viernes, 12 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXXI


Pasaron algunos días de tensa ansiedad, sin bolas ni rumores en relación con el encuentro que nuestras tropas habían sostenido en Gueppí; parecía, más bien, que todos tratáramos de no hacer comentarios ni menos suposiciones, como si tuviéramos el temor de llegar a saber algo peor de lo que nos estaba ocurriendo; no queríamos alentar la esperanza de éxitos alcanzados y menos pensar en que pudiéramos sufrir otro revés. Hasta que por fin se confirmaron las noticias; aparecieron algunos informes periodísticos y más tarde el detalle de toda la acción.
Se comprobó entonces que los colombianos habían desistido de su ataque a Leticia; que la anunciada expedición punitiva había variado su plan y estaba atacando otros puestos de la frontera peruana, de cuya situación de abandono y falta de elementos de defensa, posiblemente se había enterado.
Recién después de la pérdida de Tarapacá, el Comando de las Operaciones del Nor- Oriente se dio cuenta de que dicha expedición podía atacar los puestos del Putumayo, de los que los más importantes eran Puerto Arturo y Gueppí, cuyas defensas dejaban mucho que desear y cuyo efectivo militar, armamento y abastecimientos eran insuficientes.
Recién entonces, al comprender el peligro, precipitadamente, el Comando del Nor- Oriente ordenó el regreso de las Compañías que había retirado de Puerto Arturo para trasladarlas a Leticia; recién entonces se dio cuenta de que Puerto Arturo, centro de operaciones del Putumayo, no debió ser desguarnecido; recién entonces reconoció la importancia de Gueppí, como guardián de dos fronteras, que increíblemente, un mes antes de ser atacado sólo tenía 82 hombres.
El coronel Ramos al tomar el Comando inmediatamente después de haberse producido el conflicto e inspeccionar las fronteras, se había dado cuenta del estado de las guarniciones, la insuficiencia de tropas y la falta de armamentos y estuvo clamando al Alto Comando y al Ministerio por el envío de material y armamento, pero sólo encontró falta de atención y una incomprensible resistencia.
Gueppí estaba, pues, casi abandonado, incomunicado con casi todas las guarniciones por falta de equipos de transmisión o averías constantes en ellos, tanto que, oficialmente se mencionó, que para comunicarse entre puestos cercanos del Putumayo se estaba usando un sistema primitivo de comunicación de las tribus selváticas, al que se le dio el nombre de “manguaramas” y consistía en transmitir por golpes en troncos huecos de manguaré*, señales convencionales... ¡En pleno siglo XX!...
En tanto, las fuerzas colombianas se hacían cada vez más presentes; sus cañoneras y las lanchas peruanas apresadas “Sinchi Roca” y “Huayna Cápac”, subían y bajaban frente a Gueppí, transportando tropas y material a los emplazamientos que abrían en la margen opuesta: arriba de la boca del río Gueppí una concentración de tropas y material y abajo una base naval y aérea, desde donde, diariamente, efectuaban vuelos de reconocimiento.
Días antes del ataque a Tarapacá, las fuerzas colombianas ocuparon las islas peruanas frente a Gueppí, denominadas 1 y 2, apresando a tres soldados peruanos.
No eran pues, molinos de viento, castillos o barcos encantados, ni botijas de vino, que nos expusieran a una quijotada... eran cañoneras con muy buena artillería, tropas muy bien armadas en número, a simple vista muchas veces mayor a las defensoras de Gueppí. Pero la consigna era esperar el ataque. Una disposición del Comando General de las Operaciones del Nor-Oriente, decía que las tropas peruanas no debían abrir el fuego mientras no fueran atacadas. Tal disposición tenía vigencia en todos los frentes.
Despejada la incógnita, el Comando trató de concentrar tropas en el Putumayo. Seis días después de la toma de Tarapacá, una Compañía de reclutas se embarcó en Iquitos al mando del capitán Tenorio, con destino al Gueppí. Apilados como reses en una lancha de 60 toneladas después de 9 días de penoso viaje llegaron a Pantoja; atacados por el paludismo y la disentería, tan enfermos que muchos tuvieron que regresar, los demás, a marchas forzadas, cruzaron el varadero de Pantoja a Gueppí.
Un viaje así, desafiando la inclemencia de la selva, a través de accidentadas trochas y pantanos interminables, es durísimo; no sólo causa fatiga y agotamiento físico en el hombre extraño a ella sino que puede perturbarlo síquicamente, según su temperamento y carácter, por las dificultades que tiene que afrontar, por la amenaza de las enfermedades endémicas, como las fiebres palúdicas, contra las que la tropa tenía muy poca protección.
La Compañía llegó a Gueppí disminuida por los muchos enfermos y la guarnición solo alcanzó un efectivo de 194 hombres con sólo 5 ametralladoras y 4 fusiles ametralladora. En cuanto a las defensas, mucho les faltaba para ofrecer eficiente protección a la tropa y resistencia a los atacantes… ¡No tenían una sola pieza de artillería!
Tan precaria situación trataron de mejorar haciendo más trincheras y organizando las fortificaciones, alentados por la esperanza de que pronto llegaran la artillería y los refuerzos que estaban en camino, a dos jornadas en víspera del ataque, o decididos a mantenerse firmes en sus posiciones.
El domingo 26 de marzo, las cañoneras colombianas entraron a las aguas peruanas, atacando simultáneamente el Puesto Nº 2 en la boca del río y el Puesto Nº 1 más abajo del centro de los emplazamientos, con intenso fuego de artillería de los buques y de las islas que habían tomado, protegiendo el acercamiento de los transportes, las lanchas peruanas apresadas y otras colombianas, para el desembarco de las tropas que conducían, en una formación abierta como abanico.
Tres aviones de caza y tres de bombardeo se sumaron al ataque: bombardeo y ametrallamiento de las posiciones. Después de 3 horas de dura resistencia, ante el intenso fuego enemigo y al desembarco de las primeras tropas frente al Puesto Bolognesi, la sección que lo defendía abandonó las posiciones y se replegó, igualmente los defensores de los puestos 1 y 2; el fuego enemigo empezó a concentrarse en las posiciones centrales y las tropas que desembarcaban empezaron a cerrarse sobre los defensores, que sólo podían oponerles el fuego de sus ametralladoras y de fusilería, sin causar mayores daños.
El grueso de la Compañía, para evitar ser envuelta y copada recibió la orden de replegarse hacia el varadero; la sección del teniente Garrido Lecca, se replegó a la segunda línea de trincheras para proteger la retirada de las otras secciones y la trocha del varadero; allí, el soldado Alfredo Vargas Guerra desafió, con solo su fusil, la superioridad numérica y el fuego de los atacantes y se sostuvo hasta caer destrozado por la metralla... el oficial cayó prisionero.
Solo quedaron en el centro de los débiles emplazamientos 7 hombres, parte de un grupo de combate al mando del sargento Fernando Lores, para proteger la retirada de la Compañía y el acceso del enemigo al varadero, con sólo una ametralladora...
El soldado Reynaldo Bartra Díaz defendiendo el ala izquierda y el cabo Alberto Reyes el ala derecha, hicieron fuego hasta enrojecer sus fusiles; Lores, seguido de su cargador y sus proveedores corría de un lado al otro del foso, disparando su ametralladora sobre los atacantes, tan intensamente que parecía que fueran muchos los defensores que estuvieran tras de la trinchera... Ese grupo fue la última defensa de la guarnición de Gueppí. ¡Todos eran loretanos!...
Fue una misión de sacrificio, que ninguno vaciló en asumir... ¿Por disciplina?... ¿Por principio?... ¿Por amor a su tierra?... En el supremo instante de su decisión todos esos sentimientos se conjugaron y crecieron en tal magnitud, que desbordaron los límites de lo humano y lo posible, cruzaron los dinteles de lo épico con tan luminosos resplandores, que disiparon toda sombra y cualquier duda.
La artillería colombiana concentró su fuego en el último reducto, las tropas avanzaron para cercarlo y reducirlo, con poderoso fuego de ametralladoras y fusilería... cayó Bartra Díaz… cayó Alberto Reyes… y enmudecieron sus armas... en el fondo de la trinchera ya no quedaba de ellos más que ensangrentados despojos y sus humeantes fusiles... pero, la epopeya no había terminado...
Una ametralladora seguía vomitando fuego, como si fueran muchas y estuvieran en distintos sitios. . . era el sargento Lores que se trasladaba como en alas del pensamiento, salía de distintos puntos y disparaba ráfagas de muerte... El tiempo parecía detenerse admirando su temple y su coraje... su sangre ya empapaba su uniforme... vio caer a otro de los suyos a sus pies, se inclinó para ayudarlo… estaba muerto... se irguió de nuevo, él también estaba herido y sangrando, rompió el borde de su chaqueta y lo hundió en su ingle, por la cintura del pantalón, sin un gesto de dolor...
Dos de sus últimos hombres, Pinche y Revilla, heridos, sangrantes, incapaces de moverse, trataban de arrastrarse para ir tras él... lo seguían con la vista de uno al otro extremo del foso, como a una exhalación; lo veían salir y disparar ráfagas de metralla lanzando gritos de desafío... los demás no podían verlo porque estaban muertos... ¡Se había quedado solo!...
Salió de la trinchera al encuentro de la gloria, disparando y cubriéndose en los huecos del terreno... ¡era la furia de la selva convertida por sus manos en tempestad de plomo!... ¡era la voz de un hijo de la selva en ronco tronar de metralla amenazando muerte!... ¡era un corazón palpitando Patria, que agigantaba un arma para contener la avalancha del número y la fuerza!...
Pero el enemigo avanzaba incontenible disparando nutridamente, cada vez más cerca... Lores emergía y disparaba, desaparecía y aparecía en otro sitio para volver a disparar... Tal esfuerzo no podía durar… el milagro tenía que acabar porque la inmortalidad venía a su encuentro llameando plomo y envuelta en fuego… una ráfaga enemiga le rodeó la cintura en mortal abrazo y lo destrozó... alzó los brazos con la ametralladora empuñada como para lanzarla en postrer desafío… se dobló lentamente y hundió su cabeza en el suelo en actitud de reverencia... como para besar la tierra y se dio la vuelta para mirar por última vez el sol de su selva.
¡Quizá una maldición fue su último esfuerzo, no porque se sintiera morir, sino porque ya no tenía fuerzas para seguir defendiendo su tierra que tanto amó!...
Un médico colombiano contó después, narrando la toma de Gueppí, que al llegar cerca de la trinchera a reconocer al que se había multiplicado disparando su ametralladora para contener el ataque, viendo todavía en el cuerpo ensangrentado algunos signos de vida, se inclinó para mirarlo mas de cerca y tomarle el pulso... Lores abrió los ojos y en un supremo esfuerzo le lanzó un escupitajo.
Mientras tuvo fuerzas para disparar su ametralladora regó muerte entre los que invadían su tierra e insultaban su amor patrio…destrozado ya, su último aliento fue el desprecio lanzado a la cara del invasor...
¡Cayó el titán y los colombianos ocuparon la plaza que había ofrecido resistencia mientras estuvo con vida un loretano!... ¿Esa era la cobardía que el general Sarmiento achacaba a los hombres de la selva?... ¡Si así eran los cobardes... cómo serían los valientes!



MANGUARE* .- Troncos huecos dispuestos en pares, usados por los indígenas amazónicos como telégrafo al ser percutidos; se llama “macho” al grave, y “hembra” al menos grave y más pequeño.

martes, 9 de septiembre de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXX

Con motivo de la recepción que merecía mi regreso y para la información que necesitaban los amigos del “Estado Mayor”, nos reunimos después de la comida en un rincón de la cuadra; no sé de dónde conseguirían chocolate y mientras lo preparábamos a una sola mano en un improvisado fogón, para saborearlo con unas deliciosas galletas, también de origen desconocido, bebíamos el contenido de unas botellas, del que hacía encendidos elogios su artífice Sifuentes, que, la verdad, si las recetas las preparaba con la misma ciencia que los tragos, sólo por milagro los pacientes no morían o quedaban locos.
Al cabo de tres horas todos estábamos más que alegres, hablábamos de todo y rajábamos de todos... los ausentes, especialmente de ciertos oficiales, pero no acertábamos a ponernos de acuerdo en nada y cada quien, en irreductible posición, no se daba por convencido.
Yo debía embarcarme en el “Manco Cápac” a las 10, de nuevo en comisión; todos me acompañaron al puerto, pero Dositeo, quien más cerca de mí estaba, no podía disimular su pesadumbre por mi rápido regreso y sus grandes deseos de seguir viajando a Caballo Cocha.
El “Liberal” también estaba listo para zarpar, en él fue embarcado el prisionero del Cotuhé, que la Comandancia remitía a Iquitos; lo observé: era un tipo común y corriente como cualquiera de nosotros y al verlo sentí como lástima, todo sucio y barbado, con el pantalón y la camisa rotos, sin zapatos; sentado en la tapa de la escotilla, encorvado como por el peso de sus caídos brazos, con la cabeza agachada, paseaba lentamente miradas de reojo, como atontado, como con miedo; tenía cerca un soldado armado que lo vigilaba… ¿sería el espía que se imaginaron?... Parece que nada declaró, posiblemente porque nada sabría... pero ¡qué diablos!.. estaba en la mermelada y allá con él... Nosotros podíamos haber corrido igual o peor suerte... Como muestra de nuestra ferocidad y lección para todos los colombianos, debíamos devolverlo a su tierra tal como estaba.
Al mediodía siguiente llegamos a Caballo Cocha y como casi todos los viajes, éste fue otra excursión, pero tuve otra triste y desagradable comprobación: el convencimiento de que nuestro mal tenía raíces tan grandes que en todas partes hacía germinar el aprovechamiento ilícito, el robo disimulado, la desvergüenza de abusar de la confianza para despojar a humildes en beneficio propio.
Regresaba a bordo al almuerzo, y al tomar la plancha, a la mitad de ella vi a un civil saliendo cargado de un saco de harina. Esperé a que llegara al final de la plancha y sin que pudiera salir a la orilla lo detuve y pregunté:
- ¿A dónde lleva usted esa harina?
Me miró y luego de un instante de vacilación contestó:
- A tierra… no es para mí... me han buscado para cargar...
En aquel momento otro apareció en la borda del buque y apresuradamente se acercó. Era un desconocido.
- Es de este señor -agregó el cargador- Pero déjeme pasar.
El otro intervino y mirándome con cierta atención dijo:
- La harina es mía… yo la he comprado a bordo…
- Pero usted sabe que esta harina no se puede vender -le interrumpí- es para el rancho de la tropa y de la tripulación. ¿Quién se la ha vendido?
- Vea, déjenos pasar que se está cansando el hombre y luego hablaremos.
Accedí, pero tan pronto como el cargador pisó tierra lo detuve:
- Espera un momento, baja tu carga.
- ¿Por qué? Estoy apurado -dijo el otro- ¡Vamos!
- ¡No! -le dije interponiéndome y algo exaltado. Quiero saber quién le ha vendido esa harina.
- ¿Y quién es usted para averiguarlo?
Lo miré fijamente poniendo la cara más autoritaria, mi uniforme, siempre cuidado y limpio, me daba apariencia de clase, mi actitud estaba abonándola; lo noté algo intranquilo y me atreví:
-Luego sabrá quién soy; lo que quiero es que me diga quién le ha vendido la harina.
- Sabe, yo soy una persona seria. He pagado por esa harina porque la necesito. No la estoy robando...
- No le digo que la esté robando, sólo quiero que me diga usted quién se la vendió.
Nos miramos fijamente, estaba serenándose y acaso se dio cuenta de que yo era un simple preguntón, un iluso que quería arreglar el mundo y aclaró:
- Vea, si quiere saber quién me vendió la harina, pregúntele al comandante de la lancha, ahora déjenos pasar, que este hombre se está cansando inútilmente.
Ya no tenía argumentos ni fuerza para detenerlo, además ya me había dicho lo suficiente y para concluir… ¿Qué más podía hacer?... Me sentí avergonzado de mi impotencia e indignado de tropezar con tanta podredumbre a cada paso... ¿Qué se podía exigir a un ciudadano con semejantes ejemplos?
Lo sensible era que tales procedimientos afectaban a los subalternos haciéndoles pasar estrechez, mientras los otros despilfarraban, se banqueteaban, se emborrachaban con el fruto de sus indignas combinaciones.
Al día siguiente se embarcaron 46 cargadores y muy temprano zarpó el barco. Como a las 9 llegamos a la boca del Hamaca Yacu, los embarqué junto con los 21 hombres de tropa de línea en el bote-motor y en la montería de remolque y los conduje hasta el puerto del varadero. Estaban esperando 42 enfermos que regresaban del Cotuhé, 6 de los cuales estaban tan mal que no podían tenerse en pié, por lo que los cargadores que regresaban tuvieron que conducirlos en angarillas.
Humberto Campos también regresaba, pero estaba entre los menos graves, lo que me alegró muchísimo y en parte alivió mi pena de ver tanto sufrimiento. Pese a estar débil y demacrado seguía decidido, impetuoso y creyendo en el triunfo de nuestra causa, por lo que no quise desilusionarlo con mis incertidumbres. Al otro días llegamos a Leticia y todos, inmediatamente, fueron internados en el hospital.
El Agrupamiento Táctico de Leticia seguía igual: ejercicios continuos día y noche, ya todos lo hacíamos casi mecánicamente, aunque algunas veces yo no podía evitar cierta emoción, tal, cuando a mi regreso encontré una novedad; como a las 11 de la noche se elevó un cohete luminoso disparado en Ramón Castilla, casi inmediatamente se elevaron otros iguales en Saraiva, Boa Vista, San Antonio y en nuestra posición, oyéndose simultáneamente el toque de generala. Se trataba de comprobar que tanto estaban listas las unidades para responder a la señal de alarma y si las comunicaciones entre ellas ofrecían seguridad. Yo, como de costumbre debía estar directamente a órdenes de la Comandancia y del Jefe del Estado Mayor, el mayor Vásquez Caicedo, quien estaba increíblemente, en todas partes, de día o de noche y sorpresivamente aparecía en las trincheras, en las cuadras, en el puerto, como un fantasma. Parecía hacerse el loco o era muy distraído; por lo general, donde encontraba un soldado lo detenía, le preguntaba a qué unidad pertenecía y luego le ordenaba seguirle, diciendo que lo necesitaba, lo hacía caminar detrás suyo por donde iba, que generalmente era a todos los emplazamientos, y por último lo despedía: ¡Ya no lo necesito!... ¡Puede usted retirarse!... A veces eran más de dos a los que hacía que lo siguieran...
Un día fue a buscarme al Palomar llevando un legajo de papeles, para conducirlo en el bote-motor, se embarcó, preparé el motor y antes de ponerlo en marcha le pregunté:
- ¿A dónde vamos, mi mayor?
Me miró entre sorprendido e inquisitivo y contestó:
- ¿Y para qué quiere usted saberlo?
No pude dejar de sonreír, lo que sí tuve que contener fue una carcajada, porque su pregunta no era para menos y le aclaré:
- Tengo que saber a dónde debo dirigir el bote, arriba, abajo o a la banda, mi mayor.
Volvió la vista riéndose, señaló la orilla opuesta y dijo:
- ¡A Ramón Castilla!
Incidencias como ésta suavizaban el tedio y el aburrimiento que en Leticia nos consumía, porque ya ni los rumores ni las bolas nos sorprendían o inquietaban. Una de las últimas fue que si hasta el 12 ó 13 de abril no atacaba la expedición punitiva colombiana, ya no lo haría más... No lo creí entonces... ¡No era posible! ellos debieron atacar aunque no hubiera sido mas que para darnos el gusto de ver si nuestros cañones hacían blanco o las minas estallaban... o siquiera para saber si yo era valiente, o por lo menos saber cómo me hubiera sentido, si hubiera tenido miedo ante el peligro...
El “Estado Mayor” también había sufrido cambios sin perder dignidad ni categoría; nuevos elementos ingresaron para sustituir a los ausentes: Zubiaurr que había regresado a Iquitos, Ross, Aguilar, Bardalez que habían vuelto a Puerto Arturo, Campos que debía ser evacuado a Iquitos por su enfermedad; nuestras reuniones eran constantes en lo posible, siempre entre recuerdos y tragos, que ambos teníamos en abundancia, tratando de ahogar aquéllos con éstos; bebíamos, mas buscando consuelo en el olvido, que porque tuviéramos disposición de beber o el placer de hacerlo; nuestro ambiente estaba siempre inundado de algo como una triste alegría, una esperanza que queríamos conservar, una ilusión que era la dueña de nuestros pensamientos y vivía en él.
Y mientras nosotros tratábamos de distraer la vida, un parte de la Comandancia anunció la muerte de un muchacho de mi Compañía, que había viajado de regreso a Puerto Arturo. Según la versión cayó de la lancha cuando estaba navegando y se ahogó. Su nombre era Miguel Flores Freitas y le llamábamos “Chonta Purillo”, porque era un mozo muy fuerte. Y en el hospital de Leticia el soldado de artillería Tiburcio Chasnamonte Sias dejó de existir víctima de las fiebres. Fue uno de los 6 que regresaron graves del Cotuhé a donde había partido como voluntario en la primera expedición de auxilio para Tarapacá.
Eran las avanzadas hacia la muerte, en nuestra desdichada campaña, a la que fueron arrastrados por su amor patrio, por su sueño de reivindicación, por la defensa de su tierra, por su conciencia de loretanos; el uno habría encontrado su sepulcro en el inmenso caudal del Amazonas, la verde ribera sería su fastuosa mortaja y la inmensidad del firmamento su eterno mausoleo; el otro tuvo un féretro, flores silvestres, blancas y rojas, símbolos de la enseña por la que dio su vida, tuvo coronas que sus compañeros tejieron con sus propias manos, como fraternal homenaje; fue acompañado por ellos a su última morada, como en un glorioso desfile hacia el triunfo, con la misma música que otrora los guió, ciegos de entusiasmo y esperanza en el rescate de su tierra, única digna de quienes se sacrificaron en tan cruel abandono.
Lo vi pasar encabezando el fúnebre cortejo, como un triunfador, en hombros de sus compañeros; la marcha, cuyos acordes se desprendían como alaridos, me oprimía el corazón y al verlo pasar para nunca más volver, sentí impulsos de gritar, de detenerlo... No había lágrimas en los ojos de los soldados, en sus graves rostros se veía, mas bien, algo como un gesto de amenaza; fueron las bayonetas, las que al quebrarse el sol en ellas, reflejaron destellos que parecían lágrimas de gloria.
El rústico palo que en cruz se irguió orgulloso de ostentar su nombre, pregonará a quien lo lea: ¡Aquí yace un mártir!... ¡Murió por la integridad de su Patria... y el suelo por cuya redención cayó, las raíces seculares de su inmensa tierra, velarán su sueño en eterno abrazo!
Ya caían los primeros y entonces aún creía que del fondo de sus fosas el tronar de los cañones, esa voz potente y ruda que estremece hasta los suelos, con gran júbilo oirían... y el fragor de la metralla, el silbido de las balas, llegaría hasta sus tumbas proclamando redención...
Pasaron algunos días y en un nuevo viaje a Caballo Cocha me encontré con una agradable sorpresa. Llegamos como a las 9 e inmediatamente después de puesta la plancha salté a tierra; subía distraído cuando de pronto... ¡Miguel Flores Freitas!...
Era natural que me sintiera sorprendido del encuentro y muy posible que si hubiera sucedido en la noche me asustara creyéndolo un fantasma...
- Pero... ¡entonces no estás muerto!... -exclamé, sin atinar a explicarme y algo confundido-¡entonces no es cierto que te has ahogado!...
- ¡No! -me contestó riéndose de oreja a oreja al ver mi sorpresa- tuve mucha suerte cuando me caí.
Me contó entonces que cuando partieron de Leticia, en la noche, él y un grupo de amigos se pusieron a beber; sintiéndose mareado abandonó la reunión y trató de pasar de la lancha a la alvarenga, en la que había puesto su hamaca, pero puso el pié en vacío y cayó al río, entre las dos embarcaciones, en plena navegación, sin que pudieran sujetarlo los que estaban cerca. Con el susto y con el agua, instantáneamente se le pasó la borrachera, gritó, pero en vano, la lancha se alejaba rápidamente; tuvo-como dijo- mucha suerte, porque la lancha navegaba cerca de la orilla; nadó y tuvo fuerzas suficientes para hacerlo hasta tocar tierra. Tomó aliento, se subió al barranco, exprimió sus ropas y esperó que amaneciera, un tanto intranquilo por el temor de alguna víbora; en cuanto la luz del amanecer le permitió, echó a andar por la orilla, siguiendo la corriente del río, por entre fango, matorral y palizada, hasta que llegó, ya tarde, al tambo de unos ribereños, quienes, cuando se identificó, lo acogieron cariñosamente y le dieron de comer.
Repuestas sus fuerzas, pidió que lo llevaran a Caballo Cocha, pero, el que parecía ser el jefe de la familia le dijo:
-Aquisito nomás es Chimbote... Mejor mañana te voy a llevar allá para que el gobernador te mande. Mi canoa no vale para ir hasta Caballo Cocha.
Sobre el emponado le pusieron unos sacos vacíos para que se acostara y al día siguiente, muy temprano, el amigo que había conseguido lo guió por una trocha hasta Chimbote, donde se presentó al Gobernador, quien tuvo dificultad para encontrar bogas para la embarcación que necesitaba; le ofreció para el día siguiente a primera hora tener lista la comisión que debía llevarlo a Caballo Cocha.
Y ahí estaba Miguel Flores Freitas, el “Chonta Purillo”, vivito y ufano de su aventura... ¡Qué tal chasco el mío!... Yo que lo había envuelto en una aureola de gloria, inmensidad y… ¡qué se yo!.. Creo que debió ahogarse de veras para no perderse el panegírico...
Al regreso de Caballo Cocha me enteré de los rumores de un combate en Gueppí, la guarnición peruana más avanzada del Putumayo. Esperábamos con impaciencia la confirmación de la noticia y de ser cierta, los detalles de la acción. Estábamos comprobando que los colombianos habían desistido de atacar Leticia con su cacareada expedición punitiva y lo estaban haciendo a otras guarniciones.
Pero hubo algo más grave aún. Se había difundido cierta declaración del general Sarmiento, Comandante en Jefe de las Operaciones del Nor-Oriente, en el sentido de que la pérdida de Tarapacá se debió a “la cobardía del soldado de la montaña, que en el momento del peligro huye”...
Era evidente que la actitud del teniente Gonzalo Díaz, a cuyo mando estuvo la guarnición de Tarapacá cuando fue atacada, quería ser justificada en esa forma; se notaba que había el propósito de ocultar las verdaderas causas del descalabro: la incuria y negligencia del Alto Comando, la ignorancia del general Sarmiento de la estratégica situación de Tarapacá, de su falta de armamento adecuado y escasa munición, de que sólo tenía 90 reclutas que la defendían y de la calidad de los oficiales, quienes, en lugar de levantar la moral y el espíritu militar de la tropa, la maltrataban y en el momento en que debieron dar ejemplo de valor y serenidad fueron el hazmerreír de sus propios soldados. Se notaba que el general Sarmiento trataba de eludir su propia responsabilidad, pretendiendo atribuir el fracaso a una supuesta falta de valor.
Según llegó a saberse, meses después, por una pública aclaración del coronel Víctor Ramos al general Sarmiento, el teniente Gonzalo Díaz fue un recomendado especial del gobierno.
En cierto modo ya estaba deseando yo, que definitivamente no fuera atacada Leticia, porque de serlo, si hubiéramos sufrido un desastre, no habría sido causa de ella la variedad y pequeño número de piezas de artillería, ni la escasez de munición tanto para ellas como para nuestros fusiles, ni la falta de armas automáticas... no hubiera sido nada de eso... la hubieran achacado a la “falta de espíritu de los soldados de la selva”...
El ambiente del agrupamiento en torno a este enojoso asunto se puso sumamente tenso, los corrillos cesaban en su conversación y se disolvían cuando nos acercábamos, todos hablaban en voz baja, como con desconfianza, se veían sonrisas burlonas, miradas maliciosas, todo nos parecía una indirecta y nos sentíamos indignados. No podíamos resignarnos a ser mirados como cobardes, pero estábamos impotentes para protestar de que se quisiera atribuir a los loretanos la derrota sufrida en el primer encuentro con el enemigo.
Y empezaron a surgir los incidentes. A la hora de rancho, dos sargentos, que está demás decir, que uno era loretano y el otro de Dios sabe dónde, por poquito se agarran a los golpes.
- ¡Esta sección ha llegado antes y debe pasar primero por las pailas!
- ¡Fuera de aquí, maricón!... ¡Primero pasan los hombres!
- ¡Ay chucha!... Así que te crees muy hombre... Aquí también los hay y cuando quieras ver uno avísame.
-¡Me estás desafiando, junagramputa, yo sólo me trompeo con machos, tu estás bueno para Tarapacá!
- ¡Hoy mismo vas a saber lo que es un hombre, concha tu madre!
El primero Arbulú, que estaba cerca, oyó el altercado, corrió y se interpuso entre los dos, gritándoles:
- ¡A su cuadra cada uno!... ¡y como sepa que han continuado con el pleito, a los dos juntos les voy a hacer tragar una ensalada de patadas!... ¡Fuera de aquí, carajo!
Y por la noche, en el patio de la cuadra, al salir de la “academia”, que como en todas las Compañías se hizo en la nuestra, “para levantar el ánimo de la tropa”, de repente se armó una discusión entre Dositeo y un soldado de la artillería, terminando por “trenzarse” en una lluvia de puntapiés, que si no hubiera llegado el sargento Chaparro a tiempo, se armaba una pelea general, porque ya estábamos mirando los de nuestro grupo, cuál serrano nos iba a tocar en la repartición de los puntapiés.
La tal academia tuve la paciencia de oírla, pero, el cabo que hablaba, cualquier cosa podría hacer, menos disertar sobre el tema en forma que pudiera ser provechosa
para los oyentes. Soportando pacientemente los rebuznos, pensaba en cómo podía haber oficiales que delegaran tan importante misión... ¿Sería comodidad, negligencia o incapacidad?.. . Solo ellos podían saberlo...
Pero nada influyó en nuestro particular idealismo y menos en nuestra decisión, que nos creyeran cobardes y trataran de humillarnos, nos conocíamos y los conocíamos muy bien y si hubiera llegado la hora de prueba, habríamos visto a quién le mordía el zapato...
Dos días después en una madrugada, mi grupo fue llamado a formar, armarse y salir al mando del sargento Encinas. Nos encaminamos al puerto y encontramos una comisión de 6 hombres al mando de un sargento que había llegado de La Victoria, conduciendo al subteniente Linares. Cuánto haría que nos estaban esperando, pero los encontramos en posición de atención, con el arma al portafusil, en dos líneas: 4 hombres detrás y uno a cada lado de Linares; el sargento delante, como a 6 pasos. Encinas mandó hacer alto como a 10 pasos, se acercó al otro sargento, se saludaron militarmente y aproximándose más aún, empezaron a hablar en voz baja: parecían estar transmitiéndose la consigna; luego sacó un documento del bolsillo, hizo firmar a Encinas en un hoja que le fue devuelta, se la volvió a guardar y, con otro se quedó Encinas.
Se volvieron a saludar y dando media vuelta mandó a su grupo adelantarse dejando solo a Linares, que evidentemente llegaba como prisionero; estaba correctamente uniformado, su pálido rostro acusaba nerviosismo e impaciencia, no miraba de frente a nadie ni decía una sola palabra. Encinas tampoco le habló, ni le saludó siquiera; ordenó que se colocaran 6 hombres a la derecha y 6 a la izquierda de Linares y uno cerrando la formación con el cabo a la cabeza y mandó marchar.
Me recordó la forma como llevan a los condenados a muerte en las películas y sentí lástima; lo condujimos a la Comandancia y Encinas cumplió el mismo trámite del puerto, para entregar a Linares con un oficial.
No le vimos más, como si se lo hubiese tragado la tierra; es posible que lo pusieran en compañía de Díaz, a quien no logré ver cuando llegó a Leticia, pero, según me enteré, fue conducido en idéntica forma y desde entonces estaba encerrado con centinela de vista. ¿Por qué lo trataban en esa forma, sí, como dijo el general Sarmiento, la pérdida de Tarapacá se debió a la cobardía de los soldados de la selva?

domingo, 31 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXIX

Otra vez miraba extraviado la turbulenta estela del barco, que, poco a poco se aquietaba quedándose en la lejanía; estaba de regreso después de una semana reconfortante, que alentó mis románticas ilusiones y mis dorados ensueños. Pero algo ensombrecía mi pensamiento: era el asunto de Leticia que estaba tomando mal cariz; empecé a darme cuenta del por qué de tantas dilaciones y de la falta de firmeza en las decisiones.
La toma de Leticia por los civiles fue respaldada por la Quinta División, a nombre de los Institutos Armados del país, haciendo suyo el movimiento y resuelta a afrontar la respuesta de Colombia cualquiera que ella fuera. Lo increíble fue que en la capital aparecieran acusaciones, empezaran a crear falsos temores, se apelara a la mentira y hasta al insulto y la diatriba, atizando rencores en el ámbito nacional.
La torpe desviación de la rivalidad política, germen de la desunión de los peruanos, cáncer que consume nuestro Perú, seguía latente. Las funestas consecuencias de hacía medio siglo, en parecidas circunstancias no fueron lección suficiente; el doloroso derramamiento de sangre, en desesperado esfuerzo, de miles de peruanos inmolados heroicamente, parecía haber sido olvidado; las cenizas de la destrucción, el luto de la patria, nada de ese trágico legado fue aprovechado como cimiento de salvadora peruanidad, como cruento símbolo de verdadero amor al Perú.
Igual que entonces, el personalismo criollo de ciertos políticos volvió a enseñar sus repugnantes y ponzoñosos dientes, hundiéndolos en quienes, con nuevos postulados, querían un nuevo orden social; trataron de empinarse al impulso de sus intereses, sin pensar en el bienestar del pueblo, en el interés nacional, en la integridad de la patria, sin importarles la lucha fratricida... ¡La historia se repetía!
Con desconcertante, con increíble desconocimiento de nuestra realidad regional, esos políticos creyeron ver o trataron de hacer aparecer la actitud de Loreto como hecho circunscrito a una sola región y como defensa de intereses particulares; pensaron y temieron que Colombia, poderosa en dinero, material bélico y tropas, con la ayuda de potencias extranjeras, pudiera vencer e ir a la colonización de nuestra selva; pretendieron que se interpretara el levantamiento loretano como el despertar de un pueblo oprimido, a la luz de la nueva ideología de reivindicaciones sociales que se estaba difundiendo con fuerza arrolladora al grito carismático de un nuevo líder que derrumbaría el sistema político imperante... Y su campaña se dirigió a influir en el gobierno la negativa a la ayuda que estábamos clamando.
¿Era posible que ignoraran o pretendieran ignorar que fue el grito de rebeldía del nativo, la protesta del despojado, el clamor de un pueblo, lo que de nuevo se alzó, después de tres años de sometimiento?... ¿Que fueron 57 regnícolas, quienes sintieron el desgarramiento de su tierra, los que rescataron Leticia?...¿Que fue el pueblo, nosotros, los que fuimos en su ayuda, casi desarmados y sin importarnos esto, porque bastaba nuestra presencia para significar la voluntad de los loretanos, que debió ser de toda la nación?
¡Infelices!... No conocían la patria que habían heredado, que debían defender y engrandecer; no se avergonzaban de verla disminuir de extensión lentamente…Para esos, atentos únicamente a colmar sus ambiciones y comodidades, solo existía Lima, y cuando alguna vez, inevitablemente, para desempeñar algún cargo, se vieron obligados a entrar a la Amazonía, se quedaron embobados en la contemplación de su verde y fantástica inmensidad, corrieron de una lagartija, se asustaron de un trueno... Pero el verdadero Perú se conmovió y miles de gargantas corearon el aleluya de la reivindicación.
Entraron esos políticos, esos diplomáticos. Como fantasmas del pasado aparecieron en el conflicto, no se arrepintieron de haber vendido la patria, no quisieron aprovechar de la oportunidad para lavar su afrenta, aunque fuera con su propia sangre. ¡Nos negaron ayuda!
Y no teníamos armas. Después de la revolución de Cervantes, el gobierno, olvidando que Loreto tiene tres fronteras que defender, envió un barco para llevarse las pocas que tenía la guarnición. El poder central necesitaba de ellas para sostenerse, los políticos para derrocar los gobiernos, los militares para exhibirlas en los desfiles. Y alentaban la esperanza de un arreglo pacífico, que ¡ojalá! se hubiera conseguido sobre la base del regreso de Leticia al seno de la patria.
Volvía decidido, casi resignado a afrontar lo que ocurriera; recordaba las palabras de mi novia, que serían la oración de aliento en los momentos de desesperanza, tristeza, dolor, fatiga… “te espero cada día con más amor…nada podrá separarnos”... “Cumple con tu deber, que yo rezaré por ti y por todos tus compañeros; por ti, especialmente que llevas lo más grande que puedo dar: mi amor”...
Me pesó haber regresado tan pronto, pues el comandante se extrañó de mi rápido regreso; quizá por eso la licencia no tenía plazo. Lo peor que encontré fue que mi Compañía y la Primera habían partido con rumbo a Puerto Arturo, es decir, los mismos que habíamos sido trasladados a Leticia... ¡algo extraño y muy chocante!... ¿Por qué éramos los mismos que tuviéramos que ir de un lado para otro?... ¿Acaso no había más gente en Iquitos?... ¿En el Perú?... Pero se quedaron los dos Rengifo, Acosta y Sifuentes; los tres primeros por haber estado en comisión en el Cotuhé y no haber regresado a tiempo y Sifuentes porque estaba haciendo de idóneo de farmacia; ellos y yo fuimos asignados a la Tercera Compañía del Batallón Nº 19.

Con los Rengifo volvió del Cotuhé uno de los soldados que estuvo presente en la acción de Tarapacá, quien nos contó muchos detalles increíbles, anteriores y posteriores.
Según su relato, la guarnición estaba aislada y sin comunicaciones, solo contaba con 94 hombres, incluyendo una sección de artillería con dos cañones Krupp; la infantería solo tenía una ametralladora. El jefe de la guarnición era el teniente Díaz, el segundo el subteniente Cavero y el jefe de la sección de artillería el subteniente Linares, los tres, a cual más despótico y abusivo. Con la justificación de no saber cuándo llegarían víveres, la ración de la tropa fue reducida al mínimo, pese a que había racionamiento suficiente, lo que lo demostraba lo bien servidos que estaban los tres oficiales, pero nadie podía protestar o quejarse siquiera, tenían que soportarlo pacientemente, porque existía el peligro de que los colombianos atacaran la guarnición subiendo el Putumayo y por otra parte, tenían la esperanza de ser relevados muy pronto.
Una noche sucedió algo anecdótico: vieron acercarse unas luces, por la boca del río, que según todas las apariencias eran de una lancha y avisaron a Linares que estaba de Jefe de Cuartel; éste corrió al emplazamiento de los cañones acompañado de los artilleros y a medida que se acercaban las luces se confirmaba la suposición de ser una lancha. Linares, en la duda de que fuera una lancha enemiga había mandado cargar los cañones, pero, se suponía que fuera la “Libertad”, que según informaciones recibidas, debía llegar conduciendo tropas peruanas de Puerto Arturo y por la dirección que tomó al entrar fueron disipándose las dudas. Pero Linares no estaba convencido y cuando se puso a tiro, en el colmo del nerviosismo, ordenó al sargento que le hiciera un disparo de cañón.
-Pero, mi subteniente, es la “Libertad”-¡por qué se le va a hacer fuego!
-¡Haga fuego, le digo! -gritó Linares.
-¡Yo no hago fuego! -protestó el sargento- ¡Haga fuego usted, si quiere! -agregó y se retiró de la pieza.
Linares arrebató el fusil a uno de los soldados y colocándolo en el pecho del sargento gritó descompuesto:
- ¡Obedezca, carajo!... ¡Haga fuego o le pego un tiro!
- Le he dicho que no hago fuego porque esa lancha es peruana... ¡Máteme, si quiere! -replicó el sargento con firmeza.
Ante esta negativa, sin mover el cerrojo, Linares apretó el gatillo, con tan buena suerte que el fusil estaba descargado; uno de los soldados levantó el suyo con ademán de atacar a Linares, pero el sargento lo contuvo... Mientras tanto la lancha se había acercado lo suficiente para comprobar que realmente era la “Libertad”; Linares no sabía qué decir ni qué hacer, pero ninguno se ocupó más de él por subirse a la lancha que ya estaba atracando, ver y hablar con los que en ella viajaban y ciertamente eran tropas peruanas. La lancha solo acoderó para aprovisionarse de leña y volvió a salir en la madrugada.
Pasaron días interminables y por la falta de comunicaciones no sabían dónde estaba el enemigo ni tenían noticias de las otras guarniciones. Una mañana oyeron el zumbido del motor de un avión y en dirección de la boca del río lo vieron volando; como hacía tiempo que no veían ninguno, con cierta sorpresa, trataron de identificarlo, pero no les fue posible; el avión se perdía de vista, reaparecía, volvía a desaparecer, volando siempre alto, hasta la tercera vez, en que lo vieron más cerca, pero no lo suficiente para reconocerlo como peruano o como enemigo, hasta que se fue para no volver. A lo lejos, por sobre el monte, tras la curva que formaba la desembocadura del río, donde habían puertos brasileños, se veía columnas de humo y confiadamente creyeron que se trataba de buques brasileños de la frontera y que el avión que había estado volando también era brasileño. La lancha “Estefita”, que estaba al servicio, por orden del jefe de la guarnición, bajó hasta la boca en exploración y volvió con la noticia: dos buques brasileños y algunos aviones estaban en un puerto brasileño.
Como al mediodía siguiente aparecieron del sur dos aviones peruanos, que después de dar dos vueltas sobre la guarnición, acuatizaron en el puerto. Desembarcaron los dos pilotos y un suboficial de la Armada, eran el comandante de la Aviación, un gringo alto y flaco que resultó ser el teniente Secada y un radiotelegrafista, que conducía un equipo para el servicio de la guarnición. Fueron recibidos calurosamente por los oficiales y con gran entusiasmo por la tropa, pues eran el primer enlace que tenían con las fuerzas del Comando del nororiente y la llegada del equipo radiotelegráfico cubría una necesidad imperiosa de la guarnición, que tanto tiempo había adolecido.
Después que almorzaron, Díaz y Cavero se embarcaron en el avión del comandante y salieron en un vuelo de exploración a la frontera brasileña. Desde Tarapacá se vio que dio un par de vueltas sobre el sitio en que se suponía que estuviera la flota que se creía brasileña, pero, cuando volvió acuatizó tan violentamente, que casi se hunde... Salieron precipitadamente e inmediatamente el comandante ordenó el despegue de ambas máquinas y partieron ofreciendo volver al día siguiente. Sucedió que la que se había creído brasileña, resultó siendo colombiana, lo mismo que los aviones…al parecer, la expedición punitiva que no se había atrevido atacar Leticia.
Apenas se había extinguido el ruido de los motores de los aviones peruanos, se vio aparecer otros tres, evidentemente colombianos, pues venían de la concentración que en un principio se creyó brasileña, y se acercaron a volar sobre la guarnición. Verlos y atrincherarse, fue solo pensarlo. Los aviones describieron círculos sobre los emplazamiento durante largo rato y al fin se retiraron, tranquilizando a la tropa, que temía, de un momento a otro ver caer sus bombas o ser ametrallada, sin tener con qué devolverles el fuego.
Tan pronto como se fueron apareció Díaz, todo presuroso, a ordenar que se transportara todo el abastecimiento de la guarnición a la lancha que estaba en una “cocha”, como a un kilómetro de la guarnición, protegida por los árboles para evitar que fuera vista desde el aire. Una parte de los soldados de infantería fue destinada al transporte hasta que anocheció y por la noche la orden fue de permanecer en las trincheras, en las que amanecieron mojados y ateridos por la escarcha, pero resueltos a afrontar la situación.
No tenían mucha munición, pero la protección de las trincheras les hacía sentirse seguros. Toda la noche oyeron ruido de motores de fuera borda y veían luces que llegaban a la orilla opuesta y se movían en ella. La luz del nuevo día aclaró el panorama y se dieron cuenta de lo que había estado ocurriendo durante la noche: los motores habían conducido tropas colombianas para que se emplazaran en la orilla opuesta, pero no podían ver ni la cantidad de tropas ni su armamento.
Como a las 9 de la mañana se acercó al puerto de la guarnición un bote-motor en el que flameaba una bandera blanca y conducía militares; encostó y desembarcaron tres oficiales: era un parlamento. Díaz y Cavero les salieron al encuentro; es sabido que a un parlamento no se le permite entrar a una fortificación, a una plaza militar, sin vendarle los ojos; estos pudieron mirar por todos lados y darse cuenta de las condiciones estratégicas que les hubiese interesado.
Después de un breve saludo y luego, seguramente, de que Díaz se identificó, uno de los oficiales le dijo:
-Conque usted, es el jefe de los revoltosos.
No se sabe qué contestaría Díaz, pero a juzgar por su actitud, parecía un colegial sorprendido haciendo una picardía; toda la entrevista se desarrolló en el patio, frente a las trincheras y ni nuestros oficiales los invitaron ni los colombianos insinuaron, ir a la Comandancia; conversaban en voz baja, los colombianos les obsequiaron cigarrillos, se los encendieron y parecían regocijarse de la turbación que mostraba Díaz, que sus mismos soldados pudieron notar. Para concluir le dieron un pliego de parte del jefe de la expedición colombiana, agregando que le daban el término de dos horas para abandonar la plaza y de no hacerlo, las tropas colombianas se encargarían de desalojarlos; que conocían sus posiciones, el estado de sus tropas y su efectivo.
Y se marcharon dejándolo perplejo; empezó a hablar con Cavero luego a discutir y poco a poco fueron acalorándose; Díaz exigía la evacuación inmediata de la plaza; Cavero se oponía a la evacuación y decía que se debía defenderla; Linares parecía el convidado de piedra.
-Tengo -gritaba Díaz-instrucciones escritas del comandante, que dicen que si el enemigo es numeroso, se evacue inmediatamente.
Al fin Cavero pareció convencido y se retiró, Linares partió a la carrera hacía el emplazamiento de los cañones, los artilleros estaban en sus puesto y al verlo se cuadraron militarmente, el sargento saludó.
-¡Sargento Torres! -ordenó- ¡Desarme inmediatamente las piezas!
El sargento lo miró sorprendido, hubo un instante de silencio, parecía no haber comprendido.
-¿No ha oído, sargento Torres? -gritó Linares- ¡Que desarme las piezas, le he dicho!
El sargento se atrevió a preguntar:
-Pero, ¿por qué, mi subteniente?
-Porque debemos evacuar la plaza... y ¡rápido!
-Pero, mi subteniente...
-¡Yo lo mando! -vociferó Linares- ¡Desarme las piezas!
Los soldados que los rodeaban estaban en un suspenso dramático, en sus semblantes se veía la ansiedad de los momentos supremos, el sargento los miró como consultándolos, leyó en sus ojos la decisión de acompañarlo en su gesto y volviéndose a Linares le dijo con voz firme:
-¡Nosotros nos quedamos a defender la plaza y proteger la retirada!... ¡Que evacuen los demás!
-¡Que desarme las piezas le he dicho!
- ¡Yo no las desarmo! -se reafirmó el sargento- y dando media vuelta se retiró junto a los otros artilleros.
Linares vaciló un instante, ya no encontró términos para mandar y hacerse obedecer, miró a todos lados, se sintió solo y vencido y por la firmeza del sargento, se acercó al cañón que tenía más cerca y comenzó a desmontarlo con sus propias manos.
Mientras tanto, parte de la sección de infantería seguía en la trinchera sin saber lo que ocurría; de pronto se oyó el zumbido de los motores de aviones, miraron y con alegría indescriptible vieron tres aviones peruanos… salieron gritando y batiendo sus sombreros; los mismos Díaz, Cavero y Linares corrían de un lado para otro entusiasmados; en las alas de los aviones se veían bombas.
Las máquinas hicieron una evolución sobre los emplazamientos, luego tomaron rumbo a donde estaban los buques y aviones enemigos y sobre ellos empezaron a volar en círculos.
Ya estaban todos fuera de las trincheras mirando ansiosamente; a la distancia veían los piques que hacían los aviones, oían fuertes detonaciones y ráfagas que parecían ser de cañones antiaéreos... instantes después vieron elevarse tres aviones, que desde luego tenían que ser colombianos; los nuestros hicieron una evolución atrayéndolos río arriba y de pronto volvieron a su encuentro, uno de los aviones enemigos volvió y desapareció. Empezó un duelo en el aire, que desde la guarnición se veía como si se tratara de un espectáculo… se cruzaban, subían, se perseguían, se esquivaban, entre frecuentes descargas de ametralladoras… esperábamos de un momento a otro ver caer alguno de los aviones, haciendo fuerza porque no fuera uno de los peruanos, pero los pilotos eran muy hábiles, pues tan pronto estaban rozando las copas de los árboles como tan altos que apenas se les veía.
Al cabo de cierto tiempo que nos pareció infinito, dos aviones se acercaron a la guarnición: eran nuestros, pasaron por encima de nuestros emplazamientos y se alejaron hacia el sur; el otro, que había quedado entre los dos enemigos, parecía visiblemente estrechado, pero hacia tales maniobras, subiendo y bajando en círculo, que siempre quedaba tras de uno de ellos y lejos del otro, unas veces bajo y otras tan alto que se perdía de vista, siempre entre ráfagas de ametralladoras. En esto apareció un tercer avión colombiano que se sumó a la persecución y continuó el duelo; de pronto, desde muy alto vieron venirse abajo uno de ellos, como sin gobierno, estaban tan altos que no pudieron determinar si era el peruano o uno de los colombianos, hasta que, casi para tocar los árboles, se estabilizó y volando hacia nuestras posiciones, tomó el rumbo que habían tomado los dos primeros. Era el avión peruano. Los aviones enemigos, que seguramente lo tuvieron por abatido, cuando se dieron cuenta de la maniobra era tarde para darle alcance.
En el parte de la acción se informó que el avión fue el Corsair 5E2 y el piloto Francisco Secada.
Entonces comenzaron de nuevo los apuros de los oficiales, quienes renegaban de la hora en que habían llegado los aviones peruanos.
-¡Nos han dejado comprometidos! -gritaba Díaz-¡Ya debíamos haber evacuado la plaza!... ¡Ahora viene el enemigo y nos hace polvo!... ¡Vamos todos a la lancha, nos han prometido no hacer fuego contra ella!...
Cavero ya había mandado abandonar la primera línea de trincheras y que su efectivo se trasladara a otra más al fondo. Como una hora después comenzó el ataque; en la orilla opuesta se vio aparecer grupos que parecían de nidos de ametralladoras y emplazamientos de cañones, que habían estado ocultos con ramas de árboles; su artillería abrió el fuego espaciadamente y poco a poco, fue aumentando en intensidad, pero, no hacia blanco: unos tiros caían cortos y otros demasiado largos; la guarnición contestó el fuego con ráfagas de la ametralladora y descargas de fusilería, refiriéndolo al nido más cercano y creando cierta confusión entre sus ocupantes.
De pronto aparecieron dos escuadrillas de aviones, una de tres grandes, aparentemente de bombardeo y la otra de las máquinas que habían estado combatiendo antes; al verlos acercarse, sin decir una palabra, Cavero tomó la dirección del puerto, donde estaba la lancha, los que estuvieron a su lado se miraron y el sargento Arista, que estaba al mando del grupo, siguió tras él diciendo a los de su grupo:
-Voy a preguntarle qué vamos a hacer nosotros.
A Díaz no se le veía por ninguna parte, Linares, abandonando el cañón que había empezado a desmontar y hundiendo el otro en el río, lo mismo que los proyectiles, se marchó a la lancha.
El fuego seguía intenso y el sargento Arista no regresaba, felizmente los artilleros enemigos eran muy malos o no eran artilleros, pues sus disparos no hacían blanco; los aviones igualmente largaron sus bombas sin hacer blanco, lejos de las casas, en las plantaciones, en los pastos, donde las asustadas reses hacían saltos y carreras. . . ¡Era un infierno por el estruendo!... Nuestra tropa disparaba sus fusiles contra los aviones, con gritos de desafío, pero... ¿qué daño podían hacerles?... lo único que conseguían era desfogar su ira y su impotencia… hasta que, como a la media hora, los aviones se fueron y el fuego de la artillería poco a poco fue disminuyendo hasta cesar por completo.
Entre tanto había regresado Arista.
-El subteniente ha ido a embarcarse en la lancha y ha ordenado que todos vayamos llevando nuestro equipo y todo lo que podemos llevar- dijo.
Aunque no había peligro, pese a que continuaba el fuego de la orilla opuesta, que ni siquiera cerca de la trinchera caía, no les quedaba otro recurso que obedecer; abandonaron la trinchera llevándose toda la munición que en ella había y fueron a la lancha. Ya estaban embarcados los tres oficiales, quienes no se preocuparon de averiguar cuantos estaban o si faltaba alguno.
La lancha había estado siendo preparada y el patrón de ella, un señor Panduro, presa del mayor nerviosismo, impaciente por zarpar, daba órdenes y más órdenes; el río, angosto y con muchos palos prendidos y atravesados hacía peligrar la navegación, pero eso no lo tenía en cuenta, lo importante era alejarse.
Díaz, temiendo que los colombianos no cumplieran la promesa de no hacer fuego a las tropas que estaban abandonando la plaza, no quiso seguir en la lancha, que era fácil de localizar en su navegación; desembarcó e inmediatamente emprendió camino por el monte, con más de 50 hombres, muchos de la sección de Linares. No quiso escuchar las objeciones que le hicieron Linares y Cavero.
-¡Por aquí estoy más seguro! -explicó.
Tres horas más tarde, casi anocheciendo, zarpó la lancha con el resto de la tropa, al mando de Cavero; al día siguiente como al mediodía llegaron a un sitio que llamaban el tambo del indio Noé, final del varadero del Hamaca Yacu, encostaron para desembarcar el parque y la lancha subió un poco a buscar un sitio protegido, mientras la tropa hizo el campamento y empezó a construir una trinchera.
En los días siguientes se dedicaron a organizar la defensa del puerto, siguiendo las instrucciones que habían recibido del Comando de Leticia, mediante el equipo de radiotelegrafía, que afortunadamente fue reparado, pues estuvo inservible desde el día del ataque a Tarapacá. Las instrucciones eran organizarse defensivamente hasta la llegada de refuerzos destinados al rescate de Tarapacá, oponerse al avance del enemigo por el Cotuhé y proteger la lancha para que no fuera a caer en su poder, hundiéndola, si era necesario para impedirlo.
El enemigo realizó varios reconocimientos en esos días y más de tres veces aparecieron sus aviones en exploración. Pese a que hicieron lo posible para ocultar la lancha entre los árboles y disimular las trincheras cubriéndolas con ramas y hojas fueron vistas y ametralladas, pero, los aviones peruanos que diariamente volaban en el sector, con su presencia y su fuego hacían que el enemigo abandonara la ofensiva. En una de esas incursiones un barco enemigo y dos botes-motores sobrepasaron la posición de los defensores peruanos y lograron desembarcar, pretendiendo envolver el emplazamiento y ocuparlo, afortunadamente llegó una escuadrilla peruana, bombardeó al barco y ametralló a las tropas desembarcadas, obligándolos a replegarse, embarcarse y volver a Tarapacá que ya lo tenían ocupado.
La consigna era que tan luego se notara la presencia del enemigo se le hiciera frente defendiendo el camino del varadero que conduce al Hamaca Yacu; todos tenían listo su equipo y armamento; eran poco más de 30 hombres, estaban agotados y llenos de incertidumbre, los oficiales vivían en continuo sobresalto, el sargento primero, Arias, solo salía de dentro de su mosquitero, donde se protegía de los mosquitos, cuando se anunciaba la presencia del enemigo y a la hora de comer.
Un día un centinela vio acercarse una canoa con tres individuos, dos indígenas y otro que parecía no serlo, atracó y desembarcaron en un matorral; inmediatamente hizo poner la novedad en conocimiento del primero, que por supuesto estaba en la cama.
-Deben ser indios de por acá. Déjenlos pasar.
-Pero, mi primero -insistió el mensajero-hay uno que no es indio.
-No deben ser enemigos, no los molesten -repitió Arias.
Viendo que no había forma de sacarlo de la cama, fue a dar aviso al sargento Santa María; el centinela para no dejarse ver se había ocultado en la maleza y los intrusos, creyendo no haber sido vistos siguieron adelante. Santa María llamó a dos soldados y dando un rodeo fue en la dirección que le indicó el centinela; vio la canoa y cerca de ella a uno de los indios sentado en la orilla, que parecía estar cuidándola. Esperaron un momento y vieron que regresaban los otros dos; cuando estuvieron juntos los tres, Santa María irguiéndose entre los arbustos y encarándole el fusil gritó:
¡Alto!
El que parecía no ser indio hizo ademán de requerir un arma, pero el sargento le gritó:
-¡Quieto o hago fuego!
Los tres se quedaron inmóviles, se acercaron los nuestros y por orden del sargento les quitaron las armas: tres machetes, una escopeta y un revólver.
-¿Quién es usted?... ¿Qué busca por aquí? -preguntó el sargento.
-Hemos venido a dar un paseo, buscamos animales para cazar-contestó el blanco, con acento que no dejaba lugar a dudas de que era colombiano.
-¿Pertenece usted, al ejército colombiano? -volvió a preguntar Santa María.
-No, señor.
-Es usted mi prisionero.
-Muy bien, señor -aceptó el que contestaba a las preguntas, con un ligero temblor en la voz.
-Camine -ordenó Santa María, señalando la dirección del campamento.
Cuando estaban como a la mitad del camino apareció el primero, que entonces se las quiso dar de importante.
-Tiene usted que declarar todo lo que sabe-le dijo al prisionero.
Cavero también salió al encuentro y los hizo conducir al tambo donde empezó a interrogar al que parecía colombiano en presencia de todos, pero, desde la primera pregunta, contestó que nada sabía.
-Si no habla le vamos a fusilar-le dijo Cavero.
El prisionero guardó silencio; Cavero para asustarlo mandó un pelotón llevando a los otros dos prisioneros, con orden de hacer descargas y hacerle creer al interrogado que se había fusilado a sus compañeros. Al oír las descargas palideció.
-Si no habla le pasará lo mismo-le dijo Cavero.
Después de breve silencio el prisionero contestó:
-Yo no sé nada, no soy militar. Si mis ruegos no le convencen, le suplico que me de papel y lápiz, para escribir a mi familia. Solo le pido que mande mi papel a la dirección que pondré.
Le dieron lo que pidió y empezó a escribir con temblorosa mano.
Como todo no había sido más que una pantomima, para ver si le sacaban algo por susto, y se dieron cuenta de que no era posible, lo encerraron y pusieron centinela de vista.
A los diez días llegaron los primeros soldados que emprendieron la retirada por tierra con el teniente Díaz; estaban cubiertos de fango de pies a cabeza, algunos con heridas producidas por espinas, por caídas, por desgarramientos en las astillas de las ramas y algunos con gusanos en las heridas: todos hechos una lástima, igual que el armamento. Díaz llegó mas tarde, fatigado, macilento y enfermo; habían caminado sin comer y cuando lo hicieron solo fueron callampas*, chonta* y alguna fruta silvestre; no durmieron sino a medias y pasaron cada susto que estaban como atontados.
Díaz averiguó por la tropa y se alegró al saber que estaba completa, que no faltaba un solo hombre. Con una frescura digna de su irresponsabilidad, que a muchos causó admiración, dijo:
-Felizmente ninguno ha muerto, no he tenido bajas…
¡Esto será un motivo para mi ascenso!
Ese mismo día llegó Ordóñez con el esperado refuerzo. Inmediatamente, sin contar con Díaz, que estaba enfermo, empezó a organizar la defensa del puesto y el ataque al enemigo, que ya estaba en posesión de Tarapacá, con efectivo, armamento y posición muy superior al de las fuerzas peruanas.
Solo contaba con 146 hombres de tropa, de los que más de 70 estaban enfermos, tanto así, que cuando llegó, muy pocos de los que habían estado en Tarapacá, podían tenerse en pié…los meses que habían estado en el Putumayo, la mala alimentación, el paludismo y la constante humedad, habían minado su organismo…humanamente ya no podían más...
Ordóñez, pese a su calidad de subalterno, asumió el mando con gran oposición de Cavero y Linares, quienes no admitían su autoridad por su calidad de asimilado. En un informe inmediato dio cuenta de la precaria situación de la tropa y la falta de medios que le impedía intentar el rescate de Tarapacá, acusaba a Díaz de cobardía y terminaba diciendo que lo enviaría prisionero a Leticia, para no tener que matarlo.
No pudiendo cumplir con lo que se había propuesto y con la misión que se le había confiado, más tarde decidió regresar a Leticia.


CALLAMPA*.- Hongo silvestre comestible.
CHONTA*.- Palmito. Tallo blanco que se halla en el tronco de ciertas palmeras y corresponde a las hojas aun no desarrolladas. Casi todas son comestibles crudas, o preparadas en platos especiales al limón y aceite.

sábado, 30 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVIII

Los días pasaban con la misma monotonía: de las cuadras a las trincheras y de las trincheras a las cuadras, apagones sorpresivos; lanchas que llegaban y partían, aviones volando de cuando en cuando, señales de alarma… que siempre creíamos que fueran para una acción de verdad y siempre resultaban ser para ejercicio… Una mañana, llegaba de una comisión a La Victoria y se oyó el toque de alarma; eran las 6 y directamente tuve que dirigirme corriendo a la trinchera, aunque con cierto desgano porque presentía que se trataba de un ejercicio, pero no podía dejar de hacerlo… Carreras, voces de mando, acarreo de material y munición... pero no me equivoqué: lo que se les ocurrió a los señores del Comando fue simular otro ataque a nuestras posiciones por las naves colombianas y éstas estaban representadas por nuestras cañoneras.
Estaba mirando por la aspillera, cuando del fondo del bosque apareció una sección de mi compañía avanzando desplegada en tres grupos, muy cautelosamente; en uno de los grupos vi a Benjamín, quien, porque creyó que la cosa iba por lo serio o porque quería darle realismo a la acción, había cargado con todo su equipo, incluso su maletera; sus ademanes, gestos y forma de desplazarse eran tan adecuados a una situación real, que no dudé que lo estaba haciendo con verdadera convicción... ¡Tenía cara de comerse dos colombianos crudos mientras le preparaban un “aguadito” con los restantes!... Siguieron avanzando agazapados y al verlo, no pude menos que reír, recordando al muchacho bonachón, incapaz de matar una mosca, cuyo diametral contraste estaba viendo en el soldado que estaba mirando, que tantas veces había visto afrontando difíciles situaciones con hombría y carácter.
¡Qué cambiado lo iría a recibir su familia y qué chascos iría a pasar con ella, sintiéndose todavía soldado o creyendo estar entre soldados!
Nos anunciaron la visita de una delegación de oficiales brasileños de la guarnición de Tabatinga y nos preparamos para recibirlos con todos los honores del caso; llegaron después del mediodía en una lancha suya y cuando desembarcaron, la Comisión encargada de la recepción la acompañó hasta la Comandancia; como en anterior oportunidad la banda de músicos precedió la comitiva tocando la marcha Leticia.
Fueron debidamente agasajados; la cerveza, los sándwiches, los pasteles corrían abundantemente -pero sólo por las gargantas de los oficiales- y la banda de músicos amenizaba la fiesta; de pronto a alguno se le ocurrió jugar un partido de fútbol entre oficiales brasileños y oficiales peruanos, un partido verdaderamente internacional, pero no pudo resultar así porque los visitantes no pudieron completar un equipo con sus oficiales, aún incluyendo a los de más alta graduación, que lógicamente eran los más viejos, por lo que hicieron un combinado con los nuestros, que a nosotros sí nos sobraban... y dio para que se divirtieran y nos divirtiéramos, pues ya no se trató de competencia futbolística sino de camaradería internacional.
Terminado el partido, finalizó la visita y como a las 6 se marcharon, siempre con acompañamiento de la banda hasta el embarcadero, donde se despidieron, al parecer, gratamente impresionados. Supuse que alguna vez retornaríamos la visita.
Mas tarde recibí orden de embarcarme en el “Manco Cápac” y hacer llevar el bote - motor a remolque con destino a Caballo Cocha, para luego entrar al Hamaca-Yacu,
conduciendo tropa para custodia de los víveres y personal para su conducción al Cotuhé. Entre los soldados que iban de escolta estaba el ínclito Acosta, que como era de suponer se había presentado voluntario y estaba orgulloso de su misión.
Navegando muy lentamente llegamos a Caballo Cocha al amanecer; el subteniente Lagunas, que había viajado en avión para esperar nuestra llegada con el personal de “cargueros” listo para embarcarlos y volver al Hamaca Yacu, olvidó su misión y con el pretexto de buscar más gente en un caserío cercano, se fue en busca de una chica de la que estaba perdidamente enamorado. Ese fue el motivo de que no lo encontráramos y se aplazara nuestra partida hasta el día siguiente, cuando volviera. Volvió, pero sin la muchacha y con una borrachera de 90 grados bajo corcho, que seguramente se la pegó para olvidar su fracaso romántico.
Mientras tanto Acosta y yo esperábamos en el barco inútilmente, hasta que nos enteramos de que Lagunas no estaba en el pueblo y casi ya de noche, después de comer, salimos de paseo, con tanta suerte que encontramos a Samuel Young, amigo y director de un colegio, quien nos invitó a su casa. Los tragos animaron la conversación y excitaron nuestra alegría, Young cogió la guitarra, empezamos a cantar y terminamos bailando, con gran regocijo de las vecinas, unas chicas Elespuru, muy simpáticas, que nos estaban aguaitando por una puerta interior. No nos atrevimos a proponerlas que bailaran con nosotros por el temor de ser desairados.
Al final de los tragos Acosta resultó enamorado por la rendija, tanto, que estaba resuelto a pedir a su regreso, ser nombrado permanentemente para la custodia de los víveres, siempre que la comisión llegara hasta Caballo Cocha.
Al día siguiente partimos, pero al llegar a la boca del Hamaca Yacu tuve dificultades y mi colaboración resultó un fracaso porque el pícaro motor se negó a funcionar. Tuve que pasar por el sentimiento de no conducir la expedición hasta el puerto del varadero y los expedicionarios tuvieron que hacer el viaje a remo. El “Manco Cápac” y yo en él, regresamos a Leticia a donde llegamos a las 6 de la tarde.
Cuando subí al Palomar encontré mi habitación ocupada y mi equipo y armamento tirado en el callejón; el que la había ocupado era el nuevo jefe de la Base Naval, quien había llegado por la mañana y había elegido mi cuarto, por verlo más grande y cómodo seguramente. Amargo por el desalojo junté mi equipo en un rincón del callejón y salí a serenarme con los amigos del “Estado Mayor”; encontré algunas novedades, entre ellas el inesperado regreso de Ordóñez, quien, según se supo, encontró obstáculos y falta de cooperación, por lo que no pudo cumplir con lo que, según los que le acompañaron, se había impuesto personalmente: el rescate de Tarapacá.
Volví al Palomar y no tuve otra alternativa que acostarme en el piso, en el mismo rincón donde dejé mi equipo, pero dormí perfectamente, hasta que en la madrugada fui llamado a la Comandancia para recibir órdenes relacionadas con el viaje del capitán Frías al Hamaca Yacu-quien iba a tomar el mando de las tropas del Cotuhé en lugar del teniente Ordóñez-llevar un oficio para el gobernador de Caballo Cocha, pidiendo 16 cargadores que necesitaba la Armada para transportar abastecimientos para su personal de transmisiones que estaba en el Cotuhé y recoger el bote - motor para transportarlos. Al final, sin yo insinuarlo, el comandante me dijo que mi licencia se haría efectiva para el regreso del “Liberal”, que pronto debía llegar.
Partimos en la “Cahuapanas”, la que debía seguir hasta Iquitos llevando evacuados a los de la batería antiaérea que estuvieron en Todos Santos y fueron relevados por la unidad que había llegado en el “Huallaga”. Como la lancha era de poco calado, logramos llegar hasta el puerto del varadero al atardecer. No encontré el bote que buscaba y Ordóñez me hizo llamar para preguntarme dónde estaba... ¡diablo de hombre!... como iba yo a saberlo si también estaba en su busca, pero le dije que probablemente estuviera en Caballo Cocha. Y así fue.
Como ya era tarde y no se creyó prudente que el capitán Frías tomara el camino del varadero para caminar en la noche, ni que la lancha bajara el angosto y sinuoso río, resolvieron que se quedara hasta el día siguiente y así, todos tuvieran donde dormir. Lo de dormir resultó un chiste cruel, porque a medida que oscurecía se iba formando un ejército de millares de zancudos que se prendían para picarnos, con tal furia y desprecio a la muerte, que parecían aleccionados por los colombianos.
Tuve la suerte de que el maquinista de la lancha fuera mi primo “Shico” Reategui, de modo que, tan pronto como terminamos de comer nos metimos en su camarote, porque hubiera sido un suplicio intentar dormir fuera; como no había más que una litera preparé mi cama en la cubierta.
Me pareció que ninguno de los que se quedaron fuera de los camarotes pudo dormir; desde dentro oíamos los improperios y maldiciones de los pobrecitos serranos… ¡Como no eres más grande, zancudo de mierda, para meterte bala!... Yo mismo tampoco pude dormir debidamente porque en la lancha todo fue caminar, hablar, gritar y dar palmadas tratando de matar zancudos que los molestaban. Al otro día me enteré que muchos de ellos, turnándose en grupos, se embarcaban en la “montería” y subían y bajaban el río, creyendo huir de los zancudos y tratando de pasar el tiempo... ¡Quizá nunca en su vida olvidarían esa noche!...
La lancha emprendió el regreso como a las 8 de la mañana; se quedaron el capitán Frías y los dos soldados que lo acompañaban, todavía los vimos tomando el camino del varadero, rumbo al Cotuhé. Salimos al Amazonas casi al medio día y la lancha puso la proa hacia Caballo Cocha.
Cuando llegamos a la isla Cacao-donde se había abierto otra base aérea-encostamos para embarcar al comandante de la Aviación, a dos suboficiales y a dos avioneros quienes debían ir a Caballo Cocha. Estaban efectuando maniobras para el reflotamiento del Corsair 5E1, que según me informé, fue el que hundió, al acuatizar, el bárbaro comandante. Viajaban precisamente en busca de material para las maniobras.
Según había afirmado el comandante, volvía de un nuevo ataque a los buques enemigos, de resultas del que fue hundido uno de ellos… hubiera sido interesante averiguar la certeza de tal afirmación; lo único cierto era que gracias a él teníamos un avión menos.
Seguimos navegando hasta que encontramos al vapor “Clavero”, que navegaba con rumbo a Leticia; se hicieron señales entre ambas naves, acoderó el “Clavero” al barranco, la “Cahuapanas” lo abordó y empezaron a hacer el trasbordo de una carga que no logré identificar. De repente se oyó una voz: ¡Aviones!...Todos nos agolpamos a la borda y muy lejos, divisamos tres aviones en formación. Verlos y armarse un alboroto fue instantáneo, porque todos creíamos que fueran aviones enemigos, pero pude observar, con mis propios ojos, que era el comandante de la Aviación quien gritaba con gran desesperación, dando inequívocas muestras de susto, casi pánico.
- ¡Son aviones enemigos! –gritaba- ¡Si nos ven van a hacernos tortilla! ¡teniente Acosta, emplace sus piezas en la toldilla! ¡Apúrense!
Pero el teniente Acosta, por lo que veía, no era de los que perdía la serenidad; pidió los prismáticos a su ordenanza, que casi volando volvió con ellos, miró brevemente y dijo con frialdad:
-¡Son aviones nuestros!
Ya alguien había abierto la escotilla y varios, no precisamente soldados de la unidad antiaérea, se habían metido dentro de la bodega en busca de las piezas, pero el sargento les impidió tocarlas.
Acosta entregó el anteojo al comandante, quien se había puesto a su lado y mientras éste se quedó mirando, bajó rápidamente para impedir que movieran las piezas antiaéreas; con toda calma se dirigió a los que estaban saliendo de la bodega y les dijo en tono amigable:
-¡No había porque precipitarse! Si hubieran sido aviones enemigos en dos minutos las piezas hubieran estado listas y en este momento ya los estaríamos derribando. ¡Cierren la bodega!
Pudo haber sido así, pues recién empezábamos a reconocer nuestros aviones: eran el inconfundible R-1O, que encabezaba la formación y dos más que no pude identificar si eran Douglas o Corsair; lo que si pude comprobar fue algo muy importante: la diferencia que en cierto aspecto había entre quienes nos tienen a su mando.
Llegamos a Caballo Cocha, la lancha se acercó a la orilla, dos marineros empujaron la plancha por la abierta borda y como yo tenía que desembarcar, tan pronto como vi su extremo a prudente distancia, salté a tierra. Lo primero que vi fue el bote amarrado a una estaca; la lancha dio la vuelta y continuó su viaje; me quedé solo y algo intranquilo por no saber a donde ir; eran más de la 5 de la tarde y posiblemente no encontraría a nadie en la gobernación. De pronto apareció el gobernador, don Antonio Kahn, quien me saludó muy amablemente, pese a no conocerme y ser yo un simple soldado; le dije mi misión y le entregué el oficio. Lo leyó, se lo metió al bolsillo y como conclusión me invitó a comer en su casa; fuimos y hubo algo que me supo a gloria: tacacho* con chicharrones, sábalo* asado en las brasas y un delicioso café, que después de tanto tiempo me resultó un banquete familiar. Terminada la comida me condujo a la gobernación a instalarme para dormir.
Una lámpara de mesa que evocaba un pasado esplendor, un escritorio tipo ministro, lustroso y bien cuidado, una elegante carpeta con dos fotografías, una de las cuales era de la esposa del gobernador, a quien conocí en su casa, un vistoso tintero con varios lapiceros y un exfoliador, destacaban sobriamente. Un confortable sillón me recibió blandamente y mi mirada vagó buscando algo que leer… el lejano tañido de la campana de un reloj, probablemente de la Iglesia, se diluyó nueve veces en el espacio… sin darme cuenta mis manos extrajeron un paquete de mi bolsillo y empezaron a desenvolverlo... apareció un retrato... seguro de mi soledad lo coloqué sobre la carpeta... resultaba insignificante de tamaño sobre ella, pero mi imaginación iba agrandándolo hasta que me parecía que llenara toda la habitación, su sonrisa la veía más cercana, me parecía sentir su calor y yo hablaba como si fuera a oírme... esperando respuesta... me di cuenta de que estaba haciendo lo de un loco... ¿No estaría loco?... ¿Se enloquece de amor?... La miraba con ternura y le decía, como en secreto, todo lo inmenso de mi pasión, que su recuerdo me daba aliento, era un consuelo y hacía más cortas las turbias horas de mi vivir; pensando lejos, como soñando, oír creía suelto el raudal de su alegría que me inundaba en felicidad... Todo fue un trance que al despertar, de
nuevo el ansia, me hacía temblar el corazón, como cautivo dentro los muros de esa distancia que se oponía…
Un día tuve que esperar la llegada de los “cargueros”, quienes debían llegar de los caseríos cercanos -ya era más difícil conseguirlos entre los jóvenes del pueblo- y solo muy tarde estuvieron completos, por lo que decidí que partiríamos en la madrugada del día siguiente.
Seguía con suerte, porque entonces, don Arturo Pereira otro cumplido caballero, me invitó a almorzar. Lo estábamos haciendo cuando oímos zumbido de aviones, salimos a mirar y vimos dos escuadrillas, la primera de cuatro máquinas, con el R-1O a la cabeza y tres Corsair, la segunda de otros tres Corsair con una Douglas y un poco más lejos una tercera escuadrilla de cuatro Douglas. Nos interesó el bello espectáculo, pero no encontramos la explicación del desfile; días después, en Iquitos, me enteré de la causa: uno de los pilotos iba a contraer matrimonio y todos los compañeros de armas quisieron estar presentes en la ceremonia. Al fin y al cabo solo eran dos horas o menos, de travesía entre Leticia e Iquitos, pero, el destacamento táctico de Leticia quedó sin un solo avión durante dos días. . . ¿Y si en ese lapso hubieran atacado los colombianos?... ¡Cosas de mi tierra!...
Al amanecer del día siguiente se desencadenó una lluvia que no nos dejó partir en la madrugada como había estado planeado y lo peor fue que no tenía trazas de parar nunca, de modo que, cansado de esperar, cuando cesó un poco, casi a las cinco de la tarde, empezamos a navegar. Los “cargueros” se acurrucaron unos contra otros y amodorrados por el ruido del motor no se preocuparon de la lluvia, que seguía cayendo suavemente. Navegamos toda la noche y como a las 4 de la mañana llegamos a Leticia, sin otra novedad que el soberbio remojón.
Esperé a que aclarara completamente y tan pronto como creí oportuno abordé el “Alberto”, que estaba anclado en medio del río, en el que estaba el Comando Naval. Hice que se transbordaran al barco todos los “cargueros” y para cumplir con mis instrucciones subí al puente acompañado del que hacía de jefe. Dos comandantes de la Armada en él; sentí como una sacudida al reconocer en uno de ellos al que tuvo el incidente con mi padre, pero no lo demostré; saludé militarmente y entregué al que me quedaba más cerca-que fue precisamente aquel que lo había golpeado-el oficio del gobernador de Caballo Cocha y la relación nominal de los cargueros. Me miró sin ninguna atención, miró los documentos, llamó a un furriel y le dio una orden en voz baja; el furriel se alejó, desapareció brevemente y reapareció con un paquete, que evidentemente era de soles, que entregó al “carguero”. Este abrió el paquete con temblorosas manos y contó el dinero; los dos comandantes le miraban en silencio; terminó de contar y mirándolos tímidamente dijo con voz vacilante:
-El gobernador nos ha dicho que van a darnos diez soles a cada uno...
No pudo continuar. El que había concentrado mi atención, como causante del tremendo disgusto que había yo sufrido y a quien estaba analizando mentalmente, le interrumpió con tono violento.
-¡Eso es todo lo que les puedo dar y nadie ha ofrecido diez soles!... Ustedes han sido contratados para llevar víveres y medicinas para los marineros que están en el Cotuhé, muriéndose por defenderlos a ustedes... y ustedes, sus hermanos, se niegan a llevarles la ayuda que están necesitando... ¡Si no quieren llevar las medicinas, no las lleven! ¡Que se mueran!... ¡pero no se les puede dar más!...
Y continuó recriminando el supuesto reclamo del pobre hombre, que lívido y casi temblando, parecía que fuera a dejar caer las monedas que tenía en la mano.
Sin poderme contener intervine:
-Disculpe, mi comandante... Esta gente se ha presentado voluntariamente, como lo están haciendo todos los “cargueros” que semanalmente van al Cotuhé; ellos no cobran por ese servicio, nada han pedido ni nada quieren, pero no pueden hacer el viaje de ida y regreso de quince días sin comer, para eso les dan diez soles a cada uno. Esa cantidad se les ha estado dando a todos y a éstos les ha dicho el Gobernador que les van a dar lo mismo. Eso es lo que quiere decir este muchacho. Ellos son capaces de cumplir la misión sin que se les dé nada, como tantos lo han hecho, no por hacer un negocio ni por ganar algo.
Ambos comandantes me miraban atentamente; a medida que iba hablando, por la frialdad con que eran recibidas mis palabras, me iba sintiendo más nervioso… ya me veía en el pañol de cadenas del buque y… sentí que se me erizaba el cuerpo... Aprovechando los segundos de silencio que siguieron a mi intervención, saludé militarmente y dije:
-¡He cumplido mi misión, permiso mi comandante!
Me contestaron el saludo sin decir una palabra y yo bajé la escalinata como alma que lleva el diablo, esperando a cada peldaño oír la voz que ordenaba mi encierro... Pero no pasó nada, llegué al bote, arranqué y ya no me interesé más por la suerte de los cargadores.
Inmediatamente fui a la Comandancia del Agrupamiento a dar cuenta de lo relacionado con el viaje del capitán Frías; eran las diez de la mañana. El comandante Calderón me escuchó atentamente y cuando terminé me dijo que podía tomar la licencia que había solicitado y partir en el “Liberal”, que estaba próximo a llegar, Me preguntó a quien iba a dejar en mi lugar; le indiqué a Piñeiro, con quien yo había hablado previamente e inmediatamente hizo extender la orden para el destaque de su unidad.
Dos días después llegó el “Liberal”; me constituí a la Comandancia en busca de mi licencia; el comandante me la hizo extender en el acto y luego de firmarla me la dio.
-Acá tiene su licencia... aprovéchela muy bien- me dijo amablemente.
-¡Gracias mi comandante! - contesté, trémulo de alegría; saludé, di media vuelta y salí casi corriendo.
A las 5 me embarqué y empecé a navegar con rumbo a la gloria…que no estaba para mí en las trincheras… Cuatro días después vimos el puerto de Iquitos... ¡La gloria estaba junto a mi novia!...



TACACHO*.- Plato típico que se prepara machacando plátanos asados en las brasas, con chicharrones.
SABALO*.- Pez de los ríos de la selva.

lunes, 18 de agosto de 2008

EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana

XXVII


- Disculpe, mi primero, usted, que tiene herramientas ¿no podría componerme este reloj? Creo que se ha roto su cuerda.
Fue un cabo con todos sus galones, el que cuando me dirigía a toda prisa al puerto, saludándome con todo respeto, me detuvo con tal pregunta. Para no caerme de espaldas me cogí de su hombro amigablemente y me eché a reír a carcajadas, dejándole algo sorprendido con mi actitud y solo acerté a decirle, lo más amablemente posible:
- Vea, amigo, un reloj no es como un motor, solo un relojero podría componerlo y no creo que haya ninguno en Leticia, saludé militarmente y seguí mi camino.
Dudé entre si quería tomarme el pelo diciéndome “mi primero” o realmente creía que yo era superior suyo, siendo esto lo más probable, porque desde que llegamos, a los del “Estado Mayor” nos tomaron por clases, pues nos veían siempre alternando, bromeando y hasta emborrachándonos con sargentos y primeros, quienes nos demostraban la más abierta simpatía.
Lo chocante hubiera sido que un día de aquellos, el cabito que me había saludado con tanto respeto me hubiera encontrado bajo su mando... ¿Cuál hubiera sido su reacción? La afirmación muy difundida y que nosotros la estábamos confirmando era que el peor superior que tiene el soldado es el cabo, porque el cabo no sólo está en el más bajo peldaño de mando y quiere demostrar su autoridad, sino porque quiere tomarse la revancha de los malos tratos que le dieron sus cabos cuando fue soldado.
Quizá porque no nos animaba ningún deseo de revancha -pues si lo hubiésemos tenido no habría sido precisamente con los clases sino con los oficiales- ninguno del “Estado Mayor” mostraba la menor intención de ascender y por otra parte no fue el afán de hacer carrera lo que nos arrastró al ejército. De haber sido así, para cabos como los que teníamos, estábamos sobrados. Hablando de ellos, Bardalez solía decir: “los cabos y la cabería, son una misma tontería”.
En Leticia dejé la primera sangre que derramé en el conflicto. Desperté en la madrugada con un terrible dolor de muela, que no me dejó otra alternativa que salir muy temprano en busca de auxilio del dentista. Creí ser el único que lo fuera a separar, pero me encontré en el consultorio a cuatro que lo estaban haciendo, dos de los cuales parecían estar desesperados, pues se paseaban como fieras enjauladas, sosteniéndose la mandíbula con las manos y en el más completo silencio. Después de una larga espera llegó el odontólogo, entró en el consultorio y empezó a llamar por turno de llegada; en cada paciente tardaba más de media hora o por lo menos así me pareció por el dolor que me atormentaba.
Cuando llegó mi turno entré; con un gesto me indicó que me sentara en el sillón, y luego fue a lavarse y desinfectarse las manos, se me acercó y sin mucha ceremonia me abrió la boca, introdujo su espejuelo, empezó a hurgar entre mis dientes con una pinza y concluyó preguntándome cuál era la muela que me dolía; se la enseñé, preparó su aguja hipodérmica y me aplicó la inyección en cuatro puntos de la encía, diciéndome que era para que la extracción fuera sin dolor, sin preguntarme si quería o no que me la extrajera; menos mal que yo ya lo había decidido.
Pasados varios minutos volvió a abrirme la boca y ordenó que la mantuviera abierta, cogió una especie de punzón y una tenaza descomunal -que posiblemente sea
parecida a las que usan en el infierno para las torturas- me introdujo ambos instrumentos y comenzó a forcejear en mi mandíbula causándome gran dolor, hasta que de pronto me enseñó, con gesto triunfal, un sanguinolento despojo en la punta de la tenaza; me introdujo unos algodones que me ordenó morderlos y agregó:
¡...Servido! Ya no le dolerá más la muela.
Que iba a dolerme la muela si ya no la tenía en el maxilar, pero la boca me dolía horriblemente; se lo dije y me contestó:
¡No puede ser!... Se la he sacado sin dolor; para eso le puse la inyección… pero, si le duele mucho, tómese una cafiaspirina.
Me condujo a la puerta e hizo pasar a otro al tormento. Cabizbajo y dolorido regresaba al Palomar, cuando de pronto oí el inconfundible pito del “Liberal”; como por ensalmo dejé de sentir el dolor, corrí al puerto y tan pronto como fue posible subí en busca de cartas, que, como esperaba, fueron muchas, pero, en lugar de sentirme feliz, como me sucedía otras veces, me sentí consternado y el dolor de la ausente muela volvió con más fuerza. Noticias desagradables: enfermedad, trastornos económicos, problemas familiares y lo más doloroso e irritante: nuestro panorama nacional en lo relativo al conflicto, ensombrecido por negros nubarrones.
Decidí hablar inmediatamente con el comandante sobre mi licencia y la posibilidad de viajar en el mismo “Liberal”, que debía zarpar por la noche, pero fui llamado para una comisión a Saraiva, de donde regresé muy tarde, y cuando fui a verlo se me anticipó diciéndome que debía partir en una inmediata comisión a Caballo Cocha; en cuanto a mi licencia, que esperara el regreso del “Liberal”. En fin, los poquitos de espera irían en aumento y resultarían seis meses redondos.
En el “Liberal” llegó material para preparar más minas; decididamente había el propósito de hacer volar a los invasores sin necesidad de aviones. Nos llegó también, pero no en el “Liberal”, sino por la vía de las bolas, una rara noticia: que a primera hora del día siguiente los aviones colombianos bombardearían nuestras posiciones; como para dar mayor credibilidad a la noticia, todas las unidades en cuarteles y trincheras recibieron la orden de tener las luces apagadas y de guardar el más completo silencio. Según lo que se veía, los colombianos eran el prototipo del refinamiento social, pues anunciaban su visita hasta para atacarnos…Y la tropa tuvo que continuar en las barricadas, las trincheras y las casamatas con el entretenimiento que se había hecho habitual: timbeando*, contándose chistes o durmiendo, en la más absoluta tranquilidad… Poco a poco me estaba convenciendo de que no tendría la oportunidad de matar nada -y lo pensaba con pasmosa frialdad- con mi pobrecito 29060, que cada día lo tenía más abandonado.
Cuando volví de la Comandancia recibí la orden de embarcarme en el “Manco Cápac”; a bordo encontré al “Estado Mayor” en pleno, con sendas botellas de una preparación hecha por Sifuentes, que quemaba la garganta endiabladamente; se trataba de la despedida de los hermanos Rengifo, quienes iban en comisión al Cotuhé, custodiando los víveres para la guarnición. Con los brindis del caso y cada vez más etéreos por los vapores de la infernal bebida, hicimos la más firme promesa de mantenernos unidos al final de la campaña, ya que cada día, se alejaba más la probabilidad de vernos juntos frente al enemigo.
En el momento en que íbamos a partir, llegó el “Huallaga”; tuve tiempo de observar que llegaba alguna tropa que componía una unidad de cañones antiaéreos, con varias piezas.
Viajamos toda la noche y al amanecer llegamos a Caballo Cocha, todavía embotados por los efectos de la borrachera. El pueblo con el mismo frío y desolado aspecto, sus calles desiertas convidando un silencio y paz de cementerio. ¡Quién se hubiera imaginado 40 años antes, cuando el oro tintineaba en todos los bolsillos, cuando el caucho se amontonaba en los patios de las casas, cuando sus habitantes solo lucían lo importado de las principales capitales europeas, cuando los finos licores franceses se bebían por cualquier motivo, que todo ese boato y esplendor quedaría solo en el recuerdo!... porque hasta las casas de esos temporales potentados, derruyéndose lentamente por la inexorable acción del tiempo y de los elementos, apenas mostraban vestigios de aquella época de bonanza. Mucho le perjudicó a Caballo Cocha su mediterraneidad, pero más, la falta de previsión de sus pobladores, que no pensaron que esa prosperidad podría terminar.
Tan pronto como fue posible y previo permiso salimos a caminar por las soleadas calles; nuestro ánimo estaba deseoso de encontrar impresiones que nos hicieran olvidar el tedio y el aburrimiento de las trincheras, pero… ¡nada!... Dimos vueltas y más vueltas por todos lados y solo veíamos algún viejo decrépito de vacilante caminar o una vieja poniendo ropa en el suelo para secarse al sol, muchachos que nos miraban embobados, no podría decir si admirando o ridiculizando nuestro uniforme... todo menos chicas... parecía que se hubieran escondido para contrariar nuestro deseo de verlas.
Más tarde nos informamos que se estaba organizando un baile para la noche y en la idea de estrechar un delicioso talle femenino después de tanto tiempo, muy temprano tomamos posesión de la plaza principal y asiento en una de sus destartaladas bancas, esperando hacer realidad nuestro deseo mediante alguien que pudiera introducirnos en la fiesta.
La noche avanzaba, salió la luna y no aparecía quien pudiera invitarnos; estábamos ya resignados cuando llegó el señor Noriega, quien, según nuestras suposiciones debía ser el indicado, ya que la fiesta se realizaba en su casa, pero, del amistoso saludo y la animada conversación no pasó, pese a las casi descaradas insinuaciones que no vacilamos en hacerle. Se agotaron los temas, ya nos faltaba saliva y hasta las ganas de hablar, el baile había comenzado y no se daba por aludido. Nos pusimos de pié, en forma insensible lo condujimos hasta la puerta de su casa, pero, para mal de nuestros deseos allí estaban el capitán Guzmán, el teniente Goicochea y el subteniente Lagunas, este último, nuestro jefe y más antipático que los celos… de modo que nos quedamos pasmados, y ya no sirvieron ni la invitación del joven Noriega hijo, que al vernos salió a saludarnos, ni la exigencia de Teodorico Oyarce, quien, con toda frescura se había vestido con traje civil… les dijimos que solo queríamos oír la música.
¡Qué música!... Un charango que sonaba a latas vacías y un cantor que todo lo desfiguraba con sus destemplados gritos de sapo a medio ahogar... ¡Ni una doble dosis de eucaliptina le habría arreglado la ronquera!... Era inexplicable cómo podían bailar con esos berridos, aunque era posible que el encanto de las chicas y la doble embriaguez que les provocaba su contacto y los tragos la hiciera inaudible.
Como los oficiales no tenían cuando marcharse y muy por el contrario parecían sentirse muy a gusto y en la gloria, nosotros lo hicimos, no sin maldecir la hora en que nos hicimos soldados y empezamos a sujetarnos a la disciplina militar.
Al día siguiente partimos a las 5 de la mañana, embarcando 45 cargadores destinados a conducir los víveres para la guarnición del Cotuhé. Los pobres muchachos se embarcaron sin desayunar porque empezaron a llegar a las 4 de la mañana y no probaron bocado hasta que llegamos al tambo del Hamaca Yacu, después de las 3 de la tarde.
El “Manco Cápac” volvió a quedarse en la boca de la quebrada y toda ella la subimos en el bote-motor llevando a remolque dos monterías*. Encontramos 10 soldados enfermos que nos estaban esperando, desembarcamos el personal que llevamos y la carga, almorzamos muy ligeramente, y luego partieron hacia el centro. Yo embarqué a los que habían estado esperando y emprendimos el regreso, llegamos a Leticia como a las 10 de la noche.
Encontramos la situación aparentemente igual, pero continuaban llegando las malas noticias: el arbitraje de la Comisión de Conciliación de Washington había fracasado por la oposición de Colombia, que insistía en que lo de Leticia era un asunto de carácter interno colombiano y se aferraba a la tesis de la santidad de los tratados, por lo que de mutuo acuerdo, el diferendo internacional pasaba a la consideración de la Liga de las Naciones.
En contraste y como para seguir alentando nuestras esperanzas y nuestros propósitos, nos enteramos de las declaraciones del presidente Sánchez Cerro a corresponsales extranjeros, relativas al conflicto y que nosotros estábamos dispuestos a respaldar: “Si equivocadamente -había dicho el “Mocho”- quienes no quieren darse cuenta del peligro inminente, abandonan el terreno de la cordialidad, dentro del cual, afanosamente me mantengo, mi patria respondería tan a fondo, con tanta energía, como noblemente se conduce en el campo de las negociaciones amistosas”.
“El pueblo de Leticia no desea someterse al cambio de nacionalidad a que se le quiere obligar y en su afán patriótico está ampliamente amparado por los principios básicos del Derecho Internacional, muy superiores al de la intangibilidad de los Tratados”.
Hubo algo más que reanimó nuestras vacilantes esperanzas: aparecieron en las paredes de las casas y en los cuarteles del Agrupamiento unos afiches impresos con un mapa del Perú y la fotografía de Sánchez Cerro, cuyo motivo central era un mástil con una bandera flameando al tope en el lugar que corresponde a Leticia, con una leyenda que era expresión de Sánchez Cerro:

“ESTA BANDERA NO SE ARRIARA JAMAS”

Por los periódicos nos enteramos también de que las damas loretanas residentes en Lima habían confeccionado una bandera y bordado el escudo nacional con sus propias manos, para que la izáramos en Leticia, donde permanecería al tope día y noche, haciendo vivo el afiche, como una permanente e invariable determinación de peruanidad. Estábamos ansiosos de recibirla y nos hacíamos la promesa de mantenerla izada mientras tuviéramos aliento para sostenerla.
Muchos todavía sentíamos muy hondo la voluntad de sacrificio, la decisión de arrostrarlo todo, que impulsivamente brotó al grito de reivindicación, pese a que diariamente encontrábamos indignantes y tristes realidades.
Cuando nos faltaba rancho en Puerto Arturo por los malos manejos de gente inescrupulosa y miserables oportunistas, pensé y dije que peores cosas habrían de verse, pero hubiera dado mi sangre por equivocarme. Infelizmente no me equivoqué; la costumbre seguía, el sistema continuaba, la corrupción no tenía fin. Era increíble que personas, jefes, cuya calidad moral debió robustecerse en los institutos que les daba grado militar, a quienes se creía serias y gozaban de nuestro respeto y confianza, quienes debían darnos ejemplo, fueran capaces de manejos sucios y mezquinos, de repugnantes raterías.
Bajaba un día al puerto y vi embarcando un saco de harina a un brasileño, conocido porque llevaba en su canoa frutas y comestibles para vender a la tropa. No sé que me movió a preguntarle donde había conseguido la harina y me contestó que el alférez le había vendido. No creyéndolo posible fui al Palomar y pregunté al encargado de los víveres, que al mismo tiempo era ordenanza del alférez, si algo sabía; me contestó negativamente, pero, entrando al almacén, notó la falta del único saco de harina que había quedado.
Hubo que oír los comentarios que los marineros Padilla y Vásquez hicieron, a los que yo me sumé, no precisamente por el hecho mismo, sino lamentando que fuera un conocido nuestro, quien tan mal camino seguía.
Y los días seguían igual, con su poco de lluvia y su abundancia de sol; el mismo trajín del ir y venir de soldados, voces de mando, gritos, actividad permanente. Si Leticia hubiera sido siempre como estaba entonces no hubiera sucedido lo que sucedió. El Leticia que conocí por el año 1929, era una sola calle, larga, paralela a la orilla, con casas de material precario, tambos con techos de palmeras, que más adentro estaban dispersos; lo único importante que tenía era la estación radiotelegráfica, que servía para anunciar el paso de los buques extranjeros en tránsito a Iquitos y la Aduanilla o Resguardo Aduanero, un tambo donde el Inspector solo despertaba con el pitar de los barcos que exigían su presencia.
Los pobladores estaban perdidos en el abandono, sin contacto, sin aliento, sin motivación, olvidados del poder central; toda su actividad estaba dirigida a las labores extractivas, su comercio era insignificante; su nombre era mirado por los gobernantes en los mapas, solo por su situación fronteriza. ¡Qué distinto de Tabatinga, la frontera brasileña, donde todo era actividad, progreso!
Ramón Castilla fue el primer gobernante que comprendió la importancia de la Amazonía y le dedicó atención, después de él se hundió en el olvido, fue desoída, fue desgarrada... los cañones que envió Castilla a Leticia, como una muestra de soberanía, yo los vi en el monte, entre la maleza, hundidos en el fango; estuvieron destinados a la defensa de la frontera, pero, aunque ya no sirvieran para tal cosa en nuestra época, pues en 70 años mucho había mejorado la artillería, debieron conservarse como una reliquia, en el sitio más visible, como un símbolo de defensa en nuestra frontera.
Los gobiernos no se enteraron de la importancia de Leticia, ni de las necesidades que sufría, como jamás dieron importancia a la inmensidad de la selva; en Lima solo la conocían por las cartas geográficas y los fantásticos relatos de los dominadores de la selva, los valientes caucheros* Por eso, la camarilla que negoció esos territorios no sabía que su extensión equivalía a juntar los departamentos de La Libertad, Ancash, Lima e Ica y que solo el trapecio de Leticia es casi dos veces el departamento de Tumbes… Es que para todos los gobiernos, Lima fue siempre lo único importante y de valor en el Perú... tampoco se imaginaron que en la selva hubiera tanta riqueza que ellos desdeñaban con la punta del pie y nosotros no teníamos ayuda técnica ni herramientas con que sacarla... Para no repetir lo que cierto sabio dijo, diría yo que Dios dio barba a quien no tuvo quijada, pero la realidad es que hay muchas quijadas en el Perú.
Todo esto cavilaba a bordo del “Manco Cápac”, en La Victoria, a donde fui conduciendo a un capitán de sanidad, amigo muy conocido, mientras esperaba la hora del regreso, pero se hacía tarde y no aparecía. Rompió el hilo de mis cavilaciones Ruiz Caballero, invitándome a completar un cuarto de poker, con el teniente Goicochea y el cabo Alván, maquinista del buque, a quien nunca supe si le decían cabo porque lo fue alguna vez o le aplicaron como chapa, accedí a la invitación e inmediatamente nos pusimos a jugar.
Yo no sabía que habían llegado a La Victoria dos mujeres de vida alegre, y que una de ellas estaba a bordo; según me enteré después, ambas partirían de regreso a Iquitos al día siguiente en el barco. Eran como las once de la noche cuando vimos al capitán bajar el barranco como una tromba y subir, casi volando, al barco; se acercó a nuestra mesa y preguntó con ansiedad:
- ¿Dónde está esa mujer? -y dirigiéndose a Goicochea -¡Tú debes saber dónde está!
Yo le miré sorprendido, Ruiz Caballero y Alván sonrieron y Goicochea mirándole burlonamente le contestó:
- ¡Que pronto te has enterado!... Está en un camarote.
- ¿Con quién está?
- Debe estar sola, porque...
Sin esperar que terminara la respuesta ni preguntar cuál era el camarote se fue, y empezó a tocar las puertas, hasta que acertó; la mujer la entreabrió y él empezó a “palabrearla”. Nosotros seguimos jugando, pero aguzando los oídos para enterarnos si hacía progresos en su conquista, pero, pasaba el tiempo. Al cabo de largo rato volvió a nuestra mesa y dirigiéndose a Goicochea le dijo:
- ¡Sé franco, esa mujer está contigo... o la guardas para ti… o le has prohibido!
- ¡No! - le interrumpió Goicochea - solo han venido a pedirme pasaje a Iquitos, son dos, una ha subido al pueblo, creo que tiene familia, ésta se ha quedado porque no tenía a dónde ir, eso es lo que me ha dicho.
Volvió a la carga y la mujer, siempre con la puerta a medio abrir, parecía negarse a sus requerimientos; nosotros, más atentos al diálogo que a nuestro juego, hacíamos esfuerzos por oírlo. Al fin, pasado otro largo rato, sin poderse contener, le dijo en voz alta y llena de ira:
- ¡Parece mentira, ramera infecta, que tú me desprecies, cuando lindas muchachas no me resisten y hasta me persiguen!... ¡Yo hago mal en querer meterme con semejantes desperdicios!... - se acercó a nosotros y dirigiéndose a Goicochea continuó iracundo:
- ¡Tú tiene la culpa de todo esto!... ¡Tener aquí una mujer, sabiendo el estado en que estamos!
Y se volvió a marchar con largos trancos, seguramente a ahogar su deseo en los tragos.


TIMBEAR*.-Jugar a los juegos de azar.
MONTERIA*.- Embarcación de construcción especial. Sobre un casco preparado de un grueso tronco, se agregan tablas en las bordas.
CAUCHERO*.- El que se dedica al comercio y extracción del caucho.

EL COLMILLO DEL LAGARTO. Capitulo IX

El final de un sueño-continúa. Al llegar la noche se metió en su camarote y se acostó. Imposible dormir, pensaba en Teresa, en el dolor ...