jueves, 27 de septiembre de 2018

EL COLMILLO DEL LAGARTO. Capítulo VII. final


Juan se calmó un poco, pero lloraba desconsoladamente y no quería desprenderse de la criatura; todos hablaban, preguntaban y ninguno tenía una respuesta, el terror inclinó a algunos a pensar en la aparición del «Chullachaqui»... Teodoro y Emilio llegaron poco después; éste, hombre de ciudad, más listo y más leído, no podría admitir tal infundio, se puso a observar con detenimiento lo que había en el tambo, los cadáveres y lo que había cerca de ellos y encontró en el borde del emponado un trozo de tela desgarrada de alguna prenda; lo examinó y comprobó que se trataba del puño de una camisa de hombre arrancado violentamente; no era de la tela tosca usada por los peones, sino de un género más suave. Una horrible sospecha le asaltó... ¡El colombiano!... Entonces aún no había pasado, debía estar cerca. Llamó aparte a Teodoro, le enseñó el trozo de tela y le dijo:
-Mira… esto es del puño de una camisa, ha sido roto a la fuerza.
-¿Dónde has hallado?
-Ahí en el emponado. Creo que la Rosa le arrancó al defenderse.
-¡Sí!... Pero... ¡Oye!... ¿No será del colombiano?
-Eso creo yo... ¿Pero por qué les ha matado a los dos? ¡Tal vez le han visto cerca y ha tenido miedo de que le denuncien!
-¿Pero puede haber sido él?
-¡Y quién otro puede hacer semejante barbaridad!
-Entonces vamos a prevenir a todos. No hay tiempo que perder-y alzando la voz llamó que se acercaran.
-Ustedes saben que el colombiano ha robado jebe en El Varadero y se ha huido en una canoa. Teodoro le ha seguido pero no le ha podido alcanzar y hemos creído que ya ha pasado. Íbamos a seguirle más abajo, pero, ¡miren esto!-les enseñó el puño arrancado de la camisa- debe ser del colombiano, que la Rosa le ha roto luchando con él. Pero siempre le ha muerto. Debe estar escondido aquí cerca, vamos a buscarle por todas partes, la mitad del personal por tierra, bien arriba y bien abajo, los otros en las canoas, lo mismo en las dos bandas.
Inmediatamente los mismos peones se organizaron. Las mujeres en tanto, quitaron el mosquitero y la «llanchama», limpiaron el sitio y volvieron a tenderla, colocaron los dos cadáveres juntos sobre ella, encendieron unas velas que otras fueron a buscar en sus tambos, y las colocaron a los bordes de la «llanchama»; cuando el arreglo estuvo terminado se sentaron alrededor de la rústica capilla ardiente, con las piernas cruzadas, en actitud de contemplativa meditación. De cuándo en cuándo se oían profundos suspiros, lamentos en alta voz o empezaban a llorar cantando en triste y cadencioso tono:
-¡Ya te has iiiiido!...Ya no vas a volveeeer!
-¡Quién ya le va a veeeeer... a tu mariiiiiiido!
-Te has ido con tu angeliiiiito!... ¡él te va a acompañaaaaaar!
-Diosito te ha llevaaaaado. Porque has sido bueeeeena!
Expresiones de dolor, de resignación, de esperanza en otra vida mejor, de lástima por los que dejaba, de elogio por las buenas acciones de su vida en beneficio de amigos y familiares...
Juan permanecía inmóvil, como atontado, con la mirada fija en los cadáveres, se había acercado a ellos y de cuándo en cuándo, violentamente se ponía de rodillas y hundía la cabeza entre las piernas llorando a gritos.., se calmaba, se sentaba igual que los otros, y otra vez, arrancaba a llorar desesperadamente agachando la cabeza hasta el emponado, llamándolos por sus nombres y repitiendo:
-Porqué me has dejaaaado. ¡Yo quiero ir contiiiiiigo! Mientras tanto casi todos los hombres, llenos de indignación, sin poner en duda que fuera el colombiano el asesino de la pobre Rosa y su inocente hijo partieron a buscarlo, pese a la lluvia que empezó a caer. Conscientes de lo desalmado y peligroso que había demostrado ser, se armaron con cuanto fuera hiriente o contundente para atacarlo y dominarlo si oponía resistencia: escopetas, machetes, lanzas, garrotes... unos por tierra, otros en canoas. Entre estas, una llegó cerca del escondite; al ver el «caño» detuvieron la canoa y se dispusieron a explorarlo, vieron ramas rotas en los arbustos, yerba pisada en la orilla... ¡Sin duda había pasado gente por allí!
El colombiano los vio acercarse, se dio cuenta del peligro, pero no podía hacer otra cosa que estar prevenido para defenderse. No podía huir. Tuvo la remota esperanza que pasaran de largo, más al verlos detenerse, observar y hablar entre ellos, ya no tuvo duda de haber sido descubierto y preparó su Winchester. Con su natural desprecio a la vida de sus semejantes, estaba resuelto a matar a los tres, pero se dio cuenta que matarlos no resolvía su situación, las detonaciones llamarían la atención y vendrían los demás...se estremecía... Esa gente debía estar sedienta de venganza por las dos victimas que había dejado... ¿Tratarían de matarlo o sólo querían apresarlo?... ¡Maldición!... ¡Le irían a quitar todo su caucho!... Trataría de salvar su vida. Siguió mirándolos, vio sus armas: dos tenían escopeta, el otro sólo machete y lanza, avanzaban cautelosamente.., debía adelantarse para que no vieran el batelón. Seguramente lo llevarían al campamento y con un poco de suerte y toda su audacia, podía escapar y volver por su caucho. ¡No se resignaba a perderlo! Se alzó y avanzó audazmente gritando:
-¡Alto!... ¡No se muevan porque les puedo matar!
Los tres se detuvieron y quedaron mirándolo; Cedeño siguió avanzando con la Winchester empuñada.
-¡Qué quieren!-preguntó en voz alta-Te estamos buscando-contestó uno con sencillez, luego de cierta vacilación.
-¿Para qué?
-Para llevarte a Soledad, «disqué» te has huido del Algod6n.
-¡Eso es mentira! Me ha vuelto a dar la terciana, he tenido miedo y he venido sin avisar porque no había nadie ni tenía con qué curarme-se acercó más y notándoles timidez preguntó:
-Quién les ha mandado?
-Don Emilio. ¿Y dónde está la canoa que has traído?
-Se ha «virado» bien arriba, nadando he podido llegar a la orilla y por tierra he venido -y para evitar más preguntas audazmente ordenó:
-¡Vamos! Estoy muerto de hambre porque ya dos días no como -y se dirigió a la canoa de los peones.
Le siguieron con cierto temor viéndole la carabina y sólo el horripilante recuerdo de los cadáveres, que con indignación habían visto les sobreponía; actuaban instintivamente, sin plan preconcebido, pero unidos inconscientemente en la decisión de llevarlo. Sabían que Cedeño podía dispararles, matarlos o herirlos, pero, igual que él se daban cuenta que los disparos harían venir a los demás y de todos modos sería apresado.
Con la audaz esperanza de todavía salir del apuro, Cedeño aparentó tranquilidad; no mencionaba el robo del jebe ni la muerte de Rosa y su hijo, pensó que no daban importancia a lo primero y no se imaginaban lo segundo; que fue él quien los mató. Pese a tan consoladoras reflexiones, a medida que se acercaban al campamento crecía su inquietud.
Había pasado la mitad de la tarde y cuando llegaron fue apareciendo, casi a la carrera, la gente del campamento y de los tambos cercanos. Saltó a la orilla, subió resueltamente y se dirigió al almacén abriéndose paso por entre los peones casi sin mirarlos; estos le siguieron y con alarma notó que todos estaban armados. Entró al almacén y encontró un grupo en el que estaban Emilio y Teodoro, que al verlo se abrió. Se encaró con Emilio y en alta voz preguntó:
-¿Qué pasa?
El interpelado palideció y quedó mirándolo en silencio, fijamente a los ojos, en la mano derecha estrujaba algo, nerviosamente. Desvío la mirada a los brazos de Cedeño, la bajó lentamente hasta las manos, como buscando algo y la clavó en la que sostenía la carabina. Todos los que le siguieron desde el puerto habían ingresado, pero el silencio era impresionante. Emilio se acercó lentamente al colombiano sin apartar la vista de la mano que sujetaba la carabina, éste pareció que fuera a retroceder pero a sus espaldas estaba el compacto grupo; Emilio abrió la mano y enseñándole el trozo de tela preguntó:
-¿Sabes qué es esto?
Cedeño miró y al ver el puño de su camisa que no se dio cuenta donde lo había desgarrado, palideció intensamente y sintió como que su corazón quisiera salírsele del pecho huyendo de terror... recordó la lucha con Rosa... ¡Maldición!.. ¡Ella se lo había arrancado!... El colombiano no era valiente, era sólo un desalmado sin escrúpulos, sin conciencia del derecho ni del sentimiento ajeno; no había conocido el miedo porque en los peligros que afrontó hasta entonces siempre pudo ponerse en ventaja, pero en aquel momento no podía tomarse ninguna. Hizo un esfuerzo para serenarse y paseó la mirada por los que le rodeaban: un cerco de ojos amenazantes, cargados de rencor, mirándolo sombríamente estaban fijos en él... sintió helársele la médula y temblarle las piernas.
-¿Sabes qué es esto y dónde ha estado? -volvió a preguntar Emilio fríamente.
-¡Y a mí qué me importa! -gritó en tono descompuesto por el terror que trataba de dominar.
-Es el puño de tu camisa-—se contestó el mismo Emilio, señalando la manga desgarrada- y ha estado en la mano de la Rosa -mintió para impresionarlo. Y con acento acusador continuó- la hemos encontrado muerta, con la cabeza golpeada y rota y a su hijo, al pie del emponado, muerto también.
Un murmullo amenazante se alzó del grupo de peones, que se agitó nerviosamente a sus espaldas; se volvió a mirarlos temiendo que fueran a írsele encima, golpearlo, matarlo, vengarse.
-Y yo que tengo que ver con eso-se aventuró a decir con inseguro y nervioso tono.
-Sólo tú puedes saber... ¡y sólo tú puedes haberlo hecho!.., pero vamos a mandarte a Iquitos, para que allá vean las autoridades que van hacer contigo. Nosotros no podemos hacer nada.
Un rayo de esperanza le llenó el pecho. Inmediatamente pensó que mientras llegara el día o el momento en que lo llevaran estaría libre y podía huir. Pero el murmullo fue creciendo, transformándose en voces acaloradas que pedían su castigo inmediato:
-¡Que muera como la Rosa y su hijo!
-¡Aqui mismo vamos a matarle!
-¡Tenemos que matarle!
Gente primitiva, sin nociones de lo que significaba la ley y menos el derecho legal, pensaba que hacer justicia era castigarle por propia mano, en el mismo sitio, en la misma forma; su mentalidad se inclinaba instintivamente a la ley del talión: si mató debían matarlo. Cedeño se vio perdido... ¿Qué podía hacer?... ¿Morir matando?... ¿Implorar clemencia?... Emilio se dio cuenta de la situación y alzando la voz dijo:
-Nosotros no podemos castigarlo aquí. Para eso está la policía y los juzgados criminales. Le vamos a mandar mañana mismo.
Un grito fuera del almacén le interrumpió:
-¡Ha llegado don Manuel!... «Aista»! en el puerto
Al oír la voz muchos salieron corriendo, Teodoro entre ellos. Emilio se quedó con los demás vigilando a Cedeño, quien no sabía si alegrarse o alarmarse por la noticia. El desagradable presentimiento que atormentara a Manuel, desde su salida de Caballo Cocha, se alivió a su llegada al Algodón, al enterase del robo y la fuga del colombiano, considerándolo un daño de poca importancia. Sin mucho interés en que fuera detenido el ladrón y recuperado el jebe, dispuso su persecución, en la idea que fuera medida suficiente como demostración de autoridad y más que todo para calmar su ánimo que había presentido algo peor. Pero no ocurrió así, su ansiedad crecía, el temor de algo funesto lo perseguía, y pensó en su familia, algún contratiempo grave, quizá enfermedad... no pudo soportarlo y decidió volver, aún sin cumplir con lo que debía hacer. Dos días después de la partida de Teodoro, con la mayor prisa embarcó algo de producto, escogió dos peones que lo acompañaran y navegando día y noche, trató de acortar su regreso.
Cuando Teodoro llegó al puerto lo encontró rodeado de algunos peones que ya lo habían puesto al tanto de lo ocurrido, afirmando que el colombiano fue el asesino de Rosa y su hijo, hecho que nadie había visto, pero ninguno lo dudaba; Teodoro confirmó la versión, Manuel, hondamente emocionado, sólo atinó a decir:
-¡Qué barbaridad!... ¿Pero por qué? -y después de una larga pausa- ¿Y dónde está Juan?
-En su tambo, ahí le están velando a la finada.
-Vamos al almacén, después iremos a ver a Juan... ¡Pobrecitos!... y con todo el grupo tomó el camino.
Los que quedaron en el almacén parecían no haberse movido hasta cuando entraron Manuel y sus acompañantes; Cedeño al verlos volvió a palidecer casi hasta ponerse lívido. Manuel se le acercó lentamente y mirándolo con repugnancia se detuvo a unos pasos.
¿Qué es lo que usted ha hecho? -le preguntó con acento de profunda consternación.
-¡Nada!-le contestó secamente y con desfachatez, pero sin mirarlo- me puse mal y como no había con que curarme, tuve miedo y me bajé buscando ayuda.
-No me refiero a su huida, sino a lo que ha hecho con esa mujer y con su hijo.
-¡Yo no les he hecho nada!... ¡Esas son mentiras de este imbécil! ¡Quién me ha visto!
Emilio le enseñó a Manuel el trozo de puño arrancado y señaló la manga desgarrada de la camisa de Cedeño. Manuel movió la cabeza con un gesto de horror.
-Es increíble que haya sido capaz de matar a una indefensa mujer y a una inocente criatura... Tendrá que dar cuenta de su crimen a la justicia.
Era propio y humano pensarlo y muy fácil decirlo, pero las autoridades, los jueces, estaban muy lejos y llegar hasta ellos sería difícil; Manuel lo comprendía, pero había que intentarlo. Era poco probable que Cedeño se sometiera voluntariamente y aún cuando lo fingiera por la fuerza de las circunstancias, en un viaje tan largo, hasta Iquitos, ¿como evitar que intentara huir? No tenía autoridad para llevarlo como prisionero, pero tampoco había otra forma de hacerlo, era necesario proceder con firmeza y cautela, cualquier vacilación podía ser aprovechada por el criminal. En ese instante entró corriendo Juan, con el machete en la mano; todos sorprendidos se volvieron a mirarlo con tensa expectación.
Había estado en su tambo, abstraído en su recogimiento, sin moverse de donde se sentó y parecía no ver siquiera a los que le acompañaban. Algunos de estos, desde lo alto del emponado, vieron bajar la canoa en la que llevaban a Cedeño sus captores y poco después la que conducía a Manuel; lo comentaron en voz baja, pero con tanto nerviosismo que Juan lo observó y prestando atención logró entenderlo; se puso de pie como impulsado por un resorte, preguntó y le dijeron lo que habían vista; se quedó inmóvil breves segundos, luego miró en torno suyo, vio el machete junto al fogón, fue y lo cogió, rápidamente bajó la escalera y se dirigió al puerto en busca de su canoa, no la encontró, dijo algo entre dientes y luego de ligera vacilación partió corriendo en dirección al campamento, distante unos dos kilómetros, con trechos boscosos entre los alejados tambos. Corría sin pensar que iría a hacer; lo único que sabía era que el asesino de su mujer y su hijo había sido encontrado.
Entró al almacén y se dio con el grupo de gente, se detuvo jadeante, vio a Cedeño casi pegado al cerco de ponas y frente a él a Manuel que le estaba hablando; se le nublaron los ojos de indignación, se irguió y como si hubiera recibido una descarga eléctrica se lanzó contra él con el machete en alto, Cedeño lo vio entrar, y apenas tuvo tiempo de levantar la carabina para parar el machetazo que le iba dirigido y dio contra el cañón con estridente sonido metálico despidiendo chispas.. La violencia del golpe hizo que se le escapara el machete de la mano, proyectándose lejos, pero, sin dejar tiempo al colombiano para reponerse se le abalanzó y cogió del cuello con las dos manos; el paso de su cuerpo lo derribé de espaldas soltando la carabina, Juan cayó encima y siguió estrangulándolo. Cedeño, mucho más fuerte, logró deshacerse de la presión, dominarlo y tirarlo al suelo junto al cerco, se puso en pie de un salto y cogiendo la carabina, antes que Juan pudiera levantarse empezó a darle de culatazos que lo dejaron sin sentido.
Todos, sorprendidos por la imprevista acometida de Juan, se quedaron inmóviles, pero al ver que el colombiano lo golpeaba en el suelo se le fueron encima, éste se volvió para hacerles frente dejando detrás suyo a Juan y enfilándoles la carabina, con desesperación gritó:
-No se acerquen porque los mato!
Todos retrocedieron, Cedeño creyó haber dominado la situación.
-¡Suelten las armas! -volvió a gritar.
Casi todos estaban armados, algunos con carabinas, otros con escopetas, pero ninguno obedeció. Manuel, que nada tenía en las manos, repuesto de la sorpresa, se dio cuenta de la terrible situación y del peligro que corrían; tratando de conservar la serenidad le dijo en tono firme: -Baje esa arma, Cedeño, nadie le va a hacer nada. Si Juan lo atacó es porque cree que usted ha matado a su mujer y a su hijo, todos creemos lo mismo, pero no tema, los jueces de Iquitos lo juzgarán.
-¡Yo no quiero saber nada de jueces!... ¡Yo no he hecho nada!... ¡Déjenme ir! Ahora mismo voy al puerto para tomar una canoa y largarme... ¡Yo solo!... ¡Y que nadie me siga porque lo mato! -barbotó con el rostro desencajado y se adelantó tres pasos.
Instintivamente todos se aprestaron a la defensa; sólo Manuel no se movió y quedó más cerca del colombiano.
-No intente hacer eso, Cedeño, no va a lograrlo, somos muchos y usted está solo.
-¡Usted va a ser el primero en morir si quieren detenerme!
Ante esta amenaza, Teodoro se adelanté y se puso al lado de Manuel, los demás se quedaron quietos pero amenazantes. Juan empezó a moverse, estaba recobrando el conocimiento. Manuel, decidido a poner término a la situación se adelanté un paso repitiendo:
-Deje esa arma, Cedeño, no le va a pasar nada.
La distancia era corta, Cedeño movió ligeramente la carabina para rastrillarla, Teodoro se dio cuenta que no estaba lista para disparar y se adelantó con rapidez para impedirlo, pero no pudo evitar la operación, sólo atinó a dar un golpe con su carabina al cañón de la de Cedeño y desviar la puntería.., salió el tiro hacia abajo, que le cayó a Manuel en la región inguinal, se dobló apretándose el vientre y cayó al suelo. Teodoro, que tampoco tenía lista su carabina para disparar, lo atacó a golpes con ella para impedir que volviera a rastrillarla, pero Cedeño le acertó un culatazo que lo derribó y para ultimarlo rastrilló la suya. 
Juan estaba viéndolo todo, pero no podía moverse porque tenía una pierna rota. Al ver al colombiano amenazando a Manuel se arrastró hacia su machete y llegó a cogerlo, con un desesperado esfuerzo se puso de pie y en el instante que Cedeño disparaba contra el caído Teodoro, se le lanzó por la espalda tirándole un machetazo que le cayó en la clavícula... un grito de dolor.., se volvió Cedeño y se encontró con otro machetazo en la cabeza... cayó.., y Juan siguió tirando machetazos, como enloquecido, sobre un cuerpo que se agitaba desangrándose por todas partes... Todo ocurrió en contados segundos.
Manuel estaba tratando de levantarse, Juan volvió a desplomarse, pero con el machete fuertemente sujeto en la mano, Teodoro en el suelo, con una herida en el pecho, parecía sin vida, el colombiano era un cuerpo informe que se desangraba entre convulsiones. Los demás, que por la sorpresa no reaccionaron para intervenir en la lucha, acudieron en auxilio de los heridos o a mirar horrorizados el cuerpo sangrante del colombiano.
Emilio acudió en ayuda de Manuel, tratando de ponerlo en pie, pero no podía sostenerse, pidió ayuda y entre varios lo levantaron en vilo, lo condujeron al entarimado de pona que servía de mostrador y lo acostaron; examinó la herida que sangraba, el orificio de entrada del proyectil estaba cerca de la cadera y parecía haber tocado el cuello o la cabeza del fémur; el menor movimiento le producía intenso dolor. Teodoro parecía estar grave; la bala le entro entre la segunda y tercera costilla del lado izquierdo, pero sangraba muy poco; lo levantaron y lo acostaron a continuación de Manuel. Juan, que al parecer había caído agotado por el esfuerzo, trataba de levantarse pero no podía, acudieron sus compañeros a ayudarle, pero tampoco podía sostenerse; como no había lugar para ponerlo en el mostrador, lo atendieron en el suelo.
Nadie sabía que hacer para atender a los heridos. Emilio, a su modo, aplicó a Manuel una compresa con tela del almacén, para contener la hemorragia, después de lavarle la herida con aguardiente; igual hizo con Teodoro, que ya daba señales de vida y para Juan, que al parecer tenia fracturado el fémur, mandó preparar dos pedazos de pona y le hizo un entablillado que ató con el mismo género que sacó del almacén. Todos estaban asustados y actuaban mecánicamente. Manuel, algo recobrado y más sereno, sin alzarse, pues no podía hacerlo, llamó: -¡Emilio!-y cuando se acercó le preguntó:-¿Es grave la herida de Teodoro?
-No sé don Manuel, es «en su pecho» y no puede levantarse ni hablar, pero se queja mucho.
-¿Y Juan?
-Tiene golpes y heridas en la cara, en la cabeza y en el pecho, pero, lo peor es que su pierna está quebrada.
-¿Y el colombiano?
-¡Ese está muerto!  No sé como Juan ha podido atacarle, cuando no puede ni pararse... ¡Habrá sido por la desesperación de querer vengar a su mujer!
-Bueno... si está muerto el colombiano tienen que enterrarlo, pero será mejor esperar hasta mañana.
-¿Porqué, don Manuel?... Mejor esta noche, porque mañana al mediodía le van a enterrar a la Rosa y a su hijito. Quieren velarle toda la noche, ya le van a llevar a su marido a la «velación»
-¡Ojalá yo pudiera ir!... ¿Vas a ir tú?
-No, don Manuel, quiero estar aquí para cuidarles.
-Está bien, gracias. Entonces primero manda preparar una canoa grande con «pamacari», para que mañana de madrugada nos lleven a Teodoro a Juan y a mí. Escoge ocho hombres de los mejores, a ver si en cuatro días podemos llegar a Caballo Cocha para que nos curen.
-Pero Juan no va a querer ir, va a querer estar con su finada y con su hijo hasta el último.
-Trata de convencerlo, si no puedes... ¡Qué se va a hacer!
Los amigos cargaron y llevaron a Juan a la canoa, y en ella a su tambo, lo subieron y acomodaron acostado junto a la «llanchama» y como no se movía parecían tres los cadáveres. Fueron llegando los vecinos y silenciosamente se sentaron en el emponado, en torno al sencillo aparato funerario. Anocheció. Uno de los presentes comenzó a modular en un pífano una melodía primitiva de tristísima tonalidad, que llenaba el ambiente de lacerantes efluvios, anudaba las gargantas, desgarraba las fuentes del dolor, acompañándose del batido acompasado y monótono de un tamborcito que semejaba las pulsaciones de un corazón que se está muriendo, entre los melancólicos o agudos lamentos de las lloronas.
Mientras tanto los designados por Emilio, febrilmente preparaban la embarcación para el viaje; hicieron un entarimado de ponas en el fondo para acostar a los heridos y armaron el «pamacari» que los protegería de la intemperie. El viento, por sobre las ondas del río, llevaba hasta ellos, vagamente, las tristes notas del pífano, el lúgubre batido del tamborcito y los lamentos de las plañideras, llenándolos de tristeza e indignación. Hacían ruido, hablaban en voz alta, daban golpes sin motivo, con el inútil afán de opacarlos, de no oírlos, para no sentir sangrar dentro de sí una cruenta herida. Muy pasada la medianoche terminaron el trabajo y uno de ellos fue a dar aviso a Emilio.
-Entonces vayan a enterrar al colombiano y después a dormir. A las cuatro de la mañana vamos a bajar, ¡Ojalá! lleguemos pronto porque Teodoro parece que está «bien mal».
Con instrucciones de hacer el viaje lo más rápido posible partieron a la hora indicada; bogaban que parecían volar la embarcación, no se preocuparon por comer siquiera. Manuel trataba de estar quieto para no sentir dolor y amodorrarse, Teodoro inmóvil junto a él, parecía dormir, pero su respiración era jadeante. Como al medio día se acercó uno de los peones y le dijo:
Patrón, ¿no quieres comer?
Abrió los ojos y sonriendo forzadamente contestó:
-No tengo apetito, gracias, coman ustedes nomás. Tal vez Teodoro- volteó la cara y lo miró- ¡Teodoro!... llamó tres veces sin obtener respuesta. Levantó la mano y le tocó la suya; la encontró fría, le tocó la frente y con preocupación murmuró.
-Parece que tiene fiebre... ¡Dios santo!... ¿Qué va a pasar?
Desde aquel momento, a cada instante le tocaba la frente, cada vez más angustiado. La canoa seguía deslizándose velozmente, los peones parecían no sentir fatiga. Anocheció y seguían lo mismo. Manuel llamó:
-¡Lucas!... ¿No van a descansar?
-Más tarde patrón, conocemos bien el Ampiyacu y podemos aprovechar que «no es oscuro»
Manuel estaba angustiado por Teodoro y esa angustia le hacía olvidar su propio dolor. La oscuridad debajo del «pamacari» apenas permitía ver los contornos de su silueta; seguía tocándole la cara de tanto en tanto y a cada vez le parecía sentirla más ardiente. Perdió la idea del tiempo y sin saber porqué se sobresaltó de repente. Ya no oía el jadeo... con doloroso esfuerzo se puso de costado y acercó más, tratando de oír su respiración, con más alarma se incorporó cuanto pudo y acercó su cara a la suya... y con terror comprobó que no respiraba... llamó gritando, se acercaron y con desesperación exclamó:
-¡Creo que Teodoro ha muerto!... ¡Enciendan una luz!
Prendieron un farol y lo acercaron a Teodoro... ¡Estaba muerto!... sus ojos estaban abiertos y vidriados, su boca, ligeramente entreabierta parecía esbozar una sonrisa, la lívida palidez de su rostro, a la amarillenta luz del farol le daba la apariencia de una figura de bronce.
-¡Santo Dios!... -exclamó Manuel- ¿Por qué tiene que suceder esto?... ¿Qué mal ha hecho este hombre para morir así?... ¡Sólo por protegerme!... ¡Por salvarme!... ¡Qué injusto eres Dios mío!... -y se puso a llorar como un niño.
Todos se habían acercado dejando la canoa al garete y miraban en silencio el cadáver de Teodoro y al acongojado Manuel; nada decían porque ninguno era capaz de expresar su sentimiento en palabras, pero sus toscos semblantes reflejaban una profunda tristeza y una gran aflicción. El selvático no sabe hablar de sus penas ni consolar las ajenas, soporta las suyas con estoicismo, llorando muchas veces, sin complejos de machismo y trata de aliviar a la vuelta contra la naturaleza, aprenden a tomar la muerte como un designio inevitable, no la temen, porque saben que en una u otra forma debe llegar. Curan sus enfermedades con plantas, resinas, barro, no para evitar la muerte sino para aliviar el dolor y el sufrimiento. Algo calmados todos, preguntó Lucas:
-¿Qué hacemos patrón?
-No sé dónde estamos, pero tenemos que atracar en algún tambo.
-Su tambo del Anahuari está lejos todavía, faltan unas seis vueltas creo.
-Entonces ahí vamos a atracar... ¿Qué hora debe ser?
-De aquí a dos horas va a amanecer.
De nuevo empezaron a remar, pero parecía que el suceso les hubiese quitado energía, aliento; ya no bogaban con el mismo empuje que hasta entonces; el golpe de los remos ya no era acompasado y parejo. Había oscurecido más y las orillas semejaban murallas borrosas custodiadas por sombríos gigantes que se alzaban juntos o alejados, inmóviles como fantasmas en la oscuridad. Cuando Lucas creyó estar cerca dio un grito prolongado y característico, que se elevó por entre las sombras... lo repitió dos... tres voces, hasta que de repente una luz brilló en el horizonte. Era el puesto al que esperaba llegar.
-¡«Aistá» el Anahuari!
Bogaron más deprisa hasta encostar. El llamado Anahuari, su mujer y tres hijos, despertaron al oír la señal que pedía auxilio; prendieron dos faroles y acudieron al puerto. Hondamente impresionados por los sucesos, que a grandes rasgos les relataron, solícitos ayudaron a desembarcar, primero a Manuel que estaba desfallecido; lo condujeron en brazos hasta el tambo, lo acomodaron en el emponado, poniendo los mosquiteros sobre la «llanchama», para aliviar su dureza; luego subieron el cadáver, que también pusieron en el emponado, pero lejos de Manuel. La mujer de Anahuari introdujo el extremo de cuatro velas en unas botellas vacías, para utilizarlas como candelabros, las encendió y colocó a los lados de la cabeza y los pies. Todos se sentaron alrededor, a cierta distancia del humilde altar de dolor, en el más profundo silencio.
El cielo empezó a clarear por encima de las copas de los árboles anunciando el amanecer y casi en forma brusca, como si se alzara un telón, apareció el sol con su séquito de luz. Manuel llamó a Anahuari y con débil voz le preguntó:
-¿Tienes para preparar un poco de comida para todos?
-Si, don Manuel, ya «lei» dicho a mi mujer que prepare y mi Pedro ha ido a sacar un poco de yuca para hacer un buen «shirumbi»
Manuel no comió. Los demás lo hicieron en silencio. Cerca el mediodía Lucas se acercó a Manuel.
-Patrón-le preguntó-¿Le enterramos ya a Teodoro?
-Sí-contestó con afligido acento, cerrando los ojos.
Un desfile de recuerdos se atropelló en su mente. El muchacho animoso, que siempre estaba dispuesto, que nunca regateé su ayuda y solía adelantarse a las órdenes, que nunca mostró un gesto de disgusto en el trabajo, el que se había dado íntegro a su servicio… le dejaba para siempre… y no pudo evitar amargas lágrimas recordando que por impedir que el colombiano le disparara fue atacado... si no lo hubiera intentado no le habría matado... ¡Quiso salvarle la vida y perdió la suya... ¿Y yo?-se dijo- ¿A mi qué me espera?... Son cinco días que tenemos que viajar... ¿Los soportaré?... y se sumió en el negro vacío de la incertidumbre.
A unos cincuenta metros del tambo, los peones cavaron un profundo hueco rectangular; en el fondo y en los lados colocaron unas ponas haciendo una caja, envolvieron el cadáver en una hamaca vieja y lo condujeron para colocarlo sobre las ponas, lo cubrieron con otras y luego rellenaron de tierra. Todo en el más profundo silencio, parecían autómatas; lo único que relevaba la solemnidad del acto era la tristeza, el dolor que
reflejaban todos los semblantes y las lágrimas que inundaban los ojos. Alguien había labrado una rústica cruz de una gruesa «espintana» y al final la clavó sobre la tumba.
Manuel, incorporado trabajosamente, miró desde lejos la sencilla ceremonia. Cuando concluyó, con amarga desesperación, exclamó:
-¡Pobre Teodoro!
El viaje continuó inmediatamente. Tenían impaciencia por llegar a su destino, instintivamente comprendían el peligro que significaba la demora.
 LÉXICO DE REGIONALISMOS
MITAYO: Mitayero. Caza, el que va de caza.
CUMBA: Tejido de hojas de palmera “yarina” que se usa para rematar la parte alta de los techados de los tambos.
CAMU-CAMU: Fruta cítrica de sabor agradable de un árbol que crece a la orilla de los ríos de poco cauce.
TANGANA: Pértiga de madera especial que usan los indios para impulsar sus canoas apoyándola en el fondo del río.
HUANCAHUI, CHICUA: Pájaros de la selva considerados agoreros.
 GUABA: Árbol que produce un fruto del mismo nombre en la selva.
URCUTUTU: Ave rapaz nocturna parecida al mochuelo. El nombre le viene de la modulación de su canto.
CHULLACHAQUI: Pie torcido. Superstición selvática constituida por un ser de apariencia humana, con un pie torcido, según unos, o sin él, según otros. Atrae con promesas y engaños para destruir a sus víctimas.
PAMACARI: Toldo de hojas de palmera “yarina”.
SHIRUMBI: Nombre típico del cocido tradicional. Carne, yuca, zapallo, frejoles y otras menestras.
ESPITANA: Árbol de una madera flexible, liviana e incorruptible.






miércoles, 26 de septiembre de 2018

EL COLMILLO DEL LAGARTO, continúa.

En cuanto a Cedeño, dos días antes, mientras bajaba arrastrado por la corriente; oyó el lejano golpe de los remos de sus perseguidores; el río más ancho, menos correntoso y sin el peligro de las palizadas, le permitió gobernar la embarcación con más facilidad, bogó presuroso a una de las orillas buscando un «caño» para esconderse y no tardó en encontrar una pequeña ensenada, a empujó tanto como pudo al fondo y mirando a través de los altos arbustos vio la embarcación que bajaba y reconoció a Teodoro y sus acompañantes. No dudó que iban en su persecución, comprendió que las cosas se le podrían complicar y sintió desaliento.
-¡Maldita sea!-murmuró- Y ahora... ¿Qué voy a hacer? -se quedó caviloso largo rato, hasta que desapareció la canoa y luego, irguiéndose, en alta voz exclamó- ¡Qué carajo!... como sea tengo que seguir! y de nuevo se empujó a la corriente.
Tres días después, al atardecer, vio de lejos el primer tambo de Soledad, los otros estaban de cien a doscientos metros distantes unos de otros; era imposible que pudiera pasar sin ser visto desde ellos y pensó esperar la noche para hacerlo, favorecido por la oscuridad. Buscó en la orilla un lugar apropiado para ocultar el batelón, lo aseguró, comió lo de costumbre y se dispuso a esperar. Súbitamente le acudió un recuerdo:
¡El «tapaje» donde flotaban las bolas de jebe! y se le avivó la ambición. Ya es más fácil la navegación-pensó- seguramente hay algunas bolas que puedo embarcar... hay suficiente capacidad en el batelón... nada pierdo con ir a ver mañana. Creyó recordar el sitio y se durmió con la idea metida en la cabeza.
Despertó muy temprano, se puso el machete en la cintura, empuñó la carabina y escondiéndose entre los arbustos se dirigió a la orilla para observar y orientarse. Después de largo rato se dio cuenta que el «tapaje» estaba en la margen opuesta y mucho más arriba.
-¡La cagué, carajo!... Tendría que surcar bastante y... ¡yo solo!... ¡Con tamaño batelón!... Lo peor es que ahora, de todos modos tengo que esperar la noche para bajar... ¡He perdido un día por bruto!
Miró con detenimiento hacia el primer tambo y vio a sus ocupantes preparándose para ir al trabajo en las «estradas» que quedaban al centro; esperé y calculando que ya se habrían alejado, se acercó caminando a trechos y ocultándose por si alguno se hubiese quedado. No había nadie. Subió al emponado y al ver todavía humeantes los tizones y percibir el olor de comida, se le despertó el hambre atrasado; vio una olla de barro cerca del fuego, fue hacia ella, quitó el viejo plato de fierro enlozado que le servía de tapa y encontró yucas, plátanos y trozos de carne sancochados aún calientes. Sacó cuanto había y lo devoró hasta terminarlo; satisfecho se limpió las manos en los pantalones y volvió a su escondite.
Cuando anocheció, notó con impaciencia que era una de esas noches tropicales, con cielo cuajado de estrellas, que permitía ver a distancia; distinguió fácilmente la silueta del tambo que había visitado, podría verse también una embarcación en medio del río. Esperó que oscureciera más, pero, alarmado observó que unas luces subían y bajaban el río, posiblemente en canoas que estaban vigilando. Y así era. Los peones habían tripulado varias canoas para hacer ronda toda la noche y los de los tambos fueron avisados para que vigilaran si bajaba alguna embarcación y en caso de verla, dieran la alarma con descargas de escopeta.
No le fue difícil a Cedeño darse cuenta de lo que estaba sucediendo y temió complicaciones si se atrevía a bajar. Pensó que la vigilancia cesaría más tarde o al amanecer y esperó vanamente, las lucecitas, flotando en el agua como fuegos fatuos, aparecían y desaparecían; la ira no le dejaba dormir, pero al amanecer sucumbió al sueño.
Juan y Rosa vivían en el tambo siguiente al que visitó Cedeño, distante como doscientos metros. Cuando regresó del trabajo encontró a su mujer sobresaltada.
-Hey estado con miedo -le dijo-todo el día ha estado cantando el «huancahui»... y la «chicua», dos veces ha venido a sentarse en la «guaba»... «hey» creído que algo te ha pasado.
Juan la miró con los ojos muy abiertos y un gesto de disgusto. Los selváticos son muy supersticiosos y fatalistas.
-Que «ya vuelta» va a pasar!... ¡«Eses mal agüero»!... ¿Dónde está el Juancito?
-Aista» jugando en la canoa.
-¿Y como le has dejado ir?... ¡Anda vete y «traile»!... Cuando le ha picado la víbora del Inuma a su hijo ha estado cantando el «huancahui» y se ha muerto.
Rosa fue y el chico subió al tambo corriendo y llorando a refugiarse en los brazos de su padre, porque su madre le dio un pescozón por negarse a regresar. Cinco años, vestía una larga camisa que le llegaba a las rodillas y se le alzaba en el abultado vientre que denunciaba abundancia de parásitos intestinales. Juan lo recibió en cuclillas y lo acarició toscamente.
-Por qué no le obedeces pues.
En ese momento llegó un peón del almacén.
-Juan, dice don Emilio que te vayas en tu canoa para hacer ronda en el puerto hoy de noche. El colombiano «disqué» se ha huido del Algodón robando jebe y está viniendo en un batelón. Tenemos que agarrarle en el puerto para quitarle. El Teodoro ha venido siguiéndole, pero le ha pasado sin verle.
-¡Apota on!»... ¿yo solo voy ir?
-No. También va ir el Lucas, el José y el Pashmiño.
-Después de merendar «nomasiá»... Quédate a merendar, después nos vamos en mi canoa... ¡Qué vas ir por tierra!
El temor de Rosa creció. No podía olvidar el canto del «huancahui», que anuncia desgracia, ni la presencia de la «chicua», mensajera de la muerte. ¿Por qué tenía que ir Juan?... Pero ella no podía oponerse. Luego que se fueron y tan pronto oscureció puso su mosquitero y se metió dentro con su hijo, disponiéndose a dormir, pero tardó en lograrlo, porque a intervalos casi regulares oía el lúgubre canto del «urcututu»’, que se le antojaba también de funesto presagio.
Despertó cuando la sonrosada luz del naciente sol empezaba a regarse lentamente en el firmamento, en el bosque, en el río, diluyendo las sombras que huían a esconderse hasta que el sol se fuera. Se levantó y fue a la orilla a mirar si Juan volvía, como si su impaciencia pudiera hacer más rápido su regreso; recogió en el hoyo de sus manos agua del río, se lavó la cara y humedeció sus cabellos, luego regresó lentamente. Juancito seguía durmiendo. Juntó los tizones del fogón, hizo virutas de un trozo de madera, las puso junto a ellos y cogió su yesquero: un trozo de cuerno recortado como cubilete; tomó el pedernal en la misma mano y con el eslabón en la otra lo golpeó haciendo chispas que prendieron la yesca, la juntó a las virutas y se hizo fuego. Volvió al río con una olla, la llenó de agua y después de mirar largo rato hacia abajo, regresó y la puso al fuego. De espaldas a la escalera del tambo, cogió unos plátanos, se puso en cuclillas y empezó a quitarles la cáscara con un machete, para ponerlos a sancochar. De pronto, algo instintivo la hizo volverse y con terror vio al colombiano subiendo la escalera; con el susto se le cayó el machete, se puso de pie y corrió hacia la parte posterior con la intención de tirarse del emponado, pero se detuvo en seco y volviéndose miró el mosquitero dentro del que estaba su hijo.
-No tengas miedo-le dijo Cedeño- no te voy hacer nada-y se le acercó.
Rosa se hizo a un lado tratando de alcanzar el mosquitero.
-¿Dónde está tu marido?
Temblando de miedo contestó. Se acercó más y la cogió de un brazo. Al contacto lanzó un chillido de terror y quiso huir, Cedeño la sujeto con rudeza, Rosa se revolvía tratando de desprenderse.
-¡No grites, carajo!.. ¡Te he dicho que no te voy a hacer nada!
Soltó la carabina al emponado, la cogió con ambas manos y sacudiéndola con violencia le gritó:
—Si no te callas te voy a pegar. ¡Estate quieta!
Y la abrazó fuertemente para evitar que se moviera. El contacto del cuerpo le produjo una súbita sensación de placer, se le despertó la lujuria y sin dejar de sujetarla comenzó a manosearla brutalmente; Rosa se resistía y forcejeaba para librarse de los brazos del colombiano; el semblante de éste cambió, de amenazante y furioso se trocó en sonriente y burlón, suavizó la presión de sus brazos, creyendo que se calmaría, pero ella hizo más fuerza para rechazarlo y escapar; la volvió a sujetar fuertemente con un brazo y con una mano le levantó la falda buscando sus muslos y sus nalgas, los estrujó libidinosamente, casi levantándola en vilo... La resistencia le exasperaba y hacía más intenso su deseo hasta  enfurecerlo; la cogió por la cintura, la doblé, la tendió en el emponado, le puso una rodilla en el vientre, la sujetó por los hombros y se le puso encima; ella jadeaba sordamente, pataleando contra el emponado desesperadamente.
El ruido de la lucha desperté a Juancito, que asustado vio lo que estaba sucediendo, empezó a llorar a gritos viendo que el hombre maltrataba a su madre y en un instintivo arranque de amor filial corrió hacia ellos y se prendió de los cabellos del colombiano, creyendo poder ayudarla. Cedeño se levantó furioso y cogiendo con las dos manos la criatura la lanzó con fuerza hasta fuera del emponado... Un grito de terror del niño cruzó el aire, terminando en un golpe sordo en el suelo, producido por el cuerpo que cayó desde aquella altura... En ese brevísimo tiempo Rosa se levanté como un relámpago, corrió hacia el fogón, cogió el machete que había dejado caer y se abalanzó como una fiera sobre el colombiano, tirándole una cuchillada, que por lo sorpresiva apenas pudo esquivar protegiéndose con el brazo, en el que recibió una leve herida. Rosa volvió a atacar, pero Cedeño, de un salto se acercó a la carabina, la cogió y blandiéndola con una maza, dio de golpes a Rosa, que cayó exánime manando sangre de la cabeza, los oídos y las fosas nasales... Se le acercó, la miró y con tono de disgusto murmuró:
-¡Carajo!... ¡Creo que la maté!... ¡Por estúpida!... Y ahora... ¿Qué voy a hacer?... ¿Porque mierda he tenido que venir a meterme aquí?
Se acercó al borde del emponado y vio a Juancito inmóvil tendido de espaldas.
-También parece muerto-siguió monologando- ¡Se jodieron, carajo. Pero yo... ¿Cómo me largo de aquí?... ¡Esta noche tengo que pasar aunque sea a tiros.
Sin sentir el más leve remordimiento bajó del tambo y cautelosamente regresó a su escondrijo, decidido a esperar la noche para seguir huyendo Al mediodía empezó a llover y pensó que la lluvia en la noche favorecería su huida, porque haría menos efectiva la vigilancia. Juan regresó a su tambo a media mañana; se sentía desvelado, pensaba llegar, comer y ponerse a dormir. Además estaba disgustado por lo inútil de la vigilancia cuando ya el colombiano había pasado, como supusieron porque nada ocurrió; pero Teodoro anunció que más tarde saldría una comisión de seis hombres para darle alcance antes que saliera al Amazonas y le propuso que fuera uno de ellos; rio aceptó alegando que estaba desvelado y que había otros peones que podían ir.
Amarró su canoa, se puso el remo al hombro y subió con paso lento; el tambo estaba como a treinta metros de la orilla y cuando se acercó, varios gallinazos levantaron el vuelo. Sorprendido se detuvo en seco y un sombrío recuerdo le acudió: ¡el canto del «huancahui» y de la «chicua» que su mujer oyó!... Y no venían su mujer y su hijo, que al oírlo llegar solían salir a su encuentro. Se acerco mirando a todos lados, empezó a subir a su encuentro. Se acercó mirando a todos lados, empezó a subir la escalera y al llegar su cabeza al nivel del emponado vio a su mujer tendida en él.... terminó de subir rápidamente y corriendo se acercó. Quedó clavado de espanto al verla con la cabeza y la cara destrozada, cubiertas de sangre coagulada, sobre un reguero casi seco, se llevó las manos a la cabeza y quedó mirándola con ojos desorbitados... de repente recordó a su hijo, miró por todos lados, vio el mosquitero cubriendo la «llanchama»,fue hacia él lo levantó... ¡Nada!... corrió a uno y otro borde del emponado y... ¡Ahí estaba!.., al pie, con los brazos abiertos hacia el cielo... De un salto se tiró junto a él, lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su pecho... ¡Todavía estaba tibio!. Empezó a gritar como enloquecido, corriendo de uno a otro lado, cada vez más desaforadamente... ninguna palabra, sólo grito que parecían alaridos de un ente salvaje.
Los de los tambos cercanos oyeron los gritos y alarmados corrieron a ver que sucedía. Juan no podía hablar, pero no era necesario... ¡Tenía en sus brazos a su hijo muerto y en el emponado estaba Rosa con la cabeza destrozada!... Uno de los vecinos, más sereno, buscó la escopeta de Juan, la cargó sólo con pólvora y disparó al aire; tres veces repitió la operación, que era la señal más indicada para llamar la atención de los pobladores de Soledad y no pasaron quince minutos que empezaron a llegar, caminando unos, en canoas otros, casi todos los habitantes del poblado. Quedaron horrorizados del espectáculo.


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lunes, 24 de septiembre de 2018

EL COLMILLO DEL LAGARTO, continúa.

CAPITULO VII 

LA TRAGEDIA DE SOLEDAD.


El viaje de Manuel fue casi directo al Algodón. Se detuvo en Soledad el tiempo indispensable, pues un desagradable presentimiento le impulsaba a llegar lo antes posible para volver pronto. Encontró alarmado el personal en el puerto del varadero y su sorpresa fue grande al ver el tambo que serviría de almacén. Lo rodearon con gesto que reflejaba profunda consternación y Teodoro, todo contrito, le contó lo que había sucedido y cómo fue él mismo el causante por haber autorizado la construcción del tambo, sin pensar que fuera un ardid de Cedeño para consumar su plan.
Apenas tres días antes se habían producido los acontecimientos. Cedeño había puesto gran empeño en la construcción del tambo-almacén, con gran alegría de Teodoro, que pensaba en la satisfacción de su patrón al ver adelantado su proyecto. De inmediato le propuso que se efectuara el transporte de lo que se iba acumulando en el campamento al nuevo almacén, aduciendo que así estaría listo para el embarque y las comisiones abreviarían su regreso; agregó que se encargaría de todo y le bastaba un hombre que lo acompañara en el cuidado del almacén, Teodoro volvió a caer en la trampa y el producto empezó a ser transportado. Cuando Cedeño consideró suficiente la cantidad decidió dar el golpe; necesitaba quedarse solo y para lograrlo envío al peón que lo acompañaba al «mitayo» el mismo día que los transportistas debían volver al campamento. Partieron estos, el «mitayero» regresaría por la tarde, tenía tiempo para ultimar su plan.
Una hora después de quedarse solo se quitó la camisa y comenzó a llevar rodando las bolas de jebe hasta la orilla y con gran esfuerzo, pues las bolas eran grandes y pesadas, embarcó veinte en un batelón, las cubrió con dos «cumbas» que había preparado, se bañó rápidamente, se vistió, metió en su bolsa enjebada fariña y carne seca del monte, tomó su carabina, machete, un remo, se metió en la embarcación y se empujó a la corriente. Ya era casi mediodía.
Tan pronto comenzó a bajar surgieron dificultades que no había previsto. La embarcación era grande y sí vacía era pesada, con carga le resultaba difícil gobernarla; el río no era ancho, pero si muy correntoso, de constantes y cerradas curvas, con muchos palos que emergían del fondo, moviéndose amenazadores al impulso de la corriente; varias veces se atravesó el batelón en ellos y tuvo que tirarse al agua para sacarlo de las atascadas.
Sin tener idea de la distancia que había recorrido, al oscurecer buscó un sitio debajo de las ramas de un «camu-camu», que tocaban las aguas y ocultó la embarcación, comió un poco de fariña, para calmar su hambre y se acomodó sobre las «cumbas» para dormir, lo que logró muy pronto por la fatiga que sentía, sin poder evitar pensar en las serias dificultades con que tropezaba por falta de alguien que lo ayudara. Pero no tenía alternativa, seguiría, acaso en lo más ancho del río no fuera tan difícil la navegación.
Muy temprano desató la amarra y de nuevo se empujó a la corriente; los palos atascados meciéndose imperturbables, parecían largos brazos haciéndole señales de despedida; evitar que el batelón chocara o se atravesara en ellos no le permitía un momento de reposo. De pronto en un recodo apareció una canoa tripulada por cuatro indios que con largas «tanganas»  la hacían surcar velozmente cerca de la orilla; al verlos se sobresaltó, pero se calmó al comprobar que eran indios y pensó en contratarlos para que lo ayudaran. Gritó llamándolos en su auxilio, ofreciéndoles recompensa, pero no obtuvo respuesta; los indios continuaron «tangueando» al mismo ritmo, surcando en su canoa a la misma velocidad, hasta que en otro recodo se perdieron de vista. Seguramente no entendieron lo que quería decirles y no le hicieron ningún caso. Maldiciéndolos a su antojo, se conformó pensando que acaso en algún tambo habitado podría encontrar algún indio que quisiera ayudarlo.
Después del mediodía, de súbito el cielo se nubló y empezó a llover, al principio suavemente, pero, poco a poco fue aumentando la precipitación, hasta que parecía un diluvio y el agua fue llenándose en la embarcación; remando desesperadamente buscando la orilla tras grandes esfuerzos logró llegar, pero estaba inundada; pasó la amarra por la rama de un árbol caído y la sujetó. Seguía lloviendo con fuerza, el agua casi cubría las «cumbas» que ocultaban las bolas de jebe, estaba aterido, hambriento y otra vez no tenía idea del tiempo transcurrido ni de la hora que fuera. Veía que era necesario achicar el agua por el riesgo de que hundiera la embarcación, pero no tenía con que hacerlo; de nuevo, desesperado, maldijo su suerte como un energúmeno, se sentó en el banco como si nada le importara, pero a medida que veía subir el agua sobre las hojas de palma crecía su terror, pensando en el naufragio, la pérdida de la carga y la situación en que quedaría.
Casi al anochecer cesó lentamente la lluvia, al notarlo sintió un gran alivio, pero le atormentaba el no saber cómo haría para achicar el agua. La noche cayó rápidamente, se quitó las ropas, las exprimió y la puso en el extremo de la tabla que servía de banco, se envolvió en una manta que extrajo de su bolsa enjebada, se encogió a lo largo de él y se dispuso a descansar. La oscuridad era completa y no tardó en dormirse pese al hambre que le devoraba.
El día siguiente amaneció hermoso; todo el monte parecía más verde, más lozano, más vivo; el sol iluminaba las copas de los árboles, introduciéndose alegremente por entre su follaje para llegar hasta el húmedo suelo, como ofreciéndole su calor; gorjeos de «pipitos», «paucares», «suisuis», se oían por todas partes; era como un desagravio al viviente palpitar de la selva, por el contraste sufrido.
Cedeño despertó molido y hambriento. Su primera mirada fue al agua que sobresalía de las «cumbas», no había peligro de hundimiento; luego se vistió sus ropas, que al calor de su cuerpo se habían secado y sacando un poco de «fariña» y unos trozos de carne se puso a comer. Calmado su hambre reflexionó brevemente y tomó una resolución; soltó la amarra y tratando de no apartarse de la orilla hizo bajar la embarcación buscando un sitio apropiado para acoderar en tierra firme; no tardó en encontrarla en una especie de «caño» que se introducía entre suave follaje, remó hacía dentro y como a veinte metros amarró la embarcación.
Se sintió más seguro, olvidó sus pesares y fatigas y se puso a sacar la carga a la orilla, luego, utilizando el remo como pala, echó fuera el agua que se había recogido y con las manos la última que pudo. Al ver pasado el peligro se sentó a descansar; de repente, en el rumoroso silencio del monte, escuchó a los lejos, golpes de remos; con suma cautela se acercó a la orilla del río para aguaitar y al cabo de un momento, por la opuesta, vio surcando dos embarcaciones, con remos y tanganas. Era la comisión de Manuel que se dirigía al campamento del Algodón y pudo verlo, sentado en el centro de una de ellas, con un grande sombrero de paja, para protegerse del sol. ¡Estoy con suerte!-pensó- ¿Qué habría pasado si nos encontramos en el río?... ¡Hubiera tenido que meterles bala!... Arrastrado por su ambición estaba decidido a las mayores atrocidades, eran catorce hombres los que iban en las dos embarcaciones... ¿Hubiera sido capaz de intentar matarlos?... Las perdió de vista, regresó a la suya y casi con entusiasmo volvió a embarcar las bolas de jebe, tan difíciles de manejar; varias veces resbaló, cayó vencido por su peso... empezó a sentir fatiga, pero pensando en el provecho de su venta, con alegre conformismo, en voz alta dijo: ¡nunca me ha cansado tanto!... ¡hasta va a ser la plata mejor ganada!... Al terminar comió otro poco de lo mismo, desató la amarra, se empujó fuera del caño, luego hacia la corriente y comenzó a bajar a merced de ella; no sabía dónde estaba ni cuanto había de tardar hasta pasar cerca de Soledad, pero confiaba en el vuelco que parecía haber dado su suerte.
Al informarse Manuel de lo sucedido se quedó en silencio meneando lentamente la cabeza en sentido negativo, mientras Teodoro se deshacía en explicaciones y disculpas; los demás lo miraban ansiosamente esperando la decisión que habría de tomar.
-Bueno-dijo al fin- tú no tienes la culpa, Teodoro, te ha engañado ese miserable.... ¡nos ha engañado a todos!..  pero,  solo como está no podrá ir rápido ni muy lejos. Vamos a hacer lo siguiente: mañana vas a embarcarte con tres hombres en una canoa pequeña, bajas hasta Soledad y allí le esperas si es que no lo ves en el trayecto. Trata de que lo devuelva todo a las buenas, como no tiene quien le ayude, creo que no ha de negarse.
-¿Y si no quiere entregar, patrón? -dijo uno.
-Mira don Manuel, que tiene su carabina -apuntó otro.
-No creo que haga resistencia-insistió Manuel.
-Yo me voy con Teodoro, patrón -dijo González, el que tuvo el pleito con el colombiano en Soledad- ¡Yo le tengo ganas a ese ladrón!
-¡No, no!... No se trata de ejecutar ninguna venganza -se opuso Manuel, que estaba enterado del incidente- sólo se trata de recuperar nuestro producto. Pero ten cuidado Teodoro, por si acaso tengan que defenderse, lleven sus carabinas. Yo iré al centro lo más rápido a ver qué le falta al personal, luego regresaré para bajar con el producto. Al día siguiente partió Teodoro. Se sentía culpable por no haber tomado las precauciones del caso, pese a tener conocimiento de las intenciones de Cedeño, por creerlas irrealizables. Se dio cuenta entonces que era un tipo peligroso, capaz de cualquier barbaridad para lograr sus propósitos y consideró de enorme riesgo el encuentro, pero estaba decidido a remediar su error recuperando el producto como fuera necesario. Pensando así durante el viaje, cogió su carabina, que rara vez usaba, la examinó detenidamente, la cargó, la descargó, la rastrilló varias veces, tratando de familiarizarse con ella. No tenía vacilación ni temor, pero estaba preocupado. Sus compañeros parecían estar igual.
Viajaron sólo en el día para observar las orillas, los recodos, los «caños», en busca de algún rastro que hubiera dejado, a medida que avanzaban se hacían más cautelosos y a los seis días avistaron los primeros tambos de Soledad, sin haber dado con él, ni encontrado rastro alguno. En todos los tambos del curso del río averiguaron sí habían visto pasar alguna embarcación y la respuesta fue negativa... ¿Dónde se habría metido? Era imposible que solo pudiera bajar tan rápido como para pasar Soledad antes que ellos llegaran. Habia que vigilar. En el almacén solamente estaba Emilio con dos peones y una mujer que servía de cocinera, los demás vivían en sus tambos, de los que diariamente salían al trabajo por la mañana y regresaban por la tarde. Juan entre ellos. Para organizar la vigilancia Emilio hizo llamar a los peones que más cerca tenían sus tambos, con sus canoas. 


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sábado, 14 de mayo de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

La discusión fue violenta. María, enfurecida no quiso admitir que su hija pudiera casarse, dos eran los único argumentos que con torpe razonamiento y descompuesta actitud esgrimía como justificación a su negativa: que Teresa no estaba en edad para casarse y Roberto no era el hombre que le convenía; se negaba a entender las que Manuel, haciendo grandes esfuerzos para conservar la calma le exponía, no entraba en razón, concluyó por callar y huir. Pasó el día sin que lograran entenderse, Manuel se preocupaba pensando que Roberto podría volver en busca de una respuesta que no podía darle. Al día siguiente, al oír el pito del barco que anunciaba su partida, Sintió un gran alivio: ya no iría Roberto por la respuesta, pero una profunda pena le embargó al acercársele Teresa con ojos suplicantes, que parecían reflejar la ansiedad de oír de sus labios el asentimiento que Roberto y ella esperaban.
Los días siguientes fueron de hiriente tirantez. Teresa, obligada a permanecer en la casa, no se atrevía ni a mirar a su madre, pues siempre la encontraba con airado gesto y la llenaba de duros reproches de ingratitud filial e insultos premonitorios de infortunio. Manuel persistía con paciente dulzura en el afán de vencer la obstinación de María, la que lo esquivaba, rehuía la conversación y al encontrar tan granítico rechazo se marchaba al almacén o se encerraba en su despacho, alentando siempre la esperanza de algo que variara su actitud.
Cuarenta días demoró Manuel su partida al Ampiyacu, esperando dos veces la llegada del “Liberal”, a su paso al Putumayo y a su regreso, pensando que Roberto iría a buscarlo por la respuesta que creía estar obligado a darle y no hubiera sido satisfactoria por la ciega oposición de María, pero en ambas oportunidades el barco sólo acoderó el tiempo indispensable para la carga y descarga, muy pocas horas; quiso atribuir a esa circunstancia que no fuera y se sintió aliviado por el aplazamiento de la entrevista, pero Maria, la aprovechó para esgrimir tal ausencia, como prueba de irresponsabilidad de sus actos y falta de seriedad en su petición. Manuel no lo pensó así, comprendió que si intencionalmente no fue a verlo, habría sido por sentirse en situación desairada, se habría llamado a reflexión sobre la firmeza de sus sentimientos y la actitud que debería asumir. Si realmente quería a Teresa, lucharía por su amor, volvería, pese al rechazo de María, a reclamarlo y obtenerlo. Eso esperaba Manuel y le habría bastado para su tranquilidad, pero no podía dilatar la espera, tenía que viajar por su negocio.
En cuanto a Roberto, en ambas oportunidades tuvo que hacer grandes esfuerzos para no ir a buscarlo, pese a sentirse agraviado por las palabras de María y su manifiesta hostilidad, cuyo motivo no encontraba ni comprendía. Tenía la seguridad que al ser consultada Teresa, su afirmación haría variar la negativa disposición de su madre y en alguna forma se enteraría de tal cambio.
Pasaron dos meses y otra vez entró el barco a Caballo Cocha. Roberto ya no se pudo contener y fue a la casa. Tocó y luego de cierta espera una sirvienta salió a atenderlo.
- Buenos días, soy Roberto Ríos, quisiera hablar con el señor Pinedo.
- Don Manuel está en viaje, joven.
- Entonces tenga la bondad de avisar a la señora María.
Se metió la sirvienta y después de largo rato volvió con asustada cara.
- Me ha dicho doña María que le diga que no está en la casa.
La miró sorprendido y luego de breve vacilación preguntó:
- ¿Y la señorita Teresa?
- “Aistá” adentro con su madre - contestó e hizo ademán de cerrar la puerta.
- Espera...
- No puedo, joven, doña María me ha dicho que cierre la puerta.
Roberto sintió subírsele la indignación. Sin decir una palabra salió y lentamente se dirigió al puerto, volviéndose a mirar casi a cada paso, en la esperanza que saliera Teresa y pudiera verla. Llegó al barco profundamente afectado y toda la tarde se la pasó pensando qué podía hacer y tomó una resolución: ¡Iría a verla por la noche!... Teresa debió haberse enterado que fue a su casa y de lo ocurrido, querría verlo y no podía haber olvidado el silbido con que la llamó a la cita.
Impaciente esperó la hora apropiada y salió, era ya tarde para el pueblo y la calle estaba desierta. Cautelosamente se aproximó, observó que dentro no había ninguna luz, entró al patio, se puso en cuclillas y luego de un instante de vacilación moduló el silbido. Esperó, volvió a silbar y a la tercera vez, igual que en la anterior oportunidad, una sombra blanca apareció en la puerta y la cerró cuidadosamente. Corrió a su encuentro y sin una palabra la estrechó en sus brazos, la cubrió de besos y alzándola la condujo al ángulo que ya conocían. Pasado el mutuo transporte que provocó el encuentro le preguntó:
¿Oíste cuando silbé?
- Sí, presentí que vendrías, porque supe que la lancha iba a “dormir” en el puerto y estaba esperando tu señal.
- ¿Te dijo tu mamá que esta mañana vine a saludarlas?
- No, pero vi cuando la muchacha le avisó que eras tú quien había llamado a la puerta y lo que le ordenó y desde ese momento ha estado “rabiándose” malamente. Todo el día ha estado “riñéndome” y “haciéndome oír”. Yo tuve que estar callada por miedo a que me “vaya a pegar”. He tenido que aguantar para no llorar porque hubiera sido peor.
- ¿Tu papá sigue en viaje?
- Sí. Ya hace mucho tiempo que ha salido la comisión y no se sabe cuándo va a regresar.
Hablaban con largas pausas, en las que retozaban, se acariciaban y se daban largos besos.
- Y dime ahora, ¿qué dijiste cuando te preguntaron si quieres casarte conmigo?
- Mi mamá no me ha preguntado, no quiere ni oír eso... me ha dicho si, que quisiera verme muerta antes que casada contigo. Mi papá te ha estado esperando para decirte que tengas un poco de paciencia.
- Y tú… ¿qué dices?... Yo quiero llevarte lo más pronto, mi madre ya te está esperando. No le he dicho que tu mamá no me ha aceptado, sólo le he dicho que tu padre está de viaje y estamos esperándole.
Teresa salió igual que en la vez anterior, en ropa de dormir; sobre el largo calzón que le llegaba hasta las rodillas, la sutil camisa dejaba a discreción de Roberto los cálidos encantos de su cuerpo, él los sentía y extasiado, no quería perder su contacto, la tenía estrechamente abrazada y no cesaba de acariciarla en los cabellos, en la nuca, en la garganta, en las mejillas, con las manos, con sus besos, que Teresa devolvía con ardor, mientras hablaban queda y lentamente.
- Dime una cosa.... si tus padres no quisieran que nos casáramos... ¿serías capaz de venir conmigo?
Se miraron fijamente a los ojos, Teresa temblaba entregada a los brazos de Roberto, que le rodeaban el talle apretándola contra su pecho.
- No sé... - dijo vacilante, exhalando un suspiro - yo te quiero, quiero estar contigo... cuando te vas me parece que me estoy yendo contigo, porque pienso dónde estarás, si volverás, si te veré de nuevo... Mi madre me “riñe” a cada momento porque no le oigo o no le obedezco por estar distraída... pero... ¿Qué diría mi padre?
- Si vinieras conmigo, en cuanto llegáramos a Iquitos te llevaría donde tu padrino; él sabe que quiero casarme contigo y sería nuestro padrino de matrimonio.
- Vamos esperando que llegue mi padre. Yo le voy a decir lo que me estás diciendo, él sabe que nos queremos y ha de imponer su autoridad.
Roberto sabia que ya no podía vivir sin ella, pero encontró razonable lo que Teresa decía, la cubrió de besos, que ella devolvía apasionadamente, ambos estaban palpitando de ardiente deseo, ella se abandonaba suavemente a toda sus caricias, él sentía enloquecer… pero volvía a dominarse. Si la quería de verás debía respetarla; la desprendió suavemente para luego atraerla y besándola en la boca, las mejillas, la garganta, le dijo:
- Está bien, vamos a esperar el regreso de tu papá; no sé cuándo volverá, pero será para hablar con él en forma definitiva. Vuelve a tu dormitorio, ya me voy.
- ¡No te vayas todavía! - y lo abrazó fuertemente.
- Es necesario, Teresita. ¡Imagínate lo que sucedería si por desgracia tu madre se diera cuenta que estamos aquí!
Teresa se desprendió bruscamente como si hubiera visto en realidad a su madre y esperara su explosión de ira.
- Adiós, Teresita, pronto volveré - dijo Roberto, la cogió de las mejillas y la besó largamente en la boca.
Ella se abandonó y al desprenderse sólo dijo:
- ¡Adiós! - y se introdujo en la casa.
La ausencia de Manuel fue larga. Llegó a Soledad, se informó de la marcha del trabajo y dispuso seguir hacia el Algodón al día siguiente, incorporando a la comisión tres hombres más y Cedeño. Éste, que durante su espera había visto recibir dos remesas de producto, preguntó a Manuel cómo iba a hacer para llevarlo todo no habiendo embarcaciones suficientes y le insinuó la conveniencia de volver inmediatamente dejando el personal en el varadero, para embarcarlo en uno de los batelones y llevarlo a Caballo Cocha. Pensó que acaso le fuera confiada tal misión y de ser así, vería la forma de deshacerse de los peones y seguir hasta Manaos o algún puerto brasileño, para venderlo y huir.
- No hay personal suficiente - fue la respuesta - en el Algodón necesitamos de toda la gente para marcar los árboles y empezar el trabajo. Creo que en un mes podremos terminar, entonces de regreso lo llevaremos.
Manuel encontró el trabajo en el campamento del Algodón bastante avanzado; Teodoro había puesto gran empeño y además de haber concluido la construcción de los tambos, había terminado la marca de los árboles e iniciado la extracción. Su única preocupación fue la presencia de gente extraña, trabajadores de otras estaciones, que se metían a las estradas de Manuel, so pretexto de extravío, visita o simple tránsito, todos con herramientas de trabajo, que no se podía asegurar no fueran usadas en los árboles de la estación. Cuando Teodoro le expuso a Manuel sus temores, éste contestó.
- Tenemos que ser prudentes, no podemos prohibirles que vengan a visitarnos y menos que pasen por aquí, pero ahora que tenemos más gente pondremos más vigilancia.
Dos meses permaneció en el campamento, al cabo de los cuales, observando que la producción se iba acumulando, resolvió llevársela. Hizo conducir la remesa a1 varadero y embarcarla en el más grande de los batelones y con cinco hombres emprendió el regreso.
Al partir dio las instrucciones para continuar el trabajo a Teodoro, con gran disgusto de Cedeño, que creía ser el indicado para quedarse como jefe. Mientras estuvo Manuel no pudo evitar el temor de ser delatado por Teodoro, estaba intranquilo y en permanente estado de alerta para una posible fuga, pero nada ocurrió y terminó por pensar que había dado crédito a su patraña; la comisión partió y al encontrarse a órdenes de Teodoro, empezó a mostrar su contenido disgusto, que se hizo más evidente cuando notó que González, el del pleito, estaba en muy buenas relaciones con Teodoro y ambos lo trataban no precisamente con el respeto que creía merecer por ser blanco. ¡Indios de mierda! - pensaba - ¡Quieren igualarse a uno! - y tenía que contenerse porque nada veía en perspectiva. Las bolas de caucho flotando en el “tapaje” estaban lejanas y donde estaba… ¡Lo más que podía robar era una bola!... ¡Y el varadero para conducirla era largo!... Empezó a exprimirse la cabeza en busca de una idea que no tardó en ocurrírsele. ¿Porqué no podían tener un almacén en el puerto del varadero?... Teniéndolo podrían almacenar allí lo que fueran recibiendo y estaría listo para el embarque. Hizo conocer su idea a Teodoro y González y con gran contento suyo aquel dijo:
- Don Manuel ha pensado ya y me ha dicho que cuando regrese va a mandar hacer un tambo grande y seguro.
- ¿Y porqué no podemos adelantar el trabajo? Si tú me das cuatro hombres yo lo puedo hacer y cuando regrese el patrón lo va a encontrar listo.
Teodoro se entusiasmó. Su buena fe le impedía sospechar la intención de Cedeño, admitió la iniciativa, le dio la gente solicitada y se imaginaba la satisfacción de su patrón al encontrar a su regreso, anticipadas sus intenciones. El plan de Cedeño marchaba.
En tanto, Manuel llegó a Soledad, embarcó todo el producto que encontró y lo llevó a Caballo Cocha, donde llegó casi a los cuatro meses. Esperó encontrar alguna noticia de Roberto, pero el hermetismo de María al respecto fue absoluto; preguntó a Teresa y ésta le contó el desaire que le hizo Maria, provocando el enfurecimiento de ésta, que se tradujo en un par de cachetadas por “habladora”. Manuel se indignó y quedo profundamente afectado, pero a Maria pareció no importarle.
Pasaron como seis meses de los primeros acontecimientos. La “vaciante” del río impedía entrar al barco hasta el puerto de Caballo Cocha, se quedaba en la boca del “caño” para las maniobras de carga y descarga, cuya conducción hasta el puerto se hacía en canoas. Era más difícil para los del barco llegar al pueblo. En aquel viaje la nave permaneció más de un día y al enterarse Roberto que Manuel había vuelto del suyo, decidió ir a verlo, pero no fue a la casa sino al almacén. El tiempo y la reflexión habían serenado sus impulsos y la amabilidad con que fue recibido acabó con la predisposición que llevaba. Empezaron hablando de salud, negocios, trabajo, amigos, hasta que, decidido Roberto, abordó el tema que le interesaba.
- Don Manuel, ha pasado ya mucho tiempo desde cuando le pedí su señorita hija en matrimonio; razones de trabajo me impidieron venir antes a conocer su determinación y la de su señora respecto a mi petición.
Manuel lo miró sonriendo con evidente tristeza y luego de un breve silencio respondió:
- Vamos a casa, Roberto, allí hablaremos con más comodidad. Le aseguro que hoy lo decidiremos todo.
Madre e hija los recibieron. Por algún impulso inexplicable, Teresa lucía un precioso vestido y estaba arreglada inusualmente, resaltando sus juveniles encantos. Después de saludar se dirigió a una de las habitaciones laterales, pero su padre la llamó:
- No te vaya, Teresa, te necesitamos.
María no saludó, lo miró en silencio con evidente desagrado.
- Siéntese, Roberto, sentémonos todos - dijo Manuel y luego de una breve pausa continuó - María, el señor Ríos fue al almacén para hablar sobre la petición que nos ha hecho, como es asunto que nos concierne a todos lo invité a venir.
Calló Manuel, esperaba que María dijera algo, pero ella, con el ceño fruncido, mirando al vacío no dijo una palabra. Roberto impaciente, pero con afectada calma, mirándola dijo:
- Señora, don Manuel, con todo respeto he venido a reiterar mi pedido de la mano de su señorita hija; he debido venir antes, ya le expliqué a usted, don Manuel, por qué no fue posible, pero creo que la demora ha sido beneficiosa, comprendiendo que es asunto que necesita reflexión y serenidad. Han pasado seis meses, he reflexionado, cada día se ha hecho más firme mi propósito y creo que la señorita Teresa pensará lo mismo.
- ¡Ajá!... Así que por eso se preparó, ya se habían puesto de acuerdo ¿no?
- barbotó María barriéndola de pies a cabeza con fulgurantes ojos al observar su atuendo y arreglo - ¡Yo no quiero saber nada de eso!... ¡He dicho que mi hija no está todavía en edad de casarse y no lo consentiré!...
Su padre tampoco puede consentirlo en contra de mi voluntad, así que es inútil que usted haya venido.
- ¡María! - le reconvino Manuel, haciendo esfuerzos para contenerse - ¡cálmate! - y con firmeza continuó - el señor Ríos está procediendo como un caballero, nuestra hija le ha autorizado a que pida su mano y es ella quién debe decirnos si acepta casarse.
- ¿Y qué valor tiene la petición de un hombre que no conocemos? ¿Quién nos garantiza su calidad moral o siquiera la verdad de sus palabras?
- Si mi madre hubiera podido venir, yo la hubiera traído - contestó Roberto con firme tono - pero no para que garantice la seriedad de mi petición, sino para que su presencia de realce y prestancia a mí acto. Si ustedes conociesen a mis padres, de los que me siento orgulloso, eso debería bastarles para saber quien soy. Nadie ha puesto en duda ¡nunca! la seriedad de mi conducta ni el cumplimiento de mis compromisos, porque esa enseñanza ha sido la única herencia que tenemos. He ofrecido a su señorita hija mi nombre ella lo ha aceptado y por eso pido su consentimiento para casarnos.
- ¡Ella no está todavía en edad para decidir y menos para casarse! - casi gritó María.
- Bien Roberto - intervino Manuel - reconozco el valor de sus palabras y su ofrecimiento, pero oigamos lo que dice Teresa, no porque dude de lo que usted dice, sino como una reafirmación del compromiso - y dirigiéndose a ella, que increíblemente serena escuchaba - has oído lo que ha dicho el señor Ríos ¿Estás dispuesta a casarte con él?
Mirando fijamente, primero a Roberto y luego a su padre y a su madre, con voz suave, tranquila y segura, contestó:
- ¡Sí, papá! ¡Estoy resuelta a casarme con él!
- ¡Pedazo de malagradecida! - dijo entre dientes María y poniéndose violentamente de pie, se encaminó a una de las habitaciones y se metió en ella.
Manuel se levantó y acercándose a Teresa, que también se puso de pie, la tomo de las mejillas entre serio y sonriente y con voz mezcla de dulzura y tristeza insistió:
- ¡Estás segura de lo que estás diciendo?
- Sí, papá.
La besó en la frente y volviéndose a Roberto.
- Bueno, todo está resuelto, yo debo salir de viaje dentro de unos días y volveré en tres semanas. Vamos a arreglar todo para que el matrimonio se realice a mi regreso. Hablaré con mi mujer, ella depondrá su actitud y todo saldrá bien. Puede usted venir a la casa cuando quiera.
Roberto se sentía en el pináculo de la felicidad. Miraba a Teresa y en sus ojos veía reflejados sus pensamientos e impulsos de tomarla en sus brazos y llenarla de besos… ¡Ya era su novia!... ¿Podía abrazarla y besarla?... Se contuvo pensando que todo debía tener una secuencia formal y oportuna. De repente le asaltó el temor: ¿Conseguiría Manuel disuadir a María?... ¿Qué sucedería si ella mantenía su oposición ?... y Teresa... ¿Cómo sufriría tal situación?... Con tales pensamientos, pero sin demostrar la preocupación que le causaban se despidió, dando un simple apretón de manos a Teresa. Manuel al estrechar fuertemente la suya, concluyó:
- Esperemos que todo salga bien, esté atento a mi regreso
Roberto continuó su viaje, Manuel inició el suyo tres días después y Teresa empezó a sufrir su calvario. De la mañana a la noche, a cada encuentro, a cada instante, su madre la llenaba de reproches e insultos;
- ¡Desgraciada!... Así es como correspondes a mis cuidados y desvelos... No te das cuenta del daño que me haces y de la pena que me causas,
¡Te vas a acordar de mi cuando ya sea demasiado tarde!... ¡Ni pienses venir con tus quejas y lamentaciones!
Teresa no contestaba, Maria le exigía respuestas y al no obtenerlas la cogía por sus largos cabellos, le sacudía la cabeza, le aplicaba sonoras bofetadas. Se cansó de llorar y aprendió a sufrir en silencio, sus lágrimas parecían haberse agotado. Sus padres no eran devotos, nunca vio ni oyó que rezaran. No tenían ninguna imagen religiosa en la casa y aún no había iglesia en el pueblo; ella aprendió una pocas oraciones en la escuelita, pero no sabía como pedir a Dios que la protegiera y escondiéndose, sumía su cabeza, cerraba los ojos y rezaba el Padre Nuestro, el Ave Maria y el Credo, únicas oraciones que sabía... rezaba y rezaba después de cada maltrato.
Tal comportamiento, el correr del tiempo o quizá el pensar que ya la había dominado y convencido, suavizaron algo la dureza y los maltratos que le hacia sufrir María, pero se equivocaba, Teresa sintió endurecido su carácter y menguado el amor a su madre; sus pensamientos volaban a su padre, rogando por su regreso y a Roberto con el ansia de que llegara el día en que se unieran para siempre.

miércoles, 11 de mayo de 2011

EL COLMILLO DEL LAGARTO - continúa

Se acomodaron todos, los criados empezaron a servir, los comensales a disfrutar y durante largo rato el ruido de los cubiertos alternó con la alegre conversaci6n. Terminaron, retiraron los servicios y dispusieron la mesa para el juego que Prieto, Swayne, la Torre y Manuel, estaban esperando; los demás poco a poco fueron retirándose y de los últimos fue Roberto, que con gran satisfacción de Prieto se había interesado en aprender el juego.
Al día siguiente, impaciente Roberto por formalizar su compromiso, se dirigió a la casa de Manuel. No pensaba, precisamente, en una petición de mano, porque tenía conciencia de que tal acto debía estar revestido de cierta solemnidad y debía ser hecho por su madre. Tampoco tenía idea de lo que debía decir, ni cómo empezar y presentía que lo que dijera no tendría buena acogida de parte de María.
Casi temblando llegó a la puerta del patio. Por feliz coincidencia era domingo y los esposos estaban sentados junto a la puerta de la sala examinando unos papeles, por un instante sintió un súbito impulso de echar a correr de regreso. Al verlo Manuel, se levantó y salió a recibirlo, María lo miró y sin decir una palabra se introdujo a la habitación contigua.
- Buenos días, don Manuel - se adelantó.
- Buenos días Roberto, venga usted, - lo cogió amablemente del brazo, lo condujo al salón y como notara que Maria se habla retirado agregó: tome asiento, discúlpeme un momento, voy a llamar a mi mujer.
- No la incomode, don Manuel, debe estar en sus quehaceres.
- Estaba aquí... bueno, tal vez haya recordado algo que tenía que hacer... sí, ya vendrá. ¿Y qué me cuenta?... ¡Simpática la reunión de anoche!... ¿No?... Debe ser agradable estar viajando siempre, cada vez con nuevos amigos, en nuevos sitios... ¿Cuánto tiempo está usted viajando?
- Ya va para dos años, pero están pasando sin yo sentirlos. Como dice usted es agradable y distraído, a mi me gusta mucho y espero no encontrarlo aburrido con el tiempo.
- Siendo su trabajo tiene que encontrarlo siempre agradable.
La conversación fue deslizándose suavemente; variaban los temas enlazándose insensiblemente, Roberto había recobrado su aplomo y buscaba una oportunidad para introducir suavemente el que le interesaba y habló de instalar a su madre en una casa propia.
- Espero cerrar el trato a mi regreso y que el notario haga la minuta respectiva.
- Está muy bien pensado, la propiedad es algo deseable y muy importante para el bienestar de la familia.
- Así es, don Manuel, tengo que pensar en el futuro, en el largo camino de la vida que no puedo recorrer solo; por hoy tengo a mi madre, pero cuando ella me falte necesito de alguien que me acompañe, me aliente, me de una razón para tratar de culminarlo con alegría y felicidad - notó que Manuel lo escuchaba con atención y en silencio, como invitándole a continuar - Estoy pensando en eso, quiero unirme a una mujer digna, darle mi nombre y mi brazo, apoyarme en el suyo, para hacer juntos un solo destino.
- Piensa usted muy bien, Roberto.
- Yo hubiera querido... discúlpeme usted, don Manuel - se atrevió - que fuera mi madre quien le dijera lo que quiero decirle, porque ella es la única que puede respaldarme.
Al notar su vacilación, Manuel, que lo estaba mirando fijamente, un tanto sorprendido le dijo:
- No comprendo... qué es lo quiere usted decirme.
- No sé cómo decirle, don Manuel - continuó con entrecortada voz - vuelvo a rogarle que me perdone... mi atrevimiento... estoy enamorado de su hija... quisiera casarme con ella - y se calló como si hubiera perdido el aliento.
Manuel seguía mirándole fijamente, como absorto. Después de un silencio que a Roberto le pareció interminable habló:
- Pero... usted casi ni la conoce... Teresa... todavía es una criatura... ¿Le ha dicho usted algo a ella?
- Sí, don Manuel... le dije que la quiero... y que iba a hablar con usted.
- Pero... ¡si usted no la ha visto ahora!... No comprendo y me asombra porque ustedes no se vieron más que dos veces...
Desvió la mirada como buscando una explicación, Roberto bajó la suya angustiado, había imaginado otra reacción, esperaba muestras de complacencia, de satisfacción. De pronto se levantó Manuel.
- Discúlpeme un momento, Roberto - se dirigió a la habitación en que había entrado María.
¡Va a buscar a Teresa! - pensó Roberto y sintió un escalofrío - ¿Qué iría a decir si le preguntaba delante suyo?... o acaso volvería con la respuesta... Sí, era lo más probable, Manuel era muy discreto y haría las cosas muy bien. Como hipnotizado miraba la puerta por la que debía volver; le estaba pareciendo larguísima la espera cuando en el marco aparecieron Manuel y Maria, sintió una sacudida; desde que la vio por primera vez le había provocado una instintiva prevención, casi temor y al verla ahora, con el ceño fruncido, los labios apretados y los ojos brillando como puñales, supuso que Manuel algo le habría dicho y venia predispuesta.
- Buenos días señora - saludó con apagada voz, poniéndose de pie.
- Buenos días - respondió como un latigazo, y se sentó, en una silla que le acercó Manuel junto a la suya.
Quedaron ambos dándole frente y al sentarse se sintió como un acusado frente a sus jueces. Manuel, recobrado de su asombro, reflejaba tranquilidad en su semblante y en sus labios aparecía querer asomar una sonrisa. Después de un breve silencio, mirándolo con suavidad pareció reanudar la conversación.
- Lo que usted acaba de hacer es sencillamente pedirme la mano de mi hija. Comprenderá que esto y lo que significa, es algo muy serio para nosotros los padres, necesita mucha reflexión y más que todo, la seguridad de que no se trata de un impulso momentáneo y pasajero. Ignoro, ignoramos - se corrigió mirando a su mujer - las circunstancias que han provocado su sentimiento y tal determinación y le reconocemos la delicadeza de hacérnosla conocer, pero creo que es prematura la petición de mano...
- Además - interrumpió María - creo que usted no tiene capacidad suficiente para dar ese paso. Piense primero -agregó con calmada y notable dureza - en lograrse un porvenir que le de bienestar y seguridad en la vida. Nosotros creemos que Teresa no está en edad para esas cosas y seria perturbarla hacerle pensar en ellas. Quisiéramos que usted comprenda eso y olvidemos el asunto. Ella sabrá hacer lo mismo.
Calló como dando por terminada la conversación. Roberto sintió que las palabras le cayeron como golpes directos a su corazón, que empezó a latirle con violencia, como saltando de indignación; la sangre se le subió a la cabeza como una llama ardiente que le quemaba; sintió que la impaciencia dominaba su discreción y la ira su temor; hizo un esfuerzo para serenarse y mirándola fijamente, con afectada calma, poniendo énfasis en cada palabra contestó:
- Señora, hace ya mucho tiempo que soy un hombre completo, tengo conciencia de las responsabilidades que he asumido y desde muy joven aprendí a valerme solo. Comprendo su desconfianza en lo que a mi respecta, pero no comprendo cómo puede hacer una afirmación relativa a los sentimientos de su señorita hija, ni cómo puede tomar una determinación en contra de ellos. Cierto que es una niña, pero esa niña está despertando en un nuevo amanecer; cuando le he dicho que la quiero, me ha comprendido y antes de hacernos más ilusiones he creído que lo correcto es ponerlo en conocimiento de ustedes.
Sus firmes palabras y el grave tono en que fueron pronunciadas manifestaban un profundo desagrado, demostraban que no había esperado ni creía merecer tan descomedidas palabras. Manuel notó que María iba a replicar y temiendo que fuera otro despropósito se le adelantó.
- Cálmese, Roberto. Lo que le dice mi mujer tiene mucho de cierto y su amor maternal le ha hecho exagerar su expresión. Yo también creo que Teresa todavía es una criatura y es que para los padres los hijos nunca crecen, los vemos siempre como vinieron al mundo, necesitados de nuestra ayuda, nuestro consejo, nuestra guía; pensamos que siempre debemos tenerlos, queremos que nunca se nos vayan, creemos ser los únicos que podemos hacerlos felices... y pecamos de egoístas. Recuerde usted que le dije que éste es un asunto muy serio para los padres, vamos a hablar con Teresa, que nos diga lo que piensa y sobre todo, que espera de usted.
- Gracias don Manuel, pero permítame decirle que me reafirmo en el deseo que usted me conceda la mano de su hija. A ella le pedí su consentimiento para decírselo, de no haberlo autorizado no lo habría hecho.
- De modo que a nuestras espaldas ya se habían puesto de acuerdo - objetó acremente Maria.
- No, señora, nuestros encuentros han sido casuales, usted nos ha visto, pero el amor es como la vida que está en todas partes, como el aire, que sin darnos cuenta respiramos. Para nosotros fue como encontrar la luz que nos enseñaba un camino desconocido y nos invitaba a recorrerlo juntos.
- ¿Y ya lo sabe su mama?
- Todo lo que hago lo consulto con ella. Ya sabe lo que pienso, lo que quiero y está de acuerdo.
- Está bien, Roberto - dijo Manuel después de un breve silencio, aprecié sus consideraciones, no tome las nuestras como una negativa o un rechazo; debemos hablar con Teresa, que es la principal interesada. Insisto que lo único que nos anima es la búsqueda de su felicidad.
- Y la seguridad de que usted - interrumpió María - ha de tratarla como se merece, sin ninguna clase de privaciones...
Manuel se volvió con una mirada de reconvención que la hizo callar y reanudó su discurso:
...la búsqueda de su felicidad – repitió - que como padres estamos obligados a dar. Dennos un poco de tiempo para mirar las cosas con calma, a ustedes también les será beneficioso para que se conozcan más y se entiendan mejor. Una espera, por larga que fuera, poco significarla, si ese tiempo sirve para hacer más firme el lazo que los va a unir, porque el matrimonio es para toda la vida.
Quedaron los tres en silencio, un silencio tenso como el correr de las nubes antes de la tempestad. Maria quería hablar, pero sentía la mirada de Manuel prohibiéndola, éste no quería ni tenía nada que agregar, Roberto sabía que lo habla dicho todo. Se puso de pie en actitud de despedirse, Manuel y Maria hicieron lo mismo.
- Señora, don Manuel... les ruego que me disculpen si no he sido correcto, mi respeto y consideración no han variado - a cada uno le hizo una inclinación de cabeza agregando - ¡Buenos días, señora!... buenos días don Manuel - y se dirigió la puerta.
Ambos esperaron que les extendiera la mano y sorprendidos, sin contestarle, lo siguieron con la mirada hasta que llegó a la calle y desapareció.
- ¡Qué malcriado es este sujeto! - estalló María.
Y al notar que Manuel no contestaba y parecía estar mirando en el vacío añadió:
- No tiene educación... ¡Se ve que es un pobre diablo!
Manuel volvió en sí.
- Pero has oído lo que ha dicho... Está herido en sus sentimientos, parece ser un hombre muy sensible y esa sensibilidad ha sufrido con lo que tú le has dicho... ¿No crees que has sido muy dura y hasta desatenta sin ningún motivo.
- Es un infeliz que se aprovecha de sus amigos! ¡Qué se puede esperar de un pobre maquinista!... ¡Y tiene el atrevimiento de querer casarse con mi hija!
- ¿Y porqué crees que no puede casarse con nuestra hija? - recalcó - ¿Por ser un pobre maquinista?... No sabemos si es pobre y no creo que lo sea. Quien recibe con regularidad un sueldo, fruto de su trabajo, no es un pobre diablo; con su profesión puede hacer fortuna, pues todas las fortunas son fruto del trabajo y tienen más mérito que las que se heredan. Si yo no hubiera tenido el dinero de mis padres para empezar a trabajar ¿habrá tenido habilidad para ganarlo?... Desecha la pobreza como argumento en contra de Roberto, porque si llegara a casarse con Teresa se llevaría su fortuna, que es la nuestra.
- Seguramente eso es lo que él busca, ha averiguado, ha visto sabe que es nuestra única hija y que tú tienes plata y bienes.
- Pero no podemos oponernos si se quieren, sobre todo si Teresa lo quiere.
- ¡Nunca, nunca! - protestó María - Yo quiero para mi hija un hombre digno de nuestro nombre y de nuestra clase.
- Pero. ¿Qué clase tenemos nosotros?... Yo soy un simple cauchero con plata, por mi plata he conseguido amigos, me he hecho masón, pero soy el mismo Pinedo de Moyobamba, de los humildes Pinedo, más conocidos por su honradez que por su linaje. Los Ríos son igual, humildes pero respetables, a los que donde iban les sacaban el sombrero... entonces somos iguales... ¡Y tú quieres más clase, nobleza tal vez!.. ese tipo de nobleza que ya no tiene valor, porque la nobleza de ahora es el trabajo, el estudio, la ciencia, el arte... y todo eso raras veces coincide con el linaje o con el dinero.
- Parece que a ti no te importa el porvenir de tu hija y te pones de parte de ese tipo.
- Estas ofuscada por que está llegando el momento de perderla; no pensabas en esto, creías que todavía era y siempre sería la niñita que manejabas a tu modo y antojo, yo mismo, si no hubiera sido por esta circunstancia no me habría dado cuenta de que ya es una mujer. Cuando llegaron juntos al almacén abrí los ojos a la realidad; el destino los había puesto en el mismo camino, tenía que ayudar a mí hija a determinar si es el que le conviene, pero no esperaba que se precipitaran los acontecimientos. Deja que hable yo con Teresa, tú está predispuesta en contra de un probable entendimiento y ella podría tener el temor de ser sincera. Ve a traerla pero no le digas para qué.
Sin decir palabra María se dirigió al interior. Manuel cerró la puerta que daba a la calle y volvió a sentarse. Con la mirada en el vacío buscaba el porqué su mujer se oponía tan rotundamente a la petición de Roberto; era un hombre correcto y abonaba en su favor el aprecio de cuantos con él alternaban: su compadre Ponciano, su amigo Samuel, sus jefes, todos lo trataban con especial deferencia, él mismo, había sentido la atracción de su carismática personalidad; su franca mirada no tenía doblez, hablaba con sencillez aún de las cosas más importantes... ¿Qué era lo que desagradaba a su mujer?
Sumido en su meditación no se dio cuenta de la tardanza y volvió a la realidad al verlas aparecer, María indiferente, como ajena a los acontecimientos, Teresa asustada, retorciéndose las manos por detrás, con los ojos húmedos, huyendo de la mirada de su padre.
- Trae ese sillón y siéntate a mí lado - le dijo.
Obedeció, pero al ver que lo ponía alejado insistió:
- Más cerca.
Volvió a obedecer, pero le pareció aun distante. Se levantó, cogió el sillón y lo puso apoyado al suyo. María cogió otro, lo puso cerca del de Teresa y se sentó.
- ¿Qué es lo que te ha dicho tu madre que te ha hecho llorar? - preguntó y al no obtener respuesta añadió - porque se nota que has llorado y no creo que el motivo sea lo que debemos decirte o lo que tú tienes que decirnos - hizo una pausa y continuó - el señor Ríos ha venido a pedirte en matrimonio, dijo que tu le habías autorizado, lo que supone que le has dado tu consentimiento... pero dime hija, ¿cuándo le has dado ese consentimiento?... ¿cuándo te habló de matrimonio? ¿Y por qué no le dijiste a tu madre o a mi?
Teresa con los ojos bajos no contestó.
¿No quieres contarnos como ha ocurrido todo? Insistió con un dejo de amargura.
Tampoco obtuvo respuesta. De pronto Maria se puso de pie e inclinándose amenazadora hacia Teresa le gritó:
- ¡Habla perra!
La niña se hizo atrás asustada, se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar convulsivamente. Manuel se levantó violentamente e indignado se dirigió a María: ¡Piensa lo que estas diciendo!... ¡Es tu hija!... ¡Si no eres capaz de contener tus brutales impulsos! ¡Vete!... ¡Déjanos solos!
Al ver que no se movía, la cogió del brazo y suavizando su tono repitió:
- Déjanos solos. Si no has logrado en quince años ganar la confianza de tu hija, deja que yo lo intente ahora y la condujo a la puerta del cuarto contiguo.
Volvió a su asiento, Teresa seguía llorando. La cogió por la cabeza y la atrajo suavemente sobre su hombro, se sacó un pañuelo del bolsillo y le enjugó las copiosas lágrimas que bañaban su rostro.
- Cálmate hijita, no llores más, no hay motivo para llorar, pero si tuviste uno trata de olvidarlo. Los padres, a veces, exageramos nuestros cuidados y hasta nuestras maneras, creyendo que así protegemos a los hijos de los peligros, que así seremos obedecidos. Tú eres nuestra única hija, si hubieras sido varón te hubiera tenido más cerca, eres mujer, he creído que tu madre debía ser la que te guiara y abriera el camino de la vida. Quizá me alejé demasiado, pero estamos a tiempo de remediarlo, quiero estar cerca de ti, más cerca que nunca, porque me necesitas, porque debo ayudar a tu madre en la tarea de hacer de ti una mujer digna... Por que mi hija ya es una mujer y tiene que actuar como tal, cumplir con su destino. Nada hay de extraño, vergonzoso u ofensivo en que un hombre solicite a una mujer en matrimonio, es la ley natural, una norma social en el mundo civilizado; te ha llegado el momento de cumplirla, nada hay que pueda infundirte disgusto, temor o desconfianza. Éste es el momento en que tú y yo... bueno, también tu madre, debemos expresar nuestra opinión y si hay algún motivo de temor o desconfianza hacia ese cumplimiento… dime Teresa, ¿Te dijo Roberto que quiere casarse contigo?
Teresa se había recobrado, sus ojos estaban todavía húmedos pero serenos y su semblante reflejaba decisión.
- Sí, papá - contestó con firmeza - fue el día que fuimos al almacén.
- Pero... ¿Así de pronto?
- Hablamos antes en la casa, aquel día que fue a recoger las escopetas, cuando estaba arreglando la máquina.
- Y tú, ¿Estas segura de quererlo?... Háblame con entera franqueza, como si yo fuera tu madre.
Teresa lo miró como reprochándole que se comparara con su madre, sus miradas se encontraron y sus ojos parecieron entenderse, decirse las mismas cosas, percibir las mismas sensaciones y las mismas imágenes. Sonrió y apartándolos ruborizada contestó:
- Sí, papá, mamita me lo presentó en la fiesta y creo que desde que nos dimos la mano... ya nos quisimos.
Manuel recordó su noviazgo, algo semejante le ocurrió con María, pero ellos no tuvieron a quien pedir permiso para tomar una determinación o dar cuenta de sus actos, porque el tío de María era casi un personaje decorativo.
- ¿Y porqué viniste llorando?
- Mamita me “riñó” y me dijo que nunca consentiría que me casara con Roberto, porque no era el hombre que me convenía. Y cuando le dije que yo también le quería, me dijo que haría cualquier cosa para impedirlo y si no le obedecía me mandaría a un convento. Me insultó de malagradecida, que no sabia corresponder a sus cuidados y a su cariño y me aseguró que usted tampoco quería que me casara.
- Tú eres la única que puede decidirlo y veo que estás decidida. Vete nomás a tus quehaceres. Yo arreglaré lo demás con tu madre.

EL COLMILLO DEL LAGARTO. Capitulo IX

El final de un sueño-continúa. Al llegar la noche se metió en su camarote y se acostó. Imposible dormir, pensaba en Teresa, en el dolor ...