CAPITULO I
EL AGRADECIMIENTO DE UN BRUJO Y LAS ALUCINACIONES DE UN ESCÉPTICO
Cruzando las sombras con ondulantes alaridos el viento hendía furiosamente la negrura de la noche, todo el monte, violentamente azotado, se doblaba a su paso en obligada reverencia. Las cimbreantes palmeras se mecían trepidantes con sus penachos levantados, como si invisibles y poderosas manos tiraran de ellos intentando descuajarlos; los frágiles ceticos se quebraban, volaban y caían revolcándose como esqueléticos despojos heridos por la muerte; las pesadas ramas de las robustas lupunas se desgajaban ruidosamente y arrimaban al tronco, sostenidas por sus desgarradas fibras, resistiendo a desprenderse.
Fugazmente se inundaba el firmamento con una blancura aterradora que iluminaba la imponente conjunción de la naturaleza desencadenada en brutal manifestación de su poder, con estruendoso estallido de mil explosiones, que atronaba todos los ámbitos y se perdía rebotando en la oscuridad. Un torrente desbordado oblicuamente de la abierta inmensidad ensordecía con interminable bramido
Las aguas del río, batidas por el viento tumultuoso y desordenado oleaje sacudían entre sus ondas, palos, gramalotes, troncos de árboles, arrastrados de las orillas.
Los elementos parecían haber unido su terrorífico poder para estremecer la verde selva, celosos de su imperturbable inmensidad.
Desafiando el fragor de la tempestad un barco surcaba el río; sorprendido por la tormenta en plena travesía el práctico buscaba un lugar apropiado para acoderar. A la luz de los relámpagos sólo veía barrancos inaccesibles, sabía que cerca estaba un puesto, una pequeña hacienda y pensó que sólo le quedaba el recurso de llegar hasta él para encostar hasta que pasara el temporal. La lluvia barría las dos cubiertas, no podían bajar las cenefas para protegerse porque el viento batiendo contra ellas habría desviado su rumbo, podía escorarlo, hacerlo zozobrar; práctico y timonel, completamente empapados en el puente, taladraban las sombras con sus miradas para evitar cualquier peligro. De pronto un grito:
- ¡Cuidado! ¡Ahí viene un palo!
De la oscuridad, como amenazante fantasma, surgió frente al barco un enorme tronco que se acercaba peligrosamente; el timonel giró violentamente la rueda del timón, el comandante, que al oír el grito salió de su camarote se abalanzó al telégrafo de maniobras y de un golpe mandó parar la máquina. Viró el barco eludiendo el choque, pero el tronco pasó golpeándose ruidosamente contra el casco; con un suspiro de alivio mandó poner de nuevo en marcha la máquina: poca… media... a medida que aumentaba la velocidad, una notable trepidación iba sacudiendo el barco, más... y más... Alarmado, utilizando el sistema acústico a la sala de máquinas preguntó qué estaba ocurriendo.
- Parece que la hélice ha chocado con el palo y se ha roto... o se ha torcido el eje propulsor, fue la respuesta del maquinista de guardia.
- ¡Maldición!... ¿Se podrá seguir navegando?
- Bueno… podemos seguir, pero... sólo a media fuerza. Tiembla mucho la máquina.
- ¡Tiembla todo el barco! - corrigió el comandante y dirigiéndose al práctico le preguntó:
- Qué dices, Soria, ¿Faltará mucho para llegar a un puerto?
- Hay uno cerca, pero a media fuerza, con este viento y la turbonada vamos a demorar mucho. Mejor seria atracar, aunque sea en el barranco, hasta que pase la tempestad.
- ¡Sí! -contestó el comandante tras breve reflexión- Creo que es lo más prudente.
Maniobrando con gran cuidado, el práctico acercó el barco al barranco, un marinero saltó a tierra, a gatas se subió hasta lo alto, recibió el cabo que le tiraron y lo amarró a un grueso tronco, la tempestad no cedía en su furor, la turbonada seguía sacudiendo el barco, la lluvia continuaba cayendo con fuerza, pero el riesgo había disminuido y pudieron bajar las cenefas para protegerse de ella. Pasajeros y tripulantes estaban todos despiertos, incómodos e intranquilos.
Amaneció. Como huyendo de la luz, la tempestad fue amainando, pero la turbonada sacudía igual. De pronto el marinero de guardia en el puente gritó:
- ¡Ahí baja una canoa “virada”!... ¡Están “queriendo” llegar a tierra!
Todos se acercaron al puente y a la borda. Por entre la bruma de la llovizna y del amanecer vieron a cuatro personas sujetándose desesperadamente a una volcada canoa, haciendo esfuerzos con una mano como remo, para acercarla a la orilla. Sacudidos por la turbonada se aproximaban a la proa del barco. Al darse cuenta del peligro, gritos de mujer entre los náufragos clamaron:
- ¡Socorro... socorro!... ¡Vamos a chocar!
Escasos segundos y se produjo la colisión, los cuatro fueron despedidos y desaparecieron entre las turbulentas aguas, la canoa se arrimó al casco del barco por el lado del río y siguió bajando; todos miraban; alguien gritó:
- ¡Aquí están!
Entre el barranco y el barco salieron a flote dos mujeres y un hombre, les tiraron cuerdas a las que se sujetaron y los subieron inmediatamente; una de las mujeres al no ver al cuarto náufrago exclamó:
- ¡Mi padre se ha ahogado! -empezó a llorar a gritos y la otra se sumó a sus lamentos.
De nuevo se acercaron a la borda a mirar el río buscando al que faltaba, no se veía a nadie; el segundo maquinista que había salido de guardia se acercó también, de pronto uno, señalando a cierta distancia de la popa del barco gritó:
- ¡Allá está!... ¡Está “queriendo ahogarse”!... ¡No puede agarrarse a la canoa!
Todos lo vieron haciendo esfuerzos para mantenerse a flote y acercarse a la canoa, se hundía y emergía, el oleaje lo cubría y lo reflotaba arrastrado por la corriente.
- ¡Bajen la canoa! - se oyó la voz del comandante.
La canoa colgaba de los pescantes de proa, había que hacer una maniobra para bajarla... ¿cuánto tardaría?... El náufrago se perdía entre el oleaje. De pronto un hombre se subió a la borda, se lanzó al río y nadando vigorosamente se dirigió hacia él.
Instantes de expectación que parecieron eternos... al fin se vio sujetándolo para mantenerlo a flote y nadando con un brazo hacia la orilla; parecía encontrar resistencia en que se le agotaran las fuerzas. Mientras tanto la canoa fue bajada, dos marineros se embarcaron y bogando apresuradamente fueron en su auxilio, los recogieron y regresaron a bordo. El náufrago estaba inconsciente. Uno de los presentes hizo que lo tendieran boca abajo sobre la escotilla y para hacerle expulsar el agua que había tragado le hizo presión intermitente entre los omóplatos, luego lo volteó y entre todos, con masajes, movimiento de brazos y tragos de aguardiente lo reanimaron. Tenía una herida que le ensangrentaba la frente, el espontáneo se la limpió, le aplicó una improvisada compresa y la sujetó con un pañuelo; en la colisión se había golpeado contra la proa y casi perdió el conocimiento hasta no poder gritar pidiendo auxilio, el instinto de conservación hizo que lograra mantenerse a flote, pero ya se estaba hundiendo cuando llegó su salvador.
Se sentó, las mujeres seguían llorando, pero con manifestaciones de alegría al ver a su padre mirando a todos, como buscando ansiosamente algo. Todos lo miraban sonrientes.
- ¿Quién es el que me ha salvado? - preguntó.
- Ha sido don Roberto, el segundo maquinista -contestó uno- ha ido a cambiarse de ropa.
El primer maquinista, Guillermo Swayne, que estaba cerca, se dio la vuelta, fue en su busca y al cabo de un momento volvió con él cogido del brazo. El herido se puso en pie con cierto esfuerzo, se le acercó haciendo ademán de abrazarlo, pero al verlo cambiado y verse todo mojado, se contuvo, extendió la mano diciendo:
Quisiera abrazarte por lo que me has salvado, pero te voy a mojar con mi ropa. No sé cómo darte las gracias - estrechó fuerte y efusivamente la mano que el llamado Roberto le tendió.
De repente, como inspirado, buscó algo en el pecho, lo cogió, de un tirón rompió un hilo de “chambira” con el que lo tenia atado y poniéndoselo en la mano que estaba apretando, añadió:
- Toma esto para que te ayude en todo los peligros y te de buena suerte. No lo dejes nunca. Yo te doy como agradecimiento porque me has salvado arriesgándote.
Roberto miró el objeto, los que lo rodeaban hicieron lo mismo: era un colmillo de aproximadamente seis centímetros de largo, con un pequeño orificio que atravesaba la parte más gruesa, para el hilo que lo sujetaba. Swayne miró burlonamente al donante.
- Debe ser muy bueno ese diente -le dijo- pero si tu amigo no se tira a tiempo, con diente y todo te hubieras ahogado.
El hombre lo miró oblicuamente con gesto de reproche.
- Nunca te burles, señor, de lo que no crees - le respondió- Yo sé muchas cosas que otros no saben. Los animales, las plantas y hasta la tierra que pisamos son una bendición y existen para servirnos y ayudarnos. Si hablaran ellos mismos se ofrecerían para ayudarnos a hacer nuestra vida más sana, más fuerte, más larga; los que sabemos que nos quieren ayudar aprendemos poco a poco, viviendo con ellos. No son secretos, no están escondidos, porque el monte es bueno, no hace mal a nadie, allí puede vivir toda la gente que quiere.
jueves, 6 de enero de 2011
jueves, 20 de mayo de 2010
LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE



Vistas del obelisco en la Plaza de Armas de Iquitos-Perú.
Del editor.
El siguiente es un texto cuyo autor no he logrado determinar, si algún lector lo hiciera, le ruego me lo haga saber.
Aparecía en la fenecida Geocities.com, como se advierte, a guisa de gorro en el artículo que publicamos seguidamente.
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LA SELVA EN LA GUERRA CON CHILE.
Distancias y aislamiento que entonces separaba a la selva del escenario de la guerra de conquista chilena contra Perú y Bolivia, declarada el 5 de abril de 1879, no melló en absoluto el espíritu patriótico de la población selvática. Al primer toque de clarines de guerra, numerosos jóvenes se vuelcan a las calles pidiendo incorporarse a las filas del ejército; mientras la población en general, en un gran despliegue de profundo sentimiento patriótico, no regatea con sus óbolos voluntarios, para la adquisición de armas y pertrechos.
En Tarapoto, el 20 de junio de 1 880, el gobernador del distrito, en atención a una nota oficial recibida de la subprefectura de Moyobamba, transcribiendo un oficio del Prefecto y Comandante General del Departamento, prepara y remite un contingente de 80 hombres destinados para la guerra con Chile.. El documento oficial decía: "Esta subprefectura ha recibido orden terminante del señor Prefecto y Comandante General del Departamento, para remitirlo inmediatamente 150 hombres que formarán el resto del contingente destinado a la guerra, quienes deben partir con destino a la Capital del Departamento, el día 25 del momento mes y en consecuencia ordeno a Ud. que tan pronto reciba esta comunicación, proceda a reunir el número de 80 hombres que toca suministrar al distrito de su mando con la mayor puntualidad".
El 24 de setiembre de 1 879, en una gran cruzada en pro de la patria agredida, se logra recolectar 623 soles y 20 centavos, entre los pueblos de Tarapoto y Chazuta, para ser destinados al pago del empréstito que el país se había visto forzado a realizar para la defensa nacional. El llamado de la patria violentada y agredida, por un vecino ambicioso y expansionista, no tarda entonces en llegar tramontando elevadas cordilleras envueltas de grandes mantos de hielo. La Amazonía hasta entonces solamente se vinculaba con el resto del país, a través de largas, escabrosas y empinadas trochas que rompían las cordilleras por el lado sur, vía Ucayali - Pichis y por el norte Moyobamba - Chiclayo. La otra vía, era el Amazonas, Atlántico y Pacífico. Todas significaban muchas semanas y hasta meses de penosas travesías.
Chile desde hacían más de diez años venía preparándose para la guerra; mientras en el Perú, ajenos a esa realidad, políticos, caudillos y sectores de los mandos militares, se disputaban agriamente el poder político. El país, vivía en permanentes revueltas y alzamientos militares y civiles, trayendo consigo nuestra inestabilidad política y económica. Durante ese lapso, Chile se arma, adiestra y tecnifica su ejército. Adquiere una poderosísima flota marítima, formada principalmente por dos acorazados fabricados entre 1874 y 1875, con equipos de potente artillería y dos corbetas suficientemente dotadas de armas y tres cañoneras. Su poderío era tan grande, que, solamente un acorazado, tenía mayor capacidad de fuego, mayor a toda la que tenía junta nuestra marina. En la preparación de su ejército, habían puesto mayor interés en su artillería. Dotados de modernos cañones de campaña Krupp y Armstrong y también de piezas Gatling y Nordenfelt.
Mientras los cañones nuestros, habían sido anticuadamente diseñados y fabricados toscamente en las factorías de Lima, La infantería enemiga tenía armamentos uniformes y buenos. Modernos fusiles, principalmente Comblain; a diferencia a los del Perú que carecían de uniformidad y de armas de infantería. Predominaban los fusiles Martini - Peabody. Bolivia, supuestamente nuestro aliado, tenía su infantería mucho peor. Arcaicos fusiles de pedernal y no más de 1 500 carabinas winchester. En caballería, el vecino del sur, poseía armamentos más homogéneos: sables y rifles winchester. En los nuestros había una diversidad, aunque predominaban rifles winchester.
Los chilenos hasta se habían provisto en sus mandos, no solamente de oficiales ingleses y alemanes, sino que a sus principales cuadros los habían enviado a recibir entrenamiento y formación en Europa; mientras en su país, habían organizado academias especializadas con instructores europeos, De ahí que entre sus mandos aparecen los apellidos Condell, Cox, Christie, Edwards, Leighton, Linch, Macpherson, Prat, Rogers, Simpson, Smith, Somper, Stephens, Thomson, Walker, Warner, Williams, Wilson y Wood.
Los nuestros, solamente tenían entrenamientos adquiridos en las guerras y alzamientos internos. Marchaban al frente de batalla pobremente apertrechados y hasta mal vestidos. Ropas y zapatos parecidos a pobres limosneros. Las fuerzas bolivianas mucho peor. En su mayoría no llevaban ni siquiera zapatos viejos. Los gobernantes, caudillos militares y civiles, andaban enfrascados en fratricidas revueltas. Unos, por conservar el poder o perpetuarse. Otros, por derribar al gobernante de turno. Pobre Perú. Pero, no todos fueron así. Hubo grandes personajes civiles y militares, que se sacrificaron con mucho patriotismo en las horas más aciagas de la patria: Grau, Bolognesi, Ugarte, entre ellos muchos loretanos también.
Los toques de cornetas, clarines y tambores de la patria, resonaron hasta los confines de los bosques amazónicos, convocando a sus hijos a defenderla. La patria estaba siendo ferozmente agredida, y herida. Por punas y por encima de las escarpadas cordilleras, tramontan voces de llamamiento, que ponen en alerta viril a sus juventudes. Hay un gran despertar patriótico en todos los sectores y edades. Aflora el pundonor y coraje guerrero de sus ancestros. De los que en la selva, por siglos resistieron y combatieron la invasión española.
En menos de tres meses de iniciada la guerra, tal vez, antes de otros departamentos más cercanos al escenario, desde Loreto capital Moyobamba, marcha sobre Lima, una primera columna volante de 140 jóvenes, comandados por el Sargento Mayor don Marcelino del Castillo, segundo jefe Sargento Mayor Ellas Albán y tercero, el de igual grado don Enrique Pardo. Entonces gobernaba el Perú, desde el 4 de agosto de 1876, el huanuqueño general Mariano Ignacio Prado y debería concluir su mandato en diciembre de 1879. Prado en medio de la guerra decide salir del país justificando que iba a comprar armamentos. Fue duramente cuestionada su inoportuna salida del país.
Mientras nuestros soldados morían en los campos de guerra y los chilenos inconteniblemente avanzaban hacia Lima; los caudillos seguían disputándose el poder. En medio de la tormenta, en diciembre de aquel año, asume el poder el general Luis de La Puerta. Sin embargo, el 27 del mismo mes, es obligado a dimitir y asume la presidencia el camanejo Nicolás de Piérola. Su mandato se prolonga hasta el 15 de enero de 1881 y es reemplazado por el arequipeño doctor Francisco García Calderón, que asume el 11 de marzo y deja el poder el 6 de noviembre del mismo año, cuando es apresado y deportado a Chile. En su reemplazo asciende al poder, el piurano, Contralmirante Lizardo Montero, cuyo mandato concluye el 9 de octubre de 1883.
En tanto eso ocurría, la primera columna selvática "Guardia de Honor" llegaba a Lima, después de 1 500 kilómetros de caminata. Habían transcurrido tres meses de iniciada la guerra. Se integran a uno de los batallones que se preparaba para salir al frente de las operaciones bélicas. En esos intermedios, la columna "charapa", Guardia de Honor, el 21 de diciembre de 1879, en la calle Trapitos y Plaza de la Inquisición - Bolívar - tiene el honor de intervenir en el develamiento de un nuevo intento de golpe contra el gobierno legalmente constituido. Peleando allí, entre peruanos, mueren varios de nuestros soldados loretanos. En mayo de 1880, con el nombre de Batallón Cazadores de Piérola, sale otro contingente de 600 hombres.
El 26 de mayo de 1880, en Moyobamba, el Prefecto y Comandante General de Loreto, don David Arévalo Villacis, hace público un documento dirigido a la población sanmartinense que decía: Atendiendo: 1.- A que la provincia de Moyobamba, ha contribuido con el contingente de hombres que se le ha designado para la formación del Batallón Cazadores de Píerola No.2, por cuyo motivo merece las consideraciones y gratitud de esta Prefectura y Comandancia General. 2.- Que habiendo marchado ya el expresado batallón, ha desaparecido la causa de los infundados temores que alejó a muchos de sus hogares.
DECLARO: Que todo los hijos de esta provincia, que permanecen aún ocultos, pueden regresar al seno de sus familiares y dedicarse libremente a sus ocupaciones ordinarias, con la seguridad de que no serán enrolados en el ejército activo, salvo el caso, de que las emergencias de la guerra, en que se encuentra empeñada la república, exijan un nuevo sacrificio a esta Provincia. El Subprefecto del cercado queda encargado de hacer publicar por bando, esta declaración, en los pueblos de su mando, para que llegue a conocimiento de todos los habitantes de ellos. Moyobamba Mayo 26 de 1880. Firmado David Arévalo Villacis"
Cuando el Batallón Cazadores de Piérola, llega a Chiclayo comandado por el coronel provisional Daniel Bardales Arévalo, segundo jefe, teniente coronel, Doroteo Arévalo Villacis y tercero, sargento mayor Otoniel Melena, no encuentran nave que los trasladara a Lima, por lo que se ven obligados a continuar a pie el recorrido. Por todo el litoral de los departamentos de La Libertad, Ancash y Lima. El Perú, para eso, ya había perdido toda su escuadra. En Lima, integrados al batallón comandado por el coronel Miguel Iglesias participan heroicamente en la batalla de Chorrillos.
Más tarde, un tercer batallón de 500 hombres, que se preparaba para partir a órdenes del coronel Alfredo Coret, es disuelta. Había llegado la fatal noticia de los desastres sufridos en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores. Equivocadamente las autoridades al parecer creyeron que ya nada había que hacer. El gran problema para la región era la distancia. Las informaciones no solamente llegaban muy retrasadas, sino hasta distorsionadas. Chile había invadido Lima con furia y venganza.
En la selva se han dado muchos e interesantes casos de patriotismo, durante la guerra con Chile, a pesar de las distancias y faltas de medios de comunicación: pundonor, valor, coraje y renunciamiento a la vida por la patria, que la historia regional debe recordarla siempre, para que sirva de permanente ejemplo a las generaciones del presente y del futuro. Un joven francés de nombre Pedro Dugué que había llegado a Iquitos de secretario del Marquez de Tilly, Conde Tourón, en circunstancias que un batallón de voluntarios, al mando de Miguel Noriega, se embarcaba con destino al frente de guerra, se presenta y pide ser incorporado en las fuerzas loretanas. Quiero enrolarme en las fuerzas loretanas para ir a defender al Perú. Dijo en su castellano aprendiz al jefe del batallón. El joven francés, peleando heroicamente con el grado de sargento, entregó su vida en la batalla de Miraflores,
El riojano don Francisco del Castillo, con los años cargados y la salud quebrantada, embargado de profunda emoción patriótica y expresando su pesar de no poder hacerlo personalmente, se presenta al jefe del batallón Cazadores de Piérola, mientras la tropa disciplinadamente se preparaba en la Plaza de Armas de Rioja, para partir hacia Lima, y dice, "vengo a pedir el enrolamiento de mis dos únicos mellizos: Tomás y Faustino para que vayan a defender la patria, Yo, por mi salud y los años que tengo encima, no lo puedo hacer a pesar mío" recalcó al oficial jefe del batallón.. Los dos hermanos murieron el 15 de enero de 1880, combatiendo en la batalla de Miraflores.
Setecientos cuarenta hombres debidamente registrados había aportado la Amazonía para la guerra del Pacífico. Son numerosos los que envueltos entre los paños del bicolor nacional dejaron regada su sangre y huesos en los campos de batalla, formando el batallón de los soldados desconocidos.
El 25 de mayo de 1880, el moyobambino Guardia Marina Emilio J. San Martín, en el combate del Callao, entre los buques chilenos "Guacolda y Janequeo" y la peruana "Independencia", comandada por el teniente de marina don José Gálvez, el marino loretano legó a la posteridad ejemplo de coraje y pundonor. La Independencia por efectos de un torpedo, empezaba a hundirse y José Gálvez gravemente herido, seguía dirigiendo el combate. El loretano en esas circunstancias que se hundía su buque, estudia y ensaya cuidadosamente los hilos eléctricos y en un arrojo de valentía y coraje, frío e imperturbable, prepara su revólver y dispara sobre el torpedo de cien libras de dinamita que llevaba su nave.
Las dos naves contrincantes, peruana y chilena, mortalmente averiadas, comienzan a ser tragadas por el Pacífico, mientras su olas se batían, en señal de bievenida a los valientes soldados peruanos que entregaban su vida por el honor de la patria. Allí se hallaba también el practicante de medicina Manuel S. Ugarte. Todos ruedan a los abismos del mar en apuesta y atrevida acción. En minutos, el inmenso océano se convertía en digno sepulcro de tan valerosos hombres, entre ellos el guardia marina loretano..
Francisco Vásquez, joven adolescente de 17 años y huérfano de padre. Era de Moyobamba. Aprovecha las tinieblas de la noche y fuga de su casa. Momentos antes, una columna había partido de Moyobamba con dirección a Rioja, en tránsito hacia Lima. Eran las ocho y sin más provisiones que una alforja vacía sobre los hombros y desnudos los pies, apresuradamente toma el camino y da alcance a la tropa. Pide integrarse y marcha con destino a la guerra. Meses después, también ofrenda su vida en la batalla de Miraflores. Una bomba enemiga lo había destrozado su cráneo, sin embargo tuvo tiempo antes de expirar para decir: !Viva el Perú, Viva Loreto carajo!.
En la batalla de San Juan, ofrendan su vida entre otros loretanos, el teniente de artillería Adolfo Gómez Montalván y el de infantería de ejército Julio Bellido. En la batalla de San Francisco los sargentos primeros, Agustín Matute, Santos Rengifo y Juan B. Jaña. En la batalla de Tarapacá - 27 de noviembre - el subteniente del batallón Puno No. 6, Fructuoso Hernández y los sargentos primeros, José Reyes Beltrán, Francisco y Manuel Díaz, ambos de la Escuela de Clases. En Miraflores, los oficiales Pablo Montalván y Enrique Fuerra. De Lamas, en la batalla de San Juan: Juan de la Mata Sandoval y José Nicolás Gómez y Pérez. En Miraflores, los soldados Abel Trigoso y Abrahám Saldaña. En diversas batallas los soldados Jesús Vásquez, Juan José Rengifo, Manuel Lozano, Juan de Dios Tuesta y Juan de Dios Ruiz.
De Morales, provincia San Martín, los soldados Hildefonso Dávila y Liberato Arévalo. En Miraflores Abel Arévalo. Del Ucayali, en la batalla del Campo de la Alianza, el soldado Carlos Herrera. De Iquitos, en Miraflores, los soldados Francisco Eladio Manzanares y Pedro Torres. De Saposoa, en San Francisco, los soldados Santos Rengifo y Santiago Silva. En San Juan, Abelino Rengifo. De Yurimaguas, en Miraflores: Espíritu Salinas y en San Juan, el soldado Pedro Toreros.
De Moyobamba, en el combate naval del Callao, el Guardia Marina Emilio J.S. San Martín. En el Campo de la Alianza, el teniente Julio César Cárdenas. En San Francisco, Agustín Matute, Pedro Rengifo, Cosme Damián Rengifo, Felipe Rengifo, Federico Estrella, Juan de Mata Valera y Manuel Muñoz. En Tarapacá, Francisco Fachín y Francisco Díaz. En San Juan, el teniente Julio Bellido y los soldados Adolfo Gómez Montalván, Fernando Rengifo y Biviano Perea. En Miraflores, el subteniente Francisco Milliari, Pablo Montalván, Juan Bardales, Francisco Charpentier, Enrique Guerra, José Mercedes Rengifo, Martín López, Francisco Vásquez y Salmón Mesía.
En diversos combates: Toribio Ochoa, Tomás Mejía, Francisco Peña, Eugenio Olórtegui, Pasión Sánchez, Francisco Arévalo, Carlos Petroviz, José del Carmen Rodríguez, Antonio Mori, Juan José Vargas, Santiago Vela, Juan Guerra, Esteban del Aguila Rengifo, Juan José Alvarez. De Soritor, Isaac Noriega y de Calzada, Anselmo Navarro.
De Rioja, en la batalla de Tarapacá, el subteniente Fructuoso Hernández, Emiliano Castillo, Tomás Castillo y José Reyes Beltrán. En San Juan, Julián Rodríguez, Fernando Sánchez, Bonifacio Rodríguez y Nicolás Reátegui. En Miraflores: los soldados Froilán Portocarrero y Gregorio Maldonado. En diversos combates, Eleodoro Mozombite, Inocente Hidalgo, Pedro C. Valera, David y Miguel Moncada, José Teronco y Teodoro Guerra. De Tarapoto, en San Francisco, los soldados Juan B: Jaña y Juan Rengifo. En diversos combate, los soldados Nicolás del Aguila, Dionicio Angulo, Domingo Arévalo, José de la Paz Sánchez Alonso, Juan Arévalo y Melchor Rubio.
El 9 de agosto de 1905, la Sociedad Unión Loretana, presidida por Leonardo Velázquez, autorizados por el Alcalde Cáceres, levanta en Iquitos, un monumento destinado a perennizar y honrar la memoria de los héroes amazónicos caídos en la infausta guerra del Pacifico.
martes, 1 de septiembre de 2009
HONOR Y GLORIA
Honor y gloria a los ciudadanos que hace setentisiete años hicieron flamear nuevamente la bandera en territorio ancestralmente peruano.
GENESIS DEL RESCATE DE LETICIA
La inspiración del movimiento y la gesta intelectual del rescate fue obra de los siguientes caballeros, que posteriormente conformaron la:
JUNTA PATRIOTICA DE LORETO
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Guillermo Ponce de León.
Pedro del Águila Hidalgo.
Ignacio Morey Peña.
Luis Arana Zumaeta.
Manuel I. Morey.
Relación nominal de los 57 patriotas que tomaron posesión de Leticia el l de setiembre de 1,932.
PROCEDENTES DE IQUITOS
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Juan Francisco La Rosa.
Pedro Mathews Soria.
Roberto Zumaeta.
Manuel Tapullima.
Pedro Antonio Peña.
Demetrio Sifuentes.
Víctor Orbe Orbe.
PROCEDENTES DE CABALLO COCHA
Arístides Lozano.
Domingo Gárate.
Leonidas Malafaya.
Carlos Lozano.
Enrique Sáenz.
Teodorico Oyarce.
Hernán Hernández.
Andrés Jarama.
Darío Olortegui.
Felipe Acosta.
Homero Rodríguez.
Humberto Villacorta.
Francisco Sáenz.
Francisco N. Rasma.
José Anahuanari.
Emilio Pinedo.
Antonio Tapayuri.
Juan Ahuanari.
Néstor Santillán.
Elías Dávila.
Francisco Franco.
César García.
Leoncio López.
Manuel Matute.
Francisco Pinedo del Águila.
Eduardo Arimuya.
Gerardo Malafaya.
Anselmo Pereira.
Miguel Vásquez.
Pedro Dávila.
Alejandro Vásquez.
José Gabrielli Lucas.
Juan Villacorta.
Francisco Romero.
Manuel Elespuru.
Oscar Romero.
José María Reyna.
PROCEDENTES DE YAHUMA
Alejandro Gonzáles.
Juan Panduro.
Inocente Angulo.
Antonio Carihuasi.
Miguel Díaz.
Marcial Vigo.
PROCEDENTES DE TARMA
Alcibiades Silva.
Doroteo del Castillo.
Julián Hidalgo.
Juan Alván.
Enrique Hidalgo.
Cristóbal Moreno.
GENESIS DEL RESCATE DE LETICIA
La inspiración del movimiento y la gesta intelectual del rescate fue obra de los siguientes caballeros, que posteriormente conformaron la:
JUNTA PATRIOTICA DE LORETO
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Guillermo Ponce de León.
Pedro del Águila Hidalgo.
Ignacio Morey Peña.
Luis Arana Zumaeta.
Manuel I. Morey.
Relación nominal de los 57 patriotas que tomaron posesión de Leticia el l de setiembre de 1,932.
PROCEDENTES DE IQUITOS
Oscar H. Ordóñez de la Haza.
Juan Francisco La Rosa.
Pedro Mathews Soria.
Roberto Zumaeta.
Manuel Tapullima.
Pedro Antonio Peña.
Demetrio Sifuentes.
Víctor Orbe Orbe.
PROCEDENTES DE CABALLO COCHA
Arístides Lozano.
Domingo Gárate.
Leonidas Malafaya.
Carlos Lozano.
Enrique Sáenz.
Teodorico Oyarce.
Hernán Hernández.
Andrés Jarama.
Darío Olortegui.
Felipe Acosta.
Homero Rodríguez.
Humberto Villacorta.
Francisco Sáenz.
Francisco N. Rasma.
José Anahuanari.
Emilio Pinedo.
Antonio Tapayuri.
Juan Ahuanari.
Néstor Santillán.
Elías Dávila.
Francisco Franco.
César García.
Leoncio López.
Manuel Matute.
Francisco Pinedo del Águila.
Eduardo Arimuya.
Gerardo Malafaya.
Anselmo Pereira.
Miguel Vásquez.
Pedro Dávila.
Alejandro Vásquez.
José Gabrielli Lucas.
Juan Villacorta.
Francisco Romero.
Manuel Elespuru.
Oscar Romero.
José María Reyna.
PROCEDENTES DE YAHUMA
Alejandro Gonzáles.
Juan Panduro.
Inocente Angulo.
Antonio Carihuasi.
Miguel Díaz.
Marcial Vigo.
PROCEDENTES DE TARMA
Alcibiades Silva.
Doroteo del Castillo.
Julián Hidalgo.
Juan Alván.
Enrique Hidalgo.
Cristóbal Moreno.
domingo, 29 de marzo de 2009
martes, 3 de febrero de 2009
viernes, 17 de octubre de 2008
EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana
EPILOGO
...se casaron y vivieron felices...
Así terminan todas las novelas; ésta, que quisiera serlo, termina igual, porque Paulina y el protagonista reanudaron el romance que un alucinante tráfago había interrumpido y llegaron al altar; la gran Colombia y el Perú, se unieron también por remozados lazos de interés y conveniencia, renovaron su amistad, aunque no felices por igual.
Montado el gran final para escenificarse en el gran teatro de la Liga de las Naciones, la fina diplomacia colombiana inició la reconciliación con los parabienes que presentó uno de sus más destacados diplomáticos al nuevo mandatario de la nación. Fue correspondido con una invitación especial al palacio presidencial, que culminó con entrevistas a puertas cerradas, en las que determinaron, en trato directo, el destino de las tierras en disputa y la expatriación de miles de peruanos.
Nuestros políticos y diplomáticos reanudaron con más énfasis sus discursos en elogio de sus ilusorios triunfos en la pugna por mantener el respeto de nuestra soberanía e integridad territorial, haciendo coro con los panegíricos de los nuevos áulicos y las alabanzas de los arribistas y serviles cortesanos, al magno esfuerzo y noble sacrificio del nuevo gobernante en pro de la paz...
...Y Leticia fue entregada nuevamente...
En la luminosa acción de los que ofrendaron sus vidas, muchos trataron de esconder su incuria, su negligencia, su incapacidad... en esa brillante aureola procuraron ocultar la orfandad de sus acciones y la pobreza de su méritos.
El ejército los proclamó sus héroes y los militares, orgullosamente, pregonaron sus nombres cantando la epopeya, como si hubiesen presenciado su sacrificio, como si hubieran comprendido su abnegación, como si no hubieran sido cómplices de su inútil inmolación.
El hombre de la selva, el dueño de la montaña, el loretano, los consagró como símbolo de sus defraudadas esperanzas de rescate, como una nueva herida del alma, abierta más dolorosamente.
Los nombres de los lejanos puestos donde cayeron, quedaron para la posteridad grabados con la sangre de aquellos ilusos abandonados a un sacrificio estéril, de aquellos que fueron abandonados por una extraña interpretación logística, en lugar de ser apoyados en la defensa de su suelo, como expresión de la voluntad de un pueblo, muriendo todos, como en una nueva Numancia, antes que permitir que la planta enemiga hollara nuestra tierra.
Las trincheras de Gueppí, regadas con la sangre que salpicó sus fosos, hicieron germinar una nueva doctrina de regionalismo y peruanidad, para regar en los ámbitos, a través de todos los tiempos, como un clamor vindicatorio, el rugido de indignación y amenaza de sus defensores, entre el fragor del trueno y el fulgor de los relámpagos de las tempestades de la selva, vívido recuerdo del fuego que vomitaron los fusiles y la ametralladora con que se inmortalizaron Lores, Bartra, Reyes, protegiendo la retirada de su Compañía, que penosamente, llegó hasta allí, solo para ofrecer a un pueblo ansioso, a una Nación expectante, el sacrificio de esos titanes...
La pugna profesional entre altos jefes, el interés político, hizo desoír la demanda de tropas, armas, municiones por las que estábamos clamando los expedicionarios. Bien lo sabía el Jefe del Comando de las Operaciones del Nor-oriente cuando dijo:
“estamos satisfechos del comportamiento de nuestras tropas y oficiales... no se puede tener idea de las inmensas dificultades naturales que hay que vencer para realizar una campaña en la selva, las enormes distancias que hay que recorrer abriéndose paso por entre espeso monte, machete en mano, atravesando ríos y ciénagas a cada instante, donde el clima es inclemente y las fiebres son inevitables...”
¡No!... No podía tener idea porque nunca vio la selva a no ser desde un avión... ¡Nosotros éramos dueños de ella, pero no teníamos armas, caminábamos por ella, pero no teníamos alimentos, nosotros estábamos luchando contra las fiebres, pero no teníamos medicinas!
Mientras tanto, nuestros políticos trataban de sostener a sus caudillos para no perder el poder, nuestros generales deliberaban y discutían para decidirse a cual de ellos apoyar, nuestros diplomáticos, envueltos en las redes dialécticas de la intangibilidad de los tratados, incorporaban una nueva semántica para el honor nacional... Fueron incapaces de comprender el fervor regional loretano, no se atrevieron a respaldar el clamor de un pueblo despojado, desoyeron la ansiedad del nativo de recobrar su nacionalidad.
...¡Y Leticia fue entregada nuevamente!...
Y cuando un oficial loretano que había estado en Leticia, que había visto la realidad de nuestro abandono, que había presentido el final de la mascarada, se alzó en armas contra esa nueva entrega, lo acusaron de traidor a la patria... ¡lo llamaron loco!.., como locos llamaron a los que lo secundaron... como locos debieron llamarnos a todos los que soñamos que Leticia volvería a ser peruana.
Tejedo quiso hacer acción la protesta que nuevamente estaba conteniéndose en todas las gargantas, presintió, como muchos presentimos, que nuevamente seríamos traicionados; conocía como muchos, “la historia sociológica y política de su patria”... Por eso tuvo, al ser juzgado, la entereza y claridad que da la desesperación, ante el fracaso de una causa justa, de lanzar ante sus jueces, frases acusatorias al proceder del gobierno y afirmó que Leticia sería nuevamente entregada a Colombia...
...¡Y Leticia fue entregada...
Sus jueces, endurecidos en la disciplina de cuartel, ofuscados por un equivocado concepto de honor militar, desviados por su particular entender del amor a la patria, fueron incapaces de comprender la mentalidad de Tejedo, la magnitud del amor a su tierra, su idiosincrasia de hombre de la selva, el tácito sacrificio de su carrera en aras de su regionalismo... y lo condenaron, igual que a los once clases que le acompañaron, por ... TRAICION A LA PATRIA...
¿Pudo haber jamás mayor absurdo?
Ellos, igual que los que cayeron en Gueppí, defendían la misma causa, era el rescate de su tierra su ideal, era Leticia su símbolo, era el sentimiento de la integridad de la patria lo que los impulsó... pero, a unos los ensalzaron y a otros los infamaron, a unos los llamaron héroes y a otros traidores a la patria... traidores a esa patria, que si pudiera hablar, pregonaría el grandioso valor, la cabal dimensión patriótica de su gesto... los reivindicaría para justicia y honor nacional...
...Pues Leticia... ¡fue entregada nuevamente!...
Los militares volvieron a sus cuarteles a ufanarse de la campaña y a esperar los aniversarios de la inmolación para festejarlos, volvieron a lucir sus brillantes uniformes en pomposos desfiles y a ejercitarse para ilusorias campañas... ¡Ya nada teníamos que perder!
El festín parecía terminado; los vecinos, todos, ya tenían su parte de suelo peruano... conquistado... arrebatado... cedido... ¡qué importaba!... Lentamente había ido disminuyendo nuestro inmenso territorio, heredad de los mayores, legado de la historia. ...Palabras, tratados, sangre... llenaron su lugar en sus páginas, tornando en recuerdo la visión de un Perú grande en extensión... porque nunca tuvimos habilidad para convencer, poder para vencer, ni armas para defender nuestros argumentos.
Los Caínes se llevaron casi la quinta parte de los territorios y crecieron a expensas del Abel sudamericano y nuestros políticos, nuestros militares, nuestros diplomáticos seguían agasajándolos... rindiéndoles entusiasmados homenajes... abriéndoles todas las puertas... olvidando ¡increíblemente!... que uno de esos Caínes saqueó nuestra riqueza, destrozó nuestras reliquias, quemó nuestros altares, mató a sus padres, mató a sus hermanos... violó a sus mujeres...
...¡Y los llamaban hermanos!...
Seguíamos confiados, como siempre desunidos, cada quien tratando de empinarse, aunque fuera aplastando a los demás; expuestos a la traición que genera la envidia o el ansia de llegar al poder; seguíamos desarmados para amparar nuestros derechos, pues, las pocas armas que siempre tuvimos, solo sirvieron para hacer revoluciones, para sostener dictaduras, para sojuzgar al pueblo...
¡Por eso, Leticia fue entregada nuevamente!...
...se casaron y vivieron felices...
Así terminan todas las novelas; ésta, que quisiera serlo, termina igual, porque Paulina y el protagonista reanudaron el romance que un alucinante tráfago había interrumpido y llegaron al altar; la gran Colombia y el Perú, se unieron también por remozados lazos de interés y conveniencia, renovaron su amistad, aunque no felices por igual.
Montado el gran final para escenificarse en el gran teatro de la Liga de las Naciones, la fina diplomacia colombiana inició la reconciliación con los parabienes que presentó uno de sus más destacados diplomáticos al nuevo mandatario de la nación. Fue correspondido con una invitación especial al palacio presidencial, que culminó con entrevistas a puertas cerradas, en las que determinaron, en trato directo, el destino de las tierras en disputa y la expatriación de miles de peruanos.
Nuestros políticos y diplomáticos reanudaron con más énfasis sus discursos en elogio de sus ilusorios triunfos en la pugna por mantener el respeto de nuestra soberanía e integridad territorial, haciendo coro con los panegíricos de los nuevos áulicos y las alabanzas de los arribistas y serviles cortesanos, al magno esfuerzo y noble sacrificio del nuevo gobernante en pro de la paz...
...Y Leticia fue entregada nuevamente...
En la luminosa acción de los que ofrendaron sus vidas, muchos trataron de esconder su incuria, su negligencia, su incapacidad... en esa brillante aureola procuraron ocultar la orfandad de sus acciones y la pobreza de su méritos.
El ejército los proclamó sus héroes y los militares, orgullosamente, pregonaron sus nombres cantando la epopeya, como si hubiesen presenciado su sacrificio, como si hubieran comprendido su abnegación, como si no hubieran sido cómplices de su inútil inmolación.
El hombre de la selva, el dueño de la montaña, el loretano, los consagró como símbolo de sus defraudadas esperanzas de rescate, como una nueva herida del alma, abierta más dolorosamente.
Los nombres de los lejanos puestos donde cayeron, quedaron para la posteridad grabados con la sangre de aquellos ilusos abandonados a un sacrificio estéril, de aquellos que fueron abandonados por una extraña interpretación logística, en lugar de ser apoyados en la defensa de su suelo, como expresión de la voluntad de un pueblo, muriendo todos, como en una nueva Numancia, antes que permitir que la planta enemiga hollara nuestra tierra.
Las trincheras de Gueppí, regadas con la sangre que salpicó sus fosos, hicieron germinar una nueva doctrina de regionalismo y peruanidad, para regar en los ámbitos, a través de todos los tiempos, como un clamor vindicatorio, el rugido de indignación y amenaza de sus defensores, entre el fragor del trueno y el fulgor de los relámpagos de las tempestades de la selva, vívido recuerdo del fuego que vomitaron los fusiles y la ametralladora con que se inmortalizaron Lores, Bartra, Reyes, protegiendo la retirada de su Compañía, que penosamente, llegó hasta allí, solo para ofrecer a un pueblo ansioso, a una Nación expectante, el sacrificio de esos titanes...
La pugna profesional entre altos jefes, el interés político, hizo desoír la demanda de tropas, armas, municiones por las que estábamos clamando los expedicionarios. Bien lo sabía el Jefe del Comando de las Operaciones del Nor-oriente cuando dijo:
“estamos satisfechos del comportamiento de nuestras tropas y oficiales... no se puede tener idea de las inmensas dificultades naturales que hay que vencer para realizar una campaña en la selva, las enormes distancias que hay que recorrer abriéndose paso por entre espeso monte, machete en mano, atravesando ríos y ciénagas a cada instante, donde el clima es inclemente y las fiebres son inevitables...”
¡No!... No podía tener idea porque nunca vio la selva a no ser desde un avión... ¡Nosotros éramos dueños de ella, pero no teníamos armas, caminábamos por ella, pero no teníamos alimentos, nosotros estábamos luchando contra las fiebres, pero no teníamos medicinas!
Mientras tanto, nuestros políticos trataban de sostener a sus caudillos para no perder el poder, nuestros generales deliberaban y discutían para decidirse a cual de ellos apoyar, nuestros diplomáticos, envueltos en las redes dialécticas de la intangibilidad de los tratados, incorporaban una nueva semántica para el honor nacional... Fueron incapaces de comprender el fervor regional loretano, no se atrevieron a respaldar el clamor de un pueblo despojado, desoyeron la ansiedad del nativo de recobrar su nacionalidad.
...¡Y Leticia fue entregada nuevamente!...
Y cuando un oficial loretano que había estado en Leticia, que había visto la realidad de nuestro abandono, que había presentido el final de la mascarada, se alzó en armas contra esa nueva entrega, lo acusaron de traidor a la patria... ¡lo llamaron loco!.., como locos llamaron a los que lo secundaron... como locos debieron llamarnos a todos los que soñamos que Leticia volvería a ser peruana.
Tejedo quiso hacer acción la protesta que nuevamente estaba conteniéndose en todas las gargantas, presintió, como muchos presentimos, que nuevamente seríamos traicionados; conocía como muchos, “la historia sociológica y política de su patria”... Por eso tuvo, al ser juzgado, la entereza y claridad que da la desesperación, ante el fracaso de una causa justa, de lanzar ante sus jueces, frases acusatorias al proceder del gobierno y afirmó que Leticia sería nuevamente entregada a Colombia...
...¡Y Leticia fue entregada...
Sus jueces, endurecidos en la disciplina de cuartel, ofuscados por un equivocado concepto de honor militar, desviados por su particular entender del amor a la patria, fueron incapaces de comprender la mentalidad de Tejedo, la magnitud del amor a su tierra, su idiosincrasia de hombre de la selva, el tácito sacrificio de su carrera en aras de su regionalismo... y lo condenaron, igual que a los once clases que le acompañaron, por ... TRAICION A LA PATRIA...
¿Pudo haber jamás mayor absurdo?
Ellos, igual que los que cayeron en Gueppí, defendían la misma causa, era el rescate de su tierra su ideal, era Leticia su símbolo, era el sentimiento de la integridad de la patria lo que los impulsó... pero, a unos los ensalzaron y a otros los infamaron, a unos los llamaron héroes y a otros traidores a la patria... traidores a esa patria, que si pudiera hablar, pregonaría el grandioso valor, la cabal dimensión patriótica de su gesto... los reivindicaría para justicia y honor nacional...
...Pues Leticia... ¡fue entregada nuevamente!...
Los militares volvieron a sus cuarteles a ufanarse de la campaña y a esperar los aniversarios de la inmolación para festejarlos, volvieron a lucir sus brillantes uniformes en pomposos desfiles y a ejercitarse para ilusorias campañas... ¡Ya nada teníamos que perder!
El festín parecía terminado; los vecinos, todos, ya tenían su parte de suelo peruano... conquistado... arrebatado... cedido... ¡qué importaba!... Lentamente había ido disminuyendo nuestro inmenso territorio, heredad de los mayores, legado de la historia. ...Palabras, tratados, sangre... llenaron su lugar en sus páginas, tornando en recuerdo la visión de un Perú grande en extensión... porque nunca tuvimos habilidad para convencer, poder para vencer, ni armas para defender nuestros argumentos.
Los Caínes se llevaron casi la quinta parte de los territorios y crecieron a expensas del Abel sudamericano y nuestros políticos, nuestros militares, nuestros diplomáticos seguían agasajándolos... rindiéndoles entusiasmados homenajes... abriéndoles todas las puertas... olvidando ¡increíblemente!... que uno de esos Caínes saqueó nuestra riqueza, destrozó nuestras reliquias, quemó nuestros altares, mató a sus padres, mató a sus hermanos... violó a sus mujeres...
...¡Y los llamaban hermanos!...
Seguíamos confiados, como siempre desunidos, cada quien tratando de empinarse, aunque fuera aplastando a los demás; expuestos a la traición que genera la envidia o el ansia de llegar al poder; seguíamos desarmados para amparar nuestros derechos, pues, las pocas armas que siempre tuvimos, solo sirvieron para hacer revoluciones, para sostener dictaduras, para sojuzgar al pueblo...
¡Por eso, Leticia fue entregada nuevamente!...
domingo, 12 de octubre de 2008
EL RESCATE DE LETICIA-Novela de una frustración loretana
XXXIX
Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado.
La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios.
Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas...
Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra?
Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!...
Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir...
Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha.
Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.
Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres.
Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación.
No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos.
Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios.
Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza.
Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato.
Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar.
Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava.
Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó:
- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar!
Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo.
Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?...
Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad.
El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay.
Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo...
Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar.
Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado.
Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva.
Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago.
Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo:
- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!...
Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha.
Pero volvamos a lo nuestro.
Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo:
- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”.
- A la orden, mi comandante - le contesté.
Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente.
- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle:
- ¡Gracias, mi comandante! - y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí:
- ¡Permiso, mi comandante!
Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo...
Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre.
Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse.
Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco.
- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor.
- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor.
- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó.
Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas.
Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo:
- ¡Ahí viene el mayor!
- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro...
El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega...
¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!...
TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho.
OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía.
MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo.
PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.
Pasaron algunos días de mortal aburrimiento. El telón se había descorrido completamente: ya no nos quedaba la menor duda respecto de la suerte de Leticia y la nuestra. De nada sirvieron los fundamentos de hecho y derecho que el pueblo había invocado.
La imagen de la recuperación de Leticia forjada en el alma de los loretanos como una inspiración casi divina, impulsada por el derecho y en busca de justicia, fue opacándose con sombras de funestos presagios.
Los políticos, acomodándose a la nueva situación, ya estaban haciendo llamados a la meditación sobre la gravedad de la situación, para salvar la dignidad y el prestigio de la patria; llamados a la concordia para afrontar las dificultades; llamados a un despertar que nos llevara hacia nuestros grandes destinos en fraterno abrazo, que nos hiciera merecedores del respeto y la consideración de las naciones... Tales argumentos, propalados por fuentes diplomáticas y recibidas en Loreto con estupor, eran el preludio de su torpe claudicación, cuyas amargas y dolorosas realidades eran: la entrega de Leticia a Colombia, las excusas que Colombia debía recibir del Perú por la toma de Leticia y la total desmilitarización del Putumayo y del Amazonas...
Todo, pues, estaba perdido para los loretanos... Los cantos épicos, el sueño de triunfo, el volver glorioso... se había convertido en un cruento despertar... ¿Cómo fue posible admitir que el Perú presentara excusas a Colombia lamentando los sucesos ocurridos en Leticia?... ¿No sabían los que admitieron semejante aberración que Leticia fue peruana aún antes de que palpitara la vida humana en su tierra?
Pero, ¿qué podíamos hacer?... Si hubiéramos protestado nos habrían acusado de traidores... olvidar... ¡imposible!... Teníamos que callar, resignados como siempre y esperar nuevos tiempos, mejores hombres, verdaderos gobernantes... ¡Otro sueño!...
Y, en busca de ese olvido deambulábamos por las solitarias calles de Caballo Cocha que escondían en su silencio el nostálgico recuerdo de una época venturosa; era fabulosa de hombres rudos que tras larga ausencia aparecían en grandes canoas repletas de relucientes bolas de caucho, alegres y ansiosos de retornar, olvidando la dura lucha en las estradas y la paciente espera para recoger la blanca leche que vertían en las tishelinas* las heridas que despiadadamente hacían los caucheros a los árboles indefensos; el atosigante humo que la endurecía al ritmo de sus manos; bolas que rodaban a los almacenes hasta repletarlos en espera de los barcos que habían de conducirlas a lejanos países a cambio de oro, oro que repletaba los bolsillos y los baúles y se derramaba convirtiéndose en comodidades, lujo, buen vivir...
Lamentábamos que no se hubiera mantenido ese apogeo, que ya solo brindaba pálidos vestigios, brindando un recuerdo de paz, una fuente de consuelo. Sus noches de luna en el inmenso lago, completamente deshabitado en sus márgenes, de un verde esplendor de misterio y una quietud de cielo, de tersa y negra superficie, quebrada en parte por una leve brisa que hacía saltar reflejos como estrellas en busca de horizonte... Tal paisaje no mereció nombre tan vulgar: Caballo Cocha.
Pero es nombre de leyenda, que muchos sostienen y afirman haberla recibido de sus antepasados, como relato de hechos acontecidos.
Según ella, la primitiva ciudad estaba donde hoy está el lago, que ciertamente es enormísimo, profundo y de agua tan negra que es impresionante. Sus primeros pobladores vivían organizados bajo el gobierno de un Consejo de venerables, cuyo fundamento se basaba en tres principios inviolables: el trabajo, el respeto a la propiedad y a la familia y el culto a una divinidad, que según los ancianos había nacido en el agua, vivía en las plantas y en los animales y guiaba el pensamiento y los actos de los hombres.
Le llamaban Yachay, su culto se extendía a gran parte de la región y en ciertas épocas que coincidían con plenilunios y sequías, llegaban comitivas de pueblos alejados, con presentes, obsequios a la divinidad, animales destinados al sacrificio y unidos todos, realizaban ceremoniales en los que el sacerdote dirigía las plegarias, recibía las peticiones y hacía los sacrificios. Todas las rogativas estaban dirigidas a hacer más productivas sus ocupaciones: la caza, la pesca y la cosecha de los productos selváticos, que aprendieron a cultivar desde su espontánea germinación.
No sentían ansia de riquezas ni buscaban bienes de fortuna, no tenían rencillas ni peleas, vivían fraternalmente y morían de muerte natural, salvo cuando eran atacados por un otorongo* o un lagarto en las palizadas del gran río que quedaba lejano o por las picaduras de las víboras o insectos venenosos.
Pasó el tiempo, la población aumentó, los hijos de algunos principales, hombres y mujeres, sin necesidad de trabajar para sostenerse, vivían en la holganza y en la hartura; tal indolencia fue transformándose en aburrimiento, hastío, repugnancia de cuanto les rodeaba, desviación de sus ideas, quebrantamiento de sus principios.
Buscaron nuevos placeres en la bebida, destilando el masato*, para hacerlo más fuerte; en sus danzas, hombres y mujeres empezaron a despojarse de sus ropas y se arrastraban por el suelo hasta quedar completamente desnudos, retorciéndose como en espasmos de locura o ataques de epilepsia; desapareció el respeto a la familia, el adulterio se hizo corriente; las parejas de enamorados ya no esperaban la consagración del sacerdote y apareció el concubinato; las mujeres que se resistían no eran respetadas, esposas, jóvenes solteras, niñas impúberes eran arrastradas y ultrajadas a la fuerza.
Tal actitud fue extendiéndose lentamente. El sacerdote y los ancianos del Consejo amenazaron con la ira de Yachay y anunciaron castigos que mandaría, pero, como nada ocurría, empezó a cundir la duda en los poderes de la divinidad. Y se dio el caso del primer asesinato.
Yalma, hija única de uno de los venerables del Consejo, que estaba en vísperas de unirse con Mayuma, hijo de otro venerable, fue raptada una noche de su tambo, por un grupo encabezado por Nagamo, uno de los jóvenes que propiciaba la nueva forma de diversiones y conducida a una “pampa”, alejada del pueblo, donde solían hacer fiestas y celebraciones. La asustada joven fue entregada a otras, ya habituadas al nuevo género de fiesta, que estaban completamente ebrias, casi desnudas; la recibieron con entusiasmo y para alentarla trataron de darla a beber la punta* del masato. Yalma se negó, pero Nagamo, haciéndola sujetar por los otros amigos, todos completamente borrachos, a viva fuerza la obligó a beber una copiosa cantidad. No tardó en hacerle efecto la bebida, la despojaron de sus ropas y Nagamo se puso a bailar con ella en sicalípticas contorsiones. Yalma se caía, la volvía a levantar y en el paroxismo de la lujuria la violó, en medio del círculo que formaban los presentes en erótico danzar.
Una anciana, que había visto el rapto, corrió a dar aviso al padre de Yalma; éste iba en auxilio de su hija y se encontró con Mayuma, quien, al enterarse de lo sucedido, pidió al viejo que se quedara y le dejara ir a proteger a su amada. Pasó por su tambo y cogió su clava.
Cuando llegó a la pampa rompió el círculo de danzarines y vio a Yalma tendida en el suelo, sangrante, revolviéndose dolorosamente y a Nagamo, de pié a su lado, riendo; lo comprendió todo; ciego de indignación se abalanzó contra Nagamo, quien, cobardemente trato de huir, fue alcanzando no muy lejos y se escudó tras de un grueso tronco. Mayuma no podía atacarlo. Casi todos los circunstantes, tambaleantes huyeron de la pampa, pero uno de los que los siguieron le gritó:
- ¡Mayuma, no hagas eso!... ¡Si matas, Yachay te va a castigar!
Mayuma era creyente; estaba enfurecido, parecía un tigre dispuesto a matar, pero esa voz le contuvo un instante, miró quién le había gritado y en esa breve vacilación, Nagamo se le fue encima, le quitó la clava y le atacó a golpes. La sorpresa hizo que Mayuma tropezara y cayera al suelo, Nagamo siguió golpeándolo bárbaramente hasta matarlo.
Fue el primer crimen en el pueblo y todos se asustaron; nunca había ocurrido algo parecido, nadie sabía qué hacer, una especie de pánico empezó a cundir entre los pobladores... ¿Castigaría Yachay el crimen?... ¿Qué haría el Consejo de Ancianos?...
Nagamo y los que habían protagonizado el hecho se escondieron asustados, amedrentados brevemente, pero, como nada les sucedía como castigo, se envalentonaron, se sintieron fuertes, volvieron al poblado y continuaron minando la fe en los poderes de Yachay para castigar el mal, poniéndose como ejemplo. Para demostrarlo empezaron a cometer mayores tropelías, especialmente contra la familia: violaciones, incestos, adulterios... transformaron las fiestas en orgías y lupanares, culminando tanta corrupción en el repudio general de la divinidad.
El pueblo se transformó en un antro del vicio y la perversión y en el paroxismo de la crápula, levantaron una nueva imagen a la que empezaron a adorar. La llamaron Supay.
Una noche, en la que iluminados por grandes fogatas, todos ebrios y desnudos danzaban en torno a parejas que se revolcaban en cópulas bestiales, al pié del ídolo, que representaba un conjunto indescriptible de todos los cuadrúpedos de la selva, en lo más apocalíptico de la orgía, sintieron temblar horrorosamente el suelo y hundirse estruendosamente, mientras torrentes de agua parecía brotar de las entrañas de la tierra, que se abría por todas partes, lo cubría todo... completamente todo...
Semanas después volvió una de las familias que antes del fenómeno había viajado a un poblado lejano y halló un panorama distinto, algo que nunca habían visto. Se sintieron desconcertados, pero su orientación coincidía en que donde había aparecido una grandísima “cocha”-regionalismo con el que se denomina a los lagos-habían estados los tambos y la población. Acamparon en una tierra alta al lado de un canal que se había formado, por el que se llegaba al lago y desembocaba en el gran río, construyeron su tambo y empezaron a explorar.
Mucho de lo que veían les hacía intuir lo que había sucedido: robustos árboles caídos por todas partes, algunos emergiendo en las orillas del lago; enseres de uso doméstico y restos de casas flotando en él; un ambiente pestilente y gallinazos por todas partes... ninguno sabía que pensar de los familiares que había dejado.
Días después llegaron otras familias y acamparon en el mismo sitio. Algunas noches oían ruidos extraños y bruscos, gritos de animales; asustados sentían moverse la tierra, veían agitarse las aguas del lago y emerger de entre sus ondas algo monstruoso, semejante a la imagen que habían adorado, que parecía tratar de escapar de las aguas, lanzando rugidos espantosos que nunca habían oído de ningún animal de la selva.
Poco a poco el fenómeno fue haciéndose menos frecuente, hasta que desapareció por completo. Se calmaron y fueron asentándose en el nuevo poblado. Guardaron vivo el recuerdo de la desaparecida población y fueron transmitiendo la versión de lo ocurrido de padres a hijos, así como la descripción, cada vez más desfigurada del ídolo causante de la tragedia, que había quedado en el fondo del lago.
Pasados muchísimos años, ya la nueva población crecida, cierta vez que se repetía el relato, un oyente que había llegado de muy lejos, al oír la descripción del ídolo y del monstruo, dijo:
- ¡Pardiez!... ¡Eso parece un caballo!...
Los que lo oyeron lo repitieron muchas veces y sin darse cuenta casi, el nuevo pueblo y el lago fueron tomando el nombre de Caballo Cocha.
Pero volvamos a lo nuestro.
Al fin, después de cierto esperar, un día el comandante me hizo llamar y con su vozarrón característico, sin ningún preámbulo me dijo:
- Reintégrese a su unidad. Su Compañía debe embarcarse para Iquitos al regreso del crucero “Huallaga”.
- A la orden, mi comandante - le contesté.
Se levantó y bordeando la mesa ante la que había estado sentado, se me puso al frente.
- Que tenga Usted, un buen viaje y que se cumplan todos sus deseos - agregó, con una mirada en la que creí leer recuerdos acumulados en tan ingrata campaña y algo de particular aprecio. Y me extendió la mano. Solo atiné a decirle:
- ¡Gracias, mi comandante! - y se la estreché con firmeza, en un apretón que reducía la tremenda distancia de su graduación... ¡Un teniente coronel y un soldado, al final de una campaña de desengaños!... Saludé militarmente y concluí:
- ¡Permiso, mi comandante!
Me contestó el saludo, di media vuelta y salí emocionado, porque creí sentir en el recio apretón, el alma de un verdadero soldado, el fuego de una convicción profunda que solo la muerte podía apagar, una fuerza contenida en espera de algo inevitable y lejano, la esperanza de un futuro colmado de realizaciones, ajenas todavía a nuestro tiempo...
Fueron tres días, pero nada agradables los de la vuelta a mi unidad; todo iba bien en ella, todo era normal, pero me sentía extraño por el largo tiempo que no había hecho vida de tropa. Además, no estaba cerca de mis antiguos compañeros. Para mal de mis esperanzas, el Jefe de Estado Mayor, que seguía con sus manías de disciplina, orden y vigilancia, estaba en todas partes y aparecía sorpresivamente. Tenía dos ordenanzas, por los que se hacía seguir convirtiéndolos en su sombra, pero, a cuantos nos encontraba en su camino, nos ordenaba que lo siguiéramos y no nos dejaba sueltos más que a la hora del rancho. Cuando yo estaba en el Comando, pese a estar más cerca, sabía él que no podía hacer que le siguiera, pero, en mi unidad, ya era uno más de los soldados. Felizmente Chaparro se encargaba de simular que estaba de imaginaria, de guardia, en comisión y hasta castigado y de esté modo quedaba libre.
Como no pensamos que llegara tan pronto el “Huallaga”, de acuerdo con unas chicas proyectamos un baile que debía ser exclusivo para la plana menor y los “7 amigos del 19”. En esa actividad nos entretuvimos, con el permiso de Chaparro, casi toda la mañana, pero al mediodía llegó el esperado crucero. Averiguamos y nos enteramos de que debía zarpar de regreso a las 7 de la noche... ¡Al diablo con el baile!... Se divertirían los que tenían que quedarse.
Pero poco faltó para que el Jefe de Estado Mayor me quemara las naves... Mi unidad estaba pasando rancho a las 5 de la tarde, ya lista para embarcarse, cuando apareció en la cuadra. Verlo y esconderme fue instintivo y providencial. Llamó al sargento Chaparro y le preguntó por mi. Chaparro le contestó que no estaba en la formación porque había pedido permiso para ir a despedirme de una familia y de allí iría directamente al barco.
- ¿Y su armamento, su equipo? - preguntó el mayor.
- Está todo con él listo para embarcarse, mi mayor.
- Haga que lo busquen y dígale que debe aplazar su viaje hasta la llegada del crucero “Alberto”, de orden de la Comandancia - dijo y se marchó.
Concluido el rancho, Chaparro dio la orden de partir. Eran casi las seis cuando empezamos a salir a la calle a formar para desfilar hacia el barco. Al llegar a la puerta vi en la acera de enfrente al mayor, esperando el desfile y me escabullí para meterme de nuevo en la cuadra. Me quedé largo rato dentro, temblando de pensar que el barco adelantara su partida. Después me dijeron que había preguntado por mí en las filas.
Cuando oscureció salí como un fugitivo, mirando a todos lados y a favor de la oscuridad me dirigí al puerto. Mi Compañía ya estaba acomodada para el viaje y mis compañeros me recibieron entre bromas y mucha alegría. Estaba disponiendo mi hamaca para colocarla, cuando alguien dijo:
- ¡Ahí viene el mayor!
- ¡Adiós! - pensé yo, pero inmediatamente uno de mis compañeros abrió una tapa de la bodega y sin vacilar me metí dentro...
El barco zarpó bastante después, ya muy entrada la noche y recién cuando estaba navegando me abrieron para salir de la bodega...
¡Que importaban ya todos esos sustos, cuando días mas tarde encontré unos brazos que abiertos me estaban esperando y me estrecharon para nunca más desprenderme de ellos!...
TISHELINAS*.- Nombre brasileño de unos recipientes de lata, pequeños y cónico-truncados, que se introducen en el corte que hacen los “mashadiños”, nombre brasileño de una hachita especial, para recoger la leche de los árboles del caucho.
OTORONGO*.- Los tigres grandes de la Amazonía.
MASATO*.- Masa de yuca sancochada. Las nativas usan la saliva para acelerar la fermentación, masticando porciones de masa y volviéndolos a los depósitos donde se van a fermentar. Se diluye en agua para beberlo.
PUNTA*.- Producto de la destilación del masato, que se convierte en una bebida casi cristalina y amarillenta de elevado porcentaje de alcohol.
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