¡Y necesito saber quienes son sus cómplices!... ¡Ya va a ver como lo hacen hablar los barbadenses! ¡Enciérrenlo! - y se metió en el tambo.
El apresamiento encontró a Cedeño de sorpresa, no se lo imaginó ni podía comprender cómo pudo ser descubierto, pero sospechó del rufián que había quedado descontento. Lo llevaron a un tambo de sólida construcción que se utilizaba como prisión, donde quedó hirviendo rabia y pensando qué hacer para huir. Las fuertes ponas del cerco sólo estaban amarradas con “tamshi”, pero no tenía con que cortarlo; buscó uno de sus nudos y trató de deshacerlo con los dedos, consiguiéndolo tras largo esfuerzo y rompiéndose las uñas hasta sangrarlas. Luego le fue fácil separar tres ponas, haciendo espacio para que pasara su cuerpo.
Caía la tarde; espero que oscureciera y con mucha cautela se dirigió al tambo que ocupaba con sus compañeros, quienes al verlo se alarmaron.
- ¡Silencio! - les pidió - Nadie me ha visto, quiero esperar a que oscurezca más para escapar, tú, hazme el favor de ir a distraer a los otros para que no vengan y tú quédate para que me ayudes.
Impresionados por la audacia que demostraba obedecieron; fríamente calculó Cedeño que nada ganaba con denunciar a sus cómplices, su suerte no variaría; simulando conformismo podía obtener ayuda y hasta podía vengarse del que sospechaba que lo había adelantado y era el que hizo que se quedara.
- Estoy jodido - le dijo - tienes que ayudarme para poder largarme.
- ¿Pero cómo?
- Todo me han quitado, dame un poco de plata y tu machete.
- Pero tú sabes que aquí yo no tengo nada, está en el escondite.
- Dame siquiera diez soles.
El tipo le miró con atención. Era incapaz de sentir compasión, su conciencia avivaba su desconfianza, pero, el haber sido cómplices, cierto remordimiento y más que todo el temor de que lo complicara al hablar si no huía, le impulsaron a ayudarlo.
- Has tenido suerte - trató de consolarlo - Me han dicho que a otros los han matado ahí mismo, así que aprovecha y lárgate. Sólo tengo cuatro soles, pero no puedo darte mi machete - y se metió la mano al bolsillo para sacarlos.
Cedeño actuó como un relámpago. Al verlo con la mano dentro el bolsillo se arrojó contra él derribándolo, se le puso encima sujetándolo por la garganta con las dos manos y aplastándole ambos brazos con las rodillas. Cedeño era forzudo, el ataque fue tan sorpresivo, violento y desesperado, que por más esfuerzo que hizo el agredido no pudo desprenderse ni gritar... siguió apretándole la garganta fuertemente… ahogados estertores... poco a poco los pataleos cesaron y el tipo quedó exánime.
Lo soltó, le dio la vuelta, le quitó el machete de la cintura, lo volvió de nuevo, le quitó la mano del bolsillo, buscó en él, encontró más dinero del que le había pedido y se lo guardó. Agachado salió, miró a todos lados de la penumbra y arrancó a correr por entre el monte huyendo del lugar.
Varios días después, extenuado y hambriento llegó a la orilla del Putumayo. Una canoa que bajaba con unos witotos lo pasó a la orilla opuesta en un sitio habitado por peones caucheros, que le dieron de comer; con sus indicaciones se dirigió al centro buscando el río Algodón. Seguía huyendo porque en todas partes creía encontrar gente que pertenecía a la empresa de cuyos dominios huía, hasta que llegó a las cabeceras del Ampiyacu y dio con el campamento de Pinedo.

sábado, 22 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

CAPITULO III

DOS HOMBRES DISTINTOS HACIA UN MISMO DESTINO

...no es posible tolerar semejante escándalo y menos su agresión a mano armada a un hombre indefenso. Dígale al señor Ramírez que le arregle su cuenta; si tiene saldo tráigala para ponerle el conforme y le pague y si no tiene... tráigala nomás para darla por cancelada - le decía Manuel al colombiano, al día siguiente de la fiesta.
- Pero don Manuel - suplicó Cedeño - yo estaba borracho, no sabía lo que estaba haciendo. El brasileño fue a molestarme, luego me dio un puñetazo que me rompió la boca ¡Mire usted! - le enseñó el labio roto - yo sólo quise defenderme porque tuve miedo de que sacara un puñal que siempre llevan los brasileños... No me despida don Manuel, estoy enfermo y no tengo plata para regresar a mi tierra. ¡Por Dios, don Manuel! aunque ya no sea como capataz, déjeme trabajar hasta tener un saldito...
- Anoche le dije que viniera a esperarme y no vino; si usted es mi empleado debe obedecer mis ordenes.
- Estaba borracho, don Manuel, yo no sabía lo que hacia...
Apareció un día en el campamento que tenía Manuel en la cabecera del Ampiyacu; una bolsa enjebada pequeña a medio llenar al hombro y un machete Collins metido por entre la correa del pantalón era todo lo que llevaba. Con paso inseguro y desconfiado mirar se acercó al tambo donde Manuel estaba haciendo entrega de aviamiento a su personal. Alguien dio la voz al verlo y todos se volvieron a mirarlo entre sorprendidos y cautelosos; un tipo de repulsiva apariencia, facciones duras y mirada torva, barba rala, crecida y descuidada, todo sucio de fango y emanando un penetrante olor de almizcle y grajo; sus gruesos labios y el apretado ensortijamiento de su corto cabello pregonaban su ascendencia africana;
su tez tostada por el sol tenia una palidez cadavérica producida por el paludismo.
Gente así aparecía con frecuencia; witotos o mestizos que huían de las posesiones gomeras de la poderosa Peruvian, donde era flagelados, torturados cuando no cumplían con la entrega de la cantidad de caucho, shiringa o jebe que les señalaban para un plazo determinado. La empresa, explotadora de grandes extensiones, se consideraba dueña no sólo de los gomales, sino también de los poblados indígenas imponiéndoles una verdadera esclavitud. Los capataces, gente de perversos instintos, excitados por la ambición, embrutecidos por el licor, dominaban por el terror a los nativos y trataban de impedir por cualquier medio, incluso el asesinato, que salieran de los dominios de la firma a donde pudieran ser denunciadas semejantes atrocidades. Los que lograban huir eran perseguidos y ultimados salvo cuando los encontraban enganchados con otro patrón, que se avenía a pagar supuestas cuentas contraídas por el indio, que no las quería pagar por “haragán”, “rebelde”, “ladrón” o cualquier otro defecto lapidario. En realidad era una venta solapada y el pobre indígena cambiaba de dueño.
- ¿Quién es usted?
- Me llamo Luís Cedeño, soy colombiano, vengo de la Chorrera, donde estuve trabajando; me enfermé, no pude trabajar y me botaron. He venido por el varadero del Algodón porque quiero llegar al Amazonas para ir al Brasil...Pero si usted me hiciera el favor de darme trabajo...
- Pero dice usted que está enfermo.
- Ya estoy así bien. Un indio me ha dado unas medicinas vegetales.
- ¿Qué es lo que tuvo?
- Tercianas. ¿Es usted el patrón?
Manuel pensó en su nuevo campamento del Algodón, en la necesidad de aumento de su personal. El tipo decía haber sido capataz y haber estado allí... Su aspecto era repulsivo, pero... tan largo y fatigoso viaje, las privaciones sufridas, la enfermedad que lo consumía lo habrían puesto en
ese estado...su mirada de sombríos reflejos parecía esconder turbios pensamientos... sin duda estaba inseguro, temeroso, desalentado.
Manuel era hombre de buenos sentimientos, poco dado a la desconfianza porque no creía en la maldad humana ni en la deslealtad. Una infancia feliz y una adolescencia sin problemas fue su entrada a la vida; hijo único de padres con bienes de fortuna, comodidades, relaciones, todo le había sonreído. Llegó a hombre con una agradable perspectiva del mundo, sin otra meta que aumentar sus bienes y gozar de la vida. Pero una noche su padre empezó a quejarse de agudos e intermitentes dolores en el estómago, cada vez más fuertes; le pusieron compresas en el vientre, le “sobaron” con “injundia” de gallina, le dieron un purgante para aligerarle el intestino... ¡Todo inútilmente!... Dos días después no había nada que hacer y apenas hubo tiempo para llamar al cura que le administró los últimos sacramentos. ¡Murió con cólicos! - dijeron los amigos. Nadie en su pueblo había oído hablar de la apendicitis...
La desgracia sumió a su madre y a él en profunda consternación. No había lenitivo para el dolor de la esposa; mortal tristeza, insomnio, inapetencia... - ¡Le está “cuyando” el difunto! - decían unas amigas -, “¡pulsario!” -afirmaban otras... Y se esmeraban en su cuidado y atención, prodigándole remedios caseros destinados a curarla. Manuel hacía cuanto le decían y nada escatimaba buscando alivio para el mal. Día a día fue languideciendo, Manuel no se apartó de su cabecera y vio opacarse el brillo de sus ojos como una luz que se alejaba lentamente, sumiéndolo en la oscuridad... Se resistía a creer que no fuera una horrible pesadilla perder a sus padres en tan breve tiempo, se encontró solo y abandonado, se sintió culpable de su impotencia, creyó enloquecer... ¿Qué daño había hecho para merecer tal castigo?... Pensó en la mala suerte, ¡No!... ¡Era el destino!... Y... ¿Qué le reservaba todavía? Olvidó su fortuna y sus comodidades, empezó a odiar a la Moyobamba de sus amores y quiso ahogar su dolor en la bebida, pero reaccionó a tiempo. El mundo es grande - se dijo - en él buscaré mi destino.
Un día hizo su última visita a la tumba de sus padres y luego fue a la capilla del Señor del Perdón, como quien estaba buscando una señal y dando una despedida; liquidó sus bienes, reunió todo su dinero, se lo metió en los bolsillos y abandonando mucho partió sin rumbo definido. Un pueblo, otro pueblo... y otro, hasta donde el impetuoso Huallaga le cerró el paso. ¡Shapaja! ... ¿Sería el final de su éxodo?
Tratando de disipar sus tristes recuerdos miraba desde la orilla el turbulento discurrir de las aguas que parecían invitarle a seguir su corriente que arrastraba las balsas que diariamente partían conduciendo ganado, aves, víveres, pasajeros.
- ¿Adónde van?
- ¡Adónde más!... ¡a Yurimaguas!
- ¿Quieres llevarme?
- Embárcate nomás. Dos soles cuesta el pasaje.
Sueltas las amarras la corriente arrastró los catorce palos de balsa sólidamente atados con fuertes y flexibles bejucos. En los extremos delanteros cuatro estacas incrustadas en los palos de balsa, haciendo ángulo en la parte superior, servían de chumaceras y en ellas, dos largos maderos redondos y pulidos, con dos palas de madera labrada atadas en sus extremos, servía de remos. En el centro un cerco cuadrado de palos del monte, con piso de cañas y hojas, sin ningún techo, encerraba la carga cubierta con hojas de plátano y el ganado. Un hombre en cada remo, con hábiles remadas guiaban la balsa.
- ¡Amárrense al corral!
Manuel imitó a los demás pasajeros sin preguntar por qué, pero la respuesta la tuvo en los acontecimientos.
- ¡Apúrense!
La balsa iba tomando velocidad, empezó a oírse como un prolongado y lejano trueno que rápidamente aumentaba en la intensidad; la balsa casi volaba hacia una masa espumosa que desprendía una nube de salpicaduras de agua con estruendo ensordecedor. Manuel se asustó, pero no tuvo tiempo ni para pensar en serenarse... la balsa se precipitó a un abismo rugiente que apagó los mugidos de terror de los toros y los lastimeros balidos de los carneros; se sintió hundido en el fragor y cubierto de agua; instintivamente retuvo la respiración un breve tiempo que le pareció una eternidad, emergió brevemente, volvió a hundirse y al fin... ¡A flote!... Volvió la vista. Se alejaba el imponente espectáculo: torrentes de agua que se estrellaban en violenta caída despedazándose interminablemente entre amenazantes peñascos escondidos entre olas y espuma y se elevaban en arremolinadas nubes...
- ¡Está creciendo el Huallaga!... ¡Bravo está el Estero!
- ¿Y si hubiéramos chocado contra esas piedras? - preguntó.
- ¡Nooo! ... - en tono de suficiencia - Nosotros sabemos por donde se pasa. El Chumía ha de estar peor.
- Más malo es el Vaquero. El Hilario se ha ahogado allí - acotó uno.
- Eso ha sido porque su balsa “ha sido” mal amarrada…
Fue su bautizo de peligro. Los demás rápidos ya no le impresionaron, pese a ser a cuál más peligroso y de una belleza imponente.
En Yurimaguas oyó por primera vez hablar del caucho, la shiringa, el jebe fino y otras gomas elásticas que se preparan con el látex de árboles de tipos determinados, que se encuentran en abundancia en la selva amazónica. Miles de hombres estaban dedicados a su extracción y preparación, no les arredraba las privaciones, las enfermedades, los felinos o las culebras, pues el producto extraído en meses de trabajo compensaba con creces su esfuerzo. ¡No se necesita dinero! - decían - pero sí tienes puedes ser patrón.
Siguió hasta Iquitos donde conoció a Ponciano, quien estaba dedicado a dicha explotación, tenía estradas y personal en el Samiria, y a Samuel que se dedicaba al comercio, importación de mercaderías y compra-venta de caucho. Era un intermediario. Éste, como buen judío estaba en su elemento y al saber que Manuel tenía dinero, lo convenció que se dedicara al comercio. Con tal mentor su camino hacia el éxito fue corto y fácil.
Empezó a viajar por sus negocios a Nauta, Caballo Cocha, caseríos y haciendas ribereñas en formación y pronto se hizo conocido por sus cualidades personales. En uno de esos viajes conoció en Nauta una joven, huérfana como él, poco antes llegada de Moyobamba con un tío; el saberse paisanos los unió y en sus conversaciones, añorando su tierra, comparando la turbidez del Amazonas con la limpidez del Mayo, recordado las motas de oro en el verde florido de los exuberantes naranjales, evocando nostálgicamente los dorados crepúsculos tragados por los cerros, en cuyas faldas reposaba custodiada por el imponente “Moro”, imperturbable guardián que anunciaba las lluvias coronándose de blancas nubes, nació el amor. Maria no era romántica, ni siquiera emotiva, pero Manuel, con un sentimentalismo a flor de piel, la elevaba a las regiones de la fantasía. Poco duró el noviazgo y se casaron en una sencilla ceremonia.
En Caballo Cocha hicieron su luna de miel, tan larga que fue decisiva para que se estableciera con su negocio. Seguía acariciando la idea de hacerse cauchero, pero no se decidía. Un encuentro accidental lo determinó un día que estaba en la loma del puerto de Caballo Cocha. Llegaba un batelón tan cargado que parecía entrarle agua por las bordas, un hombre, de pie en la proa, al llegar cerca de la orilla, de un salto pasó a ella y con prisa, casi corriendo, subió la cuesta. Le despertó curiosidad el esbelto cuerpo y la graciosa manera de moverse del tipo. Lo miró casi impertinentemente: facciones suaves en una tez tostada por el sol, sin asomo de barba, ojos negros y brillantes e indiscretos mechones que le escapaban del sombrero de paja toquilla que le cubría la cabeza...¡No!... ¡Ese talle!... ¡Ese pecho!... ¡Era mujer! Ésta, al ver la boca abierta de Manuel por la sorpresa del contraste, frunció el ceño y con voz gruesa y áspero acento de burla le dijo:
- ¡Tenga cuidado! no le vaya a dar el aire y se queda con la boca abierta para toda la vida - y siguió hacia el pueblo.
Era Patricia Lozano, mujer de gran personalidad, varonil y sin prejuicios, rara condición en esa época y en aquellos lares. Con tales cualidades no tuvo dificultad para dedicarse a la extracción de gomas haciendo compañía a su marido; viajaba con las comisiones, dirigía su personal, trabajaba con ellos en las estradas y sabia hacerse respetar con la firmeza de su carácter y alguna vez tuvo que hacerlo con su Winchester. Usaba pantalones por comodidad que se le hizo costumbre y aún llevando faldas en el pueblo, era una camisa de hombre la que vestía. La chismografía pueblerina la llamaba marimacho, pero nadie se atrevía a decírselo por respeto a sus arrestos. Poseía además una intuitiva habilidad para atender y curar enfermos y la aplicaba con acierto impulsada por su generosidad y amor al prójimo; adquirió más conocimientos y su renombre de curandera se propagó por toda la región.
Llegaron a ser grandes amigos y en sus conversaciones acerca de la explotación de las gomas, ella hablaba con tal calor y vehemencia de la forma como se procesaba el látex, desde la sangría del árbol hasta la transformación del lechoso liquido en una reluciente bola, haciendo pintoresca la dureza del trabajo, minimizando los peligros que había que afrontar y las privaciones que se sufría. Su mentalidad de vencedora, su contagiosa intrepidez, el éxito del que se ufanaba decidieron a Manuel a ampliar su negociación incursionando en el caucho.
Al enterarse María se sintió invadida de un extraño temor. Había oído hablar de pleitos entre patrones por la posesión de los gomales, de personas desaparecidas sin dejar rastro, de maltratos y torturas a los indios, de las represalias de estos por la persecución de que eran objeto y trató de disuadirlo, pero inútilmente. Manuel se había resuelto pensando en el futuro de su familia y el porvenir de sus hijos. Teresa ya había nacido. Su fortuna creció, pero no tuvo más hijos.

- Está bien. Tómese un descanso, pues debe estar muy agotado. ¡Juan! - llamó.
Se acercó un indio cocama a quien dijo señalando al colombiano: este señor va a trabajar con nosotros como capataz. Dale rancho e indícale donde ir a dormir.
Eran numerosos los peones que estaban en el campamento, algunos con su mujer, entre ellos Juan, que vivía en un tambo algo alejado y era peón de confianza. Cedeño comió con voraz apetito y pidió más, Juan vaciló porque no era costumbre, pues la ración era copiosa, pero el tono y gesto que puso en su demanda imponía obediencia, además era blanco y... ¡era capataz! Pero, como expresión de desagrado, no quiso llevárselo. Mandó a su mujer, que servía en la cocina, que llenara el tazón y se lo llevara; ésta, en silencio, se lo presentó a Cedeño. Ocultas sus formas de mujer por un tosco y holgado vestido, no se podía pensar en ella como tal, sin mirarla detenidamente: morena, con barbilla y pómulos de típicos y suaves rasgos indígenas, mirada sumisa de unos ojos que parecían mantenerse en permanente huida, boca esponjosa que acaso nunca habría sonreído ni dicho no. La miró con lúbricos ojos, extendió lentamente la mano para recibir el tazón y la siguió con la vista cuando se alejó con ondulante caminar.
Dos días después Manuel ordenó que se embarcaran en una canoa, Cedeño, otro capataz y cuatro peones y se hizo conducir surcando el río como media hora, hasta una quebrada a la que entraron; siguieron surcando hasta un recodo cerrado con altas y fuertes estacas que hacían un “tapaje” dentro del cual flotaban retenidas muchas bolas de caucho, jebe y shiringa. Manuel ordenó embarcarlas en la canoa.
- No las guardamos en el campamento para que no las vean los pasajeros - dijo a Cedeño, como instruyéndolo en sus futuras obligaciones.
- Pero no se va a poder llevar todas - comentó éste.
- No. Solo las que va a llevar la comisión de Panaifo. Después se llevará el resto para otra comisión.
- ¿No teme que le vayan a robar?
- No - contestó Manuel riendo - solo mi gente conoce este sitio y yo sé que ellos no me van a robar.
- ¿Cuánto personal tiene, don Manuel? - se interesó Cedeño.
- Ahora treinta y nueve hombres, con usted cuatro capataces. Pero voy a tomar más gente para la comisión que irá al Algodón, donde están abriendo un nuevo campamento. Usted que conoce esa región va a ir en ella.
Al oír que tenia que regresar a donde temía encontrar supuestos perseguidores, quedó en silencio pensando en lo que podría ocurrirle. Pero no podía negarse, pues Manuel contaba con él por haber dicho que conocía la región. Como continuando la conversación y tratando de resaltar la confianza que tenía en su personal, Manuel añadió: los que roban no son los indios, rarísimo es el indio ladrón. Ellos huyen por regresar a su caserío, por recobrar su libertad y no seguir soportando maltratos y no llevan ni su machete. La gente que roba es la mestiza, la que viene de fuera; lo malo es que a veces les sale mal el cálculo, porque si los encuentran sus perseguidores, los regresan a la fuerza y hasta… se asegura que los matan.
Cedeño escuchaba atentamente. Era un aventurero que había huido de la justicia de Cali; vago, alcohólico, mujeriego, jugador de pocilga, una madrugada tuvo una reyerta al ser descubierto haciendo trampa y en la pelea mató a su contrincante. Su fuga fue un alivio para su mujer y dos pequeñas hijas, que miserablemente se sostenían con el trabajo de ella; el solo les daba maltratos y hasta quitaba a su mujer lo poco que ganaba para sus juergas y el juego. Poco le importó abandonarlas y se refugió en Popayán, pero fue descubierto y siguió huyendo. Por los más solitarios caminos llegó a Pasto; su poco apego al trabajo y la necesidad de subsistir lo llevaron a los atracos y en uno de ellos, al encontrar resistencia volvió a matar. Huyendo nuevamente llegó a un naciente poblado a orillas del Putumayo: puerto Asís, donde se dio con dos tipos de la misma calaña, que estaban planeando bajar por el río, atraídos por la noticia del enriquecimiento fácil con el caucho que se extraía en la región y arrastraba a cuantos estaban dispuestos a sortear cualquier peligro. Robaron una embarcación para bajar en ella y después de muchas penalidades llegaron a la boca del río Caraparaná, donde tomaron informes y lo surcaron en busca de los campamentos de una empresa cauchera.

martes, 18 de enero de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

La fiesta continuaba en la mayor animación, el tiempo se deslizaba insensiblemente dejando satisfacción, alegría y los efectos del licor en los que bebían en abundancia. Cerca de medianoche la fiesta estaba en su apogeo dentro y fuera del salón. Un grupo del personal de Manuel que había asistido, al no poder alternar con las damas y los patrones, se había reunido en un ángulo del patio delantero a comer y beber, hablaban a grandes voces, se embromaban, reían. Uno de ellos fue en busca de una guitarra y cuando regresó fue recibido con aplausos. Empezó a bordonear.
- A ver... ¡Quién quiere cantar! - dijo el guitarrista haciendo arpegios en el instrumento.
- ¡Cántanos algo de tu tierra, Quispe! - dijo otro.
- Bueno - contestó el aludido, dijo una palabra al guitarrista y tras un breve bordoneo empezó:

Siñor entendente
yo vingo a quijarme
porqui me maredo
no duirme conmego

Risas y aplausos apagaron el interludio. Continuó el cantor:

Siñor entendente
ista mojir miente
yo duirmo con ella
ella no me siente.
Alalau alalau me lamparen
no tiene micha ni kirosin

Crecieron los aplausos y todos festejaron al cantor. Apartado del círculo, sin participar de la alegría y el bullicio, se mantenía un hombre con una botella en el mismo banco en que estaba sentado y un vaso en la mano. Lo llenaba y bebía de cuándo en cuándo. Uno de los del grupo se le acercó con un vaso lleno.
- ¡Salud! - le dijo.
Sin contestar llenó su vaso, lo levantó y de una sola vez bebió todo su contenido acompañando al invitante.
-Vocé náo gosta da festa.
- ¡No! - contestó secamente
- Enton que faz aquí.
- ¡Lárgate y no me molestes! - se levantó amenazador. Oyeron los otros el altercado, uno se acercó, cogió del brazo al preguntón y atrayéndole al círculo alegre le dijo:
- Ven acá Pashariño, no te metas con el colombiano.
- Sí, ven acá, canta algo de tu tierra tú también - agregó otro. - ¡Deixa garoto!.. Eu náo lembro.
- ¡Canta cualquier cosa!... ¿No te acuerdas eso del camaleón?
Pashariño levantó la vista como buscando en sus recuerdos. El guitarrista dejó oír unos acordes y el brasileño, que tal era,
- ¡Bon! - dijo y empezó:

Camaleáo foi a dança
sem colete, pé no cháo
e fama de gran dançador,
mais a primeira cuadrilha
o rabo se atrapalho.

Risas y aplausos cerraron la canción y fue obligado a repetir. Estaba bebido y le había chocado la agresividad del solitario sujeto, a quién conocía y no comprendía su rechazo. Se le acercó de nuevo y en tono conciliatorio le habló:
-Escuta, patricio, ¿vocé náo quer cantar?
- ¡Vergajo! ¡Te he dicho que no me molestes! ¡Fuera de aquí!
El brasileño no se dio por enterado de la repulsa y volvió a insistir:
- Náo seja asim, patricio… e so brincadeira - y acercándose más trató de cogerlo del brazo diciendo: - Vén ca, vocé ten que cantar.
Nadie vio en qué momento llegó a la puerta del patio un hombre alto, de calmada apariencia y desde allí miraba el desarrollo de la fiesta. Al oír la airada voz volvió la vista para ver qué sucedía. Vio levantarse violentamente al solitario sujeto, coger a su interlocutor por el cuello y aplicar un puñetazo en la cara que lo envió por sobre los bancos al suelo. El brasileño se levantó y se le puso enfrente; el agresor era más alto y fornido, pero el agredido, envalentonado por los tragos, se le fue encima y con sorprendente rapidez le propinó varios golpes en la cara. Quedaron mirándose fieramente, el colombiano sangraba profusamente por la nariz; lentamente se llevó la mano a la cintura y extrajo algo que relumbré a la luz de los faroles; era un cuchillo de más de un palmo. Se oyeron algunos gritos de terror.
- ¡Eu no tenho faca! - gritó el brasileño.
Todos se abrieron en un instintivo movimiento de protección, tenso, alarmado.
- ¡No Cedeño!... ¡No hagas eso!... se oyó gritar.
Con un salto felino se lanzó el nombrado y el cuchillo buscó el cuerpo del brasileño, quien con un quite esquivó la puñalada y alzando los brazos volvió a gritar:
- ¡Náo tenho faca!
Volvió a atacar el colombiano, brilló en alto la hoja como un relámpago y pareció hundirse en el cuerpo de Pashariño... quedaron abrazados, forcejeando, rugiendo sordamente... el brasileño sangraba del hombro izquierdo, pero su mano había hecho presa de la muñeca que sujetaba el cuchillo. Jadeantes se revolvían inclinándose a uno y otro lado, sujetos fuertemente con un brazo por la cintura y con el otro en alto, pugnando uno por desprenderse para usar el cuchillo y tratando el otro de no soltarlo para impedir que lo usara, como en grotesca y trágica danza, que podía culminar con la muerte.
La fiesta se interrumpió al oír las voces y los gritos, muchos que estaban en los salones y en el patio interior corrieron a ver lo que ocurría y creció el círculo que se formó en torno a los contendientes, todos gritaban. Un violento esfuerzo que estalló en un rugido los separó, el brasileño quedó tambaleante, parecía que fuera a caer, el colombiano se le acercó blandiendo el cuchillo, lo alzó... alguien de un salto se interpuso entre los dos, una mano cogió en alto la que sostenía el cuchillo y se oyó una voz imperativa:
- ¡Suelta el cuchillo!
El hombre alto tenía sujeto al colombiano por la muñeca y trataba de desarmarlo, éste se revolvía furiosamente para desprenderse y abrazarlo, pero aquel, como con una tenaza lo mantenía a distancia; lentamente le torció el brazo obligándole a darse vuelta.
- ¡Suelta el cuchillo! - repitió con dureza y siguió torciéndole.
- ¡Maldición! - rugió.
No pudo soportar el dolor y el cuchillo cayó al suelo, el otro lo alejó con el pie y lo dejó en libertad. Lo vio rehacer y por unos segundos quedarse mirándolo con ojos chispeantes de indignación e inclinado como para lanzársele encima.
- ¡Me has agarrado a traición!... ¡Vergajo!... ¡Pero cuídate que no vuelva a encontrarte! - barbotó.
Violentamente se dio la vuelta y empujando a cuantos estaban a su paso se dirigió a la salida. Se oyó una voz.
- ¡Oiga Cedeño! ¡Espéreme!... Quiero saber qué ha pasado.
Era Manuel, quien se inclinó para levantar al brasileño. Le examinó rápidamente y lo introdujo a la casa para que fuera atendido; estaba más asustado por el riesgo que había corrido, que pudo ser fatal, que grave por la herida que sólo fue superficial. El hombre alto, convertido de pronto en héroe de la noche, fue rodeado por todos los circunstantes; nadie lo conocía, Ponciano se le acercó:
- Qué suerte que estuviste a tiempo para evitar una desgracia! ... Ese tipo es muy peligroso... ¡Imagínate!, traer un puñal a una fiesta
En ese instante volvió Manuel buscando al colombiano, miró por todos lados y no lo encontró; Ponciano se le acercó.
- Mira, Pinedo - le dijo -, te presento a mi amigo Roberto Ríos, maquinista de la lancha. Lo invité a venir hasta que entrara de guardia y... ya has visto, si no es por él no sé qué hubiera pasado.
Roberto era el centro de la atención. Vestía un dorman sencillo de dril azul fluminense, que los oficiales de la marina mercante brasileña usaban como uniforme y los de la Amazonía peruana lo adoptaron. Joven, de apuesto porte, atraía las miradas de las chicas, que con sus madres acudieron al oír el alboroto; simulaban no mirarlo, pero lo hacían de reojo, poniéndolo incómodo y turbado. Con forzada sonrisa estrechó la mano que Manuel le tendió diciendo:
- Tengo mucho gusto en conocerlo.

Hacía poco más de dos años que había llegado de Moyobamba, su tierra natal, en busca de ambiente más propicio para sus aspiraciones. La hacienda de su padre no las colmaba; sembrar, cosechar, criar ganado venderlo, búsqueda de una comodidad de estancamiento. Aprendió cuanto pudo ofrecerle la educación y cultura de su pueblo, pero se sentía vacío, presentía que había algo más, mucho más y quería ese más. Con su hermano Pablo, un año menor, aún se entretenían ayudando a su padre, más tarde lo hacían a los peones en las más rudas faenas, para no mantenerse inactivos y llegaron a la adolescencia, sanos y fuertes. De familia conocida y honorable, sus padres los veían dueños de la hacienda, casados con herederas que la agrandarían con su dote. El destino, o más bien el propio Roberto decidió de otro modo. El tiempo corría y él seguía sintiendo que algo le esperaba en alguna parte, lejos, muy lejos. Su padre le había visto alguna vez al caer la tarde sentado a la orilla del Mayo, pensativo, mirando deslizarse tropezando entre las piedras las ramitas secas que rompiendo tiraba a su rumorosa corriente; aprendió en el colegio que todas las aguas buscan mayores cauces, grandes ríos y van hasta los océanos cruzando tierras, otras ciudades, grandes capitales. Las enviaba como mensajes de su latente deseo de lo desconocido. Una tarde, al terminar la comida, sin ningún preámbulo dijo:
- Papá, quiero ir a conocer otros sitios. Deme usted permiso para viajar.
Don Marcial sin contestar lo miró larga y detenidamente; doña Manuela rompió a llorar.
- Cuando me instale en alguna parte - continuó con la seguridad de la determinación-, si Pablo quiere, lo haré ir.
Un tenso silencio sólo interrumpido por los gimoteos de la mamá siguió a las palabras de Roberto. Al fin habló don Marcial.
- De modo que quieren abandonar todo lo que va a ser de ustedes... lo que están aumentando con su trabajo.
- No es eso papá, pero... usted sabe que esto no es para mí, no porque me asuste o no me guste el trabajo... Yo quiero algo más.
- ¿Qué?
- No sé... sólo lo sabré encontrándolo.
- ¿Dónde?
- Quien sabe... quizá muy lejos. No llore usted, mamá, yo también siento pena como ustedes, pero... no vamos a separarnos para siempre, he de volver y he de estar escribiéndoles siempre. No trate usted, mamá, de acobardarme con sus lágrimas.
Don Marcial comprendió, ambos esposos compartieron la pena de esa comprensión y se resignaron. No debían obligar a sus hijos a soportar las limitaciones que ellos habían sufrido; venían otros tiempos, el mundo se agrandaba, había que conocerlo, Roberto tenía que partir. Prepararon su viaje: una bolsa enjebada con lo indispensable, fiambre para varios días, diez libras en el bolsillo y en marcha. Supieron contener las lágrimas para no hacer triste la despedida. ¿Chachapoyas?... ¿Iquitos?... Las ramitas que flotando se habían dirigido hacia el mar fueron el señuelo de su rumbo; tomó el camino hasta Balsapuerto en el Cachiyacu, después el Paranapura en canoa a Yurimaguas y por último en balsa a Iquitos. Viaje de casi un mes.
El panorama de esta naciente capital visto desde Padre Isla en un amanecer tuvo mucho de nuevo y atractivo para Roberto; los primeros rayos del sol saltando sobre las ondas de un inmenso caudal que se deslizaba amorosamente a los pies de la población, reflejándose en los brillantes techos de calamina de las casas, proyectándose al espacio como saetas luminosas buscando el infinito, en un silencio rumoroso de lejanos y extraños sonidos, que nunca había oído.
Una feliz coincidencia hizo que la balsa encostara cerca del muelle de la factoría del gobierno: 25 buques acoderados, astillero, maquinaria para reparaciones navales. Con su bolsa enjebada al hombro subió la cuesta y la curiosidad le hizo acercarse al edificio; una altísima chimenea despedía bocanadas de negro humo hacia el firmamento, como aliento de cíclopes mecánicos. Se quedó absorto mirando un grupo de trabajadores que estaba moviendo una enorme máquina sobre vigas, tablones, tubos, hacia la puerta principal; ordenes, gritos, imprecaciones de uno que dirigía la maniobra; introducían palancas, las levantaban, colocaban tablones, tubos, empujaban, avanzaban un palmo, otro palmo...De pronto a uno que estaba sosteniendo una palanca se le escapó de las manos y con violencia aplastó su desnudo pie contra el suelo... ¡un grito de dolor!...turbación general. Trataron los otros de introducir palancas para alzar la máquina y dejarla libre ya que había aprisionado el pie del obrero... ¡imposible! Roberto tiró su bolsa, se acercó rápidamente, sin vacilación cogió la palanca que aplastaba el pie y con desesperado esfuerzo la levantó… el herido quitó el pie y se tiró al suelo retorciéndose de dolor; los otros introdujeron un taco de madera bajo la máquina y Roberto retiró la palanca. Todos se quedaron mirándolo, un gringo alto se le acercó.
- ¿Cómo te llamas? - le pregunto con marcado acento alemán.
- Roberto Ríos señor.
Lo miró de pies a cabeza como midiéndolo: alto, recio, manos grandes en musculosos brazos, cara de muchacho, mirada penetrante que parecía estar siempre preguntando, sucio del penoso viaje y con la barba crecida.
- ¿De dónde vienes?
- Acabo de llegar de Moyobamba.
- ¿Quieres trabajar?
- ¡Sí, señor! - con un destello de alegría en los ojos.
- Bueno, ven mañana antes de las siete, pregunta por Alejandro Speg, ese soy yo, y que te lleven donde trabajo - y se fue.
Ya había tocado el pito de salida del mediodía. Un joven alto, robusto, que había estado escuchando, se le acercó.
- Eres arriesgado - le dijo - y tienes suerte. Yo trabajo con don Alejandro, que es muy buen jefe, te espero mañana.
- ¿Cómo te llamas?
- Emilio Wesche.
Trabajo, un buen jefe, un amigo, la primera conquista de Roberto. Le resultó fácil adaptarse y aprender, puso atención y voluntad en cuanto le mandaban hacer, buscó y compró libros, fue escalando posiciones y pronto estuvo al nivel de Wesche. Al paso siguiente ambos fueron designados para desempeñar el cargo de maquinista. Su hermano Pablo, seducido por las noticias de su progreso, relatadas en cartas tan frecuentes como lo hacia posible la distancia y dificultad de las comunicaciones, no vaciló en viajar en pos de él. El trabajo y el aprendizaje le esperaban.
Todo les iba muy bien, pero al cabo de dos años recibieron malas noticias: don Marcial había enfermado gravemente. De inmediato viajaron de regreso y apenas llegaron a tiempo para recibir su bendición. El golpe fue rudo, pero lo asimilaron con serenidad y firmeza; organizaron las exequias y cumplidas estas se vieron confrontando un dilema: su desolada madre en la abandonada hacienda y la brillante perspectiva que les ofrecía su nuevo trabajo en una ciudad impulsada hacia el progreso. Después de muchas noches de cavilación resolvieron y propusieron a la mamá llevarla a Iquitos.
- Pero... ¿qué voy yo a hacer allá?
- Usted no va a hacer nada mamá, nosotros vamos a cuidarla. Allá todo es distinto y esa novedad disminuirá la pena que este ambiente de la hacienda la hace más grande. Hemos hablado con el primo Dionisio para que administre la hacienda y nos mande lo que produce.
Y se instalaron en Iquitos. Roberto viajaba, Pablo trabajaba en la factoría y doña Manuela encontró consuelo y tranquilidad. La cariñosa presencia de sus hijos alivio lentamente el dolor de la pérdida de su esposo, el recuerdo de su lejana Moyobamba, la placidez de sus visitas a la capilla del Señor del Perdón, transformando su sentimiento en una dulce nostalgia que compartía con ellos.

- Del mismo modo señor Pinedo.
- Por su apellido me parece que usted debe ser de Rioja.
- Mis padres nacieron allí, yo nací en Moyobamba.
- Entonces somos paisanos, y mi mujer también es de Moyobamba. ¡María! - llamó a su esposa que estaba cerca - Éste joven es paisano nuestro, ¿te acuerdas de los esposos Ríos, don Marcial y doña Manuela?...Es hijo de ellos.
Una expresión nasal muy típica inició la respuesta.
- Ummm... Así que su mamá es doña Manuela - le extendió la mano - la conocí, ¿qué sabe usted de ella? Porque seguramente debe estar allá
- No señora. Hace poco que la hemos traído a Iquitos -contestó Roberto estrechándosela - Mi papá murió y no quisimos que se quedara allá sola.
Contestaba casi sin mirarla, pues notó que Teresa le tenía clavados sus ojos y algo hacía que no pudiera apartar los suyos; trató y no pudo, ella seguía mirándolo como abstraída; la atención concentrada en él la favorecía y él sentía algo inefable al mirarla.
- ¡Qué pena! - se condolió María le va a dar mi pésame - y al notar que se estaban mirando, agregó - le presentó a mi hija Teresa.
- A sus ordenes señorita.
Recibió la mano que la chica le extendió, al contacto sintieron un tibio cosquilleo por todo el cuerpo, le presionó suavemente, ella respondió levemente; el corazón les latió con más prisa, con los ojos querían decirse algo que no sabían ni entendían; sonriente ella, serio, tenso él. Les pareció una eternidad y sólo fueron unos segundos.
- Igualmente joven.
Se soltaron suavemente, los brazos se les cayeron como exhaustos por un sobrehumano esfuerzo, la sensación de algo grandioso y desconocido quedó en todo su ser. Ella nunca había sentido nada semejante, él, conoció chicas, mujeres, las persiguió, las conquistó, pero nunca experimentó nada igual. Para ambos era como un extraño, glorioso y placentero amanecer. Manuel, ausente de tal emoción, habló nuevamente.
- Venga mañana, amigo Ríos, para hacer recuerdos de nuestra tierra - y buscando hacer más firme el acercamiento añadió - y ahora que recuerdo, tengo unas escopetas malogradas que quisiera que vea si tienen compostura.
- Está bien señor Pinedo.
- Pero, pasemos al salón. Olvidemos lo sucedido y vamos a divertirnos.
La fiesta se reanudó. Volvió a oírse la música, las parejas de nuevo a bailar y continuó la diversión.

EL COLMILLO DEL LAGARTO. Capitulo IX

El final de un sueño-continúa. Al llegar la noche se metió en su camarote y se acostó. Imposible dormir, pensaba en Teresa, en el dolor ...